Bajo el nogal del olvido (poemario)


Bajo el nogal del olvido

(Lilit atravesando su oscuridad)

Guayaquil, 2011

*Antes de viajar a España, donde inicié un profundo trabajo de introspección que dio paso a mi primera novela, escribí este poemario lleno de dolor y oscuridad. Antes del inicio del amanecer de mi alma, que empezó a finales de 2012, la noche que viví fue muy negra. Soy parte de esta humanidad que transitó conscientemente su duelo, su ruina, su sentimiento de separación.

Ahora, desde el perdón y la consciencia de unidad, abrazo la oscuridad que tuve que transitar y la vuelvo luminiscencia. Ya no hay nada que sanar, ya no hay nada que perdonar.

* Nací el 11 de noviembre. Según el calendario druida o astrología celta, nací bajo el signo del NOGAL. Los celtas cultivaron una cosmovisión muy enraizada con la naturaleza. Es por eso que sus ideas sobre la metafísica y la predestinación se basaron en los árboles. Están bajo la protección del nogal los nacidos del 21 al 30 de abril y del 24 de octubre al 11 de noviembre. Este árbol está relacionado con la profecía. Su virtud es la pasión y sus frutos (nuez) son considerados acreedores de poderes afrodisíacos.

Eros que paraliza los miembros,

esa serpiente que otra vez me intranquiliza…

dulce, amarga e invencible.

Safo

Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido…

Alfonsina Storni

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Jorge Luis Borges

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I

Soy la realidad, la nada que permuta

Escarcha después de un naufragio

Vacíame cuando ya no queden huellas de mi voz

Mantenme consciente cuando me arranques los ojos de piedra

Quiero sentir las lágrimas en el acantilado

Ver que giro como un trompo enloquecido

Rasparme las rodillas y el corazón

Haz que mi sol desaparezca

Y las comadrejas de los silencios me dejen ciega

Pero responde a mi llamado.

(oración para Dios)

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II

Tu extravío empezó el día en que te llevé a ver las gaviotas

fue entonces cuando quisiste volar junto a mí

Escudriñé tu rostro, tu cuerpo, incluso miré debajo de tus párpados

Te mostré cómo debían moverse las alas,

cómo era flotar sobre los torbellinos

Te solté desde lo alto.

Volabas invencible, alrededor del sol refulgente

De pronto, diste un grito de vida que sonó hueco, desolador

y te despeñaste por un abismo sin fondo

Mis ojos te buscaban en el horizonte oscuro

Descendí hasta lo más profundo de tu averno

y estando abajo, muy abajo, te encontré

en la luz negra de la pupila de los vagabundos

Estabas enojado, irascible

resollabas como un lobo herido

como el mar te aventabas sobre los rompeolas

Maldijiste el presagio de las gaviotas

Te volviste contra mí, me llevaste al borde del barranco

Cortaste con tus dedos finos mis manos aladas

las despedazaste sin necesidad de cuchillos

y me lanzaste al vacío.

III

Escuché unas voces sordas en la playa

Pretendía caminar a solas, como si no te buscara

las patas de mi angustia me llevaban directo hacia el arrecife

a tientas, las largas horas de la madrugada me envolvían

como en un frenesí que no sabía comprender

A lo lejos, una pareja reía y tomaba vino

dando grandes alaridos de alegría

Caminé hacia el borde costero creyendo reconocer tu rumor

te vi recostado en las piernas de un fragmento nebuloso de mujer

la besabas en los labios y acariciabas sus largos cabellos

Mis entrañas saltaron de golpe, dieron un grito ahogado

Los cerros de alrededor parecieron cernirse sobre mí

La consciencia de ese encuentro mortuorio me sepultó

llenó mis venas de fiebres y fúnebres cantos

Tu máscara secreta cayó delante de mis ojos

El amanecer aún era lejano.

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IV

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puede ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza,

y me has dejado enjaulada en el espejo

con mis ojos, senos, vísceras, palabras sublimes

sin eco en los cielos del desvarío.

V

Prefiero la paz de los ignorantes al acecho cruel de la certeza

la bala que has disparado ha entrado por la mejilla

y se ha alojado en la sien

la llevo desde el 28 de mayo, el día en que deshabité la duda

en que me volví un negro cuervo que se sienta a esperar

la muerte de alguien para empezar el festín

Mientras tanto, tú duermes plácido

alejado de todas las tempestades que han llenado mi corazón

con olores como de entierro.

VI

No lloro tus naufragios

ni el poco alcance que tienen tus ojos para ver el amor

Lloro tus minucias cotidianas

los egoísmos de la nostalgia,

los recuerdos que perdí la noche de tu mentira

Lloro la zanja en la que he venido a caer, y el arrebato

La sequedad de mi antiguo río, que corría suave

por los vertederos de tus cosas sucias

Lloro los sueños y los campos que ya no serán

Las páginas en blanco, los ventanales cerrados

La mudez, el extravío, tu embriaguez mientras me alejo.

Soledad

VII

Estuve sedienta muchas veces junto a tus canales

la poca agua que de ellos sacaba me dejaba los labios partidos

por el azufre y la sal

Gritaba mis deseos en tus oídos que llevaban prisa

de morir

No había respuesta para mis reclamos

Tu carne permanecía inmóvil como letra de obituario

Yo dormía arropada por tus dudas, tus miedos,

mirándote lánguidamente desaparecer al paso del tiempo

como un anciano que teje su mortaja.

VIII

Nadie usa la palabra “olvido” como tú

Eres experto en echar tierra sobre las personas

que dijiste amar un día siniestro

Tan perverso, tan pequeño tu escondrijo

lleno de telarañas y pelambre,

de días tristes y mutilados,

de canciones que evocan una alegría zaina

Hasta este lugar sombrío me has traído

para sepultar mi memoria entre esqueletos incompletos.

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IX

Las aguas han crecido tanto que amenazan con ahogarnos

de sollozo en sollozo, de sombra en sombra

La cal ha sepultado nuestras alegrías

Hemos olvidado lo hermoso del pastizal

Ya no sabemos cómo conducir las bridas del caballo azul

en que nos montamos la tarde del preludio

El lodo llegó para arrasar soles y apetitos

No quiero amamantarte más con mis pechos desabridos

Amor que no me ama

Estamos anegados, la ceniza nos ha enceguecido

Naufragamos en pleno amanecer.

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X

Pensabas que estaba loca

porque probaba el aire con la yema de los dedos

y me deleitaba en oler tu sudor de árbol cansado

Creías que deliraba

porque descansaba bajo tu sombra

Buscaba en tus ojos el deseo constante de poseerme

y en invierno me cobijaba entre tus brazos pequeños

Porque creía en ti,

A pesar de que no eras el emperador de tus cuentos

ni el profeta que dijiste ser

Estaba loca, pero loca de destino.

XI

Será demasiado tarde cuando el Sol nos alumbre

Ya no habrá nada que salvar cuando venga el deshielo.

