Tres sueños


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Tres veces he soñado contigo, tal vez han sido cientos, pero no lo recuerdo. Anoche llegabas a la casa de mi madre, conversabas con ella mientras yo me alistaba para salir. Entraste un momento al baño y nos besamos profundamente, mi corazón latía en tonos de piano ascendentes. Vestías una elegante camisa. Yo revisé lo que tenía para ponerme en los ganchitos, me sentía hermosa. Bastó tu mirada para recordármelo. El sol está ahí todos los días pero pocos lo vemos, nosotros también estamos y no nos miramos, no nos prestamos atención. Estamos y somos en un desierto, ojos vaciados de sentido nos rodean como sospechas, como avisos de que no estamos vivos. Solemos dejar de recordarlo. Qué fácil es morir día tras día. Nos resulta redundante la risa, también los besos, los halagos no sirven de nada cuando uno se sabe solo, cuando se sabe muerto. Pero en mi sueño me miraste y regresé a la vida, volví a ser el nenúfar en el sucio lago. El silencio me envuelve como la gracia y me lleva a ti en estas noches de cansancio, de soledad. La mente femenina es arena movediza.  A veces, la arena contiene partículas de un veneno que las mujeres tragamos. Me he vuelto un envoltorio que esconde al ser que siente, el pergamino que lleva un mensaje que nadie lee, la mujer al lado de un hombre que no la ama, un fantasma acostumbrado al olvido.

El sueño del águila


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Piedad sueña que es un águila. El águila ha llegado a la mitad de su vida. Se siente vieja, cansada, débil. Le pesan sus alas, la punta de su pico se ha torcido, las garras de sus patas ya no le sirven para atrapar presas, como antes. El águila sabe que debe tomar una decisión si quiere experimentar un nuevo nacimiento. Debe alejarse de todo, buscar un lugar en el que pueda, en silencio, transformar su cuerpo, volver a su esencia. Está decidida a resucitar, pero para hacerlo deben morir en ella todas las memorias de su pasado.

Llega exhausta a lo alto de un risco; se esconde en el agujero de una enorme piedra. Y empieza su trabajo de purificación.

El águila destroza su inservible pico contra la roca. La sangre brota de sus adentros, el dolor parece insoportable. Durante noches y días espera a que nazca un nuevo pico, y cuando eso ocurre arranca con él sus viejas garras. El tiempo transcurre frío y lento. A veces, siente que morirá. Sabe que muchas han muerto en este camino, pero decide resistir. No hay más vida que ésta. Piedad se revuelve en la cama.

Al águila, le comienzan a nacer sus nuevas garras y con ellas extirpa una a una sus viejas plumas, las arranca de raíz, soportando el dolor y la angustia, cayendo aún más en la desnudez y en el vacío. Al cabo de ciento cincuenta días innombrables, el águila con un nuevo cuerpo y un espíritu forjado en el fuego, surge victoriosa de la cueva para su primer vuelo de renovación.

Piedad sueña que es el águila nueva, un águila que también es mujer. Está parada en sus dos patas, encima de una raíz. Delante de ella tiene a algunos insectos temibles. Ella los conoce bien. El lomo del águila se crispa, abre sus alas en estado de guardia, a la espera de un ataque. “Siempre han buscado capturarme. Quieren descubrir el secreto, encontrar el lugar donde escondo la magia. Antes, me quitaron los ojos y la voz. Y aquí estoy, más fuerte que nunca. He aprendido de mis errores. Ustedes han destripado a las que, como yo, volamos. Han abierto sus vísceras pensando que ahí escondían la luz de su canto. Pero el secreto es invisible. Yo misma, el águila y la mujer, soy el secreto”, les dice mirando a los enormes insectos a los ojos. Sus garras aferradas a la raíz, su pico cerrado, puntiagudo como una hoz que degüella, sus ojos amarillos destilando fuego. Sólo hay silencio del otro lado.

Los insectos no saben qué hacer, quisieran atraparla, pero ella ahora está fuera de sus posibilidades, se ha vuelto tan imposible como atrapar el viento, como apagar con soplidos el fuego que emerge de un volcán. El águila se lanza desde lo alto del peñasco, y emprende nuevamente el vuelo.

