El sueño sustentable de Ciudad Victoria


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Ramona. Anabell. Esther. Estas tres mujeres tienen en común algo más que ser madres. Durante años vivieron en casuchas que quedaban en terrenos invadidos, en lugares inaccesibles. Debían hacer proezas para llevar a sus hijos a la escuela o salir a la ciudad. En sus casas no había ningún servicio básico, se robaba luz y se cogía agua de tanquero. El peligro de robos era constante. Vivían rodeados de alimañas, culebras, mosquitos y alacranes. Hace un par de años llegaron a Ciudad Victoria, el complejo de ciudadelas en las que el Miduvi reubicó alrededor de ochocientas setenta familias. Fue un evento traumático, pero hoy en día muchas de esas familias que fueron traídas desde Monte Sinaí, La Ladrillera, Trasvase, Valle del Norte y muchos otros asentamientos irregulares, viven una realidad que antes era difícil imaginar.

Yendo por la vía a Daule, a la altura del kilómetro 14 1/2 se entra a la carretera que lleva a Ciudad Victoria. Son 7 kilómetros desde la entrada. Se pasa por el antiguo botadero de basura Las Iguanas y por La Ladrillera, que se ha vuelto zona comercial. Ciudad Victoria es un complejo cerrado privado con jardines, peatonales, parques. Hay un estricto control de quien entra y quien sale. Sus residentes tienen todos los servicios básicos, además de televisión por cable e Internet. En Ciudad Victoria hay dos colegios réplica (el Simón Bolívar y el 28 de Mayo), y pronto tendrán un mega centro de salud y un mall.

Es todo un cambio positivo para estas familias. Sin embargo, con el desarrollo también llegaron los retos. “Al trasladar comunidades enteras, no se escoge las familias. Llegaron con problemas como robos, delincuencia, pandillas, drogas, violencia intrafamiliar. Se juntó lo malo y lo bueno en un espacio más reducido que el que tenían antes”, dice Isaac Andrade, facilitador de la Fundación Bien Estar, de la Mutualista Pichincha. Isaac y sus compañeros (en total cinco personas) han trabajado los últimos dos años en asistir, acompañar, guiar a estas familias en el proceso de convertirse en una comunidad sin los conflictos del pasado.

Este acompañamiento social se vuelve imprescindible en procesos como este. “…De vivir en espacios más amplios se les traslada a vivir en 40m2. Las familias que vivían dispersas ahora se ven las caras a toda hora. Los conjuntos en los que la gente vive constan de dos departamentos abajo y dos arriba y, por lo tanto, la convivencia es difícil. Hay que organizar temas comunitarios como la recolección de basura, el mantenimiento de la limpieza, el uso de los espacios públicos, etc.”, dice Pablo Valencia, director de la Fundación Bienestar.

Ramona, Anabell y Esther ya se han puesto manos de la obra y, junto con la gente de la Fundación, y los demás vecinos han logrado organizarse. Ha sido un trabajo de hormiga, pero en Ciudad Victoria ya hay resultados del acompañamiento social. Se han planteado directivas, y por cada cuadra hay dos líderes, cuyo trabajo consiste en mantener la armonía. Estos líderes son capacitados en temas de organización y buena vecindad. Ya han logrado establecer un reglamento interno que incluye sanciones, se reúnen con frecuencia en asambleas, se comunican las decisiones e intentan aprender a convivir de una nueva manera, más solidaria y sustentable.

Ramona Macías, 47 años

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“La vida de nosotros cambió cien por ciento. Estoy muy contenta. Yo vivía antes en Valle del Norte. Allá es un campo. No había carro, ningún medio para salir. A veces, teníamos que salir en caballo. Por el solar pagaba 50 dólares mensuales. Dijeron que iban a poner servicios básicos pero nunca se hizo nada. La vida aquí es diferente, uno tiene la seguridad de que tiene su casa, que usted puede salir y cuando regrese no la va a encontrar vaciada como yo encontré mi casa Hogar de Cristo. Usted ahí dejaba una mínima cosa y se la llevaban. Aquí es muy diferente. Aquí no estamos solos, tenemos la ayuda de las instituciones, sobre todo de la Fundación. Si hay un problema en el hogar, ellos nos ayudan, nos encaminan como quien dice. Nos sentimos acompañados, protegidos. No nos sentimos amenazados como antes, ahora estamos seguros. Me la dio la Fundación Manuel Espejo, porque mi hija tiene discapacidad. También me la amoblaron. Casa nueva, todo nuevo. La gente que viene que conocía donde yo vivía antes no lo puede creer. Donde yo vivía estaba rodeado de cañita, palito, y mira ahora dónde vivo. Me río porque mi hija me dice que ahora somos pelucones”.

Anabel Ordoñez, 39 años

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“Yo vivía en la Marcos Moroni 2. Cuando comenzaron los desalojos, eso se convirtió en un infierno, era tierra de nadie. Nosotros no fuimos desalojados, pero sí estábamos con la incertidumbre. Los niños veían esas retroexcavadoras y temblaban. Eso se quedó desolado, los tanqueros ya no querían llevar el agua. Sí que pasamos mal. Adentro no había nada, ningún servicio básico. Ahí todavía quedan familias. Cuando yo vivía ahí éramos como 500 familias. Acá ha venido mucha gente de ese sector. Nosotros sí estábamos un poco reacio a aceptar la casa aquí, por tantos comentarios que se oían. Decían que allá eso es feo, porque íbamos a estar todos juntos. Que todo se iba a escuchar. Decían: vamos a tener problema con el de abajo, con el de arriba. Y no ha sido así, la realidad es otra. Estamos 100% mejor de lo que estábamos allá. Yo tengo 4 hijos, el mayor ya está trabajando. Estamos en un proceso de organización. Estamos recién aprendiendo a caminar. Ha sido bueno el respaldo que hemos tenido de Bien Estar, ellos nos guían en el proceso, nos brindan asistencia social. No ha sido fácil. Cada quien tiene su forma de vida, y hay personas que no les gusta que les digan: mire, no haga esto, porque afecta a la comunidad. No ha sido fácil, pero sí hemos tenido éxito.

