Bajo el nogal del olvido (poemario)


Bajo el nogal del olvido

(Lilit atravesando su oscuridad)

Guayaquil, 2011

*Antes de viajar a España, donde inicié un profundo trabajo de introspección que dio paso a mi primera novela, escribí este poemario lleno de dolor y oscuridad. Antes del inicio del amanecer de mi alma, que empezó a finales de 2012, la noche que viví fue muy negra. Soy parte de esta humanidad que transitó conscientemente su duelo, su ruina, su sentimiento de separación.

Ahora, desde el perdón y la consciencia de unidad, abrazo la oscuridad que tuve que transitar y la vuelvo luminiscencia. Ya no hay nada que sanar, ya no hay nada que perdonar.

* Nací el 11 de noviembre. Según el calendario druida o astrología celta, nací bajo el signo del NOGAL. Los celtas cultivaron una cosmovisión muy enraizada con la naturaleza. Es por eso que sus ideas sobre la metafísica y la predestinación se basaron en los árboles. Están bajo la protección del nogal los nacidos del 21 al 30 de abril y del 24 de octubre al 11 de noviembre. Este árbol está relacionado con la profecía. Su virtud es la pasión y sus frutos (nuez) son considerados acreedores de poderes afrodisíacos.

Eros que paraliza los miembros,

esa serpiente que otra vez me intranquiliza…

dulce, amarga e invencible.

Safo

Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido…

Alfonsina Storni

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Jorge Luis Borges

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I

Soy la realidad, la nada que permuta

Escarcha después de un naufragio

Vacíame cuando ya no queden huellas de mi voz

Mantenme consciente cuando me arranques los ojos de piedra

Quiero sentir las lágrimas en el acantilado

Ver que giro como un trompo enloquecido

Rasparme las rodillas y el corazón

Haz que mi sol desaparezca

Y las comadrejas de los silencios me dejen ciega

Pero responde a mi llamado.

(oración para Dios)

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II

Tu extravío empezó el día en que te llevé a ver las gaviotas

fue entonces cuando quisiste volar junto a mí

Escudriñé tu rostro, tu cuerpo, incluso miré debajo de tus párpados

Te mostré cómo debían moverse las alas,

cómo era flotar sobre los torbellinos

Te solté desde lo alto.

Volabas invencible, alrededor del sol refulgente

De pronto, diste un grito de vida que sonó hueco, desolador

y te despeñaste por un abismo sin fondo

Mis ojos te buscaban en el horizonte oscuro

Descendí hasta lo más profundo de tu averno

y estando abajo, muy abajo, te encontré

en la luz negra de la pupila de los vagabundos

Estabas enojado, irascible

resollabas como un lobo herido

como el mar te aventabas sobre los rompeolas

Maldijiste el presagio de las gaviotas

Te volviste contra mí, me llevaste al borde del barranco

Cortaste con tus dedos finos mis manos aladas

las despedazaste sin necesidad de cuchillos

y me lanzaste al vacío.

III

Escuché unas voces sordas en la playa

Pretendía caminar a solas, como si no te buscara

las patas de mi angustia me llevaban directo hacia el arrecife

a tientas, las largas horas de la madrugada me envolvían

como en un frenesí que no sabía comprender

A lo lejos, una pareja reía y tomaba vino

dando grandes alaridos de alegría

Caminé hacia el borde costero creyendo reconocer tu rumor

te vi recostado en las piernas de un fragmento nebuloso de mujer

la besabas en los labios y acariciabas sus largos cabellos

Mis entrañas saltaron de golpe, dieron un grito ahogado

Los cerros de alrededor parecieron cernirse sobre mí

La consciencia de ese encuentro mortuorio me sepultó

llenó mis venas de fiebres y fúnebres cantos

Tu máscara secreta cayó delante de mis ojos

El amanecer aún era lejano.

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IV

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puede ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza,

y me has dejado enjaulada en el espejo

con mis ojos, senos, vísceras, palabras sublimes

sin eco en los cielos del desvarío.

V

Prefiero la paz de los ignorantes al acecho cruel de la certeza

la bala que has disparado ha entrado por la mejilla

y se ha alojado en la sien

la llevo desde el 28 de mayo, el día en que deshabité la duda

en que me volví un negro cuervo que se sienta a esperar

la muerte de alguien para empezar el festín

Mientras tanto, tú duermes plácido

alejado de todas las tempestades que han llenado mi corazón

con olores como de entierro.

VI

No lloro tus naufragios

ni el poco alcance que tienen tus ojos para ver el amor

Lloro tus minucias cotidianas

los egoísmos de la nostalgia,

los recuerdos que perdí la noche de tu mentira

Lloro la zanja en la que he venido a caer, y el arrebato

La sequedad de mi antiguo río, que corría suave

por los vertederos de tus cosas sucias

Lloro los sueños y los campos que ya no serán

Las páginas en blanco, los ventanales cerrados

La mudez, el extravío, tu embriaguez mientras me alejo.

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VII

Estuve sedienta muchas veces junto a tus canales

la poca agua que de ellos sacaba me dejaba los labios partidos

por el azufre y la sal

Gritaba mis deseos en tus oídos que llevaban prisa

de morir

No había respuesta para mis reclamos

Tu carne permanecía inmóvil como letra de obituario

Yo dormía arropada por tus dudas, tus miedos,

mirándote lánguidamente desaparecer al paso del tiempo

como un anciano que teje su mortaja.

VIII

Nadie usa la palabra “olvido” como tú

Eres experto en echar tierra sobre las personas

que dijiste amar un día siniestro

Tan perverso, tan pequeño tu escondrijo

lleno de telarañas y pelambre,

de días tristes y mutilados,

de canciones que evocan una alegría zaina

Hasta este lugar sombrío me has traído

para sepultar mi memoria entre esqueletos incompletos.

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IX

Las aguas han crecido tanto que amenazan con ahogarnos

de sollozo en sollozo, de sombra en sombra

La cal ha sepultado nuestras alegrías

Hemos olvidado lo hermoso del pastizal

Ya no sabemos cómo conducir las bridas del caballo azul

en que nos montamos la tarde del preludio

El lodo llegó para arrasar soles y apetitos

No quiero amamantarte más con mis pechos desabridos

Amor que no me ama

Estamos anegados, la ceniza nos ha enceguecido

Naufragamos en pleno amanecer.

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X

Pensabas que estaba loca

porque probaba el aire con la yema de los dedos

y me deleitaba en oler tu sudor de árbol cansado

Creías que deliraba

porque descansaba bajo tu sombra

Buscaba en tus ojos el deseo constante de poseerme

y en invierno me cobijaba entre tus brazos pequeños

Porque creía en ti,

A pesar de que no eras el emperador de tus cuentos

ni el profeta que dijiste ser

Estaba loca, pero loca de destino.

XI

Será demasiado tarde cuando el Sol nos alumbre

Ya no habrá nada que salvar cuando venga el deshielo.

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XII

Dormí durante seiscientas noches junto a un escorpión

de largas tenazas,

por cabeza tenía una nube de presuntuosas ideas

y por corazón una piedra encadenada al hastío

Sé que en secreto deseaba mi muerte

como desea la muerte de cualquier mujer que intente cubrirlo

de paz, de frutos, de flores y aguaceros

Yo insistí en el verano, en la luz lunar, en el latido

Él nunca creyó que era posible el callejón con salida

Corrió impetuoso detrás de su ruina

Una vez más, se estrelló de bruces contra el cieno.

