Me acuerdo


 (Relato sobre una visita a Persia, la tierra de Mr. Mamut)

Me acuerdo de que el avión de Tame iba repleto. Era la Navidad de 2008. Me acuerdo de que a la ida hicimos cuatro escalas para recargar combustible. Me acuerdo de que mientras sobrevolábamos Siria, mr. Correa cantaba villancicos. Me acuerdo de que mr. Correa se sentó a jugar varias partidas de cuarenta con Carlos Marx Carrasco al lado mío. Me acuerdo de las risas en el avión. Me acuerdo de querer dormir y no poder. Me puse a releer El Sha, de Ryszard Kapuscinski, un libro clave para entender qué ha ocurrido en Irán en los últimos treinta años. Me acuerdo de que ni yo ni el resto de periodistas sabíamos a qué íbamos a Irán. Todos decían que a hacer negocios, pero nadie entendía de qué tipo. En el avión iban muchos empresarios, exportadores de diferentes frutas. A mí no me interesaba la visita oficial, yo quería saber cómo era aquel país que en 1979 vivió una revolución que lo llevó de vuelta al ostracismo del islam chiíta. Quería saber cómo era ser mujer en Irán.

Me acuerdo de que, antes del viaje, conversé con un reportero español que cubría temas iraníes. Me acuerdo del desaliento que me causaron sus palabras: no vas a poder hacer nada, mucho menos si vas solo una semana. Me acuerdo del horror que sentí cuando supe que mr. Mamut había sido instructor de los llamados Basiji Mostazafan, una organización fundada en 1979 por Jomeini, el líder político y religioso de la revolución de 1979. Los basiji eran niños de hasta 12 años que estaban obligados a defender el régimen de Jomeini armados de una llave de plástico en el cuello, una llave que les aseguraba su entrada en el paraíso. Los niños eran utilizados para limpiar los campos minados. Se había intentado con asnos, ovejas y perros, pero éstos, al ver una explosión, se asustaban y huían. En cambio los niños, plenos de fervor religioso y con sed de paraíso, se ofrecían jubilosamente. Para evitar la dispersión de sus cuerpos, antes de entrar a los campos minados los niños se enrollaban en alfombras, para que sus partes permanecieran juntas tras la explosión. Me acuerdo haber leído también que detrás del ataque a la embajada de Estados Unidos que llevó a la crisis de los rehenes de Irán estuvo mr. Mamut.
Me acuerdo de que antes de pisar suelo iraní, a las mujeres nos obligaron a ponernos un velo de color oscuro en la cabeza. Me acuerdo de algunas instrucciones: nunca deben ir descubiertas, no deben mostrar ninguna parte del cuerpo, no miren a los hombres a los ojos ni les den la mano al saludar. Es prohibido cualquier contacto físico con los hombres. Me acuerdo de que en Teherán nos pusieron un traductor, que no era traductor sino un espía del gobierno iraní. Cuando nos dimos cuenta nos quedamos callados el resto del tiempo.
Me acuerdo de que Ecuador contrató a dos traductores independientes, sus nombres eran Ghazaal y Amir. Me acuerdo que me hice amiga de Ghazaal. Ella me presentó a otras chicas iraníes que me contaron cómo vivían y pensaban, y me acompañó a hablar con mujeres en la calle. Casi ninguna quiso decir nada. Me acuerdo de que todas creían que debían obedecer a los hombres. Me acuerdo de que me compré una túnica negra, larga y ancha. Me acuerdo de que Amir me contó sobre las fiestas clandestinas, cómo hacían para emborracharse o escuchar música gringa.
Me acuerdo de que era prohibido tomar fotos en muchas calles de Teherán, y prohibidísimo sacarle alguna a los enormes rostros de los ayatolas que aparecían en vallas por doquier. Me acuerdo de que el Internet del hotel estaba restringido. No se podía entrar a Facebook ni a muchos sitios vetados por el Gobierno. Me acuerdo de sentirme siempre vigilada. La seguridad y la inteligencia en Irán son agobiantes. Me acuerdo de la alegría que sentí cuando reconocí al tío de un amigo, que era agregado comercial en Teherán. Quise abrazarlo, pero no pude, porque era prohibido.
