Arawa o el arte del intento


Han llevado sus obras a México, Cuba, Argentina y Chile. Organizan dos importantes encuentros anuales: el de Teatro Universitario y Politécnico, y el de Teatro Popular Latinoamericano versión Ecuador. Todo empezó  hace treinta años con Juan Coba.

Introducción al caos

A la historia colectiva de Arawa, el grupo de teatro de la Universidad de Guayaquil, la atraviesa la historia íntima de Juan Coba Caiza (Guayaquil, 1951), su fundador, el hombre que de la nada y con todo en contra hace un teatro contestatario, enfocado en lo social, desde hace más de treinta años.

Juan es un artista de lo popular. Un hombre que se ha metido en cien batallas y ha perdido seguramente más de la mitad. Cosecha derrotas, pero insiste en volver a sembrar sueños. No le gusta dar entrevistas ni hablar de él mismo. Le cuesta mirarse en el espejo, tiene miedo de que el pasado lo muerda. Pero se arriesga.

Su historia empieza en Santa Elena y Piedrahíta, a una cuadra del cementerio. Ahí nace, en su casa y con partera. El olor delcloretol con el que su madre limpió el piso antes de echarse para parirlo, es su primer recuerdo. Siempre fue rebelde. Deja elcolegio del Hermano Miguel apenas termina el primer año, porque “ahí en nombre de Dios nos flagelaban”. Confiesa que tiene una “vaina tremenda” con la religión y que odia, por encima de todo, ser reprimido.

Pero su padre –un comerciante de telas, de esos a los que antes se llamaba “sencilleros”- no iba a aceptar vagos en casa. Le dice: “si no vas a estudiar, ándate a trabajar”. Juan empieza de tapicero antes de que le salgan pelos en la cara. El oficio le da “mucho dinero” y le permite conocer a la amante de todos los artistas: la bohemia –así le decían antes a “la chupa”-. Por esa época, canta boleros y pasillos en el canal 4, en un programa que se llamaba Puerta a la Fama, aunque esa puerta jamás se le abrió.

Uno día cualquiera pasa por la Casa de la Cultura y ve un cartel que dice: ¿quieres ser actor? ¡inscríbete! Sube, le hacen una prueba, y lo aceptan en lo que luego se convertiría en la única escuela de teatro de la ciudad de ese entonces. Pero le exigen ser, al menos, bachiller. “Yo dije ¡chuta!, así que volví a estudiar”. Juan pasa por el Cinco de Junio, el Trece de abril y termina enel Martínez Mera, nocturno.

Tiene metida la idea de hacer teatro entre las cejas. La escuela de la Casa de la Cultura dura apenas tres años, del 69 al 71. Al principio la dirige Marco Muñoz (+). Montan obras como La sangre, las venas y el asfalto, que es un poema trágico de Enrique Gil Gilbert; también Historias para ser contadas, de Oswaldo Dragún, y Responso para un tornillo, del cineasta Jorge Vivanco.

Tienen buenos maestros: Marco Muñoz, Beatriz Parra, Dora Durango, Jorge Vivanco, Carlos Rojas, Hugo Salazar (+), Ana Miranda, pero no hay suficiente apoyo, y cierran.

Juan es un crío todavía. Muñoz lo toma de asistente y, cuando se acaba la escuela, juntos intentan formar un grupo de teatro con la gente que queda. “Marco decía que yo era el único que iba a seguir en esto, que tenía la mística. Yo quería despojarme de todo y dedicarme al teatro”.

Pero tiene que comer y sigue trabajando de tapicero. Luego, comienza a formar grupos de teatro en los colegios. Pero no le va muy bien. Un día un rector le dice: yo quiero que me hagas un grupo de teatro, pero para que se presenten el día de mi santo enel patio de mi casa.

Primer movimiento

Es 1975. Está en el poder el gobierno “revolucionario y nacionalista” de Guillermo Rodríguez Lara, quien en 1972, luego de derrocar a Velasco Ibarra, se había autoproclamado jefe supremo de la República. Juan hace contacto con gente de Mapasingue. Se empieza a meter en problemas.

