La residencia fantasma


Publicado en la revista Mundo Diners de agosto de 2012

Los eventos narrados a continuación ocurrieron en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finales de 2010, el año da sus últimos pasos. Los días en Guayaquil son siempre bulliciosos, caóticos, pero no pasa nada aquí. Mucho ruido, ninguna nuez. En esta Babel uno podría morir de calor o aburrimiento cualquier tarde. La maldición de Mano Negra se cierne nítida sobre mi cabeza: Guayaquil city gonna kill you, baby. Siento que este puerto frenético y caliente me aplasta como un enorme zapato a un grillo. Necesito huir. Googleo una residencia para escritores. Busco un lugar para escribir mi primera novela. He adelantado algunos capítulos, pero esta ciudad no me deja avanzar. Guayaquil estrangula la poesía.

Encuentro una residencia en un pueblo de Castilla – La Mancha, que pinta bien y ofrece becas. Pienso que la tierra de Cervantes debe ser un lugar inspirador. Recuerdo aquella novelita El coloquio de los perros. Cipión y Berganza son dos perros que cuidan el Hospital de la Resurrección, en Valladolid. Por la noche, a los animales se les suelta la lengua. Berganza es un vagabundo que ha rodado por Sevilla, Córdoba y Granada antes de llegar a Valladolid, y se divierte relatándole a Cipión las peripecias con sus amos. Yo quiero recorrer España como aquel perro. Envío a la residencia un bosquejo de mi novela, lo aderezo con relatos y poemas, y pido una beca.

Al cabo de tres semanas me llega un mail de la Universidad Rural Internacional que, según dice en su sitio web, es la institución que gestiona la residencia. Me informan que mi solicitud ha sido aprobada entre cientos de solicitudes enviadas de 30 países. Me dan “una beca que consiste en el 75% de la reducción del costo del alojamiento”. Quiero viajar cuanto antes, y quedarme el mayor tiempo posible: seis meses. Me indican que antes de gozar de la beca, debo pagar 500 euros por la inscripción –incluye gastos de gestión, un seguro de accidentes y tasas–. A cambio, ellos me ofrecen un lugar cómodo, alejado del mundanal ruido, con todos los servicios, Internet satelital, talleres, intercambios con artistas de todo el mundo, una riquísima vida cultural en un enclave de ensueño. Dejo a mi gato encargado y el 11 de junio de 2011, con una mochila roja y mi portátil, parto para las Españas.

Desde Madrid, me embarco en un bus rumbo a Albacete, la ciudad más cercana a Alcalá del Júcar, el pueblo donde queda la residencia. “Albacete, caga y vete”, así dicen. Y, la verdad, es que largarse rápido de aquí es lo mejor que uno puede hacer. La estación de buses está llena de moscas. Tomo una combi, porque para Alcalá no van buses ni trenes, ya que es un pueblo perdido, adentrísimo diría el montubio. Después de recorrer unos 40 minutos con los ojos bien abiertos, aquella visión  aparece: la hoz del río Júcar. Se trata de un valle, flanqueado por paredes altísimas, exorbitantes, de roca pura, que forman el cauce de un río de aguas tornasol. Una belleza que hay que ver para creer.

Pero la residencia no queda en el pueblo, sino en una aldea alta llamada Casas del Cerro, donde viven unas 200 personas. Llego hasta allá en un auto que hace de taxi. En el trayecto pienso en lo hermoso que es este lugar, y en lo que leí en el sitio web de la Universidad Rural: “esta residencia está convirtiendo a esta pequeña localidad de Castilla – La Mancha en la meca del arte”. “Muy poco conocida más allá de su entorno, la iniciativa ha alojado ya a cerca de 200 artistas de cuatro decenas de países de los cinco continentes”, dice una nota, publicada en 2009, en el diario La Verdad, de Murcia. Lucas Carrión Vázquez, un escultor valenciano que se hace llamar Lucas Karrvaz, es quien dirige la residencia.

Lucas es un artista del reciclaje. En sitios públicos de Valencia ha montado enormes esculturas hechas con chatarra. Su biografía cuenta que sus obras también están en el Museo Vaticano y en Palacio de las Naciones, en Ginebra. Con sus 65 años, cabellos blanco platino, modos agradables y su sonrisa fácil y ligera, me espera en la puerta. Con minuciosidad, me muestra la residencia. Mientras tanto, me cuenta cómo él y otros entusiastas construyeron este lugar, cuando aquí no había nada más que el cerro.

Entramos a varias habitaciones, me explica cómo funcionan la cocina, la ducha, los espacios comunes. La casa que él ocupa está conectada por un pasadizo a un hostal rural, también de su propiedad, al que suele llegar mucha gente sobre todo en verano. Los dormitorios de los artistas quedan del otro lado, yendo por un camino de piedra. Lucas me instala en un cuarto-cueva, cuya pared es de roca pura. Es pequeño, pero me gusta porque parece la cueva de un hobbit. Sin embargo, hay algo que me molesta: Lucas no me mira a los ojos.

A medida que recorremos el lugar, me voy dando cuenta de que aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿Dónde están todos?, le pregunto. “Ya vendrán”, me contesta despreocupado y sigue hablando de cualquier cosa. Al atardecer, me lleva a conocer el pueblo. Me cuenta que su proyecto “Stars for Peace” quedó finalista entre 85.000 ideas para realizar el monumento en memoria del 11S, en Nueva York. Me impresiona el lugar y también lo que me dice, sin embargo, sigo inquieta. La idea de que estamos solos en aquella enorme residencia me perturba.

Caminamos sobre el puente romano que cruza el pueblo, debajo corre tranquilo el río Júcar. No te fíes de él, me dice. Es un río de temer. Ha provocado muchas inundaciones y muertes. Pero te puedes bañar en la playa, cuando quieras. El río Júcar nace en la Serranía de Cuenca y en su paso por la Manchuela, crea un escarpado paisaje conocido como el Cañón del Júcar. Es un trayecto sinuoso, hundido en una gran garganta, donde el río se contonea entre barrancos y crestas calcáreas. El Júcar desemboca en el mar Mediterráneo.

Lucas me lleva a cenar a un restaurante que tiene un mirador. Me quiere presentar al Diablo, un personaje pintoresco de la comarca y dueño del lugar. Pero esta noche no ha venido. Desde ahí puedo contemplar las luces encendidas del hermoso castillo medieval, hecho por los árabes en el siglo XXI, la joya más preciada de este pueblo. Al día siguiente, recorro la aldea. Voy a la tienda, compro pan, queso, jamón, jugo. La dueña, Rosa, me mira extrañada. Me pregunta dos veces si yo soy la que está en la residencia de Lucas. Otras mujeres entran, me miran de reojo. Rosa me informa que los miércoles pasa el camioncito de la fruta y los jueves el de los vegetales. Me dice que cualquier cosa que necesite, no dude en avisarle. Su marido es Rubén, el dueño del taxi que me fue a recoger. Esa noche ceno en el bar de la aldea, el único que existe. Esto es la España profunda, pienso, mientras veo el deplorable panorama: un toro agonizante en la televisión, mientras un público eufórico grita vivas al torero; gente que bebe amodorrada, otros gritan de esquina a esquina en un castellano cerrado y difícil. Un par de vejestorios panzones con la camisa abierta, bebedores insaciables de vino, se sientan en mi mesa sin pedir permiso, e intentan seducirme a punta de chistes triple X. Casi no entiendo lo que dicen, escupen restos de comida cuando hablan.