XIII

Cometí un error al encerrar tu vileza en mi ropero

Al esconder tus anzuelos, ignorar tus gritos de chacal

Te llevaba el desayuno, preparaba el té y la merienda

Te acostumbré a las lentas mañanas, a las horas tranquilas,

a las sábanas limpias, al abrazo, a la delicia

y me olvidé de la negra planta que crecía escondida en tu interior

Una noche se hizo tan grande que tapó el sol con sus ramas podridas

Saliste con estrépito, árbol de sangre

Corriste detrás de una maldad simple, ridícula

La planta devoraba tu piel, devoraba tu rostro

Tú vociferabas como un canalla hambriento

Dejaste tu alma regada por el suelo

se quejó emitiendo roncos quejidos

con sus hermosos ojos abiertos y despiadados.

XIV

En tu pelo nadaban pensamientos como peces

yo los capturaba y los guardaba en un cajón secreto

donde dormían prisioneros madrugadas eternas

La noche en que te convertiste en araña, los liberé

quise que te devolvieran la calma, el sentido

pero eras una paloma enardecida, dos horas negras

Nadie supo nunca cuál era el camino a tu cabeza.

XV

La hora te ha llegado, hombre de murallas

Eres un condenado a ser hoja bajo el nogal del olvido

el gusano en el pico de una enorme ave

Te creías un inmortal diocesillo,

un temporal que arrasa con cuerpos y mentes

Mimabas tu dura apariencia como si fuera a salvarte

de las jaulas que tus propias manos fabricaban

Nada puede redimirte, pequeño mortal encorvado

Has caído en la madreselva de la soledad.

XVI

Nadaste en el líquido amniótico

sin percibir las crueles intenciones que tenía tu madre

Bebiste de su leche sin saber quién era tu enemiga

Naciste en un remolino, una noche de oscura tormenta

iluminado por un candil, vio la luz tu primer grito

Después, las mujeres,

transformadas en múltiples asesinas

te provocaron sueños húmedos

Lamiste los líquidos de las dueñas de tu amargura

Te derramaste en los pechos de tus tiranas

El agua con la que saciaste tu sed

era de aquellas que quisieron tu ruina

Tus piernas tiemblan ahora delante de mi silencio

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XVII

Te penetro en las tardes sordas

Mis cortinas vuelven rojo el aire, sangran

sobre nuestros miembros desperdigados

Muerdo más de cerca tu nombre

Bebo de tus párpados nocturnos, tus pequeñas poluciones

Los remotos pensamientos, el azar

Te diseco y te cuelgo entre mis mudas concavidades

Devoro lo más sucio de tu intimidad

Te camino en los días de muerte

No te salvo

XVIII

Las premoniciones se han apartado de mi mente

No sé cuánto durará esta confusión

Aparezco inconclusa delante de tus estruendos

Sonrío por miedo a morir en un ataque de llanto

Agonizo delante de tus piedras filosofales,

de las poderosas embestidas que le das al mar

Tu leche sigue derramada en mi garganta

Desconozco si el tiempo la hará desaparecer

Eres un animal de patas rotas

El error de un dios en andrajos

Pero aún quiero montarme en tu voz y cabalgarte

como un advenediza de pelo enredado

Saltar dentro de tus instintos para adueñarme

de lo que a nadie muestras: tu alma descosida

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XIX

Atravieso las olas consiente de que el mar

conspira y desea tragarme

Cabalgo libre, fiera, salvaje y eterna

Soy una gaviota de alas largas

Llevo a mis muertos en el lomo

No los invoco

Ya habrá tiempo

Siempre habrá tiempo para el dolor

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XX

Todos los duendes se han ido con sus cantos de selva

Las memorias de otros quedaron sepultadas

En mi cabeza solo hay una estampa de nubes

Me detengo en medio de la ruta para seguir el escalofrío

y tu música negra me atraviesa como una hojilla cortante

Tus colmillos rasgan mis antiguas visiones

Me hacen olvidar los sonidos que amé

Llevo los pies carcomidos

Las manos llagadas por acariciar a tanto falso dios

Te adueñas de mi voluntad y atas mis ojos a tu deseo

Me llevas a la habitación de tu aliento

donde la voz de Morrison dormita.

En tus manos soy una diminuta ración de vida.

