“Éramos y somos hermanas todas”


(Texto publicado en el libro Despiertas y de Pie, que se lanzó en el II Encuentro Nacional Mujeres por la Democracia que se celebró en Quito los días 2 y 3 de junio de 2015. En la foto, Zoila Bermello, protagonista de la historia).

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Zoila Judith nació el 23 de agosto de 1978 en la parroquia San Plácido, que pertenece al cantón Portoviejo y está formada por 39 comunidades, o sitios. Comprende desde La Mocorita, la tierra de los bizcochuelos tostados, hasta El Progreso. Esta es tierra verde, exuberante, como si fuera un rincón selvático en el que es posible respirar aire puro y parar para tomar un baño en un riachuelo. La gente de estos lugares vive con las puertas abiertas y siempre tiene algo que ofrecer. En sus fincas crían ganado, y producen cítricos: mandarinas, limones, naranjas. En esta parroquia viven alrededor de tres mil personas, entre ellos los Bermello-Zorrilla.

La siguiente comunidad, después de El Progreso, se llama San Sebastián: es un sitio comercial y agrícola que pertenece al cantón Pichincha. Zoila suele visitarlos, así como al resto de comunidades. Les lleva talleres en los que les habla sobre todo tipo de temas: democracia, autoestima, tipos de violencia, organización comunitaria, sexualidad, tecnología. Lo que haga falta.

Unas veinticinco personas de San Sebastián la escuchan atentos. Zoila les habla sobre Matilde Hidalgo de Procel, la primera mujer ecuatoriana en graduarse de médico, la primera mujer en votar en América y la primera mujer en ser candidata a un cargo de elección popular. Les cuenta su historia y la vuelve cercana.

-Antes de ella, las mujeres no teníamos la opción de salir de la casa ni de opinar. A ella la calificaban de bruja, el cura la hacía parar cuatro metros afuera de la iglesia. De la misma manera, a nosotras nos han dicho de todo. Yo también, como muchas mujeres, antes me quedaba callada, hasta que supe que tenía derechos. Reconocerte como un ser que tiene derechos es la decisión que tú debes tomar para poder dar un paso hacia adelante, siempre y cuando no hagas daño a nadie. Hay que quitar de en medio la vergüenza, el miedo a hablar que todavía tienen las mujeres.

Cuando se termina el taller, Zoila les ofrece un almuerzo, que ha preparado Aleida, su madre.

Nos encaminamos a San Plácido en la camioneta de Gonzalo, el padre de Zoila, un hombre de sonrisa abierta que trabajó durante largos años en proveer de energía eléctrica a toda esta comunidad, el mismo trabajo que hoy realiza Carlos Mateus, el esposo de Zoila y el padre de sus hijos: Carlos, de quince años, y Laurita, de siete.

***

La casa de los Mateus-Bermello queda en una especie de colina.

Para llegar, hay que subir algunas escaleras. Los vecinos saludan a Zoila, todos saben quién es esta mujer de ojos achinados, formas sensuales y brazos gruesos como alas. Ella siempre trabajó para su parroquia. Era la encargada de las obras públicas, del deporte y de la parte social. Sin embargo, su trabajo se empezó a hacer visible con fuerza a partir del 2005 cuando fue elegida vicepresidenta de la Junta Parroquial de San Plácido.

Por entonces, Zoila tenía veinticinco años.

Recuerda que uno de los desafíos que le tocó enfrentar fue la repartición de los productos del programa Aliméntate Ecuador. Ella sola debía encargarse de armar ochocientos combos de comida y luego repartirlos a madres, niños, personas con discapacidad y ancianos. Luego de meditar, se le ocurrió lo siguiente: llamaría a tres familias que estuvieran dentro del padrón. Les pediría envasar los ochocientos combos durante dos noches. A cambio, todos los paquetes de arroz, aceite, azúcar, que se fueran rompiendo, porque se rompían en el traer y llevar, serían de ellos.

Aceptaron.

Lo siguiente era resolver cómo repartir los combos. La entrega debía hacerse viernes, sábado y domingo. A Zoila se le ocurrió pedir ayuda a chicos del colegio. Consiguió que este trabajo fuese tomado en cuenta como parte de la materia Vinculación Social, les hizo dividir el padrón por secciones y en orden alfabético y, cuando llegaron los días de la repartición, también se encargó de pedir protección a la Policía. Y así fue como San Plácido fue la primera parroquia en organizarse. Llegaron los directivos del MIES y le pidieron a Zoila que organizara de la misma forma a las otras parroquias. Todas las juntas parroquiales de Manabí tomaron el mismo ejemplo. Así, la fueron conociendo en su provincia, y ella también se fue aventurando a ir más allá.

***

Por entonces, Zoila conoció a María Cristina López, quien la invitaría a Quito a su primera reunión con las mujeres de la Asociación de Juntas Parroquiales Rurales del Ecuador, Amjupre. Cuando se conocieron, María Cristiana era presidenta del gobierno parroquial de Calceta, y también era vicepresidenta de Amjupre.