El águila surca los cielos con sus alas extendidas, se siente libre y poderosa. Su especie permanecerá. No lo sabe, lo intuye, pero eso le basta para continuar. Sobrevuela la oscuridad del Bosque Negro. Danza en el aire, se funde en el abismo con el viento, vislumbra la línea divisoria de las aguas, de los océanos. No le teme a la oscuridad, pues ha emergido desde lo profundo. He aquí el poder del águila, y de la mujer.

Piedad despierta. Abre los ojos, y recuerda que su abuela le enseñó que la oscuridad siempre proviene de abajo, que el infierno queda bajo tierra. Sin embargo, el sueño le permite ver que todo depende de quién sea el observador. Desde la posición del águila en pleno vuelo, el infierno sí queda abajo. Pero desde la visión del ser terreno, el infierno podría estar alrededor. El águila, además de alas, también tiene patas. Y cuando ella desciende, siempre queda rodeada de infierno.

La oscuridad todo lo cambia en un breve tiempo. Al volverse terrena, el ave pierde su gracia, su poder y su luz. Empieza a caminar entre los muertos; buscando alimentarse de los despojos, de la carne putrefacta de cadáveres. El águila no debe olvidar que, cuando se transita el infierno, incluso ella, puede transformarse en un vulgar carroñero.

Todavía es abril


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Comenzaré por comentar el momento en que nos ataron las manos con una cinta azul. No ocurrió violentamente, como algunos podrían pensar. Por el contrario, antes fuimos seducidos por una música que olía a lluvia. Ésta es nuestra canción, dijo él, pero yo no escuché nada, sólo respiré silencio. La noche había caído rotunda horas antes. Eran los últimos días de abril. Las luces de los pocos autos que circulaban, se colaban a través de la persiana. Adentro, el aire sabía a miel. Su gata, blanca como un copo de nieve, de ojos azules, nos miraba feliz desde un rincón. Yo quería ser atada, estaba lista. Vi que la cinta era nueva. Resplandecía en tonalidades azules de mar, de viento. Nunca había visto una igual. Antes estuve atada con una cinta roja y lloré demasiado. Nadie ha visto nunca quién ata las manos de los amantes. Mientras más me apretaba, más disfrutaba del vértigo, de la incertidumbre de perderme y encontrarme en sus ojos. Sólo mi respiración sobresaltada rompía el silencio en aquella habitación de techos altos, decorados con cenefas. Él vive en el tercer piso de un antiguo edificio. Mi madre solía llevarme a esa casa, a ese piso, cuando era pequeña. Allí había un teatro.

Él me mira a través de sus lentes, con esos ojos pequeños que esconden y dicen tanto. Quiero descubrirlo poco a poco. Ya nos conocimos, le digo. Ya antes me perdiste, no lo vuelvas a hacer. Él me besa con la suavidad de un ave, y yo lo abrazo con la fuerza de una ola que desea romperse sobre él y mojarlo entero. Sumergirlo. Mojo sus pies y sus manos, sus pensamientos y sus miedos. Me rompo, me abro como una flor sobre su cuerpo. Coronamos el pico de una montaña, y bajamos de ella para comentar el viaje. Revuelvo su pelo, él hunde su cara en mi pecho. Me huele la piel y los huesos. En la sala hay un espejo. Estoy desnuda delante del espejo. Él está sentado a medio metro en un sillón, con cara de crítico de cine. Déjame verte, dice. Yo me miro al espejo, él me mira a mí. Me sujeta de una mano, como si yo fuese una cometa que él está haciendo volar por primera vez. Observa cada curva, cada redondez, cada herida, cada huella dejada por otros, por otros que ya no están. Ahora sólo está él. Sos hermosa, dice. Me sonrojo. Me siento a su lado y hablamos sobre los tiempos y las cosas que hemos vivido y viviremos. En la habitación, la cama está al lado de la ventana. Afuera, la realidad. Adentro, los sueños. Él se acuesta a mi lado, me rodea con sus brazos como una raíz. Le cuento la historia de los antiguos kahunas. Él se levanta y trae su guitarra. Toca una canción, mientras yo me quedo dormida. No quiero despertar; todavía es abril.

