Bajo el nogal del olvido (poemario)


Bajo el nogal del olvido

(Lilit atravesando su oscuridad)

Guayaquil, 2011

*Antes de viajar a España, donde inicié un profundo trabajo de introspección que dio paso a mi primera novela, escribí este poemario lleno de dolor y oscuridad. Antes del inicio del amanecer de mi alma, que empezó a finales de 2012, la noche que viví fue muy negra. Soy parte de esta humanidad que transitó conscientemente su duelo, su ruina, su sentimiento de separación.

Ahora, desde el perdón y la consciencia de unidad, abrazo la oscuridad que tuve que transitar y la vuelvo luminiscencia. Ya no hay nada que sanar, ya no hay nada que perdonar.

* Nací el 11 de noviembre. Según el calendario druida o astrología celta, nací bajo el signo del NOGAL. Los celtas cultivaron una cosmovisión muy enraizada con la naturaleza. Es por eso que sus ideas sobre la metafísica y la predestinación se basaron en los árboles. Están bajo la protección del nogal los nacidos del 21 al 30 de abril y del 24 de octubre al 11 de noviembre. Este árbol está relacionado con la profecía. Su virtud es la pasión y sus frutos (nuez) son considerados acreedores de poderes afrodisíacos.

Eros que paraliza los miembros,

esa serpiente que otra vez me intranquiliza…

dulce, amarga e invencible.

Safo

Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido…

Alfonsina Storni

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Jorge Luis Borges

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I

Soy la realidad, la nada que permuta

Escarcha después de un naufragio

Vacíame cuando ya no queden huellas de mi voz

Mantenme consciente cuando me arranques los ojos de piedra

Quiero sentir las lágrimas en el acantilado

Ver que giro como un trompo enloquecido

Rasparme las rodillas y el corazón

Haz que mi sol desaparezca

Y las comadrejas de los silencios me dejen ciega

Pero responde a mi llamado.

(oración para Dios)

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II

Tu extravío empezó el día en que te llevé a ver las gaviotas

fue entonces cuando quisiste volar junto a mí

Escudriñé tu rostro, tu cuerpo, incluso miré debajo de tus párpados

Te mostré cómo debían moverse las alas,

cómo era flotar sobre los torbellinos

Te solté desde lo alto.

Volabas invencible, alrededor del sol refulgente

De pronto, diste un grito de vida que sonó hueco, desolador

y te despeñaste por un abismo sin fondo

Mis ojos te buscaban en el horizonte oscuro

Descendí hasta lo más profundo de tu averno

y estando abajo, muy abajo, te encontré

en la luz negra de la pupila de los vagabundos

Estabas enojado, irascible

resollabas como un lobo herido

como el mar te aventabas sobre los rompeolas

Maldijiste el presagio de las gaviotas

Te volviste contra mí, me llevaste al borde del barranco

Cortaste con tus dedos finos mis manos aladas

las despedazaste sin necesidad de cuchillos

y me lanzaste al vacío.

III

Escuché unas voces sordas en la playa

Pretendía caminar a solas, como si no te buscara

las patas de mi angustia me llevaban directo hacia el arrecife

a tientas, las largas horas de la madrugada me envolvían

como en un frenesí que no sabía comprender

A lo lejos, una pareja reía y tomaba vino

dando grandes alaridos de alegría

Caminé hacia el borde costero creyendo reconocer tu rumor

te vi recostado en las piernas de un fragmento nebuloso de mujer

la besabas en los labios y acariciabas sus largos cabellos

Mis entrañas saltaron de golpe, dieron un grito ahogado

Los cerros de alrededor parecieron cernirse sobre mí

La consciencia de ese encuentro mortuorio me sepultó

llenó mis venas de fiebres y fúnebres cantos

Tu máscara secreta cayó delante de mis ojos

El amanecer aún era lejano.

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IV

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puede ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza,

y me has dejado enjaulada en el espejo

con mis ojos, senos, vísceras, palabras sublimes

sin eco en los cielos del desvarío.

V

Prefiero la paz de los ignorantes al acecho cruel de la certeza

la bala que has disparado ha entrado por la mejilla

y se ha alojado en la sien

la llevo desde el 28 de mayo, el día en que deshabité la duda

en que me volví un negro cuervo que se sienta a esperar

la muerte de alguien para empezar el festín

Mientras tanto, tú duermes plácido

alejado de todas las tempestades que han llenado mi corazón

con olores como de entierro.

VI

No lloro tus naufragios

ni el poco alcance que tienen tus ojos para ver el amor

Lloro tus minucias cotidianas

los egoísmos de la nostalgia,

los recuerdos que perdí la noche de tu mentira

Lloro la zanja en la que he venido a caer, y el arrebato

La sequedad de mi antiguo río, que corría suave

por los vertederos de tus cosas sucias

Lloro los sueños y los campos que ya no serán

Las páginas en blanco, los ventanales cerrados

La mudez, el extravío, tu embriaguez mientras me alejo.

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VII

Estuve sedienta muchas veces junto a tus canales

la poca agua que de ellos sacaba me dejaba los labios partidos

por el azufre y la sal

Gritaba mis deseos en tus oídos que llevaban prisa

de morir

No había respuesta para mis reclamos

Tu carne permanecía inmóvil como letra de obituario

Yo dormía arropada por tus dudas, tus miedos,

mirándote lánguidamente desaparecer al paso del tiempo

como un anciano que teje su mortaja.

