Los Cuentos del Piche


Esta reseña salió publicada hoy 12 de Septiembre de 2019, en el diario La Industria de Chiclayo, Perú.

diario Perú

REVIVE LA AVENTURA POÉTICA DEL NIÑO QUE LLEVAS DENTRO

Después de leer Los Cuentos del Piche, de Javier Villegas (Cajamarca, 1955), uno se siente livianito.

Livianito como después de soñar que cabalgas sobre nubes. Livianito como cuando te reencuentras con un querido amigo que creías perdido. Livianito como cuando vuelves a casa al final de una larga travesía. Livianito como cuando te sientes de nuevo el niño que fuiste, el niño que aún eres. Porque ese niño sigue ahí, queriendo soñar como siempre.

Y es que los cuentos de Javier Villegas son muy recomendables para los niños, pero, sobre todo, serán una deliciosa lectura para los adultos. Esos adultos que están abrumados, cargados con obligaciones, estrés laboral y compromisos. A ellos, les permitirá volver a conectarse con su inocencia original, con su energía vital extraviada. La infancia es un terreno fértil al que podemos volver, ahora a través de la lectura.

Les sugiero que, como si fuera una terapia, lean un cuento por noche y verán cómo se duermen relajados, tan despreocupados como cuando el futuro era aún lejano, y solo el presente importaba. Los que no soñaban, volverán a soñar. Y amanecerán llenos de un nuevo entusiasmo y una visión de la vida, en la que caben la aventura, el juego y la poesía, resurgirá desde muy adentro.

El estado de la felicidad se alcanza volviendo a sentirse como ese niño al que sólo le importa lo verdadero: la amistad, el amor, el eterno paseo de un ser que se está buscando a sí mismo. Y que se halla en las cosas sencillas: un paseo, una amistad, un río que corre sin prisas.

Javier Villegas logra devolvernos la frescura de lo que fuimos, de lo que somos: niños que corretean entre risas, llenos de alegría y apertura. A través de sus letras cargadas de vivencias, nos transporta a mundos sencillos donde, por ejemplo, podemos participar del parto de una yegua. O mundos surrealistas, donde podemos acompañar el viaje de una rana a París. O mundos emotivos, donde podemos sentir la alegría del reencuentro entre un niño con su entrañable amigo sapo.

Los Cuentos del Piche está compuesto por cinco relatos: “Corta Viento”, “Mono Nono”, “Sapito Sapón y la luna”, “Ojitos” y “La rana Anita”. En estos relatos que, sin bien están perfectamente estructurados como cuentos, subyace un arte poético que es inherente al espíritu del autor. Y es con este hilo invisible de la poesía que Villegas zurce sus entramados.

caratula sapito sapón

Quiero detenerme en el cuento llamado “Ojitos”, que narra la osadía de un búho al querer permanecer despierto en el día.

— Deseo salir de día, quiero ver los colibríes, las mariposas, las libélulas y a todos los animales que juegan cuando el sol está alumbrando con todo su esplendor. Quiero ver corretear a los conejos, dar brincos a los saltamontes y dar saltos a los sapos que por la noche croan, croan y no me dejan tranquilo para meditar. Lamentablemente en el día no puedo ver. Veo todo borroso —dice Ojitos.

El búho consigue unos anteojos especiales gracias a una rana oculista. Ya con la visión clara, el más sabio de todos los animales del bosque, logra su cometido. “Paseaba y paseaba durante el día. Volaba de un árbol a otro, a otro y a otro. Cuando no miraba a los hombres o a los animales que se movían a su alrededor, se atrevía a mirar de frente al sol, intentaba verle la cara”.

La poesía no está escrita en versos, sino que se adivina oculta en el relato. La poesía está en la posibilidad de ver lo que el día depara, a través de los ojos de un ave a la que su naturaleza la restringe a la oscuridad. Y es esto lo que nos posibilita la imaginación poética del autor: introducir en nuestra mente un acontecimiento inesperado. La resolución de algo que antes se creía imposible. El autor saca al ser de la oscuridad, y lo coloca en el escenario luminoso opuesto. Y así crea el entramado poético perfecto.

De ahí que la literatura infantil despierte en los adultos estas conexiones sensitivas que despiertan una lejana memoria dormida, una memoria relacionada con vivencias poéticas, es decir: no vividas, sino sentidas. Estas vivencias poéticas se esconden como flashes de luz en las almas calladas de los adultos, duermen en recodos jamás vueltos a mirar cuando las vidas son demasiado agitadas.

Cuentos del Piche

En todos los cuentos de Javier Villegas podemos encontrar estas vivencias poéticas. Tenemos, por ejemplo, el caso de la rana Anita, quien necesitaba urgentemente conocer el amor. “Soy la rana más linda entre todas las ranas”, decía de sí misma. Sin embargo, no sirve de nada que uno mismo se elogie, necesita verse reflejada en otros ojos que también vean la belleza.

La rana Anita se “soñaba viajando por el aire, en avión; por el agua, en barco”. Y, en un arrebato emprendió un largo viaje en el que se puso a prueba a ella misma, en el que descubrió de lo que era capaz.

¿Existe algo más poético que viajar en busca de las huellas de un amor desconocido, un amor invisible? Porque la rana Anita no sabía a quién buscaba, simplemente tenía la urgencia de ir lejos, muy lejos de su orilla. Su travesía resultó en un auto-descubrimiento fascinante.

— Me llevó el amor, el amor. El sueño en un Príncipe azul —, le confesó a un colibrí políglota que encontró en su viaje.

Y, aunque regresó a su estanque de siempre, su vida cambió no sólo por fuera, sino sobre todo por dentro.

“Estando en su tierra, la esperanza de la rana Anita, creció. Hubo una especie de metamorfosis en su interior, para reencontrase consigo misma y para imaginar un mejor futuro”.

Un pensamiento poético, cuando se lleva a la práctica, siempre resulta en un acto heroico para con uno mismo. Este acto nos lleva a un estadio más allá en la evolución de nuestra propia consciencia. Y esto es lo que este cuento propone a los lectores. Realizar actos poéticos que nos saquen de nuestra comodidad, salir y experimentar el mundo, estar abiertos a encontrar el amor en la siguiente esquina, en una ciudad distinta, en una orilla nueva.

Los cuentos de Javier Villegas no son sermones, son narraciones en las que encontramos tesoros escondidos, aprendizajes que podemos trasladar a nuestras vidas diarias. De esta manera, el texto cumple su cometido de ayudar, a quien lo lee, a explorar las incertidumbres, los temores, las dudas internas a través de los personajes, y resolverlos de maneras que el autor vuelve posibles.

Otro punto fascinante de Los Cuentos del Piche es que se ponen de relieve siempre a los animales. Y aunque también hay personajes humanos, como Juancito y su padre, Shemo, el cuidador del bosque y don Pancho Molocho, son los animalitos los que se roban la atención.

Los protagonistas de las historias son: un caballo blanco de paso fino que alegra la vida de un niño; un mono inconforme que quiere experimentar ser un animal distinto e incluso un ser humano; un sapo que emprende un viaje de regreso para reencontrarse con su amiguito; un búho que se atreve a ver la vida por el día, y una rana enamorada que viaja por el mundo en busca del amor.

Y como personajes secundarios, tenemos a sapos, picaflores, un guacamayo azul, una vizcacha, un hada del bosque, un caracol, muchas luciérnagas, más sapos, ranas y otros colibríes.

Son enternecedoras las relaciones que establecen los niños con sus amigos animales. Este es el caso del primer cuento de la serie, “Cortaviento”, un hermoso caballo que nació para alegrar la vida de Juancito.

La relación se establece desde el nacimiento del corcel, que nació blanco, “blanco, como las nubes, blanco como el olvido”. En este cuento también tenemos acceso a una delicada descripción poética de esta relación niño-caballo.

