El minotauro


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La mujer de blanco rodea el torso del hombre. Se acurruca en su espalda, como un gato silente. Su respiración apenas se percibe. El hombre se encoge, siente los brazos de ella como una líquida sensación caliente que sube de su estómago a su corazón y llega más allá. Baja y sube por su cuerpo como una corriente eléctrica que incluso alcanza su mente, su corona. El deseo lo envuelve y él se mece en un lento devaneo. No sabe si voltearse y consumar el abrazo o si permanecer encerrado en su cáscara de dragón, como envuelto en una nuez. El hombre sale de su cuerpo, se aleja para mirarse mejor y se descubre parado dentro del círculo del minotauro.

El Minotauro está sentado en un lado del círculo, con la cabeza agachada. Parece dormido. El hombre recuerda haber escuchado que los Minotauros son muy hábiles para tomar prisioneros. Conducen a sus víctimas a su laberinto. Las lastiman, les crean malas memorias y pesadillas, pero las conservan. No llegan a matarlas, pues el mayor miedo de cualquier minotauro es quedarse totalmente solo; en esto el minotauro se asemeja a cualquier hombre. El hombre reclina su cabeza sobre el cuerpo de la mujer. Necesita el calor de ella para enfrentar al monstruo que vive en su interior.

El Minotauro no es un hombre, nunca lo será por más que lo desee. Aunque sea hijo de una reina, el Minotauro siempre será una bestia. El Minotauro no disfruta de la ternura, no conoce la liviandad. Le falta una mitad, un lado por explorar, le falta comprender el amor. El Minotauro está perdido en su propio labertinto. Él no conoce las salidas, porque él no las creó. Vive un castigo.

El hombre se retuerce dentro del Minotauro.

Cojo su mano y la llevo hasta mi pubis. La mitad que te falta la he tenido desde siempre entre mis piernas. Huele, palpa, mira de frente. Deja de temer.

Ahí, en la creación, está todo lo que necesitas, le digo. El Minotauro lanza un zarpazo, quiere defenderse del amor. Pero no alcanza a hacerme daño, no logra herirme.

Calma, pequeño Minotauro. Te dejaré para que mueras de soledad en paz.

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Escalón 37


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Lunes, cerro Santa Ana. La Taberna queda en el escalón 37, a mano izquierda. Tiene un letrero de madera con su nombre y un gato al lado. Cualquier día, este es un bar donde se escucha salsa a todo volumen y se habla a los gritos. Menos hoy. Los lunes es en un cálido y húmedo agujero en el que se presentan tangueros, se proyectan películas viejas o documentales, se lee poesía y también lo de siempre: se toma cerveza y se conversa. Esta noche en que, justamente, se celebra el aniversario de la muerte de Carlos Gardel, el bar ofrece tango y poesía.

Salí desde temprano con Carlos, un amigo fotógrafo de prensa. Nos conocimos en la redacción de un periódico hace once años, cuando empezaba mi corta carrera de reportera política. Llegamos a Las Peñas y subimos al escalón 37. La Taberna aún no abre, pero no nos hacemos lío. Nos vamos a tomar unas cervezas a otro bar. Vemos cómo el sol cae detrás de los edificios. El viento que llega del río nos limpia la cara. A las 8:30 decidimos que ya es hora. Entramos a La Taberna. Salvo la dueña, que limpia el piso, no hay nadie. Qué raro, dice Carlos. No es raro, es Guayaquil.

Pedimos cerveza. Vemos una película de Carlos Gardel que se proyecta. El bar está lleno de objetos antiguos; huele a sudor y a melancolía.

¡Mira! esos son discos long play de 33 revoluciones. Y ese es un televisor de 12 pulgadas blanco y negro, me dice Carlos mientras observa las cosas alrededor. Me cuenta que tuvo una tele como esa cuando se casó, allá por el año 85; que la compró en La Bahía y le costó algo así como 20 mil sucres. Menos de un dólar. Niño Guapo, uno de los gatos de La Taberna, se sube a la mesa de madera en la que estamos contándonos la vida. Se echa encima del trapo que huele a él y que cubre la mesa. Carlos y yo lo acariciamos. La cara del gato está llena de cicatrices por peleas callejeras. Me fijo en que Carlos y yo también tenemos cicatrices en la cara. Él por un corte, y yo por la viruela.