Aquí la ciudadela tiene 17 cuadras. Cada cuadra está representada por dos delegados, el vocero y el co-vocero. Ellos están encargados de velar por la tranquilidad de su cuadra. Yo soy vocera de esta cuadra. Ser vocero significa que debemos velar que no haya desmanes en la cuadra, e informar las novedades que pasan en las ciudadelas. Nosotros nos reunimos, hacemos asambleas, cada año renovamos la vocería, y somos electas por los moradores. Aquí tenemos la ayuda de las instituciones, allá cada uno vivía su vida. Acá nosotros informamos, ellos vienen a hablar sobre las cosas que pasan, hay psicólogos, hay ayuda. La gente está cambiando”.

Esther Hernández, 32 años

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“Antes vivía en La Ladrillera. Mi casa era de caña, muy incómoda, porque en el momento de lluvia, en que mis hijos se enfermaban, no podía salir tan tarde por el peligro de que nos robaran, o siempre llegaba tarde si tenía que salir por la lejura. De La Ladrillera yo tenía que caminar hasta mi casa 15 cuadras para adentro. Se me hacía complicado, porque tengo 3 hijos. Era peligroso. En una ocasión mataron al guardia, y en otra ocasión mataron a una señora. Cuando tuve mi primer hijo, vivíamos en un departamento en el centro, por la Bahía. Pero mi mamá ha vivido por estas partes de acá, y me dijo que había un terreno. Había culebras, alacranes. No pagábamos mucho, pero por cualquier pretexto querían sacarle dinero a las personas. No había ningún servicio, solo se robaba luz, agua de tanquero y pozos sépticos. Ahora tengo mi casa y también ayudo. Me eligieron vocera de mi cuadra. Hay vecinos que no son amables, pero todos están empezando a cambiar. Aquí no hay relajo. Ahora hay diálogo, y si no se puede ya hablar, entonces interviene Bien Estar. Al principio no nos adaptamos, porque eran muchas las reglas, pero vimos que era necesario organizarnos y también crear mediadores para comprendernos entre nosotros. En algún momento, sabemos, que tendremos que hacer todo esto solos, sin la ayuda de la Fundación, para eso nos estamos preparando”.

Publicado en la revista Vivamos 2014.

Fotos de Mauro Sbarbaro

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La residencia fantasma


Publicado en la revista Mundo Diners de agosto de 2012

Los eventos narrados a continuación ocurrieron en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finales de 2010, el año da sus últimos pasos. Los días en Guayaquil son siempre bulliciosos, caóticos, pero no pasa nada aquí. Mucho ruido, ninguna nuez. En esta Babel uno podría morir de calor o aburrimiento cualquier tarde. La maldición de Mano Negra se cierne nítida sobre mi cabeza: Guayaquil city gonna kill you, baby. Siento que este puerto frenético y caliente me aplasta como un enorme zapato a un grillo. Necesito huir. Googleo una residencia para escritores. Busco un lugar para escribir mi primera novela. He adelantado algunos capítulos, pero esta ciudad no me deja avanzar. Guayaquil estrangula la poesía.

Encuentro una residencia en un pueblo de Castilla – La Mancha, que pinta bien y ofrece becas. Pienso que la tierra de Cervantes debe ser un lugar inspirador. Recuerdo aquella novelita El coloquio de los perros. Cipión y Berganza son dos perros que cuidan el Hospital de la Resurrección, en Valladolid. Por la noche, a los animales se les suelta la lengua. Berganza es un vagabundo que ha rodado por Sevilla, Córdoba y Granada antes de llegar a Valladolid, y se divierte relatándole a Cipión las peripecias con sus amos. Yo quiero recorrer España como aquel perro. Envío a la residencia un bosquejo de mi novela, lo aderezo con relatos y poemas, y pido una beca.

Al cabo de tres semanas me llega un mail de la Universidad Rural Internacional que, según dice en su sitio web, es la institución que gestiona la residencia. Me informan que mi solicitud ha sido aprobada entre cientos de solicitudes enviadas de 30 países. Me dan “una beca que consiste en el 75% de la reducción del costo del alojamiento”. Quiero viajar cuanto antes, y quedarme el mayor tiempo posible: seis meses. Me indican que antes de gozar de la beca, debo pagar 500 euros por la inscripción –incluye gastos de gestión, un seguro de accidentes y tasas–. A cambio, ellos me ofrecen un lugar cómodo, alejado del mundanal ruido, con todos los servicios, Internet satelital, talleres, intercambios con artistas de todo el mundo, una riquísima vida cultural en un enclave de ensueño. Dejo a mi gato encargado y el 11 de junio de 2011, con una mochila roja y mi portátil, parto para las Españas.

Desde Madrid, me embarco en un bus rumbo a Albacete, la ciudad más cercana a Alcalá del Júcar, el pueblo donde queda la residencia. “Albacete, caga y vete”, así dicen. Y, la verdad, es que largarse rápido de aquí es lo mejor que uno puede hacer. La estación de buses está llena de moscas. Tomo una combi, porque para Alcalá no van buses ni trenes, ya que es un pueblo perdido, adentrísimo diría el montubio. Después de recorrer unos 40 minutos con los ojos bien abiertos, aquella visión  aparece: la hoz del río Júcar. Se trata de un valle, flanqueado por paredes altísimas, exorbitantes, de roca pura, que forman el cauce de un río de aguas tornasol. Una belleza que hay que ver para creer.

Pero la residencia no queda en el pueblo, sino en una aldea alta llamada Casas del Cerro, donde viven unas 200 personas. Llego hasta allá en un auto que hace de taxi. En el trayecto pienso en lo hermoso que es este lugar, y en lo que leí en el sitio web de la Universidad Rural: “esta residencia está convirtiendo a esta pequeña localidad de Castilla – La Mancha en la meca del arte”. “Muy poco conocida más allá de su entorno, la iniciativa ha alojado ya a cerca de 200 artistas de cuatro decenas de países de los cinco continentes”, dice una nota, publicada en 2009, en el diario La Verdad, de Murcia. Lucas Carrión Vázquez, un escultor valenciano que se hace llamar Lucas Karrvaz, es quien dirige la residencia.

