Aprendizaje o el Libro de Los Placeres


Aprendizaje o el Libro de Los Placeres

Clarice Linspector

Siruela, 2008

Reseña

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“Uno se asusta con el exceso de dulzura de lo que es por primera vez”.

 

Les advierto que esta es una historia de amor, y que, por lo tanto, no tiene ningún sentido. Pero, a la vez, es de los libros más luminosos de Clarice Linspector. Les advierto también que la protagonista de esta historia lleva, en un sentido no literal, las tripas por fuera, los sentimientos desbordados. La pobre sufre la desolación de no saber quién es. Hechas las advertencias de rigor, vamos al grano.

Para Lori, Ulises es un hombre imponente. Sabe quién es y qué quiere, está lleno de sentimiento y sabiduría. Es un hombre que tiene la capacidad de revelarle los más íntimos secretos de ella misma. Es un hombre que la desea, pero no la toca, no le hace el amor. Le ha dicho que lo hará cuando ella esté lista para recibirlo, cuando esté preparada para contener la totalidad de su ser. Mientras tanto, él la observa, la ve crecer, la ve experimentar, la ve avanzar por un camino que antes estaba oscuro, pero que se ha vuelto, repentinamente, luminoso. La posibilidad del amor está a las puertas, y ella lo sabe.

 

Hasta ahora, Lori ha aprendido por medio del dolor. Le duele el alma. No sabe por qué, pero ha sido así desde el primer día en que tenga memoria. Nació con angustia. De niña, ya llevaba la tristeza atorada en la garganta. Lori ha estado encapsulada como dentro de un huevo de pájaro, no ha tenido el valor de ver qué hay detrás de las cortinas de sus propios sentimientos. Ha elegido vivir de forma gris: es una maestra de escuela que vive en el pasado, y se aburre de ella misma. Es joven, pero se siente anciana. En los largos días de las vacaciones escolares incluso borda manteles que a nadie regala. O se arregla con mucho cuidado delante del espejo, se viste bonito y se va sola al cine.

 

Pero Lori es también una mujer llena de preguntas que no se resuelven con ningún lugar común, consejo o rezo. Ella sufre de soledad e intuye que todas sus dudas las resolverá un día la experiencia real del amor, pero ¿qué es el amor real y cómo llegará ahí?

Ella pensó que Ulises, por ser profesor de Filosofía, había venido a contestar sus preguntas, pero con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que él vino a des-estructurarlas para que ella las volviera a crear a partir de los nuevos pensamientos que él, en muy poco tiempo, logró incubar en su mente.

 

Ella no entiende cómo es que la mente de él parece haber entrado en la de ella. Pero le gusta y lo siente necesario.

 

“No entender era tan vasto que sobrepasaba cualquier entender –entender era siempre limitado-. Pero no entender no tenía fronteras y llevaba al infinito, al Dios”.

Lori es una mujer profundamente asustada ante la posibilidad de descubrirse, de transformarse en un ser humano completo y dejar de una vez por todas la auto-compasión. Esa es la única manera de estar lista para el amor de Ulises. Y ella lo desea, lo necesita, lo anhela. Pero para llegar a él, Lori debe dejar de temer y dar el siguiente paso: empezar a aprender desde el placer y no desde el dolor.

 

Eso es lo que Ulises ha venido a enseñarle. Mientras conversaba con él, Lori, de pronto, sentía que “estaba en una plataforma terrestre desde donde, en fracciones de segundo parecía ver la superrealidad de lo que es verdaderamente real. Más real que la realidad”. Eran los momentos en los que las dudas parecían desvanecerse.

 

Clarice Linspector es una maestra de la duda, del miedo, de la falta de confianza en sí mismas que sufren las mujeres. Crea este fascinante personaje, Lori, que se parece a cualquiera de nosotras en sus fueros más íntimos.

 

Este es el perfil de una mujer que quiere vivir la vida real, pero día a día elige quedarse en casa bordando, haciendo nada, sufriendo la incertidumbre de no saberse. Una mujer que un día ve delante de ella lo que tanto, a solas, había pedido al Dios. Al hombre que pueda librarla de su simpleza. El hombre que la enfrenta a ella misma, que la obliga a mirar su belleza original al espejo, que la reconcilia con su pasado. Ella intenta huir, intenta fingir, intenta todas las cosas que intentamos las mujeres. Pero nada funciona, ella necesita cambiar. Todo su ser se lo pide.

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El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.

