“Éramos y somos hermanas todas”


(Texto publicado en el libro Despiertas y de Pie, que se lanzó en el II Encuentro Nacional Mujeres por la Democracia que se celebró en Quito los días 2 y 3 de junio de 2015. En la foto, Zoila Bermello, protagonista de la historia).

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Zoila Judith nació el 23 de agosto de 1978 en la parroquia San Plácido, que pertenece al cantón Portoviejo y está formada por 39 comunidades, o sitios. Comprende desde La Mocorita, la tierra de los bizcochuelos tostados, hasta El Progreso. Esta es tierra verde, exuberante, como si fuera un rincón selvático en el que es posible respirar aire puro y parar para tomar un baño en un riachuelo. La gente de estos lugares vive con las puertas abiertas y siempre tiene algo que ofrecer. En sus fincas crían ganado, y producen cítricos: mandarinas, limones, naranjas. En esta parroquia viven alrededor de tres mil personas, entre ellos los Bermello-Zorrilla.

La siguiente comunidad, después de El Progreso, se llama San Sebastián: es un sitio comercial y agrícola que pertenece al cantón Pichincha. Zoila suele visitarlos, así como al resto de comunidades. Les lleva talleres en los que les habla sobre todo tipo de temas: democracia, autoestima, tipos de violencia, organización comunitaria, sexualidad, tecnología. Lo que haga falta.

Unas veinticinco personas de San Sebastián la escuchan atentos. Zoila les habla sobre Matilde Hidalgo de Procel, la primera mujer ecuatoriana en graduarse de médico, la primera mujer en votar en América y la primera mujer en ser candidata a un cargo de elección popular. Les cuenta su historia y la vuelve cercana.

-Antes de ella, las mujeres no teníamos la opción de salir de la casa ni de opinar. A ella la calificaban de bruja, el cura la hacía parar cuatro metros afuera de la iglesia. De la misma manera, a nosotras nos han dicho de todo. Yo también, como muchas mujeres, antes me quedaba callada, hasta que supe que tenía derechos. Reconocerte como un ser que tiene derechos es la decisión que tú debes tomar para poder dar un paso hacia adelante, siempre y cuando no hagas daño a nadie. Hay que quitar de en medio la vergüenza, el miedo a hablar que todavía tienen las mujeres.

Cuando se termina el taller, Zoila les ofrece un almuerzo, que ha preparado Aleida, su madre.

Nos encaminamos a San Plácido en la camioneta de Gonzalo, el padre de Zoila, un hombre de sonrisa abierta que trabajó durante largos años en proveer de energía eléctrica a toda esta comunidad, el mismo trabajo que hoy realiza Carlos Mateus, el esposo de Zoila y el padre de sus hijos: Carlos, de quince años, y Laurita, de siete.

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La casa de los Mateus-Bermello queda en una especie de colina.

Para llegar, hay que subir algunas escaleras. Los vecinos saludan a Zoila, todos saben quién es esta mujer de ojos achinados, formas sensuales y brazos gruesos como alas. Ella siempre trabajó para su parroquia. Era la encargada de las obras públicas, del deporte y de la parte social. Sin embargo, su trabajo se empezó a hacer visible con fuerza a partir del 2005 cuando fue elegida vicepresidenta de la Junta Parroquial de San Plácido.

Por entonces, Zoila tenía veinticinco años.

Recuerda que uno de los desafíos que le tocó enfrentar fue la repartición de los productos del programa Aliméntate Ecuador. Ella sola debía encargarse de armar ochocientos combos de comida y luego repartirlos a madres, niños, personas con discapacidad y ancianos. Luego de meditar, se le ocurrió lo siguiente: llamaría a tres familias que estuvieran dentro del padrón. Les pediría envasar los ochocientos combos durante dos noches. A cambio, todos los paquetes de arroz, aceite, azúcar, que se fueran rompiendo, porque se rompían en el traer y llevar, serían de ellos.

Aceptaron.

