Crónicas de Eva


Eva siendo la desolación

 

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El vacío reposa al fondo de una botella de ron

El sudor rueda en esta tarde calurosa

Se ha desactivado el pestillo del fuego perturbador

Estoy cansada de reírme de tonterías,

de entretenerme en disparates

Y tragar el desaliento del mundo.

Aburrida de masticar maldades,

noticias sobre muertes, injusticias, venganzas, corrupción

Quiero volar, prescindir de mi cuerpo,

mis deseos, mis inútiles piernas

que sólo consiguen trasladarme cortas distancias

Estoy detenida en este planeta de muertos

Abrumada bajo miles de páginas de información

que no consiguen movilizarme

¿Hacia dónde debería ir?

He viajado dentro de mí y he visto otros mundos

Paraísos de árboles gigantes de los que cuelgan lianas

hechas de pensamiento

Naves en las que viajo de planeta en planeta,

Así como ahora lo hago de casa en casa,

de cuerpo en cuerpo,

de soledad en soledad

¿Cómo me quedo de este lado?, pregunté

Nadie me lo ha dicho

Regreso a mi habitación, y mis huesos pesan

En ellos reside el sedimento de mis pasos circulares,

Mis ideas pasadas, mis diálogos oscuros

Sepulta mis sueños una masa informe

A veces, se disfraza de pereza; otras, de estupor.

Al menos, el miedo no me ha vuelto a rondar

Le espantan mis aullidos.

 

 

Eva, abriéndose

 

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Adán la mira a través de su ceguera

Con esos ojos pequeños que esconden tanto

Quiere descubrirla poco a poco

Ya nos conocimos antes, le dice ella

Ya antes me perdiste, no lo vuelvas a hacer

Él la besa con la suavidad de un ave

Ella lo abraza con la fuerza de una ola

que desea romperse sobre él y mojarlo entero.

Sumergirlo.

Ella moja sus pies y sus manos,

sus pensamientos y sus miedos

Él se rompe

Ella se abre como una flor sobre su cuerpo

Coronan el pico de una montaña,

y bajan de ella para comentar el viaje

Ella revuelve su pelo, él hunde su cara en su pecho

Le huele la piel y los huesos

Están desnudos delante del espejo

Déjame verte, dice.

La sujeta de una mano, como si ella fuese una cometa

que vuela por primera vez.

Observa cada curva, cada redondez, cada herida,

cada huella

Se acuesta a su lado, la rodea con sus brazos como una raíz

Canta una canción, mientras se queda dormida.

 

 

 Eva siendo ecos y espasmos

 

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Me miro al espejo de espaldas

Cabildeo, imagino que vuelo en el vidrio

que me corto en mil pedazos

Me acaricio con tus dedos, tus antojos

Tu música de hombre añoso

de ser medieval y exquisito

Me toco a través de tus cuencas

Lloro, gimo, sonrío, me agacho,

me siento, me acuesto, me retuerzo,

sueño, estornudo, me mojo, grito,

muero, resucito, me levanto, como,

escribo, pienso, recuerdo, me contengo

Me derramo en ti.

 

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GUAYAQUIL CENTRO, TERRITORIO DE ARTISTAS


La ciudad es un macro espejo, un caleidoscopio, en el que se refleja el inconsciente de todos quienes en ella habitan, sean propios o extranjeros. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Por alguna razón, mi alma de poeta y cronista eligió a Guayaquil como su ciudad natal, como su matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos una y otra vez.

Guayaquil es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Pero, ahora, la ciudad es un infiernillo de alrededor de cuatro millones de personas, donde manda el materialismo, y prima la supervivencia. El calor es insoportable, los árboles han sido derribados. En Guayaquil todo tiene un precio, se vive el consumismo en su máxima expresión. Nada permanece. Todo es desechable. Los budistas dicen que la mente humana es como un mono que va de rama en rama intentando coger un banano que nunca alcanzará. Así actúa una persona que nunca logra estar en ella misma, en su centro, que no consigue la paz interior. No es casualidad que a los propios de Guayaquil les llamen “monos”.

Sin embargo, en el centro, en el corazón de Guayaquil, podría haber una luz. El centro es donde las ciudades llevan el alma. Y el alma de Guayaquil es alma de artista. Alma sensible, hiper-sensible dirían algunos; curiosa, ávida de vivir experiencias que la sacudan, siempre lista para la aventura y el romance, ansiosa de adrenalina y pasión, ingobernable, rebelde, profunda. Autodidacta, investigadora, libre-pensadora, llena de dones y talentos que ha desarrollado en sus muchas vidas. Un artista es siempre un alma vieja. No le gustan las doctrinas, huye de los yugos. Es el alma de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los cineastas, de los filósofos, de los artistas escénicos, de los amantes de la vida al aire libre, de los perseguidores de la libertad, de los viajeros.

En el centro, todo parece ir más de prisa, pero los artistas hacen que se ralentice la vida. Ellos desgranan el tiempo. Se relajan y logran abrir espacios donde es posible respirar un aire menos viciado, un aire de autencidad. Los artistas limpian la estela tóxica que deja el consumismo, el borreguismo, la inconsciencia que esclaviza a las masas. Los artistas salen de la multitud, pero no la desprecian, sino que intentan elevarla a su altura, compartir un poco de su libertad creativa, de su inmenso potencial creador.

Si eres un artista, Guayaquil te empujará para que seas su voz, y la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. Ve al centro y encontrarás el alma de esta ciudad. Ella te acogerá, y te darás cuenta de que puedes ser lo que tú quieras en ella. Guayaquil no se espanta de nada. Tú eres quien podría asustarse de las sombras que proyectarás en su escenario. Ella incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la saborees, para que te enamores de ella y la penetres. Te llevará a sus profundidades. Ella calmará tu sed de cuerpos, tus ansias de sentirte adentro.

Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llama y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. Te parecerá que, en Guayaquil, todo truco se hace con dinero. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir la ciudad”, te volverás un esclavo de ella. Entonces, empezarás a transitar tus sombras y las verás reflejadas en sus calles, en su gente, en su arte. Es cuando empieza el juego del caleidoscopio. Una vez que comprendes los patrones de la ilusión en los que vive Guayaquil, empiezas a divertirte.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas.

Estos son seis testimonios de artistas, gente que ha movido y que mueve la actividad cultural en el centro de Guayaquil. Seis versiones distintas del juego, del mismo caleidoscopio.

ALICE GOY-BILLAUD: La efervescencia del ahora

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(escritora y viajera francesa de 27 años. Vivió en París, vivió en India, y nunca se ha sentido tan en casa como en Guayaquil. En menos de un año aprendió español, sin hacer ningún curso, simplemente viviendo la vida bohemia del centro. Está escribiendo un libro autobiográfico, en español, al respecto. Este texto está construido a partir de algunos fragmentos.)

París, te amo más que todo, pero hoy día, me cansas. Guayaquil me hace pensar en París. Y en Nueva Delhi también, donde estuve viviendo siete meses. De Nueva Delhi encuentro en Guayaquil el calor y la libertad. La libertad de la locura. La locura de la libertad. Cosas que no puedo hacer en mi país, como abrir un café en una salsoteca underground que propone literatura erótica los jueves. De París, Guayaquil tiene las noches. La belleza de las noches; el calor de los cuerpos.”

Alice Goy-Billaud

Guayaquil ejerce un encanto irresistible para algunos viajeros, escritores o artistas que buscan la noche, la vida cultural que se bebe en largos sorbos de cerveza y que palpita en determinados lugares del centro. Alice Goy-Billaud es una de ellas. Nació el 26 de junio de 1989 en Montpellier, al sur de Francia. Eligió Guayaquil como su destino, después de haber buscado trabajo en China durante tres meses y de haber vivido en París y en India. Aplicó para tres puestos en América del Sur. La Alianza Francesa de Guayaquil fue la que primero le contestó. Se instaló en la ciudad y a los 8 meses, renunció al puesto de profesora de francés porque estaba descubriendo la vida bohemia del centro y el trabajo no le dejaba tiempo para dedicarse como quería a experimentar la noche.

Alice llegó a Las Peñas, el año pasado, como cualquier turista. Pero a ella no le gusta solo “visitar”, sino conocer a fondo los lugares y su gente. Dice que las ciudades son como mujeres. Y, al igual que París, Guayaquil es una mujer bien poderosa que tiene influencia sobre todo lo que Alice hace.

Sus primeros trayectos eran desde la Alianza Francesa hasta la calle Numa Pompilio. Iba lo más rápido que podía, porque apenas llegó a Guayaquil conoció a J y se enamoró perdidamente. El bus la dejaba en el mercado artesanal, bajaba la calle Loja, entraba en el Malecón, pasaba por el MAAC, caminaba sobre las piedras irregulares de la calle Pompilio, y llegaba a la terraza de J. Esta llegada era su momento favorito. “Al bajar las escaleras, se puede observar el río tranquilo que me hizo amar esta ciudad”, escribe en sus notas. Alice está preparando un libro en español sobre sus vivencias en esta tierra caliente.

J. introdujo a Alice en los tres lugares que luego serían su vida en el centro. Estos tres lugares han sido, en los últimos tiempos, el punto de encuentro de los artistas que viven o están de paso por la ciudad. La Culata, el Guayaquil Social Club, que luego cerró, y El Cangrejo Cultural, “el único lugar dónde vale la pena ir para bailar de verdad”.

Empezó con el Guayaquil Social Club. Se hizo amiga de Gabriel Proaño, un fotógrafo free-lance que decidió abrir este bar sobre la calle Rocafuerte como un espacio libre para músicos, actores, escritores, pintores o cualquier artista que quisiera intervenir. “Estaba buscando un lugar como el Guayaquil Social Club desde que empezó mi vida nocturna. Este bar mueve una parte del pequeño mundo intelectualo-cultural de la ciudad, que entiendo como una comunidad muy cerrada. No aguanto este mundo en Francia, quizás porque no me siento parte de él, pero me encanta mezclarme en él en otros países.”

Alice se dedicó a pintar un mural en el primer piso del bar. Terminaba clases a las 9 en la Alianza Francesa y llegaba, con el apuro de siempre, hasta el Club. “Bajaba la 9 de octubre, me paraba por el parque Centenario para comer un encebollado con mi amigo José, quien tiene allí su quiosco y seguía sobre la 9 hasta girar en la Córdoba. Giraba a la esquina de la Juan Montalvo y allí estaba el bar de mis sueños: abierto como una segunda casa, rústico y underground como un garaje de adolescentes que buscan un lugar para tocar música, amigable como un bar de pueblo donde todos los amigos se juntan porque no hay otro lugar”. Se quedó unos tres meses trabajando en el bar. Pasaba más ahí que en su propia casa. Atrás de la barra, viendo a sus amigos bailar y pedirle cervezas, era la más feliz del mundo.

Pero el bar fue clausurado dos, tres veces, perdió a sus clientes y nunca abrió de nuevo. El mural de Alice quedó encerrado en la sombra. Su vida del centro se movió a la calle Córdova y Mendiburo, donde queda el restaurante La Culata, que para Alice es como el Café de Flore, del boulevard Saint-Germain, de París, que fue lugar de encuentro de dadaístas y surrealistas. Alice es generosa al hacer esta comparación, pues en el Café de Flore, personajes como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir tenían mesa fija y atrajeron allí a buena parte del movimiento existencialista. Sartre escribió: “Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”.

Alice ve que en La Culata, de Guayaquil, se juntan los artistas por todo motivo, una reunión de trabajo, comer un poco, compartir una biela. F., quien luego se hizo novio de Alice, dice que lo que hace un lugar, aquí en Guayaquil, no es el parecer bonito, si no la gente que cae. Y la gente cae a la Culata porque la Muñeca y Freddy, sus dueños y anfitriones, lograron dar amor a la comida y al ambiente.

(Escena tomada del libro de Alice)

Llego a La Culata. Son la cinco, y me uno a F. que está desayunando una cerveza y un ceviche.

