Despertar


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La consciencia de cada persona despierta de manera distinta. Siendo este un proceso, se iniciará cuando la persona empiece a ver más allá de la mente, el ego o personalidad y de todas las ofertas que se ofrecen como garantías y alternativas de una supuesta mejor calidad de vida.

Muchas personas dicen sentirse decepcionadas de la vía espiritual que han tomado, porque sus religiones, pastores, sacerdotes, chamanes, maestros, guías o sanadores no han sido lo que ellas creían. Estas personas se confundieron creyendo que el camino era hacia afuera, y mientras no empiecen el camino verdadero, que es hacia adentro, despertando sus propias consciencias dormidas, ellos no verán más que oscuridad.

Ahora como hongos se reproducen los falsos maestros intentando captar víctimas. Muchos caen presas de seres oscuros que, a través del engaño, los llevan a abismos de donde es difícil escapar.

El despertar empieza cuando el ser interno despierta, y comprende que es un espíritu viviendo una vida física. Se da cuenta de que está más allá de las formas, pensamientos, acciones y experiencias, entendiendo que todas estas son ilusiones creadas por la mente. La mente es una energía con consciencia que, en complicidad con el ego, manipula a través de los pensamientos y creencias para controlar y construir realidades que solo son fantasías.

Todas esas distracciones nos impiden ver lo que realmente es, lo que somos y desvían nuestra atención hacia otros lugares que nos llevan hacia la dependencia y la esclavitud mental. Incluso nos llevan al extremo de hacernos creer que vivir experiencias extrasensoriales, donde, aparentemente, nos conectamos con seres de otros planos dimensionales, es una señal de que ya hemos despertado.

Otra de las trampas de la mente ególatra es hacernos creer que hay fórmulas o requisitos para despertar y, además, que debe producirse luego de mucho sufrimiento y dolor. Pero no es así, ya que seres de alta vibración, ya sean religiosos, científicos, filósofos, artistas, músicos, místicos y otros, lograron despertar cuando orientaron su mirada hacia su interior, ya sea en estado de meditación, aislados de todo bullicio, alejados de la vida mundana y de distracciones exteriores.

En aquellos momentos, solo hubo soledad, silencio, ausencia de lo cotidiano, logrando adentrarse en las profundidades de su ser interior, sin fórmulas ni instrucciones terrenales pre-concebidas. Sólo cerrando los ojos, y respirando pausada y conscientemente. Cada uno de ellos lo hizo a su ritmo, porque los tiempos para despertar la consciencia son distintos y particulares.

Así, fueron descubriendo que existe un campo de posibilidades infinitamente grande e inagotable que les permitió ver que su existencia exterior era minúscula, limitada e imaginaria. Comprendieron que mirar hacia afuera es estar dormidos y ser prisioneros de la matrix, en tanto que mirar hacia adentro es despertar y escapar de ella.

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Despertar la consciencia es liberarnos de la rutina que nos agota. Es romper con los esquemas que impone la sociedad y nos vuelve zombis. Una sociedad que establece reglas o condiciones que, si no las cumplimos, seremos rechazados, sancionados, disminuidos y hasta execrados de este sistema ilusorio y virtual.

Despertar es desapegarnos de las personas y las cosas materiales, ser humildes y sencillos. No imponer a los demás nuestra filosofía, nuestro sistema de creencias y nuestra manera de percibir la existencia. Pero tampoco permitir que nos impongan la suya.

Cuando despertemos, muchos nos tildarán de locos y enfermos mentales mientras otros nos verán como seres muy despiertos y claros. Por lo tanto, lo mejor es sentir nuestra intuición y sentimiento interno. Si sentimos paz desde adentro y desde afuera, esa es una magnífica señal.

Despertar es aceptar a nuestros semejantes tal y como son, y aceptarnos a nosotros mismos como somos, ya que todo es perfecto ante los ojos y la consciencia de Dios, la fuente creadora.

Despertar es llevar la vida con fluidez, sin complicaciones, haciendo las cosas que llenen nuestro corazón, anclados en el presente, sostenidos en el ahora, y solo mirar atrás para recordar momentos de alegría, o para sanar lo que aún no se ha sanado, pero sin quedarse enganchado con ninguna de esas experiencias.

Despertar es sentir que nada nos molesta ni perturba, a pesar de lo que estemos viviendo. Es ver cómo los problemas físicos, mentales, emocionales se van desvaneciendo hasta hacerse imperceptibles e inofensivos.

Despertar es sentir y expresar las emociones, soltarlas, no quedarse con ellas, y así evitar somatizarlas a través del cuerpo físico.

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Despertar es experimentar y aceptar nuestras sombras y oscuridades, entendiéndose que es la otra parte de la dualidad en este plano, que es la luz, para al fin observar que no están separadas, ya que todo se encuentra unido.

