El pez dormido


Invención colectiva, 1934

Abrí los registros de mi consciencia y en ellos encontré un pez. Un pez diamantino, que parecía un ligero guiño, un ser procedente del mundo de lo pequeño. Este pez estaba encorvado, en la posición de un feto dormido. Intenté despertarlo, primero imitando una corriente de energía similar a la que provocaría la cercanía de una parvada de gaviotas sobre la superficie. Las gaviotas asustan a los peces pequeños, pero este pez no reaccionó. Al parecer, estaba desconectado del miedo. Entonces, intenté emocionarlo sentándome a su lado. Empecé a contarle la increíble historia de dos amigos que habían descubierto el significado de los símbolos que se encuentran en la explanada cerca de la playa Murciélago. Ahora no puedo detenerme a contar esta historia, porque debo despertar al pez. Sus oídos estaban cerrados herméticamente como la puerta de la casa de un cangrejo. Probé ahora haciendo ondas a su alrededor simulando la llegada de muchos peces de su misma especie, pero él no reaccionó. No podía tocarlo, porque elegí convertirme en espíritu para llegar a este lugar. Aclaro que todavía no sé a qué lugar he llegado. Se trata de una especie de caverna oscura en la que hay muchos objetos raros como lianas azules y rosas que cuelgan de los espacios, sin que ninguna estructura los sostenga. De pronto, una correntada de aire llega desde afuera y se percibe una luz a lo lejos. Lo único parecido a algo conocido por mí en esta cueva es este pez que está dormido. Al parecer, estamos atrapados, pero no sé dónde. Estas no son horas de ponerse a dormir. ¡Pez, pez, despierta! dime dónde es que estamos.

Mi voz retumba en las paredes de la cueva, realmente no sé si es una cueva, podría ser cualquier lugar oscuro. Tampoco sé cuál es mi tamaño, porque soy incorpórea, y de esta manera no tengo peso ni masa, soy como una circunferencia de luz, tan pequeña como este pez dormido, o tan grande como el océano en el que él no está.

El pez podría no estar dormido, podría estar muerto, lo sé. Ya lo había pensado, pero me he resistido a creerlo, pues eso significaría que yo podría también estarlo, debido a que estoy en la misma circunstancia que él y que, por ahora, no tengo peso ni masa, por lo tanto soy un espíritu. Pero si es así, si yo también estoy muerta como el pez, ¿dónde quedó mi cuerpo? Sin evidencia, no hay muerte. Prefiero pensar que el pez está dormido y que es mi misión despertarlo. Vaya misión.

De pronto, siento cómo descendemos, el pez dormido y yo, a la velocidad de un rayo. Escucho un ruido exterior y también un aleteo. La cueva se inunda de agua y entra en ella un pez más. Éste se mueve y abre mucho la boca, se revuelve dentro de la caverna como si pudiera evitar la muerte. Pasa un tiempo interminable, y el nuevo pez también se echa a dormir. Ahora confirmo que ambos están muertos. No tiene caso despertarlos. Estoy despierta al lado de dos peces inertes. Mi voz retumba dentro de la cueva.

Anuncios

La aguja, el tejedor y el árbol


un-rbol-de-dos-colores-294

Soy una aguja con la que alguien zurce algo. Mi alma estaba rota, sus memorias se desperdigaron. Habían huido, como alteradas golondrinas. Fueron por los campos, pueblos y ciudades. Se quedaron atoradas en gargantas de extranjeros. Estaban cansadas de tanto correr detrás del amor. Viajaron en trenes, en barcos, a pie. En cada viaje que emprendieron buscaron lo mismo. Estaban seguras de que hallarían unos ojos a quienes entregarles el regalo que llevaban. No encontraron a nadie digno, y se cansaron. Casi mueren en el intento. No sabían que el amor no estaba lejos, que nunca estuvo fuera. Cuando ya casi no tenían fuerza, quisieron volver a la tierra, a su casa, a mi corazón. Me llamaron a lo lejos con sus tristes cantos. Amé escuchar sus roncos quejidos desesperados. Las atraje a todas con encantamientos y las puse entre mis piernas. Las contemplé. Desfallecían de hambre y sed. Entonces, llegó alguien como en un susurro y empezó a tejerlas, a darles forma y a inyectarles color. Yo me quedé quieta para que él me transformara en aguja, en un instrumento de su creación. No alcanzo aún a ver la forma que tendré, tampoco he podido ver el rostro del tejedor. Imagino que no tiene rostro, tampoco nombre. Ni siquiera sé en qué etapa está el tejido. Las agujas son instrumentos sin tiempo, me ha dicho. Lo único que puedo percibir es el movimiento. El lento zurcir de sus manos intangibles.

