Sombras de pájaro


foto de Santiago Serrano

Buenos Aires amanece envuelta en una capa de óxido gris. Jóvenes nubes oscuras corren vigorosas alterando el cielo, volviéndolo un amasijo confuso. Los diluvios han sido constantes este febrero. Son las siete del martes 21. Lucía Juan duerme; se debate entre malos sueños. Por una rendija de su ventana entra un hilo de viento que anuncia una nueva tormenta y la enreda en una pesadilla incomprensible. Hace calor, pero en su sueño es invierno y el frío se le ha metido en el cuerpo como un presentimiento que la hace temblar. Lucía Juan nació en San Ramón de la Nueva Orán, en el Chaco Salteño, allá donde las temperaturas llegan a los cincuenta grados a la sombra y los veranos son verdaderas pruebas de resistencia para las almas cansadas. Lucía Juan conoció a dos compañeros de su padre, que trabajaban en la zafra y murieron insolados, vertiendo sangre por nariz y boca. No le temas al calor, nuestro elemento es el fuego. Témele al frío. El frío oculta cosas, se mete bajo la piel y roe los huesos como hace el mar con las rocas, le decía su abuela, hija de indios wichí. Los últimos inviernos ha nevado en Buenos Aires y eso a Lucía Juan le ha producido tal espanto que ha pensado en regresar a Orán, aunque ello le suponga olvidarse de los sueños con los que, hace ocho años, llegó a la Capital. Sueños de los que, hace tiempo, solo ve las sombras.

Con el cuerpo entumecido, hecho una G, Lucía Juan sueña que es un gorrión. El gorrión es el pájaro de la alegría, pero ella siempre fue una niña triste que nunca aprendió a reír. A los treinta años, se ha convertido en una mujer sedentaria, sombría, cuyas rutinas se repiten todos los días de manera escrupulosa y sin alteraciones. Los horarios son enormes tijeras que cortan alas y cabezas. Lucía Juan lo intuye, pero no sabe volar. Todas las noches se acuesta a las diez en punto para estar en pie a las siete menos cuarto de la mañana. A esa hora se prepara un mate amargo, se asea y se viste. A las siete y cincuenta y cuatro minutos toma el tren en la estación de Castelar y se baja a las ocho y treinta y tres en la terminal de Once, donde trabaja en un call center hasta las seis de la tarde. Dieciocho minutos pasadas las seis toma el tren de regreso a Castelar y llega a casa sobre las siete. Cada quince días compra doce milanesas de pollo, res y ternera. Hoy es martes, y antes de irse a trabajar descongelará la ternera.

Lucía Juan es delgada, lívida, de rostro largo; su cabello negro y ondulado cae sobre los cuencos que forman sus marcadas clavículas. De sus ojos oscuros y grandes brota una mirada triste y mansa. No habla mucho, sus gestos son ligeros, delicados, mínimos. Es tímida como una luna en cuarto menguante. Su padre la llamaba “mi pajarito asustado”. Tiene una voz dulce y acompasada. Si fuese menos cohibida, hasta podría cantar. Con el sueño de tener un programa en la radio, se fue a Salta a estudiar para locutora, pero nunca se atrevió a ejercer. Se conformó con ayudar a su madre en la tienda de ramos generales que tenía en el centro de Orán. Un día, aburrida de su vida, le dijo a su madre que se iba a probar suerte en Buenos Aires. Repartiré carpetas por todos lados. Puedo trabajar en radio, hacer doblajes de películas, voces en off, comerciales. ¡En Capital hay mil posibilidades!, le dijo, aparentemente convencida. De eso hace ocho años. Lucía Juan nunca envió a nadie su hoja de vida; ni siquiera ha escrito una, porque no tiene nada qué poner. Ha pasado el tiempo repartiendo volantes, atendiendo locutorios y contestando llamadas en call centers.

En el sueño, una amenaza invisible la acecha. Es un gorrión asustado, encerrado en un lugar muy frío, una especie de frigorífico. A su alrededor hay muchísimos pájaros que aletean desesperados. Ve a algunos arrinconados, sin alas; y ve a otros muertos, tirados en el suelo, sin cabeza. Ella quiere huir, levantar el vuelo pero el techo es bajo, y sus alas están lastimadas. A las seis y cuarenta y cinco minutos, el sonido del despertador la saca del sopor. Controlada por el reloj, toma el tren en Castelar. Está repleto, no hay asientos disponibles. Viaja arrimada a una de las paredes sucias del cuarto vagón. Mira a los demás y piensa que son como los pájaros. Gente común, seres anodinos ahogados en rutinas, personas que quizá tuvieron sueños reales, o que probablemente aún los tengan. Águilas arpías, fragatas, cormoranes, perdices, calandrias, colibríes. Todos pidiendo que les abran la puerta de sus jaulas.

