Raúl Cabrera, el Nómada


A los 17 años, Raúl Cabrera recorrió el Ecuador con una mochila. A los 18 viajó durante seis meses por América del Sur. A los 20 años inició su viaje por el mundo y su vida de nómada. Ha recorrido más de ochenta países haciendo surf, snowboard y amigos. Cuando conoció a Tina, su esposa, y nació Milo, su hijo, Raúl encontró su hogar. Pero no quiso que sus viajes quedaran solo en la memoria. Con un equipo de producción viajó por 25 países durante tres años para filmar Nomad-A, el proyecto audiovisual que lo trajo de vuelta a Ecuador.

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HAWAI. El día se abre limpio, las olas gigantes esperan al hombre que intentará fluir en sus movimientos violentos, llenos de vida. Raúl Cabrera ha entrenado un año para este día. Largas jornadas de surf, de natación, de crossfit, le hacen pensar que está listo. Antes de entrar al mar, un amigo y mentor que lo acompaña, le recuerda: nunca tomes la primera ola. Las olas vienen en tandas, de seis, de ocho, de diez. Raúl, como si nada hubiese sido dicho, como si ese consejo no fuese de vida o muerte, toma la primera ola de la serie. La ola no lo lleva. Mira hacia atrás, y ve que todo el horizonte se nubla, un tsunami se avecina. No puede hacer nada para evitarlo. Le caen encima todas las olas de cinco, o seis metros. Lo sepultan, lo revuelcan, lo ahogan.

De pronto, tuvo la certeza de que moriría. Estaba debajo del agua y dijo: Dios, gracias por la bella vida que me has dado. La película de su vida pasó ante sus ojos. Y cuando estaba revolcándose y llegó al punto de comenzar a desmayarse, vio a un niño que le daba la mano. Raúl no sabía qué pasaba, si estaba llegando al cielo, si ya se había muerto. Cuando el niño dejó de darle la mano, sus labios toparon la superficie, y pudo respirar. Volvió a ver a ese niño cuando surfeaba en Inglaterra y en Marruecos. Raúl dice que ese niño era su hijo Milo, que aún no nacía. Pero cuando lo vio nacer, y Milo lo miró, supo que era el mismo niño que había visto en las tres ocasiones.

“Hay una parte de aventura, y una parte espiritual. No sabemos cómo estamos conectados, pero es como una red invisible en la que se conecta pasado, presente y futuro”, dice Raúl, quien ha venido a Ecuador para promocionar la serie de televisión y la película Nómad-A, hecha a partir de sus viajes.

Raúl nació hace 37 años en Guayaquil y siempre quiso ser un explorador. Desde pequeño sintió una intensa curiosidad por saber qué pasaba fuera de su barrio. De niño, fantaseaba con que su armario era un portal tridimensional capaz de transportarlo a cualquier lugar del planeta, amaba los mapas y saber sobre el mundo. Raúl es el menor de seis hermanos, y su padre, que era un próspero comerciante, murió cuando él tenía apenas 9 años. Recuerda a su padre como un hombre opuesto a él, que vive el día a día. “Era una persona muy seria, muy cerrada, parecía alemán, con una ética de trabajo muy firme”. Trabajaba de lunes a domingo. Su familia lo perdió todo cuando murió, pero Raúl mantuvo firmes sus enseñanzas. “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”, o… “Todos los huesos de todas las personas son blancos”, o… “No importa si la persona tiene o no dinero, lo que importa es el corazón”.

A los 17 años, Raúl hizo su primer viaje por su cuenta. Después de clases, enseñaba matemática o trabajaba de cajero en el minimarket de su hermano para ahorrar. Reunió 500 mil sucres y con eso se dio la vuelta al Ecuador. Eran cincuenta dólares. Un año más tarde, al salir del colegio, viajó por Latinoamérica: Perú, Brasil, Chile, Argentina, Bolivia durante seis meses. Gastó sólo 400 dólares, incluidos los tickets. Se quedó en casas de gente que había conocido en Montañita y Playas, donde ya surfeaba. Además, vendió cada cosa que tenía en su maleta. Vendió hasta un terno que su madre le aconsejó llevar “por si acaso haya un matrimonio”. Por él, le dieron 80 dólares en Brasil.

Hace 17 años, Raúl se fue por primera vez de viaje a Europa y nunca más regresó a vivir a Ecuador. Su primera parada, a los 21 años, fue Nueva Zelanda, el país perfecto para desarrollar sus dos grandes pasiones: el surf y el snowboard. Allá sacó la ciudadanía neozelandesa, estudió en la Universidad y logró un título de Economista, otro en Idiomas y además hizo un posgrado en Educación y Pedagogía. Trabajó para el servicio migratorio, como profesor de colegio, como instructor de snowboard, entre otras cosas. De Nueva Zelanda se movió por todo el mundo, y empezó su vida de nómada.

“Cuando estaba en la universidad en Nueva Zelanda, me tuve que pagar los estudios. Me costó 13 mil dólares sólo el año escolar. Tenía que trabajar de mesero y entrenar snowboard para las competencias. Hice dos años en uno porque quería salir a explorar el mundo y no quería estudiar más. Fue duro, estaba más ocupado que un cojo en una competencia de patear traseros”, dice.

Pero lo que Raúl más tiene es energía; sigue siendo un niño hiperactivo. “Me puedo quedar un mes sin comer y sin dormir si tengo que hacer algo. Si estoy surfeando es lo mismo, tengo un problema de obsesión con las cosas que amo hacer”. Lo que ocupa su mente estos días es la realización de la película y serie de televisión que tiene entre manos. Sin pagarles un centavo, Raúl logró juntar a un equipo de producción de alto nivel que lo siguió durante tres años por 25 países y cinco continentes.

Todos son amigos que ha ido haciendo en sus viajes. Gareth Sheehan, cineasta neozelandés que vive en Hawai; Adan De Miguel, fotógrafo español; Pablo Suárez, encargado de logística, español; Albert Ibañez, cinematógrafo chileno; Claudia Vieira, fotógrafa de África del Sur; Eduardo Pérez, web master, de Ecuador que vive en Nueva Zelanda; Cristóbal Sciaraffia camarógrafo de Chile, y Tina Christensen, su esposa y directora ejecutiva de Nomad-A, que vive en Dinamarca. Además, Los Díaz de Fly y Mona Producciones les ayudaron a filmar con RED EPIC, las mismas cámaras que fueron utilizadas para filmar El Señor de los Anillos.

La serie de televisión tiene 24 capítulos. En cada uno se cuenta la historia de alguien común que vive una experiencia fantástica. Por ejemplo, está el caso de Jonathan Camacho, un chico de Playas que es uno de los mejores bemexistas del Ecuador, pero por ser negro no es tomado en cuenta en el país. Su imagen no vende. Él tenía un sueño: viajar y competir en los mejores eventos, y gracias al proyecto Nomad-A lo ha logrado. “Ayer, en México, quedó segundo en el mundo”, dice Raúl con una enorme sonrisa. También está la historia de los hermanos Sangachi, un par de niños huérfanos, de Quito, que llegaron a Montañita haciendo malabares. Los adoptó un argentino con la condición de que tenían que ir al colegio, y ahora son surfistas profesionales y también viajan por todo el mundo haciendo malabares. Son personas inéditas. A Raúl le gusta decir que Nomad-A es el primer producto de exportación televisiva del Ecuador. “Es una orgía audiovisual llevándote a lo más recóndito del planeta y conociendo a las personas más interesantes. Personas luchadoras, inspiradoras, artistas, cineastas, deportistas extremos, ufólogos. La gente se va a sentir orgullosa de que esto se haya hecho en el país. Pero necesitamos dinero para la postproducción”.

Antes de esta serie, lanzaron un cortometraje de 7 minutos, que ya ha sido premiado. Pueden verlo y también apoyar el proyecto del Nómada en este link http://nomad-a.com/.

“Viajar es realmente asombroso. Las cosas que aprendes, las personas que conoces, y las experiencias que vives son más educativas que cualquier cosa que te enseñan en el colegio. Eso es lo fundamental de viajar, ya que las experiencias se quedan impregnadas en ti por el resto de tu vida”. Y son tantas las historias que podría contarme el nómada que, para organizarnos, le propuse un juego. Yo le doy una palabra y él la asocia a una memoria, un lugar, unas personas y una situación vivida. Este fue el resultado.

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EL MIEDO

En Canadá compré un carro por $125 dólares con dos amigos de Nueva Zelanda, dos amigas de Noruega y yo. Todos eran rubios, ojos azules. Yo dije: bueno, vamos a hacernos la misma cosa y me pinté el cabello de rubio. Viajamos por toda la costa de México. Alguien nos había hecho un mapa de un lugar para surfear que nadie conocía, cerca de San Blas. Cruzamos un río de marea baja y llegamos a un pueblo donde no había autos, no había nada. A los dos días, los campesinos del lugar hicieron una barbacoa, mataron una vaca enfrente de nosotros y se me empezó a hacer extraña toda la situación. Me di cuenta de que era un lugar donde producían cocaína. Escuché cuando dijeron: violemos a las chicas, matemos a los chicos y nos quedamos con el carro. Ellos no pensaron que yo hablaba español, porque pretendí que era gringo también. De pronto comprendí que estábamos con el cartel. Tomé el carro y manejé lo más rápido que pude, dejamos todo tirado en la playa: las tablas de surf, las maletas. Lo único que teníamos en el carro eran nuestros pasaportes. Ellos nos dispararon, pero no nos dieron. Manejé hasta que llegamos al río. Yo conocía el camino y escapamos. Nos pudieron haber matado.

Esto es lo que se conoce como el síndrome de Zeus, quieres experimentar, quieres explorar, pero a veces no sabes a dónde te pueden llevar las aventuras.

EL AMOR

El amor está relacionado a todo. Es una palabra muy fuerte y es lo que me ha llevado a viajar por 83 países y 5 continentes durante 20 años. Es el amor que siempre he tenido por las aventuras, por los demás, por saber acerca de otras culturas, por experimentar un amanecer diferente. Es el amor a la vida que tengo que me sigue llevando y me llevará. Si pudiera irme a Marte me iría, pero tengo un hijo, Milo, hace dos años y es el amor hacia él que me hace luchar cada día, levantarme y tratar de ser una mejor persona. Es el amor hacia él lo que me hace sacar mi proyecto adelante. Es el amor hacia él el que me llevará a grandes ideales.

