Cuando vives la crónica en carne propia


CAPÍTULO VI

SIN CONFLICTO, NO HAY HISTORIA

Libro de Crónicas “VIVIR PARA CONTAR”

 

Probablemente se trata del género más difícil de dominar.

De hecho, en un periódico de prestigio

una crónica no la hace cualquiera.

Álex Grijelmo

Cuando escribes una crónica, siempre es recomendable que haya un conflicto. Es decir: obstáculos entre el personaje y sus metas, enfrentamientos con otros seres o, a veces, consigo mismo, choques con su entorno, limitaciones, diferencias con sus familias, etc. Si te das cuenta, la vida está llena de conflictos.

Entrar tan profundamente en los conflictos de los demás es, sin duda, la prueba de fuego para cualquier cronista. Tus nervios tienen que ser de acero y, aun así, estarás caminando sobre espinas y minas. Esta es la causa por la que muchos cronistas se meten en problemas. La crónica te pasa factura en tu propia vida.

Un ejemplo clásico de esto es lo que le ocurrió a Truman Capote, quien se dedicó seis años a investigar el crimen ocurrido en un pueblo rural, en Kansas, Estados Unidos, para escribir A sangre fría[1]. Capote se fue a vivir a este pueblo para seguir de cerca los acontecimientos. Puedes ver esto en la película Capote[2]. Los asesinos fueron sentenciados a pena de muerte y el escritor desarrolló un fuerte vínculo con uno de ellos, relación que lo llevó a plantearse temas de ética muy profundos. Capote decía que, por causa de esta historia, él enfermó y aumentó su adicción al alcohol y a las drogas, sumiéndose en una profunda depresión.

Salvando las distancias con Truman Capote, yo también, como cualquier otro cronista al que le apasiona el oficio, he vivido episodios de angustia, tristeza profunda o desasosiego a causa de los temas que he investigado.

La crónica de este capítulo es un ejemplo de aquello. Me enfoqué en la parte turbia de la isla Puná (Puná Vieja), donde se concentran todos los problemas de insalubridad y drogadicción. No solo tuve problemas con las personas del lado opuesto de la isla, donde se desarrollan proyectos turísticos, quienes llamaron a reclamar a la revista por mis observaciones tan crudas acerca del pueblo, sino que quien me dio la mayor cantidad de información, se retractó de lo dicho, y estaba furiosa porque yo había publicado todo lo que ella me había contado.

Pero los conflictos de la crónica siguieron al plano personal, pues terminé perdiendo a un amigo por esta historia. Él era el editor y yo la cronista, y no lográbamos ponernos de acuerdo en la escritura. Realmente, yo tenía la mente revuelta y no podía escribir decentemente en esos días. Esas cosas pasan. Pero debo decir que esta crónica fue reescrita por mi amigo Juan Fernando Andrade[3], en base a la investigación que hice. La historia, al final, fue publicada por la revista Diners.

Y es que donde hay conflicto, hay buenas historias, pero cuidado: ¡hay trampa! Estas historias te pasan factura a nivel emocional y personal. Es decir, que si vas a buscar al diablo, lo vas a encontrar.

[1]             Esta novela, considerada la primera del género non-fiction novel o novela periodística, es mezcla de la inventiva del reportaje verídico con la inventiva de la ficción. A sangre fría es una seductora versión de los asesinatos cometidos por dos sociópatas en el estado de Kansas. Capote, al conocer la noticia, decidió investigar por su cuenta las circunstancias. Pasó seis años escuchando, haciendo cientos de entrevistas a vecinos, a los policías encargados del caso, a los amigos íntimos de la familia Clutter; en total, más de seis mil folios de información.

[2]             Capote (2005) es una película dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman, quien ganó el Óscar al mejor actor por esta interpretación.

[3]    Escritor, guionista de cine, cronista. Director adjunto de la revista Diners en Ecuador.

Puná Vieja, la tierra del Tin Tin 

Publicado en la revista MUNDO DINERS en Abril 2015, # 395.

Fotografía: Mauro Sbarbaro

puna vieja foto Mauro 2

Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

 

Parte 1: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

 

Parte 2: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

Puná Vieja foto de Mauro Sbarbaro

 

Parte 3: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

puna vieja foto Mauro Sbarbaro

Parte 4: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Parte 5: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

 

Parte 6: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

 

Parte 7: El diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

 

puna foto Mauro Sbarbaro

Parte 8: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

 

Parte 9: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Parte 10: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Parte 11: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

 

Parte 12: Lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

 

  • Gracias a mi compañero Mauro Sbarbaro por acompañarme en esta aventura de la crónica.

 

 

 

 

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Introducción al libro “Vivir para Contar”


VIVIR PARA CONTAR es un libro que motivará a los jóvenes lectores a volverse observadores de su realidad para luego poder contar historias apasionantes, inspiradoras y totalmente reales. Escrito por una cronista con veinte años de experiencia, su intención es que las nuevas generaciones se acerquen con ética y honestidad a los mundos que les interesan y apasionan.

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de expresión escrita.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de 15 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

VPC PORTADA

Esta es una de las historias del libro:

RAÚL CABRERA, EL NÓMADA

A los 17 años, Raúl Cabrera recorrió el Ecuador con una mochila. A los 18 viajó durante seis meses por América del Sur. A los 20 años inició su viaje por el mundo y su vida de nómada. Ha recorrido más de ochenta países haciendo surf, snowboard y amigos. Cuando conoció a Tina, su esposa, y nació Milo, su hijo, Raúl encontró su hogar. Pero no quiso que sus viajes quedaran solo en la memoria. Con un equipo de producción viajó por 25 países durante tres años para filmar Nomad-A, el proyecto audiovisual que lo trajo de vuelta a Ecuador. 

Raúl Cabrera (foto de Andrés Francov)

HAWAI. El día se abre limpio, las olas gigantes esperan al hombre que intentará fluir en sus movimientos violentos, llenos de vida. Raúl Cabrera ha entrenado un año para este día. Largas jornadas de surf, de natación, de crossfit, le hacen pensar que está listo. Antes de entrar al mar, un amigo y mentor que lo acompaña, le recuerda: nunca tomes la primera ola. Las olas vienen en tandas, de seis, de ocho, de diez. Raúl, como si nada hubiese sido dicho, como si ese consejo no fuese de vida o muerte, toma la primera ola de la serie. La ola no lo lleva. Mira hacia atrás, y ve que todo el horizonte se nubla, un tsunami se avecina. No puede hacer nada para evitarlo. Le caen encima todas las olas de cinco, o seis metros. Lo sepultan, lo revuelcan, lo ahogan.

De pronto, tuvo la certeza de que moriría. Estaba debajo del agua y dijo: “Dios, gracias por la bella vida que me has dado”. La película de su vida pasó ante sus ojos. Y cuando estaba revolcándose y llegó al punto de comenzar a desmayarse, vio a un niño que le daba la mano. Raúl no sabía qué pasaba, si estaba llegando al cielo, si ya se había muerto. Cuando el niño dejó de darle la mano, sus labios toparon la superficie, y pudo respirar. Volvió a ver a ese niño cuando surfeaba en Inglaterra y en Marruecos. Raúl dice que ese niño era su hijo Milo, que aún no nacía. Pero cuando lo vio nacer, y Milo lo miró, supo que era el mismo niño que había visto en las tres ocasiones.

“Hay una parte de aventura, y una parte espiritual. No sabemos cómo estamos conectados, pero es como una red invisible en la que se conecta pasado, presente y futuro”, dice Raúl, quien ha venido a Ecuador para promocionar la serie de televisión y la película Nómad-A, hecha a partir de sus viajes.

Raúl nació hace 37 años en Guayaquil y siempre quiso ser un explorador. Desde pequeño sintió una intensa curiosidad por saber qué pasaba fuera de su barrio. De niño, fantaseaba con que su armario era un portal tridimensional capaz de transportarlo a cualquier lugar del planeta, amaba los mapas y saber sobre el mundo.

Raúl es el menor de seis hermanos, y su padre, que era un próspero comerciante, murió cuando él tenía apenas 9 años. Recuerda a su padre como un hombre opuesto a él, que vive el día a día. “Era una persona muy seria, muy cerrada, parecía alemán, con una ética de trabajo muy firme”. Trabajaba de lunes a domingo. Su familia lo perdió todo cuando murió, pero Raúl mantuvo firmes sus enseñanzas. “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”, o… “Todos los huesos de todas las personas son blancos”, o… “No importa si la persona tiene o no dinero, lo que importa es el corazón”.

A los 17 años, Raúl hizo su primer viaje por su cuenta. Después de clases, enseñaba matemática o trabajaba de cajero en el minimarket de su hermano para ahorrar. Reunió 500 mil sucres y con eso se dio la vuelta al Ecuador. Eran cincuenta dólares. Un año más tarde, al salir del colegio, viajó por Latinoamérica: Perú, Brasil, Chile, Argentina, Bolivia durante seis meses. Gastó solo 400 dólares, incluidos los tickets. Se quedó en casas de gente que había conocido en Montañita y Playas, donde ya surfeaba. Además, vendió cada cosa que tenía en su maleta. Vendió hasta un terno que su madre le aconsejó llevar “por si acaso haya un matrimonio”. Por él, le dieron 80 dólares en Brasil.

Hace 17 años, Raúl se fue por primera vez de viaje a Europa y nunca más regresó a vivir a Ecuador. Su primera parada, a los 21 años, fue Nueva Zelanda, el país perfecto para desarrollar sus dos grandes pasiones: el surf y el snowboard. Allá sacó la ciudadanía neozelandesa, estudió en la Universidad y logró un título de Economista, otro en Idiomas y además hizo un posgrado en Educación y Pedagogía. Trabajó para el servicio migratorio, como profesor de colegio, como instructor de snowboard, entre otras cosas. De Nueva Zelanda se movió por todo el mundo, y empezó su vida de nómada.

“Cuando estaba en la universidad en Nueva Zelanda, me tuve que pagar los estudios. Me costó 13 mil dólares solo el año escolar. Tenía que trabajar de mesero y entrenar snowboard para las competencias. Hice dos años en uno porque quería salir a explorar el mundo y no quería estudiar más. Fue duro, estaba más ocupado que un cojo en una competencia de patear traseros”, dice.

Pero lo que Raúl más tiene es energía; sigue siendo un niño hiperactivo. “Me puedo quedar un mes sin comer y sin dormir si tengo que hacer algo. Si estoy surfeando es lo mismo, tengo un problema de obsesión con las cosas que amo hacer”. Lo que ocupa su mente estos días es la realización de la película y serie de televisión que tiene entre manos. Sin pagarles un centavo, Raúl logró juntar a un equipo de producción de alto nivel que lo siguió durante tres años por 25 países y cinco continentes.

Todos son amigos que ha ido haciendo en sus viajes. Gareth Sheehan, cineasta neozelandés que vive en Hawai; Adan De Miguel, fotógrafo español; Pablo Suárez, encargado de logística, español; Albert Ibáñez, cinematógrafo chileno; Claudia Vieira, fotógrafa de África del Sur; Eduardo Pérez, web master, de Ecuador que vive en Nueva Zelanda; Cristóbal Sciaraffia camarógrafo de Chile, y Tina Christensen, su esposa y directora ejecutiva de Nomad-A, que vive en Dinamarca. Además, Los Díaz de Fly y Mona Producciones les ayudaron a filmar con RED EPIC, las mismas cámaras que fueron utilizadas para filmar El Señor de los Anillos.

“Viajar es realmente asombroso. Las cosas que aprendes, las personas que conoces, y las experiencias que vives son más educativas que cualquier cosa que te enseñan en el colegio. Eso es lo fundamental de viajar, ya que las experiencias se quedan impregnadas en ti por el resto de tu vida”. Y son tantas las historias que podría contarme el nómada que, para organizarnos, le propuse un juego. Yo le doy una palabra y él la asocia a una memoria, un lugar, unas personas y una situación vivida. Este fue el resultado.

Raúl Cabrera foto de andres francov

EL MIEDO

En Canadá compré un carro por $125 dólares con dos amigos de Nueva Zelanda, dos amigas de Noruega y yo. Todos eran rubios, ojos azules. Yo dije: bueno, vamos a hacernos la misma cosa y me pinté el cabello de rubio. Viajamos por toda la costa de México. Alguien nos había hecho un mapa de un lugar para surfear que nadie conocía, cerca de San Blas. Cruzamos un río de marea baja y llegamos a un pueblo donde no había autos, no había nada. A los dos días, los campesinos del lugar hicieron una barbacoa, mataron una vaca enfrente de nosotros y se me empezó a hacer extraña toda la situación. Me di cuenta de que era un lugar donde producían cocaína. Escuché cuando dijeron: violemos a las chicas, matemos a los chicos y nos quedamos con el carro. Ellos no pensaron que yo hablaba español, porque pretendí que era gringo también. De pronto comprendí que estábamos con el cartel. Tomé el carro y manejé lo más rápido que pude, dejamos todo tirado en la playa: las tablas de surf, las maletas. Lo único que teníamos en el carro eran nuestros pasaportes. Ellos nos dispararon, pero no nos dieron. Manejé hasta que llegamos al río. Yo conocía el camino y escapamos. Nos pudieron haber matado.

