Yo huelo


(Una de las columnas de Lilit, publicada por la revista Soho en 2010)

Amo el olor del sexo. El olor que queda en el ambiente después de una buena cogida. El olor de un hombre que me gusta. Mi olor intenso de mujer. Y he desarrollado la habilidad de reconocer por el olor a las personas más sexuales, de distinguirlos de entre la masa como hacen las mariposas. Dicen que algunas son capaces de oler las feromonas de su pareja a veinte kilómetros de distancia. Somos tan animales.

Sé que mi olor es fuerte y es sexual. Me encanta olerme, oler la humedad en mis dedos después de tocarme, oler mi cuerpo al natural, sin nada que lo oculte. Uso y abuso de mi olor con los hombres. A veces, exagero. Una vez puse en práctica un consejo de Alessandra Rampolla, cuando era una gordita deliciosa que hablaba de sexo en la tele. Ella decía: no usen perfume, tóquense la conchita y rocíen ese olor en sus orejas, en su cuello. Verán cómo se ponen los hombres, cómo las persiguen.

Lo hice. Me masturbé, y rocié mi cuerpo –el cuerpo visible, el que sale a la calle a trabajar- de ese magnífico olor a hembra excitada, y me fui a la oficina con mi nuevo perfume. Me sentía una bomba, y eso fue exactamente lo que proyecté. Fue todo tan obvio. Mis compañeros querían tocarme, besarme, hacerme el amor en el ascensor, encima de las mesas de trabajo. Uno de ellos dijo para todos:  “Aquí huele a hembra”. Yo, por dentro, pensaba: somos tan animales y, en ese sentido, tan predecibles.

Desde que era niña descubrí lo inquietante de mi olor. Recuerdo que me masturbaba con ropa y que el calzón quedaba mojadito y me gustaba olerlo toda la noche. Me encantaba cuando mis padres se iban y me quedaba sola en la casa. Lo único que quería era masturbarme a solas, y llenar la habitación con mi olor, ese olor que me hacía sentir una mujer grande.

Tenía 17 años cuando me olieron de verdad. Había bebido demasiado –en esa época un par de copas lo era- y Pablo, mi primer amante, me llevó a su cuarto. Estábamos en un hotel, en Quito. Me desvistió y me dijo: solo quiero darte placer. Mi cabeza daba vueltas. Empezó a besarme la boca, el cuello, los pechos, a mordisquearme los pezones. Y luego bajó, bajó tanto como nadie lo había hecho. Y empezó a olerme allí, en el origen del olor. Ese olor que solo yo conocía, que era un secreto. Él lo absorbía como un néctar, hacía que penetrara en su nariz, que se quedara dentro de él. Respiraba dentro de mí. Luego sacaba la lengua y lamía el olor.

Pablo se hizo tan adicto a mi olor que cuando estábamos en una fiesta, me llevaba al baño, metía su dedo en mi conchita húmeda y luego pasaba todo el rato excitándose con ese olor delante de los demás. Y cuando dormíamos juntos amanecía como en la canción de Soda, entre mis piernas, cansado de olerme. Cuando nos despedimos le regalé como cuatro calzones, y Los versos del capitán.

Poemas de amor


SUS MANOS aladas caminan sobre mi carne
Son infinitas piedras que me sepultan
y siembran en mi estómago
hechizos de mundos lejanos
Él es la mente de un dios insatisfecho
La nuez en la boca de un sueño
Lo incierto de una húmeda utopía
Salto dentro de su voz como en un mar inflamado.
No hay paredes ni sentencias,
todo es amplio y volátil
Como los despojos de las alucinaciones
Me atraviesan sus mil lenguas
y la rigidez de su aliento invade
mis arterias sin contemplación.
Me rindo ante su mortalidad.