Los poetas


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Uno de los poetas yacía muerta, muertita, desnuda, al lado del mar. El otro la observaba con ojos de pez. ¿Estaba muerta o se hacía la dormida? “Tenía los ojos para dentro”. ¡Qué forma tan extraña de decir que estaba como una hoja caída de un árbol que alguien remeció con fuerza de dios! Estaba agotada de escribir. Había escrito un poema de esos que te parten en dos, te sacan la piel y te dejan en huesos. Estaba cansada, y feliz. Él decía frases sacadas de sus cuevas más profundas. Ella no entendía, no sabía quién hablaba desde esa boca con la que acababa de escribir el poema. El hermoso, el que te parte en dos, el que te deja en huesos.

El cielo se te puede aparecer, de repente. O el abismo, da igual. Como si planeáramos el día, habíamos escrito un poema juntos, a dos manos, a dos piernas, a dos espaldas, a cuatro labios. Antes de asentarnos, volvíamos a la cacería, todavía fieros. Antes de morir, de dejar caer la última gota de tinta en el poema, volvíamos a ser los mismos, los amantes de antes, los mismos de siempre.

He oído decir que la belleza es una bestia que no da tregua. Yo digo que es una paloma que se te posa, ingenua. Y luego, sin que te des cuenta, se transforma en un águila que te devora. Ella sabe que tú deseas morir, ser comido, bebido y sepultado por ella. Porque qué importa morir si sucede después de que has disfrutado de las fauces del águila, y le has dicho mil veces que no puedes resistirte a esas garras amadas. Vuela en cruces sobre mi cuerpo. Obsérvame de cerca con tus ojos de pez. Estoy muerta, muertita, desnuda, al lado del mar.

Yo, la perdida


Perdida en el bosque

Escribo cuando la sequedad me visita. Cuando mis arterias colapsan luego de un rito dominical, especie de desvarío y dolor uterino. A las mujeres las palabras y el amor nos salen del útero, el único órgano escondido, que no nos obligan a exhibir. Y escribo para nadie, como un ave salvada de un nido destruido. Mi visión de anoche empezó así. Había olvidado dónde quedaba el nido, el sitio donde hallaba la paz. Resulta que esa palabra ya no tiene sentido, que se convirtió en un anagrama de mi nombre. No hay más guarida ni cueva, ni persona, ni animal ni dios. Es una calle desierta, donde aparezco de repente, sola… un laberinto de soledad. Me visto mil veces, pero sigo desnuda. Me desvisten mil veces, trato de taparme, pero no hay caso: estoy desnuda en el vacío. Y escribir es una compulsión que, extrañamente, me arroja a sus pies, a los pies del vacío. ¿El vacío tiene pies, o solo aliento?

En mi visión el vacío tiene pies, manos, testículos, lengua, cuernos, dedos que saben penetrar, y saben dónde duele.

La calle, la calle de mi niñez, lodosa en el invierno, soleada los demás días, llena de niños gritando, no sé dónde queda. Olvidé la dirección de mi estómago. Estoy perdida entre mil arterias desdobladas. Siempre odié los mapas que no llevan a ninguna parte. Mi corazón no tiene mapa, es un músculo polvoso al que nadie quiere ir. Soy una perdida por convicción.

Anoche hablaba con Dios, y él me decía qué camino era mejor. Mi niña, ¿qué hiciste?, me preguntaba. Yo pedía perdón porque me fui de su casa sin cerrar la puerta. Sin decir adiós. Quiero estar fuera. Regresar partida en dos, hecha un trapo para que me acaricie y no me castigue. Mi visión no llega a tanto, pero algo me dice que todavía habrá cielo. Un nido que me esperará hasta que encuentre el camino de vuelta.