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XII

Dormí durante seiscientas noches junto a un escorpión

de largas tenazas,

por cabeza tenía una nube de presuntuosas ideas

y por corazón una piedra encadenada al hastío

Sé que en secreto deseaba mi muerte

como desea la muerte de cualquier mujer que intente cubrirlo

de paz, de frutos, de flores y aguaceros

Yo insistí en el verano, en la luz lunar, en el latido

Él nunca creyó que era posible el callejón con salida

Corrió impetuoso detrás de su ruina

Una vez más, se estrelló de bruces contra el cieno.

XIII

Cometí un error al encerrar tu vileza en mi ropero

Al esconder tus anzuelos, ignorar tus gritos de chacal

Te llevaba el desayuno, preparaba el té y la merienda

Te acostumbré a las lentas mañanas, a las horas tranquilas,

a las sábanas limpias, al abrazo, a la delicia

y me olvidé de la negra planta que crecía escondida en tu interior

Una noche se hizo tan grande que tapó el sol con sus ramas podridas

Saliste con estrépito, árbol de sangre

Corriste detrás de una maldad simple, ridícula

La planta devoraba tu piel, devoraba tu rostro

Tú vociferabas como un canalla hambriento

Dejaste tu alma regada por el suelo

se quejó emitiendo roncos quejidos

con sus hermosos ojos abiertos y despiadados.

XIV

En tu pelo nadaban pensamientos como peces

yo los capturaba y los guardaba en un cajón secreto

donde dormían prisioneros madrugadas eternas

La noche en que te convertiste en araña, los liberé

quise que te devolvieran la calma, el sentido

pero eras una paloma enardecida, dos horas negras

Nadie supo nunca cuál era el camino a tu cabeza.

XV

La hora te ha llegado, hombre de murallas

Eres un condenado a ser hoja bajo el nogal del olvido

el gusano en el pico de una enorme ave

Te creías un inmortal diocesillo,

un temporal que arrasa con cuerpos y mentes

Mimabas tu dura apariencia como si fuera a salvarte

de las jaulas que tus propias manos fabricaban

Nada puede redimirte, pequeño mortal encorvado

Has caído en la madreselva de la soledad.

XVI

Nadaste en el líquido amniótico

sin percibir las crueles intenciones que tenía tu madre

Bebiste de su leche sin saber quién era tu enemiga

Naciste en un remolino, una noche de oscura tormenta

iluminado por un candil, vio la luz tu primer grito

Después, las mujeres,

transformadas en múltiples asesinas

te provocaron sueños húmedos

Lamiste los líquidos de las dueñas de tu amargura

Te derramaste en los pechos de tus tiranas

El agua con la que saciaste tu sed

era de aquellas que quisieron tu ruina

Tus piernas tiemblan ahora delante de mi silencio

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XVII

Te penetro en las tardes sordas

Mis cortinas vuelven rojo el aire, sangran

sobre nuestros miembros desperdigados

Muerdo más de cerca tu nombre

Bebo de tus párpados nocturnos, tus pequeñas poluciones

Los remotos pensamientos, el azar

Te diseco y te cuelgo entre mis mudas concavidades

Devoro lo más sucio de tu intimidad

Te camino en los días de muerte

No te salvo

XVIII

Las premoniciones se han apartado de mi mente

No sé cuánto durará esta confusión

Aparezco inconclusa delante de tus estruendos

Sonrío por miedo a morir en un ataque de llanto

Agonizo delante de tus piedras filosofales,

de las poderosas embestidas que le das al mar

Tu leche sigue derramada en mi garganta

Desconozco si el tiempo la hará desaparecer

Eres un animal de patas rotas

El error de un dios en andrajos

Pero aún quiero montarme en tu voz y cabalgarte

como un advenediza de pelo enredado

Saltar dentro de tus instintos para adueñarme

de lo que a nadie muestras: tu alma descosida

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XIX

Atravieso las olas consiente de que el mar

conspira y desea tragarme

Cabalgo libre, fiera, salvaje y eterna

Soy una gaviota de alas largas

Llevo a mis muertos en el lomo

No los invoco

Ya habrá tiempo

Siempre habrá tiempo para el dolor

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XX

Todos los duendes se han ido con sus cantos de selva

Las memorias de otros quedaron sepultadas

En mi cabeza solo hay una estampa de nubes

Me detengo en medio de la ruta para seguir el escalofrío

y tu música negra me atraviesa como una hojilla cortante

Tus colmillos rasgan mis antiguas visiones

Me hacen olvidar los sonidos que amé

Llevo los pies carcomidos

Las manos llagadas por acariciar a tanto falso dios

Te adueñas de mi voluntad y atas mis ojos a tu deseo

Me llevas a la habitación de tu aliento

donde la voz de Morrison dormita.

En tus manos soy una diminuta ración de vida.