Lo siguiente era resolver cómo repartir los combos. La entrega debía hacerse viernes, sábado y domingo. A Zoila se le ocurrió pedir ayuda a chicos del colegio. Consiguió que este trabajo fuese tomado en cuenta como parte de la materia Vinculación Social, les hizo dividir el padrón por secciones y en orden alfabético y, cuando llegaron los días de la repartición, también se encargó de pedir protección a la Policía. Y así fue como San Plácido fue la primera parroquia en organizarse. Llegaron los directivos del MIES y le pidieron a Zoila que organizara de la misma forma a las otras parroquias. Todas las juntas parroquiales de Manabí tomaron el mismo ejemplo. Así, la fueron conociendo en su provincia, y ella también se fue aventurando a ir más allá.

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Por entonces, Zoila conoció a María Cristina López, quien la invitaría a Quito a su primera reunión con las mujeres de la Asociación de Juntas Parroquiales Rurales del Ecuador, Amjupre. Cuando se conocieron, María Cristiana era presidenta del gobierno parroquial de Calceta, y también era vicepresidenta de Amjupre.

La invitación que le hizo a Zoila le cambió la vida.

-En el momento en que llegué fue una felicidad constatar que había otras mujeres iguales a mí. Todas mujeres rurales con las mismas necesidades, los mismos problemas. Éramos y somos hermanas todas. Luz es como nuestra madre. Amjupre es como ese manto protector, es nuestra casa. Allí nadie nos mira mal. Allí todas somos iguales. Si una se duerme, otra le presta la pierna para que duerma tranquila.

Pero no solo se sintió acompañada, sino que empezó un camino hacia su propia formación como maestra, comunicadora, puente. Se entrenó en el amor a ella misma, en cómo pararse y hablar en público, así como en temas sobre derechos, participación política, planes de gobierno, paridad, tipos de violencia, asuntos sobre los que dicta talleres no solo en Manabí, sino también en Esmeraldas, Tena, Puyo, Loja, Santa Elena, Santo Domingo y Guayaquil. A Zoila la han elegido por cuatro años para que integre el grupo asesor ante ONU Mujeres. Ecuador es el segundo país en formar este grupo asesor femenino que tiene como finalidad analizar las leyes de cada país para preservar que se respeten los derechos de las mujeres.

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Zoila proviene de una casta femenina que se han forjado con todo en contra. La madre de Zoila, Aleida, tuvo dos madres: una que la parió y otra que la crío. Eran hermanas. La madre de ellas, la bisabuela de Zoila, se llamaba Mercedes Menéndez García y fue madre soltera. Trabajaba para una familia rica de Portoviejo. La contrataban para tejer y bordar, cocinar y ayudar en un comercio que tenían. Ella bordaba almohadones, ajuares, cosas muy delicadas. Mercedes vivió hasta los 103 años. Cuando la familia rica decidió mudarse a Jipijapa, Ermelinda y Alicia, hijas de Mercedes, se fueron con ellos.

Aleida, la madre de Zoila, fue la tercera hija de Alicia. Alicia era muy buena artesana, era experta en fabricar colchones con lana de ceibo y tenía un taller en la parte baja de la casa. Alicia y Ermelinda aprendieron a leer y se afanaron para que sus hijas sí fueran a la escuela. Las que no se dedicaron a seguir el colegio, por lo menos aprendieron artesanía, algún oficio.

La madre de Zoila se casó a los 23 años con Gonzalo Bermello, que era de San Plácido.

Los padres de Gonzalo son Dalia y Marcilio: tuvieron catorce hijos.

-Mi abuelo desde muy joven trabajó para obras públicas, y mi abuela se dedicó a criar a sus hijos. Ella era como un caballo de carga, era hombre y mujer en la casa. Se iba a trabajar todo el día, arriba en ese cerro. Cogía café, picaba maní, cocinaba y, de bajada venía cortando guineo, yuca y se podía poner al hombro dos racimos de guineo o de plátano.

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La vida en el campo era así:

Se levantaban a las cinco de la mañana. Los varones cargaban agua, dejaban leña recogida para cocinar, le daban de comer al burro. Se iban a la escuela. En las tardes, regresaban a hacer deberes rapidito y otra vez, antes de irse a la escuela (porque antes había dos turnos), recogían agua o lo que necesitaran.

