Lilit y el sexo


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Esta noche ven a mi casa, le pedí, sabiendo que estaría sola. Y cuando estuvimos frente a frente, él me miró con sus profundos ojos de gitano, y me contó, sin acercarse, todo lo que quería hacerme sobre el sofá. Palabras que hace tiempo no escuchaba. Me quedé en silencio, apretando las piernas, mordiéndome los labios. Él esperaba alguna reacción mía para proceder. Yo no podía resistir más, quería sentirlo encima, que me atacara como una pantera. ¿Me dejas que te dé un beso?, preguntó con deseo contenido. Entonces, me puse sobre él, abrí mis labios y mis piernas, y se hizo el silencio.

 

El sexo es el acercamiento más contundente que se puede producir entre dos seres humanos. No hallo una sensación más intensa, ni una imagen que me haga delirar tanto como la que me devuelve el espejo mientras un hombre me penetra. Pero así como es intenso, es efímero. La pasión se va, nos abandona como si jamás nos hubiese conocido. Y nos quedamos esperando con ansias el próximo encuentro, la siguiente remecida que nos emocione hasta los huesos, hasta los gritos.

Nada garantiza que el momento se repita, pero cuando al fin sucede, vuelvo a experimentar la noción de estar viva. Por medio del sexo la naturaleza me recuerda que lato y siento.

El otro día leí un tuit que decía: por las historias que cuenta, Lilit debe ser una mujer exuberante, con un cuerpo espectacular. Yo me reí, y traté de convencer a la tuitera de que no es necesario tener un cuerpo de presentadora de programa de farándula para tener buen sexo, o levantar al tipo que te gusta. El sexo, como todo, es cuestión de actitud y de feeling.

Tener buen sexo no es cuestión de suerte, y tampoco de belleza. Es cuestión de libertad mental. No importa el tamaño de los senos, o las libras de más o de menos que uno pueda tener, ni siquiera importan las estrías, lo que cuenta es saber disfrutar del propio cuerpo y del cuerpo del otro. Y permitir que nos disfruten: sin complejos, sin vergüenzas, sin miedos.

Muchas veces, las mujeres somos injustas al criticar el desempeño sexual de los hombres. Solemos quejarnos porque duran poco, porque la tienen pequeña o porque no tienen tacto. Pero ¿y nosotras? ¿somos buenas amantes? ¿o tenemos telarañas mentales y tabúes que nos convierten en aburridas compañeras de juegos sexuales? ¿Qué les hemos enseñado nosotras a ellos? ¿O estamos esperando siempre ser servidas? ¿Somos buenas amantes o simplemente usamos el sexo para manipular y controlar?

Es necesario que las mujeres se hagan estas preguntas. Es un error atribuirle al hombre la responsabilidad del orgasmo femenino, cuando son las mujeres las que debemos conocer nuestros cuerpos y las únicas que debemos mandar sobre nuestro placer.

Lilit es un personaje literario. Nacido de mis entrañas, eso sí, pero tan real como Mafalda o Madame Bovary. Lilit es mundana y libertina, una mujer que sabe disfrutar del sexo y que lo grita a los cuatro vientos. Y eso, en una sociedad tan cerrada como esta, es una rareza. Me he divertido mucho escribiendo esta columna, pero ha llegado el momento de dejar de usar la máscara de Lilit.

Empecé hace tres años a escribir la columna. Ha sido un agradable ejercicio de memoria, pues la mayoría de relatos que he contado corresponden situaciones que me ocurrieron entre los 20 y los 30 años. En esa década viví fuera del país, viajé mucho y me dejé llevar por el loco vaivén de la juventud. Fueron años para experimentar. Tuve amantes de distintas nacionalidades, temperamentos, largos y anchos. A los 23 años, no solo que podía pasar la noche con un guapo extranjero, sino que, si me gustaba mucho, lo invitaba a vivir un tiempo conmigo.

Pero uno crece y la vorágine pasa. Ahora tengo 34 años y lo máximo que podría traer a casa a vivir sería un gatito abandonado.

Aunque si alguno de ustedes se disfraza de gato y se aparece esta noche por mi puerta, seguro querré acogerlo.

 

(Columna de despedida de la LILIT, revista SOHO 2013)

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La edad y el sexo


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La edad nunca es un estorbo para el sexo. Aunque más neuróticos, los hombres mayores suelen ser mejores amantes, por eso los prefiero. Los niños difícilmente saben dónde queda el punto G, les cuesta horrores no eyacular a los dos minutos, y no tienen la menor idea de qué hacer con una mujer luego de que se corren –solo se les ocurre volar a contarles a sus amigos-. Se hacen la paja con las modelos de las revistas, pero no serían capaces de complacerlas en la cama. ¡Qué pereza! Paso de tener sexo con veinteañeros por más buenos que estén.

En mi adolescencia tuve más sueños eróticos con Clint Eastwood que con Leonardo Di Caprio –de hecho, con ese cara de yo no fui no tuve ninguno-. El hombre que me enseñó lo que era un orgasmo tenía 38 –y yo 20-, y mi último amante tenía algunas canas y un par de hijos con piercings.