Lo llaman para que les dé  clases (gratuitas) de teatro a los pobladores. Pero pronto se da cuenta de que ahí pasa algo más serio: la gente ha decidido organizarse y tomarse esas tierras, que eran de propiedad de Cecilia Gómez Iturralde, y que iban desde el kilómetro 4 y medio vía a Daule hasta donde la vista llegara.

La zona es conflictiva y está  liderada por un grupo de comunistas. Son unas dos mil familias las que viven ahí. “A veces yo estaba dando mis clases y sonaba una campana. Esa era la señal de que había desalojo, entonces se acababa el teatro y la gente dejaba botado todo y se iba a pelear, a defender las tierras, a luchar contra la policía”.

Al principio, Juan solo mira. Pero luego piensa que si va a permanecer en ese lugar debe tomar una actitud. Y decide que la próxima vez que suene la campana él también se meterá en el relajo. “Aguanté los primeros gases lacrimógenos, la tensión de estar frente a una pelea, el temor de ser tomado preso. Pero la gente no tenía miedo. Se habían hecho resistentes. Comencé a entrar en el juego. Empecé a tener fe en que esa lucha organizada conseguiría que nos dejaran permanecer ahí”.

En esa época, estudia Economía en la Universidad de Guayaquil y trabaja en la Empresa Eléctrica. Que trabaja es un decir, porque se escapa siempre. “En las mañanas les decía a los compañeros: si preguntan por mí, digan que estoy en el baño. Y me iba a Mapasingue. Regresaba a las 4 y media para marcar tarjeta”. Hasta que un día no regresó más.

Era septiembre de 1977, estaba en el poder el triunvirato militar que adoptó el nombre de Consejo Supremo de Gobierno y duró hasta 1979. La esposa de Juan está embarazada. Él cree que si pelea junto a los demás le darán también una casa en la cooperativa, que se llama El Cerro. Quiere darle un hogar a su hijo, pero todo acaba mal.

Juan se hace dirigente de un barrio, y lo busca la Policía. El día en que lo agarran él lleva un libro de Lenin –texto básico de la Facultad de Economía- y otro del dramaturgo brasilero Augusto Boal sobre ejercicios de teatro.

Lo encuentran en una de las casas y le hacen una “calle de honor” hasta el patrullero. Fueron varias cuadras. Dice que los policías se pusieron de lado y lado, y a él y a otro compañero los hacían caer y levantar a punta de patadas. Todos se reían.

“Luego un tipo grande, que se tapaba el rostro con un casco, nos puso de espaldas y nos dio con un tolete inmenso en la cabeza. Yo no reaccioné, y de nuevo me golpeó. Me hizo una herida grande, acá tengo una cicatriz de 17 puntos. Ensuciamos de sangreel patrullero y nos quisieron humillar haciéndonos limpiar con la lengua la sangre”.

En su relato, lo llevan a los calabozos del cuartel modelo, bajo el cargo de “invasor”. Pero, poco tiempo después, lo trasladan al centro de investigación, bajo el cargo de “terrorista”. “Las torturas eran permanentes durante los primeros días, y estuve incomunicado”.

Quieren los nombres de los líderes del “grupo terrorista”. Era como en las películas. Juan les dice que él conoce poco de la organización, que se dedica más al teatro y a hacer dirigencia en el barrio donde –le habían prometido- iba a vivir.

Pero los “investigadores” lo acusan de hacer entrenamiento guerrillero con el libro de Boal y de adoctrinar el comunismo con eltexto de Lenin.

Cuatro meses permanece preso. Su hija, María, nace. La quieren llevar a la cárcel para que la conozca, pero él no permite que ella vaya a ese “sitio infectado”. Al fin, le dan una amnistía –producto del escándalo de la famosa masacre de Aztra, que repercute a nivel internacional y le obliga al gobierno a bajar un poco la guardia-.

Juan no la baja. Al contrario. Deja a su familia, su trabajo, los estudios de Economía, se esconde un tiempo en casa de un pariente y vuelve al lugar de los hechos, Mapasingue. Usa otro nombre. Ahora se llamaba Cueva.

