La cárcel de Velasco Mackenzie


  • Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2014

 

“Caminó tambaleante, sin imaginar lo que iba a vivir allí,

detrás de esa puerta que partiría su vida en dos.”

La Casa del Fabulante (Jorge Velasco Mackenzie)

UNO DE LOS ESCRITORES MÁS RECONOCIDOS DEL ECUADOR PASÓ SEIS MESES EN UNA CLÍNICA DE REHABILITACIÓN PARA ALCOHÓLICOS Y ADICTOS A LAS DROGAS. LA AUTORA DE ESTA CRÓNICA CONVERSÓ CON ÉL TRAS EL ENCIERRO Y CONSTRUYÓ EL RELATO A PARTIR DE SU TESTIMONIO. LA HISTORIA DE UN ATERRIZAJE FORZOSO PROMETE SER UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DEL AUTOR.

Velasco

El toque de queda es a las seis de la tarde. Silenciosos, los enfermos se encierran en sus habitaciones. El escritor Jorge Velasco MacKenzie obedece como el resto. A veces, cuando reclama y se queja, le permiten ver algún noticiero en la televisión, pero lo más frecuente es que pasadas las siete de la noche desconecten la energía y la soledad sea la única que se pasee por los pasillos de la clínica. Salir es imposible pues los guardias ponen seguro a las puertas por fuera. Si alguien tiene una emergencia por la noche, no se enteran. Si alguien muere, tampoco.

Luis Camana, el compañero de cuarto de Velasco, tiene un hongo en el pie que duele y despide mal olor. Antes de acostarse a dormir, el escritor lo cura con paciencia, le pone una crema y lo arropa. Camana tiene 72 años. Cuando habla de él, Velasco lo llama “mi viejito”. Ambos son alcohólicos, viejos bebedores de cerveza, y fueron internados en esta clínica de rehabilitación por sus hijos. Camana le cuenta sus aventuras de cuando combatió en la guerra del 41, y Velasco le habla de sus amores imposibles. Han pasado noches enteras contándose historias reales o inventadas –la verdad importa poco– y alimentado la esperanza de poder salir pronto.

Tras una madrugada tranquila en la que duerme sin sobresaltos, los gritos de un guardia despiertan a Velasco cuando son apenas las seis de la mañana. Es el mismo guardia que siempre le restriega los privilegios que tiene dentro de la clínica. A los demás, le recuerda de mala gana, los despiertan a patadas. En cambio a él, que paga bastante, le tienen ciertas consideraciones. Velasco y Camana comparten una habitación con baño privado por la que cada uno paga setecientos dólares mensuales. El escritor se levanta lleno de ira para responder al guardia. Cuando se calma, nota que Camana no se mueve.

“Don Lucho, ya despiértese”, le dice tocándole el hombro. Camana no contesta. Velasco se da cuenta de que su amigo está muerto.

Enojado y confuso, Velasco sale del cuarto en busca de Bladimir Chiriboga, director y dueño de la clínica. “¡Anda a ver lo que has hecho!”, le grita desconsolado, aunque Chiriboga no tenga en realidad nada que ver con el asunto. Lo más probable es que Camana haya muerto de un infarto mientras dormía, pero  nadie puede confirmarlo y Velasco arma un alboroto en la clínica. Como cualquier otro día, lo obligan a ir a la terapia y no vuelve a ver el cuerpo de su compañero. Entre los adictos, dice Velasco, una muerte no es algo que espante demasiado. “Algunos internos han muerto en LaCasa, varios  adentro, de viejos, otros porque volvieron heridos; una mujer, la Ticsia, que usaba dos trenzas largas, fue lanzada hacia la puerta desde un automóvil, ahorcada con su propio pelo. Hubo un suicida que se tiró contra los cables de alta tensión. ¿Qué casa de rehabilitación no tiene un suicida?, no sería confiable, allí no encerrarían a nadie, mejor seguir consumiendo”. Escribió en La Casa del Fabulante, su nuevo libro autobiográfico. El 10 de noviembre de 2012, Jorge Velasco MacKenzie fue encerrado contra su voluntad en la clínica de rehabilitación para adictos Celare (Centro Latinoamericano de Recuperación). La muerte de Camana ocurrió cuando Velasco llevaba cinco meses interno. Para entonces, ya había terminado de escribir la novela.