XXI

Otra noche, otro día pasó

Volé sobre el mismo templo de carne, y el sigilo

Asistí al ritual de la poderosa hambre

y repetí la sensación de morir y resucitar

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XXII

Pueblas mi consciencia de remotos augurios

que resbalan por mis rodillas

Me sujeto de tus trenzas como a un soplo envenenado

Te mueves a tus anchas en mi interior convulso

Me vuelves una criatura apacible,

una sirva lista para el sacrificio

Sonríes y me atas a tus dientes

preparas tu mejor pócima y la derramas en mi estómago

Me estremeces

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XXIII

Mi places es un útero en el que existes sin prisas

Una multitud de insectos te da la bienvenida

La tierra se abre en dos y se traga, por un momento, toda la maldad

Llevas puesta una canción que moja mi memoria

Como humanos alados flotamos en ríos de saliva azul

Ignoro cuál será la forma en que me darás muerte

XXIV

Te hallé en la puerta de mi risa,

en la casa de mi delirio, en la ventana de mi gemido

Camino sobre las líneas de tus manos

Me pierdo en sus múltiples abismos y me encuentras

Abierta en dos mitades como un pequeño durazno

Tus miedos me han atado al piso

Son irascibles duendes que me sepultan

Lo intento, pero no puedo mirarte a los ojos sin salivar por amor

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XXV

Tu boca se abre y me traga por partes

mi lengua, mis muslos, mi dureza,

mis pezones delirantes, mis montes y concavidades

Los ventrículos izquierdo y derecho

de un corazón que late furioso

como un dios al que le han quitado la fe

XXVI

Una burbuja se eleva tierna y zumbante

hacia un cielo que nunca alcanzará

El dolor flota en la distancia

transforma en pesadilla este sueño circular

Los pasos que caminé, las huellas que estoy por dejar,

el cúmulo de nubes,

la tierra impregnada de tu piel,

la savia que tu perfume exhala

son los demonios que bailan en mi habitación

en círculos perennes que todo lo simulan

y hacen del cielo una pomposa deformidad

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XXVII

Un día me cuelgo de tus pensamientos

y al siguiente desaparezco como una mujer luciérnaga

Parezco esgrimir una oración a la vez que te declaro la guerra

Me esparzo sobre tu frente

Te percibo en el recuerdo de las sábanas,

del balcón, de la cópula y la saliva cortante

Nuestros testigos silentes, los días y las sílabas

se han ido con tu último grito

Mi densa lágrima te acompañará

como un rocío nocturno, lacerante

XVIII

Caminas como un león enjaulado por esta ciudad,

como un feto ahogándose en un frasco de alcohol

Aunque lleves serpientes en las venas, jamás dirás nada

Te ha sido negada la palabra, el flujo de la sangre verdadera

Todo en tu boca es una mentira

La ciudad que te aniquila y te desmenuza

Se parece tanto a ti

A tus cabellos que cuelgan largos como pesadillas

A tu pecho, lleno de vellos y dolorosos agujeros

A tu voz gruesa, a tus desiertos, a tus fantasmas

A tus silencios, a tus eternas ganas de llorar

sueños

XXIX

El raro milagro del deseo aparece sin que lo llames,

te visita y te sumerge en aguas conocidas

en las que nadas sin mí

Unes las huellas que dejé como un rosario profano

Cierras los ojos al mundo y te concentras

en tu aliento encendido

Pasas tus dedos sobre mi universo

y me sometes

como los días a los hombres

como los hombres a los cielos

como los cielos al mar

XXX

Llevas en las muelas el sabor

que te vuelve un hambriento ocelote nostálgico

Tal vez, ya no existo en ninguna de tus dudas

Mujer con vestido blanco

XXXI

Fui una loba sin piel en tus fauces,

mariposa de cuerpo grueso, alas estrechas y vuelo ligero

Ahora soy la de antes del cataclismo

llena de marcas sangrantes en el cuerpo

Soy la que completa el orgasmo con la palabra

que sale de la mina que perforabas con rabia y crueldad

Me fui porque extrañaba ver el mar

XXXII

Sigues rogando, imagino

que los pasos que doy me lleven a tu tabernáculo

que vuelva a cazar nubes delante de tus ojos

que regrese a poblar tus entrañas

Pero me he ido

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XXXIII

Veo en el espejo de tu desnudez mi rostro desfigurado

Me alejo como el aire, y tu voz se hace diminuta

El camino de regreso es imposible

XXXIV

Recuerdo un día en que éramos de sal

y permanecíamos recostados uno al lado del otro

en una mina caliente, alejados de la lluvia

Nada podía desbaratar la cueva de nuestra paz

Los halcones volaban lejos sobre mares desconocidos

Éramos ignorantes de los precipicios

Cantábamos canciones de perros

Imaginamos que el mundo no cambiaría

y que nosotros, en él, jugaríamos sin despertar

debajo de una manta de risas

De pronto, el mundo se hizo enorme, y llovió

dentro de nuestra cueva

El agua colmó nuestra antigua casa

Corrimos intentando buscar un nuevo sentido

En la huida olvidamos la atadura de nuestras almas

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XXXV

En el vacío despierto

con agujas clavadas en las encías

Lo locura impide el descanso

yo tiro y tiro de tu nombre

hasta que aparece dormido sobre mi vientre

Las voces de esas lejanas sensaciones me abrazan

y me consuelan

como en una marea de tiempos y cosas

que no terminan de llorar

XXXVI

Tu piel es oscura como la de un mal agüero

Sé que me vigilas desde el lugar de las arañas, nuestro pasado

el muelle traicionero de tus palabras

No eres más que una polilla

que merodea tu rostro, que es mi profecía

XXXVII

Vivo en un lugar abstracto, donde los unicornios paren realidades

Y los peces viajan en mi humedad violenta,

en mi manía de querer ser única,

incorpórea, irreal, inasible,

dueña de mis propias visiones, y del abismo

Te pueblo, te habito, te domino, aún a lo lejos

como la luna a los ojos de los náufragos

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XXXVIII

Ahora que el mar se ha retirado

He logrado ver mis pies y la tierra que los sostiene

Nunca me había parado en todos mis dedos

ni me había quedado inmóvil sobre mi sombra

ella permanece en tus entrañas

mientras tú corres como un atontado ciervo, buscando

arañando los suelos duros con las patas,

persiguiendo su voz

la única que sabe su nombre

XXXIX

Todos tus segundos se parecen al Sol,

inmutable y aislado, solitario e impávido

La misma cara, olor de cartón, iguales nostalgias

Pasaste todas las edades cercado de lenguas líquidas

que te hacían ver amores, supersticiones, falsos encuentros

Podrías ser el cosmos hecho carne y huesos,

el esqueleto del Universo

pero no eres más que una palabra hueca,

la mudez de los desiertos

Un animal asustado y hendido

en el costado donde un día tuvo puesta el alma

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XL

Veo pasar los mil días de mi vida

Incólume y hecha trizas por un par de ojos vulgares

y extraordinarios

Los ojos de un mago que ha matado la certeza

XLI

Mi voz se estanca en el suelo

como un racimo de uvas putrefactas

estoy fría y vacía,

esperando el calor de otra noche entre pelos fugaces

Sonrío y sobrevuelo tu cabeza

Desnuda soy más que la ficción

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XLII

Adiviné tus intenciones, pero nunca te detuve

quise colisionar contigo en un descampado

Yo soy de marfil, y tú de un leño muy fuerte

Entre el caos y las piedras que me lanzaste

Entre la mentira y la mudez con que te herí

nada quedó, salva hilachas de lo que fuimos

un pedazo de hielo derritiendo a una roca

 

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XLIII

El cansancio se esparce por ósmosis

a lo largo de esta habitación a media luz

Tu enojo es una gota congelada en medio de mis piernas

Siento que la batalla no terminará hasta que uno de los muera

XLIV

Toda la noche pasé en los brazos del extraño

Pero no consigo liberarme de tu aliento

Pregunto dónde estás

Te llamo dos veces, a gritos, en la madrugada

El único que responde es mi gato en la puerta de mis nervios

Te espero acostada sobre una nube de insectos

todos llevan tu nombre tatuado en las patas

XLV

Te gustaba embriagarte, rodear el pozo de la locura

decir cosas sin sentido, espejismos que inventabas

comulgas con los peores malandrines, apestar a escombro

Te gustaba el Cristo de los roedores, el santo de los descosidos

Abrir las piernas de mujeres truhanas

El engaño, la cópula fácil en los baños azulrojizos

Te gustaba mi cabeza contra la almohada

Apuntarme con tu dedo curvo y pisarme con tus patas de alacrán

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XLVI

Iré tras los pasos del caminante

que lleva mi luz atada a sus pies

Rogaré por una insignia, por un sentido

Me arrodillaré

Y él me dirá que me levante, que vuelva a la cama

de donde salí descubierta y vacía

que regrese a mi angustia y mi dolor

Él visitará mi habitación

y coronará de semen mis labios

su barbilla rozará tanto mi pecho

que lo dejará rojo, herido

Yo lloraré en la sombra, en el ángulo de su voz

lo llamaré por las mañanas ¡Elí Elí!

Y él no se volteará

Se irá con sus harapos

a habitar otro cuerpo, a arrancar otros ojos

riendo, siempre riendo

XLVII

Eres un irreconocible cuervo que se estrella contra mi ventana

Haces ecos de pájaro moribundo

La puerta sangra, la ventana suda, pero no abriré

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XLVIII

La muerte es una circunstancia que ocurre al amanecer

cuando nos hayamos deshabitados

Supe que morí hoy dos veces

me mataron y me maté

Él se había llevado mi cuerpo lejos

Lo escondió para que nadie se enterara

de su crimen

Allá, en lo alto de una mentira,

fui a rescatarlo

Estaba frío y amoratado

Había sido envenenado

Lo traje a mi lecho para limpiarlo

Le pedí perdón por haberlo dejado solo,

a la interperie, expuesto a los buitres

muerto, aún se quejaba con un sonido atroz

Lloraba por los ojos, por los oídos, por la piel

No soportaba verlo así tan doliente, tan roto

Por eso, decidí volver a matarlo

Esta vez con mis manos

Le tapé la boca y le quité el aliento

para no volver a escuchar más su llanto

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XLIX

Traes a mi ángel en brazos y lo depositas a mis pies

para que lo contemple desnudo

No puede moverse

El aliento de la angustia le late entre las piernas

Su latido es débil, pero llega allá donde la voz se disipa

Apago la luz y lo escondo entre las cobijas

No quiero una cruz

mi ángel no morirá esta noche

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Amanezco en tu cabeza, en tus agrandadas ojeras

Duermes enredado en una manta tejida por palabras que detestas

apestan a moscas ebrias

Te revuelven las tripas con una cuchara oxidada

La herrumbre está en todas tus cosas

Mi lengua, en la mitad de tu ombligo

No puedes escapar de la ubicuidad del desastre

Y el desastre eres tú

Tú en mi espalda, en los pegajosos estribillos, en el silencio,

en las ventanas, en los cerrojos, en el hedor de tus muertos,

en el whisky, en el abismo lunar del misterio

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28 de mayo de 2011

Los días sombríos se han extendido sobre el mundo

Aún falta más oscuridad

una que jamás nadie ha visto

Una mariposa azul revolotea adolorida

hace un leve ruido de vida

Aparece destruida por fuera, sus alas son como un cataclismo

Ya no creo en los hombres

Todos han fallado

Intento liberarme de la condena que es el azar

hallar la ruta antigua, mas es borroso el horizonte

Me tienta la muerte como a un jinete en la batalla

He nacido mujer

Esta noche soy calamidad y espina.