Un sueño III


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Él hablaba con mucha elocuencia sobre un tema que no logro recordar. Incluso, movía las manos. Yo lo observaba con atención. Miraba su cara alargada, su incipiente barba, sus ojos azules, sus brazos poblados de un vello dorado. Una delgadísima vena surcaba su frente amplia. Otras, como raíces se distinguían en sus antebrazos. Él seguía hablando como exponiendo un tema trascendental delante de un gran público. Yo estaba de pie, a un par de metros. Tenía las manos apoyadas en el respaldar de un mueble grande. Lo observé largo rato, sintiendo cómo dentro de mí empezaba a hervir algo. Una especie de fuego sagrado, una intuición, una mágica certeza. De pronto, la serpiente de luz se movía en mi estómago y el corazón era un saltamontes veloz. Reconocí la sensación del estallido, el anticipo del caos. Había llegado la hora del pálpito y del destino. La Vida con mayúsculas, no la vida cotidiana. El amor. No podía esperar más. Debía decírselo. Él estaba sentado en un sofá single de gordos brazos. Yo me arrodillé delante de él, agarré sus manos entre las mías, lo miré a los ojos y le dije: Te amo. Acabo de recordar un sueño que me permitió saberlo. Soñé que te amaba tanto que me dolía. Él se quedó en silencio. Me miró azorado y vi cómo sus ojos se ponían rojos, y lágrimas surgían como desde una cueva antigua. Yo sabía que había desatado la tempestad, que había revuelto las aguas y los cielos. Él empezó a llorar. Yo me puse entre sus piernas y lo abracé. Nos abrazamos como pulpos sedientos el uno del otro, pero no era suficiente. Nuestros cuerpos aún estaban demasiado lejanos. Yo necesitaba estar dentro de él. Necesitaba que él me cubriese por completo, como el sol cubre la tierra, como el mar sepulta los arrecifes. Me senté en sus largas piernas y rodeé su cuello. Me acurruqué en su nuca, olí profundamente su piel. Él rodeaba mi cintura, hundía su rostro entre mi pelo. Pero esto aún no era suficiente. Le pedí que se levantara y que se sentara sobre mí. Al principio no quiso. Él era demasiado grande. Pero yo me senté en el mueble y lo atraje hacia mis piernas. Él se dejó caer. Entonces, sentí todo su peso. Me ahogaba, me dolía. Eso era lo que quería: sentir como él me sepultaba, cómo su cuerpo  tapaba el mundo entero, cómo me escondía de la realidad. Él era mi eclipse, y yo era su marea. Quería permanecer así por siempre. No ver nunca más nada, salvo su cuerpo sobre mí. Sus ojos clavados en los míos, su brazo por detrás de mis hombros, sus nalgas aplastando mi pubis. Soñé que te amaba tanto que me dolía, le repetí sollozando. Entonces, supe que esto era un sueño dentro de otro sueño. Apenas me di cuenta, desperté. Eran casi las cinco de la mañana. Sonó el teléfono. Me levanté. Dije aló. Del otro lado, una voz automática le recordaba al anterior dueño de la línea telefónica que debía pagar una cuenta en una tienda de ropa. Colgué. Me acosté desconcertada. Tenía un río de lágrimas atorado en mi garganta. Lo solté. No paré de llorar hasta que volví a despertar.

Planeta de muertos


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El vacío reposa en el fondo de una botella de ron. El sudor rueda en esta tarde calurosa; el ron ha desactivado el pestillo del fuego perturbador. Estoy cansada de reírme de tonterías, de entretenerme en disparates, de tragar el desaliento del mundo. Estoy aburrida de masticar maldades, noticias sobre muertes, injusticias, venganzas, corrupción. Quiero volar, pero no soy capaz de prescindir de mi cuerpo, de mis deseos, de mis inútiles piernas que sólo consiguen trasladarme cortas distancias. Estoy detenida en este planeta de muertos. Abrumada debajo de miles de páginas de información que no consiguen movilizarme. ¿Hacia dónde debería ir? He viajado dentro de mí y he visto otros mundos. He querido quedarme en ellos, paraísos surreales de árboles gigantes de los que cuelgan lianas hechas de pensamiento. Naves en las que viajo de mundo en mundo, así como ahora lo hago de casa en casa, de cuerpo en cuerpo, de soledad en soledad. ¿Cómo me quedo de este lado?, pregunté. Nadie me lo ha dicho. Cuando regreso a mi habitación, siento que mis huesos pesan. En ellos está el sedimento de mis pasos circulares, de mis ideas pasadas, de mis diálogos oscuros. Sepulta mis sueños una masa informe que, a veces, se disfraza de pereza, y otras de estupor. Al menos, el miedo no ha vuelto a rondarme. Le espantan mis aullidos.

