Querido caminante:


 

CAMINANTE Y FARO

No hay mayor cobardía que nunca intentar lo que realmente se desea. Quedarse impávido a un costado del camino no tiene perdón. Es como haber encarnado en vano, como haber venido a la Tierra para perder el tiempo. ¿Para qué quieres el cuerpo y el tiempo si no lo usas? La libertad no tiene sentido si no le das una utilidad. No es libre quien permanece inerte. Quedarse inmóvil va contra la naturaleza, y es como ya haberse muerto.

¿Acaso viniste a repetir la historia de tus padres? Una historia de miedo, de odios, de estrechez mental, de enfermedad y de vacío. Debes hacer un mejor trabajo, debes poder hacer tu vida, alejándote de los gusanos que quieren morder tu carne.

No importa si el camino está lleno de piedras, espinas o si está a oscuras. Ése es tu camino. Debes levantarte y avanzar. No hay lugar para los débiles en el corazón del viajero que sigue su ruta. No puede detenerse más a esperar a los inválidos, a los rezagados, a los sufrientes, a los quejumbrosos. Será en vano la espera de quienes eligen la pasividad. No hay nada que esperar. No hay ninguna esperanza para quienes no se mueven. Nada aparecerá delante de los temerosos, de quienes están quietos en sus casas, en la supuesta comodidad de su estupidez y su vagancia mental.

El camino no está despejado, pero está abierto. Toma un palo y conviértelo en báculo. Usa el poder interior que te fue dado para salir del pozo hondo de la auto-compasión, de la lástima y del auto-asco. No hay más remedio que despojarse del viejo ser, el que fuiste, el que ya a nadie le importa. No tienes amigos, no tienes parientes, no tienes amantes. Estás solo. Y así es como debes estar: sin pesos, sin cargas, sin apegos inútiles. Realmente estar solo es la mejor noticia que puedes darte a ti mismo.

Haz tu mochila, deja todo lo que no necesitas. Respira profundo y empieza a caminar. No lo pienses, porque si lo piensas no lo haces. Simplemente siéntelo: levántate y haz tu parte. Nadie puede hacer esto por ti. Esta es la única vida que tienes, y está en tus manos hacer que valga la pena.

Ahora no los ves, pero el camino, los puentes y los recursos que necesitas irán apareciendo en la medida en que te muevas. También irán apareciendo, de la nada, los demás caminantes, hermanos/amantes que pronto conocerás. No los busques, solo permanece alerta, porque ellos te encontrarán.

Hay gente que te está buscando. Ahora es cuando empezamos a darnos cuenta de que los verdaderos amigos y la real familia no es la que habíamos pensado. La familia que nos dieron es la familia karmática, ellos estuvieron para ayudarnos a evolucionar, poniéndonos todas las trabas y tropiezos que pudieron. No son culpables, simplemente hacían su papel. Gracias a ellos aprendimos lo que no queremos ser, nos enseñaron a liberarnos de lo que no somos, de las ideas obsoletas que no necesitamos llevar más a cuestas.

Pero ahora empieza un nuevo camino con otros compañeros, con personas que resuenan con nosotros en armonía y paz. Atrévete a dejar la casa de tu niñez, en la que viviste limitado y presionado, y sal al sol en busca de tu verdadero hogar.

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Guayaquil, mi ciudad natal


Guayaquil

Guayaquil es un espejo en el que se refleja el inconsciente de todos. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Te ves en ese espejo incluso en tus sueños de otras tierras. Por alguna razón mi alma eligió a Guayaquil como su ciudad natal, la eligió como matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos tarde o temprano.

El guayaquileño vive en permanente lucha, es un guerrero, alguien que respira conflicto. Como todo sobreviviente, piensa que la vida es difícil, cree que tiene que esforzarse para obtener todo lo que desea. Y siempre desea. Trabaja, se endeuda por tener el último teléfono, para que sus hijos vayan al mejor colegio, para sacar el título, el carrito, la casita.

El guayaquileño nunca está conforme. Es un rebelde que siempre encuentra una causa que defender, no importa si esa causa está cerca o lejos. Ellos no descansan hasta que lo consiguen y una nueva causa aparece. Viven en estados de taquicardia, vehemencia, caos, neurosis y paranoias. El estrés y la angustia es un cóctel que la mayoría de personas que vive en Guayaquil bebe a diario. Se lo pasan con pastillas o con alcohol. El hijo de Guayaquil nunca se queda tranquilo. Siempre hay algo nuevo que ver, un partido de fútbol al que ir, una fiesta que organizar, una película que ver, una nueva tecnología que comprar, un curso que hacer, una nueva competencia en la que entrar. Son esclavos del trabajo, se pierden en el hacer. No son un pueblo reflexivo, no son un pueblo que ama el silencio. No descansan, no se relajan, no duermen. Por el contrario, trajinan y trajinan todo el día y noche. Encontrar la calma en esta ciudad es un desafío que pocos aceptan y que menos alcanzan. Por esto, el alma de la ciudad es frenética, su hambre es voraz y nunca sacia su permanente necesidad de ser escuchada. Guayaquil grita a voz en cuello, pero casi nadie la escucha.

