GUAYAQUIL CENTRO, TERRITORIO DE ARTISTAS


La ciudad es un macro espejo, un caleidoscopio, en el que se refleja el inconsciente de todos quienes en ella habitan, sean propios o extranjeros. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Por alguna razón, mi alma de poeta y cronista eligió a Guayaquil como su ciudad natal, como su matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos una y otra vez.

Guayaquil es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Pero, ahora, la ciudad es un infiernillo de alrededor de cuatro millones de personas, donde manda el materialismo, y prima la supervivencia. El calor es insoportable, los árboles han sido derribados. En Guayaquil todo tiene un precio, se vive el consumismo en su máxima expresión. Nada permanece. Todo es desechable. Los budistas dicen que la mente humana es como un mono que va de rama en rama intentando coger un banano que nunca alcanzará. Así actúa una persona que nunca logra estar en ella misma, en su centro, que no consigue la paz interior. No es casualidad que a los propios de Guayaquil les llamen “monos”.

Sin embargo, en el centro, en el corazón de Guayaquil, podría haber una luz. El centro es donde las ciudades llevan el alma. Y el alma de Guayaquil es alma de artista. Alma sensible, hiper-sensible dirían algunos; curiosa, ávida de vivir experiencias que la sacudan, siempre lista para la aventura y el romance, ansiosa de adrenalina y pasión, ingobernable, rebelde, profunda. Autodidacta, investigadora, libre-pensadora, llena de dones y talentos que ha desarrollado en sus muchas vidas. Un artista es siempre un alma vieja. No le gustan las doctrinas, huye de los yugos. Es el alma de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los cineastas, de los filósofos, de los artistas escénicos, de los amantes de la vida al aire libre, de los perseguidores de la libertad, de los viajeros.

En el centro, todo parece ir más de prisa, pero los artistas hacen que se ralentice la vida. Ellos desgranan el tiempo. Se relajan y logran abrir espacios donde es posible respirar un aire menos viciado, un aire de autencidad. Los artistas limpian la estela tóxica que deja el consumismo, el borreguismo, la inconsciencia que esclaviza a las masas. Los artistas salen de la multitud, pero no la desprecian, sino que intentan elevarla a su altura, compartir un poco de su libertad creativa, de su inmenso potencial creador.

Si eres un artista, Guayaquil te empujará para que seas su voz, y la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. Ve al centro y encontrarás el alma de esta ciudad. Ella te acogerá, y te darás cuenta de que puedes ser lo que tú quieras en ella. Guayaquil no se espanta de nada. Tú eres quien podría asustarse de las sombras que proyectarás en su escenario. Ella incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la saborees, para que te enamores de ella y la penetres. Te llevará a sus profundidades. Ella calmará tu sed de cuerpos, tus ansias de sentirte adentro.

Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llama y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. Te parecerá que, en Guayaquil, todo truco se hace con dinero. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir la ciudad”, te volverás un esclavo de ella. Entonces, empezarás a transitar tus sombras y las verás reflejadas en sus calles, en su gente, en su arte. Es cuando empieza el juego del caleidoscopio. Una vez que comprendes los patrones de la ilusión en los que vive Guayaquil, empiezas a divertirte.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas.

Estos son seis testimonios de artistas, gente que ha movido y que mueve la actividad cultural en el centro de Guayaquil. Seis versiones distintas del juego, del mismo caleidoscopio.

ALICE GOY-BILLAUD: La efervescencia del ahora

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(escritora y viajera francesa de 27 años. Vivió en París, vivió en India, y nunca se ha sentido tan en casa como en Guayaquil. En menos de un año aprendió español, sin hacer ningún curso, simplemente viviendo la vida bohemia del centro. Está escribiendo un libro autobiográfico, en español, al respecto. Este texto está construido a partir de algunos fragmentos.)

París, te amo más que todo, pero hoy día, me cansas. Guayaquil me hace pensar en París. Y en Nueva Delhi también, donde estuve viviendo siete meses. De Nueva Delhi encuentro en Guayaquil el calor y la libertad. La libertad de la locura. La locura de la libertad. Cosas que no puedo hacer en mi país, como abrir un café en una salsoteca underground que propone literatura erótica los jueves. De París, Guayaquil tiene las noches. La belleza de las noches; el calor de los cuerpos.”

Alice Goy-Billaud

Guayaquil ejerce un encanto irresistible para algunos viajeros, escritores o artistas que buscan la noche, la vida cultural que se bebe en largos sorbos de cerveza y que palpita en determinados lugares del centro. Alice Goy-Billaud es una de ellas. Nació el 26 de junio de 1989 en Montpellier, al sur de Francia. Eligió Guayaquil como su destino, después de haber buscado trabajo en China durante tres meses y de haber vivido en París y en India. Aplicó para tres puestos en América del Sur. La Alianza Francesa de Guayaquil fue la que primero le contestó. Se instaló en la ciudad y a los 8 meses, renunció al puesto de profesora de francés porque estaba descubriendo la vida bohemia del centro y el trabajo no le dejaba tiempo para dedicarse como quería a experimentar la noche.

Alice llegó a Las Peñas, el año pasado, como cualquier turista. Pero a ella no le gusta solo “visitar”, sino conocer a fondo los lugares y su gente. Dice que las ciudades son como mujeres. Y, al igual que París, Guayaquil es una mujer bien poderosa que tiene influencia sobre todo lo que Alice hace.

Sus primeros trayectos eran desde la Alianza Francesa hasta la calle Numa Pompilio. Iba lo más rápido que podía, porque apenas llegó a Guayaquil conoció a J y se enamoró perdidamente. El bus la dejaba en el mercado artesanal, bajaba la calle Loja, entraba en el Malecón, pasaba por el MAAC, caminaba sobre las piedras irregulares de la calle Pompilio, y llegaba a la terraza de J. Esta llegada era su momento favorito. “Al bajar las escaleras, se puede observar el río tranquilo que me hizo amar esta ciudad”, escribe en sus notas. Alice está preparando un libro en español sobre sus vivencias en esta tierra caliente.

J. introdujo a Alice en los tres lugares que luego serían su vida en el centro. Estos tres lugares han sido, en los últimos tiempos, el punto de encuentro de los artistas que viven o están de paso por la ciudad. La Culata, el Guayaquil Social Club, que luego cerró, y El Cangrejo Cultural, “el único lugar dónde vale la pena ir para bailar de verdad”.

Empezó con el Guayaquil Social Club. Se hizo amiga de Gabriel Proaño, un fotógrafo free-lance que decidió abrir este bar sobre la calle Rocafuerte como un espacio libre para músicos, actores, escritores, pintores o cualquier artista que quisiera intervenir. “Estaba buscando un lugar como el Guayaquil Social Club desde que empezó mi vida nocturna. Este bar mueve una parte del pequeño mundo intelectualo-cultural de la ciudad, que entiendo como una comunidad muy cerrada. No aguanto este mundo en Francia, quizás porque no me siento parte de él, pero me encanta mezclarme en él en otros países.”

Alice se dedicó a pintar un mural en el primer piso del bar. Terminaba clases a las 9 en la Alianza Francesa y llegaba, con el apuro de siempre, hasta el Club. “Bajaba la 9 de octubre, me paraba por el parque Centenario para comer un encebollado con mi amigo José, quien tiene allí su quiosco y seguía sobre la 9 hasta girar en la Córdoba. Giraba a la esquina de la Juan Montalvo y allí estaba el bar de mis sueños: abierto como una segunda casa, rústico y underground como un garaje de adolescentes que buscan un lugar para tocar música, amigable como un bar de pueblo donde todos los amigos se juntan porque no hay otro lugar”. Se quedó unos tres meses trabajando en el bar. Pasaba más ahí que en su propia casa. Atrás de la barra, viendo a sus amigos bailar y pedirle cervezas, era la más feliz del mundo.

Pero el bar fue clausurado dos, tres veces, perdió a sus clientes y nunca abrió de nuevo. El mural de Alice quedó encerrado en la sombra. Su vida del centro se movió a la calle Córdova y Mendiburo, donde queda el restaurante La Culata, que para Alice es como el Café de Flore, del boulevard Saint-Germain, de París, que fue lugar de encuentro de dadaístas y surrealistas. Alice es generosa al hacer esta comparación, pues en el Café de Flore, personajes como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir tenían mesa fija y atrajeron allí a buena parte del movimiento existencialista. Sartre escribió: “Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”.

Alice ve que en La Culata, de Guayaquil, se juntan los artistas por todo motivo, una reunión de trabajo, comer un poco, compartir una biela. F., quien luego se hizo novio de Alice, dice que lo que hace un lugar, aquí en Guayaquil, no es el parecer bonito, si no la gente que cae. Y la gente cae a la Culata porque la Muñeca y Freddy, sus dueños y anfitriones, lograron dar amor a la comida y al ambiente.

(Escena tomada del libro de Alice)

Llego a La Culata. Son la cinco, y me uno a F. que está desayunando una cerveza y un ceviche.

Ustedes los artistas se levantan a las tres de la tarde y empiezan el día con una cerveza.

La plena, contesta F. y se deja resbalar en su silla, las manos sobre su barriga. Mira, qué bella es esta ciudad. Mira cómo voy a quedarme aquí y las cosas van a pasar.

Tenía razón. Sentarse en la terraza de la Culata es una cosa maravillosa. La gente pasa, saluda, se sienta, conversa, se va un rato, regresa, toma una biela, se caga de risa y, a veces, se calla. Y todos nos callamos para mirar a los buses y disfrutar del tiempo que pasa lento. Así es Guayaquil.

A veces, llegamos juntos. Él, con su bicicleta roja. Ojeo para ver si conozco alguien. F. no lo necesita, él ya conoce a todo el mundo (y gracias a eso, conozco a mucha más gente hoy). La primera persona que va a saludar es la Muñeca. La Muñeca es la dueña del lugar y también la mamá de estos niños borrachos. Todos están de acuerdo en decir que hace el mejor ceviche de Guayaquil.

Nos sentamos afuera para disfrutar del viento. El tiempo pasa, los panas se unen, las cervezas en la mesa se añaden y la bulla crece. El guayaco tiene esta particularidad: después de solo una cerveza empieza a gritar. Llega la noche y se inicia un movimiento lento para moverse de lugar. Cuando todo el mundo terminó de comer su plato (o el de otra persona, porque el guayaco tiene también la particularidad de compartir cualquier cosa que pide con 2, 3 ó 6 amigos), empieza el viaje más largo del mundo hasta El Cangrejo Cultural, dos cuadras mas allá de la Mendiburo.

El Cangrejo Cultural es mi otra casa. Es un hueco que solo tiene de cultural su nombre y la mitad de la gente que cae. La otra mitad son borrachos y punto. Los jueves son noches de lectura de poesía y literatura erótica. Nunca me arriesgaría a leer allá porque la gente está más ocupada en emborracharse, reír, gritar o en pelar su cangrejo que en escuchar, ¡yo incluida!

Después de la poesía es la hora de bailar salsa. Bailamos hasta el cierre, compartiendo cervezas menos y menos heladas y riendo más y más fuerte. Como de acostumbre, el cierre se hace con la policía. El bar se vacía y nos quedamos una hora más afuera, chupando las últimas bielas.

Esta vereda es parte inherente al Cangrejo Cultural. Una vez, salimos temprano de un evento que hubo a una cuadra y queríamos seguir la noche. Fuimos al Cangrejo pero estaba cerrado. Perdidos como niños sin padres ni casa, nos quedamos en la vereda pensando en dónde ir. Al lado, una familia estaba chupando en un carro, y sonaba salsa. Nos ofrecieron unos tragos y nos pusimos a bailar en la vereda vacía, hasta que se acabaron los tragos y se fue la familia, deseándonos un lindo final de la noche.

Cuando se termina el baile, empieza la ruta del punto A al punto B. Del Cangrejo Cultural tenemos que ir a la Ferroviaria, donde vive F. Subimos la Córdoba, giramos en la P. Icaza, y hacemos la primera parada. Compramos las “dos últimas bielas” en el Economarket de la esquina. Parece cerrado, pero hay que tocar la ventana mágica, y allí se puede pedir cualquier cosa. Para beberlas, nos sentamos en la esquina de la 9 de octubre. Los chicos llaman a este lugar “la oficina”. Al inicio de este ritual, me quedaba bastante callada, escuchando las huevadas de los chicos. Luego, vino mi integración y ahora soy parte del grupo. Gané el derecho de que se burlen de mí también. Estar bebiendo cervezas en la calle de noche en Guayaquil es una experiencia genial.

