El pez dormido


Invención colectiva, 1934

Abrí los registros de mi consciencia y en ellos encontré un pez. Un pez diamantino, que parecía un ligero guiño, un ser procedente del mundo de lo pequeño. Este pez estaba encorvado, en la posición de un feto dormido. Intenté despertarlo, primero imitando una corriente de energía similar a la que provocaría la cercanía de una parvada de gaviotas sobre la superficie. Las gaviotas asustan a los peces pequeños, pero este pez no reaccionó. Al parecer, estaba desconectado del miedo. Entonces, intenté emocionarlo sentándome a su lado. Empecé a contarle la increíble historia de dos amigos que habían descubierto el significado de los símbolos que se encuentran en la explanada cerca de la playa Murciélago. Ahora no puedo detenerme a contar esta historia, porque debo despertar al pez. Sus oídos estaban cerrados herméticamente como la puerta de la casa de un cangrejo. Probé ahora haciendo ondas a su alrededor simulando la llegada de muchos peces de su misma especie, pero él no reaccionó. No podía tocarlo, porque elegí convertirme en espíritu para llegar a este lugar. Aclaro que todavía no sé a qué lugar he llegado. Se trata de una especie de caverna oscura en la que hay muchos objetos raros como lianas azules y rosas que cuelgan de los espacios, sin que ninguna estructura los sostenga. De pronto, una correntada de aire llega desde afuera y se percibe una luz a lo lejos. Lo único parecido a algo conocido por mí en esta cueva es este pez que está dormido. Al parecer, estamos atrapados, pero no sé dónde. Estas no son horas de ponerse a dormir. ¡Pez, pez, despierta! dime dónde es que estamos.

Mi voz retumba en las paredes de la cueva, realmente no sé si es una cueva, podría ser cualquier lugar oscuro. Tampoco sé cuál es mi tamaño, porque soy incorpórea, y de esta manera no tengo peso ni masa, soy como una circunferencia de luz, tan pequeña como este pez dormido, o tan grande como el océano en el que él no está.

El pez podría no estar dormido, podría estar muerto, lo sé. Ya lo había pensado, pero me he resistido a creerlo, pues eso significaría que yo podría también estarlo, debido a que estoy en la misma circunstancia que él y que, por ahora, no tengo peso ni masa, por lo tanto soy un espíritu. Pero si es así, si yo también estoy muerta como el pez, ¿dónde quedó mi cuerpo? Sin evidencia, no hay muerte. Prefiero pensar que el pez está dormido y que es mi misión despertarlo. Vaya misión.

De pronto, siento cómo descendemos, el pez dormido y yo, a la velocidad de un rayo. Escucho un ruido exterior y también un aleteo. La cueva se inunda de agua y entra en ella un pez más. Éste se mueve y abre mucho la boca, se revuelve dentro de la caverna como si pudiera evitar la muerte. Pasa un tiempo interminable, y el nuevo pez también se echa a dormir. Ahora confirmo que ambos están muertos. No tiene caso despertarlos. Estoy despierta al lado de dos peces inertes. Mi voz retumba dentro de la cueva.

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Le dolemos al viento


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Más que los comienzos, me gustan los finales. Quiero creer que al final ya sabremos todo lo que tenemos que saber y que será posible acariciar la libertad. A la libertad le fascina ser acariciada, lo que no soporta es que la quieran controlar. Lo único que nos garantiza que podamos acariciar la libertad es pasar por la muerte, por el final. Muertes y finales, uno tras otro hasta que se acaben las bolas en el ánfora. Tiemblo ante la certeza de mi último final, o lo que sería mi última muerte. Ya había pasado un tiempo, tal vez unos meses, unos inviernos, en que no sabíamos nada el uno del otro. En que el lenguaje que habíamos construido en el pasado de nuestro pasado no nos alcanzaba para comunicarnos. Apenas balbuceábamos algo sobre qué comer o si iríamos a tal o cual evento. Sentía el cuerpo pesado, quisquilloso, pidiendo amor, y el alma cansada, siempre sedienta, absorbida por el tiempo sin tiempo. No siempre fue así. Recuerdo haber soñado que me hacías repetir muchas veces, como si fuera un mantra, tu nombre. Recuerdo haber dicho entre llantos y jadeos de dolor y placer que eras mi dueño. Esas palabras nos sirvieron para adentrarnos en el miedo, cada vez más profundo. Fuimos tan lejos que un día no nos fue posible recordar el camino de regreso a nuestros propios cuerpos. Nuestros brazos se volvieron mapas sin líneas, nuestras mentes siniestros abismos en los que caíamos cada tarde.