La invitación que le hizo a Zoila le cambió la vida.

-En el momento en que llegué fue una felicidad constatar que había otras mujeres iguales a mí. Todas mujeres rurales con las mismas necesidades, los mismos problemas. Éramos y somos hermanas todas. Luz es como nuestra madre. Amjupre es como ese manto protector, es nuestra casa. Allí nadie nos mira mal. Allí todas somos iguales. Si una se duerme, otra le presta la pierna para que duerma tranquila.

Pero no solo se sintió acompañada, sino que empezó un camino hacia su propia formación como maestra, comunicadora, puente. Se entrenó en el amor a ella misma, en cómo pararse y hablar en público, así como en temas sobre derechos, participación política, planes de gobierno, paridad, tipos de violencia, asuntos sobre los que dicta talleres no solo en Manabí, sino también en Esmeraldas, Tena, Puyo, Loja, Santa Elena, Santo Domingo y Guayaquil. A Zoila la han elegido por cuatro años para que integre el grupo asesor ante ONU Mujeres. Ecuador es el segundo país en formar este grupo asesor femenino que tiene como finalidad analizar las leyes de cada país para preservar que se respeten los derechos de las mujeres.

***

Zoila proviene de una casta femenina que se han forjado con todo en contra. La madre de Zoila, Aleida, tuvo dos madres: una que la parió y otra que la crío. Eran hermanas. La madre de ellas, la bisabuela de Zoila, se llamaba Mercedes Menéndez García y fue madre soltera. Trabajaba para una familia rica de Portoviejo. La contrataban para tejer y bordar, cocinar y ayudar en un comercio que tenían. Ella bordaba almohadones, ajuares, cosas muy delicadas. Mercedes vivió hasta los 103 años. Cuando la familia rica decidió mudarse a Jipijapa, Ermelinda y Alicia, hijas de Mercedes, se fueron con ellos.

Aleida, la madre de Zoila, fue la tercera hija de Alicia. Alicia era muy buena artesana, era experta en fabricar colchones con lana de ceibo y tenía un taller en la parte baja de la casa. Alicia y Ermelinda aprendieron a leer y se afanaron para que sus hijas sí fueran a la escuela. Las que no se dedicaron a seguir el colegio, por lo menos aprendieron artesanía, algún oficio.

La madre de Zoila se casó a los 23 años con Gonzalo Bermello, que era de San Plácido.

Los padres de Gonzalo son Dalia y Marcilio: tuvieron catorce hijos.

-Mi abuelo desde muy joven trabajó para obras públicas, y mi abuela se dedicó a criar a sus hijos. Ella era como un caballo de carga, era hombre y mujer en la casa. Se iba a trabajar todo el día, arriba en ese cerro. Cogía café, picaba maní, cocinaba y, de bajada venía cortando guineo, yuca y se podía poner al hombro dos racimos de guineo o de plátano.

***

La vida en el campo era así:

Se levantaban a las cinco de la mañana. Los varones cargaban agua, dejaban leña recogida para cocinar, le daban de comer al burro. Se iban a la escuela. En las tardes, regresaban a hacer deberes rapidito y otra vez, antes de irse a la escuela (porque antes había dos turnos), recogían agua o lo que necesitaran.

Las niñas no lo tenían más fácil. Cuando regresaban de la escuela en la noche, ellas tenían que lavar, ayudar a cocinar, a limpiar el horno de leña. Todo era muy estricto. No podían salir de casa. A todas les ponían los mismos vestidos y zapatos. Fueron niñas que se pasaron la vida criando niños: primero sus hermanitos y luego sus propios hijos.

Zoila empezó pronto su viaje como mujer. Menstruó la primera vez cuando tenía nueve años. Ella lo recuerda como algo traumático, porque, a pesar de que era grande de cuerpo -a los ocho años ya se veía como una señorita-, era muy pequeña de edad.

Estudió en la escuela de monjas Santa Magdalena. La primera vez que se rebeló fue en primer curso. A ella le gustaba dibujar y la profesora de Ciencias Naturales la obligaba a cortar y pegar, anulando su imaginación. Zoila dibujaba a los vertebrados y a los invertebrados y la profesora se los tachaba. Zoila no se detenía. La profesora la llamó malcriada y Zoila la llamó bruja.

Esto dio pie a que otras compañeras también reclamaran y a que Zoila le pusieran la etiqueta de peligrosa. A los quince años, sus padres la enviaron a estudiar a Guayaquil en la Academia Naval. Zoila pasó de un colegio de monjas en el que todo era rezos, a uno militar en el que todo era marcha.

***

Apenas tenía dos meses en la ciudad, cuando empezó la tortura. Zoila viaja al momento en que, con todo el colegio delante, más de quinientas alumnas formadas, un oficial la hace pasar a ella y a dos compañeras más al frente. El oficial les dice que le canten el Himno a Guayaquil.

Zoila no se sabe el Himno a Guayaquil, solo se sabe el Himno a Manabí. Ella le dice que no es justo lo que le pide.