VIII

Nadie usa la palabra “olvido” como tú

Eres experto en echar tierra sobre las personas

que dijiste amar un día siniestro

Tan perverso, tan pequeño tu escondrijo

lleno de telarañas y pelambre,

de días tristes y mutilados,

de canciones que evocan una alegría zaina

Hasta este lugar sombrío me has traído

para sepultar mi memoria entre esqueletos incompletos.

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IX

Las aguas han crecido tanto que amenazan con ahogarnos

de sollozo en sollozo, de sombra en sombra

La cal ha sepultado nuestras alegrías

Hemos olvidado lo hermoso del pastizal

Ya no sabemos cómo conducir las bridas del caballo azul

en que nos montamos la tarde del preludio

El lodo llegó para arrasar soles y apetitos

No quiero amamantarte más con mis pechos desabridos

Amor que no me ama

Estamos anegados, la ceniza nos ha enceguecido

Naufragamos en pleno amanecer.

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X

Pensabas que estaba loca

porque probaba el aire con la yema de los dedos

y me deleitaba en oler tu sudor de árbol cansado

Creías que deliraba

porque descansaba bajo tu sombra

Buscaba en tus ojos el deseo constante de poseerme

y en invierno me cobijaba entre tus brazos pequeños

Porque creía en ti,

A pesar de que no eras el emperador de tus cuentos

ni el profeta que dijiste ser

Estaba loca, pero loca de destino.

XI

Será demasiado tarde cuando el Sol nos alumbre

Ya no habrá nada que salvar cuando venga el deshielo.

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XII

Dormí durante seiscientas noches junto a un escorpión

de largas tenazas,

por cabeza tenía una nube de presuntuosas ideas

y por corazón una piedra encadenada al hastío

Sé que en secreto deseaba mi muerte

como desea la muerte de cualquier mujer que intente cubrirlo

de paz, de frutos, de flores y aguaceros

Yo insistí en el verano, en la luz lunar, en el latido

Él nunca creyó que era posible el callejón con salida

Corrió impetuoso detrás de su ruina

Una vez más, se estrelló de bruces contra el cieno.

XIII

Cometí un error al encerrar tu vileza en mi ropero

Al esconder tus anzuelos, ignorar tus gritos de chacal

Te llevaba el desayuno, preparaba el té y la merienda

Te acostumbré a las lentas mañanas, a las horas tranquilas,

a las sábanas limpias, al abrazo, a la delicia

y me olvidé de la negra planta que crecía escondida en tu interior

Una noche se hizo tan grande que tapó el sol con sus ramas podridas

Saliste con estrépito, árbol de sangre

Corriste detrás de una maldad simple, ridícula

La planta devoraba tu piel, devoraba tu rostro

Tú vociferabas como un canalla hambriento

Dejaste tu alma regada por el suelo

se quejó emitiendo roncos quejidos

con sus hermosos ojos abiertos y despiadados.

XIV

En tu pelo nadaban pensamientos como peces

yo los capturaba y los guardaba en un cajón secreto

donde dormían prisioneros madrugadas eternas

La noche en que te convertiste en araña, los liberé

quise que te devolvieran la calma, el sentido

pero eras una paloma enardecida, dos horas negras

Nadie supo nunca cuál era el camino a tu cabeza.

XV

La hora te ha llegado, hombre de murallas

Eres un condenado a ser hoja bajo el nogal del olvido

el gusano en el pico de una enorme ave

Te creías un inmortal diocesillo,

un temporal que arrasa con cuerpos y mentes

Mimabas tu dura apariencia como si fuera a salvarte

de las jaulas que tus propias manos fabricaban

Nada puede redimirte, pequeño mortal encorvado

Has caído en la madreselva de la soledad.

