Introducción al libro “Vivir para Contar”


VIVIR PARA CONTAR es un libro que motivará a los jóvenes lectores a volverse observadores de su realidad para luego poder contar historias apasionantes, inspiradoras y totalmente reales. Escrito por una cronista con veinte años de experiencia, su intención es que las nuevas generaciones se acerquen con ética y honestidad a los mundos que les interesan y apasionan.

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de expresión escrita.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de 15 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

VPC PORTADA

Esta es una de las historias del libro:

RAÚL CABRERA, EL NÓMADA

A los 17 años, Raúl Cabrera recorrió el Ecuador con una mochila. A los 18 viajó durante seis meses por América del Sur. A los 20 años inició su viaje por el mundo y su vida de nómada. Ha recorrido más de ochenta países haciendo surf, snowboard y amigos. Cuando conoció a Tina, su esposa, y nació Milo, su hijo, Raúl encontró su hogar. Pero no quiso que sus viajes quedaran solo en la memoria. Con un equipo de producción viajó por 25 países durante tres años para filmar Nomad-A, el proyecto audiovisual que lo trajo de vuelta a Ecuador. 

Raúl Cabrera (foto de Andrés Francov)

HAWAI. El día se abre limpio, las olas gigantes esperan al hombre que intentará fluir en sus movimientos violentos, llenos de vida. Raúl Cabrera ha entrenado un año para este día. Largas jornadas de surf, de natación, de crossfit, le hacen pensar que está listo. Antes de entrar al mar, un amigo y mentor que lo acompaña, le recuerda: nunca tomes la primera ola. Las olas vienen en tandas, de seis, de ocho, de diez. Raúl, como si nada hubiese sido dicho, como si ese consejo no fuese de vida o muerte, toma la primera ola de la serie. La ola no lo lleva. Mira hacia atrás, y ve que todo el horizonte se nubla, un tsunami se avecina. No puede hacer nada para evitarlo. Le caen encima todas las olas de cinco, o seis metros. Lo sepultan, lo revuelcan, lo ahogan.

De pronto, tuvo la certeza de que moriría. Estaba debajo del agua y dijo: “Dios, gracias por la bella vida que me has dado”. La película de su vida pasó ante sus ojos. Y cuando estaba revolcándose y llegó al punto de comenzar a desmayarse, vio a un niño que le daba la mano. Raúl no sabía qué pasaba, si estaba llegando al cielo, si ya se había muerto. Cuando el niño dejó de darle la mano, sus labios toparon la superficie, y pudo respirar. Volvió a ver a ese niño cuando surfeaba en Inglaterra y en Marruecos. Raúl dice que ese niño era su hijo Milo, que aún no nacía. Pero cuando lo vio nacer, y Milo lo miró, supo que era el mismo niño que había visto en las tres ocasiones.

“Hay una parte de aventura, y una parte espiritual. No sabemos cómo estamos conectados, pero es como una red invisible en la que se conecta pasado, presente y futuro”, dice Raúl, quien ha venido a Ecuador para promocionar la serie de televisión y la película Nómad-A, hecha a partir de sus viajes.

Raúl nació hace 37 años en Guayaquil y siempre quiso ser un explorador. Desde pequeño sintió una intensa curiosidad por saber qué pasaba fuera de su barrio. De niño, fantaseaba con que su armario era un portal tridimensional capaz de transportarlo a cualquier lugar del planeta, amaba los mapas y saber sobre el mundo.

Raúl es el menor de seis hermanos, y su padre, que era un próspero comerciante, murió cuando él tenía apenas 9 años. Recuerda a su padre como un hombre opuesto a él, que vive el día a día. “Era una persona muy seria, muy cerrada, parecía alemán, con una ética de trabajo muy firme”. Trabajaba de lunes a domingo. Su familia lo perdió todo cuando murió, pero Raúl mantuvo firmes sus enseñanzas. “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”, o… “Todos los huesos de todas las personas son blancos”, o… “No importa si la persona tiene o no dinero, lo que importa es el corazón”.

A los 17 años, Raúl hizo su primer viaje por su cuenta. Después de clases, enseñaba matemática o trabajaba de cajero en el minimarket de su hermano para ahorrar. Reunió 500 mil sucres y con eso se dio la vuelta al Ecuador. Eran cincuenta dólares. Un año más tarde, al salir del colegio, viajó por Latinoamérica: Perú, Brasil, Chile, Argentina, Bolivia durante seis meses. Gastó solo 400 dólares, incluidos los tickets. Se quedó en casas de gente que había conocido en Montañita y Playas, donde ya surfeaba. Además, vendió cada cosa que tenía en su maleta. Vendió hasta un terno que su madre le aconsejó llevar “por si acaso haya un matrimonio”. Por él, le dieron 80 dólares en Brasil.