-Si usted es tan sabido, cánteme el Himno a Manabí.

La castigan y esta escena propicia el inicio del martirio.

***

A Zoila no le preocupa que la llamen montubia, al contrario, ella se declara montubia siempre. Pero sus compañeras se lo dicen de manera despectiva. Le dicen manaba pata al suelo, machetera. La humillan delante de todos. Su cabello es largo, ella hace un esfuerzo para poderlo meter en la boina. Las chicas le sacan la boina, le revuelven el pelo. Un día Zoila se cansa. Salían al recreo y una chica le haló la boina y empezó a insultarla. Zoila se le lanzó encima, la agarró de los pelos, se fueron escalera abajo, la arañó. Las agarraron y las metieron a las dos de cabeza en un balde de agua sucia.

-La madre de la niña era una señora muy encopetada. Me dijo que yo era una salvaje. Entonces, yo le dije: si su hija está como está es porque fue mal educada. A mí en mi campo, en mi monte, donde yo vivo me enseñaron a respetar a los demás. Pero también me enseñaron a defenderme.

Este incidente dio paso para que fueran orientadores y psicólogos a la Academia para enseñar a los profesores y alumnos que todos somos iguales, indistintamente del lugar donde hayamos nacido. Incluso cambiaron el lema de la Academia.

-Dijeron que ahora el lema era respetar para que respeten, cuando antes tenía que ver con la fuerza.

***

Esta tarde, Zoila vuelve a su antigua escuela en San Plácido, recorre sus pasillos, aulas y patios interiores. La Unidad Educativa Santa Magdalena es uno de los cinco colegios que la congregación de las hermanas oblatas de San Francisco de Sales tiene en Manabí. Las cosas han cambiado y ya no hay ningún rencor hacia las monjas. Mucho menos cuando aparece sor Alba Inés González, la guía espiritual de Zoila, a quien llama mi otra madre.

-Ella siempre me descubre si estoy triste, a ella no le puedo mentir.

Sor Alba Inés nos lleva a sus jardines. Nos ofrece galletas y cola, nos deja jugar con su cachorro blanco y nos invita a entrar a su casa de muñecas, que está muy bien arreglada. En ella, unas cincuenta muñecas de todos los tamaños, ojos, cuerpos y colores.

Sor Alba Inés es colombiana, de Medellín, y vive en Ecuador hace dieciséis años. Solo hay amor en su mirada y en sus palabras cuando habla de Zoila:

– Ella es una persona llena de alegría, de amor, de conocimiento. Es una mujer que no se le desmaya a nada, que si le dicen: flaca, coma tierra, ella come tierra, siempre y cuando esto sea por el bien de los demás.

Está por caer el sol en San Plácido.

Sor Alba Inés debe seguir con los quehaceres. Sus palabras de despedida nos acompañan en el camino de regreso a casa:

-Si el sol está dentro de ti, no importa que afuera esté oscuro.

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La Aguadita, el pueblo que se niega a morir de sed


Texto publicado en SOHO, abril de 2011

Por Marcela Noriega / Foto: Gabriel Proaño

El único pozo de La Aguadita permanece seco

El viejo Volkswagen peina la antigua ruta del sol. Vamos con rumbo oeste. Paramos en una gasolinera, detrás de una larga fila de autos. Es un sábado propicio para ir al mar. Tanqueamos y llenamos una poma de plástico con más combustible, por si acaso. Compro un par de botellas de agua. Hace mucho calor. Diógenes Efraín me ha llamado un par de veces para preguntar por dónde estamos. Cuando nos parqueamos al pie de su casa, en Santa Elena city, él aparece radiante, como un niño el primer día de clases. Va en camisa blanca, pantalón de tela y lustrosos zapatos de vestir.

–Este carro es muy bajo, no podremos subir la montaña-, nos advierte. Su esposa nos ofrece un jugo. La casa es pobre; una desgastada hamaca cruza la sala de cemento cuarteado. Sobre una vetusta mesa, hay un televisor. Desde ahí, el primer mandatario le habla al país o, al menos, al país en el que nació Diógenes, ese que está por enseñarnos. Escondida detrás de su pierna, la más pequeña de sus nietas sonríe.

–Bueno, vámonos-, dice.

Diógenes Magallanes Ramírez es un hombre alto y fuerte, de mirada tan café y tan viva como la un venado. Nació hace 58 años en La Aguadita, comuna que pertenece a la parroquia Colonche, provincia de Santa Elena. Cuatro generaciones de Magallanes han vivido ahí. Es un sitio perdido, semi desértico, detenido en el tiempo. Los que aún permanecen en el pueblo no son personas comunes, son sobrevivientes.

Tomamos el camino que va a Colonche. Serán dos horas hasta llegar a la comuna. En el paisaje los colores mutan; los verdes quedan atrás y aparecen los ocres. El mar deja de verse por la ventana; lo reemplazan cactus y ramas secas. La sed arrecia. El polvo tiene la costumbre de alojarse en la garganta. Bebo toda el agua que tengo, pienso que allá habrá tiendas. Llegamos a Palmar. Viramos a la derecha y avanzamos cuarenta kilómetros más. La ruta es agreste, el estómago del viejo Volkswagen sufre varios golpes. Diógenes tenía razón.

