“Éramos y somos hermanas todas”


(Texto publicado en el libro Despiertas y de Pie, que se lanzó en el II Encuentro Nacional Mujeres por la Democracia que se celebró en Quito los días 2 y 3 de junio de 2015. En la foto, Zoila Bermello, protagonista de la historia).

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Zoila Judith nació el 23 de agosto de 1978 en la parroquia San Plácido, que pertenece al cantón Portoviejo y está formada por 39 comunidades, o sitios. Comprende desde La Mocorita, la tierra de los bizcochuelos tostados, hasta El Progreso. Esta es tierra verde, exuberante, como si fuera un rincón selvático en el que es posible respirar aire puro y parar para tomar un baño en un riachuelo. La gente de estos lugares vive con las puertas abiertas y siempre tiene algo que ofrecer. En sus fincas crían ganado, y producen cítricos: mandarinas, limones, naranjas. En esta parroquia viven alrededor de tres mil personas, entre ellos los Bermello-Zorrilla.

La siguiente comunidad, después de El Progreso, se llama San Sebastián: es un sitio comercial y agrícola que pertenece al cantón Pichincha. Zoila suele visitarlos, así como al resto de comunidades. Les lleva talleres en los que les habla sobre todo tipo de temas: democracia, autoestima, tipos de violencia, organización comunitaria, sexualidad, tecnología. Lo que haga falta.

Unas veinticinco personas de San Sebastián la escuchan atentos. Zoila les habla sobre Matilde Hidalgo de Procel, la primera mujer ecuatoriana en graduarse de médico, la primera mujer en votar en América y la primera mujer en ser candidata a un cargo de elección popular. Les cuenta su historia y la vuelve cercana.

-Antes de ella, las mujeres no teníamos la opción de salir de la casa ni de opinar. A ella la calificaban de bruja, el cura la hacía parar cuatro metros afuera de la iglesia. De la misma manera, a nosotras nos han dicho de todo. Yo también, como muchas mujeres, antes me quedaba callada, hasta que supe que tenía derechos. Reconocerte como un ser que tiene derechos es la decisión que tú debes tomar para poder dar un paso hacia adelante, siempre y cuando no hagas daño a nadie. Hay que quitar de en medio la vergüenza, el miedo a hablar que todavía tienen las mujeres.

Cuando se termina el taller, Zoila les ofrece un almuerzo, que ha preparado Aleida, su madre.

Nos encaminamos a San Plácido en la camioneta de Gonzalo, el padre de Zoila, un hombre de sonrisa abierta que trabajó durante largos años en proveer de energía eléctrica a toda esta comunidad, el mismo trabajo que hoy realiza Carlos Mateus, el esposo de Zoila y el padre de sus hijos: Carlos, de quince años, y Laurita, de siete.

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La casa de los Mateus-Bermello queda en una especie de colina.

Para llegar, hay que subir algunas escaleras. Los vecinos saludan a Zoila, todos saben quién es esta mujer de ojos achinados, formas sensuales y brazos gruesos como alas. Ella siempre trabajó para su parroquia. Era la encargada de las obras públicas, del deporte y de la parte social. Sin embargo, su trabajo se empezó a hacer visible con fuerza a partir del 2005 cuando fue elegida vicepresidenta de la Junta Parroquial de San Plácido.

Por entonces, Zoila tenía veinticinco años.

Recuerda que uno de los desafíos que le tocó enfrentar fue la repartición de los productos del programa Aliméntate Ecuador. Ella sola debía encargarse de armar ochocientos combos de comida y luego repartirlos a madres, niños, personas con discapacidad y ancianos. Luego de meditar, se le ocurrió lo siguiente: llamaría a tres familias que estuvieran dentro del padrón. Les pediría envasar los ochocientos combos durante dos noches. A cambio, todos los paquetes de arroz, aceite, azúcar, que se fueran rompiendo, porque se rompían en el traer y llevar, serían de ellos.