Lucas es un artista del reciclaje. En sitios públicos de Valencia ha montado enormes esculturas hechas con chatarra. Su biografía cuenta que sus obras también están en el Museo Vaticano y en Palacio de las Naciones, en Ginebra. Con sus 65 años, cabellos blanco platino, modos agradables y su sonrisa fácil y ligera, me espera en la puerta. Con minuciosidad, me muestra la residencia. Mientras tanto, me cuenta cómo él y otros entusiastas construyeron este lugar, cuando aquí no había nada más que el cerro.

Entramos a varias habitaciones, me explica cómo funcionan la cocina, la ducha, los espacios comunes. La casa que él ocupa está conectada por un pasadizo a un hostal rural, también de su propiedad, al que suele llegar mucha gente sobre todo en verano. Los dormitorios de los artistas quedan del otro lado, yendo por un camino de piedra. Lucas me instala en un cuarto-cueva, cuya pared es de roca pura. Es pequeño, pero me gusta porque parece la cueva de un hobbit. Sin embargo, hay algo que me molesta: Lucas no me mira a los ojos.

A medida que recorremos el lugar, me voy dando cuenta de que aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿Dónde están todos?, le pregunto. “Ya vendrán”, me contesta despreocupado y sigue hablando de cualquier cosa. Al atardecer, me lleva a conocer el pueblo. Me cuenta que su proyecto “Stars for Peace” quedó finalista entre 85.000 ideas para realizar el monumento en memoria del 11S, en Nueva York. Me impresiona el lugar y también lo que me dice, sin embargo, sigo inquieta. La idea de que estamos solos en aquella enorme residencia me perturba.

Caminamos sobre el puente romano que cruza el pueblo, debajo corre tranquilo el río Júcar. No te fíes de él, me dice. Es un río de temer. Ha provocado muchas inundaciones y muertes. Pero te puedes bañar en la playa, cuando quieras. El río Júcar nace en la Serranía de Cuenca y en su paso por la Manchuela, crea un escarpado paisaje conocido como el Cañón del Júcar. Es un trayecto sinuoso, hundido en una gran garganta, donde el río se contonea entre barrancos y crestas calcáreas. El Júcar desemboca en el mar Mediterráneo.

Lucas me lleva a cenar a un restaurante que tiene un mirador. Me quiere presentar al Diablo, un personaje pintoresco de la comarca y dueño del lugar. Pero esta noche no ha venido. Desde ahí puedo contemplar las luces encendidas del hermoso castillo medieval, hecho por los árabes en el siglo XXI, la joya más preciada de este pueblo. Al día siguiente, recorro la aldea. Voy a la tienda, compro pan, queso, jamón, jugo. La dueña, Rosa, me mira extrañada. Me pregunta dos veces si yo soy la que está en la residencia de Lucas. Otras mujeres entran, me miran de reojo. Rosa me informa que los miércoles pasa el camioncito de la fruta y los jueves el de los vegetales. Me dice que cualquier cosa que necesite, no dude en avisarle. Su marido es Rubén, el dueño del taxi que me fue a recoger. Esa noche ceno en el bar de la aldea, el único que existe. Esto es la España profunda, pienso, mientras veo el deplorable panorama: un toro agonizante en la televisión, mientras un público eufórico grita vivas al torero; gente que bebe amodorrada, otros gritan de esquina a esquina en un castellano cerrado y difícil. Un par de vejestorios panzones con la camisa abierta, bebedores insaciables de vino, se sientan en mi mesa sin pedir permiso, e intentan seducirme a punta de chistes triple X. Casi no entiendo lo que dicen, escupen restos de comida cuando hablan.

Me salva el primo de Lucas, que también se llama Lucas, pero es constructor. Es un hombre de unos cincuenta años, robusto, colorado. Es normal que los hombres te quieran levantar, me dice, eres guapa, y por estos pueblos nunca llegan mujeres solas. Machistas de mierda, digo en voz baja. Empiezo a pensar que no soportaré a esta gente seis meses. Lucas, el constructor, me lleva en su camioneta de vuelta a la residencia, me pide mi número de teléfono y se pone a las órdenes. En dos días me voy a Valencia, me informa Lucas cuando regreso. Pero antes debes pagarme el 25% que no cubre la beca. Son 10 euros por cada día. Le pago la mitad, 900 euros por tres meses.

Con la idea de entrar al castillo, al día siguiente me levanto a las ocho de la mañana. Bajo la pendiente de 500 metros que hay desde la residencia hasta la carretera que lleva al pueblo. El camino es áspero, está lleno de cardos pinchudos que me arañan las piernas, pero el bosque de pinos y chopos me fascina. Sigo las marcas amarillas, verdes y rojas que algún otro viajero dejó para señalar la ruta. Veo a lo lejos cómo el pueblo se desparrama sobre los cerros, cómo juega a no caerse al abismo. Es un pueblo de casas blancas y gente campesina que habla a grandes voces por las callejuelas estrechas y mira con desconfianza a los extranjeros. Casi todos son viejos, no hay niños.

La mayoría de las casas tiene una cueva en su interior. Estas cuevas las habitaron en distintas épocas árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, lo que sí queda en la cima del murallón es el inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando jugaba a que era una princesa esperando el beso de un jinete que había recorrido el mundo en mi búsqueda. Mientras pienso en estas tonterías, subo peldaño tras peldaño, bañada en sudor, hasta el castillo. Ahí está Pablo, el chico que lo custodia. A Pablo le parece increíble que yo haya viajado desde Ecuador para venir a una residencia de artistas que, según dice, hace tiempo está cerrada. Nadie se ha alojado ahí hace años, asegura. Se me hiela la sangre.

