El galán de noche


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Cuando era pequeña pasaba mucho tiempo entre las plantas del patio trasero de la casa de mi abuela, una campesina dulce pero fuerte que parió siete veces. Cuatro de sus hijos con sus parejas y ocho nietos vivían bajo su abultada pollera en esa enorme casa con tres patios. Nosotros habitábamos un departamento interior que daba al patio trasero. En él había una pileta con forma de foca hecha en granito que llevaba mi nombre. Alrededor de la pileta había un hermoso jardín.

Era un jardín de caminitos de tierra y bordillos de cemento, con árboles de mango, almendros, rosas, girasoles y un nutrido huerto con vegetales y plantas medicinales que mi abuela usaba para curarnos de males reales e imaginarios. También había una gran variedad de hongos que ella arrancaba de raíz y guardaba en recipientes sellados. Me gustaba levantar las piedras para buscar hongos y ver qué bichos escondían. Cucarachas, gusanillos y otros insectos corrían despavoridos cuando notaban mi presencia. Pero de todas las plantas y hongos, lo que más me llamaba la atención era un capullo como desmayado, que guardaba dentro una flor blanca, y que pendía de un tronco café, delgado y saludable. Alrededor habían crecido muchas hojas verdes, algunas de las cuales también miraban hacia abajo; y unos pequeños frutos de formas circulares. Esa flor no debe ser vista, me dijo mi abuela cuando le pregunté a qué hora brotaría. Es el galán de noche, se abre cuando ya todo está oscuro, permanece abierta durante la madrugada y se esconde al amanecer. Si la ves, debes huir de inmediato, me previno. Ella sabía de mis viajes noctámbulos al jardín. El diablo es el dueño de aquella flor y si te ve, es probable que se enamore de ti y te persiga todas las noches. Dicen que le gustan las niñas de pelo negro y largo, como tú. Me quedé mirando el capullo que escondía la flor, perpleja.

Estaba por caer la noche, empezaron a picarme los mosquitos. Esa madrugada, la idea de tener un encuentro con el dueño de la flor no me dejó dormir. Salí al patio, crucé la verja y lo primero que vi fue la flor abierta. Su blancura era deslumbrante; iluminaba como una luna el resto del jardín. Me acerqué todo lo que pude y me embriagó el delicioso aroma que desprendía su centro. Enseguida, tuve la sensación de que el dueño de la flor estaba a mis espaldas. Quise correr, pero la intensidad del aroma no me lo permitió. Estaba atada al suelo, mientras esperaba un zarpazo. Cerré los ojos, arranqué la flor, la apreté entre mi mano hasta que de ella emergió un líquido viscoso de agradable olor, entonces huí.

Cuando llegué, en puntillas, a mi habitación, puse lo que quedaba de la flor debajo de mi almohada. El resto de la noche pasó lento, y yo me dormí pensando que el dueño de la flor vendría a reclamarla. Apareció en mis sueños. Me convirtió en su flor e hizo que me abriera lentamente. Absorbió el olor que brotaba de mi interior con su nariz, semejante al pico de un colibrí, y bebió el rocío que la noche depositaba entre mis pétalos. Mi abuela tuvo razón; el dueño de la flor se enamoró perdidamente de mí.

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Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

El polaco


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(Buenos Aires)
Esa tarde me afeité el pubis con sumo cuidado. Es algo que siempre hago cuando intuyo que tendré sexo con alguien nuevo. Lo que no sabía aún era con quién lo iba a hacer. Me habían invitado a la fiesta de cumpleaños de una escritora octogenaria que escribía cuentos en los que siempre alguien era asesinado. Me vestí y me fui caminando.

La escritora salió a recibirme. Tenía una casa grande que usaba como albergue para extranjeros. Yo le había regalado una planta roja que ella exhibía con orgullo en el comedor principal. En la cocina, chicos de varios países conversaban y apuraban la cena. Me presentaron a dos colombianos, un alemán rubio de rastas y tres argentinos. Tenía para elegir. De pronto, un tipo altísimo con mirada intensa y nariz de lechuza me preguntó de dónde era. De Ecuador, contesté. ¿Y tú? de Polonia, pero vivo en Dublín. Apenas clavó sus ojos en los míos supe que algo pasaría.