Las niñas no lo tenían más fácil. Cuando regresaban de la escuela en la noche, ellas tenían que lavar, ayudar a cocinar, a limpiar el horno de leña. Todo era muy estricto. No podían salir de casa. A todas les ponían los mismos vestidos y zapatos. Fueron niñas que se pasaron la vida criando niños: primero sus hermanitos y luego sus propios hijos.

Zoila empezó pronto su viaje como mujer. Menstruó la primera vez cuando tenía nueve años. Ella lo recuerda como algo traumático, porque, a pesar de que era grande de cuerpo -a los ocho años ya se veía como una señorita-, era muy pequeña de edad.

Estudió en la escuela de monjas Santa Magdalena. La primera vez que se rebeló fue en primer curso. A ella le gustaba dibujar y la profesora de Ciencias Naturales la obligaba a cortar y pegar, anulando su imaginación. Zoila dibujaba a los vertebrados y a los invertebrados y la profesora se los tachaba. Zoila no se detenía. La profesora la llamó malcriada y Zoila la llamó bruja.

Esto dio pie a que otras compañeras también reclamaran y a que Zoila le pusieran la etiqueta de peligrosa. A los quince años, sus padres la enviaron a estudiar a Guayaquil en la Academia Naval. Zoila pasó de un colegio de monjas en el que todo era rezos, a uno militar en el que todo era marcha.

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Apenas tenía dos meses en la ciudad, cuando empezó la tortura. Zoila viaja al momento en que, con todo el colegio delante, más de quinientas alumnas formadas, un oficial la hace pasar a ella y a dos compañeras más al frente. El oficial les dice que le canten el Himno a Guayaquil.

Zoila no se sabe el Himno a Guayaquil, solo se sabe el Himno a Manabí. Ella le dice que no es justo lo que le pide.

-Si usted es tan sabido, cánteme el Himno a Manabí.

La castigan y esta escena propicia el inicio del martirio.

***

A Zoila no le preocupa que la llamen montubia, al contrario, ella se declara montubia siempre. Pero sus compañeras se lo dicen de manera despectiva. Le dicen manaba pata al suelo, machetera. La humillan delante de todos. Su cabello es largo, ella hace un esfuerzo para poderlo meter en la boina. Las chicas le sacan la boina, le revuelven el pelo. Un día Zoila se cansa. Salían al recreo y una chica le haló la boina y empezó a insultarla. Zoila se le lanzó encima, la agarró de los pelos, se fueron escalera abajo, la arañó. Las agarraron y las metieron a las dos de cabeza en un balde de agua sucia.

-La madre de la niña era una señora muy encopetada. Me dijo que yo era una salvaje. Entonces, yo le dije: si su hija está como está es porque fue mal educada. A mí en mi campo, en mi monte, donde yo vivo me enseñaron a respetar a los demás. Pero también me enseñaron a defenderme.

Este incidente dio paso para que fueran orientadores y psicólogos a la Academia para enseñar a los profesores y alumnos que todos somos iguales, indistintamente del lugar donde hayamos nacido. Incluso cambiaron el lema de la Academia.

-Dijeron que ahora el lema era respetar para que respeten, cuando antes tenía que ver con la fuerza.

***

Esta tarde, Zoila vuelve a su antigua escuela en San Plácido, recorre sus pasillos, aulas y patios interiores. La Unidad Educativa Santa Magdalena es uno de los cinco colegios que la congregación de las hermanas oblatas de San Francisco de Sales tiene en Manabí. Las cosas han cambiado y ya no hay ningún rencor hacia las monjas. Mucho menos cuando aparece sor Alba Inés González, la guía espiritual de Zoila, a quien llama mi otra madre.

-Ella siempre me descubre si estoy triste, a ella no le puedo mentir.

Sor Alba Inés nos lleva a sus jardines. Nos ofrece galletas y cola, nos deja jugar con su cachorro blanco y nos invita a entrar a su casa de muñecas, que está muy bien arreglada. En ella, unas cincuenta muñecas de todos los tamaños, ojos, cuerpos y colores.

Sor Alba Inés es colombiana, de Medellín, y vive en Ecuador hace dieciséis años. Solo hay amor en su mirada y en sus palabras cuando habla de Zoila:

– Ella es una persona llena de alegría, de amor, de conocimiento. Es una mujer que no se le desmaya a nada, que si le dicen: flaca, coma tierra, ella come tierra, siempre y cuando esto sea por el bien de los demás.

