GUAYAQUIL CENTRO, TERRITORIO DE ARTISTAS


La ciudad es un macro espejo, un caleidoscopio, en el que se refleja el inconsciente de todos quienes en ella habitan, sean propios o extranjeros. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Por alguna razón, mi alma de poeta y cronista eligió a Guayaquil como su ciudad natal, como su matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos una y otra vez.

Guayaquil es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Pero, ahora, la ciudad es un infiernillo de alrededor de cuatro millones de personas, donde manda el materialismo, y prima la supervivencia. El calor es insoportable, los árboles han sido derribados. En Guayaquil todo tiene un precio, se vive el consumismo en su máxima expresión. Nada permanece. Todo es desechable. Los budistas dicen que la mente humana es como un mono que va de rama en rama intentando coger un banano que nunca alcanzará. Así actúa una persona que nunca logra estar en ella misma, en su centro, que no consigue la paz interior. No es casualidad que a los propios de Guayaquil les llamen “monos”.

Sin embargo, en el centro, en el corazón de Guayaquil, podría haber una luz. El centro es donde las ciudades llevan el alma. Y el alma de Guayaquil es alma de artista. Alma sensible, hiper-sensible dirían algunos; curiosa, ávida de vivir experiencias que la sacudan, siempre lista para la aventura y el romance, ansiosa de adrenalina y pasión, ingobernable, rebelde, profunda. Autodidacta, investigadora, libre-pensadora, llena de dones y talentos que ha desarrollado en sus muchas vidas. Un artista es siempre un alma vieja. No le gustan las doctrinas, huye de los yugos. Es el alma de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los cineastas, de los filósofos, de los artistas escénicos, de los amantes de la vida al aire libre, de los perseguidores de la libertad, de los viajeros.

En el centro, todo parece ir más de prisa, pero los artistas hacen que se ralentice la vida. Ellos desgranan el tiempo. Se relajan y logran abrir espacios donde es posible respirar un aire menos viciado, un aire de autencidad. Los artistas limpian la estela tóxica que deja el consumismo, el borreguismo, la inconsciencia que esclaviza a las masas. Los artistas salen de la multitud, pero no la desprecian, sino que intentan elevarla a su altura, compartir un poco de su libertad creativa, de su inmenso potencial creador.

Si eres un artista, Guayaquil te empujará para que seas su voz, y la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. Ve al centro y encontrarás el alma de esta ciudad. Ella te acogerá, y te darás cuenta de que puedes ser lo que tú quieras en ella. Guayaquil no se espanta de nada. Tú eres quien podría asustarse de las sombras que proyectarás en su escenario. Ella incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la saborees, para que te enamores de ella y la penetres. Te llevará a sus profundidades. Ella calmará tu sed de cuerpos, tus ansias de sentirte adentro.

Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llama y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. Te parecerá que, en Guayaquil, todo truco se hace con dinero. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir la ciudad”, te volverás un esclavo de ella. Entonces, empezarás a transitar tus sombras y las verás reflejadas en sus calles, en su gente, en su arte. Es cuando empieza el juego del caleidoscopio. Una vez que comprendes los patrones de la ilusión en los que vive Guayaquil, empiezas a divertirte.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas.

Estos son seis testimonios de artistas, gente que ha movido y que mueve la actividad cultural en el centro de Guayaquil. Seis versiones distintas del juego, del mismo caleidoscopio.

ALICE GOY-BILLAUD: La efervescencia del ahora

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(escritora y viajera francesa de 27 años. Vivió en París, vivió en India, y nunca se ha sentido tan en casa como en Guayaquil. En menos de un año aprendió español, sin hacer ningún curso, simplemente viviendo la vida bohemia del centro. Está escribiendo un libro autobiográfico, en español, al respecto. Este texto está construido a partir de algunos fragmentos.)

París, te amo más que todo, pero hoy día, me cansas. Guayaquil me hace pensar en París. Y en Nueva Delhi también, donde estuve viviendo siete meses. De Nueva Delhi encuentro en Guayaquil el calor y la libertad. La libertad de la locura. La locura de la libertad. Cosas que no puedo hacer en mi país, como abrir un café en una salsoteca underground que propone literatura erótica los jueves. De París, Guayaquil tiene las noches. La belleza de las noches; el calor de los cuerpos.”

Alice Goy-Billaud

Guayaquil ejerce un encanto irresistible para algunos viajeros, escritores o artistas que buscan la noche, la vida cultural que se bebe en largos sorbos de cerveza y que palpita en determinados lugares del centro. Alice Goy-Billaud es una de ellas. Nació el 26 de junio de 1989 en Montpellier, al sur de Francia. Eligió Guayaquil como su destino, después de haber buscado trabajo en China durante tres meses y de haber vivido en París y en India. Aplicó para tres puestos en América del Sur. La Alianza Francesa de Guayaquil fue la que primero le contestó. Se instaló en la ciudad y a los 8 meses, renunció al puesto de profesora de francés porque estaba descubriendo la vida bohemia del centro y el trabajo no le dejaba tiempo para dedicarse como quería a experimentar la noche.

Alice llegó a Las Peñas, el año pasado, como cualquier turista. Pero a ella no le gusta solo “visitar”, sino conocer a fondo los lugares y su gente. Dice que las ciudades son como mujeres. Y, al igual que París, Guayaquil es una mujer bien poderosa que tiene influencia sobre todo lo que Alice hace.

Sus primeros trayectos eran desde la Alianza Francesa hasta la calle Numa Pompilio. Iba lo más rápido que podía, porque apenas llegó a Guayaquil conoció a J y se enamoró perdidamente. El bus la dejaba en el mercado artesanal, bajaba la calle Loja, entraba en el Malecón, pasaba por el MAAC, caminaba sobre las piedras irregulares de la calle Pompilio, y llegaba a la terraza de J. Esta llegada era su momento favorito. “Al bajar las escaleras, se puede observar el río tranquilo que me hizo amar esta ciudad”, escribe en sus notas. Alice está preparando un libro en español sobre sus vivencias en esta tierra caliente.

J. introdujo a Alice en los tres lugares que luego serían su vida en el centro. Estos tres lugares han sido, en los últimos tiempos, el punto de encuentro de los artistas que viven o están de paso por la ciudad. La Culata, el Guayaquil Social Club, que luego cerró, y El Cangrejo Cultural, “el único lugar dónde vale la pena ir para bailar de verdad”.

Empezó con el Guayaquil Social Club. Se hizo amiga de Gabriel Proaño, un fotógrafo free-lance que decidió abrir este bar sobre la calle Rocafuerte como un espacio libre para músicos, actores, escritores, pintores o cualquier artista que quisiera intervenir. “Estaba buscando un lugar como el Guayaquil Social Club desde que empezó mi vida nocturna. Este bar mueve una parte del pequeño mundo intelectualo-cultural de la ciudad, que entiendo como una comunidad muy cerrada. No aguanto este mundo en Francia, quizás porque no me siento parte de él, pero me encanta mezclarme en él en otros países.”

Alice se dedicó a pintar un mural en el primer piso del bar. Terminaba clases a las 9 en la Alianza Francesa y llegaba, con el apuro de siempre, hasta el Club. “Bajaba la 9 de octubre, me paraba por el parque Centenario para comer un encebollado con mi amigo José, quien tiene allí su quiosco y seguía sobre la 9 hasta girar en la Córdoba. Giraba a la esquina de la Juan Montalvo y allí estaba el bar de mis sueños: abierto como una segunda casa, rústico y underground como un garaje de adolescentes que buscan un lugar para tocar música, amigable como un bar de pueblo donde todos los amigos se juntan porque no hay otro lugar”. Se quedó unos tres meses trabajando en el bar. Pasaba más ahí que en su propia casa. Atrás de la barra, viendo a sus amigos bailar y pedirle cervezas, era la más feliz del mundo.

Pero el bar fue clausurado dos, tres veces, perdió a sus clientes y nunca abrió de nuevo. El mural de Alice quedó encerrado en la sombra. Su vida del centro se movió a la calle Córdova y Mendiburo, donde queda el restaurante La Culata, que para Alice es como el Café de Flore, del boulevard Saint-Germain, de París, que fue lugar de encuentro de dadaístas y surrealistas. Alice es generosa al hacer esta comparación, pues en el Café de Flore, personajes como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir tenían mesa fija y atrajeron allí a buena parte del movimiento existencialista. Sartre escribió: “Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”.

Alice ve que en La Culata, de Guayaquil, se juntan los artistas por todo motivo, una reunión de trabajo, comer un poco, compartir una biela. F., quien luego se hizo novio de Alice, dice que lo que hace un lugar, aquí en Guayaquil, no es el parecer bonito, si no la gente que cae. Y la gente cae a la Culata porque la Muñeca y Freddy, sus dueños y anfitriones, lograron dar amor a la comida y al ambiente.

(Escena tomada del libro de Alice)

Llego a La Culata. Son la cinco, y me uno a F. que está desayunando una cerveza y un ceviche.

Ustedes los artistas se levantan a las tres de la tarde y empiezan el día con una cerveza.

La plena, contesta F. y se deja resbalar en su silla, las manos sobre su barriga. Mira, qué bella es esta ciudad. Mira cómo voy a quedarme aquí y las cosas van a pasar.

Tenía razón. Sentarse en la terraza de la Culata es una cosa maravillosa. La gente pasa, saluda, se sienta, conversa, se va un rato, regresa, toma una biela, se caga de risa y, a veces, se calla. Y todos nos callamos para mirar a los buses y disfrutar del tiempo que pasa lento. Así es Guayaquil.

A veces, llegamos juntos. Él, con su bicicleta roja. Ojeo para ver si conozco alguien. F. no lo necesita, él ya conoce a todo el mundo (y gracias a eso, conozco a mucha más gente hoy). La primera persona que va a saludar es la Muñeca. La Muñeca es la dueña del lugar y también la mamá de estos niños borrachos. Todos están de acuerdo en decir que hace el mejor ceviche de Guayaquil.