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EXPLORO lo que los dioses llevan bajo sus
faldas
Huelo sus íntimos matorrales
y mordisqueo sus antojos
para entender mis propias miserias
Él es humano como la muerte,
inacabado como la verdad.
Derramaré todos mis gritos en su espalda
Esconderé los últimos vestigios de mi piel
bajo su prepucio
y guardaré en mi agujero salado su miedo.

BESO todo en él,
hasta los delirios más oscuros.
Y robo, de repente, las cuencas de sus ojos
Junto en una sola noche mil años de desvarío
Y devoro como una loca el sosiego.

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ES UN PÁJARO de fuego
que me arde entre las piernas
Soy una cierva de sacrificio embestida,
coronada de semen.
Sus artilugios hicieron que mi cuello
cayera ensangrentado a sus pies.
Está hecho, pero no existe
Se parece a los reyes de mis profecías
Profanos, fornicadores
Ególatras adorados por mis manos inalcanzables
como el cielo azul de la Arcadia

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MEMORIAS de amores a gatas
Danzas de los encandilados
Somos la mar de pulpos ansiosos
Frutos del mismo árbol envejecido y austero
¿Por qué preguntas por las huellas en mi espalda?
Son sacudidas acuosas,
eternos movimientos y derrames
Leche de dioses enjaulados.

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CABALGAS en mí y yo en la luna
Descamisado y sabio como el sol,
violento y amordazado.
Con los miedos puestos y los misterios al viento,
Con los nervios deshechos, remeces mi tierra
Los dientes afilados, la barba ensortijada,
flotas en mis silos líquidos y dulces
Como el tiempo en las eras de la sal

(Más poesía erótica en el libro Paredes de mi cuerpo).

El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.

Conversaciones del preludio


telefono

¿Cómo son tus bragas? le preguntó él. Son negras, de randa… pequeñitas, dijo ella, mintiendo. Llevaba un calzón holgado, de algodón, de esos que se usan para dormir o para los días difíciles. ¿Dónde estás? Recostada bocabajo en la cama. Quiero que te acuestes en el suelo, dijo él con una voz marcial, que sonaba más a una orden que a un pedido. Ella obedeció de inmediato. Ahora, lentamente vete quitando las bragas. Ella enganchó el teléfono entre su hombro y su oreja derecha, levantó su pubis hacia el cielo, abrió un poco las piernas y, tan lentamente como pudo, se liberó de la tela que, no del todo, contenía su fuego. Ella hervía por él, por el mágico sonido de su acento severo. Y, cuando dejó caer sus nalgas sobre el suelo frío, tuvo el primer espasmo. El estremecimiento fue tal que, instintivamente, volvió a levantar los glúteos y los dejó suspendidos en el aire, en una intensa contracción de sus labios y orificios. Déjate caer, dijo él con aquella voz que a ella la eclipsaba. Yo estaré abajo. Sólo déjate llevar. Ella empezó a respirar de la manera en que él deseaba. Sácate toda la ropa, ordenó áspero y sereno. Ahí estaba ella: tendida y desnuda en el centro de su habitación oscura. Sólo un débil haz de luz se colaba desde la calle por entre la cortina roja. El viento gemía en las alturas. Las aureolas de sus pechos se convirtieron en pequeños pedruscos café. Poco a poco, su cuerpo se acostumbró al frío. Con tu mano izquierda tócate lentamente la parte interna de tus muslos. Ella empezó a tocarse con suavidad. Masajea tu monte de Venus, su empinadura. No vayas más allá, sólo quédate en los alrededores. Al principio, ella sintió como alambres de púas los pequeños pelos que habían crecido en la cima. Pasto sin desbrozar. Impedirán pasar a los cobardes, pensó. Pero, al acariciarlos nuevamente, éstos se volvieron dóciles, como negras espinas derribadas. Ahora abre las piernas de par en par, dijo él. Ella lo hizo y sintió la piel de las ingles estirarse. De sus profundas montañas bajaba un agua cristalina que brotaba, tímida aún, por las compuertas. Sus piernas formaron una escuadra. ¿Hasta dónde vas a llegar?, le preguntó ella. Hasta donde tú me lo permitas, respondió él. Entonces, ella supo que no habría marcha atrás:  se dejaría someter por aquella voz, sin cuerpo y sin alma.