La ciudad natal es el origen del que no podemos desprendernos, aunque quisiéramos. Es el punto de partida de donde sale nuestro barco. Es un espejo, pero no es un espejo fijo, sino un caleidoscopio. Un caleidoscopio es un tubo que contiene tres espejos que forman un prisma triangular con su parte reflectante hacia el interior, al extremo de los cuales se encuentran dos láminas traslúcidas entre las cuales hay varios objetos de colores y formas diferentes, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir girando el tubo mientras se mira por el extremo opuesto. La ciudad natal es un gran caleidoscopio donde aparecen constantemente imágenes y situaciones que siempre volverán a repetirse, pero nunca de la misma manera. Cada persona interpreta de manera diferente cada una de las imágenes, de acuerdo a lo que está programado en su inconsciente.

Me he escabullido hasta su centro para ver por dentro a mi ciudad natal, Guayaquil. También he visto a los demonios que la envuelven, son reptiles que se alimentan de quienes viven en ella. Parece que la hicieron a su medida: sol ardiente y sangre fría. La mayoría de las personas que vive en Guayaquil actúa con sangre fría, no sienten, solo sobreviven usando el cerebro primario para pensar. Pero el alma de la ciudad se encuentra en su centro, donde palpita su corazón rebelde, el corazón de los creadores, de los artistas. El alma de la ciudad es la que tiene las respuestas de lo que hemos sido, de lo somos y de lo que seremos.

La ciudad natal es como nuestra madre madre. Si vemos a nuestra madre como alguien voraz, desordenada, consumista compulsiva, alguien que se distrae con facilidad, que busca entretenimiento constante, una mente caótica y repetitiva, veremos de la misma manera a la ciudad natal. Mantenemos con ellas una relación intensa a lo largo de toda nuestra vida. En algunas épocas nos llevamos bien y hasta sentimos que la amamos, pero, en el día a día, nos saca de casillas.

La ciudad natal es como la madre, pero no es la madre. La ciudad natal es la matriz artificial, es lo creado por el hombre como representación de la madre, como un ideal. La ciudad natal funciona como ese útero contenedor que nos da sentido como individuos primero, porque es ella el espacio donde desarrollamos nuestra personalidad, y luego como colectivo, como un organismo vivo capaz de formar comunidades inteligentes.

¿Qué ocurre casa adentro de la ciudad? Contándote a ti mismo tu historia, comprenderás para qué naciste donde naciste.

Mi madre nació en una casa del centro de Guayaquil, ubicada en Machala 1446 y Diez de Agosto. Me voy a remontar a la década del cincuenta, cuando mi madre tenía unos 8 años. Ella recuerda que a tres cuadras de su casa funcionaba lo que fue la primera casa de citas, así llamaban en esa época a los prostíbulos o lugares donde pagas a las mujeres por tener sexo. Se llamó Villa Kennedy y quedaba sobre la calle Colón, entre Quito y Pedro Moncayo. Era una casa antigua de dos pisos con unos grandes ventanales. La villa no estaba en el borde de la acera. Las damas estaban siempre como metidas, porque en el frente de la casa había un gran porch por el que las mujeres hacían como que paseaban. No había nada llamativo, no tenía letreros. Pero todos sabían.

Dicen las historias del árbol genealógico que la casa donde mi madre, sus padres y sus seis hermanos vivían también fue una casa de citas. Dicen que en esa casa las mujeres abortaban y que las almas de esos bebés se escuchaban llorar por las noches.

A partir de la villa Kénnedy, se fue degenerando esa zona, que se extiende, de este a oeste, desde la calle Antepara, pasando por las avenidas Machala y Quito, hasta las calles Seis de Marzo y Rumichaca. De norte a sur, pondríamos como referencias la plaza Victoria hasta la maternidad Sotomayor. En todas esas calles se fue diseminando la prostitución, el alcoholismo, la delincuencia, la cachinería, la pillería, la suciedad, la fealdad, la pobreza espiritual, la miseria humana. Ésta es una parte maoliente del estómago de Guayaquil.

La villa Kénnedy es un símbolo de las apetencias de los señores de la ciudad, los que se creyeron que se las sabían todas. Los que llevaron a sus hijos a perder su virginidad con una mujer que les enseñó que el sexo es un negocio. Desde ese instante, tu hijo supo que tú aún no eras un hombre. La villa Kénnedy ahora es solo una ruina. Esto es lo que ha quedado de la fiesta, de la borrachera. Este es el pago del diablo. Ruina. Esto es lo que queda cuando se acaba la fiesta de la carne, la insaciable hambre de los sentidos. Ruina. Esto es lo que deja la ignorancia.