Esto es lo que se conoce como el síndrome de Zeus, quieres experimentar, quieres explorar, pero a veces no sabes a dónde te pueden llevar las aventuras.

 

EL AMOR

El amor está relacionado a todo. Es una palabra muy fuerte y es lo que me ha llevado a viajar por 83 países y 5 continentes durante 20 años. Es el amor que siempre he tenido por las aventuras, por los demás, por saber acerca de otras culturas, por experimentar un amanecer diferente. Es el amor a la vida que tengo que me sigue llevando y me llevará. Si pudiera irme a Marte me iría, pero tengo un hijo, Milo, hace dos años y es el amor hacia él que me hace luchar cada día, levantarme y tratar de ser una mejor persona. Es el amor hacia él lo que me hace sacar mi proyecto adelante. Es el amor hacia él el que me llevará a grandes ideales.

Cuando viajé a Hawai ─uno de los mejores viajes de mi vida─, la conocí a ella, a Tina, en una salsoteca. Normalmente no voy a salsotecas, y ella no sabe bailar. Ella es de Dinamarca. Hemos viajado por todo el mundo juntos, pero en estos momentos ella tiene que estar en Dinamarca mientras yo promuevo Nómad-A.

El amor no es algo palpable, algo que puedas ver o sostener. Es un hilo y puedes estar a millones de kilómetros de la persona que amas, no verla por diez años, y eso no significa que no hayas estado porque tu amor por ese lazo invisible nunca se rompió. Es como cuando no ves a un amigo durante mucho tiempo, es lo mismo con ella. En este último año no la he visto, no hemos podido estar juntos, pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una bella relación, porque ella comprende que esto es lo que hago, comprende que soy un gato salvaje. Ella es lo contrario a mí, ella es una mujer de casa y le gusta luchar día a día para ver los frutos. Milo es el balance perfecto. Tina y yo somos el Gin y el Yang, Milo es la bolita que nos une.

Raúl Cabrera por Andrés Francov


EL PELIGRO

Estábamos en Whistler, Canadá, haciendo snowboard. Whistler es el mejor lugar para hacer snowboard del mundo. Estaba con una amiga de la República Checa, Marushka, y le dije: siempre tomamos las pistas convencionales, vámonos por atrás. Yo creí que conocía el camino. Y la perdí. Y me di cuenta que estaba perdido. Traté de relajarme, pero sabía que las montañas son vida o muerte. Una noche en las montañas y mueres. Comencé a descender y encontré la guarida de un oso, y es muy muy peligroso. Apestaba, porque ya era la época de primavera y es cuando los osos tienen a los bebés y son muy celosos y te atacan. Salí corriendo y encontré un río. Yo sabía que el río me iba a llevar de regreso a la ciudad. Había nieve, estaba congelado y tuve que meterme y nadar durante cuatro horas con mi equipo de snowboard. Eventualmente, salí. Ya era de noche. La policía me estaba buscando, el helicóptero me estaba buscando; yo estaba con hipotermia. Pensé que no iba a vivir para contarlo. Pero siempre encuentro el camino de regreso a casa.

LA SOLEDAD

Estaba en una isla de Indonesia a la que para llegar nos demoramos siete días. Cinco días en carro, dos días en bote. Es una isla donde se encuentran las mejores olas del planeta. Teníamos que llevar provisiones de alimentación, mosquiteras, no había nada. Éramos dos japoneses, un canadiense; Remi, mi hermano francés, y yo. En ese lugar la gente muere por malaria o por cocos que caen de las palmeras; hay demasiados cocos. En ese momento no me di cuenta, pero la historia comienza ahí. Volví del viaje, llegué a Nueva Zelanda y seis meses más tarde caí en coma de la nada. Me levantaba un día, y al otro día estaba en coma. Me levantaba un día, y al otro día en coma. El doctor me dijo que tenía una inflamación cerebral; comencé a alucinar. Veía que la televisión se derretía.

Y estaba solo y estaba al punto de morir. Ellos abrieron mi pasaporte y se dieron cuenta que había visitado Indonesia. Mandaron los exámenes a Indonesia y los regresaron de vuelta y dio positivo. Todo había sido porque me picó un mosquito. Lo único que quería era ver a mi madre por última vez antes de cerrar los ojos. El doctor pidió mi pasaporte porque estaba agonizando, me dijeron que un día más y moría. Me dieron medicamentos, y cuando me mejoré me di cuenta de que ser un nómada es chévere, pero tiene un precio. Es muy duro estar lejos de tu familia, de tus costumbres, cuando no sabes qué te puede pasar. La idea de que te puedes ir mañana y no ver a la gente que te quiere por última vez es atroz. Es lo mismo que siento cuando estoy lejos de mi mujer y mi hijo.

Después de todas las aventuras, de surfear, de dejar la montaña llego a mi casa y estoy solo. Vivir las aventuras es bacán, pero la felicidad es mucho mejor cuando es compartida.

LA COMPASIÓN

Esto fue este año. Yo estaba filmando para Nómad-A, en Salango, cuando escucho unos llantos y unos gritos. Yo pensaba que era un niño el que lloraba, pero eran cinco gatitos recién nacidos que una persona desalmada había al agua. Corrí a ver a los gatitos, les di respiración boca a boca. Tres de ellos estaban clínicamente muertos y se salvaron. Fue compasión porque a mí me da mucha pena cuando un perro o un león ataca a alguien y lo mata, pero nosotros matamos a tantos seres vivos.

Tanto nosotros como ellos debemos tener las mismas reglas. El amor hacia la naturaleza se debe reflejar en el amor que tenemos los unos hacia los otros. La compasión de los otros hacia mí la siento día a día. He conocido a más personas que me han querido dar una mano que personas que me la han negado. Una vez llegué a Alemania y no hablaba el idioma, pero la persona me entendió. Yo quería ir a la casa de alguien, y él pagó por mí diez euros a un taxi para que me llevara. Eso pasa día a día. La compasión de mis amigos, de recibir a un equipo de trabajo de seis personas a donde yo voy, sin cobrarme, llevarnos a comer. Yo puedo vivir día a día de invitación gracias a la gente que he conocido. Tal vez, en estos momentos no tengo nada en el bolsillo, pero cuando yo ofrezco mi amistad o te doy la mano lo hago porque me nace. Cuando yo vivía en Nueva Zelanda o vivía en Japón a mí no me importaba que tú llegaras a la madrugada, yo era feliz de poder darte una comida, un sofá, una cama. Es lo menos que puedo hacer por cualquier ser humano. Y es como un bumerán. Tú tiras el bumerán y regresa a ti. Si tiras el bumerán a matar va a volver a matar. El que a hierro mata a hierro muere; es karma, la ley del universo.

 

raul cabrera foto de Andres Francov

La residencia fantasma


Publicado en la revista Mundo Diners de agosto de 2012

Los eventos narrados a continuación ocurrieron en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finales de 2010, el año da sus últimos pasos. Los días en Guayaquil son siempre bulliciosos, caóticos, pero no pasa nada aquí. Mucho ruido, ninguna nuez. En esta Babel uno podría morir de calor o aburrimiento cualquier tarde. La maldición de Mano Negra se cierne nítida sobre mi cabeza: Guayaquil city gonna kill you, baby. Siento que este puerto frenético y caliente me aplasta como un enorme zapato a un grillo. Necesito huir. Googleo una residencia para escritores. Busco un lugar para escribir mi primera novela. He adelantado algunos capítulos, pero esta ciudad no me deja avanzar. Guayaquil estrangula la poesía.

Encuentro una residencia en un pueblo de Castilla – La Mancha, que pinta bien y ofrece becas. Pienso que la tierra de Cervantes debe ser un lugar inspirador. Recuerdo aquella novelita El coloquio de los perros. Cipión y Berganza son dos perros que cuidan el Hospital de la Resurrección, en Valladolid. Por la noche, a los animales se les suelta la lengua. Berganza es un vagabundo que ha rodado por Sevilla, Córdoba y Granada antes de llegar a Valladolid, y se divierte relatándole a Cipión las peripecias con sus amos. Yo quiero recorrer España como aquel perro. Envío a la residencia un bosquejo de mi novela, lo aderezo con relatos y poemas, y pido una beca.

Al cabo de tres semanas me llega un mail de la Universidad Rural Internacional que, según dice en su sitio web, es la institución que gestiona la residencia. Me informan que mi solicitud ha sido aprobada entre cientos de solicitudes enviadas de 30 países. Me dan “una beca que consiste en el 75% de la reducción del costo del alojamiento”. Quiero viajar cuanto antes, y quedarme el mayor tiempo posible: seis meses. Me indican que antes de gozar de la beca, debo pagar 500 euros por la inscripción –incluye gastos de gestión, un seguro de accidentes y tasas–. A cambio, ellos me ofrecen un lugar cómodo, alejado del mundanal ruido, con todos los servicios, Internet satelital, talleres, intercambios con artistas de todo el mundo, una riquísima vida cultural en un enclave de ensueño. Dejo a mi gato encargado y el 11 de junio de 2011, con una mochila roja y mi portátil, parto para las Españas.

Desde Madrid, me embarco en un bus rumbo a Albacete, la ciudad más cercana a Alcalá del Júcar, el pueblo donde queda la residencia. “Albacete, caga y vete”, así dicen. Y, la verdad, es que largarse rápido de aquí es lo mejor que uno puede hacer. La estación de buses está llena de moscas. Tomo una combi, porque para Alcalá no van buses ni trenes, ya que es un pueblo perdido, adentrísimo diría el montubio. Después de recorrer unos 40 minutos con los ojos bien abiertos, aquella visión  aparece: la hoz del río Júcar. Se trata de un valle, flanqueado por paredes altísimas, exorbitantes, de roca pura, que forman el cauce de un río de aguas tornasol. Una belleza que hay que ver para creer.

Pero la residencia no queda en el pueblo, sino en una aldea alta llamada Casas del Cerro, donde viven unas 200 personas. Llego hasta allá en un auto que hace de taxi. En el trayecto pienso en lo hermoso que es este lugar, y en lo que leí en el sitio web de la Universidad Rural: “esta residencia está convirtiendo a esta pequeña localidad de Castilla – La Mancha en la meca del arte”. “Muy poco conocida más allá de su entorno, la iniciativa ha alojado ya a cerca de 200 artistas de cuatro decenas de países de los cinco continentes”, dice una nota, publicada en 2009, en el diario La Verdad, de Murcia. Lucas Carrión Vázquez, un escultor valenciano que se hace llamar Lucas Karrvaz, es quien dirige la residencia.

Lucas es un artista del reciclaje. En sitios públicos de Valencia ha montado enormes esculturas hechas con chatarra. Su biografía cuenta que sus obras también están en el Museo Vaticano y en Palacio de las Naciones, en Ginebra. Con sus 65 años, cabellos blanco platino, modos agradables y su sonrisa fácil y ligera, me espera en la puerta. Con minuciosidad, me muestra la residencia. Mientras tanto, me cuenta cómo él y otros entusiastas construyeron este lugar, cuando aquí no había nada más que el cerro.

Entramos a varias habitaciones, me explica cómo funcionan la cocina, la ducha, los espacios comunes. La casa que él ocupa está conectada por un pasadizo a un hostal rural, también de su propiedad, al que suele llegar mucha gente sobre todo en verano. Los dormitorios de los artistas quedan del otro lado, yendo por un camino de piedra. Lucas me instala en un cuarto-cueva, cuya pared es de roca pura. Es pequeño, pero me gusta porque parece la cueva de un hobbit. Sin embargo, hay algo que me molesta: Lucas no me mira a los ojos.

A medida que recorremos el lugar, me voy dando cuenta de que aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿Dónde están todos?, le pregunto. “Ya vendrán”, me contesta despreocupado y sigue hablando de cualquier cosa. Al atardecer, me lleva a conocer el pueblo. Me cuenta que su proyecto “Stars for Peace” quedó finalista entre 85.000 ideas para realizar el monumento en memoria del 11S, en Nueva York. Me impresiona el lugar y también lo que me dice, sin embargo, sigo inquieta. La idea de que estamos solos en aquella enorme residencia me perturba.

Caminamos sobre el puente romano que cruza el pueblo, debajo corre tranquilo el río Júcar. No te fíes de él, me dice. Es un río de temer. Ha provocado muchas inundaciones y muertes. Pero te puedes bañar en la playa, cuando quieras. El río Júcar nace en la Serranía de Cuenca y en su paso por la Manchuela, crea un escarpado paisaje conocido como el Cañón del Júcar. Es un trayecto sinuoso, hundido en una gran garganta, donde el río se contonea entre barrancos y crestas calcáreas. El Júcar desemboca en el mar Mediterráneo.

