Visiones silenciosas


 

Siempre me ha llamado la atención el tema de la ceguera, tal vez, desde que leí a Homero cuando era una niña. Este largo poema lo escribí cuando tenía 17 años, y forma parte de un poemario con el que, a los 19 años, gané el II lugar en la V Bienal de Poesía Ecuatoriana (Cuenca, 1999). Estaba escrito a máquina, nunca lo he mostrado, mucho menos publicado, y lo he pasado al ordenador para compartirlo con los lectores de este blog, a propósito de un tema concreto: la tristeza que ahora mismo siento porque en mi ciudad, Guayaquil, el Municipio maltrata a los ciegos.

Recuerden: Todos podemos quedarnos ciegos de un momento para otro. La indolencia es una forma de ceguera.

 

I

Mis ojos se ahogaron en aquel líquido amniótico

que me ocultó del mundo

Nunca aprendí a nadar en aquellas aguas

de células desteñidas

Carezco de una consciencia óptica

Pero desde el vientre procreé figuras, historias, placeres, dolores

abstractos

El analfabetismo imaginario de mis creadores

No me fue heredado

Soy capaz de capturar cuerpos lumínicos

Que encandilan los sorbos

Que bebo de la oscuridad

Mis ojos son hoyos infinitos provistos de nada

Espejos virtuales de mi mismo naufragio

Poseo una memoria inventada

Poblada de recuerdos que digo en voz alta

 

Soy como un planeta despojado

Un mástil alzado en la noche ártica

Se me impuso la misión de dejar la playa

De las miradas

Y navegar hacia los océanos

De los estigmas inconscientes

Mi acústica no es buena

Los sonidos retumban entre mis sienes

Como en un mal teatro

 

Nací en un siglo sin luces

En una madrugada, al lado de las lechuzas

No hallaron en mí los látigos del libre albedrío

Las conjeturas son invisibles

Los vidrios ahumados, los grises desobedientes

Son los sastres de mis sueños resucitados

En cada gota de lluvia.

 

 

 

II

 

Permanezco inconmovible ante mi propia ausencia

Veo beber cieno o vino fermentado

¿Acaso son ciegos?

No se cerraron mis ojos,

Simplemente se durmieron sobre otros cuerpos
Van al despeñadero, lo sé

Tengo el oficio de hurgadora de imágenes

Soy una antropóloga de ruinas incorpóreas

Rasguño todos los velos que preceden

La furia de las almas.

 

 

 

III

¿Has visto el color del viento cuando golpea los ventanales?

¿Te has mirado al espejo sin poner de por medio tu cuerpo?

¿De qué color es tu piel: blanca, canela, ébano?

Todas son iguales, policromadas o color desnudez

Bosquejo mis formas en el espejo orbital

Sobre la cama

Inclusive bosquejo mi voz

 

Nada es un estorbo congénito

 

Mis silencios son las voces

De todos los espasmos del mundo

Puedo hurgarme hasta los huesos

Llegar hasta mis sombra o hasta mi nombre

Y volver

Del irrealismo cósmico emergen

Imágenes desvestidas y eternas

Que subyacen debajo de mi visión succionante

y siempre hambrienta

de encuentros con tempestades

Y esqueletos alucinados.

 

 

IV

Recorrí un país

Donde yo era la única sin vista

Me alojé en la hostería de un sordo

Nunca pude reclamarle nada

Lo único cierto entre nosotros eran los dos grandes signos

de interrogación que separaban nuestras habitaciones

Nuestros sentidos perdidos

 

No soy cronista ni llevo un diario de risas

Vivo sin distinguir rumores

O noticias polvosas

He de confesar que no veo la luz

No conozco su olor

Pero la he olido tanto

Que mi nariz se asolea en cada palpitación

De la mañana

Y ustedes

¿Alguna vez olieron la luz?

Existe cierta euritmia entre mis ficciones

Aunque muchas de ellas no fueron bautizadas

Con el agua de mi memoria anacronista

 

En fin,

Conocí a un hombre

Cuyas iniciales no recuerdo

Pero sus ojos eran como el firmamento

A las seis de la tarde

Un ónice de tonalidades homogéneas

Nunca los vi

Mas sentí su refulgencia

Su húmedo ardor sobre mi cuerpo

Extraviado entre tanto cosquilleo

Mi vida es un vaivén cromático

Una escalera de grises interminable

Que nunca llega a revelarse como negro endrino

Por lo níveo de las visiones que me circundan

Y diluyen el crepúsculo de mis ojos.