Veo a la villa Kennedy desde el carro de mi tío Virgilio, que en las primeras épocas de la villa tendría unos 5 años. Más adelante, se acuerda, cuando era adolescente, haber visto a las mujeres entrar a la mecánica de su cuñado, a quien llamaban El Gato, y era el mecánico del barrio. “Este lugar en los años sesenta era otra cosa. Las mujeres se ponían unos atuendos con tul, unas falditas con tul, que se les veía todo. Y eran mujeres guapas, bien puestas, no como las de ahora. Las chicas venían, usaban el baño, y se iban. Eso era todo”. Pero esto provocaba algo dentro de casa que hacía que, de pronto, mi abuelo, saliera muy disgustado para la intendencia de policía de la zona para poner una denuncia por prostitución en tales calles. Él conseguía que la policía viniese y, como ellos dicen, tomasen cartas en el asunto.

Venía la policía y clausuraban la villa Kennedy. Los policías perseguían a las mujeres de poste en poste y las agarraban”, dice mi madre. Pero el medio-hermano de mi abuelo (hijo de madre) era el comandante del cuarto distrito de la policía y él liberaba a las mujeres, y volvía a abrir la villa Kennedy. Esto pasaba incontables veces. Esa era la pelea dentro de la casa”.

Según la Anatomía Oculta del ser humano, en cada persona existen Caín y Abel. La mitad derecha del cerebro la gobierna Abel, y la mitad izquierda la gobierna Caín. Es lógico pensar que en cada familia existe un Caín y un Abel. Los hermanos siempre van a pelear por el amor de la madre. Habrá un Abel a quien la madre amará sin reproches, y habrá un Caín con quien la madre liberará todas sus frustraciones. Esto es típico en todas las familias.

Solo yendo casa adentro se puede comprender cómo funciona el tejido social, la ciudad donde uno vive y, sobre todo, cuáles son los patrones de pensamiento que hemos heredado y de los que nos tenemos que librar para poder evolucionar como seres humanos. El patrón que había en mi familia y está en la mayoría es estimar a las personas por el color de su piel. Fijarse en el color de la piel para hablar de las personas, describirlas o, peor aún, definirlas, juzgarlas o etiquetarlas. Todas las madres lo hicieron, o lo hacen. La madre de mi abuelo prefería a su hermano, quien era hijo de un padre distinto, un padre blanco. Francisco Méntor Andrade Carrillo era un hombre alto, blanco, rubio, ojos azules. En cambio, ella era morena, samba, muy bonita, un moreno fino. De ellos salió el tío Jorge, que era comandante de la policía, un hombre muy distinguido. Mi abuelo, en cambio, nació antes. Fue un breve amorío que tuvo Carmen con alguien de apellido Rodríguez. Mi abuelo, Víctor, era de aspecto mestizo, de piel cobriza, de ojos tristes. Alguien más bien introvertido, que pasaba desapercibido.

Aunque mi abuelo era diligente en todo lo que su madre le ordenaba, la amaba con todo su corazón y le entregaba puntualmente todo el sueldo que ganaba para que ella repartiese según su criterio, a pesar de todo esto, ella no lo aceptaba. Ella siempre daba preferencia a su hermano.

Los hermanos se pelean por el amor de la madre, de la mujer. Esto es lo típicamente familiar, pero desde esta visión transgeneracional podemos integrar todos los aspectos de la ciudad que nos vinculan con nuestra propia idea de lo que es una madre, y de lo femenino que hay en cada uno, seamos hombres o mujeres. Es importante encontrar las ruinas morales que representan la villa Kénnedy en nuestra ciudad interna. Somos la ciudad, lo que le da vida a la ciudad.

Si nos miramos en un espejo, vemos nuestros rasgos físicos, visibles. Y cuando observamos la ciudad natal, nos encontramos con nuestros rasgos interiores, los que están ocultos, las raíces bajo la tierra. Los más significativos rasgos individuales, familiares y sociales son expuestos en la ciudad, sin ningún pudor. Si sintonizamos con la carencia, vemos afuera lo que falta; si sintonizamos con el exceso, vemos opulencia.

La ciudad nos habla cotidianamente acerca de nuestro estado de consciencia. Si afuera, en la ciudad, hay caos; adentro, en nuestro interior, hay caos. Si afuera hay desorden, adentro hay desorden. Si afuera hay aglomeración de personas, adentro hay aglomeración de personas. Si vemos largas filas de gente en los bancos, o vemos multitudes en todas partes, es porque adentro tenemos una serie de relaciones que sanar. Si afuera vemos marchas y gente que protesta es porque adentro tenemos reclamos hacia nosotros mismos.

