Antes del atardecer


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Un tren que viajaba por Europa los unió. Pero pudo ser una calle de Buenos Aires, una librería, un concierto, un parque de diversiones, un cine. El espacio es lo de menos, lo que importa es el encuentro. Ella se llamaba Celine y él Jesse. Pero ella se pudo llamar Mariana y él Nacho; ella Marcela y él Eduardo; ella Cecilia y él Rodrigo.

Quedaron en encontrarse seis meses después en Viena. Pero pudo no ser así. Pudieron quedar en un bar de San Telmo, en la estación de Retiro, en la placita del Obelisco, o en una banca de los bosques de Palermo. Él fue a la cita, y ella no. Pero pudo ser al revés: pudo no ir ninguno, pudieron ir ambos y no verse, pudieron morirse antes de ese día; eso no importa. Lo que importa es el desencuentro.

La película se llama Antes del Atardecer. Pero pudo llamarse “Un tranvía llamado deseo”, o “La cita”, o como sea, incluso pudo no tener nombre. Es más, pudo no ser película. Pudo ser realidad; una historia contada entre nosotros, entre amigos, una simple historia de amor de estos días.

El director del filme es Richard Linklater. Pero ¿qué tal que no tuviera más director que el mismo destino? Que la película hubiera transcurrido en nuestra propia habitación. Es más: qué tal si está transcurriendo ahora mismo. Que nos estemos encontrando o desencontrando con alguien en este mismo momento. Que alguien se nos esté aferrando, o que alguien se nos esté escapando.

En Antes del atardecer, Celine y Jesse vuelven a encontrarse. Casi en tiempo real, vemos a los protagonistas pasear por el París estival, sumergiéndose en conversaciones infinitas, llenas de melancolía, acosados por el tiempo que se escurre. La sensación del encuentro y el desencuentro es tan universal que la llevamos clavada como un alfiler, que nos escarba y nos atraviesa, que nos
hace pensar que esa ficción llevada al cine es parte de nuestra vida.

¿Has sentido cómo se escurre el tiempo cuando estás junto a la persona que deseas? Cómo la melancolía te contiene aún antes de que se separe de ti, y el tiempo no se detiene, y los minutos pasan, asesinos, crueles, disparatados, como una bomba que te estalla en la cara.

El tiempo es lo más real que existe, lo más real y lo más violento, lo más violento y lo más abyecto. Nos deja desnudos en medio de una habitación, nos deja expuestos al silencio, a la cólera de los recuerdos. Sólo el tiempo ordena cuándo se suceden los encuentros.

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El polaco


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(Buenos Aires)
Esa tarde me afeité el pubis con sumo cuidado. Es algo que siempre hago cuando intuyo que tendré sexo con alguien nuevo. Lo que no sabía aún era con quién lo iba a hacer. Me habían invitado a la fiesta de cumpleaños de una escritora octogenaria que escribía cuentos en los que siempre alguien era asesinado. Me vestí y me fui caminando.

La escritora salió a recibirme. Tenía una casa grande que usaba como albergue para extranjeros. Yo le había regalado una planta roja que ella exhibía con orgullo en el comedor principal. En la cocina, chicos de varios países conversaban y apuraban la cena. Me presentaron a dos colombianos, un alemán rubio de rastas y tres argentinos. Tenía para elegir. De pronto, un tipo altísimo con mirada intensa y nariz de lechuza me preguntó de dónde era. De Ecuador, contesté. ¿Y tú? de Polonia, pero vivo en Dublín. Apenas clavó sus ojos en los míos supe que algo pasaría.

Comimos, bebimos, reímos. El polaco me ofreció uno de sus largos cigarros. Era obvio que nos gustábamos. Cuando terminó la cena, me invitó a tomar una cerveza fuera de la casa. Lo seguí. Se nos unió el alemán, no recuerdo su nombre. Los tres pasamos toda la madrugada bebiendo de bar en bar, riendo a carcajadas, caminando abrazados por las calles del centro, maltratando el inglés y el español, hasta que nos dieron las seis de la mañana; el sol amenazaba con salir en cualquier momento. Yo estaba feliz.

¿Qué hacemos? Yo me voy a la cama, dijo el alemán casi a punto de caerse. Yo quiero seguir bebiendo ¿me acompañas?, me pidió el polaco. Sí, claro. Nos fuimos a un bar que aún no cerraba. Él siguió bebiendo whisky. Yo cuidaba mi bolso. Había gente malencarada. Se tomó un par de vasos más. Vámonos, le pedí.