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La caja de las memorias


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No hay nada que salvar. El fuego estival lo ha consumido todo, incluso consumió nuestras lenguas. Nos quedamos sin nada que decirnos. Para qué sirve el músculo si no hay intención de buscarnos con las palabras. Decidí que sin lengua tampoco había razón para conservar las memorias. Por eso salí a venderlas. El sábado fui al mercadillo para vender todos los recuerdos que nos ligaban. Los guardé, envolviéndolos en telas limpias, dentro de una caja de madera. Se quedaron quietos, indefensos como muertos, cuando cerré la caja. Le puse un diminuto candado por fuera. La gente se acercó a ver qué guardaba con tanto celo. Abrí la caja y, en silencio, lo expuse todo sobre la tierra. Mi pasado desperdigado ante ojos incrédulos que se preguntaban cómo era posible que yo quisiera desprenderme de tantas memorias. Me pesan, quise contestarles. Necesito soltarlas. Si no quieren comprarlas, se las regalo. Pero no volveré con ellas a la casa. Ya no cabían dentro de mí, tampoco cabían en el closet ni en los estantes. Hice un enorme esfuerzo para concentrar todas estas memorias que ahora ven en esta pequeña caja. Tuve que viajar hacia cada una, traerlas al presente, con algunas tuve largos inconvenientes. Sé que un tiempo permaneceré cerca de muchas, y me sujetaré de ellas cuando sea necesario. Estas memorias suelen llevar largas trenzas. Pero en la caja encontrarán todo tipo de memorias. Quería decirles todas estas cosas a las personas que se acercaban, pero no tenía lengua, así que solo miraba las memorias a mis pies, en la caja. Empecé a llorar. Largas lágrimas mojaban las memorias y éstas, con el contacto de mi líquido transparente, volvían a nacer. Sabía que era la última vez que las contemplaba de esta manera. De pronto, una señora de unos setenta años se acercó y me dio un pañuelo. Yo me sequé las lágrimas muy despacio, cerrando los ojos y tapando mi cara con el pañuelo, agradeciendo por poder llorar. Cuando abrí los ojos, no estaba la señora ni las memorias. Sentí un alivio infinito. Adiós, pude finalmente decir. Mi lengua empezó a recobrar la vitalidad de los viejos tiempos, y apareció dentro de mi corazón el antiguo caballo que corre por los campos.

Las marcas en los árboles


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Nos parecemos a nuestras marcas; me lo hizo notar un taxista ayer. Ustedes se parecen tanto que yo pensaba que eran hermanos, me dijo. Yo me acordé de que esa no era la primera vez que alguien me lo decía. Me limité a reírme sin ganas, estaba exhausta y había mucho ruido y tráfico. El taxista se interesó por saber dónde estaba el señor. Le respondí que te habías ido de viaje, y que volverías en un mes. No le conté que ya no vivíamos juntos ni la razón por la que estaba en “nuestra” casa.

Debe ser que llegamos a ser tan cercanos que nos volvimos similares. No fue porque yo, naturalmente, fuese como tú, sino porque, de algunas extrañas, sutiles y burdas, maneras me fuiste moldeando durante estos largos años que compartimos. Al no ser escultor, al no saber cómo se ajustan las almas a las carnes, o la delicadeza que hay que tener para coger un corazón y limpiarlo, tu trabajo iba de mal en peor. No sabías cuidar de ti mismo, mucho menos podías cuidar de otra persona. Yo era inexperta, no lograba caminar en el andarivel correcto. Me caía de tus manos una y otra vez. Me derramaba como la sangre de un mirlo que un gato asesina. Tú, sin intentar la menor reacción, me veías caer. Me sentía como una muñeca de trapo inútil y sucia. No había palabras ni caricias, solo un silencio de tierra. Te amo y no lo estás viendo, musitaba antes de dormir. En ese entonces, yo ignoraba que el amor de esta manera no es posible.

El amor es un sentimiento que requiere de una vibración muy alta, y no puede producirse entre personas enterradas bajo la sombra, como éramos tú y yo. Al amor sólo pueden llegar los que han elegido dejar de sufrir, dejar de juzgarse. En ese tiempo, yo me juzgaba y permitía que tú lo hicieras. Creía que no era lo suficiente para ti, por eso me impedías el paso. No veía que tú no sabías cómo dejarme pasar, que tu corazón estaba totalmente resguardado en una caja fuerte. Habías perdido las llaves y te daba pereza buscarlas. ¿En qué camino, dónde ocurrió lo de las llaves? Quería ayudarte a buscar. Me hablabas de alguna ruta, un modo que ya antes alguien intentó, pero yo ni siquiera lograba derretir todo el hielo negro que tapaba tus ojos.

Cuando te conocí, sentí que la vida me daba la oportunidad de consolar a un niño que había sufrido. Como si todos los niños del mundo no sufrieran, como si pudiese medirse la intensidad del sufrimiento de unos versus el sufrimiento de otros. Como si tu sufrimiento de niño fuese más terrible que el mío propio. Pensé que si te amaba, cambiarías. Dejarías el rencor hacia ti mismo y, por fin, podrías corresponder mi amor. Las mujeres solemos pensar que con nuestro amor alcanza y cuando nos damos cuenta de que nunca vamos a ser correspondidas de la manera en que lo imaginamos, montamos en cólera. Son las trampas que nos pone nuestro ego una y otra vez. No tiene que ver con nuestra esencia femenina, sabia y alquímica, tiene que ver con la mente y el ego heridos. De pronto, estamos perdidas en la misma maraña de sentimientos que nosotras mismas hemos engendrado, alimentado y hecho crecer. Empezamos a matarnos de a poco con nuestros propios venenos. Al principio, no decimos nada; nos tragamos todo en silencio. Y si él nos pregunta qué nos pasa, callamos. Nos volvemos inaccesibles, como un atolón. Luego, evidenciamos el malestar de inexplicables y crueles maneras. Dañamos al otro y nos dañamos a nosotras mismas. En algunos casos, cavamos tan profundo la herida que no logramos ya nunca sanar.

Soy un ser humano, debe haber un modelo a seguir, un programa de mano, una guía de instrucciones. Debía partir de algún lugar, elegir el siguiente camino, el que me llevaría de regreso a mi propia coherencia. Estaba entre la bruma, sin poder ver ni siquiera mis pies. Me miraba al espejo y los ojos se me llenaban de lágrimas. ¿Qué debo hacer para amarme a mí misma? ¿Dónde ha quedado mi fuerza? ¿Cuál era mi propósito inicial? ¿Qué estoy haciendo de mi vida?

Yo me estaba sosteniendo por un hilo que llevo por dentro aún antes de nacer. El hilo que entrelaza mis propias palabras y me salva cuando pierdo la esperanza. En algún momento, supe que debía huir. Lo intenté. Me fui lejos, pero el fantasma estaba aún vivo, todavía latía su triste corazón. Goteaban recuerdos en mi mente que no eran de felicidad, y aun así quería volver. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cuándo se iría la nube gris sobre mi cabeza? ¿Cuándo sería suficiente de esperar y empezar a vivir? ¿Qué me impedía ver más allá de los árboles oscuros?