Un sueño II


mar

Sueño que el mar se retira de la Costa. Se repliega como si no quisiera vernos más. Los vientos canturrean violentas canciones sobre nuestras cabezas. Se han enojado los cielos. Las nubes parecen lúgubres camas de enfermos. Veo mi cara en una de esas nubes, mi reflejo en el horizonte. Mis pies colgando de los precipicios. Siento vértigo, pero no tengo miedo. El mago me ha dicho que así deben ser las cosas. No hay que temer la muerte; la muerte es una aliada de los hombres de paz. ¿Pero quiénes son esos hombres y dónde están? Nadie aparece a mi alrededor. De pronto, se hace de noche y la luz de una estrella surge, en lo alto. Envía su aliento caliente a la playa. Envuelve la nube, el mar y el balcón desde donde la observo. No hace faltan los catalejos que me regaló el viejo Santiago. Mi rostro, el de la nube, desaparece en un pestañeo. Estoy sola delante de la luz de la estrella. La tierra se mueve de su lugar. Yo no consigo mover ni un dedo. Una ola gigantesca, como de mil metros, se levanta sobre patas de agua descomunales. Mi corazón salta como un conejo. Una voz me dice que entre a la casa y cierre la puerta. No tengo tiempo de pensar qué sentido tiene. La ola acabará con todo. Sólo obedezco. La casa se eleva sobre el agua, como si fuese una colina. Un águila vuela sobre la gran ola. Corro a la parte posterior de la casa, donde solía haber una enorme ventana. La recordaba abierta, pero ha sido cerrada, lo mismo que las claraboyas. El agua no ha entrado por ninguna rendija. A través del cristal observo cómo las demás casas, los postes eléctricos, las personas, son arrancadas de la tierra como muñecos de plástico. La ola desaparece los colores de todo lo vivo. Nada ni nadie logra flotar. La luz entra por la ventana, recorre las habitaciones de la casa como comprobando que no haya nadie, y sale por el balcón. El movimiento dentro de la casa es violento. Me sujeto de los pilares. Cuando todo se calma, me acuesto en la cama y me tapo de pies a cabeza con una sábana. Nada está mojado. No puedo abrir puertas ni ventanas. Afuera, sólo hay oscuridad.

 

 

 

Un sueño


Era una casa con muchas habitaciones. Me sudaban las manos. Tenía tantas ganas de tocarte. Y tú a mí. Podía sentir tus ganas en el extremo opuesto de la habitación. Me mirabas de reojo. Alguien hablaba en el medio. El piso era de madera y había grandes ventanales por los que entraba un viento poderoso. A veces, sentía frío. Estaba mareada y vacía. Quería acercarme, besarte. Quería que saliéramos de esa casa corriendo. Pero mis pies estaban atados a los tablones de madera. No lograba moverme. Un viejo relámpago latía en mi cueva.

Al cabo de un rato, estábamos en la casa de mi niñez. Verde por dentro, blanca por fuera. Con árboles en la entrada y un patio en el fondo. Tú me tomabas de la mano. Éramos niños. Los retratos familiares nos veían austeros, mudos. Otra vez el sudor, otra vez esas ganas absurdas que se estrellaban contra la imposibilidad. ¿Por qué no podíamos estar solos? Siempre había alguien alrededor, mirándonos, cuidándonos de nosotros mismos. Mi padre hablaba dando gritos en la cocina. El sueño se fue llenando de gente, se fue llenando de infancia. Y yo solo pensaba en huir a un bosque oscuro, en tendernos en el césped, en revolcarnos en la hierba. Pero estaba pegada a una baldosa pequeñita. Las ganas intactas se convirtieron en flores que mastiqué a solas durante todo el día.

