Por lejos que estés


Ella-la-soledad

POR LEJOS QUE ESTÉS

(2038)

Haz que mi sol desaparezca

y la comadreja del silencio me deje ciega.

Pero responde a mi llamado.

El cielo vomitó su líquido transparente una semana entera, hasta vaciarse. En todo ese tiempo, Piedad ha permanecido en un rincón del cuarto en posición fetal, alimentándose de momentos trabados y lamiendo la humedad del suelo para no desecarse y morir. Alertada por el reloj que tictactea en su mente, le pregunta a la memoria si Pablo volverá. Piensa que si él no regresa, ella perderá toda razón de vivir y dejará que su cuerpo se acartone y desmigaje hasta quedar en polvo. Pero la memoria, aun dejándose sentir, no responde, no tiene oídos ni lengua, aunque sí manos como tenazas que saben dónde apretar. Es un juego de tres en raya de imposible acierto, al menos que ella se descuide y por un segundo cierre los ojos.

Piedad no quiere empezar de nuevo esta carrera que siempre le toca perder, no lo intentará más. Quiere morir y acabar con la falsa ilusión de creerse viva. Respira fuerte, pero sabe que respirar no es vivir. Hace falta mucho más que eso; hacen falta voluntad y una mínima esperanza. Hace tiempo decidió marchitarse, fue el día en el que la mente de Pablo se movió de su sitio. Aunque, pensándolo bien, es un error decir que aquello ocurrió en un solo día. Nada ocurre en un solo día, hasta Dios necesita más de eso para construir o destruir. Más cierto será decir que lo de Pablo fue un proceso lento y que el tiempo hizo bien su trabajo. Ella, aun viviendo con él, despertando y anocheciendo a su lado cada día de cada mes de cada año, casi no notó la degradación del hombre, dueño de aquel cuerpo tibio y callado que ahora la espera en la sala de este hospital de olores ácidos. Que la espera es una forma de decir, porque Pablo a nadie puede esperar.

A través del ventanal, la luz del día golpea a Piedad, hiere sus ojos, pero ella no se aparta, lagrimea pero sigue ahí. Las golondrinas del verano revolotean en torno a los nidos que han hecho en la persiana. El otoño está a las puertas, pero ellas, apuradas, se afanan en alimentar a sus polluelos para que el frío los coja fuertes. Piedad intenta mirarlas pero el velo acuoso que empaña sus ojos lo vuelve todo turbio.

Las imágenes que la atacan en forma de recuerdos recientes la llevan a esos lugares que quiere olvidar. Recuerda con nitidez los olores, los colores, el ruido, las sensaciones. Las malas visiones suelen ser así, diáfanas. En cambio, los instantes alegres se agrisan, se vuelven cenicientos y uno no atina a decir con claridad cómo ocurrieron, o si realmente ocurrieron. No hay nada más traicionero que la mente, nadie nos traiciona más que nosotros mismos. ¿Cuáles fueron exactamente las palabras que Pablo le dijo aquella noche? ¿Era de noche o era de tarde, qué expresión tenía su rostro, qué ropa llevaba puesta, en qué lugar de la casa hicieron el amor? Unas veces, trémulo, él le dice que la ama en el sofá del salón mientras desabrocha su blusa; otras, de pie junto a la ventana, se le ve ajeno, mientras ella, recogida, lo espera. Nunca el recuerdo es el mismo ni le llega nítido, pues lo que se siente empaña la realidad. En cambio, con total transparencia ve cómo se abre la puerta del cuarto donde él está y asoma un médico que la hace pasar. Una enfermera que huele a antiséptico perfumado abre de par en par la ventana, por la que se cuela una mariposa amarilla. Afuera hay sembradas rosas y buganvillas.

Pablo está tendido en una cama angustiosamente blanca. No se mueve, no la mira, parece haber envejecido una eternidad. Sus facciones han caído de su rostro, cuelgan en alguna otra parte, de alguna otra cara. Su cabello vigoroso ahora es ralo, feo de mirar y acariciar; sus manos están tiesas, congeladas, sus huesos saltan a la vista. A Piedad le cuesta ver en ese cuerpo deslucido el hombre que ama. Aún así, quisiera que él la mirase o hiciera un mínimo gesto que indique que la recuerda. Una luz, dame siquiera una luz, para que sepa que sabes quién soy, le pide sin palabras. Es inútil, Pablo ya no la recuerda y eso la hunde. Sale de la habitación.

Duerme, o así lo cree, enrollada como un feto. Siempre creyó que si doblaba las rodillas contra el pecho el miedo no iba a subir más, que quedaría atrapado en su estómago y no podría devorarla. El miedo es un perro que se acomoda a sus pies, pero en lugar de darle calor, la muerde. El patio está encharcado. La ropa, empapada en los cordeles y sus medias, empozadas en el suelo, permanecen enlodadas y solas. Son blancas pero han perdido color, como pasa con ella. Piedad era morena, ahora es opaca, sombría y gris como queda el monte luego de un poderoso fuego estival.