He conocido personas que no han tenido una madre. Mi padre, por ejemplo. Cuando ésto ocurre, nada llena ese vacío más que la identificación con la ciudad, que es lo mismo que decir, la institución. En el caso de mi padre, esa institución fue el ejército. Esa fue la madre que él eligió. Otros eligen a la ciudad natal como esa madre y se identifican tanto con ella que pasan a ser personajes de ella. En la ciudad encuentran su identidad. Se aferran a la ciudad natal como desesperados ahogándose que se agarran a un muerto. Las sombras de la ciudad natal se vuelven sus propias sombras.

Mi ciudad natal, Guayaquil, es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Desde hace rato, la ciudad es un infiernillo en el que todo tiene un precio y nada tiene valor. Solo tenemos que pararnos en el centro de Guayaquil un instante y observar. Hay que estar loco o ser como El Quijote para creer que es posible engendrar algún proceso artístico en las condiciones de saturación sensorial y mental que existen en el centro. La Universidad de las Artes es un nenúfar.

Si eres un artista, un creador, Guayaquil te empujará para que seas su voz, para que la cantes, para que la leas, para que la cuentes, para que la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. La ciudad te exige convertirte en uno de sus personajes, en una de las ilusiones que la harán vibrar. Entonces, te darás cuenta de que puedes ser lo que ciudad quiera. Guayaquil incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la disfrutes, para que te enamore de ella y la penetres. Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llaman y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. En Guayaquil todo truco se hace con dinero. Si no haces dinero, para ella, no eres nadie. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir” la ciudad, te vuelves un esclavo de ella. Un mago adicto a los trucos que vive en la ilusión serpenteante de la ciudad.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas. Si comprendes la ilusión que es la ciudad, tal vez, puedas salir de ella.

Una foto a la luna


Foto de Mauro Sbarbaro, Puerto López 2015
Foto de Mauro Sbarbaro, Puerto López 2015

Él le tomaba fotos a la luna, fue uno de estos días. Yo la contemplaba mientras sorbía, de a poquito, el vino. También lo miraba a él, me gusta mirarlo. Al principio, el corazón me latía durísimo como el de un venado que ya ha visto la sombra del cazador. No corrí. Al contrario, me detuve y él se acercó. Bajó las armas y me miró a los ojos. Entonces supo que yo no correría, y yo supe que él no me cazaría. Fuimos animales en el reconocimiento. Estábamos hambrientos y cansados. Hacía algún tiempo que no sabíamos lo que era un beso, una caricia. O, mejor aún, la risa sin ningún control posible. Tanto me he reído. Como si fuese el rey de todas mis arterias, ellas le obedecen y explotan al unísono en carcajadas de placer. Él me hace terminar de las maneras más extrañas. Todo es un juego y ocurre al mismo tiempo, sin que nos detengamos a pensar en nada. Simplemente somos lo que logramos reconocer el uno del otro. Reconocemos la belleza, la grandeza, la fe. Él me muestra las fotos. En los extremos, a la luna, se le ven los vórtices de luz plateada. Pero ni eso es más intenso que sus ojos abiertos conteniéndome entera. La ventana está abierta de par en par, lo mismo que mis venas. Son como pequeñas raíces que se bifurcan y corren por lugares remotos de su cuerpo, enterrándose, sin que él se dé cuenta. Juntos, somos también la tierra. Hemos llegado de tan lejos para vernos las caras, para sentirnos, para hablarnos de las miles de vidas que recorrimos, de las ansias y de los deseos que nunca se cumplieron. Él no se mueve, soy yo quien hace girar los espejos.

El miedo y el amor


Lo que buscas, te está buscando. 

Lo que no agradeces, no lo ves.

Lo que no indagas en ti mismo, son dones que no crecen.

Lo que siembras en la sombra crece y es un árbol, y todos lo ven.

Lo que siembras en la luz crece y es un árbol, y todos lo ven.

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¿Has visto lo doloroso que es querer poseer o, peor aún, pretender o esperar que alguien cambie? ¿Has visto lo dolorosos que son los celos, las angustias de no saber si esa persona se quedará contigo, si pensará en ti, si te echará de menos, si estará con otra? Basta con que no te llame o no te conteste el teléfono para que entres en pánico. Piensas que el origen de ese malestar es el miedo a “perder” a esa persona, a no ser correspondido, o ser abandonado por ella, pero el origen es tu propia inseguridad, tu falta de amor propio, tus carencias y heridas infantiles más profundas saliendo a la luz.

A ese miedo, a ese dolor, lo hemos confundido y lo hemos llamado amor. Por eso, hemos creído que el amor duele. Cuando alguien no nos ama como nosotros pensamos que debe amarnos, creemos que nos duele el corazón, pero lo que nos duele realmente es el ego. Lo que nos duele es que no se haya cumplido la expectativa que nosotros teníamos de ese amor. Esa expectativa tiene relación con el futuro y ha sido fabricada por nuestra mente, basándose en toda la información previa que guardamos sobre el amor en nosotros. ¿Qué viejas ideas tenemos sobre el amor? ¿Seguimos creyendo que alguien podrá amarnos aunque nosotros no nos amemos?