Las palabras de mi madre


Es verano y el calor en Corrientes Capital supera los cuarenta grados. Salimos a cenar al Cristóbal, un restaurante que queda a dos cuadras de la costanera, en la ribera del río Paraná. Lenguas de agua café dividen la provincia de El Chaco de la tierra de San Martín. Sobre las lenguas se levanta imponente el puente Belgrano, cemento macizo que no logra esconder la pobreza de los márgenes. Pilas de miserables se ven desde los ojos de los botes que surcan el río gordo, ampuloso, que se mueve lento como una matrona a la que le duelen los huesos. Nos alojamos en un hostal sobre la calle Rioja, de nombre La Golondrina, una casa centenaria, con altísimas puertas de madera y vitrales con dibujos de navegantes. Todo en esta ciudad huele a agua, agua callada, insípida, caliente y aburrida como una sopa sin sal. Nos han dicho que esta noche debemos dormir en un cuarto compartido, y que mañana nos pasarán a una habitación individual. Es noche cerrada. Entramos a dejar las mochilas y vemos que un chico de pantaloneta oscura duerme plácidamente sobre una de las literas.

En el Cristóbal, la gente va en remera y shorts, beben cerveza y ríen  estruendosamente. Mi madre pide pollo con champiñones y yo un crepe de lomo y vegetales. Es la primera vez que compartiré la habitación con un extraño, me dice. Eso la hace sentir insegura, le da miedo, pensamientos terribles la asaltan. Piensa tomarse un tranquilizante. Le cuento que cuando tenía 23 años tuve que vivir durante un mes en un hostal, en Buenos Aires, sobre avenida de Mayo. Se lo he contado muchas veces antes, pero parece no recordarlo. Últimamente mi madre recuerda muy pocas cosas. ¿El chico que nos atendió en el Golondrina estaba drogado, cierto? me pregunta. Al parecer mi historia no le interesa en lo absoluto. Es lo más probable, le contesto. El chico se llamaba Marcelo y es verdad que hacía los típicos movimientos mandibulares que hacen quienes han jalado cocaína. Si mañana su quijada está normal, sabremos si estaba drogado o no, le digo con sequedad a mi madre intentando continuar con mi relato.

En el hostal de Buenos Aires que te cuento, incluso vendían droga. Siempre estaba lleno, porque la gente iba a comprar marihuana, coca, pepas, de todo. Se armaban buenas fiestas, le cuento entusiasmada, como si hablara de una vida pasada, un momento demasiado lejano. Cuando pasa el tiempo, incluso lo peligroso o prohibido se vuelve simple anécdota. Sigo hablando. Yo compartía la habitación con siete personas más, eran cuatro literas. Por mi cuarto pasaron judíos, ingleses, españoles, alemanes…

¡Yo no habría podido cerrar el ojo ni una noche!, dice ella, al fin, un poco asustada, pero tratando de asimilar la información. ¡Pudieron haberte robado, violado, ofrecido droga! ¡Dios santo!  ¡Debió pasarte algo de eso para ver si aprendes a no ser tan confiada! Ese chico que está en el cuarto podría ser un sicópata, un homicida, un loco que nos puede matar mientras dormimos, empezó a soltar ahora sí alterada. Calma, calma, que eso que te cuento ya pasó hace mucho y nada me ha pasado, le digo sonriendo, mientras bebo una Quilmes rubia. Pero las palabras de las madres hacen mella en el inconsciente humano, y las de ella se quedaron alojadas en algún inhóspito lugar de mi cerebro.

