Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

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El bar del chino


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Era noviembre. Como todos los viernes, yo había ido al bar del Chino para encontrarme con Sergio. Ahora sé que no  debí ir. En la mañana, me había levantado con malos presentimientos. No recordaba el hilo del sueño que había tenido, pero la sensación de incertidumbre que me dejó era violenta. Me metí a la ducha para despabilarme. La imagen que vino a mi mente bajo el chorro de agua me espantó aún más: era la de un gato que se sienta al borde de la cama anticipando la muerte de quien duerme. Me sentía como una gaviota cuando adivina la llegada de una tormenta. La sospecha de algo terrible me carcomía. Mi abuela decía que los malos augurios se sienten como un latido en el vientre. Recuerdo que durante la tarde, mientras intentaba trabajar, mi mano vibró con un ligero temblor. Todo el día mi corazón palpitó a un ritmo distinto, tan rápido como cuando estoy a punto de llegar al orgasmo. Cuando llegó la noche, antes de salir, vi por la ventanilla cómo el cielo se movía oscuro e improbable, nubes blancas danzaban como meciéndose en una hamaca siniestra. Pero yo estaba enamorada de Sergio, quería verlo y eso era lo único que me importaba.

Me puse el vestido negro, el de tirantes que tanto le gustaba a él. En mi interior, la angustia de pensar que él me dejaría aumentaba. Creí que esa era la causa de mi extraño nerviosismo. Nuestra última pelea había sido tan brutal que yo suponía que él iría al bar sólo para pedirme que no lo buscara más, que dejáramos de vernos. Éramos amantes desde hacía dos años y cuatro meses. Él estaba casado, tenía dos hijos pequeños y una esposa gorda y severa. Yo lo amaba. Pero nuestra relación era dolorosa, mi sentimiento me atrapaba en un estado compulsivo y mis rabietas por celos eran constantes. Yo odiaba su quietud, su estado de larva insensible, su pasividad que interpretaba como indiferencia.

Mientras iba en el taxi rumbo al bar intentaba calmarme recordando la última vez que hicimos el amor. Su cuerpo, como un monte empinado, hervía debajo del mío. La sensación del placer dormitaba entre sus párpados, y su voz era como un leve susurro de algodón. No quería perderlo. Pero, poco después, mis gritos alterados me regresaban a la realidad. Él me dejaría y con razón. Le dije que lo mataría si no dejaba a su esposa. Lo llamé bastardo, cerdo e hijo de puta. Le rasguñé la cara y lo golpeé con el taco de mi zapato en la espalda sin que él hiciera nada por detenerme. Él solo me dijo cálmate, me dio un beso en la mejilla, y se fue. Me dejó sola, con mis absurdas lágrimas saltando como demonios por mis ojos. Nunca vi en su mirada ira ni dolor, nunca vi nada. Era como una piedra apacible, a la que  podía patear sin quejas. El dolor me lo provocaba yo. Él era una roca filuda que me desgarraba por dentro. Como si tuvieran vida propia, los quejidos rodaban por mi garganta.

Llegué al bar y saludé al chino. Miré a todos lados, pero Sergio no estaba. Pedí un gin tonic, y llamé a su celular. No contestó. Pasaron diez minutos. Empecé a desesperarme. Me terminé el trago. Salí para fumar. Caminé por la calle en medio de putas. Sentí que ellas tenían más dignidad que yo. Las envidié, y hasta las maldije. Volví al bar, otro gin tonic. Me lo tomé sin respirar. Me mareé enseguida. Fui al baño. Me miré en el espejo y me sentí fea, demasiado flaca, patética, un sinsentido en dos patas. Me imaginé como un gusano lleno de torpes arrugas. Tenía treinta años, pero me sentía más vieja que Estela, la mujer de Sergio, que debía andar por los cuarenta y dos. Saqué un poco de coca que tenía en una fundita y me lo embutí todo. Me limpié la nariz. Estaba tan ansiosa que lamí la funda antes de tirarla. Eran las once de la noche cuando salí del baño.

Le pregunté al Chino si había visto a Sergio. Me dijo que sí, que había estado bebiendo cerveza con un par de tipos hacía hora y media. Justo ahí, me señaló una mesa vacía. Pagaron y se fueron. Llamé al celular de nuevo. No hubo respuesta. Me tomé de un tirón el tercer gin tonic, pagué y salí. Estaba dispuesta a ir a casa de Sergio. Le diría a su mujer la verdad de una vez por todas. La cocaína me daba valor. La furia me asfixiaba como una enorme boa constrictor. Si en ese momento hubiese tenido delante a Sergio le abría sacado los ojos con mis propias manos. Odiaba la quietud de sus ojos impávidos, su lividez, su calma.

Caminé hacia la avenida para tomar un taxi. No había nadie, todo estaba oscuro y quieto. Mis tacos se doblaban solos. Miré el reloj, eran las diez y cuarto. De pronto, sentí que alguien venía detrás. Volteé y vi a dos hombres corpulentos, a unos diez metros. Apreté el paso. Ellos también. Intenté correr, pero en segundos estuvieron encima de mí. Me tiraron al piso, me taparon la boca. No les pude ver la cara. Me subieron a un carro que estaba parqueado cerca. Me pusieron una bolsa de tela negra con dos agujeros para que respirara en la cabeza y me doblaron en el asiento para que nadie me viera por las ventanas. El enojo se transformó en espanto. La certeza de la desgracia que tuve durante todo el día me sepultó como una roca a un mosquito. No veía nada. Pero debían ser tres hombres, el conductor y los dos que me atacaron. Apenas podía respirar.