Comimos, bebimos, reímos. El polaco me ofreció uno de sus largos cigarros. Era obvio que nos gustábamos. Cuando terminó la cena, me invitó a tomar una cerveza fuera de la casa. Lo seguí. Se nos unió el alemán, no recuerdo su nombre. Los tres pasamos toda la madrugada bebiendo de bar en bar, riendo a carcajadas, caminando abrazados por las calles del centro, maltratando el inglés y el español, hasta que nos dieron las seis de la mañana; el sol amenazaba con salir en cualquier momento. Yo estaba feliz.

¿Qué hacemos? Yo me voy a la cama, dijo el alemán casi a punto de caerse. Yo quiero seguir bebiendo ¿me acompañas?, me pidió el polaco. Sí, claro. Nos fuimos a un bar que aún no cerraba. Él siguió bebiendo whisky. Yo cuidaba mi bolso. Había gente malencarada. Se tomó un par de vasos más. Vámonos, le pedí.

Fuimos a mi casa. Subimos, él se tiró en la cama, estaba completamente borracho. El sol pegaba detrás de las cortinas azules. Yo me quité la ropa y me recosté a su lado. Lo miré fijamente, y pensé ¿quién será? Era hermoso y enorme, debía medir más de un metro noventa, y tener unos veinticinco años. Huesos fuertes, manos grandes. ¿Cómo será su verga? Quería abrir su pantalón, pero estaba demasiado cansada. Me dormí.

Cuando me desperté, él me miraba. Se había puesto los lentes y parecía aún más guapo. Yo estaba desnuda, cubierta por una sábana. Me destapó. Mi piel se veía tan oscura junto a la suya. Nunca me había sentido tan morena. Era una sensación intensa y lujuriosa. Me besó. Los labios, los pezones, el vientre, la parte afeitada por fuera, la parte afeitada por dentro. Yo estaba en el paraíso.

Su verga era tan grande que no me entraba completa. Jugaba con ella como quería, podía ponerme en todas las posiciones porque su verga me alcanzaba. Él me decía: no abras mucho las piernas porque puedo llegar a tu garganta.

Pasamos dos días comiéndonos, sin comer. No había desperdicio. Al despertar del tercer día, le pregunté ¿no vas a volver a la residencia? Sin inmutarse, me dijo: si quieres me voy, si quieres me quedo. Yo creo que deberías irte. Está bien, me voy.

Siguió ronroneando en la cama, desayunó, se vistió y se fue. Ni un número de teléfono ni un hasta pronto. Nada. Esa tarde me preguntaba ¿qué fue eso? ¿fue real?

El timbre sonó esa misma noche. Era él. Llegó con una fundita llena de curry que le había robado a la escritora. Quería cocinar pollo al curry. Dijo que me extrañaba, y empezó a besarme. Fuimos a la terraza enredados en saliva. Él se sentó en el piso de césped artificial, y yo me puse sobre él.

Me quiero quedar todo mi mes de vacaciones contigo, me pidió. Está bien, quédate. En esos días aprendí a escribir correctamente su apellido, y supe cómo se decía “dame pan” y  “te quiero” en polaco.

La señorita Westfalia


 

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Columna publicada en la Revista SOHO por LILIT

 

No hacía falta preguntarle, todas lo sabíamos: la inspectora del colegio, la señorita Westfalia, jamás había tenido un orgasmo. Como si hiciese falta, la inspectora de pelo planchado y parada de sargento insistía en que la llamásemos señorita. Creía que debía hacer énfasis en su condición de virgen empedernida. Pobre de la que la llamase señora o simplemente Westfalia, un nombre de furgoneta alemana que nadie sabía pronunciar. Decían que te ponía el ojo. Yo nunca quise saber qué significaba eso. Era un colegio de monjas y ahí solo existen señoritas y madres, que no son madres sino señoritas con hábito. Lo cierto es que todas son feas y autoritarias. ¿Qué más podría querer una niña inteligente que estudia en un colegio de monjas si no huir?

Hay mucha diferencia entre una virgen y una señorita. Mientras que la virgen es joven, tersa y sus hormonas están en ebullición, la señorita es una pasa seca, a la que ya se le han pasado todos los trenes o, como diría mi abuela: se quedó para vestir santos. La señorita Lastenia, que era nuestra maestra de taquigrafía y mecanografía, la inspectora Westfalia y todas las mojas del colegio eran señoritas a carta cabal, el placer sexual estuvo vedado para ellas. Pobres señoritas con caras de bulldogs (de esta generalización libro a la gran sor Juana, por supuesto).

