VIVIR PARA CONTAR


Libro de crónicas

CAPÍTULO I

¿CÓMO ENCONTRAR AL PERSONAJE PERFECTO?

“La crónica es la vida sin los momentos aburridos”

Alfred Hitchcock

El personaje define la historia y es en torno de quien gira la crónica. Un buen personaje garantiza el éxito o marca el fracaso. Pero dar con el personaje que buscas, el que te cuenta la mejor historia de tu vida, no es fácil. Él llegará a ti, siempre y cuando tú hayas hecho antes el trabajo más importante de todos: definir el tema y apasionarte por él.

Antes de salir como loco a la calle a buscar al personaje, lo primero que te tienes que plantear es qué quieres contar, qué te interesa investigar. Porque si a ti no te engancha lo que estás escribiendo, a nadie le interesará leerlo. No escribas sobre algo que te parece aburrido o que no te interese lo suficiente.

Si tú dudas sobre el tema, o si tu enfoque es muy general y poco definido, estás en problemas, porque los personajes que conseguirás serán flojos, y poco convincentes. Pero si tu tema y tu enfoque son claros, y a tu corazón le apasiona lo que está investigando, conseguirás excelentes resultados.

La crónica de este capítulo es sobre David Beriain, corresponsal de guerra español y director de documentales. Es alguien joven, que ha cubierto conflictos en Irak, Afganistán, Sudán, Congo y Libia, alguien que se ha internado en los campamentos de las FARC, ha entrevistado a comandantes talibanes, ha acompañado al ejército norteamericano en algunas operaciones, ha conseguido penetrar al mundo secreto de los niños sicarios de Colombia y ha retratado la violencia en las calles de Caracas. Su última aventura, hecha para Discovery Channel, fue meterse tres meses en el cartel de Sinaloa.

David Beriain es un personaje de lujo, ¿cierto? La pregunta es ¿cuál fue el tema que me planteé y cómo fue que llegué a él?

En 2008, mientras trabajaba como editora de política de diario El Telégrafo, también hacía una página a la que llamamos “Medios”, en la que abordábamos los dilemas del oficio periodístico. Un día, quise investigar cómo era aquello de ser corresponsal de guerra, qué le hacía a una persona arriesgar su vida para contar la realidad de gente que vive en situaciones de violencia extrema. Llegué a este tema luego de leer varios libros del maestro Ryzchard Kapuscinski, quien se desempeñó como reportero de guerra y contó sus experiencias en libros que son referencia básica para todo cronista, como Ébano, El Sha, o El Emperador.

Estos libros me conmovieron profundamente. Ahí estaba el principal ingrediente de una buena crónica: la pasión por el tema. Empezó a crecer el deseo de entrevistar y contar la historia de alguien que se pareciera a Kapuscinski, alguien que me contara en primera persona lo que significaba ser un corresponsal de guerra.

Planteé el tema en la reunión de editores, y fue aceptado, sin embargo, todos me miraron raro y me preguntaron: ¿de dónde vas a sacar a un corresponsal de guerra?

Y aquí viene un punto importantísimo en toda investigación, y es aprender a seguir tu intuición para dar con el personaje perfecto. Tu intuición te llevará a hacer una llamada, escribir un mail, salir a la calle, contarle el tema a tu mejor amigo, quedarte callado durante horas, lo que sea que tu intuición te indique, eso haz.

A mí me llevó a escribir un mail a un profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, a quien había conocido años atrás. Se supone que la de Navarra es una de las mejores facultades de Comunicación del mundo, pensé, así que, tal vez, este profesor tenga a algún corresponsal de guerra entre sus alumnos destacados.

Otro punto clave aquí es comprender que el personaje perfecto no necesariamente está en tu ciudad, o país. El personaje al que mi intuición me guió estaba en España, pero podría haber estado en cualquier otro lugar del planeta. Gracias a Internet, tú puedes acceder a entrevistar a cualquier persona en el mundo. No te amilanes ni te limites, piensa siempre en grande. El personaje que buscas podría estar muy lejos, o muy cerca. En cualquiera de los casos, si tú sigues tu intuición, podrás conectar con él. Algunos periodistas a esto le llaman “olfato” o “instinto animal”. Yo le llamo “intuición”.

Y efectivamente así fue. Este profesor me habló de David Beriain, quien había sido su alumno. “David es un capo, es un diez, tienes suerte si te contesta. La última vez que hablé con él se iba para Afganistán”, me previno, pero me dio su contacto. “Eso era lo que quería escuchar. No quiero a un corresponsal de guerra cualquiera, quiero al mejor, a alguien tan extraordinario como Kapuscinski”, le contesté.

Pon alto tu marca, y llegarás lejos. Siguiendo mi intuición logré encontrar a cada uno de los personajes de este libro, y de mi anterior libro de crónicas: Historias que contar.

En la medida en que te involucres con su historia, entenderás al personaje. Comprenderás sus causas profundas, sus motivaciones, sus deseos, sus intenciones. Involucrarse significa que, a través de este personaje y esta historia, tú vas a sentir, pensar y experimentar emociones que probablemente nunca antes hayas sentido. La crónica te exige que estés adentro, porque sólo desde adentro se puede contar.

Ese mismo día conecté con David Beriain por mail, luego pasamos al messenger y la noche siguiente logré una entrevista por teléfono que duró cerca de dos horas, de la que surgió la crónica que leerán a continuación, y que salió publicada un domingo de 2008 en diario El Telégrafo.

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David Beriain: los ojos humanos detrás de la guerra

Era marzo de 2003 y lo único que David Beriain (Navarra, 1977) quería era llegar a Irak. Estaba atrapado en el frente norte de Turquía. Había llegado hasta allí desde España con la intención de cubrir la inminente invasión estadounidense al país del Tigris y el Eúfrates. Tenía 24 años, reportaba para el diario La Voz de Galicia y se había empecinado en ir. Y en ir solo. Cuando llegó a la frontera y vio que los pasos sirio (noroeste) y turco (norte) estaban bloqueados y que la guerra, del otro lado, ya había estallado, lo decidió: contrató a dos contrabandistas kurdos y se metió en el fondo de un camión como un inmigrante, respirando por cuatro agujeros de medio centímetro de diámetro. Lo dejaron en la aridez. Caminó 15 horas por las montañas, esquivando a los agentes turcos y a las minas antipersona. Así se metió en el infierno. Entró a Irak. Estuvo entre fuegos de mortero, en tiroteos. Le dispararon por primera vez. Vio morir a personas cercanas. Tuvo miedo. Pero logró cubrir las caídas de las ciudades del norte: Kirkuk, Mosul, Tikrit. Y obtuvo una exclusiva: los ajusticiamientos de los generales del partido Baas, en Kirkuk.

Lejos de asustarlo, Irak esculpió su fuego interno y lo convirtió en el reportero de guerra que es y que desde hace seis años cubre los conflictos más importantes del planeta. Ha estado cinco veces en Irak, seis en Afganistán y ha cubierto las guerras en Cachemira, Pakistán, Sudán y Darfur. Su última hazaña fue este año: pasó diez días con los guerrilleros de las FARC, en el estómago de la selva colombiana. Y lo cuenta con la sencillez de los tipos grandes, ahora tranquilo desde su casa en Artajona, un pueblo de 1.700 habitantes, al que siempre vuelve para descansar de sus batallas. Allí no es el reportero de guerra que da entrevistas, sale en la televisión y escribe en los diarios, sino el hijo de un simple agricultor.

Todo empezó a los 18 años, cuenta David, cuando decidió estudiar periodismo. “Tenía una preocupación humana más que periodística y el sueño de viajar a América Latina. Quería ir a cavar letrinas, o lo que fuera”. Entonces, empezó a mandar mails a cuanto diario sudamericano pudo para pedir una oportunidad de hacer pasantías. El único que le contestó fue El Liberal, de Santiago del Estero, una de las provincias más pobres de la Argentina.

Su primer reportaje consistió en investigar una denuncia: si era verdad que los enfermeros de un hospital psiquiátrico violaban a los pacientes. David, que no sabía un ápice de periodismo, sintió como si le mandaran a darle un mensaje a García: “vaya e investigue”.

Iba con otro compañero, él se encargó de las fuentes oficiales y tal, y yo entré a hablar con los locos”, se acuerda. “Si hubiera estado en España haciendo prácticas, seguramente habría hecho la crónica de las fiestas de un pueblo. Y el periodismo no me hubiera atrapado tanto como me atrapó. Pero aquella crónica me marcó. Entonces, supe que era lo que quería hacer toda mi vida”, dice.

Cuando se graduó de periodista montó en ese mismo diario una unidad de investigación que destapó cloacas tan fétidas que desató la caída del gobierno de la provincia (eran los estertores del menemismo, a inicios de este siglo). Llegaron las presiones, las amenazas de muerte, y el diario puso fin a las publicaciones. David volvió a España. Se enroló en La Voz de Galicia. Y llegó el 11 de septiembre.

El navarro empezó a hacer reportajes sobre el régimen talibán, sin moverse de la redacción. Esperó, esperó, hasta que llegó la gran oportunidad: la posibilidad de un viaje a Afganistán para ver a las tropas españolas. Ese primer contacto con la realidad de la guerra lo armó de valor para cubrir luego Irak. Para él, esto no es un tema de tener o no “cojones”. “Se trata de que te importe la gente, de ponerle cerebro a la historia y corazón para tener empatía y darse cuenta de lo que a ellos les pasa”.

Y es que lo suyo no es solo salir a cazar historias. Hay todo un significado humano en lo que hace. “Cuando uno va un sitio como estos y ve lo que ve, uno se siente ridículo, se siente muy pequeño. La libertad que siento es que mi ego desaparece. Hay mucha libertad en olvidarse de uno mismo y preocuparse más por otros”, reflexiona David y suena como en un eco la voz de Ryszard Kapuscinski, con esa misma tonalidad sencilla y esa visión antropológica del periodismo que, como a él, lo llevó a exponer su vida para contar el drama de la gente que vivió las guerras en África, Asia y Latinoamérica.

David regresó en marzo de este año a este continente, específicamente a Colombia, luego de que un día su editora le dijera: ¿por qué no entras a las FARC? Él, como siempre, alistó maletas. Y se instaló en Bogotá para armar la telaraña de contactos.

Era el sábado 1 de marzo y estaba en un departamento, en Bogotá. Esperaba una llamada. Esa que luego de semanas de esperas e intentos fallidos le avisara que al fin podría entrar en el campamento. El teléfono sonó, y Beriain preguntó: “¿cuándo lo hacemos?”. La voz del otro lado le dijo: “nunca. Mataron a Raúl”. Reyes, el ex líder de la guerrilla, era el vínculo que tenía el periodista para entrar a las FARC. Muerto él, le tocó esperar.

Pero tres semanas después, sin equipo de apoyo, y luego de dos días y medio de viaje por el laberinto de la selva, logró convivir con los guerrilleros del bloque del Magdalena Medio, comandado por Pastor Alape. De allí nació la serie de reportajes “Diez días con las FARC”, publicado por adn.es.

Pero ¿hasta qué punto el contar las historias de la gente justifica que arriesgues tu vida? Beriain lo tiene claro: “Que yo esté a punto de morir o no, no es relevante, porque, de hecho, ha habido mucha gente que sí ha muerto con historias más dignas que la mía. Las historias de los otros, eso es lo realmente importante”.

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GUAYAQUIL CENTRO, TERRITORIO DE ARTISTAS


La ciudad es un macro espejo, un caleidoscopio, en el que se refleja el inconsciente de todos quienes en ella habitan, sean propios o extranjeros. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Por alguna razón, mi alma de poeta y cronista eligió a Guayaquil como su ciudad natal, como su matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos una y otra vez.

Guayaquil es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Pero, ahora, la ciudad es un infiernillo de alrededor de cuatro millones de personas, donde manda el materialismo, y prima la supervivencia. El calor es insoportable, los árboles han sido derribados. En Guayaquil todo tiene un precio, se vive el consumismo en su máxima expresión. Nada permanece. Todo es desechable. Los budistas dicen que la mente humana es como un mono que va de rama en rama intentando coger un banano que nunca alcanzará. Así actúa una persona que nunca logra estar en ella misma, en su centro, que no consigue la paz interior. No es casualidad que a los propios de Guayaquil les llamen “monos”.

Sin embargo, en el centro, en el corazón de Guayaquil, podría haber una luz. El centro es donde las ciudades llevan el alma. Y el alma de Guayaquil es alma de artista. Alma sensible, hiper-sensible dirían algunos; curiosa, ávida de vivir experiencias que la sacudan, siempre lista para la aventura y el romance, ansiosa de adrenalina y pasión, ingobernable, rebelde, profunda. Autodidacta, investigadora, libre-pensadora, llena de dones y talentos que ha desarrollado en sus muchas vidas. Un artista es siempre un alma vieja. No le gustan las doctrinas, huye de los yugos. Es el alma de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los cineastas, de los filósofos, de los artistas escénicos, de los amantes de la vida al aire libre, de los perseguidores de la libertad, de los viajeros.

En el centro, todo parece ir más de prisa, pero los artistas hacen que se ralentice la vida. Ellos desgranan el tiempo. Se relajan y logran abrir espacios donde es posible respirar un aire menos viciado, un aire de autencidad. Los artistas limpian la estela tóxica que deja el consumismo, el borreguismo, la inconsciencia que esclaviza a las masas. Los artistas salen de la multitud, pero no la desprecian, sino que intentan elevarla a su altura, compartir un poco de su libertad creativa, de su inmenso potencial creador.

Si eres un artista, Guayaquil te empujará para que seas su voz, y la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. Ve al centro y encontrarás el alma de esta ciudad. Ella te acogerá, y te darás cuenta de que puedes ser lo que tú quieras en ella. Guayaquil no se espanta de nada. Tú eres quien podría asustarse de las sombras que proyectarás en su escenario. Ella incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la saborees, para que te enamores de ella y la penetres. Te llevará a sus profundidades. Ella calmará tu sed de cuerpos, tus ansias de sentirte adentro.

Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llama y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. Te parecerá que, en Guayaquil, todo truco se hace con dinero. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir la ciudad”, te volverás un esclavo de ella. Entonces, empezarás a transitar tus sombras y las verás reflejadas en sus calles, en su gente, en su arte. Es cuando empieza el juego del caleidoscopio. Una vez que comprendes los patrones de la ilusión en los que vive Guayaquil, empiezas a divertirte.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas.

Estos son seis testimonios de artistas, gente que ha movido y que mueve la actividad cultural en el centro de Guayaquil. Seis versiones distintas del juego, del mismo caleidoscopio.

ALICE GOY-BILLAUD: La efervescencia del ahora

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(escritora y viajera francesa de 27 años. Vivió en París, vivió en India, y nunca se ha sentido tan en casa como en Guayaquil. En menos de un año aprendió español, sin hacer ningún curso, simplemente viviendo la vida bohemia del centro. Está escribiendo un libro autobiográfico, en español, al respecto. Este texto está construido a partir de algunos fragmentos.)

París, te amo más que todo, pero hoy día, me cansas. Guayaquil me hace pensar en París. Y en Nueva Delhi también, donde estuve viviendo siete meses. De Nueva Delhi encuentro en Guayaquil el calor y la libertad. La libertad de la locura. La locura de la libertad. Cosas que no puedo hacer en mi país, como abrir un café en una salsoteca underground que propone literatura erótica los jueves. De París, Guayaquil tiene las noches. La belleza de las noches; el calor de los cuerpos.”

Alice Goy-Billaud

Guayaquil ejerce un encanto irresistible para algunos viajeros, escritores o artistas que buscan la noche, la vida cultural que se bebe en largos sorbos de cerveza y que palpita en determinados lugares del centro. Alice Goy-Billaud es una de ellas. Nació el 26 de junio de 1989 en Montpellier, al sur de Francia. Eligió Guayaquil como su destino, después de haber buscado trabajo en China durante tres meses y de haber vivido en París y en India. Aplicó para tres puestos en América del Sur. La Alianza Francesa de Guayaquil fue la que primero le contestó. Se instaló en la ciudad y a los 8 meses, renunció al puesto de profesora de francés porque estaba descubriendo la vida bohemia del centro y el trabajo no le dejaba tiempo para dedicarse como quería a experimentar la noche.

Alice llegó a Las Peñas, el año pasado, como cualquier turista. Pero a ella no le gusta solo “visitar”, sino conocer a fondo los lugares y su gente. Dice que las ciudades son como mujeres. Y, al igual que París, Guayaquil es una mujer bien poderosa que tiene influencia sobre todo lo que Alice hace.

Sus primeros trayectos eran desde la Alianza Francesa hasta la calle Numa Pompilio. Iba lo más rápido que podía, porque apenas llegó a Guayaquil conoció a J y se enamoró perdidamente. El bus la dejaba en el mercado artesanal, bajaba la calle Loja, entraba en el Malecón, pasaba por el MAAC, caminaba sobre las piedras irregulares de la calle Pompilio, y llegaba a la terraza de J. Esta llegada era su momento favorito. “Al bajar las escaleras, se puede observar el río tranquilo que me hizo amar esta ciudad”, escribe en sus notas. Alice está preparando un libro en español sobre sus vivencias en esta tierra caliente.

J. introdujo a Alice en los tres lugares que luego serían su vida en el centro. Estos tres lugares han sido, en los últimos tiempos, el punto de encuentro de los artistas que viven o están de paso por la ciudad. La Culata, el Guayaquil Social Club, que luego cerró, y El Cangrejo Cultural, “el único lugar dónde vale la pena ir para bailar de verdad”.

Empezó con el Guayaquil Social Club. Se hizo amiga de Gabriel Proaño, un fotógrafo free-lance que decidió abrir este bar sobre la calle Rocafuerte como un espacio libre para músicos, actores, escritores, pintores o cualquier artista que quisiera intervenir. “Estaba buscando un lugar como el Guayaquil Social Club desde que empezó mi vida nocturna. Este bar mueve una parte del pequeño mundo intelectualo-cultural de la ciudad, que entiendo como una comunidad muy cerrada. No aguanto este mundo en Francia, quizás porque no me siento parte de él, pero me encanta mezclarme en él en otros países.”

Alice se dedicó a pintar un mural en el primer piso del bar. Terminaba clases a las 9 en la Alianza Francesa y llegaba, con el apuro de siempre, hasta el Club. “Bajaba la 9 de octubre, me paraba por el parque Centenario para comer un encebollado con mi amigo José, quien tiene allí su quiosco y seguía sobre la 9 hasta girar en la Córdoba. Giraba a la esquina de la Juan Montalvo y allí estaba el bar de mis sueños: abierto como una segunda casa, rústico y underground como un garaje de adolescentes que buscan un lugar para tocar música, amigable como un bar de pueblo donde todos los amigos se juntan porque no hay otro lugar”. Se quedó unos tres meses trabajando en el bar. Pasaba más ahí que en su propia casa. Atrás de la barra, viendo a sus amigos bailar y pedirle cervezas, era la más feliz del mundo.

Pero el bar fue clausurado dos, tres veces, perdió a sus clientes y nunca abrió de nuevo. El mural de Alice quedó encerrado en la sombra. Su vida del centro se movió a la calle Córdova y Mendiburo, donde queda el restaurante La Culata, que para Alice es como el Café de Flore, del boulevard Saint-Germain, de París, que fue lugar de encuentro de dadaístas y surrealistas. Alice es generosa al hacer esta comparación, pues en el Café de Flore, personajes como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir tenían mesa fija y atrajeron allí a buena parte del movimiento existencialista. Sartre escribió: “Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”.