Está por caer el sol en San Plácido.

Sor Alba Inés debe seguir con los quehaceres. Sus palabras de despedida nos acompañan en el camino de regreso a casa:

-Si el sol está dentro de ti, no importa que afuera esté oscuro.

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Raúl Cabrera, el Nómada


A los 17 años, Raúl Cabrera recorrió el Ecuador con una mochila. A los 18 viajó durante seis meses por América del Sur. A los 20 años inició su viaje por el mundo y su vida de nómada. Ha recorrido más de ochenta países haciendo surf, snowboard y amigos. Cuando conoció a Tina, su esposa, y nació Milo, su hijo, Raúl encontró su hogar. Pero no quiso que sus viajes quedaran solo en la memoria. Con un equipo de producción viajó por 25 países durante tres años para filmar Nomad-A, el proyecto audiovisual que lo trajo de vuelta a Ecuador.

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HAWAI. El día se abre limpio, las olas gigantes esperan al hombre que intentará fluir en sus movimientos violentos, llenos de vida. Raúl Cabrera ha entrenado un año para este día. Largas jornadas de surf, de natación, de crossfit, le hacen pensar que está listo. Antes de entrar al mar, un amigo y mentor que lo acompaña, le recuerda: nunca tomes la primera ola. Las olas vienen en tandas, de seis, de ocho, de diez. Raúl, como si nada hubiese sido dicho, como si ese consejo no fuese de vida o muerte, toma la primera ola de la serie. La ola no lo lleva. Mira hacia atrás, y ve que todo el horizonte se nubla, un tsunami se avecina. No puede hacer nada para evitarlo. Le caen encima todas las olas de cinco, o seis metros. Lo sepultan, lo revuelcan, lo ahogan.

De pronto, tuvo la certeza de que moriría. Estaba debajo del agua y dijo: Dios, gracias por la bella vida que me has dado. La película de su vida pasó ante sus ojos. Y cuando estaba revolcándose y llegó al punto de comenzar a desmayarse, vio a un niño que le daba la mano. Raúl no sabía qué pasaba, si estaba llegando al cielo, si ya se había muerto. Cuando el niño dejó de darle la mano, sus labios toparon la superficie, y pudo respirar. Volvió a ver a ese niño cuando surfeaba en Inglaterra y en Marruecos. Raúl dice que ese niño era su hijo Milo, que aún no nacía. Pero cuando lo vio nacer, y Milo lo miró, supo que era el mismo niño que había visto en las tres ocasiones.

“Hay una parte de aventura, y una parte espiritual. No sabemos cómo estamos conectados, pero es como una red invisible en la que se conecta pasado, presente y futuro”, dice Raúl, quien ha venido a Ecuador para promocionar la serie de televisión y la película Nómad-A, hecha a partir de sus viajes.

Raúl nació hace 37 años en Guayaquil y siempre quiso ser un explorador. Desde pequeño sintió una intensa curiosidad por saber qué pasaba fuera de su barrio. De niño, fantaseaba con que su armario era un portal tridimensional capaz de transportarlo a cualquier lugar del planeta, amaba los mapas y saber sobre el mundo. Raúl es el menor de seis hermanos, y su padre, que era un próspero comerciante, murió cuando él tenía apenas 9 años. Recuerda a su padre como un hombre opuesto a él, que vive el día a día. “Era una persona muy seria, muy cerrada, parecía alemán, con una ética de trabajo muy firme”. Trabajaba de lunes a domingo. Su familia lo perdió todo cuando murió, pero Raúl mantuvo firmes sus enseñanzas. “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”, o… “Todos los huesos de todas las personas son blancos”, o… “No importa si la persona tiene o no dinero, lo que importa es el corazón”.

A los 17 años, Raúl hizo su primer viaje por su cuenta. Después de clases, enseñaba matemática o trabajaba de cajero en el minimarket de su hermano para ahorrar. Reunió 500 mil sucres y con eso se dio la vuelta al Ecuador. Eran cincuenta dólares. Un año más tarde, al salir del colegio, viajó por Latinoamérica: Perú, Brasil, Chile, Argentina, Bolivia durante seis meses. Gastó sólo 400 dólares, incluidos los tickets. Se quedó en casas de gente que había conocido en Montañita y Playas, donde ya surfeaba. Además, vendió cada cosa que tenía en su maleta. Vendió hasta un terno que su madre le aconsejó llevar “por si acaso haya un matrimonio”. Por él, le dieron 80 dólares en Brasil.