En la radio se escuchaba mi canción favorita, The blowers daughter. Estaba aterrada, pero escuchar la voz de Damien Rice me calmó un poco. Ninguno de los tipos hablaba. Anduvimos unos quince minutos en silencio, aunque pudieron ser solo cinco o dos. El miedo hace imposible calcular con exactitud el tiempo. No me atreví a abrir la boca. De pronto, el carro paró en seco. Me bajaron. No me quitaron la funda de la cabeza. Empecé a gritar, a preguntar quiénes eran, qué querían. Nadie me contestó. Sentí una poderosa cachetada. Y empecé a llorar. Mientras más lloraba, menos podía respirar. Me ataron las manos. Les rogué que no me hicieran nada, intenté arrodillarme, les dije que si querían dinero podíamos ir a mi casa. Nadie me respondió.

Tal vez estábamos en un solar vacío. El silencio era aterrador. Al lado, estaba el carro con el motor encendido. Del parlante salía despedida una y otra vez la canción de Rice. Era enloquecedor. Uno de los tipos me desnudó, y el otro empezó a penetrarme de pie. No hubo risas, insultos ni gritos. Solo silencio y mis lágrimas que corrían mojándome la cara debajo de la funda. Me penetraron dos tipos durante unos diez minutos cada uno. No me tocaban, mi cuerpo para ellos era sólo un agujero para perforar. Después me subieron al auto, y me tiraron desnuda al asiento de atrás. Yo seguía llorando sin hacer mucho ruido. No me desataron ni me quitaron la funda negra de la cabeza. La sensación de no ver a mis victimarios me producía tanta impotencia que habría querido morir en ese instante. Nadie más subió al asiento de atrás. Escuché cómo cerraron la puerta, y el coche empezó a andar. Anduvimos unos veinte minutos. Y cuando intuí que todo había terminado, y que los tipos que me violaron no estaban dentro, intenté calmarme. ¿A dónde me llevas?, le pregunté como pude al hombre que manejaba, el único que no me violó.

Si quieres te llevo a tu casa, contestó Sergio.

 

 

 

La mujer luciérnaga


 

Soy una luciérnaga, lo sé, porque cuando me pongo en estado luciferino, es decir, en el estado de la luz, una antorcha se me enciende en la zona de la genitalidad, que es donde quedan todos aquellos órganos oliscosos y soberanos en sus apetencias. Supe que era una luciérnaga un día de aquellos en que la poesía me había colmado y se había alojado en uno de los ventrículos de mi pueril corazón cuando, de pronto, sentí un fuego que me quemaba en las tierras bajas, esas que han sido tan codiciables por las lenguas de mis amantes, allá donde el orgasmo reclama su porción vital, el sótano húmedo que ha sido la perdición de muchos.

Chucha, concha, vulva, coño, vagina, chepa, almeja, conejo, raja, seta, breva, higo, parrús y todas aquellas denominaciones que he venido escuchando a lo largo del paseo por este mundo. Decía que cuando sentí aquel lúcido y benigno fuego pude unir, enlazar, asociar, ensartar, hacer copular la dimuta imagen de una luciérnaga con mi ardor. Sí, una luciérnaga. Yo no sabía cómo era aquel bicho de cola brillante, me preguntaba si tendría antenitas o si sus patas pincharían como las patas de los grillos, si tendría los ojos salidos como los saltamontes. Lo único que sabía era que emitía destellos de luz, mensajes lumínicos para los machos que vuelan a su alrededor. Solo las hembras pueden producir aquel bello resplandor gracias a la luciferina, una clase de pigmento que hace centellear a algunas bacterias, algas, hongos y animales.

Siempre he sido consciente de que soy un animal; todas las mujeres lo somos, solo que algunas no lo reconocen y a otras se les olvida. Lo que no sabía era qué tipo de animal era, no atinaba a clasificarme como mamífero, ave o reptil. Me ubiqué entre los mamíferos por ser los más cercanos biológicamente. Algunas veces pensé que era una felina y amé los gatos con devoción. Otras veces, me creí gacela. Aquello ocurrió a partir de que aquel moreno al que una vez quise me llamó de ese modo, mi gacela. Por supuesto, durante algún tiempo pensé que era una yegua, una potra, un cuadrúpedo insaciable que nunca sería capaz de conformarse con las horas, siempre escasas, que aquel que controla el tiempo y la vida le dejaba para el placer. ¡Cómo si algún dios pudiese domesticar nuestras ansias! Cada vez que me sentía gata, gacela o yegua actuaba como tal.

Estuve varios años en cada estado. La evolución entre uno y otro era lenta, tanto que me parecía que iba a permanecer de una sola manera para siempre. Primero fui mujer gato. Esto ocurrió desde mi despertar sexual hasta más o menos los veinticuatro años, con algunos intervalos del siguiente estado, el de gacela. Durante todo ese tiempo nunca, pero nunca, actué como una yegua. Las gatas seducen, tientan y se van. Otras veces, desprecian y humillan. A algunos hombres los obligaba a que me amasen largamente, sin que yo diese ninguna muestra de querer hacer lo mismo, hallaba mi deleite en nunca devolver lo que podía recibir a borbotones. Era egoísta, misántropa, cruel. En esos años viví la peor versión de mí misma. Cuando me convertí en una gacela fue cuando quise ser sometida. Era como si, de pronto, me supiese merecedora del castigo lento, de la tortura. Quería pagarles a los hombres todo el rechazo anterior. Me transformé en un mamífero indefenso en las garras de un león, de un chacal, de un guepardo. Me puse bajo la pisada de un elefante. Hacía lo que ellos esperaban que hiciese, era sumisa y obediente, jugaba el papel de esclava, de la hembra que dice frases como te pertenezco, soy tuya o eres mi dueño. Tuve orgasmos sublimes siendo gacela, pero fui infeliz fuera de la cama o de los cuerpos que me habitaban. Mi espíritu no es domesticable y yo quería dejar de ser ese animal.