Pero también he tenido experiencias con jóvenes. Esta fue una de las peores: él tenía veintiuno y yo veinticinco. Habíamos salido a bailar. Él era de Texas y estaba de paso por la ciudad. No recuerdo su nombre, pero sí que sus padres eran mejicanos, que tenía un rostro hermoso, labios sensuales, piel morena y estómago tallado en piedra. Luego de bailar hasta el amanecer, me siguió hasta mi departamento. Empezamos a besarnos y a quitarnos la ropa en el ascensor.

Apenas llegamos a la cama me penetró. Eyaculó a los tres minutos, y yo quedé frustrada. Me di la vuelta, y me dormí. Al día siguiente, salimos con unos amigos a comer, y él actuó con frialdad, casi no me dirigió la palabra y jamás me preguntó cómo me sentía. Pero la venganza siempre llega y, a veces, no tarda. Esa misma noche, tocó a mi puerta. Yo lo rechacé esa vez y todas las siguientes. Nunca repito un mal plato.

Hace poco vi una película que me hizo estremecer. En alemán se llama Wolke Neun, de Andreas Dresen. Se trata del amor sexual que viven Inge –una mujer de sesenta y pico- y Karl –un hombre de 76 años-. No son novios, no son amigos, son amantes. Son dos personas que viven el sexo tan intensamente como un novato quinceañero o un experimentado cuarentón.

Inge es una mujer gordita, que viste simple y no se maquilla. No va a spas, se entretiene cantando en un coro de viejas. Por su cuerpo han pasado los años, y ella los ha dejado pasar sin botox ni liposucciones. Es hermosa e intensamente sexual. Dresen logra una excepcional escena de ella desnuda frente al espejo, y otras perturbadoras secuencias de masturbación y sexo en el piso.

Como ella, lo que yo quiero hacer cuando tenga sesenta y más es lo mismo que quiero hacer esta noche. Y para eso no necesito a un hombre joven, bonito, cuerpo de modelo de Calvin Klein y cabeza de basurero. Necesito a un hombre que sepa cómo tratar a una mujer antes y después de desnudarla. No me importa si tiene barriga o cien años. Como dice la cantante argentino-mexicana Liliana Felipe: “cuando cumpla los 80 me pondré calzones rojos, y sandalias satinadas / Sí, seré una vieja loca, vieja escupe curas, vieja puta, rematada, vieja pero no pendeja”. Y yo rezo todas las noches: ¡Líbrame, Señor, de la mojigatería ahora y por los siglos de los siglos! Amén.

El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.

Una noche en París


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Cada vez que saco las narices al mundo la vida me sorprende. Me pasan cosas porque estoy viva –frase que suena obvia, pero no lo es: el mundo está lleno de muertos caminantes, gente que nada siente–. Me encanta viajar, y siempre busco huir de la rutina. Soy curiosa y no le tengo miedo al mundo. A las personas temerosas, la vida les pasa por delante como un tren al que jamás logran subirse. Las mujeres que viven angustiadas porque están solas nunca atrapan el tren. Se quedan esperando que la vida venga a buscarlas a sus camas que huelen a tedio y vacío. El tren se lo puede tomar cualquier mañana, cualquier noche. Solo hay que dejar el miedo y aventurarse, porque nunca se sabe a dónde te llevará ni cuánto durará el viaje.

Era 2008, yo tenía 29 años y fui a París por una cobertura periodística. Llegamos al amanecer. La jornada de trabajo fue larga y pesada. Apenas pude envié el material a la redacción y me puse a caminar sola por las calles. Todo lo que veía me deslumbraba. Un par de chicos guapos de unos 18 años, se me acercaron divertidos. Where are you from? me preguntaron. Ecuador, South America, les dije. Ellos eran hindúes. Se ofrecieron a acompañarme. El más atrevido me pidió un beso. Yo me reí y seguí de largo, sintiéndome la Venus de Milo con los brazos enteros.

Era verano, hacía calor, la ciudad brillaba, o eso me parecía. A las ocho, aún estaba claro. Me acerqué a un kiosko de crepes en la avenida de los Campos Elíseos, al oeste de la Plaza de la Concordia. Pedí uno de chocolate. El vendedor se llamaba Remi, tenía 28 años y estudiaba Ciencias Políticas. Alto, de cabellos negros y rizados, cara de niño, mirada perversa, muy simpático y amable. Conversamos en inglés, porque no sé nada de francés y él no hablaba español, mientras la gente se acercaba a comprar.

Cuando me terminé el crepe, me despedí. Remi me detuvo. Antes de que te vayas ¿me regalas un beso? preguntó. Parece que en París es muy común eso de regalar besos a desconocidos en la calle. Claro que sí, dije esta vez sin dudar. Me tomó de la mano y me llevó detrás del kiosko para que nadie nos viera. Ahí nos besamos con fuerza y pasión desbordantes. Nos mordimos los labios, nos metimos la lengua, nos excitamos de inmediato. Él empezó a tocarme el cuerpo, a apretarme. La gente nos mira, le dije y me separé. Me pidió que volviese a las doce de la noche, cuando él cerraba el kiosko. Lo haré, le dije convencida.