Hace siete días, cuando empezó la lluvia, salió al patio. Miró cómo su ropa se mojaba por entero, y sintió que esa agua helada se le metía por dentro. Entraba por sus oídos, por su boca, por sus ojos, por su vagina, por sus pequeños poros capilares; tanto y tan profusamente caía que ella misma se abrió para ser inundada. Quería que el agua la ahogara, pero no se sabe de nadie que haya muerto por exceso de lluvia en el cuerpo. Desde ese día duerme la siesta más larga de su vida. Sueña que corre por una avenida, la luz roja de un semáforo la detiene. Ella es como un pájaro de caderas menudas y cabello entrecano. Mira las hojas amarillas de la acacia que le da sombra a la vereda empedrada. Otros esperan que cambie la luz; ella espera que cambie el mundo. Mientras corre, cuenta cuántos días, meses y años ha estado junto a Pablo. Llega al cálculo de 26 años, 312 meses, los días son tantos que multiplica pero no alcanza a saber. ¿Para qué además? El tiempo es para los vivos y ellos ya no lo están. “Cuando despertemos de este mal sueño de amor, seremos viejos”, le decía Pablo mientras ella se arropaba con sus brazos. Pero Piedad ha despertado del sueño y él se ha quedado inmóvil, quién sabe si para siempre. Lo imagina muerto en esa cama blanca. Corre por las avenidas como una yegua sin brida; a veces, incluso vuela. Ella es como la tierra de una montaña suelta, sin raíces que la sostengan, desmoronándose sobre esta ciudad fría y solitaria. Ve a los que caminan descalzos por el monte, los que se bañan en la laguna, pescan truchas en el río, tienen sexo en la hierba, galopan como jinetes azules, jinetes locos que apestan a establo y gozo. Les ve haciendo todas esas cosas que ellos jamás hicieron. Si él regresara, ella jura que las harían, esta vez sí. Si él regresara…, musita.

Mojados, debajo de una luna escasa, ella le pidió ser su esposa. Él le dijo que no, que no era necesario, que no creía en papeles ni juramentos. “Atémonos entonces las manos con estos cordones blancos, esa será nuestra alianza”, se conformó ella y él, sonriendo, se dejó atar. Una tormenta eléctrica los obligó a entrar en casa. Pablo, con los ojos en ninguna parte, le contó un sueño en el que su alma se iba por el mundo y sobrevolaba cordilleras, campos, selvas, ríos y océanos. Después de años sin rumbo, el alma había olvidado cómo volver a la que creía era su casa, el cuerpo de él. Intentaba hallar el camino de vuelta, pero era imposible, no lograba recordarlo. Fue cuando encontró a Piedad que su alma errante supo que no era preciso volver, que ya no tenía sentido hacerlo. Que ella sería, de ahora en adelante, su casa.

“Solo fue un sueño, no te lo tomes tan en serio”, dijo él al ver su cara enamorada. Pero ella lo besó con alegría y le prometió que dedicaría la vida a recuperar su alma; no para quedársela, sino para que él no fuera sin alma por el mundo.

Piedad ha dormido durante siete días. En la habitación, una cortina roja pende de una varilla de fierro débil y vieja que oscila emitiendo un tímido gemido. Ese sonido persistente la saca del sopor. Las piernas y la columna vertebral le duelen. Se levanta, mira por la ventana y piensa que dejó de llover hace meses. Mira la fecha en el reloj, 25 de abril de 2038. Ha dormido demasiado. Coge el mendrugo de drof que está sobre la mesa de la cocina, lo pasa por el grifo de vapor para ablandarlo y se lo mete en la boca. Sabe a moho, pero lo traga. Sus ropas están sudadas, se las saca. Se mira al espejo y ve que sus pechos secos caen en forma de lágrimas, su vientre abultado parece que cargara algún engendro maligno, sus nalgas se han vuelto flácidas y su cara alargada y turbia. La ropa de Pablo sigue amontonada sobre la tabla de planchar. Su rostro, amable y pícaro, la mira desde una fotografía. El recuerdo de tiempos mejores la estruja y abofetea. Piedad cumplirá 56 años este septiembre. Sus ojos aún no han llegado a vaciarse. Siente que Pablo la llama con voz de marido, de amante, de niño perdido. Vuelve el diluvio sobre su ropa decolorada.

(Capítulo introductorio de mi novela Pedro Máximo y El Círculo de Tiza)

La escapada


153

Los movimientos de un pájaro que vuela son armónicos, lúcidos, ligeros, pero cuando es atrapado y encerrado se vuelven rabiosos, coléricos, desmedidos. Los movimientos de Piedad fuera de la jaula apelan al descontrol. Estancado el dolor, como si nunca siquiera hubiese existido, Piedad empieza a vivir cara al sol; briosa y fulgente, desciende sin miedo por un loco tobogán. Tal como quería Pedro Máximo, acaba la carrera y se gradúa de periodista. ¿Y ahora qué?, se pregunta mirando el título, que acaba por enrollar y guardar en un tubo de cartón. No por ello se siente mejor o distinta, por lo que, a pesar de que no ama a Rafael, lo sigue a Chile. Es una buena oportunidad de salir del agobiante puerto que la parió. A Piedad le gusta sentir el bramido de sus tripas, las sensaciones nuevas la enloquecen.

Se siente una gacela saludable, quiere dar un salto largo, libre y magnífico, que la lleve directamente al delirio, a la felicidad que se esconde detrás el exceso, que asoma acaso un ojo. Desde la ventanilla del avión ve cómo se aleja de Guayaquil, y por primera vez ve la ciudad con su apariencia de culebra atravesada por lenguas de agua. Guayaquil es un reptil, mitad serpiente, mitad cocodrilo, que, como el dios Cronos, devora a sus hijos. La contempla entre nubes y piensa en su forma femenina: la ciudad zigzaguea, se ondula, se sabe dónde empieza, pero no dónde acaba. Sus cabezas crecen desordenadas y, como las de Medusa, son repelentes, húmedas, grises. A veces, cola y cabeza son una misma cosa, tal son las mujeres. De ella, Piedad escapa, vuela como un pájaro brujo o un murciélago de alas oscuras que ha decidido irse lejos huyendo o persiguiendo la sombra de un hombre. Aún tiene retenida la imagen de su ciudad cuando aterriza en Santiago de Chile. Rafael la recibe en el aeropuerto, la instala en su casa, que queda en una comuna alejada del radio urbano. Disfrutan, salen, hacen el amor de esa forma suave y silenciosa que él le enseñó y ella agradece. La penetra sin apuro, juega eternamente con su pelo, la acaricia tardes enteras: tardes enteras en las ramas, como el libro que hace poco leyó. Ella le corresponde simulando, lo mejor que puede, el amor. En un jeep rojo, potente y saltarín, recorren largos caminos de playas y montañas. Chile le parece un país enigmático de gente triste y dócil.