“Una noche, Juancito soñó galopar de nube en nube sobre el lomo de Cortaviento. Por el brío, parecía un caballo alado. Galopaba con ardor, relinchando y agitando las patas continuamente. Tocaron las estrellas, el sol a punto de despertar, y arribaron a un valle hermoso, poblado de luz y aromas. Era un valle situado allá en el infinito”.

Lo onírico ocupa un lugar protagónico en esta historia, en la que el padre de Juancito le ayuda a interpretar algunos sueños, y el niño vive el sueño más real de todos cuando amansa a Cortaviento, quien engalanado con un “aparejo de lujo: estribos, florón y freno con piezas de plata”, lo cabalga, sintiéndose el mejor jinete, “con poncho blanco de lino, sobrero de ala ancha y botas de vaquero”.

Sin duda, Los Cuentos del Piche es un libro en el que los niños y los animales cumplen sus sueños. Y se siente como una acogedora brisa que te transporta a la infancia.

 

Javier Villegas

 JAVIER VILLEGAS FERNÁNDEZ

Poeta nacido en Chiguirip, Cajamarca, Perú, y residente por varios años en Chiclayo. Es ganador en diversos eventos literarios a nivel regional y nacional. En 1991 y 1992 mereció por su obra poética el Premio Nacional de Educación «Horacio»; en 1997 obtuvo el Primer Lugar en el género cuento en la II Bienal Regional de Poesía y Cuento. Es miembro activo de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil (APLIJ) y además infatigable promotor de la literatura para niños. HA PUBLICADO LAS OBRAS: “La Luna Cantora” y otras poesías para niños “Repertorio de Ternura” (antología hispanoamericana de poesía para niños) “Poesía para Niños”(antología personal) “Rimando la Alegría”(poesía para niños) “El Amor es Más…”(poesía romántica) “La Flauta del Agua”(poesía para niños).

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El abuelo y el patito amarillo


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

 

A Sofi le encanta escribir poemas en su cuarto, mientras en la sala su abuelo escucha las noticias. En el programa dicen que China está lista para eliminar el dólar de la economía mundial. Sofi no sabe lo que eso significa. “¡¡Significa un tsunami financiero, afectará a todo el mundo, Julia!!”, da voces el abuelo poniéndose las manos en la cabeza, y dirigiéndose a su esposa que hace un té en la cocina. Sofi piensa que no es para tanto, y que mientras ella sepa cómo terminar su poema con gracia, todo estará perfectamente en su mundo, que es el único que conoce y le interesa.

El mundo externo, del que hablan las noticias, a Sofi le importa menos que una nuez partida por la mitad. En cambio, para su abuelo, las noticias son muy muy muy importantes. No existe un día en que el abuelo no escuche las noticias, y sufra por lo que él llama “el estado del mundo”.

La abuela levanta la ceja y se burla un poco de la angustia del abuelo.

―¿El estado del mundo? No me hagas reír, viejo. Lo único que te tiene que importar es el estado de tu corazón. ¿Cuándo vamos para hacerte el chequeo? ―le pregunta la abuela.

―Todavía no ―responde él de manera cortante―. Ya me lo haré la próxima semana.

El abuelo sufre del corazón desde hace mucho tiempo. Por eso, Sofi intenta sacarle una sonrisa siempre que puede. Al corazón le hace bien reír.

A Sofí le encanta ir donde su abuelo, y decirle: “¿Quieres que te lea mi último poema? Y ver la expresión de él. Su cara se ilumina, y Sofi imagina que su corazón también, porque una enorme sonrisa aparece. “¡Claro que sí!”, responde de inmediato.

El abuelo toma la posición de escucha. Se sienta y para bien la oreja. Los poemas de Sofi le parecen sublimes, mejor que los escritos por él cuando era un joven idealista.

Sofi no escucha las noticias, pero siempre encuentra cosas curiosas en Internet, que comparte con su abuelo. Esta, por ejemplo.

―Abuelo, el otro día leí en Internet que tú, con tu mente, puedes crear tu realidad, tal vez simplemente creyendo que estás sano, te puedas sanar.

―A ver… ¿cómo es eso, Sofi?

―No sé bien, pero dijeron que haga un ejercicio, y yo lo hice ¡Y funcionó!

―¿Qué ejercicio?

―Decían que si tú te enfocas en algo muy detenidamente, si pones toda tu concentración en algo, puedes hacer que eso se repita más adelante. Si es algo que te emocione, mejor. Entonces, yo puse atención al perro blanco con negro del vecino. Ese que siempre está atado. ¿Te acuerdas?

―Sí ¿y qué con ese perro? ― preguntó el abuelo, sin entender nada.

5 El abuelo y el patito amarillo

―Es raro, pero ese día el perro estaba suelto. Yo salí al jardín, el perro me vio y vino corriendo, saltando de alegría. Empezamos a jugar correteando. Yo puse toda mi atención en ese instante, me olvidé por completo de lo que estaba haciendo, y sólo grabé en mi mente mi felicidad y la del perro. Después, el perro entró a la casa y me di cuenta de que estaba ensuciando con lodo el piso de la sala, y le dije gritando: ¡¡Estás todo mojado!! Y fue muy divertido tratar de sacarlo. Fue muy extraño lo que pasó luego. Y es que fui al pueblo y tooodo el tiempo me pasé viendo perros mojados que jugaban y saltaban libremente. Incluso vi a un perro que entraba y salía de la pileta que está en la plaza. Es muy loco, abuelo. Sin querer queriendo, el experimento funcionó. ¿Quieres hacer la prueba?

―A ver… ―dice el abuelo con incredulidad, pero intentando seguir el juego de su nieta.

―Observa este lugar y elige una cosa, cualquiera de ellas ―le pide Sofi.

―Ya ―dice el abuelo, mirando hacia un punto específico.

―¿Qué elegiste? ―le pregunta Sofi ansiosa.

―El patito amarillo aquel de allá ―responde señalando. ―Lo elegí porque debería estar en el baño, y no entiendo qué hace allí. ―El patito amarillo estaba subido en lo alto de una repisa, como mirándolo todo desde arriba.

―Patito amarillo. Patito amarillo. Patito amarillo ¿qué haces allí? ¡Ese no es tu lugar! ―decía Sofi hablándole al objeto de plástico. ―Abuelo, ahora nos vamos a concentrar muuuucho, pero mucho mucho, en el patito amarillo ―dice Sofi moviendo sus manos como si fuera una vidente.

―¿Y todo esto para qué? ―dice el abuelo sin ocultar una risa burlona.

―Ya lo verás. Tú confía en el poder de la mente. Tienes que pensar y pensar en el patito ―le dice Sofi moviendo los brazos en círculos y apuntando a la repisa.

 

***

Pasaron los días. Y aunque el abuelo no entendía el ejercicio de Sofi, igual pensaba siempre en el patito amarillo. Cada vez que pasaba por ahí, lo veía y le decía: “¿qué haces aquí patito amarillo? Ese no es tu lugar”. Sin embargo, no se le ocurría moverlo.

Uno de esos días, el abuelo enfermó gravemente del corazón y lo llevaron al hospital. Estuvo en terapia intensiva tres noches, enchufado a un respirador, todos pensaron que moriría, porque no reaccionaba. Pero,  al fin se restableció, y a los pocos días lo llevaron a la casa. Eso sí, le advirtieron que no podía tener emociones fuertes, porque su corazón estaba cada vez más débil.

El abuelo volvió a vivir, y esto le hizo pensar diferente. Ya no tenía ganas de escuchar las noticias, ya no quería quejarse ni pelear con nadie, ahora sólo se pasaba en el huerto y escuchando música clásica. Daba gracias a Dios por estar vivo, y sobre todo daba gracias por Sofi, porque sin el amor de su nieta no habría logrado sobrevivir. Ella fue quien más lo cuidó y veló en el hospital y en la casa.

