Una visita al islote Sucre


Coordenadas: Provincia de Manabí, cantón Puerto López, parroquia Machalilla.

Latitud: -1.46667 Longitud: -80.7833

Testimonio y fotos de Mauro Sbarbaro (2015)

 

Soy descendiente de italianos y he vivido en Italia, Suiza, Londres. Durante mucho tiempo me alejé de Ecuador, el país donde nací y el lugar al que volví para echar raíces. A inicios de este año decidí dejar las comodidades de la ciudad y venirme a la naturaleza.

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En Europa, hace más de diez años, empecé a pintar ballenas utilizando muchas técnicas. Fueron ellas las que me trajeron a este pequeño pueblo de pescadores, Puerto López, donde vivo hace tres meses. Desde aquí puedo ser testigo de uno de sus últimos viajes sobre la Tierra.

Todos mis amigos de Europa quieren venir a visitarme. El primero fue Dave, un suizo que vino a pasar sus tres meses de vacaciones en Ecuador. Puerto López ofrece mucho. Y este día nos embarcamos en un bote para vivir la experiencia de bucear con tanque. Nos acompañan dos chicas de Dinamarca y una belga.

La embarcación sale de una playa cerca de Los Frailes. El capitán es Aníbal y el instructor, Joshue. En diez minutos llegamos al islote Sucre. Es impresionante ver cómo el viento y el agua lo han esculpido, se lo han ido comiendo poco a poco. Se ven formas de caras que parecen estatuas de gigantes.

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Anclamos muy cerca de la orilla. Dave es el primero en sumergirse con el tanque, las chicas hacen kayac y yo me voy a hacer snorkelling a la punta. El agua es tan clara que veo estrellas de mar gigantes, rojas y azules fosforescentes, extendidas en el fondo. Todo está vivo, el piso se mueve. Hay corales y pecesitos que, como colibríes llegan y se van.

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Antes de bajar con el tanque, te enseñan cinco señas que significan: OK, Quiero subir, Quiero bajar, Me siento mal y Descomprime. Cuando te ponen el oxígeno se siente delicioso. Nunca en mi vida pensé respirar tan rico. De pronto, éramos solo yo y el agua.

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El instructor te lleva por detrás, él tiene aletas y un cinturón de plomo. Tú llevas el tanque, y eso te da la sensación de tener el control.  Veo dos mantarrayas redondas gigantescas escondidas debajo de la arena, una morena, peces globo, tambuleros, muchos peces que no sé identificar. Me vuelvo un niño pequeño, estoy extasiado, hay tanto para mirar, para sentir. Cuando salgo del agua, me quedo tranquilo y me caliento al sol. Esta parece ser la recompensa de haber dejado la ciudad, y haber optado por una vida más sencilla, llena de belleza y paz.

SER LIBRE (1)

SER LIBRE (7)

SER LIBRE (8)

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El árbol al final del viaje


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IMAGINA. Te levantas por la mañana. Es un día cálido, los pájaros cantan, piensas en preparar café, pero antes te metes al baño para darte una ducha. Mientras cae el agua sobre tus ojos, ves cómo los azulejos de la pared empiezan a brotarse, como si quisieran salirse de su lugar. Piensas que es una ilusión óptica. Te secas los ojos y continúas viendo lo mismo. Con un poco de nervios, tocas los azulejos y compruebas que están en su puesto, y que no se han movido ni medio centímetro. Están firmes, como siempre. Respiras. Te secas y sales del baño, casi sin abrir los ojos. Cuando ya estás en la habitación, ves cómo el toldo parece estar danzando y la cama levita. Las paredes ya no son planas, sino que forman ondas azules. También, hay esferas de luz flotando por todas partes. Los cajones están abiertos y la ropa vuela, sin ninguna prisa, por los aires. Agarras algo para ponerte. Estás estable, sientes que sabes algo de lo que pasa. No tienes miedo, sino mucha curiosidad. Tocas las paredes y el piso, y siguen fijos en sus lugares, lo que parece haberse ido es la gravedad. Esta idea te excita. Sales a la calle. 

El holograma finalmente ha sido desactivado, piensas en medio de la calle. ¿Y dónde se ha ido todo el mundo? Nadie aparece. Los dueños de las casas se han ido y sus cosas flotan haciendo ondas de luz. Se ve muy hermoso el pueblo así, sin nadie y con todas estas burbujas coloridas a las que puedes atravesar sin ningún problema. Bajas en la bicicleta, pero no llegas muy lejos.

Una voz dentro de tu cabeza te dice que te tranquilices y que entres en ti. Dejas la bicicleta y vas detrás de la casa, donde hay árboles. Te colocas justo donde se enciende la fogata en posición de loto y te dices a ti misma: estoy estable, estoy bien. Estoy estable, estoy bien. La voz te dice que te relajes y que no abras los ojos. Entonces, una luz muy luminosa te envuelve y tú no abres los ojos.

Cuando pasa la luz y abres los ojos, todo se ha vuelto oscuridad. No se ve nada. Te agarras del árbol, y comprendes que debes aguantar de esta manera. Sin agua, sin alimento, sin huir, simplemente quedándote quieta junto al árbol, meditando, estando en ti. Sin miedos, sin apegos. Estás sola, como cuando viniste al mundo. La muerte no siempre es física, a veces, los vivos atraviesan la muerte y regresan sanos y salvos.

Mientras te aferras al árbol, te das cuenta de que este cuento se ha acabado. Que ya no hay mundo por conocer, al menos no de la manera antigua. Piensas que al fin la Tierra dio un vuelco y que las dimensiones se han distanciado unas de las otras, no como antes que parecía que todo acontecía al mismo tiempo y ya no se distinguía el pasado del presente o del futuro. Esos conceptos sobre el tiempo se difuminaron en un abrir y cerrar de ojos. Ahora no existe más que el silencio y la oscuridad. Estás en el momento cero, en el inicio del tiempo. Sola, como cuando llegaste. Intuyes que pronto nacerás.

El árbol al que te aferras, te provee de la compañía necesaria. Le hablas tranquilamente. Le dices que la oscuridad no es mala, es lo que es. Tus ojos, poco a poco, se acostumbran, y logras ver a través de la negrura. El árbol te escucha y lentamente te hace conocer su voz. No muestras desesperación, porque los árboles son altamente sensibles a las emociones negativas y podría cerrarse para siempre. El árbol te ayuda a saber dónde fuiste dejando las marcas que te recuerdan el camino de regreso a casa. Te cuenta dónde empezó todo.