Alice ve que en La Culata, de Guayaquil, se juntan los artistas por todo motivo, una reunión de trabajo, comer un poco, compartir una biela. F., quien luego se hizo novio de Alice, dice que lo que hace un lugar, aquí en Guayaquil, no es el parecer bonito, si no la gente que cae. Y la gente cae a la Culata porque la Muñeca y Freddy, sus dueños y anfitriones, lograron dar amor a la comida y al ambiente.

(Escena tomada del libro de Alice)

Llego a La Culata. Son la cinco, y me uno a F. que está desayunando una cerveza y un ceviche.

Ustedes los artistas se levantan a las tres de la tarde y empiezan el día con una cerveza.

La plena, contesta F. y se deja resbalar en su silla, las manos sobre su barriga. Mira, qué bella es esta ciudad. Mira cómo voy a quedarme aquí y las cosas van a pasar.

Tenía razón. Sentarse en la terraza de la Culata es una cosa maravillosa. La gente pasa, saluda, se sienta, conversa, se va un rato, regresa, toma una biela, se caga de risa y, a veces, se calla. Y todos nos callamos para mirar a los buses y disfrutar del tiempo que pasa lento. Así es Guayaquil.

A veces, llegamos juntos. Él, con su bicicleta roja. Ojeo para ver si conozco alguien. F. no lo necesita, él ya conoce a todo el mundo (y gracias a eso, conozco a mucha más gente hoy). La primera persona que va a saludar es la Muñeca. La Muñeca es la dueña del lugar y también la mamá de estos niños borrachos. Todos están de acuerdo en decir que hace el mejor ceviche de Guayaquil.

Nos sentamos afuera para disfrutar del viento. El tiempo pasa, los panas se unen, las cervezas en la mesa se añaden y la bulla crece. El guayaco tiene esta particularidad: después de solo una cerveza empieza a gritar. Llega la noche y se inicia un movimiento lento para moverse de lugar. Cuando todo el mundo terminó de comer su plato (o el de otra persona, porque el guayaco tiene también la particularidad de compartir cualquier cosa que pide con 2, 3 ó 6 amigos), empieza el viaje más largo del mundo hasta El Cangrejo Cultural, dos cuadras mas allá de la Mendiburo.

El Cangrejo Cultural es mi otra casa. Es un hueco que solo tiene de cultural su nombre y la mitad de la gente que cae. La otra mitad son borrachos y punto. Los jueves son noches de lectura de poesía y literatura erótica. Nunca me arriesgaría a leer allá porque la gente está más ocupada en emborracharse, reír, gritar o en pelar su cangrejo que en escuchar, ¡yo incluida!

Después de la poesía es la hora de bailar salsa. Bailamos hasta el cierre, compartiendo cervezas menos y menos heladas y riendo más y más fuerte. Como de acostumbre, el cierre se hace con la policía. El bar se vacía y nos quedamos una hora más afuera, chupando las últimas bielas.

Esta vereda es parte inherente al Cangrejo Cultural. Una vez, salimos temprano de un evento que hubo a una cuadra y queríamos seguir la noche. Fuimos al Cangrejo pero estaba cerrado. Perdidos como niños sin padres ni casa, nos quedamos en la vereda pensando en dónde ir. Al lado, una familia estaba chupando en un carro, y sonaba salsa. Nos ofrecieron unos tragos y nos pusimos a bailar en la vereda vacía, hasta que se acabaron los tragos y se fue la familia, deseándonos un lindo final de la noche.

Cuando se termina el baile, empieza la ruta del punto A al punto B. Del Cangrejo Cultural tenemos que ir a la Ferroviaria, donde vive F. Subimos la Córdoba, giramos en la P. Icaza, y hacemos la primera parada. Compramos las “dos últimas bielas” en el Economarket de la esquina. Parece cerrado, pero hay que tocar la ventana mágica, y allí se puede pedir cualquier cosa. Para beberlas, nos sentamos en la esquina de la 9 de octubre. Los chicos llaman a este lugar “la oficina”. Al inicio de este ritual, me quedaba bastante callada, escuchando las huevadas de los chicos. Luego, vino mi integración y ahora soy parte del grupo. Gané el derecho de que se burlen de mí también. Estar bebiendo cervezas en la calle de noche en Guayaquil es una experiencia genial.

Antes de venir a Guayaquil, Alice estuvo viviendo siete meses en Nueva Delhi. Allá aprendió todo lo relacionado con el té, así que, por las mañanas hasta las seis de la tarde, Alice abre El Café del Cangrejo, que queda en el mismo local del Cangrejo Cultural. Ahí, además de café con caña o café chai, prepara variedades de té: verde, negro, rojo, de flores, de frutos, o el té de la bruja, su especialidad. Se siente tan gusto en Guayaquil que está buscando departamento en el centro. “Es la primera vez que me siento en casa”, dice.

AMARANTA PICO. El centro como un horizonte abierto

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(antropóloga, investigadora, escritora quiteña. Se mudó al centro de Guayaquil el año pasado para trabajar en la Universidad de las Artes y su experiencia ha resultado profundamente transformadora.)

He llenado como diez cuadernos de información sobre mí misma en estos meses en Guayaquil. Me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Amaranta Pico

Amo el silencio, dice Amaranta Pico para empezar. Ella nació en Quito hace 36 años, y el 7 de junio del 2015 se mudó al quinto piso de un edificio que queda sobre la ruidosa calle Aguirre, esquina Malecón. Desde el ventanal de su cuarto hay una vista espectacular de la ría, el centro y su lugar de trabajo: la Universidad de las Artes.

En Quito, también vivía en el centro, en Matovelle y Canadá, en el barrio San Juan, justo en una esquina en la que los buses frenan con mucho esfuerzo por lo empinado de las calles. Como diez líneas de buses pasaban por ahí. No había instante en que no haya un bus pitando o frenando, u otro carro casi chocándose con él. Lanzando humo negro todo el día. Por suerte, solo la sala daba hacia esa calle. Su cuarto daba hacia las montañas. Frente a su ventana había un horizonte abierto. San Juan es un barrio muy empinado, es como un mirador natural de Quito. Desde su ventana se veía el Cotacachi, el Imbabura, el Cayambe, el Cotopaxi, el Antisana. En su habitación, en las noches, el silencio era total. Si abría las ventanas, se desplegaba un paisaje increíble.

Yo llegué un domingo de noche a Guayaquil y el lunes por la mañana, el ruido era ensordecedor. Acá pitan el doble, es mucho más ruidoso. Y aunque aquí estoy en un quinto piso y allá era un primer piso, aquí fue más fuerte el ruido. Pero ya el segundo día, dejé de poner mi atención en ese ruido, cambié mi actitud, porque si me enfocaba en esa queja, no lo iba a pasar bien. Lo que hice fue, como si fuera una lámpara que le había puesto al ruido, quitarle la lámpara al ruido y ponerla en todo lo otro que sí estaba bien. El ventanal es enorme, y desde mi cuarto se ve un paisaje impresionante. Cuando uno se levanta, no ve los edificios. La vista de la ventana me permite sólo ver la Ría y la isla Santay. Se ven solo árboles. Entonces, mi primera impresión fue como estar en la selva, porque el río Guayas es como los de la selva en su amplitud. ¡Estoy en la selva! me dije y todo cambió.”

Todo cambió de un día para otro. Amaranta puso su atención en ese horizonte limpio y hasta ahora la sigue poniendo. Después, se fue dando cuenta de que hay un montón de pájaros que nunca había visto en su vida, porque la gran mayoría de pájaros son distintos en la Sierra. Empezó a darle mucho espacio a la contemplación gracias a esto. Después, puso atención a otras cosas, como que su casa era un espacio amplio que le proponía mucha introspección.

El espacio de contemplación también trajo experiencias distintas. Pudo, por ejemplo, percatarse de la intensidad de los colores y descubrir la magia del gris.

En Guayaquil los colores son saturados, piensa Amaranta. Los verdes son más verdes, los amarillos son más amarillos que en Quito. Y eso que allá es canicular el sol. A mí me afecta más el sol de la Sierra que el de acá, porque acá el cielo es gris, y siempre hay como un velo. En Quito, el cielo es azul nítido. Yo crecí en ese azul y conozco quiteños que se quejan porque aquí el cielo es gris. Pero a mí me encantó este cielo diferente, porque descubrí la belleza del gris. Incluso el río y el cielo cambian de colores. En la mañana, justo cuando sale el sol, tipo 6, el río es plata y el cielo también. En el día, el río es ya más turbio, se pone un poco café con el calor. Y en la noche, el río es color firmamento, y se confunde con la oscuridad del cielo. Como no hay luz en la isla Santay, el río desaparece en la noche, no se ve. El cielo es negro, el río es negro y parece que la ciudad estuviera flotando en mitad del océano como un barco. Es increíble esta ciudad”.

Cuando Amaranta va a Quito se siente otra. Como se crió ahí, le da la impresión de que esa es la vida real. Llega a la casa de sus papás (su padre es el coreógrafo y bailarín Wilson Pico y su madre, la escritora Natasha Salguero) y se conecta con toda su historia personal. Algo en ella se pone el chip de Quito apenas baja del avión o del bus. “Tengo una relación que ya está establecida con mi familia, que es muy bonita, veo a mi gato y a mis amigos que siempre me reciben con una sonrisa como si no me hubiera ido ni un día. Y eso es perfecto. Pero yo siento que actúo de una manera distinta allá. De la manera en que yo creía que era. No digo que esté mal, pero venir acá me dio la posibilidad de ver que no era solo así”.

Guayaquil le da la libertad de estar sola en una ciudad. “Al no tener acá a mi familia, estoy desprovista de ese abrazo, que está ahí cuando quiera, incluso a la distancia lo siento, pero, al estar desprovista, puedo abrirme. Aquí es como si tuviera la posibilidad de hacer lo que quiera, cualquier día, en cualquier momento. Como tampoco tengo familia que mantener, estoy en un momento de total independencia”.

Esta experiencia en Guayaquil ha sido tan profunda que, incluso, puso en jaque la personalidad de Amaranta. “Yo antes pensaba “es que yo soy así”. Por ejemplo, si en un sitio no me sentía bien recibida, me iba, como por una idea de dignidad. No decía nada, pero me iba y por dentro decía: “es que yo soy así”. Dentro de ti hay como un orgullo. Ese y un montón de rasgos muy arraigados que finalmente hacían mella en mí, salieron a la luz aquí. Al salir de mi antiguo espacio de confort pude ver algunos rasgos y darme cuenta de que eso no era yo. Aquí puedo como desvestirme, cuando yo quiera de eso, de esa supuesta personalidad. Ahora me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Antes yo decía, muy férrea: “estos son mis valores”. Pero aquí vi que no todo era tan rígido. Pude ver los matices. Aprendí a apreciar el gris. Aquí he podido dejar de ser ese juez tan implacable con uno mismo que no deja pasar ni una. En Quito, escribí una vez una escena de un juicio. Yo era la jueza, el abogado acusador, el abogado defensor, la acusada, el jurado, el público y hasta el guardia que cuidaba la puerta. Y todos eran terribles. Poner eso en palabras fue bueno, porque todo lo que estaba ahí podía parecer chistoso literariamente, pero todo era verdad”.

SIMONÉ DELGADO: La transformación interior del centro

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(Artista del maquillaje, amante de la danza, casada con Javier Borja, quien es fotógrafo y músico experimental. Simoné dirige el Café del Río, que queda dentro del MAAC y es un espacio que se abrió en 2015 para acoger las propuestas de los artistas locales y extranjeros que están de paso.)

Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad.”

Simoné Delgado

Si ustedes se adentran en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo, ubicado al final del Malecón, podrán ver una tienda de souvenirs, que está llena de objetos, postales, artesanías, libros, ropa y demás cosas hechas por los artistas locales. Más allá, verán el escenario donde todos los jueves en la noche se presentan diferentes propuestas artísticas, arqueológicas, antropológicas, filosóficas, como parte de la programación del Café del Río, inaugurado en agosto de 2015. Si continúan, se encontrarán con la cafetería, donde pueden pedir un tinto, vino, té o algo para picar. Al lado izquierdo, hallarán una puerta que los llevará al balcón de fumadores, donde podrán contemplar la belleza del río Guayas. Y si prosiguen, más allá de la cafetería, encontrarán tres cubículos, cada uno con una pantalla donde se proyectan distintos vídeos sobre los artistas del Café del Río, o sobre las muestras del Museo.

Simoné Delgado es quien está a cargo de la programación del Café del Río. Ella admite que nunca se llevó bien con Guayaquil, siempre mantuvo una relación de odio / amor con la ciudad. Pone primero al odio, porque es lo primero que siente hacia Guayaquil. Esto suele pasarle a muchas personas sensibles que no encuentra un espacio de libertad y armonía en el caos guayaco. Sin embargo, durante los últimos seis meses del 2015, Simoné siente haber vivido un renacer, no de Guayaquil, sino de ella misma.

Le propusieron hacerse cargo del Café del Río, un espacio que estaba inerte dentro del MAAC. “De repente, se me da la oportunidad de hacer algo con un espacio hermoso que ha estado ahí para nosotros todo este tiempo. Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad. Todos los jueves Guayaquil me llena un poco más de esperanza”.

Para Simoné, el Café del Río “es un espacio donde converge todo lo más lindo del ser humano: su arte, su pasión por lo que hace, sus talentos pulidos con disciplina, su mejor energía, su agradecimiento infinito. Es increíble. Por eso a mí me encanta tomar una foto al final del público junto con los artistas en el escenario. Porque ellos son los que invaden el museo con lo mejor de ellos. Sin nuestro público, el museo no es más que un edificio lindo y frío. El público de Café del Río y todo lo que ahí sucede me recarga de amor por esta ciudad. Nos unimos a Malakita, La Culata, El Cangrejo Cultural, los lunes culturales de la ESPOL, Casa Fantoche y toda la comunidad del centro de Guayaquil para celebrarnos a nosotros mismos y nuestro arte. Y yo estoy muy orgullosa de eso”.

JAVIER LAZO: Cronometría y personalidad del centro

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(Fotógrafo, bohemio, nómada urbano. Ha vivido en muchas direcciones de Guayaquil, pero desde hace 13 años, el centro es su casa. Conoce los ires y venires de la gente, y los ritmos en los que se mueve el centro).

El norte empieza en Las Peñas, en las escalinatas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, en la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. Al este, tienes el malecón del río y al oeste, el malecón del salado.

Javier Lazo

El fotógrafo Javier Lazo fue uno de los primeros en exponer su trabajo en el Café del Río. Él nació en la boca del Pozo, en 1979, atrás del colegio Huancavilca, donde había una pequeña vecindad. También vivió en La Pradera, en Ximena y Urdaneta, en la Garzota, en Brisas de Santay, que era como estar en el campo: podía salir en bicicleta y regresar a las dos de la mañana. Pero no cambia por nada la vida intensa del centro.

Una vez vivió en Mendiburo y Rocafuerte, plena Zona Rosa. “En las noches, estar en mi departamento era un suplicio por el Colonial, el único bar que no tenía hermetizado el sonido. Aguanté unos tres años, al principio bien, porque llegaba a las tres de la mañana, pero luego cuando trabajas, y trabajas en un diario, es imposible”. De todas formas, según Javier, la intensidad del centro depende del horario. A partir de las siete, la ciudad muere, “y el centro es más silencioso de lo que la gente piensa”.

En el centro tienes todo, y todo lo haces a pie. Te evitas ese movimiento en bus, en taxi, que siempre te quita tiempo. Si hay que movilizarse, un taxi no te cuesta más de 3 dólares”.

Javier prefiere vivir en el centro, aunque pueda ser peligroso. “Yo andaba mucho en bici, hasta que me robaron, por la Culata, a las 11 de la mañana. Pero, al final, por donde paso, tengo la facilidad de siempre vincularme en las calles, sea en las seguras o en las inseguras. Muchos ya me ubican como un personaje del barrio. No me siento inseguro, a pesar de que siempre hay que estar alerta. Estás en Guayaquil, eso te demanda vivir un poco de paranoia, pero una vez que tienes aprendido el funcionamiento del ser humano sorprendes al propio ser humano”.

Guayaquil tiene ciertos circuitos seguros, pero más allá de esos circuitos seguros quién sabe qué pueda pasar. Ese circuito no deja de ser una especie de cruce que te permite conectarte a la red. En el centro tienes el Malecón, tienes hasta la calle Boyacá para caminar seguro y tienes la 9 de Octubre. De esa manera, tú puedes llegar a los puntos donde puedes tomar la metro o cualquier transporte. A pesar de que la mayoría lo considere inseguro, el centro es el más seguro porque tienes cámaras por todos lados. El centro está super vigilado.

Le pido a Javier que me delimite el centro. Dice que al norte empieza en las escalinatas de Las Peñas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, que queda sobre la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. La Bahía está incluida dentro del perímetro. Al este, tienes el malecón del río; y al oeste, el malecón del Salado. La 9 de Octubre atraviesa el centro y lo divide en dos a la altura de la plaza del Centenario.

Guayaquil tiene muchas caras. El centro es mucho más de gestión y en las noches, la vida se concentra en pocos espacios. La gente viene del norte, sur, de todas partes, pero es gente vinculada al arte o a la cultura y siempre buscan apropiarse de estos lugares donde todo el mundo se conoce, donde siempre se encuentran.

Javier ha expuesto su trabajo en varios lugares del centro. De manera individual, expuso en el Museo Presley Norton y ha participado en muestras colectivas en el centro apropiándonos de bares, o lugares como la galería Espacio Vacío, en su momento. “Son lugares donde la comunidad se desenvuelve e invita a los que están fuera del circuito a acercarse, dándole una vida nocturna al centro de una manera sana, y me refiero a que no es lo mismo la onda de los bares y discotecas, donde puedes ver mujeres golpeándose, a un lugar donde está reunida gente que se conoce, se aprecia y se cuida. En estos momentos, esos lugares son La Culata, el Cangrejo Cultural y el Mono Goloso (queda sobre la calle Luzarraga y es un rincón francés de pan y dulces en el centro)”.

Luego, están los circuitos culturales que se suceden en el año. Entre enero y abril poco ocurre en la ciudad. Todo empieza en mayo. En julio, están los salones y demás y siempre hay un cronograma del año. En promedio, puede que dos veces al mes sucedan cosas interesantes. Los mejores meses son finales de julio hasta septiembre-octubre. Después de las fiestas de octubre, baja el ritmo y se retoma en diciembre.

WALTER PÁEZ: La ciudad son los amigos

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(Walter es el maestro de grabado por excelencia de Guayaquil y su taller, uno de los lugares más exquisitos para visitar en el centro. En toda su vida, ha tenido alrededor de mil ochocientos alumnos. Es maestro en Guayaquil y lo ha sido en lugares tan distantes como Lisboa o Teherán. Junto a un grupo de poetas y cronistas, vivió, desde el inicio, el proceso de la vida bohemia del centro.)

