Mejor no hablar de ciertas cosas


Mejor no hablar de ciertas cosas

Mejor no hablar de ciertas cosas no es una película sobre drogas, insultos, punk y sexo, como algunos han sugerido para simplificarla o, peor aún, encasillarla. Que todo eso hay, es verdad, y en grandes cantidades, pero si el fondo de la película fuese ese, uno simplemente se cagaría de risa,  comería canguil y se iría a su casa tan tranquilo.

Y lejos, muy lejos, estuve yo de vivir la experiencia de ver esta película sin alterarme (y no sólo por las risas y los grotescos silbidos durante las escenas eróticas que se desataron en el cine). Esta película me estremeció y me dejó la sensación de ver un retrato vivo y real de lo que somos: una sociedad violenta, no sólo en la acción, sino sobre todo, en el lenguaje y en el pensamiento. La película podría resumirse en una idea —la idea original de la que partió Javier Andrade, en 2003, cuando empezó a escribir el guión mientras estudiaba Dirección de Cine, en la Universidad de Columbia, en Nueva York—: “se trata de un príncipe que no quiere ser rey”. Lo que pasa es que una vez que esa idea universal y tan sencilla que suena naive, se ancla en Ecuador y, concretamente, en Portoviejo, la cosa se torna salvaje. Andrade termina construyendo un relato, basado en la colección de recuerdos del protagonista, que versa sobre la decadencia del ser humano.

El “príncipe” se llama Paco y es hijo de una ex reina de belleza —empiece por la fatuidad y póngale a este personaje, interpretado por Maribel Solines, todos los adjetivos comunes a las reinas de belleza— y un acaudalado político —empiece por el despotismo y póngale a este personaje, interpretado por Héctor, “El Viejo” Napo, todos los adjetivos comunes a los políticos ecuatorianos—. Como hijo mayor, a Paco le toca asumir el legado de su padre, pero se resiste. No le da la gana, y pasa los días bebiendo y drogándose con su hermano menor, Luis, un personaje tremendo, encarnado por el actor Víctor Aráuz.

Con mucha solvencia y claridad, Aráuz muestra lo que es ser un adicto —en este caso, a la pistola o triqui, como se le dice a la base de cocaína—. Está tan afectado psicológica y emocionalmente que no piensa en lo que hace, y solo vive para drogarse. Se roba un caballo de porcelana para empeñarlo por droga. El caballo es un símbolo de lo sagrado, de lo que no se puede tocar; un objeto muy costoso que el padre de Paco y Luis atesoraba. Este robo es lo que desencadena el caos.

Ni siquiera la música logra liberar a Luis de sus demonios. Lo que hace con ellos es soltarlos al aire a través de sus canciones para que bailen en las cabezas de sus fans. Luis pide a gritos una bala en el corazón. En cambio, Paco sufre porque está enamorado de Lucía —una mujer materialista que lo acompaña en su vicio y que, en el fondo, se parece mucho a su madre—. Lucía está casada con Rodrigo, un personaje conflictuado con su sexualidad.

Es probable que cualquier espectador sensible sufra al ver la película. Y la razón es que la ansiedad, la angustia, los miedos, la locura, el sinsentido y el vacío interior de sus personajes son tan palpables y verosímiles, que el resultado es conmovedor. Su director, Javier Andrade (Portoviejo, 1978) se mueve con maestría en los andariveles de la crudeza. Nos cuenta la historia desde una perspectiva íntima, desde la voz interior del protagonista. Elige que Paco narre en off y, al tomar esa decisión, consigue hilvanar todo, incluso darle sentido a la constante violencia en el lenguaje y en la acción. Nada queda librado al azar.

Uno de los aspectos memorables de la película es la banda sonora, compuesta por trece canciones de géneros tan diversos como el punk, la música tradicional, el pop y la música instrumental. Lo que consigue Andrade es alquimia pura. Las altas dosis de punk hacen que la gente zapatee. “Simón” se convierte en un himno; los espectadores salen tarareando la canción, lo mismo que la versión punkera del albazo “Esta guitarra vieja”, que Luis toca con su banda, Los propios. En el medio, “Siempre, siempre”, la canción de Albano y Romina Power, ambienta la hermosa escena de Lucía bailando para Paco. El paso de la adrenalina a la melancolía está garantizado, algo parecido a lo que provocan algunas drogas.

Desde el inicio, la película golpea. La escena que abre es la de un niño de unos doce años, vestido con el uniforme del colegio, que está a punto de perder su virginidad con una puta. Algo común en Manabí y en muchos otros lugares del Ecuador. Los senos de la mujer caen como dos lagrimones. Ese niño es Paco. A medida que avanza la película, surgen escenas que, como la del niño y la puta, nunca se han visto en el cine nacional. Por ejemplo, dos hombres besándose. Pero no es sólo la acción, es el diálogo, el discurso tan duro y real, lo que marca una distancia entre ésta película y cualquier otra que se haya filmado en el país. Si usted la ve y se queja de que hay muchos insultos, droga y perversión, le aconsejo que, de vez en cuando, se pegue una vuelta por la calle. Somos una sociedad enferma, violenta, cruel. Quejémonos de la sociedad que hemos construido, y no del cine que, inteligentemente, nos la muestra.

En esta película, el espectador podría ser como una frutilla en una licuadora llena de piedras. Andrade enciende a tope la licuadora y la frutilla da vueltas haciéndose pedazos. Él sabe que ni siquiera las frutillas son inocentes.