Esa vitrola podría ser una RCA Víctor. Y esa de allá es una radio de tubo, sigue Carlos describiendo lo que ve, como un niño que viaja al pasado. Yo no tengo idea de lo que habla. Gardel canta Cuesta Abajo, hoy que se cumplen 78 años de su muerte. Me gusta el lamento sofisticado del tango, también me gusta la voz de Carlos, pero le avergüenza cantar en público. Manuel y Rocío, los dueños de La Taberna, ya están engalanados y saludan a quienes van entrando. Antes, me contó Rocío, que el lugar se llamaba La Gran Chuleta. Lo pusieron por el año 86.

Llegan, saludan y se sientan en nuestra mesa Fausto y Cristian, que son poetas, y Estefanía, que es actriz y novia de Cristian; ellos tienen un grupo que se llama TeatroMiento. Luego, también llega Kervin, que escribe cuentos. Mientras bebemos cerveza, hablamos de cómo vender libros, de cómo bajar de peso tomando jugo de mandarina con pepa, o de lo último en juegos sexuales adolescentes: el carrusel del sexo. Carlos se ríe mucho. Al cabo de un rato y sin haberlo planeado, Cristian, Kervin y yo leemos poemas para el público. Yo leo un relato de ficción que ocurre en Buenos Aires, para no desentonar.

Luego aparece el cantante Julio González, un guayaquileño elegante y sombrío, que habla el lunfardo mejor que cualquier argentino, y canta el tango con dolor y angustia. El repertorio es amplio. Cuando ya es medianoche, González nos recita un poema que le acaba de hacer a Gardel. Me siento en el Tortoni. La Taberna está por cerrar. Carlos y yo salimos del bar prometiendo volver el próximo lunes. Niño Guapo nos despide en la puerta.

La mujer gacela


Bosque de Espinos1bl.

La gacela es débil. Es un animal nacido para complacer al más fuerte, para saciar el hambre del que manda. La gacela pretenderá escapar, huir de la muerte, pero irremediablemente acabará bajo las garras del león, en las fauces del guepardo, o siendo la cena de alguna otra fiera hambrienta que emprenderá una estrategia infalible. El depredador eligirá una gacela de entre decenas, quizá entre cientos. Será siempre la mejor, la más codiciable para sus ojos. Observará paciente sus movimientos, estudiará sus costumbres. Al cabo de un tiempo, él sabrá perfectamente a qué hora permanece junto a la manada y cuándo se queda sola. Sabrá a qué hora come y a qué hora duerme. Se aprenderá de memoria sus hábitos de apareamiento. El depredador no dejará nada librado a la suerte. Deseará con angustia, con profunda pasión, a la gacela. Soñará todas las noches con tenerla bajo su poder. Querrá hacerla suya cada día, no admitirá compartirla con ningún otro animal. La gacela será el premio a su dedicación, a su destreza, a su sabiduría, a su paciencia, a su valentía. Cuando sea el momento, el animal salvaje se acercará lentamente, de manera imperceptible, al territorio de la gacela. Y, aunque ella sepa oler el peligro, él será tan cauteloso que ella no notará su presencia. Cuando él esté a unos pocos metros, ella lo reconocerá. Entonces, empezará la carrera. Él la perseguirá por llanos, selvas, ríos, arenales, bosques y descampados. La perseguirá día y noche hasta lograr su rendición. Ella correrá por su vida, sabiendo que llegará el momento del cansancio, el instante en que se dará por vencida. Entonces, él se abalanzará sobre ella, la devorará, le romperá los huesos con sus dientes, se saciará con su carne, beberá su sangre y dejará los despojos para las aves de rapiña. No tendrá piedad con su presa. Así actúa un hombre depredador con una mujer gacela.

El cinturón de seguridad


País Vasco

España por dentro

 

El autobús peina la carretera San Sebastián – Pamplona. Son las nueve de una mañana nublada y extrañamente fría de finales de julio. Cae una txiri-miri —la palabra que usan los vascos para referirse a la garúa—. Mi amiga Xixur, una vasca hermosa y vital, me ha acompañado a la estación y nos hemos despedido con largos abrazos. El chofer ha tenido que obligarme a montar en el bus. Me dirijo a Barcelona. Madrugué para poder estar por la tarde en la ciudad de Gaudí y salir de juerga por la noche. El bus va semivacío. Me arropo con una manta, aplasto el botón para reclinar el asiento y me apresto a dormir buena parte de las siete horas, o los 434 kilómetros, que me quedan por delante. Pasan, tal vez, veinte minutos y una voz potente me despierta de forma súbita. ¡Cinturón de seguridad! Dos policías de la guardia civil uniformados de azul y entoletados han subido y revisan pasajero por pasajero. ¡Mierda! En toda mi vida de usuaria de buses jamás se me había ocurrido ponerme el cinturón. Y no tenía la menor idea de que esto, en España, fuese considerado una infracción “grave” que lleva aparejada una sanción de 200 euros. ¡Bajen los que no lo llevan!, ordena uno de los policías.