“Yo provengo de una familia de alcohólicos. Mis tíos, los McKenzie, no son borrachos sólo por el nombre (escoces), yo de verdad nací con un gen alcohólico. Y no soy el único de mi familia”, reconoce. Un día, mientras bebía unas cervezas en Durán con un amigo, llegaron unos hombres de aspecto gorila que lo apresaron, lo inmovilizaron y lo subieron a un carro en el que lo trasladaron a la clínica. Sus hijos, impotentes ante el alcoholismo crónico de su padre, lo habían decidido sin consultárselo. “Me capturaron como si yo fuera un delincuente y me tuvieron ahí seis meses”.

La clínica está en el número 374 de la calle Chambers, en el sur de Guayaquil. En la novela, Velasco llama a la clínica LaCasa y a su dueño, La Sombra, un ser que como El Gran Hermano de George Orwell parece tener el don de la ubicuidad: sabe lo que hacen y dicen los internos en todo momento, siempre. Lo primero que le dijeron a Jorge Velasco Mackenzie al ingresar a la clínica fue que allí adentro no podía usar su verdadero nombre; tenía que escoger un don o un atributo suyo como identificación. Así el escritor construyó a Mateo-Valiente, el protagonista colocado al centro de la historia, la versión encerrada de sí mismo. Y el personaje, claro, no está solo. En LaCasa lo acompañan Olga-Pasión, LaVida, Gaspard-Flaquedad, LaPulga, Alvarito-Plebeyo, Martín-Belloso, Walter-Rapaz, Alfredo-Komodo el Dragón, OtroMundo, LaPulga, Aranka y OtraVida. Todos personajes sufrientes, solos y desesperados. “Te decían: cómo quieres llamarte y cada uno decidía qué nombre ponerse. Me puse Valiente porque soy cobarde. Mateo se odia porque no puede asumir el alcoholismo. Buen personaje ese Valiente, pero cómo sufre ese desgraciado. Es Valiente pero para sufrir”, dice Velasco como si no hablara de Velasco.

“LaCasa era una construcción blanca de hormigón cerrado, con  grandes prados y una piscina al centro. La habitaba una docena de internos, padecientes extraños que jamás podían salir hasta que terminara su recuperación. Mateo había llegado acompañado de sus hijos. El mayor caminaba adelante, indicándole la ruta. Él, tembloroso, apenas podía avanzar. Al acercarse a la puerta de entrada trastrabilló, ninguno de los dos pudo sujetarlo y cayó al piso. Caído, levantó los brazos y fue izado como uno de esos monigotes de aserrín que se queman para fin de año. Mateo no lograba explicarse qué había pasado. El mundo se le vino abajo, se nubló y le cayó encima. Ahora, en la caída, su rostro dibujó una derrotada  sonrisa…”. Así empieza La Casa del Fabulante.  La editorial Mar Abierto, de Manabí, hará el primer tiraje de la novela.

El encierro ocurrió luego de que Velasco recibiera alrededor de 60 mil dólares de jubilación por haber trabajado durante 34 años como docente en la Universidad Técnica de Babahoyo. Parte de ese dinero la dedicó a comprarle autos nuevos a sus hijos y el resto lo estaba invirtiendo en beber como si no existiera mañana. Cuando lo internaron, sus hijos le decían a los amigos de su padre que Velasco estaba disfrutando de su jubilación en Europa. “Nadie sabía lo que me estaba pasando allí adentro”, dice Velasco. Después de los primeros tres meses de encierro el escritor logró huir a Babahoyo, pero los guardias de la clínica lo rastrearon y volvieron a capturarlo. Dice que entonces lo trataron –otra vez– como si fuera un delincuente, que estuvo encerrado y lo tuvieron incomunicado durante días.