La señorita Westfalia se paraba a la entrada del colegio y nos revisaba el largo de la falda, que no lleváramos maquillaje, las uñas pintadas o el pelo alborotado. Era una rutina nazi que ella disfrutaba soterradamente. Ella era la inspectora general y las niñas le debían no solo respeto, sino total obediencia. Pero yo siempre fui rebelde: iba con las uñas pintadas, con la pollera demasiado alta y brillo en los labios. Le daba mucho trabajo a la señorita Westfalia, que siempre me mostraba los dientes y me castigaba.

Lo que la señorita Westfalia no sabía era que ocultar una frustración sexual tan grande es mucho más difícil de lo que parece. El deseo no consumado se pudre adentro y explota en la cara, en el carácter, en la mirada. A ella, como a todas las señoritas, se les nota, se les ve, se les huele a un kilómetro su falta de sexo, (de cariño, porque, al final de cuentas, ¿en qué consiste un encuentro sexual sino en una abierta y potente demostración de deseo y cariño?). Y ya se sabe que todo lo que no se usa, se echa a perder y, en este caso, empieza a oler a pescado. Las mujeres que no aprenden de jóvenes a disfrutar del sexo se vuelven viejas amargadas. Y el camino más certero para aprender a disfrutar del sexo es la masturbación. Es primordial, importantísimo que las mujeres se masturben y aprendan a tener orgasmos a solas. De esa manera, cuando estén con un hombre no las tomará por sorpresa, sabrán de qué va la cosa y no se volverán dependientes. Las mujeres que no se masturban le entregan al hombre las riendas de su placer. Por eso, si una mujer no tiene orgasmos la principal culpable es ella.

Si el hombre resulta ser un bruto que no sabe cómo llevarla al orgasmo, se sentirá frustrada y le echará la culpa. Pero puede ser aún peor si el hombre resulta ser un gran amante, porque la chica, como no sabe nada, se enamora y se vuelve idiota. A las que se masturban nadie les mete gato por liebre. Otra cosa: las mujeres que nos masturbamos no necesitamos fingir. Las que fingen los orgasmos son las que no saben lo que es tener uno.

Así que, niñas, esta es una seria advertencia: si no aprenden a disfrutar a solas de sus cuerpos, algún día no muy lejano se convertirán en alguien parecido a la señorita Westfalia.