Un día, después de leerle un cuento a Sofi, el abuelo le dice:

―¿Sabes en lo único que pensaba mientras estaba entre la vida y la muerte?

―¿En qué abuelito? ―le dice Sofi abrazándolo.

―En el bendito patito amarillo. Y, ahora me doy cuenta, de que pensando en el patito amarillo pensaba en el amor que te tengo y era eso lo que me fortalecía y me dio ánimos para seguir viviendo ―dice el abuelo soltándose en llanto.

―Ya abuelito, no llores. Yo también te quiero mucho ―le dice Sofi, sobándole la cabeza como a un pequeño cachorro.

Un día de aquellos, el abuelo decidió volver a encender la radio y sintonizar la emisora de las noticias, entonces fue cuando escuchó la siguiente noticia:

“Entre las noticias curiosas del día, tenemos una que realmente nos ha hecho mucha gracia. Resulta que una playa de Australia apareció esta mañana llena de patitos amarillos, de esos que se usan en los baños para los niños pequeños. Así como lo escuchan: ¡la playa amaneció llena de patitos amarillos! Al parecer, un container cayó de un barco en China, ocurrió una tormenta y se abrió aquel container, que estaba lleno de patitos amarillos, que llegaron flotando a las costas australianas. Los niños llegaron por montones y se llevaron todos los patitos. Esto es algo inaudito”, decían con asombro.

Mientras el abuelo escuchaba esta noticia, las lágrimas caían por sus mejillas. Cuando reaccionó, buscó una escalera, se subió en ella y bajó de la repisa al patito amarillo. Le quitó el polvo, lo besó y le dijo: ¡¡Gracias!!

6 El abuelo y el patito amarillo

El camino de las luciérnagas


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

 

Descalza y en puntillas, Lucy entra en la habitación de sus padres.

―Mamá, papá. ¡He soñado que un hada me invitaba a una fiesta en el bosque! Y tengo que ir. Por favor, por mi cumpleaños, vayamos al bosque, por favor, por favorrr ―dice Lucy enrollándose como un gato entre sus padres. Ya no es una pequeña, pero, a veces, le dan estos arranques infantiles, sobre todo cuando quiere algo de verdad.

Su padre está con su tablet jugando algún jueguito bobo, y su madre está viendo una telenovela, es decir, ignorando completamente a su padre. Y también a Lucy, quien le empieza a hacer cosquillas para que reaccione.

―No quiero manejar ocho horas para ir al bosque, hija, vamos a la playa como siempre ―dice el padre apenas levantando la vista.

―Por favor, es mi cumpleaños. Las hadas están en el bosque, no en la playa ―dice Lucy. Su madre apaga la televisión, y le dice a Lucy que se vaya a dormir, que mañana conversan sobre el tema.

Al cabo de tres dias de insistencia, al fin, Lucy convence a sus padres de que la lleven a un resort que ella misma encontró en Internet y que quedaba en un bosque entre las montañas.

La idea de Lucy no era ir a un resort, ella simplemente quería acampar al aire libre, pero su madre dijo que eso no era posible, y que ya que iban al bosque, al menos, no agarrarían ningún piojo ni chinche. Ni los mordería una serpiente, ni les picarían los zancudos. Por eso, el padre tuvo que pagar mucho dinero para hacer una reservación en el tal resort.

El padre no hizo ningún esfuerzo por averiguar cómo llegar al bosque, dejó todo en manos de Lucy. Pero, ya en el camino, las indicaciones que le daba su hija eran confusas. Así que al padre no le quedó más remedio que poner el GPS y larzarse a la aventura.

Cuando entraron en la zona de los bosques y el frío los obligó a subir los vidrios, la señal de teléfono dejó de funcionar y el GPS también empezó a fallar, tal vez por tantas vueltas que dieron. Estarían a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, y estaban en una espiral ascendente. Mientras subian, el aire se hacía más y más denso. La neblina no dejaba ver más allá de medio metro. El padre iba lento, como una caracola de playa cruzando una autopista.

Hacía rato que había caído la noche, y encima era novilunio, que es cuando no hay luna y la oscuridad es total. Los tres tenían frío y hambre, pero ninguno se quejaba, solo pedían por dentro salir de la neblina y encontrar refugio.

Estaban perdidos en un laberinto de pequeñas carreteras rurales. No había ni una sola persona a quién preguntarle nada, ni luces encendidas.

Tampoco se veía rastro de bosque alguno, todo montaña y precipicio.

 

3 El camino de las luciernagas

―Yo te dije mamá, que no había que reservar en ningún resorte ―dijo Lucy enojada.

―Se dice Ri-sort, hija, aprende a pronunciar. Y ¿qué querías tú? ¿estar como una hippie en una carpa, aquí con este frío? ―le dijo la madre, tiritando y poniéndose una colcha encima.

―Eso es mejor que estar dando vueltas en el carro. Las hadas se van a espantar ―le dijo Lucy ya casi a punto de llorar, con su libro de hadas en las manos.

―Chicas, ya no peleen ―dijo el padre, calmándolas―. No se preocupen que pronto encontraremos algo, aunque sea una casa pobre que nos dé posada.

Y, efectivamente así fue. A los cinco minutos, vieron, a lo lejos, un fogón y a su lado una anciana que lo mantenía vivo. Sobre ella había un letrero que por la oscuridad no se veía, pero decía: “Cabañas del bosque”.

―¡Este es el lugar, papá! ―dijo Lucy apenas se acercaron. No era el resort, pero era el lugar que Lucy había imaginado.

La anciana les explicó que, efectivamente, ese era un lugar de alojamiento, pero que hacía mucho tiempo nadie se hospedaba, por lo que estaba lleno de polvo y, quién sabe, qué insectos.

Al padre no le importó nada, él sólo quería comer algo y descansar del larguísimo viaje. La anciana les dio un poco de sopa caliente y el padre cayó rendido en la cama. La madre se acostó a su lado y puso un toldo; la mujer tenía miedo de que le cayera una tarántula o un escorpión del techo. A Lucy le dieron una cama más pequeña, también con toldo.

Pero Lucy no tenía sueño. Al fin estaba cerca del bosque, y seguramente afuera estaba lleno de hadas. Se hizo la dormida un rato y, cuando escuchó a sus padres roncar, se levantó. Eran ya más de las dos de la madrugada.

Al salir, vio a una luciérnaga que titilaba suspendida en el aire. Lucy no veía nunca luciérnagas en la ciudad ni en la playa, y se maravilló mucho al verla. La luciérnaga la invitó a entrar con ella por el camino de las luciérnagas, que es un pasadizo que te lleva al Bosque de las hadas. Lucy aceptó encantada, se volvió a poner las botas y, así en pijama como estaba, se sumergió, con la luciérnaga como guía, en un mundo maravilloso.

Apenas entró, muchísimos puntitos de luz empezaron a alumbrarle el camino. Eran cientos de luciérnagas que le daban la bienvenida al bosque. Lucy lloró de la emoción, y una luciérnaga se posó en la lágrima que le rodó por la mejilla. Lucy miró su pijama y estaba resplandeciente de la luz de las luciérnagas. Después miró sus botas y su pelo, y también estaban brillantes. Los árboles de aquel bosque eran gigantes y a Lucy le parecía que se inclinaban al paso de las luciérnagas que habían formado un corredor luminoso. Ya no había oscuridad, todo estaba iluminado con una luz dorada.