XVI

Nadaste en el líquido amniótico

sin percibir las crueles intenciones que tenía tu madre

Bebiste de su leche sin saber quién era tu enemiga

Naciste en un remolino, una noche de oscura tormenta

iluminado por un candil, vio la luz tu primer grito

Después, las mujeres,

transformadas en múltiples asesinas

te provocaron sueños húmedos

Lamiste los líquidos de las dueñas de tu amargura

Te derramaste en los pechos de tus tiranas

El agua con la que saciaste tu sed

era de aquellas que quisieron tu ruina

Tus piernas tiemblan ahora delante de mi silencio

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XVII

Te penetro en las tardes sordas

Mis cortinas vuelven rojo el aire, sangran

sobre nuestros miembros desperdigados

Muerdo más de cerca tu nombre

Bebo de tus párpados nocturnos, tus pequeñas poluciones

Los remotos pensamientos, el azar

Te diseco y te cuelgo entre mis mudas concavidades

Devoro lo más sucio de tu intimidad

Te camino en los días de muerte

No te salvo

XVIII

Las premoniciones se han apartado de mi mente

No sé cuánto durará esta confusión

Aparezco inconclusa delante de tus estruendos

Sonrío por miedo a morir en un ataque de llanto

Agonizo delante de tus piedras filosofales,

de las poderosas embestidas que le das al mar

Tu leche sigue derramada en mi garganta

Desconozco si el tiempo la hará desaparecer

Eres un animal de patas rotas

El error de un dios en andrajos

Pero aún quiero montarme en tu voz y cabalgarte

como un advenediza de pelo enredado

Saltar dentro de tus instintos para adueñarme

de lo que a nadie muestras: tu alma descosida

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XIX

Atravieso las olas consiente de que el mar

conspira y desea tragarme

Cabalgo libre, fiera, salvaje y eterna

Soy una gaviota de alas largas

Llevo a mis muertos en el lomo

No los invoco

Ya habrá tiempo

Siempre habrá tiempo para el dolor

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XX

Todos los duendes se han ido con sus cantos de selva

Las memorias de otros quedaron sepultadas

En mi cabeza solo hay una estampa de nubes

Me detengo en medio de la ruta para seguir el escalofrío

y tu música negra me atraviesa como una hojilla cortante

Tus colmillos rasgan mis antiguas visiones

Me hacen olvidar los sonidos que amé

Llevo los pies carcomidos

Las manos llagadas por acariciar a tanto falso dios

Te adueñas de mi voluntad y atas mis ojos a tu deseo

Me llevas a la habitación de tu aliento

donde la voz de Morrison dormita.

En tus manos soy una diminuta ración de vida.

