El regalo de la princesa Iris


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

Mariana nunca imaginó que alguien como Pablo pudiese fijarse en ella. Ella no era la más guapa de la clase, la más creativa ni la más popular, al contrario, se sentía como el patito feo, o como alguien común y corriente que no destacaba. Eso sí: Mariana sabía guardar secretos y ser una amiga fiel.

Un día, Mariana se hizo amiga de Pablo. Ella se enamoró de inmediato de su inteligencia,  generosidad, y seguridad en él mismo. Era alguien siempre dispuesto a ayudar, tenía mucho carisma y era un líder nato. Él empezó a confiarle sus ideas, sus secretos más íntimos. Confió en ella como nunca antes había confiado en nadie. Fueron amigos y confidentes durante mucho tiempo, hasta que cierto día algo se le removió por dentro a Pablo. Miró a Mariana a los ojos y la besó. Era lo que ella había estado esperando desde el primer día, así que se puso muy feliz.

Mariana transmitió en ese beso todo el amor que había guardado en su corazón para Pablo, y él, de repente, sintió que su vida entera ahora tenía un propósito: amar. Amar a Mariana, pero sobre todo amar la vida. Amar todo lo que existe. Pablo empezó a poner un gran amor en cada cosa que hacía de una manera muy intensa. Su sentimiento creció tanto que encendió una luz fuerte, tan fuerte que la princesa Iris la vio.

9 El regalo de la princesa Iris

Yo soy la princesa Iris, hija de la Diosa Pachamama. Recorro la tierra buscando corazones que amen y, cuando los encuentro, los premio con maravillosos regalos. Yo no veo las formas ni escucho las palabras, sólo veo los fuegos del corazón. Recientemente, he conocido a Pablo, y sus fuegos son tan fuertes que casi me enceguecen. Sé que ama de verdad por cómo se enciende su corazón cuando está con Mariana, y por el amor que pone en todo lo que hace.  Definitivamente, quiero hacerle un regalo; tiene que ser algo tan hermoso que semeje la intensidad de su luz.

Pablo no me conoce. Yo soy invisible para el ojo humano, sólo existo de una forma etérea, como si fuera una nube que pasa. Pero, si pudieran verme, tal vez, yo podría parecerles una montaña con ojos de mujer.

No me pueden ver, pero sí me pueden oler. Huelan la flor del jazmín, ese es mi olor. Cuando lo perciban, sepan que estoy cerca. Si es así, es porque alguien está enamorando.

Yo busco a los que entregan el amor sin miedo y no tienen intenciones ocultas. Aman sin condiciones. No un mes, no una semana, no un día, sino cada instante.

Mi madre, la Diosa Pachamama, es la dueña de todos los tesoros. Ella tiene oro, plata, rubíes, zafiros, diamantes y cuanta joya preciosa se pueda desear. La parte de afuera de su templo está rodeada por una pared altísima que en su base tiene amatistas, en medio tiene cuarzos y arriba, esmeraldas. Y eso es sólo en la pared que separa el templo de los jardines. Adentro, hay habitaciones enteras llenas de piedras preciosas.

Entro al templo de la Diosa con un cofre en el que guardaré el regalo para Pablo. He decidido llenar el cofre de oro y también incluiré algunos diamantes.

***

La princesa Iris entró en los sueños de Pablo, y le dijo: La diosa Pachamama quiere darte un regalo. Encontrarás un tesoro enterrado al pie del árbol al que ibas cuando eras pequeño. Pero recuerda: para recibir algo, tienes que soltar algo. Al despertar, Pablo tenía esas palabras, dichas con una enorme dulzura, susurrando en su mente.

No perdía nada con ir al árbol, sabía exactamente dónde estaba. Así que emprendió el camino, y cuando llegó al lugar del árbol notó que algo no andaba bien. El árbol, que era un enorme eucalipto rosa, no estaba, había sido derribado para hacer madera. Sólo quedaba de él un triste pedazo de tronco. Pablo se echó a llorar; sentía que algo muy suyo le había sido quitado. Y ningún regalo podría reemplazarlo. Pero las palabras de la princesa se repetían en su mente.