Fuimos a mi casa. Subimos, él se tiró en la cama, estaba completamente borracho. El sol pegaba detrás de las cortinas azules. Yo me quité la ropa y me recosté a su lado. Lo miré fijamente, y pensé ¿quién será? Era hermoso y enorme, debía medir más de un metro noventa, y tener unos veinticinco años. Huesos fuertes, manos grandes. ¿Cómo será su verga? Quería abrir su pantalón, pero estaba demasiado cansada. Me dormí.

Cuando me desperté, él me miraba. Se había puesto los lentes y parecía aún más guapo. Yo estaba desnuda, cubierta por una sábana. Me destapó. Mi piel se veía tan oscura junto a la suya. Nunca me había sentido tan morena. Era una sensación intensa y lujuriosa. Me besó. Los labios, los pezones, el vientre, la parte afeitada por fuera, la parte afeitada por dentro. Yo estaba en el paraíso.

Su verga era tan grande que no me entraba completa. Jugaba con ella como quería, podía ponerme en todas las posiciones porque su verga me alcanzaba. Él me decía: no abras mucho las piernas porque puedo llegar a tu garganta.

Pasamos dos días comiéndonos, sin comer. No había desperdicio. Al despertar del tercer día, le pregunté ¿no vas a volver a la residencia? Sin inmutarse, me dijo: si quieres me voy, si quieres me quedo. Yo creo que deberías irte. Está bien, me voy.

Siguió ronroneando en la cama, desayunó, se vistió y se fue. Ni un número de teléfono ni un hasta pronto. Nada. Esa tarde me preguntaba ¿qué fue eso? ¿fue real?

El timbre sonó esa misma noche. Era él. Llegó con una fundita llena de curry que le había robado a la escritora. Quería cocinar pollo al curry. Dijo que me extrañaba, y empezó a besarme. Fuimos a la terraza enredados en saliva. Él se sentó en el piso de césped artificial, y yo me puse sobre él.

Me quiero quedar todo mi mes de vacaciones contigo, me pidió. Está bien, quédate. En esos días aprendí a escribir correctamente su apellido, y supe cómo se decía “dame pan” y  “te quiero” en polaco.

Pablo y la virginidad


 

Amantes

A los 18 años tuve un novio loco, tan loco que escalaba borracho los postes de luz, tan loco que se lanzaba desde un puentecito del parque La Carolina, en Quito, al bote que pasaba por debajo (yo iba en el bote). Tan loco que, con el frío calándole los huesos, llegó un día sin camisa, con un pequeño perro en los brazos y una enorme sonrisa. ¿Y esto?, le pregunté. Escuché que dijiste que querías un cachorro, contestó. Había cambiado su abrigo y su camisa por el perro. Mi madre lo odiaba, decía que era un borracho, que no era un buen partido. Y sí era borracho, pero qué me importaba eso si era divertido y estaba loco por mí.

Pablo tenía el pelo largo, facha de desadaptado, gafas y espíritu en plan John Lennon. Bebía hasta la inconsciencia, escuchaba José José y hablaba como gringo. Había nacido en Quito, pero desde pequeño su madre lo llevó a vivir a Nueva York. Siempre fue rebelde. Lo botaron de todos los colegios y sus padres decidieron que el único lugar donde podría graduarse era en Guayaquil. Estuvo aquí un año. Vivía en Durán, con una tía que nunca pasaba en casa. Nos hicimos adictos el uno del otro. Amaba esas tardes en que pasábamos tendidos en la cama, sin más preocupación que recorrer cada escondrijo de nuestros cuerpos.

Todo empezó la noche de mi cumpleaños número 18. Habían elegido a los cuatro alumnos más “pilas” del colegio para representarlo en un congreso internacional de jóvenes que se desarrolló en Quito. Por esa época, yo era virgen, a pesar de que tenía un novio formal, con quien no pasaba de los sobajeos propios de esa edad. Eran los noventa.

Pablo y yo nos hicimos amigos en ese viaje. A los dos nos gusta leer, leíamos a Kundera, él en inglés y yo en español. Los otros dos eran un futbolista y una gordita extrovertida. Nos mandaron con un profesor joven y gay. Queríamos emborracharnos –para mí sería la primera vez–, y el profesor era un estorbo. Disolvimos un tranquilizante en su bebida y quedó noqueado en poco tiempo. Compramos una botella de ron Abuelo y nos encerramos en un cuarto. Casi enseguida, el futbolista y la chica empezaron a tener sexo en nuestras narices. A mí me dieron náuseas. Recuerdo que yo estaba tan borracha que Pablo me cargó y me sacó de ahí. Me llevó al cuarto de ellos, donde estaba, inconsciente, el profesor. Me quitó la ropa y empezó a besarme.