La madrugada del miércoles 22, Lucía Juan vuelve a soñar que es un pájaro, ya no un colorido gorrión que intenta escapar, sino una gaviota gris a la que le han arrancado las alas y que permanece sangrante en la cima de un enorme risco, junto a cientos de pájaros heridos o muertos. El llanto de las aves es aterrador. La angustia por no tener alas es tan profunda que la gaviota gris se arrastra hasta la punta del peñasco. Quiere saltar y morir estrellada contra las rocas que el mar golpea en el rompeolas. Antes de saltar, intenta una vez más hacer los movimientos del aleteo, pero es tan inútil como agarrar un lápiz con un muñón. Cierra los ojos y salta al vacío. La caída le produce un estremecimiento tan fuerte que se despierta de inmediato, entre la zozobra y el miedo. Esa mañana de miércoles, mientras se lava los dientes, un pensamiento la atormenta: te quitaron las alas porque nunca aprendiste a volar. Cuando sale de casa, su cabeza está tan revuelta que olvida poner a descongelar la milanesa de pollo.

Fiel a su rutina, Lucía Juan se monta a las 07:54 en el segundo vagón del tren número 3772. La gente sube apurada, dando empujones. Otra vez, no halla asiento. Más de 1200 pasajeros viajan esa mañana en la línea Sarmiento. Es el primer día laborable después del feriado de carnaval. Vamos como animales, escucha gritar desde atrás. En su mente todavía revolotea el sueño de los pájaros. Siente pena por la gente que la rodea y por ella misma. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Tal vez, debería volver a Orán, se dice en silencio. A la altura de Caballito, algunos empiezan a notar que el tren desacelera mucho antes de llegar a la siguiente estación, como si le costase frenar.

Poco antes de llegar a la estación de Once, Lucía Juan siente una velocidad excesiva, como si el tren se hubiese vuelto de aire. Debería detenerse y no lo está haciendo. De repente, la visión de los pájaros muertos aparece nítida. En su estómago, el miedo cava un agujero. Son las 08:33. La mujer se agarra con fuerza a uno de los asientos y aprieta los ojos. El choque terrible no tarda en llegar. Se escucha una gran explosión que rompe los vidrios de las ventanas. 51 personas de los primeros vagones mueren, y más de 700 resultan heridas. El tren se convierte en un cementerio de pájaros. Lucía Juan pierde una de sus alas.

(Cuento inspirado en el accidente ferroviario ocurrido en el barrio de Once, en Buenos Aires, en 2012. Este cuento salió publicado en el libro de fotografías (de) antes de partir, de Santiago Serrano).

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Sara


La primera vez que vi a Sara pensé que tendría unos trece años, después supe que tenía solo nueve. Se mudó con su madre al departamento de al lado. En esa época arrendábamos un piso en un edificio solariego sobre la calle Colón. Sara es morena, tiene el cabello liso, endrino, y a los nueve años ya tenía demasiado cuerpo. Yo tenía veintidós, pero aún pisaba territorio confuso; la verdad es que me costó madurar. Conservaba costumbres de adolescente: me seguía masturbando dos o tres veces al día y los fines de semana hasta cinco veces, pero enfrentaba con tesón las pesadas cargas horarias de la carrera de Medicina. Elisa, la madre de Sara, era una mujer atractiva, de mirada huidiza, risa estrepitosa y grandes pechos, que exhibía sin pudor. No me sorprendió demasiado cuando mi padre me confesó que la vecina le gustaba, tampoco me extrañé de que tres años después decidiera casarse con ella. Lo que sí me sorprendió fue notar que el cuerpo de Sara ya era el de una mujer a los doce años. Imaginaba sus pezones a través de su camiseta blanca: eran del color que tiene la carne de los pomelos rosáceos, y su textura como de pistilos a punto de brotar. Sin tener mucho busto aún, había heredado de su madre el gusto por los escotes, y yo se lo agradecía. Sus muslos resaltaban rabiosos, su cintura era pequeña y su trasero prominente, como una colina en la que mis ojos se perdían sin fin. Tenía ganas de tocar a mi hermanastra y ella se daba cuenta.

Sara me sacaba la lengua coqueta cuando reía; otra veces, saltaba sobre mí y repartía besos por mi cara y cuello sin que existiera ningún motivo. Eran como arranques de locura. Yo me la quitaba de encima, sin mucha convicción. Por esa época yo salía con Patricia, llevábamos dos años de novios y pensábamos casarnos. Patricia era una mujer bien puesta, pero insípida. Mi padre, que se había mudado junto a Elisa y Sara a una casa antigua que tenía cuatro cuartos y una buhardilla donde él hacía la siesta y leía, nos ofreció ir a vivir con ellos con la intención de que nosotros ahorremos lo necesario para comprar nuestra propia casa. Nos mudamos en diciembre y celebramos la Navidad en familia, fingiendo para no discutir por temas intrascendentes. La habitación de Sara quedaba a diez pasos de la nuestra. Aquella noche vomitó por exceso de comida y unos sorbos de vino rojo. Me pidió que le leyese uno de mis cuentos antes de dormir, como solía hacer su padre cuando era pequeña. Le leí uno de fantasmas que había escrito la semana anterior. Ella estaba debajo de las cobijas y yo sentado a su lado, en el borde de la cama.