Nos sentamos afuera para disfrutar del viento. El tiempo pasa, los panas se unen, las cervezas en la mesa se añaden y la bulla crece. El guayaco tiene esta particularidad: después de solo una cerveza empieza a gritar. Llega la noche y se inicia un movimiento lento para moverse de lugar. Cuando todo el mundo terminó de comer su plato (o el de otra persona, porque el guayaco tiene también la particularidad de compartir cualquier cosa que pide con 2, 3 ó 6 amigos), empieza el viaje más largo del mundo hasta El Cangrejo Cultural, dos cuadras mas allá de la Mendiburo.

El Cangrejo Cultural es mi otra casa. Es un hueco que solo tiene de cultural su nombre y la mitad de la gente que cae. La otra mitad son borrachos y punto. Los jueves son noches de lectura de poesía y literatura erótica. Nunca me arriesgaría a leer allá porque la gente está más ocupada en emborracharse, reír, gritar o en pelar su cangrejo que en escuchar, ¡yo incluida!

Después de la poesía es la hora de bailar salsa. Bailamos hasta el cierre, compartiendo cervezas menos y menos heladas y riendo más y más fuerte. Como de acostumbre, el cierre se hace con la policía. El bar se vacía y nos quedamos una hora más afuera, chupando las últimas bielas.

Esta vereda es parte inherente al Cangrejo Cultural. Una vez, salimos temprano de un evento que hubo a una cuadra y queríamos seguir la noche. Fuimos al Cangrejo pero estaba cerrado. Perdidos como niños sin padres ni casa, nos quedamos en la vereda pensando en dónde ir. Al lado, una familia estaba chupando en un carro, y sonaba salsa. Nos ofrecieron unos tragos y nos pusimos a bailar en la vereda vacía, hasta que se acabaron los tragos y se fue la familia, deseándonos un lindo final de la noche.

Cuando se termina el baile, empieza la ruta del punto A al punto B. Del Cangrejo Cultural tenemos que ir a la Ferroviaria, donde vive F. Subimos la Córdoba, giramos en la P. Icaza, y hacemos la primera parada. Compramos las “dos últimas bielas” en el Economarket de la esquina. Parece cerrado, pero hay que tocar la ventana mágica, y allí se puede pedir cualquier cosa. Para beberlas, nos sentamos en la esquina de la 9 de octubre. Los chicos llaman a este lugar “la oficina”. Al inicio de este ritual, me quedaba bastante callada, escuchando las huevadas de los chicos. Luego, vino mi integración y ahora soy parte del grupo. Gané el derecho de que se burlen de mí también. Estar bebiendo cervezas en la calle de noche en Guayaquil es una experiencia genial.

Antes de venir a Guayaquil, Alice estuvo viviendo siete meses en Nueva Delhi. Allá aprendió todo lo relacionado con el té, así que, por las mañanas hasta las seis de la tarde, Alice abre El Café del Cangrejo, que queda en el mismo local del Cangrejo Cultural. Ahí, además de café con caña o café chai, prepara variedades de té: verde, negro, rojo, de flores, de frutos, o el té de la bruja, su especialidad. Se siente tan gusto en Guayaquil que está buscando departamento en el centro. “Es la primera vez que me siento en casa”, dice.

AMARANTA PICO. El centro como un horizonte abierto

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(antropóloga, investigadora, escritora quiteña. Se mudó al centro de Guayaquil el año pasado para trabajar en la Universidad de las Artes y su experiencia ha resultado profundamente transformadora.)

He llenado como diez cuadernos de información sobre mí misma en estos meses en Guayaquil. Me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Amaranta Pico

Amo el silencio, dice Amaranta Pico para empezar. Ella nació en Quito hace 36 años, y el 7 de junio del 2015 se mudó al quinto piso de un edificio que queda sobre la ruidosa calle Aguirre, esquina Malecón. Desde el ventanal de su cuarto hay una vista espectacular de la ría, el centro y su lugar de trabajo: la Universidad de las Artes.

En Quito, también vivía en el centro, en Matovelle y Canadá, en el barrio San Juan, justo en una esquina en la que los buses frenan con mucho esfuerzo por lo empinado de las calles. Como diez líneas de buses pasaban por ahí. No había instante en que no haya un bus pitando o frenando, u otro carro casi chocándose con él. Lanzando humo negro todo el día. Por suerte, solo la sala daba hacia esa calle. Su cuarto daba hacia las montañas. Frente a su ventana había un horizonte abierto. San Juan es un barrio muy empinado, es como un mirador natural de Quito. Desde su ventana se veía el Cotacachi, el Imbabura, el Cayambe, el Cotopaxi, el Antisana. En su habitación, en las noches, el silencio era total. Si abría las ventanas, se desplegaba un paisaje increíble.

Yo llegué un domingo de noche a Guayaquil y el lunes por la mañana, el ruido era ensordecedor. Acá pitan el doble, es mucho más ruidoso. Y aunque aquí estoy en un quinto piso y allá era un primer piso, aquí fue más fuerte el ruido. Pero ya el segundo día, dejé de poner mi atención en ese ruido, cambié mi actitud, porque si me enfocaba en esa queja, no lo iba a pasar bien. Lo que hice fue, como si fuera una lámpara que le había puesto al ruido, quitarle la lámpara al ruido y ponerla en todo lo otro que sí estaba bien. El ventanal es enorme, y desde mi cuarto se ve un paisaje impresionante. Cuando uno se levanta, no ve los edificios. La vista de la ventana me permite sólo ver la Ría y la isla Santay. Se ven solo árboles. Entonces, mi primera impresión fue como estar en la selva, porque el río Guayas es como los de la selva en su amplitud. ¡Estoy en la selva! me dije y todo cambió.”

Todo cambió de un día para otro. Amaranta puso su atención en ese horizonte limpio y hasta ahora la sigue poniendo. Después, se fue dando cuenta de que hay un montón de pájaros que nunca había visto en su vida, porque la gran mayoría de pájaros son distintos en la Sierra. Empezó a darle mucho espacio a la contemplación gracias a esto. Después, puso atención a otras cosas, como que su casa era un espacio amplio que le proponía mucha introspección.

El espacio de contemplación también trajo experiencias distintas. Pudo, por ejemplo, percatarse de la intensidad de los colores y descubrir la magia del gris.

En Guayaquil los colores son saturados, piensa Amaranta. Los verdes son más verdes, los amarillos son más amarillos que en Quito. Y eso que allá es canicular el sol. A mí me afecta más el sol de la Sierra que el de acá, porque acá el cielo es gris, y siempre hay como un velo. En Quito, el cielo es azul nítido. Yo crecí en ese azul y conozco quiteños que se quejan porque aquí el cielo es gris. Pero a mí me encantó este cielo diferente, porque descubrí la belleza del gris. Incluso el río y el cielo cambian de colores. En la mañana, justo cuando sale el sol, tipo 6, el río es plata y el cielo también. En el día, el río es ya más turbio, se pone un poco café con el calor. Y en la noche, el río es color firmamento, y se confunde con la oscuridad del cielo. Como no hay luz en la isla Santay, el río desaparece en la noche, no se ve. El cielo es negro, el río es negro y parece que la ciudad estuviera flotando en mitad del océano como un barco. Es increíble esta ciudad”.

Cuando Amaranta va a Quito se siente otra. Como se crió ahí, le da la impresión de que esa es la vida real. Llega a la casa de sus papás (su padre es el coreógrafo y bailarín Wilson Pico y su madre, la escritora Natasha Salguero) y se conecta con toda su historia personal. Algo en ella se pone el chip de Quito apenas baja del avión o del bus. “Tengo una relación que ya está establecida con mi familia, que es muy bonita, veo a mi gato y a mis amigos que siempre me reciben con una sonrisa como si no me hubiera ido ni un día. Y eso es perfecto. Pero yo siento que actúo de una manera distinta allá. De la manera en que yo creía que era. No digo que esté mal, pero venir acá me dio la posibilidad de ver que no era solo así”.

Guayaquil le da la libertad de estar sola en una ciudad. “Al no tener acá a mi familia, estoy desprovista de ese abrazo, que está ahí cuando quiera, incluso a la distancia lo siento, pero, al estar desprovista, puedo abrirme. Aquí es como si tuviera la posibilidad de hacer lo que quiera, cualquier día, en cualquier momento. Como tampoco tengo familia que mantener, estoy en un momento de total independencia”.

Esta experiencia en Guayaquil ha sido tan profunda que, incluso, puso en jaque la personalidad de Amaranta. “Yo antes pensaba “es que yo soy así”. Por ejemplo, si en un sitio no me sentía bien recibida, me iba, como por una idea de dignidad. No decía nada, pero me iba y por dentro decía: “es que yo soy así”. Dentro de ti hay como un orgullo. Ese y un montón de rasgos muy arraigados que finalmente hacían mella en mí, salieron a la luz aquí. Al salir de mi antiguo espacio de confort pude ver algunos rasgos y darme cuenta de que eso no era yo. Aquí puedo como desvestirme, cuando yo quiera de eso, de esa supuesta personalidad. Ahora me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Antes yo decía, muy férrea: “estos son mis valores”. Pero aquí vi que no todo era tan rígido. Pude ver los matices. Aprendí a apreciar el gris. Aquí he podido dejar de ser ese juez tan implacable con uno mismo que no deja pasar ni una. En Quito, escribí una vez una escena de un juicio. Yo era la jueza, el abogado acusador, el abogado defensor, la acusada, el jurado, el público y hasta el guardia que cuidaba la puerta. Y todos eran terribles. Poner eso en palabras fue bueno, porque todo lo que estaba ahí podía parecer chistoso literariamente, pero todo era verdad”.

SIMONÉ DELGADO: La transformación interior del centro

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(Artista del maquillaje, amante de la danza, casada con Javier Borja, quien es fotógrafo y músico experimental. Simoné dirige el Café del Río, que queda dentro del MAAC y es un espacio que se abrió en 2015 para acoger las propuestas de los artistas locales y extranjeros que están de paso.)

Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad.”

