El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.

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