El guardarropa y las arañas


Cuento publicado en el libro Bichos Raros (Academia Editores, 2019)

Ilustraciones de Mauro Sbarbaro

7 El guardarropa y las arañas

Tengo una boda. Necesito un vestido largo y elegante, pero en mi guardarropa solo está aquel vestido hindú de fondo rojo que tantas veces me he puesto para salir cualquier noche. No necesito abrir el guardarropa para verlo. Sé que el vestido permanece, ajado y solitario, en el rincón de siempre.

Son las primeras horas de la tarde. Las mujeres conversan amenamente en la cocina. Me siento alejada de ellas, y de todo. En mi mente sólo cabe esa idea que va creciendo como un secreto: no tengo un vestido nuevo ni elegante para esta noche. Se sabe que los secretos, más si son entre mujeres, producen angustia. Quisiera ir a la boda como estoy ahora: en camiseta de algodón y zapatillas.

― ¿Qué te pondrás? ―me pregunta mi madre, de pronto.

―Iré a ver  ―digo, y camino con desgano hasta el guardarropa, que espera cerrado y tieso. Lo abro y enseguida veo el vestido rojo. Lo desprecio por feo y pobre, y siento tristeza.

Me siento en el suelo para mirar el trabajo de las arañas. Ellas han ampliado las dimensiones de su trampa a pocos pasos del vestido, pasos pequeños, pasos de araña. Las arañas tejen la tela para atrapar a sus presas. No se les ocurre vestirse con ella, aunque es tela buena, resistente y luminosa; ellas prefieren la desnudez.

Las arañas no necesitan maquillarse ni lucir elegantes. Son feas y se aceptan como son. En cambio, las mujeres son animales hermosos, pero llenos de máscaras.

Las mujeres viven comprando vestidos. Yo prefiero comprar aire, porque cuando compro un vestido lo termino regalando al cabo de poco tiempo. Siempre lo paso mal en las bodas y en las fiestas importantes, y el vestido me lo recuerda. Lo recluyo en el guardarropa; y se queda ahí mudo, sin hacer nada. Pero un día lo saco y le prometo que nunca volveré a usarlo. Entonces, lo echo de mi vida.

Sigo mirando el constante trabajo de las arañas. Espero a que caiga la tarde.

8 El guardarropa y las arañas

Las mujeres empiezan a desaparecer, se van a las habitaciones para vestirse, maquillarse, ponerse joyas y perfumes. Escucho que mi madre me llama. Yo me como las uñas, sentada debajo de la telaraña, que forma un pequeño techo blanquecino dentro del guardarropa. Pienso en qué hacer para no verme desigual, para aparentar que soy como las demás: alguien que sabe llevar su máscara.

A mí me gusta el algodón y sentarme en el piso con las piernas cruzadas. No me gustan las bodas, los bautizos, los sepelios y los vestidos apretados que las mujeres suelen ponerse. Prefiero las telas ligeras de verano, los tirantes al sol, las faldas que vuelan con cualquier viento, los vestidos simples que son fáciles de poner y quitar.

Mi hermana va a buscarme. Me mira mal y me dice que me ponga uno de sus vestidos. Me lo pongo y durante toda la fiesta me siento fea y ridícula, como una araña en una boda. No soy yo dentro de ese satín, esos broches y esas piedras relucientes.

Apenas termina la fiesta, me desnudo y me encierro en el guardarropa con las arañas. Ellas siguen afanadas en construir su enorme tela, el escenario de su festín, para atrapar a sus presas. Cuando tengan la malla lista, se esconderán y apenas algún inocente bicho caiga, lo devorarán. Pienso que, después de todo, las mujeres y las arañas no somos tan distintas.

 

BICHOS RAROS

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El abuelo y el patito amarillo


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

 

A Sofi le encanta escribir poemas en su cuarto, mientras en la sala su abuelo escucha las noticias. En el programa dicen que China está lista para eliminar el dólar de la economía mundial. Sofi no sabe lo que eso significa. “¡¡Significa un tsunami financiero, afectará a todo el mundo, Julia!!”, da voces el abuelo poniéndose las manos en la cabeza, y dirigiéndose a su esposa que hace un té en la cocina. Sofi piensa que no es para tanto, y que mientras ella sepa cómo terminar su poema con gracia, todo estará perfectamente en su mundo, que es el único que conoce y le interesa.

El mundo externo, del que hablan las noticias, a Sofi le importa menos que una nuez partida por la mitad. En cambio, para su abuelo, las noticias son muy muy muy importantes. No existe un día en que el abuelo no escuche las noticias, y sufra por lo que él llama “el estado del mundo”.

La abuela levanta la ceja y se burla un poco de la angustia del abuelo.