El polaco


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(Buenos Aires)
Esa tarde me afeité el pubis con sumo cuidado. Es algo que siempre hago cuando intuyo que tendré sexo con alguien nuevo. Lo que no sabía aún era con quién lo iba a hacer. Me habían invitado a la fiesta de cumpleaños de una escritora octogenaria que escribía cuentos en los que siempre alguien era asesinado. Me vestí y me fui caminando.

La escritora salió a recibirme. Tenía una casa grande que usaba como albergue para extranjeros. Yo le había regalado una planta roja que ella exhibía con orgullo en el comedor principal. En la cocina, chicos de varios países conversaban y apuraban la cena. Me presentaron a dos colombianos, un alemán rubio de rastas y tres argentinos. Tenía para elegir. De pronto, un tipo altísimo con mirada intensa y nariz de lechuza me preguntó de dónde era. De Ecuador, contesté. ¿Y tú? de Polonia, pero vivo en Dublín. Apenas clavó sus ojos en los míos supe que algo pasaría.

Comimos, bebimos, reímos. El polaco me ofreció uno de sus largos cigarros. Era obvio que nos gustábamos. Cuando terminó la cena, me invitó a tomar una cerveza fuera de la casa. Lo seguí. Se nos unió el alemán, no recuerdo su nombre. Los tres pasamos toda la madrugada bebiendo de bar en bar, riendo a carcajadas, caminando abrazados por las calles del centro, maltratando el inglés y el español, hasta que nos dieron las seis de la mañana; el sol amenazaba con salir en cualquier momento. Yo estaba feliz.

¿Qué hacemos? Yo me voy a la cama, dijo el alemán casi a punto de caerse. Yo quiero seguir bebiendo ¿me acompañas?, me pidió el polaco. Sí, claro. Nos fuimos a un bar que aún no cerraba. Él siguió bebiendo whisky. Yo cuidaba mi bolso. Había gente malencarada. Se tomó un par de vasos más. Vámonos, le pedí.

Fuimos a mi casa. Subimos, él se tiró en la cama, estaba completamente borracho. El sol pegaba detrás de las cortinas azules. Yo me quité la ropa y me recosté a su lado. Lo miré fijamente, y pensé ¿quién será? Era hermoso y enorme, debía medir más de un metro noventa, y tener unos veinticinco años. Huesos fuertes, manos grandes. ¿Cómo será su verga? Quería abrir su pantalón, pero estaba demasiado cansada. Me dormí.

Cuando me desperté, él me miraba. Se había puesto los lentes y parecía aún más guapo. Yo estaba desnuda, cubierta por una sábana. Me destapó. Mi piel se veía tan oscura junto a la suya. Nunca me había sentido tan morena. Era una sensación intensa y lujuriosa. Me besó. Los labios, los pezones, el vientre, la parte afeitada por fuera, la parte afeitada por dentro. Yo estaba en el paraíso.

Su verga era tan grande que no me entraba completa. Jugaba con ella como quería, podía ponerme en todas las posiciones porque su verga me alcanzaba. Él me decía: no abras mucho las piernas porque puedo llegar a tu garganta.

Pasamos dos días comiéndonos, sin comer. No había desperdicio. Al despertar del tercer día, le pregunté ¿no vas a volver a la residencia? Sin inmutarse, me dijo: si quieres me voy, si quieres me quedo. Yo creo que deberías irte. Está bien, me voy.

Siguió ronroneando en la cama, desayunó, se vistió y se fue. Ni un número de teléfono ni un hasta pronto. Nada. Esa tarde me preguntaba ¿qué fue eso? ¿fue real?

