El sueño sustentable de Ciudad Victoria


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Ramona. Anabell. Esther. Estas tres mujeres tienen en común algo más que ser madres. Durante años vivieron en casuchas que quedaban en terrenos invadidos, en lugares inaccesibles. Debían hacer proezas para llevar a sus hijos a la escuela o salir a la ciudad. En sus casas no había ningún servicio básico, se robaba luz y se cogía agua de tanquero. El peligro de robos era constante. Vivían rodeados de alimañas, culebras, mosquitos y alacranes. Hace un par de años llegaron a Ciudad Victoria, el complejo de ciudadelas en las que el Miduvi reubicó alrededor de ochocientas setenta familias. Fue un evento traumático, pero hoy en día muchas de esas familias que fueron traídas desde Monte Sinaí, La Ladrillera, Trasvase, Valle del Norte y muchos otros asentamientos irregulares, viven una realidad que antes era difícil imaginar.

Yendo por la vía a Daule, a la altura del kilómetro 14 1/2 se entra a la carretera que lleva a Ciudad Victoria. Son 7 kilómetros desde la entrada. Se pasa por el antiguo botadero de basura Las Iguanas y por La Ladrillera, que se ha vuelto zona comercial. Ciudad Victoria es un complejo cerrado privado con jardines, peatonales, parques. Hay un estricto control de quien entra y quien sale. Sus residentes tienen todos los servicios básicos, además de televisión por cable e Internet. En Ciudad Victoria hay dos colegios réplica (el Simón Bolívar y el 28 de Mayo), y pronto tendrán un mega centro de salud y un mall.

Es todo un cambio positivo para estas familias. Sin embargo, con el desarrollo también llegaron los retos. “Al trasladar comunidades enteras, no se escoge las familias. Llegaron con problemas como robos, delincuencia, pandillas, drogas, violencia intrafamiliar. Se juntó lo malo y lo bueno en un espacio más reducido que el que tenían antes”, dice Isaac Andrade, facilitador de la Fundación Bien Estar, de la Mutualista Pichincha. Isaac y sus compañeros (en total cinco personas) han trabajado los últimos dos años en asistir, acompañar, guiar a estas familias en el proceso de convertirse en una comunidad sin los conflictos del pasado.

Este acompañamiento social se vuelve imprescindible en procesos como este. “…De vivir en espacios más amplios se les traslada a vivir en 40m2. Las familias que vivían dispersas ahora se ven las caras a toda hora. Los conjuntos en los que la gente vive constan de dos departamentos abajo y dos arriba y, por lo tanto, la convivencia es difícil. Hay que organizar temas comunitarios como la recolección de basura, el mantenimiento de la limpieza, el uso de los espacios públicos, etc.”, dice Pablo Valencia, director de la Fundación Bienestar.

Ramona, Anabell y Esther ya se han puesto manos de la obra y, junto con la gente de la Fundación, y los demás vecinos han logrado organizarse. Ha sido un trabajo de hormiga, pero en Ciudad Victoria ya hay resultados del acompañamiento social. Se han planteado directivas, y por cada cuadra hay dos líderes, cuyo trabajo consiste en mantener la armonía. Estos líderes son capacitados en temas de organización y buena vecindad. Ya han logrado establecer un reglamento interno que incluye sanciones, se reúnen con frecuencia en asambleas, se comunican las decisiones e intentan aprender a convivir de una nueva manera, más solidaria y sustentable.

Ramona Macías, 47 años

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“La vida de nosotros cambió cien por ciento. Estoy muy contenta. Yo vivía antes en Valle del Norte. Allá es un campo. No había carro, ningún medio para salir. A veces, teníamos que salir en caballo. Por el solar pagaba 50 dólares mensuales. Dijeron que iban a poner servicios básicos pero nunca se hizo nada. La vida aquí es diferente, uno tiene la seguridad de que tiene su casa, que usted puede salir y cuando regrese no la va a encontrar vaciada como yo encontré mi casa Hogar de Cristo. Usted ahí dejaba una mínima cosa y se la llevaban. Aquí es muy diferente. Aquí no estamos solos, tenemos la ayuda de las instituciones, sobre todo de la Fundación. Si hay un problema en el hogar, ellos nos ayudan, nos encaminan como quien dice. Nos sentimos acompañados, protegidos. No nos sentimos amenazados como antes, ahora estamos seguros. Me la dio la Fundación Manuel Espejo, porque mi hija tiene discapacidad. También me la amoblaron. Casa nueva, todo nuevo. La gente que viene que conocía donde yo vivía antes no lo puede creer. Donde yo vivía estaba rodeado de cañita, palito, y mira ahora dónde vivo. Me río porque mi hija me dice que ahora somos pelucones”.