Debía volver y enfrentar el dolor, era todo lo que sabía. El regreso fue incluso más doloroso que el inicio del viaje. Cuando creemos que ya ha pasado lo peor, es precisamente cuando se desata la verdadera tormenta. Olas gigantescas me sepultaron, el agua era pesada y no estaba limpia, no lograba respirar lo suficiente como para sentirme viva. Estaba en el limbo, entre la vida y la muerte. No sabía si más allá que acá. Pensamientos terribles me asaltaban en la noche, me despertaba llorando. Dormitaba en el día, deambulaba. Me topaba con tu mirada, y hallaba la misma expresión de tristeza que desde el primer instante exacerbó mi compasión.

Cuando estamos en el sótano, no podemos bordear nuestros contornos. Empezamos a desaparecer en el moho y el olvido. Me acostumbré al olor de tus cosas guardadas, la más guardada de todas, tu corazón. Tus palabras de derrota eran patas con ventosas que se adhirieron a la superficie húmeda de mi garganta. Mis raíces no eran firmes. El día en que mi tronco empezó a tambalear, sentí que las hojas de las ramas más altas me pedían a gritos que reaccionara. Sus voces, al principio, sonaron a súplica, pero con el paso del tiempo y esto empezó a ocurrir a una velocidad inusitada, ellas empezaron a exigirme, a reclamar mi cambio de posición. Sube a un árbol, como cuando eras niña, y busca un nuevo ángulo de visión, me repetían por las noches. Yo estaba demasiado cansada para hacerles caso. Una de las hojas, al desprenderse, me recordó que el tiempo del aprendizaje por medio del dolor había terminado. Hasta entonces, sufrir había sido necesario para comprender, pero desde ahora sufrir era una elección. Estás lista para bailar en el aire, me dijo la hoja antes de caer.

Una a una fui descubriendo las marcas antiguas que yo misma había hecho en los árboles para recordar el camino a casa. Una de esas marcas llevaba tu nombre.

Por lejos que estés


Ella-la-soledad

POR LEJOS QUE ESTÉS

(2038)

Haz que mi sol desaparezca

y la comadreja del silencio me deje ciega.

Pero responde a mi llamado.

El cielo vomitó su líquido transparente una semana entera, hasta vaciarse. En todo ese tiempo, Piedad ha permanecido en un rincón del cuarto en posición fetal, alimentándose de momentos trabados y lamiendo la humedad del suelo para no desecarse y morir. Alertada por el reloj que tictactea en su mente, le pregunta a la memoria si Pablo volverá. Piensa que si él no regresa, ella perderá toda razón de vivir y dejará que su cuerpo se acartone y desmigaje hasta quedar en polvo. Pero la memoria, aun dejándose sentir, no responde, no tiene oídos ni lengua, aunque sí manos como tenazas que saben dónde apretar. Es un juego de tres en raya de imposible acierto, al menos que ella se descuide y por un segundo cierre los ojos.

Piedad no quiere empezar de nuevo esta carrera que siempre le toca perder, no lo intentará más. Quiere morir y acabar con la falsa ilusión de creerse viva. Respira fuerte, pero sabe que respirar no es vivir. Hace falta mucho más que eso; hacen falta voluntad y una mínima esperanza. Hace tiempo decidió marchitarse, fue el día en el que la mente de Pablo se movió de su sitio. Aunque, pensándolo bien, es un error decir que aquello ocurrió en un solo día. Nada ocurre en un solo día, hasta Dios necesita más de eso para construir o destruir. Más cierto será decir que lo de Pablo fue un proceso lento y que el tiempo hizo bien su trabajo. Ella, aun viviendo con él, despertando y anocheciendo a su lado cada día de cada mes de cada año, casi no notó la degradación del hombre, dueño de aquel cuerpo tibio y callado que ahora la espera en la sala de este hospital de olores ácidos. Que la espera es una forma de decir, porque Pablo a nadie puede esperar.

A través del ventanal, la luz del día golpea a Piedad, hiere sus ojos, pero ella no se aparta, lagrimea pero sigue ahí. Las golondrinas del verano revolotean en torno a los nidos que han hecho en la persiana. El otoño está a las puertas, pero ellas, apuradas, se afanan en alimentar a sus polluelos para que el frío los coja fuertes. Piedad intenta mirarlas pero el velo acuoso que empaña sus ojos lo vuelve todo turbio.

Las imágenes que la atacan en forma de recuerdos recientes la llevan a esos lugares que quiere olvidar. Recuerda con nitidez los olores, los colores, el ruido, las sensaciones. Las malas visiones suelen ser así, diáfanas. En cambio, los instantes alegres se agrisan, se vuelven cenicientos y uno no atina a decir con claridad cómo ocurrieron, o si realmente ocurrieron. No hay nada más traicionero que la mente, nadie nos traiciona más que nosotros mismos. ¿Cuáles fueron exactamente las palabras que Pablo le dijo aquella noche? ¿Era de noche o era de tarde, qué expresión tenía su rostro, qué ropa llevaba puesta, en qué lugar de la casa hicieron el amor? Unas veces, trémulo, él le dice que la ama en el sofá del salón mientras desabrocha su blusa; otras, de pie junto a la ventana, se le ve ajeno, mientras ella, recogida, lo espera. Nunca el recuerdo es el mismo ni le llega nítido, pues lo que se siente empaña la realidad. En cambio, con total transparencia ve cómo se abre la puerta del cuarto donde él está y asoma un médico que la hace pasar. Una enfermera que huele a antiséptico perfumado abre de par en par la ventana, por la que se cuela una mariposa amarilla. Afuera hay sembradas rosas y buganvillas.

Pablo está tendido en una cama angustiosamente blanca. No se mueve, no la mira, parece haber envejecido una eternidad. Sus facciones han caído de su rostro, cuelgan en alguna otra parte, de alguna otra cara. Su cabello vigoroso ahora es ralo, feo de mirar y acariciar; sus manos están tiesas, congeladas, sus huesos saltan a la vista. A Piedad le cuesta ver en ese cuerpo deslucido el hombre que ama. Aún así, quisiera que él la mirase o hiciera un mínimo gesto que indique que la recuerda. Una luz, dame siquiera una luz, para que sepa que sabes quién soy, le pide sin palabras. Es inútil, Pablo ya no la recuerda y eso la hunde. Sale de la habitación.

Duerme, o así lo cree, enrollada como un feto. Siempre creyó que si doblaba las rodillas contra el pecho el miedo no iba a subir más, que quedaría atrapado en su estómago y no podría devorarla. El miedo es un perro que se acomoda a sus pies, pero en lugar de darle calor, la muerde. El patio está encharcado. La ropa, empapada en los cordeles y sus medias, empozadas en el suelo, permanecen enlodadas y solas. Son blancas pero han perdido color, como pasa con ella. Piedad era morena, ahora es opaca, sombría y gris como queda el monte luego de un poderoso fuego estival.