Cuando viajé a Hawai ─uno de los mejores viajes de mi vida─, la conocí a ella, a Tina, en una salsoteca. Normalmente no voy a salsotecas, y ella no sabe bailar. Ella es de Dinamarca. Hemos viajado por todo el mundo juntos, pero en estos momentos ella tiene que estar en Dinamarca mientras yo promuevo Nómad-A.

El amor no es algo palpable, algo que puedas ver o sostener. Es un hilo y puedes estar a millones de kilómetros de la persona que amas, no verla por diez años, y eso no significa que no hayas estado porque tu amor por ese lazo invisible nunca se rompió. Es como cuando no ves a un amigo durante mucho tiempo, es lo mismo con ella. En este último año no la he visto, no hemos podido estar juntos, pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una bella relación, porque ella comprende que esto es lo que hago, comprende que soy un gato salvaje. Ella es lo contrario a mí, ella es una mujer de casa y le gusta luchar día a día para ver los frutos. Milo es el balance perfecto. Tina y yo somos el Gin y el Yang, Milo es la bolita que nos une.

EL PELIGRO

Estábamos en Whistler, Canadá, haciendo snowboard. Whistler es el mejor lugar para hacer snowboard del mundo. Estaba con una amiga de la República Checa, Marushka, y le dije: siempre tomamos las pistas convencionales, vámonos por atrás. Yo creí que conocía el camino. Y la perdí. Y me di cuenta que estaba perdido. Traté de relajarme, pero sabía que las montañas son vida o muerte. Una noche en las montañas y mueres. Comencé a descender y encontré la guarida de un oso, y es muy muy peligroso. Apestaba, porque ya era la época de primavera y es cuando los osos tienen a los bebés y son muy celosos y te atacan. Salí corriendo y encontré un río. Yo sabía que el río me iba a llevar de regreso a la ciudad. Había nieve, estaba congelado y tuve que meterme y nadar durante cuatro horas con mi equipo de snowboard. Eventualmente, salí. Ya era de noche. La policía me estaba buscando, el helicóptero me estaba buscando; yo estaba con hipotermia. Pensé que no iba a vivir para contarlo. Pero siempre encuentro el camino de regreso a casa.

LA SOLEDAD

Estaba en una isla de Indonesia a la que para llegar nos demoramos siete días. Cinco días en carro, dos días en bote. Es una isla donde se encuentran las mejores olas del planeta. Teníamos que llevar provisiones de alimentación, mosquiteras, no había nada. Éramos dos japoneses, un canadiense; Remi, mi hermano francés, y yo. En ese lugar la gente muere por malaria o por cocos que caen de las palmeras; hay demasiados cocos. En ese momento no me di cuenta, pero la historia comienza ahí. Volví del viaje, llegué a Nueva Zelanda y seis meses más tarde caí en coma de la nada. Me levantaba un día, y al otro día estaba en coma. Me levantaba un día, y al otro día en coma. El doctor me dijo que tenía una inflamación cerebral; comencé a alucinar. Veía que la televisión se derretía.

Y estaba solo y estaba al punto de morir. Ellos abrieron mi pasaporte y se dieron cuenta que había visitado Indonesia. Mandaron los exámenes a Indonesia y los regresaron de vuelta y dio positivo. Todo había sido porque me picó un mosquito. Lo único que quería era ver a mi madre por última vez antes de cerrar los ojos. El doctor pidió mi pasaporte porque estaba agonizando, me dijeron que un día más y moría. Me dieron medicamentos, y cuando me mejoré me di cuenta de que ser un nómada es chévere, pero tiene un precio. Es muy duro estar lejos de tu familia, de tus costumbres, cuando no sabes qué te puede pasar. La idea de que te puedes ir mañana y no ver a la gente que te quiere por última vez es atroz. Es lo mismo que siento cuando estoy lejos de mi mujer y mi hijo.

Después de todas las aventuras, de surfear, de dejar la montaña llego a mi casa y estoy solo. Vivir las aventuras es bacán, pero la felicidad es mucho mejor cuando es compartida.

LA COMPASIÓN

Esto fue este año. Yo estaba filmando para Nómad-A, en Salango, cuando escucho unos llantos y unos gritos. Yo pensaba que era un niño el que lloraba, pero eran cinco gatitos recién nacidos que una persona desalmada había al agua. Corrí a ver a los gatitos, les di respiración boca a boca. Tres de ellos estaban clínicamente muertos y se salvaron. Fue compasión porque a mí me da mucha pena cuando un perro o un león ataca a alguien y lo mata, pero nosotros matamos a tantos seres vivos.

Tanto nosotros como ellos debemos tener las mismas reglas. El amor hacia la naturaleza se debe reflejar en el amor que tenemos los unos hacia los otros. La compasión de los otros hacia mí la siento día a día. He conocido a más personas que me han querido dar una mano que personas que me la han negado. Una vez llegué a Alemania y no hablaba el idioma, pero la persona me entendió. Yo quería ir a la casa de alguien, y él pagó por mí diez euros a un taxi para que me llevara. Eso pasa día a día. La compasión de mis amigos, de recibir a un equipo de trabajo de seis personas a donde yo voy, sin cobrarme, llevarnos a comer. Yo puedo vivir día a día de invitación gracias a la gente que he conocido. Tal vez, en estos momentos no tengo nada en el bolsillo, pero cuando yo ofrezco mi amistad o te doy la mano lo hago porque me nace. Cuando yo vivía en Nueva Zelanda o vivía en Japón a mí no me importaba que tú llegaras a la madrugada, yo era feliz de poder darte una comida, un sofá, una cama. Es lo menos que puedo hacer por cualquier ser humano. Y es como un bumerán. Tú tiras el bumerán y regresa a ti. Si tiras el bumerán a matar va a volver a matar. El que a hierro mata a hierro muere; es karma, la ley del universo.

(Publicado en la revista MUNDO DINERS septiembre 2014)

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Entrevista de Marcelo a Marcela


Esta delirante entrevista salió publicada el 15 de julio de 2012 en La Revista, de diario El Universo. La comparto acá porque es muy divertida. La hizo Marcelo Marchán (Que en Paz Descanse)

 

A los 13 años usted comenzó a escribir poesía y a los 19 ganó el segundo lugar en la V Bienal de Poesía Ecuatoriana, en Cuenca. En el día de la premiación, adolescente aún, ¿qué pensó?

Esa noche pensaba en lo mal que me veía con ese peinado ridículo que una peluquera de barrio me hizo. También pensaba en la corrección que Luis Carlos Mussó me había hecho horas antes: atravesar se escribe con s. Yo lo había escrito con z. Por algo a él le dieron el primer lugar.

En su novela Pedro Máximo y el círculo de tiza, escrita con base en hechos reales y ficción, usted cuenta que su papá, por celoso, hizo en la casa una muralla de tres metros para espantar a sus pretendientes. ¿Esto es real o ficción?

La ficción siempre se queda corta. Mi padre no solo levantó las paredes, sino que colocó vidrios en punta en todo en rededor. También existió el valiente o cachondo, da igual, que escaló la pared y saltó por encima de los vidrios para darme un beso.

Volviendo a la referida novela, yo pienso que usted cree que hay que recordar no con la memoria sino con el cuerpo.

Así es. La memoria es un despojo, el cuerpo es el que siente.

Como periodista ha sido reportera de las áreas política y policial. ¿Qué diferencia hay, en su opinión, entre un político corrupto y un delincuente común?

Por fuera: el político va de terno. Pero por dentro, funcionan igual. Se parecen tanto que incluso cuando los agarran con las manos en la masa, tienen una mentira lista para contar.

¿Cuáles son las cinco palabras más destructivas del idioma castellano?

Dictadura, fanatismo, narcotráfico, silicona y Arjona.

Los triunfos de la palabra han sido muchos, pero los del silencio han sido más. Pregunto: ¿no sería mejor meditar y callar a escribir maravillas que muy pocos leen?

Sí, sería mejor, pero hay un duende que me tortura todas las noches para que escriba. Si no le doy lo que quiere, me muerde el corazón y los dedos de los pies.

¿Por qué el silencio ya no se da por sentado como algo tan natural como el cielo que nos cubre o el aire que respiramos?

Porque nuestra mente está llena de voces de extraños. Escuchamos al resto y no nos oímos a nosotros. Esto lo han potenciado muchísimo el internet y las redes sociales. Nos sabemos la historia del vecino, del cantante, del político, del delincuente, pero no nos contamos nuestra propia historia. Hay que buscar, con urgencia, el silencio.

¿Qué es un puente?, le preguntaron una vez a Ernesto Sábato, y él respondió: “Che, un puente es un hombre cruzando un puente”. Marcela, la desafío a que ensaye una definición más original sobre qué es un puente.

Sábato fue primero científico y después escritor. Yo soy más poeta que otra cosa. Veamos: “Un puente es el paso que damos para convertirnos en memoria”.

Recientes estudios aseguran que las ovejas sensuales no dan lana virgen. ¿Leyó este informe?

No lo leí. Pero me pregunto: ¿para qué quisiera alguien lana virgen de una oveja común y corriente pudiendo tener lana mancillada de una oveja sensual?

Aquí entre nos, ¿podría usted explicarme la razón por la cual ciertas mujeres en vez de buscar al príncipe azul van detrás del viejo verde?

El príncipe azul es gay hace rato. Y ya no se dice viejo verde, ahora se dice: novio vintage. Y lo vintage está de moda.

¿Qué significaría para usted poder volar hacia lo intrépidamente desconocido?

Significaría tomar ahora mismo un avión a Beirut, que es la ciudad donde vive mi novio vintage.

¿Qué quisiera que escriban en su epitafio?

Nada. No quiero tumbas ni epitafios, ojalá me cremen o muera en altamar, así nadie pensará en entierros. No me gustan los entierros.

¿Cuál será su alegato en el día del juicio final?

Yo para Dios no tengo alegatos, solo tengo críticas a su gestión. Y me niego a hablar con subalternos.

¿Qué piensa hacer después de muerta?

Convertirme en hija de Lilith y visitar a muchos jóvenes vírgenes cada noche.

Hágase una pregunta y contéstela

¿Qué foto tienes de fondo de pantalla? La de una mujer desnuda bailando con unas panderetas.