Empieza a llevar grupos de teatro a la cooperativa, forma grupos de niños, participa en mingas y en asambleas. Su interés es organizar políticamente a la gente, usando el teatro. Pero siempre tiene miedo de volver a caer. “Yo ya no era inocente, ya era consciente de lo que hacía”. Poco después, los propios dirigentes de la zona –matones con machetes que le sacan el dinero a la gente y cuentan con el apoyo de Jaime Toral- lo buscan para matarlo. No quieren a Cueva ahí.

En el 82 se va a la Península de Santa Elena. Allá forma el grupo de teatro de dos colegios. Monta Los unos versus los otros, de Martínez Queirolo y Las historias para ser contadas, de Dragún. Un día le llega un telegrama. Juan: necesitan en la universidad de Guayaquil un coordinador cultural y político. “¡Chévere!”

Segundo movimiento

Un día Juan lee una nota en el periódico sobre un grupo de teatro boliviano que se llama Arawa. La nota dice que este vocablo quichua significa “teatro”. Entonces ve el nombre perfecto para su grupo. Lo que no sabe es que el diario se equivocó, y quearawa significa horca (esa que usan los verdugos). Teatro es aranwa. De eso recién se entera el año pasado, pero el nombre ya quedó.

La primera obra que montan se llama La apuesta de don Pedro y la hizo con estudiantes de Psicología. Lleva ese trabajo a zonas rurales y populares. Empiezan los ochenta.

Juan se gradúa de sociólogo, y comienza a trabajar con Arawa en Mapasingue, el bendito lugar del que antes huyó. El grupo era una mezcla de estudiantes y pobladores. Presentan obras, llevan grupos, hacen música folclórica y sobre todo montajes ligados a la coyuntura política. “Pero no había rigor, era un teatro urgente”.

Juan crea el área de arte escénica de la Universidad de Guayaquil. En medio de esto, se le ocurre llevar el teatro a la penitenciaría. Va y en la cárcel arma dos grupos: uno de varones y otro de mujeres, todas mulas de la droga.

Ya en los noventa, Arawa integra a alumnos de toda la universidad. Se suma gente de Derecho, Medicina, de las facultades técnicas, y para fortalecer el proyecto, Juan comienza a convocar a otras universidades. De ahí nace el Encuentro de Teatro Universitario y Politécnico del Ecuador (Entupe), que va por la versión número trece.

Más tarde, siempre interesados en ver maneras de llevar el teatro a la comunidad, Arawa viaja a Chile para participar en elEncuentro de Teatro Popular Latinoamericano (Entepola), un proyecto que nace en ese país durante la dictadura. Los chilenos invitan al grupo a replicar este evento en nuestro país. Aceptan y hacen el primer Entepola en 2003, en la Martha de Roldós.

Desde 2004 cambian el lugar, gracias a la ayuda del movimiento Mi Cometa. Se trasladan al colegio Estela Maris, en el Guasmo Sur. Ese año acuden veinte grupos a la convocatoria y asisten entre 500 y 600 personas por día a las funciones, que siempre son gratuitas. “Fue una locura”, recuerda Aníbal Paéz, integrante de Arawa.

El encuentro –que va por la sexta edición- dura diez días y, además, de darles la oportunidad de ver buen teatro a personas que, a veces, no tienen dinero ni para el bus, les brinda la posibilidad de compartir –desde un vaso de agua, hasta su cama- con los actores y directores de los países visitantes.

Tercer movimiento

En 2004, Arawa da un giro. Montan la obra Camas Calientes, en Cuba, y el trabajo colectivo se empieza a ver dentro de la universidad. Después de diez años de deambular de facultad en facultad, les dan un espacio físico, aledaño a la vieja casona, pero Juan logra algo más: un elenco estable para garantizar la calidad y un presupuesto anual que les permita viajar y seguirse formando. Ya ha ido a Cuba, México, Argentina, Chile y Colombia.

En 2005 hacen la obra Sancho Panza, que nace de un taller en Humahuaca, Argentina, y surge como una alternativa al mal llamado teatro de la calle que se hace en Guayaquil.