Aceptaron.

Lo siguiente era resolver cómo repartir los combos. La entrega debía hacerse viernes, sábado y domingo. A Zoila se le ocurrió pedir ayuda a chicos del colegio. Consiguió que este trabajo fuese tomado en cuenta como parte de la materia Vinculación Social, les hizo dividir el padrón por secciones y en orden alfabético y, cuando llegaron los días de la repartición, también se encargó de pedir protección a la Policía. Y así fue como San Plácido fue la primera parroquia en organizarse. Llegaron los directivos del MIES y le pidieron a Zoila que organizara de la misma forma a las otras parroquias. Todas las juntas parroquiales de Manabí tomaron el mismo ejemplo. Así, la fueron conociendo en su provincia, y ella también se fue aventurando a ir más allá.

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Por entonces, Zoila conoció a María Cristina López, quien la invitaría a Quito a su primera reunión con las mujeres de la Asociación de Juntas Parroquiales Rurales del Ecuador, Amjupre. Cuando se conocieron, María Cristiana era presidenta del gobierno parroquial de Calceta, y también era vicepresidenta de Amjupre.

La invitación que le hizo a Zoila le cambió la vida.

-En el momento en que llegué fue una felicidad constatar que había otras mujeres iguales a mí. Todas mujeres rurales con las mismas necesidades, los mismos problemas. Éramos y somos hermanas todas. Luz es como nuestra madre. Amjupre es como ese manto protector, es nuestra casa. Allí nadie nos mira mal. Allí todas somos iguales. Si una se duerme, otra le presta la pierna para que duerma tranquila.

Pero no solo se sintió acompañada, sino que empezó un camino hacia su propia formación como maestra, comunicadora, puente. Se entrenó en el amor a ella misma, en cómo pararse y hablar en público, así como en temas sobre derechos, participación política, planes de gobierno, paridad, tipos de violencia, asuntos sobre los que dicta talleres no solo en Manabí, sino también en Esmeraldas, Tena, Puyo, Loja, Santa Elena, Santo Domingo y Guayaquil. A Zoila la han elegido por cuatro años para que integre el grupo asesor ante ONU Mujeres. Ecuador es el segundo país en formar este grupo asesor femenino que tiene como finalidad analizar las leyes de cada país para preservar que se respeten los derechos de las mujeres.

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Zoila proviene de una casta femenina que se han forjado con todo en contra. La madre de Zoila, Aleida, tuvo dos madres: una que la parió y otra que la crío. Eran hermanas. La madre de ellas, la bisabuela de Zoila, se llamaba Mercedes Menéndez García y fue madre soltera. Trabajaba para una familia rica de Portoviejo. La contrataban para tejer y bordar, cocinar y ayudar en un comercio que tenían. Ella bordaba almohadones, ajuares, cosas muy delicadas. Mercedes vivió hasta los 103 años. Cuando la familia rica decidió mudarse a Jipijapa, Ermelinda y Alicia, hijas de Mercedes, se fueron con ellos.

Aleida, la madre de Zoila, fue la tercera hija de Alicia. Alicia era muy buena artesana, era experta en fabricar colchones con lana de ceibo y tenía un taller en la parte baja de la casa. Alicia y Ermelinda aprendieron a leer y se afanaron para que sus hijas sí fueran a la escuela. Las que no se dedicaron a seguir el colegio, por lo menos aprendieron artesanía, algún oficio.

La madre de Zoila se casó a los 23 años con Gonzalo Bermello, que era de San Plácido.

Los padres de Gonzalo son Dalia y Marcilio: tuvieron catorce hijos.

-Mi abuelo desde muy joven trabajó para obras públicas, y mi abuela se dedicó a criar a sus hijos. Ella era como un caballo de carga, era hombre y mujer en la casa. Se iba a trabajar todo el día, arriba en ese cerro. Cogía café, picaba maní, cocinaba y, de bajada venía cortando guineo, yuca y se podía poner al hombro dos racimos de guineo o de plátano.

