Aprendizaje o el Libro de Los Placeres


Aprendizaje o el Libro de Los Placeres

Clarice Linspector

Siruela, 2008

Reseña

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“Uno se asusta con el exceso de dulzura de lo que es por primera vez”.

 

Les advierto que esta es una historia de amor, y que, por lo tanto, no tiene ningún sentido. Pero, a la vez, es de los libros más luminosos de Clarice Linspector. Les advierto también que la protagonista de esta historia lleva, en un sentido no literal, las tripas por fuera, los sentimientos desbordados. La pobre sufre la desolación de no saber quién es. Hechas las advertencias de rigor, vamos al grano.

Para Lori, Ulises es un hombre imponente. Sabe quién es y qué quiere, está lleno de sentimiento y sabiduría. Es un hombre que tiene la capacidad de revelarle los más íntimos secretos de ella misma. Es un hombre que la desea, pero no la toca, no le hace el amor. Le ha dicho que lo hará cuando ella esté lista para recibirlo, cuando esté preparada para contener la totalidad de su ser. Mientras tanto, él la observa, la ve crecer, la ve experimentar, la ve avanzar por un camino que antes estaba oscuro, pero que se ha vuelto, repentinamente, luminoso. La posibilidad del amor está a las puertas, y ella lo sabe.

 

Hasta ahora, Lori ha aprendido por medio del dolor. Le duele el alma. No sabe por qué, pero ha sido así desde el primer día en que tenga memoria. Nació con angustia. De niña, ya llevaba la tristeza atorada en la garganta. Lori ha estado encapsulada como dentro de un huevo de pájaro, no ha tenido el valor de ver qué hay detrás de las cortinas de sus propios sentimientos. Ha elegido vivir de forma gris: es una maestra de escuela que vive en el pasado, y se aburre de ella misma. Es joven, pero se siente anciana. En los largos días de las vacaciones escolares incluso borda manteles que a nadie regala. O se arregla con mucho cuidado delante del espejo, se viste bonito y se va sola al cine.

 

Pero Lori es también una mujer llena de preguntas que no se resuelven con ningún lugar común, consejo o rezo. Ella sufre de soledad e intuye que todas sus dudas las resolverá un día la experiencia real del amor, pero ¿qué es el amor real y cómo llegará ahí?

Ella pensó que Ulises, por ser profesor de Filosofía, había venido a contestar sus preguntas, pero con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que él vino a des-estructurarlas para que ella las volviera a crear a partir de los nuevos pensamientos que él, en muy poco tiempo, logró incubar en su mente.

 

Ella no entiende cómo es que la mente de él parece haber entrado en la de ella. Pero le gusta y lo siente necesario.

 

“No entender era tan vasto que sobrepasaba cualquier entender –entender era siempre limitado-. Pero no entender no tenía fronteras y llevaba al infinito, al Dios”.

Lori es una mujer profundamente asustada ante la posibilidad de descubrirse, de transformarse en un ser humano completo y dejar de una vez por todas la auto-compasión. Esa es la única manera de estar lista para el amor de Ulises. Y ella lo desea, lo necesita, lo anhela. Pero para llegar a él, Lori debe dejar de temer y dar el siguiente paso: empezar a aprender desde el placer y no desde el dolor.

 

Eso es lo que Ulises ha venido a enseñarle. Mientras conversaba con él, Lori, de pronto, sentía que “estaba en una plataforma terrestre desde donde, en fracciones de segundo parecía ver la superrealidad de lo que es verdaderamente real. Más real que la realidad”. Eran los momentos en los que las dudas parecían desvanecerse.

 

Clarice Linspector es una maestra de la duda, del miedo, de la falta de confianza en sí mismas que sufren las mujeres. Crea este fascinante personaje, Lori, que se parece a cualquiera de nosotras en sus fueros más íntimos.