Viaje al fondo de Santiago y Pilar


(Entrevista publicada en Mundo Diners, enero 2013)

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Nunca he comido muéganos. Para comer muéganos tendría que ir a México. Imagino pasear una noche por Tehuacán y en una esquina ver el puesto de un mueganero, alumbrado con la tenue luz de un farol cubierto con papel chino rojo y amarillo. El muégano es un dulce mexicano tradicional, hecho de harina y huevo. Es pequeñín y panzoncito, pero lo lindo es que viene pegado a otros dulces, similares a él, que no iguales. Un muégano necesita del otro. Los une una miel que tiene un suave olor a anís. Tal vez, fue algo inconsciente, pero cuando a Pilar le preguntaron cuál era el nombre del grupo de teatro que había formado junto a Santiago, en España, ella pronunció esa palabra que conoce desde niña y que le dice tanto: “Muégano”. 

 

Pilar Aranda nació en 1969 en Ciudad de México. Hija de campesinos. Su padre, José Guadalupe Aranda, estudió hasta tercer año de primaria y su madre, Gloria García Resendiz, hasta sexto grado. José y Gloria tuvieron nueve hijas. Ellas  conformaban un ejército femenino que se encargaba de mantener en orden la casa. Todas eran mujeres fuertes, acostumbradas al trabajo del rancho.

Pilar:

Yo siempre pensaba en el afuera, en la posibilidad de estar en otros lugares. Mi casa, llena de gente, siempre me agobió. Me sentía fuera de lugar. No es que yo fuese diferente a mi familia, al contrario, soy muy parecida. Pero desde pequeña manifesté intereses distintos y otras necesidades. Santiago bromea con que yo, desde pequeña, he organizado grupos.

Santiago:

No es broma. A los 7 años, los sábados a las 7 de la mañana, despertaba a sus vecinos para minga de limpieza. Ya a los 7 años decía: ¡ética y disciplina! Antes de leer a Stanislavski (revolucionario actor y director ruso), ya lo tenía claro.

La historia de Santiago y Pilar empieza en México, en 1989, antes de la caída del Muro de Berlín.

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Santiago:

Yo tenía 19 años. Había ido a México a estudiar Filosofía, pero me enganché al teatro en unos talleres de teatro que tomé de forma aficionada en un sitio llamado CADAC. Ahí conocí a Pilar. Ella estaba en un curso superior, y desde que la vi actuar me encantó. Lo primero que vi de ella fue una camiseta gigantesca, como una sábana, de Emiliano Zapata. Luego vi sus zapatos y sus piernas. Me fascinó todo, me gustó su cara. Y cuando la vi actuar, pensé: ¡es la mejor actriz que he visto en mi vida! Pero ella me detestaba.

Pilar:

Yo a Santiago no lo veía, pero sí lo escuchaba, porque hablaba a los gritos. Se expresaba con un volumen muy inusual para mí, para algunas personas… para México. Yo decía: ¿ese tipo por qué grita? Es un exhibicionista, un idiota, un esnob.

Santiago:

Luego descubriría, simplemente, que era guayaquileño (risas). Yo desde los 12 años quería largarme de Ecuador. En México fui muy feliz de entrada. Pero no acababa de encontrar mi sitio en la universidad. Cuando entré al teatro descubrí mi cuerpo y la libertad. En CADAC hubo gente muy valiosa que me enseñó que el teatro era un juego muy serio sobre la libertad.

Pilar:

Un día nos citamos para conversar y pasamos cinco horas, en las que Santiago hablaba. Yo solo lo escuchaba, entre fascinada e incrédula. No solo por la historia descabellada del hijo de un presidente asesinado junto a la madre, sino por la forma de diálogo que tenía, por su expresión. Lo encuentro un tipo muy culto, abierto, y con una conversación muy rica.

Santiago:

Con toda la historia que yo había tenido, era sin embargo un privilegiado: no tenía que trabajar mientras estudiaba. En cambio Pilar era una trabajadora. A los 20 años era tan madura, tan seria. Tenía las cosas tan claras. Su padre le había puesto una cantidad de condiciones para hacer teatro, en realidad para impedírselo, y a ella no le importaba, lo hacía todo. Desde esa primera conversación, lo que encontré en Pilar fue una posibilidad de ser humano, de estar en el teatro sin renunciar a la madurez. Antes del amor, lo que hubo fue mucha admiración.

Pilar:

Yo siempre supe que lo mío era el teatro. Desde secundaria yo era la que organizaba a mi grupo, y cuando me dieron las opciones en la universidad, yo dije que quería hacer esto de manera seria, profesional. Nunca tuve la ilusión de la televisión. Lo mío era el teatro. Nunca dudé.

Santiago:

Tanto así que, después de Como agua para chocolate, por la cual la nominaron a  Mejor Actriz de Reparto en la Academia de Cine Mexicano y en la Asociación Nacional de Actores, Televisa la llamó para participar en una mega producción. Y Pilar dijo que no, porque quería volver a la escuela. La gente la veía como loca, pero tal claridad a mí me hacía admirarla más.

Pilar:

Nos fuimos a vivir juntos a las dos semanas.

Santiago:

A las dos semanas trajo sus maletas, porque a los cuatro días de conocernos ya vivíamos juntos. Yo vivía con mis dos hermanas y como éramos huérfanos (alguna ventaja da ser huérfano) entonces se vino a vivir a mi casa.

Santiago:

En México fuimos víctimas de la contaminación de los discursos comerciales. Era un México de transición, que dejaba de ser nacionalista para volverse un peón del TLC; que dejaba el discurso de protección del Estado para pasar a uno neoliberal. El México de Salinas de Gortari, un gánster que se robó las elecciones. Ese tipo gobernó durante todo nuestro noviazgo. Y el teatro mexicano, que en los 60 había sido uno de búsqueda, alternativo, contestatario y de vanguardia estética, con lustros de mucha potencia, se volvió reaccionario. Nuestros profesores eran la última generación de grandes maestros, pero ya estaban amargados, revolcados por la realidad social y las exigencias económicas y políticas de un México que estaba renunciando a muchas de sus mejores tradiciones. Un teatro que se había resignado a hacer tributo a la cultura light. Muchos de nuestros maestros ya coqueteaban y trabajaban en Televisa. Pilar y yo somos de una generación que se siente descabezada.

Pilar:

En medio de todo esto, yo decía: no, no quiero trabajar así, no me interesa. Porque en el lugar donde yo me conformé (un grupo de teatro amateur donde entró a los 15 años), me habían enseñado el teatro de grupo. Siempre tuve esa cosa interior, ese impulso de decir: hay que hacer teatro de grupo, cuando en México nadie lo hacía.

Santiago:

En el centro de la cultura mexicana lo que había eran unas compañías subvencionadas. El teatro de grupo, como lo entendemos en América del Sur, se hacía en la periferia del D.F. y del país. En nuestras sucesivas escuelas profesionales en el México de entonces, nos exigían el máximo rigor, pero sin un compromiso ético. Hoy que hemos hecho esta escuela en el ITAE (una carrera y un laboratorio de teatro), ha sido en mucho a partir de lo que aprendimos allá, pero sobre todo a partir de lo que no queremos, de lo que sabemos que no debe ser una escuela. El sueño de los chicos que salían de esa escuela mexicana era que los llamase alguien. Tú estás todo el tiempo moviéndole la cola a un autor, a un director, a un funcionario, porque como eres actor o actriz tienes que gustar: el sistema del estrellato de Hollywood reproducido en el teatro de vanguardia. Una cosa perversa.

Pilar:

Lo que yo sentía cada vez más en ese quehacer cotidiano era: hay que sacarse fotos, hay que mostrarse, hay que congraciarse,  hay que, hay que. El trabajo creativo era lo que menos importaba. Cada vez me sentía más incómoda, más inconforme. Y así preferí trabajar más de dos años en un teatro-cabaret de mesera, y en medio de eso hice dos o tres espectáculos. Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe eran las dueñas de ese lugar. Y ahí tuvimos también experiencias de investigación muy intensas. Excepciones que me hacían pensar que las cosas podían ser de otra manera. Y cuando vi que íbamos a dar de lleno el paso dentro del sistema, yo le dije a Santiago: ¡vámonos a Ecuador! Y a él se le pusieron los ojos cuadrados, rectangulares, triangulares.

Santiago:

Yo no estaba listo para volver, pero en México las cosas se estaban estrechando  mucho económicamente. Así que dije: bueno, vamos. ¿Y aquí de qué conseguí trabajo? Obviamente: de periodista. Primero en El Telégrafo y luego en Vistazo.

Pilar:

Yo me quedaba en casa todo el día, y a los tres meses (en diciembre del 96) estaba terriblemente deprimida. Le dije: o nos vamos de aquí, o me voy yo y tú te quedas, chao. Entonces, nos fuimos a Quito. Y por ahí empezamos el germen del grupo. Hicimos el monólogo Ofelia o el juego, a partir de un texto de Margarite Yourcenar y unos escritos que Santiago tenía. Un montaje lindo, pero casi nos costó el matrimonio. Teníamos mucha dificultad para llevar adelante el trabajo creativo.

Santiago:

Porque yo era El Director, tal como me habían enseñado en mi escuela: el que manda, el que tiene el poder. Mi maestro de dirección, un tipo muy famoso, nos decía: les voy a enseñar a sodomizar a los actores. En realidad no era una idea que me gustara, pero hacía como que me gustaba. Yo decía ¡qué chévere! Entonces, cuando las cosas no funcionaban, pensaba: lo que pasa es que no estoy siendo un dictador. Yo no tenía esa experiencia, esa sabiduría, que sí tenía Pilar, de que el teatro podía ser otra cosa.

Pilar:

Ahora él tiene la capacidad de escuchar y de mirar. Esa es la diferencia.

Santiago:

Ganamos una beca y nos fuimos a España, nos inventamos un proyecto sobre la dramaturgia del actor, pero no teníamos nada claro. Queríamos hacer un teatro más físico, no simplemente textual. Fue una época feliz, todo dedicado a nuestro teatro: en momentos de mucha estrechez económica, optamos por inventarnos un taller autodidacta sobre Bertolt Brecht, y esa decisión fue crucial, porque empezamos a convocar a más gente y comenzamos a disparar los siguientes proyectos.