Simoné Delgado

Si ustedes se adentran en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo, ubicado al final del Malecón, podrán ver una tienda de souvenirs, que está llena de objetos, postales, artesanías, libros, ropa y demás cosas hechas por los artistas locales. Más allá, verán el escenario donde todos los jueves en la noche se presentan diferentes propuestas artísticas, arqueológicas, antropológicas, filosóficas, como parte de la programación del Café del Río, inaugurado en agosto de 2015. Si continúan, se encontrarán con la cafetería, donde pueden pedir un tinto, vino, té o algo para picar. Al lado izquierdo, hallarán una puerta que los llevará al balcón de fumadores, donde podrán contemplar la belleza del río Guayas. Y si prosiguen, más allá de la cafetería, encontrarán tres cubículos, cada uno con una pantalla donde se proyectan distintos vídeos sobre los artistas del Café del Río, o sobre las muestras del Museo.

Simoné Delgado es quien está a cargo de la programación del Café del Río. Ella admite que nunca se llevó bien con Guayaquil, siempre mantuvo una relación de odio / amor con la ciudad. Pone primero al odio, porque es lo primero que siente hacia Guayaquil. Esto suele pasarle a muchas personas sensibles que no encuentra un espacio de libertad y armonía en el caos guayaco. Sin embargo, durante los últimos seis meses del 2015, Simoné siente haber vivido un renacer, no de Guayaquil, sino de ella misma.

Le propusieron hacerse cargo del Café del Río, un espacio que estaba inerte dentro del MAAC. “De repente, se me da la oportunidad de hacer algo con un espacio hermoso que ha estado ahí para nosotros todo este tiempo. Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad. Todos los jueves Guayaquil me llena un poco más de esperanza”.

Para Simoné, el Café del Río “es un espacio donde converge todo lo más lindo del ser humano: su arte, su pasión por lo que hace, sus talentos pulidos con disciplina, su mejor energía, su agradecimiento infinito. Es increíble. Por eso a mí me encanta tomar una foto al final del público junto con los artistas en el escenario. Porque ellos son los que invaden el museo con lo mejor de ellos. Sin nuestro público, el museo no es más que un edificio lindo y frío. El público de Café del Río y todo lo que ahí sucede me recarga de amor por esta ciudad. Nos unimos a Malakita, La Culata, El Cangrejo Cultural, los lunes culturales de la ESPOL, Casa Fantoche y toda la comunidad del centro de Guayaquil para celebrarnos a nosotros mismos y nuestro arte. Y yo estoy muy orgullosa de eso”.

JAVIER LAZO: Cronometría y personalidad del centro

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(Fotógrafo, bohemio, nómada urbano. Ha vivido en muchas direcciones de Guayaquil, pero desde hace 13 años, el centro es su casa. Conoce los ires y venires de la gente, y los ritmos en los que se mueve el centro).

El norte empieza en Las Peñas, en las escalinatas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, en la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. Al este, tienes el malecón del río y al oeste, el malecón del salado.

Javier Lazo

El fotógrafo Javier Lazo fue uno de los primeros en exponer su trabajo en el Café del Río. Él nació en la boca del Pozo, en 1979, atrás del colegio Huancavilca, donde había una pequeña vecindad. También vivió en La Pradera, en Ximena y Urdaneta, en la Garzota, en Brisas de Santay, que era como estar en el campo: podía salir en bicicleta y regresar a las dos de la mañana. Pero no cambia por nada la vida intensa del centro.

Una vez vivió en Mendiburo y Rocafuerte, plena Zona Rosa. “En las noches, estar en mi departamento era un suplicio por el Colonial, el único bar que no tenía hermetizado el sonido. Aguanté unos tres años, al principio bien, porque llegaba a las tres de la mañana, pero luego cuando trabajas, y trabajas en un diario, es imposible”. De todas formas, según Javier, la intensidad del centro depende del horario. A partir de las siete, la ciudad muere, “y el centro es más silencioso de lo que la gente piensa”.

En el centro tienes todo, y todo lo haces a pie. Te evitas ese movimiento en bus, en taxi, que siempre te quita tiempo. Si hay que movilizarse, un taxi no te cuesta más de 3 dólares”.

Javier prefiere vivir en el centro, aunque pueda ser peligroso. “Yo andaba mucho en bici, hasta que me robaron, por la Culata, a las 11 de la mañana. Pero, al final, por donde paso, tengo la facilidad de siempre vincularme en las calles, sea en las seguras o en las inseguras. Muchos ya me ubican como un personaje del barrio. No me siento inseguro, a pesar de que siempre hay que estar alerta. Estás en Guayaquil, eso te demanda vivir un poco de paranoia, pero una vez que tienes aprendido el funcionamiento del ser humano sorprendes al propio ser humano”.

Guayaquil tiene ciertos circuitos seguros, pero más allá de esos circuitos seguros quién sabe qué pueda pasar. Ese circuito no deja de ser una especie de cruce que te permite conectarte a la red. En el centro tienes el Malecón, tienes hasta la calle Boyacá para caminar seguro y tienes la 9 de Octubre. De esa manera, tú puedes llegar a los puntos donde puedes tomar la metro o cualquier transporte. A pesar de que la mayoría lo considere inseguro, el centro es el más seguro porque tienes cámaras por todos lados. El centro está super vigilado.

Le pido a Javier que me delimite el centro. Dice que al norte empieza en las escalinatas de Las Peñas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, que queda sobre la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. La Bahía está incluida dentro del perímetro. Al este, tienes el malecón del río; y al oeste, el malecón del Salado. La 9 de Octubre atraviesa el centro y lo divide en dos a la altura de la plaza del Centenario.

Guayaquil tiene muchas caras. El centro es mucho más de gestión y en las noches, la vida se concentra en pocos espacios. La gente viene del norte, sur, de todas partes, pero es gente vinculada al arte o a la cultura y siempre buscan apropiarse de estos lugares donde todo el mundo se conoce, donde siempre se encuentran.

Javier ha expuesto su trabajo en varios lugares del centro. De manera individual, expuso en el Museo Presley Norton y ha participado en muestras colectivas en el centro apropiándonos de bares, o lugares como la galería Espacio Vacío, en su momento. “Son lugares donde la comunidad se desenvuelve e invita a los que están fuera del circuito a acercarse, dándole una vida nocturna al centro de una manera sana, y me refiero a que no es lo mismo la onda de los bares y discotecas, donde puedes ver mujeres golpeándose, a un lugar donde está reunida gente que se conoce, se aprecia y se cuida. En estos momentos, esos lugares son La Culata, el Cangrejo Cultural y el Mono Goloso (queda sobre la calle Luzarraga y es un rincón francés de pan y dulces en el centro)”.

Luego, están los circuitos culturales que se suceden en el año. Entre enero y abril poco ocurre en la ciudad. Todo empieza en mayo. En julio, están los salones y demás y siempre hay un cronograma del año. En promedio, puede que dos veces al mes sucedan cosas interesantes. Los mejores meses son finales de julio hasta septiembre-octubre. Después de las fiestas de octubre, baja el ritmo y se retoma en diciembre.

WALTER PÁEZ: La ciudad son los amigos

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(Walter es el maestro de grabado por excelencia de Guayaquil y su taller, uno de los lugares más exquisitos para visitar en el centro. En toda su vida, ha tenido alrededor de mil ochocientos alumnos. Es maestro en Guayaquil y lo ha sido en lugares tan distantes como Lisboa o Teherán. Junto a un grupo de poetas y cronistas, vivió, desde el inicio, el proceso de la vida bohemia del centro.)

Nosotros podíamos dejarle a los saloneros del Montreal cualquier encargo o recado. Entonces, yo llegaba y me decían: ahorita pasó Martillo, dijo que iba a estar en tal parte. Siempre pasaba lo mismo: nos sentábamos a refrescar con un par de bielas y terminábamos en una borrachera hasta el día siguiente. Todos casi mueren por el alcohol.”

Walter Páez

Walter Páez es un hombre de profundas convicciones. Viajar por todo el mundo no lo ha cambiado. Tiene 65 años y dice, de una manera tajante, que hay cosas a las que no puedes renunciar: a la ciudad en la que naciste, a tu equipo de fútbol y a tu familia.

Él nació en Quito y pasó su infancia entre Quito y Latacunga, donde estudiaba en un colegio agrícola. Después se vino para la Costa, y se matriculó en una escuela cerca de Tenguel. Su memoria guarda parajes hermosísimos de esa época, dice que era como estar en Macondo. Walter completó su bachillerato en otro colegio de Agricultura, en Daule. Sin embargo, los conocidos en esa infancia remota quedaron atrás. Sus amigos, los de la travesía en Guayaquil, son como sus hermanos. “Con ellos tengo esas vivencias más interiores”, dice. En 1969, Walter llegó a Guayaquil para estudiar en la Universidad, donde se graduó de ingeniero agrónomo.

Por aquella época, Walter tenía una tremenda actividad política. Era militante del partido Socialista Revolucionario y fue miembro del Consejo Universitario. Empezaba a multiplicar gente. Luego se graduó, se fue a Nicaragua un tiempo, después a México, ahí se empató con un viejito que le enseñó Grabado, sin embargo, Walter siempre tuvo la inclinación creativa. En el partido era el que diseñaba los afiches. Empezó a frecuentar, en el centro de Guayaquil, los dos lugares que, por entonces, eran el sitio de reunión de los intelectuales y artistas: la Casa de la Cultura y la cafetería El Montreal, que quedaba diagonal a la plaza Centenario. Esto a finales de los sesenta. Ahí era común ver a escritores, poetas, cronistas observando y escribiendo sobre Guayaquil.

Sobre todo nos reuníamos con los intelectuales del grupo Sicoseo: Edwin Ulloa, Jorge Itúrburo, Jorge Martillo, Fernando Nieto. Luego, comencé a ilustrar cosas para muchos de ellos. A Jorge Velasco (Mackenzie) le he ilustrado como siete libros. Hasta ahora viene, borrachito y cojito, pero aquí viene”, dice Walter.