Me salva el primo de Lucas, que también se llama Lucas, pero es constructor. Es un hombre de unos cincuenta años, robusto, colorado. Es normal que los hombres te quieran levantar, me dice, eres guapa, y por estos pueblos nunca llegan mujeres solas. Machistas de mierda, digo en voz baja. Empiezo a pensar que no soportaré a esta gente seis meses. Lucas, el constructor, me lleva en su camioneta de vuelta a la residencia, me pide mi número de teléfono y se pone a las órdenes. En dos días me voy a Valencia, me informa Lucas cuando regreso. Pero antes debes pagarme el 25% que no cubre la beca. Son 10 euros por cada día. Le pago la mitad, 900 euros por tres meses.

Con la idea de entrar al castillo, al día siguiente me levanto a las ocho de la mañana. Bajo la pendiente de 500 metros que hay desde la residencia hasta la carretera que lleva al pueblo. El camino es áspero, está lleno de cardos pinchudos que me arañan las piernas, pero el bosque de pinos y chopos me fascina. Sigo las marcas amarillas, verdes y rojas que algún otro viajero dejó para señalar la ruta. Veo a lo lejos cómo el pueblo se desparrama sobre los cerros, cómo juega a no caerse al abismo. Es un pueblo de casas blancas y gente campesina que habla a grandes voces por las callejuelas estrechas y mira con desconfianza a los extranjeros. Casi todos son viejos, no hay niños.

La mayoría de las casas tiene una cueva en su interior. Estas cuevas las habitaron en distintas épocas árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, lo que sí queda en la cima del murallón es el inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando jugaba a que era una princesa esperando el beso de un jinete que había recorrido el mundo en mi búsqueda. Mientras pienso en estas tonterías, subo peldaño tras peldaño, bañada en sudor, hasta el castillo. Ahí está Pablo, el chico que lo custodia. A Pablo le parece increíble que yo haya viajado desde Ecuador para venir a una residencia de artistas que, según dice, hace tiempo está cerrada. Nadie se ha alojado ahí hace años, asegura. Se me hiela la sangre.

¿Cómo dices? Sí, yo pensé que ya nadie podía entrar, no sé cómo es que te han aceptado. Karrvaz tuvo algunos problemas, hubo quejas de artistas y abandonó el lugar. ¿Y a dónde se fue? Vive en Valencia con su mujer. Me quedo atónita. Bajo del castillo y entro a un lugar llamado La Cueva del Diablo. Juan José Martínez García, a quien todo el mundo conoce como El Diablo, está en la puerta. Es un personaje estrambótico: larguísimos bigotes a lo Dalí, fajín de torero, mirada de pícaro y manos largas. Me lleva a conocer su guarida: una enorme cueva que funciona como sitio turístico y bar. Enseguida se insinúa, dice que si lo necesito puede comprarme un celular. No, gracias, ya tengo uno, le contesto. Entonces, puedo darte trabajo en mi local, propone. Te pagaré 50 euros diarios. Lo pensaré, le digo. El Diablo es un tipo con dinero habituado a comprar los favores de las mujeres, a escondidas de su esposa. Una señora de bigotes y aspecto temible: la verdadera dueña de su fortuna. Me lleva en su convertible rojo de regreso a la residencia y me invita, el día que yo elija, a conocer los pueblos aledaños.

Me voy contigo a Valencia, le digo a Lucas a la mañana siguiente, con una pequeña mochila al hombro. Pero niña, ¿qué vas a hacer allá?, me pregunta evidentemente incómodo. Veré a unos amigos, pasearé. Tú solo déjame en el centro. Por mail, Lucas me había dicho que la residencia era regentada por la Universidad Rural, que es la institución que concede las becas. La que pone el dinero para mantener el lugar es la III Milenium Corporation, con sede en Wilmington, EE.UU.. Cuando subía del pueblo, vi un letrero alto que decía: “Universidad Rural Internacional”. Debajo del letrero y en los alrededores no había nada. ¿Dónde queda la universidad, Lucas? le pregunto, mientras él conduce.

Vamos por la ruta de los molinos de viento, no los viejos del Quijote, sino los modernos que producen energía eólica. ¡Ah! Eso es un proyecto que tengo en mente, pero aún no tenemos un lugar físico, por ahora solo existe en mi cabeza, responde como si nada. Pero, Lucas, ¡tú me enviaste papeles, supuestamente oficiales, con el sello de esa universidad. ¡Yo pensaba que esto era algo serio! No contesta. Se queda callado, con cara de ofendido. Se agarra constantemente el hombro derecho. Me había contado que tenía una dolencia y debía ir a Valencia para hacerse tratar. Hace muecas de dolor. Yo hago muecas de rabia.

¿Y dónde está la gente?, insisto. Se supone que esta es una residencia de artistas. ¿Por qué no hay nadie? Ya te dije que no han venido aún, dice enojado, sin mirarme. Ya vendrán. Pasamos Requena, la ciudad de los vinos. En una hora y media estamos en Valencia. Me alojo en un hostal, donde comparto la habitación con dos chicos gringos guapísimos que no tienen ningún problema en desvestirse delante de mí.

Por medio de mi amiga María Fernanda conozco a Tony, un periodista valenciano que me muestra la ciudad y me lleva a su barrio, Rusafa, donde conozco a sus divertidos amigos y a sus perros. En España la moda de andar con los perros a donde sea que uno vaya es detestable. Pero si no hubiese sido así desde tiempos inmemoriales, Cervantes tal vez no habría creado al magnífico Berganza. Es verano, fin de semana y estoy en la costa del Mediterráneo. Y, en España, aunque haya crisis, la diversión es ley.

Mi amigo Carlos, de Barcelona, baja a verme. Nos conocimos hace siete años en Buenos Aires, una ciudad que disfrutamos a fondo. Después vino a visitarme a Ecuador y lo llevé a Montañita. Hemos dormido juntos muchas veces, sin tener sexo porque él, muy a mi pesar, es gay. Carlos conoce poco Valencia, la descubrimos juntos, nos divertimos como siempre. Carlos me acompaña de regreso a la residencia. Lucas está ocupado instalando a una gran familia en su hostal. Nos habla apenas. Este tío es raro, parece que esconde algo. No mira a los ojos, me dice Carlos. Bajamos al pueblo.

Mientras conversamos y comemos pistachos nos terminamos tres botellas de vino rosado. Nos da calor y nos metemos a nadar al río. Chapoteamos borrachos. Subimos a la residencia, metemos una pizza en el microondas y cantamos canciones de Manolo García. Lucas ni nos mira. Carlos se va al día siguiente. Y, cuando me doy cuenta, Lucas también se ha ido. Me quedo sola en este lugar enorme que empieza a parecerme siniestro. Intento conectarme a Internet y no funciona. Tampoco hay teléfonos ni televisión.