La estadía en la clínica no le curó el alcoholismo, mal que, por otra parte, lo emparenta con varios de sus poetas y escritores preferidos, pero sí le sirvió para escribir una novela que él considera distinta a todos sus trabajos anteriores, una novela en la que, según dice, nada fabula, y que está llena de un dolor y una soledad que hasta ahora no conocía o, al menos, no en esta dimensión. “Nunca había escrito desde el miedo, desde el dolor, y es fuerte”, confiesa. Dice que en cinco meses escribió trescientas páginas y que cuando se dieron cuenta de que estaba escribiendo el libro le confiscaron la computadora portátil. Me muestra su dedo índice y veo que tiene callos y una ligera hendidura por haber vuelto a escribir a mano. “Un día subí a la alcoba y mi laptop ya no estaba. Se la llevó un hombre de la clínica, muy malo, muy envidioso, que había sido un adicto, por ahí anda robando en las calles. Menos mal, logré salvar en un pen drive lo que había escrito, que era más de la mitad de la novela. Y me puse a escribir a mano. Después, yo mismo no me entendía, pero no importaba. Yo era dale y dale. Me mandaban a confiscar mis papeles y mis plumas”.

Aunque la clínica tenía gimnasio y piscina, nadie podía tocar esos espacios sin la autorización de La Sombra. Allí adentro, las únicas certezas eran las terapias, diarias y obligatorias, y el momento en el que rezaban la oración de los adictos: Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquello que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia. ¡Fuerza!

“Mateo-Valiente mira la sala de terapias y sus ventanales, amplios pero cerrados con vidrios y rejas; un bar donde no había ni agua, solo sillas de plástico, un escritorio sin libros ni papeles.” Antes de empezar las terapias, cada interno debía identificar con un número, del uno al diez, su estado de ánimo. El uno era “No tengo presión, me siento bien”. El dos “me siento bien, pero algo me está fastidiando”. El tres “estoy mejor, pero algo me pesa”. El cuatro “ya no me siento bien, necesito ayuda”… Y así hasta llegar a los peores estados. El nueve era “desesperado” y el diez, “ya estoy sin remedio, me quiero morir”. Cuando Velasco llegó dijo que estaba en el número nueve. Con el pasar del tiempo, fue subiendo. Llegó hasta el número cuatro, y ahí se mantuvo. “Ahora estoy aquí, sé que algún día saldré”, pensaba. Nunca llegó al número tres, mucho menos al uno.

En la novela también aparece Juan Calamarco, que era el administrador de LaCasa y sabía todos sus secretos. Se hacía llamar Principio y era la autoridad visible, pues a La Sombra, valga la redundancia, casi nadie lo veía. Un día Calamarco entró con un fajo de hojas en las manos y dijo: “Quédense quietos, muy quietos, deberán responder quiénes son, hoy mismo, lo que son hasta ahora”. Luego caminó entre los internos entregando las hojas. Cada una contenía el dibujo lineado de un hombre sentado, sin rasgos definidos, y cada parte de su cuerpo registraba una pregunta. Mateo-Valiente las contestó todas. Lo que pienso de mí: Me odio porque soy cobarde. Lo que yo sé  hacer: escribir. Lo  que odio de mí: Vagar. Lo que más amo: el trago. Mis mejores cualidades: beber, pensar y comer. Mis tres necesidades: vestirme, asearme, emborracharme.

la casa del fabulante

Jorge Velasco dice que dentro de la clínica todos eran adictos, algunos incluso lograban entrar drogas y venderlas entre los internos. Recuerda el caso de Misionero, un gordo adicto a la cocaína. Su madre preparaba encebollado para él y todos sus compañeros y dentro del caldo metía paquetitos de cocaína que se camuflaban debajo de trozos de pescado. “Él me decía: oye Valiente, ¿tú le haces? Y yo le decía: no, mi droga es el alcoholito. Con eso me quedo”. “En ese lugar todos eran adictos, desde el dueño hasta el que limpiaba; el portero, el cocinero, todos tenían una adicción. Hasta el perro era adicto”.