Desde enero de 2006 permanecen estables en el elenco: Juan Antonio Coba (1979, hijo de Juan), Aníbal Páez (1982), Marcelo Leyton (1971) y Lalo Santi (1978), todos con estudios y experiencia previa en el teatro.

Desde que Juan Antonio entra al grupo, en 1996, fue el hombre del montaje técnico. Cualquier cosa es ¡Juan Antonio, la luz!, aunque también actúa. Marcelo es profesor de teatro, actor y, si es necesario, director. Lalo, quien conoce a Aníbal en Arteamérica, actúa y tiene experiencia en clowns.

Aníbal se incorpora en 2003, y apenas llega le proponen reemplazar a un actor en la obra La apuesta de don Tuto, y viaja con elgrupo a México para presentarla. Pero desde el entonces, el fantasma del fracaso parecía rondar las cuatro paredes de la sala de ensayos. Casi ninguna obra llegaba a ser montada, y abortaron varios proyectos. Además, María –la hija de Juan- dejó elgrupo.

Cuando en enero de 2009, Marcelo propone montar Función Para Butacas, de Sergio Román Armendáriz –un poeta y dramaturgo nacido en Riobamba, pero que vive hace 50 años en Costa Rica-, Arawa atraviesa por una de las peores sensaciones: el desaliento. Pero los textos de Román logran encenderles una luz.

Luego de meses de discusión y de que Aníbal reescribiera la obra, nació Soliloquio Épico Coral, que fue exhibida en Quito y Guayaquil durante marzo, y volverá a ser presentada en julio.

Es como un monólogo con voz en off en el que el grupo se habla a sí mismo. Buscan una teatralidad propia. Sin miedos se miran a un espejo con dientes y descubren que son cinco antihéroes, cinco accidentados, cinco rotos y vueltos a pegar, cinco expertos en la caída, cinco idealistas dispuestos a nombrar lo que todos alguna vez sentimos: el terror al fracaso.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2010)

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La hora más triste de Sarao


Tras veinte años de trabajo, con el elenco dividido y una deuda –para él- enorme, Lucho Mueckay, fundador del grupo artístico, cierra lacasa que es un referente del teatro y la danza contemporánea en Guayaquil

Primer acto. Una sala de teatro vacía. Lucho Mueckay (Guayaquil, 1957) se sienta en un banquillo. Posa para la foto. Está casi a oscuras, quizá porque el técnico de la luz no ha venido. No tiene para qué venir. Y el actor y dramaturgo solo ha logrado encender un foco cenital que alumbra su rostro. Toma el paraguas, tapizado de páginas de periódicos, ese que tantas veces usó en Diario de un loco. Lo pone sobre su cabeza y empieza a improvisar un monólogo, actúa para la cámara. Se transforma en el asistente número tres del Ministerio de Anexos y Varios. En sus ojos hay una certeza: este es el fin de una época. Cierra Sarao, su teatro. Y él intenta sonreír. Seguir actuando.

Hay un complot para acabar con la luna, replica esa suerte de demente metafísico que Mueckay interpreta en Diario de un loco, adaptación de laobra de Nikolai Gogol. Y mientras ese loco, que se llama Ausencio González, sueña con escaparse del manicomio y proteger a la luna, su intérprete sueña desde hace varios meses con que su obra –esa que empezó hace 21 años- no termine.

Pero es difícil soñar cuando hay deudas y problemas en el camino. Lucho despierta, y la realidad cae pesada como el cemento. Sarao afronta su peor crisis. Todos se han ido, y él ha conformado un pequeño equipo, al que llama “el comité de cierre”. Ahí están su hermana Pilar; Jenny Herrera, administradora; Gabriel Quimís, jefe técnico del teatro; Daniel Ortega y Camila Moncada, dos de los estudiantes de danza y teatro. Laconsigna: reunir los 20 mil dólares que deben –el mayor rubro es de la renta que no han pagado desde el año pasado-, y cerrar con dignidad.