 

 

V

Confieso haber quedado ciega por propia voluntad

Todas las imágenes emergieron de mis entrañas

Ninguna escapó

Ellas me pueblan, me gobiernan

Desde que el arte es nacimiento

Son mis hijas y mis verdugas

No tengo lazarillo,

Me orienta mi consciencia

Si ésta falla

Me quedan los olores nublados

Si éstos terminan,  mi sombra siempre está dispuesta

Ella, mi sombra, a veces, se disfraza de recuerdo

O de imagen muerta

Mi vida abarca más que un adiós

Mi placer, más que encuentros tardíos

Mi visión, mucho más que un mundo desmayado.

 

 

 

VI

Me parezco a Argos,

Hijo de Gea en la mitología de las visiones griegas

Soy hija de la tierra,

Una vigilante pequeña

Provista de cien enormes ojos

Que lo ven todo

Fonemas y morfemas

Pesadillas y extravíos

Ellos son como los agujeros

De una armónica

Vibran todos al aspirar o soplar

En sus contornos inusitados

 

Nadie taladró mis sueños

Tanto como los otros ciegos

¿No creen en el onirismo?

Confieso que yo vivo de él

Le alzo los hombros al mundo y digo:

Tú ves, pues Yo vivo.

 

 

 

 

VII

Soy una gacetillera de alucinaciones

Conozco a la diosa de la memoria

Ésa que le canta al oído a los poetas

Y les mueve la lengua

Para hacerlos audibles a los demás mortales

Me la presentó un ciego anónimo

Hijo ilegítimo de Zeus, y de madre advenediza

Mitad eternidad, mitad risas

Me levantó en sus brazos como a Helena

Entre hojas caídas de la selva, y luego

 

Su imagen se fue en silencio

Por la orilla del estruendoso mar

 

Me dijo algo antes de partir

“Hay un complot para acabar con la luna”

Yo amo la luna

La congoja la quiere hacer invisible

A los videntes les aburre mirar su mística circunferencia

Pero a nosotros,

a nosotros un leve eco de ella nos despoja de pesadas sombras

y nos hace luciérnagas

brillando en cualquier escondite

de la noche.

 

 

VIII

Siento escalofríos

Cada vez que sonidos embriagados

De lágrimas asesinas me tocan

 

 

 

IX

En mis ojos cayó algo como arena

Por eso amo el mar

Me salvó de petrificarme junto a tanto árbol derribado

En el suelo yacen sauces, guayacanes, almendros, caobas, ceibos,

todos dispersos,

la sangre chorreando por sus troncos envejecidos

Niños, padres, jóvenes, abuelos, esposos,

todos dispersos

la sangre chorreando por sus cuencas envejecidas.

 

Soy una exiliada de este país

Me acusaron de ofender a  mimos muertos,

De esos que llevan pieles disecadas encima

De aquellos que nunca sabrán hacer hogueras ni mirar al cielo

cuando pare un atardecer

De los que jamás aprenderán a reír a solas bajo la lluvia.

 

 

 

X

Sueño con el mar con los ojos abiertos

Toco mi alma con los dedos para ver si respira

Busco la pregunta perfecta entre el vacío

De mis signos

Bebo de mi escenificación desde una butaca cualquiera

Invento una multiplicidad de ríos

Todos desembocan en un poema hecho de gritos

De amor

De placer

De albedrío

De mujer

 

Creo que en el siglo veintiuno seré una argonauta

Buscaré el vellocino con la lámpara de mi cuerpo

Iré a buscar mi imagen

En algún animal del futuro.

Desconozco si los silencios se irán secando

de a poco

He comido tanto silencio afrodisíaco

Que mis piernas necesitan un candado

Para no ir detrás de las mil visiones

Que revolotean en mi estómago

Y hacen ruidos de atabales

Y de espuma de mar.