Soy del mundo. Del invisible mundo que visitan los magos en invierno. Por las mañanas, me he quedado oculta detrás de un árbol anciano, y por las noches he subido a dormir en su copa. Soy del silencio. El ruido contamina los espacios en los que mi alma intenta recomponerse. En el silencio, no estoy sola. No estoy sola, porque ya no estoy vacía, ahora tengo mis memorias conmigo. Y el tejedor se ha quedado a vivir en mis entrañas. Dice que será por un tiempo, mientras termina su trabajo. Él hizo que mis brazos se hicieran alas; mis piernas, viento y mi estómago, canción. Ahora soy más allá de cualquier miedo y cualquier certeza. Una vez que él termine de zurcir, yo dejaré de ser aguja y podré bajar del árbol. Quizá, haya un tejedor visible esperándome allá abajo.

Le dolemos al viento


vientos-de-amor

Más que los comienzos, me gustan los finales. Quiero creer que al final ya sabremos todo lo que tenemos que saber y que será posible acariciar la libertad. A la libertad le fascina ser acariciada, lo que no soporta es que la quieran controlar. Lo único que nos garantiza que podamos acariciar la libertad es pasar por la muerte, por el final. Muertes y finales, uno tras otro hasta que se acaben las bolas en el ánfora. Tiemblo ante la certeza de mi último final, o lo que sería mi última muerte. Ya había pasado un tiempo, tal vez unos meses, unos inviernos, en que no sabíamos nada el uno del otro. En que el lenguaje que habíamos construido en el pasado de nuestro pasado no nos alcanzaba para comunicarnos. Apenas balbuceábamos algo sobre qué comer o si iríamos a tal o cual evento. Sentía el cuerpo pesado, quisquilloso, pidiendo amor, y el alma cansada, siempre sedienta, absorbida por el tiempo sin tiempo. No siempre fue así. Recuerdo haber soñado que me hacías repetir muchas veces, como si fuera un mantra, tu nombre. Recuerdo haber dicho entre llantos y jadeos de dolor y placer que eras mi dueño. Esas palabras nos sirvieron para adentrarnos en el miedo, cada vez más profundo. Fuimos tan lejos que un día no nos fue posible recordar el camino de regreso a nuestros propios cuerpos. Nuestros brazos se volvieron mapas sin líneas, nuestras mentes siniestros abismos en los que caíamos cada tarde.

Nos sentimos culpables por las memorias no sanadas del otro. Me mirabas con ojos de niño desolado y lo único que yo lograba decir era “lo siento, perdóname”. Tú decías que no te escuchaba, y tenías razón. Yo solo oía mi propia voz diciéndome: vas a equivocarte. La sensación de hacerte daño me roía, me perseguía la idea de que tus enojos fuesen por mi causa. Aquello que temes termina ocurriendo, es inevitable. Y yo temía lastimarte. Te preguntaba constantemente si estabas molesto por algo. Intentaba hacerte reír, pero tú permanecías infranqueable. Mi sorpresa por tu mal genio era absurda, y me hacía sentir tonta. Nada era suficiente para hacerte sonreír. Tú decías que no estabas enojado, pero yo no te creía y volvía a preguntar. Entonces, tú en serio te enojabas y me mirabas de esa manera, como si tus ojos fuesen dagas de fuego. Cuando te fuiste de viaje a Montevideo, empecé a salir con un músico que me gustaba hacía rato. Quería ver cómo se sentía pasar del gusto virtual al físico, y no fue como lo esperaba. Una aventura que duró menos que tu viaje, pero que me permitió tener el valor de decirte que quería intentar ser feliz con otra persona. O intentar ser feliz, a secas. Cuando regresaste, mi valor había desaparecido. Te recluiste en el cuarto oscuro, entonces empezamos a dejar de hablar. Ya no queríamos saber realmente cómo se sentía el otro, era mejor suponer que preguntar. Suponer no nos dejaba ver y nos ahogaba en la culpa, esa bola de pelos y memorias que no terminamos nunca de tragar. Escribíamos poemas, novelas, crónicas, historias sobre lo mal que nos sentíamos con esa bola de pelos por dentro. Experimentábamos el dolor del desencuentro, de estar con alguien que no sabe quién es, y mucho menos sabe quién eres ni para qué has venido.