Hace siete días, cuando empezó la lluvia, salió al patio. Miró cómo su ropa se mojaba por entero, y sintió que esa agua helada se le metía por dentro. Entraba por sus oídos, por su boca, por sus ojos, por su vagina, por sus pequeños poros capilares; tanto y tan profusamente caía que ella misma se abrió para ser inundada. Quería que el agua la ahogara, pero no se sabe de nadie que haya muerto por exceso de lluvia en el cuerpo. Desde ese día duerme la siesta más larga de su vida. Sueña que corre por una avenida, la luz roja de un semáforo la detiene. Ella es como un pájaro de caderas menudas y cabello entrecano. Mira las hojas amarillas de la acacia que le da sombra a la vereda empedrada. Otros esperan que cambie la luz; ella espera que cambie el mundo. Mientras corre, cuenta cuántos días, meses y años ha estado junto a Pablo. Llega al cálculo de 26 años, 312 meses, los días son tantos que multiplica pero no alcanza a saber. ¿Para qué además? El tiempo es para los vivos y ellos ya no lo están. “Cuando despertemos de este mal sueño de amor, seremos viejos”, le decía Pablo mientras ella se arropaba con sus brazos. Pero Piedad ha despertado del sueño y él se ha quedado inmóvil, quién sabe si para siempre. Lo imagina muerto en esa cama blanca. Corre por las avenidas como una yegua sin brida; a veces, incluso vuela. Ella es como la tierra de una montaña suelta, sin raíces que la sostengan, desmoronándose sobre esta ciudad fría y solitaria. Ve a los que caminan descalzos por el monte, los que se bañan en la laguna, pescan truchas en el río, tienen sexo en la hierba, galopan como jinetes azules, jinetes locos que apestan a establo y gozo. Les ve haciendo todas esas cosas que ellos jamás hicieron. Si él regresara, ella jura que las harían, esta vez sí. Si él regresara…, musita.

Mojados, debajo de una luna escasa, ella le pidió ser su esposa. Él le dijo que no, que no era necesario, que no creía en papeles ni juramentos. “Atémonos entonces las manos con estos cordones blancos, esa será nuestra alianza”, se conformó ella y él, sonriendo, se dejó atar. Una tormenta eléctrica los obligó a entrar en casa. Pablo, con los ojos en ninguna parte, le contó un sueño en el que su alma se iba por el mundo y sobrevolaba cordilleras, campos, selvas, ríos y océanos. Después de años sin rumbo, el alma había olvidado cómo volver a la que creía era su casa, el cuerpo de él. Intentaba hallar el camino de vuelta, pero era imposible, no lograba recordarlo. Fue cuando encontró a Piedad que su alma errante supo que no era preciso volver, que ya no tenía sentido hacerlo. Que ella sería, de ahora en adelante, su casa.

“Solo fue un sueño, no te lo tomes tan en serio”, dijo él al ver su cara enamorada. Pero ella lo besó con alegría y le prometió que dedicaría la vida a recuperar su alma; no para quedársela, sino para que él no fuera sin alma por el mundo.

Piedad ha dormido durante siete días. En la habitación, una cortina roja pende de una varilla de fierro débil y vieja que oscila emitiendo un tímido gemido. Ese sonido persistente la saca del sopor. Las piernas y la columna vertebral le duelen. Se levanta, mira por la ventana y piensa que dejó de llover hace meses. Mira la fecha en el reloj, 25 de abril de 2038. Ha dormido demasiado. Coge el mendrugo de drof que está sobre la mesa de la cocina, lo pasa por el grifo de vapor para ablandarlo y se lo mete en la boca. Sabe a moho, pero lo traga. Sus ropas están sudadas, se las saca. Se mira al espejo y ve que sus pechos secos caen en forma de lágrimas, su vientre abultado parece que cargara algún engendro maligno, sus nalgas se han vuelto flácidas y su cara alargada y turbia. La ropa de Pablo sigue amontonada sobre la tabla de planchar. Su rostro, amable y pícaro, la mira desde una fotografía. El recuerdo de tiempos mejores la estruja y abofetea. Piedad cumplirá 56 años este septiembre. Sus ojos aún no han llegado a vaciarse. Siente que Pablo la llama con voz de marido, de amante, de niño perdido. Vuelve el diluvio sobre su ropa decolorada.

(Capítulo introductorio de mi novela Pedro Máximo y El Círculo de Tiza)

El minotauro


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La mujer de blanco rodea el torso del hombre. Se acurruca en su espalda, como un gato silente. Su respiración apenas se percibe. El hombre se encoge, siente los brazos de ella como una líquida sensación caliente que sube de su estómago a su corazón y llega más allá. Baja y sube por su cuerpo como una corriente eléctrica que incluso alcanza su mente, su corona. El deseo lo envuelve y él se mece en un lento devaneo. No sabe si voltearse y consumar el abrazo o si permanecer encerrado en su cáscara de dragón, como envuelto en una nuez. El hombre sale de su cuerpo, se aleja para mirarse mejor y se descubre parado dentro del círculo del minotauro.

El Minotauro está sentado en un lado del círculo, con la cabeza agachada. Parece dormido. El hombre recuerda haber escuchado que los Minotauros son muy hábiles para tomar prisioneros. Conducen a sus víctimas a su laberinto. Las lastiman, les crean malas memorias y pesadillas, pero las conservan. No llegan a matarlas, pues el mayor miedo de cualquier minotauro es quedarse totalmente solo; en esto el minotauro se asemeja a cualquier hombre. El hombre reclina su cabeza sobre el cuerpo de la mujer. Necesita el calor de ella para enfrentar al monstruo que vive en su interior.

El Minotauro no es un hombre, nunca lo será por más que lo desee. Aunque sea hijo de una reina, el Minotauro siempre será una bestia. El Minotauro no disfruta de la ternura, no conoce la liviandad. Le falta una mitad, un lado por explorar, le falta comprender el amor. El Minotauro está perdido en su propio labertinto. Él no conoce las salidas, porque él no las creó. Vive un castigo.

El hombre se retuerce dentro del Minotauro.

Cojo su mano y la llevo hasta mi pubis. La mitad que te falta la he tenido desde siempre entre mis piernas. Huele, palpa, mira de frente. Deja de temer.

Ahí, en la creación, está todo lo que necesitas, le digo. El Minotauro lanza un zarpazo, quiere defenderse del amor. Pero no alcanza a hacerme daño, no logra herirme.

Calma, pequeño Minotauro. Te dejaré para que mueras de soledad en paz.

La escapada


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Los movimientos de un pájaro que vuela son armónicos, lúcidos, ligeros, pero cuando es atrapado y encerrado se vuelven rabiosos, coléricos, desmedidos. Los movimientos de Piedad fuera de la jaula apelan al descontrol. Estancado el dolor, como si nunca siquiera hubiese existido, Piedad empieza a vivir cara al sol; briosa y fulgente, desciende sin miedo por un loco tobogán. Tal como quería Pedro Máximo, acaba la carrera y se gradúa de periodista. ¿Y ahora qué?, se pregunta mirando el título, que acaba por enrollar y guardar en un tubo de cartón. No por ello se siente mejor o distinta, por lo que, a pesar de que no ama a Rafael, lo sigue a Chile. Es una buena oportunidad de salir del agobiante puerto que la parió. A Piedad le gusta sentir el bramido de sus tripas, las sensaciones nuevas la enloquecen.