De repente, cuando aún no terminaba el cuento, Sara se quitó la cobija y sus pechos quedaron descubiertos. Tengo calor, dijo. Yo me quedé inmóvil, mirándola sin poder contener la lascivia. Ella apartó aún más la manta y me dejó ver su cuerpo entero desnudo. ¿Duermes así?, le pregunté un poco nervioso. Sí, porque mi habitación es demasiado calurosa. ¿Cómo duerme Patricia?, dijo con voz de niña. Sara ¡cúbrete, por favor!, le pedí azorado, recobrando el sentido. Me levanté, y salí del cuarto. Antes de cerrar la puerta, volví a mirarla, ella tenía su mano en el pubis. Dos días estuve elucubrando la manera de quedarme a solas con Sara para tocarla sin que mi padre, Elisa y Patricia lo notaran. La imagen de la chiquilla desnuda me estaba enloqueciendo. El sábado siguiente, Patricia se fue a visitar a sus padres. Me llamó a las ocho para decirme que llovía y que se quedaría a dormir en su antigua casa. Mi padre y Elisa habían ido a una cena. Yo celebré tomando whisky. Escondido como un alacrán en la oscuridad esperaba mi momento.

Sara había ido al cine. Me metí a mi cuarto y dejé la puerta abierta, sabía que ella llegaría, merodearía y se daría cuenta de que estábamos solos. Así sucedió. Me encontró medio borracho tirado en un sillón.

—Se han ido todos — me dijo parada en el marco de la puerta, llevaba un vestido celeste de verano.
—Así parece — contesté como un animal que no se altera.
—¿Quieres venir a mi cuarto a ver una peli? — preguntó haciéndose la inocente.
—¿Tú tienes ganas? — dije sabiendo que ella quería. No respondió, se fue a su cuarto. Yo la seguí. Ya estaba oscuro. No encendimos las luces. Ella puso a todo volumen un dvd de Harry Potter. Se sacó el vestido que llevaba delante de mí y se puso una cortísima camiseta de algodón que dejaba ver el nacimiento de los vellos en su triángulo. Se echó en la cama con un almohadón debajo de sus brazos. Yo me senté a su lado.
—Dame un masaje, tengo agujetas en toda la espalda — pidió mientras veía la pantalla sin parpadear. Yo miraba su piel perfecta, la suave tela de su calzón intentando contener los ribetes de sus nalgas morenas. Empecé a masajear sus hombros, bajé por su espalda deteniéndome lo más posible en cada músculo. Ella parecía no sentir nada. Mi respiración empezaba a hacerse pesada, sabía que ella la percibía a pesar del ruido del televisor. Llegué a sus nalgas, ella abrió un poco las piernas.
—Me gusta cómo me tocas. Tócame más — musitó levemente.
—Sara, no debería tocarte y lo sabes — dije sintiéndome un extraño. Quien decía esas palabras no era el mismo hombre que la tocaba con un deseo irrefrenable.
—¿Quién dice? — preguntó ella levantando un poco la cabeza.
—Eres menor de edad y yo soy tu hermanastro. ¿Eres consciente de eso? — le pregunté sin mover ni un centímetro mis manos que se habían estancado en sus muslos.
—Ya, ya, deja de decir tonterías y sigue con el masaje. Aprovechemos que no hay nadie — dijo ella como riñéndome.
—Perdona, Sara, no puedo seguir. Esto está mal… No debo — dije y me levanté de pronto.
—Eres un cobarde. Un puto cobarde de mierda — dijo volviéndose y mirándome a los ojos. —Yo sé que te gusto, y tú sabes que me gustas. Qué más da si soy chica, si tú eres grande, si tienes novia, si mi padre se casó con tu madre. A mí nada de eso me importa— dijo de rodillas en la cama. Luego, se sentó y puso un almohadón entre sus piernas. —Pero si quieres vete, me da
igual — sentenció enojada, haciendo un ademán como quien echa a un perro.

Salí de la habitación sintiéndome un imbécil, intentando entender de qué iba este juego malsano. Vi que la puerta de la sala se abrió, eran mi padre y Elisa. Me metí en mi habitación. Me saqué la ropa, me acosté en la cama pensativo. Estaba empalmado. Sabía que no iba a poder dormir. Empecé a masturbarme, aún tenía viva la sensación del cuerpo de Sara en mis dedos. De pronto, la perilla de la puerta se giró. Me di la vuelta, me cubrí con la manta para hacerme el dormido. Era Sara desnuda. Encendió la luz, y empezó a revolver las cosas de un estante. Parecía que había perdido algo.
—¿Por qué entras así? ¿Qué buscas? — le pregunté un tanto molesto.
—Busco esto — dijo enseñándome un cuadernillo. —Este es mi viejo diario, quiero leerte algo —.
—Sara ¿podrías cubrirte? No es normal que andes en bolas por la casa — le pedí sin querer que lo hiciera realmente.
—No me hizo ningún caso. Abrió el cuadernillo, se sentó al borde de mi cama, y empezó a leer. —Hoy llegó Gustavo con su novia, Patricia. Ella no me gusta para él, es demasiado larga y sosa. Él se merece una mujer ardiente como yo, que le dé todo el placer que quiera, que siempre esté dispuesta a complacerlo. Sé que le gusto a Gustavo. Vi cómo me miraba las tetas en la boda. Esa noche quise besarlo, pero él no me dio oportunidad. Sueño con que llegue el día en que pueda dormir junto a él. Quisiera que me hiciera suya —. De pronto, dejó de leer. Se calló un momento.