De pronto, vio que al pie del árbol había algo que sobresalía. Metió las manos en la tierra y encontró un cofre. Lo abrió y estaba lleno de oro y de diamantes. Pablo no lo podía creer. Sus lágrimas se secaron, y sintió una paz enorme.

Entendió todo esa noche, cuando en sueños, la misma voz le dijo: “Soy la princesa Iris, hija de la Diosa Pachamama. Te he dado este cofre porque he visto que tu corazón está lleno de amor verdadero. Y debes saber que el amor implica crecimiento. El eucalipto rosa que derribaron representa tu infancia, tu pasado, lo que estás dejando atrás. El regalo de la Diosa representa tu presente, que es el amor que sientes, y que eres. Ese es el verdadero tesoro”. Entonces, Pablo despertó y enseguida llamó a Mariana para contarle.

Mariana nunca fue tan feliz como después de aquel sueño de Pablo.

10 El regalo de l princesa Iris

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El abuelo y el patito amarillo


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

 

A Sofi le encanta escribir poemas en su cuarto, mientras en la sala su abuelo escucha las noticias. En el programa dicen que China está lista para eliminar el dólar de la economía mundial. Sofi no sabe lo que eso significa. “¡¡Significa un tsunami financiero, afectará a todo el mundo, Julia!!”, da voces el abuelo poniéndose las manos en la cabeza, y dirigiéndose a su esposa que hace un té en la cocina. Sofi piensa que no es para tanto, y que mientras ella sepa cómo terminar su poema con gracia, todo estará perfectamente en su mundo, que es el único que conoce y le interesa.

El mundo externo, del que hablan las noticias, a Sofi le importa menos que una nuez partida por la mitad. En cambio, para su abuelo, las noticias son muy muy muy importantes. No existe un día en que el abuelo no escuche las noticias, y sufra por lo que él llama “el estado del mundo”.

La abuela levanta la ceja y se burla un poco de la angustia del abuelo.

―¿El estado del mundo? No me hagas reír, viejo. Lo único que te tiene que importar es el estado de tu corazón. ¿Cuándo vamos para hacerte el chequeo? ―le pregunta la abuela.

―Todavía no ―responde él de manera cortante―. Ya me lo haré la próxima semana.

El abuelo sufre del corazón desde hace mucho tiempo. Por eso, Sofi intenta sacarle una sonrisa siempre que puede. Al corazón le hace bien reír.

A Sofí le encanta ir donde su abuelo, y decirle: “¿Quieres que te lea mi último poema? Y ver la expresión de él. Su cara se ilumina, y Sofi imagina que su corazón también, porque una enorme sonrisa aparece. “¡Claro que sí!”, responde de inmediato.

El abuelo toma la posición de escucha. Se sienta y para bien la oreja. Los poemas de Sofi le parecen sublimes, mejor que los escritos por él cuando era un joven idealista.

Sofi no escucha las noticias, pero siempre encuentra cosas curiosas en Internet, que comparte con su abuelo. Esta, por ejemplo.

―Abuelo, el otro día leí en Internet que tú, con tu mente, puedes crear tu realidad, tal vez simplemente creyendo que estás sano, te puedas sanar.

―A ver… ¿cómo es eso, Sofi?

―No sé bien, pero dijeron que haga un ejercicio, y yo lo hice ¡Y funcionó!

―¿Qué ejercicio?

―Decían que si tú te enfocas en algo muy detenidamente, si pones toda tu concentración en algo, puedes hacer que eso se repita más adelante. Si es algo que te emocione, mejor. Entonces, yo puse atención al perro blanco con negro del vecino. Ese que siempre está atado. ¿Te acuerdas?

―Sí ¿y qué con ese perro? ― preguntó el abuelo, sin entender nada.