Pilar:

Conforme iba avanzando el trabajo, iba creciendo el grupo, y otra vez nos vimos orillad@s a entrar a un proceso de producción ya establecido, el de las redes españolas. Trabajar para la subvención, hacer los presupuestos, hacer informes… tatatí tatatá. Vimos que íbamos en ese camino.

Santiago:

En ese punto la reflexión se hizo más personal: lo que yo tenía que decir no estaba ahí. Yo tengo una bronca con Ecuador, con Guayaquil, en términos personales, y empecé a ser consciente de que si yo estaba en el teatro era por una necesidad de reescribir mi historia. En ese momento de cambio de visión me ofrecen trabajo en el Festival Internacional de Cine en Cuenca, y acepté para venir a tantear el terreno. Pero justo entonces mi tío León se lanza para la presidencia de la República. Después de decir no, no y no, me embarco en esa vaina, y eso estuvo a punto de costarnos de nuevo el matrimonio, el grupo, el teatro, todo, porque fue una experiencia muy enajenante. Volví a Madrid, y logramos cohesionarnos otra vez. Y en el 2004 dijimos: ahora sí, ¡vamos! Nos dijimos: vamos a trabajar en Guayaquil en contra de Guayaquil, es decir: en contra de su corriente. Siempre crees que la vida está en otra parte, pero la vida está aquí y ahora.

Pero hoy por hoy en Ecuador nos está pasando, de manera más brutal, lo que ya nos pasó en México y España. Porque dentro de lo preestablecido, en México y España no había los niveles de coerción que nosotros sentimos acá. Para mí, el ministerio de Cultura es la policía de la cultura. En Ecuador hemos pasado lustros pidiendo políticas culturales y nos están poniendo policías culturales. Hace unos meses en Quito tuvimos una reunión donde participó un porcentaje muy importante de los grupos más consistentes de Manta, Guayaquil, Quito y otras ciudades. Y toda la gente decía: ¡Socorro! Le están poniendo una camisa de fuerza a la creación. Lo que está pasando es que si tú no te articulas con el discurso oficial, no mereces existir. No tienes derecho, no tienes legitimidad para existir. Y eso es totalitario. Pero hoy para mí la dicotomía ya no es: ¿y ahora dónde nos vamos? sino, ¿y ahora qué hacemos? ¿Cómo enfrentamos a este monstruo que está conectado con los monstruos de los que antes hemos huido? No hablo de una sedición política, sino de una sedición artística. Tenemos que hacerle entender a la sociedad que el teatro que nos ha mantenido vivos y que forja la memoria de los pueblos es un teatro subversivo. Un teatro que no solamente desestabiliza, sino que hace pequeñas versiones. Porque la subversión artística no es algo que pretende tener el poder. En la política cuando subviertes algo es porque quieres tumbarlo y ponerte tú. En el arte, tu subversión es una cosa que te lleva a otra subversión y a otra, por eso nunca puedes alinearte. Es tu obligación no alinearte. Los artistas que se alinean con la política del Estado, con un partido inclusive, están en su derecho ciudadano, pero dejan de ser artistas.

 

Marcela Noriega mata a su padre


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POR: MARÍA FERNANDA AMPUERO.
(Texto publicado en la revista literaria Matavilela y en la revista FUCSIA, diciembre-enero 2012).
Marcela es –tiene que serlo- la hija favorita de alguna diosa.
No se explican de otra forma tantos dones reverberando en un mismo cuerpo, en unos mismos ojos de uva negra recién lavada. Pero si hay que quedarse con un don, quizás el más espectacular es el de la risa. Su risa -efervescente, gozadora- niega el desamor.
Marcela Noriega ríe como si nunca hubiese llorado.
Pero la mujer que ríe -y se le forman unos increíbles hoyuelos de bebé- también escribe y la escritura es el vehículo por el que se muestra como realmente es: sensible, vulnerable, melancólica, interrogante.

Mi risa no significa la fe, más bien es el desaliento hecho mueca, la compresión del vacío que me rodea, los años expresados en un estertor.

El verso anterior es uno de los veinticinco epígrafes que abren cada capítulo de Pedro Máximo y el círculo de tiza, la primera novela de esta escritora guayaquileña, conocida sobre todo por su trabajo periodístico, su deslumbrante poesía y por ser alter ego de Lilith, la columnista de sexo que incendia la revista SoHo.
La novela, resumiéndola mucho, es la historia de una mujer que quiere entender qué vida tuvo su padre para ser el déspota que es y al mismo tiempo la de un hombre prisionero de sí mismo que no es capaz de alcanzar –amar- a nadie.
Pedro Máximo, el protagonista, está inspirado en el propio padre de Marcela, fallecido hace 11 años. El año pasado, 2011, a los 33 años, la escritora sintió que en los números había una señal cabalística y se dejó llevar por esa historia -la suya- que quería salir, que necesitaba poética, cierres. Decidió contar para curar, así que hurgó en su inconsciente, en la memoria familiar. Llenó los vacíos con ficción, convirtió los sueños en símbolos poderosos, reinventó la realidad para entenderla y –quizás- enaltecerla. Escribiendo como quien abre puertas, Marcela dejó salir personajes que eran también su madre, su padre, ella misma y el hombre al que ama.
-El origen es la historia de mi padre –dice Marcela y se retracta enseguida-. No, ese no es el origen. El origen es que yo me enamoré de un hombre que se parece a mi padre y de ahí tuve esa idea del círculo de tiza. La historia de Pablo y Piedad es la típica historia de una mujer que se enamora de un hombre que se le parece mucho a su padre y que tiene esa intriga por saber por qué es así. Mi padre era tan hermético, nunca hablaba. Entonces me di cuenta de que la historia de mi padre necesitaba escribirla y finalmente se volvió mucho más importante que la otra.
En Pedro Máximo y el círculo de tiza un pájaro de desamor sobrevuela cada una de las escenas, incluso las más carnales y voluptuosas. Y el silencio es un personaje. No cualquier silencio: es ese cargado y resentido de las casas en las que el marido -el padre- genera miedo. Escribir lo que estaba oculto en su vida fue para Marcela una terapia y un acto de reconciliación con su padre, que murió con el carcinoma del rencor hacia la madre que lo abandonó.
Tal vez por eso, por explicar, por no repetir y por perdonar, Marcela decidió reinventar a su padre. Aunque doliera, le dio vida (como hizo él con ella) y luego lo mató en la ficción para ser libre, para, como explica el psicoanalista Arnoldo Liberman el concepto freudiano de Matar al Padre:

Los malos hijos, o sea, los buenos hijos: todos intentan matar al padre, ergo, todos buscan su autonomía, su realización, afirmar su ser y desarrollar sus tremendas capacidades.

Desde esa búsqueda, Marcela Noriega escribió su novela. Ahora, después de unos meses de su publicación y al ver el éxito que ha tenido sobre todo en grupos de lectura femeninos, lo que quiere la autora es ayudar a otras personas a vivir esa especie de limpieza interior. Así lo explica ella:
-Estoy desarrollando un método para poder, a través de la escritura, hacer una sanación espiritual. Cualquier persona puede, no tiene que ser escritor. Hay que hacer un viaje al inconsciente, no solamente al pasado o a la memoria, porque ahí es donde está el dolor y todos los demonios que nos atormentan. Quiero dar un taller para mujeres porque creo que las mujeres no somos conscientes del poder que tenemos: el primer paso es mirarnos al espejo y dejar de vivir la historia de los demás (marido, hijos) para contarnos nuestra propia historia.
“Volar es un ejercicio de soledad”, ha escrito Marcela. Y ahora lo que busca es propiciar que otras mujeres puedan sumarse al vuelo libre una vez que estén cerrados sus propios círculos de tiza.
Pero lo primero es lo primero: leer la novela.

“Cuando suena la claqueta, me pongo en el dato de ser yo mismo”


Entrevista a Andrés Crespo Arosemena

El sol es huidizo en el País Vasco. El cielo sobre la playa de La Concha suele estar encapotado, la gente va con paraguas y sobretodos, se mete en los bares para calentarse con un buen trago de pacharán. El domingo 18 de septiembre, a las siete, se estrenó Pescador en la 49 edición del Festival de San Sebastián. La ciudad estaba nublada y fría. Después de hacer una larga cola, mis amigas y yo estábamos listas para entrar a la función. Me topé con Sebastián Cordero en la puerta. Andrés está por llegar, me dijo. Adentro, 600 personas bullían en la sala del Kursaal, sede principal del Festival. La noche pintaba feliz.

Pescador, el cuarto filme de Sebastián Cordero, es el primer largometraje en el que Andrés Crespo es protagonista. En la ficción hace de Blanquito, un treintañero que vive con su madre en el Matal, un pueblo pesquero de Manabí. Un cargamento de cocaína aparece un día en la playa, y eso le abre la oportunidad de viajar en búsqueda de un comprador. Imagina una mejor vida y conocer al padre que lo abandonó de pequeño. Pero las cosas no son como parecen.

La primera vez que Andrés vio Pescador terminado fue ese domingo en el Kursaal. La presentó junto al director, parecía nervioso, pero el aplauso sostenido de la gente lo reconfortó. La sala se mantuvo llena las tres veces que se proyectó la película. Ahora es noviembre, estamos en la sala de la casa de Andrés, en Lomas de Urdesa. En Guayaquil hace un calor maldito, como de costumbre. Junto a él está Francisco Santana, un viejo amigo.

El de San Sebastián es de los mejores festivales del mundo. ¿Para ti era impensable?
Yo no puedo juzgar esas cosas porque estoy adentro de la película, el director es Sebastián, él es el que conoce todos esos mundos. Pero cuando vi la película completa me gustó muchísimo, creo que quedó bien terminada. Cordero es implacable, su tecla en edición es increíble, no perdona nada. Es la economía del arte llevada al extremo.

Andrés es surfer, guionista y actor. También, el mayor de cuatro hermanos. Su padre es el político Andrés Crespo Reinberg y su madre, Catalina Arosemena, una de las mejores y más estrictas profesoras que ha tenido la escuela de Literatura de la Universidad Católica de Guayaquil. La manera en que Andrés se convierte en actor de cine es extraña. Tal vez, todo empezó en la playa.