No lográbamos vernos; y, con terror, nos dábamos cuenta de que antes tampoco lo habíamos hecho. El espejo siempre estuvo roto. Las raíces de lo impensable eran ataduras que se nos enredaban en las piernas como plantas trepadoras. Poco a poco, fui descubriendo dónde estaba el hilo que nos ató. Fui deshaciendo la trenza lentamente, por las noches, sin que tú te dieras cuenta. Me fui yendo de a poco, como hacen quienes saben que si dan un paso en falso pueden quedar atrapados para siempre. A veces, me sentía un rehén con síndrome de Estocolmo. Quería tanto a mi carcelero que le servía sopas y le daba besos no correspondidos.

Es tan mágico cuando un hombre te corresponde el amor, y es tan desolador cuando no lo hace.

A veces, me doy cuenta de que quedan restos, cenizas que intentan, en medio del pastizal, encenderse. No tienen fuerza, pero lo intentarán hasta que sean dispersadas por el viento. El viento ha empezado a hacerse sentir en este lado de la casa. El clima cambió, me parece que fue hace dos semanas, a mediados de junio, el mes de tu cumpleaños. El viento me desvela y me trae palabras que me erizan la piel, tus palabras. El viento es tan sensual, tan armonioso, sus ruidos son los de un quejido de amor. Es mentira que me gusten los finales, y también es mentira que sepamos algo al final. Nada supimos nunca y nada sabremos. Lo único que sé esta noche es que le dolemos al viento.

Tres sueños


 significado-de-los-sueños-eroticos

Tres veces he soñado contigo, tal vez han sido cientos, pero no lo recuerdo. Anoche llegabas a la casa de mi madre, conversabas con ella mientras yo me alistaba para salir. Entraste un momento al baño y nos besamos profundamente, mi corazón latía en tonos de piano ascendentes. Vestías una elegante camisa. Yo revisé lo que tenía para ponerme en los ganchitos, me sentía hermosa. Bastó tu mirada para recordármelo. El sol está ahí todos los días pero pocos lo vemos, nosotros también estamos y no nos miramos, no nos prestamos atención. Estamos y somos en un desierto, ojos vaciados de sentido nos rodean como sospechas, como avisos de que no estamos vivos. Solemos dejar de recordarlo. Qué fácil es morir día tras día. Nos resulta redundante la risa, también los besos, los halagos no sirven de nada cuando uno se sabe solo, cuando se sabe muerto. Pero en mi sueño me miraste y regresé a la vida, volví a ser el nenúfar en el sucio lago. El silencio me envuelve como la gracia y me lleva a ti en estas noches de cansancio, de soledad. La mente femenina es arena movediza.  A veces, la arena contiene partículas de un veneno que las mujeres tragamos. Me he vuelto un envoltorio que esconde al ser que siente, el pergamino que lleva un mensaje que nadie lee, la mujer al lado de un hombre que no la ama, un fantasma acostumbrado al olvido.

Mundos paralelos


 alcanzando-la-otra-dimension-191604

—¿Cuál es su oficio?

—Construyo mundos paralelos.

—Por ahora, las vacantes para constructores de mundos paralelos están cubiertas. Tal vez, usted podría trabajar como podadora de memorias. Le cuento que este trabajo es muy interesante y hay quienes dicen que será el oficio del futuro.

—No me diga. ¿Y en qué consiste?

—Bueno, es difícil que yo se lo explique en este momento. Es algo muy complejo, y para poder trabajar en ello, de cara al público, primero tendría que seguir un curso intensivo.

—¿Cuánto duraría el curso?

—El curso podría durar de tres minutos a tres años. El tiempo de duración es relativo, eso depende de cuánto empeño ponga usted en aprender. Mientras más rápido usted asimile, más rápido iremos nosotros.