Poco a poco, en LaCasa se fue regando el rumor de que Velasco era un escritor famoso. El dueño de la clínica lo llamaba “doctor”, pero ese título no impidió que lo maltratasen psicológicamente como al resto. “Me insultaban, me humillaban. Una vez me llevaron al Lorenzo Ponce, allá donde están los locos, y eso fue para amedrentarme, para decirme: así vas a terminar”.

Otra de las torturas que soportaban dentro de LaCasa era la vigilancia permanente. Velasco siempre sospechó que dentro de los cuartos había cámaras o censores que registraban los movimientos de los huéspedes, era la única manera de que La Sombra supiera exactamente todo lo que hacían. “No entendíamos cómo era que La Sombra sabía todo, sabía hasta cuando se hacían la paja. Ayer te hiciste dos pajazos, decía, así, delante de todos. A mí no me gusta masturbarme, pero igual tuve que hacerlo alguna vez. Un día dijo: el doctor MacKenzie una vez que otra se hace la paja. ¿Y cómo sabes tú esa huevada?, le pregunté y me quedé con la curiosidad. Como siempre me ha gustado la cocina, un día me enviaron allá para ver si mejoraba un poco esa comida puerca, asquerosa, que hacían ellos. Y ahí descubrí ese censor famoso con el que nos vigilaban. La Sombra es un hombre sin escrúpulos, no le importa nada más que el dinero. Puede retener a personas sanas, que no tienen ninguna adicción. Por ejemplo, había un muchacho ahí, un muchacho serrano, que lo habían traído con engaños desde Quito. Parece que tenía problemas familiares, una herencia, había mucha plata de por medio. Lo mantuvieron en la clínica un año, sin ninguna razón. Él me decía: Poeta, yo no soy drogadicto ni alcohólico, yo no soy nada. Estoy metido aquí porque mis hermanos así lo quieren”, cuenta Velasco.

“…en LaCasa nadie es dueño de sí, todo lo decide el otro: lo que debes comer, la hora del baño, cuando hablas o caminas”, dice la novela. En la realidad ¿es así de terrible?, le pregunto. “Todo lo que digo en la novela es la realidad”, dice tajante. Le pregunto también por otro personaje, Aranka. Se trata de una viuda alcohólica que pasa de los sesenta años y nunca se está quieta. Me llama la atención porque, aún estando en la clínica, esta mujer puede consumir todo el alcohol que quiera, desde la mañana hasta el anochecer. Se dice que es muy rica y que sus hijos ya no pueden con ella. “Al medio día ya está achispada y a punto de encenderse, llama para pedir servicio y los dueños de las licoreras le mandan niños, porque si le envían muchachos ella los empuja adentro, se desnuda y se les tira encima”. Aranka va a parar a LaCasa cada vez que recae y, cuando la traen, entra gritando y patea a los enfermeros. Después se duerme y Mateo-Valiente asegura que en la mañana canta óperas. En cada recaída, este personaje amargo y encantador elige cambiar su nombre, como dándose una nueva oportunidad luego de haber desperdiciado miles. La última vez dijo: Buenas noches, familia, mi nombre es Aranka y soy Pasión, estoy en nueve: desesperada. En el cuarto de Aranka hay un sauna y una radio, pero cuando Mateo entra no ve ninguna ropa, solo un látigo de tres patas.

¿Por qué Aranka tiene tantos privilegios?, le pregunto. Porque era rica, así de simple. Escuchaba Verdi, se metía droga en la chepa. Ella bebía desde la mañana, a ella le permitían todo porque era rica. Es mentira que esto es una clínica de rehabilitación, aquí lo que quieren es el dinero. Esta no es una clínica para chiros. Qué loca era Aranka, pero qué bella.”

¿Hay esperanza aún después de recaer? “No. Recaer es como la muerte. Todo el mundo viene y me dice: oye, tienes que tener fuerza de carácter. Pero eso es lo que un adicto no tiene. No hay lugar para la esperanza y eso es aterrador.”

