Los nadadores del hielo


El cruce del Lago San Pablo es la competencia natatoria más extrema del país. A una altura de 2.670 metros sobre el nivel del mar, bajo sensaciones térmicas que no superan los diez grados, vientos y poca visibilidad, 122 locos se lanzaron al agua para nadar tres kilómetros y medio. 92 llegaron al otro lado, entre ellos un guayaquileño amateur


Juan José Freire ha manejado doce horas desde Guayaquil hasta Otavalo. Viaja en un Spark gris junto a su esposa, su hijo de 6 años y una basset hound a la que salvó de ser arrollada en la carretera y bautizó como Lulú. Quiere cumplir un sueño que tiene desde los 18 años: cruzarse el lago San Pablo o Imbakucha, como lo llaman los locales, sin morir de hipotermia en el intento. Va tan rápido que el Spark se queda dañado a la entrada de Quito. Remendarlo le toma dos horas. Es ahí cuando conocen a la escuálida Lulú, una perra que como todas no tiene problemas en irse con el primero que le da un poco de cariño.

No hay almuerzo ni descanso. A las cuatro de la tarde no solo Lulú ladra de hambre. Han tragado demasiado polvo, y el frío de la Sierra los amodorra. Quieren comer y dormir. Pero el padre debe estar a las seis en una reunión importantísima, donde los organizadores le explicarán los pormenores de la competencia, que empezará a las ocho del día siguiente.

La mayoría –por no decir todos- de los nadadores en esa reunión tiene entrenador. Muchos son profesionales y han cruzado el lago varias veces. Allí está el famoso “monstruo el lago” que ha ganado ¡once veces! la travesía, y los casi adolescentes hermanos Enderica, autores del récord de 42 minutos y favoritos para ganar este año. Esta es gente que representa al Ecuador en torneos internacionales de aguas abiertas y que sabe muy bien de qué va esto.

Juan José, en sus casi 40 años de vida, ha visto una sola vez el lago. Y de lejos. Jamás metió un pie en él. No sabe su profundidad o si tiene corrientes. Y prefiere no saberlo. En Guayaquil se baña con agua caliente y, técnicamente hablando, no nada bien. Lo hace con un defecto que no quiere corregir, porque “los ejercicios son aburridos”.

¡Híjole, es enorme!, fue lo primero que dijo al ver el lago de 28 metros de profundidad y 3.560 metros de ancho desde lo alto de la carretera que va a Otavalo. “No importa”, lo tranquiliza Ana, su esposa: “tú ya te cruzaste el río Guayas, que es más grande”. Y es verdad: él cruzó dos veces el río Guayas y llegó entre los primeros. La diferencia es que en el Guayas hay corriente a favor, y no hay frío ni viento. En cambio, este lago “se parece al mar, y tiene olas”, le avisa su hijo. Y le aconseja: si ves unos animalitos que saltan, son delfines, ¡agárrate de uno para que te crucen!

Pero él sabe que no habrá delfines salvadores. Y que levantar la mano para ser rescatado sería fracasar. Confía en lo que ha hecho previo al viaje: participar en competencias, nadar todos los días 4 mil metros en la piscina olímpica –son 40 idas y vueltas-, comer mejor, bajar de peso, estar tranquilo. Sabe que para participar en el cruce del San Pablo hacen falta preparación física, cojones y una dosis de locura. Tiene los tres, piensa. Pero después de la reunión, él y su familia están seguros de algo: es imposible que gane.

La cita es a las seis y media de la madrugada en el muelle. A esa hora aún hay cielo cerrado. El lago echa un humo blanco, como si fuera un gran caldero. Ese humo asciende y se posa sobre el espejo de agua que apenas se mueve. Es niebla. Una niebla espesa y caminante que hace tiritar a los extraños que han llegado a San Pablo. El viejo volcán Taita Imbabura respira. De su boca, que está a 4.650 metros de la tierra, sale un aliento que hiela. Todos ansían el sol. Pero los lugareños saben que el sol no calentará hasta pasadas las nueve, justo después de que todo haya terminado.