Antes de venir a Guayaquil, Alice estuvo viviendo siete meses en Nueva Delhi. Allá aprendió todo lo relacionado con el té, así que, por las mañanas hasta las seis de la tarde, Alice abre El Café del Cangrejo, que queda en el mismo local del Cangrejo Cultural. Ahí, además de café con caña o café chai, prepara variedades de té: verde, negro, rojo, de flores, de frutos, o el té de la bruja, su especialidad. Se siente tan gusto en Guayaquil que está buscando departamento en el centro. “Es la primera vez que me siento en casa”, dice.

AMARANTA PICO. El centro como un horizonte abierto

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(antropóloga, investigadora, escritora quiteña. Se mudó al centro de Guayaquil el año pasado para trabajar en la Universidad de las Artes y su experiencia ha resultado profundamente transformadora.)

He llenado como diez cuadernos de información sobre mí misma en estos meses en Guayaquil. Me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Amaranta Pico

Amo el silencio, dice Amaranta Pico para empezar. Ella nació en Quito hace 36 años, y el 7 de junio del 2015 se mudó al quinto piso de un edificio que queda sobre la ruidosa calle Aguirre, esquina Malecón. Desde el ventanal de su cuarto hay una vista espectacular de la ría, el centro y su lugar de trabajo: la Universidad de las Artes.

En Quito, también vivía en el centro, en Matovelle y Canadá, en el barrio San Juan, justo en una esquina en la que los buses frenan con mucho esfuerzo por lo empinado de las calles. Como diez líneas de buses pasaban por ahí. No había instante en que no haya un bus pitando o frenando, u otro carro casi chocándose con él. Lanzando humo negro todo el día. Por suerte, solo la sala daba hacia esa calle. Su cuarto daba hacia las montañas. Frente a su ventana había un horizonte abierto. San Juan es un barrio muy empinado, es como un mirador natural de Quito. Desde su ventana se veía el Cotacachi, el Imbabura, el Cayambe, el Cotopaxi, el Antisana. En su habitación, en las noches, el silencio era total. Si abría las ventanas, se desplegaba un paisaje increíble.

Yo llegué un domingo de noche a Guayaquil y el lunes por la mañana, el ruido era ensordecedor. Acá pitan el doble, es mucho más ruidoso. Y aunque aquí estoy en un quinto piso y allá era un primer piso, aquí fue más fuerte el ruido. Pero ya el segundo día, dejé de poner mi atención en ese ruido, cambié mi actitud, porque si me enfocaba en esa queja, no lo iba a pasar bien. Lo que hice fue, como si fuera una lámpara que le había puesto al ruido, quitarle la lámpara al ruido y ponerla en todo lo otro que sí estaba bien. El ventanal es enorme, y desde mi cuarto se ve un paisaje impresionante. Cuando uno se levanta, no ve los edificios. La vista de la ventana me permite sólo ver la Ría y la isla Santay. Se ven solo árboles. Entonces, mi primera impresión fue como estar en la selva, porque el río Guayas es como los de la selva en su amplitud. ¡Estoy en la selva! me dije y todo cambió.”

Todo cambió de un día para otro. Amaranta puso su atención en ese horizonte limpio y hasta ahora la sigue poniendo. Después, se fue dando cuenta de que hay un montón de pájaros que nunca había visto en su vida, porque la gran mayoría de pájaros son distintos en la Sierra. Empezó a darle mucho espacio a la contemplación gracias a esto. Después, puso atención a otras cosas, como que su casa era un espacio amplio que le proponía mucha introspección.

El espacio de contemplación también trajo experiencias distintas. Pudo, por ejemplo, percatarse de la intensidad de los colores y descubrir la magia del gris.

En Guayaquil los colores son saturados, piensa Amaranta. Los verdes son más verdes, los amarillos son más amarillos que en Quito. Y eso que allá es canicular el sol. A mí me afecta más el sol de la Sierra que el de acá, porque acá el cielo es gris, y siempre hay como un velo. En Quito, el cielo es azul nítido. Yo crecí en ese azul y conozco quiteños que se quejan porque aquí el cielo es gris. Pero a mí me encantó este cielo diferente, porque descubrí la belleza del gris. Incluso el río y el cielo cambian de colores. En la mañana, justo cuando sale el sol, tipo 6, el río es plata y el cielo también. En el día, el río es ya más turbio, se pone un poco café con el calor. Y en la noche, el río es color firmamento, y se confunde con la oscuridad del cielo. Como no hay luz en la isla Santay, el río desaparece en la noche, no se ve. El cielo es negro, el río es negro y parece que la ciudad estuviera flotando en mitad del océano como un barco. Es increíble esta ciudad”.

Cuando Amaranta va a Quito se siente otra. Como se crió ahí, le da la impresión de que esa es la vida real. Llega a la casa de sus papás (su padre es el coreógrafo y bailarín Wilson Pico y su madre, la escritora Natasha Salguero) y se conecta con toda su historia personal. Algo en ella se pone el chip de Quito apenas baja del avión o del bus. “Tengo una relación que ya está establecida con mi familia, que es muy bonita, veo a mi gato y a mis amigos que siempre me reciben con una sonrisa como si no me hubiera ido ni un día. Y eso es perfecto. Pero yo siento que actúo de una manera distinta allá. De la manera en que yo creía que era. No digo que esté mal, pero venir acá me dio la posibilidad de ver que no era solo así”.

Guayaquil le da la libertad de estar sola en una ciudad. “Al no tener acá a mi familia, estoy desprovista de ese abrazo, que está ahí cuando quiera, incluso a la distancia lo siento, pero, al estar desprovista, puedo abrirme. Aquí es como si tuviera la posibilidad de hacer lo que quiera, cualquier día, en cualquier momento. Como tampoco tengo familia que mantener, estoy en un momento de total independencia”.

Esta experiencia en Guayaquil ha sido tan profunda que, incluso, puso en jaque la personalidad de Amaranta. “Yo antes pensaba “es que yo soy así”. Por ejemplo, si en un sitio no me sentía bien recibida, me iba, como por una idea de dignidad. No decía nada, pero me iba y por dentro decía: “es que yo soy así”. Dentro de ti hay como un orgullo. Ese y un montón de rasgos muy arraigados que finalmente hacían mella en mí, salieron a la luz aquí. Al salir de mi antiguo espacio de confort pude ver algunos rasgos y darme cuenta de que eso no era yo. Aquí puedo como desvestirme, cuando yo quiera de eso, de esa supuesta personalidad. Ahora me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Antes yo decía, muy férrea: “estos son mis valores”. Pero aquí vi que no todo era tan rígido. Pude ver los matices. Aprendí a apreciar el gris. Aquí he podido dejar de ser ese juez tan implacable con uno mismo que no deja pasar ni una. En Quito, escribí una vez una escena de un juicio. Yo era la jueza, el abogado acusador, el abogado defensor, la acusada, el jurado, el público y hasta el guardia que cuidaba la puerta. Y todos eran terribles. Poner eso en palabras fue bueno, porque todo lo que estaba ahí podía parecer chistoso literariamente, pero todo era verdad”.

SIMONÉ DELGADO: La transformación interior del centro

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(Artista del maquillaje, amante de la danza, casada con Javier Borja, quien es fotógrafo y músico experimental. Simoné dirige el Café del Río, que queda dentro del MAAC y es un espacio que se abrió en 2015 para acoger las propuestas de los artistas locales y extranjeros que están de paso.)

Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad.”

Simoné Delgado

Si ustedes se adentran en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo, ubicado al final del Malecón, podrán ver una tienda de souvenirs, que está llena de objetos, postales, artesanías, libros, ropa y demás cosas hechas por los artistas locales. Más allá, verán el escenario donde todos los jueves en la noche se presentan diferentes propuestas artísticas, arqueológicas, antropológicas, filosóficas, como parte de la programación del Café del Río, inaugurado en agosto de 2015. Si continúan, se encontrarán con la cafetería, donde pueden pedir un tinto, vino, té o algo para picar. Al lado izquierdo, hallarán una puerta que los llevará al balcón de fumadores, donde podrán contemplar la belleza del río Guayas. Y si prosiguen, más allá de la cafetería, encontrarán tres cubículos, cada uno con una pantalla donde se proyectan distintos vídeos sobre los artistas del Café del Río, o sobre las muestras del Museo.

Simoné Delgado es quien está a cargo de la programación del Café del Río. Ella admite que nunca se llevó bien con Guayaquil, siempre mantuvo una relación de odio / amor con la ciudad. Pone primero al odio, porque es lo primero que siente hacia Guayaquil. Esto suele pasarle a muchas personas sensibles que no encuentra un espacio de libertad y armonía en el caos guayaco. Sin embargo, durante los últimos seis meses del 2015, Simoné siente haber vivido un renacer, no de Guayaquil, sino de ella misma.

Le propusieron hacerse cargo del Café del Río, un espacio que estaba inerte dentro del MAAC. “De repente, se me da la oportunidad de hacer algo con un espacio hermoso que ha estado ahí para nosotros todo este tiempo. Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad. Todos los jueves Guayaquil me llena un poco más de esperanza”.

Para Simoné, el Café del Río “es un espacio donde converge todo lo más lindo del ser humano: su arte, su pasión por lo que hace, sus talentos pulidos con disciplina, su mejor energía, su agradecimiento infinito. Es increíble. Por eso a mí me encanta tomar una foto al final del público junto con los artistas en el escenario. Porque ellos son los que invaden el museo con lo mejor de ellos. Sin nuestro público, el museo no es más que un edificio lindo y frío. El público de Café del Río y todo lo que ahí sucede me recarga de amor por esta ciudad. Nos unimos a Malakita, La Culata, El Cangrejo Cultural, los lunes culturales de la ESPOL, Casa Fantoche y toda la comunidad del centro de Guayaquil para celebrarnos a nosotros mismos y nuestro arte. Y yo estoy muy orgullosa de eso”.

JAVIER LAZO: Cronometría y personalidad del centro

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(Fotógrafo, bohemio, nómada urbano. Ha vivido en muchas direcciones de Guayaquil, pero desde hace 13 años, el centro es su casa. Conoce los ires y venires de la gente, y los ritmos en los que se mueve el centro).

El norte empieza en Las Peñas, en las escalinatas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, en la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. Al este, tienes el malecón del río y al oeste, el malecón del salado.

Javier Lazo

El fotógrafo Javier Lazo fue uno de los primeros en exponer su trabajo en el Café del Río. Él nació en la boca del Pozo, en 1979, atrás del colegio Huancavilca, donde había una pequeña vecindad. También vivió en La Pradera, en Ximena y Urdaneta, en la Garzota, en Brisas de Santay, que era como estar en el campo: podía salir en bicicleta y regresar a las dos de la mañana. Pero no cambia por nada la vida intensa del centro.

Una vez vivió en Mendiburo y Rocafuerte, plena Zona Rosa. “En las noches, estar en mi departamento era un suplicio por el Colonial, el único bar que no tenía hermetizado el sonido. Aguanté unos tres años, al principio bien, porque llegaba a las tres de la mañana, pero luego cuando trabajas, y trabajas en un diario, es imposible”. De todas formas, según Javier, la intensidad del centro depende del horario. A partir de las siete, la ciudad muere, “y el centro es más silencioso de lo que la gente piensa”.

En el centro tienes todo, y todo lo haces a pie. Te evitas ese movimiento en bus, en taxi, que siempre te quita tiempo. Si hay que movilizarse, un taxi no te cuesta más de 3 dólares”.

Javier prefiere vivir en el centro, aunque pueda ser peligroso. “Yo andaba mucho en bici, hasta que me robaron, por la Culata, a las 11 de la mañana. Pero, al final, por donde paso, tengo la facilidad de siempre vincularme en las calles, sea en las seguras o en las inseguras. Muchos ya me ubican como un personaje del barrio. No me siento inseguro, a pesar de que siempre hay que estar alerta. Estás en Guayaquil, eso te demanda vivir un poco de paranoia, pero una vez que tienes aprendido el funcionamiento del ser humano sorprendes al propio ser humano”.

Guayaquil tiene ciertos circuitos seguros, pero más allá de esos circuitos seguros quién sabe qué pueda pasar. Ese circuito no deja de ser una especie de cruce que te permite conectarte a la red. En el centro tienes el Malecón, tienes hasta la calle Boyacá para caminar seguro y tienes la 9 de Octubre. De esa manera, tú puedes llegar a los puntos donde puedes tomar la metro o cualquier transporte. A pesar de que la mayoría lo considere inseguro, el centro es el más seguro porque tienes cámaras por todos lados. El centro está super vigilado.