Las crónicas y los cronistas son parte de esta generación. Guayaquil era terreno fértil para dejar correr ríos de alcohol y de tinta. Se destacan los amigos de Walter: Jorge Martillo Monserrate, a quien llaman “el conde”. Francisco Santana, más conocido como “el negro”. Y “el pelado” Jimmy Mendoza, probablemente el artista más desadaptado de entonces. Junto a ellos, “vivíamos con una velocidad que es difícil de volver a vivir”, dice Walter.

Hace 14 años, Walter reconstruyó el lugar donde ahora queda su taller, sobre la calle Imbabura, entre Panamá y Rocafuerte. Justo abajo del taller, estuvo el Gran Cacao, el primer bar underground de la Zona Rosa, que puso “el pelado”. Antes, montó el primer Palo Santo, que quedaba en el sur, y el segundo Palo Santo que quedaba en el centro.

El libro Historia Sucia de Guayaquil, de Francisco Santana, cuya portada es un grabado de Walter, cuenta muchas historias intensas y lujuriosas, que ocurren en estos lugares del centro. En una crónica suya publicada en diario El Universo, en 2011, se describe perfectamente el ambiente del Cacao: “Colgadas en las paredes se ven las palas de madera para remover el cacao cuando este secaba al sol, sacos rellenos que sirven para sentarse, sillas y mesas de muyuyo, velas encerradas en complicados receptáculos y otras cosas antiguas, no viejas. En el centro de todo eso, la gente. Cuando pregunto por ahí ¿por qué vienen? Francisco Perrone asegura que le recuerda a Estudio 54 de Nueva York, pero en versión underground 2004. Aquí a nadie le importa quién eres ni de dónde vienes. Eres un simple ser tomando unas copas.

Eso sirve, por aquí todo viene bien. Viene bolero, blues, salsa, son, rock, disco, flamenco, balada, pop, tango, bossa nova, jazz. Viene variado y fuerte, va con todo la música, aquí no hay algo definido. Es un lugar donde la gente baila y pierde; pierde esa sensación de excluido que tantas veces ha masticado en otros sitios”.

Walter recuerda que “cuando aquí había El Cacao, con “el pelado” bebíamos tres días seguidos. A veces, “el negro” no iba al trabajo. Y cuando iba, iba a esconderse en su oficina (en diario El Universo). Martillo siempre fue free lance del mismo periódico. Se desaparecía y lo buscaban. Estaba siempre desaparecido. Nosotros nos íbamos a Mapasingue, cuando no se podía subir a los cerros. Allí teníamos a una señora que nos hacía el desayuno y nos vendía cerveza. También, teníamos una tiendita en el barrio Cuba. Nos movíamos por toda la ciudad. Pero, al final, siempre terminábamos en el centro”.

Pero en su santuario, que es el taller, él no ha dejado entrar el relajo. “Ni aquí ni en ninguna parte”, dice muy serio. Porque cuando dirigió los talleres de grabado en el Banco Central tampoco. “Siempre que querían entrar borrachones los botaba, porque eso crea un mal ambiente, así no se puede enseñar”. Walter dejó de beber hace seis años.

El otro día, dice, estaba sacando las cuentas de cuántos alumnos ha tenido. Dice que ha enseñado técnicas de grabado a unos 1.800 alumnos en Ecuador. Afuera, en Portugal, dio clases en la Universidad. Viajaba en junio y se quedaba hasta noviembre. Walter también dio clases en Irán, cuando no se podía. “En Teharán preparé un grupo de grabado, hace cuatro años. En Cuba también compartí como profesor invitado”.

¿Qué sientes por Guayaquil?

Siento por Guayaquil lo que todo el mundo siente por la ciudad en la que vive. No siento una diferencia mayor que lo que siento por el casco colonial de Quito o lo que siento por la Habana Vieja, porque tiene que ver con lo que he vivido con la gente en sus esquinas interiores.

MAURO SBARBARO: El caos se revela en el centro 

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(Pintor, escultor, creativo, trotamundos. Nació en Guayaquil hace 43 años. Desde niño estuvo ligado al centro. Su abuelo vino de Italia para poner, sobre la calle Quisquís, la fábrica de los famosos sombreros conocidos como “tostadas” que se usaron en el Guayaquil de antaño.)

En 42 años he transitado por más de diez países y he vivido en Ecuador, Estados Unidos, Italia, Suiza e Inglaterra. Y Guayaquil centro es el lugar más tenaz donde he estado. Aquí no importa si eres rico, o estás chiro. Vienes al centro y te vas a un bar, te pegas dos tragos y te sientes un dios. O el dios de los miserables, o el dios de los reyes. Lo que se llama “la bohemia del centro” incluye todo: sexo, drogas y rock and roll.”

Mauro Sbarbaro

Mauro es alguien que no pasa desapercibido en el centro. Parece un gringo, pero habla como guayaco. Es lo primero que me impresionó de él, eso y sus enormes ojos azules.

Nació el 18 de enero de 1973, en Guayaquil. Estudió en el Cristóbal Colón y se crió en el barrio del Centenario, pero iba siempre al centro para visitar a sus abuelos. Sobre la calle Quisquís, dos cuadras más allá de la Boyacá, hay una casa de propiedad de italianos que llegaron al puerto hace tres generaciones. En esa casa, una de las más antiguas del barrio, vivían los abuelos de Mauro, quienes tenían seis hijos; la menor de todas, la madre de Mauro. Ezio Bigalli fue quien trajo, desde Italia, las famosas tostadas, los sombreros que reinaron en la cabeza de todos en el elegante Guayaquil de antaño, cuando la calle 9 de Octubre era una pasarela glamorosa, donde estaban los teatros. Las mujeres, los hombres y los niños se vestían con pulcritud y elegancia, tenían buenos modales y eran gentiles. Con el tiempo, el centro de Guayaquil se fue degenerando.

La primera fábrica de los sombreros Ezio estuvo en esta casa, donde ahora viven los padres de Mauro. Desde la ventana de esta casa, Mauro ha observado detenidamente a la gente que vive y pasa por el centro.

El centro es nostálgico, porque aquí es donde nació Guayaquil. Comenzó en estas calles, desde el cerro hasta acá. Aquí es la división entre Quisquís y Junín. Mi abuela vivía en esta casa y yo he visto de todo, desde que era un niño.

Mauro siempre ha sido hiperactivo y un viajero incansable. Ha recorrido medio mundo. La primera vez que vivió fuera de casa fue durante un intercambio, en Estados Unidos. La Universidad la hizo en Florencia, Italia, país de donde provienen sus abuelos de parte de madre. Durante diez años, estuvo viviendo en varias ciudades europeas. Vivió seis años en Suiza y tres en Londres. Luego de esto, decidió volver a Guayaquil. Entonces, regresó a vivir con sus padres, en la casa del centro. Ahí instaló su estudio de arte. Mauro pinta, esculpe, fotografía, es un artesano y un creativo a tiempo completo. Su obra ha sido expuesta en Japón, en Suiza, en Londres y, varias veces, en Quito y Guayaquil. El año pasado, durante un mes, estuvo expuesta en uno de los museos del centro, el Nahim Isaías.

Cuando dices que has visto de todo ¿a qué te refieres?

Por cien metros hay un distribuidor de droga, tú ves las batidas de los policías, están los chongos, las cantinas de mala muerte… Esta es la zona de tolerancia donde están todos los cabarets. A mí nunca me gustó vivir en el centro. Siempre fue sucio, maloliente, la gente te mira mal. Nunca me he sentido seguro. Una vez, desde la ventana, vi cómo me estaban robando el carro. Bajé y vi al tipo que estaba husmeando, y le digo: ¿qué haces, oe? Y me contesta: ¡ya, quédate frío! Y se fue”.

Así es aquí en el centro. La cosa es descarada. Ya no es que te timan, ya te arranchan. Esto ya no es viveza criolla, esto ya es el zafarrancho. Aquí no hay respeto por nadie.

En el centro tú puedes orinar, cocinar, robar, abrir los carros, jugar pelota, dormir dentro del carro, dormir con un cartón donde te dé la gana, cerrar las calles, botar basura, escupir, tener sexo. El centro está lleno de moteles, pero en la calle mismo tiran. Yo lo he visto. También he visto cómo sacan el trasero en la avenida y defecan a plena luz del día. Eso no lo he visto en ninguna parte del mundo. Desde mi ventana, he visto de todo: policías corruptos, comisión de tránsito corruptos, ladrones, prostitución. Y no es de ahora, ha sido toda la vida. En más grado, en menos grado, pero siempre ha habido. La cantidad de basura que he visto tirar. Nunca en mi vida he visto un lugar tan sucio como el centro de Guayaquil. Nunca vi tan poco amor de la gente por su ciudad.

Para Mauro, la ventana de su casa es como una pantalla gigante. Él no ve televisión y dice que con esta película que ve del centro tiene para toda la vida.

Compara el centro con el arca de Noé, con todos sus animales adentro. Dice que Guayaquil está llena de sapos, iguanas, lagartos, monos, chanchos. Y harto borrego. Pero esos borregos que no saben decir ni meee, simplemente guardan un absoluto silencio.

Él ha ido y venido de Guayaquil varias veces. Pero ya desistió de intentar vivir en una ciudad de la que se siente excluido como artista. “Siempre he visto lo mismo, nunca he visto un cambio. Los mismos cuatro se reparten los premios entre ellos. Siempre queda una garra de algún dinosaurio que con una uña pellizca”.

Cuando volvió de Londres, en 2013, Mauro vivió dos años en el centro y asegura que su experiencia fue terrible. “Yo tengo callos de vivir aquí, y he vivido obligado. Yo no elegiría jamás vivir en ninguna parte del centro. Yo elegiría vivir apartado de todo este cablerío (se refiere a los cables de teléfono y luz que parecen tallarines sobre las cabezas de la gente). Yo he logrado crear en este caos, pero con mis artimañas: audífonos, música a todo volumen o tapones, porque el grado de contaminación auditiva es altísimo”.