—Esto lo escribí hace exactamente seis meses y lo dejé aquí, casualmente, para ver si tú o la tonta de tu novia lo leían — dijo evidentemente afectada, casi al borde de las lágrimas.
—Sara, apaga esa luz y ven aquí — le pedí. Ella me hizo caso y se metió debajo de la manta. Sintió mi verga dura. Empezó a besarme con descontrol y yo a ella. Sara no era virgen, pero yo no lo sabía. Me alegré de que así fuera. Disfruté de su cuerpo hasta las seis de la mañana cuando caí rendido. Patricia nos encontró acurrucados, hechos una sola carne. No dijo nada, no nos
despertó. Fue a llamar a mi padre y a Elisa. Los tres contemplaron el cuadro en silencio. Era horrible y hermoso a la vez.

La redacción



Sueño que regreso a la vieja sala de redacción. El Editor General, un veterano calvo, misógino y alcohólico, me da la bienvenida entre una ruma de papeles. Todo está igual por aquí, me dice. A través del vidrio veo a algunos periodistas que me miran con recelo; se dice que los que vuelven son escoria. Muchos llevan un uniforme azul, parecen muertos solemnes. Me asignan mi antiguo puesto, un receptáculo que da la espalda a la redacción y tiene enfrente un enorme ventanal que nunca se abre. Una pesada persiana gris cae sobre él para tapar cualquier rayo de luz natural que pueda llegar desde el exterior.

En este búnker habitado por hormigas estresadas nunca se sabe si es de día o de noche. Una luz amarilla afilada cae sobre las cabezas, las corta en cuadraditos. Cámaras de vigilancia han sido dispuestas como ojos escrutadores por toda la sala que debe medir treinta metros de largo por diez de ancho. Ocupo mi lugar. Al poco rato, una secretaria se me acerca. Me comunica que mañana a las ocho me tomarán las muestras de sangre para los respectivos exámenes de laboratorio y, por la tarde, las huellas dactilares para que pueda marcar mi ingreso y mi salida. La hora de entrada es las 8:30 en punto. Si llego tres veces pasada esa hora me amonestarán descontándome un porcentaje de mi salario.

No hay una hora exacta de salida, y aunque debas cumplirlas: no se pagan las horas extras. Se trabaja, por turnos, los fines de semana y los feriados; y se hacen guardias nocturnas.

Me asignarán un código que deberé aprenderme y que deberé marcar cada vez que salga o entre al periódico. Me indica que mi cupo de Internet es de una hora diaria y que puedo realizar treinta y dos llamadas al mes a números convencionales y diez a celulares. Si me paso, también me lo descontarán del sueldo. Me recuerda que el tiempo de almuerzo es de media hora. ¡Ah! y se le olvidaba: pasado mañana un sastre me tomará las medidas para hacerme el espantoso uniforme. También habrá una reunión de mujeres la próxima semana donde se nos notificarán las obligaciones sanitarias que debemos seguir, y se hablará de otras cuestiones que nos interesan a todas, como cuánto maquillaje podemos llevar o qué tan largas deben ser las faldas del uniforme.

Firme aquí, por favor, me pide la secretaria. ¿Y esto para qué?, pregunto angustiada. Es un memo con toda la información que acabo de darle, necesitamos la constancia de su aceptación a las normas. Firmo. La mujer sonríe y se va. Siento asfixia.

Me pica la palma de la mano derecha, me la rasco con las uñas. Observo que justo en el centro, en medio de las líneas del corazón y de la cabeza, tengo un punto rojo. Me llama el Director, un viejo político del partido azul. En su buena época fue ministro de Gobierno. Voy a su oficina. Le doy la mano, me siento en su sofá de cuero. Entre él y yo queda una gran mesa de ceibo con ribetes dorados. Me dice que está gustoso de tenerme de vuelta. Le digo que intentaré hacer las cosas lo mejor posible. Empieza a contarme sus planes para la campaña que se avecina. Recita los nombres de viejos colegas, conocidos mafiosos, amigos condicionales, empresarios corruptos, políticos ineptos, algunos en funciones, a quienes debo entrevistar.

Como una araña el enojo me sube por las piernas, me eriza los pelos de los brazos y se me planta en el estómago. Es una granada sin seguro. Me rasco el punto rojo y descubro que no es un punto, sino la cabeza de algo que parece un hilo. Trato de sacarle la punta a la pequeña prominencia pellizcando el trozo de piel con las uñas, mientras intento no ausentarme demasiado del monólogo del Director. Aparece la boca de un cuerpo extraño enterrado en mi carne que empieza a doler. Siento que la mano se me ha hinchado de repente. El Director me pide mi opinión sobre la actualidad política del país. Le digo que he estado viviendo fuera, pero que ya empezaré a enterarme. Salgo de su oficina. Un colega me invita a tomar un café. Lo sigo a un autoservicio, dentro de una estación de gasolina. Me cuenta que su novia acaba de dejarlo, que se ha ido llevándose todo, hasta el perro. Me habla como si me hubiese visto ayer, y han pasado cinco años desde la última vez. Le digo que tengo trabajo por hacer. Llegan otros periodistas. Me saludan hipócritas, me preguntan qué tal mis viajes, les digo que bien, gracias. Me voy. En el camino me jalo el hilo y salé aún más, ahora pienso que me atraviesa toda la mano.