El amor no tiene expectativas. El amor exige vivirse en el presente. Es imposible que alguien te ame y permanezca junto a ti, si tú no te amas primero. El amor es lo más puro que hay en ti. El miedo es lo más oscuro.

El miedo proviene del inconsciente, de lo que no hemos logrado trascender. En cambio, el amor proviene del corazón, es decir, de la consciencia, de lo que ya hemos trascendido. Nos encontramos llorando y diciendo “lo amo”, no lo quiero perder, cuando en realidad estamos diciendo “tengo miedo”, “no soy capaz”, “no puedo”. Entramos en estados de confusión, no entendemos nada, sentimos que sin esa persona nos morimos, y no se nos ocurre otra cosa que llamar a ese cúmulo de emociones negativas AMOR, cuando el amor es todo lo contrario. El amor genera paz, confianza, armonía. El miedo genera dolor, inseguridad, culpa. No hemos sabido distinguir ni gestionar nuestras emociones. Hemos llamado las cosas al revés. Por eso, nos hemos dado siempre contra la misma piedra. El amor y el miedo son opuestos. Y si tú has querido o quieres poseer o controlar a la persona que dices amar, si vives celando o desconfiando, es muy simple la historia. Eso no es amor, es miedo. El amor te libera, el miedo te ata.

Reconoce tu valor


1.

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Tómate un momento para apreciar lo increíble que eres, en muchos sentidos. Tómate un momento para ver hacia atrás y observar cuánto camino has recorrido, cuánto has aprendido en todo este tiempo. Tómate un momento para revisar lo bien que has hecho las cosas. Tómate un momento para que veas cómo todo se conecta perfectamente entre sí, los acontecimientos y las personas. Tómate un momento para respirar y sentirte a gusto contigo mismo. Reconoce tu propio valor. Tómate un momento para decirte lo mucho que te amas.

Le dolemos al viento


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Más que los comienzos, me gustan los finales. Quiero creer que al final ya sabremos todo lo que tenemos que saber y que será posible acariciar la libertad. A la libertad le fascina ser acariciada, lo que no soporta es que la quieran controlar. Lo único que nos garantiza que podamos acariciar la libertad es pasar por la muerte, por el final. Muertes y finales, uno tras otro hasta que se acaben las bolas en el ánfora. Tiemblo ante la certeza de mi último final, o lo que sería mi última muerte. Ya había pasado un tiempo, tal vez unos meses, unos inviernos, en que no sabíamos nada el uno del otro. En que el lenguaje que habíamos construido en el pasado de nuestro pasado no nos alcanzaba para comunicarnos. Apenas balbuceábamos algo sobre qué comer o si iríamos a tal o cual evento. Sentía el cuerpo pesado, quisquilloso, pidiendo amor, y el alma cansada, siempre sedienta, absorbida por el tiempo sin tiempo. No siempre fue así. Recuerdo haber soñado que me hacías repetir muchas veces, como si fuera un mantra, tu nombre. Recuerdo haber dicho entre llantos y jadeos de dolor y placer que eras mi dueño. Esas palabras nos sirvieron para adentrarnos en el miedo, cada vez más profundo. Fuimos tan lejos que un día no nos fue posible recordar el camino de regreso a nuestros propios cuerpos. Nuestros brazos se volvieron mapas sin líneas, nuestras mentes siniestros abismos en los que caíamos cada tarde.

Nos sentimos culpables por las memorias no sanadas del otro. Me mirabas con ojos de niño desolado y lo único que yo lograba decir era “lo siento, perdóname”. Tú decías que no te escuchaba, y tenías razón. Yo solo oía mi propia voz diciéndome: vas a equivocarte. La sensación de hacerte daño me roía, me perseguía la idea de que tus enojos fuesen por mi causa. Aquello que temes termina ocurriendo, es inevitable. Y yo temía lastimarte. Te preguntaba constantemente si estabas molesto por algo. Intentaba hacerte reír, pero tú permanecías infranqueable. Mi sorpresa por tu mal genio era absurda, y me hacía sentir tonta. Nada era suficiente para hacerte sonreír. Tú decías que no estabas enojado, pero yo no te creía y volvía a preguntar. Entonces, tú en serio te enojabas y me mirabas de esa manera, como si tus ojos fuesen dagas de fuego. Cuando te fuiste de viaje a Montevideo, empecé a salir con un músico que me gustaba hacía rato. Quería ver cómo se sentía pasar del gusto virtual al físico, y no fue como lo esperaba. Una aventura que duró menos que tu viaje, pero que me permitió tener el valor de decirte que quería intentar ser feliz con otra persona. O intentar ser feliz, a secas. Cuando regresaste, mi valor había desaparecido. Te recluiste en el cuarto oscuro, entonces empezamos a dejar de hablar. Ya no queríamos saber realmente cómo se sentía el otro, era mejor suponer que preguntar. Suponer no nos dejaba ver y nos ahogaba en la culpa, esa bola de pelos y memorias que no terminamos nunca de tragar. Escribíamos poemas, novelas, crónicas, historias sobre lo mal que nos sentíamos con esa bola de pelos por dentro. Experimentábamos el dolor del desencuentro, de estar con alguien que no sabe quién es, y mucho menos sabe quién eres ni para qué has venido.

