Una noche en París


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Cada vez que saco las narices al mundo la vida me sorprende. Me pasan cosas porque estoy viva –frase que suena obvia, pero no lo es: el mundo está lleno de muertos caminantes, gente que nada siente–. Me encanta viajar, y siempre busco huir de la rutina. Soy curiosa y no le tengo miedo al mundo. A las personas temerosas, la vida les pasa por delante como un tren al que jamás logran subirse. Las mujeres que viven angustiadas porque están solas nunca atrapan el tren. Se quedan esperando que la vida venga a buscarlas a sus camas que huelen a tedio y vacío. El tren se lo puede tomar cualquier mañana, cualquier noche. Solo hay que dejar el miedo y aventurarse, porque nunca se sabe a dónde te llevará ni cuánto durará el viaje.

Era 2008, yo tenía 29 años y fui a París por una cobertura periodística. Llegamos al amanecer. La jornada de trabajo fue larga y pesada. Apenas pude envié el material a la redacción y me puse a caminar sola por las calles. Todo lo que veía me deslumbraba. Un par de chicos guapos de unos 18 años, se me acercaron divertidos. Where are you from? me preguntaron. Ecuador, South America, les dije. Ellos eran hindúes. Se ofrecieron a acompañarme. El más atrevido me pidió un beso. Yo me reí y seguí de largo, sintiéndome la Venus de Milo con los brazos enteros.

Era verano, hacía calor, la ciudad brillaba, o eso me parecía. A las ocho, aún estaba claro. Me acerqué a un kiosko de crepes en la avenida de los Campos Elíseos, al oeste de la Plaza de la Concordia. Pedí uno de chocolate. El vendedor se llamaba Remi, tenía 28 años y estudiaba Ciencias Políticas. Alto, de cabellos negros y rizados, cara de niño, mirada perversa, muy simpático y amable. Conversamos en inglés, porque no sé nada de francés y él no hablaba español, mientras la gente se acercaba a comprar.

Cuando me terminé el crepe, me despedí. Remi me detuvo. Antes de que te vayas ¿me regalas un beso? preguntó. Parece que en París es muy común eso de regalar besos a desconocidos en la calle. Claro que sí, dije esta vez sin dudar. Me tomó de la mano y me llevó detrás del kiosko para que nadie nos viera. Ahí nos besamos con fuerza y pasión desbordantes. Nos mordimos los labios, nos metimos la lengua, nos excitamos de inmediato. Él empezó a tocarme el cuerpo, a apretarme. La gente nos mira, le dije y me separé. Me pidió que volviese a las doce de la noche, cuando él cerraba el kiosko. Lo haré, le dije convencida.

Caminaba sin sentir los pies, como flotando en una nube. Enfilé hacia la torre Eiffel. Cuando llegué ya había caído la noche. Desde la cima contemplé la ciudad. París es lo más bello que vi en mi vida. Bajé, tomé un taxi y fui al hotel. Me duché, me cambié de ropa y salí, lista para lo que la noche y París quisieran. Llegué unos minutos antes de las doce. Me senté en un asiento de piedra cerca del kiosko para observarlo. Mientras cerraba, Remi miraba para todos lados, impaciente. Le había dicho que solo estaría esa noche en París, en la tarde del día siguiente debía volar a Brusellas. Me cansé de hacerlo sufrir y corrí a abrazarlo. Él me apretó a su cuerpo, riendo.

Caminamos por la calle besándonos hasta llegar al borde del Sena. Había otras parejas besándose y tocándose. Me encantó sentir esa complicidad. Nos quedamos un rato recorriéndonos con las manos y con los labios todo lo que la ropa nos permitía y, de pronto, me dijo: ¿irías conmigo a un hotel? Yo no lo pensé dos veces. Sí, dije entusiasmada. ¡Me encantas, no sé qué de bueno hice hoy para merecer esto! dijo. Fuimos corriendo a tomar el último metro. Pasamos al menos ocho estaciones. La razón me decía que debía temer, pero mi corazón palpitaba feliz.

Llegamos a un hotel pequeño, Remi pagó y subimos a la habitación. Espérame aquí, dijo. Volvió al cabo de quince minutos con mucha cerveza. Sus besos me tranquilizaron. Fue un amante amoroso y apasionado. Hicimos el amor toda la noche, no recuerdo haber dormido. A las seis de la mañana tomamos el metro de regreso, y nunca más nos volvimos a ver.

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