Entre dormida y asustada —a esas horas no tengo la menor idea de qué diablos pasa—, hago caso. Descendemos del bus ocho personas, entre ellos una pareja de rumanos. Él es altísimo, viste un pantalón y camisa de tela gastados, lleva olor a días sin agua. Ella es rubia, gordita, de rostro afable y mirada huidiza. Deben andar por los cincuenta y tantos. Tienen pinta de ser gente humilde. Nos piden los documentos. El aire frío y el susto me hacen dar ganas de orinar. Les entrego mi pasaporte. Junto al bus, descansa un patrullero policial. El rumano me mira sobresaltado. Creo que me pregunta qué está pasando. No habla castellano ni inglés. Está frito. Con señas intento explicarle, se rasca la cabeza. No entiende. La verdad, yo tampoco entiendo mucho. Su mujer, con el paso de los minutos se pone más nerviosa. ¡Hostia! ¡Me cago en la puta!, vocifera uno de los españoles multados. Es el afán recaudatorio, la crisis, no saben de dónde sacar dinero estos cabrones, dice otro.

El policía me pregunta que dónde vivo. Le digo que estoy de paso, que no tengo residencia fija. Me dice que si pago la multa ahora serán “solo” 100 euros. No tengo dinero, le digo, alzando los hombros. Se enoja. Me advierte que no me devolverá el pasaporte hasta que no pague la multa. Le dice lo mismo a los rumanos. Los acompañaremos al cajero más cercano, en Pamplona, para que nos paguen. ¿Qué qué? Quedan más de 50 kilómetros hasta Pamplona. ¡Joder tío!, ¿vendréis detrás del bus solo para cobrar una estúpida multa? Le pregunta un chico. ¡Que sí, coño! ¡Suban!

Subimos al bus indignados, cabreados, reclamándole al chofer por qué no nos avisó que debíamos ponernos el cinturón. “En mis veinte años como conductor nunca había visto nada igual”, dice el hombre, confuso. Los rumanos se están volviendo locos, no entienden nada. Cuando el bus arranca, la mujer empieza a gritar palabras incomprensibles, llora y golpea la ventana, quiere bajarse, pide que le devuelvan su pasaporte. Si algo sabe un viajero es que menos vale perder una pierna que el pasaporte. Entre todos tratamos de tranquilizarla. Vamos a Pamplona, sacamos dinero, pagamos la multa, nos devuelven los documentos y nos vamos. Esas oraciones transitivas sencillas se las deletreamos, las explicamos con señas y muecas, varias veces. Algo entienden. Llegamos a Pamplona. Voy al cajero y saco los cien euros. El rumano me muestra dinero de su país, rublos o rupias, qué sé yo, algo que no sirve para nada. No puedo ayudarlo.

De regreso al bus, nuevos pasajeros se montan, lo llenan y se enteran de la situación. Cerca de mí se sientan unas adolescentes que hablan como cotorras y se ríen de lo que ocurre. Los policías nos esperan en un cruce de carretera. Me bajo, les pago. Me dan una notificación y un recibo. Otros también pagan en efectivo. Pero los rumanos aún no tienen euros. No vemos la manera de solucionar el problema. Ya llevamos hora y media de retraso. Algunos pasajeros presionan al conductor para que deje botados a los rumanos. Una mujer mayor de pelo pintado de amarillo se cabrea. De mala manera, dice que tiene que tomar un crucero a las seis en Barcelona y que no es su culpa que haya gente irresponsable que no sepa las leyes del país, y que encima venga sin dinero. Me mira despectivamente y me dice: ¡Al menos, tú entiendes el castellano! Le respondo: señora: no es que lo entienda, es que lo hablo y seguramente lo escribo mejor que usted. Me mira con rabia. Las chicas siguen riéndose de todo. La mujer rubia no puede más. Agarra sus paquetes, se levanta y da voces por todo el bus. “¡Esto es tercermundista, no estoy dispuesta a soportarlo!”. Le reclama al chofer. Le dice que si no arranca en ese mismo momento, ella se baja. El conductor le explica que no puede dejar a esas personas a la buena de Dios. La señora rumana no para de llorar, se siente avergonzada, mete la cabeza en el sobaco de su marido. La rubia se baja despotricando, dando alaridos.