No lográbamos vernos; y, con terror, nos dábamos cuenta de que antes tampoco lo habíamos hecho. El espejo siempre estuvo roto. Las raíces de lo impensable eran ataduras que se nos enredaban en las piernas como plantas trepadoras. Poco a poco, fui descubriendo dónde estaba el hilo que nos ató. Fui deshaciendo la trenza lentamente, por las noches, sin que tú te dieras cuenta. Me fui yendo de a poco, como hacen quienes saben que si dan un paso en falso pueden quedar atrapados para siempre. A veces, me sentía un rehén con síndrome de Estocolmo. Quería tanto a mi carcelero que le servía sopas y le daba besos no correspondidos.

Es tan mágico cuando un hombre te corresponde el amor, y es tan desolador cuando no lo hace.

A veces, me doy cuenta de que quedan restos, cenizas que intentan, en medio del pastizal, encenderse. No tienen fuerza, pero lo intentarán hasta que sean dispersadas por el viento. El viento ha empezado a hacerse sentir en este lado de la casa. El clima cambió, me parece que fue hace dos semanas, a mediados de junio, el mes de tu cumpleaños. El viento me desvela y me trae palabras que me erizan la piel, tus palabras. El viento es tan sensual, tan armonioso, sus ruidos son los de un quejido de amor. Es mentira que me gusten los finales, y también es mentira que sepamos algo al final. Nada supimos nunca y nada sabremos. Lo único que sé esta noche es que le dolemos al viento.

Las marcas en los árboles


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Nos parecemos a nuestras marcas; me lo hizo notar un taxista ayer. Ustedes se parecen tanto que yo pensaba que eran hermanos, me dijo. Yo me acordé de que esa no era la primera vez que alguien me lo decía. Me limité a reírme sin ganas, estaba exhausta y había mucho ruido y tráfico. El taxista se interesó por saber dónde estaba el señor. Le respondí que te habías ido de viaje, y que volverías en un mes. No le conté que ya no vivíamos juntos ni la razón por la que estaba en “nuestra” casa.

Debe ser que llegamos a ser tan cercanos que nos volvimos similares. No fue porque yo, naturalmente, fuese como tú, sino porque, de algunas extrañas, sutiles y burdas, maneras me fuiste moldeando durante estos largos años que compartimos. Al no ser escultor, al no saber cómo se ajustan las almas a las carnes, o la delicadeza que hay que tener para coger un corazón y limpiarlo, tu trabajo iba de mal en peor. No sabías cuidar de ti mismo, mucho menos podías cuidar de otra persona. Yo era inexperta, no lograba caminar en el andarivel correcto. Me caía de tus manos una y otra vez. Me derramaba como la sangre de un mirlo que un gato asesina. Tú, sin intentar la menor reacción, me veías caer. Me sentía como una muñeca de trapo inútil y sucia. No había palabras ni caricias, solo un silencio de tierra. Te amo y no lo estás viendo, musitaba antes de dormir. En ese entonces, yo ignoraba que el amor de esta manera no es posible.

El amor es un sentimiento que requiere de una vibración muy alta, y no puede producirse entre personas enterradas bajo la sombra, como éramos tú y yo. Al amor sólo pueden llegar los que han elegido dejar de sufrir, dejar de juzgarse. En ese tiempo, yo me juzgaba y permitía que tú lo hicieras. Creía que no era lo suficiente para ti, por eso me impedías el paso. No veía que tú no sabías cómo dejarme pasar, que tu corazón estaba totalmente resguardado en una caja fuerte. Habías perdido las llaves y te daba pereza buscarlas. ¿En qué camino, dónde ocurrió lo de las llaves? Quería ayudarte a buscar. Me hablabas de alguna ruta, un modo que ya antes alguien intentó, pero yo ni siquiera lograba derretir todo el hielo negro que tapaba tus ojos.