XXI

Otra noche, otro día pasó

Volé sobre el mismo templo de carne, y el sigilo

Asistí al ritual de la poderosa hambre

y repetí la sensación de morir y resucitar

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XXII

Pueblas mi consciencia de remotos augurios

que resbalan por mis rodillas

Me sujeto de tus trenzas como a un soplo envenenado

Te mueves a tus anchas en mi interior convulso

Me vuelves una criatura apacible,

una sirva lista para el sacrificio

Sonríes y me atas a tus dientes

preparas tu mejor pócima y la derramas en mi estómago

Me estremeces

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XXIII

Mi places es un útero en el que existes sin prisas

Una multitud de insectos te da la bienvenida

La tierra se abre en dos y se traga, por un momento, toda la maldad

Llevas puesta una canción que moja mi memoria

Como humanos alados flotamos en ríos de saliva azul

Ignoro cuál será la forma en que me darás muerte

XXIV

Te hallé en la puerta de mi risa,

en la casa de mi delirio, en la ventana de mi gemido

Camino sobre las líneas de tus manos

Me pierdo en sus múltiples abismos y me encuentras

Abierta en dos mitades como un pequeño durazno

Tus miedos me han atado al piso

Son irascibles duendes que me sepultan

Lo intento, pero no puedo mirarte a los ojos sin salivar por amor

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XXV

Tu boca se abre y me traga por partes

mi lengua, mis muslos, mi dureza,

mis pezones delirantes, mis montes y concavidades

Los ventrículos izquierdo y derecho

de un corazón que late furioso

como un dios al que le han quitado la fe

XXVI

Una burbuja se eleva tierna y zumbante

hacia un cielo que nunca alcanzará

El dolor flota en la distancia

transforma en pesadilla este sueño circular

Los pasos que caminé, las huellas que estoy por dejar,

el cúmulo de nubes,

la tierra impregnada de tu piel,

la savia que tu perfume exhala

son los demonios que bailan en mi habitación

en círculos perennes que todo lo simulan

y hacen del cielo una pomposa deformidad

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XXVII

Un día me cuelgo de tus pensamientos

y al siguiente desaparezco como una mujer luciérnaga

Parezco esgrimir una oración a la vez que te declaro la guerra

Me esparzo sobre tu frente

Te percibo en el recuerdo de las sábanas,

del balcón, de la cópula y la saliva cortante

Nuestros testigos silentes, los días y las sílabas

se han ido con tu último grito

Mi densa lágrima te acompañará

como un rocío nocturno, lacerante

XVIII

Caminas como un león enjaulado por esta ciudad,

como un feto ahogándose en un frasco de alcohol

Aunque lleves serpientes en las venas, jamás dirás nada

Te ha sido negada la palabra, el flujo de la sangre verdadera

Todo en tu boca es una mentira

La ciudad que te aniquila y te desmenuza

Se parece tanto a ti

A tus cabellos que cuelgan largos como pesadillas

A tu pecho, lleno de vellos y dolorosos agujeros

A tu voz gruesa, a tus desiertos, a tus fantasmas

A tus silencios, a tus eternas ganas de llorar

sueños

XXIX

El raro milagro del deseo aparece sin que lo llames,

te visita y te sumerge en aguas conocidas

en las que nadas sin mí

Unes las huellas que dejé como un rosario profano

Cierras los ojos al mundo y te concentras

en tu aliento encendido

Pasas tus dedos sobre mi universo

y me sometes

como los días a los hombres

como los hombres a los cielos

como los cielos al mar

XXX

Llevas en las muelas el sabor

que te vuelve un hambriento ocelote nostálgico

Tal vez, ya no existo en ninguna de tus dudas

Mujer con vestido blanco

XXXI

Fui una loba sin piel en tus fauces,

mariposa de cuerpo grueso, alas estrechas y vuelo ligero

Ahora soy la de antes del cataclismo

llena de marcas sangrantes en el cuerpo

Soy la que completa el orgasmo con la palabra

que sale de la mina que perforabas con rabia y crueldad

Me fui porque extrañaba ver el mar

XXXII

Sigues rogando, imagino

que los pasos que doy me lleven a tu tabernáculo

que vuelva a cazar nubes delante de tus ojos

que regrese a poblar tus entrañas

Pero me he ido

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XXXIII

Veo en el espejo de tu desnudez mi rostro desfigurado

Me alejo como el aire, y tu voz se hace diminuta

El camino de regreso es imposible

XXXIV

Recuerdo un día en que éramos de sal

y permanecíamos recostados uno al lado del otro

en una mina caliente, alejados de la lluvia

Nada podía desbaratar la cueva de nuestra paz

Los halcones volaban lejos sobre mares desconocidos

Éramos ignorantes de los precipicios

Cantábamos canciones de perros

Imaginamos que el mundo no cambiaría

y que nosotros, en él, jugaríamos sin despertar

debajo de una manta de risas

De pronto, el mundo se hizo enorme, y llovió

dentro de nuestra cueva

El agua colmó nuestra antigua casa

Corrimos intentando buscar un nuevo sentido

En la huida olvidamos la atadura de nuestras almas

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XXXV

En el vacío despierto

con agujas clavadas en las encías

Lo locura impide el descanso

yo tiro y tiro de tu nombre

hasta que aparece dormido sobre mi vientre

Las voces de esas lejanas sensaciones me abrazan

y me consuelan

como en una marea de tiempos y cosas

que no terminan de llorar

XXXVI

Tu piel es oscura como la de un mal agüero

Sé que me vigilas desde el lugar de las arañas, nuestro pasado

el muelle traicionero de tus palabras

No eres más que una polilla

que merodea tu rostro, que es mi profecía

XXXVII

Vivo en un lugar abstracto, donde los unicornios paren realidades

Y los peces viajan en mi humedad violenta,

en mi manía de querer ser única,

incorpórea, irreal, inasible,

dueña de mis propias visiones, y del abismo

Te pueblo, te habito, te domino, aún a lo lejos

como la luna a los ojos de los náufragos

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XXXVIII

Ahora que el mar se ha retirado

He logrado ver mis pies y la tierra que los sostiene

Nunca me había parado en todos mis dedos

ni me había quedado inmóvil sobre mi sombra

ella permanece en tus entrañas

mientras tú corres como un atontado ciervo, buscando

arañando los suelos duros con las patas,

persiguiendo su voz

la única que sabe su nombre

XXXIX

Todos tus segundos se parecen al Sol,

inmutable y aislado, solitario e impávido

La misma cara, olor de cartón, iguales nostalgias

Pasaste todas las edades cercado de lenguas líquidas

que te hacían ver amores, supersticiones, falsos encuentros

Podrías ser el cosmos hecho carne y huesos,

el esqueleto del Universo

pero no eres más que una palabra hueca,

la mudez de los desiertos

Un animal asustado y hendido

en el costado donde un día tuvo puesta el alma

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XL

Veo pasar los mil días de mi vida

Incólume y hecha trizas por un par de ojos vulgares

y extraordinarios

Los ojos de un mago que ha matado la certeza

XLI

Mi voz se estanca en el suelo

como un racimo de uvas putrefactas

estoy fría y vacía,

esperando el calor de otra noche entre pelos fugaces

Sonrío y sobrevuelo tu cabeza

Desnuda soy más que la ficción

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XLII

Adiviné tus intenciones, pero nunca te detuve

quise colisionar contigo en un descampado

Yo soy de marfil, y tú de un leño muy fuerte

Entre el caos y las piedras que me lanzaste

Entre la mentira y la mudez con que te herí

nada quedó, salva hilachas de lo que fuimos

un pedazo de hielo derritiendo a una roca

 

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XLIII

El cansancio se esparce por ósmosis

a lo largo de esta habitación a media luz

Tu enojo es una gota congelada en medio de mis piernas

Siento que la batalla no terminará hasta que uno de los muera

XLIV

Toda la noche pasé en los brazos del extraño

Pero no consigo liberarme de tu aliento

Pregunto dónde estás

Te llamo dos veces, a gritos, en la madrugada

El único que responde es mi gato en la puerta de mis nervios

Te espero acostada sobre una nube de insectos

todos llevan tu nombre tatuado en las patas

XLV

Te gustaba embriagarte, rodear el pozo de la locura

decir cosas sin sentido, espejismos que inventabas

comulgas con los peores malandrines, apestar a escombro

Te gustaba el Cristo de los roedores, el santo de los descosidos

Abrir las piernas de mujeres truhanas

El engaño, la cópula fácil en los baños azulrojizos

Te gustaba mi cabeza contra la almohada

Apuntarme con tu dedo curvo y pisarme con tus patas de alacrán

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XLVI

Iré tras los pasos del caminante

que lleva mi luz atada a sus pies

Rogaré por una insignia, por un sentido

Me arrodillaré

Y él me dirá que me levante, que vuelva a la cama

de donde salí descubierta y vacía

que regrese a mi angustia y mi dolor

Él visitará mi habitación

y coronará de semen mis labios

su barbilla rozará tanto mi pecho

que lo dejará rojo, herido

Yo lloraré en la sombra, en el ángulo de su voz

lo llamaré por las mañanas ¡Elí Elí!