Me acuerdo de que siempre comíamos cordero. Me acuerdo de la asfixia y el calor que me producía el velo en la cabeza. Me acuerdo de que los hombres de la inteligencia iraní nos despistaban, nos armaban agendas falsas para que no estuviéramos en las reuniones entre Correa y mr. Mamut. Me acuerdo de que no nos dejaron entrar a una rueda de prensa en el palacio de Gobierno, solo pudieron entrar los medios iraníes, que son todos oficiales. Me acuerdo de que ningún periodista pudo hacerle ni una sola pregunta a mr. Mamut. Me acuerdo de que, por el parlante, escuché que mr. Mamut le decía a mr. Correa: de ahora en adelante, Ecuador tiene quién lo defienda. Los enemigos de Ecuador serán también los enemigos de Irán. Me acuerdo que pensé: ¿y esto a cambio de qué? Hasta ahora no sé la respuesta.
Me acuerdo de que fui al baño en el palacio presidencial, era un agujero en el piso. Me acuerdo que al día siguiente la seguridad de mr. Mamut nos tuvo encerrados en una sala con televisores para impedirnos ir al Congreso, donde había una reunión oficial. Me acuerdo de los reclamos nuestros, y los oídos sordos de aquellos gorilas. Me acuerdo de la impotencia que sentía cuando un iraní no me miraba a la cara ni me hablaba solo porque soy mujer. Me acuerdo de la angustia por conseguir información y por entender qué pasaba. Me acuerdo del frío que hacía en Teherán.
Me acuerdo de que las mujeres iban con túnicas negras por la calle, y los hombres con camisetas normales. Para ellas, existe la policía de la moda. Pueden llevarlas presas si usan faldas cortas, mucho maquillaje o tienen mal puesto el velo islámico. Me acuerdo de que la noticia por esos días en Irán era la condena a un hombre a quedar ciego –le echarían ácido en los ojos- por haber desfigurado con ácido a su esposa. Aquí el ojo por ojo sigue siendo ley. Me acuerdo de que el tráfico en Teherán era un caos, estuvimos tres horas en un embotellamiento.
Me acuerdo de que la última noche en Teherán, Gazaal me llevó a un mercado al sur de la ciudad, donde se podía conseguir de todo, incluso trago y marihuana. Era una zona peligrosa, llena de paquistaníes, hindúes, afganos, pashtunes. No lo pude resistir: me alejé de Gazaal y me fui a caminar sola por primera vez. Sin hablar ni una pizca de persa o farsi, compré con riales iraníes una linda pipa de agua roja. No me acuerdo cuánto me costó. Me acuerdo, sí, de la alegría de Gazaal al encontrarme feliz y a salvo, “conversando” con el vendedor. Me acuerdo de estar triste porque no pude despedirme con un beso o un abrazo de Amir, solo porque es hombre.
Me acuerdo de que fuimos a Isfahán, una ciudad hermosa llena de mezquitas, donde las mujeres son aún más conservadoras. Algunas usaban burka, todas iban de negro absoluto, el color del islam chiíta. Me acuerdo del mercado y de los tapices que compré. Desde Isfahán emprendimos el camino de regreso a Ecuador. Fue el viaje más largo de mi vida. Me acuerdo que hicimos cinco paradas, cuatro en África y una en Brasil. Me acuerdo de la parada en Trípoli, donde Muamar el Gadafi recibió a mr. Correa. Me acuerdo de que lo esperamos por cerca de tres horas en la casa del ahora muerto líder libio, mientras ellos conversaban en un lugar apartado. Me acuerdo de que no nos dijo de qué hablaron. Me acuerdo de que mr. Correa nos ofreció disculpas, sobre todo a las mujeres, por los malos ratos que la seguridad de mr. Mamut nos hizo pasar. Me acuerdo de que los empresarios no cerraron ningún negocio y que un año después, seguían sin cerrarlo. Me acuerdo de que de regalo de Navidad, mr. Correa nos dio unos dátiles.

Texto publicado en GkillCity.com

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Mujeres, a la sombra del islam chiíta


El primer pecado de Sarah es ser mujer. El segundo: haber nacido en Irán, en el corazón del islam chiíta. El tercero: no pensar como el resto. Tiene 25 años, escucha música occidental a escondidas y está enamorada, platónicamente, de un futbolista de raíces portuguesas. Su pelo rubio rebelde se escapa por el hijab que usa desde niña. Eso y la informe gabardina negra que la envuelve como una oruga en cautiverio la delatan como musulmana. Pero su mirada y su sonrisa sin sonido aclaran la duda: ella es distinta. No es religiosa y es infeliz en este país de apariencias, donde el chiísmo le impone a las mujeres una armadura oscura y las obliga a dejar de ser ellas mismas apenas pisan la calle.