¿Cuándo te fuiste a vivir a la playa?
A los 20 años. Allá conocí a la madre de mi hija, nos pusimos un restaurante. Viví siete años, primero en Manglaralto y después en Olón. Pero antes ya había ido a Montaña. Me acuerdo que a los 14 años, en 1984, mi viejo me llevó para que vea la vida en una campaña política.

¿Qué hacías?
Yo fui con mi tabla y me metí a surfear. Montaña era el cliché; estaba limpio y no había nadie, la gente se bañaba desnuda. Era un cerro nomás, no había hoteles. El pueblo quedaba más allá y tenía un solo restaurante, era increíble.

¿Y antes de eso qué habías hecho?
A los 18 trabajé en una agencia de viajes en Guayaquil que era representante de Japan Airlines. Ahí me gané un boleto y me fui a Indonesia, solito. Mi papá me regaló una luca. Me fui a pensar, estuve seis meses entre Indonesia, Tailandia y Singapur viajando con eso. En esa época costaba dos dólares una cabaña por una noche. ¡Imagínate! con mil dólares yo era millonario. Llegué pensando en quedarme en Bali. Pero estando allá me di cuenta que nada que ver, con esta plata qué me voy a quedar aquí, pensé. Allá me di cuenta de que era un montubio y de que lo correcto era moverme por el sudeste asiático sin paro. Y eso hice.

¿Era la primera vez que salías del país solo?
Solo sí, era la primera vez. Y ni más. Nunca más creo que he viajado solo, más que a Cuenca. Pero antes yo viví en Tokio un año. Eso fue cuando tenía diez años, porque mi papá era embajador de Jaime Roldós. Yo regresé de Japón a Ecuador cuando se murió Roldós. Mi viejo regresó para ser Secretario General de la Administración, en el gobierno de Hurtado.

¿Qué recuerdas de Tokio?
Yo fui a una escuela pública primero un trimestre, donde solo se hablaba japonés. Cuando salí, yo sabía japonés, sino que después me olvidé. De pelado uno es una esponja. Después viví un año en Miami mientras mi viejo era Secretario General.

Era un político de carrera
Mi papá en esa época era un guerrero antisocialcristiano poderoso. Sus convicciones en mi casa se sentían en el aire. Llegó un momento en que León lo metió preso. La Revolución Ciudadana como la conocemos hoy en día no existiría si no fuese por gente como mi viejo.

¿Y a ti no te dieron ganas de ser como tu viejo?
Yo sí tenía ese conflicto de pelado porque el hombre era muy grande, tenía una sombra extensa. Al verlo en la televisión, yo sentía como rebeldía, como rechazo, pero admiraba su combate. De ahí me fui a estudiar Leyes, y eso no caminó, simplemente no caminó.

¿Por qué Leyes?
Porque no había nada más que estudiar. Era una estupidez. No habían facultades de diseño, de arte, de filosofía, de nada. Eras ingeniero, arquitecto, doctor o abogado, no había nada más.

¿Y tú qué querías ser?
No tenía idea. Conversé con mi mamá, y me dijo ¿qué quieres estudiar? Yo dije: Leyes. Mi vieja preguntó por qué. Y le dije: porque no hay más. Y mi viejo dijo lo mismo, él es abogado pero nunca le gustó, simplemente lo hizo porque no quedaba otra. Pero imagínate esto: mi papá estudió actuación y yo me enteré de esto hace un par de años. Mi mamá lo acompañaba a esos cursos de actuación que daban en algún lado.

¿Había ambiente bohemio en tu casa, cuando eras niño?
En los 70 sí se farreaba en mi casa, pero no mucho. Mi papá era coideario de Carlos Julio Arosemena. Fue de los primeros que con Carlos Julio fundó el partido nacionalista revolucionario, el PNR. En mi casa había un activismo intenso. Pero no había tantas tertulias. No es que fuesen zanahorias, pero no eran como somos nosotros ahora.

¿A qué edad empezaste a chupar?
A los 13 años.

¿Dónde vivías?
Yo he vivido en once casas en Guayaquil, todas en Urdesa. Siempre he vivido en este barrio. Creo que cuando yo era chico el salado apestaba menos.

¿Y cómo fuiste conociendo Guayaquil?
Me enamoré de una amiga que vivía en Sucre y Chimborazo. Comencé a ir allá y atrás, a las cinco esquinas, cuando tenía 16. Ahí yo entendí que había otro Guayaquil, otra gente, otra forma de ver las cosas.

¿En qué colegio estudiaste?
Estuve en el Javier, en el Indoamérica y en el Urdesa. Me botaron del Javier en cuarto curso. Yo le decía a la gente: Cómo te vas a quedar en el recreo haciendo deberes, loco, si la vida es otra cosa. Eso no caía muy bien.

Eras un niño despierto, tal vez porque viviste en Tokio
Sí, cuando regresé de Tokio para mí fue duro porque me di cuenta de que Guayaquil era una fucking jungla. Era como súper primitivo el dato de mis compañeros, la forma de ser de todos nosotros. Y no era que extrañara la civilización ni que me pareciera chévere cómo viven allá, porque viven para trabajar y se suicidan todos los días. Pero el haber estado afuera sí me dio un poco de perspectiva. Una perspectiva un poco autodestructiva, pero perspectiva al fin y al cabo.

¿Entonces los curas te botaron por decir lo que pensabas?
No, yo era mal alumno. Era Fima, no había Filosófico Sociales, porque, según los curas, había ya muchos abogados y pensadores, y tenían que tecnificar a la población. Pero en el Indoamérica ya me cambié a Sociales y me gradué en Sociales.

Santana: En el Indoamérica, ahí fue que conociste a (Jimmy) Mendoza.
Claro, en quinto curso del Indoamérica. Desde ahí somos panas.

(En 1995, Jimmy Mendoza y Francisco Santana pusieron el bar Palo Santo, al sur de la ciudad. Ese bar fue como el germen, el inicio de la movida alternativa en Guayaquil. No había artista o persona relacionada con el arte que no fuera a aquel antro. Después, Jimmy Mendoza y Andrés Crespo montaron el Palo Santo II, el primer bar contemporáneo en el centro de Guayaquil. Quedaba en Baquerizo Moreno y Junín, al frente del horroroso hotel Pauker. Santana lo recuerda como “un lugar maravilloso, altísimo, tenía terraza, era gigante, la gente se quedaba dormida ahí”. En ese bar pasaron cosas tan raras como que a la inauguración fue el alcalde Jaime Nebot, se presentó Luis Rueda con Aladino y se hizo el lanzamiento del libro Señas particulares, de Jorge Enrique Adoum. Solo duró un año. “Por alcoholismo. Porque Jimmy y yo bebíamos demasiado y no cuidamos el sitio como debíamos, entonces, comenzó a degenerar el espíritu del bar. Pero fue heavy. Era bien salvaje”. Mendoza los presentó a Santana y a Crespo hace 18 años).

¿Cómo eras en esa época de colegio?
Me sentía… perdido. Estaba indignado con Guayaquil, no sabía qué iba a hacer porque no tenía ejemplos a mi alrededor. Yo de chico no conocía a ningún artista. Recién a los 20 años comencé a conocer a pensadores que tocaban música como Juan Carlos González, Hugo Idrovo. No tenía una cultura más amplia, una cultura que me brindase posibilidades de hacer algo interesante con mi vida.

¿Hasta cuándo viviste en la burbuja?
A los 14 años comencé a ir al sur, al barrio del Centenario. Sentía que era una zona con personalidad, con fuerza. Ahí comencé a conocer a esa gente del barrio del Seguro. Fue una época bella y desastrosa a la vez, los 80. Yo no tenía muy buena conducta. No me enorgullezco de eso, la verdad.

¿Y tus padres qué pensaban de eso?
Me ayudaban en todo lo que podían, pero no estaban en mi contra, porque mis viejos eran distintos. Teníamos una idiosincracia bien extraña, si es que teníamos alguna.

¿Qué leías de chico?
Leía de todo, Vargas Llosa, Hermann Hesse, Echenique, Donoso. Devoraba todo lo que mi mamá me daba y lo que encontraba por ahí. Leí biografías, de Elvis Presley, de Winston Churchill. Harta II Guerra Mundial también.

¿Cuándo empezaste a escribir?
A los 25 años, en la playa. Yo estaba leyendo Sueño de Lobos, de Abdón Ubidia y se me metió en la cabeza que tenía que hacer una película del libro. Y me di cuenta que no había cine nacional, y en mi mente ingenua pensé que iba a ser un magnate del cine, iba a ser un productor taquillero, lo máximo. Y lo busqué a (Jorge) Martillo, que era alumno de mi mamá, para que me ayudara. Martillo era un ídolo. El man prácticamente me ordenó que escribiera el guión. Entonces, me compré un libro sobre cómo escribir guiones de Syd Field y me tiré unos meses escribiendo, en Olón. Y nunca pude hacer la película. Imagínate: si hoy en día es jodido hacer una película, como era en esa época.

¿Después de eso qué escribiste?
Niño Danny en 1999, que es el primer corto que hice. Es una historia de un niño que se enamora de su empleada. Costó 15 millones de sucres, mi viejo me dio ese billete. Lo pasamos en un festival de cine arte. En mi ilusión yo pensaba que iba a pasar algo más, pero estaba verde todo todavía. Pero ya estaba metido en la idea de aprender sobre el cine.

¿Y qué hiciste para aprender?
Hacer. Después hice cuatro cortos más. Simplemente me quedé haciendo cortos.

¿No sentías que era una inversión que no generaba ninguna ganancia?
Sí, y cada vez que terminaba un corto me prometía que no iba a ser otro, porque era un trabajo maldito, sudabas como hijueputa. Los hacía porque me gustaba, se me metía una idea y la hacía. Hice uno sobre una stripticera a la que iba a grabar al motel Mi Casa. Sonnya se llamaba. Era un culto a la personalidad de la man, era un bailarina tenaz.

¿De qué te mantenías en esos años?
Trabajaba en Pacifictel, puse una sanduchería en la zona rosa con un pana, etc. El corto que me ayudó fue uno que se llama Filo de tocador, que lo escribí con mi compadre Andrés Martínez. Es sobre un director de cine guayaquileño que hace una porno y con eso gana la palma de oro en Cannes. Y está basado en Filosofía de tocador, del Marquez de Sade. Era una historia porno en Guayaquil. En ese corto sí hay una propuesta estética, ahí ya, recién, entendí lo que estaba haciendo.