Se siente una gacela saludable, quiere dar un salto largo, libre y magnífico, que la lleve directamente al delirio, a la felicidad que se esconde detrás el exceso, que asoma acaso un ojo. Desde la ventanilla del avión ve cómo se aleja de Guayaquil, y por primera vez ve la ciudad con su apariencia de culebra atravesada por lenguas de agua. Guayaquil es un reptil, mitad serpiente, mitad cocodrilo, que, como el dios Cronos, devora a sus hijos. La contempla entre nubes y piensa en su forma femenina: la ciudad zigzaguea, se ondula, se sabe dónde empieza, pero no dónde acaba. Sus cabezas crecen desordenadas y, como las de Medusa, son repelentes, húmedas, grises. A veces, cola y cabeza son una misma cosa, tal son las mujeres. De ella, Piedad escapa, vuela como un pájaro brujo o un murciélago de alas oscuras que ha decidido irse lejos huyendo o persiguiendo la sombra de un hombre. Aún tiene retenida la imagen de su ciudad cuando aterriza en Santiago de Chile. Rafael la recibe en el aeropuerto, la instala en su casa, que queda en una comuna alejada del radio urbano. Disfrutan, salen, hacen el amor de esa forma suave y silenciosa que él le enseñó y ella agradece. La penetra sin apuro, juega eternamente con su pelo, la acaricia tardes enteras: tardes enteras en las ramas, como el libro que hace poco leyó. Ella le corresponde simulando, lo mejor que puede, el amor. En un jeep rojo, potente y saltarín, recorren largos caminos de playas y montañas. Chile le parece un país enigmático de gente triste y dócil.

Un día él la lleva a Punta de Tralca, palabra indígena que significa trueno, le dice, una playa con mucho roquerío. Van en el jeep hasta una planicie, bajan, se sientan y mientras fuman, contemplan los rugientes acantilados. Sopla un viento helado. Las olas que, llenas de energía y furia, se estrellan bajo sus pies, los rocían de espuma salada que a Piedad le gusta lamer, hay sexo en eso. Él, tiritando, entra al coche y, en él, se abriga con el poncho largo que ella le trajo de Ecuador. Piedad se niega a entrar, se saca la ropa y empieza a correr desnuda dejando que el viento golpee su cuerpo. Abre los brazos, aletea fuertemente en arcos grandes y planea en círculos, como un aguilucho que está aprendiendo a volar. Él le pide que deje de hacer tonterías y suba al carro, pero ella, por primera vez, se sabe libre y no se detendrá. Corre contra el viento, cerca de los riscos, gozando del peligro que supone. Él se preocupa, se baja del jeep y la alcanza, le pone una manta y la obliga a entrar. La semana siguiente la pasará en cama, con bronquitis, cabreada por lo que se pierde pero sintiéndose Eva y al tiempo Lilith. Aún no se ha recobrado cuando él ya está haciéndole el amor. Vivirá unos meses cálidos entre sus brazos.

 Capítulo 22 de la novela Pedro Máximo y el círculo de tiza (fragmento).

El sueño del águila


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Piedad sueña que es un águila. El águila ha llegado a la mitad de su vida. Se siente vieja, cansada, débil. Le pesan sus alas, la punta de su pico se ha torcido, las garras de sus patas ya no le sirven para atrapar presas, como antes. El águila sabe que debe tomar una decisión si quiere experimentar un nuevo nacimiento. Debe alejarse de todo, buscar un lugar en el que pueda, en silencio, transformar su cuerpo, volver a su esencia. Está decidida a resucitar, pero para hacerlo deben morir en ella todas las memorias de su pasado. Llega exhausta a lo alto de un risco; se esconde en el agujero de una enorme piedra. Y empieza su trabajo de purificación. El águila destroza su inservible pico contra la roca. La sangre brota de sus adentros, el dolor parece insoportable. Durante noches y días espera a que nazca un nuevo pico, y cuando eso ocurre arranca con él sus viejas garras. El tiempo transcurre frío y lento. A veces, siente que morirá. Sabe que muchas han muerto en este camino, pero decide resistir. No hay más vida que ésta. Piedad se revuelve en la cama. Al águila, le comienzan a nacer sus nuevas garras y con ellas extirpa una a una sus viejas plumas, las arranca de raíz, soportando el dolor y la angustia, cayendo aún más en la desnudez y en el vacío. Al cabo de ciento cincuenta días innombrables, el águila con un nuevo cuerpo y un espíritu forjado en el fuego, surge victoriosa de la cueva para su primer vuelo de renovación.

Piedad sueña que es el águila nueva, un águila que también es mujer. Está parada en sus dos patas, encima de una raíz. Delante de ella tiene a algunos insectos temibles. Ella los conoce bien. El lomo del águila se crispa, abre sus alas en estado de guardia, a la espera de un ataque. “Siempre han buscado capturarme. Quieren descubrir el secreto, encontrar el lugar donde escondo la magia. Antes, me quitaron los ojos y la voz. Y aquí estoy, más fuerte que nunca. He aprendido de mis errores. Ustedes han destripado a las que, como yo, volamos. Han abierto sus vísceras pensando que ahí escondían la luz de su canto. Pero el secreto es invisible. Yo misma, el águila y la mujer, soy el secreto”, les dice mirando a los enormes insectos a los ojos. Sus garras aferradas a la raíz, su pico cerrado, puntiagudo como una hoz que degüella, sus ojos amarillos destilando fuego. Sólo hay silencio del otro lado. Los insectos no saben qué hacer, quisieran atraparla, pero ella ahora está fuera de sus posibilidades, se ha vuelto tan imposible como atrapar el viento, como apagar con soplidos el fuego que emerge de un volcán. El águila se lanza desde lo alto del peñasco, y emprende nuevamente el vuelo.

El águila surca los cielos con sus alas extendidas, se siente libre y poderosa. Su especie permanecerá. No lo sabe, lo intuye, pero eso le basta para continuar. Sobrevuela la oscuridad del Bosque Negro. Danza en el aire, se funde en el abismo con el viento, vislumbra la línea divisoria de las aguas, de los océanos. No le teme a la oscuridad, pues ha emergido desde lo profundo. He aquí el poder del águila, y de la mujer.

Piedad despierta. Abre los ojos, y recuerda que su abuela le enseñó que la oscuridad siempre proviene de abajo, que el infierno queda bajo tierra. Sin embargo, el sueño le permite ver que todo depende de quién sea el observador. Desde la posición del águila en pleno vuelo, el infierno sí queda abajo. Pero desde la visión del ser terreno, el infierno podría estar alrededor. El águila, además de alas, también tiene patas. Y cuando ella desciende, siempre queda rodeada de infierno. La oscuridad todo lo cambia en un breve tiempo. Al volverse terrena, el ave pierde su gracia, su poder y su luz. Empieza a caminar entre los muertos; buscando alimentarse de los despojos, de la carne putrefacta de cadáveres. El águila no debe olvidar que, cuando se transita el infierno, incluso ella, puede transformarse en un vulgar carroñero.

¿De qué se trata el Taller de Escritura Introspectiva?


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Empecé el Taller de Escritura Introspectiva a inicios de 2013 con la intención de mostrarles a las personas que lo tomaran que, a través de la escritura, tienen la posibilidad de crear y también de autosanarse. Estoy convencida de que todos somos creadores potenciales y que realizar actos creativos, como concebir un relato o un poema, nos permite conocernos más y mejorar. Una persona que se asume como creador se vuelve protagonista de la historia de su vida, y deja de ser una víctima o un personaje secundario.

Este es un Taller experimental, que parte de mi experiencia subjetiva con la escritura. Me resulta necesario compartir y enseñar estas formas de trabajo introspectivo que he venido desarrollando y aplicando conmigo misma desde hace muchos años. Me he dado cuenta de que los bloqueos creativos que las personas viven no son más que espejismos, la mayor parte fundamentados en dolorosos recuerdos o ideas que fueron metidas en sus mentes por alguien más. Sugiero la escritura como una forma de liberación de las pesadas cargas: de las culpas, los rencores, las tristezas, las torturas mentales y emocionales a las que nos sometemos para seguir adelante. Pero para lograr esa liberación es necesario tomarse en serio no el Taller, sino a uno mismo. Comprender que la existencia no es un regalo, sino una responsabilidad. Nos tenemos que hacer responsables del ser humano que construimos día a día a partir de los pensamientos, sentimientos y elecciones que hacemos.