El negro es el color de esta rama del islam que aglutina solo a un diez por ciento de musulmanes, pero es mayoría en Irak e Irán, y simboliza el martirio por el que pasaron sus guías o imanes.

En Irán, república teocrática, el chiísmo gobierna desde 1979 tras la revolución islámica impulsada por el Ayatola Jomeini, a quien Rosa Montero describió como “ese viejo de rostro sombrío, cejas enredadas y expresión de trueno”,  y que enseñaba abiertamente cómo disponer de las mujeres desde pequeñas: “El hombre puede casarse con una niña menor de 9 años, incluso si la niña toma aún el pecho. Sin embargo, el hombre no puede realizar el coito con una niña menor de 9 años (Jomeini, Tahrirolvashyleh, 4º volumen, Irán 1990)”, adoctrinaba el líder de la Revolución Islámica, que murió en 1989, y a quien le sucede vitaliciamente el Ayatola Kamenei.

Aquí es deber de una mujer cocinar y limpiar la casa. Mi misión en la vida debe ser servir a mi marido y prepararme para cuidar a mis hijos. Pero yo tengo otros sueños”, dice Sarah (nombre cambiado, como la mayoría del reportaje, por solicitud expresa de los entrevistados) ojos almendra y cuerpo de modelo Channel, que estudia Ingeniería en Electricidad en la Universidad Pública de Teherán.

En esta ciudad de más de 15 millones de habitantes la belleza de la mujer está condenada al encierro. No interesa si por causa del hijab -exigencia obligatoria que se realiza en obediencia a Alá y a su profeta el pelo deja de oxigenarse, se pudre y se les cae, como les pasa, tarde o temprano, a todas. Tampoco  importa si hace calor -en verano la temperatura sobrepasa los 35 grados-, o si una chica quiere ser parte del equipo de fútbol -todas las jugadoras en Irán usan siempre hijab y pantalones largos-.

Descubrir la belleza femenina desordenaría el orden social, según el islam. Por eso, el profeta Mohamed mandó cubrirse a todas las mujeres, y en Irán esta regla rige inclusive para las extranjeras que van de visita.

Dahne, de 28 años y licenciada en literatura persa, defiende la tradición. “Una mujer debe respetar lo que manda el islam, porque si no cumple las reglas no puede llamarse musulmana”, dice en Esfahan, una ciudad donde casi todas visten el hijab completo -las cubre desde las muñecas hasta los tobillos-. Esta es, junto a Yarz y Shiraz, la ciudad más conservadora en Irán. Aquí las mujeres con sus mantos negros cubren el ambiente.

Hasta allá ha ido Dahne de compras, desde su natal Hamedan, provincia del interior del país, donde la religión también se vive con intensidad.

En los pueblos el extremismo islámico es más frecuente que en Teherán, donde el 60% de los estudiantes universitarios es mujer. En la zona rural, las madres aún obligan a las hijas a usar el hijab completo, les prohíben maquillarse, limpiar su rostro y su cuerpo (depilarse), andar solas en las calles o con su novio antes del casamiento, ir a la universidad o casarse con quien ellas elijan. “Allí los matrimonios siguen siendo más por negocio que por amor”, dice Sarah.

Dahne, por ejemplo, usa el  hijab entero. Y cree tener una fuerte razón para hacerlo: “No está bien que las mujeres muestren partes de su cuerpo, como el cuello o los brazos, porque el cuerpo de una mujer es algo muy precioso, y algo precioso uno lo guarda en un baúl en su casa, no lo pone en una vitrina como esperando que lo compren”.

Está casada hace 7 años y no tiene hijos. Cuando los tenga les enseñará a cultivar la religión islámica, esa que, como ella, practican mil quinientos millones de personas en el mundo. “Yo quiero tener una hija que la sociedad musulmana acepte, no que sea rechazada”, pide.

Las teheraníes dicen en voz baja (por miedo a la Policía) que desde que la revolución islámica puso a mandar a los líderes religiosos, todo es peor.