Lucas me lleva a cenar a un restaurante que tiene un mirador. Me quiere presentar al Diablo, un personaje pintoresco de la comarca y dueño del lugar. Pero esta noche no ha venido. Desde ahí puedo contemplar las luces encendidas del hermoso castillo medieval, hecho por los árabes en el siglo XXI, la joya más preciada de este pueblo. Al día siguiente, recorro la aldea. Voy a la tienda, compro pan, queso, jamón, jugo. La dueña, Rosa, me mira extrañada. Me pregunta dos veces si yo soy la que está en la residencia de Lucas. Otras mujeres entran, me miran de reojo. Rosa me informa que los miércoles pasa el camioncito de la fruta y los jueves el de los vegetales. Me dice que cualquier cosa que necesite, no dude en avisarle. Su marido es Rubén, el dueño del taxi que me fue a recoger. Esa noche ceno en el bar de la aldea, el único que existe. Esto es la España profunda, pienso, mientras veo el deplorable panorama: un toro agonizante en la televisión, mientras un público eufórico grita vivas al torero; gente que bebe amodorrada, otros gritan de esquina a esquina en un castellano cerrado y difícil. Un par de vejestorios panzones con la camisa abierta, bebedores insaciables de vino, se sientan en mi mesa sin pedir permiso, e intentan seducirme a punta de chistes triple X. Casi no entiendo lo que dicen, escupen restos de comida cuando hablan.

Me salva el primo de Lucas, que también se llama Lucas, pero es constructor. Es un hombre de unos cincuenta años, robusto, colorado. Es normal que los hombres te quieran levantar, me dice, eres guapa, y por estos pueblos nunca llegan mujeres solas. Machistas de mierda, digo en voz baja. Empiezo a pensar que no soportaré a esta gente seis meses. Lucas, el constructor, me lleva en su camioneta de vuelta a la residencia, me pide mi número de teléfono y se pone a las órdenes. En dos días me voy a Valencia, me informa Lucas cuando regreso. Pero antes debes pagarme el 25% que no cubre la beca. Son 10 euros por cada día. Le pago la mitad, 900 euros por tres meses.

Con la idea de entrar al castillo, al día siguiente me levanto a las ocho de la mañana. Bajo la pendiente de 500 metros que hay desde la residencia hasta la carretera que lleva al pueblo. El camino es áspero, está lleno de cardos pinchudos que me arañan las piernas, pero el bosque de pinos y chopos me fascina. Sigo las marcas amarillas, verdes y rojas que algún otro viajero dejó para señalar la ruta. Veo a lo lejos cómo el pueblo se desparrama sobre los cerros, cómo juega a no caerse al abismo. Es un pueblo de casas blancas y gente campesina que habla a grandes voces por las callejuelas estrechas y mira con desconfianza a los extranjeros. Casi todos son viejos, no hay niños.

La mayoría de las casas tiene una cueva en su interior. Estas cuevas las habitaron en distintas épocas árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, lo que sí queda en la cima del murallón es el inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando jugaba a que era una princesa esperando el beso de un jinete que había recorrido el mundo en mi búsqueda. Mientras pienso en estas tonterías, subo peldaño tras peldaño, bañada en sudor, hasta el castillo. Ahí está Pablo, el chico que lo custodia. A Pablo le parece increíble que yo haya viajado desde Ecuador para venir a una residencia de artistas que, según dice, hace tiempo está cerrada. Nadie se ha alojado ahí hace años, asegura. Se me hiela la sangre.

¿Cómo dices? Sí, yo pensé que ya nadie podía entrar, no sé cómo es que te han aceptado. Karrvaz tuvo algunos problemas, hubo quejas de artistas y abandonó el lugar. ¿Y a dónde se fue? Vive en Valencia con su mujer. Me quedo atónita. Bajo del castillo y entro a un lugar llamado La Cueva del Diablo. Juan José Martínez García, a quien todo el mundo conoce como El Diablo, está en la puerta. Es un personaje estrambótico: larguísimos bigotes a lo Dalí, fajín de torero, mirada de pícaro y manos largas. Me lleva a conocer su guarida: una enorme cueva que funciona como sitio turístico y bar. Enseguida se insinúa, dice que si lo necesito puede comprarme un celular. No, gracias, ya tengo uno, le contesto. Entonces, puedo darte trabajo en mi local, propone. Te pagaré 50 euros diarios. Lo pensaré, le digo. El Diablo es un tipo con dinero habituado a comprar los favores de las mujeres, a escondidas de su esposa. Una señora de bigotes y aspecto temible: la verdadera dueña de su fortuna. Me lleva en su convertible rojo de regreso a la residencia y me invita, el día que yo elija, a conocer los pueblos aledaños.

Me voy contigo a Valencia, le digo a Lucas a la mañana siguiente, con una pequeña mochila al hombro. Pero niña, ¿qué vas a hacer allá?, me pregunta evidentemente incómodo. Veré a unos amigos, pasearé. Tú solo déjame en el centro. Por mail, Lucas me había dicho que la residencia era regentada por la Universidad Rural, que es la institución que concede las becas. La que pone el dinero para mantener el lugar es la III Milenium Corporation, con sede en Wilmington, EE.UU.. Cuando subía del pueblo, vi un letrero alto que decía: “Universidad Rural Internacional”. Debajo del letrero y en los alrededores no había nada. ¿Dónde queda la universidad, Lucas? le pregunto, mientras él conduce.

Vamos por la ruta de los molinos de viento, no los viejos del Quijote, sino los modernos que producen energía eólica. ¡Ah! Eso es un proyecto que tengo en mente, pero aún no tenemos un lugar físico, por ahora solo existe en mi cabeza, responde como si nada. Pero, Lucas, ¡tú me enviaste papeles, supuestamente oficiales, con el sello de esa universidad. ¡Yo pensaba que esto era algo serio! No contesta. Se queda callado, con cara de ofendido. Se agarra constantemente el hombro derecho. Me había contado que tenía una dolencia y debía ir a Valencia para hacerse tratar. Hace muecas de dolor. Yo hago muecas de rabia.

¿Y dónde está la gente?, insisto. Se supone que esta es una residencia de artistas. ¿Por qué no hay nadie? Ya te dije que no han venido aún, dice enojado, sin mirarme. Ya vendrán. Pasamos Requena, la ciudad de los vinos. En una hora y media estamos en Valencia. Me alojo en un hostal, donde comparto la habitación con dos chicos gringos guapísimos que no tienen ningún problema en desvestirse delante de mí.

Por medio de mi amiga María Fernanda conozco a Tony, un periodista valenciano que me muestra la ciudad y me lleva a su barrio, Rusafa, donde conozco a sus divertidos amigos y a sus perros. En España la moda de andar con los perros a donde sea que uno vaya es detestable. Pero si no hubiese sido así desde tiempos inmemoriales, Cervantes tal vez no habría creado al magnífico Berganza. Es verano, fin de semana y estoy en la costa del Mediterráneo. Y, en España, aunque haya crisis, la diversión es ley.

Mi amigo Carlos, de Barcelona, baja a verme. Nos conocimos hace siete años en Buenos Aires, una ciudad que disfrutamos a fondo. Después vino a visitarme a Ecuador y lo llevé a Montañita. Hemos dormido juntos muchas veces, sin tener sexo porque él, muy a mi pesar, es gay. Carlos conoce poco Valencia, la descubrimos juntos, nos divertimos como siempre. Carlos me acompaña de regreso a la residencia. Lucas está ocupado instalando a una gran familia en su hostal. Nos habla apenas. Este tío es raro, parece que esconde algo. No mira a los ojos, me dice Carlos. Bajamos al pueblo.

Mientras conversamos y comemos pistachos nos terminamos tres botellas de vino rosado. Nos da calor y nos metemos a nadar al río. Chapoteamos borrachos. Subimos a la residencia, metemos una pizza en el microondas y cantamos canciones de Manolo García. Lucas ni nos mira. Carlos se va al día siguiente. Y, cuando me doy cuenta, Lucas también se ha ido. Me quedo sola en este lugar enorme que empieza a parecerme siniestro. Intento conectarme a Internet y no funciona. Tampoco hay teléfonos ni televisión.

Si quiero comer, debo ir al  bar de la aldea, donde me acosan los viejos morbosos, o me miran con tirria sus mujeres. Son grandes y barbudas. Pero también hay gente decente que me pregunta qué hago en aquel lugar abandonado. Yo vine a escribir un libro, les digo. Me miran preocupados. Pienso que ellos saben algo que no quieren decirme. Hay mucha familia de Lucas regada por la aldea; nadie me quiere decir nada. Salvo Miguel, un pintor mexicano que llegó hace años a la residencia y, al ver que no era lo que él esperaba, se buscó un trabajo en el pueblo. Se casó con la dueña del bar. Esa residencia es una estafa, vete cuanto antes de ahí, me dice en voz baja para que su mujer no escuche, mientras lava unos platos. Nadie quiere problemas con Lucas, me avisa. Yo prefiero no volver al bar. Me alimento de pan, queso, jamón y cerveza que compro en la tienda, también de fruta cuando viene el camioncito. Solo los pájaros hacen ruido por las mañanas. El resto del tiempo el  silencio es crudo.

Una noche, mientras intento escribir en la cocina, entra Lucas, el constructor, sin avisar. Me da un gran susto. Se sienta y dice que ha venido a buscarme, porque no me vio más en el bar. ¿Cómo entraste?, le pregunto.  Cualquiera puede entrar, no hacen falta llaves. Así mismo lo ideó Lucas. Estoy sola e incomunicada en un lugar inseguro. Intento no quedarme todo el día en la residencia. Bajo al pueblo y nado en el río. Un día veo que un hombre de piel oscura me sigue. Me observa mientras nado, arrimado a un árbol. Cuando salgo del agua, le pregunto qué quiere. Acompañarte, me dice, en un castellano extraño. No quiero compañía, le contesto. Mientras subo el cerro, viene detrás de mí, como un sucio perro. Dice que es el pastor de las ovejas. Ahora entiendo por qué huele tan mal. Las he visto en la cúspide de la montaña. Soy marroquí y tengo papeles, repite una y otra vez. El sol me pega con fuerza en la cara. No tengo mujer y busco una, dice. Yo intento no prestarle atención, y ocultar lo mejor que puedo el miedo.

Otro día, El Diablo me lleva a conocer los pueblos cercanos, pero en lugar de guía turístico resulta ser un pervertido. Al principio, me trae rosas que él mismo cultiva, incluso me ofrece prestarme uno de sus carros –no sé conducir, le digo–. Cuando ve que fracasa en sus intentos, va al grano: me ofrece dinero a cambio de que, por lo menos, le permita “verme desnuda”. “Tú no tendrás nada que hacer, soy eyaculador precoz”, me dice. La angustia empieza a apoderarse de mí, no me deja escribir ni dormir. Duermo por las mañanas, porque en las noches siento que rondan la residencia y prefiero estar alerta. No tengo a nadie con quién hablar.

Pasan no sé cuántos días, y al fin Lucas reaparece. Me dice que me calme, que está por llegar una pintora argentina. Con Ayelén llega la luz. Es una linda cordobesa, muy creyente en Dios y la Virgen, que dibuja mandalas. Lucas la recibe y regresa a Valencia. En este lugar no hay ni un ama de llaves, ni un guardián, ni un perro que cuide, le cuento a Ayelén. Y el pueblo está lleno de viejos cochinos. ¿Y cuánto tiempo has estado aquí?, me pregunta. Saco las cuentas. Tres semanas… ¡21 días! Son las once de la noche, estamos sentadas mirando el castillo encendido y planeando cómo hacer para que Lucas nos devuelva el dinero, cuando, de repente, un hombre se para a nuestro lado. Gritamos del susto. Es David, otro mexicano que, igual que su paisano del bar, un día llegó a la residencia y se quedó viviendo en la aldea.

Vine a invitarlas a almorzar mañana en casa de Lucas, el constructor, nos dice. Aceptamos. También nos previene: deben encerrarse con llave, porque ha habido robos. Esa puerta que ven ahí –nos señala la puerta de la cocina, donde yo suelo escribir- está dañada, porque intentaron meterse. Al día siguiente, David pasa por nosotras a la hora del almuerzo. Nos lleva a casa de Lucas. Pero el almuerzo no es ahí. Subimos en su camión y nos lleva por un camino de tierra, apartado. Bajamos en una estepa. ¿Qué es aquí?, preguntamos. Esta es mi casa de retiro, donde me escondo de mi mujer, dice el muy sinvergüenza. Entramos y vemos con sorpresa que las paredes están llenas de fotos de chicas desnudas.