XXI

Otra noche, otro día pasó

Volé sobre el mismo templo de carne, y el sigilo

Asistí al ritual de la poderosa hambre

y repetí la sensación de morir y resucitar

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XXII

Pueblas mi consciencia de remotos augurios

que resbalan por mis rodillas

Me sujeto de tus trenzas como a un soplo envenenado

Te mueves a tus anchas en mi interior convulso

Me vuelves una criatura apacible,

una sirva lista para el sacrificio

Sonríes y me atas a tus dientes

preparas tu mejor pócima y la derramas en mi estómago

Me estremeces

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XXIII

Mi places es un útero en el que existes sin prisas

Una multitud de insectos te da la bienvenida

La tierra se abre en dos y se traga, por un momento, toda la maldad

Llevas puesta una canción que moja mi memoria

Como humanos alados flotamos en ríos de saliva azul

Ignoro cuál será la forma en que me darás muerte

XXIV

Te hallé en la puerta de mi risa,

en la casa de mi delirio, en la ventana de mi gemido

Camino sobre las líneas de tus manos

Me pierdo en sus múltiples abismos y me encuentras

Abierta en dos mitades como un pequeño durazno

Tus miedos me han atado al piso

Son irascibles duendes que me sepultan

Lo intento, pero no puedo mirarte a los ojos sin salivar por amor

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XXV

Tu boca se abre y me traga por partes

mi lengua, mis muslos, mi dureza,

mis pezones delirantes, mis montes y concavidades

Los ventrículos izquierdo y derecho

de un corazón que late furioso

como un dios al que le han quitado la fe

XXVI

Una burbuja se eleva tierna y zumbante

hacia un cielo que nunca alcanzará

El dolor flota en la distancia

transforma en pesadilla este sueño circular

Los pasos que caminé, las huellas que estoy por dejar,

el cúmulo de nubes,

la tierra impregnada de tu piel,

la savia que tu perfume exhala

son los demonios que bailan en mi habitación

en círculos perennes que todo lo simulan

y hacen del cielo una pomposa deformidad

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XXVII

Un día me cuelgo de tus pensamientos

y al siguiente desaparezco como una mujer luciérnaga

Parezco esgrimir una oración a la vez que te declaro la guerra

Me esparzo sobre tu frente

Te percibo en el recuerdo de las sábanas,

del balcón, de la cópula y la saliva cortante

Nuestros testigos silentes, los días y las sílabas

se han ido con tu último grito

Mi densa lágrima te acompañará

como un rocío nocturno, lacerante

XVIII

Caminas como un león enjaulado por esta ciudad,

como un feto ahogándose en un frasco de alcohol

Aunque lleves serpientes en las venas, jamás dirás nada

Te ha sido negada la palabra, el flujo de la sangre verdadera

Todo en tu boca es una mentira

La ciudad que te aniquila y te desmenuza

Se parece tanto a ti

A tus cabellos que cuelgan largos como pesadillas

A tu pecho, lleno de vellos y dolorosos agujeros

A tu voz gruesa, a tus desiertos, a tus fantasmas

A tus silencios, a tus eternas ganas de llorar

sueños

XXIX

El raro milagro del deseo aparece sin que lo llames,

te visita y te sumerge en aguas conocidas

en las que nadas sin mí

Unes las huellas que dejé como un rosario profano

Cierras los ojos al mundo y te concentras

en tu aliento encendido

Pasas tus dedos sobre mi universo

y me sometes

como los días a los hombres

como los hombres a los cielos

como los cielos al mar

XXX

Llevas en las muelas el sabor

que te vuelve un hambriento ocelote nostálgico

Tal vez, ya no existo en ninguna de tus dudas

Mujer con vestido blanco

XXXI

Fui una loba sin piel en tus fauces,

mariposa de cuerpo grueso, alas estrechas y vuelo ligero

Ahora soy la de antes del cataclismo

llena de marcas sangrantes en el cuerpo

Soy la que completa el orgasmo con la palabra

que sale de la mina que perforabas con rabia y crueldad

Me fui porque extrañaba ver el mar

XXXII

Sigues rogando, imagino

que los pasos que doy me lleven a tu tabernáculo

que vuelva a cazar nubes delante de tus ojos

que regrese a poblar tus entrañas

Pero me he ido

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XXXIII

Veo en el espejo de tu desnudez mi rostro desfigurado

Me alejo como el aire, y tu voz se hace diminuta

El camino de regreso es imposible

XXXIV

Recuerdo un día en que éramos de sal

y permanecíamos recostados uno al lado del otro

en una mina caliente, alejados de la lluvia

Nada podía desbaratar la cueva de nuestra paz

Los halcones volaban lejos sobre mares desconocidos

Éramos ignorantes de los precipicios

Cantábamos canciones de perros

Imaginamos que el mundo no cambiaría

y que nosotros, en él, jugaríamos sin despertar

debajo de una manta de risas

De pronto, el mundo se hizo enorme, y llovió

dentro de nuestra cueva

El agua colmó nuestra antigua casa

Corrimos intentando buscar un nuevo sentido

En la huida olvidamos la atadura de nuestras almas

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XXXV

En el vacío despierto

con agujas clavadas en las encías

Lo locura impide el descanso

yo tiro y tiro de tu nombre

hasta que aparece dormido sobre mi vientre

Las voces de esas lejanas sensaciones me abrazan

y me consuelan

como en una marea de tiempos y cosas

que no terminan de llorar

XXXVI

Tu piel es oscura como la de un mal agüero

Sé que me vigilas desde el lugar de las arañas, nuestro pasado

el muelle traicionero de tus palabras

No eres más que una polilla

que merodea tu rostro, que es mi profecía

XXXVII

Vivo en un lugar abstracto, donde los unicornios paren realidades

Y los peces viajan en mi humedad violenta,

en mi manía de querer ser única,

incorpórea, irreal, inasible,

dueña de mis propias visiones, y del abismo

Te pueblo, te habito, te domino, aún a lo lejos

como la luna a los ojos de los náufragos

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XXXVIII

Ahora que el mar se ha retirado

He logrado ver mis pies y la tierra que los sostiene

Nunca me había parado en todos mis dedos

ni me había quedado inmóvil sobre mi sombra

ella permanece en tus entrañas

mientras tú corres como un atontado ciervo, buscando

arañando los suelos duros con las patas,

persiguiendo su voz

la única que sabe su nombre

XXXIX

Todos tus segundos se parecen al Sol,

inmutable y aislado, solitario e impávido

La misma cara, olor de cartón, iguales nostalgias

Pasaste todas las edades cercado de lenguas líquidas

que te hacían ver amores, supersticiones, falsos encuentros

Podrías ser el cosmos hecho carne y huesos,

el esqueleto del Universo

pero no eres más que una palabra hueca,

la mudez de los desiertos

Un animal asustado y hendido

en el costado donde un día tuvo puesta el alma

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XL

Veo pasar los mil días de mi vida

Incólume y hecha trizas por un par de ojos vulgares

y extraordinarios

Los ojos de un mago que ha matado la certeza

XLI

Mi voz se estanca en el suelo

como un racimo de uvas putrefactas

estoy fría y vacía,

esperando el calor de otra noche entre pelos fugaces

Sonrío y sobrevuelo tu cabeza

Desnuda soy más que la ficción

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XLII

Adiviné tus intenciones, pero nunca te detuve

quise colisionar contigo en un descampado

Yo soy de marfil, y tú de un leño muy fuerte

Entre el caos y las piedras que me lanzaste

Entre la mentira y la mudez con que te herí

nada quedó, salva hilachas de lo que fuimos

un pedazo de hielo derritiendo a una roca

 

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XLIII

El cansancio se esparce por ósmosis

a lo largo de esta habitación a media luz

Tu enojo es una gota congelada en medio de mis piernas

Siento que la batalla no terminará hasta que uno de los muera

XLIV

Toda la noche pasé en los brazos del extraño

Pero no consigo liberarme de tu aliento

Pregunto dónde estás

Te llamo dos veces, a gritos, en la madrugada

El único que responde es mi gato en la puerta de mis nervios

Te espero acostada sobre una nube de insectos

todos llevan tu nombre tatuado en las patas

XLV

Te gustaba embriagarte, rodear el pozo de la locura

decir cosas sin sentido, espejismos que inventabas

comulgas con los peores malandrines, apestar a escombro

Te gustaba el Cristo de los roedores, el santo de los descosidos

Abrir las piernas de mujeres truhanas

El engaño, la cópula fácil en los baños azulrojizos

Te gustaba mi cabeza contra la almohada

Apuntarme con tu dedo curvo y pisarme con tus patas de alacrán

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XLVI

Iré tras los pasos del caminante

que lleva mi luz atada a sus pies

Rogaré por una insignia, por un sentido

Me arrodillaré

Y él me dirá que me levante, que vuelva a la cama

de donde salí descubierta y vacía

que regrese a mi angustia y mi dolor

Él visitará mi habitación

y coronará de semen mis labios

su barbilla rozará tanto mi pecho

que lo dejará rojo, herido

Yo lloraré en la sombra, en el ángulo de su voz

lo llamaré por las mañanas ¡Elí Elí!