5 El abuelo y el patito amarillo

―Es raro, pero ese día el perro estaba suelto. Yo salí al jardín, el perro me vio y vino corriendo, saltando de alegría. Empezamos a jugar correteando. Yo puse toda mi atención en ese instante, me olvidé por completo de lo que estaba haciendo, y sólo grabé en mi mente mi felicidad y la del perro. Después, el perro entró a la casa y me di cuenta de que estaba ensuciando con lodo el piso de la sala, y le dije gritando: ¡¡Estás todo mojado!! Y fue muy divertido tratar de sacarlo. Fue muy extraño lo que pasó luego. Y es que fui al pueblo y tooodo el tiempo me pasé viendo perros mojados que jugaban y saltaban libremente. Incluso vi a un perro que entraba y salía de la pileta que está en la plaza. Es muy loco, abuelo. Sin querer queriendo, el experimento funcionó. ¿Quieres hacer la prueba?

―A ver… ―dice el abuelo con incredulidad, pero intentando seguir el juego de su nieta.

―Observa este lugar y elige una cosa, cualquiera de ellas ―le pide Sofi.

―Ya ―dice el abuelo, mirando hacia un punto específico.

―¿Qué elegiste? ―le pregunta Sofi ansiosa.

―El patito amarillo aquel de allá ―responde señalando. ―Lo elegí porque debería estar en el baño, y no entiendo qué hace allí. ―El patito amarillo estaba subido en lo alto de una repisa, como mirándolo todo desde arriba.

―Patito amarillo. Patito amarillo. Patito amarillo ¿qué haces allí? ¡Ese no es tu lugar! ―decía Sofi hablándole al objeto de plástico. ―Abuelo, ahora nos vamos a concentrar muuuucho, pero mucho mucho, en el patito amarillo ―dice Sofi moviendo sus manos como si fuera una vidente.

―¿Y todo esto para qué? ―dice el abuelo sin ocultar una risa burlona.

―Ya lo verás. Tú confía en el poder de la mente. Tienes que pensar y pensar en el patito ―le dice Sofi moviendo los brazos en círculos y apuntando a la repisa.

 

***

Pasaron los días. Y aunque el abuelo no entendía el ejercicio de Sofi, igual pensaba siempre en el patito amarillo. Cada vez que pasaba por ahí, lo veía y le decía: “¿qué haces aquí patito amarillo? Ese no es tu lugar”. Sin embargo, no se le ocurría moverlo.

Uno de esos días, el abuelo enfermó gravemente del corazón y lo llevaron al hospital. Estuvo en terapia intensiva tres noches, enchufado a un respirador, todos pensaron que moriría, porque no reaccionaba. Pero,  al fin se restableció, y a los pocos días lo llevaron a la casa. Eso sí, le advirtieron que no podía tener emociones fuertes, porque su corazón estaba cada vez más débil.

El abuelo volvió a vivir, y esto le hizo pensar diferente. Ya no tenía ganas de escuchar las noticias, ya no quería quejarse ni pelear con nadie, ahora sólo se pasaba en el huerto y escuchando música clásica. Daba gracias a Dios por estar vivo, y sobre todo daba gracias por Sofi, porque sin el amor de su nieta no habría logrado sobrevivir. Ella fue quien más lo cuidó y veló en el hospital y en la casa.

Un día, después de leerle un cuento a Sofi, el abuelo le dice:

―¿Sabes en lo único que pensaba mientras estaba entre la vida y la muerte?

―¿En qué abuelito? ―le dice Sofi abrazándolo.

―En el bendito patito amarillo. Y, ahora me doy cuenta, de que pensando en el patito amarillo pensaba en el amor que te tengo y era eso lo que me fortalecía y me dio ánimos para seguir viviendo ―dice el abuelo soltándose en llanto.

―Ya abuelito, no llores. Yo también te quiero mucho ―le dice Sofi, sobándole la cabeza como a un pequeño cachorro.