Nos sentimos culpables por las memorias no sanadas del otro. Me mirabas con ojos de niño desolado y lo único que yo lograba decir era “lo siento, perdóname”. Tú decías que no te escuchaba, y tenías razón. Yo solo oía mi propia voz diciéndome: vas a equivocarte. La sensación de hacerte daño me roía, me perseguía la idea de que tus enojos fuesen por mi causa. Aquello que temes termina ocurriendo, es inevitable. Y yo temía lastimarte. Te preguntaba constantemente si estabas molesto por algo. Intentaba hacerte reír, pero tú permanecías infranqueable. Mi sorpresa por tu mal genio era absurda, y me hacía sentir tonta. Nada era suficiente para hacerte sonreír. Tú decías que no estabas enojado, pero yo no te creía y volvía a preguntar. Entonces, tú en serio te enojabas y me mirabas de esa manera, como si tus ojos fuesen dagas de fuego. Cuando te fuiste de viaje a Montevideo, empecé a salir con un músico que me gustaba hacía rato. Quería ver cómo se sentía pasar del gusto virtual al físico, y no fue como lo esperaba. Una aventura que duró menos que tu viaje, pero que me permitió tener el valor de decirte que quería intentar ser feliz con otra persona. O intentar ser feliz, a secas. Cuando regresaste, mi valor había desaparecido. Te recluiste en el cuarto oscuro, entonces empezamos a dejar de hablar. Ya no queríamos saber realmente cómo se sentía el otro, era mejor suponer que preguntar. Suponer no nos dejaba ver y nos ahogaba en la culpa, esa bola de pelos y memorias que no terminamos nunca de tragar. Escribíamos poemas, novelas, crónicas, historias sobre lo mal que nos sentíamos con esa bola de pelos por dentro. Experimentábamos el dolor del desencuentro, de estar con alguien que no sabe quién es, y mucho menos sabe quién eres ni para qué has venido.

No lográbamos vernos; y, con terror, nos dábamos cuenta de que antes tampoco lo habíamos hecho. El espejo siempre estuvo roto. Las raíces de lo impensable eran ataduras que se nos enredaban en las piernas como plantas trepadoras. Poco a poco, fui descubriendo dónde estaba el hilo que nos ató. Fui deshaciendo la trenza lentamente, por las noches, sin que tú te dieras cuenta. Me fui yendo de a poco, como hacen quienes saben que si dan un paso en falso pueden quedar atrapados para siempre. A veces, me sentía un rehén con síndrome de Estocolmo. Quería tanto a mi carcelero que le servía sopas y le daba besos no correspondidos.

Es tan mágico cuando un hombre te corresponde el amor, y es tan desolador cuando no lo hace.

A veces, me doy cuenta de que quedan restos, cenizas que intentan, en medio del pastizal, encenderse. No tienen fuerza, pero lo intentarán hasta que sean dispersadas por el viento. El viento ha empezado a hacerse sentir en este lado de la casa. El clima cambió, me parece que fue hace dos semanas, a mediados de junio, el mes de tu cumpleaños. El viento me desvela y me trae palabras que me erizan la piel, tus palabras. El viento es tan sensual, tan armonioso, sus ruidos son los de un quejido de amor. Es mentira que me gusten los finales, y también es mentira que sepamos algo al final. Nada supimos nunca y nada sabremos. Lo único que sé esta noche es que le dolemos al viento.

El minotauro


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La mujer de blanco rodea el torso del hombre. Se acurruca en su espalda, como un gato silente. Su respiración apenas se percibe. El hombre se encoge, siente los brazos de ella como una líquida sensación caliente que sube de su estómago a su corazón y llega más allá. Baja y sube por su cuerpo como una corriente eléctrica que incluso alcanza su mente, su corona. El deseo lo envuelve y él se mece en un lento devaneo. No sabe si voltearse y consumar el abrazo o si permanecer encerrado en su cáscara de dragón, como envuelto en una nuez. El hombre sale de su cuerpo, se aleja para mirarse mejor y se descubre parado dentro del círculo del minotauro.