Besándome bajó hasta mi pubis, yo abrí instintivamente las piernas y él empezó a lamer. No creí que aquella sensación fuera posible. La cabeza me daba vueltas. Esto era lo mejor del mundo. No hizo nada más. “Sólo quiero darte placer”, dijo. Amanecí en sus brazos. Y me enamoré perdidamente de ese loco.

Cuando volví a Guayaquil lo primero que hice fue terminar con mi novio, y pedirle a Pablo que rompiera esa maldita membrana que nos separaba, pero era tan resistente como una tela de araña soldada. Siempre he tenido una mente práctica, así que compré tampones para rompérmela yo sola en el baño. Y lo logré. Ya está, le dije. Ahora sí podrás. Y pudo. Al principio el dolor fue tremendo, pero después el placer lo fue superando.

Es cierto que las mujeres nunca olvidamos la primera vez. Pero es mentira que todas la queremos repetir. No entiendo a las que se operan para volver a tener un himen. O son masoquistas o tienen un problema patológico de ridiculez. La virginidad, simbolizada por esa membrana, es un estorbo siempre. Una condición que no le sirve a nadie para nada, y de la que habría que salir lo más pronto posible.

Pablo era tierno y paciente. Me enseñó con suavidad a extender las alas de mi cuerpo. Nos volvimos inseparables. Retrasó varias veces su regreso a Nueva York, pero el adiós siempre llega. Lloré meses su ausencia. Él me llamaba y me enviaba regalos. Yo nunca fui a verlo. Han pasado los años. Ahora hablo con Pablo por Facebook. Se gana la vida dando clases de yoga y tocando guitarra en el subte. Es probable que no fuera un buen partido, como decía mi madre. Pero siempre será mi primer amor.

(Texto publicado en la revista SoHo, febrero 2013)

La locura y los pasos circulares


 

 

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puedo ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza.

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El teléfono ha sonado repetidas veces. Ignacio lo ha ignorado. Apenas acabó de comer, se metió en la ducha. Sabe que es Piedad, y no quiere contestar. Imagina lo que le dirá apenas descuelgue. Por favor, tienes que venir. Tengo algo importante que decirte. Aquello importante terminaría en una conversación sin mucho sentido sobre el alma de los hombres enjaulados en un cuerpo que no reacciona a los estímulos del amor. Está harto de escuchar tamaña estupidez. Le ha pedido una tregua, un tiempo para aclararse. A veces, siente a Piedad como una carga insoportable. No hay nada peor que una mujer enamorada, piensa. En cambio, Clementina parece ser una chica libre, descomplicada. Se le antoja estar con una mujer que no se haga expectativas sobre las relaciones y el amor. Alguien que, como él, viva el día a día, tranquilamente, sin rollos mentales. Conoció a Clementina hace dos semanas en un garaje de libros usados. Recuerda cómo iba vestida –siempre recuerda trivialidades cuando una mujer le atrae–: bufanda roja atada al cuello, pantalones de cuero café y una blusa blanca que transparentaba sus pequeños senos; encima tenía un abrigo ligero. Se miraron. Ella no escapó de sus ojos, no quiso hacerlo. Él la miró con la acuciosidad que un buen cirujano usa cuando opera. Ahora, debajo de la ducha aparece ese instante, demasiado fugaz para que signifique algo. El sonido insistente del teléfono lo saca del estupor. ¡Mierda, otra vez Piedad!

–Hola…hola—, dice Ignacio mientras se escurre el agua con una toalla celeste. Su cuerpo desnudo empañado por las gotas.

–Aló, hable, ¿quién es?—, pronuncia ligeramente alterado. Sabe que es ella. Una vez más no quiere hablar. No la entiende.

–¿Piedad eres tú? ¡Habla por favor!—. Cuenta hasta diez y cuelga.

Piedad, del otro lado de la línea, se escribía en el antebrazo: te amo, mientras lloraba sin emitir sonido alguno.

