Memorias de Héctor Napolitano


artworks-000025277401-2ninh2-original“Me acuerdo de las palmeras de coco en el patio de mi casa, en el cerro Del Carmen. Yo siempre pasaba trepado en los árboles de mango y de almendra, y esquivaba las casas de las avispas y las hormigas. Me acuerdo que me regalaron mi primera guitarra a los 9 años, en Navidad. Ese mismo día se incendió la cocina. Me acuerdo de los bomberos que con el chorro de agua empujaban por el piso el pavo, las biscotelas, la olla de chocolate. Me acuerdo que entraban y salían bomberos de la casa con mangueras y que yo tocaba la guitarra y no me importaba lo que pasaba a mi alrededor.

Me acuerdo que en las horas del recreo los curas pedófilos de mi escuela nos hacían entrar a un cuarto oscuro para tratar de sodomizarnos con besos en la boca y caricias. Pero yo, a los 10 años, ya había conocido los secretos del amor. La primera vez que lo hice fue con una de las domésticas, así que los curas se pegaron un vare conmigo.

Me acuerdo de estar tocando la guitarra en los bares con la gente mayor y a mi madre sacándome en quema, arreándome, con un látigo. Me acuerdo de todas las palizas que me daban por malcriado y vago.

Me acuerdo que en la escuela yo era bandido y tenía una banda de niños pedigüeños.

Me acuerdo de la primera mujer de la que me enamoré y que me engañó diciéndome que yo había sido su primer hombre. Me enseñaba la sábana manchada de sangre y resulta que era el período lo que tenía. Me acuerdo de que me escondía en el clóset de la casa hasta que la mamá me encontró.

Me acuerdo de las grandes comilonas y de las cangrejadas los fines de semana con la familia materna. La típica matada del chancho a las seis de la mañana. Me acuerdo cómo le torcían el pescuezo a las gallinas, y cuando llegaban los grandes cargamentos de langosta. Me acuerdo de las mandíbulas de tiburón que adornaban los cuartos de la casa.

Me acuerdo de mi primera canción que la tocaba el compositor Lucho Barrios, se llamaba El Cristo de Oro. Y de que mi primera presentación profesional que fue a los 10 años, en Pedro Carbo. Me pagaron 15 sucres. Siempre tocaba en pantalón corto. Me acuerdo de que me levantaban para tocar a la una de la mañana. Yo estaba muerto de sueño como cualquier niño.

Me acuerdo del viaje a Sierra Nevada, en Colombia, en el año 75; de los viajes en tren y de cuando me robaron mi guitarra y mi violín en ese país. Me acuerdo de haber vivido con los indios cobis y de conocer a los mamas, personajes de más de cien años. Me acuerdo de mi primer viaje de hongos alucinógenos, y de que la primera vez que fui a Miami llevé una onza de marihuana.

Me acuerdo de haberme comprado unos zapatos en Italia que me quedaban chicos, pero igual me los puse. Me acuerdo de la cara que puso mi amigo Antonio Del Campo, el pintor, cuando lo fui a visitar en su casa en Barcelona. No podía creer que un cholo auténtico y de recursos limitados como yo lo fuera a visitar. Hubo una gran borrachera con vino y hachís. La primera noche que llegamos me le vomité y me le cagué en la cama.

Me acuerdo de la primera y única vez que me paré en una tabla de surf, en Montañita.

Me acuerdo de que fui panadero en la década del 70, de haber tenido restaurantes vegetarianos. Me acuerdo del taxista que se me robó un cajón entero de pan.

Me acuerdo de las amanecidas en La Lagartera. De nuestras convivencias musicales en Quito, con Dany, con Hugo, con Alex, de los ensayos acompañados de mucha cerveza, de muchas mujeres, mucha comida. De la esquina de Vélez y Santa Elena, en Guayaquil, donde hacíamos conciertos y le sacábamos la vuelta a los policías que nos correteaban por fumar en la calle.