Y él no se volteará

Se irá con sus harapos

a habitar otro cuerpo, a arrancar otros ojos

riendo, siempre riendo

XLVII

Eres un irreconocible cuervo que se estrella contra mi ventana

Haces ecos de pájaro moribundo

La puerta sangra, la ventana suda, pero no abriré

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XLVIII

La muerte es una circunstancia que ocurre al amanecer

cuando nos hayamos deshabitados

Supe que morí hoy dos veces

me mataron y me maté

Él se había llevado mi cuerpo lejos

Lo escondió para que nadie se enterara

de su crimen

Allá, en lo alto de una mentira,

fui a rescatarlo

Estaba frío y amoratado

Había sido envenenado

Lo traje a mi lecho para limpiarlo

Le pedí perdón por haberlo dejado solo,

a la interperie, expuesto a los buitres

muerto, aún se quejaba con un sonido atroz

Lloraba por los ojos, por los oídos, por la piel

No soportaba verlo así tan doliente, tan roto

Por eso, decidí volver a matarlo

Esta vez con mis manos

Le tapé la boca y le quité el aliento

para no volver a escuchar más su llanto

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XLIX

Traes a mi ángel en brazos y lo depositas a mis pies

para que lo contemple desnudo

No puede moverse

El aliento de la angustia le late entre las piernas

Su latido es débil, pero llega allá donde la voz se disipa

Apago la luz y lo escondo entre las cobijas

No quiero una cruz

mi ángel no morirá esta noche

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Amanezco en tu cabeza, en tus agrandadas ojeras

Duermes enredado en una manta tejida por palabras que detestas

apestan a moscas ebrias

Te revuelven las tripas con una cuchara oxidada

La herrumbre está en todas tus cosas

Mi lengua, en la mitad de tu ombligo

No puedes escapar de la ubicuidad del desastre

Y el desastre eres tú

Tú en mi espalda, en los pegajosos estribillos, en el silencio,

en las ventanas, en los cerrojos, en el hedor de tus muertos,

en el whisky, en el abismo lunar del misterio

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28 de mayo de 2011

Los días sombríos se han extendido sobre el mundo

Aún falta más oscuridad

una que jamás nadie ha visto

Una mariposa azul revolotea adolorida

hace un leve ruido de vida

Aparece destruida por fuera, sus alas son como un cataclismo

Ya no creo en los hombres

Todos han fallado

Intento liberarme de la condena que es el azar

hallar la ruta antigua, mas es borroso el horizonte

Me tienta la muerte como a un jinete en la batalla

He nacido mujer

Esta noche soy calamidad y espina.

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Puná vieja, un pueblo por entregas


Redacción: Mundo Diners

 

Investigación: Marcela Noriega, Fotos: Mauro Sbarbaro 

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Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

Capítulo I: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

Capítulo II: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

 

Capítulo III: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

Capítulo IV: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Capítulo V: El amante

El hombre que ayuda a Ángela Parra a enlistar jóvenes en la armada se llama Segundo Reyes Gonzabay y es el propietario de un discreto imperio compuesto por tres hoteles que aún no termina de construir, el dueño de varias embarcaciones de pesca y transporte y, además, el empresario emprendedor que construyó la única fábrica de hielo en una isla donde lo que se acostumbra es el calor. Y Segundo Reyes Gonzabay es, también, el amante de Ángela Parra; aunque quizás lo correcto sería decir que Ángela es la amante de Segundo, pues quien está casado es él y Ángela, sin empachos ni cargos de conciencia ni remordimiento cristiano alguno, dice que su esposa, la mujer de Segundo, sabe perfectamente que ellos llevan diecisiete años juntos. Diecisiete años… la misma cantidad de tiempo que llevan sobre esta tierra los chicos que Ángela y Segundo tratan de salvar. Los chicos que ojalá vuelvan y cambien las cosas. Los chicos que ojalá nunca regresen.

Capítulo VI: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

Capítulo VII: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

Capítulo VIII: El Diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

Capítulo VIX: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

Capítulo X: En una noche sin luna

Sixto Ambrosio Parra y doña Jesús Campuzano, los padres de Ángela, viven en Boque Anchal, una comunidad de quince casas dispersas en el noreste de Puná, hasta donde se llega por un camino de tierra que atraviesa un paisaje lleno de ceibos gigantes y árboles frutales. Tienen dos casas, una a las orillas del río, donde viven, y otra, más pequeña, 150 metros río adentro, donde pescan, una cabaña que parece flotar sobre el agua. Allí, en la cabaña que levita, estaba Ángela la noche en que escuchó un silbido extraño, el mismo sonido que anuncia la presencia del Tin Tin. Ángela, que por toda compañía tenía a su perro Chocolate, volvió a la orilla remando sobre un pequeño bote. El Tin Tin iba detrás de ella, pero Chocolate lo detuvo y se trenzó con él en una ruidosa pelea justo en la puerta de la casa. Esa noche, el perro desapareció. Volvió al día siguiente con el pecho rasguñado y sangrante. Semanas después, Chocolate murió y Ángela, que por entonces tenía veinte años, se fue a vivir a Guayaquil por más de una década.

Capítulo XI: La hija del Tin Tin

Hoy por hoy, Ángela tiene 48 años de edad y las características de las mujeres que, según la leyenda, son perseguidas por el duende lujurioso: su cabello es negro y abundante, sus caderas amplias y generosas, sus cejas pobladas y cercanas entre sí. Así debió ser también alguna vez Victoria, amiga de la familia Parra y comadre de doña Jesús. La madre de Ángela cuenta que Victoria, lavandera de profesión y residente de La Pólvora, una comuna no muy lejos de Boque Anchal, fue hipnotizada por el Tin Tin y quedó embarazada. Victoria tuvo una niña que nació con los párpados pegados, “como moquillo de pavo, fea, fea, fea” y murió a las pocas horas. En un lugar que conoció en Internet hace nada más que un año, anécdotas como esta son productos básicos de consumo masivo, una forma de entretenimiento y una razón para que los días no se sucedan sin distinciones. Pero, en el siglo XXI, hay demonios más inmediatos.

Capítulo XII: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Capítulo XIII: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Capítulo XIV: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

Capítulo XV: lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

Memorias de Héctor Napolitano


artworks-000025277401-2ninh2-original“Me acuerdo de las palmeras de coco en el patio de mi casa, en el cerro Del Carmen. Yo siempre pasaba trepado en los árboles de mango y de almendra, y esquivaba las casas de las avispas y las hormigas. Me acuerdo que me regalaron mi primera guitarra a los 9 años, en Navidad. Ese mismo día se incendió la cocina. Me acuerdo de los bomberos que con el chorro de agua empujaban por el piso el pavo, las biscotelas, la olla de chocolate. Me acuerdo que entraban y salían bomberos de la casa con mangueras y que yo tocaba la guitarra y no me importaba lo que pasaba a mi alrededor.

Me acuerdo que en las horas del recreo los curas pedófilos de mi escuela nos hacían entrar a un cuarto oscuro para tratar de sodomizarnos con besos en la boca y caricias. Pero yo, a los 10 años, ya había conocido los secretos del amor. La primera vez que lo hice fue con una de las domésticas, así que los curas se pegaron un vare conmigo.

Me acuerdo de estar tocando la guitarra en los bares con la gente mayor y a mi madre sacándome en quema, arreándome, con un látigo. Me acuerdo de todas las palizas que me daban por malcriado y vago.