Caminaba sin sentir los pies, como flotando en una nube. Enfilé hacia la torre Eiffel. Cuando llegué ya había caído la noche. Desde la cima contemplé la ciudad. París es lo más bello que vi en mi vida. Bajé, tomé un taxi y fui al hotel. Me duché, me cambié de ropa y salí, lista para lo que la noche y París quisieran. Llegué unos minutos antes de las doce. Me senté en un asiento de piedra cerca del kiosko para observarlo. Mientras cerraba, Remi miraba para todos lados, impaciente. Le había dicho que solo estaría esa noche en París, en la tarde del día siguiente debía volar a Brusellas. Me cansé de hacerlo sufrir y corrí a abrazarlo. Él me apretó a su cuerpo, riendo.

Caminamos por la calle besándonos hasta llegar al borde del Sena. Había otras parejas besándose y tocándose. Me encantó sentir esa complicidad. Nos quedamos un rato recorriéndonos con las manos y con los labios todo lo que la ropa nos permitía y, de pronto, me dijo: ¿irías conmigo a un hotel? Yo no lo pensé dos veces. Sí, dije entusiasmada. ¡Me encantas, no sé qué de bueno hice hoy para merecer esto! dijo. Fuimos corriendo a tomar el último metro. Pasamos al menos ocho estaciones. La razón me decía que debía temer, pero mi corazón palpitaba feliz.

Llegamos a un hotel pequeño, Remi pagó y subimos a la habitación. Espérame aquí, dijo. Volvió al cabo de quince minutos con mucha cerveza. Sus besos me tranquilizaron. Fue un amante amoroso y apasionado. Hicimos el amor toda la noche, no recuerdo haber dormido. A las seis de la mañana tomamos el metro de regreso, y nunca más nos volvimos a ver.

Conversaciones del preludio


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¿Cómo son tus bragas? le preguntó él. Son negras, de randa… pequeñitas, dijo ella, mintiendo. Llevaba un calzón holgado, de algodón, de esos que se usan para dormir o para los días difíciles. ¿Dónde estás? Recostada bocabajo en la cama. Quiero que te acuestes en el suelo, dijo él con una voz marcial, que sonaba más a una orden que a un pedido. Ella obedeció de inmediato. Ahora, lentamente vete quitando las bragas. Ella enganchó el teléfono entre su hombro y su oreja derecha, levantó su pubis hacia el cielo, abrió un poco las piernas y, tan lentamente como pudo, se liberó de la tela que, no del todo, contenía su fuego. Ella hervía por él, por el mágico sonido de su acento severo. Y, cuando dejó caer sus nalgas sobre el suelo frío, tuvo el primer espasmo. El estremecimiento fue tal que, instintivamente, volvió a levantar los glúteos y los dejó suspendidos en el aire, en una intensa contracción de sus labios y orificios. Déjate caer, dijo él con aquella voz que a ella la eclipsaba. Yo estaré abajo. Sólo déjate llevar. Ella empezó a respirar de la manera en que él deseaba. Sácate toda la ropa, ordenó áspero y sereno. Ahí estaba ella: tendida y desnuda en el centro de su habitación oscura. Sólo un débil haz de luz se colaba desde la calle por entre la cortina roja. El viento gemía en las alturas. Las aureolas de sus pechos se convirtieron en pequeños pedruscos café. Poco a poco, su cuerpo se acostumbró al frío. Con tu mano izquierda tócate lentamente la parte interna de tus muslos. Ella empezó a tocarse con suavidad. Masajea tu monte de Venus, su empinadura. No vayas más allá, sólo quédate en los alrededores. Al principio, ella sintió como alambres de púas los pequeños pelos que habían crecido en la cima. Pasto sin desbrozar. Impedirán pasar a los cobardes, pensó. Pero, al acariciarlos nuevamente, éstos se volvieron dóciles, como negras espinas derribadas. Ahora abre las piernas de par en par, dijo él. Ella lo hizo y sintió la piel de las ingles estirarse. De sus profundas montañas bajaba un agua cristalina que brotaba, tímida aún, por las compuertas. Sus piernas formaron una escuadra. ¿Hasta dónde vas a llegar?, le preguntó ella. Hasta donde tú me lo permitas, respondió él. Entonces, ella supo que no habría marcha atrás:  se dejaría someter por aquella voz, sin cuerpo y sin alma.

El polaco


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(Buenos Aires)
Esa tarde me afeité el pubis con sumo cuidado. Es algo que siempre hago cuando intuyo que tendré sexo con alguien nuevo. Lo que no sabía aún era con quién lo iba a hacer. Me habían invitado a la fiesta de cumpleaños de una escritora octogenaria que escribía cuentos en los que siempre alguien era asesinado. Me vestí y me fui caminando.

La escritora salió a recibirme. Tenía una casa grande que usaba como albergue para extranjeros. Yo le había regalado una planta roja que ella exhibía con orgullo en el comedor principal. En la cocina, chicos de varios países conversaban y apuraban la cena. Me presentaron a dos colombianos, un alemán rubio de rastas y tres argentinos. Tenía para elegir. De pronto, un tipo altísimo con mirada intensa y nariz de lechuza me preguntó de dónde era. De Ecuador, contesté. ¿Y tú? de Polonia, pero vivo en Dublín. Apenas clavó sus ojos en los míos supe que algo pasaría.