Esta revolución, liderada inicialmente por universitarios, derrocó la tiranía del Sha Mohammad Reza Pahlevi, en 1979. Fue la época en que los iraníes creyeron que habían llegado las libertades para todos. Pero lo que ocurrió fue que se instauró un régimen teocrático, donde son los líderes religiosos o Ayatollás los que tienen la última palabra. Junto a ellos, el gobierno del presidente Mahmud Ahmadineyad, en el poder desde 2005, persigue un apego total a la tradición chií y condena a las mujeres y hombres que la incumplan.

El acoso policial y de la inteligencia de los “guardianes de la revolución” se siente al respirar un poco más profundo el aire en Teherán, donde actúa, por ejemplo, una Policía especializada en cazar a las mujeres que visten de forma “indecorosa”.
Traducido literalmente del persa farsí (el idioma oficial), esta Policía se llama “de corregimiento de la moral”. Pero le llaman la “fashion police” o “policía de la moda”.

Son hombres uniformados de verde que persiguen, en motocicletas, a quienes llevan demasiado maquillaje, o tienen mal puesto el hijab, o no llevan un trapo largo que les tape las curvas del cuerpo hasta las rodillas. Si hallan a alguna rebelde, la llevan a la delegación de Policía y le darán una lección sobre la fe musulmana hasta que venga por ella algún pariente, hombre.

Otra regla manda a las mujeres no salir solas a la calle, sobre todo si son solteras. Siempre deben ir acompañadas por un hombre, y si ese hombre no es su pariente o su esposo, ellas deben seguirlo a dos metros de distancia. Y una especial para los buses: ellas deben ocupar los asientos de atrás, nunca pueden sentarse en los primeros.
La lucha de algunas ha conseguido, por ejemplo, que las mujeres puedan seguir carreras, como Derecho. Sin embargo, se les prohíbe dictar sentencias. Es decir: en Irán hay abogadas, pero no juezas.

La frase “está prohibido” es quizá la que más escuchará un extranjero cuando pisa por primera este país de 70 millones de personas, donde las mezquitas parecen ser el único alivio visual. En la retahíla de prohibiciones está, por supuesto, tener sexo fuera del matrimonio.

Si no eres virgen, cuando te cases vas a ser ofendida por la familia de tu esposo. Te dirán que eres una chica enferma”, advierte Sarah. Pero antes “era peor”, porque “te hacían exámenes, y si no eras virgen, la mamá del novio impedía la boda”.

A ella por ejemplo, a sus 25 años, sus padres la controlan, y eso que no son tan religiosos. “Hasta el año pasado me prohibían llegar a casa pasadas las 12 de la noche. Ahora me dan permiso hasta las dos”, comenta.

Las mujeres deben cuidarse mucho de no quedar embarazadas. “Aquí no existen las madres solteras. La religión lo prohíbe y por eso te obligan a abortar”, revela. Y es que, según las reglas, si una chica queda embarazada la familia debe apartarla para siempre.

Tampoco es admisible que una mujer viva sola. “Si ella quiere vivir sola es porque es una prostituta. Eso es lo que  todos pensarán de ella”.

Cualquier manifestación de cariño entre hombres y mujeres en público (tomarse la mano, darse un abrazo, besarse) está también prohibida. Las mujeres no pueden saludar con un beso en la mejilla o darles la mano a los hombres. Lo que deben hacer es una pequeña reverencia.

Zamir, un chico de 25 años que vive en Teherán, cuenta que una vez estaba en su auto con una amiga, a quien le dio un beso en la boca. “Un policía nos vio, y nos quiso llevar a la delegación. Tuvimos que pagarle una coima, como 20 dólares, para que no lo hiciera. Fue un beso muy caro”.

Las mujeres en Irán se quejan, siempre en voz baja, de que las reglas no son estrictas con los hombres. Por ejemplo, la religión les permite tener varias esposas. Esto lo pueden hacer solo los más adinerados, pero no es muy común en la clase media.

Además de varias esposas, la religión y el gobierno islámicos permiten que los hombres alquilen mujeres por el tiempo que deseen: horas, días, semanas, meses. A estas mujeres, en Teherán, les dicen despectivamente “jende”, que es una palabra muy fuerte para llamar a las prostitutas legales.