La espera


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Piedad camina con un bañador negro por la arena aún tibia. El sol está por caer;  el naranja azulado del fondo va desapareciendo, igual que sus ansias por volver. Quisiera permanecer intacta, así como la observa aquel hombre de lentes y barba que ha detenido la lectura de su libro para repasar el cuerpo inquietante y moreno de Piedad. Ella coloca su toalla a unos seis metros de él, y se recuesta bocabajo. La playa está casi vacía. Piensa en Pablo y en lo que le espera a su regreso. Siente la incómoda tela del bañador apretando. Ya sabe cómo es la vida junto a él, pero espera que algo, repentino, inesperado, suceda. Desea con todas sus fuerzas que la distancia haya provocado el deshielo. Que él haya logrado extrañarla. Pasa del optimismo a la tristeza en la brevedad de un suspiro. No sabe qué sentir. La verdad es que cuando no hay pasión la vida se va gastando como una vela, en silencio, y más rápido de lo que podemos comprender. Ella sabe que él la quiere, a su manera. Una manera austera, sin aspavientos ni besos matinales, con la desidia con la que aman los hombres amurallados. Ella quisiera que un día él le dijera cuánto la ama, cuánto ha deseado tener cerca su cuerpo, o que al menos la besara delante de todos. Una y otra vez ella ha esperado ese momento.

El cielo se extiende limpio y se oscurece delante de Piedad. La belleza tiene algo de opresivo. Las lágrimas quedan para mañana. No hay razón para llorar delante del mar.

Todavía es abril


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Comenzaré por comentar el momento en que nos ataron las manos con una cinta azul. No ocurrió violentamente, como algunos podrían pensar. Por el contrario, antes fuimos seducidos por una música que olía a lluvia. Ésta es nuestra canción, dijo él, pero yo no escuché nada, sólo respiré silencio. La noche había caído rotunda horas antes. Eran los últimos días de abril. Las luces de los pocos autos que circulaban, se colaban a través de la persiana. Adentro, el aire sabía a miel. Su gata, blanca como un copo de nieve, de ojos azules, nos miraba feliz desde un rincón. Yo quería ser atada, estaba lista. Vi que la cinta era nueva. Resplandecía en tonalidades azules de mar, de viento. Nunca había visto una igual. Antes estuve atada con una cinta roja y lloré demasiado. Nadie ha visto nunca quién ata las manos de los amantes. Mientras más me apretaba, más disfrutaba del vértigo, de la incertidumbre de perderme y encontrarme en sus ojos. Sólo mi respiración sobresaltada rompía el silencio en aquella habitación de techos altos, decorados con cenefas. Él vive en el tercer piso de un antiguo edificio. Mi madre solía llevarme a esa casa, a ese piso, cuando era pequeña. Allí había un teatro.

Él me mira a través de sus lentes, con esos ojos pequeños que esconden y dicen tanto. Quiero descubrirlo poco a poco. Ya nos conocimos, le digo. Ya antes me perdiste, no lo vuelvas a hacer. Él me besa con la suavidad de un ave, y yo lo abrazo con la fuerza de una ola que desea romperse sobre él y mojarlo entero. Sumergirlo. Mojo sus pies y sus manos, sus pensamientos y sus miedos. Me rompo, me abro como una flor sobre su cuerpo. Coronamos el pico de una montaña, y bajamos de ella para comentar el viaje. Revuelvo su pelo, él hunde su cara en mi pecho. Me huele la piel y los huesos. En la sala hay un espejo. Estoy desnuda delante del espejo. Él está sentado a medio metro en un sillón, con cara de crítico de cine. Déjame verte, dice. Yo me miro al espejo, él me mira a mí. Me sujeta de una mano, como si yo fuese una cometa que él está haciendo volar por primera vez. Observa cada curva, cada redondez, cada herida, cada huella dejada por otros, por otros que ya no están. Ahora sólo está él. Sos hermosa, dice. Me sonrojo. Me siento a su lado y hablamos sobre los tiempos y las cosas que hemos vivido y viviremos. En la habitación, la cama está al lado de la ventana. Afuera, la realidad. Adentro, los sueños. Él se acuesta a mi lado, me rodea con sus brazos como una raíz. Le cuento la historia de los antiguos kahunas. Él se levanta y trae su guitarra. Toca una canción, mientras yo me quedo dormida. No quiero despertar; todavía es abril.

Marcela Noriega mata a su padre


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POR: MARÍA FERNANDA AMPUERO.
(Texto publicado en la revista literaria Matavilela y en la revista FUCSIA, diciembre-enero 2012).
Marcela es –tiene que serlo- la hija favorita de alguna diosa.
No se explican de otra forma tantos dones reverberando en un mismo cuerpo, en unos mismos ojos de uva negra recién lavada. Pero si hay que quedarse con un don, quizás el más espectacular es el de la risa. Su risa -efervescente, gozadora- niega el desamor.
Marcela Noriega ríe como si nunca hubiese llorado.
Pero la mujer que ríe -y se le forman unos increíbles hoyuelos de bebé- también escribe y la escritura es el vehículo por el que se muestra como realmente es: sensible, vulnerable, melancólica, interrogante.

Mi risa no significa la fe, más bien es el desaliento hecho mueca, la compresión del vacío que me rodea, los años expresados en un estertor.