Desde el año pasado, Mauro vive alejado de la ciudad, en Puerto López, un pueblo de pescadores al que todos los años llegan las ballenas. Allí, en medio de la naturaleza, con el silencio necesario para crear, se siente el hombre más feliz del mundo. La crudeza del centro de Guayaquil lo altera. Es algo que no puede soportar. No solo es el caos, el ruido, sino también el control.

Guayaquil es una ciudad sitiada, una ciudad tomada por los piratas, donde las riquezas ya están repartidas. Por eso tanto control. Los piratas lograron infiltrarse. Todo es pirata lo que compras. Todo lo que tú quieras comprar que antes venía de China de manera ilegal, ahora es legal. Por eso terminó la Bahía. Se ahogaron ellos mismos. Dieron tanta oferta que lo único que les queda es regalar el producto. Y no pueden hacerlo ¿si no qué ganan? Hay tanta competencia. En Guayaquil todo está basado en la economía, en el dinero. Es la capital consumista del país.

Guayaquil es una ciudad tóxica donde las aguas se estancaron ya.

¿Qué crees que hay que hacer en Guayaquil?

Al contrario, en Guayaquil hay que dejar de hacer. Guayaquil es una ciudad en permanente actividad, nunca deja de hacer. ¿Para qué quieren más cosas? ¿Para qué tanto hacen? No hay personas suficientes para acudir a tanto restaurante, a tanta franquicia, a tantos eventos, para comprar tantas cosas. Las personas en Guayaquil, sean artistas o no, deben dejar de hacer, buscar la quietud. Encerrarse en sus casas y meditar. Hacer un acto de consciencia general.

Porque, al final de todo, uno dice: es chévere vivir la locura, la borrachera del centro. Pero eso ya fue, eso ya colapsó. Ya no es chistoso, ni es una forma de vida. Todos los que vivían de la “huevadilla”, vivieron de algo momentáneo, ilusorio. Vieron hacia afuera, no vieron hacia dentro de ellos mismos. Son como monos que van detrás de la novedad. A pesar de ser tan caliente, en Guayaquil nunca sentí fraternidad, o hermandad. El apoyo siempre fue ficticio, fue “pura boca”. Todo es falso. Es obvio para todos: yo no me siento parte de este lugar. Nunca fui parte. En Guayaquil no hay dónde ni cómo echar raíces.”.

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“Éramos y somos hermanas todas”


(Texto publicado en el libro Despiertas y de Pie, que se lanzó en el II Encuentro Nacional Mujeres por la Democracia que se celebró en Quito los días 2 y 3 de junio de 2015. En la foto, Zoila Bermello, protagonista de la historia).

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Zoila Judith nació el 23 de agosto de 1978 en la parroquia San Plácido, que pertenece al cantón Portoviejo y está formada por 39 comunidades, o sitios. Comprende desde La Mocorita, la tierra de los bizcochuelos tostados, hasta El Progreso. Esta es tierra verde, exuberante, como si fuera un rincón selvático en el que es posible respirar aire puro y parar para tomar un baño en un riachuelo. La gente de estos lugares vive con las puertas abiertas y siempre tiene algo que ofrecer. En sus fincas crían ganado, y producen cítricos: mandarinas, limones, naranjas. En esta parroquia viven alrededor de tres mil personas, entre ellos los Bermello-Zorrilla.

La siguiente comunidad, después de El Progreso, se llama San Sebastián: es un sitio comercial y agrícola que pertenece al cantón Pichincha. Zoila suele visitarlos, así como al resto de comunidades. Les lleva talleres en los que les habla sobre todo tipo de temas: democracia, autoestima, tipos de violencia, organización comunitaria, sexualidad, tecnología. Lo que haga falta.

Unas veinticinco personas de San Sebastián la escuchan atentos. Zoila les habla sobre Matilde Hidalgo de Procel, la primera mujer ecuatoriana en graduarse de médico, la primera mujer en votar en América y la primera mujer en ser candidata a un cargo de elección popular. Les cuenta su historia y la vuelve cercana.

-Antes de ella, las mujeres no teníamos la opción de salir de la casa ni de opinar. A ella la calificaban de bruja, el cura la hacía parar cuatro metros afuera de la iglesia. De la misma manera, a nosotras nos han dicho de todo. Yo también, como muchas mujeres, antes me quedaba callada, hasta que supe que tenía derechos. Reconocerte como un ser que tiene derechos es la decisión que tú debes tomar para poder dar un paso hacia adelante, siempre y cuando no hagas daño a nadie. Hay que quitar de en medio la vergüenza, el miedo a hablar que todavía tienen las mujeres.

Cuando se termina el taller, Zoila les ofrece un almuerzo, que ha preparado Aleida, su madre.

Nos encaminamos a San Plácido en la camioneta de Gonzalo, el padre de Zoila, un hombre de sonrisa abierta que trabajó durante largos años en proveer de energía eléctrica a toda esta comunidad, el mismo trabajo que hoy realiza Carlos Mateus, el esposo de Zoila y el padre de sus hijos: Carlos, de quince años, y Laurita, de siete.

***

La casa de los Mateus-Bermello queda en una especie de colina.

Para llegar, hay que subir algunas escaleras. Los vecinos saludan a Zoila, todos saben quién es esta mujer de ojos achinados, formas sensuales y brazos gruesos como alas. Ella siempre trabajó para su parroquia. Era la encargada de las obras públicas, del deporte y de la parte social. Sin embargo, su trabajo se empezó a hacer visible con fuerza a partir del 2005 cuando fue elegida vicepresidenta de la Junta Parroquial de San Plácido.

Por entonces, Zoila tenía veinticinco años.

Recuerda que uno de los desafíos que le tocó enfrentar fue la repartición de los productos del programa Aliméntate Ecuador. Ella sola debía encargarse de armar ochocientos combos de comida y luego repartirlos a madres, niños, personas con discapacidad y ancianos. Luego de meditar, se le ocurrió lo siguiente: llamaría a tres familias que estuvieran dentro del padrón. Les pediría envasar los ochocientos combos durante dos noches. A cambio, todos los paquetes de arroz, aceite, azúcar, que se fueran rompiendo, porque se rompían en el traer y llevar, serían de ellos.

Aceptaron.

Lo siguiente era resolver cómo repartir los combos. La entrega debía hacerse viernes, sábado y domingo. A Zoila se le ocurrió pedir ayuda a chicos del colegio. Consiguió que este trabajo fuese tomado en cuenta como parte de la materia Vinculación Social, les hizo dividir el padrón por secciones y en orden alfabético y, cuando llegaron los días de la repartición, también se encargó de pedir protección a la Policía. Y así fue como San Plácido fue la primera parroquia en organizarse. Llegaron los directivos del MIES y le pidieron a Zoila que organizara de la misma forma a las otras parroquias. Todas las juntas parroquiales de Manabí tomaron el mismo ejemplo. Así, la fueron conociendo en su provincia, y ella también se fue aventurando a ir más allá.

***

Por entonces, Zoila conoció a María Cristina López, quien la invitaría a Quito a su primera reunión con las mujeres de la Asociación de Juntas Parroquiales Rurales del Ecuador, Amjupre. Cuando se conocieron, María Cristiana era presidenta del gobierno parroquial de Calceta, y también era vicepresidenta de Amjupre.

La invitación que le hizo a Zoila le cambió la vida.

-En el momento en que llegué fue una felicidad constatar que había otras mujeres iguales a mí. Todas mujeres rurales con las mismas necesidades, los mismos problemas. Éramos y somos hermanas todas. Luz es como nuestra madre. Amjupre es como ese manto protector, es nuestra casa. Allí nadie nos mira mal. Allí todas somos iguales. Si una se duerme, otra le presta la pierna para que duerma tranquila.

Pero no solo se sintió acompañada, sino que empezó un camino hacia su propia formación como maestra, comunicadora, puente. Se entrenó en el amor a ella misma, en cómo pararse y hablar en público, así como en temas sobre derechos, participación política, planes de gobierno, paridad, tipos de violencia, asuntos sobre los que dicta talleres no solo en Manabí, sino también en Esmeraldas, Tena, Puyo, Loja, Santa Elena, Santo Domingo y Guayaquil. A Zoila la han elegido por cuatro años para que integre el grupo asesor ante ONU Mujeres. Ecuador es el segundo país en formar este grupo asesor femenino que tiene como finalidad analizar las leyes de cada país para preservar que se respeten los derechos de las mujeres.

***

Zoila proviene de una casta femenina que se han forjado con todo en contra. La madre de Zoila, Aleida, tuvo dos madres: una que la parió y otra que la crío. Eran hermanas. La madre de ellas, la bisabuela de Zoila, se llamaba Mercedes Menéndez García y fue madre soltera. Trabajaba para una familia rica de Portoviejo. La contrataban para tejer y bordar, cocinar y ayudar en un comercio que tenían. Ella bordaba almohadones, ajuares, cosas muy delicadas. Mercedes vivió hasta los 103 años. Cuando la familia rica decidió mudarse a Jipijapa, Ermelinda y Alicia, hijas de Mercedes, se fueron con ellos.

Aleida, la madre de Zoila, fue la tercera hija de Alicia. Alicia era muy buena artesana, era experta en fabricar colchones con lana de ceibo y tenía un taller en la parte baja de la casa. Alicia y Ermelinda aprendieron a leer y se afanaron para que sus hijas sí fueran a la escuela. Las que no se dedicaron a seguir el colegio, por lo menos aprendieron artesanía, algún oficio.

La madre de Zoila se casó a los 23 años con Gonzalo Bermello, que era de San Plácido.

Los padres de Gonzalo son Dalia y Marcilio: tuvieron catorce hijos.

-Mi abuelo desde muy joven trabajó para obras públicas, y mi abuela se dedicó a criar a sus hijos. Ella era como un caballo de carga, era hombre y mujer en la casa. Se iba a trabajar todo el día, arriba en ese cerro. Cogía café, picaba maní, cocinaba y, de bajada venía cortando guineo, yuca y se podía poner al hombro dos racimos de guineo o de plátano.