Los hombres casados que quieren tener otra mujer por un rato, lo único que deben hacer es ir ante un molá (especie de sacerdote en la religión católica) para que, mediante un contrato, él autorice la unión que no suele durar más que unas pocas horas.

Las esposas detestan esta práctica, pero no pueden hacer nada para cambiarla. Sobre esto, ellas coinciden en algo: “todos son infieles”.

Los hombres siempre quieren hacer un mal, pagar un menor precio. No les gusta comprometerse”, dice Sogol, una chica de 22 años que estudia español en la universidad pública, y ha tenido, a escondidas, cuatro novios. “Aquí nuestro único entretenimiento es comer e ir al cine”, lamenta esta chica que dice que no es del todo religiosa, pero tiene “algunos pensamientos de fe”.

Los hombres en Irán son protectores, celosos y 99% infieles”, describe. Pero una amiga de su universidad polemiza con ella en persa, defendiendo a los hombres.

Ella dice que como en Irán hay demasiadas mujeres (más de la mitad de la población), entonces, ellos tienen que estar con dos a la vez. Pero que eso no está mal, porque es necesario”, traduce Sogol, quien piensa que las mujeres “somos más inteligentes y podemos hacer muchas más cosas que los hombres”.

Sin embargo, esto no lo puede decir en voz alta, pues sería mal vista por esta sociedad donde a las mujeres no se las escucha. “Así es la religión y tenemos que seguirla, aunque no nos guste”, dice un tanto resignada.

Pero ella y sus amigos han encontrado otra forma de divertirse, un tanto arriesgada: las fiestas clandestinas. “Hacemos fiestas privadas que son ilegales porque tomamos alcohol. En verano, al menos hacemos una fiesta por semana”, revela la chica que usa un pañuelo bastante colorido y un jean debajo de una larga gabardina.

Yo voy a fiestas privadas también. Allí las mujeres no usan pañuelo y pueden beber alcohol. Pero si la Policía se entera de lo que estás haciendo te llevan preso, porque es prohibido”, confirma Zamir, un chico al que le gusta la bachata latinoamericana y el rap. “Es que la música tradicional es muy triste, es mejor que no la pongan”, agrega.

En el mundo musulmán no existen las discotecas, bares, pubs o cualquier sitio de entretenimiento parecido. Los conciertos que se hacen son de músicos nacionales.

Además, el gobierno de Ahmadineyad prohibió las películas y la música de Occidente, principalmente de Estados Unidos, país que mantiene un bloqueo comercial con esta nación islámica.

Está prohibido ver películas donde aparezcan personas besándose, mucho peor teniendo sexo”, alerta Zamir.

Asimismo, el Gobierno restringe los espacios de socialización en Internet como el Hi 5 o el Facebook y las páginas con contenidos eróticos o sexuales. Si uno intenta ingresar, simplemente aparece un mensaje que avisa sobre su restricción.

En Irán se trabaja de sábado a jueves, porque el viernes es el día santo en el islam. Es el día de “fiesta” para la gente. Pero a Sogol le deprimen mucho los viernes, sobre todo por la tarde, “porque casi siempre tengo que estar con mi familia, comer con ellos, y no siempre tengo ganas. A veces me siento muy triste por no poder salir y divertirme”.

(Texto publicado en El Telégrafo, 2008)


Teherán, entre el caos y lo prohibido


Amanece al norte de Teherán, en la avenida Navab, que cruza los barrios más acomodados de la capital iraní. En esta ciudad el caos vehicular madruga y llegar al sur, al bazar de Molevi, uno de los mercados con mayor movimiento comercial y donde, dicen, se pueden comprar “las cosas prohibidas”, puede tomar dos horas y media.
En la víspera del día sagrado musulmán, que es el viernes (equivalente al domingo en el cristianismo), los jóvenes suelen visitar el sur para abastecerse del alcohol que consumirán en sus fiestas privadas.
Jeremías (nombre oculto) muestra, en su laptop, las fotos de su última fiesta en casa: chicas sin jihab que visten coloridos y apretados vestidos, lucen mucho maquillaje y sostienen vasos de whisky. Gente riendo, fumando tabacos extranjeros y divirtiéndose como en cualquier país de Occidente.
Para llegar al sur hay que sortear el cotidiano trancón. La fila de Peugeots –el favorito de la clase media y que se consigue por 15 mil dólares-  es interminable. Los comerciantes de chucherías  se cuelan entre los carros intentando vender por diez mil dumanes (1 dólar) cualquier baratija de plástico traída de China.