Lucía y el sexo


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Es domingo, el día se abre denso y perezoso. He dejado encendida la computadora con música random. La voz de Alejandro Sanz chilla desde el parlante. Tengo tanta pereza que la dejo sonar. Nada puede ser peor que despertar temprano un domingo. Nada, ni siquiera escuchar “…ella peina el alma y me la enreda / va conmigo pero no se a dónde va / mi rival, mi compañera / que está tan dentro de mi vida y a la vez está tan fuera”. La voz del madrileño es la de un niño bien; me caen mal los niños bien. Estuve en España el año pasado, pero tenía ganas de ir desde los 16, cuando mi mejor amiga, Lucía, se fue a vivir a Madrid. Lucía me llamaba en la madrugada y me decía: ven que te extraño. Yo sentía una angustia infinita. Nos conocimos en la escuela de monjas, cuando teníamos seis años y estuvimos juntas hasta tercer año de secundaria. Yo nací en noviembre de 1978 y ella en abril de 1977. Lucía era mayor por solo siete meses, pero en esos siete meses cabía una eternidad. En realidad, ella tenía como siete años más, o tal vez setenta. Era una sabia, una bruja, una predestinada para el placer, una especie de imán mágico, de piedra filosofal a la que yo recurría, casi sin hablar. Nunca le hacía preguntas, no me atrevía y tampoco era necesario. Ella sabía que yo tenía una curiosidad insaciable por el mundo, los hombres y el sexo. Lucía tenía el conocimiento, vivía lo que yo apenas alcanzaba a soñar. Me miraba con esa cara de geisha dulce, blanquísima, y me contaba sus aventuras sexuales. Lo hizo desde los trece años. Lucía, a esa edad, ya tenía un cuerpo sinuoso y tetas exuberantes. Era tan guapo, tan fuerte, tenía tu nariz. Yo me mojé apenas lo vi y cuando subí a su moto y me metió los dedos en la vagina, tuve un orgasmo que me hizo sacudir. Cosas así me decía en los recreos. Yo me mojaba enseguida cuando Lucía relataba una de sus historias. Esperaba con ansias la temporada playera, porque ella iba a Salinas todos los fines de semana, mientras yo me quedaba encerrada bajo siete llaves, sin poder salir ni a la esquina. Lucía llegaba el lunes con noticias frescas del mundo. Lucía fue la primera persona que yo conocí que había viajado fuera del país, había tenido sexo, había probado cocaína y, por si fuera poco, había tenido un novio motociclista que murió en un accidente. Pero, además, entre nosotras había una atracción intensa. Nos sentábamos juntas en la última fila del lado derecho del salón. Era un salón muy amplio, con piso de baldosa, y techos altos con ventiladores colgantes. A mi lado izquierdo, había una enorme ventana con rejas. Estaba prohibido asomarse. Los chicos de los colegios aledaños pasaban por la acera de enfrente haciendo señas. Yo tenía la extraña impresión de que cada vez que, en un descuido de la profesora, miraba por esa pequeña rendija, había un hombre invitándome a huir con él. Lucía me decía en clase: juguemos a hacernos marcas en las piernas. Gana la que aguanta más sin reírse. Llevábamos unas largas y pesadas faldas, medias altas de tela gruesa y zapatos negros mocasín. Yo, sin hablar, aceptaba el juego. Jamás contradecía a Lucía. Toda idea que ella tenía, me parecía brillante y sensual. Le hice una marca con mi marcador verde apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Ella me miró con picardía y, sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, me levantó la falda y me hizo una gran marca en la parte interna del muslo. Reaccioné enseguida y la imité, pero esta vez no solo le hice una raya más arriba, casi en la zona de la ingle, sino que me detuve un par de segundos para que el olor de su entrepierna me entre por la nariz. “Ella se hace fría y se hace eterna, un suspiro en la tormenta a la que tantas veces le cambió la voz”. Sigue el meloso Sanz. La última vez que Lucía me llamó fue en el verano de 1997. Yo tenía 19 años y había escrito un libro que ganó un premio. Llamó para felicitarme. Hablaba como española, un acento que me molestó sobremanera. Parecía ebria y, entre lágrimas, me pedía perdón. Me contó que trabajaba como estríper para unos tipos en un antro. ¿Cómo para unos tipos? Los tíos me pagan y yo hago lo que ellos me piden. Tú no lo entenderías, eres demasiado buena. Sentí como si un cuchillo grueso se clavara en mi garganta. Desde ese día odié a Lucía.

La mujer gacela


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La gacela es débil. Es un animal nacido para complacer al más fuerte, para saciar el hambre del que manda. La gacela pretenderá escapar, huir de la muerte, pero irremediablemente acabará bajo las garras del león, en las fauces del guepardo, o siendo la cena de alguna otra fiera hambrienta que emprenderá una estrategia infalible. El depredador eligirá una gacela de entre decenas, quizá entre cientos. Será siempre la mejor, la más codiciable para sus ojos. Observará paciente sus movimientos, estudiará sus costumbres. Al cabo de un tiempo, él sabrá perfectamente a qué hora permanece junto a la manada y cuándo se queda sola. Sabrá a qué hora come y a qué hora duerme. Se aprenderá de memoria sus hábitos de apareamiento. El depredador no dejará nada librado a la suerte. Deseará con angustia, con profunda pasión, a la gacela. Soñará todas las noches con tenerla bajo su poder. Querrá hacerla suya cada día, no admitirá compartirla con ningún otro animal. La gacela será el premio a su dedicación, a su destreza, a su sabiduría, a su paciencia, a su valentía. Cuando sea el momento, el animal salvaje se acercará lentamente, de manera imperceptible, al territorio de la gacela. Y, aunque ella sepa oler el peligro, él será tan cauteloso que ella no notará su presencia. Cuando él esté a unos pocos metros, ella lo reconocerá. Entonces, empezará la carrera. Él la perseguirá por llanos, selvas, ríos, arenales, bosques y descampados. La perseguirá día y noche hasta lograr su rendición. Ella correrá por su vida, sabiendo que llegará el momento del cansancio, el instante en que se dará por vencida. Entonces, él se abalanzará sobre ella, la devorará, le romperá los huesos con sus dientes, se saciará con su carne, beberá su sangre y dejará los despojos para las aves de rapiña. No tendrá piedad con su presa. Así actúa un hombre depredador con una mujer gacela.