Y él no se volteará

Se irá con sus harapos

a habitar otro cuerpo, a arrancar otros ojos

riendo, siempre riendo

XLVII

Eres un irreconocible cuervo que se estrella contra mi ventana

Haces ecos de pájaro moribundo

La puerta sangra, la ventana suda, pero no abriré

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XLVIII

La muerte es una circunstancia que ocurre al amanecer

cuando nos hayamos deshabitados

Supe que morí hoy dos veces

me mataron y me maté

Él se había llevado mi cuerpo lejos

Lo escondió para que nadie se enterara

de su crimen

Allá, en lo alto de una mentira,

fui a rescatarlo

Estaba frío y amoratado

Había sido envenenado

Lo traje a mi lecho para limpiarlo

Le pedí perdón por haberlo dejado solo,

a la interperie, expuesto a los buitres

muerto, aún se quejaba con un sonido atroz

Lloraba por los ojos, por los oídos, por la piel

No soportaba verlo así tan doliente, tan roto

Por eso, decidí volver a matarlo

Esta vez con mis manos

Le tapé la boca y le quité el aliento

para no volver a escuchar más su llanto

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XLIX

Traes a mi ángel en brazos y lo depositas a mis pies

para que lo contemple desnudo

No puede moverse

El aliento de la angustia le late entre las piernas

Su latido es débil, pero llega allá donde la voz se disipa

Apago la luz y lo escondo entre las cobijas

No quiero una cruz

mi ángel no morirá esta noche

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Amanezco en tu cabeza, en tus agrandadas ojeras

Duermes enredado en una manta tejida por palabras que detestas

apestan a moscas ebrias

Te revuelven las tripas con una cuchara oxidada

La herrumbre está en todas tus cosas

Mi lengua, en la mitad de tu ombligo

No puedes escapar de la ubicuidad del desastre

Y el desastre eres tú

Tú en mi espalda, en los pegajosos estribillos, en el silencio,

en las ventanas, en los cerrojos, en el hedor de tus muertos,

en el whisky, en el abismo lunar del misterio

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28 de mayo de 2011

Los días sombríos se han extendido sobre el mundo

Aún falta más oscuridad

una que jamás nadie ha visto

Una mariposa azul revolotea adolorida

hace un leve ruido de vida

Aparece destruida por fuera, sus alas son como un cataclismo

Ya no creo en los hombres

Todos han fallado

Intento liberarme de la condena que es el azar

hallar la ruta antigua, mas es borroso el horizonte

Me tienta la muerte como a un jinete en la batalla

He nacido mujer

Esta noche soy calamidad y espina.

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Una foto a la luna


Foto de Mauro Sbarbaro, Puerto López 2015
Foto de Mauro Sbarbaro, Puerto López 2015

Él le tomaba fotos a la luna, fue uno de estos días. Yo la contemplaba mientras sorbía, de a poquito, el vino. También lo miraba a él, me gusta mirarlo. Al principio, el corazón me latía durísimo como el de un venado que ya ha visto la sombra del cazador. No corrí. Al contrario, me detuve y él se acercó. Bajó las armas y me miró a los ojos. Entonces supo que yo no correría, y yo supe que él no me cazaría. Fuimos animales en el reconocimiento. Estábamos hambrientos y cansados. Hacía algún tiempo que no sabíamos lo que era un beso, una caricia. O, mejor aún, la risa sin ningún control posible. Tanto me he reído. Como si fuese el rey de todas mis arterias, ellas le obedecen y explotan al unísono en carcajadas de placer. Él me hace terminar de las maneras más extrañas. Todo es un juego y ocurre al mismo tiempo, sin que nos detengamos a pensar en nada. Simplemente somos lo que logramos reconocer el uno del otro. Reconocemos la belleza, la grandeza, la fe. Él me muestra las fotos. En los extremos, a la luna, se le ven los vórtices de luz plateada. Pero ni eso es más intenso que sus ojos abiertos conteniéndome entera. La ventana está abierta de par en par, lo mismo que mis venas. Son como pequeñas raíces que se bifurcan y corren por lugares remotos de su cuerpo, enterrándose, sin que él se dé cuenta. Juntos, somos también la tierra. Hemos llegado de tan lejos para vernos las caras, para sentirnos, para hablarnos de las miles de vidas que recorrimos, de las ansias y de los deseos que nunca se cumplieron. Él no se mueve, soy yo quien hace girar los espejos.

El miedo y el amor


Lo que buscas, te está buscando. 

Lo que no agradeces, no lo ves.

Lo que no indagas en ti mismo, son dones que no crecen.

Lo que siembras en la sombra crece y es un árbol, y todos lo ven.

Lo que siembras en la luz crece y es un árbol, y todos lo ven.

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¿Has visto lo doloroso que es querer poseer o, peor aún, pretender o esperar que alguien cambie? ¿Has visto lo dolorosos que son los celos, las angustias de no saber si esa persona se quedará contigo, si pensará en ti, si te echará de menos, si estará con otra? Basta con que no te llame o no te conteste el teléfono para que entres en pánico. Piensas que el origen de ese malestar es el miedo a “perder” a esa persona, a no ser correspondido, o ser abandonado por ella, pero el origen es tu propia inseguridad, tu falta de amor propio, tus carencias y heridas infantiles más profundas saliendo a la luz.

A ese miedo, a ese dolor, lo hemos confundido y lo hemos llamado amor. Por eso, hemos creído que el amor duele. Cuando alguien no nos ama como nosotros pensamos que debe amarnos, creemos que nos duele el corazón, pero lo que nos duele realmente es el ego. Lo que nos duele es que no se haya cumplido la expectativa que nosotros teníamos de ese amor. Esa expectativa tiene relación con el futuro y ha sido fabricada por nuestra mente, basándose en toda la información previa que guardamos sobre el amor en nosotros. ¿Qué viejas ideas tenemos sobre el amor? ¿Seguimos creyendo que alguien podrá amarnos aunque nosotros no nos amemos?