Un día él la lleva a Punta de Tralca, palabra indígena que significa trueno, le dice, una playa con mucho roquerío. Van en el jeep hasta una planicie, bajan, se sientan y mientras fuman, contemplan los rugientes acantilados. Sopla un viento helado. Las olas que, llenas de energía y furia, se estrellan bajo sus pies, los rocían de espuma salada que a Piedad le gusta lamer, hay sexo en eso. Él, tiritando, entra al coche y, en él, se abriga con el poncho largo que ella le trajo de Ecuador. Piedad se niega a entrar, se saca la ropa y empieza a correr desnuda dejando que el viento golpee su cuerpo. Abre los brazos, aletea fuertemente en arcos grandes y planea en círculos, como un aguilucho que está aprendiendo a volar. Él le pide que deje de hacer tonterías y suba al carro, pero ella, por primera vez, se sabe libre y no se detendrá. Corre contra el viento, cerca de los riscos, gozando del peligro que supone. Él se preocupa, se baja del jeep y la alcanza, le pone una manta y la obliga a entrar. La semana siguiente la pasará en cama, con bronquitis, cabreada por lo que se pierde pero sintiéndose Eva y al tiempo Lilith. Aún no se ha recobrado cuando él ya está haciéndole el amor. Vivirá unos meses cálidos entre sus brazos.

 Capítulo 22 de la novela Pedro Máximo y el círculo de tiza (fragmento).

Marcela Noriega mata a su padre


POR: MARÍA FERNANDA AMPUERO.
Texto publicado en la revista literaria Matavilela y en la revista FUCSIA, diciembre-enero 2012.
Marcela es –tiene que serlo- la hija favorita de alguna diosa.
No se explican de otra forma tantos dones reverberando en un mismo cuerpo, en unos mismos ojos de uva negra recién lavada. Pero si hay que quedarse con un don, quizás el más espectacular es el de la risa. Su risa -efervescente, gozadora- niega el desamor.
Marcela Noriega ríe como si nunca hubiese llorado.
Pero la mujer que ríe -y se le forman unos increíbles hoyuelos de bebé- también escribe y la escritura es el vehículo por el que se muestra como realmente es: sensible, vulnerable, melancólica, interrogante.

Mi risa no significa la fe, más bien es el desaliento hecho mueca, la compresión del vacío que me rodea, los años expresados en un estertor.

El verso anterior es uno de los veinticinco epígrafes que abren cada capítulo de Pedro Máximo y el círculo de tiza, la primera novela de esta escritora guayaquileña, conocida sobre todo por su trabajo periodístico, su deslumbrante poesía y por ser alter ego de Lilith, la columnista de sexo que incendia la revista SoHo.
La novela, resumiéndola mucho, es la historia de una mujer que quiere entender qué vida tuvo su padre para ser el déspota que es y al mismo tiempo la de un hombre prisionero de sí mismo que no es capaz de alcanzar –amar- a nadie.
Pedro Máximo, el protagonista, está inspirado en el propio padre de Marcela, fallecido hace 11 años. El año pasado, 2011, a los 33 años, la escritora sintió que en los números había una señal cabalística y se dejó llevar por esa historia -la suya- que quería salir, que necesitaba poética, cierres. Decidió contar para curar, así que hurgó en su inconsciente, en la memoria familiar. Llenó los vacíos con ficción, convirtió los sueños en símbolos poderosos, reinventó la realidad para entenderla y –quizás- enaltecerla. Escribiendo como quien abre puertas, Marcela dejó salir personajes que eran también su madre, su padre, ella misma y el hombre al que ama.
-El origen es la historia de mi padre –dice Marcela y se retracta enseguida-. No, ese no es el origen. El origen es que yo me enamoré de un hombre que se parece a mi padre y de ahí tuve esa idea del círculo de tiza. La historia de Pablo y Piedad es la típica historia de una mujer que se enamora de un hombre que se le parece mucho a su padre y que tiene esa intriga por saber por qué es así. Mi padre era tan hermético, nunca hablaba. Entonces me di cuenta de que la historia de mi padre necesitaba escribirla y finalmente se volvió mucho más importante que la otra.
En Pedro Máximo y el círculo de tiza un pájaro de desamor sobrevuela cada una de las escenas, incluso las más carnales y voluptuosas. Y el silencio es un personaje. No cualquier silencio: es ese cargado y resentido de las casas en las que el marido -el padre- genera miedo. Escribir lo que estaba oculto en su vida fue para Marcela una terapia y un acto de reconciliación con su padre, que murió con el carcinoma del rencor hacia la madre que lo abandonó.
Tal vez por eso, por explicar, por no repetir y por perdonar, Marcela decidió reinventar a su padre. Aunque doliera, le dio vida (como hizo él con ella) y luego lo mató en la ficción para ser libre, para, como explica el psicoanalista Arnoldo Liberman el concepto freudiano de Matar al Padre:

Los malos hijos, o sea, los buenos hijos: todos intentan matar al padre, ergo, todos buscan su autonomía, su realización, afirmar su ser y desarrollar sus tremendas capacidades.