Hace 17 años, Raúl se fue por primera vez de viaje a Europa y nunca más regresó a vivir a Ecuador. Su primera parada, a los 21 años, fue Nueva Zelanda, el país perfecto para desarrollar sus dos grandes pasiones: el surf y el snowboard. Allá sacó la ciudadanía neozelandesa, estudió en la Universidad y logró un título de Economista, otro en Idiomas y además hizo un posgrado en Educación y Pedagogía. Trabajó para el servicio migratorio, como profesor de colegio, como instructor de snowboard, entre otras cosas. De Nueva Zelanda se movió por todo el mundo, y empezó su vida de nómada.

“Cuando estaba en la universidad en Nueva Zelanda, me tuve que pagar los estudios. Me costó 13 mil dólares sólo el año escolar. Tenía que trabajar de mesero y entrenar snowboard para las competencias. Hice dos años en uno porque quería salir a explorar el mundo y no quería estudiar más. Fue duro, estaba más ocupado que un cojo en una competencia de patear traseros”, dice.

Pero lo que Raúl más tiene es energía; sigue siendo un niño hiperactivo. “Me puedo quedar un mes sin comer y sin dormir si tengo que hacer algo. Si estoy surfeando es lo mismo, tengo un problema de obsesión con las cosas que amo hacer”. Lo que ocupa su mente estos días es la realización de la película y serie de televisión que tiene entre manos. Sin pagarles un centavo, Raúl logró juntar a un equipo de producción de alto nivel que lo siguió durante tres años por 25 países y cinco continentes.

Todos son amigos que ha ido haciendo en sus viajes. Gareth Sheehan, cineasta neozelandés que vive en Hawai; Adan De Miguel, fotógrafo español; Pablo Suárez, encargado de logística, español; Albert Ibañez, cinematógrafo chileno; Claudia Vieira, fotógrafa de África del Sur; Eduardo Pérez, web master, de Ecuador que vive en Nueva Zelanda; Cristóbal Sciaraffia camarógrafo de Chile, y Tina Christensen, su esposa y directora ejecutiva de Nomad-A, que vive en Dinamarca. Además, Los Díaz de Fly y Mona Producciones les ayudaron a filmar con RED EPIC, las mismas cámaras que fueron utilizadas para filmar El Señor de los Anillos.

La serie de televisión tiene 24 capítulos. En cada uno se cuenta la historia de alguien común que vive una experiencia fantástica. Por ejemplo, está el caso de Jonathan Camacho, un chico de Playas que es uno de los mejores bemexistas del Ecuador, pero por ser negro no es tomado en cuenta en el país. Su imagen no vende. Él tenía un sueño: viajar y competir en los mejores eventos, y gracias al proyecto Nomad-A lo ha logrado. “Ayer, en México, quedó segundo en el mundo”, dice Raúl con una enorme sonrisa. También está la historia de los hermanos Sangachi, un par de niños huérfanos, de Quito, que llegaron a Montañita haciendo malabares. Los adoptó un argentino con la condición de que tenían que ir al colegio, y ahora son surfistas profesionales y también viajan por todo el mundo haciendo malabares. Son personas inéditas. A Raúl le gusta decir que Nomad-A es el primer producto de exportación televisiva del Ecuador. “Es una orgía audiovisual llevándote a lo más recóndito del planeta y conociendo a las personas más interesantes. Personas luchadoras, inspiradoras, artistas, cineastas, deportistas extremos, ufólogos. La gente se va a sentir orgullosa de que esto se haya hecho en el país. Pero necesitamos dinero para la postproducción”.

Antes de esta serie, lanzaron un cortometraje de 7 minutos, que ya ha sido premiado. Pueden verlo y también apoyar el proyecto del Nómada en este link http://nomad-a.com/.