El verso anterior es uno de los veinticinco epígrafes que abren cada capítulo de Pedro Máximo y el círculo de tiza, la primera novela de esta escritora guayaquileña, conocida sobre todo por su trabajo periodístico, su deslumbrante poesía y por ser alter ego de Lilith, la columnista de sexo que incendia la revista SoHo.
La novela, resumiéndola mucho, es la historia de una mujer que quiere entender qué vida tuvo su padre para ser el déspota que es y al mismo tiempo la de un hombre prisionero de sí mismo que no es capaz de alcanzar –amar- a nadie.
Pedro Máximo, el protagonista, está inspirado en el propio padre de Marcela, fallecido hace 11 años. El año pasado, 2011, a los 33 años, la escritora sintió que en los números había una señal cabalística y se dejó llevar por esa historia -la suya- que quería salir, que necesitaba poética, cierres. Decidió contar para curar, así que hurgó en su inconsciente, en la memoria familiar. Llenó los vacíos con ficción, convirtió los sueños en símbolos poderosos, reinventó la realidad para entenderla y –quizás- enaltecerla. Escribiendo como quien abre puertas, Marcela dejó salir personajes que eran también su madre, su padre, ella misma y el hombre al que ama.
-El origen es la historia de mi padre –dice Marcela y se retracta enseguida-. No, ese no es el origen. El origen es que yo me enamoré de un hombre que se parece a mi padre y de ahí tuve esa idea del círculo de tiza. La historia de Pablo y Piedad es la típica historia de una mujer que se enamora de un hombre que se le parece mucho a su padre y que tiene esa intriga por saber por qué es así. Mi padre era tan hermético, nunca hablaba. Entonces me di cuenta de que la historia de mi padre necesitaba escribirla y finalmente se volvió mucho más importante que la otra.
En Pedro Máximo y el círculo de tiza un pájaro de desamor sobrevuela cada una de las escenas, incluso las más carnales y voluptuosas. Y el silencio es un personaje. No cualquier silencio: es ese cargado y resentido de las casas en las que el marido -el padre- genera miedo. Escribir lo que estaba oculto en su vida fue para Marcela una terapia y un acto de reconciliación con su padre, que murió con el carcinoma del rencor hacia la madre que lo abandonó.
Tal vez por eso, por explicar, por no repetir y por perdonar, Marcela decidió reinventar a su padre. Aunque doliera, le dio vida (como hizo él con ella) y luego lo mató en la ficción para ser libre, para, como explica el psicoanalista Arnoldo Liberman el concepto freudiano de Matar al Padre:

Los malos hijos, o sea, los buenos hijos: todos intentan matar al padre, ergo, todos buscan su autonomía, su realización, afirmar su ser y desarrollar sus tremendas capacidades.

Desde esa búsqueda, Marcela Noriega escribió su novela. Ahora, después de unos meses de su publicación y al ver el éxito que ha tenido sobre todo en grupos de lectura femeninos, lo que quiere la autora es ayudar a otras personas a vivir esa especie de limpieza interior. Así lo explica ella:
-Estoy desarrollando un método para poder, a través de la escritura, hacer una sanación espiritual. Cualquier persona puede, no tiene que ser escritor. Hay que hacer un viaje al inconsciente, no solamente al pasado o a la memoria, porque ahí es donde está el dolor y todos los demonios que nos atormentan. Quiero dar un taller para mujeres porque creo que las mujeres no somos conscientes del poder que tenemos: el primer paso es mirarnos al espejo y dejar de vivir la historia de los demás (marido, hijos) para contarnos nuestra propia historia.
“Volar es un ejercicio de soledad”, ha escrito Marcela. Y ahora lo que busca es propiciar que otras mujeres puedan sumarse al vuelo libre una vez que estén cerrados sus propios círculos de tiza.
Pero lo primero es lo primero: leer la novela.

La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!

Sombras de pájaro


foto de Santiago Serrano

Buenos Aires amanece envuelta en una capa de óxido gris. Jóvenes nubes oscuras corren vigorosas alterando el cielo, volviéndolo un amasijo confuso. Los diluvios han sido constantes este febrero. Son las siete del martes 21. Lucía Juan duerme; se debate entre malos sueños. Por una rendija de su ventana entra un hilo de viento que anuncia una nueva tormenta y la enreda en una pesadilla incomprensible. Hace calor, pero en su sueño es invierno y el frío se le ha metido en el cuerpo como un presentimiento que la hace temblar. Lucía Juan nació en San Ramón de la Nueva Orán, en el Chaco Salteño, allá donde las temperaturas llegan a los cincuenta grados a la sombra y los veranos son verdaderas pruebas de resistencia para las almas cansadas. Lucía Juan conoció a dos compañeros de su padre, que trabajaban en la zafra y murieron insolados, vertiendo sangre por nariz y boca. No le temas al calor, nuestro elemento es el fuego. Témele al frío. El frío oculta cosas, se mete bajo la piel y roe los huesos como hace el mar con las rocas, le decía su abuela, hija de indios wichí. Los últimos inviernos ha nevado en Buenos Aires y eso a Lucía Juan le ha producido tal espanto que ha pensado en regresar a Orán, aunque ello le suponga olvidarse de los sueños con los que, hace ocho años, llegó a la Capital. Sueños de los que, hace tiempo, solo ve las sombras.