Le pido a Javier que me delimite el centro. Dice que al norte empieza en las escalinatas de Las Peñas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, que queda sobre la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. La Bahía está incluida dentro del perímetro. Al este, tienes el malecón del río; y al oeste, el malecón del Salado. La 9 de Octubre atraviesa el centro y lo divide en dos a la altura de la plaza del Centenario.

Guayaquil tiene muchas caras. El centro es mucho más de gestión y en las noches, la vida se concentra en pocos espacios. La gente viene del norte, sur, de todas partes, pero es gente vinculada al arte o a la cultura y siempre buscan apropiarse de estos lugares donde todo el mundo se conoce, donde siempre se encuentran.

Javier ha expuesto su trabajo en varios lugares del centro. De manera individual, expuso en el Museo Presley Norton y ha participado en muestras colectivas en el centro apropiándonos de bares, o lugares como la galería Espacio Vacío, en su momento. “Son lugares donde la comunidad se desenvuelve e invita a los que están fuera del circuito a acercarse, dándole una vida nocturna al centro de una manera sana, y me refiero a que no es lo mismo la onda de los bares y discotecas, donde puedes ver mujeres golpeándose, a un lugar donde está reunida gente que se conoce, se aprecia y se cuida. En estos momentos, esos lugares son La Culata, el Cangrejo Cultural y el Mono Goloso (queda sobre la calle Luzarraga y es un rincón francés de pan y dulces en el centro)”.

Luego, están los circuitos culturales que se suceden en el año. Entre enero y abril poco ocurre en la ciudad. Todo empieza en mayo. En julio, están los salones y demás y siempre hay un cronograma del año. En promedio, puede que dos veces al mes sucedan cosas interesantes. Los mejores meses son finales de julio hasta septiembre-octubre. Después de las fiestas de octubre, baja el ritmo y se retoma en diciembre.

WALTER PÁEZ: La ciudad son los amigos

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(Walter es el maestro de grabado por excelencia de Guayaquil y su taller, uno de los lugares más exquisitos para visitar en el centro. En toda su vida, ha tenido alrededor de mil ochocientos alumnos. Es maestro en Guayaquil y lo ha sido en lugares tan distantes como Lisboa o Teherán. Junto a un grupo de poetas y cronistas, vivió, desde el inicio, el proceso de la vida bohemia del centro.)

Nosotros podíamos dejarle a los saloneros del Montreal cualquier encargo o recado. Entonces, yo llegaba y me decían: ahorita pasó Martillo, dijo que iba a estar en tal parte. Siempre pasaba lo mismo: nos sentábamos a refrescar con un par de bielas y terminábamos en una borrachera hasta el día siguiente. Todos casi mueren por el alcohol.”

Walter Páez

Walter Páez es un hombre de profundas convicciones. Viajar por todo el mundo no lo ha cambiado. Tiene 65 años y dice, de una manera tajante, que hay cosas a las que no puedes renunciar: a la ciudad en la que naciste, a tu equipo de fútbol y a tu familia.

Él nació en Quito y pasó su infancia entre Quito y Latacunga, donde estudiaba en un colegio agrícola. Después se vino para la Costa, y se matriculó en una escuela cerca de Tenguel. Su memoria guarda parajes hermosísimos de esa época, dice que era como estar en Macondo. Walter completó su bachillerato en otro colegio de Agricultura, en Daule. Sin embargo, los conocidos en esa infancia remota quedaron atrás. Sus amigos, los de la travesía en Guayaquil, son como sus hermanos. “Con ellos tengo esas vivencias más interiores”, dice. En 1969, Walter llegó a Guayaquil para estudiar en la Universidad, donde se graduó de ingeniero agrónomo.

Por aquella época, Walter tenía una tremenda actividad política. Era militante del partido Socialista Revolucionario y fue miembro del Consejo Universitario. Empezaba a multiplicar gente. Luego se graduó, se fue a Nicaragua un tiempo, después a México, ahí se empató con un viejito que le enseñó Grabado, sin embargo, Walter siempre tuvo la inclinación creativa. En el partido era el que diseñaba los afiches. Empezó a frecuentar, en el centro de Guayaquil, los dos lugares que, por entonces, eran el sitio de reunión de los intelectuales y artistas: la Casa de la Cultura y la cafetería El Montreal, que quedaba diagonal a la plaza Centenario. Esto a finales de los sesenta. Ahí era común ver a escritores, poetas, cronistas observando y escribiendo sobre Guayaquil.

Sobre todo nos reuníamos con los intelectuales del grupo Sicoseo: Edwin Ulloa, Jorge Itúrburo, Jorge Martillo, Fernando Nieto. Luego, comencé a ilustrar cosas para muchos de ellos. A Jorge Velasco (Mackenzie) le he ilustrado como siete libros. Hasta ahora viene, borrachito y cojito, pero aquí viene”, dice Walter.

Las crónicas y los cronistas son parte de esta generación. Guayaquil era terreno fértil para dejar correr ríos de alcohol y de tinta. Se destacan los amigos de Walter: Jorge Martillo Monserrate, a quien llaman “el conde”. Francisco Santana, más conocido como “el negro”. Y “el pelado” Jimmy Mendoza, probablemente el artista más desadaptado de entonces. Junto a ellos, “vivíamos con una velocidad que es difícil de volver a vivir”, dice Walter.

Hace 14 años, Walter reconstruyó el lugar donde ahora queda su taller, sobre la calle Imbabura, entre Panamá y Rocafuerte. Justo abajo del taller, estuvo el Gran Cacao, el primer bar underground de la Zona Rosa, que puso “el pelado”. Antes, montó el primer Palo Santo, que quedaba en el sur, y el segundo Palo Santo que quedaba en el centro.

El libro Historia Sucia de Guayaquil, de Francisco Santana, cuya portada es un grabado de Walter, cuenta muchas historias intensas y lujuriosas, que ocurren en estos lugares del centro. En una crónica suya publicada en diario El Universo, en 2011, se describe perfectamente el ambiente del Cacao: “Colgadas en las paredes se ven las palas de madera para remover el cacao cuando este secaba al sol, sacos rellenos que sirven para sentarse, sillas y mesas de muyuyo, velas encerradas en complicados receptáculos y otras cosas antiguas, no viejas. En el centro de todo eso, la gente. Cuando pregunto por ahí ¿por qué vienen? Francisco Perrone asegura que le recuerda a Estudio 54 de Nueva York, pero en versión underground 2004. Aquí a nadie le importa quién eres ni de dónde vienes. Eres un simple ser tomando unas copas.

Eso sirve, por aquí todo viene bien. Viene bolero, blues, salsa, son, rock, disco, flamenco, balada, pop, tango, bossa nova, jazz. Viene variado y fuerte, va con todo la música, aquí no hay algo definido. Es un lugar donde la gente baila y pierde; pierde esa sensación de excluido que tantas veces ha masticado en otros sitios”.

Walter recuerda que “cuando aquí había El Cacao, con “el pelado” bebíamos tres días seguidos. A veces, “el negro” no iba al trabajo. Y cuando iba, iba a esconderse en su oficina (en diario El Universo). Martillo siempre fue free lance del mismo periódico. Se desaparecía y lo buscaban. Estaba siempre desaparecido. Nosotros nos íbamos a Mapasingue, cuando no se podía subir a los cerros. Allí teníamos a una señora que nos hacía el desayuno y nos vendía cerveza. También, teníamos una tiendita en el barrio Cuba. Nos movíamos por toda la ciudad. Pero, al final, siempre terminábamos en el centro”.

Pero en su santuario, que es el taller, él no ha dejado entrar el relajo. “Ni aquí ni en ninguna parte”, dice muy serio. Porque cuando dirigió los talleres de grabado en el Banco Central tampoco. “Siempre que querían entrar borrachones los botaba, porque eso crea un mal ambiente, así no se puede enseñar”. Walter dejó de beber hace seis años.

El otro día, dice, estaba sacando las cuentas de cuántos alumnos ha tenido. Dice que ha enseñado técnicas de grabado a unos 1.800 alumnos en Ecuador. Afuera, en Portugal, dio clases en la Universidad. Viajaba en junio y se quedaba hasta noviembre. Walter también dio clases en Irán, cuando no se podía. “En Teharán preparé un grupo de grabado, hace cuatro años. En Cuba también compartí como profesor invitado”.

¿Qué sientes por Guayaquil?

Siento por Guayaquil lo que todo el mundo siente por la ciudad en la que vive. No siento una diferencia mayor que lo que siento por el casco colonial de Quito o lo que siento por la Habana Vieja, porque tiene que ver con lo que he vivido con la gente en sus esquinas interiores.

MAURO SBARBARO: El caos se revela en el centro 

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(Pintor, escultor, creativo, trotamundos. Nació en Guayaquil hace 43 años. Desde niño estuvo ligado al centro. Su abuelo vino de Italia para poner, sobre la calle Quisquís, la fábrica de los famosos sombreros conocidos como “tostadas” que se usaron en el Guayaquil de antaño.)

En 42 años he transitado por más de diez países y he vivido en Ecuador, Estados Unidos, Italia, Suiza e Inglaterra. Y Guayaquil centro es el lugar más tenaz donde he estado. Aquí no importa si eres rico, o estás chiro. Vienes al centro y te vas a un bar, te pegas dos tragos y te sientes un dios. O el dios de los miserables, o el dios de los reyes. Lo que se llama “la bohemia del centro” incluye todo: sexo, drogas y rock and roll.”

Mauro Sbarbaro

Mauro es alguien que no pasa desapercibido en el centro. Parece un gringo, pero habla como guayaco. Es lo primero que me impresionó de él, eso y sus enormes ojos azules.

Nació el 18 de enero de 1973, en Guayaquil. Estudió en el Cristóbal Colón y se crió en el barrio del Centenario, pero iba siempre al centro para visitar a sus abuelos. Sobre la calle Quisquís, dos cuadras más allá de la Boyacá, hay una casa de propiedad de italianos que llegaron al puerto hace tres generaciones. En esa casa, una de las más antiguas del barrio, vivían los abuelos de Mauro, quienes tenían seis hijos; la menor de todas, la madre de Mauro. Ezio Bigalli fue quien trajo, desde Italia, las famosas tostadas, los sombreros que reinaron en la cabeza de todos en el elegante Guayaquil de antaño, cuando la calle 9 de Octubre era una pasarela glamorosa, donde estaban los teatros. Las mujeres, los hombres y los niños se vestían con pulcritud y elegancia, tenían buenos modales y eran gentiles. Con el tiempo, el centro de Guayaquil se fue degenerando.

La primera fábrica de los sombreros Ezio estuvo en esta casa, donde ahora viven los padres de Mauro. Desde la ventana de esta casa, Mauro ha observado detenidamente a la gente que vive y pasa por el centro.

El centro es nostálgico, porque aquí es donde nació Guayaquil. Comenzó en estas calles, desde el cerro hasta acá. Aquí es la división entre Quisquís y Junín. Mi abuela vivía en esta casa y yo he visto de todo, desde que era un niño.

Mauro siempre ha sido hiperactivo y un viajero incansable. Ha recorrido medio mundo. La primera vez que vivió fuera de casa fue durante un intercambio, en Estados Unidos. La Universidad la hizo en Florencia, Italia, país de donde provienen sus abuelos de parte de madre. Durante diez años, estuvo viviendo en varias ciudades europeas. Vivió seis años en Suiza y tres en Londres. Luego de esto, decidió volver a Guayaquil. Entonces, regresó a vivir con sus padres, en la casa del centro. Ahí instaló su estudio de arte. Mauro pinta, esculpe, fotografía, es un artesano y un creativo a tiempo completo. Su obra ha sido expuesta en Japón, en Suiza, en Londres y, varias veces, en Quito y Guayaquil. El año pasado, durante un mes, estuvo expuesta en uno de los museos del centro, el Nahim Isaías.

Cuando dices que has visto de todo ¿a qué te refieres?

Por cien metros hay un distribuidor de droga, tú ves las batidas de los policías, están los chongos, las cantinas de mala muerte… Esta es la zona de tolerancia donde están todos los cabarets. A mí nunca me gustó vivir en el centro. Siempre fue sucio, maloliente, la gente te mira mal. Nunca me he sentido seguro. Una vez, desde la ventana, vi cómo me estaban robando el carro. Bajé y vi al tipo que estaba husmeando, y le digo: ¿qué haces, oe? Y me contesta: ¡ya, quédate frío! Y se fue”.