Cuando, en 1994, Sarao alquila el local en la vieja Kennedy, esto era solo un galpón abandonado. Había sido una fábrica de comida para aviones. Ellos construyeron el teatro, pero “de aquí no me pertenece nada. Ni un solo tacho de luz, ni una sola tabla del escenario porque esta es una organización sin fines de lucro cuyos estatutos prohíben vender, solo podemos donar en caso de cierre”, dice el actor, iniciador de la danza contemporánea en el puerto. La casa es de propiedad del médico Luis Carrión. Para Mueckay, un mecenas del medioevo reencarnado que admira a los artistas y los ayuda.

Primer flash backEsta historia empieza en 1988, en Costa Rica, cuando Ileana Álvarez y Lucho Mueckay se conocen. Ella es costarricense y trabajan como bailarines en la compañía de Danza UNA (Universidad Nacional de Heredia de Costa Rica). Él había terminado sus estudios en México, y fue contratado por UNA como coreógrafo, co-director y maestro. Se hicieron amigos, confidentes, pareja, y un día se dijeron: no nos gusta más lo que se hace en esta compañía, hagamos algo propio. Así surgió Sarao –una palabra latina que quiere decir juerga, cachondeo, fiesta nocturna-.

Luego de un año y medio en Costa Rica, Lucho decide volver al Ecuador, invitado por Wilson Pico y el Frente de Danza Independiente, e Ileana lo sigue. Se les une Terry Araujo, un bailarín quiteño, y hacen un trío. Se instalan en Quito. Más tarde, invitados por el músico Schuberth Ganchozo y el bailarín Jorge Parra presentan Los ángeles caídos de la noche, en Guayaquil. Entonces, Parra le propone a Mueckay que se quede en Guayaquil, porque “aquí está todo por hacer”. Lucho le hace caso, pues la danza contemporánea no existía en el puerto. Ileana regresa a Costa Rica y Terry se queda en la capital. Primera ruptura del elenco. “Esto es como los matrimonios: se terminan, pero el amor queda, las huellas quedan”.

La danza contemporánea era algo rarísimo en Guayaquil, a las primeras obras no iba casi nadie. Pero Sarao se consolida con Jorge Parra, las actrices Mirella Carbone, Marina Salvarezza, Tani Flor y el escenógrafo Víctor Chung Sang, sobrino de Mueckay. Montan la obra Amor-tiguando (relatos de amor paranormales), la primera de Sarao, con nuevas coreografías y aquellas creadas antes con Ileana.

Se instalan en el viejo edificio de la Casa de la Cultura del Guayas. En esa época Miguel Donoso era el presidente, y apoya el proyecto. Saraoempieza a formar bailarines contemporáneos y surge la primera generación: Fanny Herrera, Omar Aguirre, Fernando Rodríguez y José Manners.

Este Sarao, con parches y adioses, ha logrado supervivir más de dos décadas. En el medio, hicieron obras tan memorables como No puedo vertetriste porque me mata, Crónica de luto cerrado, Antígona, Fiel Piel de Hiel, La boda, Signos retrospectivos, El vuelo de Lavoe, Pedro Navaja, Civilizatoria. Además, crearon dos festivales (el de Artes Escénicas y el encuentro de danza Fragmentos de Junio), la Maratón del Humor, el laboratorio Humor Sapiens, formaron un público para la danza contemporánea y a decenas de artistas, entre actores y bailarines. Algunos de los que fueron sus alumnos, luego pasaron a formar parte del elenco: Michelle Mena, Nancy León, Paola Cabal, Ángela Arboleda, Cindy Cantos, Wendy Leyton, Daniela Vallejo, Susana García, Valeria Guerrero, Mario Suárez, Vanessa Guamán, entre otros.

Segundo acto. Lucho Mueckay está solo en la casa de Sarao. Piensa en voz alta en qué se equivocaron. Intenta dar con la respuesta. Sarao nunca tuvo un gerente –y peor aún gerente financiero-, a nadie se le ocurrió que era necesario en una organización que iba creciendo, hasta hace cinco años atrás.“Esta es una agrupación de artistas. Es muy difícil encontrar un artista que sea un gran administrador. Nosotros solo sabemos hacer arte”. Todos hacíande todo. Y ese fue el error. “Éramos actores, bailarines, vendedores de taquilla, programadores, publicistas y administradores, que aprendíamos en lamarcha pero nos olvidábamos de trabajar para el futuro”.

