El guardián de Jaboncillo


En memoria de nuestros abuelos,

la gente sabia que cuidó de la tierra

y guardó el conocimiento antiguo del Buen Vivir

para que ahora, nosotros, podamos recuperarlo.

 

EL GUARDIÁN DE JABONCILLO cuenta la historia de Miguel, quien desde los ochos años de edad es capaz de comunicarse con sus ancestros, los cuales pertenecieron a la estirpe de los manteños. Ellos le indican que el cerro Jaboncillo (Manabí) esconde las ruinas de una antigua civilización. Para protegerla, Miguel tendrá que enfrentarse a su familia, a la sociedad y a las poderosas empresas depredadoras de la naturaleza.

Esta novela es una historia ficcionada del caso real de Miguel Rodríguez Tejena, conocido hoy por todos como “el guardián de Jaboncillo”.

EL GUARDIÁN DE JABONCILLO – NOVELA CORTA (102 páginas)

Escrito por Marcela Noriega – Ilustrado por Galo Lapo

 

PRESENTACIÓN

Lo que más me gusta de ser periodista es poder contar historias mágicas, que rayan en increíble, pero que son completamente reales. Esta es una de esas historias, y ocurre en Manabí, una provincia llena de magia y de tesoros escondidos.

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El protagonista se llama Miguel y es un niño que posee una sensibilidad para los fenómenos extrasensoriales, tanto, que puede escuchar voces y percibir formas que no pertenecen a este mundo. Miguel es capaz de comunicarse con espíritus del más allá, a quienes llama “abuelos” y que pertenecieron a la estirpe de los manteños, una civilización muy avanzada que existió hace más de mil años.

A través de sueños y visiones, los abuelos de Miguel le revelaron que, sepultada bajo el cerro Jaboncillo, muy cerca de Portoviejo, existió una ciudad prehispánica en la que se desarrolló una cultura de gente sabia que vivía en armonía con la naturaleza y tenía un avanzado sistema de organización social. Siguiendo la guía de sus abuelos, Miguel encontró cientos de objetos ceremoniales, vasijas de cerámica, estructuras en piedra, monumentos piramidales y muchísimos huesos de quienes poblaron la ciudad.

Miguel dedicó su vida a intentar preservar este patrimonio, que ha sido constantemente destruido por la avaricia y la ignorancia de quienes ven en la tierra un recurso para explotar, y no un ser vivo para cuidar y del cual alimentarse.

Picoazá está rodeada de cerros de los cuales se extrae piedra. Todos sus habitantes han observado, perplejos, el destrozo que hacen las maquinarias de las grandes corporaciones canteras que operan en la zona de Cancebí.

Guardián ilustración

Pero no hay nada que un niño soñador no pueda conseguir. Así que, con toda esta evidencia, Miguel movió cielo y tierra y llegó hasta el presidente de la República, quien fue a visitar el lugar y se convenció de la historia de Miguel; tanto así que destinó varios millones de dólares para que un grupo de los mejores arqueólogos fueran a Jaboncillo a investigar qué había debajo del cerro. Para que el presidente y los arqueólogos pudieran llegar al cerro, Miguel, con un grupo de compañeros, tuvieron que habilitar un camino. Con sus propias manos, usando solo pico y pala, abrieron kilómetros transitables.

Los arqueólogos descubrieron, maravillados, que la ciudad perdida bajo el cerro era diez veces más grande que Machu Picchu. Dijeron que esta ciudad, probablemente, habría sido la capital ceremonial de todo el Tahuantinsuyo, una ciudad sagrada en la que se reunían altos sacerdotes o chamanes.

Sin proponérselo, Miguel se convirtió en el guardián de este hallazgo arqueológico y se convirtió en el “Guardián de Jaboncillo”.

En 2011 publiqué una crónica en la revista “Diners” con ese título, contando la historia de Miguel. Esta crónica también puede leerse en mi libro “Historias que Contar”, o en el blog del mismo nombre en WordPress. Las introducciones que aparecen en cursiva antes del inicio de cada capítulo, son partes textuales de aquella crónica.