El amor no tiene expectativas. El amor exige vivirse en el presente. Es imposible que alguien te ame y permanezca junto a ti, si tú no te amas primero. El amor es lo más puro que hay en ti. El miedo es lo más oscuro.

El miedo proviene del inconsciente, de lo que no hemos logrado trascender. En cambio, el amor proviene del corazón, es decir, de la consciencia, de lo que ya hemos trascendido. Nos encontramos llorando y diciendo “lo amo”, no lo quiero perder, cuando en realidad estamos diciendo “tengo miedo”, “no soy capaz”, “no puedo”. Entramos en estados de confusión, no entendemos nada, sentimos que sin esa persona nos morimos, y no se nos ocurre otra cosa que llamar a ese cúmulo de emociones negativas AMOR, cuando el amor es todo lo contrario. El amor genera paz, confianza, armonía. El miedo genera dolor, inseguridad, culpa. No hemos sabido distinguir ni gestionar nuestras emociones. Hemos llamado las cosas al revés. Por eso, nos hemos dado siempre contra la misma piedra. El amor y el miedo son opuestos. Y si tú has querido o quieres poseer o controlar a la persona que dices amar, si vives celando o desconfiando, es muy simple la historia. Eso no es amor, es miedo. El amor te libera, el miedo te ata.

Viejos poemas de amor


Me urge correr al inquisidor encuentro con tu barba

Volar en cuatro patas al duelo con tu sonrisa

En el verano ardiente de mis piernas se cuecen los vestigios de tu voz

A lo lejos quedó la linterna que me alumbraba tu escondite

Ahora no veo tus dientes en mi cueva, ardida, quemada

Por los rayos de una luna incrédula

Ya ni la luna cree en el amor

Y yo estoy aquí esperando la nieve que me calienta

Y sintiendo el antojo de llamar a tu caldera

Una vez más, rendirme ante las cadenas de tu vientre

 

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Todas las hojas se parecen a ti,

En el instante en que se desploman y caen al infinito

Eres el residuo de lo que queda en la galera del caos

El sentido que le puedo poner a mis extremos

Solo sé que no soy yo a quien le dueles

Y que no eres tú a quien niego

Como una perfecta lluvia en mi casi permanente abismo

Caes en gotas de soledad

En mi cementerio de amantes enterrados

Suenas como una voz de compasión

Como un duende claro en mi celda gris

Visítame esta noche en que creo en la libertad

Quiero roer los barrotes que me detienen

En este espacio inerte y vacío

Quiero la aproximación de tus manos heladas

A mi cuerpo que hoy se arrastra por un recuerdo

 

 
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Témpanos de desidia aplastan el deseo

De correr detrás de una sonrisa desnuda

De poseer un cuerpo sin miedo a la burla

De un destino que me ata a las patas de una cama vacía

Soy el plenilunio, la escasa serenidad de la luna sobre el mar

El instante evaporado del silencio de la madrugada

Que merodea en la mente de un extranjero

Mi ansiedad tiene dientes de verdugo

Mi miedo anda en lomo de gacela

Mi angustia le hace guardia a la aventura

Mi carcelero se llama como yo.

 
Soledad

Opacidad y desvelo en esta mañana azul

Me entretengo pensando en el pasado próximo

En las mil cadencias de un sonido agudo

Que se vale de sus entuertos para someterme

A sus delirantes espasmos

Tu música que trina como una armónica en el desierto

Eres la estratagema de la viscosa mentira

El subterfugio de mi misma ingenuidad

Soy un alfil que mueves con tus dedos de artista

Un engañado presente que se mueve al antojo de tu lengua

El más pueril deseo de convertirme en letra debajo de tus manos

En futuro delante de tus ojos.

 


Poemas de amor


SUS MANOS aladas caminan sobre mi carne
Son infinitas piedras que me sepultan
y siembran en mi estómago
hechizos de mundos lejanos
Él es la mente de un dios insatisfecho
La nuez en la boca de un sueño
Lo incierto de una húmeda utopía
Salto dentro de su voz como en un mar inflamado.
No hay paredes ni sentencias,
todo es amplio y volátil
Como los despojos de las alucinaciones
Me atraviesan sus mil lenguas
y la rigidez de su aliento invade
mis arterias sin contemplación.
Me rindo ante su mortalidad.

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EXPLORO lo que los dioses llevan bajo sus
faldas
Huelo sus íntimos matorrales
y mordisqueo sus antojos
para entender mis propias miserias
Él es humano como la muerte,
inacabado como la verdad.
Derramaré todos mis gritos en su espalda
Esconderé los últimos vestigios de mi piel
bajo su prepucio
y guardaré en mi agujero salado su miedo.

BESO todo en él,
hasta los delirios más oscuros.
Y robo, de repente, las cuencas de sus ojos
Junto en una sola noche mil años de desvarío
Y devoro como una loca el sosiego.

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ES UN PÁJARO de fuego
que me arde entre las piernas
Soy una cierva de sacrificio embestida,
coronada de semen.
Sus artilugios hicieron que mi cuello
cayera ensangrentado a sus pies.
Está hecho, pero no existe
Se parece a los reyes de mis profecías
Profanos, fornicadores
Ególatras adorados por mis manos inalcanzables
como el cielo azul de la Arcadia

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MEMORIAS de amores a gatas
Danzas de los encandilados
Somos la mar de pulpos ansiosos
Frutos del mismo árbol envejecido y austero
¿Por qué preguntas por las huellas en mi espalda?
Son sacudidas acuosas,
eternos movimientos y derrames
Leche de dioses enjaulados.