—Dígame un poco en qué consiste el trabajo, primero, para ver si me apunto al curso.

—Para explicárselo le pondré un ejemplo. Imagínese que usted acaba de nacer el día de hoy, exactamente hace tres segundos. ¿Qué cree usted que estaría haciendo?

—No sé, imagino que estaría llorando.

Muy bien. Pues imagine que usted está llorando por la incomodidad de ver la luz, porque la han sacado de su cómodo y oscuro lugar. Ahora, imagínese que muchas memorias suyas están marcadas por el llanto de un bebé. O mejor dicho: por su llanto de cuando era una recién nacida. Cuando su novio la dejó, por ejemplo, sin que usted se haya dado mucha cuenta un hilo finito, el hilo que ata todas las memorias, ató el recuerdo de ser arrancada de su cómodo y oscuro lugar, a su situación actual. Y usted, probablemente, lloró con la misma intensidad y casi de la misma manera. Como si volviese a ser una bebé arrancada de un útero. Y esto ocurre también con otros eventos. Mientras más inmaduros somos, más cosas, incluso cosas en apariencia insignificantes, nos regresan una y otra vez al origen de las lágrimas: nuestro nacimiento. Esto le pasa a las personas que no han sabido podar sus memorias. Ellos viven cada situación como una repetición de algo ya vivido, algo siempre doloroso. Así, no pueden aprender nada nuevo, por tanto, dejan de crecer. Son como árboles enfermos que no dan frutos. Por eso, las memorias deben ser podadas. Algunas deben incluso ser arrancadas de raíz, pero ese es otro trabajo para el que usted aún no está preparada.

—No lo había considerado. Cuénteme más.

—Sólo le diré que si usted aprende cómo podar sus propias memorias, y eso lo aprenderá haciendo el curso, entonces tendrá la facultad de ver el origen de sus lágrimas.

—¿También podré ver el origen de las lágrimas de otros?

—Claro, porque de otra manera, sería imposible realizar el trabajo. ¿Le interesa?

—Sí, me interesa. ¿Cuánto cuesta el curso?

—Eso lo decides tú.

—¿Lo decido yo?

—Sí, tú decides lo que te costará.

—Bueno, no importa cuánto cueste, quiero tomarlo. Pero ¿por qué hace un rato me hablaba de usted y ahora me habla de tú? ¿Qué ha cambiado?

—Todo ha cambiado. Desde que empezamos a hablar, todo cambió. Desde que entraste a este lugar, estabas haciendo el curso. Pronto, te darán la clave para acceder a las memorias.

 

 