Con el cuerpo entumecido, hecho una G, Lucía Juan sueña que es un gorrión. El gorrión es el pájaro de la alegría, pero ella siempre fue una niña triste que nunca aprendió a reír. A los treinta años, se ha convertido en una mujer sedentaria, sombría, cuyas rutinas se repiten todos los días de manera escrupulosa y sin alteraciones. Los horarios son enormes tijeras que cortan alas y cabezas. Lucía Juan lo intuye, pero no sabe volar. Todas las noches se acuesta a las diez en punto para estar en pie a las siete menos cuarto de la mañana. A esa hora se prepara un mate amargo, se asea y se viste. A las siete y cincuenta y cuatro minutos toma el tren en la estación de Castelar y se baja a las ocho y treinta y tres en la terminal de Once, donde trabaja en un call center hasta las seis de la tarde. Dieciocho minutos pasadas las seis toma el tren de regreso a Castelar y llega a casa sobre las siete. Cada quince días compra doce milanesas de pollo, res y ternera. Hoy es martes, y antes de irse a trabajar descongelará la ternera.

Lucía Juan es delgada, lívida, de rostro largo; su cabello negro y ondulado cae sobre los cuencos que forman sus marcadas clavículas. De sus ojos oscuros y grandes brota una mirada triste y mansa. No habla mucho, sus gestos son ligeros, delicados, mínimos. Es tímida como una luna en cuarto menguante. Su padre la llamaba “mi pajarito asustado”. Tiene una voz dulce y acompasada. Si fuese menos cohibida, hasta podría cantar. Con el sueño de tener un programa en la radio, se fue a Salta a estudiar para locutora, pero nunca se atrevió a ejercer. Se conformó con ayudar a su madre en la tienda de ramos generales que tenía en el centro de Orán. Un día, aburrida de su vida, le dijo a su madre que se iba a probar suerte en Buenos Aires. Repartiré carpetas por todos lados. Puedo trabajar en radio, hacer doblajes de películas, voces en off, comerciales. ¡En Capital hay mil posibilidades!, le dijo, aparentemente convencida. De eso hace ocho años. Lucía Juan nunca envió a nadie su hoja de vida; ni siquiera ha escrito una, porque no tiene nada qué poner. Ha pasado el tiempo repartiendo volantes, atendiendo locutorios y contestando llamadas en call centers.

En el sueño, una amenaza invisible la acecha. Es un gorrión asustado, encerrado en un lugar muy frío, una especie de frigorífico. A su alrededor hay muchísimos pájaros que aletean desesperados. Ve a algunos arrinconados, sin alas; y ve a otros muertos, tirados en el suelo, sin cabeza. Ella quiere huir, levantar el vuelo pero el techo es bajo, y sus alas están lastimadas. A las seis y cuarenta y cinco minutos, el sonido del despertador la saca del sopor. Controlada por el reloj, toma el tren en Castelar. Está repleto, no hay asientos disponibles. Viaja arrimada a una de las paredes sucias del cuarto vagón. Mira a los demás y piensa que son como los pájaros. Gente común, seres anodinos ahogados en rutinas, personas que quizá tuvieron sueños reales, o que probablemente aún los tengan. Águilas arpías, fragatas, cormoranes, perdices, calandrias, colibríes. Todos pidiendo que les abran la puerta de sus jaulas.

La madrugada del miércoles 22, Lucía Juan vuelve a soñar que es un pájaro, ya no un colorido gorrión que intenta escapar, sino una gaviota gris a la que le han arrancado las alas y que permanece sangrante en la cima de un enorme risco, junto a cientos de pájaros heridos o muertos. El llanto de las aves es aterrador. La angustia por no tener alas es tan profunda que la gaviota gris se arrastra hasta la punta del peñasco. Quiere saltar y morir estrellada contra las rocas que el mar golpea en el rompeolas. Antes de saltar, intenta una vez más hacer los movimientos del aleteo, pero es tan inútil como agarrar un lápiz con un muñón. Cierra los ojos y salta al vacío. La caída le produce un estremecimiento tan fuerte que se despierta de inmediato, entre la zozobra y el miedo. Esa mañana de miércoles, mientras se lava los dientes, un pensamiento la atormenta: te quitaron las alas porque nunca aprendiste a volar. Cuando sale de casa, su cabeza está tan revuelta que olvida poner a descongelar la milanesa de pollo.

Fiel a su rutina, Lucía Juan se monta a las 07:54 en el segundo vagón del tren número 3772. La gente sube apurada, dando empujones. Otra vez, no halla asiento. Más de 1200 pasajeros viajan esa mañana en la línea Sarmiento. Es el primer día laborable después del feriado de carnaval. Vamos como animales, escucha gritar desde atrás. En su mente todavía revolotea el sueño de los pájaros. Siente pena por la gente que la rodea y por ella misma. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Tal vez, debería volver a Orán, se dice en silencio. A la altura de Caballito, algunos empiezan a notar que el tren desacelera mucho antes de llegar a la siguiente estación, como si le costase frenar.