El Minotauro está sentado en un lado del círculo, con la cabeza agachada. Parece dormido. El hombre recuerda haber escuchado que los Minotauros son muy hábiles para tomar prisioneros. Conducen a sus víctimas a su laberinto. Las lastiman, les crean malas memorias y pesadillas, pero las conservan. No llegan a matarlas, pues el mayor miedo de cualquier minotauro es quedarse totalmente solo; en esto el minotauro se asemeja a cualquier hombre. El hombre reclina su cabeza sobre el cuerpo de la mujer. Necesita el calor de ella para enfrentar al monstruo que vive en su interior.

El Minotauro no es un hombre, nunca lo será por más que lo desee. Aunque sea hijo de una reina, el Minotauro siempre será una bestia. El Minotauro no disfruta de la ternura, no conoce la liviandad. Le falta una mitad, un lado por explorar, le falta comprender el amor. El Minotauro está perdido en su propio labertinto. Él no conoce las salidas, porque él no las creó. Vive un castigo.

El hombre se retuerce dentro del Minotauro.

Cojo su mano y la llevo hasta mi pubis. La mitad que te falta la he tenido desde siempre entre mis piernas. Huele, palpa, mira de frente. Deja de temer.

Ahí, en la creación, está todo lo que necesitas, le digo. El Minotauro lanza un zarpazo, quiere defenderse del amor. Pero no alcanza a hacerme daño, no logra herirme.

Calma, pequeño Minotauro. Te dejaré para que mueras de soledad en paz.

Tres sueños


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Tres veces he soñado contigo, tal vez han sido cientos, pero no lo recuerdo. Anoche llegabas a la casa de mi madre, conversabas con ella mientras yo me alistaba para salir. Entraste un momento al baño y nos besamos profundamente, mi corazón latía en tonos de piano ascendentes. Vestías una elegante camisa. Yo revisé lo que tenía para ponerme en los ganchitos, me sentía hermosa. Bastó tu mirada para recordármelo. El sol está ahí todos los días pero pocos lo vemos, nosotros también estamos y no nos miramos, no nos prestamos atención. Estamos y somos en un desierto, ojos vaciados de sentido nos rodean como sospechas, como avisos de que no estamos vivos. Solemos dejar de recordarlo. Qué fácil es morir día tras día. Nos resulta redundante la risa, también los besos, los halagos no sirven de nada cuando uno se sabe solo, cuando se sabe muerto. Pero en mi sueño me miraste y regresé a la vida, volví a ser el nenúfar en el sucio lago. El silencio me envuelve como la gracia y me lleva a ti en estas noches de cansancio, de soledad. La mente femenina es arena movediza.  A veces, la arena contiene partículas de un veneno que las mujeres tragamos. Me he vuelto un envoltorio que esconde al ser que siente, el pergamino que lleva un mensaje que nadie lee, la mujer al lado de un hombre que no la ama, un fantasma acostumbrado al olvido.