Un día de aquellos, el abuelo decidió volver a encender la radio y sintonizar la emisora de las noticias, entonces fue cuando escuchó la siguiente noticia:

“Entre las noticias curiosas del día, tenemos una que realmente nos ha hecho mucha gracia. Resulta que una playa de Australia apareció esta mañana llena de patitos amarillos, de esos que se usan en los baños para los niños pequeños. Así como lo escuchan: ¡la playa amaneció llena de patitos amarillos! Al parecer, un container cayó de un barco en China, ocurrió una tormenta y se abrió aquel container, que estaba lleno de patitos amarillos, que llegaron flotando a las costas australianas. Los niños llegaron por montones y se llevaron todos los patitos. Esto es algo inaudito”, decían con asombro.

Mientras el abuelo escuchaba esta noticia, las lágrimas caían por sus mejillas. Cuando reaccionó, buscó una escalera, se subió en ella y bajó de la repisa al patito amarillo. Le quitó el polvo, lo besó y le dijo: ¡¡Gracias!!

6 El abuelo y el patito amarillo

El camino de las luciérnagas


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

 

Descalza y en puntillas, Lucy entra en la habitación de sus padres.

―Mamá, papá. ¡He soñado que un hada me invitaba a una fiesta en el bosque! Y tengo que ir. Por favor, por mi cumpleaños, vayamos al bosque, por favor, por favorrr ―dice Lucy enrollándose como un gato entre sus padres. Ya no es una pequeña, pero, a veces, le dan estos arranques infantiles, sobre todo cuando quiere algo de verdad.

Su padre está con su tablet jugando algún jueguito bobo, y su madre está viendo una telenovela, es decir, ignorando completamente a su padre. Y también a Lucy, quien le empieza a hacer cosquillas para que reaccione.

―No quiero manejar ocho horas para ir al bosque, hija, vamos a la playa como siempre ―dice el padre apenas levantando la vista.

―Por favor, es mi cumpleaños. Las hadas están en el bosque, no en la playa ―dice Lucy. Su madre apaga la televisión, y le dice a Lucy que se vaya a dormir, que mañana conversan sobre el tema.

Al cabo de tres dias de insistencia, al fin, Lucy convence a sus padres de que la lleven a un resort que ella misma encontró en Internet y que quedaba en un bosque entre las montañas.

La idea de Lucy no era ir a un resort, ella simplemente quería acampar al aire libre, pero su madre dijo que eso no era posible, y que ya que iban al bosque, al menos, no agarrarían ningún piojo ni chinche. Ni los mordería una serpiente, ni les picarían los zancudos. Por eso, el padre tuvo que pagar mucho dinero para hacer una reservación en el tal resort.

El padre no hizo ningún esfuerzo por averiguar cómo llegar al bosque, dejó todo en manos de Lucy. Pero, ya en el camino, las indicaciones que le daba su hija eran confusas. Así que al padre no le quedó más remedio que poner el GPS y larzarse a la aventura.

Cuando entraron en la zona de los bosques y el frío los obligó a subir los vidrios, la señal de teléfono dejó de funcionar y el GPS también empezó a fallar, tal vez por tantas vueltas que dieron. Estarían a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, y estaban en una espiral ascendente. Mientras subian, el aire se hacía más y más denso. La neblina no dejaba ver más allá de medio metro. El padre iba lento, como una caracola de playa cruzando una autopista.

Hacía rato que había caído la noche, y encima era novilunio, que es cuando no hay luna y la oscuridad es total. Los tres tenían frío y hambre, pero ninguno se quejaba, solo pedían por dentro salir de la neblina y encontrar refugio.

Estaban perdidos en un laberinto de pequeñas carreteras rurales. No había ni una sola persona a quién preguntarle nada, ni luces encendidas.

Tampoco se veía rastro de bosque alguno, todo montaña y precipicio.

 

3 El camino de las luciernagas

―Yo te dije mamá, que no había que reservar en ningún resorte ―dijo Lucy enojada.

―Se dice Ri-sort, hija, aprende a pronunciar. Y ¿qué querías tú? ¿estar como una hippie en una carpa, aquí con este frío? ―le dijo la madre, tiritando y poniéndose una colcha encima.