Poco antes de llegar a la estación de Once, Lucía Juan siente una velocidad excesiva, como si el tren se hubiese vuelto de aire. Debería detenerse y no lo está haciendo. De repente, la visión de los pájaros muertos aparece nítida. En su estómago, el miedo cava un agujero. Son las 08:33. La mujer se agarra con fuerza a uno de los asientos y aprieta los ojos. El choque terrible no tarda en llegar. Se escucha una gran explosión que rompe los vidrios de las ventanas. 51 personas de los primeros vagones mueren, y más de 700 resultan heridas. El tren se convierte en un cementerio de pájaros. Lucía Juan pierde una de sus alas.

(Cuento inspirado en el accidente ferroviario ocurrido en el barrio de Once, en Buenos Aires, en 2012. Este cuento salió publicado en el libro de fotografías (de) antes de partir, de Santiago Serrano).

Portada de Pedro Máximo y El círculo de tiza


Estas son algunas librerías donde puedes pedir la novela

http://www.grupoquorum.com/libro-476925-PEDRO-MAXIMO-Y-EL-CIRCULO-DE-TIZA.html

http://www.libreriaproteo.com/libro-910761-PEDRO-MAXIMO-Y-EL-CIRCULO-DE-TIZA.html

http://www.todostuslibros.com/libros/pedro-maximo-y-el-circulo-de-tiza_978-84-92850-81-5

En pocos días estará también disponible en la editorial GEEPP

http://www.tueditorial.es/

La redacción



Sueño que regreso a la vieja sala de redacción. El Editor General, un veterano calvo, misógino y alcohólico, me da la bienvenida entre una ruma de papeles. Todo está igual por aquí, me dice. A través del vidrio veo a algunos periodistas que me miran con recelo; se dice que los que vuelven son escoria. Muchos llevan un uniforme azul, parecen muertos solemnes. Me asignan mi antiguo puesto, un receptáculo que da la espalda a la redacción y tiene enfrente un enorme ventanal que nunca se abre. Una pesada persiana gris cae sobre él para tapar cualquier rayo de luz natural que pueda llegar desde el exterior.

En este búnker habitado por hormigas estresadas nunca se sabe si es de día o de noche. Una luz amarilla afilada cae sobre las cabezas, las corta en cuadraditos. Cámaras de vigilancia han sido dispuestas como ojos escrutadores por toda la sala que debe medir treinta metros de largo por diez de ancho. Ocupo mi lugar. Al poco rato, una secretaria se me acerca. Me comunica que mañana a las ocho me tomarán las muestras de sangre para los respectivos exámenes de laboratorio y, por la tarde, las huellas dactilares para que pueda marcar mi ingreso y mi salida. La hora de entrada es las 8:30 en punto. Si llego tres veces pasada esa hora me amonestarán descontándome un porcentaje de mi salario.

No hay una hora exacta de salida, y aunque debas cumplirlas: no se pagan las horas extras. Se trabaja, por turnos, los fines de semana y los feriados; y se hacen guardias nocturnas.

Me asignarán un código que deberé aprenderme y que deberé marcar cada vez que salga o entre al periódico. Me indica que mi cupo de Internet es de una hora diaria y que puedo realizar treinta y dos llamadas al mes a números convencionales y diez a celulares. Si me paso, también me lo descontarán del sueldo. Me recuerda que el tiempo de almuerzo es de media hora. ¡Ah! y se le olvidaba: pasado mañana un sastre me tomará las medidas para hacerme el espantoso uniforme. También habrá una reunión de mujeres la próxima semana donde se nos notificarán las obligaciones sanitarias que debemos seguir, y se hablará de otras cuestiones que nos interesan a todas, como cuánto maquillaje podemos llevar o qué tan largas deben ser las faldas del uniforme.

Firme aquí, por favor, me pide la secretaria. ¿Y esto para qué?, pregunto angustiada. Es un memo con toda la información que acabo de darle, necesitamos la constancia de su aceptación a las normas. Firmo. La mujer sonríe y se va. Siento asfixia.

Me pica la palma de la mano derecha, me la rasco con las uñas. Observo que justo en el centro, en medio de las líneas del corazón y de la cabeza, tengo un punto rojo. Me llama el Director, un viejo político del partido azul. En su buena época fue ministro de Gobierno. Voy a su oficina. Le doy la mano, me siento en su sofá de cuero. Entre él y yo queda una gran mesa de ceibo con ribetes dorados. Me dice que está gustoso de tenerme de vuelta. Le digo que intentaré hacer las cosas lo mejor posible. Empieza a contarme sus planes para la campaña que se avecina. Recita los nombres de viejos colegas, conocidos mafiosos, amigos condicionales, empresarios corruptos, políticos ineptos, algunos en funciones, a quienes debo entrevistar.

