Welcome Vilcabamba


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21 de marzo de 2016

Amanezco en Vilcabamba. Me despierta el quejido jubiloso de un burro. Salgo a la ventana y veo a las vacas, gordas y lentas, pastar. Muchos pájaros le dan la bienvenida al nuevo día, y la gatita que ayer alimenté está maullando en la entrada. Alzo la vista y me topo con el cerro Mandango. Su nombre en español significa “Dios acostado” y su forma se asemeja a una catedral natural, que se ha conformado por las lluvias y los vientos durante miles de años. Extranjeros pasan caminando o a caballo por la calle de tierra que está al pie de la que ahora es mi casa y que conduce a la cima del cerro. Estoy en el barrio Los Wilcos, de Vilcabamba, en la calle de la Eterna Juventud. El wilco es el árbol insignia de este valle, conocido como valle sagrado o valle de la longevidad, porque aquí es común ver a personas que sobrepasan los cien años. La vida tranquila, el trabajo con la tierra y el agua pura que brota de manantiales por todas partes son las principales causas.

Las semillas del wilco han sido milenariamente usadas en ceremonias sagradas. Se dice que proveen del don de la adivinación. Hay wilcos por doquier, y sé que aunque no me introduzca por la nariz el polvo de sus semillas, la magia de este valle hará que pueda ver el futuro si permanezco con los ojos abiertos. Vivo en una especie de condominio. Mis vecinos son húngaros, y estos días está en casa también Guillermina, la madre del dueño, y su esposo, quienes han venido a ver que todo marche en orden. Guillermina es una mujer de 73 años, muy ágil y sonriente, que se pasa de balcón a balcón trepando como una ardilla. Me ha enseñado a hacerlo, y ahora yo también he dejado de usar las puertas para entrar y salir. Ella y su esposo son de Catacocha, a tres horas en bus desde aquí. Deben volver a su casa mañana, pues están sembrando maní. Mi madre, que también se llama Guillermina, está conmigo estos días en que he venido a instalarme en este pueblo. Viajamos en un pequeño avión desde Guayaquil hasta el aeropuerto de Catamayo, en Loja. Con nosotras vino mi gata Gotye, que se pasó todo el vuelo jadeando y con el corazón como un saltamontes, menos mal la tortura solo duró media hora. Desde Catamayo tomamos un taxi que, luego de hora y media, nos dejó en Vilcabamba. Mi madre se ha encargado de comprar todas las pequeñas cosas que hacen que una casa sea habitable: tacitas para el café, frasquitos para poner las especias, jarras para el jugo, vasos, platos, coladores. Hemos llenado la heladera de frutas, vegetales frescos y yerbas medicinales, como toronjil, romero, menta o manzanilla.

Justamente hoy 21 de marzo inicia el año indígena. Es como si hoy fuese 1 de enero en el calendario gregoriano. Es un día dedicado al agradecimiento. Y, para mí, es también el inicio no solo de un nuevo año, sino de una nueva vida.

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