El problema financiero va de la mano de la crisis de elenco. Los bailarines y actores que lo integraban se han ido. No porque sean mala gente –“no ha habido en nadie mala fe”-, sino porque no podían aguantar más. Tenían que comer, y Sarao no era rentable. “El gran proyecto de los seres humanos es ser feliz, y para poder construir la felicidad en el tercer mundo se necesitan recursos. Ellos se fueron a buscarlos a otro lado. Y eso es perfectamente natural. Se mantuvieron hasta que ya prácticamente fue imposible”.

En privado –y por varios años-, Mueckay y Parra habían hablado de la posibilidad de cerrar. “Hubo muchos momentos de crisis, en que decíamos: hay que ver si realmente tenemos la necesidad de festivales, tal vez hay que volver a esa idea originaria de crear proyectos, obras para llevarlas fuera del país, pero seguíamos aquí programando e intentando sostener el lugar”.

Fue este año, en abril, cuando se produce la ruptura definitiva, y Jorge Parra renuncia. Fue el primero en hacerlo. “Fue concluyente, quiso ponernos el ejemplo al decir: ya no va más, algo tiene que pasar”. Ahora Parra coordina el FAAL y da clases en el ITAE. Los demás se quedaron un poco más, pero luego uno a uno se fueron. Mientras tanto, la mensualidad era una bola de nieve que seguía creciendo y creciendo. Lucho hacede todo –incluso se presenta en empresas privadas con sus célebres personajes de Manuco y la Profesora Norma Lixta- para pagar la deuda, y poder cerrar.

Segundo flash back. Mueckay es el noveno de diez hermanos. Su padre, Julio, era un médico frustrado que, como buen descendiente de chinos, trabajaba de comerciante y era dueño de una gasolinera. Su madre, Ángela Herminia, provenía del campo. Nació en el recinto El Delirio, en la provincia deLos Ríos, y su hijo la recuerda como una creativa, una enamorada de la naturaleza. “Cuando yo le preguntaba por qué la luna tenía ese rostro, decía que porque allí vivían duendes, bailarines, animales”.

Lucho nació en Seis de Marzo y Pedro Pablo Gómez, pero la familia se cambió de barrio cada año, cual nómadas. Él supo desde los ocho años que lo suyo iba a ser el teatro. Soñaba con actuar, dirigir, producir. Cuando era pequeño, su padre lo envió a Estados Unidos a estudiar inglés a una escuela fiscal, y se sorprendió al ver que el teatro de aquella escuela era muchísimo mejor que el de la Casa de la Cultura de ese entonces. “Como yo no sabía inglés, me ponía a pasar los sombreros, los maquillajes, las pelucas para formar parte de ese mundo”. Volvió convencido.

De adolescente admiró a Charles Chaplin. Lo veía por televisión, e imaginaba que tenían un acuerdo tácito, mudo. Chaplin se caía, se levantaba y Mueckay esperaba que mirara a la cámara, que parpadeara. Cuando lo hacía, sentía que le decía: esto es lo tuyo, lo que tienes que hacer. Otrosde sus más importantes referentes son Pina Bausch, alemana y creadora de la danza-teatro, y la coreógrafa Mary Wigman.

En el colegio Aguirre Abad creó un grupo de teatro, Retablín. Montaron las obras de Pipo Martínez. Lo invitaron y él fue. El evento salió en el periódico. Cuando se graduó, siguió con el grupo, y también montaba obras para niños. En el medio, trabajó en la gasolinera de su padre, haciendo traducciones en una empresa japonesa, de inglés a español, escribiendo guiones para Ecuavisa, estuvo en El Juglar, y empezó a estudiar Medicina –para darle gusto a su padre-, pero cuando vio el primer cadáver sobre la mesa salió corriendo. Luego, inició Literatura, pero desertó.

Una de sus obras infantiles la vio Justo Campaña, ejecutivo de una agencia de viajes, quien le hizo una pregunta importante: ¿por qué no te vas a estudiar al extranjero? Él le pagó los pasajes para México donde estudió y vivió ocho años.