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CABALGAS en mí y yo en la luna
Descamisado y sabio como el sol,
violento y amordazado.
Con los miedos puestos y los misterios al viento,
Con los nervios deshechos, remeces mi tierra
Los dientes afilados, la barba ensortijada,
flotas en mis silos líquidos y dulces
Como el tiempo en las eras de la sal

(Más poesía erótica en el libro Paredes de mi cuerpo).

Antes del atardecer


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Un tren que viajaba por Europa los unió. Pero pudo ser una calle de Buenos Aires, una librería, un concierto, un parque de diversiones, un cine. El espacio es lo de menos, lo que importa es el encuentro. Ella se llamaba Celine y él Jesse. Pero ella se pudo llamar Mariana y él Nacho; ella Marcela y él Eduardo; ella Cecilia y él Rodrigo.

Quedaron en encontrarse seis meses después en Viena. Pero pudo no ser así. Pudieron quedar en un bar de San Telmo, en la estación de Retiro, en la placita del Obelisco, o en una banca de los bosques de Palermo. Él fue a la cita, y ella no. Pero pudo ser al revés: pudo no ir ninguno, pudieron ir ambos y no verse, pudieron morirse antes de ese día; eso no importa. Lo que importa es el desencuentro.

La película se llama Antes del Atardecer. Pero pudo llamarse “Un tranvía llamado deseo”, o “La cita”, o como sea, incluso pudo no tener nombre. Es más, pudo no ser película. Pudo ser realidad; una historia contada entre nosotros, entre amigos, una simple historia de amor de estos días.

El director del filme es Richard Linklater. Pero ¿qué tal que no tuviera más director que el mismo destino? Que la película hubiera transcurrido en nuestra propia habitación. Es más: qué tal si está transcurriendo ahora mismo. Que nos estemos encontrando o desencontrando con alguien en este mismo momento. Que alguien se nos esté aferrando, o que alguien se nos esté escapando.

En Antes del atardecer, Celine y Jesse vuelven a encontrarse. Casi en tiempo real, vemos a los protagonistas pasear por el París estival, sumergiéndose en conversaciones infinitas, llenas de melancolía, acosados por el tiempo que se escurre. La sensación del encuentro y el desencuentro es tan universal que la llevamos clavada como un alfiler, que nos escarba y nos atraviesa, que nos
hace pensar que esa ficción llevada al cine es parte de nuestra vida.

¿Has sentido cómo se escurre el tiempo cuando estás junto a la persona que deseas? Cómo la melancolía te contiene aún antes de que se separe de ti, y el tiempo no se detiene, y los minutos pasan, asesinos, crueles, disparatados, como una bomba que te estalla en la cara.

El tiempo es lo más real que existe, lo más real y lo más violento, lo más violento y lo más abyecto. Nos deja desnudos en medio de una habitación, nos deja expuestos al silencio, a la cólera de los recuerdos. Sólo el tiempo ordena cuándo se suceden los encuentros.

El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.

Poemas


Estos poemas han sido extraídos del libro Paredes de mi cuerpo.

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Su extravío empezó el día en que lo llevé a ver las gaviotas
fue cuando me pidió que volásemos juntos
Escudriñé su rostro, su cuerpo, incluso miré bajo sus párpados
No adiviné que entre sus dientes había restos de muertos
Ave oscura, de uñas largas y aliento feroz
Le mostré cómo debían moverse las alas,
cómo era flotar sobre los torbellinos,
descender sobre las rocas, ligero y potente como la luz
Lo solté desde lo alto,
volaba invencible, alrededor del sol refulgente
De pronto, dio un grito de vida que sonó hueco, desolador
y se despeñó por un abismo sin fondo
Mis ojos lo buscaron días y noches en el horizonte oscuro
Descendí hasta lo más profundo del cráter
y estando abajo, muy abajo, lo hallé
en la negra pupila de los vagabundos
Estaba enojado, irascible,
resollaba como un lobo
Como el mar se aventaba sobre los rompeolas
Maldijo el presagio de las gaviotas
Se volvió contra mí, me llevó al borde del barranco
cortó con sus dedos finos mis manos aladas
las despedazó sin necesidad de cuchillos
Y me lanzó al olvido.

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El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedazo de vidrio puedo ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

PUERTA

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza

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Permanezco enjaulada en el espejo

mis ojos, senos, vísceras, palabras sublimes

no tienen eco en los cielos del desvarío

La bala que has disparado ha entrado por la mejilla

y se ha alojado en la sien

Me he vuelto un negro cuervo que se sienta a esperar

la muerte de alguien para empezar el festín

Tú duermes, plácido

alejado de todas las tempestades que han llenado mi corazón

con olores de entierro

mujer en el agua

Las aguas han crecido tanto que amenazan con ahogarnos

de sollozo en sollozo, de sombra en sombra,

ya no sabemos cómo conducir las bridas del caballo azul

en que nos montamos la tarde del preludio

El lodo llegó para arrasar soles y apetitos

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No quiero amamantarte más con mis pechos desabridos

Amor que no me ama

Estamos anegados, naufragamos en pleno amanecer

Será demasiado tarde cuando el sol nos alumbre

ya no habrá nada qué salvar cuando venga el deshielo

 aun te amo, luna con hombre triste

Un día saliste con estrépito, árbol de sangre

fuiste detrás de alguna cosa simple, ridícula

la planta devoraba tu piel, devoraba tu rostro

Vociferabas como un canalla hambriento, y corriste

Dejaste tus huesos regados por el suelo

Emitían roncos quejidos con sus hermosos ojos despiadados

En tu pelo nadaban pensamientos como peces

yo los capturaba y los guardaba en un cajón secreto

dormían prisioneros madrugadas eternas

La noche en que te convertiste en araña, los liberé.

ventana al vertigo

Te hallé en la puerta de mi risa,

en la casa de mi delirio, en la ventana de mi gemido

Camino sobre las líneas de tus manos

me pierdo en sus múltiples abismos y me encuentras

destapada como un durazno hambriento

Las manos de tus miedos me han atado al piso.