Me acuerdo de mis caminatas por las playas de Galápagos y de la primera vez que crucé a nado el río Babahoyo.

Me acuerdo de la muerte de mi madre, de mi padre y de mi hermano mayor. De los dolores de muelas. De que estuve a punto de ahogarme en Chanduy y en algún río de la montaña. Me acuerdo de mi operación al cerebro y de que cuando me dijeron que me iba a morir no sentí miedo, sino pena porque pensé que se iba a interrumpir la relación con mis hijos.

Me acuerdo de mi primera experiencia de meditación con el maestro Maharaji. De meditar 4 horas seguidas y de que la sensación fue parecida a la que había tenido con el ácido lisérgico (LSD), con el San Pedro o el Peyote, bebidas espirituosas que te abren otra puerta de la percepción.

Me acuerdo de las subidas y bajadas por el barrio de Guápulo, donde viví diez años; y de Aníbal, el tendero, que siempre me fiaba.

Me acuerdo de haber hecho el amor en el techo de una chiva, también dentro de una cabina de música en JD Feraud Guzmán; y las veces en que lo he hecho en el mar al vaivén de las olas.

Me acuerdo de que en una presentación que estábamos abriendo a Héctor Lavoe en el parque Forestal, mi madre había mandado a comprar una botella de ron porque todos estábamos chiros. Pasó Lavoe y le arranchó la botella a mi madre, y se la terminó en el escenario. Me acuerdo de haber compartido con Silvio Rodríguez, Johnny Pacheco, Celia Cruz, Pablo Milanés, Óscar de León y un pocotón de gente que ni me acuerdo. De haber ido a Cuba en 2008, tocar en el teatro América y haber sido aplaudido de pie”.

(Héctor Napolitano es una leyenda viva del Puerto de Guayaquil.  Este texto surgió a partir de un ejercicio de memoria y salió publicado en la revista SOHO).

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Noches de bici


bicinoche

Se pone la roja. Freno y pongo los pies en el suelo. Me voy con Ismael, le grita un niño pequeño a su madre. Da pasos rápidos hacia la esquina, debe tener unos tres años. ¡Ven acá!, le responde su madre casi sin apartar la vista de la bolsa de basura que abre sin repulsión. La mujer está embutida en su trabajo. Escudriña las bolsas negras y verde aceituna que llenan el enorme contenedor gris que está al pie de un cyber. La mujer es pequeña y rechoncha. Me voy con Ismael, dice el niño, esta vez más débilmente, como dudando. El contenedor está amarrado a una viga con una cadena de metal. Un guardia que cuida un restaurante, al lado del cyber, mira con desprecio a la mujer.

El niño dobla la esquina. Su madre no lo persigue, imagino que le duelen los pies. Se pone la verde, me subo a la bici y avanzo por la Víctor Emilio Estrada.

Me gusta salir por la noche a andar en bicicleta, porque además del viento, que pega frío en julio y agosto, siento con mayor hondura las historias de la ciudad. No me involucro, sólo las observo, las registro y continúo mi camino. Nunca hay que olvidar que Guayaquil es una ciudad peligrosa, que te traiciona cuando menos lo esperas. Me ocurrió hace unos meses que salí sola a un paseo nocturno, y dos hombres en una moto me acorralaron para robarme. Menos mal, logré subirme a una vereda y escapar. Lo ideal, si se quiere andar en bici por la noche, es salir en grupo. Y hay varias opciones para hacerlo.

Pedalear en grupo es la mejor manera de perderle el miedo al tráfico, y aprender a sortear los obstáculos que te pone una ciudad tan agresiva como Guayaquil. Aprendí a utilizar la bicicleta como medio de transporte en Valencia (España) hace un par de años. Pero Valencia no sólo es una ciudad ordenada y con carriles bici, sino que es una ciudad donde los conductores tienen cultura y respetan. En cambio, Guayaquil es desordenada y violenta. Los conductores parecen recién salidos de clínicas para neuróticos, pitan todo el tiempo y siempre están apurados.