 

XI

Aprendí el arte de los Babuinos

Monos africanos que viven en un mundo invertido

En donde las aguas de los mares

Penden del firmamento, y los hombres patas arriba

pisan las nubes

 

El cielo debe sentirse muy solo

Nadie lo mueve de su posición

 

A la tierra de los Babouins,

como los llaman en las Galias,

se llega cabalgando sobre una oca azul

Aquí viven las figuras reproducidas

Por la imaginación de todos los ciegos vivientes

Cuando vayan verán montes apoyados en las puntas de los tacos

de una hermosa mujer,

serpientes y halcones volando juntos

Casas inclinadas,

Recostadas sobre manos de niños

Ladrones colgados en copas de árboles inalcanzables

Mientras gallos los atacan a picotazos

Ya lo he dicho: aquí todo está de cabeza

Los ciegos ríen porque las lágrimas se congelaron

Se volvieron imágenes invisibles para las muchedumbres

visiones que permanecen atascadas en un planetoide distante

donde los unicornios y los poemas

aún pueblan los corazones de los hombres.

 

 

 

 

 

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Mi compañero ciego


Este texto fue publicado en la revista SOHO, en julio 2012.

También aparece en el libro de Crónicas publicado por Dinediciones en 2015.

El primer año me dediqué a observarlo. A veces, él era el centro en un círculo de gente que le hablaba, mientras reía divertido. Otras, permanecía solo. Se quedaba en silencio, apoyando su brazo en un grueso bastón de metal. Olía el aire, escuchaba, al azar, voces de personas, chillidos de pájaros. Lo veía cuando bajaba del bus, o subía con paciencia y esfuerzo la extensa pendiente que hay a la entrada de la Universidad Católica. No hacía muecas de dolor, no se detenía. Avanzaba hasta la Facultad de Filosofía, que queda al fondo, muy cerca del cerro. Subía lentamente las escaleras con su vara de ciego siempre por delante. Usaba su bastón guía como un radar, de la misma manera que una mariposa usa sus antenas; o un gato, sus bigotes.

Ambos cursábamos el segundo año de Comunicación Social. Yo estaba en el paralelo A y él, en el B. Un día, la profesora de Técnicas de Entrevista, una mujer de elegantes pecas, nos pidió que escribiésemos una semblanza sobre algún personaje. Entonces, hallé mi coartada. Me le acerqué y le pedí una entrevista. Era julio de 1999. Así fue como empecé a escribir esta melancólica historia que aún no termino. La terminaré cuando encuentre un final que no sea tan desolador.

A Pedro Juan Pino Medina (Guayaquil, 1970) le diagnosticaron Síndrome de Morquio a los 4 años. Es una rara enfermedad que ataca a una de cada 200 mil personas. La causa un gen defectuoso, generalmente heredado. Él nació con la cabeza más grande de lo normal y severos problemas óseos. Su columna vertebral es como un arco y una de sus piernas siempre estuvo un poco encogida, como si fuese una J. Él solo ha asentado en el suelo uno de sus pies. El otro siempre se ha mantenido colgado, alejado de la tierra.

No contento con las maldiciones físicas, a los cinco años el Morquio comenzó a atacar sus ojos. El niño empezó a perder la visión lentamente. Pasó gran parte de su infancia encerrado. Sus piernas solo lograban llevarlo hasta la peatonal de su casa y, con el pasar del tiempo, sus ojos se fueron nublando. Hasta que llegó un día en que la oscuridad se quedó a vivir. Pedro Juan tenía 17 años. El gen defectuoso se tomó doce años en dejarlo completamente ciego.

Sus padres no lo llevaron a la escuela como al resto de sus hermanos. Tampoco le consiguieron una silla de ruedas hasta que cumplió 13 años. Entonces, él desde su silla, empezó a plantarles guerra porque quería estudiar. Que no hay dinero para el bus, que es peligroso, que te pueden hacer algo, le dicen y se niegan a llevarlo. Pero Pedro Juan no se calma. Pasan dos años. Él no aguanta más vivir en el encierro de la ignorancia. Arma una rabieta condenada y condenatoria, y los obliga a inscribirlo en la Escuela Municipal de Ciegos Cuatro de Enero, que queda al sur de la ciudad.

El padre de Pedro Juan se llamaba Juan José Pino, era electricista particular. Con Nelly Medina tuvo tres hijos. El primero fue Pedro Juan. Pero, cada uno por su cuenta, tuvo antes otros hijos. Entre todos sumaron once.