En silencio, cuatro chicos españoles que también fueron multados, han puesto de su dinero y han logrado juntar los doscientos euros. Pagan la multa. Los rumanos los abrazan. El bus, ahora sí, puede partir.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2012)

 

La mujer luciérnaga


 

Soy una luciérnaga, lo sé, porque cuando me pongo en estado luciferino, es decir, en el estado de la luz, una antorcha se me enciende en la zona de la genitalidad, que es donde quedan todos aquellos órganos oliscosos y soberanos en sus apetencias. Supe que era una luciérnaga un día de aquellos en que la poesía me había colmado y se había alojado en uno de los ventrículos de mi pueril corazón cuando, de pronto, sentí un fuego que me quemaba en las tierras bajas, esas que han sido tan codiciables por las lenguas de mis amantes, allá donde el orgasmo reclama su porción vital, el sótano húmedo que ha sido la perdición de muchos.

Chucha, concha, vulva, coño, vagina, chepa, almeja, conejo, raja, seta, breva, higo, parrús y todas aquellas denominaciones que he venido escuchando a lo largo del paseo por este mundo. Decía que cuando sentí aquel lúcido y benigno fuego pude unir, enlazar, asociar, ensartar, hacer copular la dimuta imagen de una luciérnaga con mi ardor. Sí, una luciérnaga. Yo no sabía cómo era aquel bicho de cola brillante, me preguntaba si tendría antenitas o si sus patas pincharían como las patas de los grillos, si tendría los ojos salidos como los saltamontes. Lo único que sabía era que emitía destellos de luz, mensajes lumínicos para los machos que vuelan a su alrededor. Solo las hembras pueden producir aquel bello resplandor gracias a la luciferina, una clase de pigmento que hace centellear a algunas bacterias, algas, hongos y animales.

Siempre he sido consciente de que soy un animal; todas las mujeres lo somos, solo que algunas no lo reconocen y a otras se les olvida. Lo que no sabía era qué tipo de animal era, no atinaba a clasificarme como mamífero, ave o reptil. Me ubiqué entre los mamíferos por ser los más cercanos biológicamente. Algunas veces pensé que era una felina y amé los gatos con devoción. Otras veces, me creí gacela. Aquello ocurrió a partir de que aquel moreno al que una vez quise me llamó de ese modo, mi gacela. Por supuesto, durante algún tiempo pensé que era una yegua, una potra, un cuadrúpedo insaciable que nunca sería capaz de conformarse con las horas, siempre escasas, que aquel que controla el tiempo y la vida le dejaba para el placer. ¡Cómo si algún dios pudiese domesticar nuestras ansias! Cada vez que me sentía gata, gacela o yegua actuaba como tal.

Estuve varios años en cada estado. La evolución entre uno y otro era lenta, tanto que me parecía que iba a permanecer de una sola manera para siempre. Primero fui mujer gato. Esto ocurrió desde mi despertar sexual hasta más o menos los veinticuatro años, con algunos intervalos del siguiente estado, el de gacela. Durante todo ese tiempo nunca, pero nunca, actué como una yegua. Las gatas seducen, tientan y se van. Otras veces, desprecian y humillan. A algunos hombres los obligaba a que me amasen largamente, sin que yo diese ninguna muestra de querer hacer lo mismo, hallaba mi deleite en nunca devolver lo que podía recibir a borbotones. Era egoísta, misántropa, cruel. En esos años viví la peor versión de mí misma. Cuando me convertí en una gacela fue cuando quise ser sometida. Era como si, de pronto, me supiese merecedora del castigo lento, de la tortura. Quería pagarles a los hombres todo el rechazo anterior. Me transformé en un mamífero indefenso en las garras de un león, de un chacal, de un guepardo. Me puse bajo la pisada de un elefante. Hacía lo que ellos esperaban que hiciese, era sumisa y obediente, jugaba el papel de esclava, de la hembra que dice frases como te pertenezco, soy tuya o eres mi dueño. Tuve orgasmos sublimes siendo gacela, pero fui infeliz fuera de la cama o de los cuerpos que me habitaban. Mi espíritu no es domesticable y yo quería dejar de ser ese animal.