El 24 de mayo de 1979 se fue al DF, tenía 22 años. Allá estudió en el Centro de Arte Dramático, en la escuela de teatro de Abraham Oceransky,en la Nacional de Danza Contemporánea del Instituto Nacional de Bellas Artes, en el centro superior de Coreografía de México, y a la par hizo una licenciatura en Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana.

Su padre le pagó los estudios, hasta que se enteró que había sido aceptado en la escuela de danza. Pero cuando empezó a ganar premios decoreografía, su papá empezó a cambiar. “Mi mamá me contaba que cuando salían los recortes de mis premios, él se los enseñaba a sus amigos”.

Cuando regresó al país con la idea de montar Sarao, su padre ya estaba muy enfermo, de cáncer. Y él comenzó a ir a sus espectáculos. No se perdió uno solo. “Una vez en que yo bailaba en el teatro Sucre de Quito, él viajó en carro para verme, a pesar de estar muy enfermo. En otra ocasión que representaba a la ciudad en unas jornadas de danza-teatro, recibí, antes de salir al escenario, la noticia que los médicos lo habían desahuciado”.

Tercer acto. Lucho toca todas las puertas que puede. Recién hace tres años, Sarao recibió la primera ayuda formal del Estado para financiar dos proyectos: del Colegio al teatro y los dos festivales, por parte del entonces ministerio de Educación y Cultura. Pero cuando el ministerio se dividió, el primer proyecto desapareció, y el segundo se redujo.

Lo difícil es que Sarao ha venido trabajando en proyectos donde se involucraba tanto lo educativo como lo cultural, y con la nueva estructura era lógico que Educación ya no los apoyara porque Contraloría les dice que eso es eminentemente cultural. Les tocó vivir el impasse.

Nunca hemos tenido algo parecido a un aporte mensual, solo hemos recibido ayuda en forma de trueques, colaboraciones y para proyectos específicos”. Y ahí vino otro error. Sarao recibía recursos solo de los proyectos, pero el dinero que le correspondía a Sarao (sala de teatro, honorarios) era destinado para pagar cuentas vencidas de meses: renta, luz, sueldos, lo que era urgente. “Era la manera de mantenernos, hasta las familias lo hacen. Se pagaba el pasado, pero no se capitalizaba el futuro. No es lo mismo trabajar en casa propia o en instalaciones que el Estado regenta, que sobrevivir pagando alquileres altos”.

Del Municipio –que nunca los ha ayudado en el pasado-, Mueckay logró ahora reuniones con autoridades que han mostrado preocupación por el cierre. También, el actual ministro de Cultura, Ramiro Noriega, se reunió con el actor para expresarle su apoyo en futuros proyectos. “El ministro Noriega está muy preocupado de que 20 años de trabajo en esta ciudad se vayan por la borda. Y entre él y las autoridades locales de cultura buscan mecanismos idóneos para que el proyecto educativo y artístico se enrumbe por otros caminos”.

A pesar de tener el cierre encima, este año Sarao ha ganado tres premios: uno del Consejo Nacional de Cine para que la obra No puedo vertetriste porque me mata, de autoría de Mueckay, sea convertida en guión de película, y dos del FAAL. Caracol y colibrí, una obra que se montó en plena crisis, ganó en la categoría Teatro, y también se llevó el premio en Danza con Hoy cambiará la vida, también de Mueckay e interpretada por el grupo Prema de la Universidad Laica Eloy Alfaro. Además, presentó Diario de un loco en Quito, y la exhibió en la IV Muestra Internacional deTeatro de Lima, en noviembre.

Yo admiro de toda la gente que me ha acompañado en estos veinte años esa gran capacidad de sacrificio, de haberse mantenido aquí hasta que ya no pudo más. Lo esencial no son los errores, sino lo que se aprende de ellos”. Y es que Mueckay no ve esta crisis como algo malo, sino como una oportunidad, un ciclo que se cierra para dar paso al siguiente. Y sabe que en una sala de teatro, aún vacía y sin luz como esta, todo puede pasar.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2010)