Hace 17 años, Raúl se fue por primera vez de viaje a Europa y nunca más regresó a vivir a Ecuador. Su primera parada, a los 21 años, fue Nueva Zelanda, el país perfecto para desarrollar sus dos grandes pasiones: el surf y el snowboard. Allá sacó la ciudadanía neozelandesa, estudió en la Universidad y logró un título de Economista, otro en Idiomas y además hizo un posgrado en Educación y Pedagogía. Trabajó para el servicio migratorio, como profesor de colegio, como instructor de snowboard, entre otras cosas. De Nueva Zelanda se movió por todo el mundo, y empezó su vida de nómada.

“Cuando estaba en la universidad en Nueva Zelanda, me tuve que pagar los estudios. Me costó 13 mil dólares solo el año escolar. Tenía que trabajar de mesero y entrenar snowboard para las competencias. Hice dos años en uno porque quería salir a explorar el mundo y no quería estudiar más. Fue duro, estaba más ocupado que un cojo en una competencia de patear traseros”, dice.

Pero lo que Raúl más tiene es energía; sigue siendo un niño hiperactivo. “Me puedo quedar un mes sin comer y sin dormir si tengo que hacer algo. Si estoy surfeando es lo mismo, tengo un problema de obsesión con las cosas que amo hacer”. Lo que ocupa su mente estos días es la realización de la película y serie de televisión que tiene entre manos. Sin pagarles un centavo, Raúl logró juntar a un equipo de producción de alto nivel que lo siguió durante tres años por 25 países y cinco continentes.

Todos son amigos que ha ido haciendo en sus viajes. Gareth Sheehan, cineasta neozelandés que vive en Hawai; Adan De Miguel, fotógrafo español; Pablo Suárez, encargado de logística, español; Albert Ibáñez, cinematógrafo chileno; Claudia Vieira, fotógrafa de África del Sur; Eduardo Pérez, web master, de Ecuador que vive en Nueva Zelanda; Cristóbal Sciaraffia camarógrafo de Chile, y Tina Christensen, su esposa y directora ejecutiva de Nomad-A, que vive en Dinamarca. Además, Los Díaz de Fly y Mona Producciones les ayudaron a filmar con RED EPIC, las mismas cámaras que fueron utilizadas para filmar El Señor de los Anillos.

“Viajar es realmente asombroso. Las cosas que aprendes, las personas que conoces, y las experiencias que vives son más educativas que cualquier cosa que te enseñan en el colegio. Eso es lo fundamental de viajar, ya que las experiencias se quedan impregnadas en ti por el resto de tu vida”. Y son tantas las historias que podría contarme el nómada que, para organizarnos, le propuse un juego. Yo le doy una palabra y él la asocia a una memoria, un lugar, unas personas y una situación vivida. Este fue el resultado.

Raúl Cabrera foto de andres francov

EL MIEDO

En Canadá compré un carro por $125 dólares con dos amigos de Nueva Zelanda, dos amigas de Noruega y yo. Todos eran rubios, ojos azules. Yo dije: bueno, vamos a hacernos la misma cosa y me pinté el cabello de rubio. Viajamos por toda la costa de México. Alguien nos había hecho un mapa de un lugar para surfear que nadie conocía, cerca de San Blas. Cruzamos un río de marea baja y llegamos a un pueblo donde no había autos, no había nada. A los dos días, los campesinos del lugar hicieron una barbacoa, mataron una vaca enfrente de nosotros y se me empezó a hacer extraña toda la situación. Me di cuenta de que era un lugar donde producían cocaína. Escuché cuando dijeron: violemos a las chicas, matemos a los chicos y nos quedamos con el carro. Ellos no pensaron que yo hablaba español, porque pretendí que era gringo también. De pronto comprendí que estábamos con el cartel. Tomé el carro y manejé lo más rápido que pude, dejamos todo tirado en la playa: las tablas de surf, las maletas. Lo único que teníamos en el carro eran nuestros pasaportes. Ellos nos dispararon, pero no nos dieron. Manejé hasta que llegamos al río. Yo conocía el camino y escapamos. Nos pudieron haber matado.