De pronto, el camino se abrió y apareció una enorme pared de piedra que estaba totalmente cubierta de luciérnagas y resplandecía en medio del bosque. Sobre esa piedra había algunas luciérnagas enormes que volaron al encuentro de Lucy. La niña contuvo el aliento. Las luciérnagas gigantes se pusieron a su alrededor haciendo un círculo de luz, y Lucy pudo verlas de cerca. Aún ellas eran más pequeñas que Lucy, pero eran cincuenta veces más grandes que las luciérnagas normales.

―¡¡Ustedes son hadas!! ―dijo Lucy y, de pronto, empezó a escucharse música de violines.

Todo era tal como Lucy lo había soñado, por eso empezó a reírse mucho, como nunca antes se había reído, y también lágrimas de emoción caían por sus mejillas.

4 El camino de las luciernagas

Las hadas empezaron a danzar a su alrededor, y la tomaron de las manos y la invitaron a comer miel con menta, tortas hechas con flores, y a beber del jugo de los tulipanes y de las orquídeas salvajes. Estos brebajes, le explicaron, te multiplican la energía y nunca te da cansancio ni sueño, y puedes divertirte toda la noche como si fuera de día.

Si los bebieras a diario, nunca envejecerías, porque tus células se regenerarían eternamente, por eso las hadas son siempre jóvenes.

El tiempo se detuvo y Lucy pudo divertirse y aprender de sus nuevas amigas durante toda la noche, mientras sus padres dormían profundamente. Lucy fue la protagonista de una verdadera fiesta de hadas que ellas prepararon en ese mismo momento, de manera espontánea y alegre, pues las hadas transforman todo en un juego.

Al amanecer, antes de irse, las hadas entregaron muchos dones a Lucy. Entre los dones que le dieron estaban:

  • El amor desinteresado
  • La ayuda fraternal
  • La protección especial de las Hadas
  • Sentimientos de profundo agradecimiento por la vida
  • Inspiración. Aventuras. Constante asombro.

Las hadas le pusieron a Lucy todos los dones en pétalos de rosas blancas y con ellas hicieron una pócima a la que agregaron miel, y dieron como desayuno a Lucy. La niña nunca había probado algo tan delicioso. Cuando lo bebió, se sintió totalmente llena de vida, y quiso saltar y cantar.

Lucy regresó al lado de sus padres, ya sin las luciérnagas que se quedaron en sus casas, con las luces apagadas y durmiendo a pierna suelta. La niña se sabía de memoria el camino de vuelta, como si lo hubiese andado muchas veces.

Cuando llegó, sus padres aún dormían. Ella no tenía sueño ni estaba cansada, al contrario, se sentía llena de vitalidad. Se puso a prepararles el desayuno, al que agregó algunas gotas de pócimas mágicas que le dieron las hadas para causar súbita alegría. Cuando ellos se despertaron, aún agotados por el viaje de ayer, Lucy ya les tenía la mesa servida, y estaba lista para enseñarles el camino al bosque.

Bichos raros


BICHOS RAROS

BICHOS RAROS es un conjunto de historias que nos hablan de lo natural que es ser diferente, o de lo normal que es (o debería ser) hacer algo que los demás no esperan, pues todos somos un poco “raros” y es normal sentirse así. Pero ¿qué es ser “raro” en realidad? ¡Difícil cuestión, aunque tal vez los personajes de este libro nos ayuden a entender simplemente que animales y personas, todos bichos somos.

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de comprensión lectora.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de los 12 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

 

Escrito por Marcela Noriega y Damián Pavón (Buenos Aires, 1988) Viajero que se dedica a ir por el mundo para conocer nuevas culturas e historias.

Ilustrado por Mauro Sbarbaro (creativo, gráfico editorial y fotógrafo). Ha desarrollado técnicas como la Escultopintura. Ha incursionado en la fotografía microscópica digital, actualmente continúa su producción y trabaja independientemente). Y Vicente Gallart (Barcelona, 1970) dibujante e lustrador ecléctico que reúne influencias desde el cómic underground norteamericano al surrealismo.

 

Cinco libros de Literatura Juvenil


SERIE 5 LIBROS

Escribí estos libros en 2017, por pedido de la editorial Academia Editores, mientras vivía en Yamburara Alto, zona de montaña en Vilcabamba, provincia de Loja.

La soledad, el silencio, la paz que se respira en la montaña me permitió acceder a un caudal de imaginación, creatividad, recursos literarios que guardaba. Y aunque mi estilo de escritura ha sido transformado por mi propio proceso vital y por el público al que van dirigidos los libros, continúa fluyendo una misma narrativa en la que predomina la introspección, la auto-indagación, y la sorpresa por el otro.

Cada historia en estos cinco libros es una parte de mi vida, o de lo que me rodea.

Y puedo decir con el corazón que estos libros no son simples objetos de entretenimiento para chicos, sino que transmiten poderosos mensajes a la consciencia de las personas.

Estos libros ilustrados introducen en la mente mensajes de amor incondicional, sexualidad responsable, respeto a las diferencias, amor a los animales, alimentación saludable, triunfo sobre las enfermedades, valor, solidaridad, empatía. Es decir, difunden los valores esenciales del ser humano. Todos los libros tienen la misma intención: de ayudar a construir un vínculo sano, una relación armónica con el otro y el planeta.

Esperamos que también encuentres relevantes también estos mensajes, y que disfrutes de la lectura. Encontrarás todos los géneros: novela, cuentos, poemas, cartas y crónicas periodísticas.

ABANICO 5 LIBROS

MAMÁ ¡ESTOY EMBARAZADA! Cuenta la historia de dos estudiantes del mismo colegio que están embarazadas, hecho que revolucionará sus vidas, las de sus familias y será una valiosa enseñanza para otros estudiantes de su centro.

La novela busca hacer reflexionar, no solo a los jóvenes respecto a que el sexo no es un juego, sino también apoyar en el diálogo sobre este tema a los padres y docentes que tienen dificultades para abordarlo con naturalidad.

Con Ilustraciones de Mauro Sbarbaro  https://msbarbaro9.wixsite.com/sbarbaro/

 

 

VIVIR PARA CONTAR. Descubre al cronista que hay en ti

Es un libro que motivará a los jóvenes lectores a volverse observadores de su realidad para luego poder contar historias apasionantes, inspiradoras y totalmente reales. Escrito por una cronista con veinte años de experiencia, su intención es que las nuevas generaciones se acerquen con ética y honestidad a los mundos que les interesan y apasionan.

 

EL GUARDIÁN DE JABONCILLO cuenta la historia de Miguel, quien desde los ochos años de edad es capaz de comunicarse con sus ancestros, los cuales pertenecieron a la estirpe de los manteños. Ellos le indican que el cerro Jaboncillo (Manabí) esconde las ruinas de una antigua civilización. Para protegerla, Miguel tendrá que enfrentarse a su familia, a la sociedad y a las poderosas empresas depredadoras de la naturaleza.

Ilustrado por Galo Lapo (artista plástico graduado en la Universidad Nacional de Loja, donde se especializó en artes plásticas y en la interpretación de leyendas tradicionales).

 

LAS RECETAS DE LAS ABUELAS trata sobre Martha, quien no entiende cómo es posible que su nieto Mauricio, de 14 años, prefiera cocinar antes que jugar fútbol o videojuegos. Rubén, el abuelo, no soporta verlo con un delantal puesto, pero a Mauricio ¡le encanta cocinar!

Cuando un día Martha enferma, debido a sus malos hábitos alimenticios, se desencadena el cambio que llevará a los abuelos a comprender cómo es alimentarse y vivir saludablemente.

Ilustrado por Mauro Sbarbaro y Galo Lapo

 

BICHOS RAROS es un conjunto de historias que nos hablan de lo natural que es ser diferente, o de lo normal que es (o debería ser) hacer algo que los demás no esperan, pues todos somos un poco “raros” y es normal sentirse así. Pero ¿qué es ser “raro” en realidad? ¡Difícil cuestión, aunque tal vez los personajes de este libro nos ayuden a entender simplemente que animales y personas, todos bichos somos.