¿Cómo fuiste aprendiendo?
Acechando a artistas que me importaban. Iba aprendiendo de escuchar a la gente conversar. Yo me acuerdo de conversaciones entre Mendoza y Santana, por ejemplo. Yo los oía y decía: lo que tengo que tener es una propuesta como artista integral y no ser un pendejo. Yo soy un empírico absoluto, he aprendido las cosas que sé de oír a gente que ha estado a mi alrededor, artistas genuinos que yo valoro.

¿Y la primera película, como actor, cómo sucedió?
Eso fue con Cordero. Él me llevó a grabar un pedacito en Crónicas.

¿Cómo empezó tu relación con Sebastián?
Yo lo conocí a él el 3 de diciembre del 99 durante una función de prensa de Ratas. Yo trabajaba en Pacifictel y, como era mi cumpleaños, me paré y salí caminando y me fui al cine. Y como es así en Ecuador, yo simplemente saqué pecho, seguí de largo y entré a la función. Éramos once periodistas y yo. Ahí vi la película, y me quedé loco. Y ya seguimos siendo amigos con Sebastián, topando, conversando, chupando. Me vio actuar en el corto que había hecho, me llevó a lo de Crónicas, y luego habló con Juan Fernando Andrade, y pensó en mí para Pescador. Me llamó un día y me lo propuso.

Antes de Pescador, actuaste en Prometeo ¿cómo pasó eso?
Lo que pasa es que yo hago castings. Y cuando yo estaba haciendo el casting a Penélope (la que hacía de mi mujer), entró Mieles y me vio tirándole las líneas, y dijo este man se queda.

¿Te sientes actor de cine?
No en la manera tradicional, en todo caso. Pero como Sebastián y Mieles iban a confiar en mí me entregué nomás. Está basado más en la confianza de otra persona que en algo que yo haya creído o que me haya inventado. Yo no me inventado esta huevada, ellos se la han inventado.

¿Qué te pareció tu personaje en el guión de Pescador?
Cuando yo leí el guión, se me hacía difícil verme en los zapatos de esa persona. Yo sí veo que hay un salto del guión a la reinterpretación de Cordero. Él, con ese guión, hizo una propuesta estética para la película. Y yo puse mucho de mi parte en tratar de adecuar el personaje. Yo quería pararlo tieso, darle una especie de dignidad, porque es un personaje que pierde mucho, es un man que está muy jodido. Yo quería hacer de él un perdedor digno. Lo más chistoso es que lo que le pasó a Blanquito en la película era lo mismo que me estaba pasando a mí como persona, porque Blanquito se encuentra un pocotón de coca en la playa y a mí me llamó Sebastián Cordero para que sea el protagonista de su película. Es igualito.

¿Tenías miedo?
Nunca tuve miedo, pero tenía conciencia de que en cualquier momento podían decirme: estás hablando huevadas, tú no sirves. Pero me mostraba seguro. Como decía un pana que el papá le había enseñado a decir: mijo, cuando a usted le digan si sabe hacer algo para un trabajo usted solo diga ¡sí!, ya sea arreglar una cañería o poner sonido en un concierto. ¿Qué vas a decir que no, qué eres bobo, si te están ofreciendo un trabajo?

¿Y si no sabes?
Si no sabes en ese momento, vas y preguntas cómo se hace, cómo funciona y tratas de hacer lo mejor que puedas. Si, a la larga, lo que estás haciendo es entregarte a ti mismo. Y como actor, si tú no tienes miedo de entregarte a ti mismo, si no dudas de ti y no calculas, ganas.

Entonces, ¿no te costó el personaje?
Me costó el trabajo, eran días de doce horas de camello. Nunca había trabajado así. Pero hacer el personaje no me costó, porque yo no caí en el error de tratar de construirlo. Porque cómo voy yo a construir algo, si yo no soy actor, yo no sé construir personajes. Qué más iba a hacer, tenía que ser yo mismo. Cuando suena la claqueta yo simplemente me pongo en el dato de ser yo mismo. Eso también me enseñó Mieles, que es una nota que se llama “si es que…”. O sea, si es que tú estuvieras en esa posición qué harías.

Pero Blanquito es muy distinto a ti
Ni creas.

¿Crees que está pasando algo en el cine nacional?
Sí, claro sí. Yo he rodado cuatro películas que todavía no se han estrenado, cinco con Pescador. Después de Pescador, inmediatamente fui a Sin otoño, sin primavera, de Iván Mora; y después de eso fui a Tres, de Daniela Andrade y Anahí Hoeneisen; tuve un papel pequeño pero muy bacán en El Facilitador, de Víctor Arregui, e hice Es mejor no hablar de ciertas cosas, de Javier Andrade.

O sea tú tienes un oficio que ya existe en Ecuador, actor de cine
Sí, a veces hasta me parece que es mucho. Me están quemando estos delincuentes. Tres y El facilitador las rodé muy seguidas.

En Tres eres un policía y en El facilitador un político corrupto ¿cómo haces dos papeles diferentes a la vez?
Lo que pasa es que todo viene de la línea de la improvisación. Yo me meto mucho en los diálogos, los transformo y los adapto. En eso sí le hago a la disciplina. Yo no voy como loco a hacer solamente mi escena, sino que sé de qué se trata todo. Yo leo todo y entiendo todo y sueño toda la noche lo que está pasando en la película y cómo me gustaría a mí que se viera el momento.

¿Cómo te preparas?
Respiro mucho y bien cuando me están maquillando. No bebo nada los días anteriores para estar bien neurótico. Estás metido en un lugar, te tienen como dos horas en una silla, no te dejan mover. Yo trato de relajarme, de estar tranquilo, entregado. Y lo más bacán es que las películas significan muchísimo para las personas que las están haciendo. Muchas veces lo significan todo, son su vida.

¿Y si te proponen hacer un personaje que no tenga nada que ver contigo?
Muchos actores ven a la actuación como esto de convertirse en otra persona, hay manes que lo logran, actores gigantescos, por ejemplo, Manuel Calixto, era un ser camaleónico. A mí eso me da terror. Yo lo que trato es de ser yo mismo en una dimensión política. Porque cuando a mí me dan un personaje, la forma en que habla y las cosas que dice tienen una dimensión humana, social y política. Y a través de eso entro en el personaje.

¿Has hecho alguna escena emocionalmente difícil?
Una escena larga que hice en Tres, fue muy dolorosa. Cuando son así te quedas conmovido. A mí no me gusta estar solo después de rodar, no me gusta ir al hotel de una. Me quedo cerca del otro actor, si el director se va a chupar me voy con él, si el luminotécnico se va a fumar un tabaco lo acompaño.

Te queda como un vacío.
Eh, esa es la única palabra. Y según yo, para mí es mucho peor, porque como yo no tengo técnicas genuinas de actuación yo no me despego de una, me quedo así como traumadito.

Te puedes volver un poco loco.
A mí sí me hizo daño. Después de Pescador, tuve una mala época existencialmente hablando. Llegué a Guayaquil y bebía demasiado, estaba fuera de control, repetí mi conducta de adolescente. Me quedé desbalanceado como cuatro meses. Es como que te desconoces a ti mismo un tiempo, porque te alejas de ti. Y eso me ha estado pasando últimamente por actuar. Te olvidas de tus sufrimientos y de tus propios complejos, te olvidas de tu personalidad un poco, te quedas como un man vacío. No me quiero poner dramático, pero es la plena.

¿Estás dispuesto a pagar las consecuencias emocionales de actuar?
Sí, todas la verdad, no queda otra. Todas, no importa, porque los momentos son increíbles.

Tú has estado rodando, haciendo el programa de radio (Cabina 14, Deep Blue) y Gkillcity.com ¿Cómo nace Gkillcity?
Nace porque José María León quería abrir una página, y me dijo para que escriba y yo me comprometí de inmediato. Escribí el primer artículo de Gkill, que se llamó El estero. De ahí vino Xavier Flores con la demanda al Municipio con quien ya habíamos hablado mucho de política varias veces y nos embarcamos en esa nota. Gkillcity es pura química.

¿A dónde va, cuál es la idea?
La idea es que sea una ventana abierta para que sucedan cosas terriblemente buenas. Es como si haces una fiesta e invitas a todo el mundo. Es un peligro en el mejor sentido de la palabra.

¿Qué es lo mejor que podría pasar?
Que Guayaquil se transforme de alguna manera. Guayaquil es una ciudad un poco absurda. Está construida en un lugar equivocado, porque aquí hace mucho calor, y no hay mar. Y está entre un estero que lo hemos destruido los guayaquileños y apesta a mierda, y un río al cual no le hemos construido playa, no hay acceso físico al río. Guayaquil es un equívoco. Y me gustaría que a través de Gkillcity la gente se abriera más al prójimo. Los guayaquileños no sabemos conspirar entre nosotros para crear una mejor sociedad, estamos siempre peleando el uno contra el otro como el cangrejo en la olla. Sería interesante que cambie ese divisionismo. Creo que absolutamente todo lo bueno que pueda hacer la derecha en Guayaquil ya lo hizo. Tiene que haber un cambio de generación, porque la gente que está en el poder local piensa de una manera que ya no resiste ningún análisis. Lo que más quisiera ver es un equipo joven en la alcaldía.

¿Crees que hay una construcción falsa de la imagen de Guayaquil?
Siempre he pensando que a los guayaquileños nos dicen monos porque copiamos al otro, hacemos como el otro. Creo que esa es una mala cosa. Y creo que eso es lo que se está rompiendo, cuando el empleado ya no quiere ser como el patrón, ni el peón como el capataz ya estás hablando de otra cosa. En Guayaquil están naciendo individuos. Y ese ya es un camino.

Entrevista publicada en la revista Mundo Diners, abril 2012

Fotos de Francois Coco Laso

Foto de Ricardo Bohórquez

Flor María Palomeque: el sueño cumplido


(Publicado en Mundo Diners, marzo de 2011)

***

Las luces se encienden, el público aplaude moviendo globos amarillos, rojos, verdes y naranjas. Es 1997 y en el set de A todo dar aparecen Marcos Vinicio Bedolla y Sonia Villar, los animadores del momento. Él lleva un pantalón de tela negro y una camisa verde; ella, un cursi vestido corto.