Esto es lo que se conoce como el síndrome de Zeus, quieres experimentar, quieres explorar, pero a veces no sabes a dónde te pueden llevar las aventuras.

 

EL AMOR

El amor está relacionado a todo. Es una palabra muy fuerte y es lo que me ha llevado a viajar por 83 países y 5 continentes durante 20 años. Es el amor que siempre he tenido por las aventuras, por los demás, por saber acerca de otras culturas, por experimentar un amanecer diferente. Es el amor a la vida que tengo que me sigue llevando y me llevará. Si pudiera irme a Marte me iría, pero tengo un hijo, Milo, hace dos años y es el amor hacia él que me hace luchar cada día, levantarme y tratar de ser una mejor persona. Es el amor hacia él lo que me hace sacar mi proyecto adelante. Es el amor hacia él el que me llevará a grandes ideales.

Cuando viajé a Hawai ─uno de los mejores viajes de mi vida─, la conocí a ella, a Tina, en una salsoteca. Normalmente no voy a salsotecas, y ella no sabe bailar. Ella es de Dinamarca. Hemos viajado por todo el mundo juntos, pero en estos momentos ella tiene que estar en Dinamarca mientras yo promuevo Nómad-A.

El amor no es algo palpable, algo que puedas ver o sostener. Es un hilo y puedes estar a millones de kilómetros de la persona que amas, no verla por diez años, y eso no significa que no hayas estado porque tu amor por ese lazo invisible nunca se rompió. Es como cuando no ves a un amigo durante mucho tiempo, es lo mismo con ella. En este último año no la he visto, no hemos podido estar juntos, pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una bella relación, porque ella comprende que esto es lo que hago, comprende que soy un gato salvaje. Ella es lo contrario a mí, ella es una mujer de casa y le gusta luchar día a día para ver los frutos. Milo es el balance perfecto. Tina y yo somos el Gin y el Yang, Milo es la bolita que nos une.

Raúl Cabrera por Andrés Francov


EL PELIGRO

Estábamos en Whistler, Canadá, haciendo snowboard. Whistler es el mejor lugar para hacer snowboard del mundo. Estaba con una amiga de la República Checa, Marushka, y le dije: siempre tomamos las pistas convencionales, vámonos por atrás. Yo creí que conocía el camino. Y la perdí. Y me di cuenta que estaba perdido. Traté de relajarme, pero sabía que las montañas son vida o muerte. Una noche en las montañas y mueres. Comencé a descender y encontré la guarida de un oso, y es muy muy peligroso. Apestaba, porque ya era la época de primavera y es cuando los osos tienen a los bebés y son muy celosos y te atacan. Salí corriendo y encontré un río. Yo sabía que el río me iba a llevar de regreso a la ciudad. Había nieve, estaba congelado y tuve que meterme y nadar durante cuatro horas con mi equipo de snowboard. Eventualmente, salí. Ya era de noche. La policía me estaba buscando, el helicóptero me estaba buscando; yo estaba con hipotermia. Pensé que no iba a vivir para contarlo. Pero siempre encuentro el camino de regreso a casa.

LA SOLEDAD

Estaba en una isla de Indonesia a la que para llegar nos demoramos siete días. Cinco días en carro, dos días en bote. Es una isla donde se encuentran las mejores olas del planeta. Teníamos que llevar provisiones de alimentación, mosquiteras, no había nada. Éramos dos japoneses, un canadiense; Remi, mi hermano francés, y yo. En ese lugar la gente muere por malaria o por cocos que caen de las palmeras; hay demasiados cocos. En ese momento no me di cuenta, pero la historia comienza ahí. Volví del viaje, llegué a Nueva Zelanda y seis meses más tarde caí en coma de la nada. Me levantaba un día, y al otro día estaba en coma. Me levantaba un día, y al otro día en coma. El doctor me dijo que tenía una inflamación cerebral; comencé a alucinar. Veía que la televisión se derretía.

Y estaba solo y estaba al punto de morir. Ellos abrieron mi pasaporte y se dieron cuenta que había visitado Indonesia. Mandaron los exámenes a Indonesia y los regresaron de vuelta y dio positivo. Todo había sido porque me picó un mosquito. Lo único que quería era ver a mi madre por última vez antes de cerrar los ojos. El doctor pidió mi pasaporte porque estaba agonizando, me dijeron que un día más y moría. Me dieron medicamentos, y cuando me mejoré me di cuenta de que ser un nómada es chévere, pero tiene un precio. Es muy duro estar lejos de tu familia, de tus costumbres, cuando no sabes qué te puede pasar. La idea de que te puedes ir mañana y no ver a la gente que te quiere por última vez es atroz. Es lo mismo que siento cuando estoy lejos de mi mujer y mi hijo.