Cuando te conocí, sentí que la vida me daba la oportunidad de consolar a un niño que había sufrido. Como si todos los niños del mundo no sufrieran, como si pudiese medirse la intensidad del sufrimiento de unos versus el sufrimiento de otros. Como si tu sufrimiento de niño fuese más terrible que el mío propio. Pensé que si te amaba, cambiarías. Dejarías el rencor hacia ti mismo y, por fin, podrías corresponder mi amor. Las mujeres solemos pensar que con nuestro amor alcanza y cuando nos damos cuenta de que nunca vamos a ser correspondidas de la manera en que lo imaginamos, montamos en cólera. Son las trampas que nos pone nuestro ego una y otra vez. No tiene que ver con nuestra esencia femenina, sabia y alquímica, tiene que ver con la mente y el ego heridos. De pronto, estamos perdidas en la misma maraña de sentimientos que nosotras mismas hemos engendrado, alimentado y hecho crecer. Empezamos a matarnos de a poco con nuestros propios venenos. Al principio, no decimos nada; nos tragamos todo en silencio. Y si él nos pregunta qué nos pasa, callamos. Nos volvemos inaccesibles, como un atolón. Luego, evidenciamos el malestar de inexplicables y crueles maneras. Dañamos al otro y nos dañamos a nosotras mismas. En algunos casos, cavamos tan profundo la herida que no logramos ya nunca sanar.

Soy un ser humano, debe haber un modelo a seguir, un programa de mano, una guía de instrucciones. Debía partir de algún lugar, elegir el siguiente camino, el que me llevaría de regreso a mi propia coherencia. Estaba entre la bruma, sin poder ver ni siquiera mis pies. Me miraba al espejo y los ojos se me llenaban de lágrimas. ¿Qué debo hacer para amarme a mí misma? ¿Dónde ha quedado mi fuerza? ¿Cuál era mi propósito inicial? ¿Qué estoy haciendo de mi vida?

Yo me estaba sosteniendo por un hilo que llevo por dentro aún antes de nacer. El hilo que entrelaza mis propias palabras y me salva cuando pierdo la esperanza. En algún momento, supe que debía huir. Lo intenté. Me fui lejos, pero el fantasma estaba aún vivo, todavía latía su triste corazón. Goteaban recuerdos en mi mente que no eran de felicidad, y aun así quería volver. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cuándo se iría la nube gris sobre mi cabeza? ¿Cuándo sería suficiente de esperar y empezar a vivir? ¿Qué me impedía ver más allá de los árboles oscuros?

Debía volver y enfrentar el dolor, era todo lo que sabía. El regreso fue incluso más doloroso que el inicio del viaje. Cuando creemos que ya ha pasado lo peor, es precisamente cuando se desata la verdadera tormenta. Olas gigantescas me sepultaron, el agua era pesada y no estaba limpia, no lograba respirar lo suficiente como para sentirme viva. Estaba en el limbo, entre la vida y la muerte. No sabía si más allá que acá. Pensamientos terribles me asaltaban en la noche, me despertaba llorando. Dormitaba en el día, deambulaba. Me topaba con tu mirada, y hallaba la misma expresión de tristeza que desde el primer instante exacerbó mi compasión.

Cuando estamos en el sótano, no podemos bordear nuestros contornos. Empezamos a desaparecer en el moho y el olvido. Me acostumbré al olor de tus cosas guardadas, la más guardada de todas, tu corazón. Tus palabras de derrota eran patas con ventosas que se adhirieron a la superficie húmeda de mi garganta. Mis raíces no eran firmes. El día en que mi tronco empezó a tambalear, sentí que las hojas de las ramas más altas me pedían a gritos que reaccionara. Sus voces, al principio, sonaron a súplica, pero con el paso del tiempo y esto empezó a ocurrir a una velocidad inusitada, ellas empezaron a exigirme, a reclamar mi cambio de posición. Sube a un árbol, como cuando eras niña, y busca un nuevo ángulo de visión, me repetían por las noches. Yo estaba demasiado cansada para hacerles caso. Una de las hojas, al desprenderse, me recordó que el tiempo del aprendizaje por medio del dolor había terminado. Hasta entonces, sufrir había sido necesario para comprender, pero desde ahora sufrir era una elección. Estás lista para bailar en el aire, me dijo la hoja antes de caer.

Una a una fui descubriendo las marcas antiguas que yo misma había hecho en los árboles para recordar el camino a casa. Una de esas marcas llevaba tu nombre.