–En todos los jardines hay flores, hay rosas; pero nosotros hemos arrancado una flor y la tenemos aquí: ¡Flor María! –anuncia Villar con voz de vendedora informal.

Ella aparece con sus enormes cejas, vistiendo un apretado mameluco rojo y un cinturón dorado.

Bedolla la llama “la deshojada”, le hace bromas y dice “sé que bailas bonito. Pongámosle música, Juanito. Esta es la preciosa Flor María”. Ella empieza a batirse con fuerza sobre el escenario. Tenía 17 años, estaba en quinto curso del colegio fiscal 28 de Mayo, y tenía un sueño: salir en televisión.

Flor María Palomeque (Guayaquil, 1979) proviene de una familia tradicional y sencilla. No pudo estudiar danza por falta de dinero, y desde los 18 años empezó a trabajar para ayudar a su papá –azogueño- y a su mamá –nacida en Balzar-. Los Palomeque-Guadamut vivían en Sauces II, un barrio popular de Guayaquil.

Ahora Flor tiene 31 años, y acaba de ser madre por segunda vez. Espero en la sala de su casa. Ella está en el piso de arriba intentando convencer a Robertito, su hijo de dos años, de que no hay nadie en la sala. Fizgoneo un poco. Una pequeña piscina y un par de piletas afuera; mesa para ocho y una elegancia producida con metódico afán, adentro. Una niñera, dos niñeras. El típico silencio de las casas de la vía a Samborondón.

Ella baja con cara de estrés. Dice que hablemos bajito para que su hijo se quede tranquilo. No quiere fotos, por ahora. Solo acepta hacerlas junto a su esposo, Roberto, y siempre y cuando se haya maquillado antes. Se maquilla desde que era una niña.

Siempre hay un momento en que nos damos cuenta de lo que queremos ser ¿recuerdas en el momento en que descubriste que querías ser bailarina o actriz?

Mi anhelo fue siempre estar en televisión. Creo que como soy Leo –no es que crea mucho en los signos, pero como buena Leo siempre quise el centro de atención-, a mí me pasaba que en una matiné tenía que ganarme el premio. Yo empecé en esto del mundo de la farándula cuando bailé con Gerardo Mejía y Fabián Fariña; tenía 14, 15 años. El baile es una de mis pasiones, pero yo lo quería era estar en la televisión.

¿Estuviste en una academia de danzas?

Nunca estuve por falta de dinero. Y mi mami siempre me decía: yo te hubiera querido meter porque yo me daba cuenta que eso era lo que te gustaba. Con mi hijo, arriba solitos los dos, pongo música y me pongo a bailar. Tampoco es que bailo espectacular, pero creo que si tú te sientes bien haciéndolo, no se ve mal.

De hecho, te hiciste “famosa” por un baile

Sí, el baile de La Mosca.

¿Quién te enseñó a moverte así?

¡Nadie! Tengo ese alma de bailarina. Nació porque yo estaba bailando en el estudio (de A todo dar). bailábamos entre amigas. Y de repente en un pedacito de esa canción quedaba espectacular eso de mover la nalga. Atrás mío estaba un productor, que me dijo: eso que estás haciendo aquí, quiero que lo hagas allá en el escenario, en vivo.

Quería tu nalga en la pantalla

Obviamente, a él no le interesaba mi cara. Me dijo, ¡date la vuelta! Cuando yo me di cuenta de que el baile se centraba en la nalga, empecé a perfeccionar el paso. Mucha gente cree que yo muevo la nalga, pero yo muevo las piernas y con el rebote es que se mueve la nalga jajaja!

El baile con el que Flor María empezó su carrera de bailarina/modelo/actriz fue el de La Mosca. Imposible de olvidar. Empezaba con un rápido movimiento de piernas, similar a un temblor sostenido, que provocaba una sensual vibración de sus pomposas nalgas. Aunque suene ridículo, hacer eso le abrió el camino en la pequeña pantalla.

¿Cómo era tu vida de niña? ¿En qué barrio te criaste?

Viví desde los dos años en Sauces II. Yo diría que fue una vida excelente. A mí me encanta la vida de barrio, me parece que eso me ha ayudado mucho en mi carrera. Porque cuando tú eres de barrio (se ríe), tú sabes lo que siente y lo que le está pasando a tu vecino. Nosotros nos cruzábamos las paredes sin que mi mamá se entere. A mi papá no le gustaba que nosotras juguemos pelota.

¿Cuántos hermanos son?

Somos cuatro, pero un primo vivió con nosotros 22 años, entonces es como otro hermano. Éramos cinco y la Pinina, una perrita pekinés que se murió a los 20 años, se murió de viejita.

¿Tú eres la menor?

Sí, la menor. Mi hermana mayor se llama Paola, cumplió 35 años; mi hermano Jaime va a cumplir 34; mi primo tiene 33; mi hermana Pamela tiene 32 y yo tengo 31.

¡Pobre tu madre!
Yo no entendía cómo hacía, y cuando tienes hijos es cuando más empiezas a valorar lo que ella hace. Por ejemplo, cuando yo recién di a luz estaba con mi bebé en brazos dándole de lactar, y Robertito me halaba la falda. Hubo un momento en que los dos estaban llorando. Era un domingo en que mi mamá no podía venir, mi esposo tuvo que salir y mi niñera no estaba. Yo estaba solititita, y no sabía qué hacer. Me puse a llorar con ellos.

Jajaja!!

Mi papá dice que una vez llegó y mi hermana estaba subida en la mesa comiendo azúcar, mi hermano había mordido una cebolla y estaba llorando, mi otra hermana también lloraba para que la cambien de pañal, y yo no sé porqué lloraba. Y mi mamá estaba más allá, en un rincón llorando. ¡Ahora la entiendo!

¿En qué trabajaba tu mamá?

Siempre se ha dedicado a los cosméticos, a los tratamientos capilares. Trabaja de vendedora en una empresa.

¿Y tu papá?

Era chofer en el Consejo Provincial, manejaba volquetas. Ahora no, ya se puso un currier.

A Flor María le encanta el campo. Su madre y su abuela son de Colimes de Balzar, un pueblito de montubios en la provincia del Guayas. Allá, Flor tiene una vaca a la que no le ha puesto nombre, pero que lleva las iniciales de ella y de su esposo, Roberto Chávez, también actor cómico.

¿Ibas mucho a Colimes de pequeña?

Sí, a veces nos quedábamos los tres meses de las vacaciones. Ahora no tengo tiempo, pero me encanta. Cuando yo voy, me tienen un caballo ahí. Cuando mi mamá va los domingos, mi abuelita me manda queso sacado de mi vaca; pero no es que tenemos una hacienda con muchas vacas, es solo una, como para el día a día de mi abuelita. El arroz de Colimes me parece lo máximo, pero tiene que ser arroz piedra, el del grano chiquito.

La casa de tu infancia, ¿cómo era?

Era chiquita, pero súper acogedora. Mis dos hermanas y yo dormíamos en un cuarto –ellas dormían juntas, no querían dormir conmigo porque yo pateaba-, mi hermano y mi primo dormían en otro cuarto, y mi papi y mi mami en otro. Con mis hermanas compartía los mismos cajones, era algo como normal. Viví ahí hasta los 23 años.

Hasta que..

Un día le dije a mi papá que me iba a vivir sola. Mi mamá me dijo: ¡has matado en vida a tu padre! Pero en realidad no era que yo quería independencia; yo lo que quería era tener mis cosas. Ya había empezado a trabajar en televisión, y yo quería comprarme más vestidos, más zapatos y ¡ya no entraba nada más en esa casa! Por eso, le prepuse a mi papá que nos compremos una casa.

Pon pausa, me dice. Su hijo Robertito se acaba de caer y grita desconsolado. Ella sube a toda prisa. La veo irse y tengo un claro pensamiento masculino: ¡pero qué culo tiene! Entonces entiendo todo lo de La Mosca. Regresa después de un rato con su hijo: un hermoso niño de melena rubia y mirada pícara.

¿Y por qué Samborondón?

Yo siempre quise venir a Samborondón, porque me gusta eso de urbanización cerrada. Aunque ahora como está el país ya no hay seguridad en ningún lado. Pero bueno, mis papás se fueron a buscar casa y les gustó aquí. Mi papá se jubiló, y con eso pagamos la entrada; yo puse el resto. Yo viví ahí dos años y medio. Fue traumático, porque cuando ya tenía mi cuarto grande solo para mí, Roberto me propuso matrimonio.

Se ve que eres muy tradicional, muy familiar

Somos muy familiares Roberto y yo, por eso es que nos llevamos bien. No hay sábado que no vayamos a visitar a mis suegros, ni domingo que no vayamos a casa de mis papás. Eso es así todos los fines de semana desde que nos casamos, hace cinco años.

¿Nunca te planteaste vivir sola?

No, nunca. Yo dije eso solo como presión para que salgamos de ese lugar. Yo le agradezco a mi papá que nos haya dado lo que necesitábamos. Nunca tuvimos más, pero tampoco menos.

Flor María estudió en la escuela fiscal Emilio Clemente Huerta número 312, y en colegio fiscal técnico experimental de comercio y administración 28 de mayo. Ahí una profesora no quería que se graduara porque bailaba en la televisión. Se quedó supletorio por faltas y no se graduó con sus compañeras. Pero todo tiene su precio. Ganó un espacio en la pantalla.

¿Cómo fue tu debut?

Bueno, cuando estaba en quinto año mi mamá me metió en un curso de modelaje de Denise Klein y Ximena Carchi. Y después en otro curso de una chica que se llamaba Flérida y tenía su academia de modelaje, Flérida Staff. Con Flérica nos hicimos amigas. Un día me dijo: oye, no quieres ir a hacer un casting para TC. Y le dije: ¿y qué tengo que hacer? No sé de pronto te piden que bailes. ¡Ya chévere, vamos! Entonces me presenté y no me pararon bola. Era para No te lo creo narizón. No me llamaron nunca.

Robertito dice que quiere una cola helada.

Mamita ¿tú quieres?, le pregunta.

Sí, mi amor-.

Mi mamá siempre andaba atrás mío cuidándome. Me decía: mijita, no comas tanto –porque yo siempre he sido comelona-. Mira que a lo mejor te llaman de TC Televisión, ya tienen tu casting. Mi mamá, cual bruja, ¡ese día me llamaron! Me pidieron que vaya al canal, que querían verme. Entonces, mi mamá me buscó la ropa, y nos fuimos escondidas de mi papi.