Después de todas las aventuras, de surfear, de dejar la montaña llego a mi casa y estoy solo. Vivir las aventuras es bacán, pero la felicidad es mucho mejor cuando es compartida.

LA COMPASIÓN

Esto fue este año. Yo estaba filmando para Nómad-A, en Salango, cuando escucho unos llantos y unos gritos. Yo pensaba que era un niño el que lloraba, pero eran cinco gatitos recién nacidos que una persona desalmada había al agua. Corrí a ver a los gatitos, les di respiración boca a boca. Tres de ellos estaban clínicamente muertos y se salvaron. Fue compasión porque a mí me da mucha pena cuando un perro o un león ataca a alguien y lo mata, pero nosotros matamos a tantos seres vivos.

Tanto nosotros como ellos debemos tener las mismas reglas. El amor hacia la naturaleza se debe reflejar en el amor que tenemos los unos hacia los otros. La compasión de los otros hacia mí la siento día a día. He conocido a más personas que me han querido dar una mano que personas que me la han negado. Una vez llegué a Alemania y no hablaba el idioma, pero la persona me entendió. Yo quería ir a la casa de alguien, y él pagó por mí diez euros a un taxi para que me llevara. Eso pasa día a día. La compasión de mis amigos, de recibir a un equipo de trabajo de seis personas a donde yo voy, sin cobrarme, llevarnos a comer. Yo puedo vivir día a día de invitación gracias a la gente que he conocido. Tal vez, en estos momentos no tengo nada en el bolsillo, pero cuando yo ofrezco mi amistad o te doy la mano lo hago porque me nace. Cuando yo vivía en Nueva Zelanda o vivía en Japón a mí no me importaba que tú llegaras a la madrugada, yo era feliz de poder darte una comida, un sofá, una cama. Es lo menos que puedo hacer por cualquier ser humano. Y es como un bumerán. Tú tiras el bumerán y regresa a ti. Si tiras el bumerán a matar va a volver a matar. El que a hierro mata a hierro muere; es karma, la ley del universo.

 

raul cabrera foto de Andres Francov

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Engunga, el pueblo sobre el que caen bombas


Por Marcela Noriega

Fotos: Amaury Martínez

Publicado en la revista Mundo DINERS / Mayo 2011

Fulgencio Alejandro Gonzabay murió el 3 de abril de 2011.


Un camino polvoriento lleno de baches conduce a una estepa rodeada de cerros. Esta tierra parece un cementerio de árboles. Vacas y caballos se pasean, flacos y derrotados, como si les pesaran los huesos secos. El agua escasea en Engunga, comuna de la parroquia Chanduy, provincia de Santa Elena. Pero esa no es la peor calamidad en este pueblo donde viven unas 730 personas dedicadas a la cacería, a la pesca o a picar leña para hacer carbón. Es la zozobra. En el día o en la noche, aquí se oye el estallido de bombas como truenos. Pero hay otras que caen y no estallan. Se quedan mudas, enterradas. Una de esas casi mata a Fulgencio Alejandro Gonzabay, el hombre de esta historia.

Engunga fue tierra de haciendas ganaderas, pero 1895 empezó la sequía y la ruina. Ahora no es más que un cacerío desértico, lleno de viejos. Los jóvenes han tenido que salir a trabajar fuera. A un costado, está el cerro Colorado, que pertenece a Puerto Engabao. Los comuneros dicen que desde allá el Ejército arroja las bombas.

La mañana del 18 de noviembre de 2010, Fulgencio Alejandro Gonzabay, un hombre que desde los doce años trabaja sacando carbón en estos cerros que se conoce al dedillo, fue a un lugar de la pampa al que llaman La Matanza. Junto a él estaban su hijo Cecilio, de 19 años, su vecino Gregorio Gonzabay y los hijos de este: Juan, de 25, y Oswaldo, de 16. También estaba el perro de los Gonzabay. Oswaldo halló un pequeño artefacto de metal en la tierra. Lo mostró a los demás. Pocos minutos después, hubo un estruendo.

El viento silba fuerte en Engunga, el sol es implacable. Gregorio y Juan salen a recibirnos a la puerta de su casa. El padre narra lo que pasó aquel día.