¿Cómo dices? Sí, yo pensé que ya nadie podía entrar, no sé cómo es que te han aceptado. Karrvaz tuvo algunos problemas, hubo quejas de artistas y abandonó el lugar. ¿Y a dónde se fue? Vive en Valencia con su mujer. Me quedo atónita. Bajo del castillo y entro a un lugar llamado La Cueva del Diablo. Juan José Martínez García, a quien todo el mundo conoce como El Diablo, está en la puerta. Es un personaje estrambótico: larguísimos bigotes a lo Dalí, fajín de torero, mirada de pícaro y manos largas. Me lleva a conocer su guarida: una enorme cueva que funciona como sitio turístico y bar. Enseguida se insinúa, dice que si lo necesito puede comprarme un celular. No, gracias, ya tengo uno, le contesto. Entonces, puedo darte trabajo en mi local, propone. Te pagaré 50 euros diarios. Lo pensaré, le digo. El Diablo es un tipo con dinero habituado a comprar los favores de las mujeres, a escondidas de su esposa. Una señora de bigotes y aspecto temible: la verdadera dueña de su fortuna. Me lleva en su convertible rojo de regreso a la residencia y me invita, el día que yo elija, a conocer los pueblos aledaños.

Me voy contigo a Valencia, le digo a Lucas a la mañana siguiente, con una pequeña mochila al hombro. Pero niña, ¿qué vas a hacer allá?, me pregunta evidentemente incómodo. Veré a unos amigos, pasearé. Tú solo déjame en el centro. Por mail, Lucas me había dicho que la residencia era regentada por la Universidad Rural, que es la institución que concede las becas. La que pone el dinero para mantener el lugar es la III Milenium Corporation, con sede en Wilmington, EE.UU.. Cuando subía del pueblo, vi un letrero alto que decía: “Universidad Rural Internacional”. Debajo del letrero y en los alrededores no había nada. ¿Dónde queda la universidad, Lucas? le pregunto, mientras él conduce.

Vamos por la ruta de los molinos de viento, no los viejos del Quijote, sino los modernos que producen energía eólica. ¡Ah! Eso es un proyecto que tengo en mente, pero aún no tenemos un lugar físico, por ahora solo existe en mi cabeza, responde como si nada. Pero, Lucas, ¡tú me enviaste papeles, supuestamente oficiales, con el sello de esa universidad. ¡Yo pensaba que esto era algo serio! No contesta. Se queda callado, con cara de ofendido. Se agarra constantemente el hombro derecho. Me había contado que tenía una dolencia y debía ir a Valencia para hacerse tratar. Hace muecas de dolor. Yo hago muecas de rabia.

¿Y dónde está la gente?, insisto. Se supone que esta es una residencia de artistas. ¿Por qué no hay nadie? Ya te dije que no han venido aún, dice enojado, sin mirarme. Ya vendrán. Pasamos Requena, la ciudad de los vinos. En una hora y media estamos en Valencia. Me alojo en un hostal, donde comparto la habitación con dos chicos gringos guapísimos que no tienen ningún problema en desvestirse delante de mí.

Por medio de mi amiga María Fernanda conozco a Tony, un periodista valenciano que me muestra la ciudad y me lleva a su barrio, Rusafa, donde conozco a sus divertidos amigos y a sus perros. En España la moda de andar con los perros a donde sea que uno vaya es detestable. Pero si no hubiese sido así desde tiempos inmemoriales, Cervantes tal vez no habría creado al magnífico Berganza. Es verano, fin de semana y estoy en la costa del Mediterráneo. Y, en España, aunque haya crisis, la diversión es ley.

Mi amigo Carlos, de Barcelona, baja a verme. Nos conocimos hace siete años en Buenos Aires, una ciudad que disfrutamos a fondo. Después vino a visitarme a Ecuador y lo llevé a Montañita. Hemos dormido juntos muchas veces, sin tener sexo porque él, muy a mi pesar, es gay. Carlos conoce poco Valencia, la descubrimos juntos, nos divertimos como siempre. Carlos me acompaña de regreso a la residencia. Lucas está ocupado instalando a una gran familia en su hostal. Nos habla apenas. Este tío es raro, parece que esconde algo. No mira a los ojos, me dice Carlos. Bajamos al pueblo.

Mientras conversamos y comemos pistachos nos terminamos tres botellas de vino rosado. Nos da calor y nos metemos a nadar al río. Chapoteamos borrachos. Subimos a la residencia, metemos una pizza en el microondas y cantamos canciones de Manolo García. Lucas ni nos mira. Carlos se va al día siguiente. Y, cuando me doy cuenta, Lucas también se ha ido. Me quedo sola en este lugar enorme que empieza a parecerme siniestro. Intento conectarme a Internet y no funciona. Tampoco hay teléfonos ni televisión.

Si quiero comer, debo ir al  bar de la aldea, donde me acosan los viejos morbosos, o me miran con tirria sus mujeres. Son grandes y barbudas. Pero también hay gente decente que me pregunta qué hago en aquel lugar abandonado. Yo vine a escribir un libro, les digo. Me miran preocupados. Pienso que ellos saben algo que no quieren decirme. Hay mucha familia de Lucas regada por la aldea; nadie me quiere decir nada. Salvo Miguel, un pintor mexicano que llegó hace años a la residencia y, al ver que no era lo que él esperaba, se buscó un trabajo en el pueblo. Se casó con la dueña del bar. Esa residencia es una estafa, vete cuanto antes de ahí, me dice en voz baja para que su mujer no escuche, mientras lava unos platos. Nadie quiere problemas con Lucas, me avisa. Yo prefiero no volver al bar. Me alimento de pan, queso, jamón y cerveza que compro en la tienda, también de fruta cuando viene el camioncito. Solo los pájaros hacen ruido por las mañanas. El resto del tiempo el  silencio es crudo.