―Eso es mejor que estar dando vueltas en el carro. Las hadas se van a espantar ―le dijo Lucy ya casi a punto de llorar, con su libro de hadas en las manos.

―Chicas, ya no peleen ―dijo el padre, calmándolas―. No se preocupen que pronto encontraremos algo, aunque sea una casa pobre que nos dé posada.

Y, efectivamente así fue. A los cinco minutos, vieron, a lo lejos, un fogón y a su lado una anciana que lo mantenía vivo. Sobre ella había un letrero que por la oscuridad no se veía, pero decía: “Cabañas del bosque”.

―¡Este es el lugar, papá! ―dijo Lucy apenas se acercaron. No era el resort, pero era el lugar que Lucy había imaginado.

La anciana les explicó que, efectivamente, ese era un lugar de alojamiento, pero que hacía mucho tiempo nadie se hospedaba, por lo que estaba lleno de polvo y, quién sabe, qué insectos.

Al padre no le importó nada, él sólo quería comer algo y descansar del larguísimo viaje. La anciana les dio un poco de sopa caliente y el padre cayó rendido en la cama. La madre se acostó a su lado y puso un toldo; la mujer tenía miedo de que le cayera una tarántula o un escorpión del techo. A Lucy le dieron una cama más pequeña, también con toldo.

Pero Lucy no tenía sueño. Al fin estaba cerca del bosque, y seguramente afuera estaba lleno de hadas. Se hizo la dormida un rato y, cuando escuchó a sus padres roncar, se levantó. Eran ya más de las dos de la madrugada.

Al salir, vio a una luciérnaga que titilaba suspendida en el aire. Lucy no veía nunca luciérnagas en la ciudad ni en la playa, y se maravilló mucho al verla. La luciérnaga la invitó a entrar con ella por el camino de las luciérnagas, que es un pasadizo que te lleva al Bosque de las hadas. Lucy aceptó encantada, se volvió a poner las botas y, así en pijama como estaba, se sumergió, con la luciérnaga como guía, en un mundo maravilloso.

Apenas entró, muchísimos puntitos de luz empezaron a alumbrarle el camino. Eran cientos de luciérnagas que le daban la bienvenida al bosque. Lucy lloró de la emoción, y una luciérnaga se posó en la lágrima que le rodó por la mejilla. Lucy miró su pijama y estaba resplandeciente de la luz de las luciérnagas. Después miró sus botas y su pelo, y también estaban brillantes. Los árboles de aquel bosque eran gigantes y a Lucy le parecía que se inclinaban al paso de las luciérnagas que habían formado un corredor luminoso. Ya no había oscuridad, todo estaba iluminado con una luz dorada.

De pronto, el camino se abrió y apareció una enorme pared de piedra que estaba totalmente cubierta de luciérnagas y resplandecía en medio del bosque. Sobre esa piedra había algunas luciérnagas enormes que volaron al encuentro de Lucy. La niña contuvo el aliento. Las luciérnagas gigantes se pusieron a su alrededor haciendo un círculo de luz, y Lucy pudo verlas de cerca. Aún ellas eran más pequeñas que Lucy, pero eran cincuenta veces más grandes que las luciérnagas normales.

―¡¡Ustedes son hadas!! ―dijo Lucy y, de pronto, empezó a escucharse música de violines.

Todo era tal como Lucy lo había soñado, por eso empezó a reírse mucho, como nunca antes se había reído, y también lágrimas de emoción caían por sus mejillas.

4 El camino de las luciernagas

Las hadas empezaron a danzar a su alrededor, y la tomaron de las manos y la invitaron a comer miel con menta, tortas hechas con flores, y a beber del jugo de los tulipanes y de las orquídeas salvajes. Estos brebajes, le explicaron, te multiplican la energía y nunca te da cansancio ni sueño, y puedes divertirte toda la noche como si fuera de día.