El día en que pasé a ser yegua fue un lunes. Mudé en un ser totalmente hedonista, capaz de recibir tanto placer como le era posible, una protanca sin brida que quería ser cabalgada durante instantes infinitos. No le permitía a mis hombres derramarse demasiado pronto. Estaba dispuesta a enfrentar el dolor, la ansiedad, el desasosiego, a cambio de explorar los límites de mi cuerpo, de correr y correr, más allá, más allá, más allá. Fui lejos y, tal vez, crucé alguna cerca, porque un día dejé de ser yegua. Soy desde hace poco tiempo, una luciérnaga. Tal vez lo he sido siempre, pero no me había detenido a mirar aquel destello. La mujer luciérnaga no devora ni se deja devorar. Es un animal pequeño que encuentra su satisfacción en permanecer invisible, de ella solo se ve la luz que irradia. Eso debe ser suficiente. En esa luz, que se aloja entre sus piernas y emerge de su útero, está su fuerza, su vida. La mujer luciérnaga nunca será madre, pero parirá todos los días.

Sara


La primera vez que vi a Sara pensé que tendría unos trece años, después supe que tenía solo nueve. Se mudó con su madre al departamento de al lado. En esa época arrendábamos un piso en un edificio solariego sobre la calle Colón. Sara es morena, tiene el cabello liso, endrino, y a los nueve años ya tenía demasiado cuerpo. Yo tenía veintidós, pero aún pisaba territorio confuso; la verdad es que me costó madurar. Conservaba costumbres de adolescente: me seguía masturbando dos o tres veces al día y los fines de semana hasta cinco veces, pero enfrentaba con tesón las pesadas cargas horarias de la carrera de Medicina. Elisa, la madre de Sara, era una mujer atractiva, de mirada huidiza, risa estrepitosa y grandes pechos, que exhibía sin pudor. No me sorprendió demasiado cuando mi padre me confesó que la vecina le gustaba, tampoco me extrañé de que tres años después decidiera casarse con ella. Lo que sí me sorprendió fue notar que el cuerpo de Sara ya era el de una mujer a los doce años. Imaginaba sus pezones a través de su camiseta blanca: eran del color que tiene la carne de los pomelos rosáceos, y su textura como de pistilos a punto de brotar. Sin tener mucho busto aún, había heredado de su madre el gusto por los escotes, y yo se lo agradecía. Sus muslos resaltaban rabiosos, su cintura era pequeña y su trasero prominente, como una colina en la que mis ojos se perdían sin fin. Tenía ganas de tocar a mi hermanastra y ella se daba cuenta.

Sara me sacaba la lengua coqueta cuando reía; otra veces, saltaba sobre mí y repartía besos por mi cara y cuello sin que existiera ningún motivo. Eran como arranques de locura. Yo me la quitaba de encima, sin mucha convicción. Por esa época yo salía con Patricia, llevábamos dos años de novios y pensábamos casarnos. Patricia era una mujer bien puesta, pero insípida. Mi padre, que se había mudado junto a Elisa y Sara a una casa antigua que tenía cuatro cuartos y una buhardilla donde él hacía la siesta y leía, nos ofreció ir a vivir con ellos con la intención de que nosotros ahorremos lo necesario para comprar nuestra propia casa. Nos mudamos en diciembre y celebramos la Navidad en familia, fingiendo para no discutir por temas intrascendentes. La habitación de Sara quedaba a diez pasos de la nuestra. Aquella noche vomitó por exceso de comida y unos sorbos de vino rojo. Me pidió que le leyese uno de mis cuentos antes de dormir, como solía hacer su padre cuando era pequeña. Le leí uno de fantasmas que había escrito la semana anterior. Ella estaba debajo de las cobijas y yo sentado a su lado, en el borde de la cama.

De repente, cuando aún no terminaba el cuento, Sara se quitó la cobija y sus pechos quedaron descubiertos. Tengo calor, dijo. Yo me quedé inmóvil, mirándola sin poder contener la lascivia. Ella apartó aún más la manta y me dejó ver su cuerpo entero desnudo. ¿Duermes así?, le pregunté un poco nervioso. Sí, porque mi habitación es demasiado calurosa. ¿Cómo duerme Patricia?, dijo con voz de niña. Sara ¡cúbrete, por favor!, le pedí azorado, recobrando el sentido. Me levanté, y salí del cuarto. Antes de cerrar la puerta, volví a mirarla, ella tenía su mano en el pubis. Dos días estuve elucubrando la manera de quedarme a solas con Sara para tocarla sin que mi padre, Elisa y Patricia lo notaran. La imagen de la chiquilla desnuda me estaba enloqueciendo. El sábado siguiente, Patricia se fue a visitar a sus padres. Me llamó a las ocho para decirme que llovía y que se quedaría a dormir en su antigua casa. Mi padre y Elisa habían ido a una cena. Yo celebré tomando whisky. Escondido como un alacrán en la oscuridad esperaba mi momento.

Sara había ido al cine. Me metí a mi cuarto y dejé la puerta abierta, sabía que ella llegaría, merodearía y se daría cuenta de que estábamos solos. Así sucedió. Me encontró medio borracho tirado en un sillón.