Es un bulín, un cobertizo escondido. Hay herramientas y huele a aceite de carro. Lucas y David insisten en que bebamos vino. El español empieza a contar chistes sexuales, mientras el mexicano se ríe de cualquier cosa. Ayelén y yo nos levantamos. Ella está furiosa. Ahora mismo nos largamos de este pueblo, dice y me agarra de la mano. Salimos casi corriendo. Ellos van detrás de nosotros pidiendo que volvamos.

Hacemos las maletas. Salimos a la carretera, tomamos el bus rumbo a Valencia para encarar a Lucas. Lo citamos en un café del centro. Al principio, el hombre está reticente a devolvernos la plata. Pero sabe que soy periodista y le recuerdo que tengo amigos en medios, en España. Lo amenazamos con sacarle una nota en la prensa. No le queda más remedio que ceder. Nos devuelve todo el dinero. Ayelén se va para Barcelona. Ese mismo día, en Valencia, conozco a Sergi Tarín, un periodista de mi edad que busca compañero de piso. Sergi es alto, rubio, de ojos grandes y largas pestañas. Me muestra el departamento, que queda en el quinto piso de un vetusto edificio de gitanos. La vecindad es mala, el lugar es pequeño. Pero eso no importa: el Mediterráneo está a dos cuadras y desde el estudio hay una impresionante vista del mar.  Sergi es amable, tiene una enorme biblioteca y le encanta el vino. Me quedo, le digo. Y es aquí donde escribo Pedro Máximo y El círculo de tiza, mi primera novela.

“Cuando suena la claqueta, me pongo en el dato de ser yo mismo”


Entrevista a Andrés Crespo Arosemena

El sol es huidizo en el País Vasco. El cielo sobre la playa de La Concha suele estar encapotado, la gente va con paraguas y sobretodos, se mete en los bares para calentarse con un buen trago de pacharán. El domingo 18 de septiembre, a las siete, se estrenó Pescador en la 49 edición del Festival de San Sebastián. La ciudad estaba nublada y fría. Después de hacer una larga cola, mis amigas y yo estábamos listas para entrar a la función. Me topé con Sebastián Cordero en la puerta. Andrés está por llegar, me dijo. Adentro, 600 personas bullían en la sala del Kursaal, sede principal del Festival. La noche pintaba feliz.

Pescador, el cuarto filme de Sebastián Cordero, es el primer largometraje en el que Andrés Crespo es protagonista. En la ficción hace de Blanquito, un treintañero que vive con su madre en el Matal, un pueblo pesquero de Manabí. Un cargamento de cocaína aparece un día en la playa, y eso le abre la oportunidad de viajar en búsqueda de un comprador. Imagina una mejor vida y conocer al padre que lo abandonó de pequeño. Pero las cosas no son como parecen.

La primera vez que Andrés vio Pescador terminado fue ese domingo en el Kursaal. La presentó junto al director, parecía nervioso, pero el aplauso sostenido de la gente lo reconfortó. La sala se mantuvo llena las tres veces que se proyectó la película. Ahora es noviembre, estamos en la sala de la casa de Andrés, en Lomas de Urdesa. En Guayaquil hace un calor maldito, como de costumbre. Junto a él está Francisco Santana, un viejo amigo.

El de San Sebastián es de los mejores festivales del mundo. ¿Para ti era impensable?
Yo no puedo juzgar esas cosas porque estoy adentro de la película, el director es Sebastián, él es el que conoce todos esos mundos. Pero cuando vi la película completa me gustó muchísimo, creo que quedó bien terminada. Cordero es implacable, su tecla en edición es increíble, no perdona nada. Es la economía del arte llevada al extremo.

Andrés es surfer, guionista y actor. También, el mayor de cuatro hermanos. Su padre es el político Andrés Crespo Reinberg y su madre, Catalina Arosemena, una de las mejores y más estrictas profesoras que ha tenido la escuela de Literatura de la Universidad Católica de Guayaquil. La manera en que Andrés se convierte en actor de cine es extraña. Tal vez, todo empezó en la playa.

¿Cuándo te fuiste a vivir a la playa?
A los 20 años. Allá conocí a la madre de mi hija, nos pusimos un restaurante. Viví siete años, primero en Manglaralto y después en Olón. Pero antes ya había ido a Montaña. Me acuerdo que a los 14 años, en 1984, mi viejo me llevó para que vea la vida en una campaña política.

¿Qué hacías?
Yo fui con mi tabla y me metí a surfear. Montaña era el cliché; estaba limpio y no había nadie, la gente se bañaba desnuda. Era un cerro nomás, no había hoteles. El pueblo quedaba más allá y tenía un solo restaurante, era increíble.

¿Y antes de eso qué habías hecho?
A los 18 trabajé en una agencia de viajes en Guayaquil que era representante de Japan Airlines. Ahí me gané un boleto y me fui a Indonesia, solito. Mi papá me regaló una luca. Me fui a pensar, estuve seis meses entre Indonesia, Tailandia y Singapur viajando con eso. En esa época costaba dos dólares una cabaña por una noche. ¡Imagínate! con mil dólares yo era millonario. Llegué pensando en quedarme en Bali. Pero estando allá me di cuenta que nada que ver, con esta plata qué me voy a quedar aquí, pensé. Allá me di cuenta de que era un montubio y de que lo correcto era moverme por el sudeste asiático sin paro. Y eso hice.

¿Era la primera vez que salías del país solo?
Solo sí, era la primera vez. Y ni más. Nunca más creo que he viajado solo, más que a Cuenca. Pero antes yo viví en Tokio un año. Eso fue cuando tenía diez años, porque mi papá era embajador de Jaime Roldós. Yo regresé de Japón a Ecuador cuando se murió Roldós. Mi viejo regresó para ser Secretario General de la Administración, en el gobierno de Hurtado.

¿Qué recuerdas de Tokio?
Yo fui a una escuela pública primero un trimestre, donde solo se hablaba japonés. Cuando salí, yo sabía japonés, sino que después me olvidé. De pelado uno es una esponja. Después viví un año en Miami mientras mi viejo era Secretario General.

Era un político de carrera
Mi papá en esa época era un guerrero antisocialcristiano poderoso. Sus convicciones en mi casa se sentían en el aire. Llegó un momento en que León lo metió preso. La Revolución Ciudadana como la conocemos hoy en día no existiría si no fuese por gente como mi viejo.

¿Y a ti no te dieron ganas de ser como tu viejo?
Yo sí tenía ese conflicto de pelado porque el hombre era muy grande, tenía una sombra extensa. Al verlo en la televisión, yo sentía como rebeldía, como rechazo, pero admiraba su combate. De ahí me fui a estudiar Leyes, y eso no caminó, simplemente no caminó.

¿Por qué Leyes?
Porque no había nada más que estudiar. Era una estupidez. No habían facultades de diseño, de arte, de filosofía, de nada. Eras ingeniero, arquitecto, doctor o abogado, no había nada más.

¿Y tú qué querías ser?
No tenía idea. Conversé con mi mamá, y me dijo ¿qué quieres estudiar? Yo dije: Leyes. Mi vieja preguntó por qué. Y le dije: porque no hay más. Y mi viejo dijo lo mismo, él es abogado pero nunca le gustó, simplemente lo hizo porque no quedaba otra. Pero imagínate esto: mi papá estudió actuación y yo me enteré de esto hace un par de años. Mi mamá lo acompañaba a esos cursos de actuación que daban en algún lado.

¿Había ambiente bohemio en tu casa, cuando eras niño?
En los 70 sí se farreaba en mi casa, pero no mucho. Mi papá era coideario de Carlos Julio Arosemena. Fue de los primeros que con Carlos Julio fundó el partido nacionalista revolucionario, el PNR. En mi casa había un activismo intenso. Pero no había tantas tertulias. No es que fuesen zanahorias, pero no eran como somos nosotros ahora.

¿A qué edad empezaste a chupar?
A los 13 años.

¿Dónde vivías?
Yo he vivido en once casas en Guayaquil, todas en Urdesa. Siempre he vivido en este barrio. Creo que cuando yo era chico el salado apestaba menos.

¿Y cómo fuiste conociendo Guayaquil?
Me enamoré de una amiga que vivía en Sucre y Chimborazo. Comencé a ir allá y atrás, a las cinco esquinas, cuando tenía 16. Ahí yo entendí que había otro Guayaquil, otra gente, otra forma de ver las cosas.

¿En qué colegio estudiaste?
Estuve en el Javier, en el Indoamérica y en el Urdesa. Me botaron del Javier en cuarto curso. Yo le decía a la gente: Cómo te vas a quedar en el recreo haciendo deberes, loco, si la vida es otra cosa. Eso no caía muy bien.

Eras un niño despierto, tal vez porque viviste en Tokio
Sí, cuando regresé de Tokio para mí fue duro porque me di cuenta de que Guayaquil era una fucking jungla. Era como súper primitivo el dato de mis compañeros, la forma de ser de todos nosotros. Y no era que extrañara la civilización ni que me pareciera chévere cómo viven allá, porque viven para trabajar y se suicidan todos los días. Pero el haber estado afuera sí me dio un poco de perspectiva. Una perspectiva un poco autodestructiva, pero perspectiva al fin y al cabo.

¿Entonces los curas te botaron por decir lo que pensabas?
No, yo era mal alumno. Era Fima, no había Filosófico Sociales, porque, según los curas, había ya muchos abogados y pensadores, y tenían que tecnificar a la población. Pero en el Indoamérica ya me cambié a Sociales y me gradué en Sociales.

Santana: En el Indoamérica, ahí fue que conociste a (Jimmy) Mendoza.
Claro, en quinto curso del Indoamérica. Desde ahí somos panas.

(En 1995, Jimmy Mendoza y Francisco Santana pusieron el bar Palo Santo, al sur de la ciudad. Ese bar fue como el germen, el inicio de la movida alternativa en Guayaquil. No había artista o persona relacionada con el arte que no fuera a aquel antro. Después, Jimmy Mendoza y Andrés Crespo montaron el Palo Santo II, el primer bar contemporáneo en el centro de Guayaquil. Quedaba en Baquerizo Moreno y Junín, al frente del horroroso hotel Pauker. Santana lo recuerda como “un lugar maravilloso, altísimo, tenía terraza, era gigante, la gente se quedaba dormida ahí”. En ese bar pasaron cosas tan raras como que a la inauguración fue el alcalde Jaime Nebot, se presentó Luis Rueda con Aladino y se hizo el lanzamiento del libro Señas particulares, de Jorge Enrique Adoum. Solo duró un año. “Por alcoholismo. Porque Jimmy y yo bebíamos demasiado y no cuidamos el sitio como debíamos, entonces, comenzó a degenerar el espíritu del bar. Pero fue heavy. Era bien salvaje”. Mendoza los presentó a Santana y a Crespo hace 18 años).

¿Cómo eras en esa época de colegio?
Me sentía… perdido. Estaba indignado con Guayaquil, no sabía qué iba a hacer porque no tenía ejemplos a mi alrededor. Yo de chico no conocía a ningún artista. Recién a los 20 años comencé a conocer a pensadores que tocaban música como Juan Carlos González, Hugo Idrovo. No tenía una cultura más amplia, una cultura que me brindase posibilidades de hacer algo interesante con mi vida.

¿Hasta cuándo viviste en la burbuja?
A los 14 años comencé a ir al sur, al barrio del Centenario. Sentía que era una zona con personalidad, con fuerza. Ahí comencé a conocer a esa gente del barrio del Seguro. Fue una época bella y desastrosa a la vez, los 80. Yo no tenía muy buena conducta. No me enorgullezco de eso, la verdad.

¿Y tus padres qué pensaban de eso?
Me ayudaban en todo lo que podían, pero no estaban en mi contra, porque mis viejos eran distintos. Teníamos una idiosincracia bien extraña, si es que teníamos alguna.

¿Qué leías de chico?
Leía de todo, Vargas Llosa, Hermann Hesse, Echenique, Donoso. Devoraba todo lo que mi mamá me daba y lo que encontraba por ahí. Leí biografías, de Elvis Presley, de Winston Churchill. Harta II Guerra Mundial también.

¿Cuándo empezaste a escribir?
A los 25 años, en la playa. Yo estaba leyendo Sueño de Lobos, de Abdón Ubidia y se me metió en la cabeza que tenía que hacer una película del libro. Y me di cuenta que no había cine nacional, y en mi mente ingenua pensé que iba a ser un magnate del cine, iba a ser un productor taquillero, lo máximo. Y lo busqué a (Jorge) Martillo, que era alumno de mi mamá, para que me ayudara. Martillo era un ídolo. El man prácticamente me ordenó que escribiera el guión. Entonces, me compré un libro sobre cómo escribir guiones de Syd Field y me tiré unos meses escribiendo, en Olón. Y nunca pude hacer la película. Imagínate: si hoy en día es jodido hacer una película, como era en esa época.