***

La vida en el campo era así:

Se levantaban a las cinco de la mañana. Los varones cargaban agua, dejaban leña recogida para cocinar, le daban de comer al burro. Se iban a la escuela. En las tardes, regresaban a hacer deberes rapidito y otra vez, antes de irse a la escuela (porque antes había dos turnos), recogían agua o lo que necesitaran.

Las niñas no lo tenían más fácil. Cuando regresaban de la escuela en la noche, ellas tenían que lavar, ayudar a cocinar, a limpiar el horno de leña. Todo era muy estricto. No podían salir de casa. A todas les ponían los mismos vestidos y zapatos. Fueron niñas que se pasaron la vida criando niños: primero sus hermanitos y luego sus propios hijos.

Zoila empezó pronto su viaje como mujer. Menstruó la primera vez cuando tenía nueve años. Ella lo recuerda como algo traumático, porque, a pesar de que era grande de cuerpo -a los ocho años ya se veía como una señorita-, era muy pequeña de edad.

Estudió en la escuela de monjas Santa Magdalena. La primera vez que se rebeló fue en primer curso. A ella le gustaba dibujar y la profesora de Ciencias Naturales la obligaba a cortar y pegar, anulando su imaginación. Zoila dibujaba a los vertebrados y a los invertebrados y la profesora se los tachaba. Zoila no se detenía. La profesora la llamó malcriada y Zoila la llamó bruja.

Esto dio pie a que otras compañeras también reclamaran y a que Zoila le pusieran la etiqueta de peligrosa. A los quince años, sus padres la enviaron a estudiar a Guayaquil en la Academia Naval. Zoila pasó de un colegio de monjas en el que todo era rezos, a uno militar en el que todo era marcha.

***

Apenas tenía dos meses en la ciudad, cuando empezó la tortura. Zoila viaja al momento en que, con todo el colegio delante, más de quinientas alumnas formadas, un oficial la hace pasar a ella y a dos compañeras más al frente. El oficial les dice que le canten el Himno a Guayaquil.

Zoila no se sabe el Himno a Guayaquil, solo se sabe el Himno a Manabí. Ella le dice que no es justo lo que le pide.

-Si usted es tan sabido, cánteme el Himno a Manabí.

La castigan y esta escena propicia el inicio del martirio.

***

A Zoila no le preocupa que la llamen montubia, al contrario, ella se declara montubia siempre. Pero sus compañeras se lo dicen de manera despectiva. Le dicen manaba pata al suelo, machetera. La humillan delante de todos. Su cabello es largo, ella hace un esfuerzo para poderlo meter en la boina. Las chicas le sacan la boina, le revuelven el pelo. Un día Zoila se cansa. Salían al recreo y una chica le haló la boina y empezó a insultarla. Zoila se le lanzó encima, la agarró de los pelos, se fueron escalera abajo, la arañó. Las agarraron y las metieron a las dos de cabeza en un balde de agua sucia.

-La madre de la niña era una señora muy encopetada. Me dijo que yo era una salvaje. Entonces, yo le dije: si su hija está como está es porque fue mal educada. A mí en mi campo, en mi monte, donde yo vivo me enseñaron a respetar a los demás. Pero también me enseñaron a defenderme.

Este incidente dio paso para que fueran orientadores y psicólogos a la Academia para enseñar a los profesores y alumnos que todos somos iguales, indistintamente del lugar donde hayamos nacido. Incluso cambiaron el lema de la Academia.

-Dijeron que ahora el lema era respetar para que respeten, cuando antes tenía que ver con la fuerza.

***

Esta tarde, Zoila vuelve a su antigua escuela en San Plácido, recorre sus pasillos, aulas y patios interiores. La Unidad Educativa Santa Magdalena es uno de los cinco colegios que la congregación de las hermanas oblatas de San Francisco de Sales tiene en Manabí. Las cosas han cambiado y ya no hay ningún rencor hacia las monjas. Mucho menos cuando aparece sor Alba Inés González, la guía espiritual de Zoila, a quien llama mi otra madre.

-Ella siempre me descubre si estoy triste, a ella no le puedo mentir.

Sor Alba Inés nos lleva a sus jardines. Nos ofrece galletas y cola, nos deja jugar con su cachorro blanco y nos invita a entrar a su casa de muñecas, que está muy bien arreglada. En ella, unas cincuenta muñecas de todos los tamaños, ojos, cuerpos y colores.

Sor Alba Inés es colombiana, de Medellín, y vive en Ecuador hace dieciséis años. Solo hay amor en su mirada y en sus palabras cuando habla de Zoila:

– Ella es una persona llena de alegría, de amor, de conocimiento. Es una mujer que no se le desmaya a nada, que si le dicen: flaca, coma tierra, ella come tierra, siempre y cuando esto sea por el bien de los demás.

Está por caer el sol en San Plácido.

Sor Alba Inés debe seguir con los quehaceres. Sus palabras de despedida nos acompañan en el camino de regreso a casa:

-Si el sol está dentro de ti, no importa que afuera esté oscuro.

La cárcel de Velasco Mackenzie


  • Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2014

 

“Caminó tambaleante, sin imaginar lo que iba a vivir allí,

detrás de esa puerta que partiría su vida en dos.”

La Casa del Fabulante (Jorge Velasco Mackenzie)

UNO DE LOS ESCRITORES MÁS RECONOCIDOS DEL ECUADOR PASÓ SEIS MESES EN UNA CLÍNICA DE REHABILITACIÓN PARA ALCOHÓLICOS Y ADICTOS A LAS DROGAS. LA AUTORA DE ESTA CRÓNICA CONVERSÓ CON ÉL TRAS EL ENCIERRO Y CONSTRUYÓ EL RELATO A PARTIR DE SU TESTIMONIO. LA HISTORIA DE UN ATERRIZAJE FORZOSO PROMETE SER UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DEL AUTOR.

El toque de queda es a las seis de la tarde. Silenciosos, los enfermos se encierran en sus habitaciones. El escritor Jorge Velasco MacKenzie obedece como el resto. A veces, cuando reclama y se queja, le permiten ver algún noticiero en la televisión, pero lo más frecuente es que pasadas las siete de la noche desconecten la energía y la soledad sea la única que se pasee por los pasillos de la clínica. Salir es imposible pues los guardias ponen seguro a las puertas por fuera. Si alguien tiene una emergencia por la noche, no se enteran. Si alguien muere, tampoco.

Luis Camana, el compañero de cuarto de Velasco, tiene un hongo en el pie que duele y despide mal olor. Antes de acostarse a dormir, el escritor lo cura con paciencia, le pone una crema y lo arropa. Camana tiene 72 años. Cuando habla de él, Velasco lo llama “mi viejito”. Ambos son alcohólicos, viejos bebedores de cerveza, y fueron internados en esta clínica de rehabilitación por sus hijos. Camana le cuenta sus aventuras de cuando combatió en la guerra del 41, y Velasco le habla de sus amores imposibles. Han pasado noches enteras contándose historias reales o inventadas –la verdad importa poco– y alimentado la esperanza de poder salir pronto.

Tras una madrugada tranquila en la que duerme sin sobresaltos, los gritos de un guardia despiertan a Velasco cuando son apenas las seis de la mañana. Es el mismo guardia que siempre le restriega los privilegios que tiene dentro de la clínica. A los demás, le recuerda de mala gana, los despiertan a patadas. En cambio a él, que paga bastante, le tienen ciertas consideraciones. Velasco y Camana comparten una habitación con baño privado por la que cada uno paga setecientos dólares mensuales. El escritor se levanta lleno de ira para responder al guardia. Cuando se calma, nota que Camana no se mueve.

“Don Lucho, ya despiértese”, le dice tocándole el hombro. Camana no contesta. Velasco se da cuenta de que su amigo está muerto.

Enojado y confuso, Velasco sale del cuarto en busca de Bladimir Chiriboga, director y dueño de la clínica. “¡Anda a ver lo que has hecho!”, le grita desconsolado, aunque Chiriboga no tenga en realidad nada que ver con el asunto. Lo más probable es que Camana haya muerto de un infarto mientras dormía, pero  nadie puede confirmarlo y Velasco arma un alboroto en la clínica. Como cualquier otro día, lo obligan a ir a la terapia y no vuelve a ver el cuerpo de su compañero. Entre los adictos, dice Velasco, una muerte no es algo que espante demasiado. “Algunos internos han muerto en LaCasa, varios  adentro, de viejos, otros porque volvieron heridos; una mujer, la Ticsia, que usaba dos trenzas largas, fue lanzada hacia la puerta desde un automóvil, ahorcada con su propio pelo. Hubo un suicida que se tiró contra los cables de alta tensión. ¿Qué casa de rehabilitación no tiene un suicida?, no sería confiable, allí no encerrarían a nadie, mejor seguir consumiendo”. Escribió en La Casa del Fabulante, su nuevo libro autobiográfico. El 10 de noviembre de 2012, Jorge Velasco MacKenzie fue encerrado contra su voluntad en la clínica de rehabilitación para adictos Celare (Centro Latinoamericano de Recuperación). La muerte de Camana ocurrió cuando Velasco llevaba cinco meses interno. Para entonces, ya había terminado de escribir la novela.

“Yo provengo de una familia de alcohólicos. Mis tíos, los McKenzie, no son borrachos sólo por el nombre (escoces), yo de verdad nací con un gen alcohólico. Y no soy el único de mi familia”, reconoce. Un día, mientras bebía unas cervezas en Durán con un amigo, llegaron unos hombres de aspecto gorila que lo apresaron, lo inmovilizaron y lo subieron a un carro en el que lo trasladaron a la clínica. Sus hijos, impotentes ante el alcoholismo crónico de su padre, lo habían decidido sin consultárselo. “Me capturaron como si yo fuera un delincuente y me tuvieron ahí seis meses”.