La mujer gato


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Mi gato está en la cornisa. Observa a la paloma que está en el techo de la casa de al lado. No se la quiere comer. No tiene hambre. Simplemente quiere cazarla para morderla, juguetear con su pescuezo, destrozarla. Causarle la muerte a ese miserable animal lo haría un gato feliz. Me ha traído muchos pájaros de colores, destripados. Me los lanza a los pies como si fuesen un trofeo, un símbolo de su amor. Él me ama. Yo soy todo para él. Los pelos del lomo se le encrespan. Se pasea angustiado por el bordillo, parece que quiere saltar. Tendría que dar un gran salto, un salto de trapecista, para alcanzar al ave. La paloma es torpe. Se queda mucho rato quieta. Mueve levemente la cabeza, picoteando algo invisible en el zinc. Hace un sonido quejumbroso. Zurea, arrulla, gime. No se entera de las intenciones del gato. La paloma es gris y gorda. El gato es peludo y ágil. El gato se eleva en el aire como si fuese un grillo y, en un santiamén, cae sobre la paloma que no alcanza a volar. La toma del pescuezo, le entierra los dientes filudos, el animal indefenso aletea. El gato la zarandea. Le incrusta los colmillos en el buche. La sangre caliente empieza a manchar las alas plomas. Otras palomas y yo miramos, de lejos, el atroz espectáculo. Ella deja de moverse, él se va por los techos con los pelos de la boca ensangrentados. Se aleja caminando con elegancia, sintiéndose un rey. Hay animales que mientras más crueles se muestran, más hermosos nos parecen. La paloma, en cambio, muere lentamente. Todavía late algún órgano de su pequeño cuerpo. Da pena y asco. Esto le hacen las mujeres gato a los hombres que de ellas se enamoran.

La locura y los pasos circulares


 

 

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puedo ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza.

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El teléfono ha sonado repetidas veces. Ignacio lo ha ignorado. Apenas acabó de comer, se metió en la ducha. Sabe que es Piedad, y no quiere contestar. Imagina lo que le dirá apenas descuelgue. Por favor, tienes que venir. Tengo algo importante que decirte. Aquello importante terminaría en una conversación sin mucho sentido sobre el alma de los hombres enjaulados en un cuerpo que no reacciona a los estímulos del amor. Está harto de escuchar tamaña estupidez. Le ha pedido una tregua, un tiempo para aclararse. A veces, siente a Piedad como una carga insoportable. No hay nada peor que una mujer enamorada, piensa. En cambio, Clementina parece ser una chica libre, descomplicada. Se le antoja estar con una mujer que no se haga expectativas sobre las relaciones y el amor. Alguien que, como él, viva el día a día, tranquilamente, sin rollos mentales. Conoció a Clementina hace dos semanas en un garaje de libros usados. Recuerda cómo iba vestida –siempre recuerda trivialidades cuando una mujer le atrae–: bufanda roja atada al cuello, pantalones de cuero café y una blusa blanca que transparentaba sus pequeños senos; encima tenía un abrigo ligero. Se miraron. Ella no escapó de sus ojos, no quiso hacerlo. Él la miró con la acuciosidad que un buen cirujano usa cuando opera. Ahora, debajo de la ducha aparece ese instante, demasiado fugaz para que signifique algo. El sonido insistente del teléfono lo saca del estupor. ¡Mierda, otra vez Piedad!

–Hola…hola—, dice Ignacio mientras se escurre el agua con una toalla celeste. Su cuerpo desnudo empañado por las gotas.

–Aló, hable, ¿quién es?—, pronuncia ligeramente alterado. Sabe que es ella. Una vez más no quiere hablar. No la entiende.

–¿Piedad eres tú? ¡Habla por favor!—. Cuenta hasta diez y cuelga.

Piedad, del otro lado de la línea, se escribía en el antebrazo: te amo, mientras lloraba sin emitir sonido alguno.

Esa noche en la fiesta, Ignacio parecía que dormitaba. Sus ojos apenas se abrían cuando alguien entraba o salía. El cuerpo había caído desplomado sobre un sofá verde después de nueve shots de ginebra. Clementina se tomó tres. Estaba a su lado, intentaba mantenerlo consciente. Sentía un extraño y repentino apego, como un amor que nacía por instinto, por casualidad. Era la segunda vez que se veían. Un chico frente a ella fumaba en una larga pipa con formas grotescas, y una pareja en el rincón amarillo fornicaba. Clementina los miraba cada vez que podía, estaban un poco escondidos en la sombra, y sentía la palpitante sensación que querer masturbarse.