Me acuerdo que en la escuela yo era bandido y tenía una banda de niños pedigüeños.

Me acuerdo de la primera mujer de la que me enamoré y que me engañó diciéndome que yo había sido su primer hombre. Me enseñaba la sábana manchada de sangre y resulta que era el período lo que tenía. Me acuerdo de que me escondía en el clóset de la casa hasta que la mamá me encontró.

Me acuerdo de las grandes comilonas y de las cangrejadas los fines de semana con la familia materna. La típica matada del chancho a las seis de la mañana. Me acuerdo cómo le torcían el pescuezo a las gallinas, y cuando llegaban los grandes cargamentos de langosta. Me acuerdo de las mandíbulas de tiburón que adornaban los cuartos de la casa.

Me acuerdo de mi primera canción que la tocaba el compositor Lucho Barrios, se llamaba El Cristo de Oro. Y de que mi primera presentación profesional que fue a los 10 años, en Pedro Carbo. Me pagaron 15 sucres. Siempre tocaba en pantalón corto. Me acuerdo de que me levantaban para tocar a la una de la mañana. Yo estaba muerto de sueño como cualquier niño.

Me acuerdo del viaje a Sierra Nevada, en Colombia, en el año 75; de los viajes en tren y de cuando me robaron mi guitarra y mi violín en ese país. Me acuerdo de haber vivido con los indios cobis y de conocer a los mamas, personajes de más de cien años. Me acuerdo de mi primer viaje de hongos alucinógenos, y de que la primera vez que fui a Miami llevé una onza de marihuana.

Me acuerdo de haberme comprado unos zapatos en Italia que me quedaban chicos, pero igual me los puse. Me acuerdo de la cara que puso mi amigo Antonio Del Campo, el pintor, cuando lo fui a visitar en su casa en Barcelona. No podía creer que un cholo auténtico y de recursos limitados como yo lo fuera a visitar. Hubo una gran borrachera con vino y hachís. La primera noche que llegamos me le vomité y me le cagué en la cama.

Me acuerdo de la primera y única vez que me paré en una tabla de surf, en Montañita.

Me acuerdo de que fui panadero en la década del 70, de haber tenido restaurantes vegetarianos. Me acuerdo del taxista que se me robó un cajón entero de pan.

Me acuerdo de las amanecidas en La Lagartera. De nuestras convivencias musicales en Quito, con Dany, con Hugo, con Alex, de los ensayos acompañados de mucha cerveza, de muchas mujeres, mucha comida. De la esquina de Vélez y Santa Elena, en Guayaquil, donde hacíamos conciertos y le sacábamos la vuelta a los policías que nos correteaban por fumar en la calle.

Me acuerdo de mis caminatas por las playas de Galápagos y de la primera vez que crucé a nado el río Babahoyo.

Me acuerdo de la muerte de mi madre, de mi padre y de mi hermano mayor. De los dolores de muelas. De que estuve a punto de ahogarme en Chanduy y en algún río de la montaña. Me acuerdo de mi operación al cerebro y de que cuando me dijeron que me iba a morir no sentí miedo, sino pena porque pensé que se iba a interrumpir la relación con mis hijos.

Me acuerdo de mi primera experiencia de meditación con el maestro Maharaji. De meditar 4 horas seguidas y de que la sensación fue parecida a la que había tenido con el ácido lisérgico (LSD), con el San Pedro o el Peyote, bebidas espirituosas que te abren otra puerta de la percepción.

Me acuerdo de las subidas y bajadas por el barrio de Guápulo, donde viví diez años; y de Aníbal, el tendero, que siempre me fiaba.

Me acuerdo de haber hecho el amor en el techo de una chiva, también dentro de una cabina de música en JD Feraud Guzmán; y las veces en que lo he hecho en el mar al vaivén de las olas.

Me acuerdo de que en una presentación que estábamos abriendo a Héctor Lavoe en el parque Forestal, mi madre había mandado a comprar una botella de ron porque todos estábamos chiros. Pasó Lavoe y le arranchó la botella a mi madre, y se la terminó en el escenario. Me acuerdo de haber compartido con Silvio Rodríguez, Johnny Pacheco, Celia Cruz, Pablo Milanés, Óscar de León y un pocotón de gente que ni me acuerdo. De haber ido a Cuba en 2008, tocar en el teatro América y haber sido aplaudido de pie”.

(Héctor Napolitano es una leyenda viva del Puerto de Guayaquil.  Este texto surgió a partir de un ejercicio de memoria y salió publicado en la revista SOHO).

Mundos paralelos


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—¿Cuál es su oficio?

—Construyo mundos paralelos.

—Por ahora, las vacantes para constructores de mundos paralelos están cubiertas. Tal vez, usted podría trabajar como podadora de memorias. Le cuento que este trabajo es muy interesante y hay quienes dicen que será el oficio del futuro.

—No me diga. ¿Y en qué consiste?

—Bueno, es difícil que yo se lo explique en este momento. Es algo muy complejo, y para poder trabajar en ello, de cara al público, primero tendría que seguir un curso intensivo.

—¿Cuánto duraría el curso?

—El curso podría durar de tres minutos a tres años. El tiempo de duración es relativo, eso depende de cuánto empeño ponga usted en aprender. Mientras más rápido usted asimile, más rápido iremos nosotros.

—Dígame un poco en qué consiste el trabajo, primero, para ver si me apunto al curso.

—Para explicárselo le pondré un ejemplo. Imagínese que usted acaba de nacer el día de hoy, exactamente hace tres segundos. ¿Qué cree usted que estaría haciendo?

—No sé, imagino que estaría llorando.

Muy bien. Pues imagine que usted está llorando por la incomodidad de ver la luz, porque la han sacado de su cómodo y oscuro lugar. Ahora, imagínese que muchas memorias suyas están marcadas por el llanto de un bebé. O mejor dicho: por su llanto de cuando era una recién nacida. Cuando su novio la dejó, por ejemplo, sin que usted se haya dado mucha cuenta un hilo finito, el hilo que ata todas las memorias, ató el recuerdo de ser arrancada de su cómodo y oscuro lugar, a su situación actual. Y usted, probablemente, lloró con la misma intensidad y casi de la misma manera. Como si volviese a ser una bebé arrancada de un útero. Y esto ocurre también con otros eventos. Mientras más inmaduros somos, más cosas, incluso cosas en apariencia insignificantes, nos regresan una y otra vez al origen de las lágrimas: nuestro nacimiento. Esto le pasa a las personas que no han sabido podar sus memorias. Ellos viven cada situación como una repetición de algo ya vivido, algo siempre doloroso. Así, no pueden aprender nada nuevo, por tanto, dejan de crecer. Son como árboles enfermos que no dan frutos. Por eso, las memorias deben ser podadas. Algunas deben incluso ser arrancadas de raíz, pero ese es otro trabajo para el que usted aún no está preparada.

—No lo había considerado. Cuénteme más.