Me duele como si tuviese enterrado el aguijón de una avispa. Es un dolor ríspido, seco, sin sangre. Pienso que a Cristo le dolieron más los clavos. El hilo se ve cada vez más ancho. Saco más y veo que no es un hilo, sino un delgado alambre. Subo a la redacción, me encierro en el baño y vuelvo a jalar. El dolor aumenta con cada estirón. Intento arrancarlo con los dientes. Un fluido sanguinolento empieza a salir, a bajarme por el brazo, me ensucia la camisa. Me echo agua, aprieto la mano para ocultar lo que llevo dentro. Salgo. Veo la redacción y siento como si una pesada losa de cemento me aplastara la cabeza. Tengo a dos periodistas a cargo, una chica y un chico de unos veintitantos. Paso por el puesto de la chica. Le pregunto en qué está trabajando. No me contesta. Lleva en la muñeca un brazalete del candidato azul. Le pregunto que por qué lo lleva. Porque es guapo, dice sin escozor. Y ya tengo listo un perfil sobre él, me avisa. Le pido leerlo. Me lo trae. Es un texto corto, está mal escrito, no describe al personaje, no hay contraste, lo que hace es venderlo como la mejor opción. Siento náuseas.

Le pido que se siente para conversar. Dice que debe irse a cubrir algo importante. Coge su bolso y se voltea. Eres una periodista, no una publicista ni un mercenario, le digo sin poder medir el tono alto de mi voz. Ella me mira desafiante. Tu artículo es pura propaganda, y está terriblemente escrito, le escupo mirándola a los ojos. Quiero que lo reescribas, y que esta vez aparezcan los grises del candidato, y que hagas el mismo trabajo con el postulante rojo, le ordeno. El Editor General ya me aprobó este artículo, ahí está su firma, saldrá publicado mañana, me dice sin esconder una sonrisa, y se va.

Siento punzadas en la mano, está inflamada. Me jalo otra vez, y brota un líquido espeso y amarillento parecido al pus. El dolor de la mano se me clava en el pecho.

Llega el chico, le pregunto qué está escribiendo. Nada, contesta. Pensaba ir a una rueda de prensa en el Tribunal Electoral para ver qué dicen. Olvídate de eso, le pido. Qué ideas tienes, insisto. Silencio. No hay ideas, no sabe qué hacer. ¿Por qué estás aquí entonces, por qué no te has quedado en tu casa durmiendo?, le pregunto entre dolorida y enojada. Él alza los hombros. Voy al baño. Estiro aún más el alambre que desgarra la carne de mi mano. Sale un trozo más. El pedazo que he sacado cuelga fuera, quiero cortarlo, lo muerdo, pero no hay forma.

Esa tarde cuando llego a casa me lo saco del todo y me vendo la mano. Pasan dos días, me quito el vendaje. Ya no quedan rastros del alambre ni del pus, pero sí un agujero que me traspasa la mano. Lo ignoro. Los días en la redacción pasan lentos y agonizantes. Intento dirigir a los periodistas, pero es imposible, están viciados, han adquirido los males de las redacciones: el envilecimiento, la cobardía y la pereza. Al final del día me llama el Editor General. Me dice que han repartido los bonos de productividad y tiene listo mi cheque. Veo un papel sobre su escritorio con mi nombre, me han asignado 440 dólares. Él dice que no está de acuerdo con aquella cifra, tomando en cuenta mi experiencia y mi calidad. Dice que a otros editores de sección les han pagado por encima de los mil. Quiero que se calle, pero sé que no tendré el tino para pedírselo de buena manera.

Me comenta que cree que el Director me ha puesto el ojo, que sospecha que no está conforme con lo que estoy haciendo, que escuchó decir que estaba arrepentido de haberme traído de regreso. Que yo ya no soy la misma. Te digo todo esto porque te aprecio, y no quisiera que te cayera de sorpresa, me dice palmeándome el hombro. ¿Qué te ocurre?, me pregunta con sorna.

Hago una mueca. Intento meter la uña del dedo meñique en el agujero de la mano. El dolor agudo que me produce aquello me calma un poco, me ayuda a abstraerme, a disipar en algo la rabia y el asco que me provocan las palabras del Editor General y el bigote sobre sus dientes podridos de fumador. El dinero no me interesa, quiero comentarte un tema que creo debemos publicar. Se trata del viejo debate sobre las presiones y subjetividades con las que los periodistas debemos lidiar, sobre todo los que cubrimos política, le digo. La chica que está a mi cargo da vueltas alrededor de la oficina como una abeja, quiere escuchar la conversación.

Se acerca con sus modos de putilla de feria y hace una pregunta estúpida, como todas las que ha hecho en su vida, al Editor General. Yo sigo rasgándome con la uña. Abro camino, desbrozo. La piel se dilata de a poco provocándome un delicioso dolor. Este dolor es lo mejor que tengo ahora, lo único que me salva de esta podredumbre. La chica se va. Perdona la interrupción, ¿qué me decías?, me pregunta él con una sonrisa falsa. Hablo paciente, con aplomo, como si mis tripas no estuviesen a punto de estallar.

Creo que es necesario contarles a los lectores el debate interno que los periodistas vivimos día a día. Debemos decirles la verdad, que somos personas de carne y hueso, con pasiones y tendencias ideológicas como todos, y con presiones como pocos, dentro del periódico y fuera de él. Quienes compran el diario deberían saber que eso influencia notablemente nuestra visión de lo que llamamos realidad, y de cómo la construimos. El Editor General bosteza.