Estábamos como a unos 7, 8 kilómetros de Engunga. Nosotros vamos para allá porque por ahí hay una poza y los animales toman agua. Estos muchachos (se refiere a sus hijos) encontraron unos proyectiles, eran como unos fierros viejos. Pensaron que los podían vender. Nos llamaron y nos noveleriamos. Mi muchacho más chico cogió uno y dijo: parece que esta vinchita está sin disparar.

Y lo cogió para jugar. Estábamos todos ahí parados conversando. Cuando les digo a mis hijos: ¡ya vámonos a ver los caballos! Entonces, el chico tiró eso al suelo, y ahí fue que explotó-.

Lo que explotó fue una granada que se encontraba aún activa. A una velocidad brutal, las esquirlas entraron en el abdómen de Fulgencio y le perforaron los intestinos. A su hijo Cecilio, la bomba le dañó un pulmón. Gregorio resultó con heridas en la mano y en los brazos, y Juan en la pierna (le lastimó el nervio ciático). Al único que no hirió fue a Oswaldo.

Tenía abierto todo esto (muestra la mano y parte del brazo). Me recortaron la carne para poderme coger puntos. Pero a las 8 de la noche yo pude irme del hospital. El resto se quedó internado. Mi perrito, que estaba echadito, de una vez me lo mató-, cuenta Gregorio.

David León, teniente político de Chanduy, fue uno de los primeros en enterarse de la tragedia. Recogió a los heridos y los llevó al hospital de La Libertad. Pero tuvo problemas para hacerlo. En la versión que rindió en la Defensoría del Pueblo, de Santa Elena, León dijo que el responsable de las prácticas era el mayor Gordon, del Fuerte Militar Bolívar de la provincia de El Oro; y que los militares se negaron a prestarle ayuda en el traslado de los heridos.

— Gordon hizo una llamada telefónica para ordenar que obstruyeran la salida del vehículo de la policía donde llevaba a los heridos. Dijo que en el polígono había una enfermera, y que ella les podía dar los primeros auxilios. Estuvimos media hora ahí, los militares no dejaban salir al vehículo. Llamé a la Gobernación, y ellos enviaron una ambulancia”-, relató León.

Ya en el hospital de La Libertad, se hicieron presentes miembros del Ejército, entre ellos la doctora Ana Sánchez Jiménez, quien tiene grado de capitán, contaron los familiares.

Le dije a esta doctora que cómo nos podían ayudar. Me preguntó la dirección donde vivía, el barrio, y me dijo que no nos iban a reconocer en dinero, pero sí en víveres. Quedó en irnos a visitar.

Pero nunca vinieron ni a preguntar si es que vivíamos o moríamos-, dice Gregorio.

¿Les avisaron antes de hacer las pruebas?

No, no vienen, nadie nos avisa.

A veces estamos de cacería y cuando acuerda empiezan a disparar. Las bombas pasan zumbando por encima de uno, ahí uno tiene que tratar de esconderse, salirse de donde está-, describe Juan.

Hacen las prácticas 3, 4 días. Esto ya tiene años, señorita. Más antes, en otros años, han disparando de allá para acá. Y nosotros hemos encontrado a nuestros animales muertos. Ya me van matando dos vacas. Esa es la preocupación que nosotros tenemos, de andar cuidando los animales-, dice Gregorio, dueño de 20 vacas y un par de caballos.

***

Fulgencio tiene 50 años, pero parece un delgado anciano. Está chupado, sin fuerzas y le cuesta respirar. Sus ojos estás amarillos. Se alimenta por medio de una sonda nasogástrica, que también sirve para drenar su estómago. Desde finales de diciembre está asilado en el Luis Vernaza.

El director del hospital, Jorge Hurel Prieto, me cuenta que su condición es crítica, que las lesiones fueron causadas por fragmentos metálicos de un aparato explosivo, que lo han operado dos veces y que le han hecho una colostomía –corte en el intestino grueso que se hace para crear una abertura artificial que sirve de sustituto del ano-.

En el hospital de La Libertad, Fulgencio estuvo dos semanas, empeoró y lo llevaron al IESS, porque tiene seguro campesino. Sus familiares dicen que no lo atendieron bien, y lo cambiaron al Vernaza.

Me acerco a su cama, ubicada en la sala de terapia intensiva de la clínica Sotomayor. Aquí la visita solo dura media hora. La enfermera tiene cara de pocos amigos. Le digo a Fulgencio que estuve en Engunga conversando con sus vecinos y familiares. Sus ojos se encienden. Quiere contarme lo que pasó ese día, pero apenas puede hablar.