Esa noche en la fiesta, Ignacio parecía que dormitaba. Sus ojos apenas se abrían cuando alguien entraba o salía. El cuerpo había caído desplomado sobre un sofá verde después de nueve shots de ginebra. Clementina se tomó tres. Estaba a su lado, intentaba mantenerlo consciente. Sentía un extraño y repentino apego, como un amor que nacía por instinto, por casualidad. Era la segunda vez que se veían. Un chico frente a ella fumaba en una larga pipa con formas grotescas, y una pareja en el rincón amarillo fornicaba. Clementina los miraba cada vez que podía, estaban un poco escondidos en la sombra, y sentía la palpitante sensación que querer masturbarse.

De la habitación del fondo salieron dos chicos y una chica. Ella estaba desnuda de la cintura para abajo. Él le cogía las nalgas mientras ella abría la refrigeradora. El chico de la pipa se sentó a la diestra de Clementina. La cabeza de Ignacio había caído sobre su hombro, la saliva goteando. El chico le dijo que tenía un secreto que contarle.

–Dime— dijo ella.

–Primero me tienes que besar— repuso él.

Clementina lo besó largamente, introduciendo un poco su lengua en la boca reseca. Después de un par de segundos, ella se separó, él se puso de pie y empezó a hablar.

–La muerte te vuelve invencible. Ya nadie te toca, ya nadie te ve, ya nadie te escucha, ya nadie te vigila. Eres tú solo en la inmensa desproporción de un universo desproporcionado, creado así adrede. La vida es una búsqueda, y la muerte es una pérdida. Te quedas ahí perdido, suspendido en un universo enorme. ¿Te has preguntado por qué el universo es tan grande?—, decía mientras metía en su nariz un poco de coca. Clementina no respondió, se reía levemente, trataba de despertar a Ignacio para que viera aquel ridículo espectáculo. El chico le hablaba a las paredes, y después a la luna que se asomaba por la ventana.

–¿Era acaso necesario demostrar con tanta vehemencia el poder que ostentas?—, gritó sacando la cabeza y todo lo que podía del cuerpo por la persiana.

–Un poco de ese poder, una pequeñísima parte, tan pequeña que resultaría irrisorio estimarla, tienen algunos hombres. Esos a los que llaman presidentes, alcaldes, banqueros, ricos. Esos bastardos que quieren ser como tú, el Creador del poder. Pero resulta que aquellos poderosos son los más miserables, los más hijos de puta, la peor basura del mundo. Quien quiera ser como tú que se atenga a las consecuencias— dijo  haciendo señales con las manos como si estuviera delante de un auditorio. La chica que había llegado con él salió de una habitación. Se acercó a él y empezó a sobarle la verga por encima del pantalón. Le hablaba al oído con voz felina. Él la apartó, y siguió con su monólogo.

–Es cautivante la sensación de ser Dios, Dios es aquel que puede controlar los dedos, la boca, las manos, el sexo de otros.

–Yo haré esta noche lo que tú quieras, y serás mi Dios— le dijo la chica al oído, pero mirando a Clementina.

Clementina intentó, otra vez, despertar Ignacio. Él abrió un ojo y lo volvió a cerrar.

(Tomado de Los círculos de la Piedad)

Una semana en el dating


 

A la gente le gusta alardear. Y quisieran siempre contar historias de amor super románticas o de sexo super salvaje; decir que conocieron a su alma gemela en un viaje espiritual a la India, en un crucero por el Caribe, durante una estadía de estudios en Boston, o mientras bailaban electrónica en Ibiza. No es divertido contar lo de siempre: ¡me casé con mi vecino, el que vivía aquí acá, a la vuelta! ¿Dónde está la emoción en eso? O las típicas: nos presentó un amigo en común, fue en la fiesta de tal, éramos compañeros en la universidad, en el trabajo… O ¡íbamos a la misma iglesia! Estas historias lo más que pueden despertar es un ¡qué embole! en un argentino, un ¡qué fome! en un chileno, un ¡qué monse! en un peruano y un ¡qué pereza! en nosotros.

Pero ¿qué tal si alguien nos dice que se casó con un noruego que se parece al kent de la barbie y que conoció por Internet? No me vengan con cuentos ¡eso sí suena interesante! Y la historia que les tengo para más adelante parece escapada del mejor libro de las mil y una noches, versión escandinava.

Vamos por partes. Resulta que este tipo de encuentros on line que terminan en relaciones duraderas y hasta en bodas trasatlánticas son mucho más comunes de lo que parece. Y las estadísticas en los países más avanzados dicen que los matrimonios que se conocieron por Internet son más compatibles, y están más enamorados que las parejas tradicionales. Por ejemplo, un estudio de Match.com (uno de los sitios más famosos para conocer gente) hecho entre más de 800 parejas que contrajeron matrimonio desde 1995 hasta la actualidad concluye que el 89% de los cibermatrimonios declaró sentirse muy feliz frente a un 66% de uniones tradicionales.