Podríamos recoger varios testimonios de periodistas de todo tipo y hacer un reportaje para el fin de semana. Un texto honesto, donde desnudemos el cómo hacemos nuestro trabajo. En este reportaje, los periodistas deberían contar de qué tendencia política son, qué tipo de censuras han sufrido y también debería decirse a qué intereses responde el periódico. Así, cuando los lectores lean los artículos sabrán a qué atenerse. El Editor General me mira impávido. El sopor de la tarde cuelga de sus ojos en forma de lagañas, la luz amarillenta del tumbado lo hace ver más feo y más viejo de lo que es.

Lo que tú planteas es decir la verdad, dice al cabo de un rato. Tú quieres que salgamos a contar que detrás del perfil del candidato azul hay una pauta publicitaria de un mes, una amistad, unos compromisos, y que detrás de la persecución al candidato rojo está la ideología política del Director y la intención que tiene con el candidato azul de comprar un campo de golf. Quieres que reconozcamos que los propios editores ejercemos presión y censuramos a los periodistas que investigan la corrupción en las filas azules, y que admitamos que dejamos solos a los que enjuician. Estás loca si crees que en algún periódico del mundo te dejarán escribir estas cosas.

Tengo la boca amarga, la sensación de haber bebido un vaso de bilis. Empujo aún más la carne del centro de mi mano, ahora tengo un túnel que se ve claramente. La abro y la cierro nerviosa. No digo nada más. Me levanto y me voy. Miro la redacción, me pregunto qué hago aquí. Soy periodista, pero no pertenezco a esta miseria. No puedo seguir en esta farsa. Voy a mi puesto y recojo mis cosas. No me despido de nadie. Salgo a la calle, me da el sol en la cara, respiro aire puro otra vez. Abro la mano para ver el agujero. No sólo se ha cerrado, sino que ha vuelto a ser un tenue punto rojo entre la línea del corazón y la cabeza.

 

 

El olor de Madrid



 Moría la tarde de agosto, los últimos rayos del sol caían débiles sobre Lavapiés. Un olor conocido pero indescifrable perseguía a Esther desde hacía varias calles. Cuando lo pensaba dormido, se despertaba en una esquina, en un mercado; le sacaba la cabeza detrás de una manzana, la lengua desde lo alto de un edificio, le ponía una zancadilla en un semáforo en rojo. Había viajado diez horas en avión, era la primera vez que pisaba Madrid. El jet lag le provocaba náuseas, mareos, disritmia cardíaca, agotamiento. Se sentía cansada y lejana, caminaba con pesadez. Tenía hambre y sueño. Pero la necesidad de salir a recorrer aquellas calles trajinadas por ojotas de migrantes podía el doble. ¿No lo huelen?, nos preguntó a Pablo y a mí. ¿El qué?, dijimos. Ese olor de Madrid, dijo. ¿Y a qué te huele Madrid?, preguntamos. No sé, es como un olor a flores blancas, las flores del cidro. Es algo que se te mete profundo en la nariz, contestó. Nosotros llevábamos demasiados años en la ciudad como para percibirlo.

Esther se quedó callada, sería el cansacio, pensamos. Seguimos caminando un cuarto de hora más y entramos al bar Nietzschesobre la calle Doctor Fourquet. Fue entonces cuando Esther tuvo la certeza del déjà visité, un fenómeno que le hace creer a las personas que conocen con anterioridad un lugar en el que nunca han estado. Ella creía que en un antes remoto había caminado por estas calles y entrado a aquel bar, que también es galería de arte. Su nariz lo sabía. Se veía lívida y preocupada. Tomemos una caña y verás que se te pasa, le dijimos. Los olores no engañan, replicó. Al día siguiente, Esther se levantó muy temprano. Quería ir al Museo del Prado. Se duchó para aliviar un poco el calor asfixiante que hacía, se puso un vestido de verano, bebió un zumo de naranja y salió por la calle Lavapiés. Sin preguntarle a nadie ni ver un mapa, como si sus pies supieran la ruta, tomó rumbo este hacia Echegaray, continuó por la Plaza de las Cortes, luego tomó la calle de Felipe IV, caminó por el Paseo del Prado, giró a la izquierda hacia la plaza Murillo, luego otra vez a la izquierda, de ahí a la derecha y, por último, a la izquierda donde está el Museo. El olor la guiaba como una estela casi imperceptible, de esas que dejan los aviones.

Me llamó y me lo contó. Yo le dije que eso no podía ser. Durante toda la semana siguiente, Ester tuvo una pesadilla recurrente. Soñaba con una niña de once años que moría atropellada. No sabía muy bien cómo ocurría la muerte, veía a la niña cruzando una avenida y luego tirada sobre la calzada con el uniforme de colegio ensangrentado. Veía la calle San Benito y el Paseo de la Castellana. Oía gritos, y se despertaba sudada y con ese olor cítrico, áspero, hiriente, impregnado en la habitación. Madrid huele a una flor blanca, como flor de muerto, me dijo uno de esos días. Esther se volvió taciturna y la ciudad, un embudo que la aprisionaba, le provocaba migrañas y un agobio que no podía entender. Se sentía una pequeña estrella de mar perseguida por los ocho brazos de un pulpo que buscaba atraparla, desmembrarla, comérsela viva. No podía dormir, salía por las noches a caminar sin rumbo, intentaba que la ciudad, de alguna manera, se manifestara y le explicara qué le ocurría. A veces, veía el amanecer en una banqueta. Cuando el cansancio la vencía, regresaba a su cuarto, sin respuestas. El olor estaba en la calle, en sus ropas, en su aliento, suspendido en el aire pesado de sus sueños. No había forma de escapar de él.