¿Después de eso qué escribiste?
Niño Danny en 1999, que es el primer corto que hice. Es una historia de un niño que se enamora de su empleada. Costó 15 millones de sucres, mi viejo me dio ese billete. Lo pasamos en un festival de cine arte. En mi ilusión yo pensaba que iba a pasar algo más, pero estaba verde todo todavía. Pero ya estaba metido en la idea de aprender sobre el cine.

¿Y qué hiciste para aprender?
Hacer. Después hice cuatro cortos más. Simplemente me quedé haciendo cortos.

¿No sentías que era una inversión que no generaba ninguna ganancia?
Sí, y cada vez que terminaba un corto me prometía que no iba a ser otro, porque era un trabajo maldito, sudabas como hijueputa. Los hacía porque me gustaba, se me metía una idea y la hacía. Hice uno sobre una stripticera a la que iba a grabar al motel Mi Casa. Sonnya se llamaba. Era un culto a la personalidad de la man, era un bailarina tenaz.

¿De qué te mantenías en esos años?
Trabajaba en Pacifictel, puse una sanduchería en la zona rosa con un pana, etc. El corto que me ayudó fue uno que se llama Filo de tocador, que lo escribí con mi compadre Andrés Martínez. Es sobre un director de cine guayaquileño que hace una porno y con eso gana la palma de oro en Cannes. Y está basado en Filosofía de tocador, del Marquez de Sade. Era una historia porno en Guayaquil. En ese corto sí hay una propuesta estética, ahí ya, recién, entendí lo que estaba haciendo.

¿Cómo fuiste aprendiendo?
Acechando a artistas que me importaban. Iba aprendiendo de escuchar a la gente conversar. Yo me acuerdo de conversaciones entre Mendoza y Santana, por ejemplo. Yo los oía y decía: lo que tengo que tener es una propuesta como artista integral y no ser un pendejo. Yo soy un empírico absoluto, he aprendido las cosas que sé de oír a gente que ha estado a mi alrededor, artistas genuinos que yo valoro.

¿Y la primera película, como actor, cómo sucedió?
Eso fue con Cordero. Él me llevó a grabar un pedacito en Crónicas.

¿Cómo empezó tu relación con Sebastián?
Yo lo conocí a él el 3 de diciembre del 99 durante una función de prensa de Ratas. Yo trabajaba en Pacifictel y, como era mi cumpleaños, me paré y salí caminando y me fui al cine. Y como es así en Ecuador, yo simplemente saqué pecho, seguí de largo y entré a la función. Éramos once periodistas y yo. Ahí vi la película, y me quedé loco. Y ya seguimos siendo amigos con Sebastián, topando, conversando, chupando. Me vio actuar en el corto que había hecho, me llevó a lo de Crónicas, y luego habló con Juan Fernando Andrade, y pensó en mí para Pescador. Me llamó un día y me lo propuso.

Antes de Pescador, actuaste en Prometeo ¿cómo pasó eso?
Lo que pasa es que yo hago castings. Y cuando yo estaba haciendo el casting a Penélope (la que hacía de mi mujer), entró Mieles y me vio tirándole las líneas, y dijo este man se queda.

¿Te sientes actor de cine?
No en la manera tradicional, en todo caso. Pero como Sebastián y Mieles iban a confiar en mí me entregué nomás. Está basado más en la confianza de otra persona que en algo que yo haya creído o que me haya inventado. Yo no me inventado esta huevada, ellos se la han inventado.

¿Qué te pareció tu personaje en el guión de Pescador?
Cuando yo leí el guión, se me hacía difícil verme en los zapatos de esa persona. Yo sí veo que hay un salto del guión a la reinterpretación de Cordero. Él, con ese guión, hizo una propuesta estética para la película. Y yo puse mucho de mi parte en tratar de adecuar el personaje. Yo quería pararlo tieso, darle una especie de dignidad, porque es un personaje que pierde mucho, es un man que está muy jodido. Yo quería hacer de él un perdedor digno. Lo más chistoso es que lo que le pasó a Blanquito en la película era lo mismo que me estaba pasando a mí como persona, porque Blanquito se encuentra un pocotón de coca en la playa y a mí me llamó Sebastián Cordero para que sea el protagonista de su película. Es igualito.

¿Tenías miedo?
Nunca tuve miedo, pero tenía conciencia de que en cualquier momento podían decirme: estás hablando huevadas, tú no sirves. Pero me mostraba seguro. Como decía un pana que el papá le había enseñado a decir: mijo, cuando a usted le digan si sabe hacer algo para un trabajo usted solo diga ¡sí!, ya sea arreglar una cañería o poner sonido en un concierto. ¿Qué vas a decir que no, qué eres bobo, si te están ofreciendo un trabajo?

¿Y si no sabes?
Si no sabes en ese momento, vas y preguntas cómo se hace, cómo funciona y tratas de hacer lo mejor que puedas. Si, a la larga, lo que estás haciendo es entregarte a ti mismo. Y como actor, si tú no tienes miedo de entregarte a ti mismo, si no dudas de ti y no calculas, ganas.

Entonces, ¿no te costó el personaje?
Me costó el trabajo, eran días de doce horas de camello. Nunca había trabajado así. Pero hacer el personaje no me costó, porque yo no caí en el error de tratar de construirlo. Porque cómo voy yo a construir algo, si yo no soy actor, yo no sé construir personajes. Qué más iba a hacer, tenía que ser yo mismo. Cuando suena la claqueta yo simplemente me pongo en el dato de ser yo mismo. Eso también me enseñó Mieles, que es una nota que se llama “si es que…”. O sea, si es que tú estuvieras en esa posición qué harías.

Pero Blanquito es muy distinto a ti
Ni creas.

¿Crees que está pasando algo en el cine nacional?
Sí, claro sí. Yo he rodado cuatro películas que todavía no se han estrenado, cinco con Pescador. Después de Pescador, inmediatamente fui a Sin otoño, sin primavera, de Iván Mora; y después de eso fui a Tres, de Daniela Andrade y Anahí Hoeneisen; tuve un papel pequeño pero muy bacán en El Facilitador, de Víctor Arregui, e hice Es mejor no hablar de ciertas cosas, de Javier Andrade.

O sea tú tienes un oficio que ya existe en Ecuador, actor de cine
Sí, a veces hasta me parece que es mucho. Me están quemando estos delincuentes. Tres y El facilitador las rodé muy seguidas.

En Tres eres un policía y en El facilitador un político corrupto ¿cómo haces dos papeles diferentes a la vez?
Lo que pasa es que todo viene de la línea de la improvisación. Yo me meto mucho en los diálogos, los transformo y los adapto. En eso sí le hago a la disciplina. Yo no voy como loco a hacer solamente mi escena, sino que sé de qué se trata todo. Yo leo todo y entiendo todo y sueño toda la noche lo que está pasando en la película y cómo me gustaría a mí que se viera el momento.

¿Cómo te preparas?
Respiro mucho y bien cuando me están maquillando. No bebo nada los días anteriores para estar bien neurótico. Estás metido en un lugar, te tienen como dos horas en una silla, no te dejan mover. Yo trato de relajarme, de estar tranquilo, entregado. Y lo más bacán es que las películas significan muchísimo para las personas que las están haciendo. Muchas veces lo significan todo, son su vida.

¿Y si te proponen hacer un personaje que no tenga nada que ver contigo?
Muchos actores ven a la actuación como esto de convertirse en otra persona, hay manes que lo logran, actores gigantescos, por ejemplo, Manuel Calixto, era un ser camaleónico. A mí eso me da terror. Yo lo que trato es de ser yo mismo en una dimensión política. Porque cuando a mí me dan un personaje, la forma en que habla y las cosas que dice tienen una dimensión humana, social y política. Y a través de eso entro en el personaje.

¿Has hecho alguna escena emocionalmente difícil?
Una escena larga que hice en Tres, fue muy dolorosa. Cuando son así te quedas conmovido. A mí no me gusta estar solo después de rodar, no me gusta ir al hotel de una. Me quedo cerca del otro actor, si el director se va a chupar me voy con él, si el luminotécnico se va a fumar un tabaco lo acompaño.

Te queda como un vacío.
Eh, esa es la única palabra. Y según yo, para mí es mucho peor, porque como yo no tengo técnicas genuinas de actuación yo no me despego de una, me quedo así como traumadito.

Te puedes volver un poco loco.
A mí sí me hizo daño. Después de Pescador, tuve una mala época existencialmente hablando. Llegué a Guayaquil y bebía demasiado, estaba fuera de control, repetí mi conducta de adolescente. Me quedé desbalanceado como cuatro meses. Es como que te desconoces a ti mismo un tiempo, porque te alejas de ti. Y eso me ha estado pasando últimamente por actuar. Te olvidas de tus sufrimientos y de tus propios complejos, te olvidas de tu personalidad un poco, te quedas como un man vacío. No me quiero poner dramático, pero es la plena.

¿Estás dispuesto a pagar las consecuencias emocionales de actuar?
Sí, todas la verdad, no queda otra. Todas, no importa, porque los momentos son increíbles.

Tú has estado rodando, haciendo el programa de radio (Cabina 14, Deep Blue) y Gkillcity.com ¿Cómo nace Gkillcity?
Nace porque José María León quería abrir una página, y me dijo para que escriba y yo me comprometí de inmediato. Escribí el primer artículo de Gkill, que se llamó El estero. De ahí vino Xavier Flores con la demanda al Municipio con quien ya habíamos hablado mucho de política varias veces y nos embarcamos en esa nota. Gkillcity es pura química.

¿A dónde va, cuál es la idea?
La idea es que sea una ventana abierta para que sucedan cosas terriblemente buenas. Es como si haces una fiesta e invitas a todo el mundo. Es un peligro en el mejor sentido de la palabra.

¿Qué es lo mejor que podría pasar?
Que Guayaquil se transforme de alguna manera. Guayaquil es una ciudad un poco absurda. Está construida en un lugar equivocado, porque aquí hace mucho calor, y no hay mar. Y está entre un estero que lo hemos destruido los guayaquileños y apesta a mierda, y un río al cual no le hemos construido playa, no hay acceso físico al río. Guayaquil es un equívoco. Y me gustaría que a través de Gkillcity la gente se abriera más al prójimo. Los guayaquileños no sabemos conspirar entre nosotros para crear una mejor sociedad, estamos siempre peleando el uno contra el otro como el cangrejo en la olla. Sería interesante que cambie ese divisionismo. Creo que absolutamente todo lo bueno que pueda hacer la derecha en Guayaquil ya lo hizo. Tiene que haber un cambio de generación, porque la gente que está en el poder local piensa de una manera que ya no resiste ningún análisis. Lo que más quisiera ver es un equipo joven en la alcaldía.

¿Crees que hay una construcción falsa de la imagen de Guayaquil?
Siempre he pensando que a los guayaquileños nos dicen monos porque copiamos al otro, hacemos como el otro. Creo que esa es una mala cosa. Y creo que eso es lo que se está rompiendo, cuando el empleado ya no quiere ser como el patrón, ni el peón como el capataz ya estás hablando de otra cosa. En Guayaquil están naciendo individuos. Y ese ya es un camino.

Entrevista publicada en la revista Mundo Diners, abril 2012

Fotos de Francois Coco Laso

Foto de Ricardo Bohórquez

 

Crónica Original

El desahucio


 

El Cabanyal, Valencia

España por dentro

(Texto publicado en la revista Mundo Diners, febrero 2012)

Sergi, Adela y yo odiamos madrugar. Aún así hemos programado el despertador a las seis de la mañana. Es el jueves 22 de septiembre. El reloj suena con su chillido espantoso. Me levanto la primera. Miro el Mediterráneo por la ventana, preparo café. Los tres tenemos 33 años y somos periodistas. Sergi es mi compañero de piso, vivimos en el Cabanyal, el antiguo barrio de pescadores, en la costa de Valencia. Es un barrio jodido, uno de los peores, sino el peor. Vivimos en el quinto piso de unos sucios bloques. Tenemos por vecinos a gitanos, rumanos, okupas, yonkis, vendedores de droga. Por las noches, salen los adictos a la heroína como zombies famélicos. Las gitanas con sus críos en brazos piden caridad, duermen en terrenos baldíos. No me sorprende que los taxistas no me quieran traer. Este es el tercer mundo del primer mundo.

Sergi y yo no somos pobres. Estamos aquí como una forma de resistencia a un plan municipal que intenta –con bastante éxito- destruir el barrio. Una de las maneras que tiene de hacerlo es degradándolo. La alcaldesa quiero que la gente decente se harte y se vaya para poder derribar las casas y construir una avenida que lleve directo al mar. Un rentable negocio de los políticos del PP, con ella a la cabeza. Adela es amiga de Sergi y se ha quedado a dormir con nosotros para estar temprano en casa de Elsa, una mujer a la que el Ayuntamiento ha desahuciado. Sergi sube a youtube un vídeo con la entrevista que le hicimos a Elsa la noche anterior. Salimos, compramos bollitos para desayunar, caminamos unas diez cuadras y llegamos a la casa, en la calle Francisco Eiximenis número 28. Es un departamento de dos cuartos en un primer piso alto.