Me he tomado la libertad de ficcionar partes de la historia, con el fin de adaptarla a los lectores más jóvenes. Mi intención es que puedan ver en Miguel a un luchador, a alguien que nos demuestra que todo es posible cuando realmente nos proponemos algo.

Miguel era un niño de ocho años cuando empezó a seguir su intuición, la cual le decía que el cerro escondía algo grande. Una vez hecho el hallazgo, a Miguel no le importó tener en contra a su propia familia, ni a la sociedad, ni a poderosos enemigos, sino que se empecinó en que su hallazgo saliera a la luz, y lo logró.

El mensaje de la historia de Miguel es ese: si tú no te traicionas a ti mismo, llegarás muy lejos. No importa el tiempo que te tome conseguir lo que te propones, simplemente sé constante y da un paso adelante.

Si los más pequeños se enteran de que existieron civilizaciones antes que la nuestra, quizá menos “tecnológicas” pero más evolucionadas mental y espiritualmente, ellos logren ver una luz en el futuro colectivo de esta sociedad. El conocimiento antiguo está ahí, probablemente debajo de las piedras; solo hay que saber buscar, y ser valiente.

La autora

La caja de las memorias


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No hay nada que salvar. El fuego estival lo ha consumido todo, incluso consumió nuestras lenguas. Nos quedamos sin nada que decirnos. Para qué sirve el músculo si no hay intención de buscarnos con las palabras. Decidí que sin lengua tampoco había razón para conservar las memorias. Por eso salí a venderlas. El sábado fui al mercadillo para vender todos los recuerdos que nos ligaban. Los guardé, envolviéndolos en telas limpias, dentro de una caja de madera. Se quedaron quietos, indefensos como muertos, cuando cerré la caja. Le puse un diminuto candado por fuera. La gente se acercó a ver qué guardaba con tanto celo. Abrí la caja y, en silencio, lo expuse todo sobre la tierra. Mi pasado desperdigado ante ojos incrédulos que se preguntaban cómo era posible que yo quisiera desprenderme de tantas memorias. Me pesan, quise contestarles. Necesito soltarlas. Si no quieren comprarlas, se las regalo. Pero no volveré con ellas a la casa. Ya no cabían dentro de mí, tampoco cabían en el closet ni en los estantes. Hice un enorme esfuerzo para concentrar todas estas memorias que ahora ven en esta pequeña caja. Tuve que viajar hacia cada una, traerlas al presente, con algunas tuve largos inconvenientes. Sé que un tiempo permaneceré cerca de muchas, y me sujetaré de ellas cuando sea necesario. Estas memorias suelen llevar largas trenzas. Pero en la caja encontrarán todo tipo de memorias. Quería decirles todas estas cosas a las personas que se acercaban, pero no tenía lengua, así que solo miraba las memorias a mis pies, en la caja. Empecé a llorar. Largas lágrimas mojaban las memorias y éstas, con el contacto de mi líquido transparente, volvían a nacer. Sabía que era la última vez que las contemplaba de esta manera. De pronto, una señora de unos setenta años se acercó y me dio un pañuelo. Yo me sequé las lágrimas muy despacio, cerrando los ojos y tapando mi cara con el pañuelo, agradeciendo por poder llorar. Cuando abrí los ojos, no estaba la señora ni las memorias. Sentí un alivio infinito. Adiós, pude finalmente decir. Mi lengua empezó a recobrar la vitalidad de los viejos tiempos, y apareció dentro de mi corazón el antiguo caballo que corre por los campos.

Memorias de Héctor Napolitano


artworks-000025277401-2ninh2-original“Me acuerdo de las palmeras de coco en el patio de mi casa, en el cerro Del Carmen. Yo siempre pasaba trepado en los árboles de mango y de almendra, y esquivaba las casas de las avispas y las hormigas. Me acuerdo que me regalaron mi primera guitarra a los 9 años, en Navidad. Ese mismo día se incendió la cocina. Me acuerdo de los bomberos que con el chorro de agua empujaban por el piso el pavo, las biscotelas, la olla de chocolate. Me acuerdo que entraban y salían bomberos de la casa con mangueras y que yo tocaba la guitarra y no me importaba lo que pasaba a mi alrededor.