El día en que pasé a ser yegua fue un lunes. Mudé en un ser totalmente hedonista, capaz de recibir tanto placer como le era posible, una protanca sin brida que quería ser cabalgada durante instantes infinitos. No le permitía a mis hombres derramarse demasiado pronto. Estaba dispuesta a enfrentar el dolor, la ansiedad, el desasosiego, a cambio de explorar los límites de mi cuerpo, de correr y correr, más allá, más allá, más allá. Fui lejos y, tal vez, crucé alguna cerca, porque un día dejé de ser yegua. Soy desde hace poco tiempo, una luciérnaga. Tal vez lo he sido siempre, pero no me había detenido a mirar aquel destello. La mujer luciérnaga no devora ni se deja devorar. Es un animal pequeño que encuentra su satisfacción en permanecer invisible, de ella solo se ve la luz que irradia. Eso debe ser suficiente. En esa luz, que se aloja entre sus piernas y emerge de su útero, está su fuerza, su vida. La mujer luciérnaga nunca será madre, pero parirá todos los días.

Permanencia



El sábado, las huellas de la batalla amanecieron desperdigadas por toda la casa. El pantalón de él en el suelo, las medias de ella debajo de la cama, las gafas y los calzoncillos encima del mueble. Las bragas de encaje negro, detrás del sofá. Cuando se despertaron, Clara le preguntó su nombre. Él no respondió. Ella le ofreció desayunar, pero tampoco contestó. Él hizo una señal como pidiendo papel y lápiz. Clara buscó y lo trajo. Él escribió: me llamo Rubén, soy sordomudo. Ella se llevó las manos a la cabeza, empezó a deshilvanar lo ocurrido, intentando sobreponerse a la resaca. Había empezado a beber desde temprano con unas amigas, para cuando llegó al bar estaba demasiado borracha como para distinguir qué hombre era aquel con el que se meneaba en medio de cuerpos sudados. La música estaba tan alta que no se podía hablar. Ella se había metido dos rayas, y se había subido a un taxi con este desconocido. Mientras iban a su casa, lo besaba enloquecida, como si quisiera devorarlo. Atropelladamente, venían a su mente escenas de sexo. Se acordó de que él había eyaculado demasiado pronto, y de la sensación de frustración posterior.

Un asco irrefrenable le revolvía el estómago mientras pasaban los minutos. Lo miraba horrorizada. Él era más bajo que ella, y tan flaco que se le veían las costillas. Su cabello era ralo y canoso. Parecía enfermo, y tenía un lunar de carne encima de la boca. El sol trayendo su asquerosa claridad. Es mejor la noche que todo lo disimula, todo lo hace ver menos terrible.

Ella buscó sus cosas esparcidas, y se las trajo. Quería que se fuera inmediatamente. Se vistió y le hizo señales de que debía salir. Él tomó el papel y escribió escrupulosamente: te esperaré aquí hasta que regreses. Clara dijo que no, que de ninguna manera, moviendo la cabeza, alterándose. Él se vistió y salieron juntos. Ella dio una vuelta falsa alrededor de la plaza. Quería despistarlo, tener la seguridad de que se había deshecho de aquel tipo que, a estas horas tan lúcidas, le parecía despreciable. Mientras caminaba, con la cabeza retumbando como un tambor, sólo pensaba cómo pudo acostarse con él. Se alejó unos pasos más, compró pan y el periódico. Regresó. Sintió alivio al no verlo, subió a su casa y se volvió a dormir.