Nosotros podíamos dejarle a los saloneros del Montreal cualquier encargo o recado. Entonces, yo llegaba y me decían: ahorita pasó Martillo, dijo que iba a estar en tal parte. Siempre pasaba lo mismo: nos sentábamos a refrescar con un par de bielas y terminábamos en una borrachera hasta el día siguiente. Todos casi mueren por el alcohol.”

Walter Páez

Walter Páez es un hombre de profundas convicciones. Viajar por todo el mundo no lo ha cambiado. Tiene 65 años y dice, de una manera tajante, que hay cosas a las que no puedes renunciar: a la ciudad en la que naciste, a tu equipo de fútbol y a tu familia.

Él nació en Quito y pasó su infancia entre Quito y Latacunga, donde estudiaba en un colegio agrícola. Después se vino para la Costa, y se matriculó en una escuela cerca de Tenguel. Su memoria guarda parajes hermosísimos de esa época, dice que era como estar en Macondo. Walter completó su bachillerato en otro colegio de Agricultura, en Daule. Sin embargo, los conocidos en esa infancia remota quedaron atrás. Sus amigos, los de la travesía en Guayaquil, son como sus hermanos. “Con ellos tengo esas vivencias más interiores”, dice. En 1969, Walter llegó a Guayaquil para estudiar en la Universidad, donde se graduó de ingeniero agrónomo.

Por aquella época, Walter tenía una tremenda actividad política. Era militante del partido Socialista Revolucionario y fue miembro del Consejo Universitario. Empezaba a multiplicar gente. Luego se graduó, se fue a Nicaragua un tiempo, después a México, ahí se empató con un viejito que le enseñó Grabado, sin embargo, Walter siempre tuvo la inclinación creativa. En el partido era el que diseñaba los afiches. Empezó a frecuentar, en el centro de Guayaquil, los dos lugares que, por entonces, eran el sitio de reunión de los intelectuales y artistas: la Casa de la Cultura y la cafetería El Montreal, que quedaba diagonal a la plaza Centenario. Esto a finales de los sesenta. Ahí era común ver a escritores, poetas, cronistas observando y escribiendo sobre Guayaquil.

Sobre todo nos reuníamos con los intelectuales del grupo Sicoseo: Edwin Ulloa, Jorge Itúrburo, Jorge Martillo, Fernando Nieto. Luego, comencé a ilustrar cosas para muchos de ellos. A Jorge Velasco (Mackenzie) le he ilustrado como siete libros. Hasta ahora viene, borrachito y cojito, pero aquí viene”, dice Walter.

Las crónicas y los cronistas son parte de esta generación. Guayaquil era terreno fértil para dejar correr ríos de alcohol y de tinta. Se destacan los amigos de Walter: Jorge Martillo Monserrate, a quien llaman “el conde”. Francisco Santana, más conocido como “el negro”. Y “el pelado” Jimmy Mendoza, probablemente el artista más desadaptado de entonces. Junto a ellos, “vivíamos con una velocidad que es difícil de volver a vivir”, dice Walter.

Hace 14 años, Walter reconstruyó el lugar donde ahora queda su taller, sobre la calle Imbabura, entre Panamá y Rocafuerte. Justo abajo del taller, estuvo el Gran Cacao, el primer bar underground de la Zona Rosa, que puso “el pelado”. Antes, montó el primer Palo Santo, que quedaba en el sur, y el segundo Palo Santo que quedaba en el centro.

El libro Historia Sucia de Guayaquil, de Francisco Santana, cuya portada es un grabado de Walter, cuenta muchas historias intensas y lujuriosas, que ocurren en estos lugares del centro. En una crónica suya publicada en diario El Universo, en 2011, se describe perfectamente el ambiente del Cacao: “Colgadas en las paredes se ven las palas de madera para remover el cacao cuando este secaba al sol, sacos rellenos que sirven para sentarse, sillas y mesas de muyuyo, velas encerradas en complicados receptáculos y otras cosas antiguas, no viejas. En el centro de todo eso, la gente. Cuando pregunto por ahí ¿por qué vienen? Francisco Perrone asegura que le recuerda a Estudio 54 de Nueva York, pero en versión underground 2004. Aquí a nadie le importa quién eres ni de dónde vienes. Eres un simple ser tomando unas copas.

Eso sirve, por aquí todo viene bien. Viene bolero, blues, salsa, son, rock, disco, flamenco, balada, pop, tango, bossa nova, jazz. Viene variado y fuerte, va con todo la música, aquí no hay algo definido. Es un lugar donde la gente baila y pierde; pierde esa sensación de excluido que tantas veces ha masticado en otros sitios”.

Walter recuerda que “cuando aquí había El Cacao, con “el pelado” bebíamos tres días seguidos. A veces, “el negro” no iba al trabajo. Y cuando iba, iba a esconderse en su oficina (en diario El Universo). Martillo siempre fue free lance del mismo periódico. Se desaparecía y lo buscaban. Estaba siempre desaparecido. Nosotros nos íbamos a Mapasingue, cuando no se podía subir a los cerros. Allí teníamos a una señora que nos hacía el desayuno y nos vendía cerveza. También, teníamos una tiendita en el barrio Cuba. Nos movíamos por toda la ciudad. Pero, al final, siempre terminábamos en el centro”.

Pero en su santuario, que es el taller, él no ha dejado entrar el relajo. “Ni aquí ni en ninguna parte”, dice muy serio. Porque cuando dirigió los talleres de grabado en el Banco Central tampoco. “Siempre que querían entrar borrachones los botaba, porque eso crea un mal ambiente, así no se puede enseñar”. Walter dejó de beber hace seis años.

El otro día, dice, estaba sacando las cuentas de cuántos alumnos ha tenido. Dice que ha enseñado técnicas de grabado a unos 1.800 alumnos en Ecuador. Afuera, en Portugal, dio clases en la Universidad. Viajaba en junio y se quedaba hasta noviembre. Walter también dio clases en Irán, cuando no se podía. “En Teharán preparé un grupo de grabado, hace cuatro años. En Cuba también compartí como profesor invitado”.

¿Qué sientes por Guayaquil?

Siento por Guayaquil lo que todo el mundo siente por la ciudad en la que vive. No siento una diferencia mayor que lo que siento por el casco colonial de Quito o lo que siento por la Habana Vieja, porque tiene que ver con lo que he vivido con la gente en sus esquinas interiores.

MAURO SBARBARO: El caos se revela en el centro 

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(Pintor, escultor, creativo, trotamundos. Nació en Guayaquil hace 43 años. Desde niño estuvo ligado al centro. Su abuelo vino de Italia para poner, sobre la calle Quisquís, la fábrica de los famosos sombreros conocidos como “tostadas” que se usaron en el Guayaquil de antaño.)

En 42 años he transitado por más de diez países y he vivido en Ecuador, Estados Unidos, Italia, Suiza e Inglaterra. Y Guayaquil centro es el lugar más tenaz donde he estado. Aquí no importa si eres rico, o estás chiro. Vienes al centro y te vas a un bar, te pegas dos tragos y te sientes un dios. O el dios de los miserables, o el dios de los reyes. Lo que se llama “la bohemia del centro” incluye todo: sexo, drogas y rock and roll.”

Mauro Sbarbaro

Mauro es alguien que no pasa desapercibido en el centro. Parece un gringo, pero habla como guayaco. Es lo primero que me impresionó de él, eso y sus enormes ojos azules.

Nació el 18 de enero de 1973, en Guayaquil. Estudió en el Cristóbal Colón y se crió en el barrio del Centenario, pero iba siempre al centro para visitar a sus abuelos. Sobre la calle Quisquís, dos cuadras más allá de la Boyacá, hay una casa de propiedad de italianos que llegaron al puerto hace tres generaciones. En esa casa, una de las más antiguas del barrio, vivían los abuelos de Mauro, quienes tenían seis hijos; la menor de todas, la madre de Mauro. Ezio Bigalli fue quien trajo, desde Italia, las famosas tostadas, los sombreros que reinaron en la cabeza de todos en el elegante Guayaquil de antaño, cuando la calle 9 de Octubre era una pasarela glamorosa, donde estaban los teatros. Las mujeres, los hombres y los niños se vestían con pulcritud y elegancia, tenían buenos modales y eran gentiles. Con el tiempo, el centro de Guayaquil se fue degenerando.

La primera fábrica de los sombreros Ezio estuvo en esta casa, donde ahora viven los padres de Mauro. Desde la ventana de esta casa, Mauro ha observado detenidamente a la gente que vive y pasa por el centro.

El centro es nostálgico, porque aquí es donde nació Guayaquil. Comenzó en estas calles, desde el cerro hasta acá. Aquí es la división entre Quisquís y Junín. Mi abuela vivía en esta casa y yo he visto de todo, desde que era un niño.

Mauro siempre ha sido hiperactivo y un viajero incansable. Ha recorrido medio mundo. La primera vez que vivió fuera de casa fue durante un intercambio, en Estados Unidos. La Universidad la hizo en Florencia, Italia, país de donde provienen sus abuelos de parte de madre. Durante diez años, estuvo viviendo en varias ciudades europeas. Vivió seis años en Suiza y tres en Londres. Luego de esto, decidió volver a Guayaquil. Entonces, regresó a vivir con sus padres, en la casa del centro. Ahí instaló su estudio de arte. Mauro pinta, esculpe, fotografía, es un artesano y un creativo a tiempo completo. Su obra ha sido expuesta en Japón, en Suiza, en Londres y, varias veces, en Quito y Guayaquil. El año pasado, durante un mes, estuvo expuesta en uno de los museos del centro, el Nahim Isaías.

Cuando dices que has visto de todo ¿a qué te refieres?

Por cien metros hay un distribuidor de droga, tú ves las batidas de los policías, están los chongos, las cantinas de mala muerte… Esta es la zona de tolerancia donde están todos los cabarets. A mí nunca me gustó vivir en el centro. Siempre fue sucio, maloliente, la gente te mira mal. Nunca me he sentido seguro. Una vez, desde la ventana, vi cómo me estaban robando el carro. Bajé y vi al tipo que estaba husmeando, y le digo: ¿qué haces, oe? Y me contesta: ¡ya, quédate frío! Y se fue”.

Así es aquí en el centro. La cosa es descarada. Ya no es que te timan, ya te arranchan. Esto ya no es viveza criolla, esto ya es el zafarrancho. Aquí no hay respeto por nadie.

En el centro tú puedes orinar, cocinar, robar, abrir los carros, jugar pelota, dormir dentro del carro, dormir con un cartón donde te dé la gana, cerrar las calles, botar basura, escupir, tener sexo. El centro está lleno de moteles, pero en la calle mismo tiran. Yo lo he visto. También he visto cómo sacan el trasero en la avenida y defecan a plena luz del día. Eso no lo he visto en ninguna parte del mundo. Desde mi ventana, he visto de todo: policías corruptos, comisión de tránsito corruptos, ladrones, prostitución. Y no es de ahora, ha sido toda la vida. En más grado, en menos grado, pero siempre ha habido. La cantidad de basura que he visto tirar. Nunca en mi vida he visto un lugar tan sucio como el centro de Guayaquil. Nunca vi tan poco amor de la gente por su ciudad.

Para Mauro, la ventana de su casa es como una pantalla gigante. Él no ve televisión y dice que con esta película que ve del centro tiene para toda la vida.

Compara el centro con el arca de Noé, con todos sus animales adentro. Dice que Guayaquil está llena de sapos, iguanas, lagartos, monos, chanchos. Y harto borrego. Pero esos borregos que no saben decir ni meee, simplemente guardan un absoluto silencio.

Él ha ido y venido de Guayaquil varias veces. Pero ya desistió de intentar vivir en una ciudad de la que se siente excluido como artista. “Siempre he visto lo mismo, nunca he visto un cambio. Los mismos cuatro se reparten los premios entre ellos. Siempre queda una garra de algún dinosaurio que con una uña pellizca”.

Cuando volvió de Londres, en 2013, Mauro vivió dos años en el centro y asegura que su experiencia fue terrible. “Yo tengo callos de vivir aquí, y he vivido obligado. Yo no elegiría jamás vivir en ninguna parte del centro. Yo elegiría vivir apartado de todo este cablerío (se refiere a los cables de teléfono y luz que parecen tallarines sobre las cabezas de la gente). Yo he logrado crear en este caos, pero con mis artimañas: audífonos, música a todo volumen o tapones, porque el grado de contaminación auditiva es altísimo”.

Desde el año pasado, Mauro vive alejado de la ciudad, en Puerto López, un pueblo de pescadores al que todos los años llegan las ballenas. Allí, en medio de la naturaleza, con el silencio necesario para crear, se siente el hombre más feliz del mundo. La crudeza del centro de Guayaquil lo altera. Es algo que no puede soportar. No solo es el caos, el ruido, sino también el control.

Guayaquil es una ciudad sitiada, una ciudad tomada por los piratas, donde las riquezas ya están repartidas. Por eso tanto control. Los piratas lograron infiltrarse. Todo es pirata lo que compras. Todo lo que tú quieras comprar que antes venía de China de manera ilegal, ahora es legal. Por eso terminó la Bahía. Se ahogaron ellos mismos. Dieron tanta oferta que lo único que les queda es regalar el producto. Y no pueden hacerlo ¿si no qué ganan? Hay tanta competencia. En Guayaquil todo está basado en la economía, en el dinero. Es la capital consumista del país.

Guayaquil es una ciudad tóxica donde las aguas se estancaron ya.

¿Qué crees que hay que hacer en Guayaquil?

Al contrario, en Guayaquil hay que dejar de hacer. Guayaquil es una ciudad en permanente actividad, nunca deja de hacer. ¿Para qué quieren más cosas? ¿Para qué tanto hacen? No hay personas suficientes para acudir a tanto restaurante, a tanta franquicia, a tantos eventos, para comprar tantas cosas. Las personas en Guayaquil, sean artistas o no, deben dejar de hacer, buscar la quietud. Encerrarse en sus casas y meditar. Hacer un acto de consciencia general.

Porque, al final de todo, uno dice: es chévere vivir la locura, la borrachera del centro. Pero eso ya fue, eso ya colapsó. Ya no es chistoso, ni es una forma de vida. Todos los que vivían de la “huevadilla”, vivieron de algo momentáneo, ilusorio. Vieron hacia afuera, no vieron hacia dentro de ellos mismos. Son como monos que van detrás de la novedad. A pesar de ser tan caliente, en Guayaquil nunca sentí fraternidad, o hermandad. El apoyo siempre fue ficticio, fue “pura boca”. Todo es falso. Es obvio para todos: yo no me siento parte de este lugar. Nunca fui parte. En Guayaquil no hay dónde ni cómo echar raíces.”.

Puná vieja, un pueblo por entregas


Redacción: Mundo Diners

 

Investigación: Marcela Noriega, Fotos: Mauro Sbarbaro 

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Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

Capítulo I: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

Capítulo II: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

 

Capítulo III: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

Capítulo IV: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Capítulo V: El amante

El hombre que ayuda a Ángela Parra a enlistar jóvenes en la armada se llama Segundo Reyes Gonzabay y es el propietario de un discreto imperio compuesto por tres hoteles que aún no termina de construir, el dueño de varias embarcaciones de pesca y transporte y, además, el empresario emprendedor que construyó la única fábrica de hielo en una isla donde lo que se acostumbra es el calor. Y Segundo Reyes Gonzabay es, también, el amante de Ángela Parra; aunque quizás lo correcto sería decir que Ángela es la amante de Segundo, pues quien está casado es él y Ángela, sin empachos ni cargos de conciencia ni remordimiento cristiano alguno, dice que su esposa, la mujer de Segundo, sabe perfectamente que ellos llevan diecisiete años juntos. Diecisiete años… la misma cantidad de tiempo que llevan sobre esta tierra los chicos que Ángela y Segundo tratan de salvar. Los chicos que ojalá vuelvan y cambien las cosas. Los chicos que ojalá nunca regresen.

Capítulo VI: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

Capítulo VII: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

Capítulo VIII: El Diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

Capítulo VIX: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

Capítulo X: En una noche sin luna

Sixto Ambrosio Parra y doña Jesús Campuzano, los padres de Ángela, viven en Boque Anchal, una comunidad de quince casas dispersas en el noreste de Puná, hasta donde se llega por un camino de tierra que atraviesa un paisaje lleno de ceibos gigantes y árboles frutales. Tienen dos casas, una a las orillas del río, donde viven, y otra, más pequeña, 150 metros río adentro, donde pescan, una cabaña que parece flotar sobre el agua. Allí, en la cabaña que levita, estaba Ángela la noche en que escuchó un silbido extraño, el mismo sonido que anuncia la presencia del Tin Tin. Ángela, que por toda compañía tenía a su perro Chocolate, volvió a la orilla remando sobre un pequeño bote. El Tin Tin iba detrás de ella, pero Chocolate lo detuvo y se trenzó con él en una ruidosa pelea justo en la puerta de la casa. Esa noche, el perro desapareció. Volvió al día siguiente con el pecho rasguñado y sangrante. Semanas después, Chocolate murió y Ángela, que por entonces tenía veinte años, se fue a vivir a Guayaquil por más de una década.

Capítulo XI: La hija del Tin Tin

Hoy por hoy, Ángela tiene 48 años de edad y las características de las mujeres que, según la leyenda, son perseguidas por el duende lujurioso: su cabello es negro y abundante, sus caderas amplias y generosas, sus cejas pobladas y cercanas entre sí. Así debió ser también alguna vez Victoria, amiga de la familia Parra y comadre de doña Jesús. La madre de Ángela cuenta que Victoria, lavandera de profesión y residente de La Pólvora, una comuna no muy lejos de Boque Anchal, fue hipnotizada por el Tin Tin y quedó embarazada. Victoria tuvo una niña que nació con los párpados pegados, “como moquillo de pavo, fea, fea, fea” y murió a las pocas horas. En un lugar que conoció en Internet hace nada más que un año, anécdotas como esta son productos básicos de consumo masivo, una forma de entretenimiento y una razón para que los días no se sucedan sin distinciones. Pero, en el siglo XXI, hay demonios más inmediatos.

Capítulo XII: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Capítulo XIII: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Capítulo XIV: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

Capítulo XV: lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

Una hereje en la iglesia de la parafernalia


Crónica publicada en la Revista SOHO 2013, y en el libro CRÓNICAS de DINEDICIONES 2015

(http://www.revistasoho.com.ec/revistasohoecuador/?p=707)

 

Al hombre de barba lo azotan, lo escupen, lo latiguean, lo maldicen, lo crucifican. Una y otra vez, veo las imágenes proyectadas en una pantalla gigante, como en una trágica secuencia que nunca termina. Los creyentes no miran la pantalla. Se entretienen, despreocupados, en sus teléfonos, o se toman fotos para Facebook. Las mujeres van de taco, vestidas como para una fiesta, incluso algunos niños van de terno. Tres cámaras de televisión están listas para grabar todo lo que ocurra. Una enorme cruz resplandece en el escenario. La gente ha colmado cada rincón del templo y sigue llegando. Cuando van a dar las seis de la tarde en la iglesia Galilea, su pastor entra, trajeado y engominado, junto a su esposa. Los fieles aplauden, algunos de pie. Otros hacen fila para darles la mano. Todos ignoran al hombre de la barba.