 

Este es el perfil de una mujer que quiere vivir la vida real, pero día a día elige quedarse en casa bordando, haciendo nada, sufriendo la incertidumbre de no saberse. Una mujer que un día ve delante de ella lo que tanto, a solas, había pedido al Dios. Al hombre que pueda librarla de su simpleza. El hombre que la enfrenta a ella misma, que la obliga a mirar su belleza original al espejo, que la reconcilia con su pasado. Ella intenta huir, intenta fingir, intenta todas las cosas que intentamos las mujeres. Pero nada funciona, ella necesita cambiar. Todo su ser se lo pide.

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Las antípodas


Los humanos aúllan como fieras
y las fieras parecen humanas.

Ósip Mandelstam

 

 

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Las antípodas están ubicadas en los extremos de un mismo espacio. Parecen irreconciliablemente alejadas, uno imagina imposible la unión entre estas dos fuerzas, porque las antípodas son siempre fuerzas. Son el poder de uno y otro lado. Pero las antípodas, por estar situadas en puntos opuestos de un mismo espacio, se pueden unir con líneas, dice Nadiezhda, la mujer de uno de los poetas rusos más grandes del siglo pasado, Ósip Mandelstam.

Tal vez yo soy él, soy el poeta ruso. Hoy en este trópico, lejos de su memoria, sepultada en un país de personajes malignos, lloro ante su tumba. No importa la Historia que nos arrebatan, importa la historia que construimos en los bordes de ese círculo en el que se juntan las antípodas para desgarrar la carne de todos los que lo pueblan. Mientras más al centro del círculo te encuentres, menos posibilidades tendrás de salir. Los poetas como Mandelstam están, mentalmente, fuera del círculo y logran ver lo que ocurre dentro de él. El poema que cambia la vida de este hombre no fue escrito. Él lo llevaba en su cabeza y lo dijo una noche a unos amigos. Siempre hay un delator, un pagado, una escoria. La rata con dientes humanos recitó el poema delante de los hombres de las botas negras. ¿Este poeta, Mandelstam, es uno más del montón, o es un genio de la poesía? había preguntado Stalin, porque de ser lo segundo habría que anularlo primero.

Nadiezhda conduce, llena de sabiduría, a quien se atreva por los laberintos de la mente criminal de quien ha acaparado todo el poder posible en un país que cada día se hizo más frío, más lejano y más inaccesible para quienes conservaron un rastro de humanidad entre sus manos. Ellos, los que contra toda posibilidad, todavía sonrieron, todavía creyeron en días y noches mejores. Es imposible exterminar la esperanza de la raza humana. Si acaban con una generación, con la siguiente ya no podrán. Eso lo enseña la historia, y lo enseña el relato de Nadiezhda. Esta mujer, a sus 65 años, escribe un libro de más de 600 páginas que no sólo sobrecoge, sino que marca y lacera. Describe y explica cómo es que las ratas negras del miedo se multiplicaron tanto que se convirtieron en el agua que todos bebían, en las nubes, en el alimento, en las palabras, en las pesadillas de niños y adultos. De qué extrañas y efectivas maneras la esperanza de sus contemporáneos fue agonizando para darle paso al horror, a la muerte, a los monstruos que alimenta el totalitarismo.

Ocurrió, ocurre.

No pude terminar de leer este libro. Me llené de amor y admiración por Nadiezhda y por Mandelstam, pero en mí, así como en el país que ella describe, así como en el corazón del hombre a quien ella tanto amó, pudo más la angustia, el miedo, el llanto.

Marcela Noriega mata a su padre


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POR: MARÍA FERNANDA AMPUERO.
(Texto publicado en la revista literaria Matavilela y en la revista FUCSIA, diciembre-enero 2012).
Marcela es –tiene que serlo- la hija favorita de alguna diosa.
No se explican de otra forma tantos dones reverberando en un mismo cuerpo, en unos mismos ojos de uva negra recién lavada. Pero si hay que quedarse con un don, quizás el más espectacular es el de la risa. Su risa -efervescente, gozadora- niega el desamor.
Marcela Noriega ríe como si nunca hubiese llorado.
Pero la mujer que ríe -y se le forman unos increíbles hoyuelos de bebé- también escribe y la escritura es el vehículo por el que se muestra como realmente es: sensible, vulnerable, melancólica, interrogante.