El nacimiento


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Toda persona que nace viene de otro mundo. Un mundo de agua, cálido y confortable, en el que todo nos es dado. Flotamos en el líquido de un ser femenino que nos alimenta. Un día, sin que nadie nos pregunte nuestra opinión, pasamos de lo delicado y perfecto al dolor y al caos. Es un cambio muy abrupto. Lo primero que vemos es una luz tan fuerte que nos deja casi ciegos. Entonces, nos enteramos de que tenemos una especie de ventana que nos permite asomarnos a la representación del mundo al que hemos llegado. Ya habíamos notado unos días antes una extraña necesidad de transformarnos, de cambiar de forma de vida, experimentar nuevas cosas, teníamos una gran curiosidad por saber cómo era allá fuera, qué había más lejos, después de todo nos sentíamos solos en nuestra placentera vida, queríamos conocer a otros como nosotros. Para eso salimos, aunque nunca estuvimos listos. Un día, sin previo aviso, nos sacaron de la madriguera de una forma tan violenta que sentimos que era el fin. Para muchos sí lo fue. A millones de nosotros los mataron antes de nacer y los sacaron por partes, a otros les trituraron la cabeza, y a muchos más se las aplastaron con tenazas. Toda persona que nace es un sobreviviente, un inocente que ignora la maldad que le espera. Algunos nos resistimos a nacer, teníamos fuertes presentimientos de que el mundo exterior no era nada bueno, que afuera las cosas eran terribles, que lo único que nos esperaba era la muerte. Esos presentimientos se volvían certezas enseguida. Lo primero que nos hicieron al sacarnos fue golpearnos. Nos golpearon fuerte en las nalgas para hacernos llorar. Nada más llegar, recibimos una ofensa y no el amor que esperábamos, el amor que ya teníamos dentro. Nosotros, que proveníamos de un mundo cálido y armonioso, de repente, nos encontramos en uno violento y frío. Lloramos por primera vez, aunque todavía somos demasiado pequeños para darnos cuenta de lo que ocurre. No entendemos nada. Sin más preámbulos, nos echan agua helada para limpiarnos, porque estamos bañados en sangre líquida y en coágulos. A algunos los conectan a tubos y máquinas, a otros los llevan a cuartos helados, parecidos a frigoríficos, a otros los ponen en cunas de metal en las que los vigilan todo el tiempo. La calma desaparece, y la luz artificial lastima nuestros débiles ojos. Quisiéramos volver a cerrarlos, pensamos que esto debe ser sólo un mal sueño. Después, nos colocan en el regazo de nuestra madre, la diosa que nos alimentó. Por un momento, nos sentimos a salvo, pero sin que podamos entender porqué un presentimiento se instala en nuestra mente: ella nos traicionará. Lo vamos asimilando de a poco. Ella no nos protege. Tal vez, quiera hacerlo, pero no sabe cómo. Permite que nos marquen con un número,  que nos pinchen con agujas, que nos invadan, que nos perturben, que se rían de nosotros, que nos golpeen, a veces, ella misma hace todas estas cosas. Permite que nos enseñen a odiar y nos conviertan en un ser parecido a los que habitan este mundo al que llegamos. Al parecer, ella solo podía protegernos mientras estábamos en su interior, fuera de ella, nada es seguro.

El galán de noche


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Cuando era pequeña pasaba mucho tiempo entre las plantas del patio trasero de la casa de mi abuela, una campesina dulce pero fuerte que parió siete veces. Cuatro de sus hijos con sus parejas y ocho nietos vivían bajo su abultada pollera en esa enorme casa con tres patios. Nosotros habitábamos un departamento interior que daba al patio trasero. En él había una pileta con forma de foca hecha en granito que llevaba mi nombre. Alrededor de la pileta había un hermoso jardín.

Era un jardín de caminitos de tierra y bordillos de cemento, con árboles de mango, almendros, rosas, girasoles y un nutrido huerto con vegetales y plantas medicinales que mi abuela usaba para curarnos de males reales e imaginarios. También había una gran variedad de hongos que ella arrancaba de raíz y guardaba en recipientes sellados. Me gustaba levantar las piedras para buscar hongos y ver qué bichos escondían. Cucarachas, gusanillos y otros insectos corrían despavoridos cuando notaban mi presencia. Pero de todas las plantas y hongos, lo que más me llamaba la atención era un capullo como desmayado, que guardaba dentro una flor blanca, y que pendía de un tronco café, delgado y saludable. Alrededor habían crecido muchas hojas verdes, algunas de las cuales también miraban hacia abajo; y unos pequeños frutos de formas circulares. Esa flor no debe ser vista, me dijo mi abuela cuando le pregunté a qué hora brotaría. Es el galán de noche, se abre cuando ya todo está oscuro, permanece abierta durante la madrugada y se esconde al amanecer. Si la ves, debes huir de inmediato, me previno. Ella sabía de mis viajes noctámbulos al jardín. El diablo es el dueño de aquella flor y si te ve, es probable que se enamore de ti y te persiga todas las noches. Dicen que le gustan las niñas de pelo negro y largo, como tú. Me quedé mirando el capullo que escondía la flor, perpleja.