Desde esa búsqueda, Marcela Noriega escribió su novela. Ahora, después de unos meses de su publicación y al ver el éxito que ha tenido sobre todo en grupos de lectura femeninos, lo que quiere la autora es ayudar a otras personas a vivir esa especie de limpieza interior. Así lo explica ella:
-Estoy desarrollando un método para poder, a través de la escritura, hacer una sanación espiritual. Cualquier persona puede, no tiene que ser escritor. Hay que hacer un viaje al inconsciente, no solamente al pasado o a la memoria, porque ahí es donde está el dolor y todos los demonios que nos atormentan. Quiero dar un taller para mujeres porque creo que las mujeres no somos conscientes del poder que tenemos: el primer paso es mirarnos al espejo y dejar de vivir la historia de los demás (marido, hijos) para contarnos nuestra propia historia.
“Volar es un ejercicio de soledad”, ha escrito Marcela. Y ahora lo que busca es propiciar que otras mujeres puedan sumarse al vuelo libre una vez que estén cerrados sus propios círculos de tiza.
Pero lo primero es lo primero: leer la novela.

A modo de autobiografía


El miedo es algo irracional. Desde niña he admirado a quienes se enfrentan a ese perro rabioso que se te echa encima y muerde tu mente hasta aniquilarte. Confieso que siempre le temí a mi padre. Cada vez que sentía su enojo rondar, me imaginaba la única en una fila que tenía por delante una guillotina ensangrentada. A veces, tenía tanto miedo que lograba ver la cabeza de alguien tirada en el suelo. Sabía que mi padre no iba a matarme, mucho menos de aquella forma tan espantosa. Sabía que, tal vez, ni siquiera fuese a golpearme, pero el miedo, como digo, es algo irracional y conecta a la perfección con mentes irracionales como la mía. De ahí las escenas voluptuosas y las hipérboles sádicas que surgían en mi cabeza y que luego se convertían en poemas o en cuentos tan siniestros que terminaron todos en el fondo de mi tacho de basura. Cuando fui creciendo intenté pensar qué era lo que me provocaba tal sentimiento hacia mi padre, el mismo hombre que aparecía en viejas fotografías meciéndome entre sus brazos, la misma persona que, a lo largo de su vida, me dio lecciones de disciplina, esfuerzo y dignidad. Hallé parte de la respuesta, la parte menos importante, la más superficial, en sus gritos, en los puñetazos que estampaba contra las paredes, en sus palabras de odio feroces, en los estertores de su respiración, en la fluidez con la que le permitía emanar a su furia. Pero, la respuesta más profunda, más honesta, más humana la hallé después de desentrañar la historia que latía debajo de esa, aparentemente, incomprensible cólera. No logré asir la historia hasta que no me senté a escribirla. Y lo hice el año pasado en España. Durante cinco meses repasé mis recuerdos, le pedí prestados otros a mi madre, volví sobre los viejos apuntes, me sumergí en pensamientos que creía olvidados. Para poder ser, los humanos nos tenemos previamente que contar, dice Rosa Montero, y tiene mucha razón. Me propuse contarme la historia de mi padre que está, indiscutiblemente, ligada a la mía, para acercarme a él como hombre, a sus razones, a sus fantasmas y, de esta forma sencilla, intentar reconciliarme con su memoria.

Mi padre murió hace once años, cuando yo tenía 22. Como un ratón laborioso, durante estos once años he rumiado esta historia, he escrito montones de borradores de lo que finalmente se convirtió en Pedro Máximo y el círculo de tiza. La historia de un niño que nace en una comuna rural de la provincia de Los Ríos, en Ecuador, y que a los ocho años es abandonado, vendido más bien, por su madre. El niño se hace hombre de golpe, aprende a empuñar el machete, a no llorar frente al abuso, a sembrar y cultivar tierras que jamás le pertenecerán. Se enrola en el Ejército como una forma de huir de la esclavitud de los señores feudales, y finalmente llega a Guayaquil, la ciudad donde intenta vivir la vida de un tipo común y corriente. Pero fracasa, porque no sabe cómo hacerlo, no sabe vivir en sociedad, desconoce, entre otras cosas, las reglas del cortejo, de las relaciones con las mujeres y lastima una y otra vez a Estela, el personaje que construí basándome en la figura de mi madre. Escribiendo esta novela logré desasirme tal vez del rencor, tal vez de la pena. De lo que estoy segura es que logré desasirme del miedo.

Nací hace 33 años en Guayaquil. Empecé a escribir poesía a los 13 años, por las noches, en el Puerto Marítimo, donde mi madre hacía guardias como enfermera. A los 19 años gané mi primer premio nacional en poesía. Estudié periodismo en Ecuador y en Argentina. He trabajado para varios medios, y publico con frecuencia crónicas y columnas en las revistas SOHO y Mundo Diners. A inicios de este año, una editorial española me publicó Pedro Máximo y el Círculo de tiza, y recientemente editó también mi libro de poemas Paredes de mi cuerpo. Ahora, me encuentro terminando un libro de relatos eróticos.

(Texto escrito para el Segundo Festival CCGGM Visiones de México en Colombia, que se desarrolló en Bogotá del 30 de agosto a 16 de septiembre de 2012).

El círculo de tiza (fragmento)


Fragmento de la novela Pedro Máximo y el Círculo de tiza. Capítulo 24.