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La vida en el campo era así:

Se levantaban a las cinco de la mañana. Los varones cargaban agua, dejaban leña recogida para cocinar, le daban de comer al burro. Se iban a la escuela. En las tardes, regresaban a hacer deberes rapidito y otra vez, antes de irse a la escuela (porque antes había dos turnos), recogían agua o lo que necesitaran.

Las niñas no lo tenían más fácil. Cuando regresaban de la escuela en la noche, ellas tenían que lavar, ayudar a cocinar, a limpiar el horno de leña. Todo era muy estricto. No podían salir de casa. A todas les ponían los mismos vestidos y zapatos. Fueron niñas que se pasaron la vida criando niños: primero sus hermanitos y luego sus propios hijos.

Zoila empezó pronto su viaje como mujer. Menstruó la primera vez cuando tenía nueve años. Ella lo recuerda como algo traumático, porque, a pesar de que era grande de cuerpo -a los ocho años ya se veía como una señorita-, era muy pequeña de edad.

Estudió en la escuela de monjas Santa Magdalena. La primera vez que se rebeló fue en primer curso. A ella le gustaba dibujar y la profesora de Ciencias Naturales la obligaba a cortar y pegar, anulando su imaginación. Zoila dibujaba a los vertebrados y a los invertebrados y la profesora se los tachaba. Zoila no se detenía. La profesora la llamó malcriada y Zoila la llamó bruja.

Esto dio pie a que otras compañeras también reclamaran y a que Zoila le pusieran la etiqueta de peligrosa. A los quince años, sus padres la enviaron a estudiar a Guayaquil en la Academia Naval. Zoila pasó de un colegio de monjas en el que todo era rezos, a uno militar en el que todo era marcha.

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Apenas tenía dos meses en la ciudad, cuando empezó la tortura. Zoila viaja al momento en que, con todo el colegio delante, más de quinientas alumnas formadas, un oficial la hace pasar a ella y a dos compañeras más al frente. El oficial les dice que le canten el Himno a Guayaquil.

Zoila no se sabe el Himno a Guayaquil, solo se sabe el Himno a Manabí. Ella le dice que no es justo lo que le pide.

-Si usted es tan sabido, cánteme el Himno a Manabí.

La castigan y esta escena propicia el inicio del martirio.

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A Zoila no le preocupa que la llamen montubia, al contrario, ella se declara montubia siempre. Pero sus compañeras se lo dicen de manera despectiva. Le dicen manaba pata al suelo, machetera. La humillan delante de todos. Su cabello es largo, ella hace un esfuerzo para poderlo meter en la boina. Las chicas le sacan la boina, le revuelven el pelo. Un día Zoila se cansa. Salían al recreo y una chica le haló la boina y empezó a insultarla. Zoila se le lanzó encima, la agarró de los pelos, se fueron escalera abajo, la arañó. Las agarraron y las metieron a las dos de cabeza en un balde de agua sucia.

-La madre de la niña era una señora muy encopetada. Me dijo que yo era una salvaje. Entonces, yo le dije: si su hija está como está es porque fue mal educada. A mí en mi campo, en mi monte, donde yo vivo me enseñaron a respetar a los demás. Pero también me enseñaron a defenderme.

Este incidente dio paso para que fueran orientadores y psicólogos a la Academia para enseñar a los profesores y alumnos que todos somos iguales, indistintamente del lugar donde hayamos nacido. Incluso cambiaron el lema de la Academia.

-Dijeron que ahora el lema era respetar para que respeten, cuando antes tenía que ver con la fuerza.