Como una araña el enojo me sube por las piernas, me eriza los pelos de los brazos y se me planta en el estómago. Es una granada sin seguro. Me rasco el punto rojo y descubro que no es un punto, sino la cabeza de algo que parece un hilo. Trato de sacarle la punta a la pequeña prominencia pellizcando el trozo de piel con las uñas, mientras intento no ausentarme demasiado del monólogo del Director. Aparece la boca de un cuerpo extraño enterrado en mi carne que empieza a doler. Siento que la mano se me ha hinchado de repente. El Director me pide mi opinión sobre la actualidad política del país. Le digo que he estado viviendo fuera, pero que ya empezaré a enterarme. Salgo de su oficina. Un colega me invita a tomar un café. Lo sigo a un autoservicio, dentro de una estación de gasolina. Me cuenta que su novia acaba de dejarlo, que se ha ido llevándose todo, hasta el perro. Me habla como si me hubiese visto ayer, y han pasado cinco años desde la última vez. Le digo que tengo trabajo por hacer. Llegan otros periodistas. Me saludan hipócritas, me preguntan qué tal mis viajes, les digo que bien, gracias. Me voy. En el camino me jalo el hilo y salé aún más, ahora pienso que me atraviesa toda la mano.

Me duele como si tuviese enterrado el aguijón de una avispa. Es un dolor ríspido, seco, sin sangre. Pienso que a Cristo le dolieron más los clavos. El hilo se ve cada vez más ancho. Saco más y veo que no es un hilo, sino un delgado alambre. Subo a la redacción, me encierro en el baño y vuelvo a jalar. El dolor aumenta con cada estirón. Intento arrancarlo con los dientes. Un fluido sanguinolento empieza a salir, a bajarme por el brazo, me ensucia la camisa. Me echo agua, aprieto la mano para ocultar lo que llevo dentro. Salgo. Veo la redacción y siento como si una pesada losa de cemento me aplastara la cabeza. Tengo a dos periodistas a cargo, una chica y un chico de unos veintitantos. Paso por el puesto de la chica. Le pregunto en qué está trabajando. No me contesta. Lleva en la muñeca un brazalete del candidato azul. Le pregunto que por qué lo lleva. Porque es guapo, dice sin escozor. Y ya tengo listo un perfil sobre él, me avisa. Le pido leerlo. Me lo trae. Es un texto corto, está mal escrito, no describe al personaje, no hay contraste, lo que hace es venderlo como la mejor opción. Siento náuseas.

Le pido que se siente para conversar. Dice que debe irse a cubrir algo importante. Coge su bolso y se voltea. Eres una periodista, no una publicista ni un mercenario, le digo sin poder medir el tono alto de mi voz. Ella me mira desafiante. Tu artículo es pura propaganda, y está terriblemente escrito, le escupo mirándola a los ojos. Quiero que lo reescribas, y que esta vez aparezcan los grises del candidato, y que hagas el mismo trabajo con el postulante rojo, le ordeno. El Editor General ya me aprobó este artículo, ahí está su firma, saldrá publicado mañana, me dice sin esconder una sonrisa, y se va.

Siento punzadas en la mano, está inflamada. Me jalo otra vez, y brota un líquido espeso y amarillento parecido al pus. El dolor de la mano se me clava en el pecho.

Llega el chico, le pregunto qué está escribiendo. Nada, contesta. Pensaba ir a una rueda de prensa en el Tribunal Electoral para ver qué dicen. Olvídate de eso, le pido. Qué ideas tienes, insisto. Silencio. No hay ideas, no sabe qué hacer. ¿Por qué estás aquí entonces, por qué no te has quedado en tu casa durmiendo?, le pregunto entre dolorida y enojada. Él alza los hombros. Voy al baño. Estiro aún más el alambre que desgarra la carne de mi mano. Sale un trozo más. El pedazo que he sacado cuelga fuera, quiero cortarlo, lo muerdo, pero no hay forma.

Esa tarde cuando llego a casa me lo saco del todo y me vendo la mano. Pasan dos días, me quito el vendaje. Ya no quedan rastros del alambre ni del pus, pero sí un agujero que me traspasa la mano. Lo ignoro. Los días en la redacción pasan lentos y agonizantes. Intento dirigir a los periodistas, pero es imposible, están viciados, han adquirido los males de las redacciones: el envilecimiento, la cobardía y la pereza. Al final del día me llama el Editor General. Me dice que han repartido los bonos de productividad y tiene listo mi cheque. Veo un papel sobre su escritorio con mi nombre, me han asignado 440 dólares. Él dice que no está de acuerdo con aquella cifra, tomando en cuenta mi experiencia y mi calidad. Dice que a otros editores de sección les han pagado por encima de los mil. Quiero que se calle, pero sé que no tendré el tino para pedírselo de buena manera.

Me comenta que cree que el Director me ha puesto el ojo, que sospecha que no está conforme con lo que estoy haciendo, que escuchó decir que estaba arrepentido de haberme traído de regreso. Que yo ya no soy la misma. Te digo todo esto porque te aprecio, y no quisiera que te cayera de sorpresa, me dice palmeándome el hombro. ¿Qué te ocurre?, me pregunta con sorna.