Me acuerdo que en las horas del recreo los curas pedófilos de mi escuela nos hacían entrar a un cuarto oscuro para tratar de sodomizarnos con besos en la boca y caricias. Pero yo, a los 10 años, ya había conocido los secretos del amor. La primera vez que lo hice fue con una de las domésticas, así que los curas se pegaron un vare conmigo.

Me acuerdo de estar tocando la guitarra en los bares con la gente mayor y a mi madre sacándome en quema, arreándome, con un látigo. Me acuerdo de todas las palizas que me daban por malcriado y vago.

Me acuerdo que en la escuela yo era bandido y tenía una banda de niños pedigüeños.

Me acuerdo de la primera mujer de la que me enamoré y que me engañó diciéndome que yo había sido su primer hombre. Me enseñaba la sábana manchada de sangre y resulta que era el período lo que tenía. Me acuerdo de que me escondía en el clóset de la casa hasta que la mamá me encontró.

Me acuerdo de las grandes comilonas y de las cangrejadas los fines de semana con la familia materna. La típica matada del chancho a las seis de la mañana. Me acuerdo cómo le torcían el pescuezo a las gallinas, y cuando llegaban los grandes cargamentos de langosta. Me acuerdo de las mandíbulas de tiburón que adornaban los cuartos de la casa.

Me acuerdo de mi primera canción que la tocaba el compositor Lucho Barrios, se llamaba El Cristo de Oro. Y de que mi primera presentación profesional que fue a los 10 años, en Pedro Carbo. Me pagaron 15 sucres. Siempre tocaba en pantalón corto. Me acuerdo de que me levantaban para tocar a la una de la mañana. Yo estaba muerto de sueño como cualquier niño.

Me acuerdo del viaje a Sierra Nevada, en Colombia, en el año 75; de los viajes en tren y de cuando me robaron mi guitarra y mi violín en ese país. Me acuerdo de haber vivido con los indios cobis y de conocer a los mamas, personajes de más de cien años. Me acuerdo de mi primer viaje de hongos alucinógenos, y de que la primera vez que fui a Miami llevé una onza de marihuana.

Me acuerdo de haberme comprado unos zapatos en Italia que me quedaban chicos, pero igual me los puse. Me acuerdo de la cara que puso mi amigo Antonio Del Campo, el pintor, cuando lo fui a visitar en su casa en Barcelona. No podía creer que un cholo auténtico y de recursos limitados como yo lo fuera a visitar. Hubo una gran borrachera con vino y hachís. La primera noche que llegamos me le vomité y me le cagué en la cama.

Me acuerdo de la primera y única vez que me paré en una tabla de surf, en Montañita.

Me acuerdo de que fui panadero en la década del 70, de haber tenido restaurantes vegetarianos. Me acuerdo del taxista que se me robó un cajón entero de pan.

Me acuerdo de las amanecidas en La Lagartera. De nuestras convivencias musicales en Quito, con Dany, con Hugo, con Alex, de los ensayos acompañados de mucha cerveza, de muchas mujeres, mucha comida. De la esquina de Vélez y Santa Elena, en Guayaquil, donde hacíamos conciertos y le sacábamos la vuelta a los policías que nos correteaban por fumar en la calle.

Me acuerdo de mis caminatas por las playas de Galápagos y de la primera vez que crucé a nado el río Babahoyo.

Me acuerdo de la muerte de mi madre, de mi padre y de mi hermano mayor. De los dolores de muelas. De que estuve a punto de ahogarme en Chanduy y en algún río de la montaña. Me acuerdo de mi operación al cerebro y de que cuando me dijeron que me iba a morir no sentí miedo, sino pena porque pensé que se iba a interrumpir la relación con mis hijos.

Me acuerdo de mi primera experiencia de meditación con el maestro Maharaji. De meditar 4 horas seguidas y de que la sensación fue parecida a la que había tenido con el ácido lisérgico (LSD), con el San Pedro o el Peyote, bebidas espirituosas que te abren otra puerta de la percepción.

Me acuerdo de las subidas y bajadas por el barrio de Guápulo, donde viví diez años; y de Aníbal, el tendero, que siempre me fiaba.