 Como si la estuviese buscando, Esther conoció a Milagros, una chica que estaba en silla de ruedas y vendía boletos de lotería en un kiosko. Se pusieron a hablar y Milagros percibió la turbación en la mirada de Esther. Le contó que tenía el don de la clarividencia del pasado, y le explicó que ver lo que ha ocurrido, mucho antes incluso del nacimiento, es posible porque nada perece, y en los planos superiores de la materia quedan imperecederamente registradas todas las escenas y pensamientos que han ocurrido. Esther no le contó sus pesadillas, solo le dijo que Madrid la agobiaba y que quería comprender la razón. Milagros le propuso que fuera a su casa para, entre las dos, descubrir qué ocurría. Esther me pidió que la acompañase. Fui con ella a un barrio pobre de Puente de Vallecas, subimos a un octavo piso de un edificio guarro y nos sentamos a esperar a Milagros, que apareció después de un largo rato, muy pálida, seria y vestida de negro. Me asustó un poco su apariencia, tenía la sensación de que nos íbamos a meter en una especie de ritual ocultista, o que se nos aparecería la niña de once años y nos acuchillaría a las tres. Intenté calmarme. Esther había ido hasta ahí por una respuesta y no se iría sin ella. Eran las nueve menos veinte.

Una tenue luz entraba por la ventana abierta. Milagros tomó las manos de Esther y miró escrupulosamente las pupilas de sus ojos. Sin desviar la mirada y casi susurrando, le dijo que la niña estaba sentada a su lado, que ella no podía verla pero la escuchaba respirar. A mí se me heló la sangre. Milagros cerró los ojos y le pidió a Esther que hiciera lo mismo. Yo, por pura cobardía, metí la cabeza entre mis manos. La vidente empezó a hablar de una manera extraña. Dijo que se llamaba Piedad y que estudiaba en el colegio Nuestra Señora del Pilar, que queda sobre la calle San Benito. Le dijo que el 11 de noviembre de 1967, mientras cruzaba el Paseo de la Castellana con su mejor amiga, Nerea, la atropelló un camión. Quedó muy mal herida, tenía rotas las costillas, hemorragias internas, estaba desfigurada. Agonizó durante tres semanas. Los últimos diez días estuvo en coma. Nerea la iba a visitar a diario, le ponía en la frente colonia de azahar, ese olor es lo último que recuerda de estar viva. Esther empezó a llorar desconsolada, era como si reviviera aquello que, conscientemente, jamás había vivido. El viento hacía ondular las cortinas. La sala se llenó del olor del azahar. La noche caía tibia sobre Madrid.



Permanencia



El sábado, las huellas de la batalla amanecieron desperdigadas por toda la casa. El pantalón de él en el suelo, las medias de ella debajo de la cama, las gafas y los calzoncillos encima del mueble. Las bragas de encaje negro, detrás del sofá. Cuando se despertaron, Clara le preguntó su nombre. Él no respondió. Ella le ofreció desayunar, pero tampoco contestó. Él hizo una señal como pidiendo papel y lápiz. Clara buscó y lo trajo. Él escribió: me llamo Rubén, soy sordomudo. Ella se llevó las manos a la cabeza, empezó a deshilvanar lo ocurrido, intentando sobreponerse a la resaca. Había empezado a beber desde temprano con unas amigas, para cuando llegó al bar estaba demasiado borracha como para distinguir qué hombre era aquel con el que se meneaba en medio de cuerpos sudados. La música estaba tan alta que no se podía hablar. Ella se había metido dos rayas, y se había subido a un taxi con este desconocido. Mientras iban a su casa, lo besaba enloquecida, como si quisiera devorarlo. Atropelladamente, venían a su mente escenas de sexo. Se acordó de que él había eyaculado demasiado pronto, y de la sensación de frustración posterior.

Un asco irrefrenable le revolvía el estómago mientras pasaban los minutos. Lo miraba horrorizada. Él era más bajo que ella, y tan flaco que se le veían las costillas. Su cabello era ralo y canoso. Parecía enfermo, y tenía un lunar de carne encima de la boca. El sol trayendo su asquerosa claridad. Es mejor la noche que todo lo disimula, todo lo hace ver menos terrible.

Ella buscó sus cosas esparcidas, y se las trajo. Quería que se fuera inmediatamente. Se vistió y le hizo señales de que debía salir. Él tomó el papel y escribió escrupulosamente: te esperaré aquí hasta que regreses. Clara dijo que no, que de ninguna manera, moviendo la cabeza, alterándose. Él se vistió y salieron juntos. Ella dio una vuelta falsa alrededor de la plaza. Quería despistarlo, tener la seguridad de que se había deshecho de aquel tipo que, a estas horas tan lúcidas, le parecía despreciable. Mientras caminaba, con la cabeza retumbando como un tambor, sólo pensaba cómo pudo acostarse con él. Se alejó unos pasos más, compró pan y el periódico. Regresó. Sintió alivio al no verlo, subió a su casa y se volvió a dormir.