Así es aquí en el centro. La cosa es descarada. Ya no es que te timan, ya te arranchan. Esto ya no es viveza criolla, esto ya es el zafarrancho. Aquí no hay respeto por nadie.

En el centro tú puedes orinar, cocinar, robar, abrir los carros, jugar pelota, dormir dentro del carro, dormir con un cartón donde te dé la gana, cerrar las calles, botar basura, escupir, tener sexo. El centro está lleno de moteles, pero en la calle mismo tiran. Yo lo he visto. También he visto cómo sacan el trasero en la avenida y defecan a plena luz del día. Eso no lo he visto en ninguna parte del mundo. Desde mi ventana, he visto de todo: policías corruptos, comisión de tránsito corruptos, ladrones, prostitución. Y no es de ahora, ha sido toda la vida. En más grado, en menos grado, pero siempre ha habido. La cantidad de basura que he visto tirar. Nunca en mi vida he visto un lugar tan sucio como el centro de Guayaquil. Nunca vi tan poco amor de la gente por su ciudad.

Para Mauro, la ventana de su casa es como una pantalla gigante. Él no ve televisión y dice que con esta película que ve del centro tiene para toda la vida.

Compara el centro con el arca de Noé, con todos sus animales adentro. Dice que Guayaquil está llena de sapos, iguanas, lagartos, monos, chanchos. Y harto borrego. Pero esos borregos que no saben decir ni meee, simplemente guardan un absoluto silencio.

Él ha ido y venido de Guayaquil varias veces. Pero ya desistió de intentar vivir en una ciudad de la que se siente excluido como artista. “Siempre he visto lo mismo, nunca he visto un cambio. Los mismos cuatro se reparten los premios entre ellos. Siempre queda una garra de algún dinosaurio que con una uña pellizca”.

Cuando volvió de Londres, en 2013, Mauro vivió dos años en el centro y asegura que su experiencia fue terrible. “Yo tengo callos de vivir aquí, y he vivido obligado. Yo no elegiría jamás vivir en ninguna parte del centro. Yo elegiría vivir apartado de todo este cablerío (se refiere a los cables de teléfono y luz que parecen tallarines sobre las cabezas de la gente). Yo he logrado crear en este caos, pero con mis artimañas: audífonos, música a todo volumen o tapones, porque el grado de contaminación auditiva es altísimo”.

Desde el año pasado, Mauro vive alejado de la ciudad, en Puerto López, un pueblo de pescadores al que todos los años llegan las ballenas. Allí, en medio de la naturaleza, con el silencio necesario para crear, se siente el hombre más feliz del mundo. La crudeza del centro de Guayaquil lo altera. Es algo que no puede soportar. No solo es el caos, el ruido, sino también el control.

Guayaquil es una ciudad sitiada, una ciudad tomada por los piratas, donde las riquezas ya están repartidas. Por eso tanto control. Los piratas lograron infiltrarse. Todo es pirata lo que compras. Todo lo que tú quieras comprar que antes venía de China de manera ilegal, ahora es legal. Por eso terminó la Bahía. Se ahogaron ellos mismos. Dieron tanta oferta que lo único que les queda es regalar el producto. Y no pueden hacerlo ¿si no qué ganan? Hay tanta competencia. En Guayaquil todo está basado en la economía, en el dinero. Es la capital consumista del país.

Guayaquil es una ciudad tóxica donde las aguas se estancaron ya.

¿Qué crees que hay que hacer en Guayaquil?

Al contrario, en Guayaquil hay que dejar de hacer. Guayaquil es una ciudad en permanente actividad, nunca deja de hacer. ¿Para qué quieren más cosas? ¿Para qué tanto hacen? No hay personas suficientes para acudir a tanto restaurante, a tanta franquicia, a tantos eventos, para comprar tantas cosas. Las personas en Guayaquil, sean artistas o no, deben dejar de hacer, buscar la quietud. Encerrarse en sus casas y meditar. Hacer un acto de consciencia general.

Porque, al final de todo, uno dice: es chévere vivir la locura, la borrachera del centro. Pero eso ya fue, eso ya colapsó. Ya no es chistoso, ni es una forma de vida. Todos los que vivían de la “huevadilla”, vivieron de algo momentáneo, ilusorio. Vieron hacia afuera, no vieron hacia dentro de ellos mismos. Son como monos que van detrás de la novedad. A pesar de ser tan caliente, en Guayaquil nunca sentí fraternidad, o hermandad. El apoyo siempre fue ficticio, fue “pura boca”. Todo es falso. Es obvio para todos: yo no me siento parte de este lugar. Nunca fui parte. En Guayaquil no hay dónde ni cómo echar raíces.”.

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Puná vieja, un pueblo por entregas


Redacción: Mundo Diners

 

Investigación: Marcela Noriega, Fotos: Mauro Sbarbaro 

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Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

Capítulo I: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

Capítulo II: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

 

Capítulo III: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

Capítulo IV: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Capítulo V: El amante

El hombre que ayuda a Ángela Parra a enlistar jóvenes en la armada se llama Segundo Reyes Gonzabay y es el propietario de un discreto imperio compuesto por tres hoteles que aún no termina de construir, el dueño de varias embarcaciones de pesca y transporte y, además, el empresario emprendedor que construyó la única fábrica de hielo en una isla donde lo que se acostumbra es el calor. Y Segundo Reyes Gonzabay es, también, el amante de Ángela Parra; aunque quizás lo correcto sería decir que Ángela es la amante de Segundo, pues quien está casado es él y Ángela, sin empachos ni cargos de conciencia ni remordimiento cristiano alguno, dice que su esposa, la mujer de Segundo, sabe perfectamente que ellos llevan diecisiete años juntos. Diecisiete años… la misma cantidad de tiempo que llevan sobre esta tierra los chicos que Ángela y Segundo tratan de salvar. Los chicos que ojalá vuelvan y cambien las cosas. Los chicos que ojalá nunca regresen.

Capítulo VI: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

Capítulo VII: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

Capítulo VIII: El Diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

Capítulo VIX: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

Capítulo X: En una noche sin luna

Sixto Ambrosio Parra y doña Jesús Campuzano, los padres de Ángela, viven en Boque Anchal, una comunidad de quince casas dispersas en el noreste de Puná, hasta donde se llega por un camino de tierra que atraviesa un paisaje lleno de ceibos gigantes y árboles frutales. Tienen dos casas, una a las orillas del río, donde viven, y otra, más pequeña, 150 metros río adentro, donde pescan, una cabaña que parece flotar sobre el agua. Allí, en la cabaña que levita, estaba Ángela la noche en que escuchó un silbido extraño, el mismo sonido que anuncia la presencia del Tin Tin. Ángela, que por toda compañía tenía a su perro Chocolate, volvió a la orilla remando sobre un pequeño bote. El Tin Tin iba detrás de ella, pero Chocolate lo detuvo y se trenzó con él en una ruidosa pelea justo en la puerta de la casa. Esa noche, el perro desapareció. Volvió al día siguiente con el pecho rasguñado y sangrante. Semanas después, Chocolate murió y Ángela, que por entonces tenía veinte años, se fue a vivir a Guayaquil por más de una década.

Capítulo XI: La hija del Tin Tin

Hoy por hoy, Ángela tiene 48 años de edad y las características de las mujeres que, según la leyenda, son perseguidas por el duende lujurioso: su cabello es negro y abundante, sus caderas amplias y generosas, sus cejas pobladas y cercanas entre sí. Así debió ser también alguna vez Victoria, amiga de la familia Parra y comadre de doña Jesús. La madre de Ángela cuenta que Victoria, lavandera de profesión y residente de La Pólvora, una comuna no muy lejos de Boque Anchal, fue hipnotizada por el Tin Tin y quedó embarazada. Victoria tuvo una niña que nació con los párpados pegados, “como moquillo de pavo, fea, fea, fea” y murió a las pocas horas. En un lugar que conoció en Internet hace nada más que un año, anécdotas como esta son productos básicos de consumo masivo, una forma de entretenimiento y una razón para que los días no se sucedan sin distinciones. Pero, en el siglo XXI, hay demonios más inmediatos.

Capítulo XII: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Capítulo XIII: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Capítulo XIV: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

Capítulo XV: lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

Guayaquil, mi ciudad natal


Guayaquil

Guayaquil es un espejo en el que se refleja el inconsciente de todos. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Te ves en ese espejo incluso en tus sueños de otras tierras. Por alguna razón mi alma eligió a Guayaquil como su ciudad natal, la eligió como matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos tarde o temprano.

El guayaquileño vive en permanente lucha, es un guerrero, alguien que respira conflicto. Como todo sobreviviente, piensa que la vida es difícil, cree que tiene que esforzarse para obtener todo lo que desea. Y siempre desea. Trabaja, se endeuda por tener el último teléfono, para que sus hijos vayan al mejor colegio, para sacar el título, el carrito, la casita.

El guayaquileño nunca está conforme. Es un rebelde que siempre encuentra una causa que defender, no importa si esa causa está cerca o lejos. Ellos no descansan hasta que lo consiguen y una nueva causa aparece. Viven en estados de taquicardia, vehemencia, caos, neurosis y paranoias. El estrés y la angustia es un cóctel que la mayoría de personas que vive en Guayaquil bebe a diario. Se lo pasan con pastillas o con alcohol. El hijo de Guayaquil nunca se queda tranquilo. Siempre hay algo nuevo que ver, un partido de fútbol al que ir, una fiesta que organizar, una película que ver, una nueva tecnología que comprar, un curso que hacer, una nueva competencia en la que entrar. Son esclavos del trabajo, se pierden en el hacer. No son un pueblo reflexivo, no son un pueblo que ama el silencio. No descansan, no se relajan, no duermen. Por el contrario, trajinan y trajinan todo el día y noche. Encontrar la calma en esta ciudad es un desafío que pocos aceptan y que menos alcanzan. Por esto, el alma de la ciudad es frenética, su hambre es voraz y nunca sacia su permanente necesidad de ser escuchada. Guayaquil grita a voz en cuello, pero casi nadie la escucha.

La ciudad natal es el origen del que no podemos desprendernos, aunque quisiéramos. Es el punto de partida de donde sale nuestro barco. Es un espejo, pero no es un espejo fijo, sino un caleidoscopio. Un caleidoscopio es un tubo que contiene tres espejos que forman un prisma triangular con su parte reflectante hacia el interior, al extremo de los cuales se encuentran dos láminas traslúcidas entre las cuales hay varios objetos de colores y formas diferentes, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir girando el tubo mientras se mira por el extremo opuesto. La ciudad natal es un gran caleidoscopio donde aparecen constantemente imágenes y situaciones que siempre volverán a repetirse, pero nunca de la misma manera. Cada persona interpreta de manera diferente cada una de las imágenes, de acuerdo a lo que está programado en su inconsciente.

Me he escabullido hasta su centro para ver por dentro a mi ciudad natal, Guayaquil. También he visto a los demonios que la envuelven, son reptiles que se alimentan de quienes viven en ella. Parece que la hicieron a su medida: sol ardiente y sangre fría. La mayoría de las personas que vive en Guayaquil actúa con sangre fría, no sienten, solo sobreviven usando el cerebro primario para pensar. Pero el alma de la ciudad se encuentra en su centro, donde palpita su corazón rebelde, el corazón de los creadores, de los artistas. El alma de la ciudad es la que tiene las respuestas de lo que hemos sido, de lo somos y de lo que seremos.

La ciudad natal es como nuestra madre madre. Si vemos a nuestra madre como alguien voraz, desordenada, consumista compulsiva, alguien que se distrae con facilidad, que busca entretenimiento constante, una mente caótica y repetitiva, veremos de la misma manera a la ciudad natal. Mantenemos con ellas una relación intensa a lo largo de toda nuestra vida. En algunas épocas nos llevamos bien y hasta sentimos que la amamos, pero, en el día a día, nos saca de casillas.

La ciudad natal es como la madre, pero no es la madre. La ciudad natal es la matriz artificial, es lo creado por el hombre como representación de la madre, como un ideal. La ciudad natal funciona como ese útero contenedor que nos da sentido como individuos primero, porque es ella el espacio donde desarrollamos nuestra personalidad, y luego como colectivo, como un organismo vivo capaz de formar comunidades inteligentes.