Pero encontré gente en Guayaquil que también usaba la bici para transportarse. Creo que fue con la Masa Crítica que le perdí el miedo al tráfico guayaco. Este es un movimiento que celebra el ciclismo en todo el mundo, y que intenta enseñar a los conductores los derechos que tienen los ciclistas en las calles. Es un evento que se hace el segundo jueves de cada mes y que reúne gente de toda edad. He llegado a contar alrededor de doscientos bicicleteros en una noche. El sitio de reunión es la plaza Rodolfo Baquerizo, que queda cerca del Malecón del Salado. Este grupo suele recorrer el centro y el ritmo del pedaleo es lento, ideal para quienes empiezan.

Los Ciclistas de la calle son otra cosa. Son adrenalina y sudor. Con ellos perdí el miedo a subir puentes, descender empinadas cuestas o atravesar la ciudad. Sus paseos son bien hardcore. Ellos también se reúnen varias veces a la semana, siempre por las noches, en la plaza Rodolfo Baquerizo. Y hay más opciones, como ir al teatro en bici. Este grupo propone una salida el último martes de cada mes a un espectáculo diferente en un teatro diferente. Hacen también Bici Letras, un evento que promueve la lectura libre, de forma gratuita y divertida; y tienen la Compañía itinerante de teatro en bici, que presenta espectáculos escénicos, usando bicicletas como elemento escenográfico, en espacios públicos, escuelas y empresas. Ya no hay excusas para quedarse viendo tele por la noche. Le recomiendo que saque su bici y descubra las historias que la ciudad puede mostrarle.

Mapasingue


El aguacero ha caído recio durante toda la tarde, toda la semana, todo el mes. Las nubes negras se han apoderado de Guayaquil. El cielo no termina de derramarse sobre nosotros. Desde el ventanal de la sala, veo llover. La casa donde vivo es la número 644 de la calle Costanera, en Urdesa. Tiene un portón blanco, y en la esquina hay un ficus. Vivo aquí desde hace ocho años, y nunca he visto llover tanto. Los rayos dibujan formas esqueléticas en el horizonte oscuro. Son las seis y veintiséis de una tarde de marzo. Detrás del ventanal y de la cortina de agua, alcanzo a ver las casas sobre el cerro  Mapasingue. Trazo una línea imaginaria, una línea gruesa, parecida a un cable resistente, entre el mueble granate en el que estoy sentada y las luces que han empezado a encenderse en el cerro, al que imagino sepultado por el lodo al amanecer. Al amanecer cantará el gallo. La mujer se despertará junto al hombre. Apartarán el toldo, se levantarán doloridos de sus camas desvencijadas. Desayunarán medio pan tieso cada uno y un trago de café lánguido. La mujer zamarreará a sus hijos para que se levanten, batallará con el más pequeño, que le pedirá pan. Su marido se pasará la gillette por la cara, sin espejo y sin espuma. Con una seña, le ordenará al mayor que vaya a comprar. Él estará medio dormido, no pensará, solo obedecerá. Se pondrá sus zapatillas. La calle estará inundada. Habrá cúmulos de lodo en las esquinas, basura flotando en los recodos. El hijo meterá los pies en el agua empozada. La sentirá fría y espesa. Atravesará la calleja de tierra que lo separa de la tienda. El alumbrado público pestañeará sobre su cabeza. La tendera le dará cinco panes de agua, pequeños y blandos, por cincuenta centavos. Él le dará un dólar, y recordará que esos cincuenta centavos es todo lo que tiene. Los guardará en el bolsillo derecho de su bermuda. Regresará a casa. Se echará agua limpia en los pies con una manguera, se pondrá un pantalón de tela café y una camiseta interior blanca, agarrará sus herramientas, las meterá en un saquillo y pensará en Dios. Un nuevo día, una nueva oportunidad, se engañará. Junto a su padre, un anciano de huesos largos y secos, bajará del cerro. Irán en silencio. En la calle principal de Mapasingue tomarán la línea 54. A las ocho de la mañana llegarán a la Víctor Emilio Estrada, en Urdesa. Esperarán de pie, junto a otros hombres derrotados. Tal vez, alguien llegue para contratarlos. La noche y la lluvia caen lentas. El cerro ya está todo encendido.