Escrito por: Marcela Noriega y Damián Pavón (Buenos Aires, 1988) Viajero que se dedica a ir por el mundo para conocer nuevas culturas e historias.

Ilustraciones de Vicente Gallart y Mauro Sbarbaro

Vicente Gallart (Barcelona, 1970) dibujante e lustrador ecléctico que reúne influencias desde el cómic underground norteamericano al surrealismo.

 

Disponibles en librerías a partir de abril. Sólo ECUADOR.

Hacemos envíos a todo el país, desde Guayaquil. Comunícate al whatsapp 096 0992575.

 

Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

El bar del chino


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Era noviembre. Como todos los viernes, yo había ido al bar del Chino para encontrarme con Sergio. Ahora sé que no  debí ir. En la mañana, me había levantado con malos presentimientos. No recordaba el hilo del sueño que había tenido, pero la sensación de incertidumbre que me dejó era violenta. Me metí a la ducha para despabilarme. La imagen que vino a mi mente bajo el chorro de agua me espantó aún más: era la de un gato que se sienta al borde de la cama anticipando la muerte de quien duerme. Me sentía como una gaviota cuando adivina la llegada de una tormenta. La sospecha de algo terrible me carcomía. Mi abuela decía que los malos augurios se sienten como un latido en el vientre. Recuerdo que durante la tarde, mientras intentaba trabajar, mi mano vibró con un ligero temblor. Todo el día mi corazón palpitó a un ritmo distinto, tan rápido como cuando estoy a punto de llegar al orgasmo. Cuando llegó la noche, antes de salir, vi por la ventanilla cómo el cielo se movía oscuro e improbable, nubes blancas danzaban como meciéndose en una hamaca siniestra. Pero yo estaba enamorada de Sergio, quería verlo y eso era lo único que me importaba.

Me puse el vestido negro, el de tirantes que tanto le gustaba a él. En mi interior, la angustia de pensar que él me dejaría aumentaba. Creí que esa era la causa de mi extraño nerviosismo. Nuestra última pelea había sido tan brutal que yo suponía que él iría al bar sólo para pedirme que no lo buscara más, que dejáramos de vernos. Éramos amantes desde hacía dos años y cuatro meses. Él estaba casado, tenía dos hijos pequeños y una esposa gorda y severa. Yo lo amaba. Pero nuestra relación era dolorosa, mi sentimiento me atrapaba en un estado compulsivo y mis rabietas por celos eran constantes. Yo odiaba su quietud, su estado de larva insensible, su pasividad que interpretaba como indiferencia.

Mientras iba en el taxi rumbo al bar intentaba calmarme recordando la última vez que hicimos el amor. Su cuerpo, como un monte empinado, hervía debajo del mío. La sensación del placer dormitaba entre sus párpados, y su voz era como un leve susurro de algodón. No quería perderlo. Pero, poco después, mis gritos alterados me regresaban a la realidad. Él me dejaría y con razón. Le dije que lo mataría si no dejaba a su esposa. Lo llamé bastardo, cerdo e hijo de puta. Le rasguñé la cara y lo golpeé con el taco de mi zapato en la espalda sin que él hiciera nada por detenerme. Él solo me dijo cálmate, me dio un beso en la mejilla, y se fue. Me dejó sola, con mis absurdas lágrimas saltando como demonios por mis ojos. Nunca vi en su mirada ira ni dolor, nunca vi nada. Era como una piedra apacible, a la que  podía patear sin quejas. El dolor me lo provocaba yo. Él era una roca filuda que me desgarraba por dentro. Como si tuvieran vida propia, los quejidos rodaban por mi garganta.

Llegué al bar y saludé al chino. Miré a todos lados, pero Sergio no estaba. Pedí un gin tonic, y llamé a su celular. No contestó. Pasaron diez minutos. Empecé a desesperarme. Me terminé el trago. Salí para fumar. Caminé por la calle en medio de putas. Sentí que ellas tenían más dignidad que yo. Las envidié, y hasta las maldije. Volví al bar, otro gin tonic. Me lo tomé sin respirar. Me mareé enseguida. Fui al baño. Me miré en el espejo y me sentí fea, demasiado flaca, patética, un sinsentido en dos patas. Me imaginé como un gusano lleno de torpes arrugas. Tenía treinta años, pero me sentía más vieja que Estela, la mujer de Sergio, que debía andar por los cuarenta y dos. Saqué un poco de coca que tenía en una fundita y me lo embutí todo. Me limpié la nariz. Estaba tan ansiosa que lamí la funda antes de tirarla. Eran las once de la noche cuando salí del baño.

Le pregunté al Chino si había visto a Sergio. Me dijo que sí, que había estado bebiendo cerveza con un par de tipos hacía hora y media. Justo ahí, me señaló una mesa vacía. Pagaron y se fueron. Llamé al celular de nuevo. No hubo respuesta. Me tomé de un tirón el tercer gin tonic, pagué y salí. Estaba dispuesta a ir a casa de Sergio. Le diría a su mujer la verdad de una vez por todas. La cocaína me daba valor. La furia me asfixiaba como una enorme boa constrictor. Si en ese momento hubiese tenido delante a Sergio le abría sacado los ojos con mis propias manos. Odiaba la quietud de sus ojos impávidos, su lividez, su calma.

Caminé hacia la avenida para tomar un taxi. No había nadie, todo estaba oscuro y quieto. Mis tacos se doblaban solos. Miré el reloj, eran las diez y cuarto. De pronto, sentí que alguien venía detrás. Volteé y vi a dos hombres corpulentos, a unos diez metros. Apreté el paso. Ellos también. Intenté correr, pero en segundos estuvieron encima de mí. Me tiraron al piso, me taparon la boca. No les pude ver la cara. Me subieron a un carro que estaba parqueado cerca. Me pusieron una bolsa de tela negra con dos agujeros para que respirara en la cabeza y me doblaron en el asiento para que nadie me viera por las ventanas. El enojo se transformó en espanto. La certeza de la desgracia que tuve durante todo el día me sepultó como una roca a un mosquito. No veía nada. Pero debían ser tres hombres, el conductor y los dos que me atacaron. Apenas podía respirar.

En la radio se escuchaba mi canción favorita, The blowers daughter. Estaba aterrada, pero escuchar la voz de Damien Rice me calmó un poco. Ninguno de los tipos hablaba. Anduvimos unos quince minutos en silencio, aunque pudieron ser solo cinco o dos. El miedo hace imposible calcular con exactitud el tiempo. No me atreví a abrir la boca. De pronto, el carro paró en seco. Me bajaron. No me quitaron la funda de la cabeza. Empecé a gritar, a preguntar quiénes eran, qué querían. Nadie me contestó. Sentí una poderosa cachetada. Y empecé a llorar. Mientras más lloraba, menos podía respirar. Me ataron las manos. Les rogué que no me hicieran nada, intenté arrodillarme, les dije que si querían dinero podíamos ir a mi casa. Nadie me respondió.

Tal vez estábamos en un solar vacío. El silencio era aterrador. Al lado, estaba el carro con el motor encendido. Del parlante salía despedida una y otra vez la canción de Rice. Era enloquecedor. Uno de los tipos me desnudó, y el otro empezó a penetrarme de pie. No hubo risas, insultos ni gritos. Solo silencio y mis lágrimas que corrían mojándome la cara debajo de la funda. Me penetraron dos tipos durante unos diez minutos cada uno. No me tocaban, mi cuerpo para ellos era sólo un agujero para perforar. Después me subieron al auto, y me tiraron desnuda al asiento de atrás. Yo seguía llorando sin hacer mucho ruido. No me desataron ni me quitaron la funda negra de la cabeza. La sensación de no ver a mis victimarios me producía tanta impotencia que habría querido morir en ese instante. Nadie más subió al asiento de atrás. Escuché cómo cerraron la puerta, y el coche empezó a andar. Anduvimos unos veinte minutos. Y cuando intuí que todo había terminado, y que los tipos que me violaron no estaban dentro, intenté calmarme. ¿A dónde me llevas?, le pregunté como pude al hombre que manejaba, el único que no me violó.