Intuía el color de tus entrañas,
la intensidad de tus vientos
Mis ojos eran un inútil vaivén
de cuerpos desnudos

Desde ese primer y desaforado encuentro sexual, Piedad tuvo una intuición tan grande que parecía una certeza: no amaría a ningún otro hombre, al menos no de esa manera. Se sintió, irremediablemente, parte de él y, por primera vez, experimentó la sensación de la pertenencia. Así como eran de él sus brazos y sus piernas, ella también era suya y lo sería quién sabe por cuánto tiempo. Al principio, no le comentó nada acerca de estos pensamientos, no quería que él pensara que estaba loca o que era una bruja férvida. Lo segundo sería más acertado. Se lo dijo años más tarde, cuando sus vaticinios fueron corroborados por lo único autorizado para certificar que las intuiciones femeninas son verdaderas, el tiempo.
Piedad recordó las palabras de Estela: con tu padre supe lo que era estar con un hombre realmente. Esto a pesar de que cuando ella se acostó con Pedro Máximo ya no era virgen. Piedad intentaba comprender. Había tenido numerosos amantes, algunos dijeron amarla y hasta le propusieron matrimonio, pero nunca se había sentido parte ni pertenencia de ellos. Ahora, junto a Pablo, quiere quedarse, permanecer, atarse a sus manos, no volver a huir. Quiere amarlo a costa de todo y, con ello, pagar el precio que exige el amor. Nunca más hará la mochila. Y, si la hace, con seguridad, regresará a sus brazos.
Cuando el sol empieza a pegar de lleno en sus caras, Pablo se levanta y se va a refugiar a su cuarto. Él no tiene la menor idea del monstruo que ha despertado dentro de Piedad. Ella lo sigue. Él se tira en la cama, sobre ella cuelga una hamaca. Regados en el piso, hay discos, zapatos, libros y ropa. Sin decir nada, Piedad se tumba desnuda a su lado. Le pica la nariz por el polvo, pero el cansancio puede más. Pone la cabeza en una almohada mullida y se duerme. Cuando despierta y lo ve dormido, tiene la impresión de que se parece uno de esos niños abandonados que duermen en las calles cobijados bajo cartones. La invade un intenso deseo maternal de abrazarlo,
casi de amamantarlo, pero se contiene. ¿Qué son todas estas cosas extrañas que me provoca este hombre?, se dice. Es muy pronto para saber la respuesta. Respira hondo sintiendo en todo su esplendor el olor a encierro, a soledad acumulada. No ve por ningún lado el rastro de alguna otra mujer en aquella habitación sin luz, sin ventanas. Se despabilan y se quedan en silencio. Pablo lleva en la garganta un nudo que no se desliza, que permanece tieso, inmutable, desde hace muchos años. Es un hombre amurallado, con hondos tormentos. Parece que quiere confiar en Piedad, pero no lo consigue. Su cuerpo se ha vuelto rígido. Ya no la besa, sus manos ya no quieren tocarla, sus brazos no la circundan. De pronto, él está lejos de ella, a pesar de estar en la misma cama. Ella tampoco se atreve a tocarlo. Es como si una enorme ola se hubiese llevado la cercanía que ligaba sus cuerpos sólo hace unas horas, como si la representación hubiese acabado y el telón, caído. El escenario se ha llenado de un frío glacial. Pero ella no quiere irse, no soporta la idea de tener que hacerlo, quiere permanecer junto a Pablo todo el día, toda la noche. No se reconoce. Ella que detesta involucrarse, ahora desea con desenfreno dilatar la despedida. Se asusta por lo que se está sintiendo. Él está callado como una tumba. Ella se levanta de repente, se viste en un santiamén.
–Me voy –dice con voz tímida, esperando que él la retenga. No hay réplica del otro lado, solo un sencillo adiós.

Esa noche, Piedad tiene dos pesadillas. En la primera está en medio del mar, ahogándose. Se ha caído de la roca en la que estaba sentada y lucha contra las olas que la tapan y la envuelven en torbellinos. Se sumerge en un fondo oscuro. Debajo del agua, aparece el cuerpo de Pablo, que ya se ha ahogado con anterioridad. Ella no sabe si descender más para tratar de alcanzarlo, aunque sepa que ya está muerto, o seguir luchando por su vida en esa sima oscura y terrible. Duda, porque sabe que no puede vivir sin él. Los instantes de angustia son eternos. Se despierta sofocada, en la más completa soledad y con este pensamiento retumbando en la cabeza: El amor nos pone trampas, el amor es un torpe ilusionista que sólo engaña a los bobos e infelices. Piensa llamar a Pablo, pero son las cuatro de la mañana y no lo quiere molestar con tonterías oníricas. Vuelve a dormirse. Entonces, sueña con un círculo pintado en el suelo. Sospecha que es su padre quien lo ha dibujado. Ella está de pie, desnuda, al borde del círculo. Tiene miedo de pisarlo. De pronto, siente la presencia de Pablo a sus espaldas. Quiere voltearse, pero algo se lo impide. Tiene miedo y frío. Quiere despertar, pero no consigue despegar los ojos. Esa sensación espantosa de estar atrapado en un cuerpo dormido que no puede moverse ni gritar. Pablo ata sus manos y sus pies. Ella, como un muñeco sin voluntad, apenas se queja, su voz como su corazón es inaudible. Él la levanta como si fuese un maniquí y la pone en el centro del círculo. Se sienta a su lado y la contempla sin decir palabra. Piedad se despierta sudando en medio de la noche. No puede volver a dormir. Quizá ya nunca lo haga. O quizá sí, hay cosas que te ajustan la vida.

(Si quiere leer la novela y está en Ecuador puede conseguirla en Mr. Book. Y si está en otro país puede comprarla en Amazon, El Corte Inglés, El Mundo.es y una red de librerías en varios países de España y América Latina)

‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’: atar-desatar la poesía y el deseo


Texto de Bertha Díaz *


Me es difícil pensar en “Pedro Máximo y el círculo de tiza”, de Marcela Noriega, solamente como una novela. Es decir, más allá de que me resulta claro que cumple con el objetivo de ser excelente en su género, pues cuenta con una narración seductora, bien escrita, con un excelente manejo del lenguaje, de ritmo, de silencios, que cava un hueco profundo al interior de sí misma para irse revelando, configurando, rediseñando en su andar narrativo, me es inevitable leerla, al mismo tiempo, como poesía pura.