El timbre sonó esa misma noche. Era él. Llegó con una fundita llena de curry que le había robado a la escritora. Quería cocinar pollo al curry. Dijo que me extrañaba, y empezó a besarme. Fuimos a la terraza enredados en saliva. Él se sentó en el piso de césped artificial, y yo me puse sobre él.

Me quiero quedar todo mi mes de vacaciones contigo, me pidió. Está bien, quédate. En esos días aprendí a escribir correctamente su apellido, y supe cómo se decía “dame pan” y  “te quiero” en polaco.

Lucía y el sexo


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Es domingo, el día se abre denso y perezoso. He dejado encendida la computadora con música random. La voz de Alejandro Sanz chilla desde el parlante. Tengo tanta pereza que la dejo sonar. Nada puede ser peor que despertar temprano un domingo. Nada, ni siquiera escuchar “…ella peina el alma y me la enreda / va conmigo pero no se a dónde va / mi rival, mi compañera / que está tan dentro de mi vida y a la vez está tan fuera”. La voz del madrileño es la de un niño bien; me caen mal los niños bien. Estuve en España el año pasado, pero tenía ganas de ir desde los 16, cuando mi mejor amiga, Lucía, se fue a vivir a Madrid. Lucía me llamaba en la madrugada y me decía: ven que te extraño. Yo sentía una angustia infinita. Nos conocimos en la escuela de monjas, cuando teníamos seis años y estuvimos juntas hasta tercer año de secundaria. Yo nací en noviembre de 1978 y ella en abril de 1977. Lucía era mayor por solo siete meses, pero en esos siete meses cabía una eternidad. En realidad, ella tenía como siete años más, o tal vez setenta. Era una sabia, una bruja, una predestinada para el placer, una especie de imán mágico, de piedra filosofal a la que yo recurría, casi sin hablar. Nunca le hacía preguntas, no me atrevía y tampoco era necesario. Ella sabía que yo tenía una curiosidad insaciable por el mundo, los hombres y el sexo. Lucía tenía el conocimiento, vivía lo que yo apenas alcanzaba a soñar. Me miraba con esa cara de geisha dulce, blanquísima, y me contaba sus aventuras sexuales. Lo hizo desde los trece años. Lucía, a esa edad, ya tenía un cuerpo sinuoso y tetas exuberantes. Era tan guapo, tan fuerte, tenía tu nariz. Yo me mojé apenas lo vi y cuando subí a su moto y me metió los dedos en la vagina, tuve un orgasmo que me hizo sacudir. Cosas así me decía en los recreos. Yo me mojaba enseguida cuando Lucía relataba una de sus historias. Esperaba con ansias la temporada playera, porque ella iba a Salinas todos los fines de semana, mientras yo me quedaba encerrada bajo siete llaves, sin poder salir ni a la esquina. Lucía llegaba el lunes con noticias frescas del mundo. Lucía fue la primera persona que yo conocí que había viajado fuera del país, había tenido sexo, había probado cocaína y, por si fuera poco, había tenido un novio motociclista que murió en un accidente. Pero, además, entre nosotras había una atracción intensa. Nos sentábamos juntas en la última fila del lado derecho del salón. Era un salón muy amplio, con piso de baldosa, y techos altos con ventiladores colgantes. A mi lado izquierdo, había una enorme ventana con rejas. Estaba prohibido asomarse. Los chicos de los colegios aledaños pasaban por la acera de enfrente haciendo señas. Yo tenía la extraña impresión de que cada vez que, en un descuido de la profesora, miraba por esa pequeña rendija, había un hombre invitándome a huir con él. Lucía me decía en clase: juguemos a hacernos marcas en las piernas. Gana la que aguanta más sin reírse. Llevábamos unas largas y pesadas faldas, medias altas de tela gruesa y zapatos negros mocasín. Yo, sin hablar, aceptaba el juego. Jamás contradecía a Lucía. Toda idea que ella tenía, me parecía brillante y sensual. Le hice una marca con mi marcador verde apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Ella me miró con picardía y, sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, me levantó la falda y me hizo una gran marca en la parte interna del muslo. Reaccioné enseguida y la imité, pero esta vez no solo le hice una raya más arriba, casi en la zona de la ingle, sino que me detuve un par de segundos para que el olor de su entrepierna me entre por la nariz. “Ella se hace fría y se hace eterna, un suspiro en la tormenta a la que tantas veces le cambió la voz”. Sigue el meloso Sanz. La última vez que Lucía me llamó fue en el verano de 1997. Yo tenía 19 años y había escrito un libro que ganó un premio. Llamó para felicitarme. Hablaba como española, un acento que me molestó sobremanera. Parecía ebria y, entre lágrimas, me pedía perdón. Me contó que trabajaba como estríper para unos tipos en un antro. ¿Cómo para unos tipos? Los tíos me pagan y yo hago lo que ellos me piden. Tú no lo entenderías, eres demasiado buena. Sentí como si un cuchillo grueso se clavara en mi garganta. Desde ese día odié a Lucía.