(relato publicado en la exposición Urbegrafías, del Centro Cultural Benjamín Carrión, Quito, 2012)

La noche en que el arte se paró en la 18


(Agosto 2009)

Conocí a Jorge Washinton Jaén Herrera (Guayaquil, 1961) el mismo día en que me llevó al putero más grande de la 18, el bar Mil Amores, ahí donde trabajan con sus cuerpos más de cuarenta mujeres. El pintor flaco, desgarbado, con cara de haber cometido todos los pecados juntos al mismo tiempo, bebedor, noctámbulo, bailador de salsa, el iconoclasta al que le aburren las galerías donde la gente mira los cuadros quietita y en silencio como si estuviera en misa, tramaba montar una exhibición de su arte en ese lujurioso antro.

Hombres solos, sentados cada uno en una mesa, tomaban cerveza en vasos de vidrio y miraban con tremenda cachondez vídeos porno en enormes televisores, dispuestos en lo alto. El olor del sexo es narcótico. Ellos salen de sus trabajos y pueden pasar horas sin moverse de ese lugar, bebiendo y sintiéndose hombres.

Jaén ya llevó su arte a bares y cárceles. Era el turno de ir a la madriguera de las vírgenes caídas y sus devotos. Ellas se paseaban como siempre, con las carnes expuestas, olorosas al líquido espeso de sus hombres, y ellos las veían con la indecisión con que se ve lo que cuesta, sin vitrinas que medien. Las miradas de los machos me atravesaban como culebras decadentes; yo era la única mujer con ropa y, en teoría, la única con la que se podía tener sexo sin pagar.

Durante los meses siguientes, Jaén trabajó sus cuadros pensando en la idea de la prostitución, el placer y cómo los excesos transforman nuestras vidas. Investigando sobre esto escuchó una historia que lo conmovió: una niña de doce años quedó embarazada y se había infectado con VIH. Ella deseaba entrar a una pandilla y para hacerlo tuvo que acostarse con todos los del grupo. Ahora la pandilla completa tiene sida. Por eso, aunque para él, la 18 representa el palacio del goce y la libertad sexual, también lo es de la fórmula trago-sexo-droga, “que es la que ha provocado el colapso de esta generación”.

–Mi obra va cambiando según el sistema, y es un reflejo del comportamiento humano. Recojo personajes urbanos que se conjugan entre ellos. Así como la ciudad ha crecido en infraestructura, también se ha expandido el grado de vicios. Y nos encontramos con una sociedad herida-, reflexiona el pintor.

Un año le tomó a Jaén terminar de pintar los cuadros. Le puso a la muestra Platos a la Carta, invitó a todos sus amigos, y el jueves 26 de agosto dio inicio a la función.

(Agosto 2010)

Una fauna de la más diversa estirpe se arrejunta fuera de Barricaña, al lado del parque Centenario. El viento llega fuerte desde el río. Hay periodistas, pintores, poetas, escultores, fotógrafos, borrachos y locos. De cerca nadie es normal, dicen. Todos esperan la chiva llamada Deseo que los llevará a la casa de las putas.

Las tetas parecen estar en oferta esta tarde. Hasta la mujer y las hermanas del pintor han venido ataviadas para la ocasión: vestido dorado con escote, jeans apretados y tacos aguja. Llega la chiva y la gente se supe en tropel. Apretujados, haciendo escándalo como monos arriba de un árbol. El carro avanza una cuadra y Chester se tira en la esquina. ¡Esta huevada está demasiado repleta! A los pocos metros un vigilante detiene la chiva. Esto es Guayaquil.