La idea me ronda varios días mientras la leo, releo, escribo y borroneo sobre-alrededor de ella; y, a la vez, pienso de dónde agarrarme para poner en palabras esto que me asalta al entrar en sus páginas.  Entonces, recuerdo a Gastón Bachelard, el filósofo francés de inicios del siglo XX, en su libro ‘La dialéctica de la duración’, que dice –me aventuro a traducir- “Ser poeta es multiplicar la dialéctica temporal, es rechazar la continuidad fácil de la sensación y de la deducción, es rechazar el reposo catagénico (es decir el de la involución) para acoger el reposo vibrante, el psiquismo vibrante”1.

La clave está ahí, en que Marcela es poeta. La he conocido y reconocido como poeta desde que tuve mi primer acercamiento a ella desde otro territorio, el del periodismo, en donde coincidimos por primera vez y en donde pude ver que se traslucía de su oficio en la prensa, su capacidad para relacionarse con la poiesis de la realidad, de las cosas simples, de la complejidad de los discursos. Luego, al conocerla más de cerca, en las conversaciones, en el relato de sus andares, en nuestras experiencias compartidas y desde sus textos enclavados formalmente en el marco de la poesía, confirmé mi certeza primera: la de estar ante una poeta de verdad, alguien que subvierte la esencia misma de las formas y se plantea hallar el trasfondo de lo que se vive, para resistir, crear, replantear.

Justamente dos de las ideas que Bachelard usó para definir al ser poeta, se colman de sentido en esta novela de Marcela Noriega y son las que creo que enganchan inmediatamente a quien lee la obra. La primera es la multiplicación de la dialéctica temporal y, la segunda, la bienvenida a lo vibrante.

Hay una forma de relacionarse  con su propio pasado que tensa, enrosca y afloja el hilo conductor de la novela, que es la alusión al recorrido de su propio padre (el de Marcela y el del personaje-voz narrativa). Y, desde ahí, la alusión a su madre, a ella misma, a los tres, que son el mismo padre, la misma madre, la misma mujer, la misma hija, el mismo dolor del desarraigado social, de sí mismo, del amor, reflejado en una figura humanoide de múltiples rostros.

El polaco Jerzy Grotowski, figura clave del teatro contemporáneo, demandaba a sus actores, que él los consideraba el centro desde donde se erigía el teatro, activar una memoria emocional puramente orgánica. Él sostenía que no debía ser la mente la que recuerda, sino el cuerpo. Esta memoria orgánica – acotaba tal artista- supone para el actor una liberación plena. El actor muestra el personaje y se muestra a sí mismo en su ejercicio de memoria emocional orgánica.

En efecto, este trabajo hecho por Marcela con esta novela, se enmarca en lo que reclamaba Grotowski para sus actores y que es fácilmente traspolable -me aventuro yo a decir- a la búsqueda íntima del artista genuino. Quién es el actor, el autor, el artista, sino quien se expone a sí mismo en todas sus dimensiones: físicas, psíquicas, conceptuales, emocionales, para ser puente conector y a la vez fisurador de la realidad y así sacar a la luz el misterio que no entiende de tiempos, espacios, etc…

Con ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ estamos atados al deseo de la voz narrativa –que es la misma de Marcela Noriega, a la vez mujer-hombre multitud-, a la fuerza ciega que actúa transversalmente en el ser, con dirección propia, para movilizar nuestro propio deseo.

Este libro  me ha condenado a volver a amar la novela ecuatoriana –un género que ha sido desvirtuado por nuestras sociedades del espectáculo en los últimos años-.  Y me ha devuelto la confianza en el poder emancipador de la palabra impresa, cuando un poco entristecida por nuestro contexto, he sucumbido en el maravilloso poder de las artes vivas; asimismo, en la voz femenina fuera de los clichés de lo que se considera lo femenino, y, sin duda, me ha permitido volver a abrazar la vida, de otro modo.

* Bertha Díaz (Guayaquil, 1983). Investigadora de artes vivas y docente. Dirige El Sótano- Revista virtual de artes escénicas El Sótano.

Misiva de José Luis Navarro


Texto leído en Barricaña el 25 de mayo, en la presentación de Pedro Máximo y El Círculo de Tiza