Comimos, bebimos, reímos. El polaco me ofreció uno de sus largos cigarros. Era obvio que nos gustábamos. Cuando terminó la cena, me invitó a tomar una cerveza fuera de la casa. Lo seguí. Se nos unió el alemán, no recuerdo su nombre. Los tres pasamos toda la madrugada bebiendo de bar en bar, riendo a carcajadas, caminando abrazados por las calles del centro, maltratando el inglés y el español, hasta que nos dieron las seis de la mañana; el sol amenazaba con salir en cualquier momento. Yo estaba feliz.

¿Qué hacemos? Yo me voy a la cama, dijo el alemán casi a punto de caerse. Yo quiero seguir bebiendo ¿me acompañas?, me pidió el polaco. Sí, claro. Nos fuimos a un bar que aún no cerraba. Él siguió bebiendo whisky. Yo cuidaba mi bolso. Había gente malencarada. Se tomó un par de vasos más. Vámonos, le pedí.

Fuimos a mi casa. Subimos, él se tiró en la cama, estaba completamente borracho. El sol pegaba detrás de las cortinas azules. Yo me quité la ropa y me recosté a su lado. Lo miré fijamente, y pensé ¿quién será? Era hermoso y enorme, debía medir más de un metro noventa, y tener unos veinticinco años. Huesos fuertes, manos grandes. ¿Cómo será su verga? Quería abrir su pantalón, pero estaba demasiado cansada. Me dormí.

Cuando me desperté, él me miraba. Se había puesto los lentes y parecía aún más guapo. Yo estaba desnuda, cubierta por una sábana. Me destapó. Mi piel se veía tan oscura junto a la suya. Nunca me había sentido tan morena. Era una sensación intensa y lujuriosa. Me besó. Los labios, los pezones, el vientre, la parte afeitada por fuera, la parte afeitada por dentro. Yo estaba en el paraíso.

Su verga era tan grande que no me entraba completa. Jugaba con ella como quería, podía ponerme en todas las posiciones porque su verga me alcanzaba. Él me decía: no abras mucho las piernas porque puedo llegar a tu garganta.

Pasamos dos días comiéndonos, sin comer. No había desperdicio. Al despertar del tercer día, le pregunté ¿no vas a volver a la residencia? Sin inmutarse, me dijo: si quieres me voy, si quieres me quedo. Yo creo que deberías irte. Está bien, me voy.

Siguió ronroneando en la cama, desayunó, se vistió y se fue. Ni un número de teléfono ni un hasta pronto. Nada. Esa tarde me preguntaba ¿qué fue eso? ¿fue real?

El timbre sonó esa misma noche. Era él. Llegó con una fundita llena de curry que le había robado a la escritora. Quería cocinar pollo al curry. Dijo que me extrañaba, y empezó a besarme. Fuimos a la terraza enredados en saliva. Él se sentó en el piso de césped artificial, y yo me puse sobre él.

Me quiero quedar todo mi mes de vacaciones contigo, me pidió. Está bien, quédate. En esos días aprendí a escribir correctamente su apellido, y supe cómo se decía “dame pan” y  “te quiero” en polaco.