La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!

Cazadoras de hombres


Texto publicado en la revista Mundo DINERS 2009

(Foto referencial)

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Mafer está sentada en un cyber café de la Garzota cuando siente en la espalda unos ojos masculinos que la recorren de pies a cabeza. Cruza las piernas, las descruza, las abre apenas. Se levanta en su metro setenta y la micro falda que lleva atrapa todas las miradas del lugar. Es delgada, morena, tetona, de pelo largo y ondulado. Le falta la Ducati negra para parecerse a Halle Berryen Matrix Reloaded, y el traje de látex para ser Gatúbela. Pero su vida está lejos de parecerse a la de una estrella de Hollywood. Se llama Mafer, tiene 18 años y es prostituta.

Habla con una afectación de femme fatale en la voz, huele a sexo y se mueve insinuante. Se toca los senos mientras cuenta cómo le gusta que los clientes la traten, y lo que ella les suele hacer por 100 dólares, su tarifa estándar. Sabe que su curvilínea figura le da más dinero que cualquier otro trabajo en el que logre entrar, y se ufana de decir que en una semana es capaz de conseguir fácil 900 dólares.

Él tipo del cyber se le acerca, y le dice las mentiras innecesarias que los hombres simples despliegan durante el cortejo: que la ha visto antes, que si ella es la chica de la revista, que parece modelo. Ella finge sonrojarse. Él le propone acompañarla, y obtiene un sí. Pero antes de subir al auto, ella le dice su precio.

Creció en el suburbio de Guayaquil, es la segunda de cuatro hermanos de padre y madre, aunque hay otros cuatro por fuera del matrimonio. A los 15 años decidió irse a vivir a casa de una amiga colombiana de 25 años que ella creía que trabajaba como modelo pero que, en realidad, era prostituta. “Era flaca, alta, cabello negro lacio. Lo malo era que tenía todo postizo”.

— ¿Tú querías ser como ella? ¿Querías copiar su estilo vida?

— ¡École!

Mafer cree adivinar las intenciones y los modales de los hombres con solo hablarles. Le parece que el tipo del cyber es decente, y se va con él. Un cliente más que luego le dará su número telefónico y la promocionará entre sus amigos. Así fue desde el principio. Un amigo le dijo que un chico quería acostarse con ella y que estaba dispuesto a pagar cien dólares. “Déjame pensarlo”, le contestó. Dos semanas después, se acostó por primera vez por dinero. Tenía 17 años.

Pero esta odalisca latina no es tan distinta de las chicas de su edad. Le gusta patinar, bailar, ir a discotecas, la música electrónica y el reggaeton. Se graduó en un colegio fiscal y entró a estudiar Medicina en la Universidad de Guayaquil, pero se retiró pronto. Trabajó en una tienda de vestidos de novia, pero el dinero no le alcanzaba para vivir como ella quería. Con la plata que le ha sacado a su cuerpo ya le compró una refrigeradora y una cocina a su madre, quien está convencida de que su pequeña trabaja de modelo. Solo uno de sus hermanos sabe lo que hace.