Despertar es evitar ser protagonista, sentirse líder o maestro de los demás, porque todos somos maestros o alumnos según las circunstancias. Sobre todo somos maestros de nosotros mismos, cuando miramos hacia adentro que es donde se haya el mayor conocimiento, la sabiduría divina. Un verdadero maestro espiritual transmite la verdad en la cual cree sin imponerla. Es un emisor de información, pero también está dispuesto a escuchar, a aprender de los demás, con humildad y agradecimiento.

Despertar es sentir paz interior, una paz inexplicable que no pertenece a este mundo, sino a planos o esferas más sutiles y etéreas. Una paz que se haya en nuestro corazón, que es la conexión con nosotros mismos, nuestra esencia espiritual y la conexión directa con el amor incondicional y eterno de la consciencia única de Dios.

Llenar el vacío crónico


Arrebatados por el apego, el odio y la ofuscación, los seres humanos, perdido el gobierno de la propia mente, se hacen daño a sí mismos y a los demás, sufriendo toda clase de dolores y aflicciones. Pero el que se ha apartado del apego, el odio y la ofuscación no se hace daño a sí mismo ni hace daño a los demás, y no sufre ninguna clase de dolor ni aflicción.

Buda

El gran camino es muy llano y recto, aunque la gente prefiere senderos tortuosos.

Lao Tse

Miren, dentro de ustedes se encuentra el reino de los cielos.

Jesús

 

INSATISFACCIÓN CRÓNICA

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Una de las sensaciones más evidentes del ser humano es precisamente esta: la insatisfacción. Es algo parecido a una enfermedad mental. Esta insatisfacción crea ansiedad, angustia, confusión y malestar.

A veces, se percibe como algo difuso, indefinido, pero a pesar de su sutilidad acaba por robarnos el sosiego, la claridad mental y el estado de ánimo. Nos causa sufrimiento, y nos obliga a buscar compulsivamente la forma de encontrar soluciones a esa sensación de vacío, al igual que la persona hambrienta busca su comida. Es como si la persona tuviera un hueco que llenar.

La sensación de foso sin fondo.

Nos ponemos a llenar ese hueco con todo tipo de actividades, logros y metas para llenar el vacío.

Nos compramos un carro nuevo, cambiamos de pareja, intentamos ascender en la empresa, cueste lo que cueste, viajamos para distraernos, consumimos de forma voraz. Toda esa sed, esa voracidad por llenar el vacío, la insatisfacción, hace que al tomar decisiones equivocadas, nos provoquen el mismo efecto que beber agua salada en un sediento: la sed aumenta, aumenta el malestar y el vacío no se llena. Por lo tanto, aparece la insatisfacción crónica.

De esta forma, al desatender los aspectos más valiosos de la vida, es decir: los internos, la paz interior, la salud mental y física, nuestra relación con los demás, nuestra psiquis colapsa como un alud de nieve.

Pero lo bueno es que este estado negativo de insatisfacción puede ser precisamente el detonante que invita a la persona a modificar su mente, y aspirar a un nuevo estado de consciencia. Así, haber sentido en carnes propias la vacuidad nos impulsa a conseguir la plenitud.

Si así nos ejercitamos, poco a poco, iremos sustituyendo el veneno por el antídoto. O sea, transformaremos la ofuscación en claridad, la avidez en serenidad y el odio en amor.

De esta forma, se acabará con la insatisfacción y el vacío crónico, y a su vez, pondremos en marcha las fuerzas psicosomáticas naturales que nos llevan hacia la integración y la evolución de la consciencia, de forma que evitaremos quedar atrapados en nuestras contradicciones internas, en nuestro desorden psíquico, y en todo aquello que consume de forma voraz nuestra paz interior, nuestra claridad espiritual.

Busquemos las herramientas que nos permitan la liberación de lo pernicioso. Volvamos al lugar del que hablaban Jesús y Buda en la parábola del hijo pródigo, y volviendo a él encontraremos aquello que llena el vacío: la plenitud, la paz interior.

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Hay tres herramientas para hacerlo posible. En primer lugar: practiquemos una ética genuina, o sea, poner los medios para que los demás sean felices y evitarles cualquier sufrimiento.

Segundo: una disciplina mental que pasa por usar métodos para el cultivo, desarrollo y perfección de la propia mente, aprendiendo a gobernarla hasta donde sea posible. Todo esto se resume en una sola palabra: meditación.

Y la última recomendación es el desarrollo de la sabiduría, que obtendremos al practicar los dos primeros puntos. Esta sabiduría no está en los libros, no está en la acumulación de datos, no está en la erudición, está dentro de ti, en tu alma, en tu consciencia.

Serena tu mente. Gobiérnala, y llenarás el vacío crónico.