Ustedes los artistas se levantan a las tres de la tarde y empiezan el día con una cerveza.

La plena, contesta F. y se deja resbalar en su silla, las manos sobre su barriga. Mira, qué bella es esta ciudad. Mira cómo voy a quedarme aquí y las cosas van a pasar.

Tenía razón. Sentarse en la terraza de la Culata es una cosa maravillosa. La gente pasa, saluda, se sienta, conversa, se va un rato, regresa, toma una biela, se caga de risa y, a veces, se calla. Y todos nos callamos para mirar a los buses y disfrutar del tiempo que pasa lento. Así es Guayaquil.

A veces, llegamos juntos. Él, con su bicicleta roja. Ojeo para ver si conozco alguien. F. no lo necesita, él ya conoce a todo el mundo (y gracias a eso, conozco a mucha más gente hoy). La primera persona que va a saludar es la Muñeca. La Muñeca es la dueña del lugar y también la mamá de estos niños borrachos. Todos están de acuerdo en decir que hace el mejor ceviche de Guayaquil.

Nos sentamos afuera para disfrutar del viento. El tiempo pasa, los panas se unen, las cervezas en la mesa se añaden y la bulla crece. El guayaco tiene esta particularidad: después de solo una cerveza empieza a gritar. Llega la noche y se inicia un movimiento lento para moverse de lugar. Cuando todo el mundo terminó de comer su plato (o el de otra persona, porque el guayaco tiene también la particularidad de compartir cualquier cosa que pide con 2, 3 ó 6 amigos), empieza el viaje más largo del mundo hasta El Cangrejo Cultural, dos cuadras mas allá de la Mendiburo.

El Cangrejo Cultural es mi otra casa. Es un hueco que solo tiene de cultural su nombre y la mitad de la gente que cae. La otra mitad son borrachos y punto. Los jueves son noches de lectura de poesía y literatura erótica. Nunca me arriesgaría a leer allá porque la gente está más ocupada en emborracharse, reír, gritar o en pelar su cangrejo que en escuchar, ¡yo incluida!

Después de la poesía es la hora de bailar salsa. Bailamos hasta el cierre, compartiendo cervezas menos y menos heladas y riendo más y más fuerte. Como de acostumbre, el cierre se hace con la policía. El bar se vacía y nos quedamos una hora más afuera, chupando las últimas bielas.

Esta vereda es parte inherente al Cangrejo Cultural. Una vez, salimos temprano de un evento que hubo a una cuadra y queríamos seguir la noche. Fuimos al Cangrejo pero estaba cerrado. Perdidos como niños sin padres ni casa, nos quedamos en la vereda pensando en dónde ir. Al lado, una familia estaba chupando en un carro, y sonaba salsa. Nos ofrecieron unos tragos y nos pusimos a bailar en la vereda vacía, hasta que se acabaron los tragos y se fue la familia, deseándonos un lindo final de la noche.

Cuando se termina el baile, empieza la ruta del punto A al punto B. Del Cangrejo Cultural tenemos que ir a la Ferroviaria, donde vive F. Subimos la Córdoba, giramos en la P. Icaza, y hacemos la primera parada. Compramos las “dos últimas bielas” en el Economarket de la esquina. Parece cerrado, pero hay que tocar la ventana mágica, y allí se puede pedir cualquier cosa. Para beberlas, nos sentamos en la esquina de la 9 de octubre. Los chicos llaman a este lugar “la oficina”. Al inicio de este ritual, me quedaba bastante callada, escuchando las huevadas de los chicos. Luego, vino mi integración y ahora soy parte del grupo. Gané el derecho de que se burlen de mí también. Estar bebiendo cervezas en la calle de noche en Guayaquil es una experiencia genial.

Antes de venir a Guayaquil, Alice estuvo viviendo siete meses en Nueva Delhi. Allá aprendió todo lo relacionado con el té, así que, por las mañanas hasta las seis de la tarde, Alice abre El Café del Cangrejo, que queda en el mismo local del Cangrejo Cultural. Ahí, además de café con caña o café chai, prepara variedades de té: verde, negro, rojo, de flores, de frutos, o el té de la bruja, su especialidad. Se siente tan gusto en Guayaquil que está buscando departamento en el centro. “Es la primera vez que me siento en casa”, dice.

AMARANTA PICO. El centro como un horizonte abierto

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(antropóloga, investigadora, escritora quiteña. Se mudó al centro de Guayaquil el año pasado para trabajar en la Universidad de las Artes y su experiencia ha resultado profundamente transformadora.)

He llenado como diez cuadernos de información sobre mí misma en estos meses en Guayaquil. Me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Amaranta Pico

Amo el silencio, dice Amaranta Pico para empezar. Ella nació en Quito hace 36 años, y el 7 de junio del 2015 se mudó al quinto piso de un edificio que queda sobre la ruidosa calle Aguirre, esquina Malecón. Desde el ventanal de su cuarto hay una vista espectacular de la ría, el centro y su lugar de trabajo: la Universidad de las Artes.

En Quito, también vivía en el centro, en Matovelle y Canadá, en el barrio San Juan, justo en una esquina en la que los buses frenan con mucho esfuerzo por lo empinado de las calles. Como diez líneas de buses pasaban por ahí. No había instante en que no haya un bus pitando o frenando, u otro carro casi chocándose con él. Lanzando humo negro todo el día. Por suerte, solo la sala daba hacia esa calle. Su cuarto daba hacia las montañas. Frente a su ventana había un horizonte abierto. San Juan es un barrio muy empinado, es como un mirador natural de Quito. Desde su ventana se veía el Cotacachi, el Imbabura, el Cayambe, el Cotopaxi, el Antisana. En su habitación, en las noches, el silencio era total. Si abría las ventanas, se desplegaba un paisaje increíble.

Yo llegué un domingo de noche a Guayaquil y el lunes por la mañana, el ruido era ensordecedor. Acá pitan el doble, es mucho más ruidoso. Y aunque aquí estoy en un quinto piso y allá era un primer piso, aquí fue más fuerte el ruido. Pero ya el segundo día, dejé de poner mi atención en ese ruido, cambié mi actitud, porque si me enfocaba en esa queja, no lo iba a pasar bien. Lo que hice fue, como si fuera una lámpara que le había puesto al ruido, quitarle la lámpara al ruido y ponerla en todo lo otro que sí estaba bien. El ventanal es enorme, y desde mi cuarto se ve un paisaje impresionante. Cuando uno se levanta, no ve los edificios. La vista de la ventana me permite sólo ver la Ría y la isla Santay. Se ven solo árboles. Entonces, mi primera impresión fue como estar en la selva, porque el río Guayas es como los de la selva en su amplitud. ¡Estoy en la selva! me dije y todo cambió.”

Todo cambió de un día para otro. Amaranta puso su atención en ese horizonte limpio y hasta ahora la sigue poniendo. Después, se fue dando cuenta de que hay un montón de pájaros que nunca había visto en su vida, porque la gran mayoría de pájaros son distintos en la Sierra. Empezó a darle mucho espacio a la contemplación gracias a esto. Después, puso atención a otras cosas, como que su casa era un espacio amplio que le proponía mucha introspección.

El espacio de contemplación también trajo experiencias distintas. Pudo, por ejemplo, percatarse de la intensidad de los colores y descubrir la magia del gris.

En Guayaquil los colores son saturados, piensa Amaranta. Los verdes son más verdes, los amarillos son más amarillos que en Quito. Y eso que allá es canicular el sol. A mí me afecta más el sol de la Sierra que el de acá, porque acá el cielo es gris, y siempre hay como un velo. En Quito, el cielo es azul nítido. Yo crecí en ese azul y conozco quiteños que se quejan porque aquí el cielo es gris. Pero a mí me encantó este cielo diferente, porque descubrí la belleza del gris. Incluso el río y el cielo cambian de colores. En la mañana, justo cuando sale el sol, tipo 6, el río es plata y el cielo también. En el día, el río es ya más turbio, se pone un poco café con el calor. Y en la noche, el río es color firmamento, y se confunde con la oscuridad del cielo. Como no hay luz en la isla Santay, el río desaparece en la noche, no se ve. El cielo es negro, el río es negro y parece que la ciudad estuviera flotando en mitad del océano como un barco. Es increíble esta ciudad”.

Cuando Amaranta va a Quito se siente otra. Como se crió ahí, le da la impresión de que esa es la vida real. Llega a la casa de sus papás (su padre es el coreógrafo y bailarín Wilson Pico y su madre, la escritora Natasha Salguero) y se conecta con toda su historia personal. Algo en ella se pone el chip de Quito apenas baja del avión o del bus. “Tengo una relación que ya está establecida con mi familia, que es muy bonita, veo a mi gato y a mis amigos que siempre me reciben con una sonrisa como si no me hubiera ido ni un día. Y eso es perfecto. Pero yo siento que actúo de una manera distinta allá. De la manera en que yo creía que era. No digo que esté mal, pero venir acá me dio la posibilidad de ver que no era solo así”.

Guayaquil le da la libertad de estar sola en una ciudad. “Al no tener acá a mi familia, estoy desprovista de ese abrazo, que está ahí cuando quiera, incluso a la distancia lo siento, pero, al estar desprovista, puedo abrirme. Aquí es como si tuviera la posibilidad de hacer lo que quiera, cualquier día, en cualquier momento. Como tampoco tengo familia que mantener, estoy en un momento de total independencia”.

Esta experiencia en Guayaquil ha sido tan profunda que, incluso, puso en jaque la personalidad de Amaranta. “Yo antes pensaba “es que yo soy así”. Por ejemplo, si en un sitio no me sentía bien recibida, me iba, como por una idea de dignidad. No decía nada, pero me iba y por dentro decía: “es que yo soy así”. Dentro de ti hay como un orgullo. Ese y un montón de rasgos muy arraigados que finalmente hacían mella en mí, salieron a la luz aquí. Al salir de mi antiguo espacio de confort pude ver algunos rasgos y darme cuenta de que eso no era yo. Aquí puedo como desvestirme, cuando yo quiera de eso, de esa supuesta personalidad. Ahora me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Antes yo decía, muy férrea: “estos son mis valores”. Pero aquí vi que no todo era tan rígido. Pude ver los matices. Aprendí a apreciar el gris. Aquí he podido dejar de ser ese juez tan implacable con uno mismo que no deja pasar ni una. En Quito, escribí una vez una escena de un juicio. Yo era la jueza, el abogado acusador, el abogado defensor, la acusada, el jurado, el público y hasta el guardia que cuidaba la puerta. Y todos eran terribles. Poner eso en palabras fue bueno, porque todo lo que estaba ahí podía parecer chistoso literariamente, pero todo era verdad”.

SIMONÉ DELGADO: La transformación interior del centro

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(Artista del maquillaje, amante de la danza, casada con Javier Borja, quien es fotógrafo y músico experimental. Simoné dirige el Café del Río, que queda dentro del MAAC y es un espacio que se abrió en 2015 para acoger las propuestas de los artistas locales y extranjeros que están de paso.)

Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad.”

Simoné Delgado

Si ustedes se adentran en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo, ubicado al final del Malecón, podrán ver una tienda de souvenirs, que está llena de objetos, postales, artesanías, libros, ropa y demás cosas hechas por los artistas locales. Más allá, verán el escenario donde todos los jueves en la noche se presentan diferentes propuestas artísticas, arqueológicas, antropológicas, filosóficas, como parte de la programación del Café del Río, inaugurado en agosto de 2015. Si continúan, se encontrarán con la cafetería, donde pueden pedir un tinto, vino, té o algo para picar. Al lado izquierdo, hallarán una puerta que los llevará al balcón de fumadores, donde podrán contemplar la belleza del río Guayas. Y si prosiguen, más allá de la cafetería, encontrarán tres cubículos, cada uno con una pantalla donde se proyectan distintos vídeos sobre los artistas del Café del Río, o sobre las muestras del Museo.