Anabel Ordoñez, 39 años

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“Yo vivía en la Marcos Moroni 2. Cuando comenzaron los desalojos, eso se convirtió en un infierno, era tierra de nadie. Nosotros no fuimos desalojados, pero sí estábamos con la incertidumbre. Los niños veían esas retroexcavadoras y temblaban. Eso se quedó desolado, los tanqueros ya no querían llevar el agua. Sí que pasamos mal. Adentro no había nada, ningún servicio básico. Ahí todavía quedan familias. Cuando yo vivía ahí éramos como 500 familias. Acá ha venido mucha gente de ese sector. Nosotros sí estábamos un poco reacio a aceptar la casa aquí, por tantos comentarios que se oían. Decían que allá eso es feo, porque íbamos a estar todos juntos. Que todo se iba a escuchar. Decían: vamos a tener problema con el de abajo, con el de arriba. Y no ha sido así, la realidad es otra. Estamos 100% mejor de lo que estábamos allá. Yo tengo 4 hijos, el mayor ya está trabajando. Estamos en un proceso de organización. Estamos recién aprendiendo a caminar. Ha sido bueno el respaldo que hemos tenido de Bien Estar, ellos nos guían en el proceso, nos brindan asistencia social. No ha sido fácil. Cada quien tiene su forma de vida, y hay personas que no les gusta que les digan: mire, no haga esto, porque afecta a la comunidad. No ha sido fácil, pero sí hemos tenido éxito.

Aquí la ciudadela tiene 17 cuadras. Cada cuadra está representada por dos delegados, el vocero y el co-vocero. Ellos están encargados de velar por la tranquilidad de su cuadra. Yo soy vocera de esta cuadra. Ser vocero significa que debemos velar que no haya desmanes en la cuadra, e informar las novedades que pasan en las ciudadelas. Nosotros nos reunimos, hacemos asambleas, cada año renovamos la vocería, y somos electas por los moradores. Aquí tenemos la ayuda de las instituciones, allá cada uno vivía su vida. Acá nosotros informamos, ellos vienen a hablar sobre las cosas que pasan, hay psicólogos, hay ayuda. La gente está cambiando”.

Esther Hernández, 32 años

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“Antes vivía en La Ladrillera. Mi casa era de caña, muy incómoda, porque en el momento de lluvia, en que mis hijos se enfermaban, no podía salir tan tarde por el peligro de que nos robaran, o siempre llegaba tarde si tenía que salir por la lejura. De La Ladrillera yo tenía que caminar hasta mi casa 15 cuadras para adentro. Se me hacía complicado, porque tengo 3 hijos. Era peligroso. En una ocasión mataron al guardia, y en otra ocasión mataron a una señora. Cuando tuve mi primer hijo, vivíamos en un departamento en el centro, por la Bahía. Pero mi mamá ha vivido por estas partes de acá, y me dijo que había un terreno. Había culebras, alacranes. No pagábamos mucho, pero por cualquier pretexto querían sacarle dinero a las personas. No había ningún servicio, solo se robaba luz, agua de tanquero y pozos sépticos. Ahora tengo mi casa y también ayudo. Me eligieron vocera de mi cuadra. Hay vecinos que no son amables, pero todos están empezando a cambiar. Aquí no hay relajo. Ahora hay diálogo, y si no se puede ya hablar, entonces interviene Bien Estar. Al principio no nos adaptamos, porque eran muchas las reglas, pero vimos que era necesario organizarnos y también crear mediadores para comprendernos entre nosotros. En algún momento, sabemos, que tendremos que hacer todo esto solos, sin la ayuda de la Fundación, para eso nos estamos preparando”.

Publicado en la revista Vivamos 2014.

Fotos de Mauro Sbarbaro

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Betina, la nana del Presidente


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La mujer tiene más de 40 años, habla con siseo quiteño y cojea por una hernia congénita. No pasa del metro y medio. Es sólo un poco más alta que el niño, de pelo negro y ojos de almendra verde que le abre la puerta del modesto departamento, en Tomás Martínez y Baquerizo Moreno.

—Buenas tardes, me manda su mamá, la señora Norma. Me dijo que estaba buscando una empleada para que le cuidara a un niño.

— Sí, señora, pase. Tome asiento, ¿desea un juguito, cafecito?

Ella entra y observa. Intenta descubrir al pequeño al que le han dicho debe cuidar. Busca una cuna, un tetero, algún biberón, un sollozo, pero no hay nada más que ese niño de seis años que la mira con la gula con que ven los niños a un posible compañero de juegos, y le dice: “el niño soy yo. Ya no se vaya, que ya mismo viene mi mamá”.

Entonces, comen juntos y se entienden y ella se queda trabajando puertas afuera —“porque el departamento era pequeño y no había dónde dormir”— por 200 sucres mensuales.