Si los bebieras a diario, nunca envejecerías, porque tus células se regenerarían eternamente, por eso las hadas son siempre jóvenes.

El tiempo se detuvo y Lucy pudo divertirse y aprender de sus nuevas amigas durante toda la noche, mientras sus padres dormían profundamente. Lucy fue la protagonista de una verdadera fiesta de hadas que ellas prepararon en ese mismo momento, de manera espontánea y alegre, pues las hadas transforman todo en un juego.

Al amanecer, antes de irse, las hadas entregaron muchos dones a Lucy. Entre los dones que le dieron estaban:

  • El amor desinteresado
  • La ayuda fraternal
  • La protección especial de las Hadas
  • Sentimientos de profundo agradecimiento por la vida
  • Inspiración. Aventuras. Constante asombro.

Las hadas le pusieron a Lucy todos los dones en pétalos de rosas blancas y con ellas hicieron una pócima a la que agregaron miel, y dieron como desayuno a Lucy. La niña nunca había probado algo tan delicioso. Cuando lo bebió, se sintió totalmente llena de vida, y quiso saltar y cantar.

Lucy regresó al lado de sus padres, ya sin las luciérnagas que se quedaron en sus casas, con las luces apagadas y durmiendo a pierna suelta. La niña se sabía de memoria el camino de vuelta, como si lo hubiese andado muchas veces.

Cuando llegó, sus padres aún dormían. Ella no tenía sueño ni estaba cansada, al contrario, se sentía llena de vitalidad. Se puso a prepararles el desayuno, al que agregó algunas gotas de pócimas mágicas que le dieron las hadas para causar súbita alegría. Cuando ellos se despertaron, aún agotados por el viaje de ayer, Lucy ya les tenía la mesa servida, y estaba lista para enseñarles el camino al bosque.

El amor por los animales


Ilustraciones para pintar de Mauro Sbarbaro

 

Las mascotas de Dana 1Dana juega sola en la arena, excava un enorme agujero con su pala amarilla pensando que encontrará el castillo de algún enorme cangrejo. Acaba de cumplir los nueve años, y lo que más le apasiona es observar a los animales de cerca, incluso los bichitos más raros le parecen una obra de arte digna de ser admirada. Le llena de entusiasmo estar entre animales. El año pasado, sus padres la llevaron de vacaciones a Mundo Marino, el oceanario más grande de Sudamérica. Un oceanario es un parque temático que muestra la vida marina. Allí, Dana pudo nadar con los delfines, jugar con las focas, ver de cerca a los tiburones y las orcas, así como deleitarse con las gracias que hacen las gigantescas morsas y los lobos marinos.

Dana respeta a la naturaleza por sobre todas las cosas, y jamás le haría daño a un animal. Cuando ella encuentra algún caracol, estrella de mar o cangrejito, simplemente los mira atentamente para saber su comportamiento. En cambio, su hermano Julián, dos años mayor a ella, es todo lo contrario. Le encanta destruir todo lo que se mueve. Siempre anda con una resortera en la mano para dispararle a los pájaros, y ya ha matado a varias palomas. Todos los insectos le dan asco y los bichitos de la playa no le hacen la menor gracia. A él también lo llevaron a Mundo Marino, y se pasó jugando videojuegos en su tablet, no le interesaba en absoluto aprender sobre los animales. Hasta ahora, Dana nunca ha tenido una mascota, porque sus padres piensan que si tuviera una, se desviviría por ella y no prestaría atención a sus obligaciones escolares. Además, como viven en un departamento sin patio, la mascota no podría jugar libremente.

De pronto, en el profundo hueco que ha hecho, Dana ve a una diminuta tortuga que, al parecer, acaba de salir del huevo. Dana la pone sobre su mano y contempla, fascinada, cómo las pequeñísimas patas de la tortuga se mueven y, enseguida, todo su cuerpecito se mete dentro del caparazón. Dana la coloca sobre la arena y, entonces, la pequeña empieza a caminar en dirección al mar. Dana la va guiando con mucha delicadeza, con su voz y con sus manos para que no se desvíe, hasta que la tortuguita logra tocar el agua. Su hermano, que observa la escena a lo lejos, llega corriendo y pone, a propósito, su pie encima de la tortuguita. Dana empieza a gritar dando alaridos, llamando a sus padres. Su mamá viene corriendo.