Simoné Delgado es quien está a cargo de la programación del Café del Río. Ella admite que nunca se llevó bien con Guayaquil, siempre mantuvo una relación de odio / amor con la ciudad. Pone primero al odio, porque es lo primero que siente hacia Guayaquil. Esto suele pasarle a muchas personas sensibles que no encuentra un espacio de libertad y armonía en el caos guayaco. Sin embargo, durante los últimos seis meses del 2015, Simoné siente haber vivido un renacer, no de Guayaquil, sino de ella misma.

Le propusieron hacerse cargo del Café del Río, un espacio que estaba inerte dentro del MAAC. “De repente, se me da la oportunidad de hacer algo con un espacio hermoso que ha estado ahí para nosotros todo este tiempo. Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad. Todos los jueves Guayaquil me llena un poco más de esperanza”.

Para Simoné, el Café del Río “es un espacio donde converge todo lo más lindo del ser humano: su arte, su pasión por lo que hace, sus talentos pulidos con disciplina, su mejor energía, su agradecimiento infinito. Es increíble. Por eso a mí me encanta tomar una foto al final del público junto con los artistas en el escenario. Porque ellos son los que invaden el museo con lo mejor de ellos. Sin nuestro público, el museo no es más que un edificio lindo y frío. El público de Café del Río y todo lo que ahí sucede me recarga de amor por esta ciudad. Nos unimos a Malakita, La Culata, El Cangrejo Cultural, los lunes culturales de la ESPOL, Casa Fantoche y toda la comunidad del centro de Guayaquil para celebrarnos a nosotros mismos y nuestro arte. Y yo estoy muy orgullosa de eso”.

JAVIER LAZO: Cronometría y personalidad del centro

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(Fotógrafo, bohemio, nómada urbano. Ha vivido en muchas direcciones de Guayaquil, pero desde hace 13 años, el centro es su casa. Conoce los ires y venires de la gente, y los ritmos en los que se mueve el centro).

El norte empieza en Las Peñas, en las escalinatas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, en la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. Al este, tienes el malecón del río y al oeste, el malecón del salado.

Javier Lazo

El fotógrafo Javier Lazo fue uno de los primeros en exponer su trabajo en el Café del Río. Él nació en la boca del Pozo, en 1979, atrás del colegio Huancavilca, donde había una pequeña vecindad. También vivió en La Pradera, en Ximena y Urdaneta, en la Garzota, en Brisas de Santay, que era como estar en el campo: podía salir en bicicleta y regresar a las dos de la mañana. Pero no cambia por nada la vida intensa del centro.

Una vez vivió en Mendiburo y Rocafuerte, plena Zona Rosa. “En las noches, estar en mi departamento era un suplicio por el Colonial, el único bar que no tenía hermetizado el sonido. Aguanté unos tres años, al principio bien, porque llegaba a las tres de la mañana, pero luego cuando trabajas, y trabajas en un diario, es imposible”. De todas formas, según Javier, la intensidad del centro depende del horario. A partir de las siete, la ciudad muere, “y el centro es más silencioso de lo que la gente piensa”.

En el centro tienes todo, y todo lo haces a pie. Te evitas ese movimiento en bus, en taxi, que siempre te quita tiempo. Si hay que movilizarse, un taxi no te cuesta más de 3 dólares”.

Javier prefiere vivir en el centro, aunque pueda ser peligroso. “Yo andaba mucho en bici, hasta que me robaron, por la Culata, a las 11 de la mañana. Pero, al final, por donde paso, tengo la facilidad de siempre vincularme en las calles, sea en las seguras o en las inseguras. Muchos ya me ubican como un personaje del barrio. No me siento inseguro, a pesar de que siempre hay que estar alerta. Estás en Guayaquil, eso te demanda vivir un poco de paranoia, pero una vez que tienes aprendido el funcionamiento del ser humano sorprendes al propio ser humano”.

Guayaquil tiene ciertos circuitos seguros, pero más allá de esos circuitos seguros quién sabe qué pueda pasar. Ese circuito no deja de ser una especie de cruce que te permite conectarte a la red. En el centro tienes el Malecón, tienes hasta la calle Boyacá para caminar seguro y tienes la 9 de Octubre. De esa manera, tú puedes llegar a los puntos donde puedes tomar la metro o cualquier transporte. A pesar de que la mayoría lo considere inseguro, el centro es el más seguro porque tienes cámaras por todos lados. El centro está super vigilado.

Le pido a Javier que me delimite el centro. Dice que al norte empieza en las escalinatas de Las Peñas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, que queda sobre la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. La Bahía está incluida dentro del perímetro. Al este, tienes el malecón del río; y al oeste, el malecón del Salado. La 9 de Octubre atraviesa el centro y lo divide en dos a la altura de la plaza del Centenario.

Guayaquil tiene muchas caras. El centro es mucho más de gestión y en las noches, la vida se concentra en pocos espacios. La gente viene del norte, sur, de todas partes, pero es gente vinculada al arte o a la cultura y siempre buscan apropiarse de estos lugares donde todo el mundo se conoce, donde siempre se encuentran.

Javier ha expuesto su trabajo en varios lugares del centro. De manera individual, expuso en el Museo Presley Norton y ha participado en muestras colectivas en el centro apropiándonos de bares, o lugares como la galería Espacio Vacío, en su momento. “Son lugares donde la comunidad se desenvuelve e invita a los que están fuera del circuito a acercarse, dándole una vida nocturna al centro de una manera sana, y me refiero a que no es lo mismo la onda de los bares y discotecas, donde puedes ver mujeres golpeándose, a un lugar donde está reunida gente que se conoce, se aprecia y se cuida. En estos momentos, esos lugares son La Culata, el Cangrejo Cultural y el Mono Goloso (queda sobre la calle Luzarraga y es un rincón francés de pan y dulces en el centro)”.

Luego, están los circuitos culturales que se suceden en el año. Entre enero y abril poco ocurre en la ciudad. Todo empieza en mayo. En julio, están los salones y demás y siempre hay un cronograma del año. En promedio, puede que dos veces al mes sucedan cosas interesantes. Los mejores meses son finales de julio hasta septiembre-octubre. Después de las fiestas de octubre, baja el ritmo y se retoma en diciembre.

WALTER PÁEZ: La ciudad son los amigos

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(Walter es el maestro de grabado por excelencia de Guayaquil y su taller, uno de los lugares más exquisitos para visitar en el centro. En toda su vida, ha tenido alrededor de mil ochocientos alumnos. Es maestro en Guayaquil y lo ha sido en lugares tan distantes como Lisboa o Teherán. Junto a un grupo de poetas y cronistas, vivió, desde el inicio, el proceso de la vida bohemia del centro.)

Nosotros podíamos dejarle a los saloneros del Montreal cualquier encargo o recado. Entonces, yo llegaba y me decían: ahorita pasó Martillo, dijo que iba a estar en tal parte. Siempre pasaba lo mismo: nos sentábamos a refrescar con un par de bielas y terminábamos en una borrachera hasta el día siguiente. Todos casi mueren por el alcohol.”

Walter Páez

Walter Páez es un hombre de profundas convicciones. Viajar por todo el mundo no lo ha cambiado. Tiene 65 años y dice, de una manera tajante, que hay cosas a las que no puedes renunciar: a la ciudad en la que naciste, a tu equipo de fútbol y a tu familia.

Él nació en Quito y pasó su infancia entre Quito y Latacunga, donde estudiaba en un colegio agrícola. Después se vino para la Costa, y se matriculó en una escuela cerca de Tenguel. Su memoria guarda parajes hermosísimos de esa época, dice que era como estar en Macondo. Walter completó su bachillerato en otro colegio de Agricultura, en Daule. Sin embargo, los conocidos en esa infancia remota quedaron atrás. Sus amigos, los de la travesía en Guayaquil, son como sus hermanos. “Con ellos tengo esas vivencias más interiores”, dice. En 1969, Walter llegó a Guayaquil para estudiar en la Universidad, donde se graduó de ingeniero agrónomo.

Por aquella época, Walter tenía una tremenda actividad política. Era militante del partido Socialista Revolucionario y fue miembro del Consejo Universitario. Empezaba a multiplicar gente. Luego se graduó, se fue a Nicaragua un tiempo, después a México, ahí se empató con un viejito que le enseñó Grabado, sin embargo, Walter siempre tuvo la inclinación creativa. En el partido era el que diseñaba los afiches. Empezó a frecuentar, en el centro de Guayaquil, los dos lugares que, por entonces, eran el sitio de reunión de los intelectuales y artistas: la Casa de la Cultura y la cafetería El Montreal, que quedaba diagonal a la plaza Centenario. Esto a finales de los sesenta. Ahí era común ver a escritores, poetas, cronistas observando y escribiendo sobre Guayaquil.

Sobre todo nos reuníamos con los intelectuales del grupo Sicoseo: Edwin Ulloa, Jorge Itúrburo, Jorge Martillo, Fernando Nieto. Luego, comencé a ilustrar cosas para muchos de ellos. A Jorge Velasco (Mackenzie) le he ilustrado como siete libros. Hasta ahora viene, borrachito y cojito, pero aquí viene”, dice Walter.

Las crónicas y los cronistas son parte de esta generación. Guayaquil era terreno fértil para dejar correr ríos de alcohol y de tinta. Se destacan los amigos de Walter: Jorge Martillo Monserrate, a quien llaman “el conde”. Francisco Santana, más conocido como “el negro”. Y “el pelado” Jimmy Mendoza, probablemente el artista más desadaptado de entonces. Junto a ellos, “vivíamos con una velocidad que es difícil de volver a vivir”, dice Walter.

Hace 14 años, Walter reconstruyó el lugar donde ahora queda su taller, sobre la calle Imbabura, entre Panamá y Rocafuerte. Justo abajo del taller, estuvo el Gran Cacao, el primer bar underground de la Zona Rosa, que puso “el pelado”. Antes, montó el primer Palo Santo, que quedaba en el sur, y el segundo Palo Santo que quedaba en el centro.

El libro Historia Sucia de Guayaquil, de Francisco Santana, cuya portada es un grabado de Walter, cuenta muchas historias intensas y lujuriosas, que ocurren en estos lugares del centro. En una crónica suya publicada en diario El Universo, en 2011, se describe perfectamente el ambiente del Cacao: “Colgadas en las paredes se ven las palas de madera para remover el cacao cuando este secaba al sol, sacos rellenos que sirven para sentarse, sillas y mesas de muyuyo, velas encerradas en complicados receptáculos y otras cosas antiguas, no viejas. En el centro de todo eso, la gente. Cuando pregunto por ahí ¿por qué vienen? Francisco Perrone asegura que le recuerda a Estudio 54 de Nueva York, pero en versión underground 2004. Aquí a nadie le importa quién eres ni de dónde vienes. Eres un simple ser tomando unas copas.

Eso sirve, por aquí todo viene bien. Viene bolero, blues, salsa, son, rock, disco, flamenco, balada, pop, tango, bossa nova, jazz. Viene variado y fuerte, va con todo la música, aquí no hay algo definido. Es un lugar donde la gente baila y pierde; pierde esa sensación de excluido que tantas veces ha masticado en otros sitios”.

Walter recuerda que “cuando aquí había El Cacao, con “el pelado” bebíamos tres días seguidos. A veces, “el negro” no iba al trabajo. Y cuando iba, iba a esconderse en su oficina (en diario El Universo). Martillo siempre fue free lance del mismo periódico. Se desaparecía y lo buscaban. Estaba siempre desaparecido. Nosotros nos íbamos a Mapasingue, cuando no se podía subir a los cerros. Allí teníamos a una señora que nos hacía el desayuno y nos vendía cerveza. También, teníamos una tiendita en el barrio Cuba. Nos movíamos por toda la ciudad. Pero, al final, siempre terminábamos en el centro”.