Estaba por caer la noche, empezaron a picarme los mosquitos. Esa madrugada, la idea de tener un encuentro con el dueño de la flor no me dejó dormir. Salí al patio, crucé la verja y lo primero que vi fue la flor abierta. Su blancura era deslumbrante; iluminaba como una luna el resto del jardín. Me acerqué todo lo que pude y me embriagó el delicioso aroma que desprendía su centro. Enseguida, tuve la sensación de que el dueño de la flor estaba a mis espaldas. Quise correr, pero la intensidad del aroma no me lo permitió. Estaba atada al suelo, mientras esperaba un zarpazo. Cerré los ojos, arranqué la flor, la apreté entre mi mano hasta que de ella emergió un líquido viscoso de agradable olor, entonces huí.

Cuando llegué, en puntillas, a mi habitación, puse lo que quedaba de la flor debajo de mi almohada. El resto de la noche pasó lento, y yo me dormí pensando que el dueño de la flor vendría a reclamarla. Apareció en mis sueños. Me convirtió en su flor e hizo que me abriera lentamente. Absorbió el olor que brotaba de mi interior con su nariz, semejante al pico de un colibrí, y bebió el rocío que la noche depositaba entre mis pétalos. Mi abuela tuvo razón; el dueño de la flor se enamoró perdidamente de mí.

Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

Los poetas


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Uno de los poetas yacía muerta, muertita, desnuda, al lado del mar. El otro la observaba con ojos de pez. ¿Estaba muerta o se hacía la dormida? “Tenía los ojos para dentro”. ¡Qué forma tan extraña de decir que estaba como una hoja caída de un árbol que alguien remeció con fuerza de dios! Estaba agotada de escribir. Había escrito un poema de esos que te parten en dos, te sacan la piel y te dejan en huesos. Estaba cansada, y feliz. Él decía frases sacadas de sus cuevas más profundas. Ella no entendía, no sabía quién hablaba desde esa boca con la que acababa de escribir el poema. El hermoso, el que te parte en dos, el que te deja en huesos.

El cielo se te puede aparecer, de repente. O el abismo, da igual. Como si planeáramos el día, habíamos escrito un poema juntos, a dos manos, a dos piernas, a dos espaldas, a cuatro labios. Antes de asentarnos, volvíamos a la cacería, todavía fieros. Antes de morir, de dejar caer la última gota de tinta en el poema, volvíamos a ser los mismos, los amantes de antes, los mismos de siempre.

He oído decir que la belleza es una bestia que no da tregua. Yo digo que es una paloma que se te posa, ingenua. Y luego, sin que te des cuenta, se transforma en un águila que te devora. Ella sabe que tú deseas morir, ser comido, bebido y sepultado por ella. Porque qué importa morir si sucede después de que has disfrutado de las fauces del águila, y le has dicho mil veces que no puedes resistirte a esas garras amadas. Vuela en cruces sobre mi cuerpo. Obsérvame de cerca con tus ojos de pez. Estoy muerta, muertita, desnuda, al lado del mar.

Yo, la perdida


Perdida en el bosque

Escribo cuando la sequedad me visita. Cuando mis arterias colapsan luego de un rito dominical, especie de desvarío y dolor uterino. A las mujeres las palabras y el amor nos salen del útero, el único órgano escondido, que no nos obligan a exhibir. Y escribo para nadie, como un ave salvada de un nido destruido. Mi visión de anoche empezó así. Había olvidado dónde quedaba el nido, el sitio donde hallaba la paz. Resulta que esa palabra ya no tiene sentido, que se convirtió en un anagrama de mi nombre. No hay más guarida ni cueva, ni persona, ni animal ni dios. Es una calle desierta, donde aparezco de repente, sola… un laberinto de soledad. Me visto mil veces, pero sigo desnuda. Me desvisten mil veces, trato de taparme, pero no hay caso: estoy desnuda en el vacío. Y escribir es una compulsión que, extrañamente, me arroja a sus pies, a los pies del vacío. ¿El vacío tiene pies, o solo aliento?

En mi visión el vacío tiene pies, manos, testículos, lengua, cuernos, dedos que saben penetrar, y saben dónde duele.