―¿El estado del mundo? No me hagas reír, viejo. Lo único que te tiene que importar es el estado de tu corazón. ¿Cuándo vamos para hacerte el chequeo? ―le pregunta la abuela.

―Todavía no ―responde él de manera cortante―. Ya me lo haré la próxima semana.

El abuelo sufre del corazón desde hace mucho tiempo. Por eso, Sofi intenta sacarle una sonrisa siempre que puede. Al corazón le hace bien reír.

A Sofí le encanta ir donde su abuelo, y decirle: “¿Quieres que te lea mi último poema? Y ver la expresión de él. Su cara se ilumina, y Sofi imagina que su corazón también, porque una enorme sonrisa aparece. “¡Claro que sí!”, responde de inmediato.

El abuelo toma la posición de escucha. Se sienta y para bien la oreja. Los poemas de Sofi le parecen sublimes, mejor que los escritos por él cuando era un joven idealista.

Sofi no escucha las noticias, pero siempre encuentra cosas curiosas en Internet, que comparte con su abuelo. Esta, por ejemplo.

―Abuelo, el otro día leí en Internet que tú, con tu mente, puedes crear tu realidad, tal vez simplemente creyendo que estás sano, te puedas sanar.

―A ver… ¿cómo es eso, Sofi?

―No sé bien, pero dijeron que haga un ejercicio, y yo lo hice ¡Y funcionó!

―¿Qué ejercicio?

―Decían que si tú te enfocas en algo muy detenidamente, si pones toda tu concentración en algo, puedes hacer que eso se repita más adelante. Si es algo que te emocione, mejor. Entonces, yo puse atención al perro blanco con negro del vecino. Ese que siempre está atado. ¿Te acuerdas?

―Sí ¿y qué con ese perro? ― preguntó el abuelo, sin entender nada.

5 El abuelo y el patito amarillo

―Es raro, pero ese día el perro estaba suelto. Yo salí al jardín, el perro me vio y vino corriendo, saltando de alegría. Empezamos a jugar correteando. Yo puse toda mi atención en ese instante, me olvidé por completo de lo que estaba haciendo, y sólo grabé en mi mente mi felicidad y la del perro. Después, el perro entró a la casa y me di cuenta de que estaba ensuciando con lodo el piso de la sala, y le dije gritando: ¡¡Estás todo mojado!! Y fue muy divertido tratar de sacarlo. Fue muy extraño lo que pasó luego. Y es que fui al pueblo y tooodo el tiempo me pasé viendo perros mojados que jugaban y saltaban libremente. Incluso vi a un perro que entraba y salía de la pileta que está en la plaza. Es muy loco, abuelo. Sin querer queriendo, el experimento funcionó. ¿Quieres hacer la prueba?

―A ver… ―dice el abuelo con incredulidad, pero intentando seguir el juego de su nieta.

―Observa este lugar y elige una cosa, cualquiera de ellas ―le pide Sofi.

―Ya ―dice el abuelo, mirando hacia un punto específico.

―¿Qué elegiste? ―le pregunta Sofi ansiosa.

―El patito amarillo aquel de allá ―responde señalando. ―Lo elegí porque debería estar en el baño, y no entiendo qué hace allí. ―El patito amarillo estaba subido en lo alto de una repisa, como mirándolo todo desde arriba.

―Patito amarillo. Patito amarillo. Patito amarillo ¿qué haces allí? ¡Ese no es tu lugar! ―decía Sofi hablándole al objeto de plástico. ―Abuelo, ahora nos vamos a concentrar muuuucho, pero mucho mucho, en el patito amarillo ―dice Sofi moviendo sus manos como si fuera una vidente.

―¿Y todo esto para qué? ―dice el abuelo sin ocultar una risa burlona.

―Ya lo verás. Tú confía en el poder de la mente. Tienes que pensar y pensar en el patito ―le dice Sofi moviendo los brazos en círculos y apuntando a la repisa.

 

***

Pasaron los días. Y aunque el abuelo no entendía el ejercicio de Sofi, igual pensaba siempre en el patito amarillo. Cada vez que pasaba por ahí, lo veía y le decía: “¿qué haces aquí patito amarillo? Ese no es tu lugar”. Sin embargo, no se le ocurría moverlo.

Uno de esos días, el abuelo enfermó gravemente del corazón y lo llevaron al hospital. Estuvo en terapia intensiva tres noches, enchufado a un respirador, todos pensaron que moriría, porque no reaccionaba. Pero,  al fin se restableció, y a los pocos días lo llevaron a la casa. Eso sí, le advirtieron que no podía tener emociones fuertes, porque su corazón estaba cada vez más débil.

