Betina, la nana del Presidente


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La mujer tiene más de 40 años, habla con siseo quiteño y cojea por una hernia congénita. No pasa del metro y medio. Es sólo un poco más alta que el niño, de pelo negro y ojos de almendra verde que le abre la puerta del modesto departamento, en Tomás Martínez y Baquerizo Moreno.

—Buenas tardes, me manda su mamá, la señora Norma. Me dijo que estaba buscando una empleada para que le cuidara a un niño.

— Sí, señora, pase. Tome asiento, ¿desea un juguito, cafecito?

Ella entra y observa. Intenta descubrir al pequeño al que le han dicho debe cuidar. Busca una cuna, un tetero, algún biberón, un sollozo, pero no hay nada más que ese niño de seis años que la mira con la gula con que ven los niños a un posible compañero de juegos, y le dice: “el niño soy yo. Ya no se vaya, que ya mismo viene mi mamá”.

Entonces, comen juntos y se entienden y ella se queda trabajando puertas afuera —“porque el departamento era pequeño y no había dónde dormir”— por 200 sucres mensuales.

Su tarea empezaba temprano. Madrugaba para darle el desayuno y atenderlo, mientras que Mechita Hurtado le lavaba la ropa. Betina hizo eso durante largos años. Delante de sus ojos el niño se hizo un hombre y se graduó de economista. Él se llama Rafael Correa Delgado y ella, Beatriz Sánchez Sotelo. Pero en la casa no eran más que Rafico y Betina.

Nacida en Quito, el primer día de noviembre de 1934, a Betina siempre le dijeron que era descendiente del español Calvo Sotelo. Pero la estirpe no le dio de comer y pasó hambre. “Éramos demasiado pobres. De once hermanos sólo vivimos dos. Los otros murieron por pobreza o enfermedad”, relata con el rostro preñado de arrugas, diadema blanca y manos diminutas, ella que a sus 76 años se gana la vida vendiendo comida en el mercado Central.

Se crió en el barrio La Tola. Su mamá también vendía comida en un mercado de Quito y su papá se ganaba la vida como empleado en la Universidad Central. Betina llegó a los 20 años a Guayaquil. La primera casa en la que trabajó fue en la de doña Iralda Castillo. Luego, pasó a trabajar con una familia Bonilla, siempre puertas afuera. Ella vivía en un pequeño departamento en Luque y Santa Elena.

Nació con una malformación en las caderas que la hizo cojear toda la vida. “Porque antes halaban a los niños cuando nacían”, cuenta. Pero el problema se empeoró cuando se cayó y tuvieron que ponerle tornillos en la pierna. “Rafico, la señora Pierina y Fabricio me compraron las platinas”, dice.

Nunca se casó, pero tiene una hija de 40 años. Se llama Lidia Mariana Novillo y su madrina de comunión es la mamá de “Rafiquito”, doña Norma Delgado. “A ella le hubieran dado un buen puesto en el Gobierno si hubiera seguido estudiando, pero como se hizo de marido, ya se truncó”, opina Betina.

“Siempre he sido empleada en casa. La señora que me trajo a Guayaquil me ofreció hacerme terminar la primaria”, recuerda. Pero de ahí tuvo que irse porque la acusaron de pensar más en mariposas que en el trabajo. Lo que pasó fue que conoció al amor de su vida, un artista de la música nacional de nombre José Mariano Novillo Riofrío, que tocó en el conjunto de Los Hermanos Ríos, y a quien al principio no quiso aceptar por vergüenza. “Yo cojeaba y él era un señor bien presentado”, dice con esa modestia que lleva pegada a los huesos.

Anduvo trabajando de casa en casa hasta que llegó donde la señora Norma, que trabajaba de supervisora en Mi Comisariato y se levantaba a las cinco de la mañana para dejarles el almuerzo listo a sus hijos Fabricio, Pierina, Bernarda (que murió en un accidente) y Rafico.