—Sólo le diré que si usted aprende cómo podar sus propias memorias, y eso lo aprenderá haciendo el curso, entonces tendrá la facultad de ver el origen de sus lágrimas.

—¿También podré ver el origen de las lágrimas de otros?

—Claro, porque de otra manera, sería imposible realizar el trabajo. ¿Le interesa?

—Sí, me interesa. ¿Cuánto cuesta el curso?

—Eso lo decides tú.

—¿Lo decido yo?

—Sí, tú decides lo que te costará.

—Bueno, no importa cuánto cueste, quiero tomarlo. Pero ¿por qué hace un rato me hablaba de usted y ahora me habla de tú? ¿Qué ha cambiado?

—Todo ha cambiado. Desde que empezamos a hablar, todo cambió. Desde que entraste a este lugar, estabas haciendo el curso. Pronto, te darán la clave para acceder a las memorias.

 

 

La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!

La residencia fantasma


Publicado en la revista Mundo Diners de agosto de 2012

Los eventos narrados a continuación ocurrieron en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finales de 2010, el año da sus últimos pasos. Los días en Guayaquil son siempre bulliciosos, caóticos, pero no pasa nada aquí. Mucho ruido, ninguna nuez. En esta Babel uno podría morir de calor o aburrimiento cualquier tarde. La maldición de Mano Negra se cierne nítida sobre mi cabeza: Guayaquil city gonna kill you, baby. Siento que este puerto frenético y caliente me aplasta como un enorme zapato a un grillo. Necesito huir. Googleo una residencia para escritores. Busco un lugar para escribir mi primera novela. He adelantado algunos capítulos, pero esta ciudad no me deja avanzar. Guayaquil estrangula la poesía.

Encuentro una residencia en un pueblo de Castilla – La Mancha, que pinta bien y ofrece becas. Pienso que la tierra de Cervantes debe ser un lugar inspirador. Recuerdo aquella novelita El coloquio de los perros. Cipión y Berganza son dos perros que cuidan el Hospital de la Resurrección, en Valladolid. Por la noche, a los animales se les suelta la lengua. Berganza es un vagabundo que ha rodado por Sevilla, Córdoba y Granada antes de llegar a Valladolid, y se divierte relatándole a Cipión las peripecias con sus amos. Yo quiero recorrer España como aquel perro. Envío a la residencia un bosquejo de mi novela, lo aderezo con relatos y poemas, y pido una beca.

Al cabo de tres semanas me llega un mail de la Universidad Rural Internacional que, según dice en su sitio web, es la institución que gestiona la residencia. Me informan que mi solicitud ha sido aprobada entre cientos de solicitudes enviadas de 30 países. Me dan “una beca que consiste en el 75% de la reducción del costo del alojamiento”. Quiero viajar cuanto antes, y quedarme el mayor tiempo posible: seis meses. Me indican que antes de gozar de la beca, debo pagar 500 euros por la inscripción –incluye gastos de gestión, un seguro de accidentes y tasas–. A cambio, ellos me ofrecen un lugar cómodo, alejado del mundanal ruido, con todos los servicios, Internet satelital, talleres, intercambios con artistas de todo el mundo, una riquísima vida cultural en un enclave de ensueño. Dejo a mi gato encargado y el 11 de junio de 2011, con una mochila roja y mi portátil, parto para las Españas.

Desde Madrid, me embarco en un bus rumbo a Albacete, la ciudad más cercana a Alcalá del Júcar, el pueblo donde queda la residencia. “Albacete, caga y vete”, así dicen. Y, la verdad, es que largarse rápido de aquí es lo mejor que uno puede hacer. La estación de buses está llena de moscas. Tomo una combi, porque para Alcalá no van buses ni trenes, ya que es un pueblo perdido, adentrísimo diría el montubio. Después de recorrer unos 40 minutos con los ojos bien abiertos, aquella visión  aparece: la hoz del río Júcar. Se trata de un valle, flanqueado por paredes altísimas, exorbitantes, de roca pura, que forman el cauce de un río de aguas tornasol. Una belleza que hay que ver para creer.

Pero la residencia no queda en el pueblo, sino en una aldea alta llamada Casas del Cerro, donde viven unas 200 personas. Llego hasta allá en un auto que hace de taxi. En el trayecto pienso en lo hermoso que es este lugar, y en lo que leí en el sitio web de la Universidad Rural: “esta residencia está convirtiendo a esta pequeña localidad de Castilla – La Mancha en la meca del arte”. “Muy poco conocida más allá de su entorno, la iniciativa ha alojado ya a cerca de 200 artistas de cuatro decenas de países de los cinco continentes”, dice una nota, publicada en 2009, en el diario La Verdad, de Murcia. Lucas Carrión Vázquez, un escultor valenciano que se hace llamar Lucas Karrvaz, es quien dirige la residencia.

Lucas es un artista del reciclaje. En sitios públicos de Valencia ha montado enormes esculturas hechas con chatarra. Su biografía cuenta que sus obras también están en el Museo Vaticano y en Palacio de las Naciones, en Ginebra. Con sus 65 años, cabellos blanco platino, modos agradables y su sonrisa fácil y ligera, me espera en la puerta. Con minuciosidad, me muestra la residencia. Mientras tanto, me cuenta cómo él y otros entusiastas construyeron este lugar, cuando aquí no había nada más que el cerro.

Entramos a varias habitaciones, me explica cómo funcionan la cocina, la ducha, los espacios comunes. La casa que él ocupa está conectada por un pasadizo a un hostal rural, también de su propiedad, al que suele llegar mucha gente sobre todo en verano. Los dormitorios de los artistas quedan del otro lado, yendo por un camino de piedra. Lucas me instala en un cuarto-cueva, cuya pared es de roca pura. Es pequeño, pero me gusta porque parece la cueva de un hobbit. Sin embargo, hay algo que me molesta: Lucas no me mira a los ojos.

A medida que recorremos el lugar, me voy dando cuenta de que aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿Dónde están todos?, le pregunto. “Ya vendrán”, me contesta despreocupado y sigue hablando de cualquier cosa. Al atardecer, me lleva a conocer el pueblo. Me cuenta que su proyecto “Stars for Peace” quedó finalista entre 85.000 ideas para realizar el monumento en memoria del 11S, en Nueva York. Me impresiona el lugar y también lo que me dice, sin embargo, sigo inquieta. La idea de que estamos solos en aquella enorme residencia me perturba.

Caminamos sobre el puente romano que cruza el pueblo, debajo corre tranquilo el río Júcar. No te fíes de él, me dice. Es un río de temer. Ha provocado muchas inundaciones y muertes. Pero te puedes bañar en la playa, cuando quieras. El río Júcar nace en la Serranía de Cuenca y en su paso por la Manchuela, crea un escarpado paisaje conocido como el Cañón del Júcar. Es un trayecto sinuoso, hundido en una gran garganta, donde el río se contonea entre barrancos y crestas calcáreas. El Júcar desemboca en el mar Mediterráneo.