“La primera vez fue un poco triste, porque sentí que estaba vendiendo mi cuerpo por plata. Pero él chico era joven, y me gustó”, se acuerda.

— ¿Y si hubiera sido un viejo feo?

— Ay no, creo que mejor me habría quedado chira.

— ¿Y si te pagaba 500?

— No pues, ahí sí… Es que es feo cuando tienes relaciones con personas que tú no quieres, pero es bonito cuando te pagan.

Ahora no le importa acostarse con viejos, y su negocio crece por el boca a boca. Sus clientes hablan bien de ella y reparten su número. Por lo general, complace a los hombres durante media hora o 40 minutos, depende del cliente, y va a las casas de ellos o a moteles. “No hago nada de cosas raras. Pero todo se negocia en ese momento”, dice como toda una experta que ha preferido hacer esto por su cuenta, y mantenerse a alejada de las casas de citas y de los manejadores de mujeres.

— ¿Sientes placer cuando te acuestas por dinero?

— Sí, a veces acabo. Y cuando no me hacen acabar, por lo menos, finjo, disimulo que me gusta… Es que cuando ya lo tienes adentro siempre sientes algo-, se ríe fuertemente.

Pero Mafer está lejos de parecerse a la Lolita de Nabokov –ingenua devoradora de hombres que no sabe lo que hace por boba, inmadura o loca-. Menos se parece a Belén Fabra, la actriz catalana de la película Diario de una ninfómana, que interpreta a una mujer que, literalmente, no puede parar de follar con cuando tipo se le atraviesa. No. Mafer lo tiene claro: “A mí me encanta el sexo, pero con la persona que quiero. Con el resto lo hago por plata”.

Con sus ojos oscurísimos, cruzados por una mirada inquieta y procaz, cuenta que tuvo su primer amante a los 13 años. Luego vinieron dos más a quienes se entregó por amor, sin un dólar de por medio. Después, llegaron los clientes, y se quedó sola.

— ¿Qué esperas de un hombre?

— Que sea sincero, que me quiera mucho y que me lo demuestre.

— ¿Y si un día descubres que le gusta ir de putas?

— No creo que lo haga, para eso me tiene a mí.

La China

Callejea desde las seis de la tarde por los alrededores de la Bahía, en esta ciudad húmeda, caliente, de mosquitos y mareas, que huele al sexo hambriento de una mujer. El olor de La China, una abuela de un niño de dos años, que esta noche lleva un vestido naranja ajustado y demasiado labial, se confunde entre los vapores de la ría y los deseos más básicos de los hombres que la rentan.

Es bajita, no se depila ni las axilas y su cuerpo se nota ajetreado, cansado. Pero tiene luz en los ojos, negros como pepa de guaba. Nació en Quevedo y se vende desde los 19 años. De su boca salen sapos y culebras. Hasta sus propios hijos –tiene 3, el mayor de 26 años- le dicen que es una boca sucia y ella se ríe con esa risa estrepitosa que altera los sentidos. Pero antes de ser La China, fue simplemente Rosa.

Cuando llegó a Guayaquil “primerito” se vino a trabajar a un salón. “Allí me hice de un vaguillo y salí embarazada”. A los 18 tuvo su primer hijo. Su marido la dejó, y ella se fue a vivir con una “señora” que era prostituta. Rosa, una mojina en toda regla, no sabía nada de eso. Lo que sí sabía era que con lo que ganaba ayudando a la tal “señora” en los quehaceres de la casa no le alcanzaba para comprar pañales y leche. Sin embargo, nunca se le ocurrió buscar otro trabajo.

Vivían sobre la calle Ayacucho, a dos cuadras de una casa de citas. Y como “cuando uno es muchacha le gusta jugar”, un día la siguió.