―¿Qué pasa, hija? ¿Por qué gritas de esa manera? ―le pregunta. Dana está llorando.

―¡Julián aplastó a la tortuguita! Yo la ayudé para que llegara al mar, y él vino y la pisó ―dice Dana. Para esto, su hermano ya se ha ido corriendo. La madre y Dana buscan a la tortuguita en la arena, pero no la encuentran. Dana regresa a casa muy triste.

―Julián siempre hace estas cosas. Él es malo con los animales. ¡No es justo! ―le dice Dana a su mamá ya en su cama, antes de irse a dormir. La mujer se queda pensando qué hacer.

―Tienes razón hija. Vamos a hacer algo para que él aprenda a valorar a los animalitos ¿Quieres? ―le propone la mamá.

―Sí, pero ¿qué? ―dice Dana secándose las lágrimas.

―Verás… vamos a traer animalitos a la casa por un tiempo. No serán nuestros, sino que se los pediremos prestados a nuestros amigos o vecinos. Solo estarán una semana o dos, hasta que Julián aprenda a quererlos y luego los devolvemos. En ese tiempo, tú podrás ser feliz jugando con ellos, y cuidándolos. ¿Te gusta la idea?

―Sí mamá, eso me parece genial.

***

La semana siguiente, llegó el primer huésped a la casa de Dana. Se trataba de un perrito de la raza Schnauzer, que era de su mejor amiga. Dana corría por toda la casa con el Schnauzer persiguiéndola, mientras su hermano intentaba ignorarlos, aunque la curiosidad pudo más.

―¿Qué hace ese perro aquí? ―le preguntó Julián a su madre.

―Es la mascota temporal de tu hermana y tienes que respetarlo ―le contestó muy seria.

―Es un perro horrible, me da alergia, quiero que se vaya ―dijo Julián y se encerró en su cuarto.

Dana no se separaba del Schnauzer y lo llevaba al parque para que hiciera sus necesidades. Allí estaban los amigos de Julián jugando con la pelota y, apenas vieron al perro, se acercaron para acariciarlo y jugar con él. Le tiraban un palo y el Schnauzer lo traía de regreso. A todos les parecía muy gracioso. A todos, menos a Julián, quien, al ver que sus amigos también jugaban con el perro, se puso muy celoso.

―¡Quiero que ese perro se vaya de la casa! ―gritó Julián.

―Está bien, hijo, el perro se irá mañana ―le respondió la madre.

Lo que no sabía Julián es que dos días más tarde, llegaría a casa una perra Labrador de nombre Sasha, que era mucho más grande que el  Schnauzer y que, desde el primer día, captó la atención de todos los amigos de Julián, quienes trajeron especialmente un disco frisbee para jugar con ella. Dana no se separaba de Sasha, salvo para ir a la escuela. Por las tardes, la llevaba al parque y todos los niños se divertían mucho. Dana hizo más amigos que nunca gracias a la perra que se convirtió en la sensación del barrio por su gracia e inteligencia.

―Tu hermana es lo máximo, siempre trae nuevas mascotas ―le dijeron a Julián, y esto terminó por ponerlo furioso.

―¡Mamá, todos mis amigos me han dejado solo por irse a jugar con mi hermana y esa perra! ¿Cuándo se irá?  ―dijo Julián protestando.

―Mañana se irá ―le respondió su madre.