Esto va echando al olvido esos prejuicios de viejas que decían escandalizadas ¡qué desesperada debes estar para buscar novio ahí!

Y para probarlo en carne propia me suscribí a un sitio web para encontrar pareja. A mí, single woman profesional, que acaba de dejar la veintena y no conocía a un tipo interesante hacía fú, me ocurrió el milagro, se me apareció la virgencita: docenas de hombres de entre 20 y 40 años, caucásicos, negros y pelirrojos saltaban uno tras otro como conejos de un sombrero mágico. Unos estaban aquí mismo a la vuelta de mi casa, en Guayaquil, otros me escribían de países cercanos como Perú, Chile y Argentina, y una buena parte eran de lugares tan lejanos como Egipto, Serbia y Montenegro, Rumania o Algeria. ¡Todos a mis pies! pidiéndome una conversación por el messenger.

Un perfil super punch, con mucha descripción y fotos (mientras más mejor, pero eviten subir esas muy hot, si lo que están buscando es novio y no simple sexo virtual) siempre da más posibilidades.

Según los datos de Match.com, el perfil de los que se anotan en estos sitios (Meetic.es, Badoo, Tagged y otros cientos) es de universitario (80%), sin hijos (70%), y que busca una relación a largo plazo (80%). “No ofrecemos la garantía de que vas a encontrar el amor. Pero prometemos que vas a conocer gente y que vas a quedar con ella. Si te pones a ello, en cuatro horas puedes tener una cita. Y de ahí, puede resultar un matrimonio, un lío o una sencilla amistad”, le dijo José Ruano, director general de Meetic al País, de España. Lo cierto es que sólo las bases de datos de Meetic y Match.com tienen más de 10 millones de perfiles y cada mes se crean 300.000 nuevos.

Pero los sitios de amigos on line también dan resultado. Si no pregúntenle a Jorge Luis Lopera (dj y productor musical de 25 años, guayaquileño y habitue del facebook), quien conoció a su actual novia, Andrea Andrade (diseñadora gráfica, de 23), gracias al Hi5. Esto fue hace dos años.

“Yo estaba en ese tiempo muy apretada en mi trabajo y me tocaba amanecerme casi todos los días. Solo tenía mi cuenta en Hi5 y vi que él la había estado chequeando”. Al día siguiente, ella recibió un friend request de Jorge Luis y lo aceptó, aunque no lo conocía. Entonces, él empezó a enviarle comments como dj sets y flyers a sus fiestas. Ella oía los sets y le respondía y así fueron conociéndose. A los pocos días, pasaron al messenger. “Nos amanecíamos conversando y así nos apoyábamos para no quedarnos dormidos, porque los dos debíamos trabajar por las noches”, cuenta él. A las dos semanas, decidieron verse las caras, e ir al cine. Ella: “fue muy chistoso, me moría de miedo, pero como veníamos hablando hacía un par de semanas sentíamos que ya nos conocíamos y aparte teníamos buena química y no fue algo vergonzoso, nos sentíamos a gusto”.

Después del cine, llegaron las fiestas, y la atracción fue haciéndose más obvia, hasta que hicieron su primer viaje juntos, a Cuenca. “Eso fue maravilloso y hasta el día de hoy sigue”. Ya tienen casi dos años de relación. “Pasamos juntos la mayor parte del tiempo y todo lo planeamos entre los dos. Nunca pensé que una persona que conocí por Internet resultaría ser mi compañero de todos los días y mi mejor amigo con el que comparto todo, lo bueno y lo malo”, dice Andrea.

Y si eso les pareció romántico. La siguiente historia es como un cuento de esos que terminan “y fueron felices y comieron perdices para siempre”. Aquí va. Ella es guayaquileña, se llama Gabriela Rodríguez, tiene 25 años, es graduada de licenciada en Educación Inicial, y parece una barbie de ébano. Él es de Stavanger (ciudad portuaria al sur oeste de Noruega), se llama Christer Hadland, tiene 28, es master en Estadística y es rubio de ojos azules, igualito al Kent.