Hago una mueca. Intento meter la uña del dedo meñique en el agujero de la mano. El dolor agudo que me produce aquello me calma un poco, me ayuda a abstraerme, a disipar en algo la rabia y el asco que me provocan las palabras del Editor General y el bigote sobre sus dientes podridos de fumador. El dinero no me interesa, quiero comentarte un tema que creo debemos publicar. Se trata del viejo debate sobre las presiones y subjetividades con las que los periodistas debemos lidiar, sobre todo los que cubrimos política, le digo. La chica que está a mi cargo da vueltas alrededor de la oficina como una abeja, quiere escuchar la conversación.

Se acerca con sus modos de putilla de feria y hace una pregunta estúpida, como todas las que ha hecho en su vida, al Editor General. Yo sigo rasgándome con la uña. Abro camino, desbrozo. La piel se dilata de a poco provocándome un delicioso dolor. Este dolor es lo mejor que tengo ahora, lo único que me salva de esta podredumbre. La chica se va. Perdona la interrupción, ¿qué me decías?, me pregunta él con una sonrisa falsa. Hablo paciente, con aplomo, como si mis tripas no estuviesen a punto de estallar.

Creo que es necesario contarles a los lectores el debate interno que los periodistas vivimos día a día. Debemos decirles la verdad, que somos personas de carne y hueso, con pasiones y tendencias ideológicas como todos, y con presiones como pocos, dentro del periódico y fuera de él. Quienes compran el diario deberían saber que eso influencia notablemente nuestra visión de lo que llamamos realidad, y de cómo la construimos. El Editor General bosteza.

Podríamos recoger varios testimonios de periodistas de todo tipo y hacer un reportaje para el fin de semana. Un texto honesto, donde desnudemos el cómo hacemos nuestro trabajo. En este reportaje, los periodistas deberían contar de qué tendencia política son, qué tipo de censuras han sufrido y también debería decirse a qué intereses responde el periódico. Así, cuando los lectores lean los artículos sabrán a qué atenerse. El Editor General me mira impávido. El sopor de la tarde cuelga de sus ojos en forma de lagañas, la luz amarillenta del tumbado lo hace ver más feo y más viejo de lo que es.

Lo que tú planteas es decir la verdad, dice al cabo de un rato. Tú quieres que salgamos a contar que detrás del perfil del candidato azul hay una pauta publicitaria de un mes, una amistad, unos compromisos, y que detrás de la persecución al candidato rojo está la ideología política del Director y la intención que tiene con el candidato azul de comprar un campo de golf. Quieres que reconozcamos que los propios editores ejercemos presión y censuramos a los periodistas que investigan la corrupción en las filas azules, y que admitamos que dejamos solos a los que enjuician. Estás loca si crees que en algún periódico del mundo te dejarán escribir estas cosas.

Tengo la boca amarga, la sensación de haber bebido un vaso de bilis. Empujo aún más la carne del centro de mi mano, ahora tengo un túnel que se ve claramente. La abro y la cierro nerviosa. No digo nada más. Me levanto y me voy. Miro la redacción, me pregunto qué hago aquí. Soy periodista, pero no pertenezco a esta miseria. No puedo seguir en esta farsa. Voy a mi puesto y recojo mis cosas. No me despido de nadie. Salgo a la calle, me da el sol en la cara, respiro aire puro otra vez. Abro la mano para ver el agujero. No sólo se ha cerrado, sino que ha vuelto a ser un tenue punto rojo entre la línea del corazón y la cabeza.

 

 

El olor de Madrid



 Moría la tarde de agosto, los últimos rayos del sol caían débiles sobre Lavapiés. Un olor conocido pero indescifrable perseguía a Esther desde hacía varias calles. Cuando lo pensaba dormido, se despertaba en una esquina, en un mercado; le sacaba la cabeza detrás de una manzana, la lengua desde lo alto de un edificio, le ponía una zancadilla en un semáforo en rojo. Había viajado diez horas en avión, era la primera vez que pisaba Madrid. El jet lag le provocaba náuseas, mareos, disritmia cardíaca, agotamiento. Se sentía cansada y lejana, caminaba con pesadez. Tenía hambre y sueño. Pero la necesidad de salir a recorrer aquellas calles trajinadas por ojotas de migrantes podía el doble. ¿No lo huelen?, nos preguntó a Pablo y a mí. ¿El qué?, dijimos. Ese olor de Madrid, dijo. ¿Y a qué te huele Madrid?, preguntamos. No sé, es como un olor a flores blancas, las flores del cidro. Es algo que se te mete profundo en la nariz, contestó. Nosotros llevábamos demasiados años en la ciudad como para percibirlo.