Lucas me lleva a cenar a un restaurante que tiene un mirador. Me quiere presentar al Diablo, un personaje pintoresco de la comarca y dueño del lugar. Pero esta noche no ha venido. Desde ahí puedo contemplar las luces encendidas del hermoso castillo medieval, hecho por los árabes en el siglo XXI, la joya más preciada de este pueblo. Al día siguiente, recorro la aldea. Voy a la tienda, compro pan, queso, jamón, jugo. La dueña, Rosa, me mira extrañada. Me pregunta dos veces si yo soy la que está en la residencia de Lucas. Otras mujeres entran, me miran de reojo. Rosa me informa que los miércoles pasa el camioncito de la fruta y los jueves el de los vegetales. Me dice que cualquier cosa que necesite, no dude en avisarle. Su marido es Rubén, el dueño del taxi que me fue a recoger. Esa noche ceno en el bar de la aldea, el único que existe. Esto es la España profunda, pienso, mientras veo el deplorable panorama: un toro agonizante en la televisión, mientras un público eufórico grita vivas al torero; gente que bebe amodorrada, otros gritan de esquina a esquina en un castellano cerrado y difícil. Un par de vejestorios panzones con la camisa abierta, bebedores insaciables de vino, se sientan en mi mesa sin pedir permiso, e intentan seducirme a punta de chistes triple X. Casi no entiendo lo que dicen, escupen restos de comida cuando hablan.

Me salva el primo de Lucas, que también se llama Lucas, pero es constructor. Es un hombre de unos cincuenta años, robusto, colorado. Es normal que los hombres te quieran levantar, me dice, eres guapa, y por estos pueblos nunca llegan mujeres solas. Machistas de mierda, digo en voz baja. Empiezo a pensar que no soportaré a esta gente seis meses. Lucas, el constructor, me lleva en su camioneta de vuelta a la residencia, me pide mi número de teléfono y se pone a las órdenes. En dos días me voy a Valencia, me informa Lucas cuando regreso. Pero antes debes pagarme el 25% que no cubre la beca. Son 10 euros por cada día. Le pago la mitad, 900 euros por tres meses.

Con la idea de entrar al castillo, al día siguiente me levanto a las ocho de la mañana. Bajo la pendiente de 500 metros que hay desde la residencia hasta la carretera que lleva al pueblo. El camino es áspero, está lleno de cardos pinchudos que me arañan las piernas, pero el bosque de pinos y chopos me fascina. Sigo las marcas amarillas, verdes y rojas que algún otro viajero dejó para señalar la ruta. Veo a lo lejos cómo el pueblo se desparrama sobre los cerros, cómo juega a no caerse al abismo. Es un pueblo de casas blancas y gente campesina que habla a grandes voces por las callejuelas estrechas y mira con desconfianza a los extranjeros. Casi todos son viejos, no hay niños.

La mayoría de las casas tiene una cueva en su interior. Estas cuevas las habitaron en distintas épocas árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, lo que sí queda en la cima del murallón es el inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando jugaba a que era una princesa esperando el beso de un jinete que había recorrido el mundo en mi búsqueda. Mientras pienso en estas tonterías, subo peldaño tras peldaño, bañada en sudor, hasta el castillo. Ahí está Pablo, el chico que lo custodia. A Pablo le parece increíble que yo haya viajado desde Ecuador para venir a una residencia de artistas que, según dice, hace tiempo está cerrada. Nadie se ha alojado ahí hace años, asegura. Se me hiela la sangre.

¿Cómo dices? Sí, yo pensé que ya nadie podía entrar, no sé cómo es que te han aceptado. Karrvaz tuvo algunos problemas, hubo quejas de artistas y abandonó el lugar. ¿Y a dónde se fue? Vive en Valencia con su mujer. Me quedo atónita. Bajo del castillo y entro a un lugar llamado La Cueva del Diablo. Juan José Martínez García, a quien todo el mundo conoce como El Diablo, está en la puerta. Es un personaje estrambótico: larguísimos bigotes a lo Dalí, fajín de torero, mirada de pícaro y manos largas. Me lleva a conocer su guarida: una enorme cueva que funciona como sitio turístico y bar. Enseguida se insinúa, dice que si lo necesito puede comprarme un celular. No, gracias, ya tengo uno, le contesto. Entonces, puedo darte trabajo en mi local, propone. Te pagaré 50 euros diarios. Lo pensaré, le digo. El Diablo es un tipo con dinero habituado a comprar los favores de las mujeres, a escondidas de su esposa. Una señora de bigotes y aspecto temible: la verdadera dueña de su fortuna. Me lleva en su convertible rojo de regreso a la residencia y me invita, el día que yo elija, a conocer los pueblos aledaños.

Me voy contigo a Valencia, le digo a Lucas a la mañana siguiente, con una pequeña mochila al hombro. Pero niña, ¿qué vas a hacer allá?, me pregunta evidentemente incómodo. Veré a unos amigos, pasearé. Tú solo déjame en el centro. Por mail, Lucas me había dicho que la residencia era regentada por la Universidad Rural, que es la institución que concede las becas. La que pone el dinero para mantener el lugar es la III Milenium Corporation, con sede en Wilmington, EE.UU.. Cuando subía del pueblo, vi un letrero alto que decía: “Universidad Rural Internacional”. Debajo del letrero y en los alrededores no había nada. ¿Dónde queda la universidad, Lucas? le pregunto, mientras él conduce.

Vamos por la ruta de los molinos de viento, no los viejos del Quijote, sino los modernos que producen energía eólica. ¡Ah! Eso es un proyecto que tengo en mente, pero aún no tenemos un lugar físico, por ahora solo existe en mi cabeza, responde como si nada. Pero, Lucas, ¡tú me enviaste papeles, supuestamente oficiales, con el sello de esa universidad. ¡Yo pensaba que esto era algo serio! No contesta. Se queda callado, con cara de ofendido. Se agarra constantemente el hombro derecho. Me había contado que tenía una dolencia y debía ir a Valencia para hacerse tratar. Hace muecas de dolor. Yo hago muecas de rabia.

¿Y dónde está la gente?, insisto. Se supone que esta es una residencia de artistas. ¿Por qué no hay nadie? Ya te dije que no han venido aún, dice enojado, sin mirarme. Ya vendrán. Pasamos Requena, la ciudad de los vinos. En una hora y media estamos en Valencia. Me alojo en un hostal, donde comparto la habitación con dos chicos gringos guapísimos que no tienen ningún problema en desvestirse delante de mí.

Por medio de mi amiga María Fernanda conozco a Tony, un periodista valenciano que me muestra la ciudad y me lleva a su barrio, Rusafa, donde conozco a sus divertidos amigos y a sus perros. En España la moda de andar con los perros a donde sea que uno vaya es detestable. Pero si no hubiese sido así desde tiempos inmemoriales, Cervantes tal vez no habría creado al magnífico Berganza. Es verano, fin de semana y estoy en la costa del Mediterráneo. Y, en España, aunque haya crisis, la diversión es ley.

