La espera


eli cincotta

Piedad camina con un bañador negro por la arena aún tibia. El sol está por caer;  el naranja azulado del fondo va desapareciendo, igual que sus ansias por volver. Quisiera permanecer intacta, así como la observa aquel hombre de lentes y barba que ha detenido la lectura de su libro para repasar el cuerpo inquietante y moreno de Piedad. Ella coloca su toalla a unos seis metros de él, y se recuesta bocabajo. La playa está casi vacía. Piensa en Pablo y en lo que le espera a su regreso. Siente la incómoda tela del bañador apretando. Ya sabe cómo es la vida junto a él, pero espera que algo, repentino, inesperado, suceda. Desea con todas sus fuerzas que la distancia haya provocado el deshielo. Que él haya logrado extrañarla. Pasa del optimismo a la tristeza en la brevedad de un suspiro. No sabe qué sentir. La verdad es que cuando no hay pasión la vida se va gastando como una vela, en silencio, y más rápido de lo que podemos comprender. Ella sabe que él la quiere, a su manera. Una manera austera, sin aspavientos ni besos matinales, con la desidia con la que aman los hombres amurallados. Ella quisiera que un día él le dijera cuánto la ama, cuánto ha deseado tener cerca su cuerpo, o que al menos la besara delante de todos. Una y otra vez ella ha esperado ese momento.

El cielo se extiende limpio y se oscurece delante de Piedad. La belleza tiene algo de opresivo. Las lágrimas quedan para mañana. No hay razón para llorar delante del mar.

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La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!