Recuerda que Rafael, de pequeño, en un día de la madre, le regaló una ollita celeste de porcelanato y le dijo: “cuando sea Presidente, habrá más”. Ahora que lo es “se la pasa volando como un chapulete, y no tiene tiempo para nada”, dice ella.

Las cosas cambiaron un día en que él, ya de 25 años, le dijo emocionado: “¡Betina dale gracias a Dios que me voy. Me salió la beca, me voy a Bélgica!”. “Ahí yo me quedé con una tristeza grande porque él era todo para mí”, recuerda, y se soba el pecho.

Ella se quedó cuidando unos meses a Rafael Correa padre, pero después se quedó sin trabajo y la echaron de la casa donde vivía. “Tuvimos que dormir en la vereda de Luque y Santa Elena”. Luego, compró un terreno en el Guasmo con una casa de caña que un día se les vino abajo. “Rafiquito ofreció ayudarme a construir la casa”, se alivia. Y él parece no olvidarla. “Cuando era profesor en la San Francisco siempre iba a verlo o él me llamaba” y cuando lo posesionaron Presidente, “me llevó a la ceremonia y me compró un vestido lindo”.

Hace unos meses, le envió de regalo un celular para que lo llamara “por cualquier cosa”. Pero ella, que vive en el Guasmo y anda en bus, lo deja encargado para que no se lo roben. Al mercado, el Presidente la ha llamado cuatro veces. A Betina le brota el orgullo por los ojos de ceniza, y recapitula el último diálogo:

—Beatriz, pero dónde te encuentro, por favor, te andaba buscando.

—Sí sabe dónde me encuentra. Mechita sabe.

—Ay, mija, me tienes asustado. ¿Y qué te han dado a ti, ahora?

—No me han dado ni el viento.

—No hables así, Beatriz

—Usted sabe que hablo la verdad

—Bueno, pero ahora con el celular nos vamos a poner en contacto.

(Texto publicado en mayo de 2008, en El Telégrafo)

 

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La mujer y el miedo


El miedo fundamenta su poder en el pasado. Ella no tenía miedo cuando nació. Al contrario, era curiosa, se metía a la boca todo cuanto estaba a su  alcance, se reía con cada cara nueva, rodaba por el suelo o la tierra como si fuese un manto limpio y seguro, se acercaba a los abismos y a sus peligros como cualquier otro bebé. El miedo se instaló en ella mucho después. Una niña violada se convierte en una mujer que teme a todos los hombres, que le teme al mundo, que se desprecia a ella misma. Los demonios la visitan siempre, sacan la cabeza para recordarle lo estúpida que es, lo débil que se ha vuelto, lo mal que luce. Ella solo llora y tiembla.

La mujer se mira los nuevos golpes en la cara y las costillas al espejo. Una pregunta surge, muda ¿por qué lo he permitido? Miedo y desprecio son las respuestas. Ella lo sabe, pero no se atreve a pronunciar las palabras, que se quedan como flotando dentro de ella en una nube de gas nocivo. Ella no se atreve a pronunciarse. El silencio es espeso. Es el silencio del cadáver que la habita. Su cuerpo es una cueva vacía. Ni un insecto viviría ahí. ¿Será que no hay nadie? ¿Dónde me he ido?, se pregunta sin abrir la boca. La mujer no logra sostener la mirada. Se siente invisible, diminuta, un horrendo despojo. Las lágrimas la inundan, pero las lágrimas no son palabras, sino la confirmación de su derrota, de su debilidad. Y ella necesita respuestas con sílabas, con consonantes y vocales. Se mira de frente. Las lágrimas cesan, y una voz pequeñita, como la voz de una hormiga hembra, le dice: aquí estoy. Ella apenas la escucha. La mujer se mira por primera vez directo a los ojos. Descubre algo parecido a una fiereza antigua que empieza a despertar en su mirada, y le ilumina el rostro. Hay algo vivo, muy vivo, dentro de ella. ¡Aquí estoy! dice la voz pequeñita, esta vez con un poco más de fuerza. La mujer logra reconocerla. La voz de la hormiga es su voz, antes del miedo.