El abuelo volvió a vivir, y esto le hizo pensar diferente. Ya no tenía ganas de escuchar las noticias, ya no quería quejarse ni pelear con nadie, ahora sólo se pasaba en el huerto y escuchando música clásica. Daba gracias a Dios por estar vivo, y sobre todo daba gracias por Sofi, porque sin el amor de su nieta no habría logrado sobrevivir. Ella fue quien más lo cuidó y veló en el hospital y en la casa.

Un día, después de leerle un cuento a Sofi, el abuelo le dice:

―¿Sabes en lo único que pensaba mientras estaba entre la vida y la muerte?

―¿En qué abuelito? ―le dice Sofi abrazándolo.

―En el bendito patito amarillo. Y, ahora me doy cuenta, de que pensando en el patito amarillo pensaba en el amor que te tengo y era eso lo que me fortalecía y me dio ánimos para seguir viviendo ―dice el abuelo soltándose en llanto.

―Ya abuelito, no llores. Yo también te quiero mucho ―le dice Sofi, sobándole la cabeza como a un pequeño cachorro.

Un día de aquellos, el abuelo decidió volver a encender la radio y sintonizar la emisora de las noticias, entonces fue cuando escuchó la siguiente noticia:

“Entre las noticias curiosas del día, tenemos una que realmente nos ha hecho mucha gracia. Resulta que una playa de Australia apareció esta mañana llena de patitos amarillos, de esos que se usan en los baños para los niños pequeños. Así como lo escuchan: ¡la playa amaneció llena de patitos amarillos! Al parecer, un container cayó de un barco en China, ocurrió una tormenta y se abrió aquel container, que estaba lleno de patitos amarillos, que llegaron flotando a las costas australianas. Los niños llegaron por montones y se llevaron todos los patitos. Esto es algo inaudito”, decían con asombro.

Mientras el abuelo escuchaba esta noticia, las lágrimas caían por sus mejillas. Cuando reaccionó, buscó una escalera, se subió en ella y bajó de la repisa al patito amarillo. Le quitó el polvo, lo besó y le dijo: ¡¡Gracias!!

6 El abuelo y el patito amarillo

Una visita al islote Sucre


Coordenadas: Provincia de Manabí, cantón Puerto López, parroquia Machalilla.

Latitud: -1.46667 Longitud: -80.7833

Testimonio y fotos de Mauro Sbarbaro (2015)

 

Soy descendiente de italianos y he vivido en Italia, Suiza, Londres. Durante mucho tiempo me alejé de Ecuador, el país donde nací y el lugar al que volví para echar raíces. A inicios de este año decidí dejar las comodidades de la ciudad y venirme a la naturaleza.

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En Europa, hace más de diez años, empecé a pintar ballenas utilizando muchas técnicas. Fueron ellas las que me trajeron a este pequeño pueblo de pescadores, Puerto López, donde vivo hace tres meses. Desde aquí puedo ser testigo de uno de sus últimos viajes sobre la Tierra.

Todos mis amigos de Europa quieren venir a visitarme. El primero fue Dave, un suizo que vino a pasar sus tres meses de vacaciones en Ecuador. Puerto López ofrece mucho. Y este día nos embarcamos en un bote para vivir la experiencia de bucear con tanque. Nos acompañan dos chicas de Dinamarca y una belga.

La embarcación sale de una playa cerca de Los Frailes. El capitán es Aníbal y el instructor, Joshue. En diez minutos llegamos al islote Sucre. Es impresionante ver cómo el viento y el agua lo han esculpido, se lo han ido comiendo poco a poco. Se ven formas de caras que parecen estatuas de gigantes.

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Anclamos muy cerca de la orilla. Dave es el primero en sumergirse con el tanque, las chicas hacen kayac y yo me voy a hacer snorkelling a la punta. El agua es tan clara que veo estrellas de mar gigantes, rojas y azules fosforescentes, extendidas en el fondo. Todo está vivo, el piso se mueve. Hay corales y pecesitos que, como colibríes llegan y se van.

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Antes de bajar con el tanque, te enseñan cinco señas que significan: OK, Quiero subir, Quiero bajar, Me siento mal y Descomprime. Cuando te ponen el oxígeno se siente delicioso. Nunca en mi vida pensé respirar tan rico. De pronto, éramos solo yo y el agua.

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El instructor te lleva por detrás, él tiene aletas y un cinturón de plomo. Tú llevas el tanque, y eso te da la sensación de tener el control.  Veo dos mantarrayas redondas gigantescas escondidas debajo de la arena, una morena, peces globo, tambuleros, muchos peces que no sé identificar. Me vuelvo un niño pequeño, estoy extasiado, hay tanto para mirar, para sentir. Cuando salgo del agua, me quedo tranquilo y me caliento al sol. Esta parece ser la recompensa de haber dejado la ciudad, y haber optado por una vida más sencilla, llena de belleza y paz.