El nacimiento


a

Toda persona que nace viene de otro mundo. Un mundo de agua, cálido y confortable, en el que todo nos es dado. Flotamos en el líquido de un ser femenino que nos alimenta. Un día, sin que nadie nos pregunte nuestra opinión, pasamos de lo delicado y perfecto al dolor y al caos. Es un cambio muy abrupto. Lo primero que vemos es una luz tan fuerte que nos deja casi ciegos. Entonces, nos enteramos de que tenemos una especie de ventana que nos permite asomarnos a la representación del mundo al que hemos llegado. Ya habíamos notado unos días antes una extraña necesidad de transformarnos, de cambiar de forma de vida, experimentar nuevas cosas, teníamos una gran curiosidad por saber cómo era allá fuera, qué había más lejos, después de todo nos sentíamos solos en nuestra placentera vida, queríamos conocer a otros como nosotros. Para eso salimos, aunque nunca estuvimos listos. Un día, sin previo aviso, nos sacaron de la madriguera de una forma tan violenta que sentimos que era el fin. Para muchos sí lo fue. A millones de nosotros los mataron antes de nacer y los sacaron por partes, a otros les trituraron la cabeza, y a muchos más se las aplastaron con tenazas. Toda persona que nace es un sobreviviente, un inocente que ignora la maldad que le espera. Algunos nos resistimos a nacer, teníamos fuertes presentimientos de que el mundo exterior no era nada bueno, que afuera las cosas eran terribles, que lo único que nos esperaba era la muerte. Esos presentimientos se volvían certezas enseguida. Lo primero que nos hicieron al sacarnos fue golpearnos. Nos golpearon fuerte en las nalgas para hacernos llorar. Nada más llegar, recibimos una ofensa y no el amor que esperábamos, el amor que ya teníamos dentro. Nosotros, que proveníamos de un mundo cálido y armonioso, de repente, nos encontramos en uno violento y frío. Lloramos por primera vez, aunque todavía somos demasiado pequeños para darnos cuenta de lo que ocurre. No entendemos nada. Sin más preámbulos, nos echan agua helada para limpiarnos, porque estamos bañados en sangre líquida y en coágulos. A algunos los conectan a tubos y máquinas, a otros los llevan a cuartos helados, parecidos a frigoríficos, a otros los ponen en cunas de metal en las que los vigilan todo el tiempo. La calma desaparece, y la luz artificial lastima nuestros débiles ojos. Quisiéramos volver a cerrarlos, pensamos que esto debe ser sólo un mal sueño. Después, nos colocan en el regazo de nuestra madre, la diosa que nos alimentó. Por un momento, nos sentimos a salvo, pero sin que podamos entender porqué un presentimiento se instala en nuestra mente: ella nos traicionará. Lo vamos asimilando de a poco. Ella no nos protege. Tal vez, quiera hacerlo, pero no sabe cómo. Permite que nos marquen con un número,  que nos pinchen con agujas, que nos invadan, que nos perturben, que se rían de nosotros, que nos golpeen, a veces, ella misma hace todas estas cosas. Permite que nos enseñen a odiar y nos conviertan en un ser parecido a los que habitan este mundo al que llegamos. Al parecer, ella solo podía protegernos mientras estábamos en su interior, fuera de ella, nada es seguro.

El sueño del águila


OLYMPUS DIGITAL CAMERA
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Piedad sueña que es un águila. El águila ha llegado a la mitad de su vida. Se siente vieja, cansada, débil. Le pesan sus alas, la punta de su pico se ha torcido, las garras de sus patas ya no le sirven para atrapar presas, como antes. El águila sabe que debe tomar una decisión si quiere experimentar un nuevo nacimiento. Debe alejarse de todo, buscar un lugar en el que pueda, en silencio, transformar su cuerpo, volver a su esencia. Está decidida a resucitar, pero para hacerlo deben morir en ella todas las memorias de su pasado. Llega exhausta a lo alto de un risco; se esconde en el agujero de una enorme piedra. Y empieza su trabajo de purificación. El águila destroza su inservible pico contra la roca. La sangre brota de sus adentros, el dolor parece insoportable. Durante noches y días espera a que nazca un nuevo pico, y cuando eso ocurre arranca con él sus viejas garras. El tiempo transcurre frío y lento. A veces, siente que morirá. Sabe que muchas han muerto en este camino, pero decide resistir. No hay más vida que ésta. Piedad se revuelve en la cama. Al águila, le comienzan a nacer sus nuevas garras y con ellas extirpa una a una sus viejas plumas, las arranca de raíz, soportando el dolor y la angustia, cayendo aún más en la desnudez y en el vacío. Al cabo de ciento cincuenta días innombrables, el águila con un nuevo cuerpo y un espíritu forjado en el fuego, surge victoriosa de la cueva para su primer vuelo de renovación.

Piedad sueña que es el águila nueva, un águila que también es mujer. Está parada en sus dos patas, encima de una raíz. Delante de ella tiene a algunos insectos temibles. Ella los conoce bien. El lomo del águila se crispa, abre sus alas en estado de guardia, a la espera de un ataque. “Siempre han buscado capturarme. Quieren descubrir el secreto, encontrar el lugar donde escondo la magia. Antes, me quitaron los ojos y la voz. Y aquí estoy, más fuerte que nunca. He aprendido de mis errores. Ustedes han destripado a las que, como yo, volamos. Han abierto sus vísceras pensando que ahí escondían la luz de su canto. Pero el secreto es invisible. Yo misma, el águila y la mujer, soy el secreto”, les dice mirando a los enormes insectos a los ojos. Sus garras aferradas a la raíz, su pico cerrado, puntiagudo como una hoz que degüella, sus ojos amarillos destilando fuego. Sólo hay silencio del otro lado. Los insectos no saben qué hacer, quisieran atraparla, pero ella ahora está fuera de sus posibilidades, se ha vuelto tan imposible como atrapar el viento, como apagar con soplidos el fuego que emerge de un volcán. El águila se lanza desde lo alto del peñasco, y emprende nuevamente el vuelo.