Queridos amigos de Marcela, y por ello, si mi lo permitís, igualmente míos:
Desde esta pequeña ciudad norteafricana (Melilla), donde, para nuestra suerte, viven algunos paisanos vuestros –no todos los que quisiéramos, pero en fin, dan su alegría y aportan brío y nueva cultura–, os mando un saludo.
Marcela me había pedido que en lugar de una carta os enviase un vídeo, pero tengo conciencia de que este no es precisamente mi año de guapo, así que, para no decepcionar a las damas presente y hacer reír a los caballeros, me decanto por lo que más se me da: escribir.
Soy, como quizá ya sepáis por Marcela, uno de esos maldecidos por la ley que, entre otras cosas igual de inconfesables, hacen libros. Veinte años llevo en esto y veinte libros he llegado a sacar adelante. Ninguno –confieso con cariño y al tiempo envidia–, de la enjundia, el poderío y la fortaleza que el que hoy os presenta Marcela. Ese Pedro Máximo que, junto a otras grandes obras, tengo en mi mesa de noche, oliendo a porro y vodka, como todo el arca flotante en la que, a veces y por un tiempo, me vengo a vivir; también a soñar nuevas locuras; si es que las jodidas gaviotas y los no menos jodidos peces, me dejan. ¿Me creeréis si os digo que se pasan el día follando? Cómo lo hacen no sé.
No soy muy dado a hablar de mí, pero ya que estamos entre amigos y más de uno y una habrá tomado lo suyo que hará que lo olvide mañana, me atrevo a contaros que, en mi larga vida de brujuleo y de meter las narices donde no me llaman, partiéndomelas a veces, he hecho de todo, o casi. He compartido tristezas y alegrías, más de lo primero que de lo otro, todo hay que decirlo. He visto y congeniado con miserias y glorias, aguantado sofocos y fríos, odiado y amado a un tiempo, recorrido países donde el simple hecho de vivir ya es una odisea y conocido en profundidad ciudades y gentes que, por iluminadas, me deslumbraron pero nunca cegaron. En fin, he de reconocer –y perdonadme la presunción comparativa– que, como García Márquez y Neruda, la he vivido para contarla.
Lo malo, es que nunca supe contarla como ellos y de ahí mi pena, pero las musas son muy suyas y la que a mí me tocó era más bien torpe…; aunque, eso sí, ¡la vestal está de muerte! Y lo que yo digo, qué más da poseer y emitir inteligencia cuando se tiene un buen culo.
He hecho, en fin, tantas cosas miserables, que cuando, en un arrebato de soledad, se las conté a Marcela, a buen seguro que no me creyó. Mejor para ambos. Por lo que os sugiero que hagáis lo que ella, pensar que fantaseo y seguirme la corriente. Chaladuras de viejo corrido.
Pero estamos aquí no para presentarme yo sino para presentar a Marcela, si es que la niña–poetisa que tienen ahí necesita presentación alguna. Para mí que no.
La conocí casualmente y, de nuevo, llevado por la curiosidad y, ¿por qué no decirlo?, por esos hermosos relatos y poemas que leí en su blog, muy pronto la quise. No con ese querer que los tíos –en mi caso viejo verde– tienen por las mozas de buen ver, sino, muy a mi pesar, con otra especie de amor. Amor por sus bellos escritos, por su valentía archidemostrada, por su espíritu arrojado llamando por su nombre y con ardor a los sinvergüenzas, corruptos y mangoneadores, públicos y privados, que se empeñan en jodernos la vida, consiguiéndolo la mayor de las veces. Amor por sus sueños, oscuros a veces, otros fúlgidos. Amor por su forma de combinar la palabra y hacerla arte. Amor por una mujer de allende los mares, a la que probablemente nunca llegaré a ver…, aunque siempre nos queda París. Amor, en fin.
Había escrito una novela y, no sé bien si me pidió ayuda o, sin más, se la presté yo. Me envió el manuscrito y, creedme, quedé poco menos que amuermado. ‘¡Mierda con la ecuatoriana, que bien escribe!’, me dije y me lo tomé a pecho. Tan a pecho que más de una vez andamos a la gresca por un puto adverbio o un participio. Yo, que leo como vivo, a la salta la mata, quedé impactado y quise meter mi impronta, reconociendo que más bien metía la pata. El libro no tenía desperdicio, pero conociendo cómo se las gastan los editores, le sugerí tres o cuatro repuntes –no desviaciones– que ella, lista como es, aceptó. Y así, tirando de aquí y allá, consiguió sacar un libro que no solo era bueno, buenísimo, sino que resultaba fácil de colocar en la enjundia mercantil de las editoriales. Como así fue.
Gracias a ello, no a mí, que solo hacia de alcahueta, mi editor lo aceptó y publicó, para gloria de vuestro hermoso país y satisfacción del resto del mundo; que no es redondo como dicen sino plano y lleno de baches, os lo aseguro.
Sí, amigos míos, con la mano en el pecho y no en la bragueta, desde mi humilde percepción de escritor de segunda B, puedo decir sin riesgo a equivocarme, que Marcela Noriega, con su libro Pedro Máximo y el círculo de tiza, ha entrado fuerte en la literatura hispana y acaso no tarde en hacerlo en otras, pues su círculo, como el de Brecht, es más bien una espiral, una supernova fulgurante que no tardará en expandirse.
Me dice, la muy ladina, que ya prepara su segunda novela. Ojalá no tarde en crearla y publicarla, pues me gustaría leerla; aunque sea a las puertas de la muerte, pues a mi corazón le pasa lo que a mi polla, que de tanto meterlo donde no debiera, está que se cae a trozos. En fin, aguantaré lo que sea preciso, pues en su caso, en el caso de Marcela, aquí el dicho ha de cambiarse para apuntar que siempre segundas partes fueron buenas.
Saludos amigos, y si aún os queda algo en la copa, alzarla y brindad conmigo, porque una nueva y sólida escritora ha nacido entre vosotros.
¡Qué suerte tenéis, joder!

(José Luis Navarro nació en Ceuta, España.Ha publicado más de 500 artículos de prensa y una veintena de libros, entre otros: Pintando el suelo de rojo, El soldado incorrupto y otras soledades, Un punto más que el diablo, Ángeles de arena, y la novela erótica “Con, contra, sin, sobre, tras”).