Si quiero comer, debo ir al  bar de la aldea, donde me acosan los viejos morbosos, o me miran con tirria sus mujeres. Son grandes y barbudas. Pero también hay gente decente que me pregunta qué hago en aquel lugar abandonado. Yo vine a escribir un libro, les digo. Me miran preocupados. Pienso que ellos saben algo que no quieren decirme. Hay mucha familia de Lucas regada por la aldea; nadie me quiere decir nada. Salvo Miguel, un pintor mexicano que llegó hace años a la residencia y, al ver que no era lo que él esperaba, se buscó un trabajo en el pueblo. Se casó con la dueña del bar. Esa residencia es una estafa, vete cuanto antes de ahí, me dice en voz baja para que su mujer no escuche, mientras lava unos platos. Nadie quiere problemas con Lucas, me avisa. Yo prefiero no volver al bar. Me alimento de pan, queso, jamón y cerveza que compro en la tienda, también de fruta cuando viene el camioncito. Solo los pájaros hacen ruido por las mañanas. El resto del tiempo el  silencio es crudo.

Una noche, mientras intento escribir en la cocina, entra Lucas, el constructor, sin avisar. Me da un gran susto. Se sienta y dice que ha venido a buscarme, porque no me vio más en el bar. ¿Cómo entraste?, le pregunto.  Cualquiera puede entrar, no hacen falta llaves. Así mismo lo ideó Lucas. Estoy sola e incomunicada en un lugar inseguro. Intento no quedarme todo el día en la residencia. Bajo al pueblo y nado en el río. Un día veo que un hombre de piel oscura me sigue. Me observa mientras nado, arrimado a un árbol. Cuando salgo del agua, le pregunto qué quiere. Acompañarte, me dice, en un castellano extraño. No quiero compañía, le contesto. Mientras subo el cerro, viene detrás de mí, como un sucio perro. Dice que es el pastor de las ovejas. Ahora entiendo por qué huele tan mal. Las he visto en la cúspide de la montaña. Soy marroquí y tengo papeles, repite una y otra vez. El sol me pega con fuerza en la cara. No tengo mujer y busco una, dice. Yo intento no prestarle atención, y ocultar lo mejor que puedo el miedo.

Otro día, El Diablo me lleva a conocer los pueblos cercanos, pero en lugar de guía turístico resulta ser un pervertido. Al principio, me trae rosas que él mismo cultiva, incluso me ofrece prestarme uno de sus carros –no sé conducir, le digo–. Cuando ve que fracasa en sus intentos, va al grano: me ofrece dinero a cambio de que, por lo menos, le permita “verme desnuda”. “Tú no tendrás nada que hacer, soy eyaculador precoz”, me dice. La angustia empieza a apoderarse de mí, no me deja escribir ni dormir. Duermo por las mañanas, porque en las noches siento que rondan la residencia y prefiero estar alerta. No tengo a nadie con quién hablar.

Pasan no sé cuántos días, y al fin Lucas reaparece. Me dice que me calme, que está por llegar una pintora argentina. Con Ayelén llega la luz. Es una linda cordobesa, muy creyente en Dios y la Virgen, que dibuja mandalas. Lucas la recibe y regresa a Valencia. En este lugar no hay ni un ama de llaves, ni un guardián, ni un perro que cuide, le cuento a Ayelén. Y el pueblo está lleno de viejos cochinos. ¿Y cuánto tiempo has estado aquí?, me pregunta. Saco las cuentas. Tres semanas… ¡21 días! Son las once de la noche, estamos sentadas mirando el castillo encendido y planeando cómo hacer para que Lucas nos devuelva el dinero, cuando, de repente, un hombre se para a nuestro lado. Gritamos del susto. Es David, otro mexicano que, igual que su paisano del bar, un día llegó a la residencia y se quedó viviendo en la aldea.

Vine a invitarlas a almorzar mañana en casa de Lucas, el constructor, nos dice. Aceptamos. También nos previene: deben encerrarse con llave, porque ha habido robos. Esa puerta que ven ahí –nos señala la puerta de la cocina, donde yo suelo escribir- está dañada, porque intentaron meterse. Al día siguiente, David pasa por nosotras a la hora del almuerzo. Nos lleva a casa de Lucas. Pero el almuerzo no es ahí. Subimos en su camión y nos lleva por un camino de tierra, apartado. Bajamos en una estepa. ¿Qué es aquí?, preguntamos. Esta es mi casa de retiro, donde me escondo de mi mujer, dice el muy sinvergüenza. Entramos y vemos con sorpresa que las paredes están llenas de fotos de chicas desnudas.

Es un bulín, un cobertizo escondido. Hay herramientas y huele a aceite de carro. Lucas y David insisten en que bebamos vino. El español empieza a contar chistes sexuales, mientras el mexicano se ríe de cualquier cosa. Ayelén y yo nos levantamos. Ella está furiosa. Ahora mismo nos largamos de este pueblo, dice y me agarra de la mano. Salimos casi corriendo. Ellos van detrás de nosotros pidiendo que volvamos.

Hacemos las maletas. Salimos a la carretera, tomamos el bus rumbo a Valencia para encarar a Lucas. Lo citamos en un café del centro. Al principio, el hombre está reticente a devolvernos la plata. Pero sabe que soy periodista y le recuerdo que tengo amigos en medios, en España. Lo amenazamos con sacarle una nota en la prensa. No le queda más remedio que ceder. Nos devuelve todo el dinero. Ayelén se va para Barcelona. Ese mismo día, en Valencia, conozco a Sergi Tarín, un periodista de mi edad que busca compañero de piso. Sergi es alto, rubio, de ojos grandes y largas pestañas. Me muestra el departamento, que queda en el quinto piso de un vetusto edificio de gitanos. La vecindad es mala, el lugar es pequeño. Pero eso no importa: el Mediterráneo está a dos cuadras y desde el estudio hay una impresionante vista del mar.  Sergi es amable, tiene una enorme biblioteca y le encanta el vino. Me quedo, le digo. Y es aquí donde escribo Pedro Máximo y El círculo de tiza, mi primera novela.

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Mi compañero ciego


Este texto fue publicado en la revista SOHO, en julio 2012.

También aparece en el libro de Crónicas publicado por Dinediciones en 2015.

El primer año me dediqué a observarlo. A veces, él era el centro en un círculo de gente que le hablaba, mientras reía divertido. Otras, permanecía solo. Se quedaba en silencio, apoyando su brazo en un grueso bastón de metal. Olía el aire, escuchaba, al azar, voces de personas, chillidos de pájaros. Lo veía cuando bajaba del bus, o subía con paciencia y esfuerzo la extensa pendiente que hay a la entrada de la Universidad Católica. No hacía muecas de dolor, no se detenía. Avanzaba hasta la Facultad de Filosofía, que queda al fondo, muy cerca del cerro. Subía lentamente las escaleras con su vara de ciego siempre por delante. Usaba su bastón guía como un radar, de la misma manera que una mariposa usa sus antenas; o un gato, sus bigotes.