—Se han ido todos — me dijo parada en el marco de la puerta, llevaba un vestido celeste de verano.
—Así parece — contesté como un animal que no se altera.
—¿Quieres venir a mi cuarto a ver una peli? — preguntó haciéndose la inocente.
—¿Tú tienes ganas? — dije sabiendo que ella quería. No respondió, se fue a su cuarto. Yo la seguí. Ya estaba oscuro. No encendimos las luces. Ella puso a todo volumen un dvd de Harry Potter. Se sacó el vestido que llevaba delante de mí y se puso una cortísima camiseta de algodón que dejaba ver el nacimiento de los vellos en su triángulo. Se echó en la cama con un almohadón debajo de sus brazos. Yo me senté a su lado.
—Dame un masaje, tengo agujetas en toda la espalda — pidió mientras veía la pantalla sin parpadear. Yo miraba su piel perfecta, la suave tela de su calzón intentando contener los ribetes de sus nalgas morenas. Empecé a masajear sus hombros, bajé por su espalda deteniéndome lo más posible en cada músculo. Ella parecía no sentir nada. Mi respiración empezaba a hacerse pesada, sabía que ella la percibía a pesar del ruido del televisor. Llegué a sus nalgas, ella abrió un poco las piernas.
—Me gusta cómo me tocas. Tócame más — musitó levemente.
—Sara, no debería tocarte y lo sabes — dije sintiéndome un extraño. Quien decía esas palabras no era el mismo hombre que la tocaba con un deseo irrefrenable.
—¿Quién dice? — preguntó ella levantando un poco la cabeza.
—Eres menor de edad y yo soy tu hermanastro. ¿Eres consciente de eso? — le pregunté sin mover ni un centímetro mis manos que se habían estancado en sus muslos.
—Ya, ya, deja de decir tonterías y sigue con el masaje. Aprovechemos que no hay nadie — dijo ella como riñéndome.
—Perdona, Sara, no puedo seguir. Esto está mal… No debo — dije y me levanté de pronto.
—Eres un cobarde. Un puto cobarde de mierda — dijo volviéndose y mirándome a los ojos. —Yo sé que te gusto, y tú sabes que me gustas. Qué más da si soy chica, si tú eres grande, si tienes novia, si mi padre se casó con tu madre. A mí nada de eso me importa— dijo de rodillas en la cama. Luego, se sentó y puso un almohadón entre sus piernas. —Pero si quieres vete, me da
igual — sentenció enojada, haciendo un ademán como quien echa a un perro.

Salí de la habitación sintiéndome un imbécil, intentando entender de qué iba este juego malsano. Vi que la puerta de la sala se abrió, eran mi padre y Elisa. Me metí en mi habitación. Me saqué la ropa, me acosté en la cama pensativo. Estaba empalmado. Sabía que no iba a poder dormir. Empecé a masturbarme, aún tenía viva la sensación del cuerpo de Sara en mis dedos. De pronto, la perilla de la puerta se giró. Me di la vuelta, me cubrí con la manta para hacerme el dormido. Era Sara desnuda. Encendió la luz, y empezó a revolver las cosas de un estante. Parecía que había perdido algo.
—¿Por qué entras así? ¿Qué buscas? — le pregunté un tanto molesto.
—Busco esto — dijo enseñándome un cuadernillo. —Este es mi viejo diario, quiero leerte algo —.
—Sara ¿podrías cubrirte? No es normal que andes en bolas por la casa — le pedí sin querer que lo hiciera realmente.
—No me hizo ningún caso. Abrió el cuadernillo, se sentó al borde de mi cama, y empezó a leer. —Hoy llegó Gustavo con su novia, Patricia. Ella no me gusta para él, es demasiado larga y sosa. Él se merece una mujer ardiente como yo, que le dé todo el placer que quiera, que siempre esté dispuesta a complacerlo. Sé que le gusto a Gustavo. Vi cómo me miraba las tetas en la boda. Esa noche quise besarlo, pero él no me dio oportunidad. Sueño con que llegue el día en que pueda dormir junto a él. Quisiera que me hiciera suya —. De pronto, dejó de leer. Se calló un momento.

—Esto lo escribí hace exactamente seis meses y lo dejé aquí, casualmente, para ver si tú o la tonta de tu novia lo leían — dijo evidentemente afectada, casi al borde de las lágrimas.
—Sara, apaga esa luz y ven aquí — le pedí. Ella me hizo caso y se metió debajo de la manta. Sintió mi verga dura. Empezó a besarme con descontrol y yo a ella. Sara no era virgen, pero yo no lo sabía. Me alegré de que así fuera. Disfruté de su cuerpo hasta las seis de la mañana cuando caí rendido. Patricia nos encontró acurrucados, hechos una sola carne. No dijo nada, no nos
despertó. Fue a llamar a mi padre y a Elisa. Los tres contemplaron el cuadro en silencio. Era horrible y hermoso a la vez.

Siete meses


Lourdes Paola Haro García – Ilustración

La bolsita con cocaína está sobre mi velador de madera de acacia negra. No la he tocado desde la última vez que vi a Francisco, esa noche en que me dijo que nos diéramos un tiempo, la noche en que lloré por esos siete meses perdidos. Meses de sexo blanco, de alcohol y sexo, de charlas hasta el amanecer y sexo. De meses está hecho el tiempo, y el tiempo es la vida. De meses está hecho el mundo y los pasos que damos sobre él. Esos meses fueron la vida y la muerte. Así debe ser el amor. El amor es idiota, se mete en cualquier cuerpo como si fuese un viejo fantasma con ganas de descansar, un fantasma olvidadizo que no sabe dónde quiere vivir o morir. Está aquí, cohabito con él en el mismo cuerpo. Algún día lo liberaré, y volveré a ser el vacío.

Todo ha pasado ya. La tragedia del amor estuvo por aquí. Incendió lo que vino a incendiar; ahogó lo que vino a ahogar. Me encuentro entre ruinas, como después de un cataclismo antiguo. Ninguna ruta cierta lleva a este lugar, nadie puede venir, solo los que han vivido la desazón del olvido, la crueldad del desarraigo.

El desarraigo no ocurre solo cuando perdemos un país, cuando olvidamos a un padre, a un hermano, también sucede cuando perdemos el alma de aquel al que amamos. Mi alma salió detrás de él, en estampida, como un ciervo asustado. Desde ese día soy un ser que deambula, una caminante inerte, un árbol derribado, una fiel devota de las imágenes eternas del recuerdo. Siempre esperando una recompensa por lo que he llorado, por lo que he perdido. Y el miedo.

El sexo me saca de ese sopor etílico, de esa idiotez congénita que es el amor. El sexo también me divierte, como a un niño cuando mete la nariz en lugares sucios, o como cuando grita desde lo alto de un árbol. Me gusta gritar. Y quiero gritar ahora, gritar y morder, gritar y lamer, gritar y sollozar, gritar y pedir más. Espero a uno de mis amantes, el de pelo entrecano, el escritor frustrado, el poeta mediocre, el pájaro cobarde. Sé que es un perdedor, un errante de su propia vida, un tipo confundido y confuso. Pero me excita su ruindad, su miseria, me moja el saberme más cruel que él.