Tu boca se abre y me traga por partes

mi lengua, mis muslos abiertos, mi dureza,

mis pezones delirantes

Los ventrículos izquierdo y derecho

de un corazón que late furioso

como un dios que se ha quedado sin fe

Lucía y el sexo


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Es domingo, el día se abre denso y perezoso. He dejado encendida la computadora con música random. La voz de Alejandro Sanz chilla desde el parlante. Tengo tanta pereza que la dejo sonar. Nada puede ser peor que despertar temprano un domingo. Nada, ni siquiera escuchar “…ella peina el alma y me la enreda / va conmigo pero no se a dónde va / mi rival, mi compañera / que está tan dentro de mi vida y a la vez está tan fuera”. La voz del madrileño es la de un niño bien; me caen mal los niños bien. Estuve en España el año pasado, pero tenía ganas de ir desde los 16, cuando mi mejor amiga, Lucía, se fue a vivir a Madrid. Lucía me llamaba en la madrugada y me decía: ven que te extraño. Yo sentía una angustia infinita. Nos conocimos en la escuela de monjas, cuando teníamos seis años y estuvimos juntas hasta tercer año de secundaria. Yo nací en noviembre de 1978 y ella en abril de 1977. Lucía era mayor por solo siete meses, pero en esos siete meses cabía una eternidad. En realidad, ella tenía como siete años más, o tal vez setenta. Era una sabia, una bruja, una predestinada para el placer, una especie de imán mágico, de piedra filosofal a la que yo recurría, casi sin hablar. Nunca le hacía preguntas, no me atrevía y tampoco era necesario. Ella sabía que yo tenía una curiosidad insaciable por el mundo, los hombres y el sexo. Lucía tenía el conocimiento, vivía lo que yo apenas alcanzaba a soñar. Me miraba con esa cara de geisha dulce, blanquísima, y me contaba sus aventuras sexuales. Lo hizo desde los trece años. Lucía, a esa edad, ya tenía un cuerpo sinuoso y tetas exuberantes. Era tan guapo, tan fuerte, tenía tu nariz. Yo me mojé apenas lo vi y cuando subí a su moto y me metió los dedos en la vagina, tuve un orgasmo que me hizo sacudir. Cosas así me decía en los recreos. Yo me mojaba enseguida cuando Lucía relataba una de sus historias. Esperaba con ansias la temporada playera, porque ella iba a Salinas todos los fines de semana, mientras yo me quedaba encerrada bajo siete llaves, sin poder salir ni a la esquina. Lucía llegaba el lunes con noticias frescas del mundo. Lucía fue la primera persona que yo conocí que había viajado fuera del país, había tenido sexo, había probado cocaína y, por si fuera poco, había tenido un novio motociclista que murió en un accidente. Pero, además, entre nosotras había una atracción intensa. Nos sentábamos juntas en la última fila del lado derecho del salón. Era un salón muy amplio, con piso de baldosa, y techos altos con ventiladores colgantes. A mi lado izquierdo, había una enorme ventana con rejas. Estaba prohibido asomarse. Los chicos de los colegios aledaños pasaban por la acera de enfrente haciendo señas. Yo tenía la extraña impresión de que cada vez que, en un descuido de la profesora, miraba por esa pequeña rendija, había un hombre invitándome a huir con él. Lucía me decía en clase: juguemos a hacernos marcas en las piernas. Gana la que aguanta más sin reírse. Llevábamos unas largas y pesadas faldas, medias altas de tela gruesa y zapatos negros mocasín. Yo, sin hablar, aceptaba el juego. Jamás contradecía a Lucía. Toda idea que ella tenía, me parecía brillante y sensual. Le hice una marca con mi marcador verde apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Ella me miró con picardía y, sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, me levantó la falda y me hizo una gran marca en la parte interna del muslo. Reaccioné enseguida y la imité, pero esta vez no solo le hice una raya más arriba, casi en la zona de la ingle, sino que me detuve un par de segundos para que el olor de su entrepierna me entre por la nariz. “Ella se hace fría y se hace eterna, un suspiro en la tormenta a la que tantas veces le cambió la voz”. Sigue el meloso Sanz. La última vez que Lucía me llamó fue en el verano de 1997. Yo tenía 19 años y había escrito un libro que ganó un premio. Llamó para felicitarme. Hablaba como española, un acento que me molestó sobremanera. Parecía ebria y, entre lágrimas, me pedía perdón. Me contó que trabajaba como estríper para unos tipos en un antro. ¿Cómo para unos tipos? Los tíos me pagan y yo hago lo que ellos me piden. Tú no lo entenderías, eres demasiado buena. Sentí como si un cuchillo grueso se clavara en mi garganta. Desde ese día odié a Lucía.