La clínica está en el número 374 de la calle Chambers, en el sur de Guayaquil. En la novela, Velasco llama a la clínica LaCasa y a su dueño, La Sombra, un ser que como El Gran Hermano de George Orwell parece tener el don de la ubicuidad: sabe lo que hacen y dicen los internos en todo momento, siempre. Lo primero que le dijeron a Jorge Velasco Mackenzie al ingresar a la clínica fue que allí adentro no podía usar su verdadero nombre; tenía que escoger un don o un atributo suyo como identificación. Así el escritor construyó a Mateo-Valiente, el protagonista colocado al centro de la historia, la versión encerrada de sí mismo. Y el personaje, claro, no está solo. En LaCasa lo acompañan Olga-Pasión, LaVida, Gaspard-Flaquedad, LaPulga, Alvarito-Plebeyo, Martín-Belloso, Walter-Rapaz, Alfredo-Komodo el Dragón, OtroMundo, LaPulga, Aranka y OtraVida. Todos personajes sufrientes, solos y desesperados. “Te decían: cómo quieres llamarte y cada uno decidía qué nombre ponerse. Me puse Valiente porque soy cobarde. Mateo se odia porque no puede asumir el alcoholismo. Buen personaje ese Valiente, pero cómo sufre ese desgraciado. Es Valiente pero para sufrir”, dice Velasco como si no hablara de Velasco.

“LaCasa era una construcción blanca de hormigón cerrado, con  grandes prados y una piscina al centro. La habitaba una docena de internos, padecientes extraños que jamás podían salir hasta que terminara su recuperación. Mateo había llegado acompañado de sus hijos. El mayor caminaba adelante, indicándole la ruta. Él, tembloroso, apenas podía avanzar. Al acercarse a la puerta de entrada trastrabilló, ninguno de los dos pudo sujetarlo y cayó al piso. Caído, levantó los brazos y fue izado como uno de esos monigotes de aserrín que se queman para fin de año. Mateo no lograba explicarse qué había pasado. El mundo se le vino abajo, se nubló y le cayó encima. Ahora, en la caída, su rostro dibujó una derrotada  sonrisa…”. Así empieza La Casa del Fabulante.  La editorial Mar Abierto, de Manabí, hará el primer tiraje de la novela.

El encierro ocurrió luego de que Velasco recibiera alrededor de 60 mil dólares de jubilación por haber trabajado durante 34 años como docente en la Universidad Técnica de Babahoyo. Parte de ese dinero la dedicó a comprarle autos nuevos a sus hijos y el resto lo estaba invirtiendo en beber como si no existiera mañana. Cuando lo internaron, sus hijos le decían a los amigos de su padre que Velasco estaba disfrutando de su jubilación en Europa. “Nadie sabía lo que me estaba pasando allí adentro”, dice Velasco. Después de los primeros tres meses de encierro el escritor logró huir a Babahoyo, pero los guardias de la clínica lo rastrearon y volvieron a capturarlo. Dice que entonces lo trataron –otra vez– como si fuera un delincuente, que estuvo encerrado y lo tuvieron incomunicado durante días.

La estadía en la clínica no le curó el alcoholismo, mal que, por otra parte, lo emparenta con varios de sus poetas y escritores preferidos, pero sí le sirvió para escribir una novela que él considera distinta a todos sus trabajos anteriores, una novela en la que, según dice, nada fabula, y que está llena de un dolor y una soledad que hasta ahora no conocía o, al menos, no en esta dimensión. “Nunca había escrito desde el miedo, desde el dolor, y es fuerte”, confiesa. Dice que en cinco meses escribió trescientas páginas y que cuando se dieron cuenta de que estaba escribiendo el libro le confiscaron la computadora portátil. Me muestra su dedo índice y veo que tiene callos y una ligera hendidura por haber vuelto a escribir a mano. “Un día subí a la alcoba y mi laptop ya no estaba. Se la llevó un hombre de la clínica, muy malo, muy envidioso, que había sido un adicto, por ahí anda robando en las calles. Menos mal, logré salvar en un pen drive lo que había escrito, que era más de la mitad de la novela. Y me puse a escribir a mano. Después, yo mismo no me entendía, pero no importaba. Yo era dale y dale. Me mandaban a confiscar mis papeles y mis plumas”.

Aunque la clínica tenía gimnasio y piscina, nadie podía tocar esos espacios sin la autorización de La Sombra. Allí adentro, las únicas certezas eran las terapias, diarias y obligatorias, y el momento en el que rezaban la oración de los adictos: Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquello que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia. ¡Fuerza!

“Mateo-Valiente mira la sala de terapias y sus ventanales, amplios pero cerrados con vidrios y rejas; un bar donde no había ni agua, solo sillas de plástico, un escritorio sin libros ni papeles.” Antes de empezar las terapias, cada interno debía identificar con un número, del uno al diez, su estado de ánimo. El uno era “No tengo presión, me siento bien”. El dos “me siento bien, pero algo me está fastidiando”. El tres “estoy mejor, pero algo me pesa”. El cuatro “ya no me siento bien, necesito ayuda”… Y así hasta llegar a los peores estados. El nueve era “desesperado” y el diez, “ya estoy sin remedio, me quiero morir”. Cuando Velasco llegó dijo que estaba en el número nueve. Con el pasar del tiempo, fue subiendo. Llegó hasta el número cuatro, y ahí se mantuvo. “Ahora estoy aquí, sé que algún día saldré”, pensaba. Nunca llegó al número tres, mucho menos al uno.

En la novela también aparece Juan Calamarco, que era el administrador de LaCasa y sabía todos sus secretos. Se hacía llamar Principio y era la autoridad visible, pues a La Sombra, valga la redundancia, casi nadie lo veía. Un día Calamarco entró con un fajo de hojas en las manos y dijo: “Quédense quietos, muy quietos, deberán responder quiénes son, hoy mismo, lo que son hasta ahora”. Luego caminó entre los internos entregando las hojas. Cada una contenía el dibujo lineado de un hombre sentado, sin rasgos definidos, y cada parte de su cuerpo registraba una pregunta. Mateo-Valiente las contestó todas. Lo que pienso de mí: Me odio porque soy cobarde. Lo que yo sé  hacer: escribir. Lo  que odio de mí: Vagar. Lo que más amo: el trago. Mis mejores cualidades: beber, pensar y comer. Mis tres necesidades: vestirme, asearme, emborracharme.

Jorge Velasco dice que dentro de la clínica todos eran adictos, algunos incluso lograban entrar drogas y venderlas entre los internos. Recuerda el caso de Misionero, un gordo adicto a la cocaína. Su madre preparaba encebollado para él y todos sus compañeros y dentro del caldo metía paquetitos de cocaína que se camuflaban debajo de trozos de pescado. “Él me decía: oye Valiente, ¿tú le haces? Y yo le decía: no, mi droga es el alcoholito. Con eso me quedo”. “En ese lugar todos eran adictos, desde el dueño hasta el que limpiaba; el portero, el cocinero, todos tenían una adicción. Hasta el perro era adicto”.

Poco a poco, en LaCasa se fue regando el rumor de que Velasco era un escritor famoso. El dueño de la clínica lo llamaba “doctor”, pero ese título no impidió que lo maltratasen psicológicamente como al resto. “Me insultaban, me humillaban. Una vez me llevaron al Lorenzo Ponce, allá donde están los locos, y eso fue para amedrentarme, para decirme: así vas a terminar”.

Otra de las torturas que soportaban dentro de LaCasa era la vigilancia permanente. Velasco siempre sospechó que dentro de los cuartos había cámaras o censores que registraban los movimientos de los huéspedes, era la única manera de que La Sombra supiera exactamente todo lo que hacían. “No entendíamos cómo era que La Sombra sabía todo, sabía hasta cuando se hacían la paja. Ayer te hiciste dos pajazos, decía, así, delante de todos. A mí no me gusta masturbarme, pero igual tuve que hacerlo alguna vez. Un día dijo: el doctor MacKenzie una vez que otra se hace la paja. ¿Y cómo sabes tú esa huevada?, le pregunté y me quedé con la curiosidad. Como siempre me ha gustado la cocina, un día me enviaron allá para ver si mejoraba un poco esa comida puerca, asquerosa, que hacían ellos. Y ahí descubrí ese censor famoso con el que nos vigilaban. La Sombra es un hombre sin escrúpulos, no le importa nada más que el dinero. Puede retener a personas sanas, que no tienen ninguna adicción. Por ejemplo, había un muchacho ahí, un muchacho serrano, que lo habían traído con engaños desde Quito. Parece que tenía problemas familiares, una herencia, había mucha plata de por medio. Lo mantuvieron en la clínica un año, sin ninguna razón. Él me decía: Poeta, yo no soy drogadicto ni alcohólico, yo no soy nada. Estoy metido aquí porque mis hermanos así lo quieren”, cuenta Velasco.

“…en LaCasa nadie es dueño de sí, todo lo decide el otro: lo que debes comer, la hora del baño, cuando hablas o caminas”, dice la novela. En la realidad ¿es así de terrible?, le pregunto. “Todo lo que digo en la novela es la realidad”, dice tajante. Le pregunto también por otro personaje, Aranka. Se trata de una viuda alcohólica que pasa de los sesenta años y nunca se está quieta. Me llama la atención porque, aún estando en la clínica, esta mujer puede consumir todo el alcohol que quiera, desde la mañana hasta el anochecer. Se dice que es muy rica y que sus hijos ya no pueden con ella. “Al medio día ya está achispada y a punto de encenderse, llama para pedir servicio y los dueños de las licoreras le mandan niños, porque si le envían muchachos ella los empuja adentro, se desnuda y se les tira encima”. Aranka va a parar a LaCasa cada vez que recae y, cuando la traen, entra gritando y patea a los enfermeros. Después se duerme y Mateo-Valiente asegura que en la mañana canta óperas. En cada recaída, este personaje amargo y encantador elige cambiar su nombre, como dándose una nueva oportunidad luego de haber desperdiciado miles. La última vez dijo: Buenas noches, familia, mi nombre es Aranka y soy Pasión, estoy en nueve: desesperada. En el cuarto de Aranka hay un sauna y una radio, pero cuando Mateo entra no ve ninguna ropa, solo un látigo de tres patas.