¿Qué te pusiste?

Me puse una falda short negra, un busito y un moño. Tenía 17 años.

¿Y qué pasó ese día?

Llego al canal y Jimmy Tosso me dice: ¡ven acá gordita que yo te mandé a llamar! ¿Quisieras ser modelo-bailarina? Ahí hablaron con mi mamá, con su permiso me dejaron estar ahí. Cuando empezamos a grabar se dieron cuenta de que me gustaba bailar y que bailaba bien, modestia aparte, y me quedé de largo. En el 97 salimos al aire en A todo dar y en menos de un año ya estaba en Ni en vivo ni en directo.

Siempre te sentiste segura, ¿sabías que ese era tu lugar?

Cuando yo pisé y empecé a vivir lo que era la televisión, dije: mira, de aquí yo no me muevo más.

¿Qué dijo tu papá?

Cuando hicimos el piloto, me tenían que hacer el cambio de look, y me dijeron: te queremos rubia. Yo dije: ¡no, mi papá me mata! Pero, por suerte, solo me sacaron las cejas y me cortaron el pelo. Y cuando llegué a la casa y mi papá vio que me habían cortado el pelo, que me habían sacado las cejas y que estaba recontra maquillada, me dijo: ¡te sales de eso en este momento!

¿Al menos te iban a pagar bien?

¡No, qué va! Pero para mí, en esa época, era Dios mío lindo… Yo fui un pilar en mi casa, porque solo trabajábamos mi papá, mi mamá y yo. Yo empecé a comprar la comida desde los 18 años.

¿Te fue fácil adaptarte a ese mundo falso de la televisión, a esa forma de vivir?

Sí y no. Yo pienso que cuando entras a la televisión tienes que tener los pies en la tierra. La formación de tu hogar te ayuda mucho. Cuando yo entré a la televisión era lo más ingenua que puede existir en esta tierra. Yo era super relajosa en el colegio y todo, pero nunca había visto lo que vi en la televisión.

¿Qué viste?
La primera vez que vi un gay en mi vida fue en el canal y los adoro, tengo muchos amigos gays, y siento que son más incondicionales con las mujeres. Pero hay mucha farra, mucha droga, te puedes dañar si no vienes de un hogar bien formado. Tuve la suerte de que nunca nadie me ofreció droga. Yo estuve en varios lugares donde estaba ahí, yo pasaba y veía. Nunca me dio por probar o querer. Fue difícil adaptarme. Pero yo tenía adentro los valores; el ángel malo nunca apareció. Por eso, yo no estoy de acuerdo con la gente que dice: no le pegues al niño, porque después necesita psicólogo. A los niños desde chiquitos hay que enseñarles. A Robertito no es que me encante pegarle, pero le he tenido que pegar.

¿A ti te pegaban?

A mí me pegaban. Nosotros escondíamos el látigo porque nos pegaban con el látigo ese que tiene dos patas. Hasta tenía nombre. Mi mamá decía: ¿dónde está Pedrito? Por ese refrán que dice: Pedro Moreno, saca lo malo y pone lo bueno. Jajaja!! Cuando venían las libretas lo mandábamos al fondo, hasta que mi mamá descubrió nuestro escondite. Nos decía: no está el látigo, bueno, con la correa entonces. Mi mamá nos pegaba con lo que encontraba.

¿Piensas que eso sirvió?

Sí, sirvió bastante. A los niños si se van desviando, el látigo los regresa. Yo soy fiel creyente.

¿O sea que hablar no funciona?

No funciona. Yo le digo a Robertito: mírame a los ojos, no hagas esto mi amor, no está bien. Pero a él le importa un comino. Entonces, le digo: por las buenas o por las malas. Y él ya cogió de chiste: ¡por las malas! ¡por las buenas! Pero él sabe que cuando yo me pongo la correa aquí (sobre los hombros) no es por gusto. Si se sigue portando mal, ¡Plaz! Flácate! Sí funciona.

Después de A todo dar vino Ni en vivo ni en directo en TC, uno de los programas con mayor sintonía en la historia televisiva del país. Un show cómico que inauguró una nueva manera de hacer humor en la televisión y que dejó de lado los recatos a la hora de imitar.

¿Cómo ocurrió Ni en vivo?

Por un lado, Jorge Toledo y David Reinoso estaban haciendo un piloto para TC televisión. Y, por otro lado, Gustavo Segale y Galo Recalde estaban haciendo otro proyecto. Estos dos proyectos llegaron a la oficina de Estefanía Isaías y Jorge Kronfle. Ellos decidieron fusionar estas dos ideas y cuando hicieron el piloto quedó increíble. Entonces, el abogado Kronfle dijo: pero a esto le hace falta la presencia de una mujer. Yo quiero a Flor María Palomeque, que es la niña esa que baila el baile de la mosca.

¿Qué tenías que hacer?

Tenía que entrevistar al marciano. Pero me temblaba tanto la mano que se notaba en pantalla. Y no podía memorizar lo que me decía Jorge. David, Galo y Jorge fueron para mí una gran escuela.

¿No tomaste ningún curso de actuación?

No, para mí el curso de actuación ha sido día a día. Aprendí al andar. Me di cuenta de que empecé a hacer las cosas bien cuando perdí el miedo.

¿De qué tenías miedo?
De que Toledo me fuera a retar porque lo hacía mal. Él tiene la fama de bravo, duro y estricto. Pero más bien me dio confianza. Me decía: explórate, conócete, mírate en el espejo, haz caras.

Después de eso, mi primera actuación fue Rechita, y tuvo su público, tuvo acogida. De repente, Jorge me empezó a dar más y más personajes.

Tú haces comedia sin querer hacerlo, es decir, haces reír sin proponértelo

En el colegio siempre me pasaba eso. Yo actuaba para mis compañeras, siempre me decían: habla como chiquita. Yo era el payasito de ellas, imitaba a los profesores y todo eso. Pero no me di cuenta de lo que hacía hasta que no estuve en este mundo. Y después vinieron otros personajes: la enfermera, la fea –que era la que tenía un lunar de pelo-, de ahí empecé a hacer caracterizaciones.

¿Te daban un concepto del personaje, te guiaban en cómo tenía que ser?

No, no, no. Yo creo que todos íbamos aprendiendo. Jorge me decía: ponte una peluca, a ver prueba un diente, sácate el diente, no, no. Prueba un lunar, sácate el lunar, no. Píntate la ceja, !ya! Y cuando a él le gustaba ya así salía.

¿Y el texto quién lo hacía?

En ese momento. Nosotros trabajámos sin libreto, por eso era que yo me moría de nervios. Y hasta el día de hoy nosotros trabajamos así.

¿Nunca has hecho teatro?

Obras de teatro no, pero yo pienso que lo lindo del teatro es tener el contacto con el público, y he hecho muchas presentaciones en vivo. Hemos recorrido todo el Ecuador, y nos hemos ido a Nueva York, y ahí nos presentamos en un teatro pero con nuestros sketchs.

¿Quiénes son tus referentes, algún actor cómico, o actriz?

Sí, yo tengo muchos actores a los que admiro. Me encanta Jim Carrey, me encantan las caras que hace, me parece que es súper creativo. Me encanta Ben Stiller, las películas de él son para mí lo máximo.

¿Alguna actriz de la que hayas aprendido algo?

No, no quiero sonar estúpida, pero no. No, porque yo veo a la gente.

¿A la gente?

Sí, eso me pasa mucho. Yo empiezo a conversar con alguien y estoy todo el tiempo viendo cómo se comporta.

Supongo que también ayudó el hecho de que te criaras en un barrio. Si hubieras crecido en esta urbanización cerrada tal vez no hacías nada

¡Claro! Una de las cosas que es importante saber es quién te escribe las cosas. Si tú tienes un guionista que ha vivido en Samborondón no puede escribirte algo de barrio. En la novela del Cholito pasó eso. En el libreto decía: mientras Xiomara trapea la casa…

Yo les dije: miren el lugar, aquí no se trapea, ¡aquí se b-a-l-d-e-a! Tú sabes: con detergente, barres primero, le echas el agua y luego pasas el trapo. En ese tipo de cosas, yo choco bastante. A Xiomara (compañera de reparto en novela del Cholito) le ponían frases como: ¿por qué me miras así? Siento incredulidad en tu mirada. ¡¿Quién habla así?!

¿Entonces nunca sigues un libreto?

No! porque nadie mejor que actor para sentir las palabras. Bueno, en algún momento me tocará hacer alguna obra de teatro o programa donde tenga que decir lo que escriben los libretistas. Tocará. Pero mientras no llegue el momento ¡no! Porque nosotros estamos haciendo programas en base a mi personaje y el personaje de David (Reinoso). Estamos en todo el derecho de cambiar las palabras. La Mofle jamás diría: dame mi cena.

La Mofle es el personaje más querido de Flor María. Es la caricatura de una esposa después de cinco años de matrimonio. Lo ha interpretado durante ocho años. La Mofle y el Panzón nació como un sketch cómico del programa Vivos! pero decidieron convertirlo en una serie a la que llamaron La Pareja Feliz, que va por la segunda temporada. Cuando Flor piensa en La Mofle inmediatamente le cambia la cara. Es como ver la transformación de la princesa Fiona.

¿Has tenido problemas por caricaturizar a alguien?

No, nunca. Yo pienso que la gente sabe que esto es comedia. Pierina Correa una vez me dijo: ¡oye, yo no soy así! Yo le dije: pero de eso se trata.

¿Quisieras hacer cine?

Sí, sí, pero no me llaman.

¿Qué harás este año?

Vamos a hacer circo y estamos en la preproducción de la tercera parte de La Pareja Feliz. En abril empezamos a grabar. Además, vamos a hacer otra serie, y ahora en febrero entro a grabar Nananina, la serie de Tres Patines. El año pasado yo trabajé de lunes a domingo; grabábamos de lunes a viernes la novela, y el fin de semana grabábamos Pareja Feliz, todo eso estando embarazada. Por mí nunca pararon una grabación. El horario no es que entras a las 8 y sales a las 4, era de 8 a 9 todos los días. Yo no soy hipócrita: el dinero a mí me gusta, pero bien ganado. Yo tengo todo lo que tengo porque me he sudado la gota gorda.