Mi risa no significa la fe, más bien es el desaliento hecho mueca, la compresión del vacío que me rodea, los años expresados en un estertor.

El verso anterior es uno de los veinticinco epígrafes que abren cada capítulo de Pedro Máximo y el círculo de tiza, la primera novela de esta escritora guayaquileña, conocida sobre todo por su trabajo periodístico, su deslumbrante poesía y por ser alter ego de Lilith, la columnista de sexo que incendia la revista SoHo.
La novela, resumiéndola mucho, es la historia de una mujer que quiere entender qué vida tuvo su padre para ser el déspota que es y al mismo tiempo la de un hombre prisionero de sí mismo que no es capaz de alcanzar –amar- a nadie.
Pedro Máximo, el protagonista, está inspirado en el propio padre de Marcela, fallecido hace 11 años. El año pasado, 2011, a los 33 años, la escritora sintió que en los números había una señal cabalística y se dejó llevar por esa historia -la suya- que quería salir, que necesitaba poética, cierres. Decidió contar para curar, así que hurgó en su inconsciente, en la memoria familiar. Llenó los vacíos con ficción, convirtió los sueños en símbolos poderosos, reinventó la realidad para entenderla y –quizás- enaltecerla. Escribiendo como quien abre puertas, Marcela dejó salir personajes que eran también su madre, su padre, ella misma y el hombre al que ama.
-El origen es la historia de mi padre –dice Marcela y se retracta enseguida-. No, ese no es el origen. El origen es que yo me enamoré de un hombre que se parece a mi padre y de ahí tuve esa idea del círculo de tiza. La historia de Pablo y Piedad es la típica historia de una mujer que se enamora de un hombre que se le parece mucho a su padre y que tiene esa intriga por saber por qué es así. Mi padre era tan hermético, nunca hablaba. Entonces me di cuenta de que la historia de mi padre necesitaba escribirla y finalmente se volvió mucho más importante que la otra.
En Pedro Máximo y el círculo de tiza un pájaro de desamor sobrevuela cada una de las escenas, incluso las más carnales y voluptuosas. Y el silencio es un personaje. No cualquier silencio: es ese cargado y resentido de las casas en las que el marido -el padre- genera miedo. Escribir lo que estaba oculto en su vida fue para Marcela una terapia y un acto de reconciliación con su padre, que murió con el carcinoma del rencor hacia la madre que lo abandonó.
Tal vez por eso, por explicar, por no repetir y por perdonar, Marcela decidió reinventar a su padre. Aunque doliera, le dio vida (como hizo él con ella) y luego lo mató en la ficción para ser libre, para, como explica el psicoanalista Arnoldo Liberman el concepto freudiano de Matar al Padre:

Los malos hijos, o sea, los buenos hijos: todos intentan matar al padre, ergo, todos buscan su autonomía, su realización, afirmar su ser y desarrollar sus tremendas capacidades.

Desde esa búsqueda, Marcela Noriega escribió su novela. Ahora, después de unos meses de su publicación y al ver el éxito que ha tenido sobre todo en grupos de lectura femeninos, lo que quiere la autora es ayudar a otras personas a vivir esa especie de limpieza interior. Así lo explica ella:
-Estoy desarrollando un método para poder, a través de la escritura, hacer una sanación espiritual. Cualquier persona puede, no tiene que ser escritor. Hay que hacer un viaje al inconsciente, no solamente al pasado o a la memoria, porque ahí es donde está el dolor y todos los demonios que nos atormentan. Quiero dar un taller para mujeres porque creo que las mujeres no somos conscientes del poder que tenemos: el primer paso es mirarnos al espejo y dejar de vivir la historia de los demás (marido, hijos) para contarnos nuestra propia historia.
“Volar es un ejercicio de soledad”, ha escrito Marcela. Y ahora lo que busca es propiciar que otras mujeres puedan sumarse al vuelo libre una vez que estén cerrados sus propios círculos de tiza.
Pero lo primero es lo primero: leer la novela.