En la bañera de Catalina…


En el principio fue el agua, esa que ahora resbala por las rodillas blancas de Catalina, rociadas por espuma de olores femeninos y que llena la bañera con hidromasaje que la rubia tiene dentro de su baño rococó, adornado con cuadros de Botero que muestran mujeres impunemente gordas y desnudas al pie del sanitario.

Estoy parada junto a la tina de Catalina viendo cómo cae el agua del grifo de plata, abierto como una boca de cañón. Pasan cinco, diez, quince largos minutos y me acuerdo de algo que leí en un libro de Carlos Fuentes. Dicen que Luchino Visconti, para provocar la mezcla de asombro y deleite en la mirada de Burt Lancaster durante la filmación de una escena de El Gatopardo, llenó de medias de seda una bolsa que se suponía llena de oro. Yo pienso, avergonzada, que debo tener una expresión similar en la cara cuando veo a Catalina meterse en el jazuzzi y una sola palabra me late: suavidad.

Ella queda rociada de esencias y la espuma le sube hasta el cuello. Se arregla para la foto y, de pronto, entra una señora que dice, amable: ¡Me hubieran avisado que iban a hacer una fotografía, habría arreglado este baño que está hecho un desastre! Me río por dentro, y pienso que este baño, donde brillan piedras traídas de alguna cueva lejana, tiene seguramente más glamour que la escena de Lancaster.

Al lado del jacuzzi, hay una pared que esconde el toilette y el bidé de color palo rosa y que huele a sándalo. Más allá, cruzando las gordas de Botero y detrás de una cristalina puerta, está la ducha que suele usarse los días entre semana, porque la tina con hidromasaje es un lujo de fin de semana, lujo que puede durar horas. En el frente, un gran espejo se posa encima de un mesón de mármol sobre el que está el lavamanos dorado del que sale agua a borbotones por dos llaves que parecen acabadas de limpiar.

La cabeza de Catalina yace en un ángulo del jacuzzi, y mientras el agua perfumada de frutas le hace cosquillas, me empino un poco para ver por la pequeña entrada de luz natural que ilumina el baño; y veo como en una pinturita retratado el río Babahoyo. Su quietud baña esta casa en la que viven solo dos personas a quienes sirven tres empleados de servicio doméstico, y que está hidratada también por una piscina como para que las visitas no se aburran.

En el frente, hay un gran jardín que se baña solito con un sistema de riego con timing que se abre, como por arte de magia, dos veces al día. Ya son minoría los que por estos lares tan refinados usan mangueras para regar sus matas. También son minoría los que disfrutan del placer sencillo de darles de beber a sus plantas ellos mismos. Se ven mujeres con tiesos vestidos de blanco haciéndolo, sin ningún rastro de complacencia.

Entonces, pienso que esta ilusión construida de la felicidad en estos espacios tan cerrados y en una ciudad tan bipolar como Guayaquil, solo puede darse aquí, en las residencias de la vía a Samborondón.

Se dice, después de lo que hubiera dicho Tolstoi, que las familias felices no tienen historia o, más bien, que la felicidad de una es similar a la del resto. Y yo lo creo así, de hecho me resulta aburrido visitar más casas en este soporífero y limpio lugar.

Aún así, mi deber es cuestionar. Y por eso, ingenua, se me ocurre preguntarle a un vecino de Catalina, que también tiene casa con piscina, riego con timing y que, además, vive en una urbanización con planta de tratamiento de agua propia, si alguna vez en su vida, allá por su infancia o en una vida pasada, había sufrido escasez del líquido vital.

“No jamás. Nosotros nunca hemos tenido problemas, yo no sé lo que es no tener agua”, responde este señor que toda su vida la ha pasado en una ciudadela cerrada de La Puntilla, la zona más opulenta de esta ciudad de cielo gris.

Por eso, ante mi gesto de guayaquileña que sí sabe lo que las frases acarrear agua y bañarse con tacho significan, me dice, como para arreglarla: “pero no crea que yo desperdicio el agua; todo lo contrario, tengo que andar detrás de mis hijos para que se bañen”. No más preguntas, de ahora en adelante tomaré las palabras de Tolstoi al pie de la letra.

Las casas amuralladas de esta zona, que cuenta con una empresa potabilizadora de agua propia (Amagua le da el servicio a las familias que viven a lo largo de toda la vía La Aurora – Samborondón – La Puntilla) y cuyas urbanizaciones tienen en su mayoría instaladas plantas de tratamiento para filtrar el agua ya potable, son un perfecto lugar para relajarse y olvidarse de esas noticias tan horribles que dicen que el 40 por ciento de la población mundial no tiene agua ni para lavarse los dientes y que en 25 años es posible que la mitad de la gente de este planeta tenga seca la garganta.