Su tarea empezaba temprano. Madrugaba para darle el desayuno y atenderlo, mientras que Mechita Hurtado le lavaba la ropa. Betina hizo eso durante largos años. Delante de sus ojos el niño se hizo un hombre y se graduó de economista. Él se llama Rafael Correa Delgado y ella, Beatriz Sánchez Sotelo. Pero en la casa no eran más que Rafico y Betina.

Nacida en Quito, el primer día de noviembre de 1934, a Betina siempre le dijeron que era descendiente del español Calvo Sotelo. Pero la estirpe no le dio de comer y pasó hambre. “Éramos demasiado pobres. De once hermanos sólo vivimos dos. Los otros murieron por pobreza o enfermedad”, relata con el rostro preñado de arrugas, diadema blanca y manos diminutas, ella que a sus 76 años se gana la vida vendiendo comida en el mercado Central.

Se crió en el barrio La Tola. Su mamá también vendía comida en un mercado de Quito y su papá se ganaba la vida como empleado en la Universidad Central. Betina llegó a los 20 años a Guayaquil. La primera casa en la que trabajó fue en la de doña Iralda Castillo. Luego, pasó a trabajar con una familia Bonilla, siempre puertas afuera. Ella vivía en un pequeño departamento en Luque y Santa Elena.

Nació con una malformación en las caderas que la hizo cojear toda la vida. “Porque antes halaban a los niños cuando nacían”, cuenta. Pero el problema se empeoró cuando se cayó y tuvieron que ponerle tornillos en la pierna. “Rafico, la señora Pierina y Fabricio me compraron las platinas”, dice.

Nunca se casó, pero tiene una hija de 40 años. Se llama Lidia Mariana Novillo y su madrina de comunión es la mamá de “Rafiquito”, doña Norma Delgado. “A ella le hubieran dado un buen puesto en el Gobierno si hubiera seguido estudiando, pero como se hizo de marido, ya se truncó”, opina Betina.

“Siempre he sido empleada en casa. La señora que me trajo a Guayaquil me ofreció hacerme terminar la primaria”, recuerda. Pero de ahí tuvo que irse porque la acusaron de pensar más en mariposas que en el trabajo. Lo que pasó fue que conoció al amor de su vida, un artista de la música nacional de nombre José Mariano Novillo Riofrío, que tocó en el conjunto de Los Hermanos Ríos, y a quien al principio no quiso aceptar por vergüenza. “Yo cojeaba y él era un señor bien presentado”, dice con esa modestia que lleva pegada a los huesos.

Anduvo trabajando de casa en casa hasta que llegó donde la señora Norma, que trabajaba de supervisora en Mi Comisariato y se levantaba a las cinco de la mañana para dejarles el almuerzo listo a sus hijos Fabricio, Pierina, Bernarda (que murió en un accidente) y Rafico.

Recuerda que Rafael, de pequeño, en un día de la madre, le regaló una ollita celeste de porcelanato y le dijo: “cuando sea Presidente, habrá más”. Ahora que lo es “se la pasa volando como un chapulete, y no tiene tiempo para nada”, dice ella.

Las cosas cambiaron un día en que él, ya de 25 años, le dijo emocionado: “¡Betina dale gracias a Dios que me voy. Me salió la beca, me voy a Bélgica!”. “Ahí yo me quedé con una tristeza grande porque él era todo para mí”, recuerda, y se soba el pecho.

Ella se quedó cuidando unos meses a Rafael Correa padre, pero después se quedó sin trabajo y la echaron de la casa donde vivía. “Tuvimos que dormir en la vereda de Luque y Santa Elena”. Luego, compró un terreno en el Guasmo con una casa de caña que un día se les vino abajo. “Rafiquito ofreció ayudarme a construir la casa”, se alivia. Y él parece no olvidarla. “Cuando era profesor en la San Francisco siempre iba a verlo o él me llamaba” y cuando lo posesionaron Presidente, “me llevó a la ceremonia y me compró un vestido lindo”.

Hace unos meses, le envió de regalo un celular para que lo llamara “por cualquier cosa”. Pero ella, que vive en el Guasmo y anda en bus, lo deja encargado para que no se lo roben. Al mercado, el Presidente la ha llamado cuatro veces. A Betina le brota el orgullo por los ojos de ceniza, y recapitula el último diálogo:

—Beatriz, pero dónde te encuentro, por favor, te andaba buscando.

—Sí sabe dónde me encuentra. Mechita sabe.

—Ay, mija, me tienes asustado. ¿Y qué te han dado a ti, ahora?

—No me han dado ni el viento.

—No hables así, Beatriz

—Usted sabe que hablo la verdad

—Bueno, pero ahora con el celular nos vamos a poner en contacto.

(Texto publicado en mayo de 2008, en El Telégrafo)