Elsa es argentina –del Chaco-, pobre, sin estudios. Llegó a Valencia hace 18 años, luego de girar por el mundo. Trabaja en el puerto, proveyendo de artículos de todo tipo a los marineros. Desde hace cuatro años vive en esta casa junto a su hijo, Xangó, de 16, pagando 300 euros de renta a la inmobiliaria Cabanyal 2010, una empresa del Ayuntamiento de Valencia, que la echa por haberse retrasado en los pagos, y porque vaciar casas para luego derribarlas en el Cabanyal es una práctica habitual.

Subimos. Ahí están sus cajas y los muchos trastos, ropa, libros y cosas que aún le falta por embalar y rotular. Se le han terminado las cajas. Salgo por más. Pregunto en la panadería, en la ferretería, avanzo hasta el mercado, le pido al señor de los pollos, al de las legumbres, nadie tiene cajas. Es muy temprano, regresa por la tarde, dicen todos. Por la tarde ya todo habrá terminado, pienso. A la una llegará el delegado del juzgado, según dice la notificación del deshaucio. Antes de eso, creemos todos, llegarán los policías, bloquearán la calle, no dejarán pasar a nadie. Subirán con sus toletes, tal vez nos golpeen y nos detengan, como ya han hecho otras veces con otros metidos que han intentado obstruir su paso, y han pretendido luchar contra los gorilas que llegan para destrozarlo todo. El año pasado dejaron en la calle a su vecina de enfrente. No solo la echaron, sino que llegaron con combos destruyeron la casa por dentro y tapiaron la entrada para que no se metieran los okupas. Con la casa de al lado hicieron lo mismo y, al final, la derribaron.

Lo que el Ayuntamiento hace es comprar las casas para luego destruirlas. Necesitan despejar la zona para ampliar la avenida Blasco Ibáñez, eso significa arrasar con más de cien casas y edificios del Cabanyal. “Tienes un año para irte -le advirtieron a Elsa-, porque en un año ya habremos tirado todas las casas de tu calle”. Pero ella no se fue. Se quedó hasta el final, y el final parece que será hoy. El año pasado ella vio cómo los policías le partieron la cabeza a varios de los que trataron de impedir el desahucio de su vecina, les pegaron hasta a los ancianos. La policía antidisturbios de Valencia es brutal, no se anda con juegos. Algunos dicen que van drogados a hacer estas tareas. Por eso hemos venido temprano, para que no nos impidan entrar a la casa, para estar dentro cuando ellos lleguen.

Regreso sin cajas y con vasos plásticos para tomar el café. La noche anterior, Sergi, un chico de la radio y yo le hicimos una entrevista a Elsa. El chico la pasó por la mañana en Malba, una radio comunitaria. Convocó a los vecinos, a los que quisieran venir a la calle Eiximenis para ver si entre todos deteníamos el desahucio. Lucía, una chica que vive de okupa en una casa cercana, nos dice que sellará la puerta para dificultarle el acceso a la policía. Que nadie podrá entrar ni salir. Adela se asusta, dice que no quiere vivir un momento violento, que ha visto cómo la policía golpea y que mejor se va, que estará con los demás en la calle. Bajan ella y otros. Decidimos quedarnos con Elsa y su hijo, Sergi, la okupa y yo.

La gente empezó a llegar pasadas las diez. Al principio, fueron cinco, luego diez, quince, cincuenta, en el mejor momento, Xangó contó ciento y algo. Con el paso del día, también llegaron los medios que habían sido alertados. Llegó El País, la Cadena radial Ser, el periódico Levante y otros. A Elsa la llamaron por teléfono de El Mundo y Las Provincias. También llegó el fotógrafo de Público, el diario de izquierdas para el que trabaja Sergi. Una abogada nos dice por teléfono que estemos tranquilos, que nos colguemos en el cuello alguna identificación y que, cuando entren los policías, digamos que somos periodistas claro y fuerte. Yo no tengo ninguna identificación, agarro la cámara de fotos de Sergi como un escudo. Los patrulleros de la policía local dan vueltas por las esquinas, inclusive pasan en medio de la gente, atravesando la calle. Miran y avanzan.

Cuando pasa la una de la tarde, el ambiente en la casa es de mucha tensión. Elsa llora constantemente, todos pensamos que en cualquier momento llegarán y derribarán la puerta. Tienen hasta las dos para llegar, porque a esa hora cierran el juzgado, me dice Xangó, que lleva una cresta y de grande quiere ser juez. Esperamos, con el corazón en la mano. Dan las dos. No llega la policía ni nadie del juzgado. Por hoy, nos sentimos ganadores, hemos logrado intimidarlos. Elsa sale al balcón, da las gracias a todos. Sois mis ángeles, les dice, llora.

Pero la sentencia es inapelable. El lunes a las ocho de la mañana suena el móbil de Sergi. Están echando a Elsa, me dice. Salimos corriendo. Cuando llegamos la calle está cercada. Una veintena de uniformados de la policía local, la nacional y la unidad antidisturbios nos impide el paso. Han derribado la puerta y han entrado con combos.

Desde fuera escuchamos cómo lo rompen todo, el baño, la cocina, las paredes. Elsa grita dentro de la casa. Le dan diez minutos para sacar sus cosas. Ella se resiste, una mujer policía la golpea. Se le quedan cosas adentro, ni siquiera dejan que se vista. Ella sale desesperada, en pijama, llorando, como un pájaro aturdido que no sabe qué hacer. En menos de media hora, la que antes era la puerta de su casa, se convierte en un agujero tapiado con cemento por donde jamás podrá volver a pasar.

Al otro lado del río


Reportaje publicado en Revista Mundo Diners #352
Por Marcela Noriega
Fotos: Amaury Martínez y Rafael Méndez Meneses

Cuando todo está oscuro y la Santay es un tibio silencio, el Tintín –un enanito cabezón que en las fábulas montubias siempre deja embarazadas a melenudas y cejonas- suele lanzar silbidos ululantes. Dicen que cuando le gusta una mujer es capaz de dormir a todos los que están alrededor de ella de un solo chiflido. Pero no solo el Tintín ronda en las noches, también están la Tintina –sobra decir quién es- y el Duende, ese que hizo huir a una chica de la isla, porque “la perseguía a todas partes”. Benito está sentado en un viejo tronco y cuenta historias de nomos encantados como si fueran viejas noticias. El sol está por caer. La superficie del río se agita, y él ha amarrado con fuerza su canoa a motor. Pronto subirá a su casa para dormir. En Santay las personas viven en lo alto, como los pájaros en los árboles.

Benito Parrales nació hace 65 años en esta isla rodeada de manglares, humedales de agua dulce y salada, sabanas y pastizales. Su madre murió cuando él era un bebé de tres meses. Lo crió Primitiva Lindao, la mejor de las parteras. El cholo ríe con fuerza y tiene mirada juguetona. Con su camisa estampada y abierta, su pantalón de tela, su machete en el cinto, su reloj bañado en oro y su facha de ganador, no es cualquier pescador. De hecho, a los 65 años, este hombre nacido en Santay es guía turístico, presidente de la asociación de pescadores y tiene un oficio que a cualquier venado espantaría: cuidador de cocodrilos. Sí. Cuida los once cocodrilos que viven en Santay en calidad de atracción turística – hoy por hoy casi la única, si es que a uno no le interesa conocer los cinco tipos de manglar que tiene la isla-.


El padre de Benito llegó desde Santa Elena atraído por el trabajo. Era peón en la hacienda de los “Guzmanes”, uno de los siete feudos ganaderos que existían en lo que todos aquí todos recuerdan como “la buena época” de Santay, esa que empezó en los años 40 y se acabó en los 80 con la expropiación de las haciendas, que estaban dedicadas a la ganadería lechera, a la producción de arroz y a la extracción de carbón.

En la memoria de Santay el pasado es una fotografía donde todos ríen o, al menos, los más viejos. En el tiempo de las haciendas esto era limpito, construimos casas grandes, había cualquier cantidad de vacas, desayunábamos con leche y había trabajo lo que quiera, la gente de la Península, Durán y hasta de Guayaquil venía acá a emplearse, dice cada uno a su tiempo.

A partir de la venta de las haciendas, a los nativos no le quedó más que volcarse al único empleo disponible: el de pescador. Y empezaron a vivir como lo hicieron los antiguos habitantes del mundo: de la pesca, la caza y la recolección. Las pocas familias de la isla, los Domínguez, los Parrales, los Torres, los Achiote y los Cruz se hicieron diestros con el trasmallo, la calandra y el anzuelo.

Ahora es que hay esta pobreza. No hay ni peces en el río, cada vez nos tenemos que ir más lejos. Nos vamos un día y nos quedamos dos, tres, buscando pesca. Creo que San Pedro está bravo porque no le hemos cumplido, por eso no hay peces. Queremos hacerle una llave, el altar y sacarlo a pasear en canoa por toditito el río para que esto mejore”, piensa Benito, quien se ha promocionado como el organizador de la fiesta del santo en la que habrá cerveza, aguardiente, guanchaca y bailarán tres o cuatro días.


Lorenzo Achiote, el más viejo de la isla, nació hace 78 años y creció en la misma hacienda de la familia Guzmán. Pasa sus días mirando por la ventana como si con los ojos pudiera atrapar el pasado, pero “hasta los lentes me fallan”, rezonga. “Yo era bueno, sanito, me cruzaba el río a remo. Rema que rema, rema que rema, desde los 12 años. Y ahora ¡míreme! Antes teníamos leche y queso en el desayuno, ahora no tenemos nada”. Atrás quedaron los días de diversión al otro lado del río, las mujeres, el trago, la pesca, la vida. Un derrame le ha dejado paralizada la mitad del cuerpo. Se levanta como puede, ayudado por su mujer e insiste en enseñar cómo vivía antes, y cree tener en un cartón viejo la prueba de su antigua alegría. Su sala está abigarrada, tiene cositas viejas y polvorientas en cada rincón. Pero la única habitación de la casa, donde duermen él, su esposa y dos de sus seis hijos, es un cuadro lamentable.

–Venga vea este cartón lleno de ropa que tengo, yo sí me vestía bien. Venga, vea, para que no diga que soy un viejo mentiroso-, dice. Lo abre y muestra una pila de camisas bien planchadas que parecen no haber sido usadas en mucho tiempo. –Y toda esta mochila de acá está llena de camisetas. Yo sí era una persona decente, me sabía vestir. Tenía hartas mujeres-.

En el 2001, en el gobierno de Gustavo Noboa, el ya desaparecido Banco Ecuatoriano de la Vivienda le cedió la isla, así como se cede un pedazo de jardín, en fideicomiso a la Fundación privada Malecón 2000. Entonces, todo empeoró para los isleños. Entre las reglas estaban no pintar las casas de ningún color. “Nos ponían a echarle diesel a las casas para que luzcan amarillitas, no blancas. Nosotros le echábamos diesel, gastábamos en eso, pero luego con el sol se le salía”, se acuerda, no sin coraje, Jaqueline Achiote, una mujer de 46 años, que como casi todas en este lugar apenas terminó la primaria.

No solo eso: si alguien se enamoraba de un foráneo tenía que irse a vivir fuera de la isla. Ningún extranjero podía vivir en Santay. “Nos decían que si nosotros nos queríamos ir a Guayaquil que nos fuéramos, pero que nadie viniera para acá. Nosotros no les hacíamos caso”, comenta Jaqueline. Para ella y para el resto los nueve años que estuvo la Fundación a cargo de la isla fueron tristes.

Quizá lo peor fue que les hicieron derrumbar sus casas –algunas grandes, de madera y con techos de paja- para construir las 56 viviendas gemelas donde ahora viven apiñados y con calor porque todas tienen techos de zinc. Esas casas costaron $1.500 y las tuvieron que levantar con sus propias manos. Con la llegada del Gobierno, la construcción de una ecoaldea con casas de 18 mil dólares, paneles eléctricos, el muelle y los senderos elevados, a los isleños les ha regresado la esperanza de que las cosas cambien.

Nosotros esperamos que el Gobierno consiga mejoras para nosotros. Ahora estamos en sus manos. Eso es mejor, pensamos. Porque la Fundación era privada y no nos pagaba por el trabajo que hacíamos, por rozar, por mantener la isla. Nosotros teníamos que poner nuestra mano de obra”, recuerda Jaqueline, quien es guía y ya está viendo algún cambio significativo. Antes, por cada turista, la Fundación, les pagaba 15 centavos y ahora cobran 1,25 dólares.