Lucía y el sexo


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Es domingo, el día se abre denso y perezoso. He dejado encendida la computadora con música random. La voz de Alejandro Sanz chilla desde el parlante. Tengo tanta pereza que la dejo sonar. Nada puede ser peor que despertar temprano un domingo. Nada, ni siquiera escuchar “…ella peina el alma y me la enreda / va conmigo pero no se a dónde va / mi rival, mi compañera / que está tan dentro de mi vida y a la vez está tan fuera”. La voz del madrileño es la de un niño bien; me caen mal los niños bien. Estuve en España el año pasado, pero tenía ganas de ir desde los 16, cuando mi mejor amiga, Lucía, se fue a vivir a Madrid. Lucía me llamaba en la madrugada y me decía: ven que te extraño. Yo sentía una angustia infinita. Nos conocimos en la escuela de monjas, cuando teníamos seis años y estuvimos juntas hasta tercer año de secundaria. Yo nací en noviembre de 1978 y ella en abril de 1977. Lucía era mayor por solo siete meses, pero en esos siete meses cabía una eternidad. En realidad, ella tenía como siete años más, o tal vez setenta. Era una sabia, una bruja, una predestinada para el placer, una especie de imán mágico, de piedra filosofal a la que yo recurría, casi sin hablar. Nunca le hacía preguntas, no me atrevía y tampoco era necesario. Ella sabía que yo tenía una curiosidad insaciable por el mundo, los hombres y el sexo. Lucía tenía el conocimiento, vivía lo que yo apenas alcanzaba a soñar. Me miraba con esa cara de geisha dulce, blanquísima, y me contaba sus aventuras sexuales. Lo hizo desde los trece años. Lucía, a esa edad, ya tenía un cuerpo sinuoso y tetas exuberantes. Era tan guapo, tan fuerte, tenía tu nariz. Yo me mojé apenas lo vi y cuando subí a su moto y me metió los dedos en la vagina, tuve un orgasmo que me hizo sacudir. Cosas así me decía en los recreos. Yo me mojaba enseguida cuando Lucía relataba una de sus historias. Esperaba con ansias la temporada playera, porque ella iba a Salinas todos los fines de semana, mientras yo me quedaba encerrada bajo siete llaves, sin poder salir ni a la esquina. Lucía llegaba el lunes con noticias frescas del mundo. Lucía fue la primera persona que yo conocí que había viajado fuera del país, había tenido sexo, había probado cocaína y, por si fuera poco, había tenido un novio motociclista que murió en un accidente. Pero, además, entre nosotras había una atracción intensa. Nos sentábamos juntas en la última fila del lado derecho del salón. Era un salón muy amplio, con piso de baldosa, y techos altos con ventiladores colgantes. A mi lado izquierdo, había una enorme ventana con rejas. Estaba prohibido asomarse. Los chicos de los colegios aledaños pasaban por la acera de enfrente haciendo señas. Yo tenía la extraña impresión de que cada vez que, en un descuido de la profesora, miraba por esa pequeña rendija, había un hombre invitándome a huir con él. Lucía me decía en clase: juguemos a hacernos marcas en las piernas. Gana la que aguanta más sin reírse. Llevábamos unas largas y pesadas faldas, medias altas de tela gruesa y zapatos negros mocasín. Yo, sin hablar, aceptaba el juego. Jamás contradecía a Lucía. Toda idea que ella tenía, me parecía brillante y sensual. Le hice una marca con mi marcador verde apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Ella me miró con picardía y, sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, me levantó la falda y me hizo una gran marca en la parte interna del muslo. Reaccioné enseguida y la imité, pero esta vez no solo le hice una raya más arriba, casi en la zona de la ingle, sino que me detuve un par de segundos para que el olor de su entrepierna me entre por la nariz. “Ella se hace fría y se hace eterna, un suspiro en la tormenta a la que tantas veces le cambió la voz”. Sigue el meloso Sanz. La última vez que Lucía me llamó fue en el verano de 1997. Yo tenía 19 años y había escrito un libro que ganó un premio. Llamó para felicitarme. Hablaba como española, un acento que me molestó sobremanera. Parecía ebria y, entre lágrimas, me pedía perdón. Me contó que trabajaba como estríper para unos tipos en un antro. ¿Cómo para unos tipos? Los tíos me pagan y yo hago lo que ellos me piden. Tú no lo entenderías, eres demasiado buena. Sentí como si un cuchillo grueso se clavara en mi garganta. Desde ese día odié a Lucía.

Pablo y la virginidad


 

Amantes

A los 18 años tuve un novio loco, tan loco que escalaba borracho los postes de luz, tan loco que se lanzaba desde un puentecito del parque La Carolina, en Quito, al bote que pasaba por debajo (yo iba en el bote). Tan loco que, con el frío calándole los huesos, llegó un día sin camisa, con un pequeño perro en los brazos y una enorme sonrisa. ¿Y esto?, le pregunté. Escuché que dijiste que querías un cachorro, contestó. Había cambiado su abrigo y su camisa por el perro. Mi madre lo odiaba, decía que era un borracho, que no era un buen partido. Y sí era borracho, pero qué me importaba eso si era divertido y estaba loco por mí.

Pablo tenía el pelo largo, facha de desadaptado, gafas y espíritu en plan John Lennon. Bebía hasta la inconsciencia, escuchaba José José y hablaba como gringo. Había nacido en Quito, pero desde pequeño su madre lo llevó a vivir a Nueva York. Siempre fue rebelde. Lo botaron de todos los colegios y sus padres decidieron que el único lugar donde podría graduarse era en Guayaquil. Estuvo aquí un año. Vivía en Durán, con una tía que nunca pasaba en casa. Nos hicimos adictos el uno del otro. Amaba esas tardes en que pasábamos tendidos en la cama, sin más preocupación que recorrer cada escondrijo de nuestros cuerpos.

Todo empezó la noche de mi cumpleaños número 18. Habían elegido a los cuatro alumnos más “pilas” del colegio para representarlo en un congreso internacional de jóvenes que se desarrolló en Quito. Por esa época, yo era virgen, a pesar de que tenía un novio formal, con quien no pasaba de los sobajeos propios de esa edad. Eran los noventa.

Pablo y yo nos hicimos amigos en ese viaje. A los dos nos gusta leer, leíamos a Kundera, él en inglés y yo en español. Los otros dos eran un futbolista y una gordita extrovertida. Nos mandaron con un profesor joven y gay. Queríamos emborracharnos –para mí sería la primera vez–, y el profesor era un estorbo. Disolvimos un tranquilizante en su bebida y quedó noqueado en poco tiempo. Compramos una botella de ron Abuelo y nos encerramos en un cuarto. Casi enseguida, el futbolista y la chica empezaron a tener sexo en nuestras narices. A mí me dieron náuseas. Recuerdo que yo estaba tan borracha que Pablo me cargó y me sacó de ahí. Me llevó al cuarto de ellos, donde estaba, inconsciente, el profesor. Me quitó la ropa y empezó a besarme.

Besándome bajó hasta mi pubis, yo abrí instintivamente las piernas y él empezó a lamer. No creí que aquella sensación fuera posible. La cabeza me daba vueltas. Esto era lo mejor del mundo. No hizo nada más. “Sólo quiero darte placer”, dijo. Amanecí en sus brazos. Y me enamoré perdidamente de ese loco.