Nada parecido a la comodidad existe en este páramo helado, en el que se han citado durante 48 años deportistas amateurs y también profesionales para la hazaña natatoria más extrema del país: el cruce del lago, cuya agua tiene una temperatura promedio de 12 grados. Eso es frío. Pero si se agregan los vientos, que a esta hora de la mañana cortan la piel, la sensación térmica puede ser inferior a los diez grados.

El riesgo de sufrir hipotermia es alto. Aún así este año se inscribieron 122 personas (38 mujeres), de entre 15 y cincuenta y pico de años. La mayoría viene de provincias serranas, aunque también nadaron cinco de Guayas, dos de Manabí y uno de Los Ríos. Nadie puede usar mallas enteras o de neopreno. El frío les tiene que morder hasta el hueso, sino qué chiste tiene.

De lejos, el lago parece tranquilo, pero no demora uno en darse cuenta de que su superficie se mueve. Y lo confirma uno de los nadadores mejor preparados, Juan Fernando Enderica: “muchas veces no se ve, pero internamente hay corriente”. Esa corriente y la neblina te desorientan, hacen que te pierdas de la ruta. “El bote guía ayuda a los que van adelante, pero los que van de la mitad para atrás no ven nada”.

Frío, corriente, altura, neblina. ¿Qué más se puede pedir? El día es perfecto para el desastre. Y es ahí, cuando las peores condiciones están dadas cuando ¡pum! ¡pum! suena el disparo de la largada y la centena de competidores en masa y con gorritos verdes, salta al agua.

¡Señores, por favor, tengan cuidado, no golpeen a las damas! perifonea uno de los organizadores. Pero es tarde: las patadas y los golpes ya están dados. Eso y el contacto con el agua helada es lo primero que sienten los nadadores. Es instantáneo: se lanzan al lago y se escuchan los gritos.

Es como si el agua te quemara. Se siente como si te golpearan con hojas de ortiga por todo el cuerpo. Son como látigos. Es como si te cortaran como una gillete. Es igual a que si te rasparan con cepillos duros. Como si te mordieran miles de animales. Así lo comparan algunos. Es horrible, dicen todos. Las ganas de morirse o se salir del agua duran los primeros minutos, luego el cuerpo se va a acostumbrando.

Pero no han pasado ni quince minutos y veo cómo una mano se levanta pidiendo ayuda. Lo rescatan enseguida. A esa mano le siguen un par más. Hay seis lanchas que están pendientes de los nadadores, con asistencia médica, y un bote grande con capacidad para 70 personas. En ese bote vamos una veintena de periodistas. Adelante, separado del pelotón por unos largos cien metros, va Iván Enderica, cuencano de 17 años, primer lugar desde hace dos años.

Iván es un profesional. Parte de su entrenamiento consiste en nadar entre 12 y 14 mil metros todos los días. Hace mes y medio estuvo, junto a su primo Esteban, de 18 años, en el Mundial de Natación, en Roma. Quedaron en los puestos 33 y 34 del mundo, y estuvieron entre los mejor ubicados de América Latina.

Ni siquiera Gregory Fuentes, el guayaquileño al que llaman “el monstruo del lago”, le hace sombra al cuencano, quien también ha dejado botados a sus primos Santiago, de 20 años y quien impuso el récord de 42 minutos, 39 segundos hace cinco años; y Juan Fernando, de 30 y entrenador de todos los Enderica.

“El lago es super helado, no se ve nada, hay demasiada neblina”. Así intentaban atemorizar a Fuentes para que no se lanzara. La primera vez lo hizo a los 18. “No era el favorito. Me metí, nadé, y llegué primero. Hacía 20 años que un guayaquileño no ganaba. Yo lo hice once veces, seis seguidas”, me dijo un día antes de que Enderica lo dejara atrás.