Es importante que quien tome el Taller sepa que no es posible mentir cuando se escribe de esta manera, y que por más críptico que sea un poema, la verdad del escritor quedará expuesta. Sólo alguien valiente da ese paso.

Para muchas personas resulta difícil escribir un texto coherente sobre sí mismos o terminar un texto que empiezan porque no logran tomar la distancia suficiente. Basándome en mi propia experiencia y a partir de una investigación que he hecho y que hago permanentemente, he llegado a entender el poder que tiene lo que llamo “la postura del testigo o del observador”. Tal vez no haya ninguna cosa que no podamos comprender de nosotros mismos y de los demás si tomamos la distancia necesaria, y dejamos de lado los apasionamientos y los sentimientos más viscerales. De eso se trata este Taller: de sublimar nuestras vivencias a partir de la escritura. De convertir un hecho que, probablemente, nos ha marcado en la experiencia de vida de un personaje que creamos a partir de nosotros mismos. Suena complejo y lo es. Pero leyéndonos nos vamos entendiendo, y vamos eliminando de nuestras vidas lo que ya no necesitamos.

No digo que si hacen este Taller se volverán escritores (eso sería absurdo), pero sí digo que podrán utilizar la escritura para acercarse a ustedes mismos y a los eventos que creen más dolorosos. El dolor que atribuimos a los eventos del pasado pierde vigor cuando lo traemos al presente y lo escribimos desde la postura del observador. Es lo que he podido comprobar.

Lo primero que les pido a las personas para entrar al Taller es que escriban una autobiografía, que leerán en la primera sesión. La mayoría escribe en primera persona. El primer ejercicio del taller consiste en contrastar esa autobiografía con un texto que escribirán en esa primera sesión, a partir de una fotografía. Es un ejercicio de observación, descripción y empatía. Les pido que observen profundamente a la persona de la foto y que imaginen qué situación podría estar viviendo esa persona para mirar así, para tener esa expresión en el rostro. El ejercicio tiene la finalidad de comprender lo importante que es el lugar desde dónde miramos y escribimos. Al hacerlo, las personas notan la distorsión que provocamos al vernos con el zoom de la primera persona, y el sentido más auténtico y real que logramos cuando escribimos desde la distancia de la tercera persona. La fotografía funciona como un espejo. Las personas descubren que siempre están escribiendo sobre ellas mismas. Algunas lo descubren sólo cuando empiezan a leer el texto en voz alta. Y es aquí cuando empieza el viaje.

El Taller dura ocho sesiones, es decir, dos meses. En cada sesión realizamos un ejercicio de escritura in situ y hay otro ejercicio propuesto para que hagan en casa. Hasta el momento he hecho siete talleres, los tres primeros fueron sólo para mujeres y luego abrí la posibilidad de que los hombres también participen, lo cual resultó muy enriquecedor.

Si están interesados en tomar el Taller o en llevar el taller a su comunidad, escríbanme a marcenoriega@gmail.com

Marcela Noriega

Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

Lucía y el sexo


mujerdesnuda

Es domingo, el día se abre denso y perezoso. He dejado encendida la computadora con música random. La voz de Alejandro Sanz chilla desde el parlante. Tengo tanta pereza que la dejo sonar. Nada puede ser peor que despertar temprano un domingo. Nada, ni siquiera escuchar “…ella peina el alma y me la enreda / va conmigo pero no se a dónde va / mi rival, mi compañera / que está tan dentro de mi vida y a la vez está tan fuera”. La voz del madrileño es la de un niño bien; me caen mal los niños bien. Estuve en España el año pasado, pero tenía ganas de ir desde los 16, cuando mi mejor amiga, Lucía, se fue a vivir a Madrid. Lucía me llamaba en la madrugada y me decía: ven que te extraño. Yo sentía una angustia infinita. Nos conocimos en la escuela de monjas, cuando teníamos seis años y estuvimos juntas hasta tercer año de secundaria. Yo nací en noviembre de 1978 y ella en abril de 1977. Lucía era mayor por solo siete meses, pero en esos siete meses cabía una eternidad. En realidad, ella tenía como siete años más, o tal vez setenta. Era una sabia, una bruja, una predestinada para el placer, una especie de imán mágico, de piedra filosofal a la que yo recurría, casi sin hablar. Nunca le hacía preguntas, no me atrevía y tampoco era necesario. Ella sabía que yo tenía una curiosidad insaciable por el mundo, los hombres y el sexo. Lucía tenía el conocimiento, vivía lo que yo apenas alcanzaba a soñar. Me miraba con esa cara de geisha dulce, blanquísima, y me contaba sus aventuras sexuales. Lo hizo desde los trece años. Lucía, a esa edad, ya tenía un cuerpo sinuoso y tetas exuberantes. Era tan guapo, tan fuerte, tenía tu nariz. Yo me mojé apenas lo vi y cuando subí a su moto y me metió los dedos en la vagina, tuve un orgasmo que me hizo sacudir. Cosas así me decía en los recreos. Yo me mojaba enseguida cuando Lucía relataba una de sus historias. Esperaba con ansias la temporada playera, porque ella iba a Salinas todos los fines de semana, mientras yo me quedaba encerrada bajo siete llaves, sin poder salir ni a la esquina. Lucía llegaba el lunes con noticias frescas del mundo. Lucía fue la primera persona que yo conocí que había viajado fuera del país, había tenido sexo, había probado cocaína y, por si fuera poco, había tenido un novio motociclista que murió en un accidente. Pero, además, entre nosotras había una atracción intensa. Nos sentábamos juntas en la última fila del lado derecho del salón. Era un salón muy amplio, con piso de baldosa, y techos altos con ventiladores colgantes. A mi lado izquierdo, había una enorme ventana con rejas. Estaba prohibido asomarse. Los chicos de los colegios aledaños pasaban por la acera de enfrente haciendo señas. Yo tenía la extraña impresión de que cada vez que, en un descuido de la profesora, miraba por esa pequeña rendija, había un hombre invitándome a huir con él. Lucía me decía en clase: juguemos a hacernos marcas en las piernas. Gana la que aguanta más sin reírse. Llevábamos unas largas y pesadas faldas, medias altas de tela gruesa y zapatos negros mocasín. Yo, sin hablar, aceptaba el juego. Jamás contradecía a Lucía. Toda idea que ella tenía, me parecía brillante y sensual. Le hice una marca con mi marcador verde apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Ella me miró con picardía y, sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, me levantó la falda y me hizo una gran marca en la parte interna del muslo. Reaccioné enseguida y la imité, pero esta vez no solo le hice una raya más arriba, casi en la zona de la ingle, sino que me detuve un par de segundos para que el olor de su entrepierna me entre por la nariz. “Ella se hace fría y se hace eterna, un suspiro en la tormenta a la que tantas veces le cambió la voz”. Sigue el meloso Sanz. La última vez que Lucía me llamó fue en el verano de 1997. Yo tenía 19 años y había escrito un libro que ganó un premio. Llamó para felicitarme. Hablaba como española, un acento que me molestó sobremanera. Parecía ebria y, entre lágrimas, me pedía perdón. Me contó que trabajaba como estríper para unos tipos en un antro. ¿Cómo para unos tipos? Los tíos me pagan y yo hago lo que ellos me piden. Tú no lo entenderías, eres demasiado buena. Sentí como si un cuchillo grueso se clavara en mi garganta. Desde ese día odié a Lucía.