Cuando volví a Guayaquil lo primero que hice fue terminar con mi novio, y pedirle a Pablo que rompiera esa maldita membrana que nos separaba, pero era tan resistente como una tela de araña soldada. Siempre he tenido una mente práctica, así que compré tampones para rompérmela yo sola en el baño. Y lo logré. Ya está, le dije. Ahora sí podrás. Y pudo. Al principio el dolor fue tremendo, pero después el placer lo fue superando.

Es cierto que las mujeres nunca olvidamos la primera vez. Pero es mentira que todas la queremos repetir. No entiendo a las que se operan para volver a tener un himen. O son masoquistas o tienen un problema patológico de ridiculez. La virginidad, simbolizada por esa membrana, es un estorbo siempre. Una condición que no le sirve a nadie para nada, y de la que habría que salir lo más pronto posible.

Pablo era tierno y paciente. Me enseñó con suavidad a extender las alas de mi cuerpo. Nos volvimos inseparables. Retrasó varias veces su regreso a Nueva York, pero el adiós siempre llega. Lloré meses su ausencia. Él me llamaba y me enviaba regalos. Yo nunca fui a verlo. Han pasado los años. Ahora hablo con Pablo por Facebook. Se gana la vida dando clases de yoga y tocando guitarra en el subte. Es probable que no fuera un buen partido, como decía mi madre. Pero siempre será mi primer amor.

(Texto publicado en la revista SoHo, febrero 2013)

La mujer luciérnaga


 

Soy una luciérnaga, lo sé, porque cuando me pongo en estado luciferino, es decir, en el estado de la luz, una antorcha se me enciende en la zona de la genitalidad, que es donde quedan todos aquellos órganos oliscosos y soberanos en sus apetencias. Supe que era una luciérnaga un día de aquellos en que la poesía me había colmado y se había alojado en uno de los ventrículos de mi pueril corazón cuando, de pronto, sentí un fuego que me quemaba en las tierras bajas, esas que han sido tan codiciables por las lenguas de mis amantes, allá donde el orgasmo reclama su porción vital, el sótano húmedo que ha sido la perdición de muchos.

Chucha, concha, vulva, coño, vagina, chepa, almeja, conejo, raja, seta, breva, higo, parrús y todas aquellas denominaciones que he venido escuchando a lo largo del paseo por este mundo. Decía que cuando sentí aquel lúcido y benigno fuego pude unir, enlazar, asociar, ensartar, hacer copular la dimuta imagen de una luciérnaga con mi ardor. Sí, una luciérnaga. Yo no sabía cómo era aquel bicho de cola brillante, me preguntaba si tendría antenitas o si sus patas pincharían como las patas de los grillos, si tendría los ojos salidos como los saltamontes. Lo único que sabía era que emitía destellos de luz, mensajes lumínicos para los machos que vuelan a su alrededor. Solo las hembras pueden producir aquel bello resplandor gracias a la luciferina, una clase de pigmento que hace centellear a algunas bacterias, algas, hongos y animales.

Siempre he sido consciente de que soy un animal; todas las mujeres lo somos, solo que algunas no lo reconocen y a otras se les olvida. Lo que no sabía era qué tipo de animal era, no atinaba a clasificarme como mamífero, ave o reptil. Me ubiqué entre los mamíferos por ser los más cercanos biológicamente. Algunas veces pensé que era una felina y amé los gatos con devoción. Otras veces, me creí gacela. Aquello ocurrió a partir de que aquel moreno al que una vez quise me llamó de ese modo, mi gacela. Por supuesto, durante algún tiempo pensé que era una yegua, una potra, un cuadrúpedo insaciable que nunca sería capaz de conformarse con las horas, siempre escasas, que aquel que controla el tiempo y la vida le dejaba para el placer. ¡Cómo si algún dios pudiese domesticar nuestras ansias! Cada vez que me sentía gata, gacela o yegua actuaba como tal.

Estuve varios años en cada estado. La evolución entre uno y otro era lenta, tanto que me parecía que iba a permanecer de una sola manera para siempre. Primero fui mujer gato. Esto ocurrió desde mi despertar sexual hasta más o menos los veinticuatro años, con algunos intervalos del siguiente estado, el de gacela. Durante todo ese tiempo nunca, pero nunca, actué como una yegua. Las gatas seducen, tientan y se van. Otras veces, desprecian y humillan. A algunos hombres los obligaba a que me amasen largamente, sin que yo diese ninguna muestra de querer hacer lo mismo, hallaba mi deleite en nunca devolver lo que podía recibir a borbotones. Era egoísta, misántropa, cruel. En esos años viví la peor versión de mí misma. Cuando me convertí en una gacela fue cuando quise ser sometida. Era como si, de pronto, me supiese merecedora del castigo lento, de la tortura. Quería pagarles a los hombres todo el rechazo anterior. Me transformé en un mamífero indefenso en las garras de un león, de un chacal, de un guepardo. Me puse bajo la pisada de un elefante. Hacía lo que ellos esperaban que hiciese, era sumisa y obediente, jugaba el papel de esclava, de la hembra que dice frases como te pertenezco, soy tuya o eres mi dueño. Tuve orgasmos sublimes siendo gacela, pero fui infeliz fuera de la cama o de los cuerpos que me habitaban. Mi espíritu no es domesticable y yo quería dejar de ser ese animal.