Pasamos la iglesia Santa Catalina de Colonche, una hermosa construcción en base de madera que data de 1537. Luego, están las poblaciones de San Marcos, Sevilla y la antesala de La Aguadita: Campo Blanco, donde viven un par de hermanos de Diógenes.

–La Aguadita siempre ha sido un pueblito solo, lejos de todo, sin las atenciones necesarias. Siempre vivimos a oscuras, nos alumbrábamos con candil-, va contando mientras damos pequeños saltos-. Los alimentos los teníamos que salir a buscar en burro a Colonche o al Azúcar. Viajábamos 22 kilómetros. Esa comida nos duraba una semana. El agua la traíamos por barril. Traíamos veinte, treinta burros llenos de agua al pueblo para poder tomar, porque en verano el agua del único pozo que había se secaba. El camino era pésimo, nos demorábamos un día en traer el agua-.

El viejo Volkswagen cae en baches, esquiva las piedras.

–¿Era un camino como este?

–No, pues. ¡Esto es una autopista!

***

Los Magallanes provienen de Lima. El primero en llegar a Ecuador fue el tatarabuelo de Diógenes, pero se asentó en Portoviejo. Dice Diógenes que su abuelo, José, fue quien fundó La Aguadita hace unos 250 años. Él encontró el acta de fundación de la comuna, en Quito, y la guarda como si fuera el retrato de su madre. El viejo José vivió 105 años; buena parte de ellos se dedicó a hacer hijos. Tuvo 14 y llegó a tener 264 nietos. De ahí salieron las familias que poblaron el lugar: los Magallanes, los Ramírez, los Matías y los Malavé. Cuando Diógenes nació vivían en el pueblo unas 180 personas que se dedicaban a la ganadería.

El papá de Diógenes, Octavio, y su mamá, Amada, se conocieron en Colonche y se fueron a vivir a La Aguadita. Para no perder la costumbre tuvieron 15 hijos: Alejandro Euclides, Augusto –murió de niño-, Dora Esperanza, Elacio Esteban, Leonardo, Dioselina, Ángel Onofre, Francia Azucena, Blanca –murió el año pasado-, Diógenes, Kléber, Alba, Andrea, Norma, Elsa. Los hijos de ellos son incontables. Diógenes solo tuvo cinco, porque ya en Santa Elena se compró un televisor.

–No ve que en la cama la persona es intentuosa-

–¿Intentuosa?-

–Sí, o sea que el intento está siempre allí. Y sí o no que eso es lo más rico para el ser humano. Porque si no ¿para qué se vive?

Después de 16 novias, este galán peninsular se casó a los 28 años.

***

Leonardo, hermano de Diógenes, tiene 67 años y jamás abandonó La Aguadita. Vamos a su casa, que queda a unos pasos del viejo pozo del que bebieron las cuatro generaciones. El viento nos libra un poco del calor espeso que se siente. Aquí nadie ofrece nada de beber. No es que no sean hospitalarios, es que no hay nada qué beber. La gente sale de sus casas de caña, nos miran extrañados, nunca viene nadie por aquí. Los chivos hacen sus ruidos, una vaca raquítica cruza.

— Los padres sufrieron mucho, nosotros sufrimos mucho, señorita. Nuestro pueblo ha sido el más olvidado de la provincia, creo que del país-, me dice Leonardo, quien como la mayoría de hombres de este lugar va sin camisa, no porque se crea sexy, sino porque el calor es insoportable-. Entonces, como si fuera desgranando una mazorca va contando sus recuerdos.

— En tiempo de mi padre salíamos en burro. Nosotros llorábamos cuando mi padre nos mandaba a traer los alimentos o el agua. En veces nos hacíamos un día hasta encontrar agua. La traíamos en barril, para tomar y para la cocina. Nos duraba 4, 5 días. En veces no nos bañábamos porque no había agua. Nos turnábamos: hoy tomaba agua la gente, y al otro día los animales. En veces no había agua tres días, la gente tenía que irse a buscar a otros pozos lejos-.

Diógenes lo interrumpe.

— En el 65 se murieron todos los animales, fue cuando hubo la sequedad grande. Aquí solo se quedaron los berracos, como él-.

Sí, porque hasta Diógenes se mandó a cambiar. Apenas cumplió los 18 años y se fue a Santa Elena. Allá empezó a militar en la Izquierda Democrática y aprendió cómo organizar a la comuna.

Leonardo prosigue.

–Me quedé con mis chivos, los iba vendiendo y tenía cómo pasar. Pero los animalitos de todos se murieron, eran miles. Éramos un pueblo ganadero.

–¿Y por qué se quedaron sin agua?-

–Fue por causa de la tala de los árboles-, contesta Diógenes.