SER LIBRE (1)

SER LIBRE (7)

SER LIBRE (8)

Cuando vives la crónica en carne propia


CAPÍTULO VI

SIN CONFLICTO, NO HAY HISTORIA

Libro de Crónicas “VIVIR PARA CONTAR”

 

Probablemente se trata del género más difícil de dominar.

De hecho, en un periódico de prestigio

una crónica no la hace cualquiera.

Álex Grijelmo

Cuando escribes una crónica, siempre es recomendable que haya un conflicto. Es decir: obstáculos entre el personaje y sus metas, enfrentamientos con otros seres o, a veces, consigo mismo, choques con su entorno, limitaciones, diferencias con sus familias, etc. Si te das cuenta, la vida está llena de conflictos.

Entrar tan profundamente en los conflictos de los demás es, sin duda, la prueba de fuego para cualquier cronista. Tus nervios tienen que ser de acero y, aun así, estarás caminando sobre espinas y minas. Esta es la causa por la que muchos cronistas se meten en problemas. La crónica te pasa factura en tu propia vida.

Un ejemplo clásico de esto es lo que le ocurrió a Truman Capote, quien se dedicó seis años a investigar el crimen ocurrido en un pueblo rural, en Kansas, Estados Unidos, para escribir A sangre fría[1]. Capote se fue a vivir a este pueblo para seguir de cerca los acontecimientos. Puedes ver esto en la película Capote[2]. Los asesinos fueron sentenciados a pena de muerte y el escritor desarrolló un fuerte vínculo con uno de ellos, relación que lo llevó a plantearse temas de ética muy profundos. Capote decía que, por causa de esta historia, él enfermó y aumentó su adicción al alcohol y a las drogas, sumiéndose en una profunda depresión.

Salvando las distancias con Truman Capote, yo también, como cualquier otro cronista al que le apasiona el oficio, he vivido episodios de angustia, tristeza profunda o desasosiego a causa de los temas que he investigado.

La crónica de este capítulo es un ejemplo de aquello. Me enfoqué en la parte turbia de la isla Puná (Puná Vieja), donde se concentran todos los problemas de insalubridad y drogadicción. No solo tuve problemas con las personas del lado opuesto de la isla, donde se desarrollan proyectos turísticos, quienes llamaron a reclamar a la revista por mis observaciones tan crudas acerca del pueblo, sino que quien me dio la mayor cantidad de información, se retractó de lo dicho, y estaba furiosa porque yo había publicado todo lo que ella me había contado.

Pero los conflictos de la crónica siguieron al plano personal, pues terminé perdiendo a un amigo por esta historia. Él era el editor y yo la cronista, y no lográbamos ponernos de acuerdo en la escritura. Realmente, yo tenía la mente revuelta y no podía escribir decentemente en esos días. Esas cosas pasan. Pero debo decir que esta crónica fue reescrita por mi amigo Juan Fernando Andrade[3], en base a la investigación que hice. La historia, al final, fue publicada por la revista Diners.

Y es que donde hay conflicto, hay buenas historias, pero cuidado: ¡hay trampa! Estas historias te pasan factura a nivel emocional y personal. Es decir, que si vas a buscar al diablo, lo vas a encontrar.

[1]             Esta novela, considerada la primera del género non-fiction novel o novela periodística, es mezcla de la inventiva del reportaje verídico con la inventiva de la ficción. A sangre fría es una seductora versión de los asesinatos cometidos por dos sociópatas en el estado de Kansas. Capote, al conocer la noticia, decidió investigar por su cuenta las circunstancias. Pasó seis años escuchando, haciendo cientos de entrevistas a vecinos, a los policías encargados del caso, a los amigos íntimos de la familia Clutter; en total, más de seis mil folios de información.

[2]             Capote (2005) es una película dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman, quien ganó el Óscar al mejor actor por esta interpretación.

[3]    Escritor, guionista de cine, cronista. Director adjunto de la revista Diners en Ecuador.

Puná Vieja, la tierra del Tin Tin 

Publicado en la revista MUNDO DINERS en Abril 2015, # 395.

Fotografía: Mauro Sbarbaro

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Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

 

Parte 1: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

 

Parte 2: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

Puná Vieja foto de Mauro Sbarbaro

 

Parte 3: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

puna vieja foto Mauro Sbarbaro

Parte 4: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Parte 5: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

 

Parte 6: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

 

Parte 7: El diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

 

puna foto Mauro Sbarbaro

Parte 8: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

 

Parte 9: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Parte 10: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Parte 11: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

 

Parte 12: Lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

 

  • Gracias a mi compañero Mauro Sbarbaro por acompañarme en esta aventura de la crónica.