La Casa del Fabulante es la octava novela de Jorge Velasco. Publicó su primer libro a los 26 años, un volumen de cuentos llamado De vuelta al paraíso, y desde entonces ha sostenido por casi cuatro décadas una carrera en la que no han faltado premios y reconocimientos. Ganó dos veces el Premio Nacional de Novela “Grupo de Guayaquil”, convocado por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas; la primera vez con El rincón de los Justos, que será llevada al cine, y la segunda con Tambores para una canción perdida. Además, ganó el Primer Premio en el X Congreso Nacional de Relato José de la Cuadra de la Municipalidad de Guayaquil, con su cuarto libro de cuentos Músicos y Amaneceres, y el Primer Premio en el IX Congreso Nacional de obras de Teatro organizado por la Municipalidad de Guayaquil con la obra En esta casa de enfermos.

Desde que salió de la clínica, el pasado mayo, Velasco vive con uno de sus hijos en un amplio departamento del barrio del Astillero, dentro de un edificio de puerta rosa sobre la calle Eloy Alfaro. El escritor dice que no guarda rencor por sus hijos, pero está intentando demandar a la clínica. Por toda excentricidad, en la pared del departamento han colgado un tronco de árbol pintado de blanco. Esta tarde el recuerdo de Camana ha mojado de lágrimas su cara. Su mirada sale por la ventana, huye en dirección a la calle Venezuela y se planta en el castillo catalán. La brisa que llega de la ría limpia el aire y nos refresca, pero también parece acentuar la sensación de  tristeza que se ha apoderado de las horas, de la sala, de los muebles, de los libros y de los ojos de Velasco.

De pronto, me pregunta si quiero tomar una cerveza. Sin pensar, le digo que sí. Me dice que me quiere regalar un libro, que elija el que yo quiera mientras él va a la tienda para comprar la cerveza. Repaso los títulos de la estantería. Antes, me había contado que ha perdido tres bibliotecas, y que también ha perdido todo el dinero de su jubilación. Ha perdido, además, a las mujeres que lo han amado, y está por perder una casa de playa. Se siente solo, vacío, derrotado. ¿Por qué ha pasado todo esto? “No sé, no sé, no sé”, repitió tres veces un poco alterado. Luego, se calmó y dijo casi en un susurro: “debe ser por el alcoholismo”.

Elijo un pequeño poemario de Ezra Pound. Lo abro en la página 57, y leo:

Epitafios

Fu I

Fu I amaba las colinas y las altas nubes,

¡ay!, murió por culpa del alcohol.

Li Po

Y también Li Po murió borracho.

Intentó abrazar a la luna

en el río Amarillo.

El escritor regresa de la tienda con las cervezas en la mano. En enero próximo cumplirá 65 años y tiene la ilusión de encontrar esa edad en París. Me lo cuenta y un ligero brillo enciende sus ojos mientras sirve la cerveza que hará sudar el cristal de los vasos. “Sé que soy un alcohólico, lo reconozco, pero también soy un ser humano, y no debieron tratarme así”, dice. Brindamos. Jorge Velasco MacKenzie intenta sonreír.

El círculo de tiza (fragmento)


Fragmento de la novela Pedro Máximo y el Círculo de tiza. Capítulo 24.

Intuía el color de tus entrañas,
la intensidad de tus vientos
Mis ojos eran un inútil vaivén
de cuerpos desnudos