Si quieres te llevo a tu casa, contestó Sergio.

 

 

 

La mujer luciérnaga


 

Soy una luciérnaga, lo sé, porque cuando me pongo en estado luciferino, es decir, en el estado de la luz, una antorcha se me enciende en la zona de la genitalidad, que es donde quedan todos aquellos órganos oliscosos y soberanos en sus apetencias. Supe que era una luciérnaga un día de aquellos en que la poesía me había colmado y se había alojado en uno de los ventrículos de mi pueril corazón cuando, de pronto, sentí un fuego que me quemaba en las tierras bajas, esas que han sido tan codiciables por las lenguas de mis amantes, allá donde el orgasmo reclama su porción vital, el sótano húmedo que ha sido la perdición de muchos.

Chucha, concha, vulva, coño, vagina, chepa, almeja, conejo, raja, seta, breva, higo, parrús y todas aquellas denominaciones que he venido escuchando a lo largo del paseo por este mundo. Decía que cuando sentí aquel lúcido y benigno fuego pude unir, enlazar, asociar, ensartar, hacer copular la dimuta imagen de una luciérnaga con mi ardor. Sí, una luciérnaga. Yo no sabía cómo era aquel bicho de cola brillante, me preguntaba si tendría antenitas o si sus patas pincharían como las patas de los grillos, si tendría los ojos salidos como los saltamontes. Lo único que sabía era que emitía destellos de luz, mensajes lumínicos para los machos que vuelan a su alrededor. Solo las hembras pueden producir aquel bello resplandor gracias a la luciferina, una clase de pigmento que hace centellear a algunas bacterias, algas, hongos y animales.

Siempre he sido consciente de que soy un animal; todas las mujeres lo somos, solo que algunas no lo reconocen y a otras se les olvida. Lo que no sabía era qué tipo de animal era, no atinaba a clasificarme como mamífero, ave o reptil. Me ubiqué entre los mamíferos por ser los más cercanos biológicamente. Algunas veces pensé que era una felina y amé los gatos con devoción. Otras veces, me creí gacela. Aquello ocurrió a partir de que aquel moreno al que una vez quise me llamó de ese modo, mi gacela. Por supuesto, durante algún tiempo pensé que era una yegua, una potra, un cuadrúpedo insaciable que nunca sería capaz de conformarse con las horas, siempre escasas, que aquel que controla el tiempo y la vida le dejaba para el placer. ¡Cómo si algún dios pudiese domesticar nuestras ansias! Cada vez que me sentía gata, gacela o yegua actuaba como tal.

Estuve varios años en cada estado. La evolución entre uno y otro era lenta, tanto que me parecía que iba a permanecer de una sola manera para siempre. Primero fui mujer gato. Esto ocurrió desde mi despertar sexual hasta más o menos los veinticuatro años, con algunos intervalos del siguiente estado, el de gacela. Durante todo ese tiempo nunca, pero nunca, actué como una yegua. Las gatas seducen, tientan y se van. Otras veces, desprecian y humillan. A algunos hombres los obligaba a que me amasen largamente, sin que yo diese ninguna muestra de querer hacer lo mismo, hallaba mi deleite en nunca devolver lo que podía recibir a borbotones. Era egoísta, misántropa, cruel. En esos años viví la peor versión de mí misma. Cuando me convertí en una gacela fue cuando quise ser sometida. Era como si, de pronto, me supiese merecedora del castigo lento, de la tortura. Quería pagarles a los hombres todo el rechazo anterior. Me transformé en un mamífero indefenso en las garras de un león, de un chacal, de un guepardo. Me puse bajo la pisada de un elefante. Hacía lo que ellos esperaban que hiciese, era sumisa y obediente, jugaba el papel de esclava, de la hembra que dice frases como te pertenezco, soy tuya o eres mi dueño. Tuve orgasmos sublimes siendo gacela, pero fui infeliz fuera de la cama o de los cuerpos que me habitaban. Mi espíritu no es domesticable y yo quería dejar de ser ese animal.

El día en que pasé a ser yegua fue un lunes. Mudé en un ser totalmente hedonista, capaz de recibir tanto placer como le era posible, una protanca sin brida que quería ser cabalgada durante instantes infinitos. No le permitía a mis hombres derramarse demasiado pronto. Estaba dispuesta a enfrentar el dolor, la ansiedad, el desasosiego, a cambio de explorar los límites de mi cuerpo, de correr y correr, más allá, más allá, más allá. Fui lejos y, tal vez, crucé alguna cerca, porque un día dejé de ser yegua. Soy desde hace poco tiempo, una luciérnaga. Tal vez lo he sido siempre, pero no me había detenido a mirar aquel destello. La mujer luciérnaga no devora ni se deja devorar. Es un animal pequeño que encuentra su satisfacción en permanecer invisible, de ella solo se ve la luz que irradia. Eso debe ser suficiente. En esa luz, que se aloja entre sus piernas y emerge de su útero, está su fuerza, su vida. La mujer luciérnaga nunca será madre, pero parirá todos los días.

Sara


La primera vez que vi a Sara pensé que tendría unos trece años, después supe que tenía solo nueve. Se mudó con su madre al departamento de al lado. En esa época arrendábamos un piso en un edificio solariego sobre la calle Colón. Sara es morena, tiene el cabello liso, endrino, y a los nueve años ya tenía demasiado cuerpo. Yo tenía veintidós, pero aún pisaba territorio confuso; la verdad es que me costó madurar. Conservaba costumbres de adolescente: me seguía masturbando dos o tres veces al día y los fines de semana hasta cinco veces, pero enfrentaba con tesón las pesadas cargas horarias de la carrera de Medicina. Elisa, la madre de Sara, era una mujer atractiva, de mirada huidiza, risa estrepitosa y grandes pechos, que exhibía sin pudor. No me sorprendió demasiado cuando mi padre me confesó que la vecina le gustaba, tampoco me extrañé de que tres años después decidiera casarse con ella. Lo que sí me sorprendió fue notar que el cuerpo de Sara ya era el de una mujer a los doce años. Imaginaba sus pezones a través de su camiseta blanca: eran del color que tiene la carne de los pomelos rosáceos, y su textura como de pistilos a punto de brotar. Sin tener mucho busto aún, había heredado de su madre el gusto por los escotes, y yo se lo agradecía. Sus muslos resaltaban rabiosos, su cintura era pequeña y su trasero prominente, como una colina en la que mis ojos se perdían sin fin. Tenía ganas de tocar a mi hermanastra y ella se daba cuenta.

Sara me sacaba la lengua coqueta cuando reía; otra veces, saltaba sobre mí y repartía besos por mi cara y cuello sin que existiera ningún motivo. Eran como arranques de locura. Yo me la quitaba de encima, sin mucha convicción. Por esa época yo salía con Patricia, llevábamos dos años de novios y pensábamos casarnos. Patricia era una mujer bien puesta, pero insípida. Mi padre, que se había mudado junto a Elisa y Sara a una casa antigua que tenía cuatro cuartos y una buhardilla donde él hacía la siesta y leía, nos ofreció ir a vivir con ellos con la intención de que nosotros ahorremos lo necesario para comprar nuestra propia casa. Nos mudamos en diciembre y celebramos la Navidad en familia, fingiendo para no discutir por temas intrascendentes. La habitación de Sara quedaba a diez pasos de la nuestra. Aquella noche vomitó por exceso de comida y unos sorbos de vino rojo. Me pidió que le leyese uno de mis cuentos antes de dormir, como solía hacer su padre cuando era pequeña. Le leí uno de fantasmas que había escrito la semana anterior. Ella estaba debajo de las cobijas y yo sentado a su lado, en el borde de la cama.