¿Qué ocurre casa adentro de la ciudad? Contándote a ti mismo tu historia, comprenderás para qué naciste donde naciste.

Mi madre nació en una casa del centro de Guayaquil, ubicada en Machala 1446 y Diez de Agosto. Me voy a remontar a la década del cincuenta, cuando mi madre tenía unos 8 años. Ella recuerda que a tres cuadras de su casa funcionaba lo que fue la primera casa de citas, así llamaban en esa época a los prostíbulos o lugares donde pagas a las mujeres por tener sexo. Se llamó Villa Kennedy y quedaba sobre la calle Colón, entre Quito y Pedro Moncayo. Era una casa antigua de dos pisos con unos grandes ventanales. La villa no estaba en el borde de la acera. Las damas estaban siempre como metidas, porque en el frente de la casa había un gran porch por el que las mujeres hacían como que paseaban. No había nada llamativo, no tenía letreros. Pero todos sabían.

Dicen las historias del árbol genealógico que la casa donde mi madre, sus padres y sus seis hermanos vivían también fue una casa de citas. Dicen que en esa casa las mujeres abortaban y que las almas de esos bebés se escuchaban llorar por las noches.

A partir de la villa Kénnedy, se fue degenerando esa zona, que se extiende, de este a oeste, desde la calle Antepara, pasando por las avenidas Machala y Quito, hasta las calles Seis de Marzo y Rumichaca. De norte a sur, pondríamos como referencias la plaza Victoria hasta la maternidad Sotomayor. En todas esas calles se fue diseminando la prostitución, el alcoholismo, la delincuencia, la cachinería, la pillería, la suciedad, la fealdad, la pobreza espiritual, la miseria humana. Ésta es una parte maoliente del estómago de Guayaquil.

La villa Kénnedy es un símbolo de las apetencias de los señores de la ciudad, los que se creyeron que se las sabían todas. Los que llevaron a sus hijos a perder su virginidad con una mujer que les enseñó que el sexo es un negocio. Desde ese instante, tu hijo supo que tú aún no eras un hombre. La villa Kénnedy ahora es solo una ruina. Esto es lo que ha quedado de la fiesta, de la borrachera. Este es el pago del diablo. Ruina. Esto es lo que queda cuando se acaba la fiesta de la carne, la insaciable hambre de los sentidos. Ruina. Esto es lo que deja la ignorancia.

Veo a la villa Kennedy desde el carro de mi tío Virgilio, que en las primeras épocas de la villa tendría unos 5 años. Más adelante, se acuerda, cuando era adolescente, haber visto a las mujeres entrar a la mecánica de su cuñado, a quien llamaban El Gato, y era el mecánico del barrio. “Este lugar en los años sesenta era otra cosa. Las mujeres se ponían unos atuendos con tul, unas falditas con tul, que se les veía todo. Y eran mujeres guapas, bien puestas, no como las de ahora. Las chicas venían, usaban el baño, y se iban. Eso era todo”. Pero esto provocaba algo dentro de casa que hacía que, de pronto, mi abuelo, saliera muy disgustado para la intendencia de policía de la zona para poner una denuncia por prostitución en tales calles. Él conseguía que la policía viniese y, como ellos dicen, tomasen cartas en el asunto.

Venía la policía y clausuraban la villa Kennedy. Los policías perseguían a las mujeres de poste en poste y las agarraban”, dice mi madre. Pero el medio-hermano de mi abuelo (hijo de madre) era el comandante del cuarto distrito de la policía y él liberaba a las mujeres, y volvía a abrir la villa Kennedy. Esto pasaba incontables veces. Esa era la pelea dentro de la casa”.

Según la Anatomía Oculta del ser humano, en cada persona existen Caín y Abel. La mitad derecha del cerebro la gobierna Abel, y la mitad izquierda la gobierna Caín. Es lógico pensar que en cada familia existe un Caín y un Abel. Los hermanos siempre van a pelear por el amor de la madre. Habrá un Abel a quien la madre amará sin reproches, y habrá un Caín con quien la madre liberará todas sus frustraciones. Esto es típico en todas las familias.

Solo yendo casa adentro se puede comprender cómo funciona el tejido social, la ciudad donde uno vive y, sobre todo, cuáles son los patrones de pensamiento que hemos heredado y de los que nos tenemos que librar para poder evolucionar como seres humanos. El patrón que había en mi familia y está en la mayoría es estimar a las personas por el color de su piel. Fijarse en el color de la piel para hablar de las personas, describirlas o, peor aún, definirlas, juzgarlas o etiquetarlas. Todas las madres lo hicieron, o lo hacen. La madre de mi abuelo prefería a su hermano, quien era hijo de un padre distinto, un padre blanco. Francisco Méntor Andrade Carrillo era un hombre alto, blanco, rubio, ojos azules. En cambio, ella era morena, samba, muy bonita, un moreno fino. De ellos salió el tío Jorge, que era comandante de la policía, un hombre muy distinguido. Mi abuelo, en cambio, nació antes. Fue un breve amorío que tuvo Carmen con alguien de apellido Rodríguez. Mi abuelo, Víctor, era de aspecto mestizo, de piel cobriza, de ojos tristes. Alguien más bien introvertido, que pasaba desapercibido.

Aunque mi abuelo era diligente en todo lo que su madre le ordenaba, la amaba con todo su corazón y le entregaba puntualmente todo el sueldo que ganaba para que ella repartiese según su criterio, a pesar de todo esto, ella no lo aceptaba. Ella siempre daba preferencia a su hermano.

Los hermanos se pelean por el amor de la madre, de la mujer. Esto es lo típicamente familiar, pero desde esta visión transgeneracional podemos integrar todos los aspectos de la ciudad que nos vinculan con nuestra propia idea de lo que es una madre, y de lo femenino que hay en cada uno, seamos hombres o mujeres. Es importante encontrar las ruinas morales que representan la villa Kénnedy en nuestra ciudad interna. Somos la ciudad, lo que le da vida a la ciudad.

Si nos miramos en un espejo, vemos nuestros rasgos físicos, visibles. Y cuando observamos la ciudad natal, nos encontramos con nuestros rasgos interiores, los que están ocultos, las raíces bajo la tierra. Los más significativos rasgos individuales, familiares y sociales son expuestos en la ciudad, sin ningún pudor. Si sintonizamos con la carencia, vemos afuera lo que falta; si sintonizamos con el exceso, vemos opulencia.

La ciudad nos habla cotidianamente acerca de nuestro estado de consciencia. Si afuera, en la ciudad, hay caos; adentro, en nuestro interior, hay caos. Si afuera hay desorden, adentro hay desorden. Si afuera hay aglomeración de personas, adentro hay aglomeración de personas. Si vemos largas filas de gente en los bancos, o vemos multitudes en todas partes, es porque adentro tenemos una serie de relaciones que sanar. Si afuera vemos marchas y gente que protesta es porque adentro tenemos reclamos hacia nosotros mismos.

He conocido personas que no han tenido una madre. Mi padre, por ejemplo. Cuando ésto ocurre, nada llena ese vacío más que la identificación con la ciudad, que es lo mismo que decir, la institución. En el caso de mi padre, esa institución fue el ejército. Esa fue la madre que él eligió. Otros eligen a la ciudad natal como esa madre y se identifican tanto con ella que pasan a ser personajes de ella. En la ciudad encuentran su identidad. Se aferran a la ciudad natal como desesperados ahogándose que se agarran a un muerto. Las sombras de la ciudad natal se vuelven sus propias sombras.

Mi ciudad natal, Guayaquil, es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Desde hace rato, la ciudad es un infiernillo en el que todo tiene un precio y nada tiene valor. Solo tenemos que pararnos en el centro de Guayaquil un instante y observar. Hay que estar loco o ser como El Quijote para creer que es posible engendrar algún proceso artístico en las condiciones de saturación sensorial y mental que existen en el centro. La Universidad de las Artes es un nenúfar.

Si eres un artista, un creador, Guayaquil te empujará para que seas su voz, para que la cantes, para que la leas, para que la cuentes, para que la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. La ciudad te exige convertirte en uno de sus personajes, en una de las ilusiones que la harán vibrar. Entonces, te darás cuenta de que puedes ser lo que ciudad quiera. Guayaquil incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la disfrutes, para que te enamore de ella y la penetres. Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llaman y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. En Guayaquil todo truco se hace con dinero. Si no haces dinero, para ella, no eres nadie. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir” la ciudad, te vuelves un esclavo de ella. Un mago adicto a los trucos que vive en la ilusión serpenteante de la ciudad.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas. Si comprendes la ilusión que es la ciudad, tal vez, puedas salir de ella.

Memorias de Héctor Napolitano


artworks-000025277401-2ninh2-original“Me acuerdo de las palmeras de coco en el patio de mi casa, en el cerro Del Carmen. Yo siempre pasaba trepado en los árboles de mango y de almendra, y esquivaba las casas de las avispas y las hormigas. Me acuerdo que me regalaron mi primera guitarra a los 9 años, en Navidad. Ese mismo día se incendió la cocina. Me acuerdo de los bomberos que con el chorro de agua empujaban por el piso el pavo, las biscotelas, la olla de chocolate. Me acuerdo que entraban y salían bomberos de la casa con mangueras y que yo tocaba la guitarra y no me importaba lo que pasaba a mi alrededor.

Me acuerdo que en las horas del recreo los curas pedófilos de mi escuela nos hacían entrar a un cuarto oscuro para tratar de sodomizarnos con besos en la boca y caricias. Pero yo, a los 10 años, ya había conocido los secretos del amor. La primera vez que lo hice fue con una de las domésticas, así que los curas se pegaron un vare conmigo.

Me acuerdo de estar tocando la guitarra en los bares con la gente mayor y a mi madre sacándome en quema, arreándome, con un látigo. Me acuerdo de todas las palizas que me daban por malcriado y vago.

Me acuerdo que en la escuela yo era bandido y tenía una banda de niños pedigüeños.

Me acuerdo de la primera mujer de la que me enamoré y que me engañó diciéndome que yo había sido su primer hombre. Me enseñaba la sábana manchada de sangre y resulta que era el período lo que tenía. Me acuerdo de que me escondía en el clóset de la casa hasta que la mamá me encontró.

Me acuerdo de las grandes comilonas y de las cangrejadas los fines de semana con la familia materna. La típica matada del chancho a las seis de la mañana. Me acuerdo cómo le torcían el pescuezo a las gallinas, y cuando llegaban los grandes cargamentos de langosta. Me acuerdo de las mandíbulas de tiburón que adornaban los cuartos de la casa.

Me acuerdo de mi primera canción que la tocaba el compositor Lucho Barrios, se llamaba El Cristo de Oro. Y de que mi primera presentación profesional que fue a los 10 años, en Pedro Carbo. Me pagaron 15 sucres. Siempre tocaba en pantalón corto. Me acuerdo de que me levantaban para tocar a la una de la mañana. Yo estaba muerto de sueño como cualquier niño.

Me acuerdo del viaje a Sierra Nevada, en Colombia, en el año 75; de los viajes en tren y de cuando me robaron mi guitarra y mi violín en ese país. Me acuerdo de haber vivido con los indios cobis y de conocer a los mamas, personajes de más de cien años. Me acuerdo de mi primer viaje de hongos alucinógenos, y de que la primera vez que fui a Miami llevé una onza de marihuana.

Me acuerdo de haberme comprado unos zapatos en Italia que me quedaban chicos, pero igual me los puse. Me acuerdo de la cara que puso mi amigo Antonio Del Campo, el pintor, cuando lo fui a visitar en su casa en Barcelona. No podía creer que un cholo auténtico y de recursos limitados como yo lo fuera a visitar. Hubo una gran borrachera con vino y hachís. La primera noche que llegamos me le vomité y me le cagué en la cama.

Me acuerdo de la primera y única vez que me paré en una tabla de surf, en Montañita.

Me acuerdo de que fui panadero en la década del 70, de haber tenido restaurantes vegetarianos. Me acuerdo del taxista que se me robó un cajón entero de pan.

Me acuerdo de las amanecidas en La Lagartera. De nuestras convivencias musicales en Quito, con Dany, con Hugo, con Alex, de los ensayos acompañados de mucha cerveza, de muchas mujeres, mucha comida. De la esquina de Vélez y Santa Elena, en Guayaquil, donde hacíamos conciertos y le sacábamos la vuelta a los policías que nos correteaban por fumar en la calle.