La iglesia Galilea queda sobre una calle de ficus bien podados y enormes árboles de mango. En el moderno letrero que el Municipio ha colocado al inicio de la calle, se lee Guillermo Arosemena. Pero todos la llaman calle Cuarta, porque queda a cuatro cuadras de la Víctor Emilio Estrada, la principal de Urdesa. A la iglesia Galilea le pasa lo mismo que a la calle: la gente no la llama por su nombre. La conocen como “la iglesia de los famosos” o “la iglesia de los aniñados”, y se ganó ese título porque entre sus miembros están conocidos actores, presentadores y reporteros de televisión.

Fue fundada en 1974 en Urdesa, el barrio que durante décadas fue el más exclusivo de Guayaquil. Hace 26 años que Neyo Pin Rodríguez y su esposa Jeannet son sus pastores. Mal no les ha ido. No solo porque al día de hoy cuentan con alrededor de dos mil miembros, sino porque Galilea ya tiene tres iglesias filiales en Playas, Palmar y Vinces. Neyo y Jeannet también tienen un programa en la tele, llamado Plenitud de vida, transmitido los domingos por Ecuavisa Internacional.

 

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A las cinco menos cuarto, salgo de casa. Me pongo un vestido y unos zapatos decentes. Dejo la bici y me voy caminando. Un sol cálido me golpea en la espalda. Es una tarde tibia y húmeda. Por Costanera avanzo hasta la Rendón Seminario. Pocos autos, casi ningún peatón. Los garrapateros comen a gusto el fruto de las altas palmeras. Es extraño ir a una iglesia evangélica. Hace ocho años que no piso una. Soy una apóstata y hereje confesa. Pocos lo saben y algunos no me creen cuando lo cuento: fui evangélica desde los 18 hasta los 22 años.

Todo empezó cuando Pablo, el que por entonces era el amor de mi vida, se fue a vivir a Nueva York. Yo lloraba como una condenada día y noche. Me sobaba como una gata en celo contra sus viejas camisetas, soñaba con ir a verlo. No tenía sosiego. Hasta que un día la tía evangélica que nunca falta me dijo, con sus artes de vendedora de leyendas, que Jesús me amaba y que tenía un plan para mí.

iglesia-parafernalia-3Una cosa llevó a la otra. Lo siguiente que me acuerdo es que empecé a ir a reuniones en las que el pastor Francisco Loor predicaba. No me pregunten por qué, pero esas reuniones se hacían en los elegantes salones del Hilton Colón. Cuando ya éramos muchos los patos, alrededor de 50, el pastor dijo que sería buena idea formar una iglesia. Una nueva hija de las Asambleas de Dios, una organización que en Ecuador tiene aproximadamente 700 templos. La matriz de Guayaquil queda en el centro, en las calles Luque y Rumichaca. Solo en esta ciudad, esta iglesia cuenta con 60 filiales.

Avanzo por Las Monjas hasta la calle Cuarta. Llevo mi Biblia en el bolso, como en las viejas épocas. Me acuerdo de un día en que iba a la iglesia, y un ladrón me agarró por detrás y me tapó la boca con su mugrosa mano para impedir que gritara. Me quitó el bolso y, al ver que yo solo llevaba la Biblia, me miró consternado. Me la devolvió y se fue con la cabeza gacha. Muchas de sus páginas están marcadas con resaltador rosa. Durante cinco años estudié a fondo la Biblia. La leía por mi cuenta todos los días, pero también asistía una vez a la semana a estudios bíblicos. Esos eran estudios aburridos, pero mi tía, que es una experta en geografía e historia de los pueblos antiguos, me proporcionaba otros que ella misma hacía sobre Israel, el fin del mundo, los ángeles o los demonios. La depresión por la ida de Pablo se me quitó.

Al poco tiempo, me puse a trabajar para la iglesia. Dirigía una célula en mi casa. Las células son el sistema básico de multiplicación de las iglesias evangélicas. Así se propagaron también otras cosas, como el nazismo. Yo reclutaba a los vecinos, les enseñaba la palabra y les daba chocolate. El siguiente paso era llevarlos al templo. Ahí ya se encargaba el pastor de adoctrinarlos y cobrarles los diezmos. También fui profesora de escuela dominical, guionista de programas cristianos y predicadora a toda hora.

Llego a Galilea y está repleto. Viene tanta gente a este templo que ya están construyendo uno mucho más grande y elegante en la vía a Samborondón. Han crecido mediante un método infalible: no tener simples fieles, sino colaboradores que trabajan gratis para ellos. Yo lo hice y sé cómo funciona.

Saludo con una excompañera de la universidad que es reportera de televisión. Me arrimo a una pared y enseguida dos mujeres se ubican a mi derecha e izquierda. La una mira el celular, la otra me da la espalda. Canta Marcos Witt una canción que dice: “Déjame hoy besar las heridas de tus manos y tus pies. Las heridas que pecando provoqué. Déjame reclinar mi mejilla en tus espaldas y llorar. Por haberlas lacerado en mi maldad”… Marcos Witt es uno de los cantantes cristianos más famosos, ha ganado cinco Latin Grammy y le encanta predicar sobre cómo volverse millonario.

 

El día en que me bauticé, el pastor Francisco Loor me preguntó con voz muy seria si realmente quería renunciar a Satanás. Había mucha gente mirándome y otra gente en la cola, esperando su turno. Yo contesté que sí. Estábamos en una piscina para bautizos que hay dentro de la iglesia de Luque y Rumichaca. Me sumergió la cabeza en el agua. Al salir, yo me puse a llorar. Mi tía dijo que era el Espíritu Santo.

Se formó la nueva iglesia. Quedaba en Hurtado entre Esmeraldas y Los Ríos, en un cómodo y amplio edificio. En el piso superior, quedaba el canal 46, que pasaba todo el día programación evangélica. Alguna vez escribí los guiones de una revista familiar y hasta salí en pantalla haciendo entrevistas. Cuando grababan el programa de la siembra y la cosecha, el canal se llenaba de gente que, de todos lados, traía sus cosas para ofrendar al Señor.

El pastor de la iglesia era un hombre muy delgado y de voz ronca que le gustaba insistir en lo necesario que es bendecir a Israel y a Estados Unidos. Le parecía importante que los fieles aprendieran hebreo. No es raro que un pastor evangélico predique con las banderas de Israel y Estados Unidos a sus espaldas.

La historia del amor de Jesús es solo el enganche. Pronto llegaron las exigencias y la teología de los evangélicos. Dar el diezmo (el 10% de cuanta ganancia uno tenga) es obligatorio. Es como pagar la cuota del club, solo que aquí no hay piscina ni diversión. Presionaban a las personas para que pagaran el diezmo publicando en las carteleras las listas con los nombres y los montos pagados. Las ofrendas eran aparte. El discurso amoroso de Jesús se cambió por el temor a Jehová y su extensa variedad de castigos. Jehová es un dios que no tolera a los desobedientes.

Estaba prohibido tener sexo, escuchar música que no fuera cristiana, leer libros mundanos, tener un novio de otra religión, ir a fiestas. Empecé a vestirme con largas polleras y a oler a formol.

Siento mucho haber arrastrado a mi hermana y a mi madre a esto.

A los 20 años me enamoré de un chico católico, hermano de una amiga. En la iglesia me dijeron que esa relación era imposible. Él debía hacerse evangélico si quería estar conmigo. Él lo intentó, pero no era justo obligarlo. Recuerdo cómo las mujeres oraban para alejarlo de mí, diciendo que él era hijo de Satanás. Y cómo el pastor me presionó para que aceptara salir con un miembro de la congregación. Antes de que cumpliera los 22 años, mi padre murió. Mi hermana, menor a mí por dos años, mi madre y yo nos quedamos en el aire. Ninguna trabajaba. La tierra se abrió y nos tragó. Recuerdo que un día después de su muerte, fuimos al culto, y la gente llenó una canasta con cosas como latas de sardina o galletas. Nunca me sentí más humillada. Después de eso, la Iglesia nos dio la espalda. Si íbamos, nos exigían que pagásemos los diezmos. Y nosotras no teníamos ni para comer. Menos mal, reapareció mi amigo y durante ocho meses, él nos sostuvo. En la Iglesia le dijeron a mi madre que me estaba vendiendo por un plato de comida. Mi madre entró en una depresión terrible. Fueron épocas duras, pero me sirvieron para entender la magnitud de todo.

La última noche de mi padre, mientras él agonizaba en el hospital, el pastor fue a    nuestra casa y, con un combo, derribó el altar a la Virgen de la Medalla Milagrosa que mi padre había hecho con sus propias manos. Dijo que, si no destruía el pacto con la idolatría, él moriría. Al día siguiente, cuando murió dijo que yo no había orado con suficiente fe.

***

iglesia-parafernalia-2“Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque esté muerto vivirá”, se lee en la pantalla. La gente registra lo que ocurre en el escenario con sus teléfonos y tabletas. Sale a escena Neyo Pin, pero todavía no predica. Aparece para decir que es el momento de honrar al Señor con los diezmos y las ofrendas. Automáticamente, la gente abre las carteras y saca el dinero. Algunos entregan sobres, otros billetes de cinco, de diez, de veinte. No se levanten, hermanos, dice el pastor, alguien pasará por sus puestos. El movimiento dura unos diez minutos.

De repente, colocan tres cruces gigantes sobre el escenario. Atados con cuerdas, tres actores que representan a Jesús y los dos ladrones. El ladrón de la izquierda es el actor Héctor Garzón, quien se hizo famoso en la legendaria serie Mis adorables entenados. A las iglesias evangélicas les encanta el teatro. Recuerdo que escribí dos guiones, uno sobre la Navidad cristiana y otro sobre la Pascua judía para un grupo evangélico. Las obras se presentaron varias veces con teatro lleno en el Centro Cívico. Supe, además, que las habían llevado a otras ciudades. A pesar de que las escribí, nunca me dieron el crédito y tuve que pagar la entrada para poder verlas.

A continuación, aparece el actor Marcelo Gálvez haciendo el papel de Pedro arrepentido. La gente le toma fotos con sus smartphones. Luego, es el turno de una María Magdalena destemplada. Le sigue un baile de personas disfrazadas de ángeles. Los pies están por estallarme. El pastor empieza a predicar. Terno café, reloj resplandeciente, anillo de oro. Empieza diciendo: “En el boletín dice: de muerte a vida. Diga conmigo: de muerte a vida”. La gente repite las veces que él quiere. “¿Me dicen Amén a eso?” La gente dice: “Amén”.

El pastor explica que el hombre no tiene gracia, pues la gracia proviene de Dios. Y que es la fe lo único que tiene el hombre para acercarse a Dios. De la mujer no dice nada. Dice también que la fe es superior a la razón. Sus palabras me revuelven el estómago. El pastor vuelve a pedirle a la gente que repita cosas como en la escuelita. “Diga: yo soy buena semilla”. Los fieles dicen: “Amén”. Al final, les advierte que deben estar siempre alertas, porque “el diablo siempre nos pone el pie. Le hace creer que usted vive en la normalidad de antes. Pero no: usted vive en la nueva normalidad, la que viene del cielo”. Por si acaso alguien dude, al final aclara: “Esto no es ninguna arenga. Es la realidad”.

Termina el discurso con la gente aplaudiéndolo de pie. Pero aquí no acaba el culto, porque aparece un coro de unas 25 personas vestidas con túnicas como las que usan los cantantes góspel, con filos dorados y una gran cruz en el pecho. Inexplicablemente cantan en inglés. Son más de las ocho de la noche. Decido que ya fue suficiente tortura, cuando salen a escena los mismos cantantes del inicio que entonan una canción en la que le hablan al diablo. Le dicen muchas veces: “Diablo, la sangre de Cristo está contra ti”. Y siguen con una más movida, en la que dan brincos. Marcos Witt tiene una versión rap de esta canción que dice: “Salta para Cristo, salta salta, salta para Cristo, solo a él. Salta para Cristo, salta salta. Salta para Cristo, solo a él”. Me voy entre gente que da brincos.

Salgo y me compro un helado. Me voy caminando por Las Monjas, sintiendo cómo el aire me mueve el pelo, dando gracias como un preso por la libertad.

“Éramos y somos hermanas todas”


(Texto publicado en el libro Despiertas y de Pie, que se lanzó en el II Encuentro Nacional Mujeres por la Democracia que se celebró en Quito los días 2 y 3 de junio de 2015. En la foto, Zoila Bermello, protagonista de la historia).

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Zoila Judith nació el 23 de agosto de 1978 en la parroquia San Plácido, que pertenece al cantón Portoviejo y está formada por 39 comunidades, o sitios. Comprende desde La Mocorita, la tierra de los bizcochuelos tostados, hasta El Progreso. Esta es tierra verde, exuberante, como si fuera un rincón selvático en el que es posible respirar aire puro y parar para tomar un baño en un riachuelo. La gente de estos lugares vive con las puertas abiertas y siempre tiene algo que ofrecer. En sus fincas crían ganado, y producen cítricos: mandarinas, limones, naranjas. En esta parroquia viven alrededor de tres mil personas, entre ellos los Bermello-Zorrilla.

La siguiente comunidad, después de El Progreso, se llama San Sebastián: es un sitio comercial y agrícola que pertenece al cantón Pichincha. Zoila suele visitarlos, así como al resto de comunidades. Les lleva talleres en los que les habla sobre todo tipo de temas: democracia, autoestima, tipos de violencia, organización comunitaria, sexualidad, tecnología. Lo que haga falta.

Unas veinticinco personas de San Sebastián la escuchan atentos. Zoila les habla sobre Matilde Hidalgo de Procel, la primera mujer ecuatoriana en graduarse de médico, la primera mujer en votar en América y la primera mujer en ser candidata a un cargo de elección popular. Les cuenta su historia y la vuelve cercana.

-Antes de ella, las mujeres no teníamos la opción de salir de la casa ni de opinar. A ella la calificaban de bruja, el cura la hacía parar cuatro metros afuera de la iglesia. De la misma manera, a nosotras nos han dicho de todo. Yo también, como muchas mujeres, antes me quedaba callada, hasta que supe que tenía derechos. Reconocerte como un ser que tiene derechos es la decisión que tú debes tomar para poder dar un paso hacia adelante, siempre y cuando no hagas daño a nadie. Hay que quitar de en medio la vergüenza, el miedo a hablar que todavía tienen las mujeres.

Cuando se termina el taller, Zoila les ofrece un almuerzo, que ha preparado Aleida, su madre.

Nos encaminamos a San Plácido en la camioneta de Gonzalo, el padre de Zoila, un hombre de sonrisa abierta que trabajó durante largos años en proveer de energía eléctrica a toda esta comunidad, el mismo trabajo que hoy realiza Carlos Mateus, el esposo de Zoila y el padre de sus hijos: Carlos, de quince años, y Laurita, de siete.

***

La casa de los Mateus-Bermello queda en una especie de colina.

Para llegar, hay que subir algunas escaleras. Los vecinos saludan a Zoila, todos saben quién es esta mujer de ojos achinados, formas sensuales y brazos gruesos como alas. Ella siempre trabajó para su parroquia. Era la encargada de las obras públicas, del deporte y de la parte social. Sin embargo, su trabajo se empezó a hacer visible con fuerza a partir del 2005 cuando fue elegida vicepresidenta de la Junta Parroquial de San Plácido.

Por entonces, Zoila tenía veinticinco años.

Recuerda que uno de los desafíos que le tocó enfrentar fue la repartición de los productos del programa Aliméntate Ecuador. Ella sola debía encargarse de armar ochocientos combos de comida y luego repartirlos a madres, niños, personas con discapacidad y ancianos. Luego de meditar, se le ocurrió lo siguiente: llamaría a tres familias que estuvieran dentro del padrón. Les pediría envasar los ochocientos combos durante dos noches. A cambio, todos los paquetes de arroz, aceite, azúcar, que se fueran rompiendo, porque se rompían en el traer y llevar, serían de ellos.

Aceptaron.

Lo siguiente era resolver cómo repartir los combos. La entrega debía hacerse viernes, sábado y domingo. A Zoila se le ocurrió pedir ayuda a chicos del colegio. Consiguió que este trabajo fuese tomado en cuenta como parte de la materia Vinculación Social, les hizo dividir el padrón por secciones y en orden alfabético y, cuando llegaron los días de la repartición, también se encargó de pedir protección a la Policía. Y así fue como San Plácido fue la primera parroquia en organizarse. Llegaron los directivos del MIES y le pidieron a Zoila que organizara de la misma forma a las otras parroquias. Todas las juntas parroquiales de Manabí tomaron el mismo ejemplo. Así, la fueron conociendo en su provincia, y ella también se fue aventurando a ir más allá.

***

Por entonces, Zoila conoció a María Cristina López, quien la invitaría a Quito a su primera reunión con las mujeres de la Asociación de Juntas Parroquiales Rurales del Ecuador, Amjupre. Cuando se conocieron, María Cristiana era presidenta del gobierno parroquial de Calceta, y también era vicepresidenta de Amjupre.

La invitación que le hizo a Zoila le cambió la vida.

-En el momento en que llegué fue una felicidad constatar que había otras mujeres iguales a mí. Todas mujeres rurales con las mismas necesidades, los mismos problemas. Éramos y somos hermanas todas. Luz es como nuestra madre. Amjupre es como ese manto protector, es nuestra casa. Allí nadie nos mira mal. Allí todas somos iguales. Si una se duerme, otra le presta la pierna para que duerma tranquila.

Pero no solo se sintió acompañada, sino que empezó un camino hacia su propia formación como maestra, comunicadora, puente. Se entrenó en el amor a ella misma, en cómo pararse y hablar en público, así como en temas sobre derechos, participación política, planes de gobierno, paridad, tipos de violencia, asuntos sobre los que dicta talleres no solo en Manabí, sino también en Esmeraldas, Tena, Puyo, Loja, Santa Elena, Santo Domingo y Guayaquil. A Zoila la han elegido por cuatro años para que integre el grupo asesor ante ONU Mujeres. Ecuador es el segundo país en formar este grupo asesor femenino que tiene como finalidad analizar las leyes de cada país para preservar que se respeten los derechos de las mujeres.

***

Zoila proviene de una casta femenina que se han forjado con todo en contra. La madre de Zoila, Aleida, tuvo dos madres: una que la parió y otra que la crío. Eran hermanas. La madre de ellas, la bisabuela de Zoila, se llamaba Mercedes Menéndez García y fue madre soltera. Trabajaba para una familia rica de Portoviejo. La contrataban para tejer y bordar, cocinar y ayudar en un comercio que tenían. Ella bordaba almohadones, ajuares, cosas muy delicadas. Mercedes vivió hasta los 103 años. Cuando la familia rica decidió mudarse a Jipijapa, Ermelinda y Alicia, hijas de Mercedes, se fueron con ellos.

Aleida, la madre de Zoila, fue la tercera hija de Alicia. Alicia era muy buena artesana, era experta en fabricar colchones con lana de ceibo y tenía un taller en la parte baja de la casa. Alicia y Ermelinda aprendieron a leer y se afanaron para que sus hijas sí fueran a la escuela. Las que no se dedicaron a seguir el colegio, por lo menos aprendieron artesanía, algún oficio.

La madre de Zoila se casó a los 23 años con Gonzalo Bermello, que era de San Plácido.

Los padres de Gonzalo son Dalia y Marcilio: tuvieron catorce hijos.