Cuando despertó quiso creer que todo había sido un mal sueño. Esa noche había quedado con unas amigas. No les contaría nada, le avergonzaba sobremanera aquella historia. Era patética, sin gracia alguna. Se arregló y salió. Rubén la esperaba en la puerta. Clara se asustó al verlo. Le preguntó qué hacía ahí. Él le señaló el reloj como diciendo que era tarde. Los pájaros nocturnos cruzaban el cielo en bandada con dirección al sur. Ella lo ignoró y se subió al primer taxi que pasó. Cuando volvió a su casa, a las dos de la mañana, él seguía sentado en las escalerillas de la entrada al edificio, esperándola. Le hizo la misma señal con el reloj. Ella le pidió al taxista que esperara a que entrase. Rubén acariciaba la cabeza de un perro lanudo y callejero. Ella lo miró como quien ve a un insecto. Abrió la puerta y entró. Él se quedó impávido. Ella no podía dormir, miraba por la ventana y lo veía ahí, solo y ausente. El perro se había ido. Pensó que tal vez era una persona sin casa, un desamparado. Tal vez si llamaba a la asistencia social se lo llevarían. Pero no vestía como un pobre: llevaba reloj, gafas, ropa de marca. Solo es un tipo molesto, pensó intentando, en vano, conciliar el sueño. Al día siguiente era domingo, Clara no salió de su casa. Él no se movió del portal. Ella tenía miedo de bajar. Pero el lunes lo tuvo que hacer para ir al trabajo. Él la esperaba en la plaza, sabía que debía cruzar por ahí para tomar el metro.

La vio y le entregó un papel que decía: Perdóname por molestarte, sólo quiero que cenemos esta noche. Ella dijo que no con la mano y la cabeza, y apretó el paso. Él la siguió y le enseñó el revés del papel que decía: Quiero hacerte el amor. Esta vez no me correré tan rápido, te lo prometo. Ella lo miró con repugnancia, y se marchó de prisa. Cuando volvió del trabajo, él estaba en las escalerillas. Ella pensó en llamar a la policía, y denunciarlo por acoso. Continuó caminando, él le mostró otro papel que ella no quiso leer, subió y, antes de tirar la puerta, le gritó: Lárgate, no te quiero ver más por aquí, si no te vas llamaré a la policía.

A la mañana siguiente, él estaba en la plaza. No se le acercó, sólo la siguió con la mirada mientras caminaba a la estación del metro. En el trabajo, le comentó a Diego, un compañero con quien tenía confianza, lo que estaba ocurriendo. Él se ofreció a ir con ella a su casa esa noche. Era martes. Cuando llegaron, Rubén no estaba en las escaleras ni en los alrededores. Ella se alegró, y empezó a creer que había exagerado. Subieron, ella le sirvió café y conversaron amenamente.

Cuando Diego se despidió era tarde, ella abrió la puerta desde el intercomunicador y no bajó. Se dio un largo baño, y se fue a dormir. Al día siguiente, en la oficina todos comentaban lo que le había ocurrido a Diego. Al parecer, un ladrón le había querido robar y le asestó siete puñaladas. Cuando lo encontraron había perdido mucha sangre. Estaba grave en terapia intensiva. Menos mal, ningún órgano importante estaba comprometido. Ella fue a visitar a Diego al hospital. Quería saber cómo era el tipo que lo atacó, estaba segura de que se trataba de Rubén. Él estaba entubado, inconsciente, no la dejaron pasar. Fue a su casa, y encontró a Rubén en la entrada de su edificio. Llevaba un papel en las manos. Se lo mostró cuando la tuvo más cerca. Decía: Quiero volver a hacer el amor contigo, y no me iré hasta conseguirlo. Ella empezó a golpearlo con la cartera, lo insultaba y le decía que su amigo estaba muriéndose por su culpa. Él no se defendía.

Ella subió y llamó a la policía. Les dijo que había un tipo que la acosaba, y que había atacado a un compañero de trabajo. Dijeron que un patrullero pasaría por su casa esa misma tarde. Ella no volvió al trabajo, se quedó a esperar a la policía, mientras veía por la ventana cómo Rubén la esperaba en las escalerillas mirando al suelo. Era miércoles. Cuando llegó el patrullero, pasadas las siete, ella bajó. Rubén seguía ahí, inmóvil. Ella le dijo al policía, señalando a Rubén, que ese hombre la había perseguido durante toda la semana y que creía que había atacado a su amigo. El policía le pidió los papeles a Rubén. Él se los entregó. El policía dijo: Es sordomudo, y tiene carnet de discapacidad. Ella dijo: Es un acosador, lléveselo preso. Rubén se mantenía con la cabeza agachada. No puedo. No tengo pruebas de que haya cometido un delito, dijo el policía. Si usted quiere, acompáñeme a la delegación para que ponga una denuncia, pero le advierto que deberá tener pruebas del acoso y del ataque. Clara se dio la vuelta furiosa, y subió a su casa. A la mañana siguiente, Rubén continuaba en las escalerillas. Era jueves.