Abro un papelito verde, de esos en los que se envuelve el tabaco, y empiezo a desgranar, a desengominar, a hacer menudencia un pequeño atado de weed. Estoy desnuda y hambrienta. Mi sexo está abierto y húmedo como el de una anaconda. Pongo la weed en el papelillo, la esparzo como si se tratase de hormigón sobre una carretera. El ventilador gira sobre mi cabeza; las sábanas rojas y las cortinas esmaltadas ondulan con cada gemido del viento. Yo aún no he dejado de gemir por esos siete meses, aunque ahora sean otros los que me posean. Antes de envolver el cigarrillo, tomo la bolsita con cocaína del velador, y la rocío sobre el pasto verde, hasta que da la impresión de que una tenue nevada ha caído sobre él. Dejo el delgado porro sobre un radio antiguo, herencia de mi padre, y me pongo a leer Adiós a las armas.

Suena el timbre. No hay nadie en la casa. Lucía, la colombiana con la que comparto piso, está internada en un centro de rehabilitación. Se le fue la mano con la cocaína y acabó como yo hace tres años, fundida. Me daba por esconderme. Me metía debajo de la cama, pasaba horas en el armario de mi habitación, o encogida detrás de algún mueble. Fue horrible. Me escondía de mí misma y del mundo. Pero ya no me escondo, ahora quiero que todos me vean como soy de verdad: puta y loca. A veces, perversa. Demasiadas veces. No quiero ir a visitar a Lucía, porque sé que me pedirá dinero, que querrá llorar, lamentarse de su mala suerte, y no estoy dispuesta a cargar con ese peso. Prefiero esperarla acostada en el sillón verde de la sala, viendo algún capítulo viejo de Seinfield. Ya me perdonará, que ella también me ha hecho unas cuantas.

Lucía es escultora, pero trabaja en bienes raíces. Su pasión son las líneas rectas, las protuberancias, las riberas del cuerpo masculino. Es pequeña y muy blanca, casi pálida, del color de una gaviota. Me lleva tres años, y es más bien flácida, un poco regordeta, de tetas excesivamente grandes para su tamaño y sin mucho culo. Su mayor atractivo está en su rostro de ángulos escarpados. Tiene unos ojos café oscuro que delatan su ambición desmedida por el sexo.

Algunos tipos me han dicho que la ven y les dan ganas de comérsela por cómo los mira. Los mira con lujuria, con el desparpajo que tienen los sicarios antes y después de disparar, con la valentía que ya no tienen los hombres. Los hombres ya dejaron de ser hombres, la mayoría no son más que discapacitados emocionales, miedosos crónicos o niños egocentristas. Simples tipos. Y no es divertido seducir a simples tipos, no hay reto, no hay adrenalina. Por eso el camino más sencillo para las mujeres de estos tiempos es la dominación. Los hombres se han vuelto tan dóciles que me dan asco.

Y hay varias maneras de dominar a un hombre. Con casi todos resulta la más sencilla, el sexo. Ellos quieren una puta en la cama y yo hago de puta. Quieren sentirse machos, animales, dueños y amos. Eso les hago sentir un tiempo. Luego, se vuelven antojos que ordeno como en un local de comida rápida. Es ahí cuando les demuestro de qué están hechos, pura materia maleable, esponjosa, cobarde.

Suena el timbre. Es Gustavo, el poeta. Le abro desnuda. Él me observa con esos ojos caídos, que se desperezan sobre cada objeto que pisan. Me mira lentamente, como un anciano ve el mar, deseando abarcarlo entero, descubrir su secreto, sabiéndose un indefenso anhelando lo imposible. Tomo su rostro con las dos manos y lo beso. Él mueve su lengua dentro de mi boca, me agarra las nalgas, las abre apenas, las aprieta. Me iza bruscamente, y me pone sobre el sillón de Lucía. Me besa con la desesperación con la que un criminal besa la libertad cuando sale de la cárcel. Me aburre.

— Espera, tengo algo para ti -me suelto, y salto por encima de él-. Sígueme- casi susurro.

Él se levanta con desgano, y apenas llega al cuarto se tira en la cama que resopla como un gordo cansado.

¿Y Lucía?, me pregunta.

Está en la clínica, sus padres decidieron internarla. Sus crisis ya eran demasiado peligrosas—. Tomo el cigarrillo que está encima del radio, me muevo con la delicadeza de una serpiente-. Vino un tipo una mañana, le dijo que la grúa se estaba llevando su auto. Ella bajó corriendo las escaleras, despeinada y sucia. Pero no era la grúa, eran sus padres al pie de un camión ambulancia. Después, todo fueron gritos de la mamá, y llantos de Lucía.

¡Qué mal, pobrecita! me mira ansioso.

Ella se lo ganó, se pasó de la raya hace tiempo, no sabe medirse, no entiende que no puede jalar siempre. Está bien un par de días a la semana, pero no todos los días ¿no crees? —, enciendo el porro y le doy dos largas caladas, lo fumo como si quisiera que esa mezcla del pasto verde y la nieve me llevaran para siempre a otro lugar, muy lejos de él-.

Dame le paso el cigarrillo y él empieza a fumar con hondura.

Bailo por la habitación, siguiendo una pista imaginaria. Él pone algo de Nora Jones, y yo empiezo a entender que lo único que quiero de él es su verga empinada dentro de mí. La weed ha logrado su cometido, encenderme. No me interesan sus poemas ni sus bobalicones ensayos sobre la historia y la humanidad. Me dan pereza sus teorías sobre conspiraciones o sus disertaciones sobre el amor. Me agotan porque suelen ser una larga retahíla de lugares comunes, que él cree haber inventado. Nunca he entendido por qué la mayoría de hombres se cree más inteligente que las mujeres. Yo me he dado cuenta de que soy mucho más inteligente que todos los hombres que conozco, pero los dejo creer que pueden conquistarme. A algunos se los dejo creer horas, a otros días, semanas, meses, no he podido fingir durante años, creo que jamás podré. Pensaba que Francisco era inteligente, y lo sigo pensando, pero también sé que es un discapacitado emocional.

