La espera


eli cincotta

Piedad camina con un bañador negro por la arena aún tibia. El sol está por caer;  el naranja azulado del fondo va desapareciendo, igual que sus ansias por volver. Quisiera permanecer intacta, así como la observa aquel hombre de lentes y barba que ha detenido la lectura de su libro para repasar el cuerpo inquietante y moreno de Piedad. Ella coloca su toalla a unos seis metros de él, y se recuesta bocabajo. La playa está casi vacía. Piensa en Pablo y en lo que le espera a su regreso. Siente la incómoda tela del bañador apretando. Ya sabe cómo es la vida junto a él, pero espera que algo, repentino, inesperado, suceda. Desea con todas sus fuerzas que la distancia haya provocado el deshielo. Que él haya logrado extrañarla. Pasa del optimismo a la tristeza en la brevedad de un suspiro. No sabe qué sentir. La verdad es que cuando no hay pasión la vida se va gastando como una vela, en silencio, y más rápido de lo que podemos comprender. Ella sabe que él la quiere, a su manera. Una manera austera, sin aspavientos ni besos matinales, con la desidia con la que aman los hombres amurallados. Ella quisiera que un día él le dijera cuánto la ama, cuánto ha deseado tener cerca su cuerpo, o que al menos la besara delante de todos. Una y otra vez ella ha esperado ese momento.

El cielo se extiende limpio y se oscurece delante de Piedad. La belleza tiene algo de opresivo. Las lágrimas quedan para mañana. No hay razón para llorar delante del mar.

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Todavía es abril


cama

Comenzaré por comentar el momento en que nos ataron las manos con una cinta azul. No ocurrió violentamente, como algunos podrían pensar. Por el contrario, antes fuimos seducidos por una música que olía a lluvia. Ésta es nuestra canción, dijo él, pero yo no escuché nada, sólo respiré silencio. La noche había caído rotunda horas antes. Eran los últimos días de abril. Las luces de los pocos autos que circulaban, se colaban a través de la persiana. Adentro, el aire sabía a miel. Su gata, blanca como un copo de nieve, de ojos azules, nos miraba feliz desde un rincón. Yo quería ser atada, estaba lista. Vi que la cinta era nueva. Resplandecía en tonalidades azules de mar, de viento. Nunca había visto una igual. Antes estuve atada con una cinta roja y lloré demasiado. Nadie ha visto nunca quién ata las manos de los amantes. Mientras más me apretaba, más disfrutaba del vértigo, de la incertidumbre de perderme y encontrarme en sus ojos. Sólo mi respiración sobresaltada rompía el silencio en aquella habitación de techos altos, decorados con cenefas. Él vive en el tercer piso de un antiguo edificio. Mi madre solía llevarme a esa casa, a ese piso, cuando era pequeña. Allí había un teatro.

Él me mira a través de sus lentes, con esos ojos pequeños que esconden y dicen tanto. Quiero descubrirlo poco a poco. Ya nos conocimos, le digo. Ya antes me perdiste, no lo vuelvas a hacer. Él me besa con la suavidad de un ave, y yo lo abrazo con la fuerza de una ola que desea romperse sobre él y mojarlo entero. Sumergirlo. Mojo sus pies y sus manos, sus pensamientos y sus miedos. Me rompo, me abro como una flor sobre su cuerpo. Coronamos el pico de una montaña, y bajamos de ella para comentar el viaje. Revuelvo su pelo, él hunde su cara en mi pecho. Me huele la piel y los huesos. En la sala hay un espejo. Estoy desnuda delante del espejo. Él está sentado a medio metro en un sillón, con cara de crítico de cine. Déjame verte, dice. Yo me miro al espejo, él me mira a mí. Me sujeta de una mano, como si yo fuese una cometa que él está haciendo volar por primera vez. Observa cada curva, cada redondez, cada herida, cada huella dejada por otros, por otros que ya no están. Ahora sólo está él. Sos hermosa, dice. Me sonrojo. Me siento a su lado y hablamos sobre los tiempos y las cosas que hemos vivido y viviremos. En la habitación, la cama está al lado de la ventana. Afuera, la realidad. Adentro, los sueños. Él se acuesta a mi lado, me rodea con sus brazos como una raíz. Le cuento la historia de los antiguos kahunas. Él se levanta y trae su guitarra. Toca una canción, mientras yo me quedo dormida. No quiero despertar; todavía es abril.