Ambos cursábamos el segundo año de Comunicación Social. Yo estaba en el paralelo A y él, en el B. Un día, la profesora de Técnicas de Entrevista, una mujer de elegantes pecas, nos pidió que escribiésemos una semblanza sobre algún personaje. Entonces, hallé mi coartada. Me le acerqué y le pedí una entrevista. Era julio de 1999. Así fue como empecé a escribir esta melancólica historia que aún no termino. La terminaré cuando encuentre un final que no sea tan desolador.

A Pedro Juan Pino Medina (Guayaquil, 1970) le diagnosticaron Síndrome de Morquio a los 4 años. Es una rara enfermedad que ataca a una de cada 200 mil personas. La causa un gen defectuoso, generalmente heredado. Él nació con la cabeza más grande de lo normal y severos problemas óseos. Su columna vertebral es como un arco y una de sus piernas siempre estuvo un poco encogida, como si fuese una J. Él solo ha asentado en el suelo uno de sus pies. El otro siempre se ha mantenido colgado, alejado de la tierra.

No contento con las maldiciones físicas, a los cinco años el Morquio comenzó a atacar sus ojos. El niño empezó a perder la visión lentamente. Pasó gran parte de su infancia encerrado. Sus piernas solo lograban llevarlo hasta la peatonal de su casa y, con el pasar del tiempo, sus ojos se fueron nublando. Hasta que llegó un día en que la oscuridad se quedó a vivir. Pedro Juan tenía 17 años. El gen defectuoso se tomó doce años en dejarlo completamente ciego.

Sus padres no lo llevaron a la escuela como al resto de sus hermanos. Tampoco le consiguieron una silla de ruedas hasta que cumplió 13 años. Entonces, él desde su silla, empezó a plantarles guerra porque quería estudiar. Que no hay dinero para el bus, que es peligroso, que te pueden hacer algo, le dicen y se niegan a llevarlo. Pero Pedro Juan no se calma. Pasan dos años. Él no aguanta más vivir en el encierro de la ignorancia. Arma una rabieta condenada y condenatoria, y los obliga a inscribirlo en la Escuela Municipal de Ciegos Cuatro de Enero, que queda al sur de la ciudad.

El padre de Pedro Juan se llamaba Juan José Pino, era electricista particular. Con Nelly Medina tuvo tres hijos. El primero fue Pedro Juan. Pero, cada uno por su cuenta, tuvo antes otros hijos. Entre todos sumaron once.

El primer día de escuela de Pedro Juan ocurrió cuando él tenía 15 años. Dos chicos más entraron esa mañana, uno de 17 y otro de 18. Chicos ciegos que también iban por primera vez a clases. Niños que no crecieron jugando, sino arrinconados como escobas o viejos utensilios. Menos mal, una de las hermanas de Pedro Juan le había enseñado el alfabeto. Eso le facilitó el aprendizaje del braille. Sabía, además, sumar, restar, multiplicar y dividir. Le tomaron una prueba y lo ubicaron en tercer grado.

Cuando terminó la escuela, se inscribió en el Pino Icaza, un colegio regular que queda al norte de Guayaquil. Para entonces, ya manejaba bien el braille, la grabadora y la labia, que es lo que más le ayuda a un ciego a sobrevivir, dice él. Además, con mucha dificultad, había vuelto a caminar.

En el tercer año le tocó decidir la especialización. Se enfrentó a la difícil pregunta ¿qué quiero ser? Y luego a la más grave de todas: ¿qué puedo ser? Un ciego no puede ser cirujano, ingeniero ni dentista, tampoco arquitecto, director de cine, fotógrafo ni diseñador. Casi todos los que estudian eligen Leyes o Educación. No hay mucho más. Él decidió que lo que quería era producir programas de radio, o hacer relaciones públicas. Por eso, a los 28 años, totalmente ciego y con una movilidad reducida, Pedro Juan se inscribió en el preuniversitario de Comunicación Social de la Universidad Católica de Guayaquil.

***

1998. Yo estaba en el grupo de la mañana del pre y Pedro Juan en el de la tarde. El de la mañana era el grupo de los estudiosos, los bien portados, los aburridos. En la tarde iban los bohemios. Un cura nos daba Teología –materia importante en esta Universidad, a pesar de que a nadie le importe un carajo–, una mujer que se peinaba como Lucile Ball nos daba Castellano. Al profe de Matemáticas lo borré de la memoria, y la de Lógica era una simpática gordita. La gran parte de los 30 alumnos de la mañana aprobó. Yo me quedé por Matemáticas, y si no fuera por la boya de la recuperación, donde te vuelven a poner los mismos ejercicios de la primera vez, no habría pasado jamás. Años atrás pasé por una decena de colegios reprobando Matemáticas en el examen de admisión. En cambio, Pedro Juan pasó Matemáticas sin despeinarse, y fue de los pocos del grupo de la tarde que aprobó el pre sin ir a recuperación. El muy sabido pasó con 8.

La Universidad no le puso ningún un pero cuando entró. Lo trataron como a uno más. Es más: lo becaron por su situación de desventaja. Pagaba 40 dólares mensuales, cuando el resto pagaba entre 150 y 200 dólares.

A los 24 años, Pedro Juan escuchó Cien años de soledad. La novela había sido grabada en 17 cassettes de 90 minutos cada uno, y la tenían en la biblioteca para ciegos del museo municipal. Quedó prendado de la literatura. Pronto, los poetas y las buenas personas de la Facultad empezaron a leerle cuentos, poemas y capítulos de todo tipo de novelas. La Universidad se le presentaba como un mundo posible y real en el que él era bien recibido. Estaba contento y le ponía fe.

Los problemas empezaron a mediados del primer año, según recuerda.

– Me advirtieron que no podría tomar las materias visuales, pero yo esas alturas ya había aprobado Fotografía. Yo ya no me iba a echar para atrás, ya estaba embarcado – dice. Conversamos en su casa, en Durán. De fuera llega un fuerte olor a basura quemada.

Andrés Holtz, el profesor de Fotografía, fue sensible y flexible.

–Como yo no podía tomar fotos me mandaba a hacer trabajos sobre teoría o historia de la fotografía. Una vez también me pidió que le preparara un programa de radio sobre fotografía. Yo había encontrado en Internet algo sobre fotografía para ciegos que a él le pareció interesante. Armé el programa, se lo di por escrito y en cassette con todos los efectos para una radio – cuenta.
Le gusta recordar el 9 que sacó en esa materia.

Para Animación Cultural –una materia en la que el alumno debe organizar un evento con público –, Pedro Juan propuso hacer un campeonato de básquet con jugadores en silla de ruedas y otro de indor para ciegos. Consiguió los auspicios, desarrolló los trípticos, envió la información a la prensa y montó el evento en el coliseo de la Católica. Lo hizo solo, sin hacer grupo. Jorge Massuco, el profesor, le puso una nota alta. Y así, Pedro Juan fue aprobando las materias. En algunas, como Análisis de la imagen o Estética y Arte, tuvo problemas. En la primera se quedó, y en la segunda el profesor no lo admitió en la clase. El malestar en la dirección de la Carrera aumentaba. La presencia de un alumno ciego empezaba a ser un problema que no sabían enfrentar. En segundo año le dijeron que lo mejor era que se retirase.