Intento pensar esto en la voz más alta posible. El poeta de pacotilla me penetra. Lo miro con deseo y sin piedad. Intento ver si él adivina mis pensamientos a través de mi mirada. Pero es inútil, está seducido.

Soy tuya le digo al oído.

Relato publicado en la antología de narrativa TODOS LOS JUGUETES, Dinediciones 2011

Otra Navidad sin Amalia


Ilustración de Miguel Almeida (El Comercio)

Ayer fui a la licorería y no estaba Juan, el pana que me vendía antes el trago. Dijeron que ya no trabajaba ahí. Mala suerte. Con Juan solía tener un pacto: él me daba el trago más barato y yo lo dejaba colarse en la sala de cine donde trabajaba. Pero eso fue como hace siete años, cuando Amalia me dejó y quedé desempleado. Las desgracias siempre llegan juntas. Dónde se habrá metido ese cretino. No quiero pagar tanto por una botella de whisky. No sabía que había subido el precio de esta forma tan obscena. Pero es víspera de Nochebuena y tengo que beber whisky. Solo los perdedores beben champán o vino. Esos no son hombres. Hombre que se precie de tal celebra con whisky. Aunque, para ser sincero, nunca he entendido de qué se trata esta celebración. Toda la gente comprando cosas que no necesitan, corriendo de acá para allá como pavos neuróticos. Niños pidiendo caridad en las calles, y unos cuantos canallas que se vuelven buenos estos días y les arrojan unas monedas. De noche irán a misa y luego se atragantarán con una cena digna de un rey.

Yo lo único que necesito es una botella para pasar tranquilo toda esta desgracia navideña. Esta época me deprime. Ahí están mis amigos Jack, Johnny, el viejo Parr. No los he olvidado, quisiera llevarme a alguno a casa, pero no tengo el dinero suficiente. Seguramente, mañana volveré derrotado, sabiendo que debo comprar una de esas botellas al precio que sea, aunque me quede sin dinero para comer un mes. Dirán ustedes que soy una escoria. A veces, hasta mi madre lo ha dicho. Pero qué más se puede ser en este mundo tan ruin, tan inhumano. El hombre es una farsa, y muchas mujeres también lo son. No me importa lo que piensen. Yo voy por la calle tan sonriente caminando de medio lado como caminan los tipos que no saben caminar de otra manera. Regreso a mi casa.

Acabo de cumplir los cincuenta; vivo solo desde los cuarenta y tres. Antes vivía con ella, mi Amalia, mi gordita preciosa. Cuando ella estaba yo dudaba si la amaba o no, pero desde que se fue ya no dudo. La amo. Y la extraño como se extraña ver el mar. Ella sí creía en la Navidad. Colocaba un árbol patuleco en la sala, al que le ponía luces y guirnaldas. Quedaba más feo todavía. Cómo extraño ver aquel árbol ridículo en la sala. Ahora hay una ruma de periódicos viejos. La noche del 24, Amalia preparaba la cena con un pollo asado que rellenaba con carne, mojellas, jamón, pasas y almendras. Yo le quitaba las pasas y me comía el resto. Era delicioso, pero jamás se lo decía. Simplemente, me comía todo en silencio. Nunca le di un regalo por Navidad, tampoco por su cumpleaños. En cambio, ella siempre me compraba algo, cualquier cosita. Una vez me dio un perfume de marca. Esto apesta, le grité. Ahora entiendo por qué me dejó. No la culpo. Fui un malgradecido. Yo, que no creo en la Navidad, ahora reparo en que será mi Navidad número ocho sin Amalia.

Ella siempre decía que yo bebía demasiado. Me pedía, me rogaba que lo dejara. Decía que el alcohol me mataría. Y puede que sea verdad, porque yo bebía todos los días. A veces, ella me escondía las botellas, y yo me enfurecía. Nunca le pegué, pero sí la maltrataba. Le daba una vida miserable. Desde que ella se fue yo dejé de beber. Cambié mis hábitos sin proponérmelo. Lo hice porque pensé que ella volvería algún día, sin avisar, y no quería que me encontrara borracho. Pensaba que iba a aparecerse por la mañana como un pájaro, o por noche como un ladrón. Y yo no bebía nada de nada. Me volví abstemio. Tenía miedo de volver a perderla.

Tenía terror y ese terror me ayudaba a vivir.

Pero hoy me levanté con un deseo incontenible de beber, de recordar aquellas nochebuenas que ella me regaló. Llego a la casa. Como un desquiciado, voy a la bodega y saco el inútil árbol. Boto los periódicos, lo pongo con sus luces y guirnaldas en medio de la sala. Barro y trapeo la casa. Pienso: ojalá ella apareciera por la puerta. Amalia, Amalia… regresa por favor, regresa te lo ruego, digo al viento. Lo deseo con todas mis fuerzas. Me concentro. Me arrodillo. Junto las manos, le pido al Barbón que me ayude, que haga que mi mujer regrese. Barbón, ¡ayúdame! ¡ayúdame! digo llorando como un niño. Si haces que ella vuelva, te prometo que creeré en la Navidad, creeré en lo que quieras que crea. Me vuelvo loco. Ella no aparece. Al día siguiente me siento un imbécil. Cojo todo el dinero que tengo, incluido el de la renta, voy a la licorería, me compro dos botellas de Jack Daniel’s. Regreso a la casa, le doy dos patadas al árbol, que se ladea, y empiezo a beber como un maniático. Me encolerizo. Ojalá esa maldita no aparezca.