Cuando volvimos al hostal, subí a mi litera por una pesada escalera de madera pintada de verde. Mi madre se tomó su pastilla azul y ocupó la cama de abajo. Se quedó dormida al poco rato, lo noté porque sus ronquidos inundaron la habitación. El chico de pantaloneta estaba diagonal a mí. Yo podía verlo y él a mí o, al menos, podíamos ver las formas de los cuerpos, pues la oscuridad caía como una lápida en la habitación. Solo un pequeño haz de luz entraba por una rendija de la puerta. Hacía tanto calor que estaban encendido un enorme ventilador y el aire acondicionado, pero aún así mi pelo estaba mojado por el sudor. Me quité la remera y me tapé con la sábana blanca. El chico se rascaba la pierna debajo de la pantaloneta, mientras intentaba volverse a dormir. La litera era altísima, me sentía en un palomar. Debajo de mí había al menos dos metros. La cama era angosta, tenía la sensación de estar en un precipicio. No quería caer. Decidí no dormir.

A veces, no se puede determinar el instante en que uno se queda dormido y empieza a soñar. Yo veía al chico cada tanto, imaginaba que él me miraba. Un momento después, él empezó a hacerme señas, a decirme que me pasara a su cama. Yo estimaba la distancia, un par de metros nos separaban. Le decía que no con el dedo índice, pero le sonreía con evidente lascivia. Una música de la banda inglesa Magic Numbers empezó a venir desde su lado. Escuchaba Water song y me entretenía con el goteo incesante, mientras le mostraba mis piernas al chico en la absoluta oscuridad. Estuvimos así bastante tiempo, tal vez toda la noche. Él invitándome a su cama y yo fingiendo que no quería ir. Cuando amaneció,  mientras yo aún dormía, entró un hombre bajo, calvo, vestido de blanco. Llevaba un maletín, parecía un médico o un enfermero. Yo ya no estaba en la parte superior de la litera, sino en la cama de abajo. Mi madre y el chico de la pantaloneta habían desaparecido. Yo estaba sola en la habitación. El hombre sacó de su maletín  una inyección, hizo aquel ademán para sacar el oxígeno de la jeringuilla y dijo lo siguiente: Usted sabe que no está bien tentar a las personas, ni hacer sufrir al prójimo. Me han enviado para que le coloque esta inyección. Será una cura para todos. Yo intenté levantarme, pero no pude, algo invisible y muy fuerte me atraía a la cama y me inmovilizaba. El hombre del maletín me puso la inyección con brusquedad en el pecho, casi a la altura del hombro derecho. Me dolió, grité, pero nadie vino. Con esta dosis, la muerte le sobrevendrá en doce horas, puede ser que en menos, dijo y salió del cuarto.

Una sensación de miedo terrible se apoderó de mí. Me senté, me restregué los ojos, salí a la puerta y no vi a nadie. De pronto,  la certeza de que moriría se me alojó en la garganta como un montículo de tierra que me impedía tragar. Es tierra de muerto, pensé. Moriré por un paro cardíaco, por falta de oxígeno. El aire empezaba a escasear, tomé una gran bocanada, pero mis pulmones estaban cerrados. El aire no pasó, se quedó atorado en algún lugar de mi sistema respiratorio. Me golpeé el pecho intentando abrirle paso al aire. Pero fue inútil. El aire se volvió como un metal pesado que no entraba en mi cuerpo. Mi pecho se cerró, se contrajo. Busqué papel y lápiz. Supe que debía escribirles cartas a las personas que más quiero para asegurarme de despedirme y de decirles lo que me había pasado. La  primera carta fue para Francisco. Es extraño esto que me sucede, no tengo mucho tiempo. Quiero decirte que te amo y que he sido feliz a tu lado. Lloraba, quería verlo, besarlo por última vez, pero no había tiempo. Me dolía el pecho por intentar respirar. Me recosté sobre el piso frío, y me desmayé. Desperté después de un tiempo indeterminado; parecía que tenía unos minutos más. Agarré el lápiz de nuevo. La segunda carta fue para mi hermana. Te he sentido muy alejada, quiero que sepas que te querré siempre. Todo lo que escribía me parecía muy estúpido, demasiado simple, superficial. ¿Qué se le dice a las personas que amas en tus últimos momentos? No hay nada qué decir, nada que explicar.

El ruido que hizo el chico de la pantaloneta al salir de la habitación me despertó de un sobresalto. Mi madre no estaba, había ido a bañarse. Abrí los ojos con la certeza de haber sobrevivido a una muerte segura. Él salió sin siquiera mirarme.