La página que los unió se llama interpals.net y es un sitio para encontrar gente que está aprendiendo idiomas. Ambos estaban inscritos en: español, inglés, alemán y francés. Chris vio la foto de Gabriela y le gustó su sonrisa. Él, que no sabía nada de Ecuador (y ni pizca de español), salvo que clasificó a los últimos dos mundiales y que Charles Darwin había pasado por las Galápagos, le escribió preguntándole por el país. Así empezaron a conversar, y pronto pasaron al más útil e íntimo messenger.

“Logramos la confianza de conversar sobre cualquier cosa y nos pasábamos el día entero en Internet. A pesar de tener 7 horas de diferencia horaria, encontrábamos la forma de hablar lo más posible. Él se dormía más tarde y yo me despertaba más temprano para encontrarnos. Además, no solo chateábamos si no que utilizábamos webcam y audífonos. Conversábamos por horas, solo nos ausentábamos para comer o ir al baño”, cuenta Gabriela.

Tres meses más tarde, él ya le había propuesto que fueran novios, ella había dicho que of course, y él planeaba su primer viaje a Ecuador para conocerla. Ella lo esperaba con ansias: “Nos parecía algo muy loco, no solo no nos conocíamos en persona, sino que ¡vivíamos en dos continentes diferentes! Pero el sentimiento que ya existía entre los dos era increíble. Jamás nos habíamos sentido así por alguien en el pasado. Pensábamos que realmente estábamos hecho el uno para el otro”.

Chris estuvo tres semanas en Ecuador. Conoció a la familia de ella, su vida, sus rutinas, y se fueron de viaje juntos a la playa. “Él se sintió muy feliz de conocer y compartir con toda mi familia. Pero ya llegaba la hora de despedirnos… Ya debía regresar a su país y todo parecía que había sido un cuento de hadas. Pero el día en que debía llevarlo de regreso al aeropuerto, por la mañana, mientras terminábamos de armar las maletas, se arrodilló frente a mí con un anillo en su mano y me dijo las cosas mas maravillosas del mundo. ¡Me pidió ser su esposa! Yo lo que hice fue besarlo, abrazarlo y gritar ¡yes, yes, yes!, cuenta emocionada.

Todo octubre, noviembre y diciembre se pasaron planificando la boda. Chris volvió a Ecuador para estar el fin de año junto a Gabriela. Hicieron la despedida de solteros, el cambio de aros, el matrimonio civil y se fueron de luna de miel. Todo sucedió en 6 meses. “…Y desde entonces vivimos felices. Ahora somos compañeros, amantes, esposos. Y le agradecemos a Dios todos los días por haber logrado que nuestros sueños se convirtieran en realidad en el momento en que los dos creamos un perfil en la página web que nos permitió conocernos”. A ella le gusta esa frase del tan mentado Pablo Coelho que dice: “todo el universo conspira para hacer realidad tu leyenda personal”. Y esta vez sí que conspiró.

Vivir una historia así es lo que está esperando Sofía, una mujer profesional de 39 años, quien se suscribió el año pasado a Tagged (qué en inglés significa algo así como engánchate). El primer día de mostrar su perfil, ya tenía 131 correos de hombres que le decían desde ‘quiero ser tu amigo’ hasta ‘quiero ser tu esposo’. “Le di paso a un par de hombres. Uno me dijo que era un abogado árabe, de 36, que estaba en Egipto. El tipo era guapo, con terno y toda la vaina, y todo fue muy simpático hasta que un día me dijo que me sacara la blusa porque quería verme las tetas. Fue entonces cuando lo borré”, comenta y dice que la mayoría de sus amigas están suscritas.

“Una amiga, Elizabeth, tiene 47 años, es abuela y divorciada ha tenido tantos novios por Internet que cuando vino a verla el número diez perdí la cuenta”, se ríe Sofía, quien cree que esta vez ha enganchado algo bueno. “Se trata de un inglés, que dice que es un ingeniero y pasa la mayor parte del tiempo embarcado. Me propuso que mantuviéramos a close relationship relación por internet. Yo le dije que claro sí. Él está pensando en establecerse cuando encuentre a la mujer de su vida ¡y dice que soy yo! Me lo dijo como a las dos semanas de que empezamos a hablar por el messenger”.

Sofía ha hablado dos veces por teléfono con su inglés, a quien, a veces, no le entiende ni papa, porque él no habla español. “Me dijo que iba a hablar con su familia, porque viene a conocerme. Yo no sé en qué momento él asumió que me voy a casar con él”, dice sin ocultar su entusiasmo.

Y yo… luego de una semana de estar en el datting (la opción para conseguir pareja), tengo mi primera cita este sábado, así que ¡deséenme suerte!

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2009)