Por aquí a nadie le quitan el sueño esos malos augurios ni la espantosa realidad (dato científico este) de que sólo el 0,3 por ciento del agua dulce del mundo se encuentra en los ríos y lagos (el resto es subterránea, y la inmensa mayoría del agua es salada), que es de donde se saca el agua para potabilizar.

En las casas de por aquí, que parecieran estar todas recién compradas, se mantiene la sensación de paz de camposanto, donde el agua no solo se hace visible en las largas lenguas de los ríos Daule y Babahoyo que lamen y fecundan estas urbanizaciones con nombres de agua y de ríos (Entre Lagos, Estancias del Río, Vista al Río, Laguna del Sol, Riverside), sino que basta con echar un vistazo a las plantas que crecen voluptuosas, a las enormes piscinas que crean oasis artificiales en medio de tanto cemento, o a las lindas piletas que decoran aquíferamente los portales para llegar a la conclusión de que aquí a nadie le falta el agua ni le interesa preservarla.

En una de estas casas vive o, mejor dicho, trabaja puertas adentro, Andrea, una chica de raza negra venida desde Esmeraldas, cuyo mundo cabe en la cocina. ¿Tú has sufrido por falta de agua?, le pregunto. Y sus ojos se van para otro lugar, le da vergüenza contestarme. Entonces le digo: ¡Ah, porque yo sí! Y le cuento la historia de cuando vivía en casa de mi abuelita, en el culo de la ciudad, y para poder bañarme debía sacar en baldes el agua de la cisterna. Para cuando llegaba al baño con los baldecitos de todos los colores, ya estaba tan cansada que hacía que ese baño me durara días. Luego, mi abuela debía perseguirme para que me volvieran las ganas del baño.

Andrea se ríe, y me cuenta un secreto de la casa: “a veces, llaman de la garita y dicen que no va a haber agua durante todo el día, entonces sabemos que no hay que gastar mucho, y usar solo lo de la cisterna”. Pero le asusta la infidencia, pues me hace pensar que hasta la perfección tiene caliches por donde se escapa el agua.

Le pido, mejor, que me hable de ella. “Yo siempre viví en el Guasmo y allí, hace como diez años, no había agua, nada de nada. La cogíamos del tanquero. Era chistoso, porque corríamos detrás del camión con los baldes. Y, en invierno, cogíamos el agua de la lluvia. Era raro, porque uno se bañaba con un baldecito y sobraba, ahí sí te bañabas bien”, dice la mujer de ébano.

De hecho, en la mayoría de países del tercer mundo (Ecuador, aunque en La Puntilla no se sienta, también está entre ellos) las personas solo podrían usar 10 litros de agua por día. Esto si el agua estuviera bien repartida, pero como sabemos hay quienes usan demás, y otros que no tienen tanta suerte.

En promedio una persona en una ciudad como Guayaquil utiliza unos 160 litros de agua por día, cuando solo debería usar 50. Y la gente que deja que los grifos goteen permanentemente puede dejar escapar hasta 80 litros diarios.

Quizá resulte provechoso pensar en estos números antes de irse a bañar: si uno usa una tina gastará 200 litros de agua, mientras que con una ducha solo usará 60. Pero si se tiene la precaución de cerrar la llave mientras se enjabona sólo se utilizarán 15.

Y es que la frase ¡no desperdicies el agua! es una advertencia que los padres deberían hacer a sus hijos con tanto énfasis como cuando les dicen ¡niño, no te comas los mocos! O ¡muchacho de mierda ¡no te masturbes en público! y, ya más grandecitos: ¡mijo, por Cristo, ¡ponte condón!

La advertencia debería hacerse a todos los seres humanos de este nuevo siglo desde que son bebés, y en forma contundente. Y, es sabido, que las frases de reprimenda son mejores si incluyen horribles castigos. Por ejemplo, para los niños que dejan abierto el grifo, va esta amenaza sirve: ¡si sigues dejando la llave abierta, vivirás tres días sin gota de agua! Hágalo y verá cómo la deshidratación y la mugre (más la primera) lo hacen entender.

Y a los hombres que les dan baños a sus autos como ellos jamás se han dado, es conveniente decirles: ¡la próxima vez que saques la manguera saldré con carteles a gritar que eres un inconsciente! Si no hace caso, la amenaza siguiente es salir en bolas con los carteles. Esa sí no falla. Preferirá no lavar el carro a pasar la vergüenza. Pero ¿qué castigo le daremos a Catalina?

(Texto publicado en la revista SOHO, 2009)