-Mi abuelo desde muy joven trabajó para obras públicas, y mi abuela se dedicó a criar a sus hijos. Ella era como un caballo de carga, era hombre y mujer en la casa. Se iba a trabajar todo el día, arriba en ese cerro. Cogía café, picaba maní, cocinaba y, de bajada venía cortando guineo, yuca y se podía poner al hombro dos racimos de guineo o de plátano.

***

La vida en el campo era así:

Se levantaban a las cinco de la mañana. Los varones cargaban agua, dejaban leña recogida para cocinar, le daban de comer al burro. Se iban a la escuela. En las tardes, regresaban a hacer deberes rapidito y otra vez, antes de irse a la escuela (porque antes había dos turnos), recogían agua o lo que necesitaran.

Las niñas no lo tenían más fácil. Cuando regresaban de la escuela en la noche, ellas tenían que lavar, ayudar a cocinar, a limpiar el horno de leña. Todo era muy estricto. No podían salir de casa. A todas les ponían los mismos vestidos y zapatos. Fueron niñas que se pasaron la vida criando niños: primero sus hermanitos y luego sus propios hijos.

Zoila empezó pronto su viaje como mujer. Menstruó la primera vez cuando tenía nueve años. Ella lo recuerda como algo traumático, porque, a pesar de que era grande de cuerpo -a los ocho años ya se veía como una señorita-, era muy pequeña de edad.

Estudió en la escuela de monjas Santa Magdalena. La primera vez que se rebeló fue en primer curso. A ella le gustaba dibujar y la profesora de Ciencias Naturales la obligaba a cortar y pegar, anulando su imaginación. Zoila dibujaba a los vertebrados y a los invertebrados y la profesora se los tachaba. Zoila no se detenía. La profesora la llamó malcriada y Zoila la llamó bruja.

Esto dio pie a que otras compañeras también reclamaran y a que Zoila le pusieran la etiqueta de peligrosa. A los quince años, sus padres la enviaron a estudiar a Guayaquil en la Academia Naval. Zoila pasó de un colegio de monjas en el que todo era rezos, a uno militar en el que todo era marcha.

***

Apenas tenía dos meses en la ciudad, cuando empezó la tortura. Zoila viaja al momento en que, con todo el colegio delante, más de quinientas alumnas formadas, un oficial la hace pasar a ella y a dos compañeras más al frente. El oficial les dice que le canten el Himno a Guayaquil.

Zoila no se sabe el Himno a Guayaquil, solo se sabe el Himno a Manabí. Ella le dice que no es justo lo que le pide.

-Si usted es tan sabido, cánteme el Himno a Manabí.

La castigan y esta escena propicia el inicio del martirio.

***

A Zoila no le preocupa que la llamen montubia, al contrario, ella se declara montubia siempre. Pero sus compañeras se lo dicen de manera despectiva. Le dicen manaba pata al suelo, machetera. La humillan delante de todos. Su cabello es largo, ella hace un esfuerzo para poderlo meter en la boina. Las chicas le sacan la boina, le revuelven el pelo. Un día Zoila se cansa. Salían al recreo y una chica le haló la boina y empezó a insultarla. Zoila se le lanzó encima, la agarró de los pelos, se fueron escalera abajo, la arañó. Las agarraron y las metieron a las dos de cabeza en un balde de agua sucia.

-La madre de la niña era una señora muy encopetada. Me dijo que yo era una salvaje. Entonces, yo le dije: si su hija está como está es porque fue mal educada. A mí en mi campo, en mi monte, donde yo vivo me enseñaron a respetar a los demás. Pero también me enseñaron a defenderme.

Este incidente dio paso para que fueran orientadores y psicólogos a la Academia para enseñar a los profesores y alumnos que todos somos iguales, indistintamente del lugar donde hayamos nacido. Incluso cambiaron el lema de la Academia.

-Dijeron que ahora el lema era respetar para que respeten, cuando antes tenía que ver con la fuerza.

***

Esta tarde, Zoila vuelve a su antigua escuela en San Plácido, recorre sus pasillos, aulas y patios interiores. La Unidad Educativa Santa Magdalena es uno de los cinco colegios que la congregación de las hermanas oblatas de San Francisco de Sales tiene en Manabí. Las cosas han cambiado y ya no hay ningún rencor hacia las monjas. Mucho menos cuando aparece sor Alba Inés González, la guía espiritual de Zoila, a quien llama mi otra madre.

-Ella siempre me descubre si estoy triste, a ella no le puedo mentir.

Sor Alba Inés nos lleva a sus jardines. Nos ofrece galletas y cola, nos deja jugar con su cachorro blanco y nos invita a entrar a su casa de muñecas, que está muy bien arreglada. En ella, unas cincuenta muñecas de todos los tamaños, ojos, cuerpos y colores.

Sor Alba Inés es colombiana, de Medellín, y vive en Ecuador hace dieciséis años. Solo hay amor en su mirada y en sus palabras cuando habla de Zoila:

– Ella es una persona llena de alegría, de amor, de conocimiento. Es una mujer que no se le desmaya a nada, que si le dicen: flaca, coma tierra, ella come tierra, siempre y cuando esto sea por el bien de los demás.

Está por caer el sol en San Plácido.

Sor Alba Inés debe seguir con los quehaceres. Sus palabras de despedida nos acompañan en el camino de regreso a casa:

-Si el sol está dentro de ti, no importa que afuera esté oscuro.

Raúl Cabrera, el Nómada


A los 17 años, Raúl Cabrera recorrió el Ecuador con una mochila. A los 18 viajó durante seis meses por América del Sur. A los 20 años inició su viaje por el mundo y su vida de nómada. Ha recorrido más de ochenta países haciendo surf, snowboard y amigos. Cuando conoció a Tina, su esposa, y nació Milo, su hijo, Raúl encontró su hogar. Pero no quiso que sus viajes quedaran solo en la memoria. Con un equipo de producción viajó por 25 países durante tres años para filmar Nomad-A, el proyecto audiovisual que lo trajo de vuelta a Ecuador.

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HAWAI. El día se abre limpio, las olas gigantes esperan al hombre que intentará fluir en sus movimientos violentos, llenos de vida. Raúl Cabrera ha entrenado un año para este día. Largas jornadas de surf, de natación, de crossfit, le hacen pensar que está listo. Antes de entrar al mar, un amigo y mentor que lo acompaña, le recuerda: nunca tomes la primera ola. Las olas vienen en tandas, de seis, de ocho, de diez. Raúl, como si nada hubiese sido dicho, como si ese consejo no fuese de vida o muerte, toma la primera ola de la serie. La ola no lo lleva. Mira hacia atrás, y ve que todo el horizonte se nubla, un tsunami se avecina. No puede hacer nada para evitarlo. Le caen encima todas las olas de cinco, o seis metros. Lo sepultan, lo revuelcan, lo ahogan.

De pronto, tuvo la certeza de que moriría. Estaba debajo del agua y dijo: Dios, gracias por la bella vida que me has dado. La película de su vida pasó ante sus ojos. Y cuando estaba revolcándose y llegó al punto de comenzar a desmayarse, vio a un niño que le daba la mano. Raúl no sabía qué pasaba, si estaba llegando al cielo, si ya se había muerto. Cuando el niño dejó de darle la mano, sus labios toparon la superficie, y pudo respirar. Volvió a ver a ese niño cuando surfeaba en Inglaterra y en Marruecos. Raúl dice que ese niño era su hijo Milo, que aún no nacía. Pero cuando lo vio nacer, y Milo lo miró, supo que era el mismo niño que había visto en las tres ocasiones.

“Hay una parte de aventura, y una parte espiritual. No sabemos cómo estamos conectados, pero es como una red invisible en la que se conecta pasado, presente y futuro”, dice Raúl, quien ha venido a Ecuador para promocionar la serie de televisión y la película Nómad-A, hecha a partir de sus viajes.

Raúl nació hace 37 años en Guayaquil y siempre quiso ser un explorador. Desde pequeño sintió una intensa curiosidad por saber qué pasaba fuera de su barrio. De niño, fantaseaba con que su armario era un portal tridimensional capaz de transportarlo a cualquier lugar del planeta, amaba los mapas y saber sobre el mundo. Raúl es el menor de seis hermanos, y su padre, que era un próspero comerciante, murió cuando él tenía apenas 9 años. Recuerda a su padre como un hombre opuesto a él, que vive el día a día. “Era una persona muy seria, muy cerrada, parecía alemán, con una ética de trabajo muy firme”. Trabajaba de lunes a domingo. Su familia lo perdió todo cuando murió, pero Raúl mantuvo firmes sus enseñanzas. “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”, o… “Todos los huesos de todas las personas son blancos”, o… “No importa si la persona tiene o no dinero, lo que importa es el corazón”.

A los 17 años, Raúl hizo su primer viaje por su cuenta. Después de clases, enseñaba matemática o trabajaba de cajero en el minimarket de su hermano para ahorrar. Reunió 500 mil sucres y con eso se dio la vuelta al Ecuador. Eran cincuenta dólares. Un año más tarde, al salir del colegio, viajó por Latinoamérica: Perú, Brasil, Chile, Argentina, Bolivia durante seis meses. Gastó sólo 400 dólares, incluidos los tickets. Se quedó en casas de gente que había conocido en Montañita y Playas, donde ya surfeaba. Además, vendió cada cosa que tenía en su maleta. Vendió hasta un terno que su madre le aconsejó llevar “por si acaso haya un matrimonio”. Por él, le dieron 80 dólares en Brasil.

Hace 17 años, Raúl se fue por primera vez de viaje a Europa y nunca más regresó a vivir a Ecuador. Su primera parada, a los 21 años, fue Nueva Zelanda, el país perfecto para desarrollar sus dos grandes pasiones: el surf y el snowboard. Allá sacó la ciudadanía neozelandesa, estudió en la Universidad y logró un título de Economista, otro en Idiomas y además hizo un posgrado en Educación y Pedagogía. Trabajó para el servicio migratorio, como profesor de colegio, como instructor de snowboard, entre otras cosas. De Nueva Zelanda se movió por todo el mundo, y empezó su vida de nómada.

“Cuando estaba en la universidad en Nueva Zelanda, me tuve que pagar los estudios. Me costó 13 mil dólares sólo el año escolar. Tenía que trabajar de mesero y entrenar snowboard para las competencias. Hice dos años en uno porque quería salir a explorar el mundo y no quería estudiar más. Fue duro, estaba más ocupado que un cojo en una competencia de patear traseros”, dice.

Pero lo que Raúl más tiene es energía; sigue siendo un niño hiperactivo. “Me puedo quedar un mes sin comer y sin dormir si tengo que hacer algo. Si estoy surfeando es lo mismo, tengo un problema de obsesión con las cosas que amo hacer”. Lo que ocupa su mente estos días es la realización de la película y serie de televisión que tiene entre manos. Sin pagarles un centavo, Raúl logró juntar a un equipo de producción de alto nivel que lo siguió durante tres años por 25 países y cinco continentes.

Todos son amigos que ha ido haciendo en sus viajes. Gareth Sheehan, cineasta neozelandés que vive en Hawai; Adan De Miguel, fotógrafo español; Pablo Suárez, encargado de logística, español; Albert Ibañez, cinematógrafo chileno; Claudia Vieira, fotógrafa de África del Sur; Eduardo Pérez, web master, de Ecuador que vive en Nueva Zelanda; Cristóbal Sciaraffia camarógrafo de Chile, y Tina Christensen, su esposa y directora ejecutiva de Nomad-A, que vive en Dinamarca. Además, Los Díaz de Fly y Mona Producciones les ayudaron a filmar con RED EPIC, las mismas cámaras que fueron utilizadas para filmar El Señor de los Anillos.

La serie de televisión tiene 24 capítulos. En cada uno se cuenta la historia de alguien común que vive una experiencia fantástica. Por ejemplo, está el caso de Jonathan Camacho, un chico de Playas que es uno de los mejores bemexistas del Ecuador, pero por ser negro no es tomado en cuenta en el país. Su imagen no vende. Él tenía un sueño: viajar y competir en los mejores eventos, y gracias al proyecto Nomad-A lo ha logrado. “Ayer, en México, quedó segundo en el mundo”, dice Raúl con una enorme sonrisa. También está la historia de los hermanos Sangachi, un par de niños huérfanos, de Quito, que llegaron a Montañita haciendo malabares. Los adoptó un argentino con la condición de que tenían que ir al colegio, y ahora son surfistas profesionales y también viajan por todo el mundo haciendo malabares. Son personas inéditas. A Raúl le gusta decir que Nomad-A es el primer producto de exportación televisiva del Ecuador. “Es una orgía audiovisual llevándote a lo más recóndito del planeta y conociendo a las personas más interesantes. Personas luchadoras, inspiradoras, artistas, cineastas, deportistas extremos, ufólogos. La gente se va a sentir orgullosa de que esto se haya hecho en el país. Pero necesitamos dinero para la postproducción”.

Antes de esta serie, lanzaron un cortometraje de 7 minutos, que ya ha sido premiado. Pueden verlo y también apoyar el proyecto del Nómada en este link http://nomad-a.com/.

“Viajar es realmente asombroso. Las cosas que aprendes, las personas que conoces, y las experiencias que vives son más educativas que cualquier cosa que te enseñan en el colegio. Eso es lo fundamental de viajar, ya que las experiencias se quedan impregnadas en ti por el resto de tu vida”. Y son tantas las historias que podría contarme el nómada que, para organizarnos, le propuse un juego. Yo le doy una palabra y él la asocia a una memoria, un lugar, unas personas y una situación vivida. Este fue el resultado.

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EL MIEDO

En Canadá compré un carro por $125 dólares con dos amigos de Nueva Zelanda, dos amigas de Noruega y yo. Todos eran rubios, ojos azules. Yo dije: bueno, vamos a hacernos la misma cosa y me pinté el cabello de rubio. Viajamos por toda la costa de México. Alguien nos había hecho un mapa de un lugar para surfear que nadie conocía, cerca de San Blas. Cruzamos un río de marea baja y llegamos a un pueblo donde no había autos, no había nada. A los dos días, los campesinos del lugar hicieron una barbacoa, mataron una vaca enfrente de nosotros y se me empezó a hacer extraña toda la situación. Me di cuenta de que era un lugar donde producían cocaína. Escuché cuando dijeron: violemos a las chicas, matemos a los chicos y nos quedamos con el carro. Ellos no pensaron que yo hablaba español, porque pretendí que era gringo también. De pronto comprendí que estábamos con el cartel. Tomé el carro y manejé lo más rápido que pude, dejamos todo tirado en la playa: las tablas de surf, las maletas. Lo único que teníamos en el carro eran nuestros pasaportes. Ellos nos dispararon, pero no nos dieron. Manejé hasta que llegamos al río. Yo conocía el camino y escapamos. Nos pudieron haber matado.

Esto es lo que se conoce como el síndrome de Zeus, quieres experimentar, quieres explorar, pero a veces no sabes a dónde te pueden llevar las aventuras.

EL AMOR

El amor está relacionado a todo. Es una palabra muy fuerte y es lo que me ha llevado a viajar por 83 países y 5 continentes durante 20 años. Es el amor que siempre he tenido por las aventuras, por los demás, por saber acerca de otras culturas, por experimentar un amanecer diferente. Es el amor a la vida que tengo que me sigue llevando y me llevará. Si pudiera irme a Marte me iría, pero tengo un hijo, Milo, hace dos años y es el amor hacia él que me hace luchar cada día, levantarme y tratar de ser una mejor persona. Es el amor hacia él lo que me hace sacar mi proyecto adelante. Es el amor hacia él el que me llevará a grandes ideales.

Cuando viajé a Hawai ─uno de los mejores viajes de mi vida─, la conocí a ella, a Tina, en una salsoteca. Normalmente no voy a salsotecas, y ella no sabe bailar. Ella es de Dinamarca. Hemos viajado por todo el mundo juntos, pero en estos momentos ella tiene que estar en Dinamarca mientras yo promuevo Nómad-A.

El amor no es algo palpable, algo que puedas ver o sostener. Es un hilo y puedes estar a millones de kilómetros de la persona que amas, no verla por diez años, y eso no significa que no hayas estado porque tu amor por ese lazo invisible nunca se rompió. Es como cuando no ves a un amigo durante mucho tiempo, es lo mismo con ella. En este último año no la he visto, no hemos podido estar juntos, pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una bella relación, porque ella comprende que esto es lo que hago, comprende que soy un gato salvaje. Ella es lo contrario a mí, ella es una mujer de casa y le gusta luchar día a día para ver los frutos. Milo es el balance perfecto. Tina y yo somos el Gin y el Yang, Milo es la bolita que nos une.

EL PELIGRO

Estábamos en Whistler, Canadá, haciendo snowboard. Whistler es el mejor lugar para hacer snowboard del mundo. Estaba con una amiga de la República Checa, Marushka, y le dije: siempre tomamos las pistas convencionales, vámonos por atrás. Yo creí que conocía el camino. Y la perdí. Y me di cuenta que estaba perdido. Traté de relajarme, pero sabía que las montañas son vida o muerte. Una noche en las montañas y mueres. Comencé a descender y encontré la guarida de un oso, y es muy muy peligroso. Apestaba, porque ya era la época de primavera y es cuando los osos tienen a los bebés y son muy celosos y te atacan. Salí corriendo y encontré un río. Yo sabía que el río me iba a llevar de regreso a la ciudad. Había nieve, estaba congelado y tuve que meterme y nadar durante cuatro horas con mi equipo de snowboard. Eventualmente, salí. Ya era de noche. La policía me estaba buscando, el helicóptero me estaba buscando; yo estaba con hipotermia. Pensé que no iba a vivir para contarlo. Pero siempre encuentro el camino de regreso a casa.

LA SOLEDAD

Estaba en una isla de Indonesia a la que para llegar nos demoramos siete días. Cinco días en carro, dos días en bote. Es una isla donde se encuentran las mejores olas del planeta. Teníamos que llevar provisiones de alimentación, mosquiteras, no había nada. Éramos dos japoneses, un canadiense; Remi, mi hermano francés, y yo. En ese lugar la gente muere por malaria o por cocos que caen de las palmeras; hay demasiados cocos. En ese momento no me di cuenta, pero la historia comienza ahí. Volví del viaje, llegué a Nueva Zelanda y seis meses más tarde caí en coma de la nada. Me levantaba un día, y al otro día estaba en coma. Me levantaba un día, y al otro día en coma. El doctor me dijo que tenía una inflamación cerebral; comencé a alucinar. Veía que la televisión se derretía.

Y estaba solo y estaba al punto de morir. Ellos abrieron mi pasaporte y se dieron cuenta que había visitado Indonesia. Mandaron los exámenes a Indonesia y los regresaron de vuelta y dio positivo. Todo había sido porque me picó un mosquito. Lo único que quería era ver a mi madre por última vez antes de cerrar los ojos. El doctor pidió mi pasaporte porque estaba agonizando, me dijeron que un día más y moría. Me dieron medicamentos, y cuando me mejoré me di cuenta de que ser un nómada es chévere, pero tiene un precio. Es muy duro estar lejos de tu familia, de tus costumbres, cuando no sabes qué te puede pasar. La idea de que te puedes ir mañana y no ver a la gente que te quiere por última vez es atroz. Es lo mismo que siento cuando estoy lejos de mi mujer y mi hijo.

Después de todas las aventuras, de surfear, de dejar la montaña llego a mi casa y estoy solo. Vivir las aventuras es bacán, pero la felicidad es mucho mejor cuando es compartida.