El primer día de escuela de Pedro Juan ocurrió cuando él tenía 15 años. Dos chicos más entraron esa mañana, uno de 17 y otro de 18. Chicos ciegos que también iban por primera vez a clases. Niños que no crecieron jugando, sino arrinconados como escobas o viejos utensilios. Menos mal, una de las hermanas de Pedro Juan le había enseñado el alfabeto. Eso le facilitó el aprendizaje del braille. Sabía, además, sumar, restar, multiplicar y dividir. Le tomaron una prueba y lo ubicaron en tercer grado.

Cuando terminó la escuela, se inscribió en el Pino Icaza, un colegio regular que queda al norte de Guayaquil. Para entonces, ya manejaba bien el braille, la grabadora y la labia, que es lo que más le ayuda a un ciego a sobrevivir, dice él. Además, con mucha dificultad, había vuelto a caminar.

En el tercer año le tocó decidir la especialización. Se enfrentó a la difícil pregunta ¿qué quiero ser? Y luego a la más grave de todas: ¿qué puedo ser? Un ciego no puede ser cirujano, ingeniero ni dentista, tampoco arquitecto, director de cine, fotógrafo ni diseñador. Casi todos los que estudian eligen Leyes o Educación. No hay mucho más. Él decidió que lo que quería era producir programas de radio, o hacer relaciones públicas. Por eso, a los 28 años, totalmente ciego y con una movilidad reducida, Pedro Juan se inscribió en el preuniversitario de Comunicación Social de la Universidad Católica de Guayaquil.

***

1998. Yo estaba en el grupo de la mañana del pre y Pedro Juan en el de la tarde. El de la mañana era el grupo de los estudiosos, los bien portados, los aburridos. En la tarde iban los bohemios. Un cura nos daba Teología –materia importante en esta Universidad, a pesar de que a nadie le importe un carajo–, una mujer que se peinaba como Lucile Ball nos daba Castellano. Al profe de Matemáticas lo borré de la memoria, y la de Lógica era una simpática gordita. La gran parte de los 30 alumnos de la mañana aprobó. Yo me quedé por Matemáticas, y si no fuera por la boya de la recuperación, donde te vuelven a poner los mismos ejercicios de la primera vez, no habría pasado jamás. Años atrás pasé por una decena de colegios reprobando Matemáticas en el examen de admisión. En cambio, Pedro Juan pasó Matemáticas sin despeinarse, y fue de los pocos del grupo de la tarde que aprobó el pre sin ir a recuperación. El muy sabido pasó con 8.

La Universidad no le puso ningún un pero cuando entró. Lo trataron como a uno más. Es más: lo becaron por su situación de desventaja. Pagaba 40 dólares mensuales, cuando el resto pagaba entre 150 y 200 dólares.

A los 24 años, Pedro Juan escuchó Cien años de soledad. La novela había sido grabada en 17 cassettes de 90 minutos cada uno, y la tenían en la biblioteca para ciegos del museo municipal. Quedó prendado de la literatura. Pronto, los poetas y las buenas personas de la Facultad empezaron a leerle cuentos, poemas y capítulos de todo tipo de novelas. La Universidad se le presentaba como un mundo posible y real en el que él era bien recibido. Estaba contento y le ponía fe.

Los problemas empezaron a mediados del primer año, según recuerda.

– Me advirtieron que no podría tomar las materias visuales, pero yo esas alturas ya había aprobado Fotografía. Yo ya no me iba a echar para atrás, ya estaba embarcado – dice. Conversamos en su casa, en Durán. De fuera llega un fuerte olor a basura quemada.

Andrés Holtz, el profesor de Fotografía, fue sensible y flexible.

–Como yo no podía tomar fotos me mandaba a hacer trabajos sobre teoría o historia de la fotografía. Una vez también me pidió que le preparara un programa de radio sobre fotografía. Yo había encontrado en Internet algo sobre fotografía para ciegos que a él le pareció interesante. Armé el programa, se lo di por escrito y en cassette con todos los efectos para una radio – cuenta.
Le gusta recordar el 9 que sacó en esa materia.