Me acuerdo de haber hecho el amor en el techo de una chiva, también dentro de una cabina de música en JD Feraud Guzmán; y las veces en que lo he hecho en el mar al vaivén de las olas.

Me acuerdo de que en una presentación que estábamos abriendo a Héctor Lavoe en el parque Forestal, mi madre había mandado a comprar una botella de ron porque todos estábamos chiros. Pasó Lavoe y le arranchó la botella a mi madre, y se la terminó en el escenario. Me acuerdo de haber compartido con Silvio Rodríguez, Johnny Pacheco, Celia Cruz, Pablo Milanés, Óscar de León y un pocotón de gente que ni me acuerdo. De haber ido a Cuba en 2008, tocar en el teatro América y haber sido aplaudido de pie”.

(Héctor Napolitano es una leyenda viva del Puerto de Guayaquil.  Este texto surgió a partir de un ejercicio de memoria y salió publicado en la revista SOHO).

El galán de noche


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Cuando era pequeña pasaba mucho tiempo entre las plantas del patio trasero de la casa de mi abuela, una campesina dulce pero fuerte que parió siete veces. Cuatro de sus hijos con sus parejas y ocho nietos vivían bajo su abultada pollera en esa enorme casa con tres patios. Nosotros habitábamos un departamento interior que daba al patio trasero. En él había una pileta con forma de foca hecha en granito que llevaba mi nombre. Alrededor de la pileta había un hermoso jardín.

Era un jardín de caminitos de tierra y bordillos de cemento, con árboles de mango, almendros, rosas, girasoles y un nutrido huerto con vegetales y plantas medicinales que mi abuela usaba para curarnos de males reales e imaginarios. También había una gran variedad de hongos que ella arrancaba de raíz y guardaba en recipientes sellados. Me gustaba levantar las piedras para buscar hongos y ver qué bichos escondían. Cucarachas, gusanillos y otros insectos corrían despavoridos cuando notaban mi presencia. Pero de todas las plantas y hongos, lo que más me llamaba la atención era un capullo como desmayado, que guardaba dentro una flor blanca, y que pendía de un tronco café, delgado y saludable. Alrededor habían crecido muchas hojas verdes, algunas de las cuales también miraban hacia abajo; y unos pequeños frutos de formas circulares. Esa flor no debe ser vista, me dijo mi abuela cuando le pregunté a qué hora brotaría. Es el galán de noche, se abre cuando ya todo está oscuro, permanece abierta durante la madrugada y se esconde al amanecer. Si la ves, debes huir de inmediato, me previno. Ella sabía de mis viajes noctámbulos al jardín. El diablo es el dueño de aquella flor y si te ve, es probable que se enamore de ti y te persiga todas las noches. Dicen que le gustan las niñas de pelo negro y largo, como tú. Me quedé mirando el capullo que escondía la flor, perpleja.

Estaba por caer la noche, empezaron a picarme los mosquitos. Esa madrugada, la idea de tener un encuentro con el dueño de la flor no me dejó dormir. Salí al patio, crucé la verja y lo primero que vi fue la flor abierta. Su blancura era deslumbrante; iluminaba como una luna el resto del jardín. Me acerqué todo lo que pude y me embriagó el delicioso aroma que desprendía su centro. Enseguida, tuve la sensación de que el dueño de la flor estaba a mis espaldas. Quise correr, pero la intensidad del aroma no me lo permitió. Estaba atada al suelo, mientras esperaba un zarpazo. Cerré los ojos, arranqué la flor, la apreté entre mi mano hasta que de ella emergió un líquido viscoso de agradable olor, entonces huí.

Cuando llegué, en puntillas, a mi habitación, puse lo que quedaba de la flor debajo de mi almohada. El resto de la noche pasó lento, y yo me dormí pensando que el dueño de la flor vendría a reclamarla. Apareció en mis sueños. Me convirtió en su flor e hizo que me abriera lentamente. Absorbió el olor que brotaba de mi interior con su nariz, semejante al pico de un colibrí, y bebió el rocío que la noche depositaba entre mis pétalos. Mi abuela tuvo razón; el dueño de la flor se enamoró perdidamente de mí.