El día en que pasé a ser yegua fue un lunes. Mudé en un ser totalmente hedonista, capaz de recibir tanto placer como le era posible, una protanca sin brida que quería ser cabalgada durante instantes infinitos. No le permitía a mis hombres derramarse demasiado pronto. Estaba dispuesta a enfrentar el dolor, la ansiedad, el desasosiego, a cambio de explorar los límites de mi cuerpo, de correr y correr, más allá, más allá, más allá. Fui lejos y, tal vez, crucé alguna cerca, porque un día dejé de ser yegua. Soy desde hace poco tiempo, una luciérnaga. Tal vez lo he sido siempre, pero no me había detenido a mirar aquel destello. La mujer luciérnaga no devora ni se deja devorar. Es un animal pequeño que encuentra su satisfacción en permanecer invisible, de ella solo se ve la luz que irradia. Eso debe ser suficiente. En esa luz, que se aloja entre sus piernas y emerge de su útero, está su fuerza, su vida. La mujer luciérnaga nunca será madre, pero parirá todos los días.

Sara


La primera vez que vi a Sara pensé que tendría unos trece años, después supe que tenía solo nueve. Se mudó con su madre al departamento de al lado. En esa época arrendábamos un piso en un edificio solariego sobre la calle Colón. Sara es morena, tiene el cabello liso, endrino, y a los nueve años ya tenía demasiado cuerpo. Yo tenía veintidós, pero aún pisaba territorio confuso; la verdad es que me costó madurar. Conservaba costumbres de adolescente: me seguía masturbando dos o tres veces al día y los fines de semana hasta cinco veces, pero enfrentaba con tesón las pesadas cargas horarias de la carrera de Medicina. Elisa, la madre de Sara, era una mujer atractiva, de mirada huidiza, risa estrepitosa y grandes pechos, que exhibía sin pudor. No me sorprendió demasiado cuando mi padre me confesó que la vecina le gustaba, tampoco me extrañé de que tres años después decidiera casarse con ella. Lo que sí me sorprendió fue notar que el cuerpo de Sara ya era el de una mujer a los doce años. Imaginaba sus pezones a través de su camiseta blanca: eran del color que tiene la carne de los pomelos rosáceos, y su textura como de pistilos a punto de brotar. Sin tener mucho busto aún, había heredado de su madre el gusto por los escotes, y yo se lo agradecía. Sus muslos resaltaban rabiosos, su cintura era pequeña y su trasero prominente, como una colina en la que mis ojos se perdían sin fin. Tenía ganas de tocar a mi hermanastra y ella se daba cuenta.

Sara me sacaba la lengua coqueta cuando reía; otra veces, saltaba sobre mí y repartía besos por mi cara y cuello sin que existiera ningún motivo. Eran como arranques de locura. Yo me la quitaba de encima, sin mucha convicción. Por esa época yo salía con Patricia, llevábamos dos años de novios y pensábamos casarnos. Patricia era una mujer bien puesta, pero insípida. Mi padre, que se había mudado junto a Elisa y Sara a una casa antigua que tenía cuatro cuartos y una buhardilla donde él hacía la siesta y leía, nos ofreció ir a vivir con ellos con la intención de que nosotros ahorremos lo necesario para comprar nuestra propia casa. Nos mudamos en diciembre y celebramos la Navidad en familia, fingiendo para no discutir por temas intrascendentes. La habitación de Sara quedaba a diez pasos de la nuestra. Aquella noche vomitó por exceso de comida y unos sorbos de vino rojo. Me pidió que le leyese uno de mis cuentos antes de dormir, como solía hacer su padre cuando era pequeña. Le leí uno de fantasmas que había escrito la semana anterior. Ella estaba debajo de las cobijas y yo sentado a su lado, en el borde de la cama.

De repente, cuando aún no terminaba el cuento, Sara se quitó la cobija y sus pechos quedaron descubiertos. Tengo calor, dijo. Yo me quedé inmóvil, mirándola sin poder contener la lascivia. Ella apartó aún más la manta y me dejó ver su cuerpo entero desnudo. ¿Duermes así?, le pregunté un poco nervioso. Sí, porque mi habitación es demasiado calurosa. ¿Cómo duerme Patricia?, dijo con voz de niña. Sara ¡cúbrete, por favor!, le pedí azorado, recobrando el sentido. Me levanté, y salí del cuarto. Antes de cerrar la puerta, volví a mirarla, ella tenía su mano en el pubis. Dos días estuve elucubrando la manera de quedarme a solas con Sara para tocarla sin que mi padre, Elisa y Patricia lo notaran. La imagen de la chiquilla desnuda me estaba enloqueciendo. El sábado siguiente, Patricia se fue a visitar a sus padres. Me llamó a las ocho para decirme que llovía y que se quedaría a dormir en su antigua casa. Mi padre y Elisa habían ido a una cena. Yo celebré tomando whisky. Escondido como un alacrán en la oscuridad esperaba mi momento.