Sasha se fue, pero al cabo de una semana llegó a la casa Sammy, que era un Samoyedo, de esos perros que parecen lobos, totalmente blanco y de ojos celestes. Extrañamente, desde el primer momento, el Samoyedo captó la atención de Julián. Le parecía un perro diferente, como enigmático. Sin embargo, por orgullo, no se le acercaba. Casi se le caía la baba al ver cómo su hermana se divertía a lo grande jugando con Sammy por toda la casa y en el parque. Los amigos de Julián estaban felices también con el nuevo perro. Todos se divertían, menos Julián.

Un día, Dana se puso enferma, le dio un resfriado que la dejó en cama varios días. Entonces, la madre le pidió a Julián que sacara al perro al parque. Julián pensó que era una buena oportunidad para, al fin, poder jugar con Sammy sin que su hermana lo viera. Y así lo hizo. Esa tarde y las dos tardes siguientes, Julián jugó de lo lindo con el perro y sus amigos. Se dio cuenta de que la simple compañía de un animal podía darle una felicidad que hacían mucho tiempo no sentía.

De regreso a casa, Julián abrazó a Sammy y le dijo: “De ahora en adelante, eres mi mejor amigo. No quiero separarme nunca de ti. Gracias por llegar a mi vida y hacerme tan feliz”.

Al día siguiente, Dana ya se sentía bien así que retomó el cuidado de Sammy. Su hermano se le acercó y le pidió que, por favor, lo dejara a él también jugar con el perro. Dana se sorprendió de la insólita amabilidad de Julián, pero aceptó compartir al perro. Sin embargo, le dijo que Sammy pronto tendría que irse. Entonces, Julián fue donde su madre.

―Mamá, por favor, no permitas que Sammy se vaya. Él y yo somos muy buenos amigos, me hace muy feliz su compañía ―le pidió. Su madre también se sorprendió del cambio de su hijo, pero, por dentro, esperaba que esto ocurriese en algún momento.

―Lo siento, hijo. El perro no es nuestro, sólo lo estamos cuidado por un tiempo. En dos días lo tenemos que devolver ―le dijo su madre.

―¿Por qué me haces esto, mamá? ¿Por qué traes un perro para que me encariñe con él, y luego te lo llevas? ―le dijo Julián y se soltó a llorar. Entonces, la madre comprendió que, al fin, este perro había logrado el milagro de sensibilizar el corazón de su hijo hacia los animales.

―Precisamente por eso Julián, porque tú antes no querías a los animales, y gracias a Sammy ahora estás pudiendo comprender que ellos son como nuestros hermanos menores, y tenemos que amarlos y cuidarlos, nunca maltratarlos ― le contestó la mamá.

―Mamá, te prometo que nunca más volveré a maltratar a un animal, ni a un gato ni a un pájaro, pero, por favor, no te lleves a Sammy ―dijo Julián llorando.

―Me alegro de que prometas esto, Julián. Si lo cumples, te traeremos a una mascota para que sea tuya y la cuides siempre, pero Sammy no es nuestro y tiene que irse.

***

Al cabo de tres días, Sammy se fue de la casa y Julián se quedó llorando. Sufrió unas semanas, pero comprendió que los animales son seres amorosos que no merecen su desprecio, sino su cuidado. Se prometió a sí mismo nunca volver a dañar a ningún animal.

En vista de que su corazón ahora estaba abierto, sus padres le regalaron a Julián una visita a un lugar de adopción de mascotas. Allí, pudo ver a muchos perritos abandonados, que necesitaban un hogar. Julián se sintió muy triste al ver a tantos perros maltratados y pidió perdón en silencio porque antes él también los maltrató.

―Cuando sea grande, quiero tener un lugar como este para rescatar a todos los perritos que están en la calle. También podríamos tener a gatitos y a todos los animales que han sido maltratados ―le dijo a su mamá.

Ese día, Julián volvió a casa con una perrita mestiza o runa, a quien puso por nombre Tina. Ella se volvió su compañera inseparable, era quien lo despertaba en las mañanas, quien lo protegía en la calle y con quien jugaba en el parque. Compartía sus cuidados con su Dana y recuperó a todos sus amigos gracias a que Tina se convirtió en la mascota de todos.

Las mascotas de Dana 2