Una noche, mientras intento escribir en la cocina, entra Lucas, el constructor, sin avisar. Me da un gran susto. Se sienta y dice que ha venido a buscarme, porque no me vio más en el bar. ¿Cómo entraste?, le pregunto.  Cualquiera puede entrar, no hacen falta llaves. Así mismo lo ideó Lucas. Estoy sola e incomunicada en un lugar inseguro. Intento no quedarme todo el día en la residencia. Bajo al pueblo y nado en el río. Un día veo que un hombre de piel oscura me sigue. Me observa mientras nado, arrimado a un árbol. Cuando salgo del agua, le pregunto qué quiere. Acompañarte, me dice, en un castellano extraño. No quiero compañía, le contesto. Mientras subo el cerro, viene detrás de mí, como un sucio perro. Dice que es el pastor de las ovejas. Ahora entiendo por qué huele tan mal. Las he visto en la cúspide de la montaña. Soy marroquí y tengo papeles, repite una y otra vez. El sol me pega con fuerza en la cara. No tengo mujer y busco una, dice. Yo intento no prestarle atención, y ocultar lo mejor que puedo el miedo.

Otro día, El Diablo me lleva a conocer los pueblos cercanos, pero en lugar de guía turístico resulta ser un pervertido. Al principio, me trae rosas que él mismo cultiva, incluso me ofrece prestarme uno de sus carros –no sé conducir, le digo–. Cuando ve que fracasa en sus intentos, va al grano: me ofrece dinero a cambio de que, por lo menos, le permita “verme desnuda”. “Tú no tendrás nada que hacer, soy eyaculador precoz”, me dice. La angustia empieza a apoderarse de mí, no me deja escribir ni dormir. Duermo por las mañanas, porque en las noches siento que rondan la residencia y prefiero estar alerta. No tengo a nadie con quién hablar.

Pasan no sé cuántos días, y al fin Lucas reaparece. Me dice que me calme, que está por llegar una pintora argentina. Con Ayelén llega la luz. Es una linda cordobesa, muy creyente en Dios y la Virgen, que dibuja mandalas. Lucas la recibe y regresa a Valencia. En este lugar no hay ni un ama de llaves, ni un guardián, ni un perro que cuide, le cuento a Ayelén. Y el pueblo está lleno de viejos cochinos. ¿Y cuánto tiempo has estado aquí?, me pregunta. Saco las cuentas. Tres semanas… ¡21 días! Son las once de la noche, estamos sentadas mirando el castillo encendido y planeando cómo hacer para que Lucas nos devuelva el dinero, cuando, de repente, un hombre se para a nuestro lado. Gritamos del susto. Es David, otro mexicano que, igual que su paisano del bar, un día llegó a la residencia y se quedó viviendo en la aldea.

Vine a invitarlas a almorzar mañana en casa de Lucas, el constructor, nos dice. Aceptamos. También nos previene: deben encerrarse con llave, porque ha habido robos. Esa puerta que ven ahí –nos señala la puerta de la cocina, donde yo suelo escribir- está dañada, porque intentaron meterse. Al día siguiente, David pasa por nosotras a la hora del almuerzo. Nos lleva a casa de Lucas. Pero el almuerzo no es ahí. Subimos en su camión y nos lleva por un camino de tierra, apartado. Bajamos en una estepa. ¿Qué es aquí?, preguntamos. Esta es mi casa de retiro, donde me escondo de mi mujer, dice el muy sinvergüenza. Entramos y vemos con sorpresa que las paredes están llenas de fotos de chicas desnudas.

Es un bulín, un cobertizo escondido. Hay herramientas y huele a aceite de carro. Lucas y David insisten en que bebamos vino. El español empieza a contar chistes sexuales, mientras el mexicano se ríe de cualquier cosa. Ayelén y yo nos levantamos. Ella está furiosa. Ahora mismo nos largamos de este pueblo, dice y me agarra de la mano. Salimos casi corriendo. Ellos van detrás de nosotros pidiendo que volvamos.

Hacemos las maletas. Salimos a la carretera, tomamos el bus rumbo a Valencia para encarar a Lucas. Lo citamos en un café del centro. Al principio, el hombre está reticente a devolvernos la plata. Pero sabe que soy periodista y le recuerdo que tengo amigos en medios, en España. Lo amenazamos con sacarle una nota en la prensa. No le queda más remedio que ceder. Nos devuelve todo el dinero. Ayelén se va para Barcelona. Ese mismo día, en Valencia, conozco a Sergi Tarín, un periodista de mi edad que busca compañero de piso. Sergi es alto, rubio, de ojos grandes y largas pestañas. Me muestra el departamento, que queda en el quinto piso de un vetusto edificio de gitanos. La vecindad es mala, el lugar es pequeño. Pero eso no importa: el Mediterráneo está a dos cuadras y desde el estudio hay una impresionante vista del mar.  Sergi es amable, tiene una enorme biblioteca y le encanta el vino. Me quedo, le digo. Y es aquí donde escribo Pedro Máximo y El círculo de tiza, mi primera novela.

Al otro lado del río


Reportaje publicado en Revista Mundo Diners #352
Por Marcela Noriega
Fotos: Amaury Martínez y Rafael Méndez Meneses

Cuando todo está oscuro y la Santay es un tibio silencio, el Tintín –un enanito cabezón que en las fábulas montubias siempre deja embarazadas a melenudas y cejonas- suele lanzar silbidos ululantes. Dicen que cuando le gusta una mujer es capaz de dormir a todos los que están alrededor de ella de un solo chiflido. Pero no solo el Tintín ronda en las noches, también están la Tintina –sobra decir quién es- y el Duende, ese que hizo huir a una chica de la isla, porque “la perseguía a todas partes”. Benito está sentado en un viejo tronco y cuenta historias de nomos encantados como si fueran viejas noticias. El sol está por caer. La superficie del río se agita, y él ha amarrado con fuerza su canoa a motor. Pronto subirá a su casa para dormir. En Santay las personas viven en lo alto, como los pájaros en los árboles.

Benito Parrales nació hace 65 años en esta isla rodeada de manglares, humedales de agua dulce y salada, sabanas y pastizales. Su madre murió cuando él era un bebé de tres meses. Lo crió Primitiva Lindao, la mejor de las parteras. El cholo ríe con fuerza y tiene mirada juguetona. Con su camisa estampada y abierta, su pantalón de tela, su machete en el cinto, su reloj bañado en oro y su facha de ganador, no es cualquier pescador. De hecho, a los 65 años, este hombre nacido en Santay es guía turístico, presidente de la asociación de pescadores y tiene un oficio que a cualquier venado espantaría: cuidador de cocodrilos. Sí. Cuida los once cocodrilos que viven en Santay en calidad de atracción turística – hoy por hoy casi la única, si es que a uno no le interesa conocer los cinco tipos de manglar que tiene la isla-.