Jaén llega de último al viejo prostítulo que se ha llenado de extraños. Aparece con cajas llenas de aguardiente de caña que empieza a repartir de inmediato, y con los trípticos que recién retira de la imprenta. Las mujeres casi desnudas siguen ofreciéndose en la puerta del bar y subiendo a los cuartos a tirar como si nada, porque si no trabajan no comen; ellas no tienen tiempo para mirar cuadros o conversar con periodistas.

Las voces se mezclan y construyen diálogos ridículos. –Una vez me enamoré de una puta; era alta, de pelo castaño, gruesa, simpática-, cuenta el escultor-. –¡Qué cojudo eres!, le responde el poeta. –Yo vengo a este cabaret desde pelado, cuando las putas costaban 50 sucres. Te hablo de cuando la 18 era una calle de tierra. Aquí se paraban las putas jóvenes y en la 19 encontrabas a las viejas que, claro, cobraban menos. En esa época comíamos en la esquina de Gómez Rendón arroz con piola, así le decíamos al tallarín, y también arroz con seco de gallina envuelto en papel manteca-, dice el vendedor de discos pirata, mientras Carmen, una poderosa mulata se pasea con un bikini amarillo y las nalgas al viento. Lleva las ansias de una elefanta en celo.

–¿Aquí es la exposición de arte?-, pregunta una señora que se asoma con una amiga. –Sí, aquí es-, le responde el fotógrafo de prensa. Aún no termina de responderle y las mujeres ya han salido despavoridas del burdel. Caminan rápido como si el pecado las persiguiera. Y las persigue. –Pobres viejas, se asustaron de ver la porno-, dice el otro fotógrafo de prensa que esta tarde no ha venido a trabajar, sino a ver. Sobre mi cabeza sucede todavía la acción que las espantó: la verga de un hombre es succionada por la boca de una mujer, que tiene a otro macho detrás. Esta escena no es solo la de una película porno, también es la de uno de los cuadros de Jaén. Qué más da si en la pintura los seres no parecen humanos, sino esperpentos con cabezas, piernas, brazos y órganos sexuales grotescos, salidos de un mundo que solo existe en la cabeza del artista.

En los ojos de Jaén hay una extraña locura. Él dice que su obra, llena de lascivos monstruos, es producto de una experiencia aterradora: hace veinte años su compañera tuvo un embarazo molar, que es cuando la placenta se transforma en una masa de quistes que parecen un racimo de uvas blancas. Eran 200 embriones en forma de bola, algo así le dijeron los médicos. Luego de esto, el pintor quedó preñado de estos seres a los que la cópula les encanta. Ellos no se esconden detrás de la supuesta normalidad en que vivimos, son engendros marginales que dejan ver a través de sus cuerpos lo más repulsivo y escondido de nosotros mismos.

–Yo les di vida eterna a quienes vivieron por diez segundos, y los inserté en la sociedad con diferentes actividades, son parte de mis protestas, de mis denuncias y de mis alegrías-, dice el pintor que tiene ya 25 años de carrera y que ha sido varias veces censurado por su atrevimiento de plasmar la realidad como la piensa. –Cada propuesta que realizo lleva en sí una carga social; utilizo el lienzo como espejo de lo que sucede a mi alrededor, y cuando el espectador observa mi obra puede rechazarla o sentir en su ser aceptación por lo que ve-.

–Me gustan los cuadros, pero más me gusta que los haya traido por acá. Nunca un pintor ha hecho eso-, dice una de las mesalinas. Y no es la única que lo piensa.

–Jaén ocupa desde hace años uno de los sitiales más difíciles de obtener en cualquier escena: el de ser outsider (no de pose, sino acreditado por el trajín urbano), un original y perseverante hacedor de imágenes cuya temática y estilo desafían todo decoro, todo gusto relamido, toda sofisticación y todo rebuscamiento o abstracción intelectual. Jaén es una paradoja. Es un cliché sin serlo. Encarna perfectamente la imagen del artista bebedor, dominado por los bajos instintos e inmerso en los bajos fondos de la ciudad. La diferencia está en que este es el verídico, el “mero mero”, the real deal, no la versión diluida en agua, estereotipada, del sujeto que modela su vida a partir de aquella imagen –temperamental, excéntrica y alienada- de los nacidos bajo la influencia de Saturno y de sus mitos de inspiración”, dice el crítico Rodolfo Kronfle Chamber en su blog A río revuelto.