Cuando despertó quiso creer que todo había sido un mal sueño. Esa noche había quedado con unas amigas. No les contaría nada, le avergonzaba sobremanera aquella historia. Era patética, sin gracia alguna. Se arregló y salió. Rubén la esperaba en la puerta. Clara se asustó al verlo. Le preguntó qué hacía ahí. Él le señaló el reloj como diciendo que era tarde. Los pájaros nocturnos cruzaban el cielo en bandada con dirección al sur. Ella lo ignoró y se subió al primer taxi que pasó. Cuando volvió a su casa, a las dos de la mañana, él seguía sentado en las escalerillas de la entrada al edificio, esperándola. Le hizo la misma señal con el reloj. Ella le pidió al taxista que esperara a que entrase. Rubén acariciaba la cabeza de un perro lanudo y callejero. Ella lo miró como quien ve a un insecto. Abrió la puerta y entró. Él se quedó impávido. Ella no podía dormir, miraba por la ventana y lo veía ahí, solo y ausente. El perro se había ido. Pensó que tal vez era una persona sin casa, un desamparado. Tal vez si llamaba a la asistencia social se lo llevarían. Pero no vestía como un pobre: llevaba reloj, gafas, ropa de marca. Solo es un tipo molesto, pensó intentando, en vano, conciliar el sueño. Al día siguiente era domingo, Clara no salió de su casa. Él no se movió del portal. Ella tenía miedo de bajar. Pero el lunes lo tuvo que hacer para ir al trabajo. Él la esperaba en la plaza, sabía que debía cruzar por ahí para tomar el metro.

La vio y le entregó un papel que decía: Perdóname por molestarte, sólo quiero que cenemos esta noche. Ella dijo que no con la mano y la cabeza, y apretó el paso. Él la siguió y le enseñó el revés del papel que decía: Quiero hacerte el amor. Esta vez no me correré tan rápido, te lo prometo. Ella lo miró con repugnancia, y se marchó de prisa. Cuando volvió del trabajo, él estaba en las escalerillas. Ella pensó en llamar a la policía, y denunciarlo por acoso. Continuó caminando, él le mostró otro papel que ella no quiso leer, subió y, antes de tirar la puerta, le gritó: Lárgate, no te quiero ver más por aquí, si no te vas llamaré a la policía.

A la mañana siguiente, él estaba en la plaza. No se le acercó, sólo la siguió con la mirada mientras caminaba a la estación del metro. En el trabajo, le comentó a Diego, un compañero con quien tenía confianza, lo que estaba ocurriendo. Él se ofreció a ir con ella a su casa esa noche. Era martes. Cuando llegaron, Rubén no estaba en las escaleras ni en los alrededores. Ella se alegró, y empezó a creer que había exagerado. Subieron, ella le sirvió café y conversaron amenamente.

Cuando Diego se despidió era tarde, ella abrió la puerta desde el intercomunicador y no bajó. Se dio un largo baño, y se fue a dormir. Al día siguiente, en la oficina todos comentaban lo que le había ocurrido a Diego. Al parecer, un ladrón le había querido robar y le asestó siete puñaladas. Cuando lo encontraron había perdido mucha sangre. Estaba grave en terapia intensiva. Menos mal, ningún órgano importante estaba comprometido. Ella fue a visitar a Diego al hospital. Quería saber cómo era el tipo que lo atacó, estaba segura de que se trataba de Rubén. Él estaba entubado, inconsciente, no la dejaron pasar. Fue a su casa, y encontró a Rubén en la entrada de su edificio. Llevaba un papel en las manos. Se lo mostró cuando la tuvo más cerca. Decía: Quiero volver a hacer el amor contigo, y no me iré hasta conseguirlo. Ella empezó a golpearlo con la cartera, lo insultaba y le decía que su amigo estaba muriéndose por su culpa. Él no se defendía.

Ella subió y llamó a la policía. Les dijo que había un tipo que la acosaba, y que había atacado a un compañero de trabajo. Dijeron que un patrullero pasaría por su casa esa misma tarde. Ella no volvió al trabajo, se quedó a esperar a la policía, mientras veía por la ventana cómo Rubén la esperaba en las escalerillas mirando al suelo. Era miércoles. Cuando llegó el patrullero, pasadas las siete, ella bajó. Rubén seguía ahí, inmóvil. Ella le dijo al policía, señalando a Rubén, que ese hombre la había perseguido durante toda la semana y que creía que había atacado a su amigo. El policía le pidió los papeles a Rubén. Él se los entregó. El policía dijo: Es sordomudo, y tiene carnet de discapacidad. Ella dijo: Es un acosador, lléveselo preso. Rubén se mantenía con la cabeza agachada. No puedo. No tengo pruebas de que haya cometido un delito, dijo el policía. Si usted quiere, acompáñeme a la delegación para que ponga una denuncia, pero le advierto que deberá tener pruebas del acoso y del ataque. Clara se dio la vuelta furiosa, y subió a su casa. A la mañana siguiente, Rubén continuaba en las escalerillas. Era jueves.