De repente, cuando aún no terminaba el cuento, Sara se quitó la cobija y sus pechos quedaron descubiertos. Tengo calor, dijo. Yo me quedé inmóvil, mirándola sin poder contener la lascivia. Ella apartó aún más la manta y me dejó ver su cuerpo entero desnudo. ¿Duermes así?, le pregunté un poco nervioso. Sí, porque mi habitación es demasiado calurosa. ¿Cómo duerme Patricia?, dijo con voz de niña. Sara ¡cúbrete, por favor!, le pedí azorado, recobrando el sentido. Me levanté, y salí del cuarto. Antes de cerrar la puerta, volví a mirarla, ella tenía su mano en el pubis. Dos días estuve elucubrando la manera de quedarme a solas con Sara para tocarla sin que mi padre, Elisa y Patricia lo notaran. La imagen de la chiquilla desnuda me estaba enloqueciendo. El sábado siguiente, Patricia se fue a visitar a sus padres. Me llamó a las ocho para decirme que llovía y que se quedaría a dormir en su antigua casa. Mi padre y Elisa habían ido a una cena. Yo celebré tomando whisky. Escondido como un alacrán en la oscuridad esperaba mi momento.

Sara había ido al cine. Me metí a mi cuarto y dejé la puerta abierta, sabía que ella llegaría, merodearía y se daría cuenta de que estábamos solos. Así sucedió. Me encontró medio borracho tirado en un sillón.

—Se han ido todos — me dijo parada en el marco de la puerta, llevaba un vestido celeste de verano.
—Así parece — contesté como un animal que no se altera.
—¿Quieres venir a mi cuarto a ver una peli? — preguntó haciéndose la inocente.
—¿Tú tienes ganas? — dije sabiendo que ella quería. No respondió, se fue a su cuarto. Yo la seguí. Ya estaba oscuro. No encendimos las luces. Ella puso a todo volumen un dvd de Harry Potter. Se sacó el vestido que llevaba delante de mí y se puso una cortísima camiseta de algodón que dejaba ver el nacimiento de los vellos en su triángulo. Se echó en la cama con un almohadón debajo de sus brazos. Yo me senté a su lado.
—Dame un masaje, tengo agujetas en toda la espalda — pidió mientras veía la pantalla sin parpadear. Yo miraba su piel perfecta, la suave tela de su calzón intentando contener los ribetes de sus nalgas morenas. Empecé a masajear sus hombros, bajé por su espalda deteniéndome lo más posible en cada músculo. Ella parecía no sentir nada. Mi respiración empezaba a hacerse pesada, sabía que ella la percibía a pesar del ruido del televisor. Llegué a sus nalgas, ella abrió un poco las piernas.
—Me gusta cómo me tocas. Tócame más — musitó levemente.
—Sara, no debería tocarte y lo sabes — dije sintiéndome un extraño. Quien decía esas palabras no era el mismo hombre que la tocaba con un deseo irrefrenable.
—¿Quién dice? — preguntó ella levantando un poco la cabeza.
—Eres menor de edad y yo soy tu hermanastro. ¿Eres consciente de eso? — le pregunté sin mover ni un centímetro mis manos que se habían estancado en sus muslos.
—Ya, ya, deja de decir tonterías y sigue con el masaje. Aprovechemos que no hay nadie — dijo ella como riñéndome.
—Perdona, Sara, no puedo seguir. Esto está mal… No debo — dije y me levanté de pronto.
—Eres un cobarde. Un puto cobarde de mierda — dijo volviéndose y mirándome a los ojos. —Yo sé que te gusto, y tú sabes que me gustas. Qué más da si soy chica, si tú eres grande, si tienes novia, si mi padre se casó con tu madre. A mí nada de eso me importa— dijo de rodillas en la cama. Luego, se sentó y puso un almohadón entre sus piernas. —Pero si quieres vete, me da
igual — sentenció enojada, haciendo un ademán como quien echa a un perro.

Salí de la habitación sintiéndome un imbécil, intentando entender de qué iba este juego malsano. Vi que la puerta de la sala se abrió, eran mi padre y Elisa. Me metí en mi habitación. Me saqué la ropa, me acosté en la cama pensativo. Estaba empalmado. Sabía que no iba a poder dormir. Empecé a masturbarme, aún tenía viva la sensación del cuerpo de Sara en mis dedos. De pronto, la perilla de la puerta se giró. Me di la vuelta, me cubrí con la manta para hacerme el dormido. Era Sara desnuda. Encendió la luz, y empezó a revolver las cosas de un estante. Parecía que había perdido algo.
—¿Por qué entras así? ¿Qué buscas? — le pregunté un tanto molesto.
—Busco esto — dijo enseñándome un cuadernillo. —Este es mi viejo diario, quiero leerte algo —.
—Sara ¿podrías cubrirte? No es normal que andes en bolas por la casa — le pedí sin querer que lo hiciera realmente.
—No me hizo ningún caso. Abrió el cuadernillo, se sentó al borde de mi cama, y empezó a leer. —Hoy llegó Gustavo con su novia, Patricia. Ella no me gusta para él, es demasiado larga y sosa. Él se merece una mujer ardiente como yo, que le dé todo el placer que quiera, que siempre esté dispuesta a complacerlo. Sé que le gusto a Gustavo. Vi cómo me miraba las tetas en la boda. Esa noche quise besarlo, pero él no me dio oportunidad. Sueño con que llegue el día en que pueda dormir junto a él. Quisiera que me hiciera suya —. De pronto, dejó de leer. Se calló un momento.

—Esto lo escribí hace exactamente seis meses y lo dejé aquí, casualmente, para ver si tú o la tonta de tu novia lo leían — dijo evidentemente afectada, casi al borde de las lágrimas.
—Sara, apaga esa luz y ven aquí — le pedí. Ella me hizo caso y se metió debajo de la manta. Sintió mi verga dura. Empezó a besarme con descontrol y yo a ella. Sara no era virgen, pero yo no lo sabía. Me alegré de que así fuera. Disfruté de su cuerpo hasta las seis de la mañana cuando caí rendido. Patricia nos encontró acurrucados, hechos una sola carne. No dijo nada, no nos
despertó. Fue a llamar a mi padre y a Elisa. Los tres contemplaron el cuadro en silencio. Era horrible y hermoso a la vez.

Siete meses


Lourdes Paola Haro García – Ilustración

La bolsita con cocaína está sobre mi velador de madera de acacia negra. No la he tocado desde la última vez que vi a Francisco, esa noche en que me dijo que nos diéramos un tiempo, la noche en que lloré por esos siete meses perdidos. Meses de sexo blanco, de alcohol y sexo, de charlas hasta el amanecer y sexo. De meses está hecho el tiempo, y el tiempo es la vida. De meses está hecho el mundo y los pasos que damos sobre él. Esos meses fueron la vida y la muerte. Así debe ser el amor. El amor es idiota, se mete en cualquier cuerpo como si fuese un viejo fantasma con ganas de descansar, un fantasma olvidadizo que no sabe dónde quiere vivir o morir. Está aquí, cohabito con él en el mismo cuerpo. Algún día lo liberaré, y volveré a ser el vacío.