–Ah claro, sí-, confirma su hermano. Todas estas cosas ocurrieron hace más de 40 años. ¿Te acuerdas? Era un martirio tan grande.

Alguna vez aquí hubo mucho ganado, voluptuosos inviernos y tierras fértiles. Pero la gente empezó a talar la madera y poco a poco terminaron con el bosque, así empezó a morir el pueblo. Casi todas las 180 personas que vivían en La Aguadita se fueron en el 65, cuando el pozo y las lluvias se achicaron. Cada cual cogió su rumbo. Lo mismo pasó en Carrizal, un pueblo cercano, donde vivían unas 200 personas. No quedó nadie.

Y así como en la historia bíblica, la gente se fue a buscar la tierra prometida a otra parte y abandonó su lugar de origen. Entonces, llegaron los invasores.

–En el gobierno de Febres Cordero empezaron a llegar los invasores. Gente que tenía dinero y pensaba que podía hacer con estas tierras lo que quisiera. Sufrimos en ese gobierno y en el de Bucaram. Nos quitaron lo que era nuestro por herencia-, dice Diógenes, quien luego de 40 años en los que no faltaron peleas, amenazas, persecusiones, intentos de soborno y hasta la cárcel, ha conseguido recuperar las escrituras de las tierras ancestrales que les pertenecen.

–Ahora es que la gente está volviendo al campo, porque el Gobierno nos están haciendo las vías, nos está alumbrando, nos van a dar canales de riego, agua potable. Para que toda esa gente que está en otro lado busque su pueblo. Porque Dios dijo que el hombre tiene que vivir de la tierra. Nosotros queremos rescatar La Aguadita para que la generación que viene detrás de nosotros sobreviva. No hay trabajo para nuestros hijos en la ciudad. Allá solo les espera la cárcel o la muerte. En cambio acá no les cuesta nada la carne, el huevo, la leche, solamente tienen que trabajar la tierra. Si es que ellos quieren vivir como personas honestas tendrán que venirse-, dice Diógenes muy en serio.

Hasta ahora no ha convencido a ninguno de sus hijos. Pero asegura que sí ha convencido a muchos amigos de la ciudad de que separen su parcela. La idea de Diógenes es hacer un pueblo nuevo con gente que vaya y trabaje la tierra para que el Gobierno les construya los canales de riego y la carretera. Él les ofrece terrenos de diez por 25 metros a cambio de que se comprometan a cultivar.

***

La Aguadita es una estepa. Aquí no hay calles, no hay tiendas, nadie vende nada, salvo chivos. Son 18 casuchas desperdigadas en un terreno polvoriento. Cualquier cosa que uno tenga, desde un celular, pasando por un cuaderno o una cámara de fotos, es una riqueza. Pero el mayor tesoro siempre será una botella de agua.

Podría decirse que María Isidra Flores, una anciana de 82 años, vive diagonal a Leonardo, el hermano de Diógenes. Ella nació en Sube y Baja, pero a los 20 años se enamoró de un tal Federico y se fue a La Aguadita. Tuvo una docena de hijos.

–¿Por qué tantos?-

–Así es en el campo. La costumbre era que los hombres a las 4 de la mañana tomaban el desayuno. A las 5 cogían el hacha y el machete. Caminaban dos o tres horas adentro en la montaña. A las 7, 8 empezaban a trabajar. A las 6 de la tarde regresaban al pueblo, y a esa hora se ponían a hacer hijos. A las 8 vuelta ya estaban durmiendo. Y vuelta lo mismo a las 4 de la mañana.

–¿Y cómo ha sido su vida en este pueblo?

— Siempre ha sido seco. Para mantener a los animales uno tenía que coger una mata de cardón –es un cactus gigante, espinudo que por dentro tiene agua fresca-, pelarla, sacarle las espinas y darles eso para poderlos mantener un poco más, si no se morían. La gente aquí se acostumbró a sufrir-.

***

Elacio tiene 70 años y vive junto a su esposa, Cristina Matías, y su hermana, Dora, en Campo Blanco, a unos diez minutos de La Aguadita. Ahí, sobre lomas desiguales y entre tachos vacíos, viven 14 familias. Pareciera que lo único que se mueve en este sitio es el viento. La gente está aletargada, son como frágiles cuerpos sin ilusión.

Elacio y Dora son hermanos de Diógenes. Ellos también abandonaron el pueblo, pero volvieron.

— Yo me casé jovencísimo, a los 17 años. Mi señora no completaba los 15 años. Tuvimos doce hijos. Nos fuimos a Libertad para que los hijos aprendieran aunque sea a hacer algo. Volvimos después de 40 años, porque el negocio que tenía se dañó. Yo vendía gas, repartía a todos los restaurantes, pero vinieron las cocinas modernas y ya no vendí más. Ahora, el Gobierno nos regaló 800 chivos para toda la comunidad de Campo Blanco y La Aguadita, y nos dedicamos a criarlos. También tenemos unos pavitos. Pero estamos sufriendo por el agua-, cuenta Elacio.