“Viajar es realmente asombroso. Las cosas que aprendes, las personas que conoces, y las experiencias que vives son más educativas que cualquier cosa que te enseñan en el colegio. Eso es lo fundamental de viajar, ya que las experiencias se quedan impregnadas en ti por el resto de tu vida”. Y son tantas las historias que podría contarme el nómada que, para organizarnos, le propuse un juego. Yo le doy una palabra y él la asocia a una memoria, un lugar, unas personas y una situación vivida. Este fue el resultado.

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EL MIEDO

En Canadá compré un carro por $125 dólares con dos amigos de Nueva Zelanda, dos amigas de Noruega y yo. Todos eran rubios, ojos azules. Yo dije: bueno, vamos a hacernos la misma cosa y me pinté el cabello de rubio. Viajamos por toda la costa de México. Alguien nos había hecho un mapa de un lugar para surfear que nadie conocía, cerca de San Blas. Cruzamos un río de marea baja y llegamos a un pueblo donde no había autos, no había nada. A los dos días, los campesinos del lugar hicieron una barbacoa, mataron una vaca enfrente de nosotros y se me empezó a hacer extraña toda la situación. Me di cuenta de que era un lugar donde producían cocaína. Escuché cuando dijeron: violemos a las chicas, matemos a los chicos y nos quedamos con el carro. Ellos no pensaron que yo hablaba español, porque pretendí que era gringo también. De pronto comprendí que estábamos con el cartel. Tomé el carro y manejé lo más rápido que pude, dejamos todo tirado en la playa: las tablas de surf, las maletas. Lo único que teníamos en el carro eran nuestros pasaportes. Ellos nos dispararon, pero no nos dieron. Manejé hasta que llegamos al río. Yo conocía el camino y escapamos. Nos pudieron haber matado.

Esto es lo que se conoce como el síndrome de Zeus, quieres experimentar, quieres explorar, pero a veces no sabes a dónde te pueden llevar las aventuras.

EL AMOR

El amor está relacionado a todo. Es una palabra muy fuerte y es lo que me ha llevado a viajar por 83 países y 5 continentes durante 20 años. Es el amor que siempre he tenido por las aventuras, por los demás, por saber acerca de otras culturas, por experimentar un amanecer diferente. Es el amor a la vida que tengo que me sigue llevando y me llevará. Si pudiera irme a Marte me iría, pero tengo un hijo, Milo, hace dos años y es el amor hacia él que me hace luchar cada día, levantarme y tratar de ser una mejor persona. Es el amor hacia él lo que me hace sacar mi proyecto adelante. Es el amor hacia él el que me llevará a grandes ideales.

Cuando viajé a Hawai ─uno de los mejores viajes de mi vida─, la conocí a ella, a Tina, en una salsoteca. Normalmente no voy a salsotecas, y ella no sabe bailar. Ella es de Dinamarca. Hemos viajado por todo el mundo juntos, pero en estos momentos ella tiene que estar en Dinamarca mientras yo promuevo Nómad-A.

El amor no es algo palpable, algo que puedas ver o sostener. Es un hilo y puedes estar a millones de kilómetros de la persona que amas, no verla por diez años, y eso no significa que no hayas estado porque tu amor por ese lazo invisible nunca se rompió. Es como cuando no ves a un amigo durante mucho tiempo, es lo mismo con ella. En este último año no la he visto, no hemos podido estar juntos, pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una bella relación, porque ella comprende que esto es lo que hago, comprende que soy un gato salvaje. Ella es lo contrario a mí, ella es una mujer de casa y le gusta luchar día a día para ver los frutos. Milo es el balance perfecto. Tina y yo somos el Gin y el Yang, Milo es la bolita que nos une.

EL PELIGRO

Estábamos en Whistler, Canadá, haciendo snowboard. Whistler es el mejor lugar para hacer snowboard del mundo. Estaba con una amiga de la República Checa, Marushka, y le dije: siempre tomamos las pistas convencionales, vámonos por atrás. Yo creí que conocía el camino. Y la perdí. Y me di cuenta que estaba perdido. Traté de relajarme, pero sabía que las montañas son vida o muerte. Una noche en las montañas y mueres. Comencé a descender y encontré la guarida de un oso, y es muy muy peligroso. Apestaba, porque ya era la época de primavera y es cuando los osos tienen a los bebés y son muy celosos y te atacan. Salí corriendo y encontré un río. Yo sabía que el río me iba a llevar de regreso a la ciudad. Había nieve, estaba congelado y tuve que meterme y nadar durante cuatro horas con mi equipo de snowboard. Eventualmente, salí. Ya era de noche. La policía me estaba buscando, el helicóptero me estaba buscando; yo estaba con hipotermia. Pensé que no iba a vivir para contarlo. Pero siempre encuentro el camino de regreso a casa.