Jaén empezó sus estudios en 1989 con el pintor Manuel Ugarte. En el 90 hizo un taller de grabado con Galo Galecio y participó en varias exposiciones colectivas y en salones. Dirigió el taller de Serigrafía del Museo Municipal hasta que logró su primera exposición individual a la que llamó Barroco Guayaco. Le siguieron Contra opuesto –donde invirtió los papeles del gallo (apostador) y del ser humano (animal de pelea)-, Entre lagartos, locos y poetas –obra que realizó en las cárceles de Guayaquil-, Paisaje de mi ciudad nocturna –obra sobre personajes noctámbulos del puerto- y Guayaerótica –una investigación sobre el comportamiento humano y sus vicios-.

Jaén no es cualquiera. Pocos saben que ha sido invitado a dos de las bienales internacionales de pintura de Cuenca, o que participó en Umbrales del Ecuador, la exposición con la que se inauguró el MAAC y en Claves del arte, la muestra que conmemoró a los 100 mejores artistas del país.

Hace unos tres años, inició su “fase erótica”. Hizo una exposición con el artista Paccha que fue censurada por la Universidad Católica. Se llamada Chinomonolongo. Le cambió de nombre y se inauguró como Pequeñas anécdotas de la censura. Esa experiencia lo envalentonó y siguió con la temática sexual. Inauguró tres bares con su obra y así fue avanzando hasta que terminó en la 18 con Platos a la Carta.

En el fondo del burdel hay un feo dibujo de un hombre encima de una mujer. –No me lo saques, ¡qué rico papi!-, reza el epígrafe. En el improvisado escenario, Héctor Napolitano canta. Entre la gente, Jaén reparte botellas de caña. La cerveza se sirve en rondas interminables. Esto, más que una exhibición de arte, parece una chupa entre panas.

Una rubia con un hilo dental que se extravía entre sus abundantes nalgas entra a uno de los cuartos. A ella poco le importa el colapso o la descomposición humana de la que habla Jaén. Va directo a practicar lo que mejor sabe con un gordito que se acaba de levantar afuera. Ella no ha hecho ningún esfuerzo, solo se ha parado junto a sus compañeras, ha exhibido sus carnes, y el pez ha caído una vez más.

–Si no fuera por el alivio ofrecido por esta actividad (la prostitución), muchas más personas estarían en riesgo de ser violadas. Las pasiones y la lujuria de los hombres en edad sexualmente activa, sobre todo, recaerían sobre ellas irremediablemente. Los abusos serían tan comunes como lo es la mentira actualmente. La violación, el incesto y otros delitos serían de una frecuencia alarmante…”, piensa Jaén.

La mujer y su amante esporádico han hecho un contrato verbal: 7 dólares sólo por delante, y han entrado a uno de los 14 cuartos. Ahí hay un catre y un inodoro malolientes, no hay ninguna división entre ambos. Aquí es así: antes o después del sexo las necesidades biológicas se hacen sin una mínima cortina, sin ninguna vergüenza. También hay una pequeña repisa donde las mujeres dejan gafas, pintalabios, alcohol, un vaso, un perfume.

En el piso hay una lavacara. Después de 13 minutos, la rubia nalgona sale del cuarto sin gesto de satisfacción. Está lista para el siguiente. ¡Atención, el palo vale 7 dólares, los tres platos 10!–, dice el que tiene el micrófono. El Viejo Napo remata: –Esta es mi última canción y ¡a culiar se ha dicho!-. Canta “Te conocí en la 18, y me enamoré de ti…corazón de matasarno”. Termina la canción y es ahí cuando esta larga noche empieza.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2010)