LA COMPASIÓN

Esto fue este año. Yo estaba filmando para Nómad-A, en Salango, cuando escucho unos llantos y unos gritos. Yo pensaba que era un niño el que lloraba, pero eran cinco gatitos recién nacidos que una persona desalmada había al agua. Corrí a ver a los gatitos, les di respiración boca a boca. Tres de ellos estaban clínicamente muertos y se salvaron. Fue compasión porque a mí me da mucha pena cuando un perro o un león ataca a alguien y lo mata, pero nosotros matamos a tantos seres vivos.

Tanto nosotros como ellos debemos tener las mismas reglas. El amor hacia la naturaleza se debe reflejar en el amor que tenemos los unos hacia los otros. La compasión de los otros hacia mí la siento día a día. He conocido a más personas que me han querido dar una mano que personas que me la han negado. Una vez llegué a Alemania y no hablaba el idioma, pero la persona me entendió. Yo quería ir a la casa de alguien, y él pagó por mí diez euros a un taxi para que me llevara. Eso pasa día a día. La compasión de mis amigos, de recibir a un equipo de trabajo de seis personas a donde yo voy, sin cobrarme, llevarnos a comer. Yo puedo vivir día a día de invitación gracias a la gente que he conocido. Tal vez, en estos momentos no tengo nada en el bolsillo, pero cuando yo ofrezco mi amistad o te doy la mano lo hago porque me nace. Cuando yo vivía en Nueva Zelanda o vivía en Japón a mí no me importaba que tú llegaras a la madrugada, yo era feliz de poder darte una comida, un sofá, una cama. Es lo menos que puedo hacer por cualquier ser humano. Y es como un bumerán. Tú tiras el bumerán y regresa a ti. Si tiras el bumerán a matar va a volver a matar. El que a hierro mata a hierro muere; es karma, la ley del universo.

(Publicado en la revista MUNDO DINERS septiembre 2014)

Esmeraldas Chiquita o la capital del África guayaca


Intro:

Ahuevado: dícese de alguien cobarde, asustadizo, que se caga de miedo. Por ejemplo: un taxista en Guayaquil que recoge a un pasajero que le pide una carrera a Esmeraldas Chiquita. Así le pasó a David, mi taxista de confianza.

—Eran las dos de la mañana y me paró una chica, me dijo que la llevara hasta allá, al fondo de Las Malvinas. La llevé, pero le tuvimos que pagar a un paco para que nos acompañe. Yo nunca iría allá sin un man armado—.

afroecuatorianos

***

El editor me encarga una crónica en Esmeraldas Chiquita. Inmediatamente a mi cabeza llegan imágenes de casas de palo sobre el estero, negros bailando candombe, robos, crímenes, miseria, el último incendio. Todos los prejuicios juntos me comen el mate como una bacteria devoradora de mates. —Es un lugar peligroso— me advierte el editor. Me cuenta que él intentó entrar hace tiempo y que lo bajaron, lo sacaron en quema, y eso que fue acompañado por un par de pacos. Pero con la cara del editor —que es blanco, guapo y tiene pinta de quiteño aniñado— es difícil mimetizarse en un sitio tan jodido como ese. Cuando uno hace una crónica la clave está en ser piel y no lunar. Si te descubren husmeando en el sitio incorrecto cagaste.

—Hasta yo lo habría bajado—, se ríe mi compañero, que es negro, pero no tan negro como la gente que vive en los fondos de Las Malvinas. Esos sí son negros azules, descendientes de africanos de verdad.

—Pero tú eres guayaca, de ley que a ti no te pasa nada—, me alienta el editor. Yo, que tengo problemas para decir no, le digo que cuente conmigo. Me pongo a buscar un contacto para poder entrar, no sea que me roben por pasarme de viva. Los pacos están descartados.

A través de Linda Vidal —una mujer negra que ha luchado toda su vida por los derechos de la gente afro— llego a Rudaina Cuero Borja, quien vive en Las Malvinas y me ofrece acompañarme a las entrañas mismas de Esmeraldas Chiquita.

Es el sábado 10 de diciembre. El taxista —que no es David, sino uno de esos choferes de taxis ejecutivos— está ahuevado. Dice que nunca ha ido para allá, que es mejor no ir sin protección policial porque, tal vez, Dios no quiera, no podamos regresar. Que tal si nos secuestran. Quiero que se calle. Sabe que, diga lo que diga, igual vamos a ir. Se saca el reloj y la cadena de oro que tiene en el pescuezo, porque cuello solo tienen los cisnes y las doncellas.

Vamos por la avenida 25 de julio rumbo al puerto. Llegamos al Mall del Sol y viramos a la derecha, entramos a la Guangala. Aquí uno ya empieza a meterse en este otro Guayaquil, ese que jamás sale en las postales. Vamos por un chorizo largo, pesado, caliente, estrecho. Enormes ollas despiden olores de  frituras, invaden el buche del auto y el de nosotros.

Llegamos a Las Malvinas, el antiguo imperio del famoso bandido Jaime Toral Zalamea, quien siempre ha gustado de exhibir un poco de su arsenal de armas como parte de su vestuario habitual. Este traficante de tierras con título de abogado y, por si fuera poco, de periodista, antiguo aliado del anterior dueño del país, fue quien en la década del ochenta levantó Las Malvinas, que son una hilera de cooperativas miserables, habitadas en gran parte por negros que llegaban a Guayaquil con la misma ilusión que un indígena a Milán.

Al fondo de Las Malvinas y al pie del estero Mogollón, se encuentra Esmeraldas Chiquita, asentada sobre una base de arena producto del dragado que realizó el gobierno de Rodrigo Borja en 1992.

Tuve la dicha y el privilegio de ser vecina de Toral durante un año. Yo vivía en un pequeño departamento de un barrio aniñadísimo justo enfrente de su enorme casa. En el medio solo había una callejuela angosta —demasiado angosta para mi gusto— de cuyo nombre no quiero acordarme. Era, me decían, la cuadra más segura de todo Guayaquil. Eso sí: había un riesgo grande de morir de bala perdida. Los pistoleros —como si estuvieran actuando para una película del tipo Venganza Ciega o Justicia Urbana, de Steven Seagal— solían despertarme a punta de metralla, o recibían a mis amigos apuntándolos con sus pistolas. Cuando era Navidad, largas colas de gente invadían la calle; él les regalaba electrodomésticos.

Ahora que merodeo por sus viejos territorios recuerdo los sobresaltos que me hacía pasar el abogado/periodista graduado con 9.9 en la exigente Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Guayaquil, más conocida como FACSO y su tropa de guardaespaldas de gatillo fácil. Uno de sus hombres tenía un ojo de vidrio, al otro le faltaba una pierna y había uno joven y recio que siempre se ofrecía a hacerme compañía. No vaya a ser que un delicuente común me asalte. Casi todos tenían un título de periodista de la FACSO, que el abogado les había conseguido.

—Si yo soy como usté, solo que no practico— me decía burlón el pata de palo.

En mis gratos recuerdos estoy. No ayudo mucho al taxista, que está perdido. Buscamos la estación de la 43. Nos pasamos, regresamos, preguntamos.  Al fin veo a Rudaina que me saluda por la ventana. Este auto Kia negro nuevecito está llamando mucho la atención. —Mejor váyase—, le digo al taxista que sale disparado como un guanaco.

De la casa de Rudaina sale despedida una bulla infernal. —Es bachata, me gusta la bachata, el ballenato, la salsa. Lo que no me gusta es la cumbia colombiana— me cuenta. Parece que sus vecinos comparten sus gustos musicales. Estamos la Cooperativa Esmeraldas Libre, de Las Malvinas, donde ella vive desde hace 25 años. Hija de una empleada doméstica y un tractorista, Rudaina nació en Esmeraldas city. Mientras se arregla el pelo y, de vez en cuando, canta alguna estrofa de la canción, cuenta que cuando llegó a Guayaquil vivió en Leonidas Plaza y Pancho Segura, calles que pertenecen al Cristo del Consuelo, el primer enclave negro de Guayaquil. La miro. Rudaina es un mujerón: alta, gruesa, dueña de esa piel dura y envidiable que tienen las negras. Con ella al lado nada pasará. Salimos rumbo a Esmeraldas Chiquita.

En la esquina aparece un tipo blanco con pinta de man sabido y buena gente. Se llama David, es amigo de Rudaina. Se ofrece a acompañarnos feliz de la vida cuando le digo que esto es para la SOHO. Me cuenta que vivió casi toda su vida en Esmeraldas Chiquita, nada menos que 32 años.

—Me casé con una señora de raza negra, una señora afroecuatoriana—

—¡Una negra di y punto!—le grita Rudaina y le da un empujón, con cara de cabreada, pero en broma.

—Bueno, una negra, una negrita sabrosa— sonríe él

—¡Cómo que yo te voy a decir algo porque me dices negra! ¿Qué eres loco? La palabra es negra. Y tu mujer es negra— deja bien claro Rudaina.

—Sí, eso es rico— dice David.

Este par me divierten. Caminamos por calles pavimentadas. Música a todo volúmen sale despedida de dentro de casas pintadas con colores de plumas de papagayos.

—Las Malvinas es Esmeraldas Chiquito, Dignidad Popular, 24 de mayo, Esmeraldas Libre… ¡Ufff! una veintena de cooperativas. En todas hay negros, pero en Esmeraldas Chiquito es donde están más concentrados. Hicieron un censo y dijeron que en toda Malvinas había unas 500 mil personas— dice David, que desde hace algunos años vive en Durán.

—Cuando yo vivía aquí era horrible, no se podía salir. A las 3 de la tarde ya había que meterse. Era horrible, horrible. De noche era imposible salir. Los taxis no venían para nada. El único bus que se atrevía a entrar era la línea 9. Pero no entraba hasta acá. Te dejaba atrás del Hospital del Seguro. Imagínate la lejura—

Eso es lejos. Es como caminar todo el trayecto que hicimos en el taxi. Sin perderse, en auto, son unos veinte minutos. Y nadie quisiera caminar tanto por estos barrios donde dios nunca mira.

—Pero, con el pasar de los años, ya se hizo menos peligroso. Algunos (malandros) se murieron, a otros los mataron, otros se fueron. Si no, no podríamos estar caminando por aquí tan campantes. Ya nos habrían robado, o vaciado la casa— ejemplifica David.

Seguimos andando y, como si fuera una realidad que solo había visto por la televisión, aparecen delante de mí las casas que el Gobierno levantó en la zona del incendio que el 20 de noviembre de 2009 consumió tres manzanas de Esmeraldas Chiquita en lo que fue, según el Cuerpo de Bomberos, uno de los incendios más grandes que ha soportado Guayaquil en los últimos años.

Fueron 106 casas las que ardieron. Tomando en cuenta que en Esmeraldas Chiquita viven 122 familias, no es exagerado decir que el fuego devoró casi todo el barrio. No porque el fuego sea glotón, que lo es, sino porque la mayoría eran casuchas de caña. Ahora hay casitas altas de cemento.

Vamos por calles interiores, de tierra, bordeando un canal que fue, en sus buenas épocas, un limpio ramal del Estero. Ahora es solo agua pútrida empozada, ahogada en basura y sobrevolada por gallinazos, esas aves carroñeras horrendas con plumaje negro, pico puntiagudo y cabeza desnuda.

En la mitad de una calle está un grupo de negros hablando a los gritos, cómo más. Aquí se habla así: claro y fuerte. Entre ellos está Valentín Medina —don Vale para la gente de Las Malvinas— un negro alto que trabaja de estibador en el Puerto Marítimo y vive en una casita de palo junto a su madre anciana.

—Soy de Borbón, me vine a Guayaquil a los 17 años detrás de una mujer. Cuando llegué vivía en el Cristo del Consuelo— empieza a contar.

—¿Y hace cuántos años que vive en Malvinas?—

—Que yo me acuerde unos 25 años en adelante, o cuidado pueda ser más. Cuando yo llegué aquí a vivir era puro puente esto, el relleno hidráulico todavía no estaba. Yo vivo en Dignidad Popular. Esta cooperativa es del abogado Jaime Toral. Él nos regalaba los solares a las personas que no teníamos. Nos los daba a cambio de nada—

—¿Toral hizo todas estas cooperativas?

—Claro que sí, el abogado Toral. No lo defendemos, pero en ciertas cosas sí hablamos bien de él, porque si él no nos hubiera ayudado no tendríamos dónde vivir—

—¿Cómo era Malvinas cuando usted llegó?—

—Aquí era todo manglar. Era lodo y puente, lodo y puente. Recién se estaba formando. No había servicios básicos. Aquí solamente había una calle por la que la gente circulaba. Todo era puente, puente, puente. Esa calle se llamaba… No me acuerdo cómo se llamaba—

—Ernesto Albán— grita alguien por detrás.

—Siempre han dicho que Esmeraldas Chiquito es peligroso ¿lo sigue siendo?—

—De todos estos lugares como el Guasmo, Malvinas, Perimetral, se tienen muchas cosas qué decir. Pero lo que pasa es que pueden matar a las personas en el Guasmo o incluso en el centro, y vienen a botarlos acá a la Perimetral. Luego, la gente dice “en la perimetral pasó eso”, pero casi siempre lo hacen en otra parte. Van pasando y los dejan botados…¿sí me entiende?—

—Sí claro. Si a cualquiera en Guayaquil le dicen “cuidado apareces en la Perimetral” uno ya sabe de lo que le están hablando.

Las Malvinas está llena de gente de apellidos como Caicedo, Valencia, Vernaza, Ayoví, Arroyo, Cuero, Angulo, Cabeza… todos esmeraldeños.

—¿Por qué tanto esmeraldeño por acá?—

—Porque ya no les gusta allá, allá hay poco trabajo. Aquí nos va mejor—

Don Vale tiene casa y familia en Esmeraldas, pero solo va de visita. Nunca se queda más de un mes.

—Me siento bien aquí. El trabajo me queda cerca. Cojo a media cuadra los carritos que van al Mall del Sol, pago 15 centavos, de ahí cojo la 28, la 118 o la 58, cualquiera de esas me dejan en el puerto— dice Valentín.

—Ahora este es un buen sector porque ya hay pavimento y servicios. Estamos bien. Nos sentimos bien— dice John Alberto Hernández, un ex sargento del Ejército negro, que escucha la conversación y que también vive aquí.

Don Vale, que ha entrado a su casa, regresa con botellas de quáker helado para todos. Cojo la mía. Él sigue hablando.

— Me siento bien en el lugar donde vivo porque todo el mundo me conoce, yo puedo llegar a la una, dos de la madrugada y nadie me falta. A la gran mayoría de la población que vivimos aquí nos gusta—

Parece que las cosas están cambiando. Quienes viven en Esmeraldas Chiquito o quieren ir de visita ya no tienen que caminar tanto como David. Ahora, desde cualquier lugar de Guayaquil, es posible llegar a la cooperativa. Las líneas de buses 3, 9, 91, 129, 137 son la prueba.

En varios kilómetros a la redonda, después de conversar, beber quáker y puchos de cerveza en diferentes recipientes, no encontré a nadie que se quejara de vivir aquí. Nadie me miró con malas intenciones. Todos estaban contentos, escuchando música a todo volúmen, bailando, bebiendo, riéndose como si este fuese el mejor lugar del mundo para vivir. No vi a nadie esconderse. Sí vi a policías dar la vuelta más de una vez por los mismos sitios.

—Antes la policía solo venía para hacer los levantamientos (de cadáveres)— dice Rudaina.

En Esmeraldas Chiquita la vida transcurre en la calle y también en el malecón, estrenado recién el año pasado. Los niños juegan en el parque. La gente saca sus sillas y se pone a beber o simplemente a conversar en los portales de tierra. Recuerdo haber visto a una niña con una laptop en las piernas sentada, sin ninguna preocupación, afuera de su casa.

Me paro en el malecón de Esmeraldas Chiquita. Veo que al frente, cruzando el estero, está la Isla Trinitaria. —Eso que ve es Nigeria— dice David. A la derecha, a lo lejos, se ve el Cristo del Consuelo. Y a la izquierda están los Guasmos. Allí, la cooperativa Pablo Neruda, es otro enclave afro. Es como si el estero, de alguna manera, interconectara todos estos barrios negros.

Valentín vivió trece años en Nigeria. Desde donde estamos se puede ir atravesando el puente o en canoa.

—Allá, en Nigeria, solo están pavimentadas las calles principales. Aquí está todo mejor, hay más vida. Somos más felices. Soy sincero en decir que, a la hora que usted quiera, sale de su casa, agarra auto, va a donde sea y no le pasa nada. No hay por qué tener miedo—.

Pero tampoco hay que confiarse ni abusar de la suerte. —El año pasado vinieron unos hp en un carro. Era temprano, como las diez de la mañana. Les dispararon a unos que estaban en una piscina de plástico bañándose. Mataron a tres de la misma familia— dice Rudaina.

Crónica publicada en la revista SOHO 2012

La residencia fantasma


Publicado en la revista Mundo Diners de agosto de 2012

Los eventos narrados a continuación ocurrieron en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finales de 2010, el año da sus últimos pasos. Los días en Guayaquil son siempre bulliciosos, caóticos, pero no pasa nada aquí. Mucho ruido, ninguna nuez. En esta Babel uno podría morir de calor o aburrimiento cualquier tarde. La maldición de Mano Negra se cierne nítida sobre mi cabeza: Guayaquil city gonna kill you, baby. Siento que este puerto frenético y caliente me aplasta como un enorme zapato a un grillo. Necesito huir. Googleo una residencia para escritores. Busco un lugar para escribir mi primera novela. He adelantado algunos capítulos, pero esta ciudad no me deja avanzar. Guayaquil estrangula la poesía.

Encuentro una residencia en un pueblo de Castilla – La Mancha, que pinta bien y ofrece becas. Pienso que la tierra de Cervantes debe ser un lugar inspirador. Recuerdo aquella novelita El coloquio de los perros. Cipión y Berganza son dos perros que cuidan el Hospital de la Resurrección, en Valladolid. Por la noche, a los animales se les suelta la lengua. Berganza es un vagabundo que ha rodado por Sevilla, Córdoba y Granada antes de llegar a Valladolid, y se divierte relatándole a Cipión las peripecias con sus amos. Yo quiero recorrer España como aquel perro. Envío a la residencia un bosquejo de mi novela, lo aderezo con relatos y poemas, y pido una beca.

Al cabo de tres semanas me llega un mail de la Universidad Rural Internacional que, según dice en su sitio web, es la institución que gestiona la residencia. Me informan que mi solicitud ha sido aprobada entre cientos de solicitudes enviadas de 30 países. Me dan “una beca que consiste en el 75% de la reducción del costo del alojamiento”. Quiero viajar cuanto antes, y quedarme el mayor tiempo posible: seis meses. Me indican que antes de gozar de la beca, debo pagar 500 euros por la inscripción –incluye gastos de gestión, un seguro de accidentes y tasas–. A cambio, ellos me ofrecen un lugar cómodo, alejado del mundanal ruido, con todos los servicios, Internet satelital, talleres, intercambios con artistas de todo el mundo, una riquísima vida cultural en un enclave de ensueño. Dejo a mi gato encargado y el 11 de junio de 2011, con una mochila roja y mi portátil, parto para las Españas.