El padre de Benito llegó desde Santa Elena atraído por el trabajo. Era peón en la hacienda de los “Guzmanes”, uno de los siete feudos ganaderos que existían en lo que todos aquí todos recuerdan como “la buena época” de Santay, esa que empezó en los años 40 y se acabó en los 80 con la expropiación de las haciendas, que estaban dedicadas a la ganadería lechera, a la producción de arroz y a la extracción de carbón.

En la memoria de Santay el pasado es una fotografía donde todos ríen o, al menos, los más viejos. En el tiempo de las haciendas esto era limpito, construimos casas grandes, había cualquier cantidad de vacas, desayunábamos con leche y había trabajo lo que quiera, la gente de la Península, Durán y hasta de Guayaquil venía acá a emplearse, dice cada uno a su tiempo.

A partir de la venta de las haciendas, a los nativos no le quedó más que volcarse al único empleo disponible: el de pescador. Y empezaron a vivir como lo hicieron los antiguos habitantes del mundo: de la pesca, la caza y la recolección. Las pocas familias de la isla, los Domínguez, los Parrales, los Torres, los Achiote y los Cruz se hicieron diestros con el trasmallo, la calandra y el anzuelo.

Ahora es que hay esta pobreza. No hay ni peces en el río, cada vez nos tenemos que ir más lejos. Nos vamos un día y nos quedamos dos, tres, buscando pesca. Creo que San Pedro está bravo porque no le hemos cumplido, por eso no hay peces. Queremos hacerle una llave, el altar y sacarlo a pasear en canoa por toditito el río para que esto mejore”, piensa Benito, quien se ha promocionado como el organizador de la fiesta del santo en la que habrá cerveza, aguardiente, guanchaca y bailarán tres o cuatro días.


Lorenzo Achiote, el más viejo de la isla, nació hace 78 años y creció en la misma hacienda de la familia Guzmán. Pasa sus días mirando por la ventana como si con los ojos pudiera atrapar el pasado, pero “hasta los lentes me fallan”, rezonga. “Yo era bueno, sanito, me cruzaba el río a remo. Rema que rema, rema que rema, desde los 12 años. Y ahora ¡míreme! Antes teníamos leche y queso en el desayuno, ahora no tenemos nada”. Atrás quedaron los días de diversión al otro lado del río, las mujeres, el trago, la pesca, la vida. Un derrame le ha dejado paralizada la mitad del cuerpo. Se levanta como puede, ayudado por su mujer e insiste en enseñar cómo vivía antes, y cree tener en un cartón viejo la prueba de su antigua alegría. Su sala está abigarrada, tiene cositas viejas y polvorientas en cada rincón. Pero la única habitación de la casa, donde duermen él, su esposa y dos de sus seis hijos, es un cuadro lamentable.

–Venga vea este cartón lleno de ropa que tengo, yo sí me vestía bien. Venga, vea, para que no diga que soy un viejo mentiroso-, dice. Lo abre y muestra una pila de camisas bien planchadas que parecen no haber sido usadas en mucho tiempo. –Y toda esta mochila de acá está llena de camisetas. Yo sí era una persona decente, me sabía vestir. Tenía hartas mujeres-.

En el 2001, en el gobierno de Gustavo Noboa, el ya desaparecido Banco Ecuatoriano de la Vivienda le cedió la isla, así como se cede un pedazo de jardín, en fideicomiso a la Fundación privada Malecón 2000. Entonces, todo empeoró para los isleños. Entre las reglas estaban no pintar las casas de ningún color. “Nos ponían a echarle diesel a las casas para que luzcan amarillitas, no blancas. Nosotros le echábamos diesel, gastábamos en eso, pero luego con el sol se le salía”, se acuerda, no sin coraje, Jaqueline Achiote, una mujer de 46 años, que como casi todas en este lugar apenas terminó la primaria.

No solo eso: si alguien se enamoraba de un foráneo tenía que irse a vivir fuera de la isla. Ningún extranjero podía vivir en Santay. “Nos decían que si nosotros nos queríamos ir a Guayaquil que nos fuéramos, pero que nadie viniera para acá. Nosotros no les hacíamos caso”, comenta Jaqueline. Para ella y para el resto los nueve años que estuvo la Fundación a cargo de la isla fueron tristes.

Quizá lo peor fue que les hicieron derrumbar sus casas –algunas grandes, de madera y con techos de paja- para construir las 56 viviendas gemelas donde ahora viven apiñados y con calor porque todas tienen techos de zinc. Esas casas costaron $1.500 y las tuvieron que levantar con sus propias manos. Con la llegada del Gobierno, la construcción de una ecoaldea con casas de 18 mil dólares, paneles eléctricos, el muelle y los senderos elevados, a los isleños les ha regresado la esperanza de que las cosas cambien.

Nosotros esperamos que el Gobierno consiga mejoras para nosotros. Ahora estamos en sus manos. Eso es mejor, pensamos. Porque la Fundación era privada y no nos pagaba por el trabajo que hacíamos, por rozar, por mantener la isla. Nosotros teníamos que poner nuestra mano de obra”, recuerda Jaqueline, quien es guía y ya está viendo algún cambio significativo. Antes, por cada turista, la Fundación, les pagaba 15 centavos y ahora cobran 1,25 dólares.

Los hombres regresan de la pesca, las mujeres los esperan en las casas con la comida. Los niños juegan en medio de los matorrales. Leonardo, de 9 años, se entrena como guía. “En esa casa venden galletas, en la otra pan de ese que viene en funda, en la otra cola, más allá cerveza”, dice mientras juega con unos imanes que se encontró en un árbol. Parece conocer cada árbol, cada truco del río. Le divierten los turistas y los pocos curiosos que se asoman a su isla. Él no tiene memoria de las haciendas, está estudiando en la escuela y no quiere ser pescador, sino arquitecto. Aunque entre un carro y una canoa, se queda con la canoa. Leonardo mira al futuro con entusiasmo, aprende a ganarse la vida; estira la mano y dice: es un dólar por el recorrido.