Cuento publicado en Diario El Comercio el 24 de diciembre de 2011

La redacción



Sueño que regreso a la vieja sala de redacción. El Editor General, un veterano calvo, misógino y alcohólico, me da la bienvenida entre una ruma de papeles. Todo está igual por aquí, me dice. A través del vidrio veo a algunos periodistas que me miran con recelo; se dice que los que vuelven son escoria. Muchos llevan un uniforme azul, parecen muertos solemnes. Me asignan mi antiguo puesto, un receptáculo que da la espalda a la redacción y tiene enfrente un enorme ventanal que nunca se abre. Una pesada persiana gris cae sobre él para tapar cualquier rayo de luz natural que pueda llegar desde el exterior.

En este búnker habitado por hormigas estresadas nunca se sabe si es de día o de noche. Una luz amarilla afilada cae sobre las cabezas, las corta en cuadraditos. Cámaras de vigilancia han sido dispuestas como ojos escrutadores por toda la sala que debe medir treinta metros de largo por diez de ancho. Ocupo mi lugar. Al poco rato, una secretaria se me acerca. Me comunica que mañana a las ocho me tomarán las muestras de sangre para los respectivos exámenes de laboratorio y, por la tarde, las huellas dactilares para que pueda marcar mi ingreso y mi salida. La hora de entrada es las 8:30 en punto. Si llego tres veces pasada esa hora me amonestarán descontándome un porcentaje de mi salario.

No hay una hora exacta de salida, y aunque debas cumplirlas: no se pagan las horas extras. Se trabaja, por turnos, los fines de semana y los feriados; y se hacen guardias nocturnas.

Me asignarán un código que deberé aprenderme y que deberé marcar cada vez que salga o entre al periódico. Me indica que mi cupo de Internet es de una hora diaria y que puedo realizar treinta y dos llamadas al mes a números convencionales y diez a celulares. Si me paso, también me lo descontarán del sueldo. Me recuerda que el tiempo de almuerzo es de media hora. ¡Ah! y se le olvidaba: pasado mañana un sastre me tomará las medidas para hacerme el espantoso uniforme. También habrá una reunión de mujeres la próxima semana donde se nos notificarán las obligaciones sanitarias que debemos seguir, y se hablará de otras cuestiones que nos interesan a todas, como cuánto maquillaje podemos llevar o qué tan largas deben ser las faldas del uniforme.

Firme aquí, por favor, me pide la secretaria. ¿Y esto para qué?, pregunto angustiada. Es un memo con toda la información que acabo de darle, necesitamos la constancia de su aceptación a las normas. Firmo. La mujer sonríe y se va. Siento asfixia.

Me pica la palma de la mano derecha, me la rasco con las uñas. Observo que justo en el centro, en medio de las líneas del corazón y de la cabeza, tengo un punto rojo. Me llama el Director, un viejo político del partido azul. En su buena época fue ministro de Gobierno. Voy a su oficina. Le doy la mano, me siento en su sofá de cuero. Entre él y yo queda una gran mesa de ceibo con ribetes dorados. Me dice que está gustoso de tenerme de vuelta. Le digo que intentaré hacer las cosas lo mejor posible. Empieza a contarme sus planes para la campaña que se avecina. Recita los nombres de viejos colegas, conocidos mafiosos, amigos condicionales, empresarios corruptos, políticos ineptos, algunos en funciones, a quienes debo entrevistar.

Como una araña el enojo me sube por las piernas, me eriza los pelos de los brazos y se me planta en el estómago. Es una granada sin seguro. Me rasco el punto rojo y descubro que no es un punto, sino la cabeza de algo que parece un hilo. Trato de sacarle la punta a la pequeña prominencia pellizcando el trozo de piel con las uñas, mientras intento no ausentarme demasiado del monólogo del Director. Aparece la boca de un cuerpo extraño enterrado en mi carne que empieza a doler. Siento que la mano se me ha hinchado de repente. El Director me pide mi opinión sobre la actualidad política del país. Le digo que he estado viviendo fuera, pero que ya empezaré a enterarme. Salgo de su oficina. Un colega me invita a tomar un café. Lo sigo a un autoservicio, dentro de una estación de gasolina. Me cuenta que su novia acaba de dejarlo, que se ha ido llevándose todo, hasta el perro. Me habla como si me hubiese visto ayer, y han pasado cinco años desde la última vez. Le digo que tengo trabajo por hacer. Llegan otros periodistas. Me saludan hipócritas, me preguntan qué tal mis viajes, les digo que bien, gracias. Me voy. En el camino me jalo el hilo y salé aún más, ahora pienso que me atraviesa toda la mano.

Me duele como si tuviese enterrado el aguijón de una avispa. Es un dolor ríspido, seco, sin sangre. Pienso que a Cristo le dolieron más los clavos. El hilo se ve cada vez más ancho. Saco más y veo que no es un hilo, sino un delgado alambre. Subo a la redacción, me encierro en el baño y vuelvo a jalar. El dolor aumenta con cada estirón. Intento arrancarlo con los dientes. Un fluido sanguinolento empieza a salir, a bajarme por el brazo, me ensucia la camisa. Me echo agua, aprieto la mano para ocultar lo que llevo dentro. Salgo. Veo la redacción y siento como si una pesada losa de cemento me aplastara la cabeza. Tengo a dos periodistas a cargo, una chica y un chico de unos veintitantos. Paso por el puesto de la chica. Le pregunto en qué está trabajando. No me contesta. Lleva en la muñeca un brazalete del candidato azul. Le pregunto que por qué lo lleva. Porque es guapo, dice sin escozor. Y ya tengo listo un perfil sobre él, me avisa. Le pido leerlo. Me lo trae. Es un texto corto, está mal escrito, no describe al personaje, no hay contraste, lo que hace es venderlo como la mejor opción. Siento náuseas.