Me acuerdo de mis caminatas por las playas de Galápagos y de la primera vez que crucé a nado el río Babahoyo.

Me acuerdo de la muerte de mi madre, de mi padre y de mi hermano mayor. De los dolores de muelas. De que estuve a punto de ahogarme en Chanduy y en algún río de la montaña. Me acuerdo de mi operación al cerebro y de que cuando me dijeron que me iba a morir no sentí miedo, sino pena porque pensé que se iba a interrumpir la relación con mis hijos.

Me acuerdo de mi primera experiencia de meditación con el maestro Maharaji. De meditar 4 horas seguidas y de que la sensación fue parecida a la que había tenido con el ácido lisérgico (LSD), con el San Pedro o el Peyote, bebidas espirituosas que te abren otra puerta de la percepción.

Me acuerdo de las subidas y bajadas por el barrio de Guápulo, donde viví diez años; y de Aníbal, el tendero, que siempre me fiaba.

Me acuerdo de haber hecho el amor en el techo de una chiva, también dentro de una cabina de música en JD Feraud Guzmán; y las veces en que lo he hecho en el mar al vaivén de las olas.

Me acuerdo de que en una presentación que estábamos abriendo a Héctor Lavoe en el parque Forestal, mi madre había mandado a comprar una botella de ron porque todos estábamos chiros. Pasó Lavoe y le arranchó la botella a mi madre, y se la terminó en el escenario. Me acuerdo de haber compartido con Silvio Rodríguez, Johnny Pacheco, Celia Cruz, Pablo Milanés, Óscar de León y un pocotón de gente que ni me acuerdo. De haber ido a Cuba en 2008, tocar en el teatro América y haber sido aplaudido de pie”.

(Héctor Napolitano es una leyenda viva del Puerto de Guayaquil.  Este texto surgió a partir de un ejercicio de memoria y salió publicado en la revista SOHO).

¿De qué se trata el Taller de Escritura Introspectiva?


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Empecé el Taller de Escritura Introspectiva a inicios de 2013 con la intención de mostrarles a las personas que lo tomaran que, a través de la escritura, tienen la posibilidad de crear y también de autosanarse. Estoy convencida de que todos somos creadores potenciales y que realizar actos creativos, como concebir un relato o un poema, nos permite conocernos más y mejorar. Una persona que se asume como creador se vuelve protagonista de la historia de su vida, y deja de ser una víctima o un personaje secundario.

Este es un Taller experimental, que parte de mi experiencia subjetiva con la escritura. Me resulta necesario compartir y enseñar estas formas de trabajo introspectivo que he venido desarrollando y aplicando conmigo misma desde hace muchos años. Me he dado cuenta de que los bloqueos creativos que las personas viven no son más que espejismos, la mayor parte fundamentados en dolorosos recuerdos o ideas que fueron metidas en sus mentes por alguien más. Sugiero la escritura como una forma de liberación de las pesadas cargas: de las culpas, los rencores, las tristezas, las torturas mentales y emocionales a las que nos sometemos para seguir adelante. Pero para lograr esa liberación es necesario tomarse en serio no el Taller, sino a uno mismo. Comprender que la existencia no es un regalo, sino una responsabilidad. Nos tenemos que hacer responsables del ser humano que construimos día a día a partir de los pensamientos, sentimientos y elecciones que hacemos.

Es importante que quien tome el Taller sepa que no es posible mentir cuando se escribe de esta manera, y que por más críptico que sea un poema, la verdad del escritor quedará expuesta. Sólo alguien valiente da ese paso.

Para muchas personas resulta difícil escribir un texto coherente sobre sí mismos o terminar un texto que empiezan porque no logran tomar la distancia suficiente. Basándome en mi propia experiencia y a partir de una investigación que he hecho y que hago permanentemente, he llegado a entender el poder que tiene lo que llamo “la postura del testigo o del observador”. Tal vez no haya ninguna cosa que no podamos comprender de nosotros mismos y de los demás si tomamos la distancia necesaria, y dejamos de lado los apasionamientos y los sentimientos más viscerales. De eso se trata este Taller: de sublimar nuestras vivencias a partir de la escritura. De convertir un hecho que, probablemente, nos ha marcado en la experiencia de vida de un personaje que creamos a partir de nosotros mismos. Suena complejo y lo es. Pero leyéndonos nos vamos entendiendo, y vamos eliminando de nuestras vidas lo que ya no necesitamos.

No digo que si hacen este Taller se volverán escritores (eso sería absurdo), pero sí digo que podrán utilizar la escritura para acercarse a ustedes mismos y a los eventos que creen más dolorosos. El dolor que atribuimos a los eventos del pasado pierde vigor cuando lo traemos al presente y lo escribimos desde la postura del observador. Es lo que he podido comprobar.

Lo primero que les pido a las personas para entrar al Taller es que escriban una autobiografía, que leerán en la primera sesión. La mayoría escribe en primera persona. El primer ejercicio del taller consiste en contrastar esa autobiografía con un texto que escribirán en esa primera sesión, a partir de una fotografía. Es un ejercicio de observación, descripción y empatía. Les pido que observen profundamente a la persona de la foto y que imaginen qué situación podría estar viviendo esa persona para mirar así, para tener esa expresión en el rostro. El ejercicio tiene la finalidad de comprender lo importante que es el lugar desde dónde miramos y escribimos. Al hacerlo, las personas notan la distorsión que provocamos al vernos con el zoom de la primera persona, y el sentido más auténtico y real que logramos cuando escribimos desde la distancia de la tercera persona. La fotografía funciona como un espejo. Las personas descubren que siempre están escribiendo sobre ellas mismas. Algunas lo descubren sólo cuando empiezan a leer el texto en voz alta. Y es aquí cuando empieza el viaje.

El Taller dura ocho sesiones, es decir, dos meses. En cada sesión realizamos un ejercicio de escritura in situ y hay otro ejercicio propuesto para que hagan en casa. Hasta el momento he hecho siete talleres, los tres primeros fueron sólo para mujeres y luego abrí la posibilidad de que los hombres también participen, lo cual resultó muy enriquecedor.

Si están interesados en tomar el Taller o en llevar el taller a su comunidad, escríbanme a marcenoriega@gmail.com

Marcela Noriega

En la bañera de Catalina…


En el principio fue el agua, esa que ahora resbala por las rodillas blancas de Catalina, rociadas por espuma de olores femeninos y que llena la bañera con hidromasaje que la rubia tiene dentro de su baño rococó, adornado con cuadros de Botero que muestran mujeres impunemente gordas y desnudas al pie del sanitario.

Estoy parada junto a la tina de Catalina viendo cómo cae el agua del grifo de plata, abierto como una boca de cañón. Pasan cinco, diez, quince largos minutos y me acuerdo de algo que leí en un libro de Carlos Fuentes. Dicen que Luchino Visconti, para provocar la mezcla de asombro y deleite en la mirada de Burt Lancaster durante la filmación de una escena de El Gatopardo, llenó de medias de seda una bolsa que se suponía llena de oro. Yo pienso, avergonzada, que debo tener una expresión similar en la cara cuando veo a Catalina meterse en el jazuzzi y una sola palabra me late: suavidad.

Ella queda rociada de esencias y la espuma le sube hasta el cuello. Se arregla para la foto y, de pronto, entra una señora que dice, amable: ¡Me hubieran avisado que iban a hacer una fotografía, habría arreglado este baño que está hecho un desastre! Me río por dentro, y pienso que este baño, donde brillan piedras traídas de alguna cueva lejana, tiene seguramente más glamour que la escena de Lancaster.

Al lado del jacuzzi, hay una pared que esconde el toilette y el bidé de color palo rosa y que huele a sándalo. Más allá, cruzando las gordas de Botero y detrás de una cristalina puerta, está la ducha que suele usarse los días entre semana, porque la tina con hidromasaje es un lujo de fin de semana, lujo que puede durar horas. En el frente, un gran espejo se posa encima de un mesón de mármol sobre el que está el lavamanos dorado del que sale agua a borbotones por dos llaves que parecen acabadas de limpiar.

La cabeza de Catalina yace en un ángulo del jacuzzi, y mientras el agua perfumada de frutas le hace cosquillas, me empino un poco para ver por la pequeña entrada de luz natural que ilumina el baño; y veo como en una pinturita retratado el río Babahoyo. Su quietud baña esta casa en la que viven solo dos personas a quienes sirven tres empleados de servicio doméstico, y que está hidratada también por una piscina como para que las visitas no se aburran.

En el frente, hay un gran jardín que se baña solito con un sistema de riego con timing que se abre, como por arte de magia, dos veces al día. Ya son minoría los que por estos lares tan refinados usan mangueras para regar sus matas. También son minoría los que disfrutan del placer sencillo de darles de beber a sus plantas ellos mismos. Se ven mujeres con tiesos vestidos de blanco haciéndolo, sin ningún rastro de complacencia.

Entonces, pienso que esta ilusión construida de la felicidad en estos espacios tan cerrados y en una ciudad tan bipolar como Guayaquil, solo puede darse aquí, en las residencias de la vía a Samborondón.

Se dice, después de lo que hubiera dicho Tolstoi, que las familias felices no tienen historia o, más bien, que la felicidad de una es similar a la del resto. Y yo lo creo así, de hecho me resulta aburrido visitar más casas en este soporífero y limpio lugar.

Aún así, mi deber es cuestionar. Y por eso, ingenua, se me ocurre preguntarle a un vecino de Catalina, que también tiene casa con piscina, riego con timing y que, además, vive en una urbanización con planta de tratamiento de agua propia, si alguna vez en su vida, allá por su infancia o en una vida pasada, había sufrido escasez del líquido vital.

“No jamás. Nosotros nunca hemos tenido problemas, yo no sé lo que es no tener agua”, responde este señor que toda su vida la ha pasado en una ciudadela cerrada de La Puntilla, la zona más opulenta de esta ciudad de cielo gris.

Por eso, ante mi gesto de guayaquileña que sí sabe lo que las frases acarrear agua y bañarse con tacho significan, me dice, como para arreglarla: “pero no crea que yo desperdicio el agua; todo lo contrario, tengo que andar detrás de mis hijos para que se bañen”. No más preguntas, de ahora en adelante tomaré las palabras de Tolstoi al pie de la letra.

Las casas amuralladas de esta zona, que cuenta con una empresa potabilizadora de agua propia (Amagua le da el servicio a las familias que viven a lo largo de toda la vía La Aurora – Samborondón – La Puntilla) y cuyas urbanizaciones tienen en su mayoría instaladas plantas de tratamiento para filtrar el agua ya potable, son un perfecto lugar para relajarse y olvidarse de esas noticias tan horribles que dicen que el 40 por ciento de la población mundial no tiene agua ni para lavarse los dientes y que en 25 años es posible que la mitad de la gente de este planeta tenga seca la garganta.

Por aquí a nadie le quitan el sueño esos malos augurios ni la espantosa realidad (dato científico este) de que sólo el 0,3 por ciento del agua dulce del mundo se encuentra en los ríos y lagos (el resto es subterránea, y la inmensa mayoría del agua es salada), que es de donde se saca el agua para potabilizar.

En las casas de por aquí, que parecieran estar todas recién compradas, se mantiene la sensación de paz de camposanto, donde el agua no solo se hace visible en las largas lenguas de los ríos Daule y Babahoyo que lamen y fecundan estas urbanizaciones con nombres de agua y de ríos (Entre Lagos, Estancias del Río, Vista al Río, Laguna del Sol, Riverside), sino que basta con echar un vistazo a las plantas que crecen voluptuosas, a las enormes piscinas que crean oasis artificiales en medio de tanto cemento, o a las lindas piletas que decoran aquíferamente los portales para llegar a la conclusión de que aquí a nadie le falta el agua ni le interesa preservarla.

En una de estas casas vive o, mejor dicho, trabaja puertas adentro, Andrea, una chica de raza negra venida desde Esmeraldas, cuyo mundo cabe en la cocina. ¿Tú has sufrido por falta de agua?, le pregunto. Y sus ojos se van para otro lugar, le da vergüenza contestarme. Entonces le digo: ¡Ah, porque yo sí! Y le cuento la historia de cuando vivía en casa de mi abuelita, en el culo de la ciudad, y para poder bañarme debía sacar en baldes el agua de la cisterna. Para cuando llegaba al baño con los baldecitos de todos los colores, ya estaba tan cansada que hacía que ese baño me durara días. Luego, mi abuela debía perseguirme para que me volvieran las ganas del baño.