Pero en su santuario, que es el taller, él no ha dejado entrar el relajo. “Ni aquí ni en ninguna parte”, dice muy serio. Porque cuando dirigió los talleres de grabado en el Banco Central tampoco. “Siempre que querían entrar borrachones los botaba, porque eso crea un mal ambiente, así no se puede enseñar”. Walter dejó de beber hace seis años.

El otro día, dice, estaba sacando las cuentas de cuántos alumnos ha tenido. Dice que ha enseñado técnicas de grabado a unos 1.800 alumnos en Ecuador. Afuera, en Portugal, dio clases en la Universidad. Viajaba en junio y se quedaba hasta noviembre. Walter también dio clases en Irán, cuando no se podía. “En Teharán preparé un grupo de grabado, hace cuatro años. En Cuba también compartí como profesor invitado”.

¿Qué sientes por Guayaquil?

Siento por Guayaquil lo que todo el mundo siente por la ciudad en la que vive. No siento una diferencia mayor que lo que siento por el casco colonial de Quito o lo que siento por la Habana Vieja, porque tiene que ver con lo que he vivido con la gente en sus esquinas interiores.

MAURO SBARBARO: El caos se revela en el centro 

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(Pintor, escultor, creativo, trotamundos. Nació en Guayaquil hace 43 años. Desde niño estuvo ligado al centro. Su abuelo vino de Italia para poner, sobre la calle Quisquís, la fábrica de los famosos sombreros conocidos como “tostadas” que se usaron en el Guayaquil de antaño.)

En 42 años he transitado por más de diez países y he vivido en Ecuador, Estados Unidos, Italia, Suiza e Inglaterra. Y Guayaquil centro es el lugar más tenaz donde he estado. Aquí no importa si eres rico, o estás chiro. Vienes al centro y te vas a un bar, te pegas dos tragos y te sientes un dios. O el dios de los miserables, o el dios de los reyes. Lo que se llama “la bohemia del centro” incluye todo: sexo, drogas y rock and roll.”

Mauro Sbarbaro

Mauro es alguien que no pasa desapercibido en el centro. Parece un gringo, pero habla como guayaco. Es lo primero que me impresionó de él, eso y sus enormes ojos azules.

Nació el 18 de enero de 1973, en Guayaquil. Estudió en el Cristóbal Colón y se crió en el barrio del Centenario, pero iba siempre al centro para visitar a sus abuelos. Sobre la calle Quisquís, dos cuadras más allá de la Boyacá, hay una casa de propiedad de italianos que llegaron al puerto hace tres generaciones. En esa casa, una de las más antiguas del barrio, vivían los abuelos de Mauro, quienes tenían seis hijos; la menor de todas, la madre de Mauro. Ezio Bigalli fue quien trajo, desde Italia, las famosas tostadas, los sombreros que reinaron en la cabeza de todos en el elegante Guayaquil de antaño, cuando la calle 9 de Octubre era una pasarela glamorosa, donde estaban los teatros. Las mujeres, los hombres y los niños se vestían con pulcritud y elegancia, tenían buenos modales y eran gentiles. Con el tiempo, el centro de Guayaquil se fue degenerando.

La primera fábrica de los sombreros Ezio estuvo en esta casa, donde ahora viven los padres de Mauro. Desde la ventana de esta casa, Mauro ha observado detenidamente a la gente que vive y pasa por el centro.

El centro es nostálgico, porque aquí es donde nació Guayaquil. Comenzó en estas calles, desde el cerro hasta acá. Aquí es la división entre Quisquís y Junín. Mi abuela vivía en esta casa y yo he visto de todo, desde que era un niño.

Mauro siempre ha sido hiperactivo y un viajero incansable. Ha recorrido medio mundo. La primera vez que vivió fuera de casa fue durante un intercambio, en Estados Unidos. La Universidad la hizo en Florencia, Italia, país de donde provienen sus abuelos de parte de madre. Durante diez años, estuvo viviendo en varias ciudades europeas. Vivió seis años en Suiza y tres en Londres. Luego de esto, decidió volver a Guayaquil. Entonces, regresó a vivir con sus padres, en la casa del centro. Ahí instaló su estudio de arte. Mauro pinta, esculpe, fotografía, es un artesano y un creativo a tiempo completo. Su obra ha sido expuesta en Japón, en Suiza, en Londres y, varias veces, en Quito y Guayaquil. El año pasado, durante un mes, estuvo expuesta en uno de los museos del centro, el Nahim Isaías.

Cuando dices que has visto de todo ¿a qué te refieres?

Por cien metros hay un distribuidor de droga, tú ves las batidas de los policías, están los chongos, las cantinas de mala muerte… Esta es la zona de tolerancia donde están todos los cabarets. A mí nunca me gustó vivir en el centro. Siempre fue sucio, maloliente, la gente te mira mal. Nunca me he sentido seguro. Una vez, desde la ventana, vi cómo me estaban robando el carro. Bajé y vi al tipo que estaba husmeando, y le digo: ¿qué haces, oe? Y me contesta: ¡ya, quédate frío! Y se fue”.

Así es aquí en el centro. La cosa es descarada. Ya no es que te timan, ya te arranchan. Esto ya no es viveza criolla, esto ya es el zafarrancho. Aquí no hay respeto por nadie.

En el centro tú puedes orinar, cocinar, robar, abrir los carros, jugar pelota, dormir dentro del carro, dormir con un cartón donde te dé la gana, cerrar las calles, botar basura, escupir, tener sexo. El centro está lleno de moteles, pero en la calle mismo tiran. Yo lo he visto. También he visto cómo sacan el trasero en la avenida y defecan a plena luz del día. Eso no lo he visto en ninguna parte del mundo. Desde mi ventana, he visto de todo: policías corruptos, comisión de tránsito corruptos, ladrones, prostitución. Y no es de ahora, ha sido toda la vida. En más grado, en menos grado, pero siempre ha habido. La cantidad de basura que he visto tirar. Nunca en mi vida he visto un lugar tan sucio como el centro de Guayaquil. Nunca vi tan poco amor de la gente por su ciudad.

Para Mauro, la ventana de su casa es como una pantalla gigante. Él no ve televisión y dice que con esta película que ve del centro tiene para toda la vida.

Compara el centro con el arca de Noé, con todos sus animales adentro. Dice que Guayaquil está llena de sapos, iguanas, lagartos, monos, chanchos. Y harto borrego. Pero esos borregos que no saben decir ni meee, simplemente guardan un absoluto silencio.

Él ha ido y venido de Guayaquil varias veces. Pero ya desistió de intentar vivir en una ciudad de la que se siente excluido como artista. “Siempre he visto lo mismo, nunca he visto un cambio. Los mismos cuatro se reparten los premios entre ellos. Siempre queda una garra de algún dinosaurio que con una uña pellizca”.

Cuando volvió de Londres, en 2013, Mauro vivió dos años en el centro y asegura que su experiencia fue terrible. “Yo tengo callos de vivir aquí, y he vivido obligado. Yo no elegiría jamás vivir en ninguna parte del centro. Yo elegiría vivir apartado de todo este cablerío (se refiere a los cables de teléfono y luz que parecen tallarines sobre las cabezas de la gente). Yo he logrado crear en este caos, pero con mis artimañas: audífonos, música a todo volumen o tapones, porque el grado de contaminación auditiva es altísimo”.

Desde el año pasado, Mauro vive alejado de la ciudad, en Puerto López, un pueblo de pescadores al que todos los años llegan las ballenas. Allí, en medio de la naturaleza, con el silencio necesario para crear, se siente el hombre más feliz del mundo. La crudeza del centro de Guayaquil lo altera. Es algo que no puede soportar. No solo es el caos, el ruido, sino también el control.

Guayaquil es una ciudad sitiada, una ciudad tomada por los piratas, donde las riquezas ya están repartidas. Por eso tanto control. Los piratas lograron infiltrarse. Todo es pirata lo que compras. Todo lo que tú quieras comprar que antes venía de China de manera ilegal, ahora es legal. Por eso terminó la Bahía. Se ahogaron ellos mismos. Dieron tanta oferta que lo único que les queda es regalar el producto. Y no pueden hacerlo ¿si no qué ganan? Hay tanta competencia. En Guayaquil todo está basado en la economía, en el dinero. Es la capital consumista del país.

Guayaquil es una ciudad tóxica donde las aguas se estancaron ya.

¿Qué crees que hay que hacer en Guayaquil?

Al contrario, en Guayaquil hay que dejar de hacer. Guayaquil es una ciudad en permanente actividad, nunca deja de hacer. ¿Para qué quieren más cosas? ¿Para qué tanto hacen? No hay personas suficientes para acudir a tanto restaurante, a tanta franquicia, a tantos eventos, para comprar tantas cosas. Las personas en Guayaquil, sean artistas o no, deben dejar de hacer, buscar la quietud. Encerrarse en sus casas y meditar. Hacer un acto de consciencia general.

Porque, al final de todo, uno dice: es chévere vivir la locura, la borrachera del centro. Pero eso ya fue, eso ya colapsó. Ya no es chistoso, ni es una forma de vida. Todos los que vivían de la “huevadilla”, vivieron de algo momentáneo, ilusorio. Vieron hacia afuera, no vieron hacia dentro de ellos mismos. Son como monos que van detrás de la novedad. A pesar de ser tan caliente, en Guayaquil nunca sentí fraternidad, o hermandad. El apoyo siempre fue ficticio, fue “pura boca”. Todo es falso. Es obvio para todos: yo no me siento parte de este lugar. Nunca fui parte. En Guayaquil no hay dónde ni cómo echar raíces.”.

Hacer las paces


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Mirémonos a los ojos y nos veremos a nosotros mismos. No las imágenes que otros construyen de nosotros, sino a nosotros, desnudos, tal como somos.

Como dice el antiguo saludo en idioma naguatl con el que saludaban los toltecas y los mayas.

Cuando se encontraban decían:

Inlakesh, que quiere decir: “yo soy tú”

y el otro contestaba: Halaken que quiere decir: y “tú eres yo”.

Todos somos Uno. Si queremos realmente ayudar al mundo, sanemos nuestra parte. Compartamos energía positiva, porque cuando seamos los suficientes, la energía positiva será tan poderosa que lo cambiará todo.

Es hora de perdonarnos y de reconciliarnos con nuestro pasado y con quienes hemos sido. Vivimos un momento único, y ahora es posible sanar y salir de los círculos en los que hemos estado atrapados.

Recuerden cuando se han enamorado de alguien, los primeros días, los primeros meses. El corazón late acelerado todo el tiempo, vértigo, accesos de euforia.

Cuando estamos enamorados vivimos una especie de amor incondicional temporal y no consciente. Caemos en ese estado como por arte de magia, sin haber hecho nada. Uno no decide enamorarse, uno solo se enamora. Pero amar, que es la acción continua que nos vincula y que permanece en el tiempo, es otra cosa. Amar es una decisión consciente y esa decisión solo puede mantenerse en el tiempo si vivimos el amor de manera incondicional. Es decir sin juzgar, sin criticar al otro.

Pidamos perdón por haber pensado y hablado desde la amargura o el rencor de nuestras ex-parejas o parejas. Reconciliémonos. Las personas que elegimos para que nos acompañen íntimamente saben más de nosotros que cualquier otra persona en el mundo, ellos son nuestros otros yo, nuestros espejos. Son realmente importantes. No es posible el olvido.

No permitamos más que el rencor nos venza. El amor en nosotros es más fuerte. Debe serlo.

No permitamos más que el orgullo nos inmovilice.

Perdonémonos a nosotros mismos y entre todos de una vez por todas.