Los hombres regresan de la pesca, las mujeres los esperan en las casas con la comida. Los niños juegan en medio de los matorrales. Leonardo, de 9 años, se entrena como guía. “En esa casa venden galletas, en la otra pan de ese que viene en funda, en la otra cola, más allá cerveza”, dice mientras juega con unos imanes que se encontró en un árbol. Parece conocer cada árbol, cada truco del río. Le divierten los turistas y los pocos curiosos que se asoman a su isla. Él no tiene memoria de las haciendas, está estudiando en la escuela y no quiere ser pescador, sino arquitecto. Aunque entre un carro y una canoa, se queda con la canoa. Leonardo mira al futuro con entusiasmo, aprende a ganarse la vida; estira la mano y dice: es un dólar por el recorrido.

Engunga, el pueblo sobre el que caen bombas


Por Marcela Noriega

Fotos: Amaury Martínez

Publicado en la revista Mundo DINERS / Mayo 2011

Fulgencio Alejandro Gonzabay murió el 3 de abril de 2011.


Un camino polvoriento lleno de baches conduce a una estepa rodeada de cerros. Esta tierra parece un cementerio de árboles. Vacas y caballos se pasean, flacos y derrotados, como si les pesaran los huesos secos. El agua escasea en Engunga, comuna de la parroquia Chanduy, provincia de Santa Elena. Pero esa no es la peor calamidad en este pueblo donde viven unas 730 personas dedicadas a la cacería, a la pesca o a picar leña para hacer carbón. Es la zozobra. En el día o en la noche, aquí se oye el estallido de bombas como truenos. Pero hay otras que caen y no estallan. Se quedan mudas, enterradas. Una de esas casi mata a Fulgencio Alejandro Gonzabay, el hombre de esta historia.

Engunga fue tierra de haciendas ganaderas, pero 1895 empezó la sequía y la ruina. Ahora no es más que un cacerío desértico, lleno de viejos. Los jóvenes han tenido que salir a trabajar fuera. A un costado, está el cerro Colorado, que pertenece a Puerto Engabao. Los comuneros dicen que desde allá el Ejército arroja las bombas.

La mañana del 18 de noviembre de 2010, Fulgencio Alejandro Gonzabay, un hombre que desde los doce años trabaja sacando carbón en estos cerros que se conoce al dedillo, fue a un lugar de la pampa al que llaman La Matanza. Junto a él estaban su hijo Cecilio, de 19 años, su vecino Gregorio Gonzabay y los hijos de este: Juan, de 25, y Oswaldo, de 16. También estaba el perro de los Gonzabay. Oswaldo halló un pequeño artefacto de metal en la tierra. Lo mostró a los demás. Pocos minutos después, hubo un estruendo.

El viento silba fuerte en Engunga, el sol es implacable. Gregorio y Juan salen a recibirnos a la puerta de su casa. El padre narra lo que pasó aquel día.

Estábamos como a unos 7, 8 kilómetros de Engunga. Nosotros vamos para allá porque por ahí hay una poza y los animales toman agua. Estos muchachos (se refiere a sus hijos) encontraron unos proyectiles, eran como unos fierros viejos. Pensaron que los podían vender. Nos llamaron y nos noveleriamos. Mi muchacho más chico cogió uno y dijo: parece que esta vinchita está sin disparar.

Y lo cogió para jugar. Estábamos todos ahí parados conversando. Cuando les digo a mis hijos: ¡ya vámonos a ver los caballos! Entonces, el chico tiró eso al suelo, y ahí fue que explotó-.

Lo que explotó fue una granada que se encontraba aún activa. A una velocidad brutal, las esquirlas entraron en el abdómen de Fulgencio y le perforaron los intestinos. A su hijo Cecilio, la bomba le dañó un pulmón. Gregorio resultó con heridas en la mano y en los brazos, y Juan en la pierna (le lastimó el nervio ciático). Al único que no hirió fue a Oswaldo.

Tenía abierto todo esto (muestra la mano y parte del brazo). Me recortaron la carne para poderme coger puntos. Pero a las 8 de la noche yo pude irme del hospital. El resto se quedó internado. Mi perrito, que estaba echadito, de una vez me lo mató-, cuenta Gregorio.

David León, teniente político de Chanduy, fue uno de los primeros en enterarse de la tragedia. Recogió a los heridos y los llevó al hospital de La Libertad. Pero tuvo problemas para hacerlo. En la versión que rindió en la Defensoría del Pueblo, de Santa Elena, León dijo que el responsable de las prácticas era el mayor Gordon, del Fuerte Militar Bolívar de la provincia de El Oro; y que los militares se negaron a prestarle ayuda en el traslado de los heridos.

— Gordon hizo una llamada telefónica para ordenar que obstruyeran la salida del vehículo de la policía donde llevaba a los heridos. Dijo que en el polígono había una enfermera, y que ella les podía dar los primeros auxilios. Estuvimos media hora ahí, los militares no dejaban salir al vehículo. Llamé a la Gobernación, y ellos enviaron una ambulancia”-, relató León.

Ya en el hospital de La Libertad, se hicieron presentes miembros del Ejército, entre ellos la doctora Ana Sánchez Jiménez, quien tiene grado de capitán, contaron los familiares.

Le dije a esta doctora que cómo nos podían ayudar. Me preguntó la dirección donde vivía, el barrio, y me dijo que no nos iban a reconocer en dinero, pero sí en víveres. Quedó en irnos a visitar.

Pero nunca vinieron ni a preguntar si es que vivíamos o moríamos-, dice Gregorio.

¿Les avisaron antes de hacer las pruebas?

No, no vienen, nadie nos avisa.

A veces estamos de cacería y cuando acuerda empiezan a disparar. Las bombas pasan zumbando por encima de uno, ahí uno tiene que tratar de esconderse, salirse de donde está-, describe Juan.

Hacen las prácticas 3, 4 días. Esto ya tiene años, señorita. Más antes, en otros años, han disparando de allá para acá. Y nosotros hemos encontrado a nuestros animales muertos. Ya me van matando dos vacas. Esa es la preocupación que nosotros tenemos, de andar cuidando los animales-, dice Gregorio, dueño de 20 vacas y un par de caballos.

***

Fulgencio tiene 50 años, pero parece un delgado anciano. Está chupado, sin fuerzas y le cuesta respirar. Sus ojos estás amarillos. Se alimenta por medio de una sonda nasogástrica, que también sirve para drenar su estómago. Desde finales de diciembre está asilado en el Luis Vernaza.

El director del hospital, Jorge Hurel Prieto, me cuenta que su condición es crítica, que las lesiones fueron causadas por fragmentos metálicos de un aparato explosivo, que lo han operado dos veces y que le han hecho una colostomía –corte en el intestino grueso que se hace para crear una abertura artificial que sirve de sustituto del ano-.

En el hospital de La Libertad, Fulgencio estuvo dos semanas, empeoró y lo llevaron al IESS, porque tiene seguro campesino. Sus familiares dicen que no lo atendieron bien, y lo cambiaron al Vernaza.

Me acerco a su cama, ubicada en la sala de terapia intensiva de la clínica Sotomayor. Aquí la visita solo dura media hora. La enfermera tiene cara de pocos amigos. Le digo a Fulgencio que estuve en Engunga conversando con sus vecinos y familiares. Sus ojos se encienden. Quiere contarme lo que pasó ese día, pero apenas puede hablar.

Esa mañana fuimos a picar con un hijo leña, y nos reventó una bomba de los militares. Salí huyendo durísimo, dejamos el hacha botada, todo; pero igual me alcanzó. Yo enseguida llamé a un pana por el celular. La sangre me brotaba. Dijeron que nos iban a apoyar, pero hasta la vez nada. Me fueron a dejar botado a Libertad. Me dejaron cuando todavía tenía abiertas las heridas-, dice.

Para, toma aire, continúa.

Nosotros no tenemos nada, por eso es que ando trabajando en el carbón. Saco unos dos saquitos por día. Los vendo a cuatro dólares. En el pescadito, en cambio, me gano unos 30 dólares a la semana. Mantengo a una niña que anda por ahí y a otro que vive conmigo.

Fulgencio tiene cuatro hijos: Cecilio, que lo ayuda en el carbón; Sixto, que trabaja como albañil; Miriam, que es cocinera en Punta Blanca; Margarita, que no trabaja y Elizabeth.

Salgo de la habitación, y me topo con una carita de ojos llorosos. Es Elizabeth Alejandro, la hija menor. Dice que tiene 17 años, pero parece de doce. Junto a Glenda Cruz, su cuñada, pasan las noches sentadas en un mueble, y se asean en los baños del hospital. Nunca antes habían estado en Guayaquil. Pasaron la navidad y el fin de año en el sofá de la sala de espera. Y aquí siguen.

Mi casa es de cañita. Vivo yo con mis papás y mis hermanos. Desde ahí escuchamos las bombas, retumbaban durísimo. Hasta de noche explotaban-, dice llena de tristeza la joven con cuerpo de niña. –Mi papá era bien gordo. Un doctor me dijo que va a estar aquí cinco meses o más, porque se tiene que recuperar poco a poco-.

– Los militares fueron como 3 ó 4 días al hospital. Si pedían medicamentos, ellos iban y compraban, pero al cuarto día ya no volvieron. Fuimos a la Artillería en Salinas. Ahí nos dijeron que no nos podían ayudar. Llamaron a Machala y pusieron el altavoz para que escucháramos.

Dijeron lo mismo, que no nos iban a ayudar y que no tenían nada que hacer con esto-, se acuerda Glenda.

***

Miriam Alejandro, la hija mayor de Fulgencio, puso una queja ante la Defensoría del Pueblo, en Santa Elena. La primera audiencia fue el 1 de marzo. La mujer rindió su versión de los hechos.

La acompañó su abogado, Bernardo Manzano, y varios familiares. Por el lado del Ejército, estuvo el mayor Carlos Espinoza. También estuvo David León, teniente político de Chanduy y Douglas Coronel, representante del Ministerio de Justicia.

El mayor Espinoza leyó un escrito en nombre del ministro de Defensa. Dijo que sobre el incidente fue notificada la II División del Ejército Libertad, ubicada en Guayaquil, y también el Fuerte Militar Bolívar de la provincia de El Oro, que es el responsable de estas prácticas en Engabao.

–Niego todos los argumentos de hecho y de derecho señalados en la queja presentada en la Defensoría Pública por la señora Miriam Alejandro Cruz. Solicitamos el rechazo y archivo de la mencionada queja en todas sus partes-, leyó Espinoza.

Las razones del Ejército para negar la queja son: 1) Que los materiales bélicos no corresponden a la munición utilizada por la escuela de Artillería, unidad que realizó prácticas de tiro los días 18 y 19 de noviembre de 2010. La munición o granada que explotó sería antigua, y está en ese lugar desde un tiempo desconocido. 2) Las bombas habrían sido detonadas al ser manipuladas irresponsablemente por los afectados. 3) El polígono de tiro está ubicado en ese lugar desde 1992 con pleno conocimiento de la población; y se trata de un campo militar perfectamente delimitado y destinado sobre todo a prácticas de tiro de calibre mayor. 4) La trasgresión de las medidas de seguridad son de total responsabilidad de quienes las violenten. 5) Se instruyó en esos días para que se prohíba la aproximación o ingreso a esta área.

El teniente político de Chanduy aseguró que a él nadie le avisó nunca de las prácticas de tiro, y que tampoco fue notificado el jefe político ni autoridad alguna de la comuna. Contó que, días después de incidente, él, junto con el jefe político del cantón, comuneros y la policía hicieron un recorrido por la zona del polígono de tiro.

–Vimos que no existía ningún letrero, ninguna franja que pueda señalar que es un campo militar. El polígono de tiro está ubicado en la comuna Engabao de la provincia del Guayas, y los explosivos que no son bien dirigidos pasan a la comuna Engunga. Esos territorios en ningún momento han sido cedidos al Ejército-, dijo León.

–Yo, como abogado, estoy acostumbrado a ver que los culpables niegue la culpa. Pero sí me sorprende que, además de negarla, se la endilguen a las víctimas-, comentó el abogado Manzano, quien pidió una indemnización, aún no cuantificada, para la familia de Fulgencio y exigió que se sancione a los responsables.

Douglas Coronel, representante del ministerio de Justicia, ordenó a los militares que prueben que existe señalización, que avisaron a la comunidad y que hicieron el barrido. Y sobre la propiedad de la tierra indicó que las comunas tienen derecho a recuperar sus territorios ancestrales y que cualquier tipo de apropiación sobre el terreno comunal debe adecuarse a la nueva Constitución.

–No queremos recurrir a instancias internacionales para que el Estado asuma la responsabilidad que le compete. Este caso debe servir para que las Fuerzas Armadas mejore sus procedimientos-, dijo Coronel.

8 de enero, Engunga.

Vamos a la comuna para recoger testimonios y hacer fotos del lugar de la explosión. Nuestros guías son Roberto Célleri, un cazador de venados que ha visitado la comuna desde hace 40 años, y su hijo de igual nombre. El camino culebrero. Queremos llegar al sitio donde ocurrió la explosión. Los Célleri, junto a Eulogio Gonzabay, un compadre de ellos, van adelante en un San Remo; nosotros los seguimos en un Chevrolet Aveo.