Desde Madrid, me embarco en un bus rumbo a Albacete, la ciudad más cercana a Alcalá del Júcar, el pueblo donde queda la residencia. “Albacete, caga y vete”, así dicen. Y, la verdad, es que largarse rápido de aquí es lo mejor que uno puede hacer. La estación de buses está llena de moscas. Tomo una combi, porque para Alcalá no van buses ni trenes, ya que es un pueblo perdido, adentrísimo diría el montubio. Después de recorrer unos 40 minutos con los ojos bien abiertos, aquella visión  aparece: la hoz del río Júcar. Se trata de un valle, flanqueado por paredes altísimas, exorbitantes, de roca pura, que forman el cauce de un río de aguas tornasol. Una belleza que hay que ver para creer.

Pero la residencia no queda en el pueblo, sino en una aldea alta llamada Casas del Cerro, donde viven unas 200 personas. Llego hasta allá en un auto que hace de taxi. En el trayecto pienso en lo hermoso que es este lugar, y en lo que leí en el sitio web de la Universidad Rural: “esta residencia está convirtiendo a esta pequeña localidad de Castilla – La Mancha en la meca del arte”. “Muy poco conocida más allá de su entorno, la iniciativa ha alojado ya a cerca de 200 artistas de cuatro decenas de países de los cinco continentes”, dice una nota, publicada en 2009, en el diario La Verdad, de Murcia. Lucas Carrión Vázquez, un escultor valenciano que se hace llamar Lucas Karrvaz, es quien dirige la residencia.

Lucas es un artista del reciclaje. En sitios públicos de Valencia ha montado enormes esculturas hechas con chatarra. Su biografía cuenta que sus obras también están en el Museo Vaticano y en Palacio de las Naciones, en Ginebra. Con sus 65 años, cabellos blanco platino, modos agradables y su sonrisa fácil y ligera, me espera en la puerta. Con minuciosidad, me muestra la residencia. Mientras tanto, me cuenta cómo él y otros entusiastas construyeron este lugar, cuando aquí no había nada más que el cerro.

Entramos a varias habitaciones, me explica cómo funcionan la cocina, la ducha, los espacios comunes. La casa que él ocupa está conectada por un pasadizo a un hostal rural, también de su propiedad, al que suele llegar mucha gente sobre todo en verano. Los dormitorios de los artistas quedan del otro lado, yendo por un camino de piedra. Lucas me instala en un cuarto-cueva, cuya pared es de roca pura. Es pequeño, pero me gusta porque parece la cueva de un hobbit. Sin embargo, hay algo que me molesta: Lucas no me mira a los ojos.

A medida que recorremos el lugar, me voy dando cuenta de que aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿Dónde están todos?, le pregunto. “Ya vendrán”, me contesta despreocupado y sigue hablando de cualquier cosa. Al atardecer, me lleva a conocer el pueblo. Me cuenta que su proyecto “Stars for Peace” quedó finalista entre 85.000 ideas para realizar el monumento en memoria del 11S, en Nueva York. Me impresiona el lugar y también lo que me dice, sin embargo, sigo inquieta. La idea de que estamos solos en aquella enorme residencia me perturba.

Caminamos sobre el puente romano que cruza el pueblo, debajo corre tranquilo el río Júcar. No te fíes de él, me dice. Es un río de temer. Ha provocado muchas inundaciones y muertes. Pero te puedes bañar en la playa, cuando quieras. El río Júcar nace en la Serranía de Cuenca y en su paso por la Manchuela, crea un escarpado paisaje conocido como el Cañón del Júcar. Es un trayecto sinuoso, hundido en una gran garganta, donde el río se contonea entre barrancos y crestas calcáreas. El Júcar desemboca en el mar Mediterráneo.

Lucas me lleva a cenar a un restaurante que tiene un mirador. Me quiere presentar al Diablo, un personaje pintoresco de la comarca y dueño del lugar. Pero esta noche no ha venido. Desde ahí puedo contemplar las luces encendidas del hermoso castillo medieval, hecho por los árabes en el siglo XXI, la joya más preciada de este pueblo. Al día siguiente, recorro la aldea. Voy a la tienda, compro pan, queso, jamón, jugo. La dueña, Rosa, me mira extrañada. Me pregunta dos veces si yo soy la que está en la residencia de Lucas. Otras mujeres entran, me miran de reojo. Rosa me informa que los miércoles pasa el camioncito de la fruta y los jueves el de los vegetales. Me dice que cualquier cosa que necesite, no dude en avisarle. Su marido es Rubén, el dueño del taxi que me fue a recoger. Esa noche ceno en el bar de la aldea, el único que existe. Esto es la España profunda, pienso, mientras veo el deplorable panorama: un toro agonizante en la televisión, mientras un público eufórico grita vivas al torero; gente que bebe amodorrada, otros gritan de esquina a esquina en un castellano cerrado y difícil. Un par de vejestorios panzones con la camisa abierta, bebedores insaciables de vino, se sientan en mi mesa sin pedir permiso, e intentan seducirme a punta de chistes triple X. Casi no entiendo lo que dicen, escupen restos de comida cuando hablan.

Me salva el primo de Lucas, que también se llama Lucas, pero es constructor. Es un hombre de unos cincuenta años, robusto, colorado. Es normal que los hombres te quieran levantar, me dice, eres guapa, y por estos pueblos nunca llegan mujeres solas. Machistas de mierda, digo en voz baja. Empiezo a pensar que no soportaré a esta gente seis meses. Lucas, el constructor, me lleva en su camioneta de vuelta a la residencia, me pide mi número de teléfono y se pone a las órdenes. En dos días me voy a Valencia, me informa Lucas cuando regreso. Pero antes debes pagarme el 25% que no cubre la beca. Son 10 euros por cada día. Le pago la mitad, 900 euros por tres meses.

Con la idea de entrar al castillo, al día siguiente me levanto a las ocho de la mañana. Bajo la pendiente de 500 metros que hay desde la residencia hasta la carretera que lleva al pueblo. El camino es áspero, está lleno de cardos pinchudos que me arañan las piernas, pero el bosque de pinos y chopos me fascina. Sigo las marcas amarillas, verdes y rojas que algún otro viajero dejó para señalar la ruta. Veo a lo lejos cómo el pueblo se desparrama sobre los cerros, cómo juega a no caerse al abismo. Es un pueblo de casas blancas y gente campesina que habla a grandes voces por las callejuelas estrechas y mira con desconfianza a los extranjeros. Casi todos son viejos, no hay niños.

La mayoría de las casas tiene una cueva en su interior. Estas cuevas las habitaron en distintas épocas árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, lo que sí queda en la cima del murallón es el inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando jugaba a que era una princesa esperando el beso de un jinete que había recorrido el mundo en mi búsqueda. Mientras pienso en estas tonterías, subo peldaño tras peldaño, bañada en sudor, hasta el castillo. Ahí está Pablo, el chico que lo custodia. A Pablo le parece increíble que yo haya viajado desde Ecuador para venir a una residencia de artistas que, según dice, hace tiempo está cerrada. Nadie se ha alojado ahí hace años, asegura. Se me hiela la sangre.

¿Cómo dices? Sí, yo pensé que ya nadie podía entrar, no sé cómo es que te han aceptado. Karrvaz tuvo algunos problemas, hubo quejas de artistas y abandonó el lugar. ¿Y a dónde se fue? Vive en Valencia con su mujer. Me quedo atónita. Bajo del castillo y entro a un lugar llamado La Cueva del Diablo. Juan José Martínez García, a quien todo el mundo conoce como El Diablo, está en la puerta. Es un personaje estrambótico: larguísimos bigotes a lo Dalí, fajín de torero, mirada de pícaro y manos largas. Me lleva a conocer su guarida: una enorme cueva que funciona como sitio turístico y bar. Enseguida se insinúa, dice que si lo necesito puede comprarme un celular. No, gracias, ya tengo uno, le contesto. Entonces, puedo darte trabajo en mi local, propone. Te pagaré 50 euros diarios. Lo pensaré, le digo. El Diablo es un tipo con dinero habituado a comprar los favores de las mujeres, a escondidas de su esposa. Una señora de bigotes y aspecto temible: la verdadera dueña de su fortuna. Me lleva en su convertible rojo de regreso a la residencia y me invita, el día que yo elija, a conocer los pueblos aledaños.

Me voy contigo a Valencia, le digo a Lucas a la mañana siguiente, con una pequeña mochila al hombro. Pero niña, ¿qué vas a hacer allá?, me pregunta evidentemente incómodo. Veré a unos amigos, pasearé. Tú solo déjame en el centro. Por mail, Lucas me había dicho que la residencia era regentada por la Universidad Rural, que es la institución que concede las becas. La que pone el dinero para mantener el lugar es la III Milenium Corporation, con sede en Wilmington, EE.UU.. Cuando subía del pueblo, vi un letrero alto que decía: “Universidad Rural Internacional”. Debajo del letrero y en los alrededores no había nada. ¿Dónde queda la universidad, Lucas? le pregunto, mientras él conduce.

Vamos por la ruta de los molinos de viento, no los viejos del Quijote, sino los modernos que producen energía eólica. ¡Ah! Eso es un proyecto que tengo en mente, pero aún no tenemos un lugar físico, por ahora solo existe en mi cabeza, responde como si nada. Pero, Lucas, ¡tú me enviaste papeles, supuestamente oficiales, con el sello de esa universidad. ¡Yo pensaba que esto era algo serio! No contesta. Se queda callado, con cara de ofendido. Se agarra constantemente el hombro derecho. Me había contado que tenía una dolencia y debía ir a Valencia para hacerse tratar. Hace muecas de dolor. Yo hago muecas de rabia.

¿Y dónde está la gente?, insisto. Se supone que esta es una residencia de artistas. ¿Por qué no hay nadie? Ya te dije que no han venido aún, dice enojado, sin mirarme. Ya vendrán. Pasamos Requena, la ciudad de los vinos. En una hora y media estamos en Valencia. Me alojo en un hostal, donde comparto la habitación con dos chicos gringos guapísimos que no tienen ningún problema en desvestirse delante de mí.

Por medio de mi amiga María Fernanda conozco a Tony, un periodista valenciano que me muestra la ciudad y me lleva a su barrio, Rusafa, donde conozco a sus divertidos amigos y a sus perros. En España la moda de andar con los perros a donde sea que uno vaya es detestable. Pero si no hubiese sido así desde tiempos inmemoriales, Cervantes tal vez no habría creado al magnífico Berganza. Es verano, fin de semana y estoy en la costa del Mediterráneo. Y, en España, aunque haya crisis, la diversión es ley.

Mi amigo Carlos, de Barcelona, baja a verme. Nos conocimos hace siete años en Buenos Aires, una ciudad que disfrutamos a fondo. Después vino a visitarme a Ecuador y lo llevé a Montañita. Hemos dormido juntos muchas veces, sin tener sexo porque él, muy a mi pesar, es gay. Carlos conoce poco Valencia, la descubrimos juntos, nos divertimos como siempre. Carlos me acompaña de regreso a la residencia. Lucas está ocupado instalando a una gran familia en su hostal. Nos habla apenas. Este tío es raro, parece que esconde algo. No mira a los ojos, me dice Carlos. Bajamos al pueblo.

Mientras conversamos y comemos pistachos nos terminamos tres botellas de vino rosado. Nos da calor y nos metemos a nadar al río. Chapoteamos borrachos. Subimos a la residencia, metemos una pizza en el microondas y cantamos canciones de Manolo García. Lucas ni nos mira. Carlos se va al día siguiente. Y, cuando me doy cuenta, Lucas también se ha ido. Me quedo sola en este lugar enorme que empieza a parecerme siniestro. Intento conectarme a Internet y no funciona. Tampoco hay teléfonos ni televisión.

Si quiero comer, debo ir al  bar de la aldea, donde me acosan los viejos morbosos, o me miran con tirria sus mujeres. Son grandes y barbudas. Pero también hay gente decente que me pregunta qué hago en aquel lugar abandonado. Yo vine a escribir un libro, les digo. Me miran preocupados. Pienso que ellos saben algo que no quieren decirme. Hay mucha familia de Lucas regada por la aldea; nadie me quiere decir nada. Salvo Miguel, un pintor mexicano que llegó hace años a la residencia y, al ver que no era lo que él esperaba, se buscó un trabajo en el pueblo. Se casó con la dueña del bar. Esa residencia es una estafa, vete cuanto antes de ahí, me dice en voz baja para que su mujer no escuche, mientras lava unos platos. Nadie quiere problemas con Lucas, me avisa. Yo prefiero no volver al bar. Me alimento de pan, queso, jamón y cerveza que compro en la tienda, también de fruta cuando viene el camioncito. Solo los pájaros hacen ruido por las mañanas. El resto del tiempo el  silencio es crudo.

Una noche, mientras intento escribir en la cocina, entra Lucas, el constructor, sin avisar. Me da un gran susto. Se sienta y dice que ha venido a buscarme, porque no me vio más en el bar. ¿Cómo entraste?, le pregunto.  Cualquiera puede entrar, no hacen falta llaves. Así mismo lo ideó Lucas. Estoy sola e incomunicada en un lugar inseguro. Intento no quedarme todo el día en la residencia. Bajo al pueblo y nado en el río. Un día veo que un hombre de piel oscura me sigue. Me observa mientras nado, arrimado a un árbol. Cuando salgo del agua, le pregunto qué quiere. Acompañarte, me dice, en un castellano extraño. No quiero compañía, le contesto. Mientras subo el cerro, viene detrás de mí, como un sucio perro. Dice que es el pastor de las ovejas. Ahora entiendo por qué huele tan mal. Las he visto en la cúspide de la montaña. Soy marroquí y tengo papeles, repite una y otra vez. El sol me pega con fuerza en la cara. No tengo mujer y busco una, dice. Yo intento no prestarle atención, y ocultar lo mejor que puedo el miedo.

Otro día, El Diablo me lleva a conocer los pueblos cercanos, pero en lugar de guía turístico resulta ser un pervertido. Al principio, me trae rosas que él mismo cultiva, incluso me ofrece prestarme uno de sus carros –no sé conducir, le digo–. Cuando ve que fracasa en sus intentos, va al grano: me ofrece dinero a cambio de que, por lo menos, le permita “verme desnuda”. “Tú no tendrás nada que hacer, soy eyaculador precoz”, me dice. La angustia empieza a apoderarse de mí, no me deja escribir ni dormir. Duermo por las mañanas, porque en las noches siento que rondan la residencia y prefiero estar alerta. No tengo a nadie con quién hablar.

Pasan no sé cuántos días, y al fin Lucas reaparece. Me dice que me calme, que está por llegar una pintora argentina. Con Ayelén llega la luz. Es una linda cordobesa, muy creyente en Dios y la Virgen, que dibuja mandalas. Lucas la recibe y regresa a Valencia. En este lugar no hay ni un ama de llaves, ni un guardián, ni un perro que cuide, le cuento a Ayelén. Y el pueblo está lleno de viejos cochinos. ¿Y cuánto tiempo has estado aquí?, me pregunta. Saco las cuentas. Tres semanas… ¡21 días! Son las once de la noche, estamos sentadas mirando el castillo encendido y planeando cómo hacer para que Lucas nos devuelva el dinero, cuando, de repente, un hombre se para a nuestro lado. Gritamos del susto. Es David, otro mexicano que, igual que su paisano del bar, un día llegó a la residencia y se quedó viviendo en la aldea.

Vine a invitarlas a almorzar mañana en casa de Lucas, el constructor, nos dice. Aceptamos. También nos previene: deben encerrarse con llave, porque ha habido robos. Esa puerta que ven ahí –nos señala la puerta de la cocina, donde yo suelo escribir- está dañada, porque intentaron meterse. Al día siguiente, David pasa por nosotras a la hora del almuerzo. Nos lleva a casa de Lucas. Pero el almuerzo no es ahí. Subimos en su camión y nos lleva por un camino de tierra, apartado. Bajamos en una estepa. ¿Qué es aquí?, preguntamos. Esta es mi casa de retiro, donde me escondo de mi mujer, dice el muy sinvergüenza. Entramos y vemos con sorpresa que las paredes están llenas de fotos de chicas desnudas.

Es un bulín, un cobertizo escondido. Hay herramientas y huele a aceite de carro. Lucas y David insisten en que bebamos vino. El español empieza a contar chistes sexuales, mientras el mexicano se ríe de cualquier cosa. Ayelén y yo nos levantamos. Ella está furiosa. Ahora mismo nos largamos de este pueblo, dice y me agarra de la mano. Salimos casi corriendo. Ellos van detrás de nosotros pidiendo que volvamos.

Hacemos las maletas. Salimos a la carretera, tomamos el bus rumbo a Valencia para encarar a Lucas. Lo citamos en un café del centro. Al principio, el hombre está reticente a devolvernos la plata. Pero sabe que soy periodista y le recuerdo que tengo amigos en medios, en España. Lo amenazamos con sacarle una nota en la prensa. No le queda más remedio que ceder. Nos devuelve todo el dinero. Ayelén se va para Barcelona. Ese mismo día, en Valencia, conozco a Sergi Tarín, un periodista de mi edad que busca compañero de piso. Sergi es alto, rubio, de ojos grandes y largas pestañas. Me muestra el departamento, que queda en el quinto piso de un vetusto edificio de gitanos. La vecindad es mala, el lugar es pequeño. Pero eso no importa: el Mediterráneo está a dos cuadras y desde el estudio hay una impresionante vista del mar.  Sergi es amable, tiene una enorme biblioteca y le encanta el vino. Me quedo, le digo. Y es aquí donde escribo Pedro Máximo y El círculo de tiza, mi primera novela.

Mi compañero ciego


Este texto fue publicado en la revista SOHO, en julio 2012.

También aparece en el libro de Crónicas publicado por Dinediciones en 2015.

El primer año me dediqué a observarlo. A veces, él era el centro en un círculo de gente que le hablaba, mientras reía divertido. Otras, permanecía solo. Se quedaba en silencio, apoyando su brazo en un grueso bastón de metal. Olía el aire, escuchaba, al azar, voces de personas, chillidos de pájaros. Lo veía cuando bajaba del bus, o subía con paciencia y esfuerzo la extensa pendiente que hay a la entrada de la Universidad Católica. No hacía muecas de dolor, no se detenía. Avanzaba hasta la Facultad de Filosofía, que queda al fondo, muy cerca del cerro. Subía lentamente las escaleras con su vara de ciego siempre por delante. Usaba su bastón guía como un radar, de la misma manera que una mariposa usa sus antenas; o un gato, sus bigotes.

Ambos cursábamos el segundo año de Comunicación Social. Yo estaba en el paralelo A y él, en el B. Un día, la profesora de Técnicas de Entrevista, una mujer de elegantes pecas, nos pidió que escribiésemos una semblanza sobre algún personaje. Entonces, hallé mi coartada. Me le acerqué y le pedí una entrevista. Era julio de 1999. Así fue como empecé a escribir esta melancólica historia que aún no termino. La terminaré cuando encuentre un final que no sea tan desolador.

A Pedro Juan Pino Medina (Guayaquil, 1970) le diagnosticaron Síndrome de Morquio a los 4 años. Es una rara enfermedad que ataca a una de cada 200 mil personas. La causa un gen defectuoso, generalmente heredado. Él nació con la cabeza más grande de lo normal y severos problemas óseos. Su columna vertebral es como un arco y una de sus piernas siempre estuvo un poco encogida, como si fuese una J. Él solo ha asentado en el suelo uno de sus pies. El otro siempre se ha mantenido colgado, alejado de la tierra.