 

Welcome Vilcabamba


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21 de marzo de 2016

Amanezco en Vilcabamba. Me despierta el quejido jubiloso de un burro. Salgo a la ventana y veo a las vacas, gordas y lentas, pastar. Muchos pájaros le dan la bienvenida al nuevo día, y la gatita que ayer alimenté está maullando en la entrada. Alzo la vista y me topo con el cerro Mandango. Su nombre en español significa “Dios acostado” y su forma se asemeja a una catedral natural, que se ha conformado por las lluvias y los vientos durante miles de años. Extranjeros pasan caminando o a caballo por la calle de tierra que está al pie de la que ahora es mi casa y que conduce a la cima del cerro. Estoy en el barrio Los Wilcos, de Vilcabamba, en la calle de la Eterna Juventud. El wilco es el árbol insignia de este valle, conocido como valle sagrado o valle de la longevidad, porque aquí es común ver a personas que sobrepasan los cien años. La vida tranquila, el trabajo con la tierra y el agua pura que brota de manantiales por todas partes son las principales causas.

Las semillas del wilco han sido milenariamente usadas en ceremonias sagradas. Se dice que proveen del don de la adivinación. Hay wilcos por doquier, y sé que aunque no me introduzca por la nariz el polvo de sus semillas, la magia de este valle hará que pueda ver el futuro si permanezco con los ojos abiertos. Vivo en una especie de condominio. Mis vecinos son húngaros, y estos días está en casa también Guillermina, la madre del dueño, y su esposo, quienes han venido a ver que todo marche en orden. Guillermina es una mujer de 73 años, muy ágil y sonriente, que se pasa de balcón a balcón trepando como una ardilla. Me ha enseñado a hacerlo, y ahora yo también he dejado de usar las puertas para entrar y salir. Ella y su esposo son de Catacocha, a tres horas en bus desde aquí. Deben volver a su casa mañana, pues están sembrando maní. Mi madre, que también se llama Guillermina, está conmigo estos días en que he venido a instalarme en este pueblo. Viajamos en un pequeño avión desde Guayaquil hasta el aeropuerto de Catamayo, en Loja. Con nosotras vino mi gata Gotye, que se pasó todo el vuelo jadeando y con el corazón como un saltamontes, menos mal la tortura solo duró media hora. Desde Catamayo tomamos un taxi que, luego de hora y media, nos dejó en Vilcabamba. Mi madre se ha encargado de comprar todas las pequeñas cosas que hacen que una casa sea habitable: tacitas para el café, frasquitos para poner las especias, jarras para el jugo, vasos, platos, coladores. Hemos llenado la heladera de frutas, vegetales frescos y yerbas medicinales, como toronjil, romero, menta o manzanilla.

Justamente hoy 21 de marzo inicia el año indígena. Es como si hoy fuese 1 de enero en el calendario gregoriano. Es un día dedicado al agradecimiento. Y, para mí, es también el inicio no solo de un nuevo año, sino de una nueva vida.

Bajo el nogal del olvido (poemario)


Bajo el nogal del olvido

(Lilit atravesando su oscuridad)

Guayaquil, 2011

*Antes de viajar a España, donde inicié un profundo trabajo de introspección que dio paso a mi primera novela, escribí este poemario lleno de dolor y oscuridad. Antes del inicio del amanecer de mi alma, que empezó a finales de 2012, la noche que viví fue muy negra. Soy parte de esta humanidad que transitó conscientemente su duelo, su ruina, su sentimiento de separación.

Ahora, desde el perdón y la consciencia de unidad, abrazo la oscuridad que tuve que transitar y la vuelvo luminiscencia. Ya no hay nada que sanar, ya no hay nada que perdonar.

* Nací el 11 de noviembre. Según el calendario druida o astrología celta, nací bajo el signo del NOGAL. Los celtas cultivaron una cosmovisión muy enraizada con la naturaleza. Es por eso que sus ideas sobre la metafísica y la predestinación se basaron en los árboles. Están bajo la protección del nogal los nacidos del 21 al 30 de abril y del 24 de octubre al 11 de noviembre. Este árbol está relacionado con la profecía. Su virtud es la pasión y sus frutos (nuez) son considerados acreedores de poderes afrodisíacos.

Eros que paraliza los miembros,

esa serpiente que otra vez me intranquiliza…

dulce, amarga e invencible.

Safo

Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido…

Alfonsina Storni

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Jorge Luis Borges

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I

Soy la realidad, la nada que permuta

Escarcha después de un naufragio

Vacíame cuando ya no queden huellas de mi voz

Mantenme consciente cuando me arranques los ojos de piedra

Quiero sentir las lágrimas en el acantilado

Ver que giro como un trompo enloquecido

Rasparme las rodillas y el corazón

Haz que mi sol desaparezca

Y las comadrejas de los silencios me dejen ciega

Pero responde a mi llamado.

(oración para Dios)

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II

Tu extravío empezó el día en que te llevé a ver las gaviotas

fue entonces cuando quisiste volar junto a mí

Escudriñé tu rostro, tu cuerpo, incluso miré debajo de tus párpados

Te mostré cómo debían moverse las alas,

cómo era flotar sobre los torbellinos

Te solté desde lo alto.

Volabas invencible, alrededor del sol refulgente

De pronto, diste un grito de vida que sonó hueco, desolador

y te despeñaste por un abismo sin fondo

Mis ojos te buscaban en el horizonte oscuro

Descendí hasta lo más profundo de tu averno

y estando abajo, muy abajo, te encontré

en la luz negra de la pupila de los vagabundos

Estabas enojado, irascible

resollabas como un lobo herido

como el mar te aventabas sobre los rompeolas

Maldijiste el presagio de las gaviotas

Te volviste contra mí, me llevaste al borde del barranco

Cortaste con tus dedos finos mis manos aladas

las despedazaste sin necesidad de cuchillos

y me lanzaste al vacío.

III

Escuché unas voces sordas en la playa

Pretendía caminar a solas, como si no te buscara

las patas de mi angustia me llevaban directo hacia el arrecife

a tientas, las largas horas de la madrugada me envolvían

como en un frenesí que no sabía comprender

A lo lejos, una pareja reía y tomaba vino

dando grandes alaridos de alegría

Caminé hacia el borde costero creyendo reconocer tu rumor

te vi recostado en las piernas de un fragmento nebuloso de mujer

la besabas en los labios y acariciabas sus largos cabellos

Mis entrañas saltaron de golpe, dieron un grito ahogado

Los cerros de alrededor parecieron cernirse sobre mí

La consciencia de ese encuentro mortuorio me sepultó

llenó mis venas de fiebres y fúnebres cantos

Tu máscara secreta cayó delante de mis ojos

El amanecer aún era lejano.

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IV

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puede ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza,

y me has dejado enjaulada en el espejo

con mis ojos, senos, vísceras, palabras sublimes

sin eco en los cielos del desvarío.

V

Prefiero la paz de los ignorantes al acecho cruel de la certeza

la bala que has disparado ha entrado por la mejilla

y se ha alojado en la sien

la llevo desde el 28 de mayo, el día en que deshabité la duda

en que me volví un negro cuervo que se sienta a esperar

la muerte de alguien para empezar el festín

Mientras tanto, tú duermes plácido

alejado de todas las tempestades que han llenado mi corazón

con olores como de entierro.

VI

No lloro tus naufragios

ni el poco alcance que tienen tus ojos para ver el amor

Lloro tus minucias cotidianas

los egoísmos de la nostalgia,

los recuerdos que perdí la noche de tu mentira

Lloro la zanja en la que he venido a caer, y el arrebato

La sequedad de mi antiguo río, que corría suave

por los vertederos de tus cosas sucias

Lloro los sueños y los campos que ya no serán

Las páginas en blanco, los ventanales cerrados

La mudez, el extravío, tu embriaguez mientras me alejo.

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VII

Estuve sedienta muchas veces junto a tus canales

la poca agua que de ellos sacaba me dejaba los labios partidos

por el azufre y la sal

Gritaba mis deseos en tus oídos que llevaban prisa

de morir

No había respuesta para mis reclamos

Tu carne permanecía inmóvil como letra de obituario

Yo dormía arropada por tus dudas, tus miedos,

mirándote lánguidamente desaparecer al paso del tiempo

como un anciano que teje su mortaja.

VIII

Nadie usa la palabra “olvido” como tú

Eres experto en echar tierra sobre las personas

que dijiste amar un día siniestro

Tan perverso, tan pequeño tu escondrijo

lleno de telarañas y pelambre,

de días tristes y mutilados,

de canciones que evocan una alegría zaina

Hasta este lugar sombrío me has traído

para sepultar mi memoria entre esqueletos incompletos.

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IX

Las aguas han crecido tanto que amenazan con ahogarnos

de sollozo en sollozo, de sombra en sombra

La cal ha sepultado nuestras alegrías

Hemos olvidado lo hermoso del pastizal

Ya no sabemos cómo conducir las bridas del caballo azul

en que nos montamos la tarde del preludio

El lodo llegó para arrasar soles y apetitos

No quiero amamantarte más con mis pechos desabridos

Amor que no me ama

Estamos anegados, la ceniza nos ha enceguecido

Naufragamos en pleno amanecer.

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X

Pensabas que estaba loca

porque probaba el aire con la yema de los dedos

y me deleitaba en oler tu sudor de árbol cansado

Creías que deliraba

porque descansaba bajo tu sombra

Buscaba en tus ojos el deseo constante de poseerme

y en invierno me cobijaba entre tus brazos pequeños

Porque creía en ti,

A pesar de que no eras el emperador de tus cuentos

ni el profeta que dijiste ser

Estaba loca, pero loca de destino.

XI

Será demasiado tarde cuando el Sol nos alumbre

Ya no habrá nada que salvar cuando venga el deshielo.

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XII

Dormí durante seiscientas noches junto a un escorpión

de largas tenazas,

por cabeza tenía una nube de presuntuosas ideas

y por corazón una piedra encadenada al hastío

Sé que en secreto deseaba mi muerte

como desea la muerte de cualquier mujer que intente cubrirlo

de paz, de frutos, de flores y aguaceros

Yo insistí en el verano, en la luz lunar, en el latido

Él nunca creyó que era posible el callejón con salida

Corrió impetuoso detrás de su ruina

Una vez más, se estrelló de bruces contra el cieno.

XIII

Cometí un error al encerrar tu vileza en mi ropero

Al esconder tus anzuelos, ignorar tus gritos de chacal

Te llevaba el desayuno, preparaba el té y la merienda

Te acostumbré a las lentas mañanas, a las horas tranquilas,

a las sábanas limpias, al abrazo, a la delicia

y me olvidé de la negra planta que crecía escondida en tu interior

Una noche se hizo tan grande que tapó el sol con sus ramas podridas

Saliste con estrépito, árbol de sangre

Corriste detrás de una maldad simple, ridícula

La planta devoraba tu piel, devoraba tu rostro

Tú vociferabas como un canalla hambriento

Dejaste tu alma regada por el suelo

se quejó emitiendo roncos quejidos

con sus hermosos ojos abiertos y despiadados.

XIV

En tu pelo nadaban pensamientos como peces

yo los capturaba y los guardaba en un cajón secreto

donde dormían prisioneros madrugadas eternas

La noche en que te convertiste en araña, los liberé

quise que te devolvieran la calma, el sentido

pero eras una paloma enardecida, dos horas negras

Nadie supo nunca cuál era el camino a tu cabeza.

XV

La hora te ha llegado, hombre de murallas

Eres un condenado a ser hoja bajo el nogal del olvido

el gusano en el pico de una enorme ave

Te creías un inmortal diocesillo,

un temporal que arrasa con cuerpos y mentes

Mimabas tu dura apariencia como si fuera a salvarte

de las jaulas que tus propias manos fabricaban

Nada puede redimirte, pequeño mortal encorvado

Has caído en la madreselva de la soledad.