Chunchi, el pueblo de los niños suicidas


A Luis la muerte lo tienta; le hace creer que su padre estará del otro lado. Su prima Lourdes se decidió y lo hizo. Su amiga Martha está pensando en hacerlo. Todos fueron abandonados por sus padres. Los chicos en este lugar de la serranía ecuatoriana tienen ganas de morirse.

Hagamos un minuto de silencio por Lourdes, la última chica suicida de Chunchi. La que casi se gradúa del colegio, la que casi es abanderada, la que casi estrena el vestido que se acababa de comprar, la que casi se va a Estados Unidos a buscar a sus padres. La vida para muchos niños en Chunchi es un casi. En este pueblo, donde la neblina en invierno es tan densa que no deja mirar a los ojos, los jóvenes están buscando en la muerte una opción para huir. Este frío rincón indígena, rodeado de elevaciones, mesetas y valles, regado por tres ríos y devoto de María Auxiliadora, queda en el extremo sur de la provincia del Chimborazo. Aquí viven Teresa y Luisito, primo de Lourdes y suicida en ciernes.

Luis es más frágil, más triste y más viejo que cualquier chico de su edad. Camina encorvado, como si cargara una gárgola sobre sus espaldas. Tiene 15 apenas, pero habla de la muerte como veterano de guerra. No alcanzó a conocer a su padre. Él piensa que vive en el cielo, allá donde sueña ir. Su madre abandonó a Luis cuando tenía 3 añitos. Su hermana mayor tenía 7 y el más pequeño solo 8 meses. Se fue a Estados Unidos, allá se hizo de otro hombre y tuvo otros hijos. Los cinco que dejó en Chunchi nunca volvieron a verla.

He oído que las perras se comen a sus cachorros. Esta no se los comió de un mordisco, les fue matando el alma de a poco.

En junio de este año Luis se cortó las muñecas, y en septiembre tomó veneno para ratas. Del último intento casi no regresa. Estuvo inconsciente y cinco días hospitalizado. Su abuela y sus hermanos lo cuidaron. Su madre, por teléfono, dijo: si se muere que se muera, ya he de mandar para el entierro.

Teresa es pequeña, pero su alma es inconmensurable. Le cabe en ella cada uno de los niños de su enorme mundo: el colegio nacional 4 de julio, de Chunchi, en el que se educan unos 700 chicos, entre ellos “su” Luisito. Esta riobambeña es solo la profesora de inglés, pero según los alumnos “es la única que los escucha”. Quisiera salvarlos a todos, pero lucha contra la tristeza de los niños y la indiferencia de los grandes. Más de 60 chicos se han suicidado en los últimos 5 años en este pueblo, dice una encuesta del municipio. No han sido contados los que lo han intentado. “Son muchísimos”, asegura la teacher.

La primera vez que Teresa conoció a Luis, ella le pidió que escribiera su nombre y cómo se sentía en un papel. “Me voy al cementerio y busco de tumba en tumba la respuesta de mi padre y no la puedo encontrar”, fue lo que escribió. Tenía solo 12 años.

Pero sus cartas se han vuelto más terribles con el pasar del tiempo.

De: Luis

Para: Mi querida mamita Teresita que le extrañaré

Hoy viernes 18 de junio quiero saludarles a toda mi familia y estas significan mis últimas palabras. Ya no puedo seguir sufriendo más, ya no quiero tener más problemas con nadie (…). Yo quería tener grandes sueños y metas, pero nunca he tenido el apoyo de mi familia, apenas la he tenido solo a usted. Mi vida ha sido siempre dura, por eso creo que al lado de mi papá estaré feliz. Yo sé que todos me dirán cobarde, pero nadie sabe la tristeza que lleva mi corazón, mis amarguras y mi soledad (…). El último favor que puede hacer por mí es tener esta hoja hasta el último día de mi vida, ya que después el aborrecido se acabará. No perdono a mi madre por abandonarnos de esa forma y por dejarme solo (…). No le quiero hacer sufrir, pero no hay otra oportunidad de despedirme. Le quiero mamita Teresita.

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Lo malo de Dios es que está en las nubes. Luisito vive a 2.280 metros sobre el nivel del mar, y aún así no logra alcanzarlo. En su casa, él no ha sido el único que se ha querido matar. “En mi familia ha pasado bastante. Mis dos tías se han tomado veneno. Y mi tío cuando tenía 12 años también intentó suicidarse”. Seis de sus 8 tíos de parte de madre están en EE.UU. Y de parte de padre, están 4. Todos dejaron a sus hijos en Chunchi.

Dicen que Lourdes era la mejor alumna de sexto curso, que siempre tenía dinero en el bolsillo, ropa bonita, el mejor celular. Sus padres la abandonaron hace más de 15 años. En julio tomó veneno para ratas y murió.

–Era una niña sumamente triste. Siempre lloraba y me decía: yo cambiaría todo lo que tengo por una familia, por unos papás-, empieza a contar Teresa. –Ese día yo estaba en el colegio hablando con una alumna que tenía cortaditas sus manitos, eso es muy común acá. Lourdes llegó con su grupo de amigas y me dijo: teacher, queremos hablar con usted. Sí, mija, pero espera… Terminé y me fui a hablar con ellas. Me contaron que, por broma de sexto curso, se habían cogido algo ajeno, una blusa. En todo el pueblo las llamaban ladronas. En el colegio las querían sancionar. Les dije: tranquilas, yo me encargo. Así que, por la tarde, fui a buscar a la señora dueña del objeto robado, pero no la encontré. Tenía una reunión en el colegio y me vine. En eso me llama Luisito y me dice: teacher, la Lourdes se tomó veneno”-.

–Sus padres enviaron dinero para que la enterraran, pero ni siquiera vinieron-, dice Luis, baja la cabeza y de pronto se parece a un antiguo ceibo del que cuelgan largas lágrimas.