Es sábado. Nos internamos en la pampa por una ruta que se llama Camino al Manantial, una media hora adentro de Engunga.Vemos agujeros en la tierra y esquirlas de bomba de todos los tamaños esparcidas. El viento ha tirado al suelo una cinta que dice: peligro, campo minado. No hay ni un solo militar. Nadie que prohíba el paso. Nos cruzamos con personas que pastorean sus vacas. En auto, en caballo o a pie cualquiera puede transitar libremente por este lugar.

Vemos el esqueleto de un perro y su pelaje. Creemos que se trata de la mascota de Gregorio. Hay muchas esquirlas y pedazos de vidrio alrededor. Este es el sitio, no hay pierde, dice Eulogio. Es peligroso estar aquí, en cualquier parte podría haber bombas sin explotar.

Por la loma de Chimuela hay una bomba que está sin explotar-, nos dice Elogio. ¿Quieren ir a verla? Todos queremos. Nos adentrarnos en este laberinto polvoriento al que llaman Pampa de la Matanza. Vemos más agujeros y esquirlas. Después de andar como una hora, aparece semienterrada una bomba entera, es verde y tiene como de 20 centímetros de diámetro.

Yo estuve preguntando qué grandura tenía la bomba. Mi tío la midió, me dijo que tenía 60 centímetros. Una de estas ha hecho pedazos a las vacas, la otra vez encontramos una así, hecho fleco. Esto cae donde quiera, hacen unos huequísimos-, dice el compadre Eulogio.

–Niego la irresponsabilidad que señala la señora Miriam Alejandro cuando indica que el personal militar no realizó el barrido de la zona, pues esto es una medida de seguridad que es tomada inmediatamente después de tales entrenamientos para ubicar y destruir munición no detonada-, dijo el mayor Espinoza cuando rindió su versión. Sin embargo, más de dos meses después de que los militares terminaran las últimas pruebas, los restos de los explosivos aún continuaban en la tierra.


Porno made in Ecuador


(Texto publicado en la revista Mundo Diners, 2009)

porn

 


Pablo es gordo, retaco y tiene facha de rockero preadolescente. Nadie se imaginaría comprar una película porno en la que, en lugar de un robusto moreno, apareciera él. Disfrutar de verlo en acción se me hace casi tan imposible como hacerlo viendo las películas del feo Torbe, el rey del 
porno-freak español, o las del anciano de 73 años Shigeo Tokuda, el actor porno más viejo del mundo. Pero lo cierto es que Pablo ha protagonizado no solo uno, sino ¡cinco filmes XXX!, en Guayaquil.

Situémonos. Esta historia no se trata del pornostar system, que arroja a borbotones películas con rubias y morenas despampanantes y actores no solo de físicos perfectos sino también dueños de cerbatanas. No. Se trata de la única pornografía que existe en Ecuador: la amateur y la producida con bajísimo presupuesto que se distribuye, sobre todo, por Internet.

La hazaña de Pablo, este chico de 23 años, guayaquileño, que no pasa del metro 65, empezó cuando, afanado por reunir dinero para pagar sus estudios de Medicina, contestó un aviso en la web que pedía actores porno. Él envió sus datos y una foto de cuerpo entero, y pronto lo llamaron para una entrevista personal que se hizo, para más datos, en una casa en Samanes, al extremo norte de la ciudad.

Allí, una chica le preguntó sobre su vida y le pidió que “le enseñara el miembro” –aunque no le pidieron prueba de VIH ni le hicieron preguntas acerca de drogas-. Luego le pidió que le contara el porqué estaba interesado en ser parte de la película. “Por dinero”, contestó, sin ambages. Le ofrecieron cien dólares por cada filmación. Que sí, que sí, dijo Pablo.

Lo llevaron a una casa vacía en el sur. Allí había cuatro chicas “con ropas diminutas” y “dos tipos más, en boxers”. Las chicas tenían 16 y 17 años, eran morenas de pelo lacio, y venían de Pedro Carbo, Daule y del sur de Guayaquil. Una de ellas era virgen, pero las demás ya eran expertas en hacerlo”, cuenta él acerca de su primera experiencia.

Dice que les ofrecieron cerveza, pero ninguno de los chicos tomó. Solo ellas. “Vi que en las cervezas pusieron una pastilla que hizo que las chicas se excitaran de una forma desesperada. Entonces, fue el momento”. Cada uno cogió a una chica y se fueron a los cuartos. Por los cien dólares, ellas debían tener sexo oral, anal y vaginal. Pablo dice que las cinco veces que lo hizo usó condón. No sabe nada del resto.

Luego me dice, como si hablara con una conocedora: “Y usted sabe que los que graban también hacen su parte”. Y yo: ¿qué, también tenían sexo? “No, solo se masturbaban y terminaban en la boca de las chicas”.

Entonces, me acuerdo de la famosa frase de Woody Allen: “el sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”.

 Cuando lo iba a hacer por sexta ocasión, quien organizaba la sesión sexual ya no era una chica sino un hombre que le pidió “otras cosas”. Entonces decidió retirarse, y dejó de “actuar”, pero no el mundo del porno que le encanta. Ahora es un traficante de pelis caseras que obtiene de forma clandestina, y también, de vez en cuando, le cumple la fantasía del ménage à trois a parejas; y deja que lo filmen.

En el mundo del clasificado por Internet es fácil encontrarse con mensajes como este: “En Cuenca, buscamos chicas de 18 a 35 años que deseen incursionar en el mundo del porno amateur”. O el opuesto: “Hola, deseo ser actor porno, tengo 18 años, y vivo en Quito. Quiero hacer porno con mujeres, no importa el salario ni si es con mayores o menores”. Contesté algunos mensajes y comprobé que para estos ‘empleos’ a uno le contestan más rápido que si dice que es un graduado de Harvard.

Lo que también crece son los blogs de porno nacional. Hay, al menos, seis que actualizan constantemente: elmanaba.blogspot.com, despelote.forumfree.net, dtire.forumfree.net, elbarrio.forumfree.net, ecuatorianas-desnudas.blogspot.com y ambatospy.blogspot.com.

La historia se la sabe completa el mentor del primer blog porno del país: el famoso –entre los asiduos a la pornografía- “manaba”, que ahora se ha vuelto tan ecléctico y sube hasta notas de política, aunque su esencia siga siendo el sexo

Era 2003 cuando empezó a publicar en su blog relatos de experiencias sexuales que él define como “peculiares”; “y al poco tiempo se enlazaron páginas de España, México, Argentina y fue un éxito. Me llamo la atención que las chicas nos enviaban sus historias. No es común que las mujeres cuenten anécdotas sexuales en público, y eso atraía a más gente. Luego empezaron a llegar las fotos y los vídeos”, se acuerda.

El siguiente paso fue subir fotos de chicas “en bolas” de revistas como Playboy o Interviu, o del periódico The Sun. Pero, ¿cómo es que se distribuye el material porno nacional, y a dónde van a parar las películas que filmó Pablo?

Pareciera que casi todo se comercializa virtualmente. “No hay una industria del porno en nuestro país, pero hay sitios en Internet que venden internacionalmente las fotos y películas de chicas de acá, así como los vídeos del making of”, contesta el Manaba.Y Pablo da otro dato: “Unos los negocian con señores de dinero, y otros los mandan fuera del país. Por un vídeo casero cobraran 20 dólares y si llevaban dos se los dejaban en 35”.

La mayoría de los vídeos son “iniciativas amateurs”. Es decir: una pareja tiene sexo, se filman con una pequeña cámara o con el celular, el chico lo muestra a sus amigos y estos lo pasan por e-mail, y así se propaga y llega a los foros y blogs. Hay grupos, también, que organizan fiestas swingers y orgías y que graban vídeos para luego comercializarlos, dice “el manaba”.

Pero muchos de los vídeos y las fotos se hacen públicas sin el consentimiento de las chicas, pues son enviadas por “cachudos” con anhelos de venganza. De esto sabe de sobra el pornógrafo ambateño, residente en Quito, que tiene uno de los blogs más visitados: ambatospy.

Dicen que el ocio es la madre de todos los vicios. Y por puro ocio se metió este ingeniero electrónico en el mundo del porno. Se había graduado en la universidad, estaba desempleado y le gustaba mirar pornografía por Internet. Entres otros, era un fan del “manaba”, a quien se propuso no solo imitar, sino superar.

Convencido de que esto del porno amateur era un éxito porque “tiene ese encanto de que no es preparado, y todo surge de forma natural, sin poses y sin mujeres u hombres fuera de lo común”. Mientras que lo profesional es todo lo contrario: “mujeres muy guapas, hombre bien dotados que hacen todas las posiciones, eso casi nunca pasa”.

Y se enorgullece en decir que “con el tiempo y las aguas el blog se ha hecho conocido”, y que semana tras semana le llegan fotos de mujeres desnudas, sexo explícito y vídeos.

Pero casi ninguna de las fotos o vídeos que sube tienen el consentimiento de las mujeres. “La mayoría son de ex enamorados que han sido engañados. De esa manera se vengan”. Las únicas que se dejan ver desnudas son las scorts (prostitutas que fungen de acompañantes).

Por esto fue que “el manaba” paró de subir fotos de ecuatorianas. “No solo que aquí es muy difícil conseguir fotos de chicas desnudas, sino que también tuve reclamos por unas fotos del blog. La persona que me las envió me rogó que las borrara porque se habían enterado los padres de la chica. Ahí me puse a pensar que la idea del blog era entretener y no afectar a la imagen de nadie. Eso nos significó una baja en las visitas, pero prefiero estar tranquilo”, cuenta.

El ambateño tiene conflictos siempre. Justo cuando lo entrevisté, una ingeniera agrónoma (graduada en la Zamorano) lo amenazó con denunciarlo si no quitaba las fotos que había subido de ella. “También por las fotos de la “china Suárez fui amenazado y las tuve que quitar, lo mismo con la “reportera del drama” (María Sol Galarza). Pero eso sí: yo tengo publicado el mail para que cualquier persona que se sienta ofendida me lo haga saber y quitar sus fotografías”, trata de justificarse. Pero no se abochorna, por el contrario, está orgulloso de haberse hecho conocer en el mundo del porno amateur. “Para eso creé el blog”.

Pero una cosa es en Internet, y otra en la calle. La selva caliente que es la Bahía de Guayaquil no es tan caliente como podría pensarse. Recorro sus vericuetos diciendo que busco películas “eróticas” –un eufemismo para no decir lo que de verdad busco: porno puro y duro. Y cuando encuentro dvds piratas con mujeres desnudas en la tapa, pregunto ¿tiene de estas, pero hechas aquí, en el país? “No, niña, eso no tenemos, pero tenemos esta”, me dice un vendedor y me muestra las enormes tetas de un par de rubias. No. Busco películas nacionales, porno criollo, cholas ecuatorianas no gringas.

No, no, eso no hay”, es la respuesta que se repite. Y parecen tener razón, porque me meto en cuanto escondrijo tiene este supermecado de productos falsetas y no encuentro una sola producción porno nacional.

Pero no soy solo yo. Hay un experto en el tema que tampoco dio pie con bola.

Se trata del cineasta Miguel Alvear, de Quito, quien trabaja en un proyecto documental sobre los productores marginales del país. Y ha encontrado de todo: desde uno que hace cine evangélico en un pueblo de la Costa (tipo Jesus’ Camp criollo), pasando por un cineasta indígena que rueda pelis en kichua, hasta otros que montan películas en Durán, Milagro, Chone y Manta. Ha encontrado de todo en este nuevo Bollywood. Todo menos un productor de pornografía. Y eso que ha recorrido pueblos y ciudades.

¿Y por qué nadie lo hace? “Por un lado, no sé si será negocio con toda la piratería que hay, en cualquier ciudad del país uno puede encontrar porno por un dólar; y por otro lado creo que esta sí es una sociedad mojigata”, responde Alvear.

Él ya había dado con un productor en Guayaquil, que misteriosamente desapareció. Su sitio se llamaba travesuraseroticas.com, y allí había la posibilidad de comprar porno colombiano, argentino y ecuatoriano. “El ecuatoriano era el más barato”, se acuerda y lo más probable es que la razón sea que fue el peor hecho.

No creo que sea un buen negocio hacerlo y venderlo aquí, es posiblemente más rentable venderlo fuera, porque vender un dvd a un dólar no cubre los costos de producción”, dice.

Pero Pablo, el frustrado porno star, no se quedará con las ganas de protagonizar una gran producción porno, ese es su sueño. Él piensa igual que el viejo Tokuda, que dijo: “antes tenía un trabajo de 9 a 17 horas, pero con este trabajo disfruto más y quiero seguirlo haciendo lo que me quede de vida”.