¿Por qué Aranka tiene tantos privilegios?, le pregunto. Porque era rica, así de simple. Escuchaba Verdi, se metía droga en la chepa. Ella bebía desde la mañana, a ella le permitían todo porque era rica. Es mentira que esto es una clínica de rehabilitación, aquí lo que quieren es el dinero. Esta no es una clínica para chiros. Qué loca era Aranka, pero qué bella.”

¿Hay esperanza aún después de recaer? “No. Recaer es como la muerte. Todo el mundo viene y me dice: oye, tienes que tener fuerza de carácter. Pero eso es lo que un adicto no tiene. No hay lugar para la esperanza y eso es aterrador.”

La Casa del Fabulante es la octava novela de Jorge Velasco. Publicó su primer libro a los 26 años, un volumen de cuentos llamado De vuelta al paraíso, y desde entonces ha sostenido por casi cuatro décadas una carrera en la que no han faltado premios y reconocimientos. Ganó dos veces el Premio Nacional de Novela “Grupo de Guayaquil”, convocado por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas; la primera vez con El rincón de los Justos, que será llevada al cine, y la segunda con Tambores para una canción perdida. Además, ganó el Primer Premio en el X Congreso Nacional de Relato José de la Cuadra de la Municipalidad de Guayaquil, con su cuarto libro de cuentos Músicos y Amaneceres, y el Primer Premio en el IX Congreso Nacional de obras de Teatro organizado por la Municipalidad de Guayaquil con la obra En esta casa de enfermos.

Desde que salió de la clínica, el pasado mayo, Velasco vive con uno de sus hijos en un amplio departamento del barrio del Astillero, dentro de un edificio de puerta rosa sobre la calle Eloy Alfaro. El escritor dice que no guarda rencor por sus hijos, pero está intentando demandar a la clínica. Por toda excentricidad, en la pared del departamento han colgado un tronco de árbol pintado de blanco. Esta tarde el recuerdo de Camana ha mojado de lágrimas su cara. Su mirada sale por la ventana, huye en dirección a la calle Venezuela y se planta en el castillo catalán. La brisa que llega de la ría limpia el aire y nos refresca, pero también parece acentuar la sensación de  tristeza que se ha apoderado de las horas, de la sala, de los muebles, de los libros y de los ojos de Velasco.

De pronto, me pregunta si quiero tomar una cerveza. Sin pensar, le digo que sí. Me dice que me quiere regalar un libro, que elija el que yo quiera mientras él va a la tienda para comprar la cerveza. Repaso los títulos de la estantería. Antes, me había contado que ha perdido tres bibliotecas, y que también ha perdido todo el dinero de su jubilación. Ha perdido, además, a las mujeres que lo han amado, y está por perder una casa de playa. Se siente solo, vacío, derrotado. ¿Por qué ha pasado todo esto? “No sé, no sé, no sé”, repitió tres veces un poco alterado. Luego, se calmó y dijo casi en un susurro: “debe ser por el alcoholismo”.

Elijo un pequeño poemario de Ezra Pound. Lo abro en la página 57, y leo:

Epitafios

Fu I

Fu I amaba las colinas y las altas nubes,

¡ay!, murió por culpa del alcohol.

Li Po

Y también Li Po murió borracho.

Intentó abrazar a la luna

en el río Amarillo.

El escritor regresa de la tienda con las cervezas en la mano. En enero próximo cumplirá 65 años y tiene la ilusión de encontrar esa edad en París. Me lo cuenta y un ligero brillo enciende sus ojos mientras sirve la cerveza que hará sudar el cristal de los vasos. “Sé que soy un alcohólico, lo reconozco, pero también soy un ser humano, y no debieron tratarme así”, dice. Brindamos. Jorge Velasco MacKenzie intenta sonreír.

David Beriain: los ojos humanos detrás de la guerra


LA TEN MOUNTAIN DIVISION DE LOS EE.UU EN LAS MONTAÑAS DE AFGANISTAN

Era marzo de 2003 y lo único que David Beriain (Navarra, 1977) quería era llegar a Irak. Estaba atrapado en el frente norte de Turquía. Había llegado hasta allí desde España con la intención de cubrir la inminente invasión estadounidense al país del Tigris y el Eúfrates. Tenía 24 años, reportaba para el diario La Voz de Galicia y se había empecinado en ir. Y en ir solo. Cuando llegó a la frontera y vio que los pasos sirio (noroeste) y turco (norte) estaban bloqueados y que la guerra, del otro lado, ya había estallado, lo decidió: contrató a dos contrabandistas kurdos y se metió en el fondo de un camión como un inmigrante, respirando por cuatro agujeros de medio centímetro de diámetro. Lo dejaron en la aridez. Caminó 15 horas por las montañas, esquivando a los agentes turcos y a las minas antipersona. Así se metió en el infierno. Entró a Irak. Estuvo entre fuegos de mortero, en tiroteos. Le dispararon por primera vez. Vio morir a personas cercanas. Tuvo miedo. Pero logró cubrir las caídas de las ciudades del norte: Kirkuk, Mosul, Tikrit. Y obtuvo una exclusiva: los ajusticiamientos de los generales del partido Baas, en Kirkuk.

Lejos de asustarlo, Irak esculpió su fuego interno y lo convirtió en el reportero de guerra que es y que desde hace seis años cubre los conflictos más importantes del planeta. Ha estado cinco veces en Irak, seis en Afganistán y ha cubierto las guerras en Cachemira, Pakistán, Sudán y Darfur. Su última hazaña fue este año: pasó diez días con los guerrilleros de las FARC, en el estómago de la selva colombiana. Y lo cuenta con la sencillez de los tipos grandes, ahora tranquilo desde su casa en Artajona, un pueblo de 1.700 habitantes, al que siempre vuelve para descansar de sus batallas. Allí no es el reportero de guerra que da entrevistas, sale en la televisión y escribe en los diarios, sino el hijo de un simple agricultor.

Todo empezó a los 18 años, cuenta David, cuando decidió estudiar periodismo. “Tenía una preocupación humana más que periodística y el sueño de viajar a América Latina. Quería ir a cavar letrinas, o lo que fuera”. Entonces, empezó a mandar mails a cuanto diario sudamericano pudo para pedir una oportunidad de hacer pasantías. El único que le contestó fue El Liberal, de Santiago del Estero, una de las provincias más pobres de Argentina.

Su primer reportaje consistió en investigar una denuncia: si era verdad que los enfermeros de un hospital psiquiátrico violaban a los pacientes. David, que no sabía un ápice de periodismo, sintió como si le mandaran a darle un mensaje a García: “vaya e investigue”.

“Iba con otro compañero, él se encargó de las fuentes oficiales y tal, y yo entré a hablar con los locos”, se acuerda. “Si hubiera estado en España haciendo prácticas, seguramente habría hecho la crónica de las fiestas de un pueblo. Y el periodismo no me hubiera atrapado tanto como me atrapó. Pero aquella crónica me marcó. Entonces, supe que era lo que quería hacer toda mi vida”, dice.

Cuando se graduó de periodista montó en ese mismo diario una unidad de investigación que destapó cloacas tan fétidas que desató la caída del gobierno de la provincia (eran los estertores del menemismo, a inicios de este siglo). Llegaron las presiones, las amenazas de muerte, y el diario puso fin a las publicaciones. David volvió a España. Se enroló en La Voz de Galicia. Y llegó el 11 de septiembre.

El navarro empezó a hacer reportajes sobre el régimen talibán, sin moverse de la redacción. Esperó, esperó, hasta que llegó la gran oportunidad: la posibilidad de un viaje a Afganistán para ver a las tropas españolas. Ese primer contacto con la realidad de la guerra lo armó de valor para cubrir luego Irak. Para él, esto no es un tema de tener o no “cojones”. “Se trata de que te importe la gente, de ponerle cerebro a la historia y corazón para tener empatía y darse cuenta de lo que a ellos les pasa”.

Y es que lo suyo no es solo salir a cazar historias. Hay todo un significado humano en lo que hace. “Cuando uno va un sitio como estos y ve lo que ve, uno se siente ridículo, se siente muy pequeño. La libertad que siento es que mi ego desaparece. Hay mucha libertad en olvidarse de uno mismo y preocuparse más por otros”, reflexiona David y suena como en un eco la voz de Ryszard Kapuscinski, con esa misma tonalidad sencilla y esa visión antropológica del periodismo que, como a él, lo llevó a exponer su vida para contar el drama de la gente que vivió las guerras en África, Asia y Latinoamérica.

David regresó en marzo de este año a este continente, específicamente a Colombia, luego de que un día su editora le dijera: ¿por qué no entras a las FARC? Él, como siempre, alistó maletas. Y se instaló en Bogotá para armar la telaraña de contactos.
Era el sábado 1 de marzo y estaba en un departamento, en Bogotá. Esperaba una llamada. Esa que luego de semanas de esperas e intentos fallidos le avisara que al fin podría entrar en el campamento. El teléfono sonó, y Beriain preguntó: ¿cuándo lo hacemos? La voz del otro lado le dijo: nunca. Mataron a Raúl. Reyes, el ex líder de la guerrilla, era el vínculo que tenía el periodista para entrar a las FARC. Muerto él, le tocó esperar.

Pero tres semanas después, sin equipo de apoyo, y luego de dos días y medio de viaje por el laberinto de la selva, logró convivir con los guerrilleros del bloque del Magdalena Medio, comandado por Pastor Alape. De allí nació la serie de reportajes “Diez días con las FARC”, publicado por adn.es. Pero ¿hasta qué punto el contar las historias de la gente justifica que arriesgues tu vida? Beriain lo tiene claro: “Que yo esté a punto de morir o no, no es relevante, porque, de hecho, ha habido mucha gente que sí ha muerto con historias más dignas que la mía. Las historias de los otros, eso es lo realmente importante”.

(Este texto salió publicado en 2008, en diario El Telégrafo. La entrevista a David Beriain la realicé por teléfono).

Más sobre David Beriain: http://www.enpiedeguerra.tv/www.enpiedeguerra.tv/Home.html

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