Andrea se ríe, y me cuenta un secreto de la casa: “a veces, llaman de la garita y dicen que no va a haber agua durante todo el día, entonces sabemos que no hay que gastar mucho, y usar solo lo de la cisterna”. Pero le asusta la infidencia, pues me hace pensar que hasta la perfección tiene caliches por donde se escapa el agua.

Le pido, mejor, que me hable de ella. “Yo siempre viví en el Guasmo y allí, hace como diez años, no había agua, nada de nada. La cogíamos del tanquero. Era chistoso, porque corríamos detrás del camión con los baldes. Y, en invierno, cogíamos el agua de la lluvia. Era raro, porque uno se bañaba con un baldecito y sobraba, ahí sí te bañabas bien”, dice la mujer de ébano.

De hecho, en la mayoría de países del tercer mundo (Ecuador, aunque en La Puntilla no se sienta, también está entre ellos) las personas solo podrían usar 10 litros de agua por día. Esto si el agua estuviera bien repartida, pero como sabemos hay quienes usan demás, y otros que no tienen tanta suerte.

En promedio una persona en una ciudad como Guayaquil utiliza unos 160 litros de agua por día, cuando solo debería usar 50. Y la gente que deja que los grifos goteen permanentemente puede dejar escapar hasta 80 litros diarios.

Quizá resulte provechoso pensar en estos números antes de irse a bañar: si uno usa una tina gastará 200 litros de agua, mientras que con una ducha solo usará 60. Pero si se tiene la precaución de cerrar la llave mientras se enjabona sólo se utilizarán 15.

Y es que la frase ¡no desperdicies el agua! es una advertencia que los padres deberían hacer a sus hijos con tanto énfasis como cuando les dicen ¡niño, no te comas los mocos! O ¡muchacho de mierda ¡no te masturbes en público! y, ya más grandecitos: ¡mijo, por Cristo, ¡ponte condón!

La advertencia debería hacerse a todos los seres humanos de este nuevo siglo desde que son bebés, y en forma contundente. Y, es sabido, que las frases de reprimenda son mejores si incluyen horribles castigos. Por ejemplo, para los niños que dejan abierto el grifo, va esta amenaza sirve: ¡si sigues dejando la llave abierta, vivirás tres días sin gota de agua! Hágalo y verá cómo la deshidratación y la mugre (más la primera) lo hacen entender.

Y a los hombres que les dan baños a sus autos como ellos jamás se han dado, es conveniente decirles: ¡la próxima vez que saques la manguera saldré con carteles a gritar que eres un inconsciente! Si no hace caso, la amenaza siguiente es salir en bolas con los carteles. Esa sí no falla. Preferirá no lavar el carro a pasar la vergüenza. Pero ¿qué castigo le daremos a Catalina?

(Texto publicado en la revista SOHO, 2009)

La muerte lenta del salado


Como si fuera un puño cerrado, un apestoso olor a cloaca me golpea la nariz y se me aloja en el estómago. La marea está baja y la mierda flota en la superficie de lo que alguna vez fue un limpio ramal del estero. Me da náuseas, pero no es tan grave, es un olor que conozco de toda la vida, como casi cualquier habitante de esta ciudad / pantano. Estoy la calle 17 y Domingo Savio, cuarto callejón, en el suburbio oeste de Guayaquil. Una zona alejada de los sitios regenerados, que no figura en las postales ni en las guías turísticas.

Es domingo y aprovechamos que los pillos del barrio están chuchaqui para salir a hacer fotos. De todas formas, una vecina nos acompaña. Dice que si nos deja solos, vienen, nos tiran al agua y se llevan la cámara. No puedo ni imaginar lo que sería caer en esa mancha contaminada de la que emerge un aliento fétido, en la que flotan fundas de basura destripadas, y en la que ¡ay! están nadando cuatro niños como si de una piscina con cloro se tratase. “No se preocupe, eso los hace más fuertes, ya ninguna enfermedad los va a matar”, me dice la vecina sin ironías.

Uno de los niños ha rescatado de los desechos una tabla de espuma que usa como boya, y otro ha hallado una pala amarilla de plástico que le permite imaginar con más credibilidad que está en alguna playa. Tragan agua. Se zambullen y vuelven a salir. A este lugar le dicen, paradójicamente, Barrio Lindo. Más allá, quedan La Chala y Puerto Liza; y cerca está el puente de la A, debajo del cual un gran tramo de estero regurgita la misma pestilencia.

Esto era una antigua zona de pescadores, antes de que en los ochenta el desafuero de los invasores de tierras encontrara un nido. Ahora, a toda esta gran zona suburbana los técnicos la conocen como el subsector E, y es la más fétida y contaminada de todas las vertientes del salado.

A pesar de que siempre viví al pie del estero, se me complica imaginar cómo es que mis padres y tíos aprendieron a nadar en lo que ahora es esta poza color verde aceituna en la que flotan basura, materiales de construcción y todo tipo de porquerías.

Es que antes, allá por los sesenta e incluso durante los setenta, aquí había dos brazos de mar; esto era como Venecia, me cuentan. Pero ya ni fotos quedan para testificar que lo que ahora se conoce como la ciudadela La Chala, donde vivíamos, estaba surcada por lenguas de agua limpia, donde calaban redes, había comercio fluvial y llegaban barcas con madera.

Debió ser hermoso. Agua y pantano, múltiples lugares para nadar, recoger conchas, mejillones, ostiones, o pescar bocachicos, damas, chernas. La diversión estaba garantizada. “Esto fue un paraíso que la gente no supo cuidar”, reflexiona Fausto Gonzabay, uno de los tantos que abonó para que el estero se siguiera pudriendo.

Cuando él, hace 18 años llegó a vivir a la 17 y Domingo Savio, el ramal aún respiraba. Después de su casita, que tiene cinco metros de ancho por 24 de fondo, ya no hay nada. Solo una zanja de unos quince metros de profundidad en la que una hebra de agua pestilente intenta correr.

Los niños del barrio –la mayoría parecen sacados de una postal africana- se divierten lanzando piezas de cerámica y pedazos de cemento que encuentran en la rivera. Agitan el hedor –la única forma de protesta del estero-, y Fausto cuenta que cuando llegó “no había nada de relleno. Esto era pura agua y el salado era bien ancho. Yo vivía por allá donde está la mata de mango, y esa era la última casa”, dice y señala con el índice unas tres cuadras más adelante.

En esa casa vivía con su suegra, una de las fundadoras del barrio, pero cuando vio que la gente llegaba y rellenaba sobre el agua se puso las pilas y los imitó. Un año se demoró en rellenar su solar –elegido y entregado a él por él mismo-. Y para hacerlo, al menos, utilizó unas “cincuenta volquetadas”. “No ve que esto era hondo, eran como quince metros que tuve que rellenar”, dice olímpicamente este padre de cinco hijos, la última de seis. Y es que “el que quiere vivir busca la manera”.

En estas volquetadas –que no le cuestan nada a nadie- venía y sigue viniendo de todo: materiales de construcción, basura, ladrillos, bloques, hormigón de ese que rompen en las calles, y también vienen a botar lodo de desagüe “¡eso sí que apesta!”.

Ni que lo diga, mis pulmones se han llenado –otra vez- de ese olor nauseabundo. Recuerdo que mi abuelo nunca quería visitarnos porque decía que nuestra casa apestaba al salado. Lo peor es que era cierto. Y eso que nosotros vivíamos en una gran casa de dos pisos con garaje, dos patios, salida a dos calles, en la zona urbanizada de La Chala, pero aún así el viento llegaba cargado del aroma y se metía hasta la cocina. Mi hermana y yo, con miedo, siempre llamábamos a los que vivían por fuera del perímetro legal “los invasores”. Era gente ruda, que nos miraba mal, a la que había que mirar con respeto. Por si acaso, nunca íbamos a la rivera.

Pero ¿qué se va a hacer?, pregunta Fausto, uno de los invasores, quien le echa la culpa de la mayor contaminación a los “vecinos cochinos” que botan basura y animales muertos al estero. “Nosotros no le podemos decir nada. Imagínese que si uno reclama, uno se pitea con la gente”. Claro, y este no es lugar para hacerse enemigos.

Quienes han vivido o viven en estos barrios saben que el salado ha tragado más que basura y caca. “Esta era zona de asaltantes de autos. Aquí no entraban ni la policía ni los camiones repartidores de colas. Debajo nuestro hay como cinco carros que los pillos venían a botar después de desmantelarlos”, dice uno de los vecinos que prefiere no identificarse, pero me deja la duda de si el estero también ha tragado gente.

Cualquier cosa puedo creer de este barrio. Yo misma, más de una vez, vi muertos tirados en los callejones, desde mi expreso escolar. Mis compañeros del expreso llamaban a mi casa “la última frontera”, porque unos metros más allá nadie te garantizaba que salieras ileso.

Pero ahora ya no roban tanto, porque algunos –pillos- se hicieron evangélicos, y otros se murieron”, cuenta Fausto. Y mientras conversamos al pie de su casa, sobre una montaña de residuos, como si se tratara de una burla, un tipo aparece con dos fundas enormes de basura y las echa con total despreocupación al estero. ¿Vio?, me pregunta. Sí, sí vi.

La calle que conduce a este lugar está asfaltada desde hace un par de años. Los carros recolectores de basura van lunes, miércoles y viernes –“a veces vienen hasta los domingos”-, pero la gente elige seguir botando basura al moribundo estero.

Doña Carola, una señora en extremo amable y vecina de Fausto, tampoco quiere peleas con los que botan basura. Es cauta en lo que dice. Llegó a este lugar hace doce años, cuando una amiga le cedió –como si fuera suyo- un solar de ocho metros de ancho por treinta y tres de fondo, que ya estaba relleno. Ella, igual, no quiso ser desconsiderada y le pagó, en partes, por el favor.

Aprovechó eso –“¿porque quién da un pedazo de tierra así como así?”- y también que las volquetas llegaban siempre con relleno. Así que para asegurar bien su casa, rellenó unos cinco metros más allá –“no vaya a ser que un aguaje se me lleve los pilares”-.

En ese tiempo mi casa era la última. Para poder pararla tuve que esperar, usé una infinidad de volquetas”, relata esta ama de casa, que vende cosméticos y cría a sus animalitos, sentada en la puerta de su casa, levantada con los palos, las hojas de zinc y los plásticos que también llegaban en las volquetas. O sea que todo le salió gratis.

Aquí vive esta madre de cuatro hijos, la mayor de 18 y la menor de cinco, una pequeña con síndrome de Dawn, de nombre Andrea, que juguetea en la rivera del agujero negro sin miedo alguno. Andrea sonríe todo el tiempo, parece que el aire contaminado no pudiera manchar su pureza. Carola, junto a su esposo Julio, el maestro mecánico del barrio, dice que se independizó desde que “se hizo de compromiso”, porque siempre quiso tener lo suyo, y no quería vivir con suegros ni cuñados.

Ella sabe que estos terrenos son municipales, pero no le importa. “El alcalde nos ha prometido que no nos va a sacar. Lo que sí nos ha dicho es que ya no rellenemos más”. Y es que ¿a dónde? El estero en esta zona no tiene más de cinco metros de ancho. En la rivera de enfrente, unas escuálidas casuchas de caña parece que van a caerse con el próximo aguacero.

Carola se acuerda que cuando llegó al barrio, el agua era limpia, “los niños se bañaban, yo nunca dejé meter a los míos”. Y no lo dice solo ella, sino también los expertos en el tema. “Hay ciertos sectores (en el suburbio) donde ya no hay solución para el estero. Zonas donde el agua definitivamente ya no circula (Puerto Liza) y lo que existe es lodo y porquería”, indica Eduardo Cárdenas, gerente de Visolit, la empresa que desde hace siete años se encarga de limpiar las 452 hectáreas de estero de norte a sur que cruzan la ciudad.

Ellos dividen al estero en dos grandes áreas: la norte, que parte del puente Portete, pasa por el puente Del Velero, por el 5 de junio y de ahí se va a los dos ramales: Urdesa y Kennedy. Y la sur, que abarca la parte habitada de la Isla Trinitaria –que es aproximadamente la mitad de la isla- y los suburbios hasta llegar al puente Portete.

Cuando sube la marea arrastra la basura que está en la Isla Trinitaria hacia los ramales interiores, que es donde se deposita la mayor cantidad de basura. La razón de que los desperdicios se queden acumulados es que las continuas invasiones en el sur han reducido el tamaño de los ramales, y han provocado que el flujo y reflujo del agua sea débil.