Mi amigo Carlos, de Barcelona, baja a verme. Nos conocimos hace siete años en Buenos Aires, una ciudad que disfrutamos a fondo. Después vino a visitarme a Ecuador y lo llevé a Montañita. Hemos dormido juntos muchas veces, sin tener sexo porque él, muy a mi pesar, es gay. Carlos conoce poco Valencia, la descubrimos juntos, nos divertimos como siempre. Carlos me acompaña de regreso a la residencia. Lucas está ocupado instalando a una gran familia en su hostal. Nos habla apenas. Este tío es raro, parece que esconde algo. No mira a los ojos, me dice Carlos. Bajamos al pueblo.

Mientras conversamos y comemos pistachos nos terminamos tres botellas de vino rosado. Nos da calor y nos metemos a nadar al río. Chapoteamos borrachos. Subimos a la residencia, metemos una pizza en el microondas y cantamos canciones de Manolo García. Lucas ni nos mira. Carlos se va al día siguiente. Y, cuando me doy cuenta, Lucas también se ha ido. Me quedo sola en este lugar enorme que empieza a parecerme siniestro. Intento conectarme a Internet y no funciona. Tampoco hay teléfonos ni televisión.

Si quiero comer, debo ir al  bar de la aldea, donde me acosan los viejos morbosos, o me miran con tirria sus mujeres. Son grandes y barbudas. Pero también hay gente decente que me pregunta qué hago en aquel lugar abandonado. Yo vine a escribir un libro, les digo. Me miran preocupados. Pienso que ellos saben algo que no quieren decirme. Hay mucha familia de Lucas regada por la aldea; nadie me quiere decir nada. Salvo Miguel, un pintor mexicano que llegó hace años a la residencia y, al ver que no era lo que él esperaba, se buscó un trabajo en el pueblo. Se casó con la dueña del bar. Esa residencia es una estafa, vete cuanto antes de ahí, me dice en voz baja para que su mujer no escuche, mientras lava unos platos. Nadie quiere problemas con Lucas, me avisa. Yo prefiero no volver al bar. Me alimento de pan, queso, jamón y cerveza que compro en la tienda, también de fruta cuando viene el camioncito. Solo los pájaros hacen ruido por las mañanas. El resto del tiempo el  silencio es crudo.

Una noche, mientras intento escribir en la cocina, entra Lucas, el constructor, sin avisar. Me da un gran susto. Se sienta y dice que ha venido a buscarme, porque no me vio más en el bar. ¿Cómo entraste?, le pregunto.  Cualquiera puede entrar, no hacen falta llaves. Así mismo lo ideó Lucas. Estoy sola e incomunicada en un lugar inseguro. Intento no quedarme todo el día en la residencia. Bajo al pueblo y nado en el río. Un día veo que un hombre de piel oscura me sigue. Me observa mientras nado, arrimado a un árbol. Cuando salgo del agua, le pregunto qué quiere. Acompañarte, me dice, en un castellano extraño. No quiero compañía, le contesto. Mientras subo el cerro, viene detrás de mí, como un sucio perro. Dice que es el pastor de las ovejas. Ahora entiendo por qué huele tan mal. Las he visto en la cúspide de la montaña. Soy marroquí y tengo papeles, repite una y otra vez. El sol me pega con fuerza en la cara. No tengo mujer y busco una, dice. Yo intento no prestarle atención, y ocultar lo mejor que puedo el miedo.

Otro día, El Diablo me lleva a conocer los pueblos cercanos, pero en lugar de guía turístico resulta ser un pervertido. Al principio, me trae rosas que él mismo cultiva, incluso me ofrece prestarme uno de sus carros –no sé conducir, le digo–. Cuando ve que fracasa en sus intentos, va al grano: me ofrece dinero a cambio de que, por lo menos, le permita “verme desnuda”. “Tú no tendrás nada que hacer, soy eyaculador precoz”, me dice. La angustia empieza a apoderarse de mí, no me deja escribir ni dormir. Duermo por las mañanas, porque en las noches siento que rondan la residencia y prefiero estar alerta. No tengo a nadie con quién hablar.

Pasan no sé cuántos días, y al fin Lucas reaparece. Me dice que me calme, que está por llegar una pintora argentina. Con Ayelén llega la luz. Es una linda cordobesa, muy creyente en Dios y la Virgen, que dibuja mandalas. Lucas la recibe y regresa a Valencia. En este lugar no hay ni un ama de llaves, ni un guardián, ni un perro que cuide, le cuento a Ayelén. Y el pueblo está lleno de viejos cochinos. ¿Y cuánto tiempo has estado aquí?, me pregunta. Saco las cuentas. Tres semanas… ¡21 días! Son las once de la noche, estamos sentadas mirando el castillo encendido y planeando cómo hacer para que Lucas nos devuelva el dinero, cuando, de repente, un hombre se para a nuestro lado. Gritamos del susto. Es David, otro mexicano que, igual que su paisano del bar, un día llegó a la residencia y se quedó viviendo en la aldea.

Vine a invitarlas a almorzar mañana en casa de Lucas, el constructor, nos dice. Aceptamos. También nos previene: deben encerrarse con llave, porque ha habido robos. Esa puerta que ven ahí –nos señala la puerta de la cocina, donde yo suelo escribir- está dañada, porque intentaron meterse. Al día siguiente, David pasa por nosotras a la hora del almuerzo. Nos lleva a casa de Lucas. Pero el almuerzo no es ahí. Subimos en su camión y nos lleva por un camino de tierra, apartado. Bajamos en una estepa. ¿Qué es aquí?, preguntamos. Esta es mi casa de retiro, donde me escondo de mi mujer, dice el muy sinvergüenza. Entramos y vemos con sorpresa que las paredes están llenas de fotos de chicas desnudas.

Es un bulín, un cobertizo escondido. Hay herramientas y huele a aceite de carro. Lucas y David insisten en que bebamos vino. El español empieza a contar chistes sexuales, mientras el mexicano se ríe de cualquier cosa. Ayelén y yo nos levantamos. Ella está furiosa. Ahora mismo nos largamos de este pueblo, dice y me agarra de la mano. Salimos casi corriendo. Ellos van detrás de nosotros pidiendo que volvamos.

Hacemos las maletas. Salimos a la carretera, tomamos el bus rumbo a Valencia para encarar a Lucas. Lo citamos en un café del centro. Al principio, el hombre está reticente a devolvernos la plata. Pero sabe que soy periodista y le recuerdo que tengo amigos en medios, en España. Lo amenazamos con sacarle una nota en la prensa. No le queda más remedio que ceder. Nos devuelve todo el dinero. Ayelén se va para Barcelona. Ese mismo día, en Valencia, conozco a Sergi Tarín, un periodista de mi edad que busca compañero de piso. Sergi es alto, rubio, de ojos grandes y largas pestañas. Me muestra el departamento, que queda en el quinto piso de un vetusto edificio de gitanos. La vecindad es mala, el lugar es pequeño. Pero eso no importa: el Mediterráneo está a dos cuadras y desde el estudio hay una impresionante vista del mar.  Sergi es amable, tiene una enorme biblioteca y le encanta el vino. Me quedo, le digo. Y es aquí donde escribo Pedro Máximo y El círculo de tiza, mi primera novela.