No contento con las maldiciones físicas, a los cinco años el Morquio comenzó a atacar sus ojos. El niño empezó a perder la visión lentamente. Pasó gran parte de su infancia encerrado. Sus piernas solo lograban llevarlo hasta la peatonal de su casa y, con el pasar del tiempo, sus ojos se fueron nublando. Hasta que llegó un día en que la oscuridad se quedó a vivir. Pedro Juan tenía 17 años. El gen defectuoso se tomó doce años en dejarlo completamente ciego.

Sus padres no lo llevaron a la escuela como al resto de sus hermanos. Tampoco le consiguieron una silla de ruedas hasta que cumplió 13 años. Entonces, él desde su silla, empezó a plantarles guerra porque quería estudiar. Que no hay dinero para el bus, que es peligroso, que te pueden hacer algo, le dicen y se niegan a llevarlo. Pero Pedro Juan no se calma. Pasan dos años. Él no aguanta más vivir en el encierro de la ignorancia. Arma una rabieta condenada y condenatoria, y los obliga a inscribirlo en la Escuela Municipal de Ciegos Cuatro de Enero, que queda al sur de la ciudad.

El padre de Pedro Juan se llamaba Juan José Pino, era electricista particular. Con Nelly Medina tuvo tres hijos. El primero fue Pedro Juan. Pero, cada uno por su cuenta, tuvo antes otros hijos. Entre todos sumaron once.

El primer día de escuela de Pedro Juan ocurrió cuando él tenía 15 años. Dos chicos más entraron esa mañana, uno de 17 y otro de 18. Chicos ciegos que también iban por primera vez a clases. Niños que no crecieron jugando, sino arrinconados como escobas o viejos utensilios. Menos mal, una de las hermanas de Pedro Juan le había enseñado el alfabeto. Eso le facilitó el aprendizaje del braille. Sabía, además, sumar, restar, multiplicar y dividir. Le tomaron una prueba y lo ubicaron en tercer grado.

Cuando terminó la escuela, se inscribió en el Pino Icaza, un colegio regular que queda al norte de Guayaquil. Para entonces, ya manejaba bien el braille, la grabadora y la labia, que es lo que más le ayuda a un ciego a sobrevivir, dice él. Además, con mucha dificultad, había vuelto a caminar.

En el tercer año le tocó decidir la especialización. Se enfrentó a la difícil pregunta ¿qué quiero ser? Y luego a la más grave de todas: ¿qué puedo ser? Un ciego no puede ser cirujano, ingeniero ni dentista, tampoco arquitecto, director de cine, fotógrafo ni diseñador. Casi todos los que estudian eligen Leyes o Educación. No hay mucho más. Él decidió que lo que quería era producir programas de radio, o hacer relaciones públicas. Por eso, a los 28 años, totalmente ciego y con una movilidad reducida, Pedro Juan se inscribió en el preuniversitario de Comunicación Social de la Universidad Católica de Guayaquil.

***

1998. Yo estaba en el grupo de la mañana del pre y Pedro Juan en el de la tarde. El de la mañana era el grupo de los estudiosos, los bien portados, los aburridos. En la tarde iban los bohemios. Un cura nos daba Teología –materia importante en esta Universidad, a pesar de que a nadie le importe un carajo–, una mujer que se peinaba como Lucile Ball nos daba Castellano. Al profe de Matemáticas lo borré de la memoria, y la de Lógica era una simpática gordita. La gran parte de los 30 alumnos de la mañana aprobó. Yo me quedé por Matemáticas, y si no fuera por la boya de la recuperación, donde te vuelven a poner los mismos ejercicios de la primera vez, no habría pasado jamás. Años atrás pasé por una decena de colegios reprobando Matemáticas en el examen de admisión. En cambio, Pedro Juan pasó Matemáticas sin despeinarse, y fue de los pocos del grupo de la tarde que aprobó el pre sin ir a recuperación. El muy sabido pasó con 8.

La Universidad no le puso ningún un pero cuando entró. Lo trataron como a uno más. Es más: lo becaron por su situación de desventaja. Pagaba 40 dólares mensuales, cuando el resto pagaba entre 150 y 200 dólares.

A los 24 años, Pedro Juan escuchó Cien años de soledad. La novela había sido grabada en 17 cassettes de 90 minutos cada uno, y la tenían en la biblioteca para ciegos del museo municipal. Quedó prendado de la literatura. Pronto, los poetas y las buenas personas de la Facultad empezaron a leerle cuentos, poemas y capítulos de todo tipo de novelas. La Universidad se le presentaba como un mundo posible y real en el que él era bien recibido. Estaba contento y le ponía fe.

Los problemas empezaron a mediados del primer año, según recuerda.

– Me advirtieron que no podría tomar las materias visuales, pero yo esas alturas ya había aprobado Fotografía. Yo ya no me iba a echar para atrás, ya estaba embarcado – dice. Conversamos en su casa, en Durán. De fuera llega un fuerte olor a basura quemada.

Andrés Holtz, el profesor de Fotografía, fue sensible y flexible.

–Como yo no podía tomar fotos me mandaba a hacer trabajos sobre teoría o historia de la fotografía. Una vez también me pidió que le preparara un programa de radio sobre fotografía. Yo había encontrado en Internet algo sobre fotografía para ciegos que a él le pareció interesante. Armé el programa, se lo di por escrito y en cassette con todos los efectos para una radio – cuenta.
Le gusta recordar el 9 que sacó en esa materia.

Para Animación Cultural –una materia en la que el alumno debe organizar un evento con público –, Pedro Juan propuso hacer un campeonato de básquet con jugadores en silla de ruedas y otro de indor para ciegos. Consiguió los auspicios, desarrolló los trípticos, envió la información a la prensa y montó el evento en el coliseo de la Católica. Lo hizo solo, sin hacer grupo. Jorge Massuco, el profesor, le puso una nota alta. Y así, Pedro Juan fue aprobando las materias. En algunas, como Análisis de la imagen o Estética y Arte, tuvo problemas. En la primera se quedó, y en la segunda el profesor no lo admitió en la clase. El malestar en la dirección de la Carrera aumentaba. La presencia de un alumno ciego empezaba a ser un problema que no sabían enfrentar. En segundo año le dijeron que lo mejor era que se retirase.

–No me dijeron ¡váyase! Pero sí que definitivamente no podía continuar por las materias visuales. Yo les ponía el ejemplo de Fotografía y me mantenía en eso. Me dijeron que lo mejor que podía hacer era cambiarme de Facultad. Que me vaya a Derecho, porque ahí había casos de ciegos que se habían graduado. Yo le propuse a la Universidad que me hicieran un recorte en el título, que me pusieran Licenciado en Comunicación para radio, o algo así. Pero simplemente no me contestaron. La conclusión a la que llegaron el abogado de la Universidad y la directora de la carrera fue esa: me ofrecieron homologar las materias que ya había tomado, y me pidieron que me cambie a Derecho – relata. Respira hondo y luego dice: tal vez si ellos hubieran llevado mi caso al rector de la Universidad y a los demás decanos, las cosas habrían sido distintas.

Pedro Juan, que es terco como una mula, no hizo ningún caso y siguió peleando. Después de que le dijeron que se fuera, se quedó otro año dando guerra. Pero sus batallas no eran solo contra las autoridades de la Facultad o los profesores que no sabían cómo integrarlo al grupo o de plano le decían que no podían darle clase a un ciego. La principal batalla que enfrentaba era contra él mismo, contra su propio cuerpo.

La mala posición de sus pies ocasionó con el tiempo un severo desgaste de sus caderas. Los dolores acometían cada vez con más fuerza. Cada día le costaba mucho más subir la loma y las escaleras. El médico le dijo que si seguía así pronto dejaría de caminar, y que necesitaría un trasplante de caderas. Los largos trayectos en bus para ir a la universidad y volver empeoraban la situación.

En 2004 ya no podía más. Tuvo que desistir. Cerró todas las materias, cerró todo.
No me lo dice, pero lo noto en su voz. Le duele recordar el día en que dejó de caminar. Pero lo hace y me lo vuelve a contar.

–Fue en agosto 18 de 2004. Yo venía caminando en la noche a mi casa. Tenía que pasar la iglesia, el parque y la escuela. Ya me estaba doliendo antes, pero a la altura de la escuela me cogió un dolor muy fuerte, insoportable. Me senté en un murito un rato a ver si se me pasaba. Para levantarme tuve que hacer un esfuerzo muy grande. Avancé hasta la esquina de mi casa. Y no pude dar un paso más –.

Esta vez el encierro duró dos meses y medio. El espíritu de Pedro Juan es tenaz y poderoso. Compró una silla de ruedas de segunda mano y la hizo arreglar. Debía salir a la calle para, como sea, juntar los 8 mil dólares que necesitaba para la operación. Su deseo de volver a la Universidad le daba fuerzas. Alquiló teléfonos, se convirtió en vendedor informal, hizo programas de radio, vendió publicidad, hizo colectas públicas, dio entrevistas a los diarios. Nada fue suficiente.

***
Pedro Juan sabe lo que es la soledad, el rechazo, la indolencia. Pero también sabe lo que es la compañía, la solidaridad, el amor.

Era diciembre de 2004. Mientras le partía en pedazos pequeños un filete, con una sonrisa inocente y tal vez sin calcular la dimensión de sus palabras, me dijo: Ratona, acompáñame a Quito. Quiero ir a sondear, puede que allá alguien me ayude. Podemos ir a las embajadas, a los ministerios. Les contamos lo que me pasa, tal vez alguien se interese…

Los ojos se me empañaron. Sabía que era difícil, casi imposible, pero él tenía tal convicción que no pude negarme. Dale, Pedro Juan, yo te acompaño, le dije. Él abrió sus brazos para abrazarme.

En aquella época yo tenía 25 años y Pedro Juan 34. Yo pesaba 130 libras y él 160, sin contar la silla de ruedas, que era un armatoste que parecía haber sido usado por un veterano de la Segunda Guerra. Viajamos toda la noche del domingo en bus. Llegamos a Quito a las seis de la mañana, desayunamos y nos alojamos en un modesto hostal sobre la calle Calama. La altura de Quito me sienta fatal, me mareo, vomito, me duele la cabeza. Me di cuenta de que llevar a Pedro Juan por las cuestas quiteñas iba a ser una pesadilla.

Él llevaba una bolsa negra llena de carpetas manilas con papeles que explicaban su enfermedad y los detalles médicos de la operación. Busqué posibles direcciones, hice una ruta y nos fuimos de recorrido, primero, por las embajadas. Pedro Juan había escuchado que los japoneses tratan bien a los discapacitados, y quería empezar por ahí. Yo no lo contradecía, intentaba vivir esto como una extraña aventura que muy rápido empezó a tornarse dolorosa en varios sentidos.

No teníamos dinero para el taxi. Subir al trole con alguien en silla de ruedas es terrorífico. Hay que buscar paradas que estén equipadas para el paso de la silla. Subir a un bus es mucho peor, pero también anduvimos en colectivo. En la embajada japonesa no quisieron ni escucharnos, mucho menos vernos. Entre lunes y martes recorrimos las embajadas cubana, española e italiana. Dejen la carpeta, la revisaremos, nos decían con falsa amabilidad. No importa la nacionalidad: a la gente no le interesa la vida de nadie, y menos la de un ciego que se ha quedado sin poder caminar.

Estaba triste, indignada, me dolían los brazos, tenía ganas de llorar, pero no lloraba. Debía ser fuerte como Pedro Juan. La noche del martes lo invité al cine, daban Diarios de motocicleta. A Pedro Juan le encanta ir al cine. Escucha la película y se imagina todo. Fuimos a un centro comercial. El cine quedaba en un piso alto, y solo se podía subir por escaleras. Dos hombres tuvieron que trepar a Pedro Juan y su silla. No pasa nada, caballero, le dijeron. Salimos tarde, casi a la medianoche. Cruzamos la calle para esperar un taxi. El viento frío nos golpeaba la cara. Pocos son los taxistas que paran cuando ven una silla de ruedas. Estuvimos cerca de una hora esperando, hasta que un señor paró. Mientras acomodaba la silla en la cajuela, me preguntó. ¿Usted es la esposa del señor? No, respondí. ¿La hermana? No, tampoco. ¿Entonces? dijo intrigado. Solo soy su amiga, eso es suficiente.

El miércoles fuimos al ministerio de Salud y al Conadis (Consejo Nacional de Discapacidades). En el ministerio de Salud nos dijeron que no atendían casos particulares, sino solo a los directamente enviados desde un hospital, y en el Conadis nos hicieron pasar a una oficina, nos ofrecieron agua, y nos mandaron con viento fresco. Que Dios los ayude, porque nosotros no podemos.

Mi dolor de brazos era intenso. El lunes por la noche me compré una pomada de Voltarén que me la terminé en dos días. El martes decidí que la pomada no bastaba y empecé a tomar Apronax. No le decía nada a Pedro Juan. Suficiente tenía con escuchar cómo nos trataban en cada lugar al que íbamos. Se salvaba de ver las miradas secas, agrias, indolentes o repulsivas. Pero tampoco veía la enorme compasión que había en otras, como en la mirada de Hiroshi, un japonés amigo que nos pagó los días en el hostal. El jueves fuimos en bus a una empresa de hierro de la que Pedro Juan había oído y aseguraba tener un contacto. Quedaba en un lugar altísimo, rural, muy alejado. Llegar hasta allá nos tomó más de una hora. Nos vieron a través de una ventanilla, y se negaron a abrirnos la puerta. Nos dijeron que la persona a la que buscábamos ya no trabajaba ahí. Hacía un frío terrible. Queríamos regresar, pero ningún bus ni taxi nos paraba. Las lágrimas rodaban por mi cara. Pedro Juan no las veía.

El viernes, él lo quiso seguir intentando, pero yo ya no podía empujarlo más. Tampoco me quedaba esperanza.

Pedro Juan nunca logró juntar el dinero necesario. No pudo volver a caminar. Desde hace años vende caramelos en la esquina de Nueve de Octubre y García Avilés. En la Universidad ya nadie pregunta por él.

Teherán, entre el caos y lo prohibido


Amanece al norte de Teherán, en la avenida Navab, que cruza los barrios más acomodados de la capital iraní. En esta ciudad el caos vehicular madruga y llegar al sur, al bazar de Molevi, uno de los mercados con mayor movimiento comercial y donde, dicen, se pueden comprar “las cosas prohibidas”, puede tomar dos horas y media.
En la víspera del día sagrado musulmán, que es el viernes (equivalente al domingo en el cristianismo), los jóvenes suelen visitar el sur para abastecerse del alcohol que consumirán en sus fiestas privadas.
Jeremías (nombre oculto) muestra, en su laptop, las fotos de su última fiesta en casa: chicas sin jihab que visten coloridos y apretados vestidos, lucen mucho maquillaje y sostienen vasos de whisky. Gente riendo, fumando tabacos extranjeros y divirtiéndose como en cualquier país de Occidente.
Para llegar al sur hay que sortear el cotidiano trancón. La fila de Peugeots –el favorito de la clase media y que se consigue por 15 mil dólares-  es interminable. Los comerciantes de chucherías  se cuelan entre los carros intentando vender por diez mil dumanes (1 dólar) cualquier baratija de plástico traída de China.

Pero ni el tráfico ni la lentitud provocan un insulto o un grito. Ni siquiera un pitazo. Hay silencio en las calles de esta macrourbe de más de 15 millones de habitantes, donde la basiyi (la policía religiosa) está siempre alerta para castigar cualquier infracción moral: un beso entre un hombre y una mujer, un atuendo que denote algún rasgo homosexual o un velo mal puesto. Por ganar tiempo y evitar el acoso policial, la mayoría elige el metro (subterráneo) que tarda 20 minutos en cruzar la ciudad, y reserva dos vagones por tren para las mujeres. También hay un sistema de buses parecido al Trole, pero si se es mujer la regla es ocupar los asientos de atrás. A pesar de ello, esto es más seguro que conducir aquí donde irrespetar las señales de tránsito es la norma.
Las mujeres, al menos, en este otoño han tenido una razón no religiosa para cubrirse: el frío que bajó hasta los 2 grados.
Pero si hiciera calor lo mismo tendrían que usar el jihab. Los rostros colocados en gigantografías, vallas o en simples letreros a lo largo de esta y casi todas las grandes vías  de la dupla sagrada: los ayatolas Jomeini y Kamenei, recuerdan que en este país manda la sharía (en árabe significa “vía” o “senda”), la rigurosa normativa social islámica.
En Irán, que antes de la revolución islámica era considerado el país más occidental del Oriente Medio, todo cambió después de que se impuso el régimen coránico, manejado por los ayatolás. Mucho influyó también la figura de Mahmud Ahmadineyad, actual presidente y quien fue alcalde de Teherán entre 2003 y 2005.

Los teheraníes cuentan que hasta inicios de este siglo, antes de la alcaldía de Ahmadineyad, era común pasar por fuera de un cine y ver un cartel de un estreno hollywoodense, porque la dictadura del Sha tenía amistad con Estados Unidos. Pero hoy eso y el ingreso de música de Occidente están prohibidos. Los jóvenes la consiguen por medio de amigos que viajan o en el mercado negro del sur.

Y es que con el régimen islámico la basiyi salió a la calle para castigar públicamente (muchas veces en los parques y a punta de latigazos) a los infractores de la sharía, que es un código detallado de conducta musulmán. El embotellamiento permite detenerse en los detalles de cómo la gente evade las reglas. Por ejemplo, en Irán están prohibidas las antenas parabólicas, pero se ven en muchas casas. Dicen que cada tanto la policía hace redadas para impedir que las familias tengan acceso al cable, pero vuelven a colocarlas.
Al fin aparece el bazar de Molevi, donde el olor de los inmigrantes que llegan de las ciudades más pobres del oeste iraní, como Kordestan o Lorestan, y de aquellos que vienen huyendo de la pobreza de  Pakistán y Afganistán, se confunde con el de las especies y de los dátiles acaramelados.
Este mercado es el similar de la Bahía, de Guayaquil; o el Once, de Buenos Aires, solo que aquí las mujeres, en lugar de escotes y tacones, lucen mantos de negro perpetuo, el color del islam chiíta.
Una anciana de Bahrein pregunta cuánto cuestan los abrigos y la ropa usada que se amontona en uno de los cientos de locales y que es traída de China e India. Más allá, unos chicos buscan discos y películas piratas. Este también es el enclave del mercado negro en el que se consigue no solo alcohol, sino también películas porno caseras y otras traídas de Occidente. Pero, debe saberse, alertan los iraníes, que distribuir o comprar pornografía, lo mismo que el adulterio, se castiga con la pena capital.
Eso no detiene la venta. “Aquí todo se consigue, inclusive hachís”, asegura un vendedor de narguile (pipa) en un inglés difícil. El hachís (derivado del canabis) se fuma mucho en este Teherán secreto, dicen los jóvenes. “Y el mashrub (alcohol) se vende mucho más en las noches de los jueves, víspera del día sagrado, y es cuando más detenciones hace la policía”, comenta el vendedor, y corrobora que para hallar lo prohibido en Teherán hay que venir al sur.

(Texto publicado en El Telégrafo, en 2008)