Esa mañana fuimos a picar con un hijo leña, y nos reventó una bomba de los militares. Salí huyendo durísimo, dejamos el hacha botada, todo; pero igual me alcanzó. Yo enseguida llamé a un pana por el celular. La sangre me brotaba. Dijeron que nos iban a apoyar, pero hasta la vez nada. Me fueron a dejar botado a Libertad. Me dejaron cuando todavía tenía abiertas las heridas-, dice.

Para, toma aire, continúa.

Nosotros no tenemos nada, por eso es que ando trabajando en el carbón. Saco unos dos saquitos por día. Los vendo a cuatro dólares. En el pescadito, en cambio, me gano unos 30 dólares a la semana. Mantengo a una niña que anda por ahí y a otro que vive conmigo.

Fulgencio tiene cuatro hijos: Cecilio, que lo ayuda en el carbón; Sixto, que trabaja como albañil; Miriam, que es cocinera en Punta Blanca; Margarita, que no trabaja y Elizabeth.

Salgo de la habitación, y me topo con una carita de ojos llorosos. Es Elizabeth Alejandro, la hija menor. Dice que tiene 17 años, pero parece de doce. Junto a Glenda Cruz, su cuñada, pasan las noches sentadas en un mueble, y se asean en los baños del hospital. Nunca antes habían estado en Guayaquil. Pasaron la navidad y el fin de año en el sofá de la sala de espera. Y aquí siguen.

Mi casa es de cañita. Vivo yo con mis papás y mis hermanos. Desde ahí escuchamos las bombas, retumbaban durísimo. Hasta de noche explotaban-, dice llena de tristeza la joven con cuerpo de niña. –Mi papá era bien gordo. Un doctor me dijo que va a estar aquí cinco meses o más, porque se tiene que recuperar poco a poco-.

– Los militares fueron como 3 ó 4 días al hospital. Si pedían medicamentos, ellos iban y compraban, pero al cuarto día ya no volvieron. Fuimos a la Artillería en Salinas. Ahí nos dijeron que no nos podían ayudar. Llamaron a Machala y pusieron el altavoz para que escucháramos.

Dijeron lo mismo, que no nos iban a ayudar y que no tenían nada que hacer con esto-, se acuerda Glenda.

***

Miriam Alejandro, la hija mayor de Fulgencio, puso una queja ante la Defensoría del Pueblo, en Santa Elena. La primera audiencia fue el 1 de marzo. La mujer rindió su versión de los hechos.

La acompañó su abogado, Bernardo Manzano, y varios familiares. Por el lado del Ejército, estuvo el mayor Carlos Espinoza. También estuvo David León, teniente político de Chanduy y Douglas Coronel, representante del Ministerio de Justicia.

El mayor Espinoza leyó un escrito en nombre del ministro de Defensa. Dijo que sobre el incidente fue notificada la II División del Ejército Libertad, ubicada en Guayaquil, y también el Fuerte Militar Bolívar de la provincia de El Oro, que es el responsable de estas prácticas en Engabao.

–Niego todos los argumentos de hecho y de derecho señalados en la queja presentada en la Defensoría Pública por la señora Miriam Alejandro Cruz. Solicitamos el rechazo y archivo de la mencionada queja en todas sus partes-, leyó Espinoza.

Las razones del Ejército para negar la queja son: 1) Que los materiales bélicos no corresponden a la munición utilizada por la escuela de Artillería, unidad que realizó prácticas de tiro los días 18 y 19 de noviembre de 2010. La munición o granada que explotó sería antigua, y está en ese lugar desde un tiempo desconocido. 2) Las bombas habrían sido detonadas al ser manipuladas irresponsablemente por los afectados. 3) El polígono de tiro está ubicado en ese lugar desde 1992 con pleno conocimiento de la población; y se trata de un campo militar perfectamente delimitado y destinado sobre todo a prácticas de tiro de calibre mayor. 4) La trasgresión de las medidas de seguridad son de total responsabilidad de quienes las violenten. 5) Se instruyó en esos días para que se prohíba la aproximación o ingreso a esta área.

El teniente político de Chanduy aseguró que a él nadie le avisó nunca de las prácticas de tiro, y que tampoco fue notificado el jefe político ni autoridad alguna de la comuna. Contó que, días después de incidente, él, junto con el jefe político del cantón, comuneros y la policía hicieron un recorrido por la zona del polígono de tiro.