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El primer día de clases, la teacher les hace escribir a los niños sus nombres y con quiénes viven. En sus manos tiene los papelitos: vivo con mi tía y mis abuelitos, vivo con mi abuelita, vivo con mi tía, vivo con mis abuelitos, vivo con mi hermana, vivo con mis hermanos, vivo con mi abuelita, y así… sin parar.

Andrea, una de las mejores amigas de Luis, vive con su abuelita. Tiene 14 años y un semblante frío y distante. Su madre la abandonó a los cinco meses de nacida. Sus padres se fueron a EE.UU., allá se separaron y tuvieron otros hijos. Ocho hermanos de su mamá están allá. La última vez que su padre la llamó fue en diciembre para su cumpleaños. No recuerda cuándo fue la última llamada de su madre, pero sí lo que le dijo: “Olvídate de que tienes madre”.

Pero a ella no la doblega la tristeza, prefiere no pensar en sus padres. Y la única vez en que se le pasó una idea suicida por la mente, ella la espantó con esta pregunta ¿para qué voy a morir, si cuando alguien se mata, la gente se acuerda un mes, y luego se olvidan?

— ¿Tienes compañeras que han tratado de quitarse la vida?

Sí, eso es muy común acá. Incluso la chica que anda conmigo y con Luis, Martha, me dijo que se quería quitar la vida porque sufre mucho.

Martha, de 15 años, entra con su uniforme y peinado impecables y pide que salgan Luis y Andrea. Nos quedamos a solas en una salita donde hay mapas, útiles escolares, dibujos y mucho color.

¿Dónde vives?

En un pueblito que queda a 30 minutos de Chunchi.

¿Con quién?

Con mi tía y mis primos.

¿Y tus papás donde están?

Mi papá ya se vino de Estados Unidos, estuvo allá 12 años. Pero no vivo con él. Mi mamá todavía está allá, se fue cuando yo tenía unos 8 años.

¿Por qué se fue?

Es que mi papá se dedica al alcohol. Él se había ido a EEUU primero. Nosotros somos 4, y mi papá no nos mandaba dinero, nada de nada. Entonces, mi mamá se fue para allá. Vivieron un tiempo, pero mi papi le trataba mal a mi mamá, le pegaba, la quería matar. Ahora mi mami vive sola.

¿Con quién vivían acá?

Mis dos hermanos pequeños con mi tía de parte de papá, y los dos mayores con mi tía de parte de mamá.

¿Ahora que tu papá está acá las cosas han mejorado?

No, porque igual se dedica a estar solo tomando. Los sábados me voy en la tarde a verle, no sé que le pasa, de la nada me quiere pegar. Siempre está borracho. Según él, regresó porque quería cuidarnos, pero era mentira.

¿Has tenido momentos de depresión?

Sí. Es que a veces uno se siente sola. Porque, en mi caso, tengo papá pero es como no tenerle. He pasado sola, triste, alejada, sin apoyo. Y a veces me pongo a pensar que me quiero matar. Después pienso que por qué voy a hacer eso.

Seis de los once tíos de Martha están en EE.UU. A ella la cuida una tía, que también tiene a cargo a otros cinco sobrinos, y a sus propios hijos. Nueve niños y adolescentes en total.

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Reunión de padres de familia de primero B. Son las 3 de la tarde de un frío día de septiembre. Lo de “padres de familia” es un decir, porque pocos son los papás y mamás presentes. Uno a uno se levantan. Soy la abuelita, los papitos no están aquí. Soy la hermana, los papás no pudieron venir. Soy la tía, los papitos están fuera del país. Soy el hermano. Soy el tío. Soy la abuelita. Soy la hermana. Soy el hermano. La mayoría tiene rasgos indígenas y apellidos como Tenesaca, Pilahuapa, Guamán, Chuji, Muyulema, Yupa. Muchos llevan poncho, moño y sombrero. Un perro se pasea por el aula. Una neblina helada baja desde la montaña y se mete por los huecos en los ventanales.

Los pupitres están recién pintados. Pero faltan seis. Esta reunión es para nombrar la directiva del curso y organizar una colecta para comprar bancas. La teacher pide apoyo. “Ustedes tienen que ser responsables con sus niños durante todo el año, no los dejen solos. Pongamos entre todos para comprar las bancas que faltan”.

–Yo creo que no hay que hacer ninguna colecta, porque ellos van a estar aquí solo un año. ¿Por qué vamos a comprar bancas para que usen los que vienen después? Un poco de incomodidad no hace daño-, dice un señor de rostro en piedra. Los demás lo apoyan. Seis niños tendrán que doblarse para escribir sobre sus piernas.

Luisito: La gente en Chuchi es cerrada, no podemos hablar de que estamos tristes, porque nadie nos comprende. La gente que viene de fuera más bien es la que nos escucha.

Aún así, Teresa tiene esperanza. Siempre se acuerda del primer chico que conoció, hace 8 años cuando llegó a este colegio.

–Era mi alumno. Su madre lo había dejado abandonado en un árbol cuando era un bebé. Me hice cargo de él. Después, gracias a Dios, una familia lo adoptó en Quito y se recuperó. Hace unos 6 meses yo estaba en la terminal, y sentí que alguien me abrazó por la espalda. ¡Era él! Ahora está estudiando y tiene una buena vida. Por él yo empecé a ayudar a otros niños-.

Teresa tiene 150 alumnos en diferentes paralelos.

–De los 150, los que estamos botados somos unos 120, si no es más. La mayoría no tiene ningún afecto ni cariño, porque nuestros padres ya tienen otros hijos allá. Nosotros no somos como las demás personas, nunca vamos a tener una madre-. replica Luis. Él piensa en su mamá, a veces con rabia, otras con un amor que no ha logrado matar.

Luis tiene que volver al aula. Siento que no lo está logrando, que no lo logrará y un puñete se me planta en la garganta. Lo abrazo y le digo que la vida es hermosa. Me mira, sé que no me cree. En sus ojos hay una tristeza tan grande como una verdad. “No tener el cariño de nadie es como ya haberse muerto”, me dice y se va.

Texto publicado en la revista SOHO 2010, con fotos de Amaury Martínez.