De la habitación del fondo salieron dos chicos y una chica. Ella estaba desnuda de la cintura para abajo. Él le cogía las nalgas mientras ella abría la refrigeradora. El chico de la pipa se sentó a la diestra de Clementina. La cabeza de Ignacio había caído sobre su hombro, la saliva goteando. El chico le dijo que tenía un secreto que contarle.

–Dime— dijo ella.

–Primero me tienes que besar— repuso él.

Clementina lo besó largamente, introduciendo un poco su lengua en la boca reseca. Después de un par de segundos, ella se separó, él se puso de pie y empezó a hablar.

–La muerte te vuelve invencible. Ya nadie te toca, ya nadie te ve, ya nadie te escucha, ya nadie te vigila. Eres tú solo en la inmensa desproporción de un universo desproporcionado, creado así adrede. La vida es una búsqueda, y la muerte es una pérdida. Te quedas ahí perdido, suspendido en un universo enorme. ¿Te has preguntado por qué el universo es tan grande?—, decía mientras metía en su nariz un poco de coca. Clementina no respondió, se reía levemente, trataba de despertar a Ignacio para que viera aquel ridículo espectáculo. El chico le hablaba a las paredes, y después a la luna que se asomaba por la ventana.

–¿Era acaso necesario demostrar con tanta vehemencia el poder que ostentas?—, gritó sacando la cabeza y todo lo que podía del cuerpo por la persiana.

–Un poco de ese poder, una pequeñísima parte, tan pequeña que resultaría irrisorio estimarla, tienen algunos hombres. Esos a los que llaman presidentes, alcaldes, banqueros, ricos. Esos bastardos que quieren ser como tú, el Creador del poder. Pero resulta que aquellos poderosos son los más miserables, los más hijos de puta, la peor basura del mundo. Quien quiera ser como tú que se atenga a las consecuencias— dijo  haciendo señales con las manos como si estuviera delante de un auditorio. La chica que había llegado con él salió de una habitación. Se acercó a él y empezó a sobarle la verga por encima del pantalón. Le hablaba al oído con voz felina. Él la apartó, y siguió con su monólogo.

–Es cautivante la sensación de ser Dios, Dios es aquel que puede controlar los dedos, la boca, las manos, el sexo de otros.

–Yo haré esta noche lo que tú quieras, y serás mi Dios— le dijo la chica al oído, pero mirando a Clementina.

Clementina intentó, otra vez, despertar Ignacio. Él abrió un ojo y lo volvió a cerrar.

(Tomado de Los círculos de la Piedad)

Tu ausencia


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En centro de la batalla, te recuerdo. La memoria parpadea bajo el sol, y me trae imágenes de nuestra historia. Cada noche dormías enredado en una de mis arterias; te arrullaban los latidos de mi útero. Por las mañanas, volábamos como dos halcones desnudos sobre los restos de la ciudad. Éramos invencibles. Me acuerdo de aquel letrero sobre la montaña, el enorme pino detrás de los ventanales de la cocina, el cerro detrás de Las Lomas, el puente sobre el estero, las casas abandonadas, los gansos en el césped, la calle Costanera, Elliot Smith susurrando sus tristes canciones. Ya no hay nada, solo frío y sed. Hace rato que la dama amarilla me mira dormitar. Nunca me duermo del todo, no me lo permito. Tengo el brazo lleno de moretones, y no creas que es porque me han golpeado. Nadie me ha puesto un dedo encima. Soy yo la que me niego a dormir. Me pellizco, me rasgo, me hago agujeros en la piel para no dormir. Me oculto detrás de una melodía que apenas recuerdo. Cuento las arañas que escalan el árbol. Enumero las hormigas que suben por mis piernas hasta mi cabeza. Colecciono cabezas de salamandras, y ceno siempre de pie en la cocina. Espero que la noche se abra y me trague. Pero no lo hace.

He escuchado que el poder que tenemos algunas mujeres alcanza para darle la vuelta al mundo con cintas. Mi poder dormita en mis párpados mudos. Quiero escabullirme del miedo, de este monstruo jadeante y quisquilloso que es la realidad. Odio la sensación de no poder huir más allá de lo que ven mis ojos, de sentirme invadida por el peso agobiante de tu ausencia. Tus enojos se han ido, también tu ambigüedad. Soy como aquel hombre que sobre sus hombros soporta el peso del mundo. O como aquella mujer que carga a todos los niños en su útero triste.

¿Dónde estarás, amor mío? Te has alejado de este animal cansado.

Mañana lameré el suelo donde cayeron los residuos de lo que fuimos.

 

La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!