Desde ese primer y desaforado encuentro sexual, Piedad tuvo una intuición tan grande que parecía una certeza: no amaría a ningún otro hombre, al menos no de esa manera. Se sintió, irremediablemente, parte de él y, por primera vez, experimentó la sensación de la pertenencia. Así como eran de él sus brazos y sus piernas, ella también era suya y lo sería quién sabe por cuánto tiempo. Al principio, no le comentó nada acerca de estos pensamientos, no quería que él pensara que estaba loca o que era una bruja férvida. Lo segundo sería más acertado. Se lo dijo años más tarde, cuando sus vaticinios fueron corroborados por lo único autorizado para certificar que las intuiciones femeninas son verdaderas, el tiempo.
Piedad recordó las palabras de Estela: con tu padre supe lo que era estar con un hombre realmente. Esto a pesar de que cuando ella se acostó con Pedro Máximo ya no era virgen. Piedad intentaba comprender. Había tenido numerosos amantes, algunos dijeron amarla y hasta le propusieron matrimonio, pero nunca se había sentido parte ni pertenencia de ellos. Ahora, junto a Pablo, quiere quedarse, permanecer, atarse a sus manos, no volver a huir. Quiere amarlo a costa de todo y, con ello, pagar el precio que exige el amor. Nunca más hará la mochila. Y, si la hace, con seguridad, regresará a sus brazos.
Cuando el sol empieza a pegar de lleno en sus caras, Pablo se levanta y se va a refugiar a su cuarto. Él no tiene la menor idea del monstruo que ha despertado dentro de Piedad. Ella lo sigue. Él se tira en la cama, sobre ella cuelga una hamaca. Regados en el piso, hay discos, zapatos, libros y ropa. Sin decir nada, Piedad se tumba desnuda a su lado. Le pica la nariz por el polvo, pero el cansancio puede más. Pone la cabeza en una almohada mullida y se duerme. Cuando despierta y lo ve dormido, tiene la impresión de que se parece uno de esos niños abandonados que duermen en las calles cobijados bajo cartones. La invade un intenso deseo maternal de abrazarlo,
casi de amamantarlo, pero se contiene. ¿Qué son todas estas cosas extrañas que me provoca este hombre?, se dice. Es muy pronto para saber la respuesta. Respira hondo sintiendo en todo su esplendor el olor a encierro, a soledad acumulada. No ve por ningún lado el rastro de alguna otra mujer en aquella habitación sin luz, sin ventanas. Se despabilan y se quedan en silencio. Pablo lleva en la garganta un nudo que no se desliza, que permanece tieso, inmutable, desde hace muchos años. Es un hombre amurallado, con hondos tormentos. Parece que quiere confiar en Piedad, pero no lo consigue. Su cuerpo se ha vuelto rígido. Ya no la besa, sus manos ya no quieren tocarla, sus brazos no la circundan. De pronto, él está lejos de ella, a pesar de estar en la misma cama. Ella tampoco se atreve a tocarlo. Es como si una enorme ola se hubiese llevado la cercanía que ligaba sus cuerpos sólo hace unas horas, como si la representación hubiese acabado y el telón, caído. El escenario se ha llenado de un frío glacial. Pero ella no quiere irse, no soporta la idea de tener que hacerlo, quiere permanecer junto a Pablo todo el día, toda la noche. No se reconoce. Ella que detesta involucrarse, ahora desea con desenfreno dilatar la despedida. Se asusta por lo que se está sintiendo. Él está callado como una tumba. Ella se levanta de repente, se viste en un santiamén.
–Me voy –dice con voz tímida, esperando que él la retenga. No hay réplica del otro lado, solo un sencillo adiós.

Esa noche, Piedad tiene dos pesadillas. En la primera está en medio del mar, ahogándose. Se ha caído de la roca en la que estaba sentada y lucha contra las olas que la tapan y la envuelven en torbellinos. Se sumerge en un fondo oscuro. Debajo del agua, aparece el cuerpo de Pablo, que ya se ha ahogado con anterioridad. Ella no sabe si descender más para tratar de alcanzarlo, aunque sepa que ya está muerto, o seguir luchando por su vida en esa sima oscura y terrible. Duda, porque sabe que no puede vivir sin él. Los instantes de angustia son eternos. Se despierta sofocada, en la más completa soledad y con este pensamiento retumbando en la cabeza: El amor nos pone trampas, el amor es un torpe ilusionista que sólo engaña a los bobos e infelices. Piensa llamar a Pablo, pero son las cuatro de la mañana y no lo quiere molestar con tonterías oníricas. Vuelve a dormirse. Entonces, sueña con un círculo pintado en el suelo. Sospecha que es su padre quien lo ha dibujado. Ella está de pie, desnuda, al borde del círculo. Tiene miedo de pisarlo. De pronto, siente la presencia de Pablo a sus espaldas. Quiere voltearse, pero algo se lo impide. Tiene miedo y frío. Quiere despertar, pero no consigue despegar los ojos. Esa sensación espantosa de estar atrapado en un cuerpo dormido que no puede moverse ni gritar. Pablo ata sus manos y sus pies. Ella, como un muñeco sin voluntad, apenas se queja, su voz como su corazón es inaudible. Él la levanta como si fuese un maniquí y la pone en el centro del círculo. Se sienta a su lado y la contempla sin decir palabra. Piedad se despierta sudando en medio de la noche. No puede volver a dormir. Quizá ya nunca lo haga. O quizá sí, hay cosas que te ajustan la vida.