***

Esta tarde, Zoila vuelve a su antigua escuela en San Plácido, recorre sus pasillos, aulas y patios interiores. La Unidad Educativa Santa Magdalena es uno de los cinco colegios que la congregación de las hermanas oblatas de San Francisco de Sales tiene en Manabí. Las cosas han cambiado y ya no hay ningún rencor hacia las monjas. Mucho menos cuando aparece sor Alba Inés González, la guía espiritual de Zoila, a quien llama mi otra madre.

-Ella siempre me descubre si estoy triste, a ella no le puedo mentir.

Sor Alba Inés nos lleva a sus jardines. Nos ofrece galletas y cola, nos deja jugar con su cachorro blanco y nos invita a entrar a su casa de muñecas, que está muy bien arreglada. En ella, unas cincuenta muñecas de todos los tamaños, ojos, cuerpos y colores.

Sor Alba Inés es colombiana, de Medellín, y vive en Ecuador hace dieciséis años. Solo hay amor en su mirada y en sus palabras cuando habla de Zoila:

– Ella es una persona llena de alegría, de amor, de conocimiento. Es una mujer que no se le desmaya a nada, que si le dicen: flaca, coma tierra, ella come tierra, siempre y cuando esto sea por el bien de los demás.

Está por caer el sol en San Plácido.

Sor Alba Inés debe seguir con los quehaceres. Sus palabras de despedida nos acompañan en el camino de regreso a casa:

-Si el sol está dentro de ti, no importa que afuera esté oscuro.

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David Beriain: los ojos humanos detrás de la guerra


LA TEN MOUNTAIN DIVISION DE LOS EE.UU EN LAS MONTAÑAS DE AFGANISTAN

Era marzo de 2003 y lo único que David Beriain (Navarra, 1977) quería era llegar a Irak. Estaba atrapado en el frente norte de Turquía. Había llegado hasta allí desde España con la intención de cubrir la inminente invasión estadounidense al país del Tigris y el Eúfrates. Tenía 24 años, reportaba para el diario La Voz de Galicia y se había empecinado en ir. Y en ir solo. Cuando llegó a la frontera y vio que los pasos sirio (noroeste) y turco (norte) estaban bloqueados y que la guerra, del otro lado, ya había estallado, lo decidió: contrató a dos contrabandistas kurdos y se metió en el fondo de un camión como un inmigrante, respirando por cuatro agujeros de medio centímetro de diámetro. Lo dejaron en la aridez. Caminó 15 horas por las montañas, esquivando a los agentes turcos y a las minas antipersona. Así se metió en el infierno. Entró a Irak. Estuvo entre fuegos de mortero, en tiroteos. Le dispararon por primera vez. Vio morir a personas cercanas. Tuvo miedo. Pero logró cubrir las caídas de las ciudades del norte: Kirkuk, Mosul, Tikrit. Y obtuvo una exclusiva: los ajusticiamientos de los generales del partido Baas, en Kirkuk.

Lejos de asustarlo, Irak esculpió su fuego interno y lo convirtió en el reportero de guerra que es y que desde hace seis años cubre los conflictos más importantes del planeta. Ha estado cinco veces en Irak, seis en Afganistán y ha cubierto las guerras en Cachemira, Pakistán, Sudán y Darfur. Su última hazaña fue este año: pasó diez días con los guerrilleros de las FARC, en el estómago de la selva colombiana. Y lo cuenta con la sencillez de los tipos grandes, ahora tranquilo desde su casa en Artajona, un pueblo de 1.700 habitantes, al que siempre vuelve para descansar de sus batallas. Allí no es el reportero de guerra que da entrevistas, sale en la televisión y escribe en los diarios, sino el hijo de un simple agricultor.

Todo empezó a los 18 años, cuenta David, cuando decidió estudiar periodismo. “Tenía una preocupación humana más que periodística y el sueño de viajar a América Latina. Quería ir a cavar letrinas, o lo que fuera”. Entonces, empezó a mandar mails a cuanto diario sudamericano pudo para pedir una oportunidad de hacer pasantías. El único que le contestó fue El Liberal, de Santiago del Estero, una de las provincias más pobres de Argentina.