El municipio de Santa Elena envía agua a estas comunas, pero no es suficiente. Muchas veces ellos tienen que pagar el flete del tanquero, que cuesta 35 dólares. Dos semanas les dura el agua. O sea que deben reunir entre las 14 familias 70 dólares mensuales.

Un pavo de largas plumas se sube al techo del viejo Walkswagen y lo caga. Cristina Matías limpia.

–Antes era peor. A veces no teníamos agua ni para tomar. No lavábamos la ropa, no nos bañábamos-, se acuerda Cristina-. Desde pequeños nos acostumbramos a tomar poca agua, y agua salada, porque era la que sacábamos del pozo-.

–A los 40 años vinimos a probar lo que era el agua dulce-, la interrumpe su marido.

La sensación de la sed es una de las peores que pueda soportar el ser humano. Solo de escuchar sus relatos, una ansiedad por beber me atormenta. Prefiero cambiar el tema, y hablar lo menos posible.

–¿Fueron a la escuela?

–Yo no sé leer-, confiesa él-. Ella sí un poco, porque fue a un programa de alfabetización-.

— No íbamos a la escuela, porque estaba a cinco horas caminando-, explica Cristina un poco avergonzada.

–¿Y el mar queda lejos?

— Sí, está a 35 kilómetros siquiera. De pequeño mi papá me mandaba a Palmar a conseguir pescado, ahí me bañaba yo en el mar. Iba en burro, se hacía lejísimo. Salíamos a las once, doce de la noche y amanecíamos allá-, dice Elacio.

–Eso fue durísimo. Nosotros hemos sido pueblos olvidados. Ningún gobierno ha mandado a nadie. Ahora hasta usted ha venido. Ni en sueños hemos visto a una periodista-, dice Diógenes con inocencia.

Pero Dora, la hermana, sabe que lo más importante es el agua, y no está dispuesta a hablar de cosas menores.

–Queremos que el Gobierno nos mande agua. Yo le matara un pavo para que se comiera el Gobierno, con tal de que nos dé agua-, grita desde una hamaca.

–Sí mandan el aguita-, dice bajito Elacio.

–Pero falta más para poder sembrar el tomate, el pimiento, la yuca, el camote, el limón, la maricuyá, el pepino, porque de todo se produce aquí, señorita-, replica ella en alta voz.

–Eso es verdad. Aquí teníamos hasta lechuga, col, zanahoria-, coincide Elacio.

–Lindas yuquísimas sacaba mi papi-, dice Cristina. Mi papito sembraba cuando llovía-.

–Siéntese nomás señorita-. Dora me ofrece un lugar en su hamaca que cuelga de los palos de la casa de caña.

–No, gracias-. Tengo la garganta seca y lo único que quisiera es un poco de agua, pero prefiero no pedir. La cerveza que me tomo en Santa Elena, al atardecer, me sabe a gloria.

Chunchi, el pueblo de los niños suicidas


A Luis la muerte lo tienta; le hace creer que su padre estará del otro lado. Su prima Lourdes se decidió y lo hizo. Su amiga Martha está pensando en hacerlo. Todos fueron abandonados por sus padres. Los chicos en este lugar de la serranía ecuatoriana tienen ganas de morirse.

Hagamos un minuto de silencio por Lourdes, la última chica suicida de Chunchi. La que casi se gradúa del colegio, la que casi es abanderada, la que casi estrena el vestido que se acababa de comprar, la que casi se va a Estados Unidos a buscar a sus padres. La vida para muchos niños en Chunchi es un casi. En este pueblo, donde la neblina en invierno es tan densa que no deja mirar a los ojos, los jóvenes están buscando en la muerte una opción para huir. Este frío rincón indígena, rodeado de elevaciones, mesetas y valles, regado por tres ríos y devoto de María Auxiliadora, queda en el extremo sur de la provincia del Chimborazo. Aquí viven Teresa y Luisito, primo de Lourdes y suicida en ciernes.

Luis es más frágil, más triste y más viejo que cualquier chico de su edad. Camina encorvado, como si cargara una gárgola sobre sus espaldas. Tiene 15 apenas, pero habla de la muerte como veterano de guerra. No alcanzó a conocer a su padre. Él piensa que vive en el cielo, allá donde sueña ir. Su madre abandonó a Luis cuando tenía 3 añitos. Su hermana mayor tenía 7 y el más pequeño solo 8 meses. Se fue a Estados Unidos, allá se hizo de otro hombre y tuvo otros hijos. Los cinco que dejó en Chunchi nunca volvieron a verla.

He oído que las perras se comen a sus cachorros. Esta no se los comió de un mordisco, les fue matando el alma de a poco.

En junio de este año Luis se cortó las muñecas, y en septiembre tomó veneno para ratas. Del último intento casi no regresa. Estuvo inconsciente y cinco días hospitalizado. Su abuela y sus hermanos lo cuidaron. Su madre, por teléfono, dijo: si se muere que se muera, ya he de mandar para el entierro.