(Si quiere leer la novela y está en Ecuador puede conseguirla en Mr. Book. Y si está en otro país puede comprarla en Amazon, El Corte Inglés, El Mundo.es y una red de librerías en varios países de España y América Latina)

Tres personajes del trópico y el designio de la soledad



Una novela singular no solo por su tratamiento temático sino también por la virtuosidad narrativa de la autora, que va definiendo, con un lenguaje poético y a la vez visceral, el destino de sus personajes entre los símbolos implacables del trópico, en esta ciudad que José de la Cuadra calificara como “la capital montubia”.

Y es que este libro de Marcela Noriega, con antecedentes de periodista de investigación, con el título de ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’, nos lleva en la suma de capítulos ágiles y no muy extensos, a establecer una suerte de herencia maldita que transmite el protagonista a sus más íntimos familiares, su mujer y su hija, con una soledad que las lleva a vivir entre las antípodas de la violencia real y la búsqueda de la ternura.

Es la novela la historia de un hombre, Pedro Máximo, que va recorriendo su vida, cumpliendo un implacable “fatum”, desde sus orígenes trágicos hasta su final virtualmente previsto. Y todo ello dentro del entorno cálido del trópico en donde suceden las más fervientes pasiones, así como los crímenes más aterradores.

Esta es, en suma, la historia de un personaje que no puede escapar, aunque a veces lo intente, de un sino implacable y además imborrable (tal si fuera un estigma) de haber sido vendido, cuando niño, como esclavo por su propia madre.

Esa soledad y ese sino van a ser, también, contagiados a sus seres más cercanos, a dos mujeres que se quedan entrampadas en una forma de vida de la que no pueden evadirse.

Ni la lealtad a toda prueba de la mujer, Elisa, ni la búsqueda de un placer reprimido, en la hija, Piedad, pueden salvarlas de lo que Pedro Máximo les ha legado, ya en vida o ya, como un fantasma implacable, después de su también dolorosa muerte.

En la contraportada del libro se anota que “de este infierno onírico en el que se ahogan los personajes, brota la locura ensoñadora de sus vidas”. Para agregar que “la risa de las ardientes mujeres que oímos, los colores infinitos que vemos sin estar descritos, los olores ricos o nauseabundos, que olemos y sentimos, propios de la ciudad más populosa del país, Guayaquil, despliegan el manto que cobija esta historia viva y ensoñadora”.

‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ fue escrita, editada e impresa en España. Luego de ganar una beca en 2011 para ir a una residencia de escritores en Castilla-La Mancha, donde la autora estuvo seis meses.

De esta manera, Marcela Noriega se integra con toda legitimidad al gran patrimonio narrativo nacional que tiene su punto de partida en los “Cinco como un puño” del famoso “Grupo de Guayaquil”, que pusieron la pauta fundamental en la historia literaria moderna del Ecuador, al rescatar sin trampas a ese trópico donde el realismo, sin dejar de ser social, no puede renunciar a sus valores mágicos.

Fernando Cazón Vera – Guayaquil
Publicado en diario Expreso, abril 2012

Portada de Pedro Máximo y El círculo de tiza


Estas son algunas librerías donde puedes pedir la novela

http://www.grupoquorum.com/libro-476925-PEDRO-MAXIMO-Y-EL-CIRCULO-DE-TIZA.html

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En pocos días estará también disponible en la editorial GEEPP

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