Su primer reportaje consistió en investigar una denuncia: si era verdad que los enfermeros de un hospital psiquiátrico violaban a los pacientes. David, que no sabía un ápice de periodismo, sintió como si le mandaran a darle un mensaje a García: “vaya e investigue”.

“Iba con otro compañero, él se encargó de las fuentes oficiales y tal, y yo entré a hablar con los locos”, se acuerda. “Si hubiera estado en España haciendo prácticas, seguramente habría hecho la crónica de las fiestas de un pueblo. Y el periodismo no me hubiera atrapado tanto como me atrapó. Pero aquella crónica me marcó. Entonces, supe que era lo que quería hacer toda mi vida”, dice.

Cuando se graduó de periodista montó en ese mismo diario una unidad de investigación que destapó cloacas tan fétidas que desató la caída del gobierno de la provincia (eran los estertores del menemismo, a inicios de este siglo). Llegaron las presiones, las amenazas de muerte, y el diario puso fin a las publicaciones. David volvió a España. Se enroló en La Voz de Galicia. Y llegó el 11 de septiembre.

El navarro empezó a hacer reportajes sobre el régimen talibán, sin moverse de la redacción. Esperó, esperó, hasta que llegó la gran oportunidad: la posibilidad de un viaje a Afganistán para ver a las tropas españolas. Ese primer contacto con la realidad de la guerra lo armó de valor para cubrir luego Irak. Para él, esto no es un tema de tener o no “cojones”. “Se trata de que te importe la gente, de ponerle cerebro a la historia y corazón para tener empatía y darse cuenta de lo que a ellos les pasa”.

Y es que lo suyo no es solo salir a cazar historias. Hay todo un significado humano en lo que hace. “Cuando uno va un sitio como estos y ve lo que ve, uno se siente ridículo, se siente muy pequeño. La libertad que siento es que mi ego desaparece. Hay mucha libertad en olvidarse de uno mismo y preocuparse más por otros”, reflexiona David y suena como en un eco la voz de Ryszard Kapuscinski, con esa misma tonalidad sencilla y esa visión antropológica del periodismo que, como a él, lo llevó a exponer su vida para contar el drama de la gente que vivió las guerras en África, Asia y Latinoamérica.

David regresó en marzo de este año a este continente, específicamente a Colombia, luego de que un día su editora le dijera: ¿por qué no entras a las FARC? Él, como siempre, alistó maletas. Y se instaló en Bogotá para armar la telaraña de contactos.
Era el sábado 1 de marzo y estaba en un departamento, en Bogotá. Esperaba una llamada. Esa que luego de semanas de esperas e intentos fallidos le avisara que al fin podría entrar en el campamento. El teléfono sonó, y Beriain preguntó: ¿cuándo lo hacemos? La voz del otro lado le dijo: nunca. Mataron a Raúl. Reyes, el ex líder de la guerrilla, era el vínculo que tenía el periodista para entrar a las FARC. Muerto él, le tocó esperar.

Pero tres semanas después, sin equipo de apoyo, y luego de dos días y medio de viaje por el laberinto de la selva, logró convivir con los guerrilleros del bloque del Magdalena Medio, comandado por Pastor Alape. De allí nació la serie de reportajes “Diez días con las FARC”, publicado por adn.es. Pero ¿hasta qué punto el contar las historias de la gente justifica que arriesgues tu vida? Beriain lo tiene claro: “Que yo esté a punto de morir o no, no es relevante, porque, de hecho, ha habido mucha gente que sí ha muerto con historias más dignas que la mía. Las historias de los otros, eso es lo realmente importante”.

(Este texto salió publicado en 2008, en diario El Telégrafo. La entrevista a David Beriain la realicé por teléfono).

Más sobre David Beriain: http://www.enpiedeguerra.tv/www.enpiedeguerra.tv/Home.html

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