Teresa es pequeña, pero su alma es inconmensurable. Le cabe en ella cada uno de los niños de su enorme mundo: el colegio nacional 4 de julio, de Chunchi, en el que se educan unos 700 chicos, entre ellos “su” Luisito. Esta riobambeña es solo la profesora de inglés, pero según los alumnos “es la única que los escucha”. Quisiera salvarlos a todos, pero lucha contra la tristeza de los niños y la indiferencia de los grandes. Más de 60 chicos se han suicidado en los últimos 5 años en este pueblo, dice una encuesta del municipio. No han sido contados los que lo han intentado. “Son muchísimos”, asegura la teacher.

La primera vez que Teresa conoció a Luis, ella le pidió que escribiera su nombre y cómo se sentía en un papel. “Me voy al cementerio y busco de tumba en tumba la respuesta de mi padre y no la puedo encontrar”, fue lo que escribió. Tenía solo 12 años.

Pero sus cartas se han vuelto más terribles con el pasar del tiempo.

De: Luis

Para: Mi querida mamita Teresita que le extrañaré

Hoy viernes 18 de junio quiero saludarles a toda mi familia y estas significan mis últimas palabras. Ya no puedo seguir sufriendo más, ya no quiero tener más problemas con nadie (…). Yo quería tener grandes sueños y metas, pero nunca he tenido el apoyo de mi familia, apenas la he tenido solo a usted. Mi vida ha sido siempre dura, por eso creo que al lado de mi papá estaré feliz. Yo sé que todos me dirán cobarde, pero nadie sabe la tristeza que lleva mi corazón, mis amarguras y mi soledad (…). El último favor que puede hacer por mí es tener esta hoja hasta el último día de mi vida, ya que después el aborrecido se acabará. No perdono a mi madre por abandonarnos de esa forma y por dejarme solo (…). No le quiero hacer sufrir, pero no hay otra oportunidad de despedirme. Le quiero mamita Teresita.

***

Lo malo de Dios es que está en las nubes. Luisito vive a 2.280 metros sobre el nivel del mar, y aún así no logra alcanzarlo. En su casa, él no ha sido el único que se ha querido matar. “En mi familia ha pasado bastante. Mis dos tías se han tomado veneno. Y mi tío cuando tenía 12 años también intentó suicidarse”. Seis de sus 8 tíos de parte de madre están en EE.UU. Y de parte de padre, están 4. Todos dejaron a sus hijos en Chunchi.

Dicen que Lourdes era la mejor alumna de sexto curso, que siempre tenía dinero en el bolsillo, ropa bonita, el mejor celular. Sus padres la abandonaron hace más de 15 años. En julio tomó veneno para ratas y murió.

–Era una niña sumamente triste. Siempre lloraba y me decía: yo cambiaría todo lo que tengo por una familia, por unos papás-, empieza a contar Teresa. –Ese día yo estaba en el colegio hablando con una alumna que tenía cortaditas sus manitos, eso es muy común acá. Lourdes llegó con su grupo de amigas y me dijo: teacher, queremos hablar con usted. Sí, mija, pero espera… Terminé y me fui a hablar con ellas. Me contaron que, por broma de sexto curso, se habían cogido algo ajeno, una blusa. En todo el pueblo las llamaban ladronas. En el colegio las querían sancionar. Les dije: tranquilas, yo me encargo. Así que, por la tarde, fui a buscar a la señora dueña del objeto robado, pero no la encontré. Tenía una reunión en el colegio y me vine. En eso me llama Luisito y me dice: teacher, la Lourdes se tomó veneno”-.

–Sus padres enviaron dinero para que la enterraran, pero ni siquiera vinieron-, dice Luis, baja la cabeza y de pronto se parece a un antiguo ceibo del que cuelgan largas lágrimas.

***

El primer día de clases, la teacher les hace escribir a los niños sus nombres y con quiénes viven. En sus manos tiene los papelitos: vivo con mi tía y mis abuelitos, vivo con mi abuelita, vivo con mi tía, vivo con mis abuelitos, vivo con mi hermana, vivo con mis hermanos, vivo con mi abuelita, y así… sin parar.

Andrea, una de las mejores amigas de Luis, vive con su abuelita. Tiene 14 años y un semblante frío y distante. Su madre la abandonó a los cinco meses de nacida. Sus padres se fueron a EE.UU., allá se separaron y tuvieron otros hijos. Ocho hermanos de su mamá están allá. La última vez que su padre la llamó fue en diciembre para su cumpleaños. No recuerda cuándo fue la última llamada de su madre, pero sí lo que le dijo: “Olvídate de que tienes madre”.

Pero a ella no la doblega la tristeza, prefiere no pensar en sus padres. Y la única vez en que se le pasó una idea suicida por la mente, ella la espantó con esta pregunta ¿para qué voy a morir, si cuando alguien se mata, la gente se acuerda un mes, y luego se olvidan?

— ¿Tienes compañeras que han tratado de quitarse la vida?