–Vimos que no existía ningún letrero, ninguna franja que pueda señalar que es un campo militar. El polígono de tiro está ubicado en la comuna Engabao de la provincia del Guayas, y los explosivos que no son bien dirigidos pasan a la comuna Engunga. Esos territorios en ningún momento han sido cedidos al Ejército-, dijo León.

–Yo, como abogado, estoy acostumbrado a ver que los culpables niegue la culpa. Pero sí me sorprende que, además de negarla, se la endilguen a las víctimas-, comentó el abogado Manzano, quien pidió una indemnización, aún no cuantificada, para la familia de Fulgencio y exigió que se sancione a los responsables.

Douglas Coronel, representante del ministerio de Justicia, ordenó a los militares que prueben que existe señalización, que avisaron a la comunidad y que hicieron el barrido. Y sobre la propiedad de la tierra indicó que las comunas tienen derecho a recuperar sus territorios ancestrales y que cualquier tipo de apropiación sobre el terreno comunal debe adecuarse a la nueva Constitución.

–No queremos recurrir a instancias internacionales para que el Estado asuma la responsabilidad que le compete. Este caso debe servir para que las Fuerzas Armadas mejore sus procedimientos-, dijo Coronel.

8 de enero, Engunga.

Vamos a la comuna para recoger testimonios y hacer fotos del lugar de la explosión. Nuestros guías son Roberto Célleri, un cazador de venados que ha visitado la comuna desde hace 40 años, y su hijo de igual nombre. El camino culebrero. Queremos llegar al sitio donde ocurrió la explosión. Los Célleri, junto a Eulogio Gonzabay, un compadre de ellos, van adelante en un San Remo; nosotros los seguimos en un Chevrolet Aveo.

Es sábado. Nos internamos en la pampa por una ruta que se llama Camino al Manantial, una media hora adentro de Engunga.Vemos agujeros en la tierra y esquirlas de bomba de todos los tamaños esparcidas. El viento ha tirado al suelo una cinta que dice: peligro, campo minado. No hay ni un solo militar. Nadie que prohíba el paso. Nos cruzamos con personas que pastorean sus vacas. En auto, en caballo o a pie cualquiera puede transitar libremente por este lugar.

Vemos el esqueleto de un perro y su pelaje. Creemos que se trata de la mascota de Gregorio. Hay muchas esquirlas y pedazos de vidrio alrededor. Este es el sitio, no hay pierde, dice Eulogio. Es peligroso estar aquí, en cualquier parte podría haber bombas sin explotar.

Por la loma de Chimuela hay una bomba que está sin explotar-, nos dice Elogio. ¿Quieren ir a verla? Todos queremos. Nos adentrarnos en este laberinto polvoriento al que llaman Pampa de la Matanza. Vemos más agujeros y esquirlas. Después de andar como una hora, aparece semienterrada una bomba entera, es verde y tiene como de 20 centímetros de diámetro.

Yo estuve preguntando qué grandura tenía la bomba. Mi tío la midió, me dijo que tenía 60 centímetros. Una de estas ha hecho pedazos a las vacas, la otra vez encontramos una así, hecho fleco. Esto cae donde quiera, hacen unos huequísimos-, dice el compadre Eulogio.

–Niego la irresponsabilidad que señala la señora Miriam Alejandro cuando indica que el personal militar no realizó el barrido de la zona, pues esto es una medida de seguridad que es tomada inmediatamente después de tales entrenamientos para ubicar y destruir munición no detonada-, dijo el mayor Espinoza cuando rindió su versión. Sin embargo, más de dos meses después de que los militares terminaran las últimas pruebas, los restos de los explosivos aún continuaban en la tierra.


Teherán, entre el caos y lo prohibido


Amanece al norte de Teherán, en la avenida Navab, que cruza los barrios más acomodados de la capital iraní. En esta ciudad el caos vehicular madruga y llegar al sur, al bazar de Molevi, uno de los mercados con mayor movimiento comercial y donde, dicen, se pueden comprar “las cosas prohibidas”, puede tomar dos horas y media.
En la víspera del día sagrado musulmán, que es el viernes (equivalente al domingo en el cristianismo), los jóvenes suelen visitar el sur para abastecerse del alcohol que consumirán en sus fiestas privadas.
Jeremías (nombre oculto) muestra, en su laptop, las fotos de su última fiesta en casa: chicas sin jihab que visten coloridos y apretados vestidos, lucen mucho maquillaje y sostienen vasos de whisky. Gente riendo, fumando tabacos extranjeros y divirtiéndose como en cualquier país de Occidente.
Para llegar al sur hay que sortear el cotidiano trancón. La fila de Peugeots –el favorito de la clase media y que se consigue por 15 mil dólares-  es interminable. Los comerciantes de chucherías  se cuelan entre los carros intentando vender por diez mil dumanes (1 dólar) cualquier baratija de plástico traída de China.