LA SOLEDAD

Estaba en una isla de Indonesia a la que para llegar nos demoramos siete días. Cinco días en carro, dos días en bote. Es una isla donde se encuentran las mejores olas del planeta. Teníamos que llevar provisiones de alimentación, mosquiteras, no había nada. Éramos dos japoneses, un canadiense; Remi, mi hermano francés, y yo. En ese lugar la gente muere por malaria o por cocos que caen de las palmeras; hay demasiados cocos. En ese momento no me di cuenta, pero la historia comienza ahí. Volví del viaje, llegué a Nueva Zelanda y seis meses más tarde caí en coma de la nada. Me levantaba un día, y al otro día estaba en coma. Me levantaba un día, y al otro día en coma. El doctor me dijo que tenía una inflamación cerebral; comencé a alucinar. Veía que la televisión se derretía.

Y estaba solo y estaba al punto de morir. Ellos abrieron mi pasaporte y se dieron cuenta que había visitado Indonesia. Mandaron los exámenes a Indonesia y los regresaron de vuelta y dio positivo. Todo había sido porque me picó un mosquito. Lo único que quería era ver a mi madre por última vez antes de cerrar los ojos. El doctor pidió mi pasaporte porque estaba agonizando, me dijeron que un día más y moría. Me dieron medicamentos, y cuando me mejoré me di cuenta de que ser un nómada es chévere, pero tiene un precio. Es muy duro estar lejos de tu familia, de tus costumbres, cuando no sabes qué te puede pasar. La idea de que te puedes ir mañana y no ver a la gente que te quiere por última vez es atroz. Es lo mismo que siento cuando estoy lejos de mi mujer y mi hijo.

Después de todas las aventuras, de surfear, de dejar la montaña llego a mi casa y estoy solo. Vivir las aventuras es bacán, pero la felicidad es mucho mejor cuando es compartida.

LA COMPASIÓN

Esto fue este año. Yo estaba filmando para Nómad-A, en Salango, cuando escucho unos llantos y unos gritos. Yo pensaba que era un niño el que lloraba, pero eran cinco gatitos recién nacidos que una persona desalmada había al agua. Corrí a ver a los gatitos, les di respiración boca a boca. Tres de ellos estaban clínicamente muertos y se salvaron. Fue compasión porque a mí me da mucha pena cuando un perro o un león ataca a alguien y lo mata, pero nosotros matamos a tantos seres vivos.

Tanto nosotros como ellos debemos tener las mismas reglas. El amor hacia la naturaleza se debe reflejar en el amor que tenemos los unos hacia los otros. La compasión de los otros hacia mí la siento día a día. He conocido a más personas que me han querido dar una mano que personas que me la han negado. Una vez llegué a Alemania y no hablaba el idioma, pero la persona me entendió. Yo quería ir a la casa de alguien, y él pagó por mí diez euros a un taxi para que me llevara. Eso pasa día a día. La compasión de mis amigos, de recibir a un equipo de trabajo de seis personas a donde yo voy, sin cobrarme, llevarnos a comer. Yo puedo vivir día a día de invitación gracias a la gente que he conocido. Tal vez, en estos momentos no tengo nada en el bolsillo, pero cuando yo ofrezco mi amistad o te doy la mano lo hago porque me nace. Cuando yo vivía en Nueva Zelanda o vivía en Japón a mí no me importaba que tú llegaras a la madrugada, yo era feliz de poder darte una comida, un sofá, una cama. Es lo menos que puedo hacer por cualquier ser humano. Y es como un bumerán. Tú tiras el bumerán y regresa a ti. Si tiras el bumerán a matar va a volver a matar. El que a hierro mata a hierro muere; es karma, la ley del universo.

(Publicado en la revista MUNDO DINERS septiembre 2014)