‘La novela tiene retazos de varios hechos reales’


Nota de El Comercio, sobre Pedro Máximo y el círculo de tiza.
El personaje principal de la novela, Pedro Máximo, es un campesino de pocas palabras. En su infancia, su padre le pegaba con un palo largo que tenía un clavo en la punta. Su madre, angustiada por la pobreza familiar, lo regaló a unos hacendados para que se gane la vida como peón. En su juventud, huyó de la hacienda y se inscribió en el Ejército. En una de las jornadas militares, accidentalmente, se voló un dedo. Obligado por su discapacidad, se marchó a Guayaquil con una indemnización mezquina. Se casó con Estela y tuvo una hija a la que llamo Piedad. “Pedro Máximo es la historia de mi padre. Yo vendría a ser Piedad”, confiesa, sin titubear un segundo, Marcela Noriega, autora de la novela ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ que esta noche, a las 19:30, se presenta en el Café Galería Barricaña, ubicado en el centro de Guayaquil. Piedad, en la obra, es descrita como una mujer reprimida por su celoso y sobreprotector padre. “Yo hasta los 18 años no tenía amigos. Mi padre (que también se llamó Pedro Máximo) hizo en la casa una muralla de tres metros con vidrios en las puntas para espantar a mis pretendientes”, retrocede el casete de su adolescencia Noriega (33), ahora cronista en las revistas SoHo y Mundo Diners.
Noriega tejió esta, su primera novela, con “retazos de varios hechos reales y algo de ficción”. En el 2011 ganó una beca de residencia de escritores en España. Y en Europa escribió esta obra que se desarrolla en Ecuador. Específicamente, en pueblos campesinos de Los Ríos y en la ciudad de Guayaquil. “La distancia ayuda un montón para escribir una novela que tiene mucho de mi país”, reflexiona Noriega, que concluyó su historia en seis meses. José Luis Navarro, escritor español de 70 años, fue su editor. Navegando en la Red, Navarro se topó con el blog de Noriega. Se quedó fascinado. En el prólogo de la novela, los signos de exclamación que emplea para contar la anécdota, suenan a gritos alegres: “¡Qué hermosos cuentos y qué fluidez de escritura, qué soberbia manera de narrar con originalidad los temas tratados, delicados, idílicos, agrestes, silvestres , eróticos (…)”. Se pusieron en contacto. Primero vía e-mail y luego, cara a cara, en España. Finalmente, el libro fue impreso por el sello español ‘Geep Ediciones’. Escribir esta novela representaba para Noriega “una deuda”. Su padre falleció en el 2000, cuando ella tenía 22 años. Ese hecho la marcó. “ Yo soy periodista, pero nunca pude entrevistar a mi padre. Era muy callado. Una vez lo vi llorando en el sofá y averigüé algo de su infancia. Pegaba gritos cuando dormía. Era un ser atacado por las pesadillas”. “El círculo de tiza” simboliza los miedos que transmiten los padres a los hijos, pero posibles de romper, como una frágil tiza. Noriega, luego de la muerte de su padre, viajó a la Argentina. Al Ecuador regresó liberada de las cadenas que le había impuesto su padre, dice haberse encontrado a sí misma.Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: http://www.elcomercio.com/cultura/novela-retazos-varios-hechos-reales_0_688131273.html.  

Puedes adquirir el libro en Read on time

Tres personajes del trópico y el designio de la soledad



Una novela singular no solo por su tratamiento temático sino también por la virtuosidad narrativa de la autora, que va definiendo, con un lenguaje poético y a la vez visceral, el destino de sus personajes entre los símbolos implacables del trópico, en esta ciudad que José de la Cuadra calificara como “la capital montubia”.

Y es que este libro de Marcela Noriega, con antecedentes de periodista de investigación, con el título de ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’, nos lleva en la suma de capítulos ágiles y no muy extensos, a establecer una suerte de herencia maldita que transmite el protagonista a sus más íntimos familiares, su mujer y su hija, con una soledad que las lleva a vivir entre las antípodas de la violencia real y la búsqueda de la ternura.

Es la novela la historia de un hombre, Pedro Máximo, que va recorriendo su vida, cumpliendo un implacable “fatum”, desde sus orígenes trágicos hasta su final virtualmente previsto. Y todo ello dentro del entorno cálido del trópico en donde suceden las más fervientes pasiones, así como los crímenes más aterradores.

Esta es, en suma, la historia de un personaje que no puede escapar, aunque a veces lo intente, de un sino implacable y además imborrable (tal si fuera un estigma) de haber sido vendido, cuando niño, como esclavo por su propia madre.

Esa soledad y ese sino van a ser, también, contagiados a sus seres más cercanos, a dos mujeres que se quedan entrampadas en una forma de vida de la que no pueden evadirse.

Ni la lealtad a toda prueba de la mujer, Elisa, ni la búsqueda de un placer reprimido, en la hija, Piedad, pueden salvarlas de lo que Pedro Máximo les ha legado, ya en vida o ya, como un fantasma implacable, después de su también dolorosa muerte.

En la contraportada del libro se anota que “de este infierno onírico en el que se ahogan los personajes, brota la locura ensoñadora de sus vidas”. Para agregar que “la risa de las ardientes mujeres que oímos, los colores infinitos que vemos sin estar descritos, los olores ricos o nauseabundos, que olemos y sentimos, propios de la ciudad más populosa del país, Guayaquil, despliegan el manto que cobija esta historia viva y ensoñadora”.

‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ fue escrita, editada e impresa en España. Luego de ganar una beca en 2011 para ir a una residencia de escritores en Castilla-La Mancha, donde la autora estuvo seis meses.

De esta manera, Marcela Noriega se integra con toda legitimidad al gran patrimonio narrativo nacional que tiene su punto de partida en los “Cinco como un puño” del famoso “Grupo de Guayaquil”, que pusieron la pauta fundamental en la historia literaria moderna del Ecuador, al rescatar sin trampas a ese trópico donde el realismo, sin dejar de ser social, no puede renunciar a sus valores mágicos.

Fernando Cazón Vera – Guayaquil
Publicado en diario Expreso, abril 2012

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