Pero ni el tráfico ni la lentitud provocan un insulto o un grito. Ni siquiera un pitazo. Hay silencio en las calles de esta macrourbe de más de 15 millones de habitantes, donde la basiyi (la policía religiosa) está siempre alerta para castigar cualquier infracción moral: un beso entre un hombre y una mujer, un atuendo que denote algún rasgo homosexual o un velo mal puesto. Por ganar tiempo y evitar el acoso policial, la mayoría elige el metro (subterráneo) que tarda 20 minutos en cruzar la ciudad, y reserva dos vagones por tren para las mujeres. También hay un sistema de buses parecido al Trole, pero si se es mujer la regla es ocupar los asientos de atrás. A pesar de ello, esto es más seguro que conducir aquí donde irrespetar las señales de tránsito es la norma.
Las mujeres, al menos, en este otoño han tenido una razón no religiosa para cubrirse: el frío que bajó hasta los 2 grados.
Pero si hiciera calor lo mismo tendrían que usar el jihab. Los rostros colocados en gigantografías, vallas o en simples letreros a lo largo de esta y casi todas las grandes vías  de la dupla sagrada: los ayatolas Jomeini y Kamenei, recuerdan que en este país manda la sharía (en árabe significa “vía” o “senda”), la rigurosa normativa social islámica.
En Irán, que antes de la revolución islámica era considerado el país más occidental del Oriente Medio, todo cambió después de que se impuso el régimen coránico, manejado por los ayatolás. Mucho influyó también la figura de Mahmud Ahmadineyad, actual presidente y quien fue alcalde de Teherán entre 2003 y 2005.

Los teheraníes cuentan que hasta inicios de este siglo, antes de la alcaldía de Ahmadineyad, era común pasar por fuera de un cine y ver un cartel de un estreno hollywoodense, porque la dictadura del Sha tenía amistad con Estados Unidos. Pero hoy eso y el ingreso de música de Occidente están prohibidos. Los jóvenes la consiguen por medio de amigos que viajan o en el mercado negro del sur.

Y es que con el régimen islámico la basiyi salió a la calle para castigar públicamente (muchas veces en los parques y a punta de latigazos) a los infractores de la sharía, que es un código detallado de conducta musulmán. El embotellamiento permite detenerse en los detalles de cómo la gente evade las reglas. Por ejemplo, en Irán están prohibidas las antenas parabólicas, pero se ven en muchas casas. Dicen que cada tanto la policía hace redadas para impedir que las familias tengan acceso al cable, pero vuelven a colocarlas.
Al fin aparece el bazar de Molevi, donde el olor de los inmigrantes que llegan de las ciudades más pobres del oeste iraní, como Kordestan o Lorestan, y de aquellos que vienen huyendo de la pobreza de  Pakistán y Afganistán, se confunde con el de las especies y de los dátiles acaramelados.
Este mercado es el similar de la Bahía, de Guayaquil; o el Once, de Buenos Aires, solo que aquí las mujeres, en lugar de escotes y tacones, lucen mantos de negro perpetuo, el color del islam chiíta.
Una anciana de Bahrein pregunta cuánto cuestan los abrigos y la ropa usada que se amontona en uno de los cientos de locales y que es traída de China e India. Más allá, unos chicos buscan discos y películas piratas. Este también es el enclave del mercado negro en el que se consigue no solo alcohol, sino también películas porno caseras y otras traídas de Occidente. Pero, debe saberse, alertan los iraníes, que distribuir o comprar pornografía, lo mismo que el adulterio, se castiga con la pena capital.
Eso no detiene la venta. “Aquí todo se consigue, inclusive hachís”, asegura un vendedor de narguile (pipa) en un inglés difícil. El hachís (derivado del canabis) se fuma mucho en este Teherán secreto, dicen los jóvenes. “Y el mashrub (alcohol) se vende mucho más en las noches de los jueves, víspera del día sagrado, y es cuando más detenciones hace la policía”, comenta el vendedor, y corrobora que para hallar lo prohibido en Teherán hay que venir al sur.

(Texto publicado en El Telégrafo, en 2008)