Para Animación Cultural –una materia en la que el alumno debe organizar un evento con público –, Pedro Juan propuso hacer un campeonato de básquet con jugadores en silla de ruedas y otro de indor para ciegos. Consiguió los auspicios, desarrolló los trípticos, envió la información a la prensa y montó el evento en el coliseo de la Católica. Lo hizo solo, sin hacer grupo. Jorge Massuco, el profesor, le puso una nota alta. Y así, Pedro Juan fue aprobando las materias. En algunas, como Análisis de la imagen o Estética y Arte, tuvo problemas. En la primera se quedó, y en la segunda el profesor no lo admitió en la clase. El malestar en la dirección de la Carrera aumentaba. La presencia de un alumno ciego empezaba a ser un problema que no sabían enfrentar. En segundo año le dijeron que lo mejor era que se retirase.

–No me dijeron ¡váyase! Pero sí que definitivamente no podía continuar por las materias visuales. Yo les ponía el ejemplo de Fotografía y me mantenía en eso. Me dijeron que lo mejor que podía hacer era cambiarme de Facultad. Que me vaya a Derecho, porque ahí había casos de ciegos que se habían graduado. Yo le propuse a la Universidad que me hicieran un recorte en el título, que me pusieran Licenciado en Comunicación para radio, o algo así. Pero simplemente no me contestaron. La conclusión a la que llegaron el abogado de la Universidad y la directora de la carrera fue esa: me ofrecieron homologar las materias que ya había tomado, y me pidieron que me cambie a Derecho – relata. Respira hondo y luego dice: tal vez si ellos hubieran llevado mi caso al rector de la Universidad y a los demás decanos, las cosas habrían sido distintas.

Pedro Juan, que es terco como una mula, no hizo ningún caso y siguió peleando. Después de que le dijeron que se fuera, se quedó otro año dando guerra. Pero sus batallas no eran solo contra las autoridades de la Facultad o los profesores que no sabían cómo integrarlo al grupo o de plano le decían que no podían darle clase a un ciego. La principal batalla que enfrentaba era contra él mismo, contra su propio cuerpo.

La mala posición de sus pies ocasionó con el tiempo un severo desgaste de sus caderas. Los dolores acometían cada vez con más fuerza. Cada día le costaba mucho más subir la loma y las escaleras. El médico le dijo que si seguía así pronto dejaría de caminar, y que necesitaría un trasplante de caderas. Los largos trayectos en bus para ir a la universidad y volver empeoraban la situación.

En 2004 ya no podía más. Tuvo que desistir. Cerró todas las materias, cerró todo.
No me lo dice, pero lo noto en su voz. Le duele recordar el día en que dejó de caminar. Pero lo hace y me lo vuelve a contar.

–Fue en agosto 18 de 2004. Yo venía caminando en la noche a mi casa. Tenía que pasar la iglesia, el parque y la escuela. Ya me estaba doliendo antes, pero a la altura de la escuela me cogió un dolor muy fuerte, insoportable. Me senté en un murito un rato a ver si se me pasaba. Para levantarme tuve que hacer un esfuerzo muy grande. Avancé hasta la esquina de mi casa. Y no pude dar un paso más –.

Esta vez el encierro duró dos meses y medio. El espíritu de Pedro Juan es tenaz y poderoso. Compró una silla de ruedas de segunda mano y la hizo arreglar. Debía salir a la calle para, como sea, juntar los 8 mil dólares que necesitaba para la operación. Su deseo de volver a la Universidad le daba fuerzas. Alquiló teléfonos, se convirtió en vendedor informal, hizo programas de radio, vendió publicidad, hizo colectas públicas, dio entrevistas a los diarios. Nada fue suficiente.

***
Pedro Juan sabe lo que es la soledad, el rechazo, la indolencia. Pero también sabe lo que es la compañía, la solidaridad, el amor.

Era diciembre de 2004. Mientras le partía en pedazos pequeños un filete, con una sonrisa inocente y tal vez sin calcular la dimensión de sus palabras, me dijo: Ratona, acompáñame a Quito. Quiero ir a sondear, puede que allá alguien me ayude. Podemos ir a las embajadas, a los ministerios. Les contamos lo que me pasa, tal vez alguien se interese…

Los ojos se me empañaron. Sabía que era difícil, casi imposible, pero él tenía tal convicción que no pude negarme. Dale, Pedro Juan, yo te acompaño, le dije. Él abrió sus brazos para abrazarme.