Provistos de doce embarcaciones –diez para el norte y dos para el sur-, los 92 hombres de Visolit recogen dos mil y pico de fundas diarias de basura en el sur y unos 33 metros cúbicos de palos y cañas; versus 500 fundas diarias en el norte, sector que no presenta mayores problemas. “Ahí el estero está prácticamente limpio”.

Pero ¿qué pasa? ¿la gente es más cochina en el sur que en el norte? No necesariamente. Sucedió que al norte llegó la regeneración urbana, y que la fundación Malecón 2000 contrató a Visolit para que durante el período 2003-2005 realizara no solo una limpieza intensiva en las riberas y el espejo de agua, sino también un programa de reforestación y otro de concienciación ciudadana. “La gente adquirió conciencia con la campaña que hicimos y con las obras del malecón del salado ya se transformó en un sitio de esparcimiento, y la gente dejó de ensuciar”.

En cambio, en la zona sur no se hizo nada de esto. En ninguna de estas zonas se hacen trabajos de recuperación. “Lo que hacemos es limpiar, solamente como para evitar que la basura –sobre todo en el sur- llegue a niveles demasiado exagerados. Si nosotros no limpiáramos el estero a diario sería una mancha de basura”. Pero, a pesar de los recorridos diarios, el salado sigue sucio, porque quién sabe cuándo la gente entienda que no puede seguir botando los desechos al estero.

Si existiera ese día, si nos dijeran: hasta hoy la gente bota basura, nosotros vamos y seguimos con nuestra labor hasta que el estero quede limpio”, dice el gerente que tiene un contrato hasta 2012 con el Cabildo por 3’600.000 dólares.

A lo largo de este tiempo se han hecho estudios y se han planteado algunas soluciones –algunos proponen la oxigenación por medio de aireadores, descomposición por bacterias-, pero no ha habido hasta ahora la decisión firme de recuperar el estero. Andrea, la hija menor de Carola, no se entera de que la contaminación la acecha. Ella sonríe con su inocencia a cuestas y el agujero pestilente de fondo.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2009)


Cazadoras de hombres


Mafer está sentada en un cyber café de la Garzota cuando siente en la espalda unos ojos masculinos que la recorren de pies a cabeza. Cruza las piernas, las descruza, las abre apenas. Se levanta en su metro setenta y la micro falda que lleva atrapa todas las miradas del lugar. Es delgada, morena, tetona, de pelo largo y ondulado. Le falta la Ducati negra para parecerse a Halle Berryen Matrix Reloaded, y el traje de látex para ser Gatúbela. Pero su vida está lejos de parecerse a la de una estrella de Hollywood. Se llama Mafer, tiene 18 años y es prostituta.

Habla con una afectación de femme fatale en la voz, huele a sexo y se mueve insinuante. Se toca los senos mientras cuenta cómo le gusta que los clientes la traten, y lo que ella les suele hacer por 100 dólares, su tarifa estándar. Sabe que su curvilínea figura le da más dinero que cualquier otro trabajo en el que logre entrar, y se ufana de decir que en una semana es capaz de conseguir fácil 900 dólares.

Él tipo del cyber se le acerca, y le dice las mentiras innecesarias que los hombres simples despliegan durante el cortejo: que la ha visto antes, que si ella es la chica de la revista, que parece modelo. Ella finge sonrojarse. Él le propone acompañarla, y obtiene un sí. Pero antes de subir al auto, ella le dice su precio.

Creció en el suburbio de Guayaquil, es la segunda de cuatro hermanos de padre y madre, aunque hay otros cuatro por fuera del matrimonio. A los 15 años decidió irse a vivir a casa de una amiga colombiana de 25 años que ella creía que trabajaba como modelo pero que, en realidad, era prostituta. “Era flaca, alta, cabello negro lacio. Lo malo era que tenía todo postizo”.

  • ¿Tú querías ser como ella?
  • No.
  • ¿Querías copiar su estilo vida?
  • ¡École!

Mafer cree adivinar las intenciones y los modales de los hombres con solo hablarles. Le parece que el tipo del cyber es decente, y se va con él. Un cliente más que luego le dará su número telefónico y la promocionará entre sus amigos. Así fue desde el principio. Un amigo le dijo que un chico quería acostarse con ella y que estaba dispuesto a pagar cien dólares. “Déjame pensarlo”, le contestó. Dos semanas después, se acostó por primera vez por dinero. Tenía 17 años.

Pero esta odalisca latina no es tan distinta de las chicas de su edad. Le gusta patinar, bailar, ir a discotecas, la música electrónica y el reggeatton. Se graduó en un colegio fiscal y entró a estudiar Medicina en la Universidad de Guayaquil, pero se retiró pronto. Trabajó en una tienda de vestidos de novia, pero el dinero no le alcanzaba para vivir como ella quería. Con la plata que le ha sacado a su cuerpo ya le compró una refrigeradora y una cocina a su madre, quien está convencida de que su pequeña trabaja de modelo. Solo uno de sus hermanos sabe lo que hace.

La primera vez fue un poco triste, porque sentí que estaba vendiendo mi cuerpo por plata. Pero él chico era joven, y me gustó”, se acuerda.

  • ¿Y si hubiera sido un viejo feo?
  • Ay no, creo que mejor me habría quedado chira.
  • ¿Y si te pagaba 500?
  • No pues, ahí sí… Es que es feo cuando tienes relaciones con personas que tú no quieres, pero es bonito cuando te pagan.

Ahora no le importa acostarse con viejos, y su negocio crece por el boca a boca. Sus clientes hablan bien de ella y reparten su número. Por lo general, complace a los hombres durante media hora o 40 minutos, depende del cliente, y va a las casas de ellos o a moteles. “No hago nada de cosas raras. Pero todo se negocia en ese momento”, dice como toda una experta que ha preferido hacer esto por su cuenta, y mantenerse a alejada de las casas de citas y de los manejadores de mujeres.

  • ¿Sientes placer cuando te acuestas por dinero?
  • Sí, a veces acabo. Y cuando no me hacen acabar, por lo menos, finjo, disimulo que me gusta… Es que cuando ya lo tienes adentro siempre sientes algo-, se ríe fuertemente.

Pero Mafer está lejos de parecerse a la Lolita de Nabokov –ingenua devoradora de hombres que no sabe lo que hace por boba, inmadura o loca-. Menos se parece a Belén Fabra, la actriz catalana de la película Diario de una ninfómana, que interpreta a una mujer que, literalmente, no puede parar de follar con cuando tipo se le atraviesa. No. Mafer lo tiene claro: “A mí me encanta el sexo, pero con la persona que quiero. Con el resto lo hago por plata”.

Con sus ojos oscurísimos, cruzados por una mirada inquieta y procaz, cuenta que tuvo su primer amante a los 13 años. Luego vinieron dos más a quienes se entregó por amor, sin un dólar de por medio. Después, llegaron los clientes, y se quedó sola.

  • ¿Qué esperas de un hombre?
  • Que sea sincero, que me quiera mucho y que me lo demuestre.
  • ¿Y si un día descubres que le gusta ir de putas?
  • No creo que lo haga, para eso me tiene a mí.

La China

Callejea desde las seis de la tarde por los alrededores de la Bahía, en esta ciudad húmeda, caliente, de mosquitos y mareas, que huele al sexo hambriento de una mujer. El olor de La China, una abuela de un niño de dos años, que esta noche lleva un vestido naranja ajustado y demasiado labial, se confunde entre los vapores de la ría y los deseos más básicos de los hombres que la rentan.

Es bajita, no se depila ni las axilas y su cuerpo se nota ajetreado, cansado. Pero tiene luz en los ojos, negros como pepa de guaba. Nació en Quevedo y se vende desde los 19 años. De su boca salen sapos y culebras. Hasta sus propios hijos –tiene 3, el mayor de 26 años- le dicen que es una boca sucia y ella se ríe con esa risa estrepitosa que altera los sentidos. Pero antes de ser La China, fue simplemente Rosa.

Cuando llegó a Guayaquil “primerito” se vino a trabajar a un salón. “Allí me hice de un vaguillo y salí embarazada”. A los 18 tuvo su primer hijo. Su marido la dejó, y ella se fue a vivir con una “señora” que era prostituta. Rosa, una mojina en toda regla, no sabía nada de eso. Lo que sí sabía era que con lo que ganaba ayudando a la tal “señora” en los quehaceres de la casa no le alcanzaba para comprar pañales y leche. Sin embargo, nunca se le ocurrió buscar otro trabajo.

Vivían sobre la calle Ayacucho, a dos cuadras de una casa de citas. Y como “cuando uno es muchacha le gusta jugar”, un día la siguió.

Y la veo que estaba que bailaba y bailaba. O sea que ella venía a divertirse y yo como cojuda lavando platos, trapéandole la casa y cuidándole los hijos. Yo, en mi inocencia, pensaba que no me quería traer a bailar. Pero no había sido así”, se acuerda. Después “me llevó a la casa y me retó durísimo, como a hija. Otro día me dijo: yo te quiero Rosita, pero no te puedo llevar. Yo le dije: no, lléveme nomás donde sea, yo lo que quiero es tener plata”.

Así empezaron las buenas épocas de La China, en la 18. “Costaba 80 sucres, 80 reales, 8 reales, ya ni sé. La “señora” entraba a revisar a los hombres y cobraba. “Y yo me demoraba como dos horas adentro. A cada ratito me hacían acabar esos hombres, porque yo me dejaba morbosear, me hacían esto, lo otro. Los hombres acababan dos, tres veces. ¡Oye, yo tenía hartos clientes, me hacían la cola!”.

Luego la señora me explicó: no mijita, no te saques la ropa. ¡No ves que yo me desnudaba en pepita! Y las mujeres del ambiente no nos dejamos tocar. Ahora yo me hago para arriba esto (el vestido), me bajo el calzón, lo reviso, le pongo el condón, pas pas pas pas, y ya… afuera”, se ríe como medusa.

Años más tarde, un hombre le propuso sacarla de esa vida, la llevó a vivir a la casa de él y quedó embarazada de dos mellizos. “Entonces me dijo: ¡ándate a trabajar! Me dijo que parecía carne en tercena, mosquéandome, sin dar plata. Parí mis dos hijos, y volví a la calle”.

Entonces, asoma un rastro de amargura.

  • ¿A veces te pones triste por la vida que has llevado.
  • Yo sí me deprimo, pero de rato. De ahí como que me da una rabia a mí. Yo no me dejo de los hombres; mejor me voy a tomar.

Ahora, de vieja, dice que le gustan los hombres olorosos, altos, bien vestidos. Antes aceptaba lo que viniera. “Yo me acuerdo que hasta los betuneros se metían a hacerme el amor, y todos esos betuneros me hacían acabar”.

Con el tiempo aprendió que hasta los besos se cobran. Pero no parece que haya muchos que quieran besarla. Ella se para y les dice a los que pasan: “mijo, venga que lo voy a atender bien, mijo, venga mi amor, que le hago la paja rusa, que le hago esto, que le hago estiotro”. Todos se ríen.

Sus hijos saben muy bien lo que hace su madre. Lo supieron cuando estaban en el colegio, y la batida se la llevó. Estuvo presa ocho días. Cuando sus hijos tenían 7 y 8 años se vino al centro, donde está ahora. “Allá (en la 18) no había plata, y aquí sí. Tuve que pelear para que me dejen parar. Cuando llegué había más de 20 mujeres, ahora solo estoy yo, y una vieja más vieja que mí”.

Su hijo mayor le ha pedido varias veces que se dedique a otra cosa, que trabaje en una casa, pero ella dice que no sirve para ser empleada de nadie. Se siente orgullosa de tener, al menos, siete clientes fijos, que le pagan entre 15 y 25 dólares. “Tengo uno que, a veces, me da 40 y ayer tuve uno de 20 dólares que trabaja de chófer de un camión de gallinas”, anota triunfal.

–¿Has pensado en hacer otra cosa?

–No. Yo soy puta, a mucha honra, por plata mi amor y no por hacer el amor gratis. Nunca he hecho ninguna otra cosa.

–¿Entonces no quieres dejarlo…

–Sí, cuando me salga un trabajo bueno-, se burla. –No, ahí tengo una platita que cobrar, y cuando lo haga me quiero poner un negocio. ¡Ay, pero igual yo me vendría a putear más que sea de vez en cuando!

Texto publicado en la revista Mundo DINERS 2009