La calle, la calle de mi niñez, lodosa en el invierno, soleada los demás días, llena de niños gritando, no sé dónde queda. Olvidé la dirección de mi estómago. Estoy perdida entre mil arterias desdobladas. Siempre odié los mapas que no llevan a ninguna parte. Mi corazón no tiene mapa, es un músculo polvoso al que nadie quiere ir. Soy una perdida por convicción.

Anoche hablaba con Dios, y él me decía qué camino era mejor. Mi niña, ¿qué hiciste?, me preguntaba. Yo pedía perdón porque me fui de su casa sin cerrar la puerta. Sin decir adiós. Quiero estar fuera. Regresar partida en dos, hecha un trapo para que me acaricie y no me castigue. Mi visión no llega a tanto, pero algo me dice que todavía habrá cielo. Un nido que me esperará hasta que encuentre el camino de vuelta.

Un sueño III


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Él hablaba con mucha elocuencia sobre un tema que no logro recordar. Incluso, movía las manos. Yo lo observaba con atención. Miraba su cara alargada, su incipiente barba, sus ojos azules, sus brazos poblados de un vello dorado. Una delgadísima vena surcaba su frente amplia. Otras, como raíces se distinguían en sus antebrazos. Él seguía hablando como exponiendo un tema trascendental delante de un gran público. Yo estaba de pie, a un par de metros. Tenía las manos apoyadas en el respaldar de un mueble grande. Lo observé largo rato, sintiendo cómo dentro de mí empezaba a hervir algo. Una especie de fuego sagrado, una intuición, una mágica certeza. De pronto, la serpiente de luz se movía en mi estómago y el corazón era un saltamontes veloz. Reconocí la sensación del estallido, el anticipo del caos. Había llegado la hora del pálpito y del destino. La Vida con mayúsculas, no la vida cotidiana. El amor. No podía esperar más. Debía decírselo. Él estaba sentado en un sofá single de gordos brazos. Yo me arrodillé delante de él, agarré sus manos entre las mías, lo miré a los ojos y le dije: Te amo. Acabo de recordar un sueño que me permitió saberlo. Soñé que te amaba tanto que me dolía. Él se quedó en silencio. Me miró azorado y vi cómo sus ojos se ponían rojos, y lágrimas surgían como desde una cueva antigua. Yo sabía que había desatado la tempestad, que había revuelto las aguas y los cielos. Él empezó a llorar. Yo me puse entre sus piernas y lo abracé. Nos abrazamos como pulpos sedientos el uno del otro, pero no era suficiente. Nuestros cuerpos aún estaban demasiado lejanos. Yo necesitaba estar dentro de él. Necesitaba que él me cubriese por completo, como el sol cubre la tierra, como el mar sepulta los arrecifes. Me senté en sus largas piernas y rodeé su cuello. Me acurruqué en su nuca, olí profundamente su piel. Él rodeaba mi cintura, hundía su rostro entre mi pelo. Pero esto aún no era suficiente. Le pedí que se levantara y que se sentara sobre mí. Al principio no quiso. Él era demasiado grande. Pero yo me senté en el mueble y lo atraje hacia mis piernas. Él se dejó caer. Entonces, sentí todo su peso. Me ahogaba, me dolía. Eso era lo que quería: sentir como él me sepultaba, cómo su cuerpo  tapaba el mundo entero, cómo me escondía de la realidad. Él era mi eclipse, y yo era su marea. Quería permanecer así por siempre. No ver nunca más nada, salvo su cuerpo sobre mí. Sus ojos clavados en los míos, su brazo por detrás de mis hombros, sus nalgas aplastando mi pubis. Soñé que te amaba tanto que me dolía, le repetí sollozando. Entonces, supe que esto era un sueño dentro de otro sueño. Apenas me di cuenta, desperté. Eran casi las cinco de la mañana. Sonó el teléfono. Me levanté. Dije aló. Del otro lado, una voz automática le recordaba al anterior dueño de la línea telefónica que debía pagar una cuenta en una tienda de ropa. Colgué. Me acosté desconcertada. Tenía un río de lágrimas atorado en mi garganta. Lo solté. No paré de llorar hasta que volví a despertar.