XVI

Nadaste en el líquido amniótico

sin percibir las crueles intenciones que tenía tu madre

Bebiste de su leche sin saber quién era tu enemiga

Naciste en un remolino, una noche de oscura tormenta

iluminado por un candil, vio la luz tu primer grito

Después, las mujeres,

transformadas en múltiples asesinas

te provocaron sueños húmedos

Lamiste los líquidos de las dueñas de tu amargura

Te derramaste en los pechos de tus tiranas

El agua con la que saciaste tu sed

era de aquellas que quisieron tu ruina

Tus piernas tiemblan ahora delante de mi silencio

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XVII

Te penetro en las tardes sordas

Mis cortinas vuelven rojo el aire, sangran

sobre nuestros miembros desperdigados

Muerdo más de cerca tu nombre

Bebo de tus párpados nocturnos, tus pequeñas poluciones

Los remotos pensamientos, el azar

Te diseco y te cuelgo entre mis mudas concavidades

Devoro lo más sucio de tu intimidad

Te camino en los días de muerte

No te salvo

XVIII

Las premoniciones se han apartado de mi mente

No sé cuánto durará esta confusión

Aparezco inconclusa delante de tus estruendos

Sonrío por miedo a morir en un ataque de llanto

Agonizo delante de tus piedras filosofales,

de las poderosas embestidas que le das al mar

Tu leche sigue derramada en mi garganta

Desconozco si el tiempo la hará desaparecer

Eres un animal de patas rotas

El error de un dios en andrajos

Pero aún quiero montarme en tu voz y cabalgarte

como un advenediza de pelo enredado

Saltar dentro de tus instintos para adueñarme

de lo que a nadie muestras: tu alma descosida

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XIX

Atravieso las olas consiente de que el mar

conspira y desea tragarme

Cabalgo libre, fiera, salvaje y eterna

Soy una gaviota de alas largas

Llevo a mis muertos en el lomo

No los invoco

Ya habrá tiempo

Siempre habrá tiempo para el dolor

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XX

Todos los duendes se han ido con sus cantos de selva

Las memorias de otros quedaron sepultadas

En mi cabeza solo hay una estampa de nubes

Me detengo en medio de la ruta para seguir el escalofrío

y tu música negra me atraviesa como una hojilla cortante

Tus colmillos rasgan mis antiguas visiones

Me hacen olvidar los sonidos que amé

Llevo los pies carcomidos

Las manos llagadas por acariciar a tanto falso dios

Te adueñas de mi voluntad y atas mis ojos a tu deseo

Me llevas a la habitación de tu aliento

donde la voz de Morrison dormita.

En tus manos soy una diminuta ración de vida.

XXI

Otra noche, otro día pasó

Volé sobre el mismo templo de carne, y el sigilo

Asistí al ritual de la poderosa hambre

y repetí la sensación de morir y resucitar

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XXII

Pueblas mi consciencia de remotos augurios

que resbalan por mis rodillas

Me sujeto de tus trenzas como a un soplo envenenado

Te mueves a tus anchas en mi interior convulso

Me vuelves una criatura apacible,

una sirva lista para el sacrificio

Sonríes y me atas a tus dientes

preparas tu mejor pócima y la derramas en mi estómago

Me estremeces

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XXIII

Mi places es un útero en el que existes sin prisas

Una multitud de insectos te da la bienvenida

La tierra se abre en dos y se traga, por un momento, toda la maldad

Llevas puesta una canción que moja mi memoria

Como humanos alados flotamos en ríos de saliva azul

Ignoro cuál será la forma en que me darás muerte

XXIV

Te hallé en la puerta de mi risa,

en la casa de mi delirio, en la ventana de mi gemido

Camino sobre las líneas de tus manos

Me pierdo en sus múltiples abismos y me encuentras

Abierta en dos mitades como un pequeño durazno

Tus miedos me han atado al piso

Son irascibles duendes que me sepultan

Lo intento, pero no puedo mirarte a los ojos sin salivar por amor

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XXV

Tu boca se abre y me traga por partes

mi lengua, mis muslos, mi dureza,

mis pezones delirantes, mis montes y concavidades

Los ventrículos izquierdo y derecho

de un corazón que late furioso

como un dios al que le han quitado la fe

XXVI

Una burbuja se eleva tierna y zumbante

hacia un cielo que nunca alcanzará

El dolor flota en la distancia

transforma en pesadilla este sueño circular

Los pasos que caminé, las huellas que estoy por dejar,

el cúmulo de nubes,

la tierra impregnada de tu piel,

la savia que tu perfume exhala

son los demonios que bailan en mi habitación

en círculos perennes que todo lo simulan

y hacen del cielo una pomposa deformidad

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XXVII

Un día me cuelgo de tus pensamientos

y al siguiente desaparezco como una mujer luciérnaga

Parezco esgrimir una oración a la vez que te declaro la guerra

Me esparzo sobre tu frente

Te percibo en el recuerdo de las sábanas,

del balcón, de la cópula y la saliva cortante

Nuestros testigos silentes, los días y las sílabas

se han ido con tu último grito

Mi densa lágrima te acompañará

como un rocío nocturno, lacerante

XVIII

Caminas como un león enjaulado por esta ciudad,

como un feto ahogándose en un frasco de alcohol

Aunque lleves serpientes en las venas, jamás dirás nada

Te ha sido negada la palabra, el flujo de la sangre verdadera

Todo en tu boca es una mentira

La ciudad que te aniquila y te desmenuza

Se parece tanto a ti

A tus cabellos que cuelgan largos como pesadillas

A tu pecho, lleno de vellos y dolorosos agujeros

A tu voz gruesa, a tus desiertos, a tus fantasmas

A tus silencios, a tus eternas ganas de llorar

sueños

XXIX

El raro milagro del deseo aparece sin que lo llames,

te visita y te sumerge en aguas conocidas

en las que nadas sin mí

Unes las huellas que dejé como un rosario profano

Cierras los ojos al mundo y te concentras

en tu aliento encendido

Pasas tus dedos sobre mi universo

y me sometes

como los días a los hombres

como los hombres a los cielos

como los cielos al mar

XXX

Llevas en las muelas el sabor

que te vuelve un hambriento ocelote nostálgico

Tal vez, ya no existo en ninguna de tus dudas

Mujer con vestido blanco

XXXI

Fui una loba sin piel en tus fauces,

mariposa de cuerpo grueso, alas estrechas y vuelo ligero

Ahora soy la de antes del cataclismo

llena de marcas sangrantes en el cuerpo

Soy la que completa el orgasmo con la palabra

que sale de la mina que perforabas con rabia y crueldad

Me fui porque extrañaba ver el mar

XXXII

Sigues rogando, imagino

que los pasos que doy me lleven a tu tabernáculo

que vuelva a cazar nubes delante de tus ojos

que regrese a poblar tus entrañas

Pero me he ido

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XXXIII

Veo en el espejo de tu desnudez mi rostro desfigurado

Me alejo como el aire, y tu voz se hace diminuta

El camino de regreso es imposible

XXXIV

Recuerdo un día en que éramos de sal

y permanecíamos recostados uno al lado del otro

en una mina caliente, alejados de la lluvia

Nada podía desbaratar la cueva de nuestra paz

Los halcones volaban lejos sobre mares desconocidos

Éramos ignorantes de los precipicios

Cantábamos canciones de perros

Imaginamos que el mundo no cambiaría

y que nosotros, en él, jugaríamos sin despertar

debajo de una manta de risas

De pronto, el mundo se hizo enorme, y llovió

dentro de nuestra cueva

El agua colmó nuestra antigua casa

Corrimos intentando buscar un nuevo sentido

En la huida olvidamos la atadura de nuestras almas

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XXXV

En el vacío despierto

con agujas clavadas en las encías

Lo locura impide el descanso

yo tiro y tiro de tu nombre

hasta que aparece dormido sobre mi vientre

Las voces de esas lejanas sensaciones me abrazan

y me consuelan

como en una marea de tiempos y cosas

que no terminan de llorar

XXXVI

Tu piel es oscura como la de un mal agüero

Sé que me vigilas desde el lugar de las arañas, nuestro pasado

el muelle traicionero de tus palabras

No eres más que una polilla

que merodea tu rostro, que es mi profecía

XXXVII

Vivo en un lugar abstracto, donde los unicornios paren realidades

Y los peces viajan en mi humedad violenta,

en mi manía de querer ser única,

incorpórea, irreal, inasible,

dueña de mis propias visiones, y del abismo

Te pueblo, te habito, te domino, aún a lo lejos

como la luna a los ojos de los náufragos

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XXXVIII

Ahora que el mar se ha retirado

He logrado ver mis pies y la tierra que los sostiene

Nunca me había parado en todos mis dedos

ni me había quedado inmóvil sobre mi sombra

ella permanece en tus entrañas

mientras tú corres como un atontado ciervo, buscando

arañando los suelos duros con las patas,

persiguiendo su voz

la única que sabe su nombre

XXXIX

Todos tus segundos se parecen al Sol,

inmutable y aislado, solitario e impávido

La misma cara, olor de cartón, iguales nostalgias

Pasaste todas las edades cercado de lenguas líquidas

que te hacían ver amores, supersticiones, falsos encuentros

Podrías ser el cosmos hecho carne y huesos,

el esqueleto del Universo

pero no eres más que una palabra hueca,

la mudez de los desiertos

Un animal asustado y hendido

en el costado donde un día tuvo puesta el alma

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XL

Veo pasar los mil días de mi vida

Incólume y hecha trizas por un par de ojos vulgares

y extraordinarios

Los ojos de un mago que ha matado la certeza

XLI

Mi voz se estanca en el suelo

como un racimo de uvas putrefactas

estoy fría y vacía,

esperando el calor de otra noche entre pelos fugaces

Sonrío y sobrevuelo tu cabeza

Desnuda soy más que la ficción

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XLII

Adiviné tus intenciones, pero nunca te detuve

quise colisionar contigo en un descampado

Yo soy de marfil, y tú de un leño muy fuerte

Entre el caos y las piedras que me lanzaste

Entre la mentira y la mudez con que te herí

nada quedó, salva hilachas de lo que fuimos

un pedazo de hielo derritiendo a una roca

 

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XLIII

El cansancio se esparce por ósmosis

a lo largo de esta habitación a media luz

Tu enojo es una gota congelada en medio de mis piernas

Siento que la batalla no terminará hasta que uno de los muera

XLIV

Toda la noche pasé en los brazos del extraño

Pero no consigo liberarme de tu aliento

Pregunto dónde estás

Te llamo dos veces, a gritos, en la madrugada

El único que responde es mi gato en la puerta de mis nervios

Te espero acostada sobre una nube de insectos

todos llevan tu nombre tatuado en las patas

XLV

Te gustaba embriagarte, rodear el pozo de la locura

decir cosas sin sentido, espejismos que inventabas

comulgas con los peores malandrines, apestar a escombro

Te gustaba el Cristo de los roedores, el santo de los descosidos

Abrir las piernas de mujeres truhanas

El engaño, la cópula fácil en los baños azulrojizos

Te gustaba mi cabeza contra la almohada

Apuntarme con tu dedo curvo y pisarme con tus patas de alacrán

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XLVI

Iré tras los pasos del caminante

que lleva mi luz atada a sus pies

Rogaré por una insignia, por un sentido

Me arrodillaré

Y él me dirá que me levante, que vuelva a la cama

de donde salí descubierta y vacía

que regrese a mi angustia y mi dolor

Él visitará mi habitación

y coronará de semen mis labios

su barbilla rozará tanto mi pecho

que lo dejará rojo, herido

Yo lloraré en la sombra, en el ángulo de su voz

lo llamaré por las mañanas ¡Elí Elí!