Todo ha pasado ya. La tragedia del amor estuvo por aquí. Incendió lo que vino a incendiar; ahogó lo que vino a ahogar. Me encuentro entre ruinas, como después de un cataclismo antiguo. Ninguna ruta cierta lleva a este lugar, nadie puede venir, solo los que han vivido la desazón del olvido, la crueldad del desarraigo.

El desarraigo no ocurre solo cuando perdemos un país, cuando olvidamos a un padre, a un hermano, también sucede cuando perdemos el alma de aquel al que amamos. Mi alma salió detrás de él, en estampida, como un ciervo asustado. Desde ese día soy un ser que deambula, una caminante inerte, un árbol derribado, una fiel devota de las imágenes eternas del recuerdo. Siempre esperando una recompensa por lo que he llorado, por lo que he perdido. Y el miedo.

El sexo me saca de ese sopor etílico, de esa idiotez congénita que es el amor. El sexo también me divierte, como a un niño cuando mete la nariz en lugares sucios, o como cuando grita desde lo alto de un árbol. Me gusta gritar. Y quiero gritar ahora, gritar y morder, gritar y lamer, gritar y sollozar, gritar y pedir más. Espero a uno de mis amantes, el de pelo entrecano, el escritor frustrado, el poeta mediocre, el pájaro cobarde. Sé que es un perdedor, un errante de su propia vida, un tipo confundido y confuso. Pero me excita su ruindad, su miseria, me moja el saberme más cruel que él.

Abro un papelito verde, de esos en los que se envuelve el tabaco, y empiezo a desgranar, a desengominar, a hacer menudencia un pequeño atado de weed. Estoy desnuda y hambrienta. Mi sexo está abierto y húmedo como el de una anaconda. Pongo la weed en el papelillo, la esparzo como si se tratase de hormigón sobre una carretera. El ventilador gira sobre mi cabeza; las sábanas rojas y las cortinas esmaltadas ondulan con cada gemido del viento. Yo aún no he dejado de gemir por esos siete meses, aunque ahora sean otros los que me posean. Antes de envolver el cigarrillo, tomo la bolsita con cocaína del velador, y la rocío sobre el pasto verde, hasta que da la impresión de que una tenue nevada ha caído sobre él. Dejo el delgado porro sobre un radio antiguo, herencia de mi padre, y me pongo a leer Adiós a las armas.

Suena el timbre. No hay nadie en la casa. Lucía, la colombiana con la que comparto piso, está internada en un centro de rehabilitación. Se le fue la mano con la cocaína y acabó como yo hace tres años, fundida. Me daba por esconderme. Me metía debajo de la cama, pasaba horas en el armario de mi habitación, o encogida detrás de algún mueble. Fue horrible. Me escondía de mí misma y del mundo. Pero ya no me escondo, ahora quiero que todos me vean como soy de verdad: puta y loca. A veces, perversa. Demasiadas veces. No quiero ir a visitar a Lucía, porque sé que me pedirá dinero, que querrá llorar, lamentarse de su mala suerte, y no estoy dispuesta a cargar con ese peso. Prefiero esperarla acostada en el sillón verde de la sala, viendo algún capítulo viejo de Seinfield. Ya me perdonará, que ella también me ha hecho unas cuantas.

Lucía es escultora, pero trabaja en bienes raíces. Su pasión son las líneas rectas, las protuberancias, las riberas del cuerpo masculino. Es pequeña y muy blanca, casi pálida, del color de una gaviota. Me lleva tres años, y es más bien flácida, un poco regordeta, de tetas excesivamente grandes para su tamaño y sin mucho culo. Su mayor atractivo está en su rostro de ángulos escarpados. Tiene unos ojos café oscuro que delatan su ambición desmedida por el sexo.

Algunos tipos me han dicho que la ven y les dan ganas de comérsela por cómo los mira. Los mira con lujuria, con el desparpajo que tienen los sicarios antes y después de disparar, con la valentía que ya no tienen los hombres. Los hombres ya dejaron de ser hombres, la mayoría no son más que discapacitados emocionales, miedosos crónicos o niños egocentristas. Simples tipos. Y no es divertido seducir a simples tipos, no hay reto, no hay adrenalina. Por eso el camino más sencillo para las mujeres de estos tiempos es la dominación. Los hombres se han vuelto tan dóciles que me dan asco.

Y hay varias maneras de dominar a un hombre. Con casi todos resulta la más sencilla, el sexo. Ellos quieren una puta en la cama y yo hago de puta. Quieren sentirse machos, animales, dueños y amos. Eso les hago sentir un tiempo. Luego, se vuelven antojos que ordeno como en un local de comida rápida. Es ahí cuando les demuestro de qué están hechos, pura materia maleable, esponjosa, cobarde.

Suena el timbre. Es Gustavo, el poeta. Le abro desnuda. Él me observa con esos ojos caídos, que se desperezan sobre cada objeto que pisan. Me mira lentamente, como un anciano ve el mar, deseando abarcarlo entero, descubrir su secreto, sabiéndose un indefenso anhelando lo imposible. Tomo su rostro con las dos manos y lo beso. Él mueve su lengua dentro de mi boca, me agarra las nalgas, las abre apenas, las aprieta. Me iza bruscamente, y me pone sobre el sillón de Lucía. Me besa con la desesperación con la que un criminal besa la libertad cuando sale de la cárcel. Me aburre.

— Espera, tengo algo para ti -me suelto, y salto por encima de él-. Sígueme- casi susurro.

Él se levanta con desgano, y apenas llega al cuarto se tira en la cama que resopla como un gordo cansado.

¿Y Lucía?, me pregunta.

Está en la clínica, sus padres decidieron internarla. Sus crisis ya eran demasiado peligrosas—. Tomo el cigarrillo que está encima del radio, me muevo con la delicadeza de una serpiente-. Vino un tipo una mañana, le dijo que la grúa se estaba llevando su auto. Ella bajó corriendo las escaleras, despeinada y sucia. Pero no era la grúa, eran sus padres al pie de un camión ambulancia. Después, todo fueron gritos de la mamá, y llantos de Lucía.

¡Qué mal, pobrecita! me mira ansioso.

Ella se lo ganó, se pasó de la raya hace tiempo, no sabe medirse, no entiende que no puede jalar siempre. Está bien un par de días a la semana, pero no todos los días ¿no crees? —, enciendo el porro y le doy dos largas caladas, lo fumo como si quisiera que esa mezcla del pasto verde y la nieve me llevaran para siempre a otro lugar, muy lejos de él-.

Dame le paso el cigarrillo y él empieza a fumar con hondura.

Bailo por la habitación, siguiendo una pista imaginaria. Él pone algo de Nora Jones, y yo empiezo a entender que lo único que quiero de él es su verga empinada dentro de mí. La weed ha logrado su cometido, encenderme. No me interesan sus poemas ni sus bobalicones ensayos sobre la historia y la humanidad. Me dan pereza sus teorías sobre conspiraciones o sus disertaciones sobre el amor. Me agotan porque suelen ser una larga retahíla de lugares comunes, que él cree haber inventado. Nunca he entendido por qué la mayoría de hombres se cree más inteligente que las mujeres. Yo me he dado cuenta de que soy mucho más inteligente que todos los hombres que conozco, pero los dejo creer que pueden conquistarme. A algunos se los dejo creer horas, a otros días, semanas, meses, no he podido fingir durante años, creo que jamás podré. Pensaba que Francisco era inteligente, y lo sigo pensando, pero también sé que es un discapacitado emocional.

Intento pensar esto en la voz más alta posible. El poeta de pacotilla me penetra. Lo miro con deseo y sin piedad. Intento ver si él adivina mis pensamientos a través de mi mirada. Pero es inútil, está seducido.

Soy tuya le digo al oído.

Relato publicado en la antología de narrativa TODOS LOS JUGUETES, Dinediciones 2011