De golpe y sin anestesia, bajamos al infierno en el que arden estos personajes, porque aquí la gente se quema viva. Otro personaje inolvidable es Lagarto, el pusher de Paco y Luis. Interpretado con lucidez y sensibilidad por el ya famoso Andrés Crespo, Lagarto genera violencia, pero también la sufre. ¿Quién ha dicho que los vendedores de droga no lloran?

Lagarto pertenece a ese tipo de gente de bajo estrato que siempre es pisoteada por los que más tienen y que, al final, terminan pagando cara la alevosía de reclamar por lo que les han quitado. En la pirámide social, Lagarto podría ser visto como una víctima del sistema. En el día a día, sólo es un pobre miserable que mata y muere.

En medio del torbellino, el atardecer. Lo que lo logra Chris Teague con la luz es soberbio. Teague es el director de fotografía de la película. También graduado en la Universidad de Columbia, vino a filmar a Ecuador sin hablar español. No hizo falta. La calidez de las imágenes, las tonalidades del amarillo y el rojo, la mágica sensación que envuelve incluso las escenas más duras, hacen que siempre existan matices, gradualidades, una lívida belleza circundante. Andrade no pudo hallar mejor cómplice que Teague para lograr balancear, con la luz, la oscuridad del contenido de algunas escenas. La película se filmó en extraños horarios para conseguir la luz ideal. El director sostiene que, después de las cuatro de la tarde, la luz en la Costa del Ecuador, se vuelve mágica. Por eso, impuso que se filmara siempre antes de las diez de la mañana, o después de las cuatro y media de la tarde.

Pero, aunque Teague le da un respiro a los sentidos, ver la película es como masticar carne cruda, porque los personajes de esta película son todos gallinazos que vuelan en círculos sobre sus propios despojos. Algunos mueren, otros no, pero nadie se salva. Es imposible recuperar la inocencia. No los espere: aquí no hay finales felices.

Todo es tan convulso, hay tanta tensión y adrenalina que la muerte, cuando llega, nos regala una sensación liberadora. Sin embargo, el alivio no dura mucho. Enseguida, ocurre el ajuste de cuentas y la confirmación de que los peces gordos siempre se comen a los pequeños. El círculo perverso de esta perversa sociedad. Paco se queda sin alternativas, tal vez nunca las tuvo. Al “príncipe”, finalmente, le llega la hora de asumir quién es. Se tira los muertos a la espalda y se pone la corona de rey en un epílogo triste. Suena de fondo A crisom grail, una hermosa pieza de música instrumental que el director decidió poner entera. La gente aplaude al “príncipe” que lleva la máscara del mentiroso puesta. Gritan su nombre, lo vitorean. No saben que por dentro va muerto. Será diputado y luego, quién sabe, tal vez corone como Presidente. Después todo, los políticos siempre tienen cosas sucias que esconder. Mejor no hablar de ellas, mejor no hablar.

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Antes del atardecer


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Un tren que viajaba por Europa los unió. Pero pudo ser una calle de Buenos Aires, una librería, un concierto, un parque de diversiones, un cine. El espacio es lo de menos, lo que importa es el encuentro. Ella se llamaba Celine y él Jesse. Pero ella se pudo llamar Mariana y él Nacho; ella Marcela y él Eduardo; ella Cecilia y él Rodrigo.

Quedaron en encontrarse seis meses después en Viena. Pero pudo no ser así. Pudieron quedar en un bar de San Telmo, en la estación de Retiro, en la placita del Obelisco, o en una banca de los bosques de Palermo. Él fue a la cita, y ella no. Pero pudo ser al revés: pudo no ir ninguno, pudieron ir ambos y no verse, pudieron morirse antes de ese día; eso no importa. Lo que importa es el desencuentro.

La película se llama Antes del Atardecer. Pero pudo llamarse “Un tranvía llamado deseo”, o “La cita”, o como sea, incluso pudo no tener nombre. Es más, pudo no ser película. Pudo ser realidad; una historia contada entre nosotros, entre amigos, una simple historia de amor de estos días.

El director del filme es Richard Linklater. Pero ¿qué tal que no tuviera más director que el mismo destino? Que la película hubiera transcurrido en nuestra propia habitación. Es más: qué tal si está transcurriendo ahora mismo. Que nos estemos encontrando o desencontrando con alguien en este mismo momento. Que alguien se nos esté aferrando, o que alguien se nos esté escapando.

En Antes del atardecer, Celine y Jesse vuelven a encontrarse. Casi en tiempo real, vemos a los protagonistas pasear por el París estival, sumergiéndose en conversaciones infinitas, llenas de melancolía, acosados por el tiempo que se escurre. La sensación del encuentro y el desencuentro es tan universal que la llevamos clavada como un alfiler, que nos escarba y nos atraviesa, que nos
hace pensar que esa ficción llevada al cine es parte de nuestra vida.

¿Has sentido cómo se escurre el tiempo cuando estás junto a la persona que deseas? Cómo la melancolía te contiene aún antes de que se separe de ti, y el tiempo no se detiene, y los minutos pasan, asesinos, crueles, disparatados, como una bomba que te estalla en la cara.

El tiempo es lo más real que existe, lo más real y lo más violento, lo más violento y lo más abyecto. Nos deja desnudos en medio de una habitación, nos deja expuestos al silencio, a la cólera de los recuerdos. Sólo el tiempo ordena cuándo se suceden los encuentros.