Y él no se volteará

Se irá con sus harapos

a habitar otro cuerpo, a arrancar otros ojos

riendo, siempre riendo

XLVII

Eres un irreconocible cuervo que se estrella contra mi ventana

Haces ecos de pájaro moribundo

La puerta sangra, la ventana suda, pero no abriré

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XLVIII

La muerte es una circunstancia que ocurre al amanecer

cuando nos hayamos deshabitados

Supe que morí hoy dos veces

me mataron y me maté

Él se había llevado mi cuerpo lejos

Lo escondió para que nadie se enterara

de su crimen

Allá, en lo alto de una mentira,

fui a rescatarlo

Estaba frío y amoratado

Había sido envenenado

Lo traje a mi lecho para limpiarlo

Le pedí perdón por haberlo dejado solo,

a la interperie, expuesto a los buitres

muerto, aún se quejaba con un sonido atroz

Lloraba por los ojos, por los oídos, por la piel

No soportaba verlo así tan doliente, tan roto

Por eso, decidí volver a matarlo

Esta vez con mis manos

Le tapé la boca y le quité el aliento

para no volver a escuchar más su llanto

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XLIX

Traes a mi ángel en brazos y lo depositas a mis pies

para que lo contemple desnudo

No puede moverse

El aliento de la angustia le late entre las piernas

Su latido es débil, pero llega allá donde la voz se disipa

Apago la luz y lo escondo entre las cobijas

No quiero una cruz

mi ángel no morirá esta noche

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Amanezco en tu cabeza, en tus agrandadas ojeras

Duermes enredado en una manta tejida por palabras que detestas

apestan a moscas ebrias

Te revuelven las tripas con una cuchara oxidada

La herrumbre está en todas tus cosas

Mi lengua, en la mitad de tu ombligo

No puedes escapar de la ubicuidad del desastre

Y el desastre eres tú

Tú en mi espalda, en los pegajosos estribillos, en el silencio,

en las ventanas, en los cerrojos, en el hedor de tus muertos,

en el whisky, en el abismo lunar del misterio

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28 de mayo de 2011

Los días sombríos se han extendido sobre el mundo

Aún falta más oscuridad

una que jamás nadie ha visto

Una mariposa azul revolotea adolorida

hace un leve ruido de vida

Aparece destruida por fuera, sus alas son como un cataclismo

Ya no creo en los hombres

Todos han fallado

Intento liberarme de la condena que es el azar

hallar la ruta antigua, mas es borroso el horizonte

Me tienta la muerte como a un jinete en la batalla

He nacido mujer

Esta noche soy calamidad y espina.

Le dolemos al viento


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Más que los comienzos, me gustan los finales. Quiero creer que al final ya sabremos todo lo que tenemos que saber y que será posible acariciar la libertad. A la libertad le fascina ser acariciada, lo que no soporta es que la quieran controlar. Lo único que nos garantiza que podamos acariciar la libertad es pasar por la muerte, por el final. Muertes y finales, uno tras otro hasta que se acaben las bolas en el ánfora. Tiemblo ante la certeza de mi último final, o lo que sería mi última muerte. Ya había pasado un tiempo, tal vez unos meses, unos inviernos, en que no sabíamos nada el uno del otro. En que el lenguaje que habíamos construido en el pasado de nuestro pasado no nos alcanzaba para comunicarnos. Apenas balbuceábamos algo sobre qué comer o si iríamos a tal o cual evento. Sentía el cuerpo pesado, quisquilloso, pidiendo amor, y el alma cansada, siempre sedienta, absorbida por el tiempo sin tiempo. No siempre fue así. Recuerdo haber soñado que me hacías repetir muchas veces, como si fuera un mantra, tu nombre. Recuerdo haber dicho entre llantos y jadeos de dolor y placer que eras mi dueño. Esas palabras nos sirvieron para adentrarnos en el miedo, cada vez más profundo. Fuimos tan lejos que un día no nos fue posible recordar el camino de regreso a nuestros propios cuerpos. Nuestros brazos se volvieron mapas sin líneas, nuestras mentes siniestros abismos en los que caíamos cada tarde.

Nos sentimos culpables por las memorias no sanadas del otro. Me mirabas con ojos de niño desolado y lo único que yo lograba decir era “lo siento, perdóname”. Tú decías que no te escuchaba, y tenías razón. Yo solo oía mi propia voz diciéndome: vas a equivocarte. La sensación de hacerte daño me roía, me perseguía la idea de que tus enojos fuesen por mi causa. Aquello que temes termina ocurriendo, es inevitable. Y yo temía lastimarte. Te preguntaba constantemente si estabas molesto por algo. Intentaba hacerte reír, pero tú permanecías infranqueable. Mi sorpresa por tu mal genio era absurda, y me hacía sentir tonta. Nada era suficiente para hacerte sonreír. Tú decías que no estabas enojado, pero yo no te creía y volvía a preguntar. Entonces, tú en serio te enojabas y me mirabas de esa manera, como si tus ojos fuesen dagas de fuego. Cuando te fuiste de viaje a Montevideo, empecé a salir con un músico que me gustaba hacía rato. Quería ver cómo se sentía pasar del gusto virtual al físico, y no fue como lo esperaba. Una aventura que duró menos que tu viaje, pero que me permitió tener el valor de decirte que quería intentar ser feliz con otra persona. O intentar ser feliz, a secas. Cuando regresaste, mi valor había desaparecido. Te recluiste en el cuarto oscuro, entonces empezamos a dejar de hablar. Ya no queríamos saber realmente cómo se sentía el otro, era mejor suponer que preguntar. Suponer no nos dejaba ver y nos ahogaba en la culpa, esa bola de pelos y memorias que no terminamos nunca de tragar. Escribíamos poemas, novelas, crónicas, historias sobre lo mal que nos sentíamos con esa bola de pelos por dentro. Experimentábamos el dolor del desencuentro, de estar con alguien que no sabe quién es, y mucho menos sabe quién eres ni para qué has venido.

No lográbamos vernos; y, con terror, nos dábamos cuenta de que antes tampoco lo habíamos hecho. El espejo siempre estuvo roto. Las raíces de lo impensable eran ataduras que se nos enredaban en las piernas como plantas trepadoras. Poco a poco, fui descubriendo dónde estaba el hilo que nos ató. Fui deshaciendo la trenza lentamente, por las noches, sin que tú te dieras cuenta. Me fui yendo de a poco, como hacen quienes saben que si dan un paso en falso pueden quedar atrapados para siempre. A veces, me sentía un rehén con síndrome de Estocolmo. Quería tanto a mi carcelero que le servía sopas y le daba besos no correspondidos.

Es tan mágico cuando un hombre te corresponde el amor, y es tan desolador cuando no lo hace.

A veces, me doy cuenta de que quedan restos, cenizas que intentan, en medio del pastizal, encenderse. No tienen fuerza, pero lo intentarán hasta que sean dispersadas por el viento. El viento ha empezado a hacerse sentir en este lado de la casa. El clima cambió, me parece que fue hace dos semanas, a mediados de junio, el mes de tu cumpleaños. El viento me desvela y me trae palabras que me erizan la piel, tus palabras. El viento es tan sensual, tan armonioso, sus ruidos son los de un quejido de amor. Es mentira que me gusten los finales, y también es mentira que sepamos algo al final. Nada supimos nunca y nada sabremos. Lo único que sé esta noche es que le dolemos al viento.

Taller de Escritura Introspectiva


 

Tus visiones se aclararán sólo cuando puedas ver en tu propio corazón. Quien ve hacia afuera, sueña; quien ve hacia adentro, despierta”.
Carl Jung

El Taller de Escritura Introspectiva es una experiencia literaria no convencional. Es un Taller de auto-descubrimiento en el que se muestra a los participantes cómo utilizar la escritura y los ejercicios de introspección para ganar perspectiva, observarse desde distintos ángulos y reconocerse en los otros y sus historias.

Para hacer el Taller no es necesario tener experiencia con la escritura. Personas que nunca antes habían escrito un cuento o un poema han tomado el Taller y han descubierto el potencial creativo que guardaban. Sin embargo, a los escritores les puede servir para aprender a construir personajes desde el ser interior, y no solo desde el intelecto.

Este Taller está dirigido a cualquier persona que busque experimentar un viaje hacia sus memorias, su inconsciente, sus deseos y sueños. Los talleristas escriben durante ese viaje, de principio a fin. Y hay quienes han descubierto que la escritura es una aliada perfecta para continuar el viaje, después del Taller.

LA POSTURA DEL OBSERVADOR, LA CLAVE DEL TALLER


No es posible que pretendamos ver el cuadro completo de lo que somos sin que nos paremos a observarnos. Es el observador quien construye la realidad desde su particular punto de vista. Tal vez, no hemos estado viendo todo lo que podríamos ver sobre nosotros mismos. No hemos estado observándonos lo suficiente. Observar una casa desde dentro es imposible. Por eso yo propongo que nos observemos desde fuera. Que nos disociemos de nosotros mismos, y para hacer esto la escritura es una herramienta fantástica.

La escritura nos permite construir un personaje más lúcido, más fuerte, más conciente, de nosotros mismos. Es así de sencillo. Si tomamos la distancia correcta y nos observamos con la compasión necesaria, lograremos perdonarnos y perdonar. Lograremos dejar de ser víctimas o personajes secundarios y nos volveremos protagonistas de la historia de nuestra vida. Tomaremos las riendas, asumiremos el control.

Todos llevamos cargas, cosas que nos pesan en las espaldas y en el alma. Charlas pendientes con personas queridas, alguien a quien no hemos podido perdonar del todo, alguien con quien no hemos sido del todo justos, alguien a quien hemos hecho daño deliberadamente, culpas, miedos, sensaciones terribles. Lo que les propongo es que tomemos conciencia de la carga que llevamos, nos relajemos y la dejemos caer.

Les propongo acallar la mente y poner en palabras lo que el corazón tiene que decir. Eso se llama tomar conciencia. ¿Cómo hacemos eso sin sufrir?

Observándonos
Disociándonos

Sólo desde fuera de nosotros vamos a poder ver el cuadro completo. Tal vez nos falta recordar lo decididos que hemos sido en algún momento anterior. Tal vez, necesitamos recordar lo que nos están diciendo nuestros sueños.

Vamos a recordar para sanar, no para sufrir. Además, no estaremos solos. El Taller no lo hago yo, el Taller lo hace cada persona que decide abrir su corazón delante de los demás y contar su historia. La energía del grupo nos sostiene a cada uno. No deben tener ningún temor.

Ninguna memoria nos dañará como antes. Y esto es así, porque el conocimiento es lo que hace la diferencia. El darte cuenta es lo que obra el milagro. Sólo tienes que recordarte a ti mismo quién eres y qué te hace feliz.

Mi intención es que salgan del Taller más livianos, con menos carga emocional, y con muchas ideas en la cabeza, ideas creativas, soluciones para problemas que antes tal vez no veían.

Sean todos bienvenidos.

Marcela Noriega

Opiniones de Talleristas

Al inicio del taller me encontraba totalmente bloqueado, no había escrito ni leído prácticamente nada en meses. No sé si podría decir en qué momento, durante esos tres días de compartir con Marcela y mis compañeros, los ejercicios resultaron en una suerte de catarsis creativa. De repente no sólo recuperé las ganas sino también el impulso de escribir, de escribir sin detenerme y desde otros ángulos que no se me habían ocurrido antes.

Recomiendo la experiencia del taller no sólo a escritores sino a todos aquellos en busca de una experiencia nueva de creación, de introspección y de autoconocimiento. La riqueza del trabajo de Marcela no sólo se limita al decirte si estamos o no escribiendo bien, sino de mostrarnos una nueva perspectiva de nosotros mismos”.

