Lilit y el sexo


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Esta noche ven a mi casa, le pedí, sabiendo que estaría sola. Y cuando estuvimos frente a frente, él me miró con sus profundos ojos de gitano, y me contó, sin acercarse, todo lo que quería hacerme sobre el sofá. Palabras que hace tiempo no escuchaba. Me quedé en silencio, apretando las piernas, mordiéndome los labios. Él esperaba alguna reacción mía para proceder. Yo no podía resistir más, quería sentirlo encima, que me atacara como una pantera. ¿Me dejas que te dé un beso?, preguntó con deseo contenido. Entonces, me puse sobre él, abrí mis labios y mis piernas, y se hizo el silencio.

 

El sexo es el acercamiento más contundente que se puede producir entre dos seres humanos. No hallo una sensación más intensa, ni una imagen que me haga delirar tanto como la que me devuelve el espejo mientras un hombre me penetra. Pero así como es intenso, es efímero. La pasión se va, nos abandona como si jamás nos hubiese conocido. Y nos quedamos esperando con ansias el próximo encuentro, la siguiente remecida que nos emocione hasta los huesos, hasta los gritos.

Nada garantiza que el momento se repita, pero cuando al fin sucede, vuelvo a experimentar la noción de estar viva. Por medio del sexo la naturaleza me recuerda que lato y siento.

El otro día leí un tuit que decía: por las historias que cuenta, Lilit debe ser una mujer exuberante, con un cuerpo espectacular. Yo me reí, y traté de convencer a la tuitera de que no es necesario tener un cuerpo de presentadora de programa de farándula para tener buen sexo, o levantar al tipo que te gusta. El sexo, como todo, es cuestión de actitud y de feeling.

Tener buen sexo no es cuestión de suerte, y tampoco de belleza. Es cuestión de libertad mental. No importa el tamaño de los senos, o las libras de más o de menos que uno pueda tener, ni siquiera importan las estrías, lo que cuenta es saber disfrutar del propio cuerpo y del cuerpo del otro. Y permitir que nos disfruten: sin complejos, sin vergüenzas, sin miedos.

Muchas veces, las mujeres somos injustas al criticar el desempeño sexual de los hombres. Solemos quejarnos porque duran poco, porque la tienen pequeña o porque no tienen tacto. Pero ¿y nosotras? ¿somos buenas amantes? ¿o tenemos telarañas mentales y tabúes que nos convierten en aburridas compañeras de juegos sexuales? ¿Qué les hemos enseñado nosotras a ellos? ¿O estamos esperando siempre ser servidas? ¿Somos buenas amantes o simplemente usamos el sexo para manipular y controlar?

Es necesario que las mujeres se hagan estas preguntas. Es un error atribuirle al hombre la responsabilidad del orgasmo femenino, cuando son las mujeres las que debemos conocer nuestros cuerpos y las únicas que debemos mandar sobre nuestro placer.

Lilit es un personaje literario. Nacido de mis entrañas, eso sí, pero tan real como Mafalda o Madame Bovary. Lilit es mundana y libertina, una mujer que sabe disfrutar del sexo y que lo grita a los cuatro vientos. Y eso, en una sociedad tan cerrada como esta, es una rareza. Me he divertido mucho escribiendo esta columna, pero ha llegado el momento de dejar de usar la máscara de Lilit.

Empecé hace tres años a escribir la columna. Ha sido un agradable ejercicio de memoria, pues la mayoría de relatos que he contado corresponden situaciones que me ocurrieron entre los 20 y los 30 años. En esa década viví fuera del país, viajé mucho y me dejé llevar por el loco vaivén de la juventud. Fueron años para experimentar. Tuve amantes de distintas nacionalidades, temperamentos, largos y anchos. A los 23 años, no solo que podía pasar la noche con un guapo extranjero, sino que, si me gustaba mucho, lo invitaba a vivir un tiempo conmigo.

Pero uno crece y la vorágine pasa. Ahora tengo 34 años y lo máximo que podría traer a casa a vivir sería un gatito abandonado.

Aunque si alguno de ustedes se disfraza de gato y se aparece esta noche por mi puerta, seguro querré acogerlo.

 

(Columna de despedida de la LILIT, revista SOHO 2013)

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La edad y el sexo


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La edad nunca es un estorbo para el sexo. Aunque más neuróticos, los hombres mayores suelen ser mejores amantes, por eso los prefiero. Los niños difícilmente saben dónde queda el punto G, les cuesta horrores no eyacular a los dos minutos, y no tienen la menor idea de qué hacer con una mujer luego de que se corren –solo se les ocurre volar a contarles a sus amigos-. Se hacen la paja con las modelos de las revistas, pero no serían capaces de complacerlas en la cama. ¡Qué pereza! Paso de tener sexo con veinteañeros por más buenos que estén.

En mi adolescencia tuve más sueños eróticos con Clint Eastwood que con Leonardo Di Caprio –de hecho, con ese cara de yo no fui no tuve ninguno-. El hombre que me enseñó lo que era un orgasmo tenía 38 –y yo 20-, y mi último amante tenía algunas canas y un par de hijos con piercings.

Pero también he tenido experiencias con jóvenes. Esta fue una de las peores: él tenía veintiuno y yo veinticinco. Habíamos salido a bailar. Él era de Texas y estaba de paso por la ciudad. No recuerdo su nombre, pero sí que sus padres eran mejicanos, que tenía un rostro hermoso, labios sensuales, piel morena y estómago tallado en piedra. Luego de bailar hasta el amanecer, me siguió hasta mi departamento. Empezamos a besarnos y a quitarnos la ropa en el ascensor.

Apenas llegamos a la cama me penetró. Eyaculó a los tres minutos, y yo quedé frustrada. Me di la vuelta, y me dormí. Al día siguiente, salimos con unos amigos a comer, y él actuó con frialdad, casi no me dirigió la palabra y jamás me preguntó cómo me sentía. Pero la venganza siempre llega y, a veces, no tarda. Esa misma noche, tocó a mi puerta. Yo lo rechacé esa vez y todas las siguientes. Nunca repito un mal plato.

Hace poco vi una película que me hizo estremecer. En alemán se llama Wolke Neun, de Andreas Dresen. Se trata del amor sexual que viven Inge –una mujer de sesenta y pico- y Karl –un hombre de 76 años-. No son novios, no son amigos, son amantes. Son dos personas que viven el sexo tan intensamente como un novato quinceañero o un experimentado cuarentón.

Inge es una mujer gordita, que viste simple y no se maquilla. No va a spas, se entretiene cantando en un coro de viejas. Por su cuerpo han pasado los años, y ella los ha dejado pasar sin botox ni liposucciones. Es hermosa e intensamente sexual. Dresen logra una excepcional escena de ella desnuda frente al espejo, y otras perturbadoras secuencias de masturbación y sexo en el piso.

Como ella, lo que yo quiero hacer cuando tenga sesenta y más es lo mismo que quiero hacer esta noche. Y para eso no necesito a un hombre joven, bonito, cuerpo de modelo de Calvin Klein y cabeza de basurero. Necesito a un hombre que sepa cómo tratar a una mujer antes y después de desnudarla. No me importa si tiene barriga o cien años. Como dice la cantante argentino-mexicana Liliana Felipe: “cuando cumpla los 80 me pondré calzones rojos, y sandalias satinadas / Sí, seré una vieja loca, vieja escupe curas, vieja puta, rematada, vieja pero no pendeja”. Y yo rezo todas las noches: ¡Líbrame, Señor, de la mojigatería ahora y por los siglos de los siglos! Amén.