Sí, eso es muy común acá. Incluso la chica que anda conmigo y con Luis, Martha, me dijo que se quería quitar la vida porque sufre mucho.

Martha, de 15 años, entra con su uniforme y peinado impecables y pide que salgan Luis y Andrea. Nos quedamos a solas en una salita donde hay mapas, útiles escolares, dibujos y mucho color.

¿Dónde vives?

En un pueblito que queda a 30 minutos de Chunchi.

¿Con quién?

Con mi tía y mis primos.

¿Y tus papás donde están?

Mi papá ya se vino de Estados Unidos, estuvo allá 12 años. Pero no vivo con él. Mi mamá todavía está allá, se fue cuando yo tenía unos 8 años.

¿Por qué se fue?

Es que mi papá se dedica al alcohol. Él se había ido a EEUU primero. Nosotros somos 4, y mi papá no nos mandaba dinero, nada de nada. Entonces, mi mamá se fue para allá. Vivieron un tiempo, pero mi papi le trataba mal a mi mamá, le pegaba, la quería matar. Ahora mi mami vive sola.

¿Con quién vivían acá?

Mis dos hermanos pequeños con mi tía de parte de papá, y los dos mayores con mi tía de parte de mamá.

¿Ahora que tu papá está acá las cosas han mejorado?

No, porque igual se dedica a estar solo tomando. Los sábados me voy en la tarde a verle, no sé que le pasa, de la nada me quiere pegar. Siempre está borracho. Según él, regresó porque quería cuidarnos, pero era mentira.

¿Has tenido momentos de depresión?

Sí. Es que a veces uno se siente sola. Porque, en mi caso, tengo papá pero es como no tenerle. He pasado sola, triste, alejada, sin apoyo. Y a veces me pongo a pensar que me quiero matar. Después pienso que por qué voy a hacer eso.

Seis de los once tíos de Martha están en EE.UU. A ella la cuida una tía, que también tiene a cargo a otros cinco sobrinos, y a sus propios hijos. Nueve niños y adolescentes en total.

***

Reunión de padres de familia de primero B. Son las 3 de la tarde de un frío día de septiembre. Lo de “padres de familia” es un decir, porque pocos son los papás y mamás presentes. Uno a uno se levantan. Soy la abuelita, los papitos no están aquí. Soy la hermana, los papás no pudieron venir. Soy la tía, los papitos están fuera del país. Soy el hermano. Soy el tío. Soy la abuelita. Soy la hermana. Soy el hermano. La mayoría tiene rasgos indígenas y apellidos como Tenesaca, Pilahuapa, Guamán, Chuji, Muyulema, Yupa. Muchos llevan poncho, moño y sombrero. Un perro se pasea por el aula. Una neblina helada baja desde la montaña y se mete por los huecos en los ventanales.

Los pupitres están recién pintados. Pero faltan seis. Esta reunión es para nombrar la directiva del curso y organizar una colecta para comprar bancas. La teacher pide apoyo. “Ustedes tienen que ser responsables con sus niños durante todo el año, no los dejen solos. Pongamos entre todos para comprar las bancas que faltan”.

–Yo creo que no hay que hacer ninguna colecta, porque ellos van a estar aquí solo un año. ¿Por qué vamos a comprar bancas para que usen los que vienen después? Un poco de incomodidad no hace daño-, dice un señor de rostro en piedra. Los demás lo apoyan. Seis niños tendrán que doblarse para escribir sobre sus piernas.

Luisito: La gente en Chuchi es cerrada, no podemos hablar de que estamos tristes, porque nadie nos comprende. La gente que viene de fuera más bien es la que nos escucha.

Aún así, Teresa tiene esperanza. Siempre se acuerda del primer chico que conoció, hace 8 años cuando llegó a este colegio.

–Era mi alumno. Su madre lo había dejado abandonado en un árbol cuando era un bebé. Me hice cargo de él. Después, gracias a Dios, una familia lo adoptó en Quito y se recuperó. Hace unos 6 meses yo estaba en la terminal, y sentí que alguien me abrazó por la espalda. ¡Era él! Ahora está estudiando y tiene una buena vida. Por él yo empecé a ayudar a otros niños-.

Teresa tiene 150 alumnos en diferentes paralelos.

–De los 150, los que estamos botados somos unos 120, si no es más. La mayoría no tiene ningún afecto ni cariño, porque nuestros padres ya tienen otros hijos allá. Nosotros no somos como las demás personas, nunca vamos a tener una madre-. replica Luis. Él piensa en su mamá, a veces con rabia, otras con un amor que no ha logrado matar.

Luis tiene que volver al aula. Siento que no lo está logrando, que no lo logrará y un puñete se me planta en la garganta. Lo abrazo y le digo que la vida es hermosa. Me mira, sé que no me cree. En sus ojos hay una tristeza tan grande como una verdad. “No tener el cariño de nadie es como ya haberse muerto”, me dice y se va.

Texto publicado en la revista SOHO 2010, con fotos de Amaury Martínez.