Alfredo Mora Manzano
Cineasta

“El taller de escritura introspectiva es una experiencia que yo repetiría mil veces. Los ejercicios están tan bien planteados que se vuelve fácil tomar distancia de uno mismo y ganar perspectiva sobre la realidad individual. Yo personalmente, me pude ver mejor, me reí de mis taras, entendí mejor mi música y mis procesos creativos, reaprendí cosas simples, reaprendí sobre el silencio, aprendí nuevas formas de darle una dirección al caos.”
Toño Cepeda, músico

“Solía creer que estaba bien mostrar muchas máscaras en mi vida. Una para el trabajo, otra para mis amigos, otra cuando estaba sola, porque incluso cuando estaba sola me colocaba una. El taller me ayudó y me ayuda a despojarme de mis mentiras y mis miedos; en la búsqueda de quién soy. A conocerme y disfrutar el proceso, escribiendo, pensando y compartiendo con otros que como yo, se encuentran en un camino cercano al mío.”
Diana González, diseñadora y periodista

“Para mí, que me declaro amante del mar, fue como sentir los pies jugando en la arena, el rostro acariciado por un viento delicioso y apenas salpicadito de sal. Fue como un chapuzón fresco y liberador. Marcela sabe cómo tocarte el alma con sus palabras, con sus reflexiones y su sabiduría; con esa risa estruendosa y franca que, confieso, se parece tanto a la mía. Ella es un mar azul, rojizo, verde, de todos los colores, que va salpicando destellos de alegría y de bondad. Siempre creí en ella. Sé que también creyó en mí y por eso me invitó a ser parte de esta experiencia que ella llama Taller. Yo digo que es una valiosa oportunidad para construir, para aprender, para crecer y es, además, su forma de dar las gracias a este mundo que le ha ofrecido tanto. Compartí el taller con Andrea, otra alma de aquellas que tienen tanto que dar. Andrea es la certeza de que es posible seguir caminando, riendo, jugando y amando, pese a todo el dolor. Es una de las mujeres más hermosas que he conocido y sin el taller, tal vez, no habría sabido de ella.

Tres mujeres construyendo, rearmando, reencontrándose, compartiendo sus emociones y vivencias; liberándose de cargas y mirándose una a la otra con honestidad. Cero egoísmo, cero vanidad, cero vergüenza. Sí generosidad, paz, éxtasis y luz. Vivir el taller me permitió constatar que he crecido como ser humano, que he arrojado cadenas y que estoy lista para seguir aprendiendo, para no limitarme jamás. No quiero pensar que será mi única experiencia. Mi deseo por continuar en los talleres de la Marce se parecen mucho a un grupo de niños que anhelan los besos y mimos de mamá y papá. Eso quiero yo. Ser como una hija que se nutre del amor y las lecciones que Marcela está dispuesta a dar”…

Matita Granda Kuffó, comunicadora

“No sabía cuánto extrañaba mi río y mi tierra hasta que hice el taller introspectivo. Sirve lo de uno para construir lo de uno”.
Erika Espín, comunicadora

“El Taller de Escritura Introspectiva, para mí, va más allá de las cuatro sesiones con la Marce. En un inicio es aterrador: te enfrentas a tus miedos, a tus inseguridades, pero después entiendes que la escritura también puede ser sanadora, un canal para reencontrarte con tu luz, para aceptar tu lado oscuro y liberarte del temor y de la culpa. Una vez que empezaste ya no puedes parar. Yo no he dejado de escribir desde que hice el taller. Fue algo muy lindo porque compartes con gente desconocida rasgos tan íntimos y que te asustan un montón y entre todos nos damos una mano. Cuando finalicé el taller sentía que aún tenía mucho más que escribir, fue un desahogo constante de semanas y meses. Luego llegué a un punto en el que superé todo lo que me había estado molestando y mis cuentos cambiaron de tiempo, de intención, de sentimientos, de colores, de ambientes. La escritura es un camino lindísimo de autoconocimiento, no existe tal cosa como un mal texto. La escritura introspectiva es una suerte de espejo en el que podemos reflejar la belleza (oculta o no tan oculta) de nuestras almas. El taller me ayudó a canalizar mis energías mediante la escritura y eso, a su vez, me ayudó a utilizar mis sentimientos como combustible para alcanzar cosas mejores.”
Carla Vera, periodista

Si quieres tomar el Taller o quieres llevarlo a tu comunidad, escríbeme a marcenoriega@gmail.com

Un abrazo,

 

La caja de las memorias


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No hay nada que salvar. El fuego estival lo ha consumido todo, incluso consumió nuestras lenguas. Nos quedamos sin nada que decirnos. Para qué sirve el músculo si no hay intención de buscarnos con las palabras. Decidí que sin lengua tampoco había razón para conservar las memorias. Por eso salí a venderlas. El sábado fui al mercadillo para vender todos los recuerdos que nos ligaban. Los guardé, envolviéndolos en telas limpias, dentro de una caja de madera. Se quedaron quietos, indefensos como muertos, cuando cerré la caja. Le puse un diminuto candado por fuera. La gente se acercó a ver qué guardaba con tanto celo. Abrí la caja y, en silencio, lo expuse todo sobre la tierra. Mi pasado desperdigado ante ojos incrédulos que se preguntaban cómo era posible que yo quisiera desprenderme de tantas memorias. Me pesan, quise contestarles. Necesito soltarlas. Si no quieren comprarlas, se las regalo. Pero no volveré con ellas a la casa. Ya no cabían dentro de mí, tampoco cabían en el closet ni en los estantes. Hice un enorme esfuerzo para concentrar todas estas memorias que ahora ven en esta pequeña caja. Tuve que viajar hacia cada una, traerlas al presente, con algunas tuve largos inconvenientes. Sé que un tiempo permaneceré cerca de muchas, y me sujetaré de ellas cuando sea necesario. Estas memorias suelen llevar largas trenzas. Pero en la caja encontrarán todo tipo de memorias. Quería decirles todas estas cosas a las personas que se acercaban, pero no tenía lengua, así que solo miraba las memorias a mis pies, en la caja. Empecé a llorar. Largas lágrimas mojaban las memorias y éstas, con el contacto de mi líquido transparente, volvían a nacer. Sabía que era la última vez que las contemplaba de esta manera. De pronto, una señora de unos setenta años se acercó y me dio un pañuelo. Yo me sequé las lágrimas muy despacio, cerrando los ojos y tapando mi cara con el pañuelo, agradeciendo por poder llorar. Cuando abrí los ojos, no estaba la señora ni las memorias. Sentí un alivio infinito. Adiós, pude finalmente decir. Mi lengua empezó a recobrar la vitalidad de los viejos tiempos, y apareció dentro de mi corazón el antiguo caballo que corre por los campos.

La escapada


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Los movimientos de un pájaro que vuela son armónicos, lúcidos, ligeros, pero cuando es atrapado y encerrado se vuelven rabiosos, coléricos, desmedidos. Los movimientos de Piedad fuera de la jaula apelan al descontrol. Estancado el dolor, como si nunca siquiera hubiese existido, Piedad empieza a vivir cara al sol; briosa y fulgente, desciende sin miedo por un loco tobogán. Tal como quería Pedro Máximo, acaba la carrera y se gradúa de periodista. ¿Y ahora qué?, se pregunta mirando el título, que acaba por enrollar y guardar en un tubo de cartón. No por ello se siente mejor o distinta, por lo que, a pesar de que no ama a Rafael, lo sigue a Chile. Es una buena oportunidad de salir del agobiante puerto que la parió. A Piedad le gusta sentir el bramido de sus tripas, las sensaciones nuevas la enloquecen.

Se siente una gacela saludable, quiere dar un salto largo, libre y magnífico, que la lleve directamente al delirio, a la felicidad que se esconde detrás el exceso, que asoma acaso un ojo. Desde la ventanilla del avión ve cómo se aleja de Guayaquil, y por primera vez ve la ciudad con su apariencia de culebra atravesada por lenguas de agua. Guayaquil es un reptil, mitad serpiente, mitad cocodrilo, que, como el dios Cronos, devora a sus hijos. La contempla entre nubes y piensa en su forma femenina: la ciudad zigzaguea, se ondula, se sabe dónde empieza, pero no dónde acaba. Sus cabezas crecen desordenadas y, como las de Medusa, son repelentes, húmedas, grises. A veces, cola y cabeza son una misma cosa, tal son las mujeres. De ella, Piedad escapa, vuela como un pájaro brujo o un murciélago de alas oscuras que ha decidido irse lejos huyendo o persiguiendo la sombra de un hombre. Aún tiene retenida la imagen de su ciudad cuando aterriza en Santiago de Chile. Rafael la recibe en el aeropuerto, la instala en su casa, que queda en una comuna alejada del radio urbano. Disfrutan, salen, hacen el amor de esa forma suave y silenciosa que él le enseñó y ella agradece. La penetra sin apuro, juega eternamente con su pelo, la acaricia tardes enteras: tardes enteras en las ramas, como el libro que hace poco leyó. Ella le corresponde simulando, lo mejor que puede, el amor. En un jeep rojo, potente y saltarín, recorren largos caminos de playas y montañas. Chile le parece un país enigmático de gente triste y dócil.

Un día él la lleva a Punta de Tralca, palabra indígena que significa trueno, le dice, una playa con mucho roquerío. Van en el jeep hasta una planicie, bajan, se sientan y mientras fuman, contemplan los rugientes acantilados. Sopla un viento helado. Las olas que, llenas de energía y furia, se estrellan bajo sus pies, los rocían de espuma salada que a Piedad le gusta lamer, hay sexo en eso. Él, tiritando, entra al coche y, en él, se abriga con el poncho largo que ella le trajo de Ecuador. Piedad se niega a entrar, se saca la ropa y empieza a correr desnuda dejando que el viento golpee su cuerpo. Abre los brazos, aletea fuertemente en arcos grandes y planea en círculos, como un aguilucho que está aprendiendo a volar. Él le pide que deje de hacer tonterías y suba al carro, pero ella, por primera vez, se sabe libre y no se detendrá. Corre contra el viento, cerca de los riscos, gozando del peligro que supone. Él se preocupa, se baja del jeep y la alcanza, le pone una manta y la obliga a entrar. La semana siguiente la pasará en cama, con bronquitis, cabreada por lo que se pierde pero sintiéndose Eva y al tiempo Lilith. Aún no se ha recobrado cuando él ya está haciéndole el amor. Vivirá unos meses cálidos entre sus brazos.

 Capítulo 22 de la novela Pedro Máximo y el círculo de tiza (fragmento).

Poemas de amor


SUS MANOS aladas caminan sobre mi carne
Son infinitas piedras que me sepultan
y siembran en mi estómago
hechizos de mundos lejanos
Él es la mente de un dios insatisfecho
La nuez en la boca de un sueño
Lo incierto de una húmeda utopía
Salto dentro de su voz como en un mar inflamado.
No hay paredes ni sentencias,
todo es amplio y volátil
Como los despojos de las alucinaciones
Me atraviesan sus mil lenguas
y la rigidez de su aliento invade
mis arterias sin contemplación.
Me rindo ante su mortalidad.

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EXPLORO lo que los dioses llevan bajo sus
faldas
Huelo sus íntimos matorrales
y mordisqueo sus antojos
para entender mis propias miserias
Él es humano como la muerte,
inacabado como la verdad.
Derramaré todos mis gritos en su espalda
Esconderé los últimos vestigios de mi piel
bajo su prepucio
y guardaré en mi agujero salado su miedo.

BESO todo en él,
hasta los delirios más oscuros.
Y robo, de repente, las cuencas de sus ojos
Junto en una sola noche mil años de desvarío
Y devoro como una loca el sosiego.

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ES UN PÁJARO de fuego
que me arde entre las piernas
Soy una cierva de sacrificio embestida,
coronada de semen.
Sus artilugios hicieron que mi cuello
cayera ensangrentado a sus pies.
Está hecho, pero no existe
Se parece a los reyes de mis profecías
Profanos, fornicadores
Ególatras adorados por mis manos inalcanzables
como el cielo azul de la Arcadia

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MEMORIAS de amores a gatas
Danzas de los encandilados
Somos la mar de pulpos ansiosos
Frutos del mismo árbol envejecido y austero
¿Por qué preguntas por las huellas en mi espalda?
Son sacudidas acuosas,
eternos movimientos y derrames
Leche de dioses enjaulados.

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CABALGAS en mí y yo en la luna
Descamisado y sabio como el sol,
violento y amordazado.
Con los miedos puestos y los misterios al viento,
Con los nervios deshechos, remeces mi tierra
Los dientes afilados, la barba ensortijada,
flotas en mis silos líquidos y dulces
Como el tiempo en las eras de la sal

(Más poesía erótica en el libro Paredes de mi cuerpo).