El águila surca los cielos con sus alas extendidas, se siente libre y poderosa. Su especie permanecerá. No lo sabe, lo intuye, pero eso le basta para continuar. Sobrevuela la oscuridad del Bosque Negro. Danza en el aire, se funde en el abismo con el viento, vislumbra la línea divisoria de las aguas, de los océanos. No le teme a la oscuridad, pues ha emergido desde lo profundo. He aquí el poder del águila, y de la mujer.

Piedad despierta. Abre los ojos, y recuerda que su abuela le enseñó que la oscuridad siempre proviene de abajo, que el infierno queda bajo tierra. Sin embargo, el sueño le permite ver que todo depende de quién sea el observador. Desde la posición del águila en pleno vuelo, el infierno sí queda abajo. Pero desde la visión del ser terreno, el infierno podría estar alrededor. El águila, además de alas, también tiene patas. Y cuando ella desciende, siempre queda rodeada de infierno. La oscuridad todo lo cambia en un breve tiempo. Al volverse terrena, el ave pierde su gracia, su poder y su luz. Empieza a caminar entre los muertos; buscando alimentarse de los despojos, de la carne putrefacta de cadáveres. El águila no debe olvidar que, cuando se transita el infierno, incluso ella, puede transformarse en un vulgar carroñero.

La espera


eli cincotta

Piedad camina con un bañador negro por la arena aún tibia. El sol está por caer;  el naranja azulado del fondo va desapareciendo, igual que sus ansias por volver. Quisiera permanecer intacta, así como la observa aquel hombre de lentes y barba que ha detenido la lectura de su libro para repasar el cuerpo inquietante y moreno de Piedad. Ella coloca su toalla a unos seis metros de él, y se recuesta bocabajo. La playa está casi vacía. Piensa en Pablo y en lo que le espera a su regreso. Siente la incómoda tela del bañador apretando. Ya sabe cómo es la vida junto a él, pero espera que algo, repentino, inesperado, suceda. Desea con todas sus fuerzas que la distancia haya provocado el deshielo. Que él haya logrado extrañarla. Pasa del optimismo a la tristeza en la brevedad de un suspiro. No sabe qué sentir. La verdad es que cuando no hay pasión la vida se va gastando como una vela, en silencio, y más rápido de lo que podemos comprender. Ella sabe que él la quiere, a su manera. Una manera austera, sin aspavientos ni besos matinales, con la desidia con la que aman los hombres amurallados. Ella quisiera que un día él le dijera cuánto la ama, cuánto ha deseado tener cerca su cuerpo, o que al menos la besara delante de todos. Una y otra vez ella ha esperado ese momento.

El cielo se extiende limpio y se oscurece delante de Piedad. La belleza tiene algo de opresivo. Las lágrimas quedan para mañana. No hay razón para llorar delante del mar.

Todavía es abril


cama

Comenzaré por comentar el momento en que nos ataron las manos con una cinta azul. No ocurrió violentamente, como algunos podrían pensar. Por el contrario, antes fuimos seducidos por una música que olía a lluvia. Ésta es nuestra canción, dijo él, pero yo no escuché nada, sólo respiré silencio. La noche había caído rotunda horas antes. Eran los últimos días de abril. Las luces de los pocos autos que circulaban, se colaban a través de la persiana. Adentro, el aire sabía a miel. Su gata, blanca como un copo de nieve, de ojos azules, nos miraba feliz desde un rincón. Yo quería ser atada, estaba lista. Vi que la cinta era nueva. Resplandecía en tonalidades azules de mar, de viento. Nunca había visto una igual. Antes estuve atada con una cinta roja y lloré demasiado. Nadie ha visto nunca quién ata las manos de los amantes. Mientras más me apretaba, más disfrutaba del vértigo, de la incertidumbre de perderme y encontrarme en sus ojos. Sólo mi respiración sobresaltada rompía el silencio en aquella habitación de techos altos, decorados con cenefas. Él vive en el tercer piso de un antiguo edificio. Mi madre solía llevarme a esa casa, a ese piso, cuando era pequeña. Allí había un teatro.