Sara había ido al cine. Me metí a mi cuarto y dejé la puerta abierta, sabía que ella llegaría, merodearía y se daría cuenta de que estábamos solos. Así sucedió. Me encontró medio borracho tirado en un sillón.

—Se han ido todos — me dijo parada en el marco de la puerta, llevaba un vestido celeste de verano.
—Así parece — contesté como un animal que no se altera.
—¿Quieres venir a mi cuarto a ver una peli? — preguntó haciéndose la inocente.
—¿Tú tienes ganas? — dije sabiendo que ella quería. No respondió, se fue a su cuarto. Yo la seguí. Ya estaba oscuro. No encendimos las luces. Ella puso a todo volumen un dvd de Harry Potter. Se sacó el vestido que llevaba delante de mí y se puso una cortísima camiseta de algodón que dejaba ver el nacimiento de los vellos en su triángulo. Se echó en la cama con un almohadón debajo de sus brazos. Yo me senté a su lado.
—Dame un masaje, tengo agujetas en toda la espalda — pidió mientras veía la pantalla sin parpadear. Yo miraba su piel perfecta, la suave tela de su calzón intentando contener los ribetes de sus nalgas morenas. Empecé a masajear sus hombros, bajé por su espalda deteniéndome lo más posible en cada músculo. Ella parecía no sentir nada. Mi respiración empezaba a hacerse pesada, sabía que ella la percibía a pesar del ruido del televisor. Llegué a sus nalgas, ella abrió un poco las piernas.
—Me gusta cómo me tocas. Tócame más — musitó levemente.
—Sara, no debería tocarte y lo sabes — dije sintiéndome un extraño. Quien decía esas palabras no era el mismo hombre que la tocaba con un deseo irrefrenable.
—¿Quién dice? — preguntó ella levantando un poco la cabeza.
—Eres menor de edad y yo soy tu hermanastro. ¿Eres consciente de eso? — le pregunté sin mover ni un centímetro mis manos que se habían estancado en sus muslos.
—Ya, ya, deja de decir tonterías y sigue con el masaje. Aprovechemos que no hay nadie — dijo ella como riñéndome.
—Perdona, Sara, no puedo seguir. Esto está mal… No debo — dije y me levanté de pronto.
—Eres un cobarde. Un puto cobarde de mierda — dijo volviéndose y mirándome a los ojos. —Yo sé que te gusto, y tú sabes que me gustas. Qué más da si soy chica, si tú eres grande, si tienes novia, si mi padre se casó con tu madre. A mí nada de eso me importa— dijo de rodillas en la cama. Luego, se sentó y puso un almohadón entre sus piernas. —Pero si quieres vete, me da
igual — sentenció enojada, haciendo un ademán como quien echa a un perro.

Salí de la habitación sintiéndome un imbécil, intentando entender de qué iba este juego malsano. Vi que la puerta de la sala se abrió, eran mi padre y Elisa. Me metí en mi habitación. Me saqué la ropa, me acosté en la cama pensativo. Estaba empalmado. Sabía que no iba a poder dormir. Empecé a masturbarme, aún tenía viva la sensación del cuerpo de Sara en mis dedos. De pronto, la perilla de la puerta se giró. Me di la vuelta, me cubrí con la manta para hacerme el dormido. Era Sara desnuda. Encendió la luz, y empezó a revolver las cosas de un estante. Parecía que había perdido algo.
—¿Por qué entras así? ¿Qué buscas? — le pregunté un tanto molesto.
—Busco esto — dijo enseñándome un cuadernillo. —Este es mi viejo diario, quiero leerte algo —.
—Sara ¿podrías cubrirte? No es normal que andes en bolas por la casa — le pedí sin querer que lo hiciera realmente.
—No me hizo ningún caso. Abrió el cuadernillo, se sentó al borde de mi cama, y empezó a leer. —Hoy llegó Gustavo con su novia, Patricia. Ella no me gusta para él, es demasiado larga y sosa. Él se merece una mujer ardiente como yo, que le dé todo el placer que quiera, que siempre esté dispuesta a complacerlo. Sé que le gusto a Gustavo. Vi cómo me miraba las tetas en la boda. Esa noche quise besarlo, pero él no me dio oportunidad. Sueño con que llegue el día en que pueda dormir junto a él. Quisiera que me hiciera suya —. De pronto, dejó de leer. Se calló un momento.

—Esto lo escribí hace exactamente seis meses y lo dejé aquí, casualmente, para ver si tú o la tonta de tu novia lo leían — dijo evidentemente afectada, casi al borde de las lágrimas.
—Sara, apaga esa luz y ven aquí — le pedí. Ella me hizo caso y se metió debajo de la manta. Sintió mi verga dura. Empezó a besarme con descontrol y yo a ella. Sara no era virgen, pero yo no lo sabía. Me alegré de que así fuera. Disfruté de su cuerpo hasta las seis de la mañana cuando caí rendido. Patricia nos encontró acurrucados, hechos una sola carne. No dijo nada, no nos
despertó. Fue a llamar a mi padre y a Elisa. Los tres contemplaron el cuadro en silencio. Era horrible y hermoso a la vez.