En aquella época yo tenía 25 años y Pedro Juan 34. Yo pesaba 130 libras y él 160, sin contar la silla de ruedas, que era un armatoste que parecía haber sido usado por un veterano de la Segunda Guerra. Viajamos toda la noche del domingo en bus. Llegamos a Quito a las seis de la mañana, desayunamos y nos alojamos en un modesto hostal sobre la calle Calama. La altura de Quito me sienta fatal, me mareo, vomito, me duele la cabeza. Me di cuenta de que llevar a Pedro Juan por las cuestas quiteñas iba a ser una pesadilla.

Él llevaba una bolsa negra llena de carpetas manilas con papeles que explicaban su enfermedad y los detalles médicos de la operación. Busqué posibles direcciones, hice una ruta y nos fuimos de recorrido, primero, por las embajadas. Pedro Juan había escuchado que los japoneses tratan bien a los discapacitados, y quería empezar por ahí. Yo no lo contradecía, intentaba vivir esto como una extraña aventura que muy rápido empezó a tornarse dolorosa en varios sentidos.

No teníamos dinero para el taxi. Subir al trole con alguien en silla de ruedas es terrorífico. Hay que buscar paradas que estén equipadas para el paso de la silla. Subir a un bus es mucho peor, pero también anduvimos en colectivo. En la embajada japonesa no quisieron ni escucharnos, mucho menos vernos. Entre lunes y martes recorrimos las embajadas cubana, española e italiana. Dejen la carpeta, la revisaremos, nos decían con falsa amabilidad. No importa la nacionalidad: a la gente no le interesa la vida de nadie, y menos la de un ciego que se ha quedado sin poder caminar.

Estaba triste, indignada, me dolían los brazos, tenía ganas de llorar, pero no lloraba. Debía ser fuerte como Pedro Juan. La noche del martes lo invité al cine, daban Diarios de motocicleta. A Pedro Juan le encanta ir al cine. Escucha la película y se imagina todo. Fuimos a un centro comercial. El cine quedaba en un piso alto, y solo se podía subir por escaleras. Dos hombres tuvieron que trepar a Pedro Juan y su silla. No pasa nada, caballero, le dijeron. Salimos tarde, casi a la medianoche. Cruzamos la calle para esperar un taxi. El viento frío nos golpeaba la cara. Pocos son los taxistas que paran cuando ven una silla de ruedas. Estuvimos cerca de una hora esperando, hasta que un señor paró. Mientras acomodaba la silla en la cajuela, me preguntó. ¿Usted es la esposa del señor? No, respondí. ¿La hermana? No, tampoco. ¿Entonces? dijo intrigado. Solo soy su amiga, eso es suficiente.

El miércoles fuimos al ministerio de Salud y al Conadis (Consejo Nacional de Discapacidades). En el ministerio de Salud nos dijeron que no atendían casos particulares, sino solo a los directamente enviados desde un hospital, y en el Conadis nos hicieron pasar a una oficina, nos ofrecieron agua, y nos mandaron con viento fresco. Que Dios los ayude, porque nosotros no podemos.

Mi dolor de brazos era intenso. El lunes por la noche me compré una pomada de Voltarén que me la terminé en dos días. El martes decidí que la pomada no bastaba y empecé a tomar Apronax. No le decía nada a Pedro Juan. Suficiente tenía con escuchar cómo nos trataban en cada lugar al que íbamos. Se salvaba de ver las miradas secas, agrias, indolentes o repulsivas. Pero tampoco veía la enorme compasión que había en otras, como en la mirada de Hiroshi, un japonés amigo que nos pagó los días en el hostal. El jueves fuimos en bus a una empresa de hierro de la que Pedro Juan había oído y aseguraba tener un contacto. Quedaba en un lugar altísimo, rural, muy alejado. Llegar hasta allá nos tomó más de una hora. Nos vieron a través de una ventanilla, y se negaron a abrirnos la puerta. Nos dijeron que la persona a la que buscábamos ya no trabajaba ahí. Hacía un frío terrible. Queríamos regresar, pero ningún bus ni taxi nos paraba. Las lágrimas rodaban por mi cara. Pedro Juan no las veía.

El viernes, él lo quiso seguir intentando, pero yo ya no podía empujarlo más. Tampoco me quedaba esperanza.

Pedro Juan nunca logró juntar el dinero necesario. No pudo volver a caminar. Desde hace años vende caramelos en la esquina de Nueve de Octubre y García Avilés. En la Universidad ya nadie pregunta por él.