Esther se quedó callada, sería el cansacio, pensamos. Seguimos caminando un cuarto de hora más y entramos al bar Nietzschesobre la calle Doctor Fourquet. Fue entonces cuando Esther tuvo la certeza del déjà visité, un fenómeno que le hace creer a las personas que conocen con anterioridad un lugar en el que nunca han estado. Ella creía que en un antes remoto había caminado por estas calles y entrado a aquel bar, que también es galería de arte. Su nariz lo sabía. Se veía lívida y preocupada. Tomemos una caña y verás que se te pasa, le dijimos. Los olores no engañan, replicó. Al día siguiente, Esther se levantó muy temprano. Quería ir al Museo del Prado. Se duchó para aliviar un poco el calor asfixiante que hacía, se puso un vestido de verano, bebió un zumo de naranja y salió por la calle Lavapiés. Sin preguntarle a nadie ni ver un mapa, como si sus pies supieran la ruta, tomó rumbo este hacia Echegaray, continuó por la Plaza de las Cortes, luego tomó la calle de Felipe IV, caminó por el Paseo del Prado, giró a la izquierda hacia la plaza Murillo, luego otra vez a la izquierda, de ahí a la derecha y, por último, a la izquierda donde está el Museo. El olor la guiaba como una estela casi imperceptible, de esas que dejan los aviones.

Me llamó y me lo contó. Yo le dije que eso no podía ser. Durante toda la semana siguiente, Ester tuvo una pesadilla recurrente. Soñaba con una niña de once años que moría atropellada. No sabía muy bien cómo ocurría la muerte, veía a la niña cruzando una avenida y luego tirada sobre la calzada con el uniforme de colegio ensangrentado. Veía la calle San Benito y el Paseo de la Castellana. Oía gritos, y se despertaba sudada y con ese olor cítrico, áspero, hiriente, impregnado en la habitación. Madrid huele a una flor blanca, como flor de muerto, me dijo uno de esos días. Esther se volvió taciturna y la ciudad, un embudo que la aprisionaba, le provocaba migrañas y un agobio que no podía entender. Se sentía una pequeña estrella de mar perseguida por los ocho brazos de un pulpo que buscaba atraparla, desmembrarla, comérsela viva. No podía dormir, salía por las noches a caminar sin rumbo, intentaba que la ciudad, de alguna manera, se manifestara y le explicara qué le ocurría. A veces, veía el amanecer en una banqueta. Cuando el cansancio la vencía, regresaba a su cuarto, sin respuestas. El olor estaba en la calle, en sus ropas, en su aliento, suspendido en el aire pesado de sus sueños. No había forma de escapar de él.

 Como si la estuviese buscando, Esther conoció a Milagros, una chica que estaba en silla de ruedas y vendía boletos de lotería en un kiosko. Se pusieron a hablar y Milagros percibió la turbación en la mirada de Esther. Le contó que tenía el don de la clarividencia del pasado, y le explicó que ver lo que ha ocurrido, mucho antes incluso del nacimiento, es posible porque nada perece, y en los planos superiores de la materia quedan imperecederamente registradas todas las escenas y pensamientos que han ocurrido. Esther no le contó sus pesadillas, solo le dijo que Madrid la agobiaba y que quería comprender la razón. Milagros le propuso que fuera a su casa para, entre las dos, descubrir qué ocurría. Esther me pidió que la acompañase. Fui con ella a un barrio pobre de Puente de Vallecas, subimos a un octavo piso de un edificio guarro y nos sentamos a esperar a Milagros, que apareció después de un largo rato, muy pálida, seria y vestida de negro. Me asustó un poco su apariencia, tenía la sensación de que nos íbamos a meter en una especie de ritual ocultista, o que se nos aparecería la niña de once años y nos acuchillaría a las tres. Intenté calmarme. Esther había ido hasta ahí por una respuesta y no se iría sin ella. Eran las nueve menos veinte.

Una tenue luz entraba por la ventana abierta. Milagros tomó las manos de Esther y miró escrupulosamente las pupilas de sus ojos. Sin desviar la mirada y casi susurrando, le dijo que la niña estaba sentada a su lado, que ella no podía verla pero la escuchaba respirar. A mí se me heló la sangre. Milagros cerró los ojos y le pidió a Esther que hiciera lo mismo. Yo, por pura cobardía, metí la cabeza entre mis manos. La vidente empezó a hablar de una manera extraña. Dijo que se llamaba Piedad y que estudiaba en el colegio Nuestra Señora del Pilar, que queda sobre la calle San Benito. Le dijo que el 11 de noviembre de 1967, mientras cruzaba el Paseo de la Castellana con su mejor amiga, Nerea, la atropelló un camión. Quedó muy mal herida, tenía rotas las costillas, hemorragias internas, estaba desfigurada. Agonizó durante tres semanas. Los últimos diez días estuvo en coma. Nerea la iba a visitar a diario, le ponía en la frente colonia de azahar, ese olor es lo último que recuerda de estar viva. Esther empezó a llorar desconsolada, era como si reviviera aquello que, conscientemente, jamás había vivido. El viento hacía ondular las cortinas. La sala se llenó del olor del azahar. La noche caía tibia sobre Madrid.