Le pido que se siente para conversar. Dice que debe irse a cubrir algo importante. Coge su bolso y se voltea. Eres una periodista, no una publicista ni un mercenario, le digo sin poder medir el tono alto de mi voz. Ella me mira desafiante. Tu artículo es pura propaganda, y está terriblemente escrito, le escupo mirándola a los ojos. Quiero que lo reescribas, y que esta vez aparezcan los grises del candidato, y que hagas el mismo trabajo con el postulante rojo, le ordeno. El Editor General ya me aprobó este artículo, ahí está su firma, saldrá publicado mañana, me dice sin esconder una sonrisa, y se va.

Siento punzadas en la mano, está inflamada. Me jalo otra vez, y brota un líquido espeso y amarillento parecido al pus. El dolor de la mano se me clava en el pecho.

Llega el chico, le pregunto qué está escribiendo. Nada, contesta. Pensaba ir a una rueda de prensa en el Tribunal Electoral para ver qué dicen. Olvídate de eso, le pido. Qué ideas tienes, insisto. Silencio. No hay ideas, no sabe qué hacer. ¿Por qué estás aquí entonces, por qué no te has quedado en tu casa durmiendo?, le pregunto entre dolorida y enojada. Él alza los hombros. Voy al baño. Estiro aún más el alambre que desgarra la carne de mi mano. Sale un trozo más. El pedazo que he sacado cuelga fuera, quiero cortarlo, lo muerdo, pero no hay forma.

Esa tarde cuando llego a casa me lo saco del todo y me vendo la mano. Pasan dos días, me quito el vendaje. Ya no quedan rastros del alambre ni del pus, pero sí un agujero que me traspasa la mano. Lo ignoro. Los días en la redacción pasan lentos y agonizantes. Intento dirigir a los periodistas, pero es imposible, están viciados, han adquirido los males de las redacciones: el envilecimiento, la cobardía y la pereza. Al final del día me llama el Editor General. Me dice que han repartido los bonos de productividad y tiene listo mi cheque. Veo un papel sobre su escritorio con mi nombre, me han asignado 440 dólares. Él dice que no está de acuerdo con aquella cifra, tomando en cuenta mi experiencia y mi calidad. Dice que a otros editores de sección les han pagado por encima de los mil. Quiero que se calle, pero sé que no tendré el tino para pedírselo de buena manera.

Me comenta que cree que el Director me ha puesto el ojo, que sospecha que no está conforme con lo que estoy haciendo, que escuchó decir que estaba arrepentido de haberme traído de regreso. Que yo ya no soy la misma. Te digo todo esto porque te aprecio, y no quisiera que te cayera de sorpresa, me dice palmeándome el hombro. ¿Qué te ocurre?, me pregunta con sorna.

Hago una mueca. Intento meter la uña del dedo meñique en el agujero de la mano. El dolor agudo que me produce aquello me calma un poco, me ayuda a abstraerme, a disipar en algo la rabia y el asco que me provocan las palabras del Editor General y el bigote sobre sus dientes podridos de fumador. El dinero no me interesa, quiero comentarte un tema que creo debemos publicar. Se trata del viejo debate sobre las presiones y subjetividades con las que los periodistas debemos lidiar, sobre todo los que cubrimos política, le digo. La chica que está a mi cargo da vueltas alrededor de la oficina como una abeja, quiere escuchar la conversación.

Se acerca con sus modos de putilla de feria y hace una pregunta estúpida, como todas las que ha hecho en su vida, al Editor General. Yo sigo rasgándome con la uña. Abro camino, desbrozo. La piel se dilata de a poco provocándome un delicioso dolor. Este dolor es lo mejor que tengo ahora, lo único que me salva de esta podredumbre. La chica se va. Perdona la interrupción, ¿qué me decías?, me pregunta él con una sonrisa falsa. Hablo paciente, con aplomo, como si mis tripas no estuviesen a punto de estallar.

Creo que es necesario contarles a los lectores el debate interno que los periodistas vivimos día a día. Debemos decirles la verdad, que somos personas de carne y hueso, con pasiones y tendencias ideológicas como todos, y con presiones como pocos, dentro del periódico y fuera de él. Quienes compran el diario deberían saber que eso influencia notablemente nuestra visión de lo que llamamos realidad, y de cómo la construimos. El Editor General bosteza.

Podríamos recoger varios testimonios de periodistas de todo tipo y hacer un reportaje para el fin de semana. Un texto honesto, donde desnudemos el cómo hacemos nuestro trabajo. En este reportaje, los periodistas deberían contar de qué tendencia política son, qué tipo de censuras han sufrido y también debería decirse a qué intereses responde el periódico. Así, cuando los lectores lean los artículos sabrán a qué atenerse. El Editor General me mira impávido. El sopor de la tarde cuelga de sus ojos en forma de lagañas, la luz amarillenta del tumbado lo hace ver más feo y más viejo de lo que es.

Lo que tú planteas es decir la verdad, dice al cabo de un rato. Tú quieres que salgamos a contar que detrás del perfil del candidato azul hay una pauta publicitaria de un mes, una amistad, unos compromisos, y que detrás de la persecución al candidato rojo está la ideología política del Director y la intención que tiene con el candidato azul de comprar un campo de golf. Quieres que reconozcamos que los propios editores ejercemos presión y censuramos a los periodistas que investigan la corrupción en las filas azules, y que admitamos que dejamos solos a los que enjuician. Estás loca si crees que en algún periódico del mundo te dejarán escribir estas cosas.

Tengo la boca amarga, la sensación de haber bebido un vaso de bilis. Empujo aún más la carne del centro de mi mano, ahora tengo un túnel que se ve claramente. La abro y la cierro nerviosa. No digo nada más. Me levanto y me voy. Miro la redacción, me pregunto qué hago aquí. Soy periodista, pero no pertenezco a esta miseria. No puedo seguir en esta farsa. Voy a mi puesto y recojo mis cosas. No me despido de nadie. Salgo a la calle, me da el sol en la cara, respiro aire puro otra vez. Abro la mano para ver el agujero. No sólo se ha cerrado, sino que ha vuelto a ser un tenue punto rojo entre la línea del corazón y la cabeza.