“Y la veo que estaba que bailaba y bailaba. O sea que ella venía a divertirse y yo como cojuda lavando platos, trapéandole la casa y cuidándole los hijos. Yo, en mi inocencia, pensaba que no me quería traer a bailar. Pero no había sido así”, se acuerda. Después “me llevó a la casa y me retó durísimo, como a hija. Otro día me dijo: yo te quiero Rosita, pero no te puedo llevar. Yo le dije: no, lléveme nomás donde sea, yo lo que quiero es tener plata”.

Así empezaron las buenas épocas de La China, en la 18. “Costaba 80 sucres, 80 reales, 8 reales, ya ni sé. La “señora” entraba a revisar a los hombres y cobraba. “Y yo me demoraba como dos horas adentro. A cada ratito me hacían acabar esos hombres, porque yo me dejaba morbosear, me hacían esto, lo otro. Los hombres acababan dos, tres veces. ¡Oye, yo tenía hartos clientes, me hacían la cola!”.

“Luego la señora me explicó: no mijita, no te saques la ropa. ¡No ves que yo me desnudaba en pepita! Y las mujeres del ambiente no nos dejamos tocar. Ahora yo me hago para arriba esto (el vestido), me bajo el calzón, lo reviso, le pongo el condón, pas pas pas pas, y ya… afuera”, se ríe como medusa.

Años más tarde, un hombre le propuso sacarla de esa vida, la llevó a vivir a la casa de él y quedó embarazada de dos mellizos. “Entonces me dijo: ¡ándate a trabajar! Me dijo que parecía carne en tercena, mosquéandome, sin dar plata. Parí mis dos hijos, y volví a la calle”.

Entonces, asoma un rastro de amargura.

— ¿A veces te pones triste por la vida que has llevado.

— Yo sí me deprimo, pero de rato. De ahí como que me da una rabia a mí. Yo no me dejo de los hombres; mejor me voy a tomar.

Ahora, de vieja, dice que le gustan los hombres olorosos, altos, bien vestidos. Antes aceptaba lo que viniera. “Yo me acuerdo que hasta los betuneros se metían a hacerme el amor, y todos esos betuneros me hacían acabar”.

Con el tiempo aprendió que hasta los besos se cobran. Pero no parece que haya muchos que quieran besarla. Ella se para y les dice a los que pasan: “mijo, venga que lo voy a atender bien, mijo, venga mi amor, que le hago la paja rusa, que le hago esto, que le hago estiotro”. Todos se ríen.

Sus hijos saben muy bien lo que hace su madre. Lo supieron cuando estaban en el colegio, y la batida se la llevó. Estuvo presa ocho días. Cuando sus hijos tenían 7 y 8 años se vino al centro, donde está ahora. “Allá (en la 18) no había plata, y aquí sí. Tuve que pelear para que me dejen parar. Cuando llegué había más de 20 mujeres, ahora solo estoy yo, y una vieja más vieja que mí”.

Su hijo mayor le ha pedido varias veces que se dedique a otra cosa, que trabaje en una casa, pero ella dice que no sirve para ser empleada de nadie. Se siente orgullosa de tener, al menos, siete clientes fijos, que le pagan entre 15 y 25 dólares. “Tengo uno que, a veces, me da 40 y ayer tuve uno de 20 dólares que trabaja de chófer de un camión de gallinas”, anota triunfal.

— ¿Has pensado en hacer otra cosa?

— No. Yo soy puta, a mucha honra, por plata mi amor y no por hacer el amor gratis. Nunca he hecho ninguna otra cosa.

— ¿Entonces no quieres dejarlo…

— Sí, cuando me salga un trabajo bueno-, se burla. — No, ahí tengo una platita que cobrar, y cuando lo haga me quiero poner un negocio. ¡Ay, pero igual yo me vendría a putear más que sea de vez en cuando!