Pero ni el tráfico ni la lentitud provocan un insulto o un grito. Ni siquiera un pitazo. Hay silencio en las calles de esta macrourbe de más de 15 millones de habitantes, donde la basiyi (la policía religiosa) está siempre alerta para castigar cualquier infracción moral: un beso entre un hombre y una mujer, un atuendo que denote algún rasgo homosexual o un velo mal puesto. Por ganar tiempo y evitar el acoso policial, la mayoría elige el metro (subterráneo) que tarda 20 minutos en cruzar la ciudad, y reserva dos vagones por tren para las mujeres. También hay un sistema de buses parecido al Trole, pero si se es mujer la regla es ocupar los asientos de atrás. A pesar de ello, esto es más seguro que conducir aquí donde irrespetar las señales de tránsito es la norma.
Las mujeres, al menos, en este otoño han tenido una razón no religiosa para cubrirse: el frío que bajó hasta los 2 grados.
Pero si hiciera calor lo mismo tendrían que usar el jihab. Los rostros colocados en gigantografías, vallas o en simples letreros a lo largo de esta y casi todas las grandes vías  de la dupla sagrada: los ayatolas Jomeini y Kamenei, recuerdan que en este país manda la sharía (en árabe significa “vía” o “senda”), la rigurosa normativa social islámica.
En Irán, que antes de la revolución islámica era considerado el país más occidental del Oriente Medio, todo cambió después de que se impuso el régimen coránico, manejado por los ayatolás. Mucho influyó también la figura de Mahmud Ahmadineyad, actual presidente y quien fue alcalde de Teherán entre 2003 y 2005.

Los teheraníes cuentan que hasta inicios de este siglo, antes de la alcaldía de Ahmadineyad, era común pasar por fuera de un cine y ver un cartel de un estreno hollywoodense, porque la dictadura del Sha tenía amistad con Estados Unidos. Pero hoy eso y el ingreso de música de Occidente están prohibidos. Los jóvenes la consiguen por medio de amigos que viajan o en el mercado negro del sur.

Y es que con el régimen islámico la basiyi salió a la calle para castigar públicamente (muchas veces en los parques y a punta de latigazos) a los infractores de la sharía, que es un código detallado de conducta musulmán. El embotellamiento permite detenerse en los detalles de cómo la gente evade las reglas. Por ejemplo, en Irán están prohibidas las antenas parabólicas, pero se ven en muchas casas. Dicen que cada tanto la policía hace redadas para impedir que las familias tengan acceso al cable, pero vuelven a colocarlas.
Al fin aparece el bazar de Molevi, donde el olor de los inmigrantes que llegan de las ciudades más pobres del oeste iraní, como Kordestan o Lorestan, y de aquellos que vienen huyendo de la pobreza de  Pakistán y Afganistán, se confunde con el de las especies y de los dátiles acaramelados.
Este mercado es el similar de la Bahía, de Guayaquil; o el Once, de Buenos Aires, solo que aquí las mujeres, en lugar de escotes y tacones, lucen mantos de negro perpetuo, el color del islam chiíta.
Una anciana de Bahrein pregunta cuánto cuestan los abrigos y la ropa usada que se amontona en uno de los cientos de locales y que es traída de China e India. Más allá, unos chicos buscan discos y películas piratas. Este también es el enclave del mercado negro en el que se consigue no solo alcohol, sino también películas porno caseras y otras traídas de Occidente. Pero, debe saberse, alertan los iraníes, que distribuir o comprar pornografía, lo mismo que el adulterio, se castiga con la pena capital.
Eso no detiene la venta. “Aquí todo se consigue, inclusive hachís”, asegura un vendedor de narguile (pipa) en un inglés difícil. El hachís (derivado del canabis) se fuma mucho en este Teherán secreto, dicen los jóvenes. “Y el mashrub (alcohol) se vende mucho más en las noches de los jueves, víspera del día sagrado, y es cuando más detenciones hace la policía”, comenta el vendedor, y corrobora que para hallar lo prohibido en Teherán hay que venir al sur.

(Texto publicado en El Telégrafo, en 2008)