Él me mira a través de sus lentes, con esos ojos pequeños que esconden y dicen tanto. Quiero descubrirlo poco a poco. Ya nos conocimos, le digo. Ya antes me perdiste, no lo vuelvas a hacer. Él me besa con la suavidad de un ave, y yo lo abrazo con la fuerza de una ola que desea romperse sobre él y mojarlo entero. Sumergirlo. Mojo sus pies y sus manos, sus pensamientos y sus miedos. Me rompo, me abro como una flor sobre su cuerpo. Coronamos el pico de una montaña, y bajamos de ella para comentar el viaje. Revuelvo su pelo, él hunde su cara en mi pecho. Me huele la piel y los huesos. En la sala hay un espejo. Estoy desnuda delante del espejo. Él está sentado a medio metro en un sillón, con cara de crítico de cine. Déjame verte, dice. Yo me miro al espejo, él me mira a mí. Me sujeta de una mano, como si yo fuese una cometa que él está haciendo volar por primera vez. Observa cada curva, cada redondez, cada herida, cada huella dejada por otros, por otros que ya no están. Ahora sólo está él. Sos hermosa, dice. Me sonrojo. Me siento a su lado y hablamos sobre los tiempos y las cosas que hemos vivido y viviremos. En la habitación, la cama está al lado de la ventana. Afuera, la realidad. Adentro, los sueños. Él se acuesta a mi lado, me rodea con sus brazos como una raíz. Le cuento la historia de los antiguos kahunas. Él se levanta y trae su guitarra. Toca una canción, mientras yo me quedo dormida. No quiero despertar; todavía es abril.

Volver de la muerte


El crepúsculo cae sobre los pinos y los chopos inescrutable. Como una mujer gorda se despereza sobre el río que unos días es pardo, otros plata, otros del color de una brillante piedra esmeralda. El atroz río Júcar. La tarde se duerme sobre él y lo arropa lentamente con su oscuridad balbuciente, helada. El viento late sobre todo ser viviente. Los pájaros ya han emprendido la retirada de los cielos a los árboles. Gemidos de una tormenta amenazan en el horizonte. Estoy sentada sobre un mirador desde donde veo en estado pleno el vórtice del mundo y sus vicios. El pueblo que está a mis pies se desparrama sobre los cerros, como un niño juega a no caerse al abismo. Es un pueblo blanco de gente campesina que habla a grandes voces, que va dando alaridos por las callejuelas, estrechas y adornadas de flores. Van chillando sus alegrías y tristezas por los caminos que conducen a las antiguas cuevas donde habitaron en distintas épocas enanos y hombres, árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, pero sí suspendido en el murallón un inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando imaginaba que era una presa esperando el beso de un montaraz. Él llegaba, libre y pelilargo, para salvarme de la soledad, de la ruina, de la miseria. Me veía a lo lejos, yo estaba en algún ventanal, desnuda. Mi imagen se balanceaba sobre sus ojos negros.

Esta mañana fui al bar de la aldea para desayunar. Me encontré con los viejos solitarios, doblados sobre sus vasos de vino rojizo. Pedí un café con leche y una tostada con tomate y queso. Mientras comía, leía en un libro de Javier Marías que lo peor que le puede pasar a alguien, peor que la muerte misma, y también lo peor que uno puede hacerle a los demás, es volver de la muerte. Regresar del lado del que no se vuelve, resucitar a destiempo, cuando los demás ya no se lo esperan, cuando ya es tarde y no corresponde, cuando los vivos lo tienen a uno por terminado y han proseguido o reanudado sus vidas sin contar más con nuestra presencia. No hay mayor desgracia para el que regresa que descubrir que está de sobra, que no es deseado, que perturba el universo, que constituye un estorbo para sus seres queridos y que éstos no saben qué hacer. Estos pensamientos me ayudaron a decidir que jamás volveré a la que fue mi casa, que de ahora en adelante otro, otros, aquellos que yo elija, serán mi familia, serán mis lugares. No quiero ser como un muerto que resucita y espanta a los que hace mucho tiempo dejó.

España, 2011 (fragmentos de mi nueva novela)