El nacimiento


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Toda persona que nace viene de otro mundo. Un mundo de agua, cálido y confortable, en el que todo nos es dado. Flotamos en el líquido de un ser femenino que nos alimenta. Un día, sin que nadie nos pregunte nuestra opinión, pasamos de lo delicado y perfecto al dolor y al caos. Es un cambio muy abrupto. Lo primero que vemos es una luz tan fuerte que nos deja casi ciegos. Entonces, nos enteramos de que tenemos una especie de ventana que nos permite asomarnos a la representación del mundo al que hemos llegado. Ya habíamos notado unos días antes una extraña necesidad de transformarnos, de cambiar de forma de vida, experimentar nuevas cosas, teníamos una gran curiosidad por saber cómo era allá fuera, qué había más lejos, después de todo nos sentíamos solos en nuestra placentera vida, queríamos conocer a otros como nosotros. Para eso salimos, aunque nunca estuvimos listos. Un día, sin previo aviso, nos sacaron de la madriguera de una forma tan violenta que sentimos que era el fin. Para muchos sí lo fue. A millones de nosotros los mataron antes de nacer y los sacaron por partes, a otros les trituraron la cabeza, y a muchos más se las aplastaron con tenazas. Toda persona que nace es un sobreviviente, un inocente que ignora la maldad que le espera. Algunos nos resistimos a nacer, teníamos fuertes presentimientos de que el mundo exterior no era nada bueno, que afuera las cosas eran terribles, que lo único que nos esperaba era la muerte. Esos presentimientos se volvían certezas enseguida. Lo primero que nos hicieron al sacarnos fue golpearnos. Nos golpearon fuerte en las nalgas para hacernos llorar. Nada más llegar, recibimos una ofensa y no el amor que esperábamos, el amor que ya teníamos dentro. Nosotros, que proveníamos de un mundo cálido y armonioso, de repente, nos encontramos en uno violento y frío. Lloramos por primera vez, aunque todavía somos demasiado pequeños para darnos cuenta de lo que ocurre. No entendemos nada. Sin más preámbulos, nos echan agua helada para limpiarnos, porque estamos bañados en sangre líquida y en coágulos. A algunos los conectan a tubos y máquinas, a otros los llevan a cuartos helados, parecidos a frigoríficos, a otros los ponen en cunas de metal en las que los vigilan todo el tiempo. La calma desaparece, y la luz artificial lastima nuestros débiles ojos. Quisiéramos volver a cerrarlos, pensamos que esto debe ser sólo un mal sueño. Después, nos colocan en el regazo de nuestra madre, la diosa que nos alimentó. Por un momento, nos sentimos a salvo, pero sin que podamos entender porqué un presentimiento se instala en nuestra mente: ella nos traicionará. Lo vamos asimilando de a poco. Ella no nos protege. Tal vez, quiera hacerlo, pero no sabe cómo. Permite que nos marquen con un número,  que nos pinchen con agujas, que nos invadan, que nos perturben, que se rían de nosotros, que nos golpeen, a veces, ella misma hace todas estas cosas. Permite que nos enseñen a odiar y nos conviertan en un ser parecido a los que habitan este mundo al que llegamos. Al parecer, ella solo podía protegernos mientras estábamos en su interior, fuera de ella, nada es seguro.

El relato


Un_hombre

Leía un relato escrito por un amigo en la sala. Los párrafos se sucedían como enrevesadas escaleras de pensamiento, eran escalones resbaladizos que llevaban a estados de angustia y ansiedad, tan comunes por éstos días. Algunos escritores, los buenos, muestran su insania desde el primer párrafo. Está muy bien decir quién es uno de entrada, así no hay pérdidas de tiempo. Viajé por sus memorias, intentando abarcar sus metáforas, comprender sus silencios. De pronto, se abrió la piel. Lo vi desnudo por dentro. Su interior más oculto se exponía con toda su pelambre crecida, su suciedad viscosa, su necesidad de afecto. Su cuerpo se estremecía delante de mi mirada impávida. Veía cómo golpeaba su cabeza contra una pared gruesa. Estaba acorralado. Me llevó por espejismos de palabras, laberintos de piel. Me colocó justo en el centro de sus entrañas. Yo no quise resistirme. Nunca lo hago, prefiero verlos a todos desnudos. Me entiendo poco con las máscaras, me relajo con los espíritus. Cuando vi a la soledad transportarlo muerto en su espalda, llegué al final del relato.

La espera


eli cincotta

Piedad camina con un bañador negro por la arena aún tibia. El sol está por caer;  el naranja azulado del fondo va desapareciendo, igual que sus ansias por volver. Quisiera permanecer intacta, así como la observa aquel hombre de lentes y barba que ha detenido la lectura de su libro para repasar el cuerpo inquietante y moreno de Piedad. Ella coloca su toalla a unos seis metros de él, y se recuesta bocabajo. La playa está casi vacía. Piensa en Pablo y en lo que le espera a su regreso. Siente la incómoda tela del bañador apretando. Ya sabe cómo es la vida junto a él, pero espera que algo, repentino, inesperado, suceda. Desea con todas sus fuerzas que la distancia haya provocado el deshielo. Que él haya logrado extrañarla. Pasa del optimismo a la tristeza en la brevedad de un suspiro. No sabe qué sentir. La verdad es que cuando no hay pasión la vida se va gastando como una vela, en silencio, y más rápido de lo que podemos comprender. Ella sabe que él la quiere, a su manera. Una manera austera, sin aspavientos ni besos matinales, con la desidia con la que aman los hombres amurallados. Ella quisiera que un día él le dijera cuánto la ama, cuánto ha deseado tener cerca su cuerpo, o que al menos la besara delante de todos. Una y otra vez ella ha esperado ese momento.

El cielo se extiende limpio y se oscurece delante de Piedad. La belleza tiene algo de opresivo. Las lágrimas quedan para mañana. No hay razón para llorar delante del mar.