“El monstruo” ha nadado desde la placenta. Proviene de una familia de nadadores. Pero ya tiene 39 años y eso pesa. Además, había dejado de competir en el lago desde hacía cinco años. Antes, representó a Ecuador en competencias internacionales de aguas abiertas. Estuvo en el mundial de Japón y de Hawai, donde nadó 25 kilómetros. “Dicen que en el mar la vida es más sabrosa pero ¡mentira! es lo peor”, sentencia. También se cruzó el río Paraná, en Argentina, y nadó en las “frías” aguas de Canadá.

Pero nada como esto. “Estas son condiciones extremas. Legalmente, esta competencia no debería permitirse. La Federación Internacional de Natación prohíbe que se compita en aguas con temperaturas inferiores a los 25 grados. Pero aquí lo hacemos porque es parte del folclore, de la tradición”, dice con razón, pues esta travesía es parte de las fiestas del Yamor, que organizan las comunidades kichwas en honor al tiempo de la fertilidad.

Esta es la época femenina, cuando la tierra (Allpa Mama) ha descansado y empieza su fecundación. Va del 8 al 22 de septiembre. Solo en estas fechas es posible cosechar los siete granos con los que se elabora la chicha sagrada del Yamor, que se entrega como ofrenda a los dioses: maíz amarillo, maíz blanco, maíz rojo, maíz negro, chulpi, morocho y canguil.

Juan José no sabe nada del Yamor. Se pierde en medio de la masa de nadadores. Mientras avanza se extravía de la ruta cuatro veces. Cuando intenta cambiar de estilo –nada en su estilo y quiere hacer pecho- para ver dónde está, siente que le va a dar un calambre. Se da cuenta de que está yendo hacia el oeste, en vez de ir al norte. Pero por nada del mundo levantará la mano. Su esposa, su hijo y Lulú lo esperan del otro lado, del lado de los ganadores.

Quizá ahora recuerde que a los cinco años fue al único curso de natación que hizo en su vida, y no lo terminó. Luego, nadó en el colegio porque había piscina. Y hace un par de años le dio lumbago por el exceso de peso. Mide 1,85 y pesaba 285 libras. Urgido por estar delgado empezó a nadar en la piscina olímpica. Al principio, 500 metros, luego mil y después 4 mil. Ya con casi cien libras menos, se preguntó ¿y por qué no compito en aguas abiertas? Y así empezó a ir a cruces de ríos, de tramos de mar y ahora de lagos.

Iván Enderica, sin despeinarse, llega a la meta. Hizo 41 minutos, 19 segundos, y con eso marcó un nuevo récord. Un par de minutos después arriban sus primos Santiago y Juan Fernando. Luego, asoman dos chicas: Nataly Caldas y Katia Barros, de solo 15 años. El último Enderica llega en el puesto siete. Pasan diez, veinte nadadores, y el “monstruo” aparece en el puesto 36. Ya no es el “monstruo” de antes. Lo sabe. Pero “yo solo vine para la foto”, bromea.

Siguen llegando. Pasan cuarenta, cincuenta, sesenta. Hay gente que llega con las últimas, casi desmayada, de color verde. Les ponen oxígeno, agua caliente en los pies, les dan masajes. “Nadie en estos 48 años ha terminado en el hospital”, me aclara el organizador. Y Juan José no asoma.

Llega una chica al lugar del perifoneo, y dice angustiada: señor ¿me puede decir si el 108 llegó? Revisan, y le contestan: no, todavía debe estar allá. Allá ¿dónde? No se ve nada. El lago parece haberse tragado a los rezagados. Pasan los setenta, los ochenta ¡y al fin! aparece Juan José. Le ofrecen agua de canela, una toalla, pero no quiere nada. Solo saber si llegó dentro del tiempo reglamentario, que es de una hora y quince. Y sí: hizo una hora, 13 minutos y 24 segundos. ¡Ganó!

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2010)

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