–No me dijeron ¡váyase! Pero sí que definitivamente no podía continuar por las materias visuales. Yo les ponía el ejemplo de Fotografía y me mantenía en eso. Me dijeron que lo mejor que podía hacer era cambiarme de Facultad. Que me vaya a Derecho, porque ahí había casos de ciegos que se habían graduado. Yo le propuse a la Universidad que me hicieran un recorte en el título, que me pusieran Licenciado en Comunicación para radio, o algo así. Pero simplemente no me contestaron. La conclusión a la que llegaron el abogado de la Universidad y la directora de la carrera fue esa: me ofrecieron homologar las materias que ya había tomado, y me pidieron que me cambie a Derecho – relata. Respira hondo y luego dice: tal vez si ellos hubieran llevado mi caso al rector de la Universidad y a los demás decanos, las cosas habrían sido distintas.

Pedro Juan, que es terco como una mula, no hizo ningún caso y siguió peleando. Después de que le dijeron que se fuera, se quedó otro año dando guerra. Pero sus batallas no eran solo contra las autoridades de la Facultad o los profesores que no sabían cómo integrarlo al grupo o de plano le decían que no podían darle clase a un ciego. La principal batalla que enfrentaba era contra él mismo, contra su propio cuerpo.

La mala posición de sus pies ocasionó con el tiempo un severo desgaste de sus caderas. Los dolores acometían cada vez con más fuerza. Cada día le costaba mucho más subir la loma y las escaleras. El médico le dijo que si seguía así pronto dejaría de caminar, y que necesitaría un trasplante de caderas. Los largos trayectos en bus para ir a la universidad y volver empeoraban la situación.

En 2004 ya no podía más. Tuvo que desistir. Cerró todas las materias, cerró todo.
No me lo dice, pero lo noto en su voz. Le duele recordar el día en que dejó de caminar. Pero lo hace y me lo vuelve a contar.

–Fue en agosto 18 de 2004. Yo venía caminando en la noche a mi casa. Tenía que pasar la iglesia, el parque y la escuela. Ya me estaba doliendo antes, pero a la altura de la escuela me cogió un dolor muy fuerte, insoportable. Me senté en un murito un rato a ver si se me pasaba. Para levantarme tuve que hacer un esfuerzo muy grande. Avancé hasta la esquina de mi casa. Y no pude dar un paso más –.

Esta vez el encierro duró dos meses y medio. El espíritu de Pedro Juan es tenaz y poderoso. Compró una silla de ruedas de segunda mano y la hizo arreglar. Debía salir a la calle para, como sea, juntar los 8 mil dólares que necesitaba para la operación. Su deseo de volver a la Universidad le daba fuerzas. Alquiló teléfonos, se convirtió en vendedor informal, hizo programas de radio, vendió publicidad, hizo colectas públicas, dio entrevistas a los diarios. Nada fue suficiente.

***
Pedro Juan sabe lo que es la soledad, el rechazo, la indolencia. Pero también sabe lo que es la compañía, la solidaridad, el amor.

Era diciembre de 2004. Mientras le partía en pedazos pequeños un filete, con una sonrisa inocente y tal vez sin calcular la dimensión de sus palabras, me dijo: Ratona, acompáñame a Quito. Quiero ir a sondear, puede que allá alguien me ayude. Podemos ir a las embajadas, a los ministerios. Les contamos lo que me pasa, tal vez alguien se interese…

Los ojos se me empañaron. Sabía que era difícil, casi imposible, pero él tenía tal convicción que no pude negarme. Dale, Pedro Juan, yo te acompaño, le dije. Él abrió sus brazos para abrazarme.

En aquella época yo tenía 25 años y Pedro Juan 34. Yo pesaba 130 libras y él 160, sin contar la silla de ruedas, que era un armatoste que parecía haber sido usado por un veterano de la Segunda Guerra. Viajamos toda la noche del domingo en bus. Llegamos a Quito a las seis de la mañana, desayunamos y nos alojamos en un modesto hostal sobre la calle Calama. La altura de Quito me sienta fatal, me mareo, vomito, me duele la cabeza. Me di cuenta de que llevar a Pedro Juan por las cuestas quiteñas iba a ser una pesadilla.

Él llevaba una bolsa negra llena de carpetas manilas con papeles que explicaban su enfermedad y los detalles médicos de la operación. Busqué posibles direcciones, hice una ruta y nos fuimos de recorrido, primero, por las embajadas. Pedro Juan había escuchado que los japoneses tratan bien a los discapacitados, y quería empezar por ahí. Yo no lo contradecía, intentaba vivir esto como una extraña aventura que muy rápido empezó a tornarse dolorosa en varios sentidos.

No teníamos dinero para el taxi. Subir al trole con alguien en silla de ruedas es terrorífico. Hay que buscar paradas que estén equipadas para el paso de la silla. Subir a un bus es mucho peor, pero también anduvimos en colectivo. En la embajada japonesa no quisieron ni escucharnos, mucho menos vernos. Entre lunes y martes recorrimos las embajadas cubana, española e italiana. Dejen la carpeta, la revisaremos, nos decían con falsa amabilidad. No importa la nacionalidad: a la gente no le interesa la vida de nadie, y menos la de un ciego que se ha quedado sin poder caminar.

Estaba triste, indignada, me dolían los brazos, tenía ganas de llorar, pero no lloraba. Debía ser fuerte como Pedro Juan. La noche del martes lo invité al cine, daban Diarios de motocicleta. A Pedro Juan le encanta ir al cine. Escucha la película y se imagina todo. Fuimos a un centro comercial. El cine quedaba en un piso alto, y solo se podía subir por escaleras. Dos hombres tuvieron que trepar a Pedro Juan y su silla. No pasa nada, caballero, le dijeron. Salimos tarde, casi a la medianoche. Cruzamos la calle para esperar un taxi. El viento frío nos golpeaba la cara. Pocos son los taxistas que paran cuando ven una silla de ruedas. Estuvimos cerca de una hora esperando, hasta que un señor paró. Mientras acomodaba la silla en la cajuela, me preguntó. ¿Usted es la esposa del señor? No, respondí. ¿La hermana? No, tampoco. ¿Entonces? dijo intrigado. Solo soy su amiga, eso es suficiente.

El miércoles fuimos al ministerio de Salud y al Conadis (Consejo Nacional de Discapacidades). En el ministerio de Salud nos dijeron que no atendían casos particulares, sino solo a los directamente enviados desde un hospital, y en el Conadis nos hicieron pasar a una oficina, nos ofrecieron agua, y nos mandaron con viento fresco. Que Dios los ayude, porque nosotros no podemos.

Mi dolor de brazos era intenso. El lunes por la noche me compré una pomada de Voltarén que me la terminé en dos días. El martes decidí que la pomada no bastaba y empecé a tomar Apronax. No le decía nada a Pedro Juan. Suficiente tenía con escuchar cómo nos trataban en cada lugar al que íbamos. Se salvaba de ver las miradas secas, agrias, indolentes o repulsivas. Pero tampoco veía la enorme compasión que había en otras, como en la mirada de Hiroshi, un japonés amigo que nos pagó los días en el hostal. El jueves fuimos en bus a una empresa de hierro de la que Pedro Juan había oído y aseguraba tener un contacto. Quedaba en un lugar altísimo, rural, muy alejado. Llegar hasta allá nos tomó más de una hora. Nos vieron a través de una ventanilla, y se negaron a abrirnos la puerta. Nos dijeron que la persona a la que buscábamos ya no trabajaba ahí. Hacía un frío terrible. Queríamos regresar, pero ningún bus ni taxi nos paraba. Las lágrimas rodaban por mi cara. Pedro Juan no las veía.

El viernes, él lo quiso seguir intentando, pero yo ya no podía empujarlo más. Tampoco me quedaba esperanza.

Pedro Juan nunca logró juntar el dinero necesario. No pudo volver a caminar. Desde hace años vende caramelos en la esquina de Nueve de Octubre y García Avilés. En la Universidad ya nadie pregunta por él.

Mi madre sale de casa por segunda vez


Por Marcela Noriega

Mi madre cumplirá 66 años en agosto. Desde hace algún tiempo, sin que ella pueda hacer nada para evitarlo, en su mente se forman lagunas de aguas turbias y sus recuerdos se ahogan. Su memoria se ha convertido en un pantano. Las imágenes del pasado remoto aparecen como flashes inconexos que ella no logra juntar. A veces, los recuerdos burbujean en la superficie, sacan la cabeza y ella logra atraparlos. En esos momentos es capaz de armar complejos relatos de su niñez o juventud. Pero aquel milagro es cada vez menos frecuente. Lo que pasa más a menudo es que sus recuerdos naufragan en la oscuridad de una ciénaga. Ha pasado, por ejemplo, que mi madre está en un banco, una oficina pública, o una tienda de zapatos y cuando sale sus pies se vuelven como de cemento y su mente también. Se queda en blanco. No sabe qué hace ahí ni logra contestarse una simple pregunta: ¿dónde estoy?

Llega un día en que los despistes ya no son divertidos. Hace poco, mi madre tuvo un novio que usaba sombrero: un día no lo reconoció y lo echó de la casa. Varias veces ha olvidado su dirección y su número telefónico; también se olvida de lo que acaba de contar o dónde deja las cosas. Mi madre es enfermera y entiende a la perfección el lenguaje médico desde su juventud, por eso, cuando su neurólogo le dijo que, tal vez, sus lagunas mentales se deban a un incipiente Alzheimer, se asustó.

Empieza febrero, el calor en Guayaquil no es calor, es infierno húmedo. Mi madre saldrá de vacaciones a mediados de mes y me pide que nos vayamos de viaje. Antes de eso, debe someterse a una tomografía axial computarizada, un examen que se hace combinando un equipo especial de rayos X con computadoras sofisticadas para producir múltiples imágenes del interior de su cabeza. También deben hacerle una ecografía doppler de las arterias del cuello, que le permitirá al médico evaluar las ondas de velocidad de flujo de los vasos sanguíneos que van al cerebro. Con los resultados, debe volver a la consulta del neurólogo.

De pronto, comprendo que es el momento de hacer un viaje importante, de llevarla a lugares hermosos en los que jamás haya estado, de ayudarla a fabricar nuevos y poderosos recuerdos que le cueste borrar a su mente. Quiero provocarle estados intensos de alegría, como cuando era una niña, la época en la que fue más feliz. Es hora de pelear contra el olvido y la desmemoria, me digo. Quiero eso y también pagarle una deuda: desde que era una niña de cinco años, mi madre nos llevó a mi hermana y a mí de viaje por el país. Íbamos por sierras, selvas, islas, pueblos y ciudades. Mi padre, Pedro Máximo, jamás iba con nosotras por quedarse cuidando la casa. Gracias a ella, pronto entendí lo que significaba ser una viajera. Gracias a ella, le perdí el miedo al mundo.

El miedo y la ciudad

Viví en Buenos Aires entre 2004 y 2005. Una vez, mi madre fue a visitarme. Era otoño, hacía frío, era su primera vez fuera del país. Al segundo día de su llegada, la llevé a la calle Corrientes. Pensé que, con algunas indicaciones, podría arreglárselas sola. Yo en esa época hacía pasantías en Clarín y debía ir al periódico. Nos despedimos al mediodía a la altura de Pueyrredón. Mi madre se quedó mirando vitrinas, comprando, caminando despreocupada. Cuando quiso volver a casa no recordaba la dirección y olvidó por completo mis indicaciones. Estaba perdida y sin saber qué hacer. Vivió un instante de pánico hasta que recordó que mi casa quedaba cerca de Congreso. Yo vivía a dos cuadras de ahí, en el octavo piso de un edificio sobre la calle Solís. Después de aquel susto, nunca más quiso pasear sola. Yo viajaba todas las noches unos cuarenta minutos en colectivo, desde Constitución. Llegaba a casa a las diez. Mi madre me esperaba con una sopa caliente y la casa limpísima.

 –¿Qué hiciste hoy? –le preguntaba.

–Nada. Solo fui a la plaza del Congreso a darle de comer a las palomas – fue su respuesta invariable durante el mes que estuvo conmigo.

***

–Iremos a las cataratas de Iguazú –, le digo de repente, mientras esperamos en una salita del hospital Luis Vernaza el turno para la ecografía doppler. Fue en este hospital que ella empezó sus andanzas de enfermera, hace casi cincuenta años. Después de eso, trabajó en un dispensario de la Autoridad Portuaria y hace diez años atiende a mujeres parturientas en la Maternidad Sotomayor. Varios ancianos cabizbajos esperan entre bostezos escuchar su apellido.

–¿En serio? – contesta ella con la mirada chispeante.

– Sí, iremos primero a Buenos Aires, ahí estaremos un par de días, luego tomaremos un bus que nos llevará a Posadas, y al día siguiente, iremos a las cataratas –, le digo mientras el mapa de aquel país querido se me dibuja en la cabeza. Hace cinco años que no iba a Argentina.

Una isla en la oscuridad

Llueve en Buenos Aires. Siento la ciudad caótica y estresada. Nos alojamos en un hostalito de San Telmo, sobre la calle Chile. Un guapo chico de rastas nos da la bienvenida. Hay estantes de libros por todas partes, incluso encuentro un poemario de un amigo quiteño. Los cuartos son pequeños y muy limpios, las paredes están forradas de cómics. Cenamos provoleta, cuadril y vino. Mi madre parece sentirse a gusto, aunque todavía dice que Buenos Aires le da miedo.

La noche siguiente la llevo al centro cultural Konex. Presentan La isla desierta, una pieza teatral de Roberto Arlt, interpretada por el Grupo Ojcuro, que trabaja a partir de la ausencia total de luz y cuenta con un elenco de actores ciegos.

Nos formamos en fila india con el resto del público. Uno de los actores ciegos se coloca al inicio y pide que todos, unas treinta personas, pongamos las manos sobre los hombros del que tenemos delante. Nos explican que entraremos a un cuarto oscuro, que durante las dos horas que dura la obra, por más que abramos los ojos como platos, no lograremos ver absolutamente nada. ¡Vaya más despacio!, le pide mi madre al que guía el tren humano cuando éste se pone en marcha en total oscuridad. El actor ciego nos lleva por los vericuetos del teatro hasta hallar nuestros asientos. No se ve nada. Es como estar dentro del color negro. Mi madre me agarra fuerte de la mano, nerviosa.

La obra inicia. Los actores se mueven por todos lados, como si ellos tuviesen una luz invisible incorporada. Solo usando sus voces, nos llevan de las cejas a aquella lúgubre oficina donde un grupo de burócratas sufre la imposibilidad de la alegría. Viven sumidos en la rutina, los horarios y las obligaciones. Su única emoción consiste en escuchar los sonidos de los buques que van y vienen de países lejanos. Imaginan cómo será viajar, conocer el mundo, nos arrastran dentro de sus sueños imposibles. A lo largo de la obra, mi madre ríe y hasta grita cuando, en medio del mar, un tiburón le toca los pies. Al final, no puede estar más contenta y agradecida. Les da besos y abrazos a los actores ciegos. —¡Se han pasado! — les dice. Vayan por Ecuador. No deja de comentar la obra mientras caminamos por Corrientes en busca de un helado.

La furia en el agua

En 2005 pasé siete meses en Posadas, capital de Misiones, la provincia del noreste que limita con Paraguay y Brasil . Un amigo director de un periódico me ofreció trabajo y yo acepté encantada, me interesaba conocer la Argentina pobre y rural, además de ir a las Cataratas. Posadas es feucha, un pueblo grande que me recuerda demasiado a Guayaquil. Una ciudad sin identidad que crece sin sentido. Viajamos toda la noche en un bus-cama. Mi madre feliz con el servicio: televisión individual, cena caliente y bebidas ilimitadas. 1.293 kilómetros separan Buenos Aires de Posadas. Llegamos al amanecer. Todo está tal cual lo recuerdo. Nos alojamos en un hostal espantoso, como espantosos son todos los hostales de Posadas, lugar de paso al fin y al cabo. Menos mal, aún existe aquella deliciosa churrasquería donde solía ir a cenar al estilo rodizio –carne asada de todo tipo servida en espadas–, algo que mi madre no había probado y que le encanta.

Son las seis de la mañana del cuarto día. Enfilamos rumbo a Puerto Iguazú. 615 kilómetros de un viaje lento, en modo bus lechero. Yo había hecho una reserva en el Sol Cataratas, un hotel precioso incrustado en la selva misionera, un lujo que vale la pena. El sol pega con furia y nosotras sin sombreros. Llegamos al parque nacional Iguazú, compro dos ticketspara La gran aventura, un paseo que he hecho dos veces y que sé que a mi madre le pondrá los pelos de punta. En 1984, la UNESCO declaró a las Cataratas de Iguazú como patrimonio natural de la humanidad y este año fueron incluidas dentro de las siete nuevas maravillas del mundo. Estas cataratas, con 257 saltos de agua y cuatro veces más grandes que las del Niágara, hoy más que nunca están llenas de chinos con camaritas.

Nos suben a un camión y, junto a una veintena de turistas, recorremos parte de la selva.

—¡Bah! Esto también hay en Ecuador — me dice mi madre, mientras la guía habla de las plantas y los animales por un micrófono.

Al final del recorrido, nos espera una lancha de goma que nos lleva río abajo por el Iguazú. Al principio, las aguas son amables, pero a medida que nos acercamos a las Cataratas, se vuelven rudas y peligrosas. Vamos por los rápidos dando tumbos. Mi madre salta y grita, mientras yo me río y filmo su cara de espanto solo superable cuando, aún estando lejos, empieza a ver la grandiosidad de las Cataratas. Del lado izquierdo es Brasil, del lado derecho, Argentina. ¿Ya vamos a dar la vuelta?, repite con miedo e insistencia. Sé que está aterrada, pero aún falta lo peor.

Un bebé llora cerca de nosotras. Llegamos cerca, muy cerca de una enorme caída de agua, del lado oeste, el de la Garganta del Diablo, la más impresionante de las cataratas. Nos han obligado a guardar las cámaras. Nos piden que nos sentemos y nos agarremos fuerte. Mi madre me entierra los dedos en el brazo. Su corazón late a mil. El bebé sigue chillando. Mi madre sufre por ella y por el bebé. —¡Qué padres tan irresponsables! —dice enojada. La lancha se acerca tanto al grifo gigante que el agua nos baña. La gente grita, mi madre también. La lancha se acerca más, más, demasiado. El timonel no calcula y ¡bungundún! chocamos contra la roca. Quedamos debajo del chorro, casi sin poder respirar. El bebé grita desesperado. Mi madre está a punto de echarse a llorar. El piloto hace una buena maniobra y nos saca. —Marce, casi nos morimos —me dice en tierra firme.

Los turistas son como hormigas frenéticas que sacan fotos, pero no se detienen a sentir. Ya repuestas del susto, le pido a mi madre que intente alejarse mentalmente de la multitud y que observe con paz y detenimiento las cataratas. El secreto de esto es que si te quedas quieta y en silencio, sientes una poderosa fuerza. Ella me abraza y nos quedamos contemplando el rugido del agua.

Paranoia nocturna

615 kilómetros después estamos en Corrientes capital, la tierra del general San Martín, en la ribera del Paraná. Llegamos por la noche, hacen cuarenta grados. Salimos a cenar al Cristóbal, un restaurante que queda a dos cuadras de la costanera. Sobre el río se levanta imponente el puente Belgrano, cemento macizo que no logra esconder la pobreza de los márgenes. Nos alojamos en un hostal sobre la calle Rioja, de nombre La Golondrina, una casa centenaria con altísimas puertas de madera y vitrales con dibujos de navegantes. Todo en esta ciudad huele a agua, agua callada, insípida, caliente y aburrida como una sopa sin sal. Esta noche debemos dormir en un cuarto compartido, mañana nos pasarán a una habitación individual. Entramos a dejar las mochilas y vemos que un chico de pantaloneta oscura duerme plácidamente sobre una de las literas.

En el Cristóbal, la gente va en camiseta y shorts, beben cerveza y ríen estruendosamente. Mi madre pide pollo con champiñones y yo un crepe de lomo y vegetales. Es la primera vez que compartiré la habitación con un extraño, me dice como si yo no supiera. Eso la hace sentir insegura, le da miedo, pensamientos terribles la asaltan. Piensa tomarse un tranquilizante. Le cuento que cuando viví en Buenos Aires, antes de tener el departamento, tuve que pasar un mes en un hostal sobre Avenida de Mayo. Se lo he contado muchas veces, pero no lo recuerda. Últimamente mi madre recuerda muy pocas cosas. ¿El chico que nos atendió en el Golondrina estaba drogado, cierto?, me pregunta de repente. Al parecer mi historia no le interesa un carajo. Es lo más probable, le contesto. El chico andaba despistado y hacía los típicos movimientos mandibulares de quienes han jalado cocaína. Si mañana su quijada está normal, sabremos si estaba drogado o no, le contesto.

Intento seguir con mi relato. —En ese hostal, incluso vendían droga. Siempre estaba lleno, porque la gente iba a comprar marihuana, coca, pepas, de todo. Se armaban buenas fiestas —. Ella me mira incrédula. —Compartía la habitación con siete personas más, eran cuatro literas. Por mi cuarto pasaron judíos, ingleses, españoles, alemanes. Ahí fue que conocí a Carlos… —

—¡Yo no habría podido cerrar el ojo ni una sola noche! —al fin reacciona. —¡Pudieron haberte robado, violado, ofrecido droga! ¡Dios santo! Ahora mismo, ese chico que está en el cuarto podría ser un sicópata, un loco que nos puede matar mientras dormimos — dice alterada. Me río.

Después de un lento paseo, volvemos a la habitación. Me subo a la litera. Ella se toma una pastilla.

El león y el calor

 Vitalia, mi madre, es leo.

 –¿Te has dado cuenta de que tienes exactamente el doble de mi edad? Yo tengo 33 y tú 66, eso debe significar algo –, le digo absurdamente. Ella me ignora y sigue con su crucigrama. Es difícil llamar su atención cuando está concentrada en algo. Si ve un programa de televisión, si está metida en un tema o enojada, se vuelve inaccesible. En cambio, si quiere ser escuchada y uno no la atiende, se lanza; es lo que haría cualquier león.

Conversamos a la sombra de un algarrobo. Fuera del árbol todo es calor. La arena de la playa, oscura como la tierra, arde bajo los cuarenta grados que marca el mediodía. Me lanzo a las aguas del Paraná esperando calmar el sofoco. Un viejo verde se me acerca. Mi madre sólo mete los pies, no quiere tener que volver mojada. Cientos de peces se distinguen bajo la superficie, le muerden los dedos con sus diminutos dientes. Estamos en Paso de la Patria, una villa turística a 40 minutos de la calurosa capital correntina. A Corrientes capital la separa el río Paraná de El Chaco, una provincia, al parecer, espantosa donde la temperatura en verano llega a los 50 grados.

Días más tarde, en Salta, conocí a Ramón, un campesino iletrado, pero lleno de sabiduría, que había nacido en San Ramón de la Nueva Orán, en el Chaco Salteño, quizá el lugar más caliente de la Argentina, y había visto morir de insolación a compañeros de la zafra.

– Salíamos a las tres de la madrugada a trabajar en la plantación, y volvíamos a las 7 de la mañana a la casa. No se podía trabajar más, porque el sol era imposible. La gente cuando muere de calor se seca por dentro, sangra por la boca, la nariz, hasta las orejas – me decía Ramón, serio, mientras conducía a lo largo de la impresionante Quebrada de Humahuaca, en Jujuy.

El valle de Lerma y el regreso

Llegamos a Salta muy temprano. Viajamos diez horas y media desde Corrientes (831 kilómetros). Hace un ligero frío. Nos alojamos en la Casa de la Mía Mamma, un hostal antiguo y bien cuidado, donde nos tratan como a familia. Nélida, la dueña, también es enfermera. Al día siguiente, atravesamos el valle de Lerma, zona de tabaco y montañas con formas y colores increíbles. Vamos en una combi con otros turistas y un guía rumbo a Cafayate, una ciudad famosa por la calidad de sus vinos, sobre todo el torrontés. Estamos felices, nos reímos de cualquier cosa.

La noche anterior, mi madre había estado leyendo El rey de la milonga, un libro de cuentos del genial Roberto “El Negro” Fontanarrosa. Me preguntaba si era cierto que se habían hallado gnomos en Bariloche, mientras yo veía por la ventana las caprichosas formas que habían provocado los vientos y el agua durante miles y millones de años en aquellas montañas salteñas.

—Esto parece de otro mundo — le decía admirada. En cualquier momento salta un dinosaurio.

—El paisaje es similar al del Gran Cañón del Colorado. Aquí, como en Iguazú, también tenemos una Garganta del Diablo — dice Sergio, el guía, orgulloso.

– Claro, el diablo no falta nunca. En Ecuador también tenemos una Garganta del Diablo. ¿Y eso a qué se debe? – le dice mi madre.

Sergio, que lleva un crucifijo en el pecho, solo se ríe.

 Quince días de viaje, y mi madre está exhausta.

– Este país es demasiado grande. En Ecuador estás en un tris aquí y allá. Playa, sierra, selva, todo tienes cerca – le dice mi madre a uno de los conductores del bus que nos lleva de Salta a Córdoba, un gitano que, en su descanso, se ha sentado a nuestro lado para contarnos su vida, y cantarnos tangos. Mi madre ama el tango.

Sé muy bien que viajar de Salta a Buenos Aires, sin parar a descansar, sería una locura. Son más de 1.500 kilómetros. Paramos en Córdoba. Nos alojamos en un hostel lleno de alegres mariguaneros, y dormimos a pierna suelta. El día 16 estamos otra vez en la estresada Buenos Aires.

– Da terror ver tanta gente, en mi tiempo no había tantos – dice mi madre, mientras viajamos en el subte, ya en Buenos Aires.

– Lo único que no me gusta de viajar es que a donde sea que uno vaya hay multitudes. Es desesperante. Por eso nunca me vuelvas a pedir que tenga hijos – le contesto.

***

Guayaquil nos recibe con su maléfico clima. Lo primero que hace mi madre es imprimir las 250 fotos que tomé durante el viaje. Súbelas al facebook y listo, le digo. No, porque en el facebook no las puedo tocar, dice. Le pegó un pequeño rótulo blanco a cada foto y me pidió que escribiera el lugar y la fecha para saber qué decir cuando le pregunten sus amigas.

 – Hace una semana estuvimos aquí. ¿Recuerdas dónde es esto? – le pregunto, y le muestro una foto de Humahuaca. No recuerda el nombre de casi ningún lugar. Lo segundo que hace al volver a Guayaquil es ir al neurólogo.

– Señora, usted no tiene Alzheimer, pero tampoco es simple la cosa. Sus olvidos se deben a que padece de un déficit circulatorio cerebral. Al parecer, dos de sus arterias son demasiado finitas, lo que provoca que la sangre no fluya como debería. Esto causa hipoxia (falta de oxígeno) cerebral crónica. Cuide su presión, no vaya a lugares altos, haga dieta, busque maneras de ejercitar el cerebro. Leer le viene muy bien– le dice el médico.

 Mi madre ya ha olvidado dónde queda Cafayate, de qué van los cuentos de Fontanarrosa y también lo que le dijo el